Chapter 1: ⋆༺Heaven Won't Save Us༻⋆
Chapter Text
⋆༺𓆩⛧⃝𓄃𓆪༻⋆
𝓗𝓮𝓪𝓿𝓮𝓷 𝓦𝓸𝓷'𝓽 𝓢𝓪𝓿𝓮 𝓤𝓼
"Everywhere, everything, I wanna love you
Till we're food for the worms to eat
Till our fingers decompose, keep my hands in yours"
°❀⋆.ೃ࿔*:・°❀⋆.ೃ࿔*:・
Era el verano del 85 cuando Chance se mudó de Austin, Texas, a Hawkins, Indiana.
El cambio fue abrumador. Dejó atrás la gran ciudad para verso atrapado en un pequeño pueblo sacado del sueño febril de una ama de casa deprimida.
A primera vista, Hawkins parecía un lugar estancado en los años sesenta. Casas de madera con la pintura cayéndose a pedazos, grandes cultivos y maizales interminables que desprendían un olor dulzón a podredumbre, parecido al de una verdura olvidada demasiado tiempo bajo el sol. Pequeños insectos zumbaban constantemente cerca de los oídos, como si el pueblo entero se pudriera hasta los huesos.
Y ni hablar de las personas.
Parecían sacadas de una revista vieja; mujeres con vestidos impecables y hombres con ropa de domingo caminaban bajo el sofocante sol del mediodía como si fuera plena primavera y no el inicio del verano. Sonrisas falsas decoraban todos los rostros.
El telón de normalidad cayó cuando vio por primera vez a Will Byers, porque era imposible que un chico como él pudiera existir en un lugar tan insulso como Hawkins.
El muchacho fantasmagórico ni siquiera cruzó palabras con él, pero una sola mirada bastó para que el triste mundo de Chance se expandiera. Durante días llegó a pensar que aquel encuentro había sido producto de su mente trastornada y solitaria, imaginando un mundo donde los ángeles eran reales y descendían para arrancarte el pecado del pecho.
Aunque todavía no lo supiera, ese encuentro cambiaría la forma en la que veía la vida. Porque no solo existía una dimensión alterna llena de monstruosidades sanguinarias capaces de matarte en menos de un segundo, sino también sentimientos capaces de consumir como el fuego del infierno.
Y todo gracias a la mirada de Will.
Como fieles creyentes de la iglesia y de Dios, sentir ese tipo de tentación fue un castigo.
Debió correr antes de hundirse por completo en el fangoso océano que era Will.
Porque Will era especial. Había en él una presencia divina que lo envolvía como un manto; una tristeza melancólica en la mirada que te desarmaba por completo, que te hacía querer arrodillarte y rezar para que ese ángel te salvara.
Tal vez él demostró que los ángeles existían.
Y tal vez Dios los había abandonado primero.
Chapter 2: ⋆༺Epigrafe༻⋆
Chapter Text
⋆༺𓆩⛧⃝𓄃𓆪༻⋆
"Whatever our souls are made of, his and mine are the same"
-Emily Brontë
⋆༺𓆩⛧⃝𓄃𓆪༻⋆
Chapter 3: ⋆༺The Lovers Playlist༻⋆
Chapter Text
Nights in White Satin - The Moody Blues
"Pensando en ti incluso cuando debería dormir"
Without You - Harry Nilsson
"El mundo se vuelve demasiado grande cuando te vas"
The Flame - Cheap Trick
"Algunas personas nunca abandonan tu corazón"
Love Reign O'er Me - The Who
"Que el amor me destruya si es necesario"
Because - The Beatles
"El universo tiene sentido mientras existas"
Never My Love - The Association
"No existe un futuro donde te abandone"
Lay Lady Lay - Bob Dylan
"Quédate un poco más"
Nights Are Forever Without You - England Dan & John Ford Coley
"Las noches son más largas cuando faltas tú"
I'd Love You to Want Me - Lobo
"Ojalá me eligieras a mí también"
Make It With You - Bread
"Quiero construir algo contigo"
I Want You - Bob Dylan
"Pensarte se volvió un hábito peligroso"
Love Hurts - Nazareth
"Amar duele. Igual lo haría otra vez"
I'm Not in Love - 10cc
"La mentira que uno repite para sobrevivir"
The Air That I Breathe - The Hollies
"Ya no sé dónde termino yo y dónde empiezas tú"
Chapter 4: Como el manzano entre los árboles silvestres
Notes:
(See the end of the chapter for notes.)
Chapter Text
"...Así es mi amado entre los jóvenes; bajo la sombra del deseado me senté, y su fruto fue dulce a mi paladar."
Cantares 2:3
Austin había sido el hogar de mi familia durante generaciones. Me parecía inaudita la decisión de la mudanza. Vender el rancho luego de la muerte de mi abuelo no me parecía lo más inteligente, pero la reciente pérdida manchaba la mente de mi padre. Había sido difícil; el cáncer no solo consume a la persona, sino también a las familias. Volver del hospital sin él hacía que la casa se sintiera vacía, como un limbo entre la realidad y una pesadilla.
Entonces mamá dió la idea de mudarnos. Comprar una casa en Indiana tampoco parecía una buena idea, pero mamá estaba emocionadísima de dejar Texas, dejar ir la casa donde crecí, donde mi padre creció y también mi abuelo. Tal vez lo veía como una oportunidad de empezar de nuevo; sin las colchas de retazos, las marcas en las puertas y las plantas del huerto. Empezar sin dolor, sin recuerdos.
No sentía alegría por dejar mi hogar. Siendo un hombre de costumbres, dejar todo atrás haría que me comportara como una gallina sin cabeza. Cuando sabes exactamente como será la semana es mucho mas fácil saber como se supone que debes reaccionar. Nada de improvisación, por supuesto.
No había nada más que mi rutina para unirme a ese lugar. En mis largos catorce años de vida no había podido conectar con nadie más allá de mi familia y los animales, pero incluso dejarlos a ellos no me alteraba tanto como dejar mi horario. La incertidumbre no me había dejado dormir la noche anterior, pense en tantas cosas que incluso olvide hacer mi oración antes de dormir.
Se llamaba Hawkins y yo me sentía sofocado con solo escucharlo. El nombre solo parecía traer problemas, o tal vez era mi instinto hablándome, advirtiéndome antes de caer en la trampa de osos que era ese decadente pueblucho.
-Es tranquilo -decía mamá, quien al parecer tenia una conocida en el lugar.
Probablemente no habría nada más que ver que maizales gigantes y capillas pequeñas a punto de caer.
Empacar mis cosas en cajas que se llevaría el desgastado camión de mudanzas no me trajo nostalgia alguna. Ver cómo mi padre cerraba la puerta del rancho por última vez tampoco.
Comencé a sentirme un poco mal luego de la primera hora de viaje, pero lo atribuí a un simple mareo provocado por el olor constante a gasolina y el calor del asfalto que quemaba las llantas del coche.
Teníamos suficiente dinero como para comprar billetes de avión, pero a mi padre se le había ocurrido la maravillosa idea de que viajar por carretera podría ayudarnos a pasar tiempo en familia. Pasar mas de veinte horas en un coche no era precisamente mi idea de diversión, y menos encerrado oyéndolo predicar sobre los salmos.
-Nada de radio Chance. No transmiten la misa a esta hora -me habia dicho antes de seguir parloteando.
Había pasado más de la mitad del día, cuando el cielo comenzó a teñirse rojo por el atardecer. Pase casi todo el viaje metido en mi cabeza, imaginando escenarios de tragedias inminentes, hasta que mi padre decidió detenerse en una gasolinera. Al salir me recibió el calor húmedo de Tennessee, completamente alejado al calor de Texas, tan seco que parecía rasparte la garganta.
Me compré un agua sabor limón que costó un dólar con cincuenta centavos. Era tan dulce que sentí la lengua pegada al paladar, pero aún así me la bebi toda, porque eso era mejor a qué mi padre me regañara por desperdiciar dinero.
Volver al coche se sintió como una tortura. Me dolían las piernas de estar sentado y ya no podía abrir la ventana porque insectos podrían meterse y hacer del viaje algo todavía peor. Tomé la decisión consiente de que lo único que podía hacer para sobrevivir al resto del trayecto era dormir.
Me desperté cuando la oscuridad ya se tragaba el coche. No podía ver nada más allá del frente; las luces apenas iluminaban la carretera vacía. Todo estaba en silencio. Ahora era mamá quien conducía, con mi padre dormido en el asiento delantero.
-Mamá, ¿falta mucho? Creo que moriré de viejo en esta máquina.
Estaba más que cansado. Cuando viajas, solo te queda resignarte a un sueño intranquilo y a la posibilidad de morir en un choque.
-Un poco más, cariño. Cuando lleguemos podrás descansar. Le avisé a mi amiga de nuestra llegada y nos ayudó con lo básico. Cuando nos instalemos tenemos que invitarla a cenar, se lo debemos.
Para nada satisfecho con mi sueño a medias, decidí intentar volver a dormir. Pero con la oscuridad atravesando la ventana parecía imposible. Era como mirar el vasto infinito, sin galaxias ni estrellas que lo alumbraran.
Mamá se compadeció y encendió la radio con el volumen casi al mínimo. Donna, de Ritchie Valens comenzó a reproducirse. La escuché tararearla suavemente. Si mamá no se hubiera casado, habría sido una gran cantante; tenía una voz hermosa. Por eso era la encargada del coro en la iglesia a la que asistíamos en Austin. Me preguntó si quería volver a intentarlo ahora en Hawkins.
Su voz fue mi guía hacia un sueño mejor; sin accidentes ni malos augurios, solo un prado grande y verde. Pequeñas luciérnagas alumbraban el lugar, impidiéndole a la oscuridad devorarme. Caminé y caminé sin sentir cansancio alguno, disfrutando la paz que me envolvía.
Cuando recobré la consciencia, el cielo era azul y mi padre estaba nuevamente al volante, con la radio apagada.
Pasamos otras dos horas sin cambio alguno, hasta que lo vi. El letrero era pequeño, de un color rojizo y con letras de un blanco apagado.
Welcome to Hawkins.
Justo después apareció un maizal tan grande que parecía un mar dorado. Al verlo, un escalofrío me recorrió la espalda. No me gustaría perderme ahí dentro.
Unas cuantas curvas más y por fin logré divisar la civilización.
El centro del pueblo no era la gran cosa: unas pocas calles llenas de tiendas, un supermercado y un cine. Cruzando la carretera del otro lado podían verse las bifurcaciones que llevaban a los barrios.
Pasamos por uno bastante bonito, con fachadas blancas y césped perfectamente verde. Era tan bonito como falso.
Una niña pequeña montada en un triciclo me saludó desde la acera. No le devolví el gesto.
Poco a poco las casas comenzaron a verse menos grandes y más comunes. Algunas estaban mal pintadas y rodeadas por cercas de alambre; otras apenas tenían un piso y un pequeño porche desgastado.
Al parecer, mi padre había decidido continuar con su costumbre de alejarnos del centro, porque nuestra nueva casa estaba bastante apartada, en medio del bosque.
Para llegar a ella pasamos por la iglesia, mi nuevo instituto y luego tomamos un camino alternativo cerca del cementerio. Estaba lleno de pequeñas piedras y grandes árboles rodeaban todo el sendero. Nos acercamos poco a poco, hasta que finalmente el techo de la casa apareció entre las ramas.
Tenía dos pisos y estaba hecha de ladrillo. El porche era de madera oscura y la cochera un poco más pequeña que la que teníamos en Austin. Pero me gustó. Parecía hogareña, o algo parecido.
-Chance, toma la habitación que quieras menos la principal -me advirtió mi padre.
Él abrió la puerta y todos entramos al recibidor. Por dentro también era bastante bonita. Tenía grandes ventanas por donde entraba la luz del sol y el piso era de madera oscura, igual que el porche. Había unas cuantas cajas regadas por la sala y unas largas escaleras del mismo material, aunque mucho más desgastadas.
Subí los escalones de dos en dos hasta llegar al segundo piso, donde me recibió un pasillo largo y oscuro. Algunas telarañas colgaban del techo y las cuatro puertas cerradas hacían que el lugar se sintiera extrañamente vacío.
Abrí la más cercana a mí. Era el baño.
Continué mi exploración abriendo las demás. Dejé la principal para mis padres y comparé las otras dos habitaciones.
Una de las habitaciones era ligeramente más amplia que la otra, pero eso no fue lo que terminó de convencerme. Estaba más alejada de la principal. Más alejada de mi padre.
Entré en ella, reclamándola como mía.
Tenía un ventilador viejo colgando del techo. Las aspas se movían apenas, incluso sin corrientes de aire. La ventana estaba empañada por el calor, así que la abrí aprovechando que el sol ya no pegaba directamente.
El bosque me devolvió la mirada.
Si la casa era oscura, el bosque lo era el doble. No podía ver más allá de la primera fila de árboles, incluso con la luz del mediodía atravesando las ramas.
Me alejé de la ventana y bajé al salón para empezar a organizar todo.
Mamá estaba en la cocina limpiando las superficies con un trapo húmedo, mientras mi padre se dedicaba a abrir cajas y sacar objetos. Busqué las que tenían mi nombre escrito y empecé a subirlas.
-¿Ya te decidiste? -me detuvo mi padre a mitad de la escalera.
-Sí.
-¿Cuál, Chance?
-La última. Me gusta la vista.
Lo dejé con la palabra en la boca. Ya no tenía paciencia para escucharlo. Me bastó soportarlo durante todo el viaje como para seguir haciéndolo ahora.
Subiendo lentamente mis cajas, me permití pensar en lo que realmente sentía.
La casa me había convencido.
Tal vez mamá tenía razón, como siempre.
Pasé el resto del día organizando mi cuarto. Había movido la cama para dejarla cerca de la ventana que estaba cubierta con una cortina blanco palido, pegué mis pósters de películas setenteras sobre la pared, coloqué el tocadiscos junto a la mesa de noche y junto a el, estaba mi disco favorito de The Mamas & The Papas.
Por primera vez desde que llegamos, me sentí un poco más cómodo. Me tumbé bocabajo en la cama y conté cuantas tablas había, dejando entrar el olor a madreselva por la ventana abierta mientras las cortinas ondeaban por el viento. Me sentí adormecido pero intranquilo, probablemente secuelas del nuevo lugar.
Mamá nos llamó para cenar. Bajé las escaleras y los encontré sentados en los sillones de la sala. El lugar se veía cálido en comparación con sus ocupantes. Si hubiera sido una noche normal, estaríamos alrededor de una mesa fría y demasiado formal, pero parecía que todavía no la instalaban.
-Comeremos aquí hoy, cariño, pero no olvides orar de todas formas -me recordó mamá.
Hice mi oración en silencio, agradeciendo por la comida y por tener a mi familia junta un día más.
Luego los murmullos terminaron y todo quedó en silencio, excepto por el sonido de los cubiertos chocando contra los platos.
Eran pastas. Sencillas, pero deliciosas, como todo lo que cocinaba mamá. Siempre lograba que la comida se sintiera cálida, como una manta en invierno o una chimenea que te calienta hasta los huesos.
-Debemos ir a misa mañana. Es domingo y sería una gran oportunidad para presentarnos ante la comunidad -rompio el silencio mi padre.
-Creo que sería bueno tomarnos un descanso, querido. Chance debe estar muy cansado y, siendo sincera, yo también.
-No creo que sea adecuado. Chance debe tener disciplina, y faltar un día al culto no lo es. Si quiere convertirse en un buen hombre, debe ir de la mano de Dios.
Me quedé callado, como siempre. Cada vez que comenzaban a discutir, lo mejor era permanecer en silencio. Una lección aprendida hace mucho tiempo.
-Tendremos más tiempo de hacernos una buena imagen. Y sabes cómo me enfermo cuando no me cuido.
-Está bien, pero Chance debe ir. Ya lo decidí y así será. Mañana los dos nos despertaremos temprano para ir al templo, ¿entendido?
-Chance, cariño, escuchaste a tu papá. Mañana cuando vayas pregúntale al sacerdote como puedo entrar al coro ¿si?
-Claro, mamá.
La conversación murió ahí y el silencio se volvió pesado. Ella había podido interceder por ella misma pero no por mi, como ya estaba acostumbrado, mi padre podía decidir lo que estuviera relacionado con mi formación.
Mano dura lo llamaba.
Terminé las pastas lo más rápido que pude y decidí salir al patio trasero para alejarme del ambiente incómodo de la casa.
Caminé hacia la puerta trasera y atravesé el marco. Los escalones de madera soltaron un chirrido agudo y desagradable bajo mis pies.
Hacía un calor pegajoso. La hierba crecía alta y descuidada, mientras el sonido de las chicharras vibraba a lo lejos. Los árboles se mecían lentamente junto al viento, creando una mezcla de sonidos, como las hojas murmurando y chocando entre ellas.
Me tumbé sobre la tierra sin preocuparme por ensuciar la ropa.
El cielo seguía iluminado por las estrellas. Una de las pocas ventajas de vivir lejos de cualquier otra señal de civilización.
Escuché a mamá lavando los platos dentro de la casa. El agua corría a la distancia, amortiguada por las paredes, pero aun así lograba alcanzarme.
Cerré los ojos y respiré el aire caliente.
Por unos minutos no pensé en nada.
Empecé a sentir.
La inquietud del bosque era reconfortante, me recordaba a las noches en Austin, llena de sonidos naturales y olores nostálgicos.
Aunque tenían claras diferencias.
Cómo la sensación de estar siendo observado por algo más allá de los árboles, o los susurros de viento caliente rodeando mis orejas.
Me permiti volver a perderme en mis pensamientos, como de costumbre. Pensar en la iglesia y en la escuela; en el sofoco de la multitud, en la mezcla de los perfumes y sonidos estridentes.
Me volví más consciente cuando los sonidos comenzaron a apagarse. El agua dejo de correr; seguro mamá ya había terminado. Los insectos pararon y los árboles estaban completamente quietos. Lo único que se escuchaba era mi respiración.
El bosque estaba hundido en un profundo silencio.
El bosque entero había quedado inmóvil.
Y con él deje de respirar.
Me sentia entumecido. Empecé a sudar frio, mi cuerpo parecía paralizado.
Como cuando un gran depredador acecha entre la maleza.
Sentí un sabor metálico y dulce sobre la lengua. Me había mordido el interior de la mejilla sin darme cuenta.
Abrí los ojos de golpe.
Mis manos temblaban.
No quise reconocer lo que estaba sintiendo, pero aun así me levanté y regresé a la casa lo más rápido que pude.
Seguro había sido el cansancio del viaje, subí las escaleras apresurado intentando calmar mi respiración.
-¿Chance, todo está bien? -me preguntó mamá desde la cocina.
Seguía intentando organizar todo para no gastar tiempo a la mañana siguiente preparando el desayuno.
-Sí, yo... sí. Todo está bien.
-Te escuchas apurado, ¿pasó algo? ¿Había algún animal?
-No lo creo. Solo necesito acostarme temprano. Mañana tengo que madrugar. Descansa, mamá.
-Igual tu, cariño. Te amo -se despidió.
Subí las escaleras apresurado. Las ventanas seguían abiertas, pero ya no se sentían reconfortantes.
Las cerré rápidamente y traté de normalizar mi respiración. Me estaba llenando la cabeza de cuentos. La mudanza y el cambio me tenían paranoico.
Aun así, no pude evitar murmurar el salmo 91 mientras me cepillaba los dientes y buscaba mi pijama de confort. Era vieja y casi transparente, pero todavía conservaba el olor al detergente que mamá usaba siempre en Austin.
Me pregunté si aquí también lo venderían o si tendría que obligar a mi memoria a conservar ese aroma para siempre.
Olía a mamá. A casa.
Y definitivamente no a bosques oscuros llenos de coyotes o cualquier otra cosa que hubiera estado afuera.
Puse Dedicated to the One I Love para que el ritmo me relajara. Bajé el volumen al mínimo para no molestar a mi padre, aunque en el fondo deseé llenar toda la habitación de ruido para olvidar el hambriento silencio que seguía esperándome del otro lado de la ventana.
Me recosté sobre la cama y programé la alarma.
5:00 AM.
Mientras el sueño comenzaba a arrastrarme lentamente, pensé en el extraño momento que había vivido afuera.
Mejor no darle vueltas. Pensé cerrando los ojos.
La iglesia era precaria, pero los enormes ventanales dejaban ver el profundo y claustrofobico bosque detrás de ella.
No había ruido.
Velas nuevas y viejas descansaban sobre el suelo, derramando cera por todas partes. En lo alto del altar, Cristo redentor me observaba con unos ojos tristes.
La voz de mamá rompió el silencio.
Ella cantaba Be Not Afraid.
Su voz parecía venir de todas direcciones al mismo tiempo, envolviendo la iglesia entera. Poco a poco dejó de sonar angelical, deformándose hasta convertirse en un chirrido insoportable.
Caminé hacia el altar.
No había ninguna biblia donde debería estar.
Escuché cómo la puerta principal se abría lentamente detrás de mí.
Cuando intenté girarme, ya no estaba ahí.
El maizal me rodeaba por completo.
Mirara hacia donde mirara, solo veía maíz.
Comencé a caminar inseguro entre los altos tallos secos. El aire era espeso y húmedo, difícil de respirar.
Entonces escuché un murmullo detrás de mí.
Algo rozaba las hojas.
Aceleré el paso.
La presencia hizo lo mismo.
Empecé a correr con la absurda esperanza de que esa cosa se alejara, pero en lugar de eso sentí cómo se acercaba cada vez más.
Las hojas golpeaban mi rostro y mis brazos llenando los de pequeños cortes mientras yo intentaba atravesar el maizal desesperadamente.
Mis pies comenzaron a hundirse en la tierra.
Intenté moverme, pero el suelo se había vuelto espeso, parecido al alquitrán.
Caí de rodillas.
Manché mis manos al intentar salir.
No era alquitrán.
La tierra sangraba en su afán por tragarme.
Corrí.
Corrí.
Y desperté.
Salté sobre mi cama con el cuerpo completamente rígido. Me revisé las manos de inmediato.
Estaban perfectas.
Sin un solo rasguño.
Eran las 3:57 AM.
No estaba asustado, pero aun así decidí quedarme en la cama en lugar de aprovechar el tiempo ayudando a mamá a organizar la casa. Además, no podía hacer ruido si no quería despertar a mi padre y hacerlo enojar.
Con las manos todavía temblando, subí la colcha hasta cubrir mis hombros fríos. La espalda me sudaba y el aroma familiar del detergente ya no lograba tranquilizarme.
No iba a moverme hasta escuchar a mamá despertar.
Así que intenté encontrarle un significado a la pesadilla.
No se me ocurrió nada mejor que pensar que tal vez necesitaba confesarme. No dejaban de venir ideas sobre algún pecado que hubiera cometido.
¿Había ofendido realmente a mi padre?
¿Era porque había olvidado orar dos veces?
No estaba seguro, pero algo debía estar perturbando mi inconsciente.
Poco a poco dejé que mi cuerpo se relajara nuevamente.
Intenté pensar en otras cosas. Como, por ejemplo, en cómo se suponía que debía actuar al día siguiente.
Si me comportaba como un santo, los chicos de la iglesia seguramente se burlarían de mí. Pero si no estaba a la altura de las expectativas de mi padre, la reprimenda tampoco sería agradable.
Mis ojos comenzaron a cerrarse involuntariamente.
El corazón se me desaceleró y mis hombros perdieron tensión.
Esa vez no soñé.
Irónicamente, el despertador no fue quien me despertó.
Fue mi padre golpeando la puerta unos diez minutos antes.
Me hizo levantarme, tender la cama y ducharme con agua fría. Para las seis de la mañana ambos ya estábamos listos, esperando el desayuno.
Mamá estaba demasiado feliz como para parecer normal.
Había preparado huevos revueltos y tostadas. Jugo para mí y café para ellos.
Mientras el ambiente armonioso intentaba envolverme, la pesadilla seguía pudriéndose dentro de mi cabeza.
No podía dejar de pensar en la iglesia, en el Cristo observándome, en el maizal y en aquello que me perseguía entre las hojas.
-Chance, estás pálido. ¿Te sientes bien, cariño? ¿Estás enfermo? -preguntó mamá inmediatamente.
-Ninguno de ustedes dos va a inventar excusas. El niño irá al templo sí o sí, incluso si tengo que obligarlo -interrumpió mi padre antes de que pudiera responder.
-Estoy bien, mamá. Solo pasé una mala noche. Aún no me acostumbro a Hawkins.
-Si realmente te sientes mal, tienes que avisarme, ¿entendido?
-Sí, señora.
La misa no comenzaba hasta dos horas después, así que mi padre decidió arrastrarme a comprar herramientas para hacer algunos arreglos en la casa.
La ferretería no era muy grande y tampoco tenía nada interesante para mirar, así que me limité a seguirlo mientras hablaba sobre el pueblo y los vecinos.
Aunque técnicamente nosotros no teníamos vecinos.
Los más cercanos eran los muertos del cementerio.
No dije nada. Solo escuché a mi padre hablar y chismear sobre la gente del pueblo, algo que probablemente negaría si alguien lo acusara de hacerlo.
-Incluso un tipo murió el año pasado. No sé cómo se le ocurrió a tu madre venir a vivir acá.
-¿Un tipo murió?
-Sí. Algo sobre un animal salvaje suelto.
Eso me alarmó.
¿Acaso había sido ese animal lo que silenció el bosque la noche anterior?
Decidí guardarme mi experiencia. Con mi padre, cualquier historia de ese tipo sería reducida a miedos infantiles.
Después de comprar las herramientas volvimos a la casa para dejarlas.
Durante el trayecto pude observar mejor Hawkins bajo la luz del día. Había mucha más gente afuera que el día anterior y el calor hacía que todos los sonidos del exterior parecieran más fuertes e irritantes.
No sabía qué era peor:
el calor
o la gente.
Cuando llegamos, mamá estaba leyendo en el sofá Cumbres Borrascosas. Por lo poco que sabía sobre el libro, era lo suficientemente atrevido como para que tuviera que esconderlo de mi padre.
-Querido, llegaste -mamá bajó el libro de inmediato para ocultar la portada.
-Dejaremos esto y nos iremos. Es un mal hábito llegar tarde.
-Que Dios los bendiga y que les vaya bien. Hablen bien de mí -dijo mamá antes de cerrar la breve conversación.
Salimos apresurados, a pesar de que la iglesia estaba cerca y todavía faltaban más de veinte minutos para que comenzara la misa.
Cuando llegamos estaba todo menos emocionado, pero no iba a permitir que se me notara en el rostro, así que sonreí apenas.
El lugar ya estaba lleno. Parecía que nadie tenía algo más interesante que hacer un domingo por la mañana. O tal vez todos en Hawkins eran como mi familia y se levantaban antes de las cinco.
Buscamos una banca desocupada y mientras caminábamos por el pasillo central no pude evitar sentir las miradas curiosas posándose sobre nosotros.
No creo que mucha gente se mudara a Hawkins.
Debe llegar una familia nueva al año, y eso siendo optimista.
Sentí cómo la camisa comenzaba a pegarse a mi espalda. Hacía incluso más calor que el día anterior y toda la gente reunida dentro de la iglesia solo empeoraba el ambiente.
Olía a incienso, bloqueador solar y sudor.
No había anticipado lo abrumador que sería estar ahí.
Había practicado para preguntas incómodas o silencios extraños, pero estaba paranoico desde la noche anterior y todas esas miradas definitivamente no ayudaban. Me hacían olvidar todo.
Logré soportarlo hasta que el sermón comenzó.
Intenté concentrarme de verdad, pero hasta el más mínimo murmullo me erizaba la piel. Sentía un nudo en el pecho y la boca completamente seca. Mis manos comenzaron a temblar otra vez.
No había aire fresco.
Y salir a mitad de la misa solo atraería más problemas.
Me sentía desorientado y desesperado.
Necesitaba que todo terminara rápido.
Las palabras del sacerdote comenzaron a mezclarse hasta convertirse en simple ruido de fondo.
Buscando cualquier cosa con la cual distraerme, empecé a observar las estatuas de los santos.
San Marcos. San Lucas. San Antonio de Padua.
Había demasiados para una iglesia tan pequeña. Algunos eran fáciles de reconocer; otros tuve que analizarlos durante más tiempo.
Inevitablemente, mi atención terminó atrapada en la estatua de San Sebastián cerca de los vitrales.
La luz de la mañana atravesaba el vidrio de colores y bañaba su cuerpo lleno de flechas con tonos rojizos y dorados.
Parecía más un mártir olvidado que un santo.
Por un instante tuve la incómoda sensación de que me observaba directamente a mí.
Como si pudiera ver cada pensamiento impuro escondido debajo de mi piel.
Seguí mirando las estatuas mientras escuchaba al coro y respiraba el incienso que llenaba el aire y me raspaba la garganta.
Otro olor nostálgico.
Pero no reconfortante.
Recordé ir a la iglesia junto a mi abuelo. Él permanecía arrodillado durante toda la misa, murmurando oraciones entre lágrimas.
Por salud.
Por salvación.
Dios no respondió a ninguna.
Cuando me di cuenta, las personas salían poco a poco, el sermón había terminado y yo no había prestado nada de atención. Padre me tocó la espalda para apresurarse a salir, para aprovechar y hablar con la personas.
Los seguí resistente, no quería hablar con nadie de verdad, esperaba volver a la casa y relajarme. Pensar sin tanto ruido.
Ya a la mitad del atrio, mi padre se lanzo a la primer familia para presentarse, se veían elegantes y falsos.
La madre tenía una permanente rubia y maquillaje sutil, el padre parecía querer largarse de ahí tanto como yo y sus hijos estaban rezagados detrás de ellos, dos adolescentes y una niña pequeña.
Me disocie de la conversación mientras los analizaba y para cuando volví mi padre parecia tener un nuevo amigo y mi mamá una invitación a la piscina publica, dónde se reunían algunas mujeres para pasar la tarde.
Justo después de esa invitación recordé la petición de mamá. El coro.
No quería volver a entrar a la iglesia pero era un favor que debía realizar. No quería decepcionarla a ella.
-Padre, necesito la información del coro, voy a volver para hablar con el sacerdote.
-Ve rápido Chance, te esperaré en el coche.
Pase pidiendo disculpas entre la multitud, cuando llegue la iglesia se encontraba totalmente vacía.
Las bancas antes llenas ahora se veían abandonadas y torcidas. Mis pasos resonaban en el suelo y las miradas de los santos estaban fijas en mi por completo, ya no había nadie con quien compartir tal peso.
Me senté en la primera banca a esperar a que el sacerdote saliera para poder hablarle.
Fue ahí cuando volví a sentir esa sensación de inquietud, algo volvía a mirarme.
El silencio se volvió aún más pesado y cargado con una sensación espectral.
Me corregí inmediatamente, está era la casa de Dios, nada malo podría entrar.
Nada maldito.
Nada manchado.
Mi cuerpo comenzó a reaccionar otra vez, empecé a sudar de nuevo y a temblar. Empecé a respirar de forma errática.
Voltee levemente la mirada, preparado para encontrar al demonio que me estaba acechando desde ayer.
Pero era un solo un chico.
Estaba arrodillado en una banca justo en frente de El Señor Caído, rodeado de velas.
Parecía tener un rosario entre los dedos y me miraba fijamente mientras murmuraba.
Palido como fantasma y delgado como la rama de un árbol, lo noté enseguida.
Cabello castaño revuelto, nadaba en una ropa demasiado grande como para ser de él. De un padre o un hermano tal vez.
La imagen de la pureza hecha hombre.
Lo que me hizo sobresaltar fueron sus benditos ojos.
Al principio pensé que eran verdes o incluso avellana. Pero entre más los miraba más se oscurecían.
Sus ojos parecían ver mi alma. Hasta el último pedazo de ella.
Aparté la mirada instantáneamente. Mi cuerpo y mi mente se quedaron sumidos en un silencio profundo. El ruido y el calor habían dejado de importar, ni siquiera mi padre que me esperaba me devolvió a la tierra.
Solo éramos él, yo y Dios.
Volví a mirarlo, él ya había bajado la mirada otra vez.
No podía ser real, ¿Verdad?
Mi solitaria y cansada mente estaba imaginando esta alma en pena.
Era imposible que un ser como él pudiera vivir en un plano terrenal lleno de pecado como este.
Escuché el pequeño crujido de la madera, lo vi irse sin darme una segunda mirada.
Permanecí inmóvil en la banca durante varios segundos, observando el espacio vacío donde había estado arrodillado.
-¿Joven? -la voz del sacerdote me hizo sobresaltarme.
Parpadeé rápidamente y me levanté de inmediato.
Por un momento había olvidado completamente por qué había entrado a la iglesia.
Pregunté por el coro de mamá casi de forma automática. Él respondió amablemente, me dio el horario de ensayo pero no presté demasiada atención más allá de eso. Mi cabeza seguía atrapada en otra parte.
Cuando finalmente salí de la iglesia, el calor de Hawkins volvió a golpearme el rostro.
Pero ya no me ahogaba en él.
Volví al coche y entre sin decir palabra. Fue así durante todo el recorrido.
Cuando llegué a mi casa ni siquiera saludé a mamá. Me fui directo a mi habitación y traté de relajarme.
Me cambié de ropa por una más cómoda y me recosté, aunque sabía perfectamente que no iba a descansar.
Ese chico... Vaya que era raro.
Incluso lejos de la iglesia seguía sintiendo su mirada sobre mí.
Notes:
El verano de 1985 siempre estuvo condenado.
Esta historia toma el universo de Stranger Things durante la temporada 3 y las siguientes y lo transforma en un relato de horror religioso, obsesión romántica y melancolía.
Chance es un personaje apenas mencionado dentro de la serie cuya historia fue reinterpretada para esta narrativa.
Los personajes originales de Stranger Things pertenecen a los hermanos Duffer y Netflix.
Chapter 5: Y dije: Me levantaré ahora, y rodearé por la ciudad
Chapter Text
"...Por las calles y por las plazas
Buscaré al que ama mi alma;
Lo busqué, y no lo hallé."
Cantares 3:2
Pasé el resto del día ayudando a mamá con el patio trasero, ella estaba tan feliz de tener un espacio para una nueva huerta que no podía decirle que el patio trasero me daba escalofríos.
Cortamos la hierba y organizamos una parcela para plantar. Ella quería tomates y pepinos y yo la convencí de sembrar salvia, porque me gustaba el olor.
Trabajamos con el peso sofocante del sol, removiendo la tierra húmeda con las manos desnudas.
-Oh cariño, tengo una idea asombrosa, sería increíble plantar girasoles en el patio delantero, frente al porche.
-Los girasoles requieren mantenimiento ¿No?
-De eso no te preocupes, que me encargo yo. Acompáñame al pueblo a traer semillas, acá no tenemos.
Entramos a la casa para lavarnos y tomar las llaves del coche. Pocas eran las veces que mamá salía de casa en Austin para algo distinto a la iglesia, me parecía que acá en Hawkins eso iba a cambiar. Me gustaría que eso fuera así.
Subimos al coche y ella prendió la radio, You Don't Own Me salió de los parlantes. Mamá comenzó a cantarla fuertemente, si mi padre la viera ahora la regañaria.
-¿Paso algo en la iglesia, cariño? Te ves tenso desde la mañana.
-No mamá, es solo que el calor y la gente no es una buena combinación.
-Lamento no poder convencer a tu papá para que sea más suave contigo, cariño. Sabes que es un terco. Eso lo heredaste de él.
-Lo entiendo mamá, de verdad.
Corte la conversación, no tenía ganas de hablar de él, menos si eso apagaba el ánimo de mamá. Quería verla libre durante los pocos minutos de camino, sin el peso de las miradas.
Bajamos en una pequeña tienda agrícola, escondida entre la ferretería donde había comprado las herramientas en la mañana y una tienda llamada RadioShack.
La ferretería seguía abierta, pero la tienda de radios parecía en proceso de mudanza. Había cajas en el andén y alguien barría el suelo adentro, sacando el polvo como si estuviera vaciando lentamente el cadáver de la tienda.
Lo que más me llamó la atención fue la foto de un hombre pegada en la vitrina junto a los televisores. Él sonreía, aunque la foto ya estaba amarillenta, parecía haber pasado por lluvia y sol, doblada por las puntas.
No tenía nada escrito, pero él se veía realmente feliz.
Supuse que era el dueño de la tienda.
Entramos a la tienda agrícola y casi de inmediato en la entrada mamá se cruzó con una señora igual de sonriente que ella.
-¡Claudia! Que bueno verte, gracias por ayudarnos con la casa. Deberías venir a cenar cuando terminemos de organizarla. Creo que Dustin y Chance tienen edades similares, tal vez puedan ser amigos.
Mamá habló rapidísimo, la mujer parecía igual de emocionada por verla. Ella seguro era el contacto de mi mamá acá en Hawkins.
Esa mujer era la causante de que Hawkins nos hubiera arrastrado a sus putridas fauces.
-Mamá, habla con tu amiga mientras yo busco las semillas -le dije mientras me alejaba.
Era bueno que mamá tuviera amigas, no quería arruinar su reencuentro con mi cara de amargado.
Me separé de ellas y comencé a andar por los pasillos de la tienda. El ruido del ventilador del techo giraba sobre mi cabeza, removiendo el calor de la tienda sin ayudar a aliviarlo, solo expandiendolo más y más.
Cuando di la vuelta siendo guiado por los viejos y oxidados letreros me encontré de lleno con dos tipos hablando.
Se quedaron callados en cuanto me vieron. El silencio llenó el pasillo mientras esos tipos no apartaban la vista de mí.
La estrechez del pasillo volvió todo todavía más incómodo porque tuve que pasar entre ambos.
Me aleje mirando por encima de mi hombro.
Ellos seguían observando.
La vitrina donde estaban las semillas era metálica y vieja, los paquetes parecían tener tantos años que me pregunté si algo realmente podría crecer de esas semillas.
Busque el paquete con un pequeño dibujo de girasol. Estaba tieso y polvoriento, me manchó las manos cuando lo tomé.
Empecé a sentirme como en la iglesia, los ruidos y el olor no ayudaban. El fertilizante y el hierro oxidado no eran un buen ambientador.
Tomé otro camino para evitar cruzarme con los tipos de antes.
Vi a mi mamá hablando con su amiga, me acerque solo para pedirle el dinero y comprar las semillas de una vez.
El cajero era viejo, la frente se le marcaba con profundas arrugas y el sudor le corría por las sienes.
Me miró y solo dijo el precio sin agregar nada más. Le di dos dólares y me fui sin él cambio. Quería salir de ahí ya.
-Vámonos ya mamá, está haciendo un calor infernal aquí.
-Claro cariño, nos vemos el viernes Claudia, recuerda traer al pequeño Dustin.
-Por supuesto Helen, estaremos a tiempo antes de que se vaya al campamento.
Ambas se despidieron con un abrazo y cada quien tomó un camino separado.
-Deberíamos ir por algo para tomar cariño, no quiero volver a casa ya. Aún es temprano y tendremos tiempo para plantar los girasoles.
-¿Tomar algo? -No tenía ánimo para nada, pero algo en mí no quería volver a casa tampoco -esta bien, estoy a su servicio señora.
-Eres tan dulce, amor. Gracias por cumplir mis caprichos. Vamos por unas malteadas, hemos trabajado mucho hoy.
El carro empezó a moverse de nuevo.
Esta vez mamá decidió que hablar es más interesante que escuchar la radio. Comenzó a contarme como había conocido a la señora Claudia.
Al parecer en su juventud ambas habían pertenecido a un grupo juvenil en Alabama, dónde mamá nació y se crío.
Ambas se hicieron amigas cuando ayudaban en el comedor comunitario y desde entonces se llamaban ocasionalmente. El matrimonio y los hijos las habían separado un poco pero no lo suficiente como para cortar la comunicación.
Y ahora que vivían en el mismo pueblo podía imaginármelas juntas todas las tardes.
Tal parece que debía intentar llevarme bien con el hijo de la señora Claudia. Por que seguro pasaríamos suficiente tiempo juntos.
Llegamos a una tienda de colores azules despintados, esta también parecía estar desalojando el lugar. Cuando entramos el típico sonido de la campana sonó. Era agudo y tintineante.
Mire automáticamente todas las mesas. Pero además de nosotros solo había una pareja de adolescentes tomando helado.
-Yo las pido cariño, ve y siéntate.
Seguí las instrucciones de mamá y me senté en la mesa al lado de la ventana.
Mire la calle semi vacía detrás del vidrio empañado. El lugar se sentía demasiado vacío como para ser una zona comercial en pleno verano. Y tampoco era por falta de personas, porque en la iglesia había una gran multitud.
-Una de vainilla para mi caballero y una de fresa para mi. ¿Que tal te parece cariño?
-Estoy bien con cualquiera mamá, gracias
-De nada cariño, ahora que estamos solos hablemos un poco. ¿Cómo va todo? Yo estoy bastante feliz con la mudanza, pero se que puede ser complicado para ti y tú papá.
-No me sentía apegado a Austin, mamá, lo sabes. No es que tuviera mucho allá más que el rancho.
-Lo se, por eso creo que Hawkins es una gran oportunidad para ti, podrías hacer amigos. Aquí es bastante lindo.
-Yo... seguro que si, mamá. Pero sabes que es difícil para mí.
-Eres como tú papá, siempre temeroso del mundo y las personas. Pero se que Hawkins es especial y aquí las cosas serán distintas.
Y vaya que no se equivocaba, era un lugar especial. Pero no creo que de la forma en que su linda cabeza optimista piensa.
Tomé mi malteada en pequeños sorbos. Era empalagosa y espesa, pero el frío ayudaba a calmar mi ansiedad. Mis nervios bajaron poco a poco con el parloteo de mamá de fondo.
-...Y un centro comercial enorme. Deberíamos ir cuando lo terminen, sería una gran salida familiar.
-¿Centro comercial?
-No me prestas atención Chance, si, un centro comercial nuevo se inauguró en Hawkins. Quien lo esperaría de este pequeño lugar. Es por eso que las tiendas están cambiando de localidad.
Eso resolvía el misterio, no eran ni críptidos ni comunistas lo que hacía ver el pueblo completamente solo, era un simple centro comercial lo que devoraba el alma del pueblo y la tragaba para sí mismo.
Decidí callar y escuchar con más concentración a mamá. No tenía dos días en el pueblo y ya parecía conocerlo por completo. Seguro la señora Claudia era la causante de eso.
Luego de eso lamentablemente no mencionó nada interesante. Chismes de vecindarios sobre esposas infieles y perros extraviados, nada que realmente me importara.
Al terminar la malteada, mamá quiso comprar ingredientes para una nueva receta de lasaña. A mí me gustaba bastante la que hacía normalmente, era una del libro de recetas de mi abuela, mujer que nunca conocí pero que marco mi infancia con sus platillos.
Pero mamá quería hacer su propio recetario y llevaba unas cuantas semanas experimentando. Cuando le pregunté para que quería uno dijo que quería seguir la tradición y dejárselo a su futura nuera.
Vaya mujer loca.
Aún así la acompañé por las ingredientes. Volvimos sobre nuestros pasos y terminamos frente a Melvald's General Store justo al lado de RadioShack.
La tienda se veía más viva que todas las anteriores, limpia al menos. Cuando entramos parecía un pequeño supermercado y como el vacío nos perseguía desde antes en la tienda la única persona era una mujer bajita y desaliñada en el mostrador.
Saludamos al entrar y mamá se dirigió hacia las pastas inmediatamente. Buscamos entre los mostradores blancos apagados. Romero, carne molida en el congelador y aceite de oliva.
Cuando nos acercamos al mostrador sabía que nos íbamos a quedar acá un buen rato. Mamá le dirigió esa mirada iluminada a la mujer del mostrador, había visto a una posible amiga y ahora nadie iba a callarla.
-Buenas tardes, soy Helen, este es mi hijo Chance, nos mudamos hace poco ¿Esta es tu tienda?
-Hola, soy Joyce y no, yo solo trabajo aquí.
La señora Joyce se veía cansada pero aún así intentó seguir la conversación de mamá.
No sé cómo terminaron hablando sobre recetas, pero se notaba que la señora Joyce no sabía cocinar mucho.
Me apoye en la vidriera y mire hacia la calle.
Fue ahí cuando lo ví, ese cabello castaño revuelto
Salí apresurado pero intentando mantener la calma. El asfalto caliente me lastimaba las plantas de los pies, incluso con la suela de mis zapatos de por medio.
Comencé a escuchar cada vez más, la voz de mamá a lo lejos, las bicicletas pasando y los pasos del chico frente a mi.
Vi cómo volteó la cara ligeramente.
No era él.
Que vergüenza, Dios. Me di la vuelta apresurado y me apoye en el coche para esperar a mamá afuera.
Mi corazón estaba latiendo muy rápido y mis manos sudaban. Cerré los puños y cruce los pies, dando una imagen de tranquilidad.
El metal caliente del auto me quemaba la espalda.
Debí quedarme dentro porque afuera el calor iba a matarme lentamente. Y no me había despedido de la señora Joyce, mamá me regañaría porque ella no crío a un mal educado.
-Chance, saliste de la nada, podrías haberme esperado, y no te despediste. Espero que la próxima vez que veas a Joyce te disculpes.
-Si señora, lo lamento mucho.
-Bien, es hora de volver a casa para sembrar estos pequeñitos -movio la bolsa con las semillas en sus manos, haciendo un sonido seco y rasposo, como una lija.
Entramos en el coche y no hablamos en todo el camino, tal vez ambos estamos cansados. Me permiti un momento de debilidad y abrí la ventana para que el viento me pegará en la cara.
Que idiota soy, de verdad. Cómo se me ocurre pensar que él...
Era mejor olvidarlo. Cerré los ojos y respire profundamente. El clima fue cambiando conforme nos integramos al bosque.
Menos cálido y más húmedo. Sentí un bichito chocar con mi mejilla y de inmediato lo retiré.
Mire hacia arriba. Las ramas de los árboles cubrían casi todo el cielo y el sol se filtraba entre las hojas, formando un color espectacular. De mis colores preferidos.
Luego de unos minutos más llegamos. Padre estaba en el porche, en una mecedora, mirándonos fijamente.
-Casi que no vuelven, estaba pensando en ir a buscarlos, pero ustedes se llevaron el coche. Te voy a comprar una bicicleta Chance, así haces los recados de tu mamá más rápido.
-Creo que es una idea fabulosa, querido, pero puedo encargarme yo sola de los recados. Dejemos que Chance descanse el verano, ya podrá ayudarme cuando comiencen las clases.
Mi padre se quedó callado mientras entraba de nuevo en la casa, luego de un momento escuché martillazos por el salón, parece que había salido para hacer una escena.
Me dirigí hacia el patio trasero para traer las herramientas de jardín que habíamos dejado pero mamá me interrumpió.
-Hagamoslo con las manos otra vez Chance, así las plantas sabrán que nos manchamos por ellas.
Siguiendo sus órdenes volví a su lado.
Cavamos la tierra húmeda y oscura sembrando las viejas semillas con la esperanza de que algo bonito surgiera de esta tierra muerta.
Mamá aprovechó el silencio y la lejanía de mi padre para hablarme del Woodstock en el 69, el único festival musical al que había asistido.
Mamá no habla mucho de su juventud, siempre dice que no es su mejor época, pero cada vez que la menciona se echa a reír.
Si yo no fuera su hijo y la hubiera conocido en esos tiempos, seguro la habría evitado por completo, era el tipo de persona que llamaba la atención a dónde fuera que entrara.
Cuando terminamos con los girasoles, mamá dijo que debería tomar una ducha. Dejar que el cansancio y el abrasador sol abandonaran mi cuerpo.
Entre con ella, y subí hasta el piso de arriba. Mientras entraba al baño, escuché como hablaba con mi padre. Al parecer le estaba contando de su aventura del día, mencionó a la señora Claudia y también a su hijo.
Dejé que la voz se apagara cuando abrí la regadera, aún no habían instalado la ducha y sabía que mi padre la pondría en el baño de la habitación principal, no en la que yo utilizaba.
Ya estaba acostumbrado al agua fría calándome los huesos, me gustaba. Me recordaba a un río, incluso llegué a imaginar el olor a fango y peces mientras cerraba los ojos.
Cuando el agua fría tocó mi espalda me estremecí, sentía como si unos montones de agujas se me clavaran en la piel. Parecía que el sol me había dejado la piel en carne viva. Debería empezar a usar más bloqueador solar.
Terminé de ducharme en menos de diez minutos.
Cuando salí, el espejo estaba levemente mojado. Un chico agotado me devolvió la mirada desde el espejo.
Era yo.
Salí del baño hacía mi habitación rápidamente, no quería mojar el piso.
Me cambié de ropa, porque aunque quisiera ponerme pijama, tenía que bajar a comer y no vestirme de manera apropiada me traería una reprimenda.
Aproveché el pequeño momento que tenía para mi. Me recosté en el suelo, sin preocuparme por verme ridículo. Nadie me observaba en este momento, y lo agradecí.
Dejé que mis pulmones se llenaran de aire, lo retuve unos segundos y repetí el proceso varias veces, hasta que me sentí mejor.
Incluso después de unos segundos, sentí la necesidad de hacer algo, no podía quedarme y hundirme en la pereza.
Entonces decidí hacer una lista de pendientes para cuando entrara a clases. Faltaba muchísimo tiempo pero me gustaba estar preparado.
Rasgue una hoja de un cuaderno viejo y empecé a escribir, sin importar que mis manos se mancharan con la oscura tinta.
Necesitaba comprar cuadernos, un bolso nuevo porque el mío había quedado maltratado con la mudanza, se había deshilachado por un costado. También necesitaba comprar ropa de invierno porque la que tenía no iba a ser de ayuda. Había escuchado a mamá decir que el invierno era cruel en Hawkins.
Aunque me la pasaba quejándome del calor, lo prefería mil veces antes del frío. Cada vez que hace frío los dedos se me congelaban como un muerto y solo me daban ganas de dormir todo el día.
El frío siempre encontraba la forma de meterse dentro de mi piel.
Cuando terminé de escribir guarde todo de vuelta al escritorio, sin dejar desorden.
Sin saber que más hacer, volví a bajar. Mamá tenía el cabello mojado sobre sus hombros, olía a manzanilla. Ella probablemente también se había tomado una ducha.
-Chance, ayúdame con la cena. Hoy haremos la lasaña de la que te hable. Necesito que alguien tome nota mientras cocino.
Con cariño tome el recetario, la había visto durante semanas haciendo recortes y pegando encaje por el lomo del libro. Era pesado y un poco áspero, tal vez por su creación manual. Mamá era muy creativa cuando se lo proponía, ya tenía alrededor de un cuarto del libro lleno, con indicaciones y dibujos.
Mientras lo abría y empezaba a recibir el dictado, me permití perderme por un momento en el cálido ambiente de la cocina .
Poco a poco la luz natural fue apagándose, la noche venía y con ella la necesidad de alumbrar la casa de manera artificial. Las luces se prendieron con un parpadeo y la cocina quedó bañada por una luz amarilla y cansada.
Cada vez que quedaba abajo de una bombilla amarilla me sentía como un ave de corral. Una pobre criatura desesperada en busca de calor, dependiendo de un falso sol.
Mamá sirvió su nuevo platillo y antes de llevarlo a la mesa se robó una cucharada, me la tendió mientras su mano estaba por debajo, evitando cualquier reguero.
-Mamá aún no hago mi oración.
-Es solo una cucharada, Dios no se va a enojar contigo por eso Chance.
Tomé tembloroso la pequeña porción de lasaña. Estaba muy buena, la salsa de tomate casera y el romero sabían muy bien juntas. Incluso si se me quedó pegado a la garganta el regusto amargo de lo prohibido, le dije a mamá que estaba perfecta.
Ella me sonrió, parecía melancólica. Tomó varios platos y me dijo que la ayudara con la mesa. Organicé la vajilla como de costumbre, el tenedor y el cuchillo a un lado, el vaso en el otro.
-Ve y llama a tu papá para que baje a cenar ya, está en su estudio.
Camine hasta el salón y entre en la puerta lateral a el. Toque dos veces y espere la respuesta.
-Entra.
-Permiso padre, la cena ya está servida.
-Iré en un momento, oren sin mi.
Estaba sentado en un gran escritorio de madera oscura. Papeles regados por toda la superficie y un pequeño árbol bonsái descansaba a su derecha.
Se veía tenso y concentrado. Mi padre era abogado, así que tenía mucho trabajo de manera recurrente. En ocasiones se iba por semanas mientras se encargaba de un caso en específico.
Mamá lo echaba de menos, yo solo deseaba que encontrara con salud donde estuviera.
-¿Algo más, Chance? -me miró sobre sus gafas.
-No, señor.
Me retiré mientras cerraba la puerta suavemente para no interrumpir más.
Caminé hasta la cocina de nuevo y le dije a mamá que mi padre estaba ocupado pero que podíamos ir adelantando la oración.
Nos tomamos de las manos, la suya era suave pero con pequeños cayos en las palmas, de barrer y trapear probablemente.
Mamá decidió decir unas cuantas palabras en voz alta.
-Y gracias Señor, por mi familia reunida el día de hoy. Que tengamos muchos días igual de maravillosos. Amén.
-Amén.
Empezamos a comer para cuando mi padre llegó. Se sentó en la silla central y cerró los ojos sin tocar el plato. Lo oí susurrar para después empezar a comer con nosotros.
El silencio se unió a nosotros.
Estábamos por la mitad de la comida cuando el fallo de la luz nos interrumpió. Parpadeó y parpadeó hasta que nos quedamos a oscuras por completo.
-Helen, Chance quédense aquí. Iré a revisar los interruptores -escuché la voz calmada de mi padre.
Sus pasos se alejaron mientras lo escuchábamos.
Busque la mano de mamá a tientas. Ella estaba fría y temblaba.
-Espero que no vaya a llover. La casa aún tiene unas goteras y no quiero que nada se moje. No me gustan las tormentas.
-Seguro que solo es un error en el cableado. Antes se podían ver las estrellas, ¿Quieres que salgamos para verlas?
-Sí cariño, vamos -sentí cómo se levantaba y tomaba con más fuerza mi mano. Me arrastró por el salón y escuché como abría la puerta principal.
El cielo estaba estrellado y el sonido del bosque se escuchaba claramente.
Los animales parecían sentir más libertad en la oscuridad porque podías oír como se movía entre la hierba.
Escuchamos una risa seca a lo lejos. La primera desencadenó muchísimas más. Eran como carcajadas sin aire.
Coyotes.
Vaya, tal vez realmente eso era lo que había causado el silencio el primer día y no el fantasma de un chico que vivía en lo profundo del bosque y rezaba en iglesias vacías.
Escuchamos como padre llegaba por detrás de nosotros. Sentí su firme mano en mi hombro y escuché como mamá lo saludaba en un pequeño susurro.
-Los fusibles están bien. Debe ser algo del pueblo. Solo nos queda esperar a que vuelva la luz.
-Tenemos velas, voy a buscarlas y así no terminamos la cena a oscuras.
Mamá se separó de mí y empezó a mover los cajones. Mi padre camino hasta ella y escuché el sonido de un mechero.
La diminuta luz era lo único que nos separaba de la oscuridad.
Mamá prendió varias velas blancas, las únicas que teníamos. Tomó unos vasos y las pegó debajo con la misma cera de la vela.
Terminamos de comer, pero el ambiente se empezó a sentir distinto. Lo que antes era un silencio levemente incómodo ahora era un silencio pesado.
Ayudamos a mamá a lavar los platos para que ella terminara más rápido. Cuando terminamos mi padre me dio una vela y me mandó a dormir.
Subí solo las escaleras y entre al baño. Lo que antes habría reconocido de un mirón había cambiado en las entrañas de la oscuridad.
El baño era claustrofóbico y apretado. O yo lo sentía así.
Me cepillé los dientes mal.
Salí del baño, recorrí el pasillo frío y entre a mi habitación mientras la puerta sonaba. Era la primera vez que hacía eso.
No busque una pijama. Me quité los pantalones y me quedé con la camisa limpia de antes.
Organicé mi cama y justo cuando me iba a recostar recordé mi oración. Hace dos días que no oraba en la noche. Esto probablemente era la causa de mi malestar éstos días.
Busque mi rosario entre los cajones. Era delgado y de plata, dejaba un peso reconfortante en mis manos.
Me arrodillé en la oscuridad.
Solo la vela en mi mesa de noche alumbraba tenuemente la habitación, no brindaba calor ni confort. Hacía que mis cosas se deformaran y se movieran. Yo era lo único que me movía aquí.
Cerré los ojos ignorando todo y empecé a rezar el salmo 91. Ese era mi favorito.
Hacia que recordara a Dios como protección y amor.
-Con sus plumas te cubrirá, y debajo de sus alas estarás seguro; Escudo y adarga es su verdad.
A ti, Señor Dios le pido claridad y protección, le pido que me arranque estos temores del pecho.
-No temerás el terror nocturno, ni saeta que vuele de día.
Le ruego perdone mis pensamientos impuros y la suciedad que mancha mi alma.
-Ni pestilencia que ande en oscuridad, ni mortandad que en medio del día destruya.
Perdona mis pecados, te lo ruego.
-Caerán a tu lado mil, y diez mil a tu diestra;
Mas a ti no llegará.
No fue mi culpa, lo juro.
Lo juro.
-Ciertamente con tus ojos mirarás y verás la recompensa de los impíos.
Juro que ya no lo pensare. Lo arrancaré de mi memoria hasta quedar vacío.
-Pues a sus ángeles mandará acerca de ti, que te guarden en todos tus caminos.
Me limpiará, seré puro de nuevo.
-Por cuanto en mí ha puesto su amor, yo también lo libraré; Le pondré en alto, por cuanto ha conocido mi nombre.
Lo necesitaba.
-Me invocará, y yo le responderé; Con él estaré yo en la angustia; Lo libraré y le glorificaré.
Mis manos temblaron.
-Lo saciaré de larga vida, y le mostraré mi salvación.
Para cuando terminé mi cuerpo me dolía. Pero me sentí mil veces más liviano.
Las rodillas me dolían, me pregunté si Dios me salvaría si sangraran. Tal vez el dolor era lo que necesitaba.
La vela terminó consumiéndose mucho después de que me acosté.
Chapter 6: ¿A dónde me iré de tu Espíritu?
Chapter Text
"¿Y a dónde huiré de tu presencia?"
Salmo 139:7
Me desperté a las 5:00 AM, lo primero que hice al levantarme fue abrir la ventana.
Contrario a la creencia popular, a algunos adolescentes no les gustaba dormir hasta tarde.
Estaba acostumbrado a despertar antes de las 6:00 AM. En mi casa todos estábamos de pie a más tardar las 5:30 AM.
La tierra prometida era para los trabajadores.
Tendí mi cama con el frío de la madrugada metiéndose por mi piel. Los pajaritos cantaban y no se escuchaba nada espeluznante saliendo del bosque.
Punto para mi.
Mi alma se sentía más tranquila después de lo de anoche. No tenía por qué temer si me arrepentía de todo.
Debía empezar una nueva rutina en Hawkins. Cuando estaba en Austin mis mañanas se llenaban del campo y los animales del rancho. Yo era quien más ayudaba al abuelo, alimentaba a los animales antes de que saliera el sol y volvía a casa oliendo a heno, tierra mojada y estiércol.
No tenía nada que hacer en Hawkins.
Decidí darme el capricho de bajar en pijama.
Nadie había despertado aún. El piso estaba frío y la casa en un silencio profundo, solo mis pisadas se escuchaban mientras bajaba por las escaleras.
Entre a la cocina y me servi un vaso con agua. Me quedé sentado en el piso frente a la nevera abierta, dejando que el frío me golpeara directo a la frente, como si pudiera despertarme del todo. Apoye la cara dentro mientras bebía del cristal helado.
Si mi padre me viera diría que estoy actuando de manera impropia, pero en la intimidad de la mañana, decidí ser egoísta.
Después de terminar el agua y dejar el vaso en el piso, busque con la mirada por la nevera y encontré una bolsa con manzanas.
Tomé una. Era roja y grande, pero se sentía suave al tacto, empezaba a ceder bajo mis dedos. Estaba por pudrirse si no se consumía rápido.
Mamá había traído la comida desde Austin. Aún se aferraba a las marcas locales y parecía que ella tampoco quería decirle adiós a la ciudad del todo, por mucho que hablara bien de Hawkins ella también parecía extrañar Austin.
Hoy estaba pensando más en mi antigua ciudad que de costumbre. Tal vez los sucesos extraños que me perseguían desde el primer día eran los causantes.
En Austin podía salir en medio de la noche y nada me habría movido un pelo.
En este pueblo incluso las sombras parecían devorarte.
-¿Chance, que haces ahí? Párate, te vas a resfriar.
Salte donde estaba, era mi padre. Me miraba fijamente pero parecía más cansado que enojado.
-Si señor, perdón.
Me levanté a tropezones y lo mire fijamente. Vi cómo se sentaba en la mesa y miraba la hacia afuera.
-Este lugar es raro ¿No?
Estaba intentando sacarme conversación, quería saber cómo me estaba sintiendo sin preguntar directamente. No era muy cercano a mi padre, pero sabía que le preocupaba.
-Esta bien, es muy tranquilo, supongo, aunque... No es nada, olvídalo.
Tartamudeé, a él no le gusta que tartamudeara. Pero me sorprendió su mirada cuando lo ví a los ojos, cariño cansado. La misma mirada con la que yo veía a mamá cuando se emocionaba de más.
-Te pareces a tu madre, ella también hacía eso antes.
No había tartamudeado porque estaba emocionado o feliz, pero decidí callarme y dejarlo pensar lo que quisiera.
El silencio volvió mucho antes de lo que pensé. Aunque no era incómodo, solo tranquilo.
-Bien, hoy tenemos muchas cosas que hacer entonces no te pongas vago y ayúdame con el techo de la casa.
-Voy a ducharme y bajo.
Subí las escaleras de nuevo, tenía las manos dulces y pegajosas del néctar derramado de la manzana. Necesitaba ducharme para empezar a trabajar temprano y tener la tarde libre. Quería volver al pueblo y mirar los alrededores.
Para cuando me di cuenta ya estaba frente a mi armario buscando ropa cómoda. Me decidí por unos pantalones capri y una camisa de algodón azul claro.
Últimamente estaba tan metido en mi cabeza que no me daba cuenta de cuando hacía las cosas. Como salir de la tienda general ayer o no recordar la ducha de hoy.
Me pase las manos por el cabello húmedo y salí en medias, deje mis zapatos en la entrada para no ensuciar el piso con tierra.
-Estoy listo papá -dije mientras bajaba las escaleras tomando la barandilla.
-Tenemos que ser silenciosos, dejemos a tu mamá descansar.
Salimos por la puerta trasera y vi como buscaba por las paredes de la casa. Por la parte lateral había una escalera oxidada pegada a la pared de la casa, si él no la hubiera señalado la habría pasado por alto.
-Creo que esta chatarra no me aguantara a mi, ve subiendo mientras busco nuestra escalera para mi.
Tomé indeciso el peldaño frente a mi cara. Se sentía lo suficientemente sólido, entonces subí el primer pie a la escalera y me impulse hacia arriba.
La pintura despintada y el óxido hacia que las manos me picarán pero logré subir sin mucho problema.
Era bastante atlético, consecuencias de trabajar en el rancho haciendo fuerza constantemente. Mi padre por el contrario, no tenía tanta fuerza y prefería ir a lo seguro.
Cuando llegue al techo me di cuenta de que podía ver el cementerio desde aquí. Los mausoleos más grandes sobresalían y podía ver la primera línea de tumbas a lo lejos.
Si nos quedabamos realmente en Hawkins probablemente ese sería el lugar donde descansarían mis restos.
Entre las cruces creí ver movimiento, fije mi vista para ver si había algo pero no había nada más que tierra y cemento frío.
El sol saliendo del otro me distrajo de mi paranoia. Era dorado y cálido. Hacía que mi piel brillara suavemente y que mis ojos se quisieran cerrar.
Padre subía desde una escalera más nueva, la nuestra la habíamos comprado hace poco, porque la del rancho estaba peor que la de la casa.
-Desde acá no se ven las goteras, voy a tener que bajar y señalarte desde adentro. Cuando veas que una teja se mueve es porque esa la debes mover. ¿Entiendes?
-Si señor.
Seguí mirando el amanecer mientras sus pisadas inseguras se alejaban por el borde del techo.
Me concentre en mi tarea, moviendo la tejas de un lado a otro, tapando los huecos que a mamá le asustaban. Ambos intentando hacer el menor ruido posible para no despertarla.
Eran las 7:43 AM cuando terminamos. Mamá se había levantado en algún punto y ya la escuchaba cantando en la cocina preparando el desayuno para todos.
Me baje del techo dandole una última mirada al cementerio, por si veía algo.
Al no ver nada, dí la espalda y baje por la vieja escalera, cuando estaba por llegar el peldaño dónde tenía en pie derecho se hundió y me lastimo el tobillo.
No hice ruido, no había sido para tanto.
Baje al patio trasero y mire entre los árboles.
Nada.
Volví dentro de la casa, el salón estaba vacío y la actividad sonaba en la cocina.
Mamá movía un omelette con una espátula azul oscuro en la estufa. Ella seguía tarareando, no pude reconocer la canción. El olor del huevo salía por todas partes, hacia que mi estómago retumbara, después de todo ese trabajo tenía mucha hambre.
-¿Como te fue? Tu papá dijo que estaban arreglando el techo.
-Bien, me tropecé mientras bajaba.
-¿Te lastimaste, cariño? Puedo traer una crema o algo.
-Estoy bien, no fue nada. Debemos estar pendientes cuando llueva pero creo que ahora el techo está arreglado.
-Bien, siéntate mientras te sirvo -mamá caminó hasta el marco de la cocina y llamo a padre desde ahí- ¡Clyde, el desayuno!
Mi padre jamás se rebajaría a gritar en medio de la casa, entonces nuestra única respuesta fueron sus pisadas acercándose.
Para cuando llegó, mamá y yo ya nos tomábamos de las manos para orar. El se unió y todos cerramos los ojos y agradecimos la comida.
Al terminar, empezamos a comer en el tan mencionado silencio.
-Se acabaron las velas. Si se vuelve a ir la luz nos quedaremos a oscuras.
-Puedo ir a comprar más, querido no me molesta.
-Dejemos que Chance vaya, que empiece a conocer el pueblo solo. No podrá estar siempre detrás de ti.
-Puedo ir, pero me tardaría mucho. ¿No necesitas mi ayuda en algo más?
-Puedo encargadarme yo solo. Y después de que las compres, ve y pídele al sacerdote que las bendiga.
-Entiendo.
No entendia para que en realidad. ¿Para que bendecir unas velas?
Termine de desayunar mientras ellos hablaban. Mamá quería poner un librero en el salón, al lado del sofá para que cualquiera pudiera tomar los libros, mi padre por el contrario, quería que el librero quedara en su oficina porque la mayoría de los libros eran de él.
Me levanté y lave mi plato, lo puse en el escurridor y subí a cepillarme los dientes.
-Chance, te llevaré en coche hasta el cementerio, ve caminando desde ahí.
Baje rápido para no hacer esperar a mi padre. Me puse los zapatos del día anterior y me despedí de mamá, que ahora estaba escribiendo en el recetario.
-¡Habla con alguien Chance, abrete al mundo! ¿Quieres?
-Lo intentaré mamá.
Le di un beso en la frente y me fuí hasta el porche para esperar a que mi padre sacará el coche del garage.
Me subí al puesto delantero y subí la ventanilla, a padre no le gustaba cuando estaban abiertas. Las llantas rodaron y la casa se perdió entre las copas de los árboles.
Pase los minutos de viaje mirando hacia afuera, me hubiera gustado caminar por el bosque pero después de todo algo en mí decía que eso definitivamente no era una buena idea. Era bastante intuitivo cuando me convenía, así que era mejor seguir mi instinto por ahora.
Cuando llegamos a la entrada del camino pude ver el cementerio mejor, no le había prestado suficiente atención desde que llegamos. Me pregunte si todo lo raro que ha pasado estaba relacionado con la locacion de la casa.
-Regresa antes del almuerzo, no le hagas caso a tu mamá y no hables con extraños.
-Si señor.
-Y Chance, trata de divertirte.
Me dió una leve sonrisa y arranco el coche, me quedé hasta que vi como desapareció entre los árboles otra vez.
Camine por el camino desolado, solo el sonido de la naturaleza a mi alrededor. Habría traído mi walkman si supiera que tardaría tanto.
La tierra estaba seca y el sol empezaba a golpearme la cabeza. Cómo no tenía nada que hacer mi mente se dirigió justo donde no quería.
El fantasma de la iglesia.
Yo no era superstioso, en comparación con mi padre y con mamá. Pero cada vez que lo recuerdo, más seguido de lo que me gustaría, se me pone la piel de gallina.
Tenía curiosidad. ¿Había sido real? O un producto de mi imaginación para pensar en otra cosa que no fueran los cambios recientes en mi vida.
Comencé a ver la iglesia a lo lejos, primero tenía que comprar las velas, devolverme y hacer que las bendijeran. Ni siquiera sabía si el pastor estaría de acuerdo con eso.
No sabía dónde comprar velas, entonces fui al único lugar que se me ocurrió, Melvald's estaba en el centro y yo tenía que seguir caminando.
Vi pasar a una chica en patineta, junto con otros dos adolescentes en bicicleta.
En este momento me gustaría tener una, mamá quería comprarmela desde Austin, pero me negué porque pensé que era infantil. Mi padre aseguro que me enseñaría a conducir cuando cumpliera quince.
Nunca aprendere a montar en bicicleta.
Pase por la ferretería, la tienda agrícola, RadioShack y finalmente Melvald's.
Justo antes de entrar, en un poste noté una nota vieja de se busca.
Las letras estaban borrosas, el papel amarillo y a punto de romperse y la foto ya no se veía.
No sabía que Hawkins tenía una historia tan cargada de tragedias. Muertes y desapariciones no eran una buena forma de vender el pueblo.
Continúe de largo y entre.
La señora Joyce no se encontraba en el mostrador. No trabajaba hoy o no era su turno, no lo sé.
Aún así saludé al señor, que me miraba fijamente y me analizaba. No creía verme como el tipo de persona que causa problemas, pero para él eso podría ser la única verdad del universo.
Me moví en silencio entre los estantes. Busqué y busqué hasta encontrar unas velas blancas arrinconadas al fondo de la tienda.
Pensé que sería mucho más fácil encontrarlas después de ver cientos en la iglesia el otro día, pero al parecer aquí la gente no las usaba tanto.
Entonces, ¿qué hacían cuando se iba la luz?
Tomé el paquete cubierto de polvo y me acerqué al mostrador. El señor me miró de arriba abajo y, en lugar de registrar el pago de inmediato, habló primero.
-¿Eres nuevo aquí? No te había visto antes, niño.
-Sí señor. Mi familia y yo nos mudamos hace unos días.
Sus ojos bajaron hacia las velas.
-¿Y para qué las quieres?
-Por si vuelve a irse la luz, señor. Disculpe que pregunte, pero... ¿eso pasa seguido por acá? Nos quedamos toda la noche sin electricidad.
El hombre soltó un pequeño resoplido por la nariz.
-Pasa bastante. Más estos últimos días. Acostúmbrate.
Pasó el paquete por la registradora y me tendió la mano esperando el dinero.
-Sí señor. Gracias.
No dijo nada más.
Salí del lugar y volví a caminar por donde había llegado. No había nadie interesante por ahí. Unos niños de primaria comían helado en el mismo lugar donde mamá y yo habíamos tomado malteadas el otro día. Llevaban la ropa más colorida que había visto desde que llegué a Hawkins.
Un anciano estaba sentado afuera de una tienda de ropa fumando un cigarrillo. Tosió tan fuerte que sentí la muerte salir de sus pulmones.
Justo frente a él, una señora perfectamente arreglada empujaba una carreola. Su bebé no debería estar respirando todo ese humo, pero yo no era quién para juzgar.
Mamá definitivamente no estaría orgullosa de mí si terminaba haciéndome amigo de un viejo fumador.
Seguí caminando. Tal vez en la iglesia habría alguien más adecuado para mi misión secundaria de conseguir amigos.
Atravesé el césped impecablemente cortado y puse las manos sobre las pesadas puertas de la iglesia. Miré hacia adentro sin entrar del todo.
Las bancas estaban vacías.
Esta vez no había nadie realmente.
Y, para mi propia vergüenza, eso me decepcionó un poco.
Esperaba poder confirmar la existencia de mi espectro.
Entré y avancé lentamente mientras me echaba la bendición. La puerta que llevaba a la casa del pastor quedaba detrás de la iglesia. Recordé que ahí era donde ensayaba el coro.
Mamá aún tenía dos días para preparar la voz antes de empezar.
Estaba seguro de que para la misa del próximo domingo estaría sentada en primera fila, cantando como si quisiera que Dios la escuchara solo a ella. Y con su voz estaba seguro de que Él lo haría.
-¿Buenas tardes? Señor pastor.
-¿Hijo, ocurrió algo? Es raro ver jóvenes como tú aquí un lunes por la tarde.
-Necesitaba pedirle un favor. Mis padres querían bendecir estas velas para la casa. ¿Podría hacerlo?
El sacerdote observó el paquete entre mis manos antes de negar suavemente con la cabeza.
-Lo siento, hijo, pero dejamos las bendiciones para los domingos. Debieron traerlas ayer durante la misa.
-Pero sí estuvimos ahí.
-Estoy seguro de que las velas pueden esperar. ¿Necesitas algo más?
-No señor. Gracias de todas formas.
Salí un poco avergonzado. Mi padre probablemente no estaría feliz con eso. Tal vez debía llamar a casa y preguntar qué hacer.
Volví hacia la calle principal buscando un teléfono público.
Encontré uno en una esquina, cubierto de volantes viejos y con el vidrio empañado y medio quebrado. Dentro hacía un calor sofocante que te robaba el aire y te dejaba sudando hasta la espalda.
Tomé el pesado auricular y traté de recordar el nuevo número de la casa.
Lo había memorizado ayer mientras ayudaba a mamá con la lasaña.
Marcar era incómodo. Los números estaban pegajosos y hundirlos hacía doler las yemas de los dedos. La moneda casi no quería entrar.
Pensé en rendirme y colgar hasta que escuché la contestadora.
-Buenas tardes, residencia Romanillos.
La voz cantarina de mamá sonó distorsionada al otro lado de la línea.
-¿Mamá? Soy yo. El pastor no quiso bendecir las velas. ¿Qué hago?
-Ven a casa ya, cariño. No importa. Las velas seguirán iluminando incluso sin estar bendecidas.
Miré el paquete blanco atrapado bajo mi brazo.
-Está bien. Voy en camino.
Colgué rápidamente y salí del teléfono público.
Ahí dentro era un horno.
No había cumplido ninguna misión.
Ni velas benditas ni amigos nuevos.
Vaya fiasco de día.
El camino de regreso no fue tan relajado. Me sentía cansado, decepcionado y ligeramente avergonzado. El pastor me había hecho sentir como un idiota.
Sí, sabía que normalmente los rosarios y las cruces se bendecían los domingos. En Austin también era así.
¿Pero velas?
¿En serio?
Volví a pasar frente a la iglesia, pero esta vez ni siquiera la miré. Seguí caminando hasta que vi la entrada del cementerio.
Estaba bastante seguro de que, si cruzaba por ahí, llegaría más rápido a casa. Me ahorraría toda la vuelta, aunque tendría que atravesar el cementerio... y después el bosque.
Estaba tan cansado que admito no pensar con claridad.
Entré.
El cementerio estaba en paz. Lo que se esperaba de tierra santa.
No toqué nada ni me puse a curiosear, aunque una de las tumbas tenía un cuervo bastante bonito posado encima.
Olía a flores en descomposición.
No había moscas ni zombis.
Me gustó bastante.
Tal vez podría venir de vez en cuando y caminar un rato por ahí.
Seguro a los muertos no les molestaba que un chico caminara sobre ellos algunas veces. Debían aburrirse muchísimo allá abajo.
Salté el pequeño muro de la parte trasera y me interné en el bosque.
No me comió un coyote.
Buena señal.
Estaba oscuro y no veía casi nada.
Mala señal.
Apenas llevaba unos diez pasos dentro del bosque y ya parecía que fueran las seis de la tarde. La luz desaparecía bajo las copas de los árboles y todo se volvía húmedo y verdoso.
Caminé sin mirar demasiado hacia los lados, por si algo decidía asomarse detrás de un tronco y matarme del susto.
Caminé.
Caminé.
Caminé.
Estaba seguro de que, siguiendo el camino normal, ya casi habría llegado a casa. Pero ahí dentro no existían entradas ni salidas. Todo se veía igual.
Solo escuchaba pájaros, ramas crujiendo... y algo moviéndose detrás de mí de vez en cuando.
Tonto Chance.
No te metes en un bosque que no conoces.
Seguro eso lo enseñaban los boy scouts.
Yo no fui boy scout.
Aun así, no sentía verdadero pánico. Seguía convencido de que, si caminaba en línea recta el tiempo suficiente, terminaría llegando a algún lado.
Decidí sentarme un momento y tratar de ubicarme.
Las raíces no eran cómodas, pero sí la sombra sobre mi cabeza. El árbol era enorme, tan grande que tapaba casi toda la luz.
¿Laurel, quizás?
No sabía mucho de árboles, pero estaba bastante seguro de eso.
Entonces lo pensé.
El árbol.
Si lograba subir, probablemente podría ver dónde estaba.
Empecé a escalar.
Mis pies resbalaban y mis manos terminarían destrozadas, pero no pensaba pasar la noche dentro de ese bosque.
Subí hasta la primera rama gruesa y descansé unos segundos. Desde ahí todavía no podía ver nada. Solo estaba gastando más energía de la que tenía.
Esperaba no estar haciendo una estupidez y terminar con un hueso roto en mitad de la nada.
Seguí subiendo.
Ya era mediodía cuando entré al bosque, pero juraría que no había pasado tanto tiempo. Como mucho una hora.
Mamá probablemente ya empezaba a preocuparse.
Ni quería imaginar cómo estaría mi padre.
Cuando finalmente llegué a las ramas más altas, las manos me sangraban.
La bajada sería mi castigo por imbécil.
Me aferré al tronco y levanté la mirada por encima de las copas de los árboles.
Era casi de noche.
El cielo tenía ese color azul oscuro que aparece justo antes de apagarse por completo.
El corazón se me hundió.
Había pasado todo el día ahí dentro.
Y ni siquiera me había dado cuenta.
¿Qué demonios había pasado?
Busqué desesperadamente entre el mar de árboles hasta que vi algo familiar.
Mi casa.
Estaba detrás de ella. Del lado del patio trasero.
Me quedé inmóvil.
Había caminado en línea recta todo el tiempo.
O al menos eso creía.
No entendía cómo había terminado dando semejante vuelta.
Y entonces, lejos de la espesura del bosque, logré escuchar unas sirenas.
Policías.
Mis padres habían llamado a la policía.
Me dieron ganas de lanzarme del árbol.
Pero sabía que no era una decisión inteligente.
Aunque, sinceramente, tampoco lo había sido meterme solo en ese bosque.
No sé cómo lo hice, pero bajé en la mitad del tiempo que me había tomado subir. Mis manos ardían y dejé manchas de sangre por todo el tronco.
Cualquier persona que pasara por ahí probablemente se asustaría al verlo.
Al menos, si moría, una parte de mí se quedaría para siempre en ese árbol.
Empecé a caminar rápido siguiendo la dirección que había memorizado desde arriba. Intenté concentrarme en el camino y no en mis pensamientos.
Ni en el sonido que juraba escuchar detrás de mí.
Ramas.
Pasos.
No miré atrás.
Unos quince minutos después, atravesé finalmente la línea de árboles y salí por el patio trasero de mi casa.
El alivio me golpeó de inmediato. Tanto que suspiré.
Y justo antes de abandonar el bosque por completo, juraría haber escuchado una pequeña risa.
Suave.
Tintineante.
Como una campana.
Detrás de mí.
Justo detrás de mí.
Volteé alarmado.
Eso no podía ser un animal.
No era tan estúpido como para negarlo.
Alguien me había estado siguiendo.
La puerta trasera se abrió con un golpe seco. Me puse recto intentando parecer firme, pero el labio inferior me temblaba y lo único que quería era abrazar a mamá.
Intenté que mis ojos no se llenaran de lágrimas.
Fue inútil.
-¡Chance!
La voz de mamá sonó tan fuerte que me hizo sobresaltarme. Apenas alcé la vista y ella ya venía hacia mí.
Me tomó la cara entre las manos antes siquiera de regañarme. Me revisó de arriba abajo. Estaba pálida y tenía las mejillas mojadas.
Entonces miró mis manos.
Y mi camisa.
Estaba cubierto de sangre y ni siquiera me había dado cuenta.
-Dios mío, estás sangrando.
Bajé la mirada hacia mis manos destruidas y después hacia la puerta principal.
Las luces estaban encendidas. Papá despedía a un hombre con uniforme.
Mi padre.
Nunca lo había visto así.
Tenía la mandíbula tan tensa que parecía dolerle y el cabello ligeramente desordenado, como si hubiera estado pasándose las manos por la cabeza durante horas.
Entonces entendí.
De verdad pensaron que me había pasado algo.
-¿Dónde estabas? -preguntó mi padre.
No gritó.
Y eso fue peor.
-Yo solo... me perdí. Intenté tomar un atajo.
-¿Te perdiste? -mamá habló casi sin aire- Chance, llamamos a la policía.
Sentí un hueco abrirse en mi estómago.
Mi padre caminó hacia mí lentamente.
-Te dije que regresaras antes del almuerzo.
-Lo sé.
-¿Entonces qué pasó?
Abrí la boca dispuesto a defenderme. A decir que no era un niño. Que Hawkins parecía un laberinto. Que no era mi culpa que el bosque pareciera moverse y girar sobre sí mismo.
Pero me detuve.
Mamá seguía sosteniéndome las manos aun cuando las estaba llenando de sangre. También había manchado su vestido azul cielo.
La manché.
Y mi padre me miraba como si hubiera regresado después de años desaparecido.
La culpa me golpeó tan fuerte que sentí ganas de vomitar.
-Lo siento mucho, señor. Señora.
El silencio llenó el patio.
Mamá fue la primera en abrazarme.
-No vuelvas a hacernos esto, cariño. Creí que algo te había pasado.
Su voz se quebró.
-Habría sido mi culpa. Te dejé ir solo.
Cerré los ojos mientras ella me apretaba contra su pecho.
Después se separó con cuidado y me tomó de los antebrazos para no tocarme las palmas heridas. Me llevó hasta la cocina y pasó un trapo húmedo sobre mis manos.
No me había dado cuenta de cuánto me dolían.
La adrenalina lo había escondido todo, pero ahora, en la calma de la casa, sentía los cortes de la cara y las ampollas ardiendo en mis pies.
-Te enseñaré a manejar -dijo papá desde la puerta-. Así podrás tomar el coche cuando lo necesites y dejarás de inventarte atajos. ¿Qué habría pasado si te encontrabas con un animal?
Ahora más tranquilo, finalmente me reprendió.
Pero su voz seguía sonando aliviada.
Creí que me gritaría. Que me castigaría hasta los veintiuno.
Pero el hecho de que él también hubiera estado asustado hacía todo mucho más real.
Pude realmente perderme.
Eso sí me asustó.
Pude haber desaparecido.
Y aun así, incluso dentro del cálido y melancólico ambiente de la cocina, no logré olvidar la risa.
La risa que probablemente también me perseguiría en sueños esa noche.
Chapter 7: Le dijo Jesús: Yo soy la resurrección y la vida
Chapter Text
"... el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente. ¿Crees esto?"
Juan 11:25-26
Tuve una pesadilla horrible, no dormí nada y me desperté a la mitad de la noche.
Me había estado moviendo incómodo entre las sábanas durante horas. Me dolían las piernas y en las palmas de las manos era peor, me quemaban, sentía como si estuvieran al fuego directo.
Tuve que levantarme a la mitad de la noche, con el frío subiendo desde las plantas de los pies, entrar al baño a oscuras y dejar que el agua del lavamanos corriera sobre ellas.
Este no estaba siendo mi día, ni mi semana.
Cuando regresé de aliviar mis manos quemadas, noté algo extraño.
La ventana estaba levemente abierta y había una silueta: una marca de mano empañada. No en la parte donde normalmente se abren las ventanas, sino más arriba, cerca del techo.
Me acerqué a revisar.
No veía bien, pero estaba seguro de que esa marca no era mía.
Primero, porque era demasiado pequeña como para ser mi mano. Y segundo, porque yo no me había acercado a esa ventana desde ayer. Mucho menos en ese punto.
¿Cómo podría algo haber subido hasta ahí?
Recordé la escalera. Estaba un poco más alejada de mi ventana, pero si se llegaba al techo era fácil moverse por encima de la casa hacia cualquier lado.
¿Tal vez sí había sido yo?
Ayer había estado en el techo. La marca se veía algo distorsionada, como si el tiempo la hubiera deformado. Eso debía ser.
No quise pensar demasiado en ello. Solo quería dormir, y quedarme mirando una mancha en la ventana no iba a ayudarme en nada.
Me acosté de nuevo y me quedé mirando el techo por lo que parecieron horas. Conté las tejas, las telarañas y las vigas una y otra vez, hasta que los ojos empezaron a pesarme.
Cuando logré dormirme, faltaba media hora para que sonara el despertador. Lo apagué y seguí durmiendo. No me importaba nada.
Estaba demasiado cansado. No solo físicamente, sino también emocionalmente. No podía sacarme ni la risa de la cabeza.
¿Qué diablos había sido eso?
No lo había imaginado, ¿verdad?
Mis sentidos estaban al máximo desde ayer. Estaba seguro de que no lo había imaginado. No esta vez.
Alguien me había seguido.
Algo me había seguido.
Y yo lo había ignorado, pensando inocentemente que era un animal curioso.
Criticaba a mamá cuando yo era peor de incrédulo.
Pero ya no iba a taparme los ojos con una venda. Algo llevaba tiempo acechándome.
Me desperté a las 8:00 AM. Era la primera vez en años que dormía hasta tan tarde. No escuché a ninguno de mis padres. No sabía si habían salido o si también habían tenido una mala noche y seguían dormidos.
Aproveché el silencio y revisé su cuarto. Estaba ordenado y limpio, olía a manzanilla y la cama estaba tendida con lino. En la ventana colgaba un atrapasueños, yo lo había hecho cuando tenia doce, mi padre siempre me amenazaba con tirarlo en ese entonces, él aun lo conservaban. Yo lo había olvidado.
Bajé a la cocina en busca de más pistas y encontré un papel de color rosa brillante. No decía su nombre, pero igual sabia que era de mamá.
"Salimos de compras, te dejamos dormir más tiempo por lo de ayer, pero estás castigado y no puedes salir de casa hoy.
Te queremos".
Abrí la nevera mientras sostenía la nota; iba a guardarla en mi cajón.
Busqué la leche y después los cereales en la alacena. Me serví y salí al patio con el tazón en la mano.
El sol había decidido no ser cruel contra nosotros hoy. Se sentía mas cálido que abrasante. Se quedaba sobre la piel en vez de meterse dentro del cuerpo.
Caminé por todo el borde de los árboles mientras comía cereal. La tierra estaba húmeda en las sombras, llena de pequeños insectos caminando, algunos de ellos se subieron sobre mis pies descalzos. Los aparte con cuidado, no veía la necesidad de matarlos.
Aquí cerca del borde, podía oler la madreselva mezclada con las hojas húmedas y la tierra removida por el viento.
No había pistas ni huellas, pero los sucesos habían ocurrido ayer, así que probablemente todo lo que pudiera darme indicios ya había desaparecido. Tampoco me consideraba demasiado observador como para notar algo fuera de lugar.
Volví dentro de la casa, sin querer arriesgarme a que algo del bosque volviera a fijarse en mí.
Ya habiendo terminado de desayunar, lave el plato para que no quedara con el olor dulce de la leche y el azúcar. Subí a mi cuarto mientras las escaleras sonaban con mis pasos y puse música en mi habitación. Paint It, Black sonó desde el tocadiscos.
Me metí a bañar al cuarto de mis padres con la música resonando desde mi habitación, intentando relajarme mientras el olor a manzanilla llenaba el vapor del baño, salí todavía empapado, dejando gotas sobre el piso frío de madera.
Moje el piso y deseé que se secara antes de que mis padres aparecieran para ver las huellas de mis pies perfectamente formadas.
Quería sentir que era un día normal, así que escogí ropa cómoda y ancha, de algodón. Estaba al final de mi armario, lejos del poliéster que uso normalmente.
No iba a salir hoy, por mi castigo. Tampoco me habían dejado tareas por hacer, pero sabía que mi mente volvería recordarme todo si me quedaba sin nada que hacer.
Para suavizar la charla que sé que tendría con mis padres, pensé que podría hacer por ellos.
Decidí cocinarles el almuerzo para cuando llegaran.
La música seguía sonando, llenando el silencio. Busqué el recetario de mamá y mientras pasaba las manos por el lomo, sacaba los ingredientes. No quería complicarme y terminar arruinándolo todo. Iba a hacer sopa de verduras. Era imposible arruinar algo tan simple.
Maíz, papa, zanahoria y garbanzos.
Justo cuando estaba por empezar a cortar los vegetales, volví a sentir esa familiar sensación. Me observaban, de nuevo.
Vi una sombra por el rabillo del ojo, estaba en la ventana. Esa cosa notó que la miré porque, en menos de un segundo, echó a correr hacia el bosque.
Mierda.
¿Eso fue real? ¿Seguía dormido, atrapado en un espiral donde soñaba despertar solo para darme cuenta de que seguía en lo profundo de la tierra de los sueños, sin forma de escapar?
Hawkins se sentía como una pesadilla larga y tediosa. Desde que llegamos no había tenido un solo momento de paz.
Algo siempre me mira. Siempre.
Tomé un cuchillo y me asomé levemente, sacando solo la cabeza por la ventana. Todo seguía normal, excepto por un par de huellas de zapatos bajo la ventana.
Lo que fuera eso tenía forma física.
Tangible.
Eso quería decir que no era un fantasma. Era una persona.
Eso me aterró aún más.
Padre siempre decía que había que tenerle más miedo a los vivos que a los muertos.
Y a mí los muertos jamás me había asustado.
Al no ver señal alguna de mi acosador, decidí seguir fingiendo normalidad y terminar de cocinar.
Mi respiración era agitada mientras revolvía la sopa.
¿Debería contarles a mis padres?
Si era una persona, entonces era peligroso.
Alguien podría querer meterse a robar o a asesinarnos.
No conocíamos realmente a la gente de Hawkins. Si había un loco en el pueblo, sería mucho más fácil para él lastimar a una familia nueva y aislada en el bosque.
Comencé a hiperventilar. Hacía mucho que eso no me pasaba.
No podía respirar.
Ni pensar.
La cuchara se me cayó de las manos y me senté en el suelo antes de caer.
Pasó al menos media hora mientras respiraba. La casa olía a sopa y ya se había sobrecocido. La había arruinado.
Apagué la estufa desde donde estaba, sin fuerzas para levantarme.
Así me encontraron mis padres. Temblando y casi llorando.
-¿Chance, amor, qué pasó?
-Yo... no podía respirar, mamá. No podía...
-Ay, cariño -mamá se arrodilló a mi lado y me acunó entre sus brazos- Sigue mi respiración, inhala y exhala lentamente.
Intenté seguir sus indicaciones, pero el hipo me llenaba el pecho. Tal vez todo esto era absurdo, pero absolutamente todo lo que había pasado estaba resurgiendo.
No podía seguir fingiendo. Estaba aterrorizado desde el momento en que puse un pie en Hawkins.
Sentía una pesadez en el pecho que se había incrustado y llevaba días enteros ahí. Tal vez incluso desde antes de Hawkins.
Había empezado con el abuelo.
Lo extrañaba muchísimo. Su voz áspera pero amorosa, su olor a tabaco y salvia, incluso sus chistes sin gracia.
Yo no había podido despedirme. Mis padres se negaron rotundamente a llevarme al hospital.
Tuve que quedarme solo en el rancho sabiendo lo que estaba pasando.
Estaba solo y yo solo quería a mi abuelo.
Y luego la mudanza. Dejar Austin. Extrañaba Austin. Extrañaba todo.
Hawkins no se sentía correcto. No se sentía puro. Me sentía cada vez más enfermo estando aquí.
Enfermo y solo.
Otra vez.
Esta vez mis ojos no pudieron aguantar. No lloraba así desde que era niño, cuando aún tenía miedos superficiales como la oscuridad o los monstruos.
Sentí a mamá intentando hablar con papá por señas, moviendo las manos mientras me hacía subir contra su pecho. Fue ahí cuando lo sentí: mi orgulloso padre se había arrodillado a mi lado y también me había abrazado.
Eso solo empeoró mi reacción. Hacía mucho que papá no me abrazaba; nos habíamos distanciado conforme fui creciendo. No sabía por qué, pero él me veía como si en cualquier momento fuera a desaparecer.
Como si le diera miedo acercarse demasiado.
Ambos me ayudaron a levantarme del suelo, me guiaron hasta el sofá y se sentaron a mi lado. Tomaron mis manos.
-Tienes que ser sincero, Chance. ¿Qué ha estado pasando? Si no nos dices nada, no sabremos cómo ayudarte, cariño.
La voz no me salió. La miré fijamente y negué con la cabeza.
Me estaba volviendo loco estos días por algo de lo que ni siquiera estaba seguro que fuera real. Y justo hoy había tenido una confirmación.
-Yo... creo que estoy viendo cosas. Es una tontería, seguro es el estrés.
Seguía inseguro. ¿Preocupar a mis padres o no decir nada y cargar con el peso yo solo?
Y si no era nada y los involucraba, empezarían a verme como un miedoso. O peor, si solo fuera mi mente, eso demostraba lo jodido que estaba.
Quería que mi familia se apoyara en mí. Mamá era demasiado suave y sentimental. Papá estaba incluso más lastimado que yo por la muerte de mi abuelo.
La familia llevaba días inestable, y el único lugar donde ambos se comportaban como siempre era conmigo.
¿Y si ellos también veían que yo me estaba rompiendo?
¿Qué le esperaba a esta familia?
-¿Ves cosas? ¿A qué te refieres?
Padre estaba intentando ser el racional, buscar respuestas. Su mirada fija y sus manos templadas me hicieron tomar una decisión.
-Sí, en el bosque. Creo que ayer me persiguió un animal y volví a verlo hoy.
Una verdad a medias.
Decidí advertirles sobre el bosque, pero no sobre lo que había visto realmente.
Una decisión de la que me arrepentí casi de inmediato. Si mi familia terminaba masacrada, iba a ser mi culpa.
Lo lógico habría sido llamar a la policía para que revisaran el bosque.
Pero gracias a mi bocota, mi padre terminó caminando por el bosque toda la tarde con su Colt, buscando al animal que me había asustado.
No encontró nada.
Ni siquiera pisadas.
Y las huellas bajo la ventana habían desaparecido.
Otro suceso imposible, porque no había llovido y el viento no había soplado lo suficiente como para borrarlas.
Me quedé con mamá el resto del día.
Siempre que estaba solo terminaba en una situación extraña, así que mi solución fue no separarme de alguien ni un momento.
Ninguno de los dos habló sobre el día anterior, ni sobre mi colapso en el suelo de la cocina, aunque mamá sí me regañó por haber quemado el fondo de su olla con la sopa de verduras.
Me quedé en el sofá, leyendo por encima de su hombro e intentando no pensar en nada más que en Cathy y Heathcliff y en su amor obsesivo.
Padre volvió al atardecer. Tenía la frente cubierta de sudor y los zapatos llenos de tierra. Me miró fijamente y suspiró.
-No había nada, pero debemos estar pendientes. No creo que haya sido algo grave. Trata de controlarte la próxima vez, Chance.
Así que estaba en mi imaginación.
Había imaginado todo.
Y había hecho caminar a mi padre por el bosque durante horas, haciéndole perder tiempo valioso de trabajo.
Había sido una buena decisión no decir nada más.
-Sí, señor. Lo lamento. No volverá a pasar.
Mi padre le hizo una seña con la cabeza a mamá, ambos entraron a la cocina y hablaron en voz baja durante casi media hora. Estaban susurrando y no logre entender casi nada, solo palabras sueltas.
"Especial"
"Sensible"
Y luego el llanto ahogado de mamá.
Ella salió secándose las mejillas con la manga de su vestido. Volvió al sofá y me acuno contra su pecho de nuevo. Mi padre no me dirigió la mirada, paso frente a nosotros y se encerró en su estudio.
Cuando anocheció, le pedí a mamá que se quedara conmigo hasta que me durmiera.
No había podido conciliar el sueño la noche anterior.
Ella se recostó a mi lado y me acarició el cabello hasta que me quedé dormido. Mientras mis pensamientos se disipaban, la escuché orar junto a mi oído.
Ella estaba llorando.
Soñé con el árbol de laurel. Yo estaba tratando de subir y subir, pero nunca llegaba a la cima. Mientras más me esforzaba, más lento avanzaba.
Desperté cansado.
Esta vez sí me desperté temprano. Bajé cuando mamá terminaba de limpiar los platos. Hoy era el día en que se presentaría al coro. Se notaba lo emocionada que estaba.
Mi plato seguía sobre la mesa, así que tuve que orar y comer solo. Era una papilla de manzana con miel y almendras. No estaba mal, pero se sentía más como una merienda que como un desayuno.
-Hoy iré al coro. Deberías acompañarme, Chance. No creo que sea bueno para ti quedarte solo. Tu papá tuvo que ir hasta Indianápolis por unos documentos; salió a las cuatro.
No me gustaba la idea de ir a la iglesia si no era día de misa, pero lo prefería antes que quedarme solo en la casa. Sin embargo tampoco iba a quedarme quien sabe cuanto tiempo viendo a un montón de señoras cantar, intentado destacar por encima de las demás.
-Iré, pero te esperaré afuera.
-Está bien. Termina eso rápido y nos organizamos para salir.
Me terminé toda la comida y seguí las órdenes de mamá: ropa formal, pero no de domingo. Lo suficientemente apropiada, aunque no tanto como para parecer elegante.
Salimos temprano porque teníamos que caminar. Ir por el borde del bosque no me dejaba tranquilo, pero tomar la mano de mamá me reconfortaba.
Su mano tenía casi el mismo tamaño que la mía. Cuando la mía creciera un poco más, podría cubrir la suya por completo. Llevaba puestos unos guantes de encaje blanco que hacían cosquillas contra mis dedos.
Mamá me hacía sentir mejor.
Caminamos durante casi media hora hasta ver el cementerio. Estaba solo, como siempre. Mamá se persignó mientras me daba un pequeño codazo para que hiciera lo mismo.
Si había algo a lo que mamá le temiera era a la muerte. Por eso se aseguraba de que todos supieran lo llena de vida que estaba.
El día estaba gris, el cielo estaba cubierto por una pesada capa de nubes que escondían todo el sol. Era la primera vez que veía a Hawkins sin el sol pegándole directo. Habíamos llegado con casi una hora de anticipación, para aprovechar el tiempo fuimos a comprar unos bocadillos para compartir con las demás del coro.
La calle estaba más llena de lo habitual, en ninguna de mis anteriores visitas la había visto tan concurrida. Mientras mamá entraba a una tienda, decidí esperar en la puerta, aprovechando el día fresco.
Mientras observaba a las personas de la calle unas mujeres bien arregladas me llamaron la atención, había visto a varias en la iglesia el domingo y estaba seguro de que pertenecían al coro.
¿La reunión empezaba mas temprano? Iba a entrar a avisarle a mamá de la novatada que le iban a hacer cuando justo en medio del grupo vi una figura inconfundible.
El fantasma de la iglesia.
Gire apenas la cabeza.
Ya no estaba.
Solo quedaban mujeres risueñas envueltas en vestidos de verano.
Para evitar que mamá llegara tarde entre a la tienda sin más tiempo para pensar. La encontré pagando y para cuando recibió el cambio yo ya la apresuraba hacia la iglesia mientras le contaba que había visto a sus nuevas compañeras pasar.
Entramos juntos, con objetivos opuestos, ella presentarse ante todas y dañarles la jugarreta y yo buscarlo a él.
Justo antes de llegar vi como se sobresalto ante la imagen del Señor Caído.
-Chance, entra primero. Necesito pedirle un milagro al Señor.
Al ver la figura no quise acercarme más. La vi arrodillarse y rezar; se veía tan concentrada que decidí dejarla sola.
Avance entre las sillas hasta notar la reunión en el frente. El pastor estaba en el centro hablando de manera cercana con las mujeres, ellas sonreían y respondían sus preguntas como un concurso para llamar su atención.
Revise las caras disimuladamente, nadie que me interesara.
Camine de nuevo hasta donde estaba mamá, ella seguía arrodillada. No la interrumpí.
Salí de la iglesia haciendo ruido con la puerta para que supiera que me había ido.
Me senté en las escaleras del atrio, intentando encontrar algo de sombra.
Cerré los ojos mientras el viento rozaba mi cara. Lo único que me gustaba de Hawkins era que todavía existían momentos de tranquilidad.
Sin ruidos extraños.
Sin presencias.
Pasaron unos cinco minutos hasta que mamá volvió a aparecer. Me buscó con la mirada y, cuando me vio, me hizo señas. La práctica ya había empezado.
Le levanté el pulgar y la vi entrar otra vez.
Me quedé ahí, mirando a la nada.
No quería ir al centro ni cruzarme con nadie, así que decidí ir al lugar más tranquilo de Hawkins.
El cementerio.
Irónicamente, el único lugar que me tranquilizaba además de los brazos de mamá.
La fría piedra me recibió, en la entrada habían dos ángeles, uno tenia un dedo sobre su boca, pidiendo silencio. El otro estaba tocando un trompeta, alzando su cara hacia el cielo. La reja estaba entre abierta.
Entré al lugar y busqué un espacio lejos de las tumbas. Me senté bajo un viejo pino y me recosté contra el tronco. Las agujas del pino me crujían y pinchaban bajo mis piernas, pero no me levante. Este lugar era perfecto para calmar mi ansiedad.
No tenía a nadie a quien rezarle ahí. Los restos de mi abuelo estaban en Austin, en su tierra. Lejos de su familia, sin nadie que rezara por él.
Cuando mis ojos comenzaron a vagar entre las lápidas, lo sentí antes de verlo. La incomodidad antes nula, comenzó a subirme por la columna. No había nadie a simple vista pero estaba seguro de que algo me observaba, ya estaba demasiado familiarizado con la sensación.
Algo volvía a mirarme. Esta vez me encontré con su mirada.
Lo vi observándome.
Detrás de una tumba, solo podía ver sus ojos y la parte superior de su cabeza.
Como un déjà vu, ya me estaba mirando fijamente. La luz gris del cielo se reflejaba sobre la mantilla blanca que cubría su cabello.
No apartaba los ojos de mí.
Era él, reconocería sus ojos.
Justo cuando iba a levantarme, para poder intentar hablarle, lo vi acercarse.
Vi como sus blancos dedos rozaban la tumba, tomaba impulso y se levantaba.
Caminaba lento, pero con una gracia extraña. Sus pies apenas hacían ruido sobre la hierba húmeda, estaba descalzo y tenía pedazos de césped pegados a las piernas desnudas, incluso podía notar como se veían sus venas azules atreves de sus muslos. Había estado sentado entre la hierba durante mucho tiempo.
La mantilla era de un blanco puro, pero tenia una mancha de tierra en la punta. Su cabello caía por su frente, rozando sus pestañas. Y sus ojos se hundían en su cara y brillaban como los de un ciervo.
No dejó de mirarme ni un segundo.
Y yo tampoco pude apartar la mirada.
Mientras mas se acercaba el tiempo parecía darme tiempo para poder ver a este ser.
Inclino su cabeza hacia un lado, parecía confundido, como si intentara entenderme. Ni siquiera vaciló en acercarse.
Él me miraba como si ya me conociera.
Se detuvo frente a mí.
-No creí que vinieras tan pronto, Chance.
Su voz era suave.
Hablaba como un susurro, el viento le robaba las palabras apenas salían de sus labios.
Sentí un escalofrío subir por mis brazos, pasando por mi espalda y terminando en mi cuero cabelludo.
-¿Me conoces? -pregunté antes de poder detenerme.
No respondió.
Extendió la mano, pálida y delgada.
Sus brazos, al contrario de sus piernas, estaban cubiertos. La camisa era blanca, aunque los años de uso se notaban en la tela. Tenía encaje, algo demasiado suave para que él lo usara.
Le tendí la mano, para presentarme de manera correcta.
Solo tomó mi mano.
Y me arrastró.
Sus dedos eran pequeños y helados. El frío atravesó mi piel tan rápido que tuve que contener la respiración.
Nunca he rozado la muerte pero estaba seguro que era como tomarlo de la mano.
Me llevó entre las tumbas sin soltarme. El cabello le revoloteaba con cada paso. Se veía tan tranquilo. Al contrario de mi, sentía como si mi cuerpo entero se quemara, empezando por la mano que me sostenía.
Yo seguía caminando detrás de él, aunque algo dentro de mí gritaba que debía detenerme.
No podía.
-Escogí lirios -murmuró mientras avanzábamos-. A mi mamá le gustan mucho. Aunque yo prefiero la madreselva.
Nos detuvimos frente a una lápida.
William Byers
1971 - 1983
Los ángeles te guiaran hacia la gloria.
Sentí el estómago hundirse.
Doce años.
Solo había vivido doce años.
Antes de poder lamentarme por el pequeño Will, mi atención se vio consumida por él.
Jugaba con los dedos de los pies, mirando la tierra y parecía pensar profundamente porque no cambiaba su expresión.
Miré la tumba.
-¿Era... tu familiar?
Él me miró en cuanto hable, parpadeo por primera vez desde que lo vi, luego bajó lentamente la mirada hacia la lápida, pasó sus dedos por el nombre y con un poco de diversión, volvió a mirarme y me confesó.
-Soy yo.
El aire abandonó mis pulmones.
Mi corazón dio un golpe tan fuerte que pensé que iba a vomitar.
Retrocedí un paso.
Pero él seguía sosteniendo mi mano.
Y estaba frío.
Frío de verdad.
Mis ojos volvieron a la fecha.
1983.
Muerto.
Eso no era posible.
Él estaba ahí.
Podía verlo.
Sentirlo.
Escuchar su respiración.
Will inclinó apenas la cabeza, observándome con una atención enfermiza.
Como si estuviera esperando mi reacción desde hacía mucho tiempo. Me regalo una pequeña sonrisa, sin dientes, solo levantando las comisuras.
-No estoy bromeando -dijo finalmente-. ¿Por qué le traería flores a una tumba que no es la mía?
Fue entonces cuando vi el ramo.
Lirios secos descansaban sobre la grava fría.
-Lindos, ¿no?
Siguió sosteniendo mi mano. Incluso apretó un poco más el agarre.
Además de las flores, vi sus zapatos apoyados sobre el césped junto a la tumba.
-Siéntate conmigo. Al fin puedo hablar contigo.
Me arrastró hasta la tierra y nos sentamos frente a su tumba, se giro de modo que pudiera verlo solo al él. Seguía sonriéndome.
Will me miró, y yo lo miré a él.
Mi temor comenzó a desaparecer poco a poco.
-¿Y por qué la mantilla? -intenté sacarle conversación. No sería correcto quedarnos tomados de las manos, en silencio, en medio de un cementerio.
-No me gusta el calor.
Se acercó un poco más a mí. Luego entrelazó nuestros dedos y preguntó:
-¿No vas a avisarle a tu mamá? Ella se preocupara por ti.
-¿Avisarle?
-Que pasarás la tarde conmigo. No queremos darle una mala impresión.
-Yo... no aún no le digo. Ella sigue en el coro. No tiene muchas más cosas que hacer.
-Lo sé. Pobre pajarito.
Por fin desvió la mirada de la mía. Tomó sus zapatos con la mano libre y comenzó a ponérselos con destreza.
-Vamos.
Creí que, al salir del cementerio, Will se evaporaría como un diente de león. Pero cuando cruzamos el umbral de la salida, su mano seguía aferrada firmemente a la mía.
Él era real.
Caminaba lento, sin mirar atrás, aunque de vez en cuando desviaba la vista hacia mí.
En lugar de hablar, empezó a tararear. Mamá había cantado esa canción antes, en la intimidad de nuestra cocina. Me pregunté si sería una casualidad.
Como si todo a su alrededor estuviera a su favor, los arboles empezaron a moverse con el viento, acompañando su voz con sus hojas. Jure que los otros sonidos se desvanecían haciendo que resaltara más y más.
Justo cuando iba a bajar la guardia de una vez por todas, un pensamiento intrusivo se metió en mi cabeza.
¿Will me conocía de antes o algo así?
-No deberías pensar tanto.
Will silenció mis pensamientos con una sola frase.
Decidí dejar de darle vueltas al asunto y concentrarme otra vez en él.
Había bajado la mantilla, ahora estaba envolviendo su cuello y dejaba que su cabello bailara con los arboles. Noto que miraba y volvió a sonreírme.
Su cara no parecía acostumbrada a esa expresión, porque se podía notar un poco de tensión en sus mejillas.
Conforme más nos acercábamos al pueblo, más podía notar cómo Will resaltaba. En el silencioso cementerio parecía estar mucho más en sintonía que rodeado de personas.
Aunque tampoco parecía prestarle demasiada atención a eso. Seguía lleno de hierba y la mantilla sucia, con el viento revolviendo todavía más su cabello.
Pero a él poco le importaba.
Parecía mucho más interesado en mí que en su propio aspecto.
-¿Y tú? Dijiste que a tu mamá le gustan los lirios.
-Tú ya la conoces.
-¿Lo hago?
-Sí.
Will parecía tener las palabras contadas. La charla trivial no parecía ser su fuerte.
Las escaleras de la iglesia se me hicieron eternas, como subir desde el abismo hasta el cielo.
Will soltó mi mano justo antes de entrar a la iglesia.
El cambio fue tan repentino que mis dedos sintieron una descarga inmediatamente.
-¿Qué haces? -pregunté en voz baja.
-Por el momento.
Empujé la puerta y el sonido del coro llenó mis oídos. Mamá estaba junto a otras mujeres, acomodando partituras sobre una mesa. Se veía relaja, justo en su elemento. El coro de Hawkins jamás tendría a alguien mejor con ellos.
Cuando nos vio, sonrió inmediatamente.
-Chance, pensé que seguías afuera.
-No mamá, fui a dar una vuelta y me cruce con Will.
Estire la mano hacia él para acercarlo a mi mamá cuando me di cuenta que no estaba, me gire para buscarlo y lo vi en la puerta de iglesia, asomando solo la cabeza. Me miraba fijamente y en cuanto le devolví la mirada inclino la cabeza hacía un lado, otra vez.
-Parece que es un poco tímido ¿Puedo pasar la tarde con él?
-Claro cariño, sabes que me encantaría que consigas amigos. ¿Dónde lo conociste?
-En la misa, el domingo. No te lo conté porque no sabía si lo volvería a ver.
No mencione el cementerio, y técnicamente si había conocido a Will en la iglesia. A mamá no le haría mucha gracia que me metiera al cementerio y mi encuentro con Will se sentía demasiado intimo como para contarlo.
-Ve con él pero no te metas en problemas Chance, y nada de atajos.
-Si mamá.
Regrese sobre mis pasos con la mirada de todos sobre la espalda, pase el umbral y no encontré a Will por ningún lado, lo vi hace un segundo no podría ir muy lejos.
Baje las escaleras y justo detrás de un árbol lo vi, estaba sobre una rama, extendiendo su mano hacía un cuervo que estaba posado en lo alto. Me puse de inmediato debajo de él al ver como una de sus piernas colgaba hacía abajo. Tenía suficiente fuerza para atraparlo antes de que pudiera lastimarse.
-¡Will, baja de ahí! No creo que sea muy seguro.
Mi grito espanto al cuervo, porque grazno y levanto sus alas al aire, desapareciendo a lo lejos.
Antes de que pudiera darme cuenta, Will salto y volvió a tomar mi mano, echó a correr conmigo y ya nos estaba llevando hacia el bosque. El mismo al que me había prometido no volver a entrar jamás.
El sol apenas atravesaba las hojas ese día. Comenzó a hacer frío, pero era un frío parecido al de la fiebre: lo sientes incluso cuando tu cuerpo está ardiendo.
-¿Qué hacemos aquí? -no pude callarme. Mi cuerpo empezaba a tensarse y mi mente daba vueltas otra vez.
-No va a pasar nada. Estás conmigo.
Eso no respondió mi pregunta.
Will había sentido cómo mi cuerpo reaccionó apenas cruzamos los árboles. Aun así, decidió seguir, con él no nos perderíamos ¿verdad? debía conocer todo el pueblo muy bien.
-¿Me viste en la iglesia también? -decidí arriesgarme a preguntar, no podía quedarme con más dudas mientras él nos metía a la boca del lobo.
-Sí.
-Pero no me hablaste.
-No estaba seguro de ti. No todavía. Pero ahora sí, así que deja de preocuparte.
Cuando iba a seguir preguntando, él se soltó de mi mano y caminó hasta un árbol pequeño. Apenas debía haber brotado hacía unos meses.
Un árbol bebé.
-Vamos, sal de ahí. Por fin voy a presentártelo.
Un gran cuervo viejo salió detrás de las hojas verdes. Giró lentamente la cabeza hacia mí y sus ojos cristalinos se fijaron en los míos.
Estaba ciego.
-Solo me reconoce por la voz -explicó Will- Es muy inteligente.
-¿Es tuyo? ¿Cómo se llama?
-Es un cuervo, no necesita un nombre.
El cuervo me miró y luego simplemente me ignoró.
¿No me había escuchado?
O tal vez no se sentía seguro conmigo.
Voló hasta Will y se posó sobre su cabeza, aferrándose a la mantilla blanca. En medio de la prisa volvió a ponérsela y yo no me había fijado.
Antes de que pudiera agregar algo más, sentí cómo Will volvía a tomar mi mano y apoyaba el hombro contra mi pecho.
Me miró fijamente.
Igual que la primera vez que nos vimos.
-¿No me llevarás a tu casa?
Chapter 8: Yo te llevaría, te metería en casa de mi madre
Chapter Text
"...Tú me enseñarías, y yo te haría beber vino adobado del mosto de mis granadas."
Cantares 8:2
Pare por tercera vez en el camino. Otra vez lo había perdido de vista.
Busque entre los troncos de los árboles y solo pude ubicarlo por el graznido del cuervo, la camisa blanca resalto entre el verde.
Nos habíamos internado en el bosque desde hace un buen rato, tanto que mi camisa se me pegaba en la espalda. El calor del bosque era extraño, sentías el sudor, pero te estremecían las corrientes de aire.
Parecía que el bosque no se decidía entre ahogarte o calmar tu calor.
Él ya me había adelantado un buen tramo, pero me esperaba paciente sobre la raíz de un árbol gigante, uno que reconocí por la mancha de sangre que lo cubría.
El laurel seguía igual de majestuoso e imponente. Aunque sabía que el ambiente no olía a nada más que tierra y hierba, me pregunté si Will podía sentir el toque metálico y dulzón de la sangre seca.
-¿Dimos una vuelta? Pensé que querías llegar a mi casa. Por acá vamos a aparecer por el patio trasero y nos tomara mas tiempo.
-Quería pasar más tiempo contigo.
Él seguía sentado sobre las raíces sobresalientes, no fue hasta ahora que me di cuenta que si traía algo debajo de su larga camisa, unos shorts de mezclilla desgastados, demasiado cortos como para notarlos a simple vista.
Me pregunté si no le dolía la piel sobre la tosca raíz. Se veía rojiza.
Él parecía tan frágil, su piel también debía serlo. Quise quitarme la chaqueta para que se sentará sobre ella. Pero hoy no la había traído.
Se había vuelto a quitar los zapatos y llevaba un buen tiempo caminando descalzo, los llevaba por los cordones, colgando.
Me preocupaba que se lastimara, pero el parecía mucho más a gusto así, sin nada que impidiera el contacto directo entre la tierra húmeda y las plantas de sus pies.
Aquí era fresco y oscuro, lleno de sonidos vivos, los insectos se pegaban a la piel si te descuidabas y si prestabas atención podrías escuchar las pisadas de algún animal a lo lejos. Ahora, acompañado por Will, el bosque no era tan intimidante.
Incluso podría acostumbrarme a el, conocer el lugar disminuía las probabilidades de futuras desapariciones.
Camine lo que faltaba para alcanzarlo y me senté junto a sus pies, viéndolo hacía arriba. El poco sol que entraba a través de las hojas parecía ser atraído por él, porque jure ver un halo de luz formarse detrás, dándole un aspecto divino.
Volví a dudar de si Will era humano, se sentía humano pero no lucia ni se comportaba como uno.
Me pregunte si me había cruzado con un ángel.
No sabía si debía sentirme afortunado o condenado porque tal ser se había fijado en mi.
Volvimos a mirarnos a los ojos, como parecía ser costumbre ahora. Will se aparto un poco, dejándome espacio a su lado, dejándonos a la misma altura. Me levante y me senté a su lado, sobre la raíz.
Nos quedamos callados durante un buen rato, oyendo las hojas chocar entre ellas y el viento.
Él apoyo su hombro sobre mi pecho y dejo caer su cabeza sobre mi hombro. Luego movió su pie y me pateo la espinilla suavemente, como si intentara llamar mi atención hacía él de nuevo.
Mi atención jamás se había desviado.
Volví a mirarlo, pensando que quería decirme algo, él solo se rio y tomo mis mejillas entre sus dedos y las apretó.
Se levanto de un salto, apartándose de mi pero tomando mi mano en seguida.
Pasamos por encima de la raíz, tomando otro camino. Ahora me encontraba en territorio desconocido. No había espacio libre de hierba, fuéramos a donde fuéramos, las plantas nos rozaban los tobillos, haciendo que la piel picara.
Un olor dulce a miel llenó el ambiente, pude ver la madreselva creciendo sin control sobre un árbol. Ella se lo estaba tragando poco a poco. Su inocente color blanco no la hacía menos culpable.
Una flor terminó en mi cabello luego de pasar por el árbol, su olor me impregnó la cabeza, estaba desesperada por marcarme.
La retiré y la hice girar en mi mano libre.
Le di un codazo a Will para que me mirara, cuando sus ojos se posaron en mi, le mostré la flor de frente para que la tomara.
Él abrió la boca y en lugar de agradecerme como pensé que haría, se la comió.
Uno de los pétalos quedó enganchado en su boca.
-¡Will, la madreselva es venenosa!
-Tallos y hojas.
Como se veía seguro, decidí confiar en él. Eso no evitó que lo vigilara por el resto del camino.
Guardé el tallo de la flor en mi pantalón.
Volvimos a caminar en silencio, sin soltarnos, mientras el bosque se cerraba detrás de nosotros.
Llegamos mucho más rápido.
Para cuando vi la puerta trasera, Will ya estaba abriéndola. Mamá, había llegado antes de nosotros, incluso si salimos primero que ella. Ella estaba en el sofá, mirando por la ventana, como si buscara algo.
-¿Mamá, todo bien?
Ella pegó un salto poco elegante y un grito salió de sus labios.
-¡Chance, no hagas eso! Casi me matas del susto.
-Perdón señora, no volverá a pasar. ¿Qué buscas, mamá?
-A ti, no te vi cuando llegue a casa ¿Dónde te metiste? me estaba preocupando.
-Estamos en el techo.
La mentira salió antes de poder pensarlo bien. Mis entrañas se removieron incómodas en ese mismo instante, jamás le mentía a mamá, pero no quería preocuparla ni dejarle una mala impresión de Will.
El pensamiento de Will me atravesó de inmediato, busque con la mirada donde estaba y lo encontré sentado en el sofá, con los pies sobre el, leyendo la portada de un libro de mi padre. Él sintió que lo mirada porque volteo a mirarme y se levanto para caminar hasta donde mamá estaba.
-Señora Helen, que bueno verla de frente.
Mamá lo evaluó de pies a cabeza, deteniéndose en cada cosa fuera de lugar, pero sonrió de todas formas, miró a Will como un animalito perdido y se presentó haciendo su voz más suave.
-Hola cariño, perdona mis gritos, sabes como son las mamás. Eres el Will de Joyce ¿No? Tu mamá me hablo mucho de ti.
-Si señora, ella también habló sobre ustedes.
-Deja que les traiga limonada, como se le ocurre a Chance subirte al techo sin darte nada de tomar, ese niño.
Ella se movió hacia la cocina, dejándonos solos de nuevo. La señora de la tienda, Joyce, era la mamá de Will.
Por un instante la idea me resultó absurda, Will tenía mamá.
Pensaba en él como otra cosa. Algo salido de los arboles, de la lluvia, de la tierra húmeda y no del cálido cuerpo de una mujer.
Pero Will tenía mamá, tenía familia, una vida fuera de nuestros encuentros. Una vida de la que no sabía nada.
Will había vivido por lo menos trece años sin conocerme, yo había vivido catorce años sin conocerlo.
Will y yo acabábamos de conocernos.
Llevaba horas junto a él y era la primera vez que se me cruzaba por la cabeza. Apenas hoy supe cual era su nombre.
Lo tome de la mano sin pensar.
Sentí cómo se acercaba más a mi, pegándose a mi costado, sin mirarme.
Quise que nos quedáramos así, pero la vida siempre se empeña en seguirme la contraria.
Me tuve que separar bruscamente cuando mamá volvió a entrar. No estaba seguro si había visto algo pero sus ojos esquivos me hicieron dudar. Me habría dicho algo ¿no?
-Tomen niños, y vayan a la habitación a jugar, no hagan mucho desorden. ¿Te quedas a almorzar, Will?
-Si.
Will estaba la mitad de las escaleras en un parpadeo, al ver que no lo seguía me miro sobre su hombro y me extendió la mano, invitándome a tomarla, camine detrás de él, sin hacerle caso por primera vez, con la mirada vigilante de mamá en nuestra espalda.
Para no dejarlo parado y dejarlo solo, en cuanto mamá se dio la vuelta le pase el brazo por el hombro y lo lleve suavemente a mi cuarto. Incluso con la larga caminata, su cuerpo no había entrado en calor. Seguía igual de frío.
El lugar antes cómodo ahora me hacia sentir simple y aburrido. No tenía juegos con los que entretenernos o música variada para escuchar. Mi habitación no tenia ni una pizca de alma en ella.
Para no quedarnos en silencio, empecé a buscar entre mis contados discos algo que pudiera gustarle a Will.
Puse The Cure, porque sentí que a Will le gustaría.
A Forest empezó a sonar, nunca me había sentido tan conectado con una canción como con esa.
Me recosté sobre mi cama con cuidado de no ensuciarla, mientras veía a Will explorar mi habitación, rozó los posters con sus dedos y abrió mis cajones uno por uno, revisando mis notas y escritos, se detuvo en uno para empezar a leerlo, un poema suelto de mi libreta. Seguro lo había escrito en algún golpe de inspiración.
Tomó el último poema que había escrito en Austin hace meses y empezó a caminar por toda la habitación mientras murmuraba las palabras. Su cadencia era pausada pero atenta, como si consumiera cada palabra.
Abrió mi armario con una mano y, sin dejar el poema, se puso uno de mis suéteres, el azul cielo, viejo y usado por años. Varios de los ganchos dejaron caer la ropa.
Su mantilla se cayó al suelo y el paso sobre ella como si no le importara, la huella húmeda de su pie quedó marcada sobre la tela blanca. El poema en su mano robando su atención por completo.
-Escribes precioso Chance.
-Gracias.
Su voz me sobresalto.
Había estado tan concentrado en cada uno de sus movimientos que olvidé que nuestro objetivo era socializar.
Era lo que hacían las personas que querían ser amigos, cualquier película era la prueba. Debería estar jugando a las veinte preguntas con Will, preguntándole cual es su color favorito o si practicaba algún deporte. En su lugar, él estaba escarbando en lo profundo de mis pensamientos y yo solo sabía que tenia una tumba, un cuervo y un nombre.
Y una mamá.
Dejo el poema sobre el escritorio y siguió explorando todo. Lo siguiente fue mi pequeña colección de discos.
Saco algunos para leer las canciones y luego los devolvía a cualquier lugar, ignorando por completo el orden en que yo los guardaba.
Había deshecho mi orden por la fecha de lanzamiento.
Después lo arreglaría.
Entonces se detuvo en mi álbum favorito, Deliver. Lo sostuvo entre sus manos unos segundos antes de mirarme y sonreír.
Will me hizo una seña, me moví para darle espacio junto a mi dejándolo cerca de la ventana abierta, el se subió a mi cama y se recostó junto a mi, su cabello me hizo cosquillas en la nariz.
Mire al techo, sintiendo su respiración a mi lado, ¿Así se sentía tener un amigo? Era la primera vez que pasaba el tiempo así con alguien.
Normalmente siempre tenía algo que hacer, algo sobre lo que tenía que opinar, nunca bastaba con simplemente estar.
-Tienes lindas facciones ¿Te han dibujado alguna vez?
-Nunca, ¿Dibujas?
-Antes lo hacía.
Volvimos a meternos en nuestras mentes, su mano empezó a rozar la mía, primero un dedo haciendo círculos y luego toda su mano sobre la mía.
-Tal vez te dibuje.
Apoyo su cara en mi pecho y levanto la vista, clavando su mentón en mi esternón. Pensé que me dolería más.
Pasó su vista por toda mi cara, parecía estar diseccionando un animal bajo una lupa.
Mi cuarto quedo en silencio. El disco se había acabado.
Solo escuché el golpeteo del viento en la ventana y luego el estridente graznido de un cuervo afuera. Sonó tan cerca que por un instante pensé que estaba del otro lado del vidrio.
Lo mire a los ojos.
La oscuridad parecía llenar todo en ellos. Con sus pestañas largas y caídas, se parecían a los de un ciervo.
Pero cuando mis ojos terminaron de acostumbrarse, lo noté.
Sus pupilas estaban completamente dilatadas.
Eran los de un depredador al acecho.
-¿Te gustan mis ojos?
-¿Cómo?
-Me miras mucho.
Sonrió apenas.
-Yo también te veo Chance.
Me quedé mudo. ¿Qué se decía en una situación así? Mis capacidades sociales estaban siendo sobrepasadas.
Él río, completamente cómodo con mi incomodidad. Se movió un poco dejando su cabeza en mi hombro en lugar de mi pecho y suspiro.
-Vamos.
Se levantó y se sentó en el alféizar de la ventana, con los pies hacía el vacío. Me dejó un espacio. Quería que me sentará con él.
Un poco inseguro decidí seguirle el juego. Mi estómago era demasiado sensible, mire un poco hacía abajo y ya se había revuelto. No le temía a las alturas, pero sentía algo en el estómago al sentarme junto a Will.
-Puedes verme desde aquí.
-¿Verte?
-En el cementerio, paso por ahí en las mañanas.
Apunto hacia la espesura de los árboles, hacia donde se veía el inicio del cementerio.
-No entiendo porque preguntas cosas que ya sabes.
-Hoy fue la primera vez que te vi en el cementerio.
-Eso es mentira.
Volteó la cara, cortando la conversación de raíz.
Will pasó su mano libre por la cortina blanca, acariciándola, luego la paso por encima de sus hombros y se acurrucó en ella.
Me volvió a patear.
Él tenía la mirada en el bosque pero sus ojos parecían ir más allá. Estaba evaluando algo. Lo vi abrir la boca para decirme algo pero nos interrumpieron. Se mordió la lengua y no me dijo nada.
-¡Niños! El almuerzo está listo. Bajen a comer.
La voz de mamá sonó ahogada por la puerta, ella tocó tres veces con los nudillos y luego sus pasos se alejaron.
Me baje de la ventana de un salto y le ofrecí mi mano a Will, aunque sabía que no la necesitaba.
Él la tomó y también bajo de un salto. Camino hasta la puerta y la abrió con un chirrido. Me miró y bajo por las escaleras tarareando.
Al seguirlo me di cuenta que estaba en sintonía con mamá en la cocina, que cantaba. Al mismo ritmo, ambos se encontraron. Pero Will se cortó en el momento en que cruzo hacía la mesa, mamá no se dio cuenta.
-Les prepare puré de papas con carne empanizada. ¿Si comes carne, Will?
-Si.
Alargó la i al final, haciendo reír a mamá. Nos sentamos juntos y tomé las manos de ambos para rezar.
Mamá y yo agachamos la cabeza, pero por el rabillo del ojo note que Will no se movía. En cuanto se dio cuenta, esquivó mi mirada y la centró en mamá.
La vio con lastima.
Era la primera vez que veía una expresión tan humana en su cara.
-Amén.
-Amén.
Respondí por costumbre, pero hoy no había orado ni una sola palabra, demasiado concentrado en algo más.
Nos soltamos de las manos y de inmediato sentí el pie de Will enredarse con el mío bajo la mesa.
Él empezó a comer como si no me distrajera con cada movimiento, se llevaba la comida a la boca de manera descuidada, como si no le importara que estaba comiendo, a veces mordía la punta del tenedor y su vista pasaba por toda la mesa.
Mamá comenzó a hablar del centro comercial y lo emocionada que estaba por ir.
Intento sacarle conversación a Will pero él se limitaba a mirarla. Entonces yo fui su segunda víctima.
Will movió el pie otra vez. Esta vez subió suavemente por mi tobillo antes de tirar de mí hacia él de improviso.
La silla rechinó contra el suelo cuando intenté mantenerme en mi lugar. El seguía indiferente, ignorando a mamá. Luego vi como levantó sus comisuras antes de llevarse un trozo de papa a los labios.
-Deberías invitar a Will a ir. Incluso podrían llevar al hijo de Claudia, seguro todos se llevan bien - La voz de mamá funcionaba como sonido de fondo, yo estaba demasiado metido en sus movimientos como para escuchar lo que decía.
Mamá nos miro unos segundos antes de seguir hablando.
-¿Chance? ¿No te gusto la comida? No has comido nada.
-No, quiero decir. Sí me gusto, mamá, solo estaba pensando en lo que me dijiste.
-Que bueno, te hace falta salir. El centro comercial será divertido, incluso podrías conseguir un trabajo de verano.
No iba a pensar nada, el centro comercial no era mi ambiente y me atrevía a decir que el de Will tampoco.
Prefería reunirnos en el cementerio, el bosque o en mi cuarto. Cualquier lugar donde un montón de personas no nos juzgarán solo por vernos.
Tampoco conocía al hijo de la señora Claudia, y no era bueno hablando con extraños, me quedaba demasiado tiempo callado y le parecía aburrido a los adolescentes de mi edad. Por eso nunca tuve amigos.
Definitivamente no me verían pisando el centro comercial por voluntad propia.
Will no dijo una sola palabra durante el almuerzo, yo me limité a contestarle a mamá, ella no parecía darse cuenta del silencio porque saltaba de un tema a otro sin pensar mucho.
Cuando los platos quedaron vacíos Will fue el primero en levantarse, tomar mi plato y el suyo y dirigirse a la cocina. Mamá me miro extrañada y yo solo alcé los hombros sin agregar más.
-Es lindo que por fin tengas un amigo. Te dije que Hawkins era un buen lugar. Will parece un chico dulce.
-Supongo.
Él salió de la cocina minutos después con espuma pegándose en sus dedos y el borde del suéter mojado.
-Gracias por la comida señora Helen, Chance y yo subiremos otra vez.
Sin dejarme pensar en lo ocurrido, caminó por el comedor hasta las escaleras y me espero.
-Gracias mamá - me levante y le di un beso en la frente. Camine hasta él y lo seguí detrás mientras subíamos.
Solo le hable hasta que estuvimos dentro de mi cuarto, con la puerta cerrada.
-No tenías que hacer eso, mamá debe pensar algo raro.
-¿Porque?
-Ya sabes...eres un chico.
-No entiendo.
-Lo que quiero decir...-no pude seguir después de ver sus ojos, él sabía lo que había hecho. -Olvídalo.
-Esta bien.
Fue hasta mi tocadiscos y empezó a buscar entre los discos. No parecía reconocer algunos.
-Pon la canción de antes.
Me puse detrás de él, dejando que su espalda descansara en mi pecho y busque The Cure otra vez.
-Puedo prestártelo, no escucho mucho The Cure.
-No tengo tocadiscos.
No quise decir nada más entonces solo apoye mi cabeza sobre la suya y nos quedamos viendo como el disco se movía sobre si mismo.
Robert Smith lleno el silencio por nosotros.
La canción paso a otra en un segundo y al siguiente Will volteo a mirarme.
-Salgamos mañana también.
-Claro, no tengo muchas cosas que hacer aquí de todos modos.
-Te elegí bien.
-¿Me elegiste?
Solo me miro y con solo eso supe que no iba a responderme.
Se separo de mi y se volvió a lanzar a mi cama. La desacomodo y se acurruco en mi almohada. Sin voltear la cabeza se hizo una seña. Camine hasta él y me recosté a su lado, de nuevo.
El viento soplando y su presencia me hicieron relajar tanto que mis ojos comenzaron a cerrarse, sentir sus manos en mi cabello no solo me hizo suspirar sino también entrar al mundo de los sueños mas rápido que en cualquier momento.
Las hojas de maíz me golpeaban la cara mientras caminaba, eran más altas que yo. Algunas estaban húmedas. Otras tan secas que cortaban mi piel al pasar.
El olor era peor ahora. Dulce y podrido al mismo tiempo. Se metía por mi nariz y se quedaba pegado detrás de mi lengua.
El chico frente a mí no volteaba nunca.
En la oscuridad solo podía ver su rifle balancearse contra su delgada espalda mientras avanzaba entre los tallos.
Mis pies no paraban de hundirse en la tierra blanda.
Algo crujió a lo lejos.
Después más cerca.
Como si algo caminara entre el maíz siguiendo nuestros pasos.
Él chico nunca paro de caminar.
Me desperté con Will en el mismo lugar. Mis ojos pesaban y casi sentía el maíz rozarme las pantorrillas.
Él tenía los ojos cerrados pero respiraba demasiado rápido como para estar dormido.
El cielo estaba más oscuro, testigo del paso del tiempo.
Esta vez fui yo quien no pudo apartar la vista, Will no tenia pecas que contar, pero si lunares. Estaban dispersos por su cara como pequeñas estrellas, haciendo un mapa estelar. Me dieron ganas de unirlas con la yema de mis dedos.
Justo cuando mis dedos iban a rozarle las mejillas, se levanto bruscamente y miro hacía la ventana.
Me alarme, pensando que había sido mi culpa su reacción, iba a disculparme cuando el cuervo de antes se poso en mi ventana.
Había sido eso, que alivio.
El cuervo entro y Will lo miro fijamente, tenía una enredadera en el pico. Iba a acercarme para quitársela pero Will me jalo y se acerco primero. Lo miro fijamente y atrapó la enredadera entre sus dedos antes de arrancarla del pico del cuervo.
-¿Will? ¿Qué es?
Él ni siquiera me miro. Tomo la enredadera y la guardo en un bolsillo de su short, luego sostuvo su cuervo y me se giro hacía mi.
-Tengo que irme. Ve al cementerio mañana.
-¿Qué paso? Es tarde, deja que te acompañe hasta tu casa.
-No.
Salió por la puerta apurado. Corrí detrás de él, bajando las escaleras de dos en dos y solo alcance a ver desde la puerta de mi casa como volvía meterse dentro de los árboles. No me dio una segunda mirada.
-¿Chance? ¿Y Will? prepare postre.
-Tuvo que volver temprano, al parecer.
-Pobre pajarito.
La mire. Ella se veía triste, pero ajena; la expresión que pones al ver un accidente en las noticias.
-¿Por qué lo dices así?
-Las mujeres del coro me contaron sobre él y lo que pasó. Ya sabes.
-No sé, mamá. Por algo te pregunto.
-Sé más educado conmigo, muchachito.
-Perdón, señora. ¿Y que paso con Will?
-Si él no te lo conto, tal vez quiera mantenerlo privado. Pobre bebé... y pobre Joyce.
Decide no indagar más. Mamá tenía razón, si él no quería contarme, debía ser por algo. Le daría más tiempo para que confiara en mi.
Sali al porche y me senté en la mecedora, mirando por donde Will se había ido, con la esperanza de que su cabeza se asomara detrás de un árbol y me sonriera.
El cielo se oscureció del todo y lo único que se acerco a la casa fue el coche con papá al volante, debió irle bien en la reunión porque llego temprano. Salió y me saludo con una mano. Antes de poder ir a saludarlo mamá apareció y de un salto se lanzo a abrazarlo.
-Pensé que te quedarías en Indianápolis hasta mañana.
-El caso se resolvió rápido. Pude salir temprano para llegar.
Ambos entraron platicando. Le di una última mirada al bosque y quise que me volviera la mirada.
No lo hizo.
Suspire y me volví a sentar. No quería entrar.
Mire al cielo y vi que las estrellas comenzaban a notarse, recordé los lunares de Will.
No pude saber que constelación formaban.
Vi como la luz de la sala se apagaba, escuche pasos en las escaleras y la voz de mi padre alejándose cada vez más. Supuse que hoy tampoco cenaríamos juntos.
Cerré los ojos y dejé que el aire fresco golpeara mis mejillas.
Busqué en mis bolsillos el tallo de madreselva. A pesar de pasar todo el día en mi bolsillo, seguía igual de vivo que cuando lo tomé.
Su textura era leñosa, se enredaba en mi piel, como si quisiera crecer de mi mano.
-¡Chance, entra ya a la casa! - Mamá me observaba desde su ventana, tenía su pijama. No me había dado cuenta de cuanto tiempo había pasado.
-Ya voy señora - Me asegure de que me escuchara, Su ventana se cerro y la luz se apago.
Abrí la puerta y subí las escaleras a oscuras, al pasar por la habitación de mis padres no escuche nada, ¿estaban dormidos?
La puerta de mi cuarto estaba abierta, la única fuente de luz era la ventana. Cerré la puerta y encendí la luz. Ahora sin Will, mi habitación volvía a sentirse normal.
Lo único que resaltaba era la mantilla, seguía en el suelo. La tierra se había secado y manchaba el blanco inmaculado. Parecía imposible de lavar.
La levante con cuidado y la dejé sobre mi escritorio.
El armario se veía desordenado. Algunos ganchos estaban vacíos, la ropa caída sobre el suelo
Mi colección de discos estaba regada.
Mi cama aún conservaba la forma de su cuerpo. Noté que incluso había dejado la huella de sus pies terrosos en la sábana.
Me pregunté si todavía olía como él.
Para distraer mi mente decidí organizar mi habitación. Me cambié por una pijama. La etiqueta picaba en el cuello. La arranqué.
Antes de empezar, guardé el tallo de la madreselva en mi libreta. Iba a prensarla.
Mis nudillos se movieron debajo de mi piel, cansados. Miré la hora. Habían pasado cuarenta minutos.
Decidí bajar y buscar algo sencillo para no tener que despertar a la mitad de la noche por el hambre. Tome la mantilla de Will y me la puse sobre los hombros, olía a bosque y la tierra seca se me pegó en el cuello.
No me la quite.
Todo estaba oscuro cuando abrí la puerta. Camine de puntas para que no oyeran y mamá se levantara a preparar algo. Ya no era un niño, podía dejarla descansar.
El piso de abajo estaba en penumbra, ni siquiera la luz de la luna entraba por las ventanas. Tuve que guiarme con mi memoria, afortunadamente llegue a la cocina sin tirar nada, la puerta de la nevera me golpeo y para empeorar no había nada preparado.
Busque otra manzana, pero en cuanto las toqué sentí la piel blanda hundiéndose bajo mis dedos. Estaban podridas. Olían dulce, como el maíz.
Las tome para tirarlas al huerto y que sirvieran de fertilizante. Pero seguía sin saber que podía comer.
Al final solo tome un vaso de leche.
Con el vaso en mi mano derecha y la bolsa de manzanas en la izquierda, salí y me quede en las escaleras.
Hacía frio, poco común durante estos días. El patio si estaba iluminado. La luz de la luna dejaba el huerto plateado y húmedo, como si acabara de llover. Por fin podía ver lo que tenia delante de mi.
El huerto seguía vacío, pero la hierba estaba volviendo a crecer, me quite los zapatos y las medias, no quería ensuciarme. Cuando toque el suelo me hizo cosquillas, después de unos pasos descubrí que también me dolía. Las piedrecillas se enterraban y la tierra se pegaba. Fue una mala idea.
Sin poder echarme para atrás una vez manchado, tire las manzanas para alimentar la tierra y volví a dentro sin mirar hacia atrás.
Trate de quitar la tierra, pero permaneció sin importar cuanto limpiara mis pies.
Mañana barrería para no hacer enojar a mamá.
Y tenía que levantarme temprano para ver a Will en el cementerio.
Tal vez le llevaría unas flores a su tumba.
Antes de subir miré hacia el bosque una última vez por hoy. Juraría que vi algo esconderse entre los árboles.
Chapter 9: Si el hombre muriere, ¿Volverá a vivir?
Chapter Text
"...Todos los días de mi edad esperaré, hasta que venga mi liberación. "
Job 14:14
Otra noche de insomnio.
La letra de A Forest se reproducía una y otra vez en mi cabeza, mezclándose con el zumbido del ventilador y el crujido ocasional de la madera.
Me levanté varias veces durante la noche y caminé por mi cuarto, dando vueltas sin rumbo. A veces me detenía frente a la ventana, otras frente al tocadiscos apagado, como si esperara que algo cambiara si lo miraba suficiente tiempo.
Abrí y cerré la ventana más veces de las que podía contar. El aire entraba frío y húmedo, moviendo apenas las cortinas, pero después de unos minutos el cuarto volvía a sentirse sofocante.
Me cambié la pijama tres veces. La tela terminaba pegándose a la piel de todas formas.
Afuera, los insectos seguían sonando sin descanso. El bosque tampoco dormía.
Terminé acostándome en el suelo al menos cinco veces, buscando el frío de la madera contra mi espalda.
El sol todavía no aparecía, pero yo ya estaba listo para ducharme y salir.
Mi cama se veía deshecha, hundida en el lado donde Will había estado. La sábana seguía marcada por tierra seca.
Intenté volver a acostarme por última vez.
La cama se sentía incómoda.
Justo antes de levantarme tuve la sensación de que quería tragarme. Como si el colchón siguiera hundiéndose debajo de mi cuerpo, poco a poco.
No podía soportarla
Me duché con agua fría.
Me caló hasta los huesos, dejó mis manos temblando, pero despejó mi mente. Durante unos minutos solo fui capaz de sentir el frío recorriéndome el cuerpo. Unas gotas se pegaron al espejo del baño y convirtió mi reflejo en una mancha borrosa.
Me puse una franela de cuadros azules, gastada por los años y el trabajo. Algunos hilos sobresalían de los puños. La tela todavía conservaba el calor del sol y olía apenas a detergente. También busque una chaqueta de mezclilla gastada.
Afuera aún no amanecía del todo. La casa estaba silenciosa, apenas interrumpida por el zumbido lejano del refrigerador y las tuberías crujiendo dentro de las paredes.
Estaba intentando acomodarme el cabello frente al espejo empañado cuando mamá pasó por el pasillo con la pijama puesta.
Se sorprendió al verme despierto.
-Chance, cariño, aún es muy temprano. ¿Por qué estás levantado?
-Quedé de verme con Will. ¿Puedo ir?
-Claro, cariño, pero no creo que Will esté despierto a esta hora.
-Él dijo temprano.
-¿Por qué no vuelves y te das una siesta? Te despertaré cuando esté listo el desayuno.
-No, mamá. Incluso si no veo a Will, necesito aire. Saldré a caminar.
Ella me miró preocupada. Sabía lo que estaba pensando.
-No me meteré al bosque.
Ella suspiró, pero su expresión se suavizó. La había convencido.
-Vuelve rápido. Y solo sigue el camino, Chance. Nada de atajos.
La vi regresar a su habitación arrastrando las pantuflas contra el suelo. Debí despertarla con la ducha.
Decidí irme antes de que cambiara de opinión. Mientras buscaba mis zapatos junto a la entrada, vi la tierra que había dejado regada por todo el suelo la noche anterior.
Tomé una escoba y barrí caminando hacia atrás, empujando la tierra hasta sacarla por la entrada principal. El polvo se levantó apenas un poco antes de volver a asentarse sobre los escalones húmedos del porche.
Dejé la escoba apoyada contra la pared.
El aire frío me golpeó la cara apenas puse un pie afuera. Sentí cómo me despejaba de inmediato, todavía cargaba el olor húmedo de la madrugada. El cielo seguía oscuro cuando empecé a correr. Troté antes de que mamá pudiera asomarse otra vez y detenerme.
Todavía no se escuchaban pájaros. El mundo parecía suspendido entre la noche y el amanecer, dejando solo el sonido constante de los insectos y las hojas moviéndose suavemente entre los árboles.
Mis pasos hacían crujir las hojas secas bajo mis pies mientras avanzaba por el camino. El aire frío me quemaba un poco los pulmones, pero no disminuí la velocidad.
Una luciérnaga pasó a mi lado. Me detuve para verla.
¿A Will le gustarían?
Caminé más lento para no asustarla. Me desvié un poco del camino para alcanzarla, apartando las ramas bajas con cuidado de no perderla de vista. Su luz aparecía y desaparecía entre la oscuridad como si estuviera respirando.
La encerré entre mis manos, con cuidado de no lastimarla. Miré entre mis dedos; ella seguía brillando, ahora posada sobre mi palma.
Todo a mi alrededor estaba oscuro. El bosque todavía seguía atrapado en la noche, húmedo y silencioso, pero aun así supe exactamente por dónde salir. La luciérnaga iluminaba tenuemente mi camino, apenas un pequeño destello amarillo entre tanta sombra.
No hacía mucha diferencia. Pero me reconfortaba.
Seguí caminando con más delicadeza para no espantarla. Mis pasos se volvieron más lentos, más suaves. Sabía que iba a tardar más en llegar, pero realmente quería enseñársela a Will.
Esperaba que siguiera brillando cuando lo encontrara.
El camino se hizo más ameno mientras me entretenía viéndola parpadear entre mis dedos. A veces su luz se apagaba por completo durante unos segundos y sentía una punzada absurda de decepción, hasta que volvía a encenderse otra vez.
Llegué al cementerio cuando el sol apenas comenzaba a asomarse detrás de los árboles. La neblina seguía pegada al césped y las tumbas parecían más altas bajo la luz grisácea de la madrugada. No sabía si era el primero en llegar, pero lo esperaría.
La puerta estaba cerrada, aunque sin candado. Tuve que abrirla con el hombro. El metal soltó un quejido oxidado que rompió el silencio por unos segundos.
No vi a nadie. Ya aparecería.
Caminé hasta la tumba de Will y me senté en el césped para esperarlo ahí. Apoyé la espalda contra la piedra fría. El rocío había humedecido la hierba y terminó empapándome un poco el pantalón.
No había muchas cosas que hacer sin él, así que me limité a observar nuestra luciérnaga.
Su luz se veía más débil ahora. El amanecer comenzaba a opacarla poco a poco.
Sentí unos dedos fríos sobre mi hombro. Me sobresalté y giré la cabeza para ver quién era.
Unos ojos de ciervo me observaban desde arriba. Él no había hecho ruido al llegar.
Tenía puesto mi suéter azul, pero le quedaba tan grande que uno de sus hombros quedaba completamente descubierto. Creo que llevaba otro short. Otra vez parecía tener las piernas desnudas. Esta vez sí tenía zapatos.
El viento movió un poco su cabello oscuro.
-Hola.
-Hola.
Se sentó conmigo, empujándome apenas hacia un lado y dejando parte de mi espalda sin apoyo. Estiró las piernas y puso una sobre las mías.
-No te traje flores, pero sí a ella.
Levanté mis manos frente a su rostro. La luciérnaga parpadeó dentro de mi palma y eso pareció atraer toda su atención.
Acercó su cara lentamente a mis dedos. Sus pestañas rozaron mi piel y me hicieron cosquillas.
-¿Para mí?
-Sí.
La dejé suavemente sobre sus dedos. Él no cerró las manos. La dejó moverse libremente, como si estuviera completamente seguro de que ella no escaparía.
La luz amarilla se arrastró lentamente por sus nudillos antes de detenerse en la curva de su dedo índice.
-Es la primera vez que alguien me regala luz. Gracias, Chance.
-Claro.
Lo miré mientras él la miraba a ella. El brillo de su pequeño cuerpo iluminaba el rostro de Will con calidez, haciéndolo ver más suave bajo la mañana gris.
Pronto dejaría de brillar, opacada por el sol.
-Vamos a mi casa.
Sus palabras me dejaron helado. Will quería que yo entrara a su casa.
Eso quería decir que confiaba en mi ¿No?
-Tengo que pedir permiso primero.
-Vamos y llama a tu casa después. Desayuna conmigo.
-Yo...bueno, está bien. ¿Me prestas tu teléfono?
Tomó mi mano, dejándome sentir su fría piel. La pequeña luciérnaga subía por su brazo, ahora apagada.
-Vamos, ellos aún deben estar dormidos.
Me pregunté si su casa estaba lejos de la mía. Si memorizaba la dirección podría visitarlo sin tener que ir hasta el cementerio como punto intermedio.
-¿Por el pueblo?
-Sabes que no.
Se levantó mientras reía y corría entre las tumbas.
El cementerio comenzaba a iluminarse poco a poco. El tono dorado del amanecer hacía brillar la hierba húmeda y las lápidas cubiertas de rocío. El aire todavía conservaba el frío de la madrugada, pero la luz comenzaba a calentar lentamente las piedras.
Por un momento, todo parecía sacado de una película vieja.
Will avanzaba entre las tumbas con facilidad, esquivándolas como si conociera el camino de memoria. El suéter azul le colgaba de los hombros y el viento lo inflaba un poco mientras corría.
Apoyó ambas manos sobre el muro de piedra que daba hacia el ya conocido bosque y saltó al otro lado de un solo impulso.
Por un momento me recordó a un conejo escapando hacia su madriguera.
Se volteó con un giro rápido sobre los talones y me señaló el bosque. El sol apenas comenzaba a atravesar los árboles detrás de él, rodeándolo de una luz suave que hacía difícil mirarlo directamente.
Intentando copiar su maniobra, salté el muro con bastante menos gracia, por supuesto.
La piedra me rozó los dedos y dejó una mancha roja sobre las yemas. Sentí el ardor apenas un segundo antes de ignorarlo.
Will ya se había adelantado varios pasos.
Tuve que apresurarme para seguir su ritmo mientras el cementerio quedaba atrás.
El camino tomó otro rumbo rápidamente. Los árboles comenzaron a verse distintos y ya no reconocía muchos de los senderos por los que cruzábamos.
El bosque se sentía más cerrado allí. Las ramas colgaban más bajo y apenas dejaban pasar la luz de la mañana. El aire olía húmedo, como hojas podridas y tierra recién removida.
No dijimos una sola palabra durante el trayecto, pero eso no evitó que Will me empujara con el hombro cada vez que me quedaba atrás.
Estaba demasiado distraído intentando construir un poema sobre el sol y la luciérnaga.
A Will no parecía gustarle que mi atención no estuviera en él.
Cada vez que me perdía demasiado en mis pensamientos, chocaba contra mí apenas lo suficiente para traerme de vuelta.
Tuvimos que cruzar una carretera.
Estaba completamente desierta, sin un solo coche pasando por ella. Los árboles del otro lado se tocaban con los del nuestro, formando un arco natural sobre el asfalto y dejando la carretera cubierta de hojas húmedas.
El pavimento se veía viejo, agrietado y despintado. Algunas raíces incluso comenzaban a levantarlo por debajo. Parecía que Hawkins había dejado de preocuparse por ese lugar hacía años.
Sin mirar hacia los lados, Will cruzó la carretera y quedó esperándome al otro extremo.
Se quedó inmóvil, observándome sin expresión, como si esperara que yo entendiera algo sin necesidad de explicarlo.
Sin tener idea de qué quería, miré a ambos lados y crucé rápidamente para alcanzarlo.
Las hojas sobre nuestras cabezas dejaban manchas de luz verde sobre mi cuerpo. Era como caminar debajo de un vitral.
Cuando terminé de cruzar y me puse a su lado esperando alguna reacción, él simplemente tomó mi mano sin cambiar la expresión del rostro.
No entendía qué estaba pasando.
-Estamos cerca del laboratorio de Hawkins -dijo finalmente-. Desde ahora no camines sin mí.
Su tono había cambiado apenas un poco. Seguía sonando tranquilo, pero ahora había algo más debajo.
Eso llamó mi atención.
No sabía que Hawkins tenía un laboratorio.
¿Qué hacían allí? ¿Nuevos pesticidas, quizás?
La idea de que la actitud de Will hubiera cambiado solo por estar cerca del laboratorio hizo que las preguntas comenzaran a acumularse en mi cabeza.
Tal vez él pudiera responderlas.
-Estamos por llegar.
-¿Me presentarás a tus padres?
-No.
Su respuesta me tranquilizó y me decepcionó en partes iguales.
Debí aprovechar la oportunidad de hablar con la señora Joyce en la tienda. Aunque en ese entonces no sabía que era la mamá de Will.
Él notó cómo mi expresión se descomponía. O tal vez solo vio la decepción en mis ojos.
Y por primera vez desde que lo conocía, se justificó conmigo.
-No se supone que salga a esta hora.
Con eso cerró la conversación, pero logró que el ambiente se suavizara un poco.
No tenía idea de que Will era un rebelde. Sus padres probablemente pensaban que seguía dormido en su habitación. Era lógico que no pudiera presentarme.
-Para otra ocasión entonces. Puede ser el domingo en misa. Mis padres también podrían conocerlos.
Will siguió caminando unos pasos antes de responder.
-Mamá ya no es creyente.
Las palabras se quedaron suspendidas entre nosotros.
Más dudas comenzaron a aparecer en mi cabeza. Dejar de creer parecía algo inaudito. Dios era nuestro salvador, señor y dador de vida. Renunciar a él se sentía casi imposible. Blasfemo.
El bosque seguía moviéndose suavemente alrededor nuestro. Las hojas crujían bajo nuestros pies mientras avanzábamos entre los árboles.
Después me pregunté qué había hecho perder a la señora Joyce su fe. Tuvo que haber estado muy vulnerable en ese momento.
-Lo entiendo. ¿Y tú?
Will tardó unos segundos en responder.
-Necesitaba alguien a quien culpar.
Eso sonaba peor que no creer.
El viento movió las ramas sobre nuestras cabezas y dejó manchas de sombra atravesándonos la cara.
-¿A qué te refieres?
-Nada, Chance. Olvídalo.
Giró apenas la cabeza para mirarme y sonrió suavemente, como si estuviera viendo a un animal herido o a un bebé llorando.
-Llegamos.
Estaba tan metido en nuestra conversación que no vi la casa frente a nosotros hasta que Will se detuvo.
La casa estaba escondida entre los árboles, casi tragada por ellos. Las ramas colgaban sobre el techo y algunas hojas secas se habían acumulado en las esquinas del porche.
El porche se inclinaba apenas hacia un lado y la pintura gris se levantaba alrededor de las ventanas por culpa de la humedad. Tenía un solo piso y el techo parecía demasiado bajo.
Había macetas vacías junto a la entrada y una silla de jardín oxidada cubierta de hojas secas. Las cortinas blancas de encaje se movían lentamente detrás de una ventana abierta, dejando escapar una luz amarilla y cálida.
La habitación de Will.
Una bicicleta destartalada descansaba junto a un tendedero de ropa. La ropa estaba tendida, aún escurriendo agua limpia empapando la tierra debajo de ella. El viento traía un aroma floral, detergente reciente. Se notaba que se utilizaba con frecuencia.
No podía decir lo mismo de la bicicleta.
Parecía abandonada desde hacía años, hundida en la hierba alta que le crecía alrededor como si quisiera tragársela.
Will vivía en esta casa.
Will no vivía en el hueco de un árbol en medio del bosque. Ni en la boca de un río. Tampoco dentro de la iglesia, al lado de los santos.
Su casa se sentía viva y amada incluso en medio de la decadencia.
Alguien abría esa puerta todas las mañanas. Alguien barría el porche. Alguien seguía preocupándose por las cortinas, por el ropa, por mantener la casa en pie aunque se estuviera cayendo lentamente alrededor suyo.
La pintura se desprendía a pedazos y aun así alguien seguía abriendo las ventanas para dejar entrar el aire.
Él ignoró la puerta y se dirigió directamente hacia la ventana abierta.
Subió primero el pie derecho y luego el izquierdo. Se notaba que tenía práctica; sus manos no temblaron ni un poco mientras se impulsaba hacia dentro.
Ya del otro lado, envuelto entre las cortinas blancas que se movían con el viento, me ofreció la mano.
No sabía si realmente era necesario, pero aun así la tomé. Eso terminó entorpeciendo un poco mi entrada, aunque no lo solté.
Las cortinas se cerraron un poco alrededor de nosotros apenas entré. El aire caliente de la habitación olía a polvo, madera y algo dulce que no lograba identificar.
Nos quedamos quietos detrás de la tela moviéndose lentamente. Desde allí la casa parecía lejana, como si solo existiera el pequeño espacio entre la ventana y nosotros.
Solo observamos el exterior en silencio.
Will apoyó la cabeza contra mi pecho y pasó los brazos alrededor de mi cintura, acercándome cada vez más hacia él.
Podía sentir el calor de su respiración atravesando la tela de mi camisa.
No sabía dónde terminaba él y empezaba yo.
La imagen de mamá preocupada apareció de golpe en mi cabeza y volvió a encender mis neuronas.
No podía dejarla esperando sin saber dónde estaba. Tenía que llamarla.
-¿Puedo usar tu teléfono ahora?
-En la sala.
Aunque respondió, no me soltó.
Parecía que mamá tendría que esperar unos minutos más. Hasta que Will se sintiera seguro de separarse de mí.
Eso ocurrió unos cinco minutos después.
Will aspiró suavemente mi camisa, como intentando memorizar el olor, y luego simplemente me soltó.
Él salió primero, sin darme tiempo de observar realmente su habitación.
Lo único que alcancé a procesar fueron las paredes de madera sin pintura y el olor cálido del cuarto atrapado entre las cortinas y el aire de la mañana.
Su casa era pequeña y desordenada.
Todo allí me hacía pensar en Will.
Caótico.
Para llegar a la sala solo hacía falta salir de la habitación. Las divisiones de la casa parecían demasiado estrechas, como si todo hubiera sido construido para mantenerse junto.
Había un televisor apagado con las antenas torcidas apuntando en direcciones distintas. Frente a él descansaba un sofá viejo, parchado con tela de otro color en varias partes. Algunas costuras estaban abiertas y dejaban salir el relleno.
La pared parecía tener una capa relativamente nueva de pintura, pero aun así seguían notándose pequeños parches por todas partes. Me recordaban a arrancar un póster de la pared y dejar la marca detrás.
La casa entera parecía reparada demasiadas veces.
El teléfono robó mi atención.
Marqué el número de mi casa con la esperanza de que mamá respondiera.
-Residencia Romanillos. ¿Quién habla?
Dios no se apiadó de mí. Mi padre había contestado.
Enderecé la espalda automáticamente antes de responder.
-Buenos días, padre. Soy Chance. Estoy en la casa de un amigo y llamé para avisarles. No quería preocuparlos.
Del otro lado solo escuché su respiración unos segundos.
-En casa de un amigo tan temprano. Eso no es apropiado.
Miré de reojo la sala de los Byers mientras hablaba. El ruido de una tubería sonó en alguna parte de la casa y Will caminó descalzo hacia la cocina sin prestarle atención a nuestra conversación.
-Su familia está en el trabajo y él se sentía solo. Lo lamento.
-Bien, siempre y cuando no andes incomodando a la gente. Le avisaré a tu madre.
-Sí, señor. Gracias.
Me colgó sin despedirse.
Tampoco me dejó despedirme.
Mi padre siempre tenía la necesidad de ahorrar tiempo, incluso en conversaciones de menos de un minuto.
Ni siquiera se dio cuenta de que yo no tenía idea de dónde estaba la familia de Will.
-Tengo permiso.
Entré a la cocina siguiendo el sonido de las sartenes y el golpeteo suave de una cuchara contra una olla.
Will estaba de espaldas frente a la estufa, revolviendo una sopa. La luz amarilla de la cocina le daba un tono cálido al cabello oscuro y hacía que el vapor pareciera envolverlo lentamente.
Yo no comía sopa al desayuno.
No lo cuestioné.
-Hago sopa -dijo sin girarse.
-Ya vi.
Me acerqué y lo abracé por detrás.
El olor que desprendía la cocina se sentía familiar. Caldo caliente, verduras hervidas y algo suave que me recordó inmediatamente a mi mamá cocinando.
Will apoyó apenas el peso de su cuerpo contra mí mientras seguía revolviendo la olla.
-Cocinas rápido.
-La hice ayer y la congelé.
La sopa hirviendo hacía su sonido constante y espeso, burbujeando contra los bordes metálicos de la olla y desprendiendo un humo cálido que nos golpeaba directo en la cara. Tuve que entrecerrar los ojos.
La ventana sobre el fregadero estaba empañada por el vapor.
-Busca los platos. En la alacena de la izquierda.
Me separé de él para hacer lo que me pidió. El piso crujió debajo de mis pasos mientras abría la alacena.
Dentro encontré una vajilla dispareja. Algunas piezas tenían dibujos infantiles descoloridos y parecían olvidadas al fondo desde hacía años. Las más nuevas, si podían llamarse así, eran blancas marfil. O tal vez amarillo claro. No veía mucha diferencia.
Saqué dos platos y los puse sobre la mesa pequeña de la cocina. La madera estaba marcada por vasos calientes y pequeños rayones.
Intenté encontrar los cubiertos después. Abrí varios cajones sin éxito, encontrando ligas, pilas sueltas y un abrelatas oxidado antes que cucharas.
Hasta que Will apareció detrás de mí, tocó suavemente mi hombro y luego dejó los cubiertos en mi mano derecha.
No había pañuelos donde apoyar las cucharas, así que las dejé directamente sobre la mesa.
Will llevó la olla hasta el centro de la mesa y, antes de que pudiera servirme, lo hizo él mismo.
El caldo cayó lentamente dentro del plato, soltando más vapor entre nosotros.
No me miró mientras servía. Parecía completamente concentrado en no derramar nada fuera del borde. La punta de su lengua apareció apenas entre sus labios cada vez que inclinaba demasiado la olla.
Después llenó su propio plato y tomó la cuchara.
Antes de que empezara a comer, le tendí la mano sobre la mesa.
No quería orar solo.
Will levantó la vista hacia mí.
Por un segundo pensé que iba a negarse.
Pero simplemente dejó la cuchara a un lado, tomó mis manos entre las suyas y cerró los ojos. Su piel seguía fría incluso dentro de la cocina caliente.
El ruido de la sopa hirviendo todavía llenaba el silencio detrás de nosotros.
-Le doy gracias a Dios porque te mudaste.
Su voz sonó tranquila, casi adormilada.
Abrí los ojos apenas un momento para mirarlo. Él seguía con la cabeza inclinada y las pestañas descansando contra sus mejillas.
-Entonces le doy gracias a Dios porque eres mi primer amigo.
Después de eso comimos en silencio.
La cuchara golpeaba suavemente los platos y el vapor seguía empañando la ventana de la cocina. Afuera, el sol terminaba de despertar el bosque.
La comida era cálida y suave. Sentir la sopa caliente bajar por mi garganta resultaba extrañamente reconfortante, como si me aflojara algo por dentro.
Comería sopa al desayuno todos los días si siempre me dejara una sensación tan calmada.
Al terminar, miré su plato vacío y me levanté rápido para lavarlo. Apilé el suyo sobre el mío y caminé hasta la cocina.
El olor a sopa seguía suspendido en el aire, denso, como si se hubiera quedado pegado a las paredes. Desde la ventana empañada, pequeñas gotas resbalaban lentamente.
Me disponía a lavar los platos cuando sentí el peso de Will sobre mi espalda. No dijo nada. Solo se acercó lo suficiente como para que su brazo cruzara por encima de mi hombro y apoyara el dedo índice sobre el vidrio caliente. Lo deslizó con calma, trazando palabras.
Mi nombre.
Su letra era bonita, cursiva y unida, como si no necesitara levantar el dedo para pensar.
Luego dibujó una carita feliz. Pero la expresión duró poco: el calor la fue deshaciendo, y el dibujo empezó a deslizarse en gotas torpes, como si también estuviera llorando.
Para no seguir desperdiciando agua, me concentré en lavar los platos y dejé que Will jugara a mi alrededor. La sopa ya había desaparecido, pero su olor seguía ahí, insistente, como si se hubiera quedado atrapado en los platos. Tuve que pasar el jabón dos veces más.
Mi camisa se mojó un poco en el abdomen. El agua estaba fría y, contra mi piel todavía tibia, se sintió como un golpe helado.
Will se separó y tomó mi mano húmeda para llevarme hasta la sala. Nos sentamos juntos en el suelo. Sin decir nada, se acercó al televisor y lo encendió. Sabía que a esa hora no habría nada interesante, así que solo serviría como ruido de fondo, como una presencia más en la casa.
The Golden Girls estaba a la mitad de un capítulo. Nunca había visto el programa, pero a mamá le parecía divertido y a veces lo ponían por las mañanas en Austin, como si la casa despertara con esas voces ajenas.
En Hawkins aún no habíamos logrado instalar bien el televisor; primero teníamos que comprar el cable. Mamá decía que por ahora la radio era suficiente, que solo necesitaba algo para llenar el silencio.
-Entonces, ¿dónde está tu mamá?
-Tiene turno doble. Volverá en la tarde.
Parecía acostumbrado a estar solo. Yo me quedé en silencio un momento, con una tristeza suave. Mi mamá siempre estaba conmigo; no tenía la necesidad de trabajar.
-¿Y tu padre?
-No aquí, gracias a Dios.
Lo dijo sin dramatismo, pero algo en su expresión cambió. Una especie de alivio mezclado con memoria, como si ese "no aquí" significara más de una cosa a la vez.
Me quedé mirándolo un instante más de lo necesario.
Si a Will le faltaba una figura paterna, tendría más sentido su comportamiento. Si mi padre viera cómo me comportaba cuando estaba con él, seguro no volvería a salir de la iglesia.
La estática llenó el televisor frente a nosotros e interrumpió mis pensamientos. La imagen parpadeó, se desarmó por momentos entre sombras y luz. Se apagaba y volvía a encenderse sin ritmo, como si no pudiera mantenerse estable.
El sonido eléctrico llenó la sala. No era silencio, pero tampoco era algo claro. Solo ruido de fondo, constante.
Ya no había luz.
-Vamos a la cantera algún día.
Se levantó para apagar el televisor, por si la electricidad volvía mientras no estábamos. Lo hizo sin decir nada, como si fuera parte de una rutina.
Will no podía quedarse quieto mucho tiempo. La única vez que lo había visto tranquilo fue en mi habitación, el día anterior.
Cruzó la sala hacia la cocina rápido. Abrió la alacena poniéndose de puntitas y buscó entre los paquetes arrinconados. Metió la mano dentro hasta el antebrazo, sin dudar.
Sacó unas galletas de mantequilla, de las baratas, las que se pegan al paladar y se deshacen antes de tragarlas.
Olían a azúcar y cartón viejo. El papel transparente hacia un ruido parecido al del televisor momentos antes.
-¿Dijiste cantera?
-Esta cerca de la casa.
Se llevo las galletas en el empaque completo. No sé puso los zapatos y se dirigió hasta la puerta de su habitación.
Me levanté y corrí hasta él. Por fin podía ver su cuarto.
La habitación de Will no parecía organizada, pero tampoco abandonada.
Era algo intermedio, como si el tiempo hubiera decidido quedarse un rato allí sin terminar de irse.
La luz entraba por la ventana abierta. Las cortinas blancas de encaje se movían lentamente, inflándose apenas con el viento antes de volver a caer, como si respiraran.
Afuera, los árboles se inclinaban demasiado cerca de la casa, como si quisieran escuchar lo que pasaba adentro.
El aire olía a madera húmeda y jabón suave. No era un perfume; era más bien la clase de olor que dejan las cosas que han estado mucho tiempo en el mismo lugar.
La cama estaba deshecha, pero no en desorden. Más bien parecía que alguien había estado ahí recientemente.
Las sábanas eran claras, ligeramente gastadas en las esquinas, con un bordado amarillo en la punta. Eran flores.
Había ropa sobre una silla vieja, doblada a medias, como si alguien hubiera empezado a ordenar y se hubiera distraído.
La madera del suelo crujía incluso cuando nadie se movía.
En una esquina, cerca de la ventana, había objetos pequeños que no parecían tener un orden claro, pero tampoco caos.
Todo estaba "colocado" de una manera que solo tenía sentido si uno era Will. Había lápices, hojas dispersas y flores secas.
Varios frascos de cristal, pequeños y delicados, completamente cerrados. Incluso vi cera de vela derretida sobre la mesa.
Me acerqué un poco más sin pensarlo.
Parecían tener hierbas flotando en agua o alcohol. Algunos estaban secos y otros estaban llenos de papel. Pero todos estaban sellados.
Me pregunté para qué eran.
Will se movía por la habitación sin prisa, pero sin pausa. Abrió su antiguo armario y sacó un frasco transparente con tapa roja; era de mermelada. Lo tiró sin cuidado sobre su cama, desordenándola aún más.
Me di la vuelta para ver su pared. Era de madera oscura, pero eso no la salvaba de los parches, como la sala. Había marcas leves, casi imperceptibles, donde antes hubo cosas colgadas. Fotos quizás, o dibujos. No quedaba claro.
Lo único que quedaba en la pared era un crucifijo, justo arriba de su cama. Plateado y pequeño.
Will se detuvo un momento junto a la cama.
No estaba mirando nada en particular.
Pero tampoco parecía distraído.
Era esa clase de quietud que no es descanso, sino escucha.
Como si algo, en algún lugar, lo estuviera llamando.
Escuché el ruido sordo de un coche en la puerta principal.
Entonces giró un poco la cabeza hacia mí.
-Jonathan.
Salió apurado, cerrando la puerta en mi cara. No me dio oportunidad de preguntar quién era.
Ahora, solo en su habitación, me di cuenta de lo surreal de la situación. Estaba escondido en el cuarto de un chico que había conocido ayer.
Sentía que había pasado mucho más tiempo.
Logré identificar la voz de Will detrás de la puerta.
Hablaba con alguien más. Otro hombre, pero con una voz aún más suave que la de Will; si no estuviera a unos pasos de mí, no podría haberlo escuchado. Sonaba demasiado joven como para ser su padre. Además, Will dijo que su padre no estaba aquí.
Unos pasos se alejaron y luego el golpe de una puerta cerrándose me sobresaltó. Me asomé por la ventana para ver cómo un coche verde se alejaba. El hombre al volante había roto nuestra normalidad y ahora se iba sin mirar atrás.
Will volvió a entrar y me arrastró hacia su cama. Se tiró de un salto y me jaló para que me sentara en el centro con él.
Tomando el frasco, le dio unas cuantas vueltas en su mano, evaluándolo. Sacó un destornillador de debajo del suéter y lo clavó agresivamente en la tapa del frasco, varias veces. Fue muy silencioso.
Antes de que tuviera tiempo para asustarme, hizo algo que me descolocó aún más.
Se subió sobre mis piernas. Las envolvió alrededor de mi torso y escondió su rostro en el hueco de mi cuello. Sentí su respiración contra mi hombro; estaba calmado.
Se echó el cabello hacia el frente y, con la voz ahogada contra mi hombro, susurró:
-Ayúdame a sacarla.
La luciérnaga, que creía que había volado lejos de nosotros hace horas, estaba caminando por todo su cabello, enredándose.
Intenté soltarla. Tuve que pasar los dedos por el pelo lacio de Will, haciendo nudos más grandes sin querer.
Sentí que cada segundo se estiraba como un hilo delgado, tirando de mi pecho hacia un abismo. Cada vez que mis dedos tocaban su cabello, era como si me hundiera un poco más en mi pecado. El peso de la culpa se mezclaba con la suavidad del momento, y sentía que si él se alejaba, yo me desvanecería sin él.
El peso de Will era lo único que evitaba mi caída al infierno.
Después de minutos de rebuscar, pude atraparla.
Él se separó un poco de mí, solo para tomarla y meterla en el frasco.
-Me quedare con ella. Después la disecaré. Será mía para siempre
Puso el frasco junto a su almohada.
Lo miró fijamente, como siempre me miraba a mí.
No se separó. Al contrario, pasó los antebrazos alrededor de mi cuello y apoyó el peso de su cuerpo contra mí, frotando su cabello bajo mi barbilla, como un gesto tranquilo, casi animal.
La habitación quedó en silencio otra vez. El vidrio del frasco reflejaba una luz débil, temblorosa, como si la luciérnaga aún no hubiera entendido que ya no era libre.
-¿Y ahora... qué quieres hacer? -preguntó, sin moverse.
Chapter 10: El hombre propone su camino
Chapter Text
"...Pero el Señor dirige sus pasos"
Proverbios 16:9
Los rayos de sol entrando por la ventana me hicieron abrir los ojos. Llevaba un buen rato despierto, pero intentaba engañar a mi cerebro, manteniéndome quieto entre las sábanas, como si al no moverme pudiera volver a dormirme y escapar de mí mismo.
Tenía un nudo en el estómago y sudor frío en el cuello. Estaba tan empapado que parecía haber salido del río. Y así también me sentía: como si una corriente oscura y lenta se hubiera metido entre mis sábanas para arrastrarme hacia algún lugar profundo.
Afuera, las ventanas habían quedado abiertas desde ayer. Lo único que impedía el paso de los mosquitos era mi cortina traslúcida, moviéndose de un lado a otro con el viento cálido, como si intentara arrullarme.
No estaba funcionando. Llevaba toda la noche pensando en ayer.
Y en Will.
Cada vez que pensaba en él, la culpa me quemaba la garganta. Ayer todo había sido normal... tan normal como puede ser pasar el día con Will.
Pero durante toda la noche no pude quitarme la sensación de su cuerpo sobre el mío.
Su respiración en mi cuello. Su cabello rozándome las mejillas. Sus piernas alrededor de mi cintura.
Cerré los ojos con fuerza.
Incluso ahora podía recordarlo demasiado bien.
La cara se me puso caliente, la metí entre mi almohada intentando calmarme. El algodón me ahogó por un segundo, pero me ayudó a esconder mi reacción del resto del mundo. Aunque en este momento estaba solo en mi sofocante habitación con sudor escurriendo por mi espalda, haciéndome sentir aún más incomodo.
Me quite la manta de una patada, ya no podía sentir la tela pegándose a mi piel ardiendo. Las tablas de la cama soltaron un estruendo horrible, me detuve.
Will volvió apenas levante la cabeza. Cuando intentar conseguir oxígeno ya no era mi prioridad.
Seguía pensando en él aun después de que se despidió de mí entre los árboles y desapareció. El bosque se lo tragó tan rápido que por un momento pensé que quizás nunca había estado ahí realmente.
Él era mi primer amigo, pero estaba seguro de que los amigos no se comportaban como nosotros.
Llevaba dos días de conocerlo y sentía que había pasado una eternidad a su lado. Eso también me hacía sentir enfermo.
Will caminaba descalzo, así que nunca se amarraba los zapatos. Mordía los tenedores, se comía los pétalos de las flores y encerraba luciérnagas en frascos.
También era supersticioso. Ayer me contó que dejaba sal en las puertas, que jamás había roto un espejo y que rezaba hasta dormirse para espantar a los malos espíritus.
Will culpaba a Dios de sus desgracias, pero también se arrodillaba ante él con un rosario entre las manos.
Era contradictorio en todo.
Parecía frío como un muerto y aun así te hacía sentir vivo como nada más.
En solo dos días, cada vez que pensaba en Will sentía mi pecho apretarse por la culpa y la vergüenza.
Y lo peor era que no importaba cuánto rezara, la culpa no desaparecía.
Anoche, después de regresar a casa, no pude mirar a mis padres a la cara. Sentía que bastaría una sola mirada para que descubrieran todos mis pensamientos. Como si pudieran arrancármelos del pecho y ponerlos sobre la mesa igual que las entrañas de un cordero.
Me encerré en mi cuarto sin cenar. El olor de la comida de mamá no me reconforto, solo encendió mi reflejo nauseabundo. Llego al punto en el que sentí el acido de la bilis subiendo por mi esófago. Todo me daba vueltas.
Recé hasta que anocheció. Eso fue lo único que detuvo mi mundo por unas cuantas horas.
Me arrodillé frente a la cama hasta que las rodillas comenzaron a dolerme y aun así seguí rezando.
Intenté concentrarme en Dios. En la Virgen. En cualquier cosa que no fuera él.
Pero cada vez que cerraba los ojos terminaba viendo a Will.
Sus dientes de conejo. Sus pestañas largas.
La manera en que me abrazaba, como si quisiera esconderse dentro de mí.
Abrí los ojos de golpe y miré el crucifijo sobre mi escritorio.
Sentí vergüenza. Una vergüenza caliente y espesa que me subía por el cuello.
No quería volver a pensar en él así. No quería sentir el estómago revolverse cada vez que se acercaba demasiado.
No quería recordar cómo su cabello olía a miel y agua de río, su voz que sonaba como el viento entre las hojas o sus lunares, que me encantaría contar y be.. No, no y no.
Los amigos no deberían pensar esas cosas.
Los amigos no deberían sentirse así.
Me cubrí el rostro con ambas manos. Todavía podía sentir el fantasma de sus dedos sobre mi piel, quemándome.
No quería ver a Will.
No si seguía reaccionando de esa manera cada vez que él me miraba.
Por suerte, hoy tendría el día para mí. Will dijo que tenía que buscar algo en un lugar donde no podía acompañarlo.
Debería haberme sentido aliviado. En cambio, lo único que sentí fue decepción. Eso terminó de hundirme.
Will era peligroso. Y yo necesitaba confesarme.
No podía dejar que el pecado nos manchara. Will no lo merecía.
Por mucho que quisiera alejarme de él, en este momento sería como si me quitarán el oxígeno. No podía imaginar mis días sin Will. La idea de volver a estar solo me llenaba de un vacío.
Solo podía resignarme, vivir con mi pecado, y rezar con más fuerza para que Dios escuchara mis plegarias y me perdonara.
Sin querer seguir culpándome, me levanté para ayudar a mamá.
Llevaba por lo menos una hora despierta limpiando la casa. Podía escucharla caminar apurada por los pasillos, arrastrando muebles de un lado a otro para, cinco minutos después, volver a ponerlos exactamente donde estaban antes.
Hoy era viernes.
La amiga de mamá vendría a cenar esta noche, tal como prometió en la tienda unos días atrás. Mamá nunca se ponía nerviosa por las visitas, así que no entendía qué hacía a esta tan especial.
Me puse unas medias para no caminar descalzo por la casa. El piso siempre estaba tan limpio que no iba a ensuciarlas.
Antes de salir, acomodé mi cama con una lentitud innecesaria, solo para evitar mirar a mamá unos segundos más. El algodón de las sábanas me raspaba los brazos, aunque sabía que era mi mente jugándome malas pasadas.
Mi cabeza parecía convencida de que debía castigarme por todo.
Abrí la puerta con cuidado, procurando no hacer ruido. El pasillo seguía oscuro y olía a limpiador de limón.
Cuando bajé las escaleras encontré a mamá arrodillada sobre el piso de madera, restregándolo con un cepillo pequeño. Tenía algunos mechones pegados a la frente por el sudor.
-¿Necesitas ayuda, mamá?
Ella levantó la cabeza de inmediato, como si hubiera olvidado que yo seguía en la casa.
-Buenos días, cariño. Prepara el desayuno para todos. Eso me ayudaría mucho.
Asentí sin agregar nada más y caminé hasta la cocina. Abrí la nevera intentando decidir qué cocinar.
Recordé la sopa de Will.
La manera en que el vapor le golpeaba la cara. El sonido de la olla hirviendo. Sus manos sosteniendo el cucharón.
A mi padre no le gusta la sopa para desayunar.
Terminé haciendo huevos revueltos y pan tostado.
El olor a huevos hizo que mi estómago se encogiera. Tal vez tampoco sería capaz de desayunar. Ya estaba demasiado lleno de culpa. Mientras esperaba que la tostadora hiciera su trabajo, preparé el café y acomodé la mesa.
Servilletas, pañuelos y cubiertos plateados en orden.
Mi padre apareció por la puerta del comedor, con ropa de trabajo. Solo me hizo una seña con la cabeza antes de sentarse frente a unos papeles, esperando a que le sirviera.
-Mamá, el desayuno está listo.
Ella seguía restregando el piso de manera compulsiva. Como si una sola mota de polvo pudiera condenarnos al ostracismo.
-Ya voy, cariño. No hagas esperar a tu padre.
Siguiendo sus órdenes, volví a la cocina y serví el desayuno en los platos. Primero llevé el de mi padre, después el de mamá y por último el mío.
Cuando me senté, ellos ya estaban orando sin mí. Solo cerré los ojos e intenté rezar también. No solo por la comida, sino por todo lo que me avergonzaba.
Tal vez, mientras Dios escuchaba a mis padres, también pudiera escucharme a mí.
Apreté las manos debajo de la mesa.
Esperé la culpa.
Esperé a Will.
Pero no apareció.
Cuando abrí los ojos me sentí extrañamente tranquilo. Había logrado terminar una oración completa sin que una sola imagen de Will atravesara mi cabeza.
Orar acompañado realmente ayudaba.
-Hoy Claudia vendrá de visita. Necesito que todo salga perfecto. Chance, ayúdame con el almuerzo, ¿sí? Estaré ocupada con la cena.
-Sí señora.
Intenté comerme el pan tostado, pero apenas había podido darle dos mordiscos. El pan se sentía seco dentro de mi boca, como si mi cuerpo hubiera olvidado cómo tragar.
-Hoy tengo otra reunión. Me llamaron temprano para programarla.
Mamá levantó la cabeza lentamente.
-Pero ya tenemos un compromiso. Le prometí a Claudia que todos estaríamos aquí.
-Es parte de mi trabajo.
Él no volvió a mirarla después de responder. Ya lo había decidido solo, como siempre. El silencio que quedó después pareció llenar toda la cocina. Incluso el sonido del reloj empezó a sentirse más fuerte.
-No te preocupes, mamá. La señora Claudia se ve bastante amable, seguro lo entenderá.
Ella ni siquiera me miró. Seguía observando a mi padre con la mandíbula tensa. No sabía que mamá podía poner esa expresión, ojos sin brillo y ni una pizca de su sonrisa habitual.
Mi padre finalmente levantó la vista de sus papeles y, por un momento, pareció que hablaban solo con los ojos. Los movían, los entrecerraban y los desviaban.
-La próxima vez todos estaremos aquí, ¿de acuerdo?
La voz de mamá sonó suave, pero no tranquila. Mi padre sostuvo su mirada unos segundos antes de asentir apenas con la cabeza.
-Lo entiendo. Estaré aquí para la próxima.
Eso pareció relajar un poco los hombros tensos de mamá.
Después de eso volvimos a comer en un silencio incómodo. Yo no era capaz de llenarlo. ¿De qué iba a hablar? ¿De Will? Ni loco.
Terminé empujando los huevos por el plato sin hambre. El tenedor sonaba cada vez que lo arrastraba sobre la porcelana.
Cuando acabamos, mi padre se levantó de la mesa, tomó su maletín y los papeles desperdigados. Antes de irse me revolvió el cabello con la mano, distraídamente.
Entonces me di cuenta de algo extraño.
No se había cepillado los dientes. Mamá tampoco se levantó para despedirlo.
La puerta principal se cerró y el sonido resonó por toda la casa.
Miré a mamá. Ella seguía sentada frente a su café intacto, observando la mesa como si hubiera olvidado que yo seguía ahí.
¿Qué estaba pasando hoy?
Sin querer molestarla más, tomé los platos y cubiertos sucios y los llevé al lavaplatos. Tiré la comida de mi plato a la basura. No me habían enseñado a desperdiciar comida, pero si mamá veía lo poco que había comido empezaría a hacer preguntas.
Esperaba que mi falta de apetito desapareciera para mañana. No podía seguir desechando comida en buen estado.
Con espuma hasta las muñecas, lavé los platos en silencio. El agua fría me ardía un poco en los dedos.
Me pregunté qué estaría haciendo Will. Él también se levantaba muy temprano.
Tal vez seguía dormido. Tal vez estaba perdido en el bosque.
Tal vez estaba rezando, como yo.
Sin darme cuenta, escribí su nombre sobre la encimera con la espuma pegada en mis dedos. El color blanco lechoso mancho toda la superficie, ensuciando todo.
Will.
Me quedé mirando las letras blancas unos segundos.
Lo extrañaba.
La realización me golpeó tan rápido que sentí calor en la cara. Dejé los platos en el escurridor y pasé el trapo de la cocina sobre el nombre hasta borrarlo por completo. Quedo pegajoso, muestra de que era imposible eliminarlo del todo.
Después subí al baño para ducharme y arreglarme para hoy. Había desayunado en pijama y ni mis padres ni yo parecimos notarlo. Era azul, con pequeñas estrellas bordadas en las puntas de mis pantalones. Algunas estaban mas chuecas que otras. Las que había hecho yo y las que hizo mamá.
-¡Usa el polo azul que te compré hace poco, Chance!
La voz de mamá atravesó la puerta del baño. Ella elegía mi ropa algunas veces. Después de todo, era quien compraba casi todo lo que usaba. Conocía mi armario mejor que yo mismo.
Por eso la mayoría de mi ropa era azul. Era su color favorito.
Me cambié frente a la ventana abierta. No había nadie de quien esconderme.
El polo azul estaba rígido y sin arrugas. Busqué un pantalón que combinara y me lo puse con la camisa por dentro. La mezclilla ajustada impedía que hiciera grandes movimientos pero se amoldaba bien a mi cuerpo.
Peiné mi cabello sin mirarme demasiado al espejo, guiándome más por costumbre que por atención real. Me gustaría dejarlo crecer.
Supe que me veía lo suficientemente presentable cuando salí del cuarto y mamá, esperándome del otro lado de la puerta, asintió satisfecha.
Pasamos el resto del día limpiando la casa, procurando no ensuciar la ropa.
Ella combinaba conmigo. Llevaba un vestido azul de cuadros y tenía el cabello oscuro envuelto en latas de Coca-Cola para ondularlo. Ella era la única en casa que tomaba refrescos azucarados. Mi padre no lo soportaba y yo la tenia prohibida.
Jamás he probado una Coca-Cola
Estábamos en la cocina cuando unos golpes suaves en la puerta principal rompieron el ambiente cálido de la casa.
-Yo voy, mamá. No te preocupes.
-Gracias, cariño.
Vi una figura baja detrás del vidrio de la puerta pero la cortina me impidió ver quien era. Abrí la puerta esperando encontrarme con la señora Claudia y su hijo, pensando que tal vez se habían adelantado.
En cambio, me encontré con esos ojos de ciervo que llevaban dos noches quitándome el sueño.
-Hola.
-Hola.
No entendía qué hacía Will aquí. Él había dicho claramente que hoy no podríamos vernos.
El viento movía su cabello despacio. Su respiración estaba acelerada y sus ojos se movían por todas partes, parecía estar esperando que algo saltara y lo atrapara.
Corrió hasta aquí.
-Te extrañaba.
Mi corazón dio un golpe doloroso contra el pecho. Mis mejillas se colorearon.
-Oh.
Will bajó apenas la mirada, balanceándose sobre los talones.
-Solo quería verte. Adiós.
Antes de que pudiera responder, se acercó rápido. Se puso de puntitas y me dejó un beso en la frente.
Sentí sus labios fríos sobre mi piel.
-Para la buena suerte.
Después de eso se alejó caminando por el sendero, perdiéndose entre los árboles igual de rápido como había aparecido.
Yo no pude moverme. Seguí de pie en la puerta, sintiendo el calor subir lentamente hasta mi cara. Salí del estupor cuando mamá apareció detrás de mí, preguntándome por qué estaba tardando tanto.
¿Cómo se suponía que debía librarme del pecado si Will se comportaba así?
Con la sensación de los labios de Will todavía sobre mi frente, volví a la cocina junto a mamá sin responder quién había tocado la puerta.
Almorzamos una ensalada ligera. Por primera vez en todo el día pude comer normalmente.
Ver a Will había mejorado mi ánimo. Aunque ahora tenía otra escena más para repetir una y otra vez en mi cabeza durante la noche.
Mamá terminó de poner la mesa con un cuidado casi obsesivo. Había velas pequeñas y girasoles en el centro. La vajilla buena. La que solo usábamos cuando venían visitas importantes.
Entonces volvieron a tocar la puerta. El sol estaba por esconderse y la luz dorada atravesaba las ventanas, cubriendo toda la casa con un brillo cálido. El polvo flotando en el aire parecía encenderse.
Mamá me hizo señas para que abriera mientras subía casi corriendo las escaleras para quitarse las latas de Coca-Cola del cabello.
Caminé lento hacia la entrada, intentando darle tiempo para bajar.
Antes de llegar pude escuchar murmullos apresurados detrás de la puerta. La voz de la señora Claudia sonaba nerviosa, diciendo algo sobre su cabello.
Cuando abrí, me encontré con una escena sacada de una película cómica. Un chico con gorra intentaba sostener un pastel con una mano, una botella de vino debajo del brazo y, al mismo tiempo, acomodarle el cabello a su mamá con la otra.
Lo peor era que ninguno parecía haberse dado cuenta de que yo los estaba mirando.
El chico seguía intentando darle volumen al flequillo mientras la señora Claudia se quejaba en voz baja.
-Te dije que no debimos venir con las ventanas abiertas.
-Mamá, el pastel se está inclinando.
-¡Pues sostenlo bien!
El vino casi se le cayó.
Tuve que contener la risa.
-Buenas noches.
Ambos dieron un pequeño salto y me miraron rápidamente. Como si yo no hubiera presenciado toda la escena anterior, la señora Claudia sonrió con calidez y me abrazó en menos de un segundo. Ella era alta y olía a lavanda.
-¡Chance! Mira qué guapo estás. Igualito a Helen. No hablamos mucho en la tienda, ¿verdad?
-Buenas noches, señora Claudia. No tuvimos la oportunidad de hablar. Es un gusto conocerla.
-Mira, este es mi hijo, Dustin.
El chico levantó apenas la mano.
-Qué hay.
-Un gusto conocerte.
Le extendí la mano para saludarlo, pero él me respondió con un choque de puños. Mis reflejos me salvaron de la vergüenza.
Claro. Eso era lo que hacían los adolescentes normales.
Apenas escuché los pasos de mamá bajando por las escaleras, me aparté de la entrada para dejarlos pasar. Entonces la vi.
Mamá estaba radiante.
El cabello ondulado la hacía ver elegante y el maquillaje resaltaba sus facciones de una manera distinta a la habitual. Pero lo que más me llamó la atención fueron sus ojos. Nunca había visto esa expresión en ellos.
Se veía completamente enfocada en la persona frente a ella.
-Hola.
-Hola.
Ambas se rieron después de saludarse, como si decirse hola fuera un chiste interno.
Luego se abrazaron con fuerza, como si no se hubieran visto en años y no apenas unos días atrás.
Me empecé a sentir incómodo. Miré a Dustin y él me devolvió exactamente la misma expresión. Creo que tampoco entendía qué estaba pasando.
-Preparé pastel de zanahoria. Tu favorito.
-No debías, yo te invité.
-Tonterías.
Ellas se sentaron juntas en la mesa.
El asiento donde normalmente iba mi padre quedó vacío.
Intentando no quedarme de pie demasiado tiempo, me senté frente a mamá. Ella ni siquiera me miró. Dustin tomó asiento a mi lado. Estaba observando a su mamá con atención, como si intentara entender algo.
¿Debería hablarle?
Decidí dejar que él iniciara la conversación. No quería parecer pesado y caerle mal.
Mamá empezó a servir la comida cuando le extendí la mano para orar.
-No creo que eso sea necesario hoy, cariño. Pero puedes orar tú solo si quieres.
Mi mano se quedó congelada en el aire.
Comer sin rezar. Ya estaba durmiendo sin rezar algunas noches y ahora mamá tampoco quería hacerlo antes de comer. Los invitados seguían con lo suyo, nadie me prestaba atención.
Sin querer decepcionar a Dios, bajé la cabeza lentamente y cerré los ojos.
Le pedí perdón por mamá. Por papá.
Y por mí.
También agradecí que mamá tuviera amigas. Hacía mucho que no la veía tan feliz.
Agradecí haber podido ver a Will hoy.
Y por la comida, obvio.
Cuando abrí los ojos, todos ya habían empezado a comer. Me serví un poco de pollo y verduras. Dejé el puré de papas para después, por si todavía tenía hambre.
Claudia le contaba historias del pueblo a mamá mientras Dustin se metía en la conversación cada pocos segundos. Hablaba rápido y hacía señas exageradas con las manos, como si todas sus historias necesitaran ser actuadas. Se veía como un chico agradable.
Yo no tenía nada que agregar. Entonces me limité a escucharlos.
-Traje vino blanco. Deberíamos dejar que los niños prueben un poco. Tal vez Chance heredó tu gusto por el vino.
Mi mamá no bebía.
-Claro, prefiero que pruebe el alcohol por primera vez frente a mí y no que se esconda para tomar cerveza barata con sus amigos o algo así.
Yo jamás haría eso.
-¡Yo también quiero probar! Le voy a presumir a Mike que tomé alcohol antes que él.
-Pero solo un pequeño sorbo, bebé.
Vi cómo Dustin tomó la copa apenas servida.
Se quedó quieto unos segundos.
Luego su cara se torció por completo. Abrió la boca dejando escapar un sonido de profundo asco.
-¡Esto sabe horrible! ¿Quién toma esta porquería?
Ambas mujeres soltaron una carcajada fuerte. Lo miraban como si estuvieran viendo una telenovela. Su lenguaje brusco me sorprendió. Nunca había escuchado a alguien tan joven hablar de esa manera con tanta tranquilidad.
-Chance, cariño. Prueba un poco.
-No me parece correcto, mamá. Pero gracias.
Después de esa reacción jamás probaría alcohol.
Aunque tenía curiosidad.
Ellas me ignoraron apenas me negué. Mamá se veía un poco decepcionada, probablemente esperaba verme reaccionar igual que Dustin.
La cena pasó rápido. El ambiente se sentía ligero y, con tres personas habladoras en la mesa, no fue necesaria mi intervención. Permanecí tranquilo en mi silla, escuchándolos mientras esperaba que todos terminaran de comer.
-¡Hora del pastel!
Mamá fue a la cocina por un cuchillo y cortó cuatro piezas perfectas. El pastel tenía un tono amarillo cálido, atravesado por pequeñas vetas naranjas. Nunca había probado pastel de zanahoria.
De hecho, ni siquiera sabía que era el favorito de mamá. Ella siempre hacía cheesecakes.
Cuando el plato llegó a mis manos, sentí la textura suave del bizcocho bajo mis dedos. Era esponjoso.
Al darle el primer mordisco, la dulzura fresca de la zanahoria llenó mi boca. Sentí la mantequilla derritiéndose lentamente y un sabor lechoso quedarse pegado en mi lengua.
Estaba delicioso.
Pensé en guardarle una pieza a Will. Seguro le gustaría.
-El mejor pastel del mundo. Mamá siempre lo hace para mí.
Dustin me habló desde mi costado. Era la primera vez en toda la noche que se dirigía a mí después de la presentación.
-Tu mamá es una gran cocinera.
-Obvio, amigo.
¿Amigo?
¿Éramos amigos? Ni siquiera sabía su apellido.
Sin saber cómo continuar la conversación, solo asentí y traté de devolverle una sonrisa pequeña.
-Cariño, ¿qué tal si subes y le enseñas tus discos a Dustin? Nosotras nos quedaremos hablando un rato.
Esa era una señal clara de retirada. Seguro empezarían a hablar del pasado, de sus experiencias o algo así. Y aunque quise quedarme para escuchar a mamá, ella me había dicho implícitamente que quería privacidad.
-Sí, mamá. Acompáñame por aquí, Dustin.
Recogí mis platos y vi que Dustin me imitaba. Llevamos todo hasta la cocina y luego cruzamos el salón para llegar a las escaleras.
Ellas estaban sentadas juntas en el sillón. Mamá tenía una mano sobre la de la señora Claudia y hablaban en susurros.
No quería invadir su privacidad, así que empecé a subir las escaleras.
Dustin no me siguió.
Se escondió detrás de la pared intentando escucharlas. Tuve que bajar otra vez, tocarle el hombro y hacerle señas de que debíamos subir. Él intentó resistirse, pero al final lo tomé del hombro y lo guie yo mismo escaleras arriba. Nuestros pasos se escucharon fuertes en medio del silencio de la casa.
Cuando llegamos a mi habitación tenía cara de querer salir corriendo para volver a espiarlas.
-Amigo, quería saber qué diablos pasa. Mamá ha estado como loca toda la semana con esta visita.
-Ella quería privacidad.
Le puse seguro a la puerta, como señal de que no iba a dejarlo ir.
-Como sea, después lo descubriré yo solo.
Había logrado mi misión de dejarlas solas. Ahora tenía que encontrar la manera de hablar con él. No quería ganarme su resentimiento.
-Me alegra que lo comprendas.
Hice mi voz más suave, intentando imitar a Will. Él siempre hablaba así cuando quería calmar el ambiente. Si a él le funcionaba, seguro a mí también.
Vi cómo los hombros de Dustin bajaban.
Funcionó.
-Entonces, ¿qué tienes aquí?
Dios. ¿Cómo se supone que entretenga a este niño?
-Puedes revisar mis discos, pero ten cuidado con desorganizarlos.
-¿Y ya?
-También tengo libros. ¿Qué te gusta leer?
Él se quedó pensando mientras miraba mi colección. No tocó nada.
-Me gusta la ciencia ficción y la fantasía. Mi saga favorita es El Señor de los Anillos.
Bien. Estaba haciendo un buen trabajo hablando con él. Ahora solo necesitaba que empezara a hablar de sí mismo y asentir de vez en cuando para que sintiera que le prestaba atención.
-Nunca lo he leído.
-¿¡Nunca has leído El Señor de los Anillos!? ¡Vives debajo de una roca, amigo!
-No me llama mucho la atención.
-Entonces, ¿qué diablos lees?
-Poesía.
-Me estás jodiendo, ¿verdad?
-¿No?
¿Qué tenía de raro leer poesía?
Mi abuelo era un gran orador. Nos sentábamos sobre el heno mientras él recitaba poemas completos de memoria.
Supongo que desarrollé mi gusto gracias a él.
-Eso es como del siglo pasado. Te prestaré mis libros algún día. Así sabrás lo que es la verdadera literatura.
-Podría intentarlo.
-Te encantará.
Tema cerrado. Debía pensar rápido en otra cosa antes de que el silencio se volviera incómodo.
-¿Llevas mucho tiempo viviendo en Hawkins?
Perfecto.
Cuando una persona tiene la oportunidad de hablar de sí misma suele sentirse más cómoda. Además, esta pregunta abría un tema de conversación más largo. Eso me daba tiempo para pensar qué más decir después.
-Unos cinco años, creo. Llegué antes de cuarto grado.
-Debió ser difícil.
-Para nada. Tenía a mis amigos. Son increíbles, te los presentaré algún día.
-Te lo agradecería... supongo.
-Jugamos DnD juntos. Sabes qué es DnD, ¿cierto?
-No, lo siento.
-¡Viejo! Es increíble. El mejor juego que existe. Espera, te lo explico.
Lo había logrado. Dustin hablaba sin parar y yo ya no tenía que preocuparme por pensar qué decir.
Los minutos pasaron mientras él hablaba sobre bardos y paladines, algo sobre una campaña y unos dados que salieron volando por una ventana. No entendía ni la mitad de lo que decía, pero intentaba prestarle toda mi atención.
-Aunque últimamente nunca tenemos tiempo para jugar.
-Eso es una lástima. Suena divertido.
-Volveré después del campamento y te enseñaré a jugar. Podríamos hacer tu hoja de personaje.
-¿Te vas de campamento?
-Sí. Un campamento científico. Solo aceptan a los mejores.
-Felicidades. Espero que te diviertas.
-Gracias... ¿Te han dicho que hablas como un anciano? Eres demasiado formal.
-No.
-Seguro es la poesía. Tantas palabras complicadas juntas no deben hacerle bien a tu vocabulario.
-No creo que eso pueda influir en mi actitud.
-No finjas hablar así conmigo, no es necesario.
-Es natural.
Me miró como si yo fuera un payaso triste de feria.
-¿Alguna vez en tu vida has insultado a alguien?
-Eso no sería muy educado.
-Exacto, es eso. Te preocupas demasiado. ¿A quién mierda le importa cómo hablas? Se siente liberador, hermano.
-No siento esa necesidad. Pero si algún día pasa, te lo contaré.
No me había dado cuenta de algo. Mientras yo analizaba la conversación para distraerlo y evitar que se sintiera incómodo, él llevaba todo este tiempo analizándome a mí.
-Esa será una de mis metas de verano entonces. Te escucharé decir un insulto, Cha, incluso si es para mí.
-¿Me llamaste Cha?
Mi abuelo me llamaba Chacha. Él era el único que me decía así. No me molestaría que Dustin me llamara Cha.
-Tu nombre suena demasiado estirado. Como el de alguien que viviría por Loch Nora.
-No tengo idea de dónde queda eso.
-Es el barrio de los ricos. Dan los mejores dulces en Halloween.
Nunca salía en Halloween. Mis padres decían que estaba lleno de malas energías y que debíamos quedarnos en casa orando.
-Seguro.
Dustin iba a seguir hablando cuando unos golpes en la puerta nos interrumpieron.
-Chance, Dustin y su mamá ya se van.
-Ya vamos, mamá.
Me levanté de la cama donde estaba sentado. Dustin se levantó de la silla del escritorio, la dejó exactamente como estaba y abrió la puerta. Mamá tenía una sonrisa melancólica en el rostro.
-Baja, Dustin. Tu mamá te espera. Nosotros iremos en un momento a despedirlos.
Dustin me miró y se encogió de hombros. Bajó las escaleras dando trompicones y nos dejó solos.
-Chance, cariño... solo quiero que sepas que te amo mucho. Y que jamás te cambiaría por nada del mundo.
Me abrazó y sentí sus brazos temblar a través de mi ropa. ¿Qué pasó?
Antes parecía tan feliz. ¿Por qué mamá me diría eso de la nada?
-Bien. Vamos a despedirnos. Claudia nos invitó a cenar cuando Dustin vuelva del campamento.
-De acuerdo, señora.
Tomó mi mano con fuerza y bajamos juntos. Ellos estaban esperando junto a la puerta.
La señora Claudia abrazó a mamá apenas la vio. Se sentía como una despedida definitiva. Después se separaron y se miraron a los ojos por última vez.
Luego mamá abrazó a Dustin y yo choqué los puños con él.
Lección aprendida.
El coche se fue alejando lentamente por el camino de tierra, levantando pequeñas nubes de polvo detrás de las ruedas.
Mamá pasó sus brazos alrededor de mi cintura y apoyó el peso de su cuerpo sobre mí.
No cerró la puerta hasta que el auto desapareció por completo.
Chapter 11: Cuando yo era niño
Notes:
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Chapter Text
"...hablaba como niño, pensaba como niño, juzgaba como niño; mas cuando ya fui hombre, dejé lo que era de niño"
1 Corintios 13:11
Mi padre regresó a casa el sábado por la tarde.
Todo pareció arreglarse cuando mamá salió a recibirlo con un abrazo, como hacía siempre.
Esa noche oramos juntos antes de cenar y el ambiente volvió a sentirse cálido. El sonido de los cubiertos, la voz tranquila de mi madre y hasta la respiración pesada de papá parecían encajar otra vez dentro de la casa.
No me había dado cuenta de lo distante que se habían estado comportando hasta que los vi volver a la normalidad.
Mañana era día de misa, así que todos nos acostamos temprano. Esa noche recé antes de dormir.
Soñé con Will.
Caminábamos juntos por un prado verde cubierto de luciérnagas. La hierba nos rozaba los tobillos y el aire nocturno olía húmedo, como tierra después de la lluvia. Ninguno dijo una sola palabra durante toda la caminata. Aun así, cuando desperté, sentí frases atoradas en la garganta.
Extrañaba hablar con él.
Lo extrañaba a él.
El domingo amaneció silencioso y azul. El sol parecía demasiado tímido para terminar de salir.
El primer pensamiento coherente que tuve fue sobre Will. Tal vez, si me quedaba en la iglesia hasta que todos se fueran, podría verlo.
Se cumplían ocho días desde la primera vez que lo vi.
Y ya no había un solo momento del día que no terminara llevándome a él.
Me levanté entusiasmado, el primero despierto en toda la casa.
Me duché mientras tarareaba My Girl en voz baja. El agua fría me recorrió la espalda y me hizo estremecer. Terminó aflojando la tensión de mis hombros y despejando las últimas telarañas del sueño.
Al salir, me crucé con mi padre a mitad del pasillo. Me miró de arriba abajo y asintió con aprobación.
-Qué bueno que estés tan comprometido, Chance. Ojalá siempre fueras así.
Lo dijo antes de pasar a mi lado y entrar al baño. Seguro mamá estaba ocupando el de agua caliente. Hoy le tocaría sufrir conmigo.
Como era domingo, debía vestir un poco más elegante. Busqué entre el mar de ropa azul uno de los pocos polos de otro color. Escogí el verde. Me recordaba al bosque.
Y a él.
Unos pantalones ligeramente acampanados en la bota y unas botas oscuras que casi no se veían. Escondí el polo por dentro de mis pantalones y me puse el primer cinturón que se me cruzó. Eso debería ser suficiente.
Ahora que sabía que mis padres estaban despiertos, podía darme el lujo de escuchar una canción antes del desayuno.
La melodía que no había logrado sacarme de la cabeza comenzó a sonar suavemente, esta vez siendo cantado por Denny Doherty . Caminé por mi habitación tarareándola mientras buscaba entre las páginas de mi libreta el último poema que había escrito.
Un regalo para Will.
No era muy profundo ni nada por el estilo, pero ayer no pude dejar de pensar en él y terminé llenando una hoja entera con todo lo que me hacía sentir. No decía mucho más allá de lo feliz que era por haberlo conocido. De lo mucho que disfrutaba pasar tiempo con él.
Y de lo lindo que era.
Aunque esa última parte estaba escondida entre palabras pomposas y metáforas poco claras. No quería que Will pensara que era raro.
Quería que le gustara.
Encontré la hoja doblada entre dos páginas y la releí por última vez. Mis mejillas se calentaron un poco en algunas líneas. Tal vez había exagerado.
Busqué el tintero dentro del cajón de mi escritorio y destapé la pluma estilográfica. La tinta oscura se extendió suavemente sobre el papel mientras firmaba mi nombre en la esquina inferior.
Solo utilizaba esa pluma para firmar poemas dedicados a alguien. Hasta ahora, los únicos que habían recibido uno eran mi abuelo y mi mamá.
Aunque en ese entonces tenía nueve años y mi prosa dejaba mucho que desear.
-¿Chance, ya estás presentable?
Sin poder guardar la carta mojada, la puse en el escritorio y me apoyé frente a ella para taparla.
-Sí, mamá. Pasa.
Entró sin esperar una segunda invitación. Tenía una mano ocupada intentando ponerse unas perlas que combinaban con el collar que llevaba al cuello. La luz de la mañana se reflejaba en ellas cada vez que giraba la cabeza. El rosa bebé lleno mis ojos. Su vestido era elegante y femenino.
Sus ojos se detuvieron en mi polo.
-¿Verde?
Lo dijo como si acabara de descubrir algo importante.
-Creo que tengo un vestido que combina. Espera, me cambio y me dices qué piensas.
-No es necesario, mamá. Se que no es uno de tus colores favoritos.
Ella soltó una pareció pensarlo un segundo antes de negar.
-Quiero que todos nos veamos como una familia unida. Es mi primera misa en el pueblo y además voy a cantar con el coro. Quiero que demos la impresión correcta.
-Es solo una misa, mamá.
-¡Claro que no!
Se llevó una mano al pecho, escandalizada.
-Las mujeres del coro me contaron que hoy habrá un picnic organizado por la iglesia para celebrar el inicio del verano. ¿Por qué crees que me levanté tan temprano? Todavía tengo que preparar algo para llevar.
-¿Un picnic?
Fruncí el ceño.
-No me lo habías contado.
-Se me pasó por alto, cariño. Lo siento.
Se acercó a la puerta, pero antes de salir se volvió hacia mí otra vez.
-Ahora espérame. Voy a buscar mi vestido verde y también una camisa verde para tu padre.
La idea pareció entusiasmarla aún más.
-Todos vamos a combinar. Va a ser adorable.
Supe exactamente lo que ocurriría.
Sería un suicidio social.
Imaginé a las familias del pueblo mirándonos como si fuéramos una decoración navideña fuera de temporada. Estuve a punto de decirlo. Pero la mirada brillante de mamá me cerró la boca antes de que pudiera intentarlo. Parecía tan feliz que no tuve valor para arruinarle la ilusión.
Un poco de vergüenza no iba a matarme. Que se burlaran todo lo que quisieran.
-Está bien. Te espero aquí.
Salió casi corriendo de la habitación. Llevaba unos tacones bajos y sus pasos resonaron sobre la madera del pasillo. Sabía que mi padre ya debía estar quejándose abajo.
Mamá siempre terminaba lastimándose los talones cuando usaba tacones. Y papá siempre acababa cargándola para evitar que empeorara. Era una tradición extraña entre ellos.
Me senté en la cama y comprobé que el poema siguiera en la mesa. Lo acomodé con cuidado dentro de mi bolsillo trasero.
No quería que nadie más que Will lo leyera.
Pasaron unos minutos antes de que mamá apareciera otra vez en la puerta. Giró sobre sí misma para mostrarme el vestido. La tela revoloteo como las alas de una mariposa, mostrando su color.
-Mira, cariño. Es exactamente del mismo tono.
-Te queda muy bien, mamá.
Era verdad. El verde hacía resaltar su cabello oscuro y daba más luz a su piel morena. Parecía más joven. Ella sonrió, satisfecha con el cumplido.
-Voy a comprarte más polos. Uno para cada vestido que tenga.
-Mamá...
-Será como cuando eras pequeño.
Las fotografías familiares no mentían.
Durante años me vistió igual que ella. Si llevaba azul, yo llevaba azul. Si llevaba cuadros, yo también. Hubo una época en la que dejó de usar vestidos por completo, solo porque quería combinar conmigo.
-Todo lo que quieras, mamá.
Lo dije sin pensarlo.
Creo que ella era una de las pocas personas en el mundo a la que jamás sería capaz de negarle algo, la otra estaba bajo tierra ahora, así que la lista se había reducido a uno.
Siempre que me sentía solo, mamá y el abuelo estaban ahí. Siempre que me sentía perdido, encontraba sus manos buscándome. No importaba que no pudieran arreglarlo todo.
Su presencia hacía que el mundo pesara un poco menos.
-Vamos abajo. Preparare unos beignets para el picnic.
Sus ojos brillaron otra vez.
-Hace muchísimo que no los hago. A tu padre le van a encantar.
Me levanté de la cama y la seguí fuera de la habitación.
No desayunamos. Ya comeríamos en el picnic.
La idea de estar rodeado de familias conversando y compartiendo comida no me entusiasmaba demasiado. Pero la posibilidad de que Will estuviera allí lograba silenciar cualquier incomodidad.
Quizá podría sentarse con nosotros.
Mamá buscó una canasta de mimbre y comenzó a llenarla con cuidado. Guardó uvas, manzanas, trozos de pan tostado y varios platos para servir. Cuando terminó de organizarlo todo, se puso manos a la obra con el verdadero protagonista del picnic.
Los beignets.
Eran una receta tradicional de New Orleans, la ciudad donde nació mi abuela. La joya de su recetario.
El plato con el que mamá me consolaba cuando lloraba de pequeño. El que preparaba cuando quería animar a mi padre después de un mal día. El favorito de mi abuelo.
Los beignets aparecían en casi todos los recuerdos felices de mi familia.
Incluso si no veía a Will hoy, tenía que llevarle algunos para que los probara.
La idea se instaló en mi cabeza y ya no quiso marcharse. Me coloqué junto a mamá para observar cada uno de sus movimientos. Ella ya estaba mezclando ingredientes cuando notó mi presencia.
-¿Necesitas algo, cariño?
-¿Me enseñas?
Mamá levantó la vista y sonrió.
-¡Claro! Es tu postre favorito, ¿no?
Uno de ellos.
Me encantaban los dulces. Aunque no me permitía comerlos tan seguido como me gustaría.
La gula era un pecado.
-Me gustan mucho.
-Entonces presta atención, cariño.
Tomó un poco de harina entre los dedos y la dejó caer sobre la mesa como una fina capa de nieve.
-Las recetas familiares son importantes.
Mamá volcó la harina en un recipiente grande y abrió un pequeño hueco en el centro con los dedos. Después añadió levadura, leche tibia, azúcar, vainilla y un huevo.
El olor dulce empezó a aparecer incluso antes de que la masa existiera. Con una cuchara de madera mezcló todo lentamente, como si conociera el ritmo exacto que necesitaba. La masa se volvió pegajosa y brillante, aferrándose a los bordes del recipiente. Mamá sonrió al verla.
-Ahora toca esperar.
Cubrió el recipiente con un paño limpio y lo dejó junto a la ventana. Según ella, la masa necesitaba calor para despertar. Yo observé la superficie inmóvil e intenté imaginar cómo algo tan simple podía crecer por sí solo.
Quedarme observando la masa durante media hora sonaba interesante, pero mi padre debió sentir envidia y decidió que hoy era el día en que aprendería a conducir. Me tomó del hombro y me alejó de la cocina.
-Nos llevarás tú a la iglesia hoy. Recuerda que conducir es una gran responsabilidad. Si te equivocas, podría costarle la vida a alguien. O a ti mismo.
-Sí, señor. Prestaré mucha atención.
-Bien.
Conducir un coche era complicado.
Debías estar pendiente de la palanca de cambios, del freno, de los espejos y de la carretera al mismo tiempo. Había que manejar como si uno tuviera ojos en la espalda, otros dos a los costados y un par más en la frente.
Con las palabras de mi padre pesándome sobre los hombros, memoricé todo lo que pude del funcionamiento básico.
No podía estacionar.
No podía ir en reversa.
Pero lograba tomar las curvas sin apagar el motor.
El examen final consistió en conducir desde la casa hasta el cementerio sin recibir una sola instrucción. El volante me dejó las manos sudorosas. Cuando regresamos, mamá nos esperaba en la puerta sosteniendo el recipiente entre los brazos.
La masa había duplicado su tamaño.
Parecía otra cosa completamente distinta a la que habíamos dejado junto a la ventana.
Era hora de continuar con la otra lección.
Había descubierto parte del secreto de la receta. La miel se mezclaba con mantequilla derretida antes de ponérsela por encima. Eso era lo que la volvía tan suave.
Y también había un truco extraño: debías dejar caer un trozo de zanahoria en el aceite antes de empezar a freír. Según mi abuela, eso evitaba que los beignets absorbieran demasiada grasa.
No entendía cómo funcionaba. Pero tampoco entendía cómo crecía la masa.
Algunas cosas simplemente ocurrían.
Con todo lo que aprendí aquella mañana, el tiempo pasó volando. Cuando menos me di cuenta, ya estaba otra vez detrás del volante.
Mamá ocupó el asiento trasero y se acomodó el vestido antes de ponerse el cinturón. No dijo nada. Mi padre iba de copiloto, atento por si necesitaba intervenir.
-Esta vez el recorrido será un poco más largo, pero es exactamente lo mismo que antes. No entres en pánico.
-Sí, señor.
Ojalá fuera tan fácil. Decirlo no bastaba. Tomé aire y apoyé ambas manos sobre el volante.
Empecé a rezar en silencio.
Dios cuidaría de nosotros durante el trayecto. Confiaba en que no permitiría que algo malo ocurriera.
El motor rugió bajo mis manos y la carretera comenzó a deslizarse frente a nosotros. Intenté concentrarme en cada movimiento.
El pedal. Los espejos.
La velocidad. Las señales.
Cuando me di cuenta, las campanas de la iglesia comenzaron a sonar. La pequeña torre se distinguía entre las copas de los arboles. Su repique llenó el aire de la mañana y me sacó de golpe de mis pensamientos.
Habíamos llegado. Lo había logrado.
No estaba seguro de cómo.
Recordaba fragmentos del camino, curvas, árboles y señales pasando junto a las ventanas, pero el resto parecía haberse disuelto entre mis nervios y mis oraciones.
Dios había tomado el volante por mí. Estaba seguro de que sin su ayuda jamás habría conseguido llegar.
Mi padre asintió mientras apagaba el motor.
-Bien hecho. La próxima vez intenta relajar un poco más las manos.
-Muchas gracias por enseñarme, papá.
-Cuando quieras.
Levantó una mano, dispuesto a revolverme el cabello.
Pero la voz de mamá llegó desde el asiento trasero antes de que pudiera hacerlo.
-No, no y no.
Su mano apareció por encima de mi hombro para detenerlo.
-Chance debe verse presentable. No me lo desorganices ahora.
Papá soltó una pequeña risa.
-Sí, señora.
Salir del coche fue como despertar.
Toda la tensión que había acumulado durante el trayecto se quedó atrapada dentro de la cabina. Yo salí ligero, emocionado, cerrando la puerta detrás de mí.
El atrio estaba lleno otra vez.
Igual que el domingo anterior, parecía que todo Hawkins había decidido reunirse frente a la iglesia.
Vestidos de colores pastel y camisas cuidadosamente planchadas se mezclaban entre el movimiento constante de la multitud. Las risas de los niños corrían de un lado a otro mientras los adultos conversaban en pequeños grupos. El aire olía a perfume, hierba recién cortada y pan recién horneado.
Busqué a Will entre las personas. Quería confirmar mi teoría. No lo encontré, señal clara de que debía esperar para verlo.
Tampoco esperaba encontrarlo todavía, Will siempre aparecía tarde, seguro saldría de una esquina sombría para asustarme y reírse de mi para luego desaparecer de nuevo.
Como la última vez.
Por un momento pensé en quedarme afuera para esperarlo. La idea resultaba tentadora.
Pero no sería correcto.
Había ido a misa para escuchar la palabra de Dios, no para perseguir a un chico. Incluso si el chico tenía la cara de un ángel que podía perdonar tus pecados.
La mano de mamá encontró la mía, arrastrándome a la realidad de nuevo.
Del otro lado caminaba mi padre, ajustándose por tercera vez la corbata verde. Mamá no había conseguido convencerlo de usar una camisa del mismo color.
Avanzamos juntos hacia la entrada, la multitud se abría a nuestro paso. Me recordó a Moisés separando las aguas para que los israelitas pudieran cruzar.
Las conversaciones se interrumpían apenas unos segundos. Las miradas nos seguían, pesadas y críticas.
La nueva familia del pueblo.
Ya podía imaginar los rumores creciendo de casa en casa. Sobre los raros ermitaños que vivían al lado de los muertos y no salían a divertirse al centro comercial.
Esta era apenas mi segunda misa desde que llegué a Hawkins pero ya sabía que esperar. El agobio sofocante, el poco aire respirable y el calor corporal atrapado en las paredes.
Mi entusiasmo empezó a apagarse poco a poco.
Las caras desconocidas se mezclaban unas con otras hasta convertirse en una sola masa imposible de distinguir. Demasiados ojos observando, voz tras voz, hablando una sobre otra sin una pizca de respeto.
Por un instante deseé que Will apareciera de la nada. Que me asustara pero que también me arrastrara a otro lugar, lejos de todas estas personas. Solo el y yo.
Las campanas sonaron por última vez.
Era hora.
Mamá nos apresuró para entrar. Quería que nos sentáramos al frente para poder verla junto al coro. Limpie la banca, incluso si no tenía ni una mota de polvo encima. La señora de atrás me miro y murmuro la palabra inmigrante. No sonaba muy amable.
Puse la otra mejilla y la salude con una sonrisa. Ella me lo devolvió falsamente para luego ignorarme.
Papá y yo terminamos en la segunda banca a la derecha. Apenas nos acomodamos, él miró por encima de su hombro y levantó una mano en señal de saludo.
Era la familia de la otra vez.
Con la invitación de mi padre, la mujer tomó la iniciativa. Enganchó su brazo con el de su hija mayor y sujetó a la pequeña de la mano antes de acercarse.
El hombre seguía teniendo la misma expresión que recordaba.
Como si se hubiera quedado atrapado en otro momento del tiempo.
Saludó a mi padre con una inclinación de cabeza y se sentó a su lado. Casi de inmediato empezaron a hablar de trabajo. Aburrido.
Al chico de mi edad no le quedó más opción que ocupar el espacio junto a mí y la niña pequeña.
Parecía incluso más fastidiado que yo, eso decía mucho de su situación. O tal vez aquel ceño fruncido simplemente formaba parte de su rostro. No iba a juzgarlo por eso.
Como estaba bastante seguro de que él tampoco quería conversar, aproveché para buscar entre las bancas.
Ni un mechón oscuro. Ni una mirada escondida.
Ni siquiera una sombra.
No sabía por qué seguía buscándolo si ya sabía que tendría que esperar hasta el final de la misa.
-Mike, cambia esa cara.
La voz de su madre sonó a mi lado.
Intenté ignorarlos. No quería que el chico se sintiera más incómodo de lo que ya estaba, y no quería escuchar los problemas personales de dos desconocidos tampoco.
-Esto es ridículo. ¿Por qué estamos haciendo esto? ¡Nunca veníamos a la iglesia!
-¡Exactamente por eso! La casa necesita a Dios.
La mujer respondió demasiado rápido. Sus hombros estaban tensos y sus dedos apretaban el borde del banco. Su cara cambio, sus cejas se fruncieron y su boca se recogió en una mueca.
De acuerdo.
Tema delicado.
Volví la vista al frente, decidido a dejar de escuchar. No funcionó, sus voces se elevaron cada vez más. El niño comenzó a mover sus manos, una de ellas me golpeó el hombro. No le dije nada, de todas formas no parecía hacerlo a propósito.
Ellos discutían como si el resto de la congregación no existiera.
Que si los amigos, que si una novia, que si un juego.
Que si la piscina, que si el vino, que si el teléfono.
Perdí el hilo varios minutos atrás. Sus parloteos estaban ayudando a formar un dolor de cabeza infernal. Esta vez busque a mamá al frente, ella leía unas partituras.
La mire fijamente hasta que ella sintió mi mirada y por fin me la devolvió. Volteé mis ojos, haciendo bizcos, ella se rio y me sacó la lengua. Cuando se lo iba a devolver sentí a mi padre dándome un golpecito en la espalda.
Era hora de empezar. El sacerdote salió de una puerta lateral, caminó hasta el centro del templo mientras el murmullo de la iglesia se apagaba poco a poco.
Las velas temblaron con una corriente de aire, bailando entre las sombras un vals imposible de escuchar, la luz coloreada de los vitrales cayó sobre el suelo de piedra, pintando las estatuas, dándoles vida.
El sacerdote se arrodilló frente al altar.
Y por fin comenzó la misa.
Y así mismo termino.
Si me preguntaran de qué trató el sermón, diría que habló de ojos de ciervo, pies descalzos cubiertos de hierba y manos heladas.
Pensé en Will durante cada bendito instante.
Ni una sola de las palabras del sacerdote se quedó conmigo.
Ni una sola.
Y Will no había aparecido en ningún momento.
Solo salí de mi ensoñación cuando sentí que el chico a mi lado se levantaba. Seguía teniendo cara de amargado y su mamá continuaba regañándolo con la mirada.
-¿Qué te pareció, cariño?
Mamá se había separado del coro y se acercó a mí con una sonrisa ansiosa.
Quería saber mi opinión.
Ahora sí sentí el golpe en el pecho, mis entrañas se empaparon en la culpabilidad.
Ni siquiera había escuchado cantar a mamá.
-Increíble, como siempre, mamá.
Su rostro se iluminó. No me gusta mentir, pero prefiero eso a decirle la verdad y romper su corazón.
-Gracias, cariño. Aún me falta coordinar mejor los agudos, pero para la próxima seguro me salen bien.
-Hola. ¿Helen, verdad? Soy Karen Wheeler.
La señora de la permanente se presentó con una sonrisa amplia y le tendió la mano a mamá.
-Hola, Karen. Un placer. El sermón de hoy fue precioso, ¿no crees?
La señora Wheeler soltó a sus hijas y se acercó a conversar con mamá.
De pronto me encontré solo.
O al menos eso creí.
Antes de que pudiera empezar a buscar a Will entre la multitud, sentí que alguien me sujetaba por la parte trasera de la camisa.
-¿A dónde crees que vas, jovencito?
Era mi padre.
-Voy a buscar a mi amigo. Él también viene a misa los domingos.
-Espérate y búscalo después. El picnic ni siquiera ha empezado.
-Sí, señor.
-Hoy es un día familiar. Quédate con nosotros.
-Sí, señor. Perdón.
Me soltó, pero permanecí junto a él mientras continuaba hablando con el señor Wheeler.
-Tu hijo es muy educado. Ojalá los míos fueran así.
-Chance es mi orgullo.
Parpadeé.
No sabía que papá podía decir cosas así. Él era más de duras pero importantes lecciones de vida, solo así demostraba cariño. Y desorganizando mi cabello.
-¿No quieren otro?
El rostro de mi padre cambió apenas un instante. Fue tan rápido que pensé haberlo imaginado.
-No podemos.
Guardó silencio un momento.
-Pero con él es suficiente.
Entonces me dio unas palmadas en el hombro.
Pesadas. Como si quisiera asegurarse de que seguía ahí.
-Clyde, los Wheeler deberían sentarse con nosotros en el picnic. ¿No te parece una buena idea?
-Si a ellos no les molesta.
-Sería un gusto. Preparé galletas de chocolate. Seguro les encantarán.
La señora Karen ya estaba al lado de mamá, como si fueran amigas de toda la vida.
Me dejé llevar por la multitud que salía de la iglesia hacia el campo que quedaba justo a un lado.
Los platos se repartieron, los postres salieron a la luz y las conversaciones comenzaron a mezclarse unas con otras.
Yo terminé en silencio, sentado entre los hijos de los Wheeler, compitiendo en una batalla de miradas contra la pequeña.
El viento movía la hierba alta alrededor de las mantas y el olor a comida flotaba por todas partes. Los adultos hablaban tan fuerte que las voces parecían formar un zumbido constante.
La niña no apartaba los ojos de mí.
-Parece que a alguien le gusta un chico. Vaya, Holly. ¿No eres muy joven para eso?
La niña miró a su mamá y soltó una carcajada antes de correr hacia ella y esconder la cara en su cabello.
-¡Qué adorable! Siempre quise una niña.
-¿Chance no tiene hermanos? Debe sentirse solo, pobrecito.
-Para nada. Me encargo de que mi bebé no se sienta así.
La conversación hizo que mis orejas empezaran a arder. Gracias mamá, ahora todos los Wheeler saben que aún me llamas bebé.
Miré hacia otro lado, fingiendo interés por las nubes.
¿Dónde estaba Will cuando lo necesitaba?
Escuché una risa a mi lado.
El chico Wheeler. Ahora sí que menos ganas tenía de hablar con él.
-¿Chance, verdad? Soy Nancy.
La señorita Nancy se presentó, estreche su mano suavemente y la analicé, era muy bonita, me gustaba su cabello castaño.
-Sí, señorita. Un gusto.
-Eres muy callado. Ojalá mi hermano fuera igual.
-¡Cállate, Nancy!
Ella lo ignoró por completo y siguió hablando conmigo.
-¿Vas a ir a la preparatoria después del verano? Debe ser difícil llegar a un lugar nuevo.
-Supongo que sí.
-¿Cuántos años tienes? Tal vez estemos juntos en alguna clase.
-Cumplí catorce hace poco.
Ella abrió sus ojos sorprendida. No me veía de mi edad, la gente tendía a sumarme unos dos años más. Era un poco más alto de lo normal, y el trabajo constante en el rancho también ayudó bastante. Papá decía constantemente que debería empezar a practicar algún deporte porque tendría bastante ventaja.
Nunca había llamado mi atención pero Hawkins era un nuevo inicio. Tal vez era hora de aprender cosas nuevas.
-¿¡Tienes mi edad!?
El chico se metió en la conversación de la nada.
Con toda su atención sobre mí, empecé a sentirme incómodo, su cara sorprendida se acerco poco a poco, me miro de arriba a abajo, sin disimular. Hizo una mueca bastante parecida a la que su mamá hizo antes. Ahora que los veía, se parecían bastante.
¿No podían dejar las cosas como estaban al principio?
Cuando nadie hablaba.
-Supongo que sí.
Mike me observó unos segundos más. Como si estuviera intentando resolver un acertijo. Frunció un poco el ceño y empezó a negar con la cabeza.
Yo miré la hierba.
Luego las mantas, las canastas y los postres.
Cualquier cosa menos a él. Eso solo pareció despertar más su curiosidad.
Y me puso aún más nervioso.
-¿Repetiste un año? Es imposible que tengas catorce. Es literalmente imposible.
-Nací en el setenta y uno.
-¡Diablos! ¿Qué te dan de comer? ¿¡Cómo te ves así!?
-Trabajaba mucho. Tal vez sea por eso.
-¿Trabajabas? ¿En qué?
Nancy volvió a hablar, ahora divertida. Seguro ella si estaba acostumbrada a las raras reacciones de su hermano.
Me tenían rodeado.
Sentía que estaba siendo interrogado.
Prefería soportar la mirada dulce de Holly antes que las preguntas de sus hermanos mayores.
-Teníamos un rancho. El trabajo manual necesita fuerza.
-Debes ser muy responsable, Chance.
-Gracias, señorita.
-Solo Nancy está bien.
-Está bien, señorita Nancy.
Ella soltó una risa. Tal vez pensó que estaba bromeando.
-Cariño, dales a probar los beignets. Chance me ayudó a prepararlos. Le quedaron magníficos.
Mamá me presumió frente a todos mientras me pasaba el plato.
La señora Karen me sonrió desde su lugar y luego le hizo una mueca extraña a Nancy. Ella frunció el ceño y negó con la cabeza. No tenía idea de qué acababa de pasar.
Tomé el plato y se lo ofrecí a los dos. Sin que nadie lo notara, aparté un par.
Para Will.
Su nombre apareció en mi cabeza y, con él, una idea.
Papá estaba distraído hablando con el señor Wheeler.
Era mi oportunidad.
-Mamá, quedé de ver a Will en la iglesia hoy. No me tardaré, ¿puedo ir?
Aproveché que todos estaban ocupados comiendo y le hablé en voz baja.
Solo ella podía darme permiso.
Para asegurarme, la miré directamente a los ojos y bajé un poco las cejas, intentando parecer más inocente.
-Claro, cariño. Invítalo a venir. Tal vez él y Joyce quieran unirse.
No esperé a que cambiara de opinión.
Me levanté de inmediato, tomé los beignets y corrí entre el prado.
El viento me golpeaba la cara y el plato se sacudía entre mis manos. Pase en medio de varias familias y tuve que disculparme luego de chocar con un niño, pero al final logre llegar antes de que mi padre se diera cuenta de que había desparecido.
Cuando llegué a la iglesia, entré casi sin aliento.
El interior estaba vacío.
Las bancas permanecían inmóviles bajo la luz de los vitrales y el eco de mis pasos parecía demasiado fuerte.
No había nadie.
La decepción llegó tan rápido que casi me dolió.
Toda la emoción desapareció en un instante.
¿Debería ir a su casa?
-Hola, corderito.
Una voz suave junto a mi oído me sobresaltó.
Di un pequeño salto. Él estaba detrás de mí, tenía las manos hacía atrás y se balanceaba de la punta de sus pies hasta los talones, sonreía.
Como si hubiera estado ahí todo el tiempo.
-Hola.
-Hola.
No me dio tiempo para nada más.
Se lanzó sobre mí y me abrazó con tanta fuerza que casi perdí el equilibrio. Tuve que alzar los beignets con una mano y pasar la otra por su cintura. Su camisa era amarillo pollito, era la primera vez que lo veía con algo de ese color. Le daba vida.
-No te vi ayer.
-Tenía algo que hacer. Salgamos mañana.
-Claro.
Levanté el plato entre nosotros.
-Te traje algo. Yo los preparé. Bueno... mamá me ayudó. Pero hice la mayor parte.
-¿Qué es?
-Toma.
La miel y el azúcar glas ya me habían manchado los dedos.
No me importaba.
Valía la pena si a Will le gustaban.
Tomó uno con cuidado, como si el postre fuera de porcelana y no una masa frita cubierta de azúcar.
Lo observé llevárselo a la boca.
Le dio un mordisco y el azúcar glas se quedó pegada alrededor de sus labios.
No hizo el intento de limpiarse.
Nunca parecía darse cuenta de esas cosas.
Sus pestañas bajaron mientras masticaba y por un momento toda su atención estuvo puesta en el beignet. El sol que entraba por los vitrales atravesó algunos mechones de su cabello oscuro, dibujando reflejos cobrizos entre las puntas. Una de las imágenes pegó directo en su pierna derecha, reflejando perfectamente el vitral sobre su piel.
Luego volvió a levantar la vista.
Directamente hacia mí.
Como siempre.
Nunca entendía cómo lo hacía. La mayoría de las personas miraban alrededor mientras hablaban.
A los lados. Al suelo.
A cualquier otra cosa.
Will no.
Will te observaba como si fueras la única cosa existente.
Como si el resto del mundo desapareciera cada vez que decidía prestarte atención. Me gustaba cuando me miraba.
-Me gustan.
Su voz sonó suave.
-Prepara más para mañana.
-¿Cuántos quieres?
Se encogió de hombros.
-Más.
Sonreí.
Una docena debería ser suficiente.
-¿Me buscabas?
Quería hablar y comer al mismo tiempo. Sus mejillas estaban llenas y las palabras salían deformadas por el postre.
Se veía ridículo.
Y adorable.
-Creí que estarías aquí. Como el otro domingo.
-Hoy es el único día que entro a la iglesia.
-Lo tendré en cuenta.
El silencio cayó entre nosotros. Solo sus dientes cortando la masa, el azúcar crujiendo entre si y el pequeño tarareo que soltaba de vez en cuando.
No era incómodo. Nunca lo era con Will.
Podíamos quedarnos sin hablar durante minutos enteros y aun así sentir que la conversación continuaba de alguna forma.
Miré el plato.
Luego el suelo. Sus zapatos, inexistentes.
Descalzo.
Otra vez.
-Oye... yo hice otra cosa para ti.
Sus ojos se iluminaron apenas.
-¿Otra?
-Pero debes prometer que no vas a burlarte.
-Jamás.
Las manos empezaron a temblarme mientras buscaba el poema dentro del bolsillo.
El papel rozó mis dedos, atascándose en mis jeans.
Delgado.
Frágil.
Y aun así parecía pesar más que cualquier otra cosa que hubiera cargado ese día.
Sentí el corazón golpeándome las costillas.
¿Y si mis sentimientos lo asustaban? ¿Y si lo asqueaban? ¿Y si se alejaba de mí?
La idea me revolvió el estómago.
Porque podía imaginar mis días sin muchas cosas.
Sin el rancho.
Sin esta iglesia.
Pero ya no podía imaginar mis días sin Will.
Antes de que pudiera arrepentirme, él dejo el plato en el suelo y me rodeo con sus brazos, luego metió sus manos en mis bolsillos traseros y busco hasta que tomó el papel escondido.
Lo saco y se recostó en mi pecho sin mirarme, chupo uno de sus dedos, aún cubierto de miel y abrió mi carta.
La leyó.
Su expresión no reveló nada al principio. La misma de siempre. Cejas planas y frente sin arrugar. Indiferente.
Casi burlona, si te dejabas guiar por la comisura de sus labios, un poco arriba pero sin sonreír. Pero esa desapareció poco a poco. Lo vi en los detalles.
Dejo de respirar un instante, sus pulmones quietos pararon el movimiento de su pecho. Sus dedos apretaron el borde del papel, arrugando un poco las esquinas y marcando sus dedos húmedos. Volvió a empezar a leer, desde el inicio, luego salto al final. Repitió este proceso unas dos veces más.
Como si quisiera asegurarse de que seguían ahí.
Su mirada terminó deteniéndose en mi firma. Justo al final, donde la tinta todavía conservaba pequeños relieves y mi letra cambiaba para fingir ser más elegante.
Sentí que el corazón se me hundía.
¿Qué debía hacer? ¿Arrodillarme y pedir perdón?
Tal vez decirle que era una broma. Reírme.
Fingir.
Aunque sintiera que algo dentro de mí se quemaba.
-Chance.
Mi nombre salió tan suave de su boca que apenas lo escuché.
El miedo me atravesó de inmediato. Ya veía venir el rechazo.
El asco.
La distancia.
-¿Sí?
Él levantó la vista.
Sus ojos parecían extrañamente brillantes, parpadeaba rápido, intentando borrar la humedad.
-Lo guardaré para siempre.
No entendí lo que dijo. No al principio.
Solo me quedé mirándolo. Hasta que sentí su peso contra mí otra vez, él murmuró, apretando su boca contra mi polo y paso sus manos por mis brazos hasta mis hombros, donde los dejo descansar. Luego las deslizo hacía abajo.
Sus manos se apoyaron contra mi pecho. Los dedos se arrugaron ligeramente sobre la tela verde.
Luego se inclinó hacia adelante.
Sus labios rozaron mi mejilla. Todavía estaban pegajosos por la miel.
Sentí el contacto apenas un segundo.
Pero fue suficiente para que todo mi cuerpo se quedara inmóvil. Se apartó unos centímetros. Sin dejar de mirarme. Tomó el poema entre ambas manos y volvió a acercarlo a su rostro.
Esta vez dejó un beso sobre el papel.
Justo encima de mi nombre.
Una pequeña marca húmeda quedó sobre la tinta. Después dobló la hoja con un cuidado casi reverente.
Como si fuera algo sagrado.
La guardó en el bolsillo trasero de sus shorts. Y solo entonces pareció relajarse, su cuerpo perdió toda tensión y sonrío, sin tomarle importancia a la reverencia con la que antes besaba el papel.
Tomó mi mano.
Sus dedos estaban fríos.
-Tengo otra cosa que hacer.
Miró hacia la puerta de la iglesia.
-Pero puede esperar.
Volvió a apretar mi mano.
-Vamos.
-¿Vamos?
Una sonrisa pequeña apareció en su rostro.
-Sí.
Y sin pensarlo demasiado, dejé que me guiara.
Ya llamaría a mis padres después.
Notes:
Nota de autora:
No pude actualizar la semana pasada, pero estuve trabajando en otros capítulos.
Si quieren ver un poco más de contenido relacionado con la historia, pueden encontrarme en otras redes. Allí comparto playlists, tableros de inspiración, fragmentos, ideas y algunas cosas que me ayudan a construir la atmósfera de la historia.Tumblr: sacrificial-doee
TikTok: sacrificial_doee
Spotify: Sacrificial_Doe
Pinterest: Sacrificial_Doe
Creo que eso es todo por ahora.
Gracias por leer.
Chapter 12: Mi alma tiene sed de ti
Notes:
(See the end of the chapter for notes.)
Chapter Text
"...mi carne te anhela, en tierra seca y árida donde no hay aguas"
Salmo 63:1
No pensé en mi mamá.
No pensé en mi padre.
Lo único en lo que podía pensar era en la dulzura de la miel en mi mejilla y en el dedo meñique de Will envolviendo el mío.
No me soltó mientras se ponía los zapatos. Desamarrados.
Salimos de la iglesia por la entrada principal, aún así no nos cruzamos con nadie. Las charlas lejanas eran la prueba de que en ese momento no importábamos lo suficiente.
Por primera vez estaba caminando con Will por el pueblo. No es que eso hiciera mucha diferencia. Todo estaba medio vacío, casi sin presencia humana. Las calles solitarias nos daban la bienvenida por cada avenida que tomáramos y el sonido de nuestras pisadas por el asfalto era lo único que se oía en metros.
Por un instante estaba entrando a otro mundo.
Uno en el que solo existíamos Will y yo.
La zona comercial estaba incluso más olvidada que la primera vez que pasé por aquí. No había mucho que ver: tiendas tristes y empolvadas, llenas de volantes viejos y quebradizos, con las vitrinas sudando por el calor. Me gustaba el silencio que había; después del picnic, la calma era un placer.
Cada vez que se escuchaban voces o pisadas cercanas, Will ya se había desviado del camino mucho antes de tener que avisarle. Eran esos cambios de ruta los que me ayudaban a diferenciar la realidad de un sueño febril donde ambos caminábamos infinitamente.
Will tenía un sexto sentido para evitar a las personas. Repeler a los humanos era una buena habilidad, me habría ahorrado muchas conversaciones incómodas de haber tenido algo parecido.
Choqué con su espalda por ir metido en mi cabeza. Un escalofrió me recorrió, él seguía igual de frío.
-Pide un deseo.
Will se levantó frente a mí con un diente de león. Lo arrancó directo del borde de la calle. El fuerte luchador había logrado salir en medio del asfalto, pero no fue libertad lo que encontró, sino los pequeños dedos del chico que me regaló un deseo.
Como honor al diente de león, no dejé su muerte impune y soplé directo a la cara de Will. Una diminuta pelusa se quedó en sus pestañas. La venganza no resultó bien, porque a Will le pareció divertido. Su tintineante risa resonó por la calle vacía.
-No me digas qué pediste.
Deseé que crecieran más dientes de león, así Will seguiría tomándolos para cumplir sus deseos.
-No te lo iba a decir.
Me ignoró. Pero siguió tomando mi meñique.
-¿Qué tenías que hacer?
-No creo que deba decírtelo.
-Oh.
¿No confiaba en mí? Que Will no me contara lo más mínimo sobre su vida empezaba a afectarme. Pero también sabía que imponerme tampoco me daría respuestas. Solo me quedaba seguir acompañándolo y esperar.
-No es por lo que crees.
-No sabes lo que estoy pensando.
-¿Estás seguro?
Me miró sobre su hombro y levantó una ceja. Podía sentir su sonrisa burlona incluso si no la veía.
Decidí dejar el tema así. No había forma de ganarle a Will. Algún día dejaría el misterio y me lo contaría todo.
-Espérame aquí.
Dio unos cuantos pasos y entro a un tienda, que viéndola ahora se me hacía conocida.
Me quedé al lado de la puerta, mirando por el cristal cómo Will se acercaba al mostrador. Él estaba hablando con su mamá.
La señora Joyce hizo una mueca y empezó a negar. Ella intentó tomar la mano de Will, pero él la apartó en menos de un segundo. Vi cómo se inclinaba sobre el mostrador y miraba fijamente a su mamá.
Luego ella puso sus ojos directo en mí.
Ay, Dios, ¿qué hago?
Para no quedar como un maleducado, pero tampoco desobedecer a Will, la saludé desde afuera. Intenté sonreír. ¿Ella me recordaría? ¿Recordaría que fui grosero y salí sin despedirme en esa ocasión? ¿Debería entrar y hablarle?
El cristal empañado por el calor me impedía ver bien qué estaba pasando. Gota tras gota, caían lentamente, igual que el sudor por mi cuello. El sol me estaba pegando directamente.
Quise pasar mis manos por el vidrio para poder ver qué estaba pasando dentro, pero eso solo lo ensuciaría más. No quería darle más trabajo a la señora Joyce.
¿Qué le estaba diciendo Will?
Ella regresó su atención a Will, levantó la mano en esa seña universal de mamá, lo apuntó con el dedo índice y le dio una mirada severa.
Will dio un salto donde estaba y besó su mejilla. Volvió conmigo sin despedirse de ella. Volví a saludarla para despedirme.
A Will poco le importó que su mamá nos viera; él abrió la puerta y pasó sus manos por mi cintura en un abrazo.
-Me quedaré a dormir contigo. Y mañana vamos a la cantera.
¿Disculpa? ¿Dormir conmigo? ¿Will dormiría conmigo? ¿Era acaso esta una prueba de Dios? ¿Debía demostrar mi compromiso para erradicar el pecado en mí, o algo así?
-No quieres.
Se separó sin darme oportunidad de decir una palabra. Sus cejas se fruncieron en un lindo ceño. Juro que sus ojos tomaron un tono verde.
-¿Qué? ¡Claro que sí! Es solo que no me dijiste nada.
Fui bajando la voz poco a poco. No quería que Will se enojara conmigo.
Él tomó mis hombros y me acercó bruscamente a su cara.
Su respiración chocaba con mi boca. Inevitablemente mordí mi labio inferior, me concentre en el dolor, buscando una distracción.
Sus ojos se clavaron en los míos. Podía contar cada una de sus pestañas si tuviera suficiente tiempo. ¿Will tenía los ojos verdes? Creo recordar que sí, los tenía así la primera vez que lo vi, pero después de eso siempre estaban oscuros.
Entonces fue en ese instante que presencié algo fascinante.
Sus pupilas se empezaron a dilatar. El negro se tragó poco a poco el encantador verde, como un caleidoscopio cambiando de color. Sus ojos se veían más grandes y húmedos así. Como si en cualquier momento fuera a empezar a llorar.
Así que era eso.
Estaba tan hipnotizado que olvidé por completo que estábamos en medio de una calle, al frente de la tienda donde trabajaba su mamá.
Solo pensé en el misterio de sus ojos y su poco calor corporal.
Antes de apartarme por voluntad propia, él se alejó sonriendo de nuevo. Creo que encontró lo que estaba buscando porque su actitud volvió a ser la misma de siempre.
-Te creo. Vamos con tu familia ahora.
-¿Volveremos al picnic?
-Sí, nos esperan.
-Podemos volver solos.
-Hoy no, hace mucho calor. No quiero sudar.
Se me hizo un poco ridículo la idea de Will sudando. Después de pasar el rato con él, aún se me dificultaba la idea de que fuera un humano normal. Nada de fantasmas o demonios.
Mi cerebro ya debería haber procesado todo, pero algo muy dentro de mí lo impedía. Will jamás sería normal ante mis ojos.
-Como quieras. Entonces vamos con ellos.
El recorrido se sintió aún más rápido.
Tuve que soltar la mano de Will en algún punto, cuando las calles se comenzaron a llenar de personas que salían del picnic. El brillante coche de los Wheeler pasó por nuestro lado, dejando un olor a caucho quemado. Las llantas contra la carretera caliente eran las culpables.
La única que se dio cuenta de mi presencia fue Holly, que se despidió por la ventana. El cabello de sus coletas volaba con el viento. Iba a ser una odisea para la señora Karen peinarla después.
Ella era adorable, me encantaría tener una hermanita. Podría ser un gran hermano mayor.
Mi amigo interrumpió mis imaginaciones de manera abrupta.
-¿Los conoces?
-Creo que son amigos de mis padres. Se sentaron con nosotros hoy.
-Eso tiene más sentido. Tú y Mike son como el cielo y la tierra.
La última frase la dijo tan bajo que casi se me escapa.
Mientras nos adentrábamos entre los coches estacionados, quise probar suerte y seguir preguntando.
-¿Y tú los conoces?
Obviamente los iba a conocer, lleva toda su vida aquí. Tonto Chance.
-Un poco.
Me dejó con la información a medias, porque mamá decidió que era el mejor momento para aparecer frente a nosotros con una expresión de preocupación.
-¡Niños! Casi que no los encuentro. ¿Dónde se metieron?
-Will necesitaba despedirse de su mamá. ¿Puede quedarse a dormir hoy? Ya pregunto.
-Sí, ya tienes permiso entonces no hay problema. Ya terminamos de limpiar la habitación de invitados.
Olvidé eso por completo. Will no tenía que dormir conmigo.
No tendría que verlo usando pijama, ni sentir su respiración en mi cuello, o escucharlo balbucear entre sueños. No tendría que verlo recién levantado, estando todo suave y adormilado, con el cabello enredado y los ojos entrecerrados.
Qué estupidez.
-¿Y ese niño quién es?
La voz de mi padre cortó de tajo mis vergonzosos pensamientos. Pudo ser mi mente, pero sentí que el ambiente se ponía frío.
Me puse firme, las primeras impresiones eran importantes para mi padre. No podía dejar que desaprobara a Will; si lo hacía, hasta ahí llegaban nuestros encuentros. No podía permitir eso.
-Padre, te presento a William Byers, mi amigo. Lo conocí el domingo pasado en la iglesia. William, él es mi padre, Clyde Romanillos, y ya conoces a mi mamá, Helen.
Will miró a mi padre de arriba abajo. Solo le extendió la mano, sin decir nada.
Probablemente era la primera persona que no se veía intimidada.
Mi padre la tomó sin delicadeza y sacudió su brazo. Me dieron ganas de obligarlo a soltarlo. ¿Y si lo lastimaba?
-Buen agarre.
-Lo sé, señor.
Sin decir más, ambos se alejaron y por fin mis pulmones volvieron a funcionar.
Abrí la puerta del auto para mamá, después para Will, dejándolo pasar primero a la parte trasera.
Dejamos la iglesia atrás. Sin tantas personas, se veía vieja y triste. El blanco descolorido de la madera empezaba a despegarse y la maleza crecía entre las piedras del atrio. Pronto empezarían a recaudar dinero para las mejoras.
O eso esperaba.
Un silencio extraño llenó el coche, nadie dijo una palabra, ni siquiera mamá. Solo el retumbar del motor y el aire entrando por las ventanas.
La punta del zapato de Will se metió dentro de mi pantalón disimuladamente. Quería que lo mirara. Imagino que lo hizo de esa manera para que el espejo retrovisor por el que papá nos vigilaba no mostrara nada.
En cuanto mis ojos se posaron en él, sacó su zapato y señaló a mis padres con la cabeza.
Luego se acercó a mí, disimulando en medio de una curva.
Las puntas de sus dedos se metieron dentro de mi camisa y empezó a pasarlos por mi espalda baja. Pegué un salto en cuanto su piel toco la mía.
¿Cómo se le ocurre hacer eso acá?
Por primera vez desde que lo conocía, tomé con firmeza su muñeca y lo aparté. No podía dejar que mis padres vieran mi comportamiento con Will.
Lo miré lo más serio que pude sin parecer enojado. Tampoco quería que él se sintiera mal.
O que pensara que no me gustaba que me tocara.
Una sonrisita burlona apareció por un instante, borrando la indiferencia de su cara. Luego la borro por completo mordiendo sus labios con esos preciosos dientes de conejos.
La ventana estaba abierta de su lado, el aire movía su cabello hacia la frente y la luz hizo aparecer mechones claros entre las hebras castañas.
Su mirada cambió. Sé que estaba fingiendo.
Bajó las cejas y movió las pestañas inocentemente. Sus ojos negros y profundos como la boca de un lobo me miraban con tristeza. Como un cervatillo a punto de ser cazado.
No podía esconderse de mí. Estaba intentando manipularme.
Estaba funcionando.
¿Quién sería capaz de negarle algo a Will si lucía así?
Miré al frente. Nadie nos vigilaba.
Mi agarre se soltó un poco pero no me arriesgue a apartar los ojos de los otros dos pasajeros.
Él debió tomarlo como una invitación porque de inmediato volvió a meter la mano. Sus uñas rozaron mi espalda, seguro dejó marcas rojizas.
Él no cambio de expresión, incluso si ya había logrado lo que quería. Esta vez, cuando lo observe pude ver cómo gesticulaba con perfecta dicción.
"Buen chico"
Este niño va a matarme.
Tuve que pasar el resto del viaje con Will jugando conmigo. No sé cuantas plegarias salieron de mis labios en susurros, o cuántas veces me pellizque el muslo en busca de claridad.
No pude quitar mi vista del frente.
Paramos en seco, justo delante del porche. Sus manos me distrajeron tanto que el camino se distorsionó por completo en mi mente. Lo único que quedaba de ese momento era Will.
Solo él.
Le tendí la mano para ayudarlo a bajar del auto. Fue un gesto automático. Solo después de que mamá me viera y levantara una ceja me di cuenta de lo que estaba haciendo, pero no quise retractarme. Después inventaría una excusa.
Su mano se posó sobre la mía como una abeja sobre una flor. De no ser por su frialdad, no hubiera sentido nada.
Mamá no nos quitó la vista de encima.
La conciencia pareció golpear a Will porque me soltó antes de que mi padre se bajara del coche. Él seguro sabía que, si mi padre nos descubría, todo se acababa.
El cabo suelto solo me miró con pena y agachó las comisuras de los labios disimuladamente. Ella no dijo nada.
-Will y yo estaremos en mi habitación. Si nos necesitan para algo...
-No cariño. Pasen un buen rato, después los llamo para el almuerzo.
Comencé la marcha con Will detrás, siguiendo mis pasos. Al pasar por la puerta principal, él tocó el marco con los nudillos tres veces.
-¿Y eso?
-Deja afuera las malas energías.
-La primera vez no hiciste eso.
-Solo funciona en la puerta principal.
Como Will ya sabía dónde estaba mi habitación, no tuve que llevarlo hasta ahí. Él solo caminó y subió por las escaleras.
La última vez que puso un pie en esas escaleras fue para salir corriendo con su cuervo en manos.
Me dejó solo y confundido.
Hoy no lo dejaría escapar. Si iba a andar por ahí caminando en el bosque, lo seguiría; o si quería regresar a su casa, también lo acompañaría.
Quería pasar tiempo con Will.
En los últimos días solo lo había visto unos segundos. Extrañaba pasar horas con él, disfrutando del silencio y descubriendo cada una de sus pequeñas peculiaridades.
Lo primero que hizo Will cuando llegó fue lanzarse sobre mi armario, buscar entre mi ropa y sacar otro de mis suéteres. Esta vez el elegido fue uno azul oscuro de puntos. Era relativamente nuevo. Solo lo había usado en dos ocasiones, ambas relacionadas con asistir a la iglesia.
El olor a incienso se quedó pegado a la tela.
Desde entonces no lo usaba; sentía la necesidad de arrodillarme y rezar cada vez que lo olía, cuando intentaba ponérmelo, al cerrar los ojos, solo recordaba la figura de yeso de Jesús crucificado evaluándome.
No lo volví a intentar y terminó escondido en el fondo del armario.
Me pregunté si Will también lo sentía, si cada vez que rozaba la tela tenía la necesidad de arrepentirse.
Supe que no por la manera en que pasó sus dedos por las mangas, como si acariciara algo preciado, lleno de buenas memorias.
Will no me había devuelto mi otro suéter.
Acababa de perder otro.
A este paso debo empezar a usar mi mesada para comprar otros sin que mamá se dé cuenta, o decirle que su idea de combinar ropa es magnifica y esperar a que me compre más.
Él se lo puso y apenas vi el resultado supe que no quería que me lo devolviera. El azul resaltaba el color de sus mejillas.
Eran rosas.
Will era tan pálido que a veces era imposible ver alguna pizca de color, más allá de sus venas azules o los moretones que tenía siempre en las rodillas.
Pero ese suéter azul me dio el regalo de ver sus sonrosadas mejillas.
No quería que me lo devolviera, pero de ahora en adelante cada vez que lo viera con el puesto no solo pensaría en Jesús, también pensaría en este momento.
-¿The Cure?
La ultima vez eso fue lo que le gusto.
-Intentemos algo nuevo hoy.
Puede que diera un pequeño saltito por la emoción, él parecía interesado. Me complacía mucho mostrarle lo que me gusta escuchar a Will y que a él también le gustara.
Reflexioné mucho sobre la siguiente decisión. ¿Qué reproducir? Janis Joplin era mi favorita, pero después del poema, escuchar sus canciones sería como desnudarme.
Decidí ir a lo seguro.
Jimi Hendrix empezó a cantar las primeras notas de All Along the Watchtower y bajé el volumen para que mi padre no escuchara.
Siempre criticaba la música que me gustaba. Decía que, si seguía escuchando a esos vagos, algo se me iba a pegar y cuando menos lo pensara, iba a estar debajo de un puente fumando hierba al lado de mi futuro destruido.
"Música de hippies".
Lo decía como un insulto.
Una de las pocas cosas con las que me rebelaba era la música.
Nadie tenía derecho a decirme qué escuchar.
Creo firmemente que la música es una de las mayores manifestaciones de Dios que puede existir. Somos capaces de producir sonidos que expresan sentimientos tan profundos como el dolor o la culpa y transformarlos en algo hermoso. Personas que usan su voz como instrumento, manos que tocan melodías imposibles y emociones transformadas en notas. Era divino.
Por desgracia yo solo podía tocar canciones navideñas con la guitarra acústica porque mamá quería cantar conmigo villancicos.
Si por mí fuera, estaría tocando hasta que los dedos me sangraran para sonar como Hendrix.
La música era un regalo de Dios.
Debíamos aprovecharlo.
Pero yo no decidía eso. Lo hacía mi padre.
Como siempre.
-Te llevarías bien con mi hermano. Él se volvería loco con tu colección
-No sabía que tenías uno.
-Es mayor. Siempre trabaja.
-¿Ya se graduó?
-No.
Will se acercó a mí y tomó mis muñecas para después pasar mis manos por su cintura. Cuando vio que no me movía, me soltó y subió las suyas hasta mi cuello.
Empezó a balancearse.
De un lado a otro.
Estamos bailando.
Un bendito baile lento con una canción de Jimi Hendrix.
Me dejé guiar por él. Apoyé mi cabeza sobre la suya y bailamos por la habitación. La guitarra lloraba de fondo, pero no me concentré en ella, sino en Will.
-Ojalá hubieras venido a Hawkins antes.
-¿Crees que seguiríamos siendo amigos? Muchas cosas cambiarían.
-Creo que estamos destinados a encontrarnos, Chance. Ahora y siempre.
Desde que nacemos hasta que morimos, tomamos decisiones. Decisiones que pueden cambiar el rumbo de nuestra vida. De una forma u otra, sabía que no importaba qué decisión tomara.
Siempre conocería a Will.
En esta o en las otras miles de líneas del tiempo. Siempre estoy destinado a él.
Sus palabras solo me hicieron consiente de ello.
-Tienes razón.
Sintiéndome un poco ridículo gracias a mi corazón acelerado, empecé a cantar la canción. No tenía la mejor voz, pero eso no iba a detenerme.
Jamás se me habría pasado por la cabeza hacer algo tan tonto frente a alguien más.
Pero con Will fue fácil. Con él todo era fácil.
Me separé para fingir tocar la guitarra. Quería hacerlo reír.
Y funcionó.
Will soltó una carcajada limpia y después decidió hacer el ridículo conmigo. Bailó de manera exagerada y dio vueltas a mi alrededor, moviendo la cabeza como si estuviera en el mejor concierto de su vida.
Adoraba a ese chico.
Seguimos con nuestro juego hasta que sonaron unas cinco canciones.
No las conté.
Caímos rendidos sobre mi cama. El colchón se hundió bajo nuestro peso y, durante unos segundos, ninguno de los dos hizo nada más que recuperar el aliento. Escuche su respiración pesada en mi oreja, inhalando y exhalando, demostrando que estaba vivo. Vivo y a mi lado.
Aún podía escucharlo soltar pequeñas risitas de vez en cuando, atrapado en el recuerdo de nuestra estupidez.
-No le cuentes a nadie que hice eso. Jamás.
-Lo prometo.
Levantó un brazo y extendió el dedo meñique hacia mí.
Levanté el mío y lo enganché al suyo.
Después dejamos caer las manos sobre la cama sin separarlas. Cerré los ojos.
Me sentía en paz.
-Deja la puerta abierta en la noche.
Abrí un ojo.
-¿Disculpa?
-Me quedaré contigo.
El pulso se me aceleró de inmediato. Abrí los ojos por completo y giré la cabeza para mirarlo.
-¿Por qué?
-Porque quiero.
Antes de que pudiera responder, se incorporó de golpe y terminó sentado sobre mi regazo, cruzando las piernas a mi alrededor.
Sus manos sujetaron mis mejillas. Me obligó a mirarlo.
-Harás lo que yo quiera, ¿no, señor?
Manipulador.
-Bien. Pero que nadie nos escuche.
-Bien.
-¿Te bajas ahora?
-Iba a hacerlo.
Una sonrisa apareció en su rostro.
-Pero ya no.
Solté un suspiro.
Resignado, le rodeé la cintura para acomodarlo mejor. Después pasé las manos por debajo de sus muslos y me levanté de la cama con él todavía encima.
Caminé hasta el tocadiscos.
-Escoge la canción que quieras.
Will ni siquiera miró la colección.
Parecía demasiado ocupado observándome la cara, incluso paso su dedo índice por mis cejas. Me hizo cosquillas.
-No me importa. Hazlo tú.
-Pero debes ayudarme a poner el disco. Tengo las manos ocupadas, ¿sabes?
-Bien.
Alargó la palabra con evidente desgana. Se inclinó apenas lo necesario, tomó cualquier disco al azar y logró colocarlo en el tocadiscos después de varios intentos torpes.
Podría haberlo soltado y hacerlo yo.
Ninguno de los dos quería. Estoy seguro.
-Fleetwood Mac, una gran elección.
-Tienes muchos discos. Yo no escucho música.
-¿No?
-Ya no. Aunque puede que lo vuelva a hacer.
-Puedes tomar cualquiera de mis discos.
-No es esa clase de problema, pero gracias Chance, de verdad.
Dejó un besito justo en la mitad de mi mentón.
Con mi tarea resuelta, volví a la cama.
Me recosté contra el espaldar y Will se acomodó sobre mi pecho como un gato buscando calor. Poco a poco su respiración se volvió más lenta, más profunda, hasta que terminó quedándose dormido. Miré las blancas nubes moviéndose por la ventana, cambiaban constantemente, tomando formas y luego deshaciéndose en un suspiro.
Pasé una mano por su cabello. Si las nubes fueran tangibles serian suaves como la piel de Will. Y ligeras como su risa. Puras, como él.
El momento era perfecto.
Demasiado perfecto.
Tan perfecto que mis ojos pesaron y mi respiración aminoró. Se sincronizó con la del chico sobre mi pecho y por un momento, ambos compartimos el mismo latido.
Mi cerebro despertó justo antes de cometer un gran error.
No podía dormirme. Mis padres podían entrar en cualquier momento. Bastaba con que mi mamá quisiera preguntarme algo o que mi padre recordara alguna tarea para que abrieran la puerta.
La idea me golpeó como un balde de agua fría.
¿Qué estaba haciendo?
Se suponía que debía empezar a poner límites.
Se suponía que debía demostrarle a Dios que podía controlar aquello que tanto miedo me daba. Pero había hecho exactamente lo contrario.
Cada día parecía acercarme más a Will. Y cada día me importaba menos detenerme.
La culpa empezó a crecer lentamente en mi pecho.
Pesada.
Silenciosa.
Como una piedra hundiéndose en el agua.
Traté de apartar la mirada de su rostro dormido. No quería despertarlo.
No quería moverme. No quería que ese momento terminara.
Aun así, comencé a orar en voz baja.
-Señor Dios, perdona mis pecados, líbrame de todo mal.
Lo repetí una vez.
Luego otra.
Y otra más.
Esperando sentir alivio. Esperando sentir vergüenza. Sentir cualquier cosa que me ayudara a alejarme.
Pero nada ocurrió. Will siguió dormido sobre mí. Y cuando intenté apartarlo, aunque solo fuera unos centímetros, mi cuerpo se negó.
Cerré los ojos con fuerza.
-Señor Dios, ruego por tu perdón.
La oración sonó vacía.
Porque incluso mientras la pronunciaba, seguía pasando los dedos por su cabello, pensando en su piel, saboreando su aliento en mi cuello.
Y en el fondo de mi corazón ya sabía la verdad.
No quería separarme de Will.
Pasé por lo menos una hora rezando. No hubo un minuto en que mis labios dejaran de pronunciar plegarias. La garganta comenzaba a dolerme y a necesitar desesperadamente un vaso con agua.
-¿Qué haces?
La voz medio dormida de Will fue lo único que me hizo detenerme.
-Rezaba.
-No lo hagas.
-¿Te desperté?
-No es por eso. Te lastimas.
-Claro que no.
-No te das cuenta. Eso no quiere decir que no lo hagas.
Rezar era lo único que me mantenía a flote, sin importar el lugar o la situación. Lo hacía cada vez que mi padre me regañaba, cuando mamá enfermaba o incluso cuando el abuelo murió. Después de su partida, lo único que lograba recordar eran las oraciones que salían de mi boca.
Volví a hablar tres días después.
Durante todos los años de mi infancia, vi a Dios como un refugio, lleno de amor y perdón.
Prefería verlo así que como un ser superior y castigador.
Mi padre, por el contrario, insistía en que Dios solo hacía pagar a quienes se comportaban mal, que debíamos seguir cada uno de sus mandatos para poder entrar al reino de los cielos.
Fue solo después de crecer que empecé a temerle a Dios.
Por que por más que me esforzara, el pecado seguía manchando mi vida, arrastrándome una y otra vez hacia pensamientos pecaminosos, tentándome a cada instante.
Yo jamás podría entrar al cielo.
No importaba cuánto me esforzara.
Eso me aterraba.
-¿Lo ves?
Claro que lo veía.
Siempre lo había visto.
Lo veía cada vez que intentaba rezar. Lo veía cada vez que miraba a Will demasiado tiempo.
Pero no hay peor ciego que aquel que no quiere ver.
Seguiría rezando hasta que mi garganta sangrara, hasta que mis rodillas se rompieran bajo mi peso, hasta que mi mente olvidara cualquier palabra que no fuera perdón.
Porque eso era lo correcto.
Porque alguien como yo no merecía descansar.
Porque alguien como yo no merecía sentirse feliz.
-Ya basta, Chance.
La voz de Will llegó desde muy lejos.
Como si estuviera al otro lado de una pared.
De pronto sentí un peso sobre mí.
Su respiración.
Y solo entonces me di cuenta de que no estaba respirando.
El aire no entraba.
Mi pecho ardía.
Mi corazón golpeaba tan fuerte que pensé que iba a romperme las costillas.
Él intento poner sus manos en mis mejillas pero lo aparte de tirón.
-¡No me toques!
Mi propia voz me asustó.
Sonó rota.
Desesperada.
-Escúchame, Chance.
-Estoy sucio, Will.
Las palabras salieron antes de que pudiera detenerlas.
-No tengo perdón. Todo es mi culpa.
Las lágrimas comenzaron a caer.
No pude detenerlas.
Sentía el rostro caliente y la garganta cerrada.
No quería que me viera así.
No quería que me conociera de verdad.
Porque si lo hacía, se iría.
Tarde o temprano.
-Estoy mal.
Me costaba respirar.
-Hay algo mal en mí.
Will era bueno. Will era puro. Como las nubes.
Will no debería estar aquí.
No conmigo.
-Te vas a calmar y me vas a escuchar.
Intenté obedecer.
De verdad lo intenté.
Pero el miedo seguía creciendo.
Subiendo por mi pecho.
Por mi garganta.
Por mi cabeza.
Como agua llenando una habitación cerrada.
-Sigue mi respiración.
Lo único que pude hacer fue mirarlo.
Mirar sus ojos.
Escuchar su voz. Aferrarme a ella.
Una respiración.
Luego otra.
Y otra.
Durante unos largos minutos.
Hasta que el aire volvió a entrar en mis pulmones.
Creí que iba a morir, que Dios había decidido que ya era suficiente.
Que había llegado el castigo.
-Gran trabajo, Chance.
Will seguía allí.
No se había ido.
-Ahora me escucharás a mí y solo a mí.
Estaba en mi regazo, mirándome desde arriba. Pasó sus dedos por mis mejillas, limpiando mis lágrimas. Sus manos frías me ayudaron a volver a la tierra. Volví a sentir el aire, el ruido de la casa asentándose y el olor dulce y reconfortante de Will.
-Hoy mismo te enseñaré que a Dios no le importamos tanto como piensas.
-¿De qué hablas?
Mi voz salió ronca y desafinada, como si acabara de soltar un grito. Me picaba la garganta.
-No importa si eres el hijo favorito de Dios. Todos nacemos para pecar y te daré una razón real para rezar.
- Solo olvida todo lo que paso hace un momento, lamento arruinar el ambiente.
-No lo hare, y tu tampoco. No pensé en hacerlo tan pronto pero creo que lo necesitas justo hoy.
-¿A que te refieres? No creo tener mucho animo para ir a la cantera Will.
-No es eso. Hoy, salimos en la noche. Solo confía en mi y todo saldrá justo como lo planeo.
-Tengo toque de queda, no puedo salir en la noche.
-Chance, hoy no. Hoy solo yo te digo que hacer. Nada de Dios y de padres. Yo cargare con la culpa por ti.
-¿Entonces que haremos?
-Si te digo no querrás. Es sorpresa.
Su imposición acabo con la conversación, sus piernas se aferraron a mis costados y de una vuelta me dejo encima de él. Sus brazos pasaron por mi espalda y me obligó a recargarme en su pecho, justo como estábamos antes.
-Yo me encargare de todo y te cuidare ¿si?
Susurró en mi oreja, haciendo que todos los vellos de mi piel se erizaran. Necesitaba levantarme antes de que las cosas empeoraran y no pudiera esconder mi reacción. Intente separarme pero al momento que mis antebrazos hicieron fuerza para levantarme, Will volteo la cabeza y dejo un pequeño beso en uno de ellos, el izquierdo.
Solo fue un roce pero hizo que todo la fuerza reunida se esfumara en menos de un segundo y volví a caer sobre él.
El lindo chico volvió a reír. Cada vez que hacia uno de esos gestos era a propósito, buscaba molestarme en cada escenario para ver mi reacción, ya lo conocía lo suficientemente bien como para saber que lo hacía solo para distraerme.
Después de tremenda escena protagonizada por mi, decidí relajarme un segundo y cerré los ojos, descansando mi cabeza en su pecho, sintiendo como subía y bajaba. Solo sabiendo que Will había visto todo y aun así se quedó conmigo.
Los chicos no lloraban.
Yo si lo hice, frente a él. Y no solo eso.
Sus manos se pasaron por mi cabello y luego por mi espalda, él dibujaba algo, con bastante habilidad si se me permite opinar. Mi mente divagó y divagó, cambiando de tema cada vez que quería recordar tal momento humillante.
Después de eso, creo que podía considerar a Will mi mejor amigo. No cualquiera pasa por algo así junto a ti, luego se queda y te consuela.
Un mejor amigo. Nunca tuve uno de esos.
Me pregunte si Will también me consideraba eso, él seguro tenía más amigos que yo. Pasando toda su vida aquí, alguien más debe ocupar ese lugar.
-¿Will?
-¿Chance?
-¿Tienes otros amigos?
-Si, bueno...creo que si.
-¿Y un mejor amigo?
-Podría decirse que si. Yo...ahora casi no hablo con ellos.
Su suave admisión corto mi interrogatorio, había algo triste en su voz. No quería que Will estuviera triste.
-Yo puedo ser tu mejor amigo.
Sus manos tomaron mis mejillas y me obligaron a levantar la cara y mirarlo.
-Nosotros somos más de lo que un mejor amigo puede ser, Chance, pero si quieres serlo estoy seguro que no existe mejor persona en el universo.
Sus palabras me dejaron una sensación intensa en el pecho.
-Bien, entonces somos mejores amigos.
Su mirada se torno dulce y bajo un poco la cabeza para dejar besos por toda mi cara.
Él era tan lindo.
Queriendo molestarlo a él también pasé mis manos por su cintura y levante un poco su camisa, dejando ver su estomago. Pasé mis dedos por su abdomen, como él lo hizo conmigo en el coche unas horas antes.
Sus mejillas se encendieron y dejo salir un suave suspiro. Sus piernas se apretaron a mis costados y levemente subió su torso, dejándome tocarlo.
Baje la cabeza y puse mis labios sobre su piel descubierta para dejarle pequeños besos por todas partes. Puse mis manos por sus muslos desnudos, su piel se erizo, luego los levante y él colaboro poniéndolos sobre mi espalda.
Sentí como sus talones se clavaron en mi piel, levantando mi camisa. Ahora su piel tocaba la mía directamente.
Lo mordí un poco.
El efecto fue instantáneo, su estomago se contrajo y soltó el aire en un segundo, para reírse por las cosquillas, intento apartarme pero no se lo permití. Miré hacia arriba y lo vi observándome, sin aire y con las mejillas rosas.
Como si me hubiera hipnotizado, dejé de molestarlo. Subí la cabeza hasta que quedamos a la par, lo único que nos separaba era el espacio de mis brazos flexionados.
Will dejo de reír para mirarme fijamente y alzar su mano hacia mi cuello y acercarme a él poco a poco.
Su rostro era como ver un ángel. La viva imagen de la divinidad estaba frente a mi. La pureza encarnada tenía los ojos oscuros, las mejillas rosas y dientes de conejo. Envuelto en la tela cálida de mi suéter, oliendo a incienso y miel, con los muslos rodeándome tiernamente, dándome un consuelo real.
Un santo.
Un dios.
Quizás, el pecado.
Nuestras frentes se tocaron y nuestras respiraciones chocaron. Una fría y otra cálida. Atrapadas en aquel minúsculo espacio que separaba nuestras bocas.
Desee con todas las fuerzas de mi cuerpo y de mi alma, que Dios se tapara los ojos, que volteara, que no nos mirara, solo unos segundos. Solo unos segundos bastarían para mancharme con ese pecado, arrepentirme y luego arrepentirme de eso también.
Cerré los ojos e intente resistir la tentación frente a mi.
Mi fruto prohibido.
Pero, como Eva cayó en tentación, yo también caí ante Will.
Fue solo un roce, porque no me atreví a más.
Pero Will si se atrevió.
Me estaba separando, cuando lo escuche. Una súplica, como a la que mis labios estaban acostumbrados a pronunciar, pero no salió de mi.
-Chance.
Era él, susurrando mi nombre como una plegaria, como quien le reza Dios en busca de perdón, Will pronuncio mi nombre como si lo orara cada noche.
Ver sus ojos suplicantes me rompió ¿Cómo se supone que te niegas a complacer a este ser?
Me prepare para un camino sin retorno, si realmente cumplía con el capricho de Will no habría vuelta atrás para ninguno de los dos. No cielo, no perdón.
-Will, yo...
-No lo digas, solo... por favor.
Volví a sentir sus manos en mi cuello, empujándome hacia abajo, hacia él.
Iba a rendirme.
Pero la puerta sonando nos salvo.
Notes:
Nota de autora:
Quería mencionar que la última escena fue una de mis favoritas de escribir hasta ahora. Fue un verdadero reto encontrar el equilibrio adecuado, porque no quería que pareciera demasiado apresurada. Aun así, creo que logré transmitir exactamente lo que imaginaba para ellos.
Espero que hayan disfrutado el capítulo.
Gracias por leer.
Chapter 13: Y yo era como cordero inocente
Notes:
(See the end of the chapter for notes.)
Chapter Text
"...que llevan a degollar, pues no entendía que maquinaban designios contra mi."
Jeremías 11:19
Las manos me temblaban mientras me levantaba de la cama. No lo miré. No pude.
Esto no podía estar pasando.
Era imposible. Yo jamás lo haría, ¿no? Nunca se me pasó por la cabeza hacerlo de verdad. Iba a arrepentirme al final; eso era lo correcto, evitar esa situación. Sí, la puerta solo se me adelantó.
Yo no lo quería, ¿verdad? No, jamás lo querría.
Solo fue un momento de debilidad. Fue difícil resistir la tentación, pero iba a hacerlo. Sí, yo iba detenerlo.
El calor sofocante dificulto mi respiración. Al no tener a Will cerca, no pude imitar su ritmo. Otra vez todo se estaba acelerando; mis pulmones no respondían y quemaban cuando los forzaba.
Ya basta Chance, no eres un niño. Respira.
Empecé a ver borroso. Tuve que parar y apoyarme en el tocadiscos. Pasé las manos por mis mejillas, limpiando la humedad, la piel me ardía.
Esto era una pesadilla horrible de la cual iba a despertar sudando a mitad de la noche, solo para recordar que Will estaba en la habitación de invitados, que éramos mejores amigos y que no estuve a punto de arruinarnos la vida.
El calor de mis orejas contradecía todo lo que mi mente imaginaba. Mi agitado pulso también me mantenía lúcido, el corazón iba a terminar desgarrando mi pecho para salir y detener aquello que lo aceleraba tanto.
Casi, Dios mío. Casi.
El arrepentimiento me llegó de un momento a otro. ¿Cómo se me ocurre nombrar a Dios después de lo que estuve a punto de hacer? Ya no era digno, ni siquiera debería pensar en la salvación o el perdón, nos había condenado a ambos.
No había vuelta atrás. Una cosa es pecar por pensamiento y otra por acción. Yo ya había cometido ambas. ¿Qué más me quedaba? ¿Cómo podía arreglar todo?
Ayuno, oración diaria o castigos físicos. Ninguno parecía suficiente.
La puerta volvió a sonar, esta vez mucho más fuerte.
Caminar hasta ahí fue como una eternidad. Mis pies decidieron torturarme, las punzadas me acompañaron en cada paso, como miles de agujas enterrándose en las plantas de mis pies
La innegable presencia de Will a mi espalda tampoco ayudó para nada. Él lo sabía, ¿no? Lo que estuvo a punto de suceder. Él me lo pidió.
No.
Will me lo había rogado.
Y yo había cedido.
Vacilé aún más, tropezando con mis pies. Me sentía como un cervatillo recién nacido, apenas dando sus primeros pasos, inocente de los peligros del mundo exterior.
Antes de tomar el pomo, volví a mirarlo. Estaba quieto, de espaldas, con las rodillas encogidas contra su pecho y la mirada perdida por la ventana, parecía más pequeño de lo normal. Su cabello estaba desordenado, le caía por los hombros y evitaba que pudiera verle la cara.
Todo en Will transmitía soledad.
¿Él también pensaba lo mismo que yo? ¿Se culpaba por lo que casi ocurre? ¿En qué pensaba?
-¿Will?
Lo llamé murmurando, sin separar bien los labios para pronunciar su nombre, así afuera no me iban a escuchar.
-¿Chance?
Su voz me tranquilizó un poco. No sonaba asustado ni disgustado, solo carente de emoción.
Se giró, dejando una de sus manos sobre las sábanas y apoyándose en ella. Recordé el momento del bosque, cuando la luz hacía un halo a su alrededor. Estaba pasando exactamente lo mismo, la luz se acomodaba por sus bordes, suavizando sus rasgos. ¿Cómo podía verse tan sagrado si estuvo a un segundo de manchar su alma para siempre?
Apoyó su rostro sobre su hombro y su mejilla se abultó; parpadeó lento, como si su mente estuviera lejos.
Mirarlo tranquilizó mi corazón, su carita solo tenía un leve puchero. Como un niño al que no le dieron el juguete que quería pero era demasiado tímido como para decirlo. Tal vez solo fue eso para él, una broma que fue demasiado lejos. Sí, eso fue.
Will no estaba enojado conmigo. Aún tenía oportunidad de buscar una solución para nuestro problema, podía arreglarlo. Salvarnos y a nuestra relación.
Negué con la cabeza, para que supiera que no necesitaba nada. Ya me había dicho suficiente.
Él gateo sobre la cama y se sentó en el centro, con las piernas en posición de meditación. Sus muslos tenían las marcas de mis manos. Grandes y rojas sobre la piel blanca.
No me di cuenta de que lo había apretado tan fuerte. La situación se ponía peor conforme más lo analizaba.
¿Y si Will quería parar y yo lo malinterprete? ¿Y si me jalaba solo para apartarme?
¿Y si lo lastime?
Tenía que disculparme con él.
No quise seguir con esa aterradora línea de pensamiento. Mis ojos empezaban a traicionarme otra vez. Limpié otra gotita que me bajaba por la mejilla. Di un último respiro hondo.
Abrí la puerta, cortando de una vez por todas con la atmosfera.
Fue la cara dudosa de mamá lo que me recibió. Ella parecía incluso más alarmada después de verme, ¿Estaba pálido? Me sentía pálido, como si toda mi sangre hubiera desaparecido de un momento a otro.
-¿Chance? ¿Todo bien cariño?
No podía confiar en mi propia voz, así que solo asentí. Un solo movimiento en falso y ella se daría cuenta de que algo pasó. Busque a Will otra vez con la mirada para tranquilizarme.
Ahora volvía a estar de frente, sus manos apretando la tela de sus shorts, sin quitarle la vista a mi mamá. Ojos verdes; estaba disgustado.
-Estaban demasiado callados. ¿Pelearon?
Me aclaré la garganta, enderezando mis hombros, fingiendo seguridad y le respondí lo más natural que pude.
-Will estaba dormido. ¿Necesitas algo más?
Soné más brusco de lo normal. Mamá dio un paso hacía atrás y levanto las manos para ponerlas en mis hombros. Su toque me quemo ¿Así se sentía el pecado? Me ardía, como poner las manos directo al fuego.
Me separe disimuladamente. Cruze los brazos, para evitar otro acercamiento.
-Oh no. Solo pensé que sería agradable para ustedes disfrutar del sol. ¿Qué tal si salen un rato al patio? Haré limonada.
Ella siguió buscando algo en mi cara. Su mirada se volvía cada vez más pesada, mi espalda se encorvó, haciéndome más pequeño. La culpa me aplastaba.
-Sí, claro, ya vamos.
-Bien, gracias cariño.
¿Por qué me agradecía? Seguro mi cara le transmitió mis pensamientos porque ella puso la misma cara que en la mañana, cuando nos vio salir del carro. Ojos perdidos, boca fruncida y manos apretadas.
-Son solo tonterías mías, cariño. No te preocupes por eso.
-Claro. Entonces bajamos en un rato mamá.
Ella se quedó ahí, completamente quieta, con el ceño fruncido pero una sonrisa ensayada. Cerrarle la puerta en la cara no estaba en mis opciones, en definitiva. Pero necesitaba estar a solas con Will para disculparme, y por mucho que me gustara hablar con mamá, no era el momento.
-¿Mamá?
-¿Sí, cariño?
-¿Necesitas algo más?
-Oh no, solo... dejen la puerta abierta.
Ella lo dijo mirando a Will. Ambos se quedaron así, con expresiones idénticas, como si hablaran por medio del silencio. Y como si fuera un truco de magia, la cara de Will se llenó de comprensión mientras que la de mamá palideció. Ella soltó una exhalación y su mirada volvió a mí.
Volví a aclararme la garganta, rompiendo la incomodidad. ¿Qué estaba pasando?
Ella no agrego nada, se dio la vuelta para caminar por el pasillo y bajar por la escalera, Will se
levantó del colchón, se puso a mi lado y no la descuidó mientras bajaba, para luego soltar una suave queja llena de fastidio.
En lo que parecía un arranque de rebeldía, Will tomo el marco de la puerta y lo cerró sin hacer ruido. Miro la oscura madera durante unos instantes y antes de poder decirle algo, me empujo contra la puerta. Pequeñas astillas se clavaron en mi espalda, picaban. Pero esa no era mi prioridad ahora, porque volvía a estar a solas con Will. Y muy juntos, de nuevo.
Su pecho presionaba el mío, haciéndome imposible moverme sin tener que alejarlo. Dudaba querer alejarme de él alguna vez. El frío que emanaba no calmó el calor abrasador que recorrió mi cuerpo atrapado. Fue imposible quitarle los ojos de encima; la oscuridad profunda de su mirada me envolvió.
Como un niño travieso, solo levanto los labios un poco por las comisuras. Puso una mano en mi mejilla derecha y la otra justo donde esta mi corazón desbocado. Su cabeza se volteó, moviendo su cabello hasta que tocó sus hombros: una cascada castaña, suave e hipnotizante.
Mis manos fueron atraídas por el, tome un mechón y lo pase entre mis dedos. Se deslizaba como el chocolate caliente. Will, intuitivo como siempre, dejo que su cabello cayera sobre su cara. Se veía tan dulce.
-¿Dónde nos quedamos?
-La puerta, Will...
-Eso no me importa.
-Mamá puede volver.
Él volvió a soltar una queja. Puso los ojos en blanco y su ceño se arrugó adorablemente. No podía tomarlo enserio si seguía haciendo esas caras. Me iba a burlar de él cuando se puso de puntillas y se acerco peligrosamente a mi cara.
No.
No de nuevo.
No iba a caer, ni siquiera me había disculpado por lo de antes como para volver a ser arrastrado por la tentación
Voltee la cabeza antes de que él pudiera afectarme otra vez, cerré los ojos y comencé una oración mentalmente: Señor, sálvame; Señor, ayúdame a no caer en malos pensamientos.
Un suspiro golpeo mis labios, su aliento era dulce y helado. Luego volví a sentir la luz pasando por mis párpados y el aire fresco golpear mis pulmones. Abrí un ojo a la mitad. Él se alejo a una distancia prudente.
-Bien. Pero no olvides nuestro compromiso de hoy. Deja la puerta abierta.
Me liberó dando un paso hacía atrás, pero no quitó su mano derecha de mi pecho. No me dio tiempo de preguntarle antes de que el ambiente pesara y su rostro volviera a estar serio.
-Yo no bromeaba Chance. Pero lo entiendo, te daré tiempo.
Will abrió la puerta sin cuidado, el chirrido estridente rasgó el silencio y pareció resonar por todo el pasillo vacío. Bueno, adiós al secretismo.
Apenas me soltó, caí al suelo al perder su soporte. Traté de ignorarlo, sabía que podía ponerme de pie, lo de antes no había sido nada. Me pasé las manos por el cabello con brusquedad, intentando ordenarlo. Necesito mi rosario.
Mis piernas temblaron, pero logré levantarme. Al dar los primeros pasos, las tablas del piso crujieron y se hundieron bajo mis pies, sentía como si pesara el doble, pero sabía perfectamente por que, era la culpa aplastándome la espalda.
Tomé el rosario plateado del poste de la cama, el lugar exacto donde lo dejaba después de rezar. Me lo pasé por el cuello y lo deslicé rápido bajo el polo, si mamá lo veía encima empezaría con sus preguntas.
Antes de salir detrás de Will, agarré mi chaqueta de mezclilla desgastada y me la eché sobre los hombros, sin meter los brazos por las mangas. El calor me envolvió de golpe; el sofoco de hoy iba a terminar matándome. Con cierta prisa, revolví el cajón de mi escritorio buscando un libro en específico: Matar a un ruiseñor. No lo había abierto desde que llegamos a Hawkins, pero necesitaba volver a empezarlo. Usarlo como un escudo para distraer a Will y para apagar el ruido en mi propia cabeza no parecía una mala idea.
Bajé las escaleras de dos en dos, con cuidado de no caerme. Mis pisadas sonaron por toda la casa y, apenas llegué al piso inferior, otra batalla de miradas me recibió. Will estaba sobre el sofá con un vaso de limonada recién hecho; el vidrio traspiraba, escurriendo por su brazo desde su palma. Él no se fijó en eso, sino en mi mamá, que estaba frente a él bebiendo limonada como si fuera vino.
-Entonces... ¿vamos al patio?
Quise acabar con lo que fuera que estuvieran haciendo. Will se levantó y tomó un vaso olvidado en la mesita frente al sofá; el cristal ya había dejado una marca redonda sobre la madera.
-Vamos.
Caminó hacia mí y me ofreció la limonada. Mis dedos solo rozaron el cristal cuando lo soltó, por lo que tuve que agarrarlo rápido para evitar ensuciar la alfombra. ¿Qué le pasa a Will? Solo me demoré unos segundos de más en bajar y él ya estaba enojado. Me la bebí de un trago y volví a dejar el vaso donde estaba antes.
Su otra mano tomó el cuello de mi camisa y me arrastró hasta la cocina para llegar a la puerta trasera.
-Hey, ¿está todo bien?
Detuve a Will antes de poder cruzar el marco de la puerta.
Se quedó quieto, mirando hacia afuera. Respiró hondo y siguió adelante sin responder.
Lo dejé elegir dónde sentarnos; sin ninguna duda, él fue hasta el borde del bosque, bajo la sombra de los árboles. Corrí hasta él para quitarme la chaqueta y tirarla al suelo; la tela se ensució con la tierra. Tomé su mano y lo ayudé a sentarse sobre ella. Logré sacarle una sonrisita. Bien hecho, Chance.
Me senté a su lado, recargando mi espalda contra el tronco. El sol entraba entre las hojas de los árboles y el aire cálido del verano tocaba mi cabello con suavidad. El sonido del bosque llenó mis oídos, pájaros cantando y hojas cayendo. La paz volvió a mi cabeza, como si todo se apagara solo para dejarme descansar tan solo unos minutos.
Pasé mi brazo detrás de sus hombros y dejé que su cabeza se apoyara en mí.
Solo dos mejores amigos, es así como debían ser las cosas siempre. Solo él y yo.
-La próxima vez vamos a mi casa
Will susurró en mi oído. Tuvo que subir un poco la cabeza para poder alcanzarlo.
-¿Por qué?
Susurré, siguiendo su juego. No había nadie a nuestro alrededor que pudiera escucharnos, pero si él quería susurrar, entonces yo lo haría.
-Es lo mejor para ti.
-Como desees. Traje mi libro favorito, ¿quieres leer conmigo?
-¿Qué es?
-Matar a un ruiseñor. Habla sobre la injusticia social y el racismo. Es mi novela favorita.
-Entonces lee para mí.
Busqué una de mis partes favoritas y me sumergí en las letras. El peso de la cabeza de Will me mantenía anclado y la lección que Atticus nos dejaba, traspasando el papel, no permitía que mi mente volviera a la oscuridad de la culpa.
-Mi abuelo me la leía antes de dormir. Por eso es de mis favoritas
Cerré el libro después de acabar con el capítulo. Quise compartir eso con Will. Aún podía recordar las noches tranquilas y cálidas que te dejaban pegajoso, metido en mi colcha bordada, escuchando las ranas del río cercano y a mi abuelo en una silla a mi lado, leyendo sobre la justicia, el bien y el mal.
-Eso explica mucho sobre ti.
-¿Por qué?
Él solo se acurrucó más en mi hombro y soltó un gran suspiro, como si estuviera cansado.
-Es increíble que no te des cuenta de el tipo de persona que eres.
Will miró hacia la casa, revisó las ventanas con la mirada y se quedó observando una en específico. Busqué en la misma dirección pero no vi nada; solo la cortina moviéndose con el viento, ondulando hacia adentro de la casa. Pensé en mamá cocinando en la tranquilidad del hogar, ajena al temblor que la cercanía de Will provocaba en mis piernas.
-Hey.
Giré la cabeza hacia Will, pero fueron sus labios sobre mi mejilla lo que me recibió a mitad del camino. Intenté separarme, de verdad. Pero un escalofrío denso recorrió mi columna y me imposibilitó el movimiento, como si el aire a nuestro alrededor se hubiera congelado de golpe. O tal vez fueron las manos firmes de Will sosteniendo mi cabeza.
Él se separó un poco, solo lo necesario para hablar. Su aliento en mi mejilla me puso la piel de punta.
-Eres increíble, corderito.
La mano que antes estaba en mi cara impidiendo moverme pasó a mi cabello; lo revolvió hasta que unos cuantos mechones cayeron sobre mi frente. Él se levantó, separándose. Se puso frente a mí y sostuvo mi mano para ayudarme a subir.
-Will, yo quería discul...
-Shhh -puso su dedo índice sobre sus labios y me dio la espalda.
-No es momento para hablar de eso.
Apenas dijo la última palabra, mamá apareció en la puerta con un delantal; sus manos lo apretaban tan fuerte que incluso temblaba. La tela azul cielo tenía manchas húmedas y encaje blanco. Una prenda tan llena de ternura no debería estar siendo tan maltratada. Sin embargo, su voz sonó extrañamente empalagoso cuando nos llamó.
-El almuerzo está listo, niños. A la mesa.
Tomé mi chaqueta e intenté sacudirle la suciedad, pero ni una sola partícula se desprendió. La tierra de Hawkins parecía imposible de lavar; una vez que algo se manchaba aquí, jamás volvía a ser lo mismo. No me molesté, sabía que terminaría sucia de todos modos. Al menos Will había quedado impecable, sin una sola pizca de tierra encima. Eso ya era una ganancia para mí.
Will. ¿Qué le pasaba a Will hoy?
Me gustaba imaginar que sabía cómo leerlo; después de todo, era mi mejor amigo. Y creo que soy bueno descifrando a las personas, escuchándolas, no hablando. El problema venía cuando Will no decía nada. Como antes, en la sala. ¿Qué se supone que había pasado antes de que yo llegara?
No confiaba en mí. Él no confiaba lo suficiente en mí como para contarme sus problemas. Y entonces volvía al mismo dilema de siempre: ¿y si él creía que yo tampoco confiaba en él?
Todo ya estaba servido para cuando llegamos. Había platos azules en cada silla, con comida recién hecha que aún desprendía calor, era carne con verduras y papas cocidas. Mamá no se había esforzado mucho, por lo general, cuando tenemos visitas preparaba más comida.
Debía de estar cansada de pasar todo el tiempo en la cocina, esta mañana con el picnic y ahora con Will. Debería dejarme cocinar, sabe que puedo hacerlo muy bien, pero le gustaba mimarme y yo no había sido capaz de mover un dedo.
Padre entró con un montón de papeles perfectamente organizados en las manos. La pequeña montaña de hojas crujió cuando la dejó sobre la mesa y, sin saludar, se puso a trabajar. Tenía la espalda recta, las manos tensas de tanto escribir y su letra ya empezaba a desviarse hacia la izquierda. Vaya falta de decoro; debía de ser un caso importante si se comportaba así.
No me iba a quejar, era mejor eso a que se sentara a evaluar a Will. No estaba en mi mejor forma para esquivar sus preguntas.
Will, como siempre, se sentó a mi lado, con mi mamá justo frente a nosotros. Como padre estaba ocupado, la responsabilidad de bendecir la mesa recaía en mí. Bajo la mirada expectante de mamá, la garganta se me cerró y no pude pronunciar ni una sola palabra. ¿Aún merecía pronunciar oraciones para Dios?
-Yo puedo hacer la oración hoy. Soy el invitado. -La voz de Will cortó el silencio.
Su mano buscó la mía debajo del mantel y, al encontrarla, me sujetó sin darme la menor oportunidad de soltarlo. Enterré mis uñas en su palma. Iba a apartarme; si no podía controlar mi fuerza, era mejor no tocarlo, pero Will, cambiando el rumbo de mi decisión, también clavó sus uñas en mi mano. Ojalá me dejara marca. Así quedaríamos a mano por mis dedos en sus muslos.
-Justo por eso no deberías, Will. Deja que Chance lo haga por nosotros... Chance, vamos, cariño. La comida se enfría.
-Perdón, señora.
Puse toda mi concentración en las siguientes palabras. Si Will no estaba enojado, eso quería decir que no había sido nada serio, no tenía por qué culparme. Podía hacer una simple oración.
Él extendió su otra mano hacia mamá. Ella pareció dudar un instante antes de tomarla y buscar la mía. Cuando su mano cálida me sostuvo, Will levantó las que ya teníamos unidas debajo del mantel, dejándolas a la vista sobre la mesa.
-Señor Dios, gracias por el alimento del día de hoy, agradecemos tu infinita misericordia. Gracias por dejarme tener a mi familia a mi lado. Y...
-Y gracias por permitirnos estar otro día vivos -me interrumpió Will, cerrando la oración.
Soltó a mamá, quien aún no había abierto los ojos pero ya fruncía el ceño. Menos mal me calló, porque yo ya no tenía ni idea de qué decir. Cada una de esas palabras había sido como una cuchilla rompiendo mi garganta.
-No era necesario, Will, pero gracias.
La voz de mamá sonó autoritaria. Jamás le había hablado así a alguien, solo a mi padre, y eso cuando peleaban. No entendía por qué estaba tratando a Will de esa manera; la última vez había sido muy amable y él no le había dado motivos para molestarse.
-No es nada, Helen. -Él apretó por última vez mi mano antes de soltarme.
Lo único que se escuchaba en el comedor era el roce del lapicero de padre sobre el papel y el tintineo de las cucharas chocando contra la vajilla. No tenía apetito alguno; el olor de la carne me revolvía el estómago. El ácido subía por mi garganta y mis ojos empezaron a humedecerse. ¿Por qué me sentía tan mal? ¿Iba a enfermar?
-Así que... Will
Mamá no quiso soltar la tensión. Se enderezó en la rígida silla de madera y forzó una de sus sonrisas. No estaba siendo sincera, lo sentía en mis huesos.
-¿Sí?
-¿Cuándo invitarás a Joyce? Estaría encantada de poder hablar con ella de nuevo.
-Está ocupada.
Dejé de escucharlos. Mis pensamientos empezaron a gritar más fuerte que sus voces. ¿Era este mi castigo por lo de hoy? ¿Qué quería Dios? ¿Qué debía hacer? Un mareo repentino me golpeó, todo me daba vueltas. ¿Qué pasa? Dios, ¿qué me pasa?
Me llevé la mano a la boca, intentando detener las náuseas. Los dedos me temblaban y un sudor frío me recorrió la espalda. Necesitaba irme, alejarme de esa mesa.
-Ance...
-¡Chance! -La voz cortante de mamá me sacó de golpe de mi arrasadora culpa.
-Perdón, mamá... ¿pasó algo?
-Te estaba preguntando si quieres ir a cenar con los Wheeler la próxima semana. Karen me invitó.
No estaba en el mejor momento para pensar en eso. Qué me importaba una cena con los Wheeler cuando estaba a punto de vomitar ahí mismo. Tragué en seco y me forcé a responder.
-No lo sé, mamá. ¿Padre también va?
-Sabes que él está ocupado. No me dejes ir sola, cariño, por favor.
-No sería capaz. Iré. -No quería ir, pero era mi responsabilidad cuidar de mamá cuando padre estaba ausente. No podía dejarla sola. Y tal vez, si aceptaba, ella dejaría de interrogarme en momentos inapropiados.
-Perfecto. Tener más amigos sería genial. Tú y Mike pueden tener mucho en común.
Definitivamente no.
-Lo intentaré.
-¿Y tú tienes más amigos, Will? Debe de ser difícil para ti, con todo lo que pasó.
-Sí, tengo. -Su voz sonó plana, completamente desconectada de todo.
Eso sí me alarmó. Disimuladamente, esta vez fui yo quien buscó su mano bajo el mantel. Estaba más fría de lo normal, y eso era decir mucho. Will parpadeó y pareció regresar a este plano, volvió a enterrarme las uñas. Ya no se sentía como un simple juego, creo que era su forma de anclarse al presente.
Ese piqueteo de dolor también me ayudó a mí, el mundo dejó de girar y mi garganta por fin pudo descansar. Solté un suspiro profundo.
-Tu mamá me contó lo difícil que lo tienen. Si necesitas algo, siempre puedes preguntarme.
Aunque sus palabras pretendían ser amables, sentí la barrera invisible que estaba levantando. ¿Qué le pasaba a mamá? Se estaba comportando de una manera tan extraña desde que volvimos de la iglesia; no dejaba de actuar de forma hostil.
-No es necesario, pero gracias, Helen. -Will también dejó atrás su tono suave.
La habitación empezó a ponerse gélida, o quizás era el ambiente incómodo que se solidificaba a nuestro alrededor. Debía decir algo, promover la paz, pero milagrosamente fue papá quien cortó la discordia sin siquiera enterarse.
-Bien, al fin puedo comer algo -anunció, apartando las hojas-. Tengo un nuevo caso que me está quitando todas las horas del día.
El resto del almuerzo transcurrió sin más incidentes. Pude forzarme a tragar unas cuantas cucharadas más. Will no me soltó la mano en ningún momento y tuve que disimular varias veces para que nadie se diera cuenta, aunque creo que el esfuerzo fue innecesario, papá no paraba de parlotear sobre los detalles del caso y mi madre simplemente nos ignoró por completo, como si ya hubiéramos dejado de existir en esa mesa.
Cuando menos me di cuenta, volvía a estar en mi habitación. Will estaba a mi lado, recostado en el suelo mientras hojeaba mi diario. Mi mente no parecía procesar nada de lo que había pasado en toda la tarde, pero como la puerta seguía abierta y el cuarto ordenado, supuse que no había ocurrido nada grave.
-Volviste -murmuró él.
-¿Will?
-No te preocupes, solo han pasado unas cuantas horas.
Mi corazón se aceleró de golpe. ¿Horas? Lo máximo que me había desconectado antes eran unos treinta minutos. Pero horas me parecía excesivo. Había perdido fragmentos de mi vida para siempre, simplemente porque era incapaz de recordar qué pasaba conmigo cuando me perdía en mi propia cabeza.
-No sabía que te pasaba eso. Me asusté un poco, la verdad.
Will dejó mi diario con cuidado en el piso y se giró para mirarme fijamente
-¿Te pasa seguido?
-No tanto como ahora. Creo que el estrés de la mudanza lo empeoró
Pude haber dejado las cosas así, culpar al cansancio y ya. Pero quería contarle. Si esperaba que Will se abriera conmigo, yo tenía que dar el primer paso.
-Bueno... en realidad, empeoró desde la muerte de mi abuelo. A él también le pasaba; me ayudó mucho porque sabía reconocer los síntomas. Perderlo, supongo, me dejó sin guía. Su muerte me afecto más de lo que pensé. Pienso en él casi siempre.
Me puse a contar los pósteres de la pared, aunque me sabía de memoria cuántos había.
-¿Puedo hacer algo por ti?
Su pregunta me tomó por sorpresa. El pecho se me llenó de una calidez inexplicable. Era justo por eso que me resultaba imposible negarle nada a Will. Era un ángel.
-Creo que hoy fue tan largo por... ya sabes, la tensión -admití-. Pero normalmente son solo unos cuantos minutos. Si ves que me vuelve a pasar, solo cuéntame qué ocurrió cuando regrese. Prométeme que serás sincero conmigo y ya.
-Lo haré.
Su meñique rozó el mío. No los entrelazó, pero me dejó saber que estaba ahí, conmigo.
-¿Y tú? ¿Hay algo que yo necesite saber?
Volví a la carga. Era ahora o nunca. Will confiaba en mí o no; yo ya había abierto mi corazón, era momento de que él hiciera lo mismo.
-Bueno, supongo que tengo algo similar.
Desde que la primera sílaba salió de su boca, me giré por completo para prestarle toda mi atención. Will iba a contarme algo suyo. Algo importante. A mí.
Su rostro estaba pálido, lo que hacía resaltar sus leves ojeras púrpuras, como un golpe que tarda días en sanar. Esta vez fui yo quien enganchó su meñique con el mío, queriendo dejarle claro que lo apoyaría pasara lo que pasara.
-Hace unos cuantos meses pasó algo. Algo que realmente me afectó -se acercó un poco más, pero evitó mirarme a los ojos. No parecía avergonzado, era más bien como si escondiera un secreto en el fondo de su mirada profunda, algo de lo que yo jamás me enteraría-. En fin... terminé con unos cuantos problemas. Es muy difícil para mí, ya sabes... sentir.
-¿Sentir?
-Sí. Es como si mis sentimientos simplemente se apagaran. Nada de nada. Es como estar muerto.
Se me partió el corazón al escucharlo. Como un muerto. Will no sentía.
Me costaba demasiado procesar esa idea. Para mí, Will siempre se sentía encendido, como el sol, la luna o el fuego. Él era la vida misma corriendo a través de los bosques, fluyendo en los ríos, vibrando en las hojas y en la luz. Él era la euforia, el misterio y la calidez. Will era la prueba de que Dios existía. Y de que estaba lleno de amor.
-Pero ya estoy mejor, créeme.
Añadió él, interrumpiendo mis pensamientos
-Logré resolverlo.
-No creo que exista algo que yo pueda hacer por ti... -susurré, sintiéndome pequeño.
La risa de Will se extendió por toda la habitación. Era eso, exactamente eso lo que me impedía imaginarlo como un ser sin sentimientos: la risa que nacía de su pecho, floreciendo y creciendo, llenando el mundo de suavidad. Era como el susurro del viento acariciándote el cabello, o el confort de un abrazo eterno.
-Ay, corderito, créeme -me dijo con ternura-. Has hecho más que cualquier otra persona.
Con la bomba que me había caído encima después de nuestra conversación, ambos coincidimos, sin necesidad de decirlo, en dejar atrás la charla pesada. Will comenzó a preguntarme sobre mis poemas y yo me adentré en las historias que los habían inspirado. No eran grandes eventos; solo ciertos paisajes o alguna canción emotiva que mamá solía cantar.
El grito de mamá desde el piso de abajo explotó la burbuja en la que nos encontrábamos. Nos llamaba para la cena.
Para mí, acabábamos de almorzar. Recordar esa mala experiencia en el comedor me revolvió el estómago de inmediato. No iba a cenar hoy, pero si Will tenía hambre, bajaría solo para acompañarlo.
-¿Quieres cenar?
-No.
Estábamos en la misma sintonía, sin duda.
-Voy a bajar para avisarle a mamá.
Lo dejé solo mientras salía al pasillo. No tuve que ir hasta el primer piso porque mamá ya estaba a la mitad de la escalera. La penumbra empezaba a cubrir la casa a medida que la noche se acercaba, impidiéndome distinguir bien su figura. Estaba completamente cubierta por las sombras del pasillo.
-Cariño, la cena ya está servida.
-No cenaremos hoy, mamá. Will tampoco quiere.
Ella miró detrás de mí, como buscando a alguien. Subió los escalones restantes hasta alcanzarme y su rostro pareció tranquilizarse al notar que yo estaba solo.
-Puedes comer si quieres, cariño. No debes hacer algo solo porque Will te lo diga.
Levanté una ceja sin quitarle los ojos de encima. Entendía que estuviera preocupada siendo Will mi primer amigo, pero eso no significaba que él pudiera hacer lo que quisiera conmigo.
-Yo tampoco tengo hambre, mamá. Pero si puedes, déjelo en la nevera. Tal vez más tarde nos dé hambre.
Ella solo asintió, sin levantar la vista del suelo. Me tomó de las mejillas con suavidad y me dio un beso en la frente.
-Si pasa algo, cuéntamelo, bebé, ¿sí? Confía en mí.
¿Ahora qué le pasaba?
-Claro, señora.
Se dio la vuelta y la oscuridad de la escalera se la tragó por completo. Definitivamente, debía empezar a encender las luces de la casa.
Volví a la habitación y vi a Will subido en el alféizar de la ventana. Corrí hacia él y, con mucho cuidado de no asustarlo, lo tomé de la cintura. Lo sostendría con fuerza si llegaba a resbalarse. ¿Cómo se le ocurría hacer algo así? Casi me daba un infarto del puro susto.
-¿¡Will!? ¿¡Podrías bajarte, por favor!? ¡Es peligroso!
Con la gracia de un ciervo, Will bajó de un salto sin necesidad de mi ayuda. Su rostro reflejaba una absoluta presunción. Dios mío, este chico me iba a matar de un susto algún día.
-Creo que no podemos salir por la ventana, tendremos que esperar -anunció él.
-¿A qué te refieres?
-A nuestra salida de hoy. Te lo dije.
-Pensé que bromeabas.
Su expresión me demostró que no; obviamente no estaba bromeando.
-Es necesario, Chance. Hazlo por mí, ¿sí?
Su bendita carita, con esos ojos húmedos y los labios rosados haciendo un puchero, me convenció de inmediato. Me resultaba imposible negarle nada si Will me miraba de esa manera. ¿Qué me pasaba?
Para rematar mi derrota, me abrazó, pasando sus brazos por mi cintura y hundiendo el rostro en mi pecho, alborotando su cabello contra mí. Definitivamente, no tenía salvación.
-Bien, pero debes saber que si mis padres se enteran, no me volverán a dejar verte en la vida.
-Sé lo que hago -aseguró con una sonrisa- No es la primera vez que me escapo.
Esperamos pacientemente hasta que las luces del piso de abajo se apagaron y mamá pasó por el pasillo para guiar a Will a la habitación de invitados.
Para prepararme, me puse la pijama, fuera a donde fuera que me llevara Will, era imposible que se tratara de un lugar concurrido. Todo en Hawkins dejaba de funcionar después de las once de la noche, y eso que estábamos en pleno verano. Aun sabiendo que nadie nos vería, me aseguré de que la pijama fuera decente: franela azul, cálida y de mangas largas. Otra compra de mamá.
Me calcé los zapatos y me recosté en la cama con ellos puestos, ocultándolos debajo de la colcha. Si mamá pasaba a despedirse, no notaría nada extraño.
Por suerte, mis temores no se cumplieron y la casa quedó sumergida en una total oscuridad. En medio del silencio absoluto, alcancé a escuchar el viento chocando contra el vidrio de mi ventana. Bien, debía llevar un suéter también.
Sin hacer el menor ruido, me levanté a buscarlo. Tomé el primero que sentí en el armario y, sin saber siquiera de qué color era, me lo puse encima. Después me quedé de pie, mirando fijamente a través de la ventana, esperando la señal de Will.
Unos brazos helados me envolvieron por la espalda. Era Will. El truco de aparecer detrás de mí de la nada ya no me asustaba, sabía perfectamente que haría algo así solo para molestarme.
-Vámonos ya -susurró en mi oído.
Me tomó de la mano y me guio a través de la oscuridad, como si pudiera ver a la perfección en medio de la noche. No chocamos con ningún mueble, ni una sola de las viejas tablas del suelo crujió bajo nuestros pies. Incluso la puerta principal se abrió con una fluidez increíble, como si alguien le hubiera puesto mantequilla a las bisagras. Nunca antes me había escapado de casa, pero dudaba mucho que el proceso real fuera así de simple.
Ninguno de los dos pronunció una sola palabra durante el trayecto. Me moría de la curiosidad por saber a dónde demonios íbamos, pero romper ese silencio mutuo se sentía casi como una blasfemia. Así que preferí esperar.
La noche era fría y el viento soplaba con fuerza. Me preocupaba un poco que Will fuera a enfermarse por andar por ahí en shorts, pero al menos llevaba mi suéter puesto. Si más tarde le daba frío, siempre podía prestarle el que yo traía encima.
El cementerio, el camino, más camino... y la iglesia.
El trayecto se sintió rápido. Sostener la mano de Will había sido distracción suficiente como para borrar el resto del mundo. Si mis padres iban a descubrirnos, ya habrían aparecido, lo que significaba que la escapada había sido todo un éxito.
Pero entonces me detuve en seco.
La iglesia. Estábamos justo frente a la iglesia.
Ay, no. ¿Ahora qué se le había ocurrido a Will?
-No voy a entrar ahí, Will. Eso está muy mal.
Solté su mano con cuidado. Meterme a la iglesia de noche estaba totalmente fuera de discusión. No, jamás podría hacer algo así, iba en contra de todo lo que me habían enseñado.
O tal vez solo habíamos venido a sentarnos en el atrio. Sí, seguro Will solo quería dar un paseo nocturno y platicar en los escalones. Él también era creyente, tenía que saber que meternos a la fuerza a una iglesia, en mitad de la noche, era un pecado.
-Es solo una iglesia, Chance. La casa de Dios siempre está abierta para sus hijos. Es decir, para nosotros.
-No, Will. Eso sí que no. No importa cuántos pucheros hagas, no voy a entrar ahí.
-Pero debes hacerlo -insistió-. Es necesario.
-Claro que no. Nos vamos a casa ahora mismo.
Intenté tomar su mano para obligarlo a regresar, pero él dio un paso hacia atrás, esquivándome, y corrió hacia la puerta principal.
Ay, no. No podía dejar que cometiera un sacrilegio, y menos creyendo que lo hacía por mi bien. Que primero me condene Dios. Me acerqué rápido por su espalda con la firme idea de cargarlo en brazos y devolverlo a la seguridad de mi casa. Tenía la fuerza suficiente como para llevarlo a cuestas durante todo el camino de regreso si era necesario. Pero un brillo metálico en su mano me detuvo en seco.
Una navaja. Tenía el mango blanco con el nombre "Rossie" tallado en el metal; se veía pulida, afilada, pesada y terriblemente letal.
-Will... ¿qué es eso?
No grité, aunque me moría de ganas de hacerlo. Si el sacerdote, que vivía cerca de la iglesia, llegaba a escucharnos, estaríamos en graves problemas.
-Mi navaja. Voy a usarla para forzar la cerradura.
-¿De dónde sacaste eso? -El shock de ver a Will con un arma era mil veces mayor que el de verlo intentando abrir la puerta de la iglesia.
-La encontré en el bosque hace unos años. Era de una tal Rossie, pero ahora es mía -contestó con una naturalidad que me heló la sangre-. Siempre la llevo encima. Nunca se sabe cuándo vas a necesitarla.
Un clic limpio me sacó de mi sorpresa. La puerta se abrió sin hacer el menor ruido; las puertas de la casa de Dios, abiertas de par en par a nuestra disposición. Ni loco iba a dejar que Will pusiera un pie ahí dentro.
Antes de que pudiera dar el primer paso, lo envolví con mis brazos por la espalda y lo alcé sin el menor esfuerzo. Contrario a lo que había imaginado, Will no se resistió. Se quedó completamente quieto, como una muñeca sin vida entre mis manos. Bien, entró en razón, pensé, aliviado de que no se lo estuviera tomando en serio.
-Chance.
El tono sollozante de su voz me detuvo en seco. Lo bajé con extrema delicadeza y lo giré para poder verle el rostro. Estaba llorando.
Ay, no. No, no, no.
-¿Will? ¿Te lastimé? -le pregunté, asustado.
-Necesito hacer esto. Por favor.
Sus lágrimas me estrujaban el alma, pero no podía permitir que la suya se ensuciara con un pecado así.
-No, Will, no podemos.
-¿Por favor?
Lo abracé con fuerza, me resultaba imposible dejarlo solo mientras lloraba de esa manera. Ay, Dios, ¿qué se suponía que debía hacer? Como un animalito buscando consuelo, se acurrucó contra mi pecho y sollozó. Sus lágrimas me empapaban el cuello, deslizándose hasta dejar marcas húmedas en la tela de mi suéter.
-¿No confías en mí? -Su vocecita sonaba rota, afectada por el llanto y por mi falta de consideración.
-Claro que sí, es solo que... no es correcto para ninguno de los dos.
Sus manos empuñaron mi ropa con desesperación. Le temblaron los hombros y brotaron más lágrimas, mientras un gemido ahogado nacía de su garganta, como si algo real y físico le doliera profundamente en el pecho.
-Por favor, Chance... Hazlo por mí.
Para poner el último clavo en mi ataúd, levantó la cara y me miró. Estaba irreconocible, las mejillas encendidas de un rojo vivo, las pestañas empapadas y la respiración completamente entrecortada. Tres segundos. Solo eso bastó para derrumbar mis muros.
-Está bien -mi voz salió rasposa, casi ajena.
Jamás en la vida me habría imaginado cometiendo un sacrilegio así, pero si con eso Will dejaba de llorar, entonces lo haría. Ya después me arrodillaría el día entero ante el altar pidiendo perdón por los pecados de ambos.
Hoy cumpliría con lo que él me pidiera.
Notes:
Nota de autora:
Creo que se me fue un poco la mano con este capítulo y terminó siendo mucho más largo de lo que esperaba, pero me encanta cómo quedó.
Además, el siguiente capítulo contiene una de mis escenas favoritas y, por fin, es donde comienza la trama principal. Sí, apenas. Pero ya fui dejando migajas de información para los atentos.
Para este punto estoy segura de que muchos ya abandonaron la historia, pero a quienes decidieron quedarse, quiero que sepan que estoy esforzándome mucho por escribir algo interesante y que valga la pena leer.
Muchas gracias por acompañarme hasta aquí.
Nos vemos en el próximo capítulo y gracias por leer.
Chapter 14: No me ruegues que te deje, y me aparte de ti
Notes:
Advertencia: Este capítulo contiene descripciones explícitas de sangre y cortes (heridas autoinfligidas con arma blanca). Se recomienda discreción si eres sensible a estos temas.
(See the end of the chapter for more notes.)
Chapter Text
"...porque a dondequiera que tú fueres, iré yo, y dondequiera que vivieres, viviré. Tu pueblo será mi pueblo, y tu Dios mi Dios"
Rut 1:16
La iglesia era asfixiante de noche.
Nada de la calidez que la había acompañado en la mañana había sobrevivido. El sonido de los cánticos se había quedado atrapado en las paredes, resonando en mis oídos como un silbido agudo. El olor a pastel se desvaneció por completo, reemplazado por el incienso y la cera quemada. Adiós a las risas infantiles, a los rezos de familias completas y a las campanas repicando.
Era como ver la otra cara de una misma moneda.
En la noche, con la penumbra llenando cada esquina, las pequeñas imperfecciones se ocultaban. No se veían los arañazos en las viejas bancas ni las baldosas rotas por las orillas; todo estaba cubierto por las sombras.
Viéndola de noche, realmente podrías creer que era la casa de Dios.
Mis ojos se acostumbraron poco a poco, aunque tuve que parpadear varias veces.
Cada vez que los cerraba, rezaba para que al abrirlos todo fuera una pesadilla; que mi mente estuviera tan ansiosa por todo lo que pasó, que mi cuerpo hubiera decidido castigarme negándome el descanso.
Pero no fue así. Era real.
La luz lunar entraba por la puerta abierta, iluminando el pasillo central. Los vitrales de las ventanas seguían reflejando colores, pero como la luna no había nacido con la intensidad del sol, la claridad era delicada y pálida.
Tragado por la oscuridad, el altar se encontraba en el fondo, donde ni una sola gota de brillo llegaba. Las figuras de los santos no perdían su solemnidad, pero sus ojos de cristal ya no transmitían empatía, cariño o respeto. Ahora solo parecían vigilantes. Sus caras de yeso roto resaltaban en las sombras.
Pasé mi brazo por los hombros de Will y lo atraje a mi costado. Necesitaba sentirlo, recordar por qué lo estaba haciendo, convencerme de que tenía una razón. Por él.
El olor a polvo y cera vieja se había quedado suspendido en el aire. Con cada respiración, el pecho me ardía y se contraía; tal vez aquello era por mi propia agitación y no por la atmósfera.
Tomé una última inhalación. Abracé a Will más fuerte y di el primer paso vacilante hacia el interior, firmando mi sentencia.
No nos fulminó un rayo y el suelo no se abrió para tragarnos vivos. Nada pasó. Nada.
Nuestros pasos resonaban, haciendo eco por toda la iglesia. Tuve que controlar mi propio cuerpo para no salir corriendo; cada pisada que daba era una pieza más para mi perdición.
Detrás de nosotros, la pesada puerta comenzó a cerrarse despacio. La luz del pasillo se desvaneció con ella y, con la misma lentitud, mi esperanza de salir, también.
Apenas nos quedamos en la oscuridad total, Will se separó de mí. Su cuerpo, que antes me anclaba al presente, me dejó a la deriva en la profunda negrura que me devoraba.
-¿Will?
No hubo respuesta. Ni una risa para indicar que era una broma, ni una disculpa por soltarme, ni pasos arrepentidos de vuelta hacia la puerta. Ni siquiera se escuchaba su respiración. Era como si hubiera desaparecido, dejándome completamente solo.
-¿¡Will!?
Di dos pasos hacia atrás y alcé las manos intentando buscarlo. Mis piernas empezaron a temblar y no pude dar otro paso; era como si me hubiera congelado.
Mi cabeza comenzó a dar vueltas. No importaba a dónde mirara, solo había oscuridad, engulléndome sin piedad. El sonido agudo en mis oídos aumentó, impidiéndome pensar con claridad.
El aire se puso más denso, apretándome la garganta, impidiéndole a mis pulmones funcionar. Una sola respiración bastaba para que miles de uñas arañaran mi pecho.
Incluso si no veía nada, sentía que las paredes se acercaban, encerrándome para hacerme parte de la iglesia para siempre.
Intenté buscar a Will otra vez, buscando agarrarlo del suéter o tomar su mano y traerlo de nuevo hacia mí, pero todos mis esfuerzos fueron en vano. No había rastro de él.
Estaba ciego y sordo, atrapado, sin poder moverme. ¿Así se sentía la muerte? ¿Soledad y silencio?
No, Chance, no es hora de que pienses algo así, o esta vez empezarás a volverte loco de verdad. Debes ser racional y buscar una solución.
Después de unos minutos de abrumador silencio, metido en mi cabeza sin saber qué hacer, escuché un clic. Y, a lo lejos, la prueba de que seguía existiendo y no me había perdido en la inmensidad del vacío.
Una pequeña luz amarilla en el altar.
Se encendió. Luego en el lado opuesto. Una tras otra. Eran velas, resplandeciendo, bailando en la oscuridad, como luceros en el cielo. Y una mano blanca sosteniendo un mechero era la responsable de tal suceso.
La cara iluminada de Will apareció, encendiendo la última vela del altar. Sus mejillas brillaban por las lágrimas, tenía los labios tan rojos que parecían sangrar y el cabello desordenado por un solo lado, como si se hubiera pasado la mano por la cabeza muchas veces. Parecía destrozado, como si el mundo entero hubiera decidido ser cruel con él, pero sus ojos cálidos, reflejando la llama, demostraban una suavidad y dulzura inigualables.
Dejó la vela en la mesa de mármol del altar y dio la vuelta; todas las velas se consumían a sus espaldas. Su figura, pequeña y solitaria, empezó a caminar por todo el altar.
No podía dejar de mirarlo, como si, al cerrar los ojos un segundo, este angelical ser fuera a desaparecer de nuevo en las sombras de la iglesia, dejándome solo en medio de la perdición.
-¿Will?
Él se detuvo y volteó para mirarme. No podía ver su cara, pero sí vi sus brazos abiertos hacia mí, esperando mi llegada.
Me recordó a la figura de Jesús, que también abría sus brazos a sus corderos, esperando guiarlos con amor.
En menos de un segundo ya lo tenía en mis brazos, apretando su cuerpo con el mío, asegurándome de que era real.
-¿Will? ¿Cómo se te ocurre?
-Perdón.
-No vuelvas a hacer algo así, pensé que te habías ido.
-No te dejaría, Chance.
Will me atrajo hacia la mesa, movió con paciencia cada una de las velas, poniéndolas por el suelo, despejando el mármol. Le dio dos golpecitos a la piedra y me miró.
Sin hacerlo esperar, agarré su cintura y lo subí a la mesa; él se quedó sentado y, sin dejarme ir, me abrazó por los hombros y pasó sus muslos por mis costados. Me atrapó.
-Perdón por obligarte a hacer esto, Chance.
-Ya lo arreglaré después. ¿Te sientes mejor?
-Aún no. Pero lo estaré.
Aprovechando que estaba cerca, acomodé cada mechón rebelde, intentando peinarlo.
Mis dedos se sumergieron en su cabello, perdiéndose en el castaño suave. Tenía unos cuantos nudos que desenredé con cuidado; no quería jalarlo.
Tomé sus mejillas y moví su cara de un lado a otro. Bien, ya estaba presentable.
Lo solté y me apoyé en el mármol. La piedra estaba tan helada que mis manos se entumecieron en segundos. ¿Will estaba sentado sobre algo tan frío?
Sin esperar a que él me dijera algo, me alejé de él y me quité el suéter que traía puesto. El frío me golpeó de inmediato, poniendo mi piel de gallina. Me quité el pelo de la frente y puse el suéter en la mesa. Ahora, a la luz de las velas, notaba que era otro regalo de mamá; Navidad, si no estaba mal.
Después, sin avisarle a Will, pasé mis manos por sus muslos y lo levanté, para sentarlo sobre el suéter. Ahora sus piernas estarían mejor protegidas del frío. Sin estar satisfecho, puse las mangas sobre sus muslos, cubriéndolos por encima también.
-¿Mejor?
-No era necesario, seguro estoy más frío que el mármol.
-No me importa. ¿Mejor?
-Sí, Chance. Mejor.
-Bien.
Me dejé atrapar otra vez; Will incluso apoyó su cabeza en mi hombro. Me gustaba mucho que hiciera eso; era adorable.
-¿Will? ¿Me lo dirás?
-¿Qué?
-¿Por qué querías entrar? Te veías mal. Triste.
-Te lo diré, solo... déjame disfrutar del momento, ¿sí?
Suspiré, sin saber qué decir después de eso.
Solo pude abrazarlo más fuerte. A este punto dudaba que algo pudiera separarme de Will. El sacerdote podría aparecer, mis padres buscarnos y los santos cobrar vida.
Nada me separaría de él, excepto que él me lo pidiera.
Tal vez Will pensó lo mismo, porque sus dedos se apretaron en la tela de mi camisa.
Escondió la cara en mi cuello e inhaló profundamente, como si quisiera memorizar a lo que olían nuestros cuerpos juntos.
Algo tuvo que salir mal en algún momento, porque de la nada, enterró las uñas en mi espalda y se dejó caer hacia mí. Todo su peso ahora estaba sobre mi pecho.
Volví a sentir cómo mi cuello se mojaba; Will volvía a llorar. Lágrimas calientes, sin parar un segundo.
Su respiración se aceleró, podía verlo cuando sus pulmones subían.
Luego empezó el temblor, en los hombros, las manos y luego las piernas.
Un sonido ahogado salió de él, intentó callarlo poniéndose la mano en la boca, pero de inmediato lo impedí. Tomé esa misma mano y la puse sobre mi corazón. Volvió a enterrar sus dedos, pero ni una sola queja saldría de mis labios.
¿Qué podía hacer?
Sentí que hablar en ese momento no era correcto, entonces solo lo acerqué más y besé su frente. Me quedé ahí, demostrando que jamás lo dejaría. Como él conmigo.
Exacto, como él conmigo.
Imitando al Will de la mañana, respiré más lento para que él pudiera seguirme, solo me concentré en eso. Inhalar y exhalar. Uno y dos.
Incluso en medio de su crisis, Will me entendió. Intentó seguir mi ritmo y poco a poco su cuerpo volvió a relajarse.
Fueron más de diez minutos. Minutos que se sintieron siglos. Cada lágrima fue un puñal directo a mi corazón.
Pasé mis pulgares por sus mejillas, borrando el rastro de lágrimas. Él hipó una vez y pensé que volvería a llorar pero en su lugar me alegró con una risita.
-¿Estás bien ahora, lucerito?
-Sí, solo tú podrías hacerme llorar, consolarme y hacerme llorar de nuevo.
¿Hacerlo llorar? ¿Fui yo? Me aferré a sus mejillas tibias y junté nuestras frentes. Ay, no.
Por mi mente pasaron estas horas. ¿Qué hice mal? ¿Le hablé muy fuerte? ¿O lo ignoré en algún momento? No podía recordar nada.
-¿Fui yo? Lo siento tanto. No lo volveré a hacer.
-No así. Solo estoy sensible hoy. Por tu culpa.
-¿Hice algo mal?
Esta vez una sonrisa temblorosa adorno su rostro.
-Es exactamente eso. Jamás haces algo mal.
Esa no era la respuesta que esperaba, pero prefería esta a que me dijera que lo hice sentir mal en algún momento.
El dedo índice de Will se levantó y fue directo a mis cejas. Se pasaba de derecha a izquierda. Era increíble cómo Will pasaba de colapsar en mis brazos a distraerse mirando mi cara.
Pero yo no podía recriminarle nada luego de que mis ojos se vieran atraídos a los suyos. Estaban un poco rojos, pero eso no le quitaba encanto.
Ojos negros y pestañas húmedas.
Solo eso me importaba.
-¿Te han dicho que eres hermoso?
Su aliento golpeó mis labios; no me di cuenta cuándo dejó de jugar. Ahora esos agujeros negros que tenía por ojos estaban fijos en mí. Un escalofrío me recorrió.
-No recibo muchos cumplidos.
-Pues qué ciegos.
Una risa brotó de mí antes de darme cuenta.¿De dónde salió eso? Will se unió, pero luego se quedó quieto sin dejar de observarme.
-¿Eres real, Chance?
-¿A qué te refieres?
Él solo alzó los hombros y me abrazó. Ahora no podía ver sus expresiones.
-No lo pareces.
-Bueno, estoy seguro de que sí lo soy.
-Tenemos suerte de que sí.
Escuché cómo su tono bajaba con cada palabra. Luego solo apretó sus piernas, acercándome más, aunque para este punto no había espacio entre ambos.
-¿Si te digo lo que siento, huirás de mí?
Imposible. Por Will cometí sacrilegio e invasión a propiedad privada al mismo tiempo. Nada de lo que dijera me separaría de su lado.
-Claro que no. Jamás te dejaría.
-Justo de eso se trata, Chance. Que no estoy seguro de eso.
-¿No confías en mí?
-No confío en tu culpa.
Me empujó, alejándome de él, pero no logró separarse del todo porque mis manos seguían sobre él. No iba a soltarlo.
-¿Will?
-Necesito hablar de esto. Y quiero que me escuches decir cada palabra o te juro que voy a enloquecer, Chance.
Tuve miedo de que Will volviera a llorar, pero, en comparación, se veía muy decidido. Eso me tranquilizó un poco, pero aun así no lo solté.
-Dímelo. ¿Es mi culpa? ¿Te hago sentir mal?
-¡Lo ves! Cada maldito segundo. Siempre te culpas. De todo, Chance. Como si no tuvieras descanso alguno. Y en algún momento eso se nos devolverá. Llegará el día en que te culpes tan fuerte por manchar mi alma que me dejarás. Lo harás.
Estaba usando ese tono de voz. El mismo que usó con mi mamá, como si yo no entendiera lo que decía. Incluso alzó sus dedos para hacer comillas cuando dijo «manchar». ¿Ahora qué pasó? ¿Cómo pudo cambiar tanto el ambiente?
-Quiero que seas sincero, Chance. ¿Cuántas veces has pensado en eso? Como si yo no pudiera tomar solo la decisión de joderme.
-Will, no es así.
-¡Sí lo es! Si quiero condenarme al infierno para estar contigo, entonces lo haré. Y ni tú ni tu culpa me lo van a impedir. Estaré contigo sí o sí.
¿Qué?
No podía pensar en una respuesta. Creo que mi cabeza ni siquiera ha podido procesar todo lo que dijo.
¿Condenarse al infierno? ¿Por mí?
Antes de poder detenerlo, Will me volvió a empujar y se bajó de un salto de la mesa.
Caminó entre las velas con la mirada en el piso; daba vueltas de aquí a allá, como un león enjaulado.
-Lo pensé mucho, ¿sabes? Qué podía hacer para resolverlo. Esa pregunta me estuvo carcomiendo la cabeza todos los días a cada hora. ¿Qué podía hacer para que no me dejaras?
-¡No lo haría, Will! -una sola mirada fue suficiente para que mi voz se apagara-. Eres mi mejor amigo.
Una risa grave resonó por toda la iglesia. Nunca había escuchado una risa así salir de él.
-Mejores amigos. ¡Por Dios, Chance! No somos mejores amigos.
-¿Qué?
Se me apretó el pecho apenas dijo eso. ¿No éramos mejores amigos?
-Dios mío, ¿qué voy a hacer contigo?
Will se pasó la mano por todo su cabello, incluso lo jaló. Quise tomar su mano para detenerlo, pero después de escucharlo decir eso no estaba seguro de poder hacerlo.
Un fuerte suspiro sonó. Él parecía desesperado por decir algo, pero solo miró el piso.
-Lo que quería decir es que es imposible para mí ser solo tu mejor amigo.
Me dio la espalda sin darme la oportunidad de ver su rostro. Tenía el estómago revuelto, podía vomitar en cualquier momento, pero estaba demasiado concentrado en Will como para darle importancia a eso.
Pasó sus manos bruscamente por su cara. Y luego las enterró en su cabello.
Se acabó. No puedo permitir que se lastime.
Sin darle tiempo para escapar, quité sus manos de su cabello y lo abracé por detrás, manteniendo sus manos atrapadas.
-Will. Cálmate. Te escucharé, pero no te hagas daño.
-Lo siento. No quise gritar.
-Lo se, no importa.
Él recostó su cabeza en mi hombro, dejando su cara libre; ahora sí podía ver su expresión. Sus ojos se perdieron en el techo y tenía las mejillas incluso más rojas que cuando lloraba.
-Eres más importante para mí que un mejor amigo, Chance. De verdad. Más importante que cualquier persona en este universo.
Decidí no interrumpirlo, pero le hice saber que estaba ahí apoyando mi cabeza sobre la suya. Un mechón cayó directo a mi cara, pero no me moví.
-¿Recuerdas lo que te conté en la tarde? ¿Qué no podía sentir? Pues era peor.
Mi mayor miedo se cumplió cuando Will volvió a llorar, esta vez nada de sollozos o lamentos. Solo lágrimas silenciosas.
-Era un cascarón vacío. Nada de nada. Ni un solo sentimiento. Me alejé de mis amigos, de mi hermano. Y no me importó. Dios, Chance. Ni siquiera mi mamá me importaba. Dejé atrás todas las cosas que amaba y no sentía ni una pizca de tristeza. El mundo se detuvo por completo para mí. No veía una razón para existir, pero ni siquiera me maté porque no me sentía deprimido.
No me di cuenta de que estaba llorando hasta que un gimoteo se escapó de mi garganta. Sostuve más fuerte a Will.
-No tenía ni quince años y mi vida ya estaba destruida. Sin ganas de vivir o morir, estaba en el limbo. Todos se movían sin mí y yo no podía hacer nada. Busqué y busqué una forma de revertirlo, pero nada funcionaba, ni la ciencia ni la religión. Entonces entré a esta iglesia, con la idea de seguir pidiendo respuestas, y te vi.
Empecé a negar con la cabeza; no quería escuchar a Will decir que no le importaba al conocerme.
-Ese día, en esta iglesia, Dios me devolvió la mirada y tenía tus ojos.
No pude respirar.
-Y tus ojos estaban tan llenos de amor que me devolviste el mío. Solo fue una mirada, Chance, pero arreglaste todo.
Will dio un solo paso lejos de mí. Lo dejé, necesitaba espacio y yo también.
-Pero tenías tanto amor que eso te lastimaba. Y sigue haciéndolo. Le das tanto a los demás que olvidas lo que quieres para ti. No te mentiré, amo que seas tan dulce. Pero eso se convertirá en un problema cuando creas que algo me ayudará y no me dejes decidir.
Will se giró esta vez hacia el altar. Parecía que en cualquier momento le prendería fuego.
-Todo por culpa de un Dios al que no le importas. No tanto como a mí.
Todo estaba pasando demasiado rápido, como una montaña rusa de emociones. Había reído y llorado en menos de una hora. Y ahora mi corazón estaba a punto de una arritmia. Mi mente se empezó a desdibujar. Ay no, no, no.
Estaba a punto de desconectarme.
Pero no podía, no podía dejar a Will. No después de todo lo que dijo. Necesito escuchar lo que quiere decir, necesito entenderlo.
Ni siquiera lo pensé antes de morderme el antebrazo con toda la fuerza que pude. Creo que me abrí la piel porque un regusto metálico me quedó en la lengua.
-¿Chance?
-Perdón, por favor sigue.
-¿Qué hiciste?
-Nada, solo sigue.
Él decidió hacerme caso y continuó hablando.
-Después de pasar tiempo contigo me di cuenta de muchas cosas. Pero la más importante es que tú quieres estar conmigo. No tengo que obligarte, porque quieres hacerlo, pero también noté que te detenías siempre porque creías que era lo correcto. Fue así como encontré la solución.
-¿En serio?
-¡Sí! La culpa que cargas es lo que te detiene, entonces yo tomaré tu culpa. Cada pecado que cometas, caerá en mí. Y como a mí no me importa, entonces está bien. Tú estarás libre de culpa y yo estaré seguro de que no me dejarás.
Sus ojos volvieron a brillar, la esperanza reflejada. No quise romper sus ilusiones, pero debía explicarle que las cosas no funcionan así. Mi tono se suavizó y me acerqué un poco para no tener que levantar la voz.
-Will, los pecados no funcionan así. Si yo me equivoco, soy yo quien carga con la culpa. No es algo que se pueda delegar.
-Te equivocas, no funcionaría si fuéramos dos personas diferentes, pero hoy nos convertiremos en una sola entidad, Chance. Esa es mi sorpresa.
Empecé a preocuparme por Will. ¿Estaba delirando? ¿Tenía fiebre?
-Necesito que estés dispuesto para esto, Chance. No puedo obligarte.
-¿Ser una sola entidad? ¿Quieres que nos casemos o algo así?
-Algo tan banal como el matrimonio no serviría. Estoy hablando de unir nuestras almas para siempre.
-¿Almas?
Hablaba de herejía. A eso se refería Will.
-Sí, imposible de revertir. Justo lo que necesito.
-Will, ¿estás pensando bien las cosas?
-Estoy más seguro que en cualquier momento de mi vida. Quiero esto, Chance, lo necesito. Si no te tengo, no podré volver a dormir en la noche.
Yo no podía hacerlo, mis pecados están escalando más y más. ¿Sería acaso esto el punto de no retorno? ¿La herejía?
-¿Quieres que me arrodille y te lo pida? Porque lo haré, Chance, haré cualquier cosa por ti.
-¡¿Qué?! No, Will.
Él no me dio tiempo a terminar; se tiró directo al piso y agarró mi pantalón de pijama. El golpe fue tan fuerte que la sangre brotó de las rodillas de Will, ensuciando las baldosas.
Ni siquiera lo dejé empezar a rogar; me lancé de rodillas y caí junto a él. Will jamás debería arrodillarse ante nadie.
-Primero dime de dónde sacaste esa idea y después hablamos, pero no vuelvas a tirarte así ante nadie, Will. Nadie lo vale.
-Tú sí.
Me quedé helado. Will volvía a usar esa vocecita suave, como si toda la diatriba anterior no hubiera pasado. Él volvió a buscar mi calor y se acurrucó. Volvimos a donde empezamos, solo que ahora ambos sangrábamos y yo tenía la certeza de que Will jamás me dejaría.
Esto es importante para Will. Muy importante. Y no podía decepcionarlo. No más.
Pero tampoco podía cometer otro pecado; ya eran suficientes.
Pero era necesario para que Will confiara en mí.
Aunque, si alguien se enteraba, nos
excomulgarían.
Aunque en este momento solo éramos él y yo.
-Al unirnos, no importa si estamos en dos cuerpos separados, seremos una sola alma.
-Por favor, ve despacio y explícame todo, ¿sí?
Will se veía cada vez más desesperado; incluso empezó a mover una de sus piernas, como si estuviera esperando en una fila y no convenciéndome de hacer lo que parece un ritual pagano.
-Mi vida siempre ha sido horrible. Un padre horrible, carencias materiales y problemas escolares. Pero no me quejaba; tenía amigos reales, a mi hermano y a mi mamá. Era feliz.
Seguía sorprendido; había aprendido más de Will en una noche que en todos los días que llevamos de conocernos. Ahora que lo pensaba, no me arrepentía de entrar a la iglesia, si no lo hubiera hecho, jamás lo habría escuchado ser tan sincero.
-Pero a mí la felicidad nunca me dura. No puedo entrar en muchos detalles, pero puedo decirte que el 83 fue el año que marcó mi vida. Tenía doce años y aprendí lo que era correr para no morir. Estaba solo, completamente solo. Y fue ahí que me di cuenta de que justo ese era mi mayor miedo.
Will se veía tan cansado cuando hablaba de su pasado, como si su propio cuerpo tuviera que revivir cada recuerdo. Apoyé mi espalda en la piedra de la mesa y lo acuné para que pudiera descansar.
Soledad. A mí también me aterraba; no tenía una historia misteriosa sobre eso, pero siempre pensaba en lo que pasaría si todas las personas que amo solo desaparecieran.
No pude seguir reflexionando porque, ahora que Will estaba sobre mí, podía ver sus rodillas magulladas. Era un raspón horrible que le manchaba las rodillas enteras con sangre. No me daba miedo la sangre, pero al saber que esa salía del cuerpo de Will, fue imposible no marearme.
-Quiero unir nuestras almas por eso, Chance. Eres tan importante para mí que sin ti no podría vivir. No quiero estar solo y no quiero que me dejes. Entonces, la solución a ambos problemas es que una parte de ti siempre esté conmigo.
Mientras él me contaba todo, intenté parar el sangrado de sus rodillas con mis manos; no era muy higiénico, pero lo que me preocupaba era que no dejaban de sangrar.
-Sabía que quería unir nuestras almas, pero aún no sabía cómo. Aún no lo sé. Pero estoy seguro de que tú sí lo sabrás. Dios te lo dirá, Chance.
-¿Dios? Estoy seguro de que Dios es el más decepcionado por todo esto.
-Claro que no, eres su hijo favorito. Mira, ya te dio la respuesta.
Él quitó mis manos de sus rodillas y las levantó frente a mí; estaban rojas y manchadas. Miré sus rodillas. Bien, el sangrado se detuvo.
-Ahí no, Chance, tus manos.
-¿Qué tienen?
-Mi sangre. Esa es la respuesta. En la comunión, el vino representa la sangre de Jesús, que murió por nuestros pecados. Pero también simboliza la unión entre Dios y sus feligreses. Esa es nuestra solución; sabía que Dios te lo diría a ti.
Otra persona ya habría salido corriendo. Eso era lo más lógico, un chico que conoces desde hace una semana empieza a hablar de almas y comuniones con sangre. Lo que me impedía salir corriendo era que ese chico era Will. Y yo no corría de Will.
Pero tampoco podía condenar mi alma por él. Ni dejar que condenara la suya.
-Basta, Chance, lo estás haciendo de nuevo. Te dije que si quería joderme, entonces lo haría sin tu permiso. Si quiero mandar mi alma directo al infierno por hacer esto, entonces lo haré, lo prefiero a volver a vivir sin ti.
-¡Dios mío, Will, esto no es un juego! ¿Entiendes? Y si a ti no te importa, a mí sí. A mí sí me importa.
Ahora el frustrado era yo. Entendía su miedo, entendía su necesidad, pero yo no podía hacerlo. No podía.
-No quiero obligarte, Chance. Sé lo difícil que es para ti. Pero quiero que sepas que nuestros caminos se separan ahora.
-¿Qué?
¿Qué?
-Lo hago por mi bien, si me quedo contigo sabiendo que me dejarás en cualquier momento, no podré vivir en paz. Si nos separamos ya, me dolerá menos.
Él estaba manipulándome, ¿no? Era imposible que me dejara así. Él no podía dejarme. No podía.
Pero al ver sus ojos supe que no mentía. Eran tan sinceros y dulces, incluso si su sonrisa vacilaba, jalada hacia abajo.
Will se levantó y empezó a caminar hacia la puerta.
¿Era en serio? ¿Me iba a dejar? ¿Will iba a dejarme?
Me quedé ahí, con las manos manchadas y los brazos vacíos. Vi cómo se alejaba despacio, adentrándose en la oscuridad del pasillo.
Will acaba de dejarme. Me dejó solo. En el frío piso de la iglesia donde nos conocimos.
Me dejó porque yo no estaba dispuesto a entregarme por completo.
No podía entregarme a Will. Yo solo le pertenecía a Dios.
¿Y dónde está Dios ahora?
Dios está en el cielo, protegiéndonos del mal.
¿Dios protegió a tu Will?
Algo se acomodo en mi cabeza, todo el ruido que siempre había ahí se apagó. Cómo mover un interruptor.
Me levanté tan rápido que mis piernas dolieron. Corrí hasta alcanzarlo y volví a abrazarlo por la espalda. Esta vez sí se resistió; se movía de un lado a otro intentando lanzarme lejos de él.
Le di una última mirada al altar iluminado, lugar que antes representaba santidad, pero que ahora, cada vez que lo viera, solo me recordaría a Will.
-Lo haré, Will. Pero no me dejes. Tú tampoco podrás dejarme jamás.
Él se quedó quieto y giró su cabeza lentamente; fueron unos diez segundos completos donde me evaluaba. Cuando por fin encontró mi voluntad, sus hombros se relajaron y golpeó suavemente mis brazos. Lo solté y en un instante era él quien me tenía apresado.
-Sabía que lo harías, tú tampoco quieres separarte de mí, ¿verdad?
-No, Will. No quiero dejarte. Y ese es el trato, te doy una parte mía, pero debes darme una parte tuya.
-Toma todo lo que quieras.
El vacío que sentí cuando estaba solo se desvaneció apenas Will tomó mi mano para regresar a la luz de las velas.
Ignoré cada santo por el que pasamos; ninguno de ellos iba a detenerme.
Llegamos al altar de nuevo y supe que Will sabía qué hacer porque empezó a mover las velas para formar un círculo alrededor de la mesa de mármol.
Lo ayudé con la parte final; quité mi suéter, que había quedado olvidado hace horas.
Ahora solo iba a seguir instrucciones.
-Quítate los zapatos y entra al círculo. Espérame.
Me agaché para desatarme los cordones y observé a Will mientras él sacaba su navaja y se agachaba frente al cirio más grande. Pasó la navaja por encima del fuego hasta que el metal comenzó a enrojecer.
¿Vamos a hacer lo que estoy imaginando?
Puse mis zapatos junto a mi suéter, en la primera banca. Los miré unos segundos. ¿Qué pensarían mis padres si supieran lo que estoy a punto de hacer?
Más me vale que no se den cuenta.
Con una última respiración, me adentré al círculo y esperé a Will.
Para cuando él terminó, ya no se podía leer Rossie en la hoja de la navaja; estaba cubierta por una capa oscura de hollín. Pero Will se veía satisfecho.
Él se quitó los zapatos con una agilidad aprendida, los dejó tirados al lado de las velas y también entró.
El ambiente se puso caliente, seguro eran la velas a nuestro al rededor. O mi sangre corriendo acelerada por mis venas.
Will le dio la espalda al altar y me indico que me parara frente a él. Ignore la figura de Jesús crucificado y solo mire al frente. Solo mire a Will.
Él está a feliz, feliz de verdad. Sus ojos se entrecerraron y sus mejillas estaban rosas.
Tenía que recordar que lo hacía por él. Para que estuviera tranquilo, seguro de que si todos lo dejaban nunca estaría solo porque yo estaría ahí. Siempre con él.
Asentí, para que estuviera seguro que ya podíamos empezar.
Perdón, Dios.
Esta es la última vez que te pida disculpas.
-Eres el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Dichoso soy de ser invitado a la cena del Señor.
Sus palabras eran tan similares a las que pronunciaba el sacerdote que casi le respondo por costumbre.
Yo no supe que hacer pero si mi cuerpo. Expuse mi mano izquierda y espere el corte.
El metal de la navaja seguía caliente. Caliente como el fuego que iba a consumirme. Me mordí el labio apenas sentí el filo.
Ver mi propia sangre brotar de la palma de mi mano se sintió como si el peso del cielo cayera sobre mí. No fue dolor físico. Fue como si mi alma empezara a derramarse, cayendo al piso; no solo mi piel estaba abierta. Yo estaba abierto.
Cerré el puño para impedir que más líquido vital se desperdiciara. Will dejó a Rossie en el mármol, manchándolo de sangre también.
Tomó mi mano cortada entre las suyas y, mirándome, abrió mis dedos uno por uno.
Llevó mi palma hacia sus labios y la dejó reposar sobre ellos. Podía sentir sus besos sobre ella; cada vez que lo hacía, me ardía el pecho. No pude evitarlo, empecé a llorar. Se acabó, estaba hecho. No había salvación.
Los ojos de Will estaban lívidos, como si hubiera alcanzado la cima del mundo.
Cuando por fin soltó mi mano, la mitad de su cara estaba cubierta de mi sangre. Sus labios escurriendo, gotas bajando por su cuello.
-Y ahora mi parte del trato.
Tomó a Rossie con las manos temblorosas y me la pasó; ella era pesada, su filo seguía goteando, como si ella también sangrara.
Tomé la mano que Will me ofreció, la derecha. Él se acercó tanto a mí que lo único que nos separaba era el espacio de la navaja.
Puse el filo en su palma, pero no me moví. No quería herirlo.
Will puso su otra mano sobre la mía y él mismo hizo la presión suficiente para que la piel se rompiera.
Sangre roja y espesa brotó. Parecía vino.
Con una última mirada y antes de que mi lógica me detuviera, la alcé y la llevé a mi boca también.
Olía a metal, pero sabía dulce. No como el azúcar, pero te dejaba un regusto en el paladar bastante reconocible.
Estaba sellado. Ahora estábamos atados. No existiría Chance sin Will ni Will sin Chance.
Toda mi vida había sido guiada por Dios. Cada una de mis acciones pasaba por un filtro, ¿Era correcto o no? Nunca hacía algo solo porque quería. Nunca.
Estaba acostumbrado a que me dijeran qué hacer; todos en mi vida tenían cierto poder sobre mí. No lo evitaba, era mucho más fácil vivir así: sabes que haces lo correcto porque
alguien más te lo dice.
Esta mal robar, esta mal mentir, esta mal matar.
Sabemos que está mal porque alguien nos lo dijo. Seguir reglas es sencillo.
Lo difícil viene cuando esas reglas se contradicen con aquello que necesitas para respirar.
Yo necesito a Will.
Y puse esa necesidad por encima de cualquier regla.
Esa era la verdad.
Así que ahora, con su sangre en mi boca y su cuerpo tan cerca del mío, me di cuenta de que no me culpaba. Estaba aterrado por las consecuencias, pero si tuviera miles de oportunidades de repetir mi vida, todas terminarían en el mismo punto: Will y yo en la iglesia, juntos.
Él estaba sucio, lágrimas secas, un poco de hollín en la mejilla y mi sangre secándose por su cara, pero juro que nunca se vio tan sagrado. Ya no existía un ángel puro, pero viéndolo tan cerca y tan real, me di cuenta de que Will era más que un ángel.
Will era mi Dios.
No.
Will era Will y por eso era mejor que Dios.
Mi Will era mejor que cualquier cosa, solo porque era él. Mi Will, que caminaba descalzo, comía flores y desaparecía en el bosque. El que estaba roto y atado, pero seguía riendo para que los dientes de león crecieran.
Mi Will con las mejillas rosas y los ojos negros. Cautivador y terco. De piernas largas y dulces manos.
Mi Will, presente y cálido. Al que quería ahora y siempre. Para cuidar y consumir. Aquel por el cual moriría y viviría al mismo tiempo. Al que necesito como la tierra al cielo, como el agua y el aire.
Y así, otra necesidad surgió de mi alma.
Necesito besar a Will.
Porque eso es lo que hacemos los humanos cuando queremos que alguien se quede con nosotros. En nuestros huesos y sangre, que descanse en nuestro tórax y se alimente de nuestro interior.
Con la fuerza y decisión de un hombre renacido que acaba de aprender a desear, atrapé su cintura y lo acorralé contra el mármol.
Como si sintiera lo que venía, levantó su mano herida y la puso en mi mejilla.
Contemplé su cara una última vez y sentí cómo su aliento chocaba con el mío.
-Chance...
Apenas pronunció mi nombre, lo callé.
No fue suave. Mis labios chocaron con los suyos con dolor, porque el dolor era real, igual que mi deseo por tenerlo. Fui desesperado, lengua y dientes por igual, sin pensar ni meditar. Ya no quedaba nada que contener, porque vertí cada sentimiento que alguna vez tuve en él.
Will, solo él existía. Él y sus manos jalando mi cabello, sus piernas apretando mis costillas, los jadeos y suspiros que sus labios dejaban escapar. Lo sostuve con la fuerza de mi frenesí y lo acerqué lo más humano posible. Abriría mi pecho y lo escondería del mundo si tuviera oportunidad.
Me sentí sagrado, alcanzado por la divinidad, al borde de la iluminación. Pero al mismo tiempo fui más humano que nunca.
Sabía a miel y sangre. A vida, verano e inocencia. Sabía a libertad y a algo imposible de alcanzar si tienes miedo.
Mis dedos delinearon su cintura y apreté su carne por dentro de la ropa. No es suficiente; incluso así no era suficiente. Necesitaba más.
Will me dejó tomar y tomar, no importaba cuántas veces mordiera, apretara y arañara. Él se sirvió ante mí como un cordero, dispuesto a sacrificarse.
Era su respiración entrecortada lo único que me devolvía al plano terrenal.
Cuando lo solté no me alejé, no quiero alejarme jamás. Se acabaron las mentiras, mi deseo está en la superficie, listo para ser juzgado, y no parece querer esconderse de nuevo. Es una nueva parte de mí, una que me enferma y me fascina por igual. Estoy arruinado y nunca he estado más pleno.
Will se recostó en el mármol, solo respirando con los ojos cerrados. Tenía los labios húmedos e hinchados, pero sonreía.
Quise darle espacio para respirar, pero él apretó sus piernas y no me dejó ir.
-Hazlo de nuevo.
-¿Qué?
-Bésame de nuevo, rómpeme, Chance. Quiero que duela, que deje marca. Lo deseo más que nada.
Will se levantó y, en un movimiento apresurado, se quitó mi suéter; luego lo tiró sin fuerza al piso. Ahora la delicada línea de su clavícula y la curvatura de su hombro estaban a la vista.
-Después de conocerte, lo supe. Eres lo único que he deseado con tanta fuerza en mi vida. No podía sacarte de mi mente. Despierto o soñando, estabas ahí. Quería que me destrozaras con tus propias manos, llorando y rezando por perdón. Pero esto es mejor. La entrega absoluta te sienta tan bien.
-Will...
Y esta vez los papeles se invirtieron: fui yo el devorado. Incapaz de escapar del deseo ferviente. Entregué entonces todo, mi cuerpo y mi alma.
Tenía un hambre voraz, capaz de consumir hasta el último de mis huesos. Y yo se los daba sin resistencia. Solo para llenar su vacío.
Era más que placer carnal. Más que sus ojos, sus labios o su voz. Era necesidad pura por su presencia. Sus silencios y su latido.
Por el fuego que tiene dentro, que me calienta la piel cada vez que me toca. Que me llena de vida.
Era todo aquello que me faltaba y no sabía. Su risa, sus lágrimas o su rabia. Quería todo: lo que ya era y lo que sería.
Me acerco más para sentir su piel contra la mía. Toco todo lo que alcance, aun sabiendo que no es suficiente. Absorbo todo lo que salga de él: quejidos, sollozos o risas.
No había salvación y no la quería.
El mundo se redujo a ese altar. Pudieron pasar horas, yo no las sentí. Estuve demasiado concentrado en sentir y besar a Will. Me perdí en él, sin memoria para otra cosa que no fuera el calor de su cuerpo. Durante horas enteras, solo Will importó.
El que sí sintió el tiempo fue el cielo, que empezaba a esclarecer. La luz del amanecer brilló a través de los vitrales, demostrando para qué estaban hechos. Colores inundaron la iglesia. Antes me hubiera parecido precioso, pero ahora solo era señal de que debíamos separarnos y volver a la realidad.
Me desgarraba el alma tener que separarnos. Puse mis labios sobre su cuello y le di un último beso antes de ayudarlo a levantarse.
Will buscó el suéter y yo me puse mis zapatos. Sabía que eran míos, pero se sintieron ajenos.
Dejamos las velas y la sangre seca. El sacerdote se llevaría un buen susto. Esperaba que el rumor no llegara a mis padres.
Cuando ambos estuvimos listos, caminamos hasta la puerta, por el mismo pasillo por el que entramos. La puerta no tuvo resistencia al abrirse, dejó entrar luz y aire limpio. Hacía frío lejos de Will.
No pude extrañarlo mucho tiempo.
Su mano derecha tomó mi mano izquierda y nos dirigimos a mi casa.
Notes:
Nota de autora:
Este es mi capítulo favorito de momento. Marca un antes y un después en la historia.
Quiero agradecer especialmente a los lectores que votan. Son ustedes los que me motivan a seguir escribiendo cuando no tengo ánimos.
Eso es todo por hoy. ¡Muchas gracias por leer!
Chapter 15: Porque donde esté tu tesoro
Notes:
(See the end of the chapter for notes.)
Chapter Text
"...allí estará también tu corazón."
Mateo 6:21
A veces tenía la sensación de que mi mano seguía sangrando.
La miré más veces de las que me gustaría admitir. Seguía roja y magullada; los bordes del corte estaban llenos de sangre seca y me tiraban de la piel cada vez que la movía.
Era irreal.
Todo lo que había pasado era irreal. Pero, por más que lo pensara, la cortada era la mejor prueba de que sí había pasado.
Renuncié a la salvación. Por Will.
Y no me arrepentía.
Esa era la peor parte, miraba mi cortada y la familiar culpa no aparecía. ¿Realmente se la pasé a Will? ¿Estaba él cargando con mis arrepentimientos, sintiendo cómo se quema su garganta sin poder hacer nada?
Me detuve, haciendo que él también parara. Ya estábamos cerca de mi casa y el tiempo no estaba a nuestro favor; en cualquier momento mis padres se despertarían y se darían cuenta de que no estábamos en la cama.
Pero quería asegurarme de que Will estuviera bien. Si veía el más mínimo gesto de incomodidad, debía empezar a buscar cómo solucionarlo.
Tomé sus mejillas y, en un movimiento aprendido, me acerqué para ver sus ojos.
-¿Qué pasa, Chance?
No había nada más que cariño. Incluso me avergoncé de verlo mirándome así. Para disimular mis nervios, limpié sus ojos con paciencia, con cuidado de no irritarlos, pero con suficiente presión para quitarle las lágrimas secas.
-Solo quería asegurarme de algo. -Besé su frente y volví a tomar su mano para seguir con nuestra trayectoria.
El cielo era azul.
Pero ya no era ese azul oscuro de la noche tardía. Empezaba a tomar el tono de las hortensias, un color reconfortante. Irónicamente, me recordaba a mi mamá.
Estaba tratando de no pensar mucho en ella. Aún no sabía cómo explicar el corte y solo pensar en que descubriera todo me ponía la piel de gallina. Imaginar la mirada de decepción en sus ojos me dolía. Pensar en mi padre era peor.
-¿Qué debería decir del corte? Mis padres se preocuparán. -Busqué respuestas en el único lugar que se me ocurrió.
-Accidente de cocina.
Will parecía ya tener lista la excusa; las palabras salieron de sus labios tan rápido que me asombré
-Tú nunca mientes, ellos te creerán. No te preocupes por eso.
Yo sí mentía. No era una costumbre, pero muchas veces prefería mentir a hacer sentir mal a alguien.
-Yo sí miento. Creo que tienes una opinión muy buena de mí. Más de lo que realmente soy.
Él alzó la cabeza hacia el cielo y soltó un suspiro tan ruidoso que espantó un pajarito que se posaba en una rama cercana. ¿Ahora qué le pasó?
-No creo que una mentira tuya pueda contar como una. ¿Qué inventas? Decir que la comida de alguien es maravillosa cuando no te gusta, o tal vez que se viste genial cuando es un desastre. Son mentiras blancas, Chance. No cuentan.
Mejor me quedo callado.
Caminé más rápido, intentando que Will no viera mis mejillas calientes, no iba a admitir que tenía razón. Solo pude dar dos pasos. Me tomó del dobladillo del suéter, empujándome hacia atrás. Sentí el típico vacío en el estómago, cuando sabes que vas a caerte y te preparas para el golpe.
Mi espalda chocó con su pecho y, milagrosamente, no nos caímos. Will era fuerte; no me había dado cuenta hasta ahora. Me abrazó desde atrás y frotó su cabeza contra mis omóplatos.
-No te enojes. Seguro serás un gran mentiroso algún día, ya aprenderás.
Sin poder resistirme a él, no le di tiempo de protestar. Con un movimiento rápido lo subí a mi espalda y empecé a caminar sin decirle nada. Se acomodó y pasó sus manos por mis hombros para no caerse.
Esto era justo lo que necesitaba. Sentir el peso de Will sobre mí me trajo de vuelta a la tierra, calmó mis nervios y me recordó por qué hice lo que hice.
-Todo estará bien, corderito; ellos ya no pueden hacer nada.
Su aliento chocó con mi oreja y mis mejillas enrojecieron de nuevo. ¿Estoy más sensible o es mi imaginación?
Pensé en responderle, pero quise ver hasta dónde era capaz de aguantar. Mi reto autoimpuesto fue no decir ni una palabra hasta ver el techo de mi casa; si podía aguantar, me demostraría que no siempre cedo ante Will tan fácil.
-Vamos, no puedes ignorarme.
Sí puedo, y voy a demostrárselo.
Will siguió hablando; al principio solo repitió mi nombre sin parar, presionó mi mejilla y me jaló del cabello. Casi lo reprendo, pero resistí.
Al ver que no reaccionaba, empezó a hablar. Primero del pueblo y lo mucho que lo odiaba, después de su hermano. Y al final, de él.
Pequeños datos que nadie sabría a menos de que se los contara él mismo. Cosas de las que no te darías cuenta por más que mires. Pasé el resto del camino escuchando su voz vacilar, reír y balbucear.
Will se quedaba callado en ocasiones, esperando mi respuesta; luego seguía como si nada al no obtener una.
Guarde cada pieza de información en una parte mi cerebro que parecía estar dedica a él, donde mantenía cada recuerdo juntos.
Aprendí mucho de él.
Will era un ser complejo pero fascinante. Era imposible no querer darle todo de ti. Y no creo que sea algo mío; toda persona que lo conozca lo suficiente debe sentir lo mismo.
Mi señal llegó cuando vi el tejado. Y llegó justo a tiempo porque Will llevaba más de diez segundos callado y empezaba a preocuparme.
-No me escuchaste, ¿verdad? -Y ahí estaba.
Se bajó de mi espalda de un salto y se puso frente a mí, impidiéndome caminar.
-¡Chance!
No había dolor real en su cara; él sabía perfectamente que sí lo estaba escuchando. Pero quería que yo mismo se lo dijera.
Habiendo cumplido mi reto y queriendo jugar con él, lo tomé de la cintura y lo levanté. Él soltó un grito que pudo escucharse desde mi casa. Esperaba que esa no fuera la situación.
No lo bajé hasta darle dos vueltas en el aire. Apenas tocó la tierra, lo besé sin dejarlo respirar.
No se movió al principio, pero después me correspondió con un suspiro que chocó con mis labios. Eran igual de dulces y suaves que la primera vez. Creo que besar a Will marcó un antes y un después en mi vida. Me costaba recordar cómo era existir sin él.
Como si nuestra vida fuera una película romántica, después de separarnos, junté nuestras frentes y nuestra respiración se coordinó. Se cruzaron miradas y me asegure que Will notara también mi cariño.
-Escuché cada palabra. -Su mano golpeó mi pecho sin fuerza y se escapó de mis brazos, no sin antes dejarme notar sus mejillas rosas.
Bien hecho, Chance.
Como ahora yo no era el avergonzado, lo seguí solo para pellizcar su mejilla. Apenas me miró enojado, tomé su mano y corrí hasta la entrada de mi casa.
Bien, llegamos con los minutos contados. Tenemos un máximo de 30 minutos para ducharnos y fingir que nada pasó.
Abrí la puerta hasta la mitad y lo dejé pasar. La casa que nos recibió era la misma, pero la sentí distinta. El mismo piso de madera, los muebles sin moverse ni un centímetro y el olor a limpiador de limón seguía en el aire.
Pero era distinta, de alguna manera inexplicable, algo en las paredes quizás, o en los cuadros.
¿O era yo quien había cambiado sin darme cuenta y ahora culpaba a la casa por mi falta de claridad?
Will no me dio tiempo de responder esa pregunta. Subió las escaleras sin hacer ni un solo ruido y solo recordó que yo estaba presente cuando llegó al final. El muy infantil me hizo señas para que me apresurara.
Tuve que subir con más cuidado, no tenía el talento de Will para ser silencioso.
Caminamos por el pasillo y aproveché para pegar mi oreja a la puerta de mis padres. No podía distinguir muy bien los sonidos, pero no escuché tela moviéndose o agua cayendo. Seguían dormidos.
Mi habitación seguía exactamente como la dejé. La cama estaba desordenada, con el acolchado colgando, y la puerta de mi armario había quedado mal cerrada, dejando ver ropa caída de los ganchos. Tendría que ordenarlo más tarde.
Will se lanzó al colchón, se arropó con mi colcha hasta la cabeza, solo dejándome ver su cabello, y se quedó quieto. Esperé a que empezara a hablar de nuevo o que me pidiera recostarme con él, pero esta vez fue su turno de quedarse callado. ¿Se durmió tan fácil?
Me gustaría poder hacer lo mismo, los huesos me pesaban y mis párpados empezaban a cerrarse sin permiso, pero si me veía como Will se veía, entonces era necesario que ambos tomáramos una ducha.
Los besos no borran la sangre.
Lo dejé descansar mientras buscaba dos toallas y una pijama para él. Espera, ¿por qué Will seguía con su ropa del día anterior? ¿Mamá no le ofreció una pijama? A mí no me hubiera molestado prestarle una, o regalársela como parecía querer Will con toda mi ropa.
Después le preguntaría a mamá si lo olvidó. Ayer parecía estar muy distraída.
-Vamos. Tenemos que ducharnos.
Él solo se destapó la cabeza y me miró con sus ojos de ciervo. Estaba cansado, no tenía que decírmelo para saberlo, con la luz amarilla de mi lámpara encendida pude ver cómo sus ojeras habían empeorado. Eso y la sangre en su boca lo hacían parecer una criatura nacida de la oscuridad, condenada a vivir mancillando la pureza de los demás.
Me dolía levantarlo después de verlo tan cansado, me gustaría poder dejarlo dormir.
Miré a la puerta preocupado. Creo que aún tenemos tiempo, mis padres dormían más los lunes para compensar madrugar más el domingo. Aún así le puse seguro a la puerta. Prefería ser precavido.
Rodeé mi cama y me recosté en el borde, hundiendo el colchón. Estando así a su lado solo podía imaginar en cómo sería dormir con él, poder sentir su suavidad, su respiración y su presencia durante toda una noche. Algún día.
Me obligué a salir de mis fantasías y reaccionar. Tuve que sacarle la colcha de la cabeza otra vez. Tenía el cabello desordenado y los ojos cerrados, sus dedos agarraron la tela y tuve que usar un poco más de fuerza para quitársela. Me aclaré la garganta para suavizar mi voz y me dediqué a convencerlo de levantarse.
-No nos tardaremos, lucerito. Sé que estás muy cansado, yo también lo estoy, pero es necesario cubrir las huellas, ¿sí? No sabes cómo se pondrían mis padres si se enteran. Sería desastroso, y ya no podría verte.
-Buscarías la manera, Chance. Lo sé.
Su débil respuesta me dio un vuelco al corazón.
-Tienes razón, buscaría la manera. Pero es mejor prevenir que lamentar, solo serán cinco minutos y podrás descansar. Te dejaré ir primero.
Will me vio agotado, pero se levantó de la cama y, con su típica actitud de niño malcriado, tomó una de las toallas. Dios, solo le falta empezar a hacer pucheros y pedirme que lo cargue. No me negaría, pero no creo que sea la ocasión adecuada.
Después de su actuación, se quedó parado junto a la puerta, esperando algo.
-¿Will?
-Te estoy esperando. Vamos ya, quiero dormir.
¿Esperándome? ¿No sabía dónde estaba el baño? Claro, olvidé mostrárselo, parece que lo despistado viene de familia.
-Cierto, vamos.
Tomé mi toalla, me la colgué en el hombro y le quité el seguro a la puerta. La abrí para él y después lo guié hasta la puerta del baño. Estaba frente a la habitación de invitados, donde se suponía debía estar Will, envuelto en las sábanas y soñando conmigo.
Me acomodé en la pared para esperarlo, pero Will no entró, se quedó apoyado en el marco de la puerta, solo mirándome.
-¿No me vas a acompañar?
¿Acompañar? ¿Por qué lo acompañaría? Las personas se duchan solas, ¿no? A menos que... Claro, creo que ya lo entendí, no es difícil preguntar.
-No te preocupes, puedes usar mis cosas y están afuera, no tienes que buscar nada.
Al parecer no lo entendí, la cara de decepción que puso me lo confirmó. Se pasó la mano por toda la cara y dijo algo entre los dientes.
-Lo que quiero decir es... Olvídalo. Solo piensa que si tus padres se despiertan no pueden escuchar la ducha dos veces o sabrán que estamos juntos.
Claro que estamos juntos, eso es obvio, ¿qué quiere decir?
Como Will ya era un experto en leerme no tuve que preguntarle directamente, él solo se levantó del marco y se apoyó en la pared junto a mí. Se quedó mirando a la puerta de la otra habitación y, sin mirar, agarró mi mejilla y tiró de ella.
-Se supone que estuvimos separados, y lo normal en un adolescente es que duerma hasta tarde en verano, no todos son tú, Chance. Ellos sabrán que estuvimos juntos si me ven despierto tan temprano.
-No creo que mis padres sean tan analíticos. -Mi voz salió un poco diferente, es difícil tener buena dicción cuando alguien te agarra las mejillas. Por suerte, me soltó, no sin antes acariciarla. Que lindo.
-Dijiste que es mejor prevenir que lamentar. Anda, me daré la vuelta mientras te desvistes. No me robaré tu pureza, doncella.
Tomó mi cintura y me obligó a entrar al baño.
Creo que es imposible para mí no avergonzarme, mi cara ardió en segundos sin mi permiso, pero Will tenía razón. Nunca se es lo suficientemente prevenido.
Fue él quien cerró la puerta. Fue él el que le puso seguro. También se quitó primero el suéter.
Ay Dios. No, no, no.
No pude seguir mirando, me volteé hacia la pared y empecé a contar las baldosas del piso. No puedo creer en lo que se ha convertido mi vida.
-¿En serio, Chance? Estoy seguro que cruzamos ese límite hace mucho. Literalmente tengo tu sangre en mi boca, vernos sin ropa no es nada.
Solo pude negar con la cabeza, las palabras no me salían. Hace mucho que no sudaba así, ya me limpié las manos en el pantalón y seguían húmedas. ¿Cómo puede decir algo así sin reaccionar?
El sonido de la tela cayendo al piso aumento mi pánico. Lo hizo, de verdad lo hizo. No me lo puedo creer.
-Bien, te daré tu tonta privacidad. Te espero en la ducha.
-El agua es muy fría al principio. Ábrela y espera para entrar. -La voz casi no me sale, pero pude advertirle a tiempo. Él solo resopló y escuché el cristal que separaba la ducha deslizarse.
Tomé aire profundo, lo retuve en mis pulmones y esperé unos segundos para calmarme. No supe cómo lo hice. Tenía las manos temblando, pero me quité la ropa.
¿Por qué estaba haciendo esto?
El bajo tarareo de una canción me lo recordó. Will, siempre Will.
Miré por última vez a la puerta para asegurarme que estuviera cerrada y ahí mismo cerré los ojos, caminé sosteniéndome de la pared y, al tocar cristal, le di un golpecito.
Una mano mojada me tomó del brazo y me arrastró hacia adentro. No tuve tiempo para procesar la idea antes de que el chorro de agua fría cayera sobre mí. El choque de temperaturas me dio un escalofrío.
-¿No vas a abrir los ojos? Te puedes caer, Chance, no seas necio.
-Estoy bien.
Will solo exhaló. Me quedé quieto bajo el agua mientras lo escuchaba abrir mi champú, llenando la ducha con el olor de la manzanilla.
-¡Ay!
-¿¡Will, qué pasó!?
Abrí de inmediato mis ojos solo para ver los de él cerrados por el dolor. Tenía la cara llena de espuma, era obvio qué había pasado.
Lo tomé de los hombros y lo puse bajo la ducha, el agua limpió la espuma, pero él seguía quejándose. Tuve que pasar mis dedos para suavizar el dolor.
-¿Mejor?
-Sí, eso sí que me ardió.
-Eres un descuidado.
Solo se rió y siguió pasando sus manos por su cabello.
Su cara ahora estaba libre de cualquier mancha. Inmaculada, como si la sangre no hubiera existido. Las gotas resbalaban de sus pestañas y sus ojos irritados hacían imposible no querer cuidarlo. Aparté sus manos y me encargué de lavarle el cabello, no quería otro accidente.
Cuando terminé, salió de la ducha casi corriendo y se envolvió en la toalla temblando.
-No puedo creer que te duches con esa agua tan fría todos los días, estás loco.
Solo pude cerrarle la puerta de cristal en la cara. Su risa no se hizo esperar.
Quitarme la sangre seca no fue tan complicado como creía, un poco de jabón fue suficiente para que la espuma se tornara rosa y se fuera por el desagüe. La herida de la mano fue distinta; apenas tocó el jabón, ardió. No quería ser limpiada.
¿Will limpió la suya? Tengo que comprobar después. No me gustaría que se le infectara.
-¿Puedo usar tu cepillo de dientes? La boca aún me sabe a sangre. -La ducha casi ahoga el sonido de su voz, tuve que abrir un poco la puerta para que él me escuchara.
-Claro, está en el cajón detrás del espejo.
Continué con mi cabello, a mí no me cayó en la cara, entonces terminé rápido. Estuve por cerrar la llave cuando vi la mordida en mi brazo. Olvidé por completo que la tenía.
Ya no tenía sangre, pero todavía podía ver las marcas de mis dientes. Podía ocultarla usando camisas largas, no creo que dure muchos días.
Un toquecito en el cristal me sacó de mis planes. La figura borrosa de Will se pudo distinguir; él se acercó y dejó un beso sobre el cristal. Sus labios quedaron dibujados en el vidrio por una fina línea de espuma.
Puse mi mano y después él puso la suya encima, solo el vidrio nos separaba.
-Me muero del frío, te espero en tu habitación
Su mano desapareció. La puerta se cerró y me quedé solo en el baño, como debió ser desde un principio. Todo era tan silencioso ahora, qué raro se sentía.
Salí de la ducha y al momento de ponerme la toalla noté que ya estaba mojada.
Will, obviamente.
Solo me quedó poner los ojos en blanco y continuar. Yo también tuve que cepillarme, aunque continué saboreando la sangre en mi boca. Y la miel.
Will me recibió envuelto en mi cama de nuevo. Me hubiera gustado ponerme de nuevo la pijama y acurrucarme con él, pero tenía que seguir con mi rutina y lastimosamente dormir hasta tarde no hacía parte de ella.
Bostecé y busqué en el desastre que era mi armario algo cómodo. La cálida franela fue la opción segura. Después me arrepentiría, cuando el sol del mediodía apareciera. Ahora era la mejor opción: la mañana fresca, Will y franela. Era el comienzo de un gran día.
Me puse solo el pantalón y dejé la camisa manga larga en mi escritorio. Como el paranoico que soy, volví a asegurar la puerta, luego abrí la ventana y colgué las toallas mojadas.
Primera misión cumplida. Ahora debía seguir con el armario.
Recogí la ropa caída y los ganchos faltantes. Me senté a los pies de la cama y comencé a organizar todo por color, como lo tenía antes.
-Chance, deja eso y acuéstate. -Will me habló desde arriba; solo se había destapado la cara, parecía un gusanito.
Él abrió los brazos y me esperó.
No podía dejarlo así, ya arreglaría mi armario después. No se iba a ir, Will sí.
Solté la ropa y dejé que cayera donde quisiera.
Me metí debajo de la colcha y dejé que Will me abrazara. Manzanilla, detergente y ese olor dulce imposible de reconocer que siempre lo acompañaba. Olía como yo, pero sin dejar de ser él.
Él nos cubrió hasta la cabeza, dejándonos a oscuras y en un calor sofocante. Nuestras piernas se entrelazaron y lo abracé por la cintura. Mi pijama le quedaba grande, se deslizaba por su hombro y cubría sus manos; me hubiera encantado verlo con un poco más de luz.
-Mojaste mi toalla.
-Me sequé el cabello.
Subí mi mano para comprobarlo. Las puntas aún se sentían húmedas, pero el resto del cabello era suave. Sin darme cuenta, terminé peinándolo con los dedos.
-Durmamos un rato, tus padres aún no despiertan, tenemos tiempo.
Aparté los mechones de cabello de su frente y le di un último beso. Lo abracé y cerré los ojos.
Era como estar debajo del agua.
Sentí las corrientes moverse rozando todo mi cuerpo y el agua corriendo por mis oídos. No había nada. Oscuridad infinita, llena de agua.
Podía moverme, pero no nadar. Si levantaba mi mano, chocaba con la superficie del agua como si fuera vidrio. Era imposible salir; tuve que quedarme sumergido.
Pero nunca me faltó el aire.
Luego apareció la sombra. Era más oscura que la penumbra del vacío, y se expandía más y más, haciéndose cada vez más grande. Llenó por completo mi vista.
No me moví. No tenía miedo.
Eso se acercó hasta que estuvo encima de mí.
Solo el vidrio nos separaba.
No podía distinguir su figura, pero sabía que me miraba.
Poco a poco, pequeñas grietas aparecieron en el vidrio. La oscuridad empezó a manchar el agua como tinta cayendo.
-Chance. -La voz de Will salió de la sombra; me llamaba.
Extendí la mano para tocarlo
-¿Will?
-Vamos, es hora de despertar. -La sombra acunó mi rostro y acarició mi mejilla.
Cerré los ojos.
Cuando los abrí, estaba en mi habitación de nuevo.
¿Un sueño?
Will estaba apoyando su codo en la cama y sostenía su cabeza, mientras acariciaba mi mejilla con la otra mano. Sus ojos seguían medio cerrados y tenía una sonrisa preciosa, decorada con las mejillas rosas gracias al sueño.
-Tu mamá acaba de tocar la puerta, dijo que el desayuno está listo.
Me levanté un poco mareado. Tuve que pasar mis manos por mi cara para despertar. Will se dejó caer a mi costado, apoyando su cabeza en mi hombro.
-¿Cuánto dormimos?
-Una hora, creo. Fue más de lo que esperaba.
¿Una hora? ¿Tan rápido?
-Pues no me sirvió, estoy más cansado que antes.
-¿No te gusta dormir conmigo, corderito?
No era eso; era ese sueño raro. No era el peor que había tenido, pero me dejó una sensación rara en la boca del estómago.
-Tuve un sueño raro, eso es todo.
-¿De qué se trató? ¿Un chico loco que te obligó a beber sangre? Soñar algo así debe ser horrible.
Solo pude sonreír por su descaro. Me lancé sobre él y le llené la cara de besos. Fueron tantos que perdí la cuenta. Pronto sus mejillas volvieron a ser rositas y no pude resistirme a morder una. No fuerte, por supuesto.
Logró apartarme, pero mi meta de dejarlo sin aliento se había cumplido.
-Baja ya, Chance, o tu mamá subirá por ti.
-¿Y tú?
-Yo no soy parte de tu familia de locos madrugadores. Me volveré a dormir, obvio.
Me senté al borde de la cama y levanté los brazos para descontracturar mi espalda. Los músculos debajo de mi piel se movieron y mis huesos sonaron. ¡Qué espantoso, por Dios! Parezco un abuelo.
Antes de levantarme, Will aprovechó para pasar sus dedos fríos por mi espalda. Un escalofrío me recorrió y, como él sabía que iba a regañarlo, se escondió debajo del acolchado.
Como yo sabía que iba a ignorarme, no gasté más tiempo y me puse la camisa, acomodé mi cabello y salí.
Bostecé mientras bajaba las escaleras y veía a mi padre sentado en pijama. Eso sí que era raro.
-¿Buenos días?
-Hola, cariño, te tardaste en bajar. -Mamá también estaba en pijama; otra cosa que añadir a la lista.
-¿Pasó algo malo?
-Claro que no, ¿por qué preguntas eso?
Señalé disimuladamente a mi padre con la cabeza. La única vez que lo vi usando pijama en la mesa fue una Navidad, y él estaba muy borracho.
Mamá se acercó para dejarme el plato con el desayuno y se inclinó para susurrarme.
-Tu papá tuvo una mala noche, dice que escuchó animales en el bosque. Sigue preocupado por lo que viste la otra vez.
¿Lo que vi la otra vez? Asentí, aunque no tuviera ni idea.
Nos tomamos las manos para rezar, pero no me concentré en eso. ¿Qué fue lo que vi la otra vez? ¿Cuál vez?
Empecé a comer en automático; ni siquiera saboreé bien la comida. El pan tostado y la fruta sabían igual. Comí todo junto y fue como tragar una cucharada de harina en polvo.
-¡Dios mío, Chance! ¿¡Qué te pasó ahí!?
Mamá se movió en un parpadeo, tomó mi mano izquierda y la miró como si fuera una herida mortal
- ¡Clyde, mira esto! ¿Crees que necesita puntos?
Papá también se levantó de la mesa y tomó mi mano. La miró, la giró y me miró a los ojos.
-¿Cómo te hiciste esto, Chance? Es muy profundo.
-Accidente de cocina.
Les mentí. Claro que les mentí. Las palabras salieron más fácil de lo que pensé; no dudé ni un instante.
-¿En la cocina? ¿Cuándo?
Mamá siguió indagando con la cara blanca, mientras papá miraba más de cerca. Sus manos eran firmes pero delicadas al tocar el corte.
-Ayer en la noche. No encendí las luces y me corté sin querer.
-Por suerte no necesita puntos. Sé más cuidadoso, Chance, que no se repita.
-Sí, señor.
Con la certeza de que no me iba a morir desangrado en la mesa, mamá se calmó un poco. Volvieron a sus sillas y el desayuno continuó en el usual silencio.
Lo logré. Les mentí y me creyeron. Ahora solo debía asegurarme de que no vieran el corte de Will, o empezarían a sospechar.
Creí que me dolería más mentirles así cuando ellos estaban tan preocupados, pero fue liberador tener algo que solo me perteneciera. Ellos sabían todo sobre mí; me habían criado para decirlo. Pero ya no. Elegí que no lo supieran, yo lo elegí.
De alguna forma macabra, se sintió como un logro.
Terminé el desayuno, ahora con ánimo. Las frutas volvieron a ser dulces y pude sentir la mantequilla sobre el pan.
El poder de las mentiras era increíble. No quería acostumbrarme.
Fui el primero en terminar. Tomé mis platos y besé la mejilla de mamá. Los llevé hasta la cocina y los lavé. El agua helada me recordó ese sueño; otra vez la sensación de vacío apareció en mi estómago. Como subir a una montaña rusa.
Volví a la paranoia. Mis sueños son solo sueños. Debo comenzar a pensar en cosas más importantes
¿Qué le llevo de desayuno a Will? Le gustan las fresas. ¿Tenemos fresas?
Revisé la nevera y logré encontrar una bandeja con ellas. Eran de mamá, pero no creo que ella se dé cuenta de que le faltan algunas.
Unas fresas no cuentan como desayuno. Hice una mezcla para panqueques, corté más fruta y herví leche con una cucharadita de miel.
Hice una pila de tres; aún salía humo de la masa y los había logrado dorar perfectamente. ¿Eso sería suficiente? Si quedaba con hambre, podía hacerle más después.
Iba saliendo de la cocina con el plato en una bandeja cuando mamá apareció. Su camisón azul seguía arrugada por el lado izquierdo, seguro por donde durmió.
-¿Tienes hambre, cariño? Te hubiera preparado algo más.
¿Debía decir la verdad, no? Era normal que me preocupara por mi amigo, que no ha desayunado. Ya no era necesario mentir.
-Son para Will. Aún no desayuna.
Tan pronto como escuchó "Will", su cara se arrugó como la tela de su camisón. Otra vez. Eso ya no era una coincidencia; algo le pasaba a mamá con Will.
-Claro, Will... Hablando de él, ¿no crees que su mamá pueda estar preocupada? Tal vez sea hora de que vuelva a su casa.
No creo que esa sea la situación; Will le avisó a su mamá y todavía era temprano.
Pero conocía a mamá, ella quería que él se fuera y buscaba una manera educada para decírmelo.
-Creo que aún es temprano. Puedo acompañarlo a su casa en la tarde, así su mamá no se preocupa.
Jugué al inocente, lo admito. Si ella quería decirme algo, que me lo dijera de frente; si no, iba a seguir actuando.
-Supongo que sí, cariño, pero Will ya está grandecito y es un chico, él puede volver solo, no necesitas llevarlo.
Y ahora se contradice. Buena jugada.
-Le prometí a su mamá acompañarlo.
¡Ay, no! Otra mentira se me escapó. ¿Eso era algo recurrente ahora?
-Ya veo. Pues, ¿qué se le va a hacer? Que no sea muy tarde, por favor.
¿Se enojó? Tal vez me pasé un poco. No quería discutir con ella.
-Lo llevaré antes del almuerzo, señora.
-Bien. -Sonó muy seca, obligando a salir de su garganta las palabras; su cara no mostró expresión. Se dio media vuelta y salió de la cocina murmurando.
¿El desayuno seguía caliente?
El humo había dejado de salir, pero la calidez seguía pasando a través del plato. Si me apresuraba, Will no tendría que comerlos fríos.
Subí las escaleras de dos en dos, con cuidado de no dejar caer nada. Tuve que sostener la bandeja con una mano y abrir la puerta con la otra.
Seguía escondido, tal y como lo dejé. Una suave respiración sonaba por la habitación. No quería despertarlo, pero tampoco podía dejar que pasara hambre.
Dejé la bandeja en el escritorio y me arrodillé a su lado. Quité la colcha y pasé mis manos por su cabello.
-Will, te traje el desayuno. ¿Tienes hambre?
Él se removió entre las sábanas, pero no abrió los ojos. Volví a tocar su cabello, apartándolo de su cara
-Vamos, se va a enfriar.
-No quiero. -Su voz salió arrastrada, todavía enredada en el sueño que lo mantenía cautivo.
-Lo preparé especialmente para ti.
Uno de sus ojos se abrió y me miró. Habiendo aprendido de él, le hice ojitos y sonreí suavemente.
-Bien, solo porque lo hiciste tú.
Me levanté para llevárselo antes de que se quedara dormido de nuevo. Will se sentó y se quedó mirando al piso; tuve que acomodar las sábanas con una mano y ponerle la bandeja en las piernas.
-¿Fresas?
-Sí, termínalo antes de que se enfríe. No lo voy a calentar para ti de nuevo. -Sí lo haría, pero si se lo digo, se volverá más caprichoso.
Empezó a comer, dejando las fresas para el final. Yo me dediqué a verlo y a limpiar su boca cada vez que le quedaban migajas.
No quise decirle la condición de mamá hasta que terminara. El desayuno no lo nutriría si se enoja.
Cuando acabó, se tomó el vaso de leche de un trago. Suspiró al terminar y la comisura de sus labios quedó manchada.
Iba a limpiarlo con mis dedos, pero Will aprovechó mi cercanía para darme un beso.
Miel y leche.
Diferente en esencia, pero con la misma dulzura que lo caracteriza.
Cuando se separó, fue él quien limpió mi boca. Después, como si no acabara de detener mi corazón, volvió a recostarse.
Al quedarme sin palabras, solo aparté la bandeja y volví a mi armario.
Organizar, sí. Debo organizar.
Los minutos pasaron con calma. No tuvimos noticias del exterior en dos horas completas. En ese tiempo logré limpiar y ordenar mi cuarto. También me dediqué a plasmar mis sentimientos en letras, como siempre hacía cuando no tenía palabras dispuestas a salir de mi boca.
Le regalé una carta ayer a Will.
Hoy tenía dos más.
¿Me veré muy intenso si se las regalo?
Creo que a él le gustarían. Se las daré antes de que se vaya. Para que pueda leerlas si me extraña.
Aunque teníamos planeado salir hoy también, mamá no parecía muy dispuesta a permitirlo.
Supongo que dejaremos el plan de la cantera para otro día.
Dos manos se apoyaron en mi escritorio, encerrándome. Luego sentí la cabeza de Will apoyándose en mi hombro.
-Espero que sean para mí.
-Sabes que sí.
Terminé la segunda carta, saqué mi tintero y le puse mi firma. Las dejé secando y me di la vuelta para mirarlo.
-Me voy a tatuar tu firma.
Tomé sus mejillas entre mis manos e intenté suavizar las marcas que la almohada había dejado sobre su piel.
-No digas tonterías.
-Lo haré, te lo juro.
Estoy seguro de que su mamá jamás dejaría que hiciera algo así. Levanté una ceja para que supiera que tenía en duda su juramento.
-Ya verás, Chance. Pero tú serás el único que podrá verlo.
-Supongo que lo esperaré.
No lo iba a tomar en serio; a Will le gusta molestarme así. Espero que él tampoco se lo tome en serio, un tatuaje no es algo que se pueda borrar fácilmente, y tener mi firma tampoco sonaba como una buena idea.
-Déjame hacer algo para ti.
Se sentó en mis piernas y me quitó la pluma de las manos. Esta vez fui yo quien lo encerró entre mi cuerpo y el escritorio.
Su cabello me hacía cosquillas en la nariz. Besé su hombro desnudo y le acomodé la camisa para que no se cayera.
Will empezó a pasar la pluma por el papel, tomaba tinta y me miraba de reojo.
-Es la primera vez que uso tinta. No sé si se verá tan bien.
-Estará perfecto.
No tenía ni idea de qué estaba haciendo. Pero si él lo hacía para mí, entonces cualquier cosa me gustaría.
Me perdí en su calidez. Mis ojos empezaron a pesar, apoyé mi cabeza en su espalda y me concentré en el sonido de la tinta salpicando. Todo era tan tranquilo.
-Es una buena pluma, pensé que sería más complicado manejarla.
Es necesario saber cómo usarla para que funcione; yo tuve que practicar semanas para que mi letra no parecieran garabatos. Will solamente es muy talentoso y no se da cuenta.
-Te la doy.
-Bien.
Siguió en lo suyo. Volví a cerrar los ojos, pero la paz no duró. La puerta sonó y la voz apagada de mamá resonó en la habitación desde afuera.
-Recuerda venir temprano para el almuerzo, Chance. No te demores en la casa de Will.
Resoplé, y con una coordinación inigualable, Will también.
-Lo sé, señora.
No dijo nada más.
La paz se rompió en segundos y ya no había forma de arreglarlo. Nos alcanzó lo único que no podía detener.
El tiempo.
-Mira. -La voz de Will también salió débil.
Él también se dio cuenta, ¿no? Era momento de separarnos.
Me asomé y por fin pude ver a lo que le había dedicado tanto tiempo.
Era yo.
En el papel.
-¡Dios mío, Will! Es precioso.
-Qué egocéntrico, corderito.
Lo atraje hacia mí y lo acuné contra mi pecho. Era por cosas como esa que Will me seguía pareciendo irreal; le tomó menos de media hora replicar mi cara y transformarla en arte.
Si eso no era una manifestación de Dios, no sabía qué podía ser.
-Es el primer dibujo que hago en meses. Estoy un poco oxidado.
-Es perfecto. Luzco mejor.
-Obvio no, me falta talento para retratarte, Chance.
Will se levantó de mis piernas solo para girarse y sentarse mirándome. Puso sus rodillas en mis costados y, con una mano, levantó mi mentón.
-Tengo que practicar. ¿Serás mi musa, corderito?
Mi cuerpo se estaba acostumbrando a responder por mí. Ya no me dejaba pensar antes de actuar.
Tuve que poner mis manos en el escritorio para no caernos. Sus labios me recibieron dispuestos, y sus manos se aferraron a mi camisa.
No fui tan delicado como me hubiera gustado. Otra vez terminé mordiéndolo. No sabía por qué seguía haciéndolo; simplemente ocurría.
Fueron dos o tal vez tres. Quizá cuatro.
No estoy seguro de eso; fueron demasiados para contarlos. Solo sé que mamá me llamó en algún punto y que Will se separó cinco segundos antes de que la puerta se abriera.
No podía mirar a mamá. Mi cara estaba tan caliente que sentía mis orejas arder, y seguro tenía los labios húmedos. Agaché la cabeza y fingí leer uno de los poemas.
-Es hora, Chance. Will ya debería volver a su casa.
-Ya me iba, Helen. Chance no tiene que acompañarme.
-Perfecto, le dije a Chance que podrías, pero insistió.
-¿En serio? Entonces que me acompañe.
Levanté la cara solo para mirar a Will. ¿Soy yo o se estaba contradiciendo? Él ya me estaba mirando; me dio una sonrisa burlona. Lo hizo a propósito. Estoy seguro.
Tuve que respirar hondo y levantarme, aún mirando al piso.
-Se lo prometí a tu mamá. Cámbiate y podemos irnos.
Mamá fingió toser y, después de una última respiración honda, me sentí preparado para verla. Ahora estaba presentable; ni una pizca del descuidado camisón, tenía una falda larga azul y una camisa por dentro. Se veía muy organizada como para estar en casa.
-De hecho, se me acaba de presentar un compromiso, yo lo llevaré en coche. Así no tendrán que caminar.
¿Me puso a prueba? Estoy seguro de que sí. No sabía qué respuesta esperaba de mí.
-Me parece una gran idea, Helen, eres muy amable.
-Ajá. Cinco minutos.
No nos dio tiempo a discutir; salió moviendo su falda, dejando la puerta abierta y no miró atrás.
-Creo que deberíamos tomarnos un tiempo, Chance.
¿Cómo?
-¿Cómo?
-Tu mamá, creo que ella sospecha algo. Se calmará si nos damos un tiempo.
Mi corazón debió pensar que nos estábamos muriendo, porque empezó a latir tan rápido que lo escuché en los oídos.
-No puedes dejarme. -Se mordió el labio y miró por la ventana. Me estaba evitando. No, no podía estar evitándome.
-Será una semana como mucho. En ese tiempo solo obedece a tu mamá y podremos vernos después.
Una semana. Una semana podría cambiar muchas cosas. Hace una semana que no conocía a Will.
Ahora era imposible imaginar un día sin él.
Se sentía como si me cortaran un brazo y me sacaran los ojos.
Una semana.
Sin Will.
-No puedo, Will. Es mucho. ¿Y si me olvidas? ¿O si nos volvemos a ver y no es lo mismo? No puedes dejarme. -No lo dejé hablar -¿Qué se supone que haga? ¿Y si después no me necesitas? Una semana es demasiado, pueden pasar muchas cosas en una semana. No puedes dejarme, lo prometiste. Lo prometiste.
Fue igual que vomitar, una vez abrí la boca no pude detenerme. Me quedé sin aire, pero las palabras siguieron. Y luego fue peor.
Comencé a sollozar. Un sonido roto se escapó de mi garganta.
Como un niño.
-Perdón, ya no lloraré, lo juro. Y si quieres que haga algo, lo haré. Sin dudar, lo prometo.
-¡Dios, Chance, no es así!
Las lágrimas no dejaban de salir. El mundo me daba vueltas y no podía moverme más allá de limpiar mis mejillas.
Will quiso acercarse. Dio un paso hacia mí y yo lo dejé. Me rodeó con sus brazos y solo me dejé caer. Acarició mi espalda y besó mi frente.
Me habló. Algo me dijo, pero fue la primera vez que no lo escuché. No podía dejar de escuchar un sonido agudo dentro de mi cabeza.
"Mírame, corderito"
Logré leerlo en sus labios.
Incluso en medio de mi ataque, asentí para que supiera que lo veía. Yo siempre lo veía.
-Estamos unidos, es imposible separarnos. Un poco de tiempo no cambiará eso. Podríamos pasar veinte años sin vernos un segundo y yo siempre te necesitaría. Siempre eres tú, ¿bien? Siempre.
Asentí, pero mis lágrimas no pararon. Agarré tan fuerte la tela de la pijama que casi la rompo. Eso era mejor que dejarle una marca a Will sin querer.
-Apenas se cumpla la semana ven temprano a mi casa, podremos pasar todo el día juntos. Y después de esto nada nos separará, ni siquiera tus padres. Estamos siendo precavidos, ¿recuerdas?
La única respuesta que obtuvo de mí fue otro sollozo
-Chance, te prometo que nada cambiará. Será como un sueño muy largo y aburrido.
-Una pesadilla. -Me dolió decir esas dos palabras. En cuanto salieron de mi boca entendí que había aceptado. Acabo de aceptar separarme de él.
Siempre termino cediendo.
-Tienes razón, será una pesadilla. Pero al despertar volveremos a estar juntos. Te prepararé una sorpresa, ¿qué tal? Imagina que necesito una semana para mi sorpresa y por eso no nos vemos.
-Debe ser una gran sorpresa.
-Lo prometo.
Dejarlo ir me hizo querer devolver el tiempo. Volver a la mañana, entrando a escondidas. O a la iglesia, dejándonos llevar por la calidez del otro.
Pero no tenía poderes.
Me tuve que resignar con un último beso sabor a miel y sus ojos llorosos.
Will tomó las cartas que escribí, les dio un beso y salió por la puerta con ellas en mano.
Seguía usando mi pijama.
Notes:
Nota de autora:
¿Tardé en actualizar? Si fue así, lo siento.
Es posible que en los próximos días sí tarde un poco más. Volví a la universidad y tengo varios exámenes pendientes, pero prometo aprovechar cualquier momento libre para seguir escribiendo.
Gracias por leer.
Chapter 16: Engañoso es el corazón más que todas las cosas
Notes:
Advertencia: Este capítulo contiene una breve escena, no explícita, de vómitos. No está relacionada con trastornos alimentarios, imagen corporal ni autolesiones. Se recomienda discreción si se es sensible con este tema.
(See the end of the chapter for more notes.)
Chapter Text
"...y perverso; ¿quién lo conocerá?"
Jeremías 17:9
Todo era silencioso.
Todo era silencioso y yo iba a volverme loco después de tan solo dos horas sin Will.
Era culpa de la certeza, me gustaba creer. Antes, no sabía cuando podría ver a Will. Ahora sabía que debía pasar por lo menos una semana, sin nada de nada. Si Will había decidido una semana, una semana sería sin ver un solo mechón de su cabello.
Tal vez era el ritual. Tal vez nuestras almas realmente se unieron y estamos condenados a sufrir en la ausencia del otro.
O tal vez yo estaba siendo dramático. Will no iba a desaparecer de la faz de la tierra, estaría en su casa o con sus amigos, disfrutando del verano.
Lejos de mí.
Olvidándome.
No, Chance. No pienses en eso. Siempre eres tu, recuerda.
No me quedó de otra que respirar y tratar de sobrevivir el resto del día. Seguro era como el síndrome de abstinencia y entre más pasara el tiempo más fácil sería manejarlo.
Solo debía mantener mi cerebro ocupado.
Mi habitación estaba impecable y ya no quedaba más por hacer, entonces terminé limpiando la cochera. Teníamos cajas selladas y un montón de telarañas en los rincones, el polvo era liviano pero se levantaba con solo mover la escoba.
Sentí las pequeñas partículas cayendo en mi cuerpo, no era una buena combinación con el sudor que salía de mi piel. Hace días que no me sentía tan ahogado por el calor, debía ducharme otra vez antes de dormir. Solo después de sacar la mayoría de polvo e intentar no tragármelo, me permití descansar, me senté en el suelo y organicé mi cabello.
Sentado ahí pude ver los viejos álbumes de mamá. Que raro, recuerdo intentar verlos de niño pero nunca me lo permitieron, después solo desaparecieron y mamá dijo que había olvidado donde los puso, siempre tuve curiosidad por saber que tenían.
Asegurándome que la puerta estuviera cerrada, tomé el primero.
La tapa era verde opaco, el papel estaba un poco amarillento pero sin una sola arruga y el plástico había hecho un trabajo estupendo al cuidar las fotos.
Las primeras eran solo paisajes en blanco y negro, la primera foto a color también fue la primera de mamá. Ella debía tener mi edad o ser solo un poco mayor, usaba un vestido azul y su cabello estaba lleno de rizos, un chico desconocido sostenía su mano junto con un ramillete. Un baile.
Las pasé una a una, viéndola crecer poco a poco. Mamá era una chica sociable, siempre estaba con otras personas y la única que aparecía varias veces era la señora Claudia. La última foto era de ellas con una túnica de graduación.
¿Por qué mamá no querría que yo las viera? Eran fotos muy bonitas.
Dejé ese álbum y tome el otro, que tenía un color rojo borgoña. Se veía un poco más nuevo pero seguía lleno de polvo.
La primera foto era mamá frente a un teatro, ella se veía mayor, más adulta pero más libre. Había dejado los vestidos y los listones y ahora solo parecía usar pantalones acampanados. Se veían muchas locaciones y fotos de carreteras.
Creo que encontré su "etapa rebelde" como ella la llamaba. Mamá no quiso ir a la universidad y prefirió recorrer todos los estados, fue así como conoció a papá. Me contaba esa historia miles de veces. Pero nunca me dijo que la señora Claudia la había acompañado, salían juntas en todas las fotos.
Me gustaría hacer algo así. Viajar siguiendo la carretera, sin un destino en concreto.
Con Will.
Intenté volver a concentrarme en las fotos. No quería pensar mucho en él. Iba a terminar deprimiéndome otra vez.
¡Las encontré! Las fotos del Woodstock, estoy seguro que es por estas fotos que mamá no quería enseñármelo. Tal vez la encontraría fumando marihuana o algo así.
Era increíble. Un caos organizado perfecto, cientos de personas en armonía conectados solo por la música, el amor y la paz. Lastimosamente mamá no le tomo fotos a los artistas, me moriría de la felicidad de haber encontrado una foto de Janis.
Después de eso, solo había más fotos de paisajes y de edificios gigantes. Nueva York.
Creí haberlo terminado cuando pasé varias páginas en blanco, pero encontré una sola foto casi hasta el final. Era la primera foto donde mamá no sonreía. Era una foto de su boda.
Y ella parecía embarazada.
Antes de poder hacer suposiciones unos pasos acercándose me obligaron a soltar el álbum y ponerlo en su lugar. Me levanté y fingí barrer, mis manos estaban húmedas y la escoba casi se me resbala.
Padre se asomó por la puerta, me miró fijamente y volvió a salir.
-Esta en la cochera Helen, te dije que no había salido.
Su voz se fue apagando conforme se alejaba. Cuando sentí que no había nadie cerca, dejé la escoba y me apoye en la pared.
Mis padres se casaron en el 69, el mismo año en el que se conocieron. Mamá dice que fue porque se amaban mucho y ser novios no era suficiente. Yo nací en el 71, entonces es imposible que sea yo.
¿Iban a tener otro bebé?
Mi cabeza se empezó a llenar de cada recuerdo posible, buscando indicios, pistas, cualquier cosa. Pero no había nada, jamás mencionaron un bebé antes que yo. Incluso hubo un tiempo donde estaba obsesionado con tener un hermanito menor y ambos solo negaron mi petición sin decirme porque.
Me agache para sacar el álbum de nuevo, tenía que volver a ver esa foto.
Lo abrí por la parte de atrás y la encontré sin problemas. Solo se podían ver de la cintura para arriba, no se veía muy claro por su ancho vestido, una ligera curvatura apenas visible. Imposible distinguir si era un vientre de embarazada o uno normal.
Saque la foto y acaricie sus rostros con mis dedos. La foto se sentía triste, no como una pareja de enamorados recién casados. Ninguno sonreía y se tomaban de la mano de manera tan poco natural que me dejaba claro que solo fue para la foto.
La levante y la puse contraluz para intentar descifrar mis dudas. No importó cuantos minutos la mire sin parpadear, a veces se veía embarazada y otras solo como si el vestido no fuera de su talla.
Solo me rendí, la guarde con cuidado en el álbum y también lo puse en su lugar.
Era imposible que estuviera embarazada, ellos me contarían algo tan importante como eso. Yo no miento y ellos tampoco. No guardo secretos y ellos tampoco. Así eran las cosas.
Tal vez a mamá simplemente no le favorecía ese vestido.
Debo dejar de crearme problemas. Tengo la mente tan revuelta que empiezo a imaginar cosas. Necesito distraerme con otra cosa.
Cargue cajas y barrí hasta que fue hora del almuerzo.
Almuerzo que no recuerdo.
Me senté en el comedor y al siguiente parpadeo estaba en el sofá con un libro en mano, con unas cuarenta hojas pasadas, como si hubiera leído todo este tiempo.
Mi cuerpo se paralizó apenas me di cuenta. Mire a los lados buscando una explicación. El reloj de la sala me dio una bofetada mostrándome que había pasado casi una hora.
Supe lo que paso en un instante. Otra desconexión. No lo entiendo, esto nunca me pasaba tan seguido, antes solo sucedía cuando había mucha gente o cuando estaba abrumado con mis sentimientos. No debían ser los nervios por la mudanza, ya había pasado una semana, era ilógico.
¿Qué los estaba desencadenando?
Deje el libro sobre la mesa, sin intención de seguir "leyendo". Me dejé caer en el respaldo, tenía el cuello entumecido y la cabeza me iba a explotar en cualquier momento, dolía mucho. Trate de recordar los consejos del abuelo. Mis ojos pesaron y los cerré sin dudar.
Palabras y sensaciones saltaron de mi memoria. La tierra era seca y hacía resbalar mis zapatos, mis dedos estaban pegajosos y el sonido de una vieja radio se escuchaba a lo lejos.
Tenía siete años y estaba tan asustado que no pensé cuando tomé la mermelada de la nevera y la comí sin cuchara, metiendo los dedos directo al frasco.
Había sido la primera vez que me di cuenta.
Hacía mi tarea de matemáticas y al segundo estaba peinando uno de los caballos. Su grueso cabello estaba en una trenza francesa y yo estaba temblando en el momento en que me di cuenta.
Salí corriendo de los establos, a punto de desmayarme. Azúcar, eso fue lo que pensé, necesito azúcar o podría desmayarme.
Terminé en las escaleras del porche, comiendo mermelada y llorando.
El abuelo fue quien me encontró. Se sentó a mi lado, y sin vacilar me contó que sabía lo que me pasaba.
Que él también había pasado por eso.
"Eres sensible Chance, y eso puede traer problemas. Pero todo problema tiene solución, solo debes saber como resolverlo"
Y tuvo razón, aprendí cómo sobrellevar mi desconexión. Supere la idea de perder unos cuantos minutos de mi vida.
No era difícil cuando tenía a alguien que me contaba lo que pasó después.
Pero otro problema acaba de aparecer. ¿Por qué se desencadenaban sin motivo y por qué eran tan largos?
¿Y cómo iba a enfrentarlos sabiendo que el abuelo ya no estaba?
Un suspiro se me escapó. Debo empezar a buscar una solución. Cada vez duraban más. ¿Y si algún día despierto y descubro que pasaron horas? ¿Días? ¿Y si mi cuerpo sigue viviendo mientras yo no estoy?
Un crujido justo detrás de mi me obligó a abrir los ojos. Perdí todo apoyo y casi me caigo de espaldas.
Bosque.
Estaba justo al borde del bosque.
¿Cómo llegué aquí? Estaba en sofá, sentí el apoyo de la madera en la espalda, la sombra del techo. No fue un parpadeo, realmente estaba ahí, lo sentí.
¿Entonces que paso? Si fue una desconexión, nunca había tenido una tan seguida. Me toque la cabeza y la sentí hirviendo, como si llevara horas bajo el sol. Pero acabo de llegar, estoy seguro.
-¿Qué haces ahí, cariño? Está haciendo mucho sol, ponte a la sombra.
El sonido que me sacó de mis recuerdos fue la puerta trasera abriéndose. La vieja y desgastada madera fue mi salvadora.
Iba directo al bosque sin estar consciente.
Un nudo en el estómago se me empezó a formar. Esa sensación de pavor familiar me llenó, subió desde los dedos de mis pies hasta mi columna.
Algo me observaba.
Arriesgándome, miré hacía el bosque otra vez.
Nada.
Las hojas se movían, el sol pasaba por las ramas y los pequeños insectos sonaban, dispersando el silencio en el que antes se encontraba todo.
Sin dejar que algo volviera a pasar, entre por la puerta casi empujando a mamá y tuve que apoyarme en el mesón cuando mis piernas fallaron. No parpadee, no podía arriesgarme a desconectarme de nuevo.
¿Qué fue todo eso?
-¿Chance, qué te paso? Me estas preocupando, ¿Fue el sol? ¿Estás mareado?
La boca se me llenó de agua, tuve que tapar mi boca mientras se me pasaba, por si me daban más ganas de vomitar. Solo pude negar con la cabeza y mirarla con los ojos empañados y temblorosos.
-Me siento muy mal mamá.
Mi voz se corto por culpa de una arcada. Me cubrí la boca con más fuerza y me recosté en el mesón, todo giraba y giraba sin parar. El mundo daba vueltas y yo era el único quieto.
-Espera un momento cariño, no vomites, espera.
Escuche a mamá abrir cajones y mover bolsas, luego sus delgados brazos me sostuvieron y una bolsa se puso justo debajo de mi boca. No pude seguir conteniendo mi estómago y lo vacié ahí mismo. Las lagrimas tampoco se hicieron esperar. Me sentía mal, muy mal.
Cuando termine y lo único me quedo fue un ardor infernal en la garganta, pude apoyarme en mamá. Ella siguió sosteniendo la bolsa, esperando.
-Estoy mejor mamá.
No estoy mejor, todo sigue dando vueltas, si me suelta voy a caerme.
-¡Clyde, ven ya! ¡Chance esta muy mal!
Los pasos no se hicieron esperar, una mancha de color apareció en la puerta y sin dudar se acercó para sostenerme. Un olor fresco y limpio me invadió. Era papá.
-Chance, mírame hijo -Intente subir la cabeza, pero solo sentí que iba a caerme, tuve que seguir negando. No podía- ¿Qué te paso, hijo?
-Creo que tiene una insolación, tiene la cabeza caliente y lo vi en pleno sol, lleva casi media hora afuera, lo vi salir y cuando volví a revisar seguía en el mismo lugar.
Media hora.
Fue media hora. Media hora bajo el sol sin darme cuenta. Media hora reducida a un segundo para mi.
Fue inevitable soltar otra arcada. Mamá salto a ponerme de nuevo la bolsa pero esta vez no pude expulsar nada. Solo un apretón seco en el estómago, como si se retorciera dentro de mi.
Volví a llorar, porque estaba perdido y solo. Porque dolía mucho, mi estomago, mi cabeza, mi garganta y mis rodillas. Todo dolía.
-Cálmate, hijo. Te voy a llevar al sillón pero necesito tu ayuda ¿Si? Intenta caminar.
Solo pude asentir e intentar pararme. Temblaba, pero logre aferrarme a papá para caminar y tuve que cerrar los ojos para no ver todo girando.
Llegar hasta la sala fue una tortura. Me tropecé varias veces, por suerte papá me atrapo en todas. Sentarme en el sofá fue peor, esa simple acción se sintió como si clavaran agujas en lo profundo de mi cerebro.
Lo peor era el frío, no me había dado cuenta del frío que hacía, podía sentirlo hasta en los huesos. Me acurruque en el pecho de papá, el estaba cálido. Sus brazos me rodearon y su mano se apoyo en mi frente.
-Tiene fiebre, ¿Qué hacemos Helen? No tenemos antipiréticos.
-Voy al pueblo a comprar. Quédate con él, ya no tiene nada en el estómago entonces no podrá vomitar.
No escuche nada más. Lo único que me anclaba ahora era papá. Sin él estaría perdido, sin tiempo o espacio. Así que lo abrace como no lo hacía hace años, cuando estaba asustado y sabía que con él jamás me pasaría nada. Era raro, sentía que mi centro de gravedad no funcionaba pero me preocupaba más porque hace años que no abrazaba a papá. Me pregunto si él también lo extraño.
-¿Que fue lo que paso, Chance? Se que no eres tan descuidado como para pararte al sol y más con el calor que hace hoy.
Papá sabía de mis desconexiones, todos en la familia lo sabían, pero jamás supo mucho a profundidad, para él solo era yo siendo distraído. El abuelo era el único que podía entenderlos.
-Esta volviendo a pasar, ya sabes...Las desconexiones.
No pude evitar decirle la verdad, quería abrirme con papá. Que me ayudara como el abuelo me ayudaba.
-Ay por Dios, Chance. ¿Te provocaste una insolación por andar despistado? Debes ser más responsable, ya estas muy mayor como para tener esos episodios.
Olvídalo, es imposible que mi padre lo entienda. Él nunca ha sentido el miedo de no tener control sobre tu cuerpo, es incapaz de saber lo que siento y no sabría como ayudarme.
-Perdón, señor. Intentare que no vuelva a pasar.
Su mano se movió sobre mi cabello y lo despeino, con más delicadeza que de costumbre. No dijo nada más y nuestras respiraciones fueron las únicas en llenar el silencio.
Cuando el mareo fue disminuyendo, aunque muy poco la verdad, pude abrir los ojos.
-Así que... tu amigo ¿Bill?
-Will.
-Will, claro. ¿Cómo dices que lo conociste? No recuerdo haberlo visto en la misa.
¿De donde venia ese interés? A mi padre no le importaba mucho eso, él estaba conforme si la persona era decente y ya. Nunca me pregunto por mis amigos inexistentes.
-Fue después, cuando fui a preguntar sobre el coro. ¿Por qué?
-¿Tiene tu edad? Se veía muy pequeño. Dile que puede venir a almorzar cuando quiera, se ve como un buen chico.
Y eso si que me sorprendió. Lo mire tan rápido que mi cuello trono y todo volvió a dar vueltas unos segundos.
-¿Te agrada? Vaya.
-¿Porque no lo haría? Es tu primer amigo ¿No?
-A mamá no le agrada.
Él me miró como si le dijera que el cielo es rojo, la sorpresa se leía clara en sus ojos. Se quedo así unos segundos, como procesando la idea.
-¿A tu mamá? Imposible, a tu mamá le agradan todos. Hasta los que no deberían.
Solo pude encogerme de hombros, porque era la verdad. Ese simple gesto volvió a desencadenar un dolor de cabeza inmediato. Me quede quieto esperando a que pasara, papá se tuvo que dar cuenta porque volvió a acariciar mi cabello y dejo las preguntas.
Fue lindo pasar tiempo con él, con los mareos y todo. Supongo que debo sacarle un lado positivo a mi creciente locura.
Mamá entró por la puerta unos minutos después, ya trayendo un vaso con agua. Primero tuve que darle unos sorbos, porque esas pastillas no pasarían por mi garganta como la tenía. Fue después de eso que las trague una por una. Eran amargas, y algunas se disolvieron antes dejándome un regusto repugnante.
Tuve que pasar por otra tortura mientras papá me ayudaba a subir hasta mi cuarto, pero valió la pena cuando mi cuerpo toco la cama y pude descansar. Mi almohada olía a manzanilla y las sabanas eran más suaves que las nubes del cielo. Mamá se sentó a mi lado y reviso mi frente, después solo suspiro y miro a la pared.
-Duérmete un rato cariño, nosotros estaremos revisándote.
Cerré los ojos sin contestar e intente dormir. Fueron las voces de mis padres las que no me la dejaron tan fácil, no habían salido de mi habitación y trataban de susurrar sin éxito.
-... hospital, lo inyectarán un poco pero mejorara. Vomitó, Clyde, eso es un signo... grave.
-No, mi hijo no ira a un hospital si no lo..., él estará bien. Yo me...vigilarlo.
-Estas siendo terco. ¿Y si es grave y no...? Las cosas no son..., saldrá en unas horas.
-No lo sabemos. Se...en casa y punto. Ahora...aquí, no lo despertemos.
No entendí ni la mitad de lo que dijeron, el cansancio de la noche en vela más las pastillas me arrastraron a un sueño sin sueños.
Solo la sensación de flotar. Y la calidez envolviéndome.
Me desperté en varias ocasiones, solo para acomodarme y seguir durmiendo. El sol fue bajando poco a poco, y en mis pocos segundos de conciencia pude ver el precioso atardecer, las nubes eran rosadas y naranjadas.
Un rayo de sol entro por mi ventana y me pegó directo en la cara, todo bajo su luz era dorado, un suave dorado. Interrumpí mi descanso solo para vivir este momento, la cortina danzando con el viento y la luz en mis mejillas.
Espero que Will también lo esté viendo.
El dolor de cabeza había desaparecido, dejándome por fin libre para pensar lo sucedido.
¿Qué fue todo eso? Fueron dos saltos casi consecutivos, uno de una hora y otro de media hora.
Y esa sensación, de solo pensarlo me da escalofríos. Hace días que no me sentía observado y además, la primera vez no se sentía así, ni de chiste. La mirada de hoy era pesada, me recorrió todo el cuerpo, hasta los nervios, era imposible esconderse de ella. Sentí que sin importar donde me escondiera, lo que sea que me miraba me encontraría.
Basta, Chance, suficiente por hoy. Si sigo pensando me volveré loco.
Tuve que frenarme antes caer en otro espiral. Hice ejercicios de respiración e intente concentrarme en el atardecer.
La luz se apagó poco a poco, el cielo se oscureció y las estrellas fueron apareciendo. Podía ver La Osa Mayor desde mi ventana, una de las pocas que sabía reconocer.
Me levante, desprendiéndome de mi almohada. Mis manos rozaron mi cara y ardió de inmediato. Cierto, insolación. Seguro parecía una manzana madura.
No pude levantarme de la cama porque mamá apareció con una bandeja y se sorprendió al verme despierto.
-Chance, que bueno que despertaste. Es la segunda vez que subo. ¿Te sientes mejor, cariño?
-Sí, mamá. Lamento preocuparlos.
Ella se acercó, se sentó a los pies de la cama y dejo la bandeja en mis piernas. Era una sopa de verduras, no tenía mucho apetito pero no iba a desperdiciar comida. Tome la cuchara sin ánimo pero no pare hasta terminar. No tenía sal.
Mamá levanto el plato y salió sin decirme nada. Un minuto después volvió con una crema, la que ella usaba todos los días. Estaba metida en un frasquito delicado color morado cristalino. Voy a pedírselo cuando se le acabe la crema, conozco a alguien que amaría ese frasco.
-Es hidratante, te ayudará con tu carita.
Me lo dio sin abrir y dejo que yo solo la aplicara. Mientras sentía la frescura por mi piel, vi a mamá caminar por mi habitación, mirando todo. Se detuvo en mi escritorio. Espere a que siguiera evaluando pero se quedo ahí quieta.
-¿Mamá? Ya termine.
Vi como sus hombros subían con una gran inhalación. Se daba la vuelta y me dedicaba una sonrisa. Tenía una hoja en la mano y la soltó en la mesa sin dejarme ver que era. No tenía poemas sueltos por ahí, ni hojas de mi diario.
-Perfecto. Déjala aquí para que te la apliques en la mañana.
La puse en mi nochero, junto a mi despertador. Algo tan frágil destacaba entre todas mis cosas.
Luego me volteé para verla a ella. Iba a decirme algo, se veía ansiosa y distraída. Fue hasta la ventana, miro de lado a lado y la cerró, estancando el aire, dejándome oler el aroma de la crema en mi cara, aloe.
-Quiero preguntarte algo cariño, y espero que seas muy honesto.
Eso me alarmo. Si bien mamá también sabía de mis desconexiones, el abuelo nunca le dijo de la gravedad de ellas, solo que yo estaría distraído y que no le prestaría mucha atención si me hablaba a la mitad de una de ellas.
-Claro mamá.
Ella se paró firme frente a mi, mostrando una postura confiada que no combinaba con su indecisión de hablar. Abrió la boca varias veces solo para terminar mordiéndose el labio. Me miro por ultima vez para después bajar la mirada al piso.
-¿Cómo es tu relación con Will?
Vaya, eso no me lo esperaba. Creí que iba preguntarme por lo de hoy. Parece que la imagen de su hijo vomitando sus entrañas mientras llora no le dejo dudas.
-Pues...¿Buena? Es mi mejor amigo.
Mamá no levanto la mirada, solo arrugo la nariz y jugo con su cabello.
-¿Solo tu mejor amigo?
-¿Sí? ¿Qué otra cosa sería?
Vi como el aire salía de sus pulmones, su cara se relajo por completo y volvió a sonreír.
-Genial. Aunque creo que sería bueno que tuvieras más amigos, no sabes cuando Will podría dejarte. Las amistades no son para siempre.
Él no me dejaría. Estamos unidos.
Pero no puedo decirle eso a ella. Sabría que le mentí.
-Lo intentaré mamá.
Ella dio un saltito donde estaba y se acerco a mi cama por fin, dejo toda ansiedad y volvió a ser ella.
-Creo que el hijito de Karen puede ser una buena opción, deberíamos visitarlos. Tenemos una cena pendiente.
Solo levante los hombros. Podría intentarlo por ella, aunque no me emocionaba mucho la idea.
Antes de que mamá se fuera se me ocurrió una idea. Espero poder sacarme al menos una duda. No podre dormir si sigo con tantas interrogantes en la cabeza.
-¿Puedo yo preguntar?
-Claro, cariño. Pregunta.
-¿Querías casarte con papá? ¿Eras feliz?
Y volvió a quedarse congelada. Esquivo mis ojos y sus manos volvieron a su cabello. Se quedó mirando el piso y su mano apretó mi acolchado. ¿La incomodé? Pensé que preguntarle eso sería mejor que preguntarle sobre el posible embarazo.
-Claro que si, lo amo. Yo quería casarme con él. ¿Por qué lo preguntas cariño? ¿Él te dijo algo? Sabes como es, siempre se queja de todo. No le hagas caso.
No podía contarle de la foto, tenía prohibido ver sus álbumes. Tampoco podía decir que papá dijo algo, él me delataría sin dudar y yo no quería culparlo de lo que parecía un tema sensible.
-Recordé que me contaste que se casaron el mismo año en que se conocieron. Solo pensé que sería muy apresurado. No conoces a una persona en unos meses.
Ni en una semana.
Deseché ese pensamiento apenas apareció.
-Ay no, fue perfecto. Ambos conectamos apenas nos conocimos, fue como en los libros. Dios lo puso en mi camino para estar a su lado para siempre, así debía ser.
A pesar de decir todo eso, no levantó la vista ni un segundo.
- Fue uno de los mejores días de mi vida, solo después de tu nacimiento.
No supe cómo sentirme con eso.
Porque mamá obviamente mentía.
Notes:
Nota de autora:
Después de una larga espera, por fin está aquí el nuevo capítulo.
Se revelaron varias cosas importantes y tengo muchísima curiosidad por saber qué piensan. ¿Ya tienen teorías? Me encantaría leerlas en los comentarios.
Voy a aprovechar que estoy de vacaciones para publicar con más frecuencia, así que prometo no volver a desaparecer por tanto tiempo.
Como siempre, muchísimas gracias por leer, por acompañarme en esta historia y por todo el apoyo. Espero de corazón que hayan disfrutado el capítulo.
Chapter 17: Dios mío, clamo de día, y no respondes
Notes:
(See the end of the chapter for notes.)
Chapter Text
"...Y de noche, y no hay para mí reposo."
Las piedras se enterraban en mis pies descalzos.
La piel cortada ardía con cada paso que daba y dejaba caer pequeñas gotas de sangre, haciendo un rastro. El color carmín resaltaba entre el verde artificial de la hierba.
Lo que menos quería era que me encontrara pero no sabía desde cuando empecé a sangrar, era imposible deshacerlo ahora.
Llevaba horas escapando de él.
No importó que tan rápido corrí o cuánto me escondí. Siempre me encontraba.
Estaba cansado, necesitaba sentarme. Un minuto, solo eso pedía.
Me choqué con varios árboles mientras salía del espeso bosque por el que llevaba horas caminando, solo para encontrarme rodeado de girasoles.
Era un campo entero, tan alto que podía taparme, con un amarillo tan vibrante que los hacía parecer flores falsas. Su olor terroso y suave demostró que eran reales, pero como todo a mi alrededor, se esforzaban por parecer perfectos.
Serían suficientes por el momento, podría esconderme y tomar aire.
Me adentré entre los tallos, intentando no dañar alguno por error. Mientras más caminaba, más seguro me sentía, era imposible que me encontrara aquí, ni siquiera yo podía ver mi sombra.
Cuando sentí que había caminado lo necesario, me tumbé en la tierra sin elegancia y por fin pude descansar. ¿Qué podía hacer para escapar? Mis pies no soportaban otro tramo, tenía la garganta tan seca que ardía y me sentía cada vez más perdido.
Me recosté en la tierra, sabiendo que no me mancharía por más que me revolcara entre ella. Miré el cielo de azul perfecto con nubes blancas puras, eran las nubes con más forma de nube que había visto. Me enfermaban.
¿Qué hago? Dios ¿Qué hago?
No había salida. Estaba atrapado aquí.
Ya había rezado, suplicado e implorado a Dios. Pero ni siquiera él me dio respuestas.
Nada funcionaba.
Ni siquiera cuando tomé medidas extremas e intente despertarme por medio de una herida. Dolió mucho, corté, arañe y mordí, pero no fue suficiente.
¿Esto seguía siendo un sueño? Todo se sentía tan real, mi cansancio, el sudor que cae por mi frente, la herida en mis pies descalzos. No creo que sea un sueño.
¿Morí mientras dormía y este era el infierno? Toda mi vida había tratado de imaginarlo pero esto era peor, mil veces peor. Sobre todo él.
El sonido de unas delicadas pisadas fue lo único que me sacó de mis pensamientos. La hierba crujió en mi dirección y no tuve tiempo de procesarlo antes de empezar a temblar.
Ay no, no, no.
¡Lo sabía! ¡Es imposible escapar de él!
¡Me encontró! ¿Pero cómo? Logré perderlo dentro del bosque.
Forcé a mis piernas a levantarse y correr. No quise mirar atrás, sabía que me seguía con esa calma antinatural.
Hojas quebrándose, unas pezuñas sonando en contra de la tierra. Solo él podía escucharse, mis pasos apresurados no emitían ni un sonido, ni mis sollozos ahogados.
Cada vez más cerca, sin darme una posibilidad.
¿Por qué me detuve, Dios? Tuve que seguir corriendo, incluso si mis pies no dejaban de sangrar.
Una voz parecida a la de mi padre sonó en mi cabeza diciendo que fuera hombre, que lo enfrentara. Estuve a punto de hacerlo pero recordando nuestro primer encuentro mi sangre se heló y mis pies corrieron más rápido. No podía, no contra eso.
Mi instinto gritaba que parara, no le hice caso. Seguí corriendo, no podía soportar sentirlo de nuevo.
Como todo parecía estar en mi contra, uno de los girasoles se enredó en mi pie como una enredadera, haciéndome caer. No pude quitármelo por más que jalé, estaba adherido a mi piel, intentando fusionarse conmigo. El hueso de mi tobillo chasqueó con un sonido seco.
Lo rompió.
Mi mente se nubló por el dolor, lo único que se me vino a la mente fue que mis gritos eran similares a los de un animal herido.
Todo era borroso.
Los demás girasoles fueron inclinándose, cómo si el viento los moviera.
No había viento.
Ellos también buscaban enterrarse en mi piel. Se aferraron por mi espalda y torso, no podía respirar bien. Apretaron mis costillas.
¿También iban a romperlas?
Se subieron por mi rostro y lo apretaron. Un tallo terminó justo sobre mi lengua, era áspero y amargo, no se movió por más que lo mordiera.
Ahora ya no podía gritar de dolor. Quería hacerlo, incluso si sabía que no se iba a escuchar.
Cuando pensé que estaba en lo peor, él se acercó.
Intente escapar, no me importaba arrancarme la piel, arrancarme la lengua o quebrarme los huesos, solo sabía que debía alejarme de él. No quería sentirlo, prefiero morir antes de sentirlo.
Lo primero que vi fueron sus orejas asomarse entre los pétalos, pequeñas y peludas. Hechas para escuchar hasta el más pequeño de los murmullos.
Luego fueron sus patitas temblorosas, moviéndose con gracia.
Manchas blancas sobre su lomo, como pizcas de pureza y una naricita olfateando el olor de mi sangre.
Lo peor vino al final. Esos ojos, malditos ojos que me recordaban tanto a él.
Húmedos y grandes, con una mirada de inocencia perpetua.
El pequeño cervatillo se acerco y se recostó justo enfrente de mí. Se acurrucó contra la hierba y movió su colita de un lado a otro.
No apartó sus ojos de mí.
Fue instantáneo.
El frío se metió por todos mis poros, no me dio misericordia. Abrió cada parte de mí y se adentró como si yo fuera suyo.
La sangre comenzó a subir por mi garganta, dejándome un sabor metálico y la sensación de calor por todo mi esófago.
Dejé de sentirme.
Ya no era yo.
No existía.
Jamás podría existir con él junto a mí.
Toda mi existencia, robada.
Estaba desapareciendo, mientras lo sentía a él por todo mi cuerpo, invadiendo. Cada vena y arteria, mancillada.
Y cuando creí que ya no quedaba nada.
Desperté.
Lo primero que escuché fueron los sollozos de mamá, luego la voz de papá llamándome desesperado. Unas manos se aferraban a mis hombros y me sacudían. No pude abrir los ojos, los párpados me pesaban y aún podía sentir los tallos enterrándose en mi. Luego, en lo que creo que fue un movimiento desesperado, mis pulmones se llenaron de aire.
Estoy vivo.
Sigo aquí.
La luz me cegó por un momento, parpadeé varias veces para orientarme. Estaba en mi habitación, mi padre estaba al frente agarrando mis hombros, y mamá estaba llorando mirando a la pared.
-¿Mamá?
No reconocí mi voz, sonaba mal, forzada. Y el dolor que me provocó decir esa sola palabra no se lo deseo a nadie. Creí que volvería a sangrar por la garganta, tuve que llevarme la mano hasta ahí y comprobar que no estuviera rota.
-¡Chance! ¡Ay Dios, mi bebé!
Ella se lanzó sobre mí, me acunó contra su pecho tan fuerte que casi me cortó la respiración. Papá tampoco esperó una invitación, nos abrazó a ambos y juro que escuche un sollozo salir de él. ¿Qué había pasado?
Tuve que esperar a que le alejaran para hacerles señas sobre mi garganta.
-¿Te duele?
Asentí, y luego hice la mímica de beber. Necesito agua, podría desmayarme si no tomo un trago ya.
Papá tuvo que ir porque mamá no daba señales de querer quitarme la vista de encima. Ella seguía pasando sus manos por mi cara, comprobando algo que yo no sabía.
-Nos pegaste un susto tremendo, bebé.
Quise preguntar que había pasado pero me rehusaba a volver a hablar. Intenté haciendo muecas con la cara, pero ella se volvió a perder en su mente, pasando sus nudillos por mis mejillas.
Una corriente de aire entró por la ventana, débiles rayos de sol iluminaban la habitación pero no aligeraban el ambiente que se sentía estancado, pesado. El sol estaba cubierto por las nubes intentando iluminar hasta la última de las sombras.
Me recosté mirando hacia la ventana, buscando la prueba definitiva.
Las nubes eran grandes, blancas e imperfectas. Eran perfectas y reales.
Una pesadilla, realmente fue una pesadilla.
La más horrible que he tenido.
Papá entró por la puerta, traía consigo un vaso y una jarra llena de agua. Me levanté de inmediato y esperé a que me lo pasara. Sus manos temblaban mientras llenaba el vaso, tenía en la ropa arrugaba y sus pestañas estaban húmedas ¿Él estuvo llorando?
No pude pensar más cuando me pasó el vaso. Tragar quemó, pero eso no me detuvo hasta acabar con la última gota.
Estaba tan desesperado por beber que derramé un poco sobre la cama. El agua se regó por mi brazo y empapó mi pijama.
Ninguno de ellos me regañó.
El agua fresca se llevó el regusto metálico de mi lengua y calmó las cuchillas que seguro tenía clavadas en la tráquea para que me doliera tanto.
Un suspiro salió de mis labios sin querer al terminar, no dolió.
Adiós al recuerdo de esa horrible pesadilla.
-¿Qué pasó? ¿Por qué están tan asustados?
Con una coordinación asombrosa, ambos se miraron y parecieron llegar a un acuerdo en segundos. El color que mamá había obtenido volvió a esfumarse, dejándola pálida. Papá la apartó de mi lado y tomó su lugar, sostuvo mis manos y las frotó.
No me había dado cuenta de lo frías que las tenía. Mis dedos estaban rígidos y no pude moverlos cuando lo intenté.
-No pienses mucho en eso, tuviste fiebre toda la noche. No te despertabas y solo estábamos preocupados.
Me sentía tan cansado que no quise seguir preguntando, solo agregué esta mentira a la lista mental que había comenzado.
Fingí creerles y volví a servirme otro vaso. En lugar de tomar agua, apoyé el cristal contra mi mejilla y trate de enfriarla. Las gotitas chorrearon y mojaron más la tela.
Este frío se sentía natural, acogedor.
Mamá pareció salir por fin de su trance y sin decir nada, me quitó el vaso y lo puso en la mesa de noche. Se levantó y abrió mi armario, rebuscó entre las camisas hasta que encontró una adecuada.
Una camisa sin mangas, de blanco impoluto. Jamás la había usado.
Estuve por levantar mi camisa y cambiarme ahí, pero un recuerdo de cierta mordida en mi brazo me detuvo. La marca de mis dientes seguía siendo visible y el color morado todavía pintaba mi piel.
Ellos no pueden ver eso.
-No es necesario mamá, voy a ducharme ya. Si tuve fiebre entonces debo estar muy sudado.
Ella no insistió, la dejó en lo profundo del armario otra vez y lo cerró. Se quedó mirando a la puerta, jugando con sus dedos. Se veía triste, como si en cualquier momento fuera a romper a llorar.
Cómo ninguno de los dos hablaba, me senté en la cama y trate de levantarme. Mis piernas temblaban, como si llevara horas corriendo. Apenas puse un pie contra la madera, un calambre me subió desde el tobillo hasta el muslo.
Intenté moverme para que pasara pero eso solo lo empeoró, tuve que quedarme quieto, con la mirada fija de mis padres mientras ellos analizaban cada movimiento que hacía. Por Dios, no voy a desvanecerme en el aire, se están comportando tan raro hoy.
Cuando pude apoyar el pie me levanté y casi corrí hasta el baño. No quiero darles tiempo de inventarse algo para acompañarme al baño, eso supera mis límites.
Me apoyé en el lavamanos mientras me peinaba el cabello. ¿Cuánto tiempo llevo despierto? Con esa manera de despertar siento que han pasado horas.
Alcé la mirada y tuve que sostener más fuerte al ver lo que había en el espejo.
Estaba tan pálido como un muerto, tenía unas ojeras tan grandes que perecían golpes y mis labios estaban azules, como si hubiera estado a punto de ahogarme.
Ahora entiendo porque me miraban así, me veo muy mal.
¿Qué fue lo que realmente paso?
Una fiebre jamás me dejaría así, gracias a Dios tengo unas buenas defensas y casi nunca me enfermo. Ahora parecía a punto de cruzar el umbral entre la vida y la muerte y no tenía ni idea de por qué.
¿Fue la insolación? Si de verdad fue eso debo comprar otro protector solar y usarlo todos los días, hasta que el calor se calme. No puedo permitirme quedar así otra vez.
Al menos sé que Will no me verá así. Me daría vergüenza.
Abrí la llave del lavamanos y llené mis palmas ahuecadas con agua. Bajé mi rostro y lo rocié con el agua, necesito despejarme.
¿Debería leer un nuevo libro? Creo que había alguno por ahí que no he leído ni una vez. Tal vez cocinar, le prometí a Will más beignets.
O podría darme una vuelta por el pueblo, podría encontrar algo que hacer. No conozco las calles, así que explorar antes de volver a clases es una buena idea.
Mi espalda se puso recta, mis dedos temblaron y casi me caigo al voltear.
Había algo detrás de mí.
Lo sentí.
Algo me miraba.
Pero no había nada.
Estaba solo.
Si, estaba solo.
No hay nada Chance, no seas paranoico.
Cerré la llave.
Toda la casa estaba en silencio, nadie caminaba ni hablaba. Ni siquiera escuche mi respiración.
Inhalé.
Exhalé.
Lo único que se escuchaba era una gota cayendo contra la porcelana.
Ploc, ploc, ploc.
Una tras otra.
Me empecé a quedar sin aire cuando incluso eso se detuvo.
Silencio total.
No aquí, no de nuevo.
Las paredes empezaron a asfixiarme, cerrándose contra mí. No había por dónde escapar.
Apreté los ojos hasta que dolieron y camine hasta la puerta sin abrirlos. Tanteé la madera buscando la manija y la abrí.
Me atreví a abrir los ojos cuando sentí la luz contra los párpados. Tiré la puerta sin voltear, golpeó tan fuerte el marco que el piso a su alrededor retumbó y el grito de mamá se escuchó desde el piso de abajo.
-¡Chance!¡¿Paso algo? -Pasos apresurados subieron por las escaleras. Luego sus delgados dedos agarraron los costados de mi cara, obligándome a mirarla.
Las explicaciones quedaron atrapadas en mi garganta, que volvía a doler. El sabor salado de mis lágrimas entro a mi boca.
-Dios mío, cariño ¿Te caíste? Dime algo.
Ella intentó limpiar mis mejillas, pero fue imposible, cada lágrima era reemplazada de inmediato.
¿Qué se supone que le diga? Yo tampoco sé que paso.
Todo estaba bien hasta que ese maldito silencio llenó todo, entré en pánico sin razón y ahora estoy llorando porque estoy aterrado y no tengo idea de porque.
Solo la abracé.
Terminé recostado en mi cama durante todo el día, sin ducharme ni comer. Mamá subía a revisarme cada hora y papá apareció en la tarde, se quedo en silencio mientras hacía su trabajo en mi escritorio y no me preguntó nada incluso si cada vez que nuestras miradas se cruzaban él terminaba susurrando algo.
No pude hablar hasta que anocheció.
Ayer no sentí el día, fue tan rápido que casi no recuerdo nada. Hoy por el contrario, fue como si cada minuto se multiplicara. Las horas pasaron sin cambios, me entretuve mirando por mi ventana, viendo las hojas de los árboles caer, las nubes cambiar de forma y acercándome al cristal para empañar la ventana y dibujar sobre ella.
Imaginando a Will saliendo de las sombras para distraerme de todo.
Su olor ya se había desvanecido de mi almohada, dejándolo solo en mi memoria.
Lunes y martes, no llevaba ni la mitad de la semana y ya estaba desesperado por saber cómo estaba. Era increíble cómo podía colarse en mi mente incluso con todo lo que ha estado pasando.
Estaba mirando al techo, recostado en mi cama y con los pies saliendo por la ventana, con el viento haciéndome cosquillas cuando papá corto el silencio por fin.
-Chance, es hora de la cena. -No creo ser capaz de retener la comida, así que intenté hacerle ojitos para no tener que bajar.
-Y no me hagas muecas, que conmigo eso no funciona. -Él ni siquiera me miró antes de regañarme.- Debes comer algo antes de dormir, y ponte por lo menos unas medias.
Padre recogió todos sus documentos, estiró su espalda haciéndola sonar y salió de mi cuarto sin agregar nada más. No me espero.
Sus pasos bajando las escaleras se escucharon a lo lejos.
Supe que llegó al piso de abajo cuando el último escalón soltó un crujido agudo, como si las tablas fueran a partirse por la mitad.
Me puse un par de medias que tenía debajo de la almohada. La tela era suave y me quedaban largas, el color rosa dejaba claro de quien eran, pero mamá no se enojaría si las tomaba prestadas.
Abrí la puerta y me quedé pasmado, el pasillo era oscuro. Tan oscuro que no podía ver dos pasos frente a mí. Me devolví a mi cuarto y busqué algo con que iluminar.
Nada en los cajones y menos en mi escritorio. No tenía linternas en mi cuarto, estoy seguro que la única que hay la tiene papá y ya no tiene baterías.
En casa alumbramos con velas. Que tampoco tengo aquí.
Muy bien, Chance. Tienes catorce años, no debería darte miedo un pasillo oscuro, caminas, bajas las escaleras y llegas. No hay misterio.
Respiré hondo y me sumergí a la oscuridad.
El recorrido se sintió eterno. Cada vez que escuchaba la madera crujir, se me erizaba la piel. Incluso llegué a imaginarme pasos detrás de mí.
Lo peor fue pasar al frente del baño. Me cubrí los ojos mientras pasaba por ahí pero fue inevitable no detenerme para intentar oír algo.
Ploc, ploc, ploc.
Seguí caminando, solo había sido mi imaginación, una tan vívida que me impidió ducharme por primera vez en mi vida.
Estoy sensible, sin Will, con mi mamá mintiendo y esa horrible pesadilla. Es normal que no pueda procesar las cosas bien.
Sí, mañana será otro día. Todo estará mejor.
Terminé bajando las escaleras sin darme cuenta. No fue tan difícil como pensaba.
-Solo hice sopa para ti, cariño. Necesitas fuerzas.
El olor a carne guisada y sopa me recibió cuando entré al comedor. Había vapor saliendo de la puerta de la cocina y las ventanas estaban abiertas para que el calor no se quedará atrapado.
Me senté en mi silla mientras los veía orar. Cuando intenté unirme, papá rechazó mi mano y me dejó esperando.
No es mi culpa llegar tarde, él no tiene que pasar por la mitad de un pasillo espeluznante con la paranoia por el cielo.
Me quedé callado durante toda la cena, esta vez por decisión propia. Mis padres estuvieron pendientes de mi todo el día y ahora que me siento mejor, solo me ignoran, no me han mirado a la cara ni una vez desde que baje. No los entiendo, todo ha sido tan raro últimamente, no se sienten como las personas que llevo conociendo toda mi vida.
Tal vez mis constantes pensamientos se encargaron de llenarme porque incluso sin comer una cucharada me sentí lleno. O fue el nudo en mi estómago que se apretaba cada vez más.
Recogí mi plato y caminé hasta la cocina arrastrando los pies. No podía tirar comida en perfecto estado entonces la metí en la nevera. Sopa fría para el desayuno, gran plan.
Un bostezo me detuvo antes de salir de la cocina. Dios, ¿Por qué tengo sueño si dormí hasta tan tarde?
-Voy a dormir ya, que Dios los bendiga. - Me apoyé en el marco mientras esperé a que me miraran. No tenía muchas ganas de quedarme solo, incluso si ellos iban a ignorarme, pero mis ojos pesaban y sentía la necesidad de dejar de pensar en todo. Solo me quedaba rezar para no tener otra pesadilla.
Seguían en la mesa, hablando en voz baja. Mamá me miró por encima de su hombro y se despidió con la mano, padre solo siguió mirando a la mesa.
Cómo ellos no me miraban, entonces yo tampoco les presté atención, ya descubriría que fue lo que paso.
Tuve que volver a caminar solo por el pasillo, aunque esta vez me sentía más frustrado que asustado. No me detuve, incluso si el goteo de la llave seguía resonando, chocando con las paredes, metiéndose en lo profundo de mis oídos.
Lo ignoré todo. El sonido, mi corazón acelerado, mis piernas temblando y el nudo en mi estómago, creciendo cada vez más.
Ignoré como las palabras salían de mis labios con forma de oración, como el sudor frío bajó por mi espalda y como mis pulmones soltaron todo el aire apenas la luz de mi habitación cayó sobre mí.
Cerré la puerta con seguro, solo porque estaba enojado con mis padres.
El sonido del cerrojo me tranquilizó, todo estaba bien.
No te cepillaste los dientes, Chance. Que descuidado.
No podía entrar a ese baño, no de noche. Si me dan otra de esas crisis podría caerme, no es seguro. Lo haré en la mañana, cuando pueda ver lo que hago.
Abrí mi ventana.
Me senté en el marco y me envolví con la cortina. El encaje me reconfortó, me recordaba a él, que siempre que podía lo usaba en su ropa.
Puede que fuere mi soledad hablando, pero estoy seguro que nada de lo que esta pasando hubiera ocurrido si pudiera ver a Will.
Estoy seguro que todo esto es mental, mi ansiedad tomando forma. Con Will no me sentía ansioso, él era una de las pocas personas con las que me sentía cómodo, a salvo.
Me sentía tan asustado con las desconexiones que había desarrollado una especie de delirio de persecución y para empeorar las cosas, no tenía con quien hablar.
Hace mucho que no me sentía tan solo.
Pero solo serían cuatro días más, luego todo se resolvería.
Él volvería a mí.
Me quedé mirando el bosque, con los árboles escondidos detrás de la penumbra. La luna menguante dejaba caer una delicada luz plateada sobre todo, desnudando el mundo de su crueldad natural.
Las risas de los coyotes, a las que ya me había acostumbrado, se extendían por el aire. De alguna manera extraña, ahora me parecían familiares. Hoy eran ruidosos, deben estar cazando.
Al final, mis ojos terminaron mojados después del tercer bostezo.
Tuve que bajarme después de casi quedarme dormido sobre la ventana. Pero no iba a acostarme como si nada. Era tiempo de retomar mi costumbre de orar en la noche, un poco de guía no me haría mal.
Si Will no estaba para ayudarme, Dios podía tomar su lugar.
No quise arrodillarme.
Me senté en el borde de mi cama y cerré los ojos para concentrarme. Recuerdo que cuando era pequeño, siempre me sentaba para orar dejando un espacio vacío a mi lado, quizás esperaba que Dios se sentara junto a mí y me escuchara. Era bastante inocente.
Y aunque ya era mayor, decidí dejar un espacio junto a mí.
Porque al parecer la inocencia infantil sigue sin desaparecer, solo se mantiene dormida en mi interior y sale cuando solo me queda creer que las cosas mejorarán.
No tomé mi rosario a pesar de tenerlo a la mano. Esta iba a ser una plática, no una súplica.
Señor Dios, sé que estos últimos días las cosas no han ido bien entre nosotros, sé que debes estar muy decepcionado de mí. Pero también sé que tu misericordia es infinita, que como padre perdonas a aquellos que se arrepienten y buscan en ti el perdón. No soy perfecto, sé desde un principio que no soy lo suficientemente bueno como para entrar al reino de los cielos, pero, por favor, no me quites el privilegio de amarte. Yo...
Un golpe seco me hizo abrir los ojos.
Me levanté para sacarle el seguro a la puerta cuando volvió a sonar.
Era vidrio.
No era la puerta.
Era la ventana.
Quité mi mano del seguro poco a poco, sin querer voltear.
Mi cuerpo se entumeció. Era eso otra vez.
La mirada pesada. Observaba cada uno de mis movimientos.
A través del cristal de mi ventana.
No iba a voltear.
Respiré profundo antes de mirar al piso y girarme hacia mi cama.
No miré la ventana ni de reojo.
Me metí debajo de mi acolchado con el rosario en mano.
Me tape hasta la cabeza y encogí las rodillas hasta mi pecho.
Pasé cada una de las cuentas sin parar, un Padre nuestro por cada una.
Las horas pasaron, mis lágrimas se secaron.
No dormí esa noche.
Y eso tampoco dejó de mirarme.
Notes:
Nota de autora:
No he tenido mucha inspiración estos días. Tenía planeado publicar este capítulo mucho antes, pero simplemente no terminaba de convencerme y preferí darle un poco más de tiempo.
Si extrañan a Will tanto como Chance, no se preocupen, falta muy poco para que vuelva. Voy a intentar seguir escribiendo incluso cuando la inspiración no acompañe, porque sé que algunos de ustedes siempre están esperando una actualización, y eso significa mucho para mí.
Como dato curioso, en los primeros capítulos no dejaba notas de autora porque me daba muchísima vergüenza. Sentía que estaba hablando sola.
Muchas gracias por todo el apoyo y por seguir acompañándome en esta historia. Espero que hayan disfrutado el capítulo.
