Chapter Text
"...hablaba como niño, pensaba como niño, juzgaba como niño; mas cuando ya fui hombre, dejé lo que era de niño"
1 Corintios 13:11
Mi padre regresó a casa el sábado por la tarde.
Todo pareció arreglarse cuando mamá salió a recibirlo con un abrazo, como hacía siempre.
Esa noche oramos juntos antes de cenar y el ambiente volvió a sentirse cálido. El sonido de los cubiertos, la voz tranquila de mi madre y hasta la respiración pesada de papá parecían encajar otra vez dentro de la casa.
No me había dado cuenta de lo distante que se habían estado comportando hasta que los vi volver a la normalidad.
Mañana era día de misa, así que todos nos acostamos temprano. Esa noche recé antes de dormir.
Soñé con Will.
Caminábamos juntos por un prado verde cubierto de luciérnagas. La hierba nos rozaba los tobillos y el aire nocturno olía húmedo, como tierra después de la lluvia. Ninguno dijo una sola palabra durante toda la caminata. Aun así, cuando desperté, sentí frases atoradas en la garganta.
Extrañaba hablar con él.
Lo extrañaba a él.
El domingo amaneció silencioso y azul. El sol parecía demasiado tímido para terminar de salir.
El primer pensamiento coherente que tuve fue sobre Will. Tal vez, si me quedaba en la iglesia hasta que todos se fueran, podría verlo.
Se cumplían ocho días desde la primera vez que lo vi.
Y ya no había un solo momento del día que no terminara llevándome a él.
Me levanté entusiasmado, el primero despierto en toda la casa.
Me duché mientras tarareaba My Girl en voz baja. El agua fría me recorrió la espalda y me hizo estremecer. Terminó aflojando la tensión de mis hombros y despejando las últimas telarañas del sueño.
Al salir, me crucé con mi padre a mitad del pasillo. Me miró de arriba abajo y asintió con aprobación.
-Qué bueno que estés tan comprometido, Chance. Ojalá siempre fueras así.
Lo dijo antes de pasar a mi lado y entrar al baño. Seguro mamá estaba ocupando el de agua caliente. Hoy le tocaría sufrir conmigo.
Como era domingo, debía vestir un poco más elegante. Busqué entre el mar de ropa azul uno de los pocos polos de otro color. Escogí el verde. Me recordaba al bosque.
Y a él.
Unos pantalones ligeramente acampanados en la bota y unas botas oscuras que casi no se veían. Escondí el polo por dentro de mis pantalones y me puse el primer cinturón que se me cruzó. Eso debería ser suficiente.
Ahora que sabía que mis padres estaban despiertos, podía darme el lujo de escuchar una canción antes del desayuno.
La melodía que no había logrado sacarme de la cabeza comenzó a sonar suavemente, esta vez siendo cantado por Denny Doherty . Caminé por mi habitación tarareándola mientras buscaba entre las páginas de mi libreta el último poema que había escrito.
Un regalo para Will.
No era muy profundo ni nada por el estilo, pero ayer no pude dejar de pensar en él y terminé llenando una hoja entera con todo lo que me hacía sentir. No decía mucho más allá de lo feliz que era por haberlo conocido. De lo mucho que disfrutaba pasar tiempo con él.
Y de lo lindo que era.
Aunque esa última parte estaba escondida entre palabras pomposas y metáforas poco claras. No quería que Will pensara que era raro.
Quería que le gustara.
Encontré la hoja doblada entre dos páginas y la releí por última vez. Mis mejillas se calentaron un poco en algunas líneas. Tal vez había exagerado.
Busqué el tintero dentro del cajón de mi escritorio y destapé la pluma estilográfica. La tinta oscura se extendió suavemente sobre el papel mientras firmaba mi nombre en la esquina inferior.
Solo utilizaba esa pluma para firmar poemas dedicados a alguien. Hasta ahora, los únicos que habían recibido uno eran mi abuelo y mi mamá.
Aunque en ese entonces tenía nueve años y mi prosa dejaba mucho que desear.
-¿Chance, ya estás presentable?
Sin poder guardar la carta mojada, la puse en el escritorio y me apoyé frente a ella para taparla.
-Sí, mamá. Pasa.
Entró sin esperar una segunda invitación. Tenía una mano ocupada intentando ponerse unas perlas que combinaban con el collar que llevaba al cuello. La luz de la mañana se reflejaba en ellas cada vez que giraba la cabeza. El rosa bebé lleno mis ojos. Su vestido era elegante y femenino.
Sus ojos se detuvieron en mi polo.
-¿Verde?
Lo dijo como si acabara de descubrir algo importante.
-Creo que tengo un vestido que combina. Espera, me cambio y me dices qué piensas.
-No es necesario, mamá. Se que no es uno de tus colores favoritos.
Ella soltó una pareció pensarlo un segundo antes de negar.
-Quiero que todos nos veamos como una familia unida. Es mi primera misa en el pueblo y además voy a cantar con el coro. Quiero que demos la impresión correcta.
-Es solo una misa, mamá.
-¡Claro que no!
Se llevó una mano al pecho, escandalizada.
-Las mujeres del coro me contaron que hoy habrá un picnic organizado por la iglesia para celebrar el inicio del verano. ¿Por qué crees que me levanté tan temprano? Todavía tengo que preparar algo para llevar.
-¿Un picnic?
Fruncí el ceño.
-No me lo habías contado.
-Se me pasó por alto, cariño. Lo siento.
Se acercó a la puerta, pero antes de salir se volvió hacia mí otra vez.
-Ahora espérame. Voy a buscar mi vestido verde y también una camisa verde para tu padre.
La idea pareció entusiasmarla aún más.
-Todos vamos a combinar. Va a ser adorable.
Supe exactamente lo que ocurriría.
Sería un suicidio social.
Imaginé a las familias del pueblo mirándonos como si fuéramos una decoración navideña fuera de temporada. Estuve a punto de decirlo. Pero la mirada brillante de mamá me cerró la boca antes de que pudiera intentarlo. Parecía tan feliz que no tuve valor para arruinarle la ilusión.
Un poco de vergüenza no iba a matarme. Que se burlaran todo lo que quisieran.
-Está bien. Te espero aquí.
Salió casi corriendo de la habitación. Llevaba unos tacones bajos y sus pasos resonaron sobre la madera del pasillo. Sabía que mi padre ya debía estar quejándose abajo.
Mamá siempre terminaba lastimándose los talones cuando usaba tacones. Y papá siempre acababa cargándola para evitar que empeorara. Era una tradición extraña entre ellos.
Me senté en la cama y comprobé que el poema siguiera en la mesa. Lo acomodé con cuidado dentro de mi bolsillo trasero.
No quería que nadie más que Will lo leyera.
Pasaron unos minutos antes de que mamá apareciera otra vez en la puerta. Giró sobre sí misma para mostrarme el vestido. La tela revoloteo como las alas de una mariposa, mostrando su color.
-Mira, cariño. Es exactamente del mismo tono.
-Te queda muy bien, mamá.
Era verdad. El verde hacía resaltar su cabello oscuro y daba más luz a su piel morena. Parecía más joven. Ella sonrió, satisfecha con el cumplido.
-Voy a comprarte más polos. Uno para cada vestido que tenga.
-Mamá...
-Será como cuando eras pequeño.
Las fotografías familiares no mentían.
Durante años me vistió igual que ella. Si llevaba azul, yo llevaba azul. Si llevaba cuadros, yo también. Hubo una época en la que dejó de usar vestidos por completo, solo porque quería combinar conmigo.
-Todo lo que quieras, mamá.
Lo dije sin pensarlo.
Creo que ella era una de las pocas personas en el mundo a la que jamás sería capaz de negarle algo, la otra estaba bajo tierra ahora, así que la lista se había reducido a uno.
Siempre que me sentía solo, mamá y el abuelo estaban ahí. Siempre que me sentía perdido, encontraba sus manos buscándome. No importaba que no pudieran arreglarlo todo.
Su presencia hacía que el mundo pesara un poco menos.
-Vamos abajo. Preparare unos beignets para el picnic.
Sus ojos brillaron otra vez.
-Hace muchísimo que no los hago. A tu padre le van a encantar.
Me levanté de la cama y la seguí fuera de la habitación.
No desayunamos. Ya comeríamos en el picnic.
La idea de estar rodeado de familias conversando y compartiendo comida no me entusiasmaba demasiado. Pero la posibilidad de que Will estuviera allí lograba silenciar cualquier incomodidad.
Quizá podría sentarse con nosotros.
Mamá buscó una canasta de mimbre y comenzó a llenarla con cuidado. Guardó uvas, manzanas, trozos de pan tostado y varios platos para servir. Cuando terminó de organizarlo todo, se puso manos a la obra con el verdadero protagonista del picnic.
Los beignets.
Eran una receta tradicional de New Orleans, la ciudad donde nació mi abuela. La joya de su recetario.
El plato con el que mamá me consolaba cuando lloraba de pequeño. El que preparaba cuando quería animar a mi padre después de un mal día. El favorito de mi abuelo.
Los beignets aparecían en casi todos los recuerdos felices de mi familia.
Incluso si no veía a Will hoy, tenía que llevarle algunos para que los probara.
La idea se instaló en mi cabeza y ya no quiso marcharse. Me coloqué junto a mamá para observar cada uno de sus movimientos. Ella ya estaba mezclando ingredientes cuando notó mi presencia.
-¿Necesitas algo, cariño?
-¿Me enseñas?
Mamá levantó la vista y sonrió.
-¡Claro! Es tu postre favorito, ¿no?
Uno de ellos.
Me encantaban los dulces. Aunque no me permitía comerlos tan seguido como me gustaría.
La gula era un pecado.
-Me gustan mucho.
-Entonces presta atención, cariño.
Tomó un poco de harina entre los dedos y la dejó caer sobre la mesa como una fina capa de nieve.
-Las recetas familiares son importantes.
Mamá volcó la harina en un recipiente grande y abrió un pequeño hueco en el centro con los dedos. Después añadió levadura, leche tibia, azúcar, vainilla y un huevo.
El olor dulce empezó a aparecer incluso antes de que la masa existiera. Con una cuchara de madera mezcló todo lentamente, como si conociera el ritmo exacto que necesitaba. La masa se volvió pegajosa y brillante, aferrándose a los bordes del recipiente. Mamá sonrió al verla.
-Ahora toca esperar.
Cubrió el recipiente con un paño limpio y lo dejó junto a la ventana. Según ella, la masa necesitaba calor para despertar. Yo observé la superficie inmóvil e intenté imaginar cómo algo tan simple podía crecer por sí solo.
Quedarme observando la masa durante media hora sonaba interesante, pero mi padre debió sentir envidia y decidió que hoy era el día en que aprendería a conducir. Me tomó del hombro y me alejó de la cocina.
-Nos llevarás tú a la iglesia hoy. Recuerda que conducir es una gran responsabilidad. Si te equivocas, podría costarle la vida a alguien. O a ti mismo.
-Sí, señor. Prestaré mucha atención.
-Bien.
Conducir un coche era complicado.
Debías estar pendiente de la palanca de cambios, del freno, de los espejos y de la carretera al mismo tiempo. Había que manejar como si uno tuviera ojos en la espalda, otros dos a los costados y un par más en la frente.
Con las palabras de mi padre pesándome sobre los hombros, memoricé todo lo que pude del funcionamiento básico.
No podía estacionar.
No podía ir en reversa.
Pero lograba tomar las curvas sin apagar el motor.
El examen final consistió en conducir desde la casa hasta el cementerio sin recibir una sola instrucción. El volante me dejó las manos sudorosas. Cuando regresamos, mamá nos esperaba en la puerta sosteniendo el recipiente entre los brazos.
La masa había duplicado su tamaño.
Parecía otra cosa completamente distinta a la que habíamos dejado junto a la ventana.
Era hora de continuar con la otra lección.
Había descubierto parte del secreto de la receta. La miel se mezclaba con mantequilla derretida antes de ponérsela por encima. Eso era lo que la volvía tan suave.
Y también había un truco extraño: debías dejar caer un trozo de zanahoria en el aceite antes de empezar a freír. Según mi abuela, eso evitaba que los beignets absorbieran demasiada grasa.
No entendía cómo funcionaba. Pero tampoco entendía cómo crecía la masa.
Algunas cosas simplemente ocurrían.
Con todo lo que aprendí aquella mañana, el tiempo pasó volando. Cuando menos me di cuenta, ya estaba otra vez detrás del volante.
Mamá ocupó el asiento trasero y se acomodó el vestido antes de ponerse el cinturón. No dijo nada. Mi padre iba de copiloto, atento por si necesitaba intervenir.
-Esta vez el recorrido será un poco más largo, pero es exactamente lo mismo que antes. No entres en pánico.
-Sí, señor.
Ojalá fuera tan fácil. Decirlo no bastaba. Tomé aire y apoyé ambas manos sobre el volante.
Empecé a rezar en silencio.
Dios cuidaría de nosotros durante el trayecto. Confiaba en que no permitiría que algo malo ocurriera.
El motor rugió bajo mis manos y la carretera comenzó a deslizarse frente a nosotros. Intenté concentrarme en cada movimiento.
El pedal. Los espejos.
La velocidad. Las señales.
Cuando me di cuenta, las campanas de la iglesia comenzaron a sonar. La pequeña torre se distinguía entre las copas de los arboles. Su repique llenó el aire de la mañana y me sacó de golpe de mis pensamientos.
Habíamos llegado. Lo había logrado.
No estaba seguro de cómo.
Recordaba fragmentos del camino, curvas, árboles y señales pasando junto a las ventanas, pero el resto parecía haberse disuelto entre mis nervios y mis oraciones.
Dios había tomado el volante por mí. Estaba seguro de que sin su ayuda jamás habría conseguido llegar.
Mi padre asintió mientras apagaba el motor.
-Bien hecho. La próxima vez intenta relajar un poco más las manos.
-Muchas gracias por enseñarme, papá.
-Cuando quieras.
Levantó una mano, dispuesto a revolverme el cabello.
Pero la voz de mamá llegó desde el asiento trasero antes de que pudiera hacerlo.
-No, no y no.
Su mano apareció por encima de mi hombro para detenerlo.
-Chance debe verse presentable. No me lo desorganices ahora.
Papá soltó una pequeña risa.
-Sí, señora.
Salir del coche fue como despertar.
Toda la tensión que había acumulado durante el trayecto se quedó atrapada dentro de la cabina. Yo salí ligero, emocionado, cerrando la puerta detrás de mí.
El atrio estaba lleno otra vez.
Igual que el domingo anterior, parecía que todo Hawkins había decidido reunirse frente a la iglesia.
Vestidos de colores pastel y camisas cuidadosamente planchadas se mezclaban entre el movimiento constante de la multitud. Las risas de los niños corrían de un lado a otro mientras los adultos conversaban en pequeños grupos. El aire olía a perfume, hierba recién cortada y pan recién horneado.
Busqué a Will entre las personas. Quería confirmar mi teoría. No lo encontré, señal clara de que debía esperar para verlo.
Tampoco esperaba encontrarlo todavía, Will siempre aparecía tarde, seguro saldría de una esquina sombría para asustarme y reírse de mi para luego desaparecer de nuevo.
Como la última vez.
Por un momento pensé en quedarme afuera para esperarlo. La idea resultaba tentadora.
Pero no sería correcto.
Había ido a misa para escuchar la palabra de Dios, no para perseguir a un chico. Incluso si el chico tenía la cara de un ángel que podía perdonar tus pecados.
La mano de mamá encontró la mía, arrastrándome a la realidad de nuevo.
Del otro lado caminaba mi padre, ajustándose por tercera vez la corbata verde. Mamá no había conseguido convencerlo de usar una camisa del mismo color.
Avanzamos juntos hacia la entrada, la multitud se abría a nuestro paso. Me recordó a Moisés separando las aguas para que los israelitas pudieran cruzar.
Las conversaciones se interrumpían apenas unos segundos. Las miradas nos seguían, pesadas y críticas.
La nueva familia del pueblo.
Ya podía imaginar los rumores creciendo de casa en casa. Sobre los raros ermitaños que vivían al lado de los muertos y no salían a divertirse al centro comercial.
Esta era apenas mi segunda misa desde que llegué a Hawkins pero ya sabía que esperar. El agobio sofocante, el poco aire respirable y el calor corporal atrapado en las paredes.
Mi entusiasmo empezó a apagarse poco a poco.
Las caras desconocidas se mezclaban unas con otras hasta convertirse en una sola masa imposible de distinguir. Demasiados ojos observando, voz tras voz, hablando una sobre otra sin una pizca de respeto.
Por un instante deseé que Will apareciera de la nada. Que me asustara pero que también me arrastrara a otro lugar, lejos de todas estas personas. Solo el y yo.
Las campanas sonaron por última vez.
Era hora.
Mamá nos apresuró para entrar. Quería que nos sentáramos al frente para poder verla junto al coro. Limpie la banca, incluso si no tenía ni una mota de polvo encima. La señora de atrás me miro y murmuro la palabra inmigrante. No sonaba muy amable.
Puse la otra mejilla y la salude con una sonrisa. Ella me lo devolvió falsamente para luego ignorarme.
Papá y yo terminamos en la segunda banca a la derecha. Apenas nos acomodamos, él miró por encima de su hombro y levantó una mano en señal de saludo.
Era la familia de la otra vez.
Con la invitación de mi padre, la mujer tomó la iniciativa. Enganchó su brazo con el de su hija mayor y sujetó a la pequeña de la mano antes de acercarse.
El hombre seguía teniendo la misma expresión que recordaba.
Como si se hubiera quedado atrapado en otro momento del tiempo.
Saludó a mi padre con una inclinación de cabeza y se sentó a su lado. Casi de inmediato empezaron a hablar de trabajo. Aburrido.
Al chico de mi edad no le quedó más opción que ocupar el espacio junto a mí y la niña pequeña.
Parecía incluso más fastidiado que yo, eso decía mucho de su situación. O tal vez aquel ceño fruncido simplemente formaba parte de su rostro. No iba a juzgarlo por eso.
Como estaba bastante seguro de que él tampoco quería conversar, aproveché para buscar entre las bancas.
Ni un mechón oscuro. Ni una mirada escondida.
Ni siquiera una sombra.
No sabía por qué seguía buscándolo si ya sabía que tendría que esperar hasta el final de la misa.
-Mike, cambia esa cara.
La voz de su madre sonó a mi lado.
Intenté ignorarlos. No quería que el chico se sintiera más incómodo de lo que ya estaba, y no quería escuchar los problemas personales de dos desconocidos tampoco.
-Esto es ridículo. ¿Por qué estamos haciendo esto? ¡Nunca veníamos a la iglesia!
-¡Exactamente por eso! La casa necesita a Dios.
La mujer respondió demasiado rápido. Sus hombros estaban tensos y sus dedos apretaban el borde del banco. Su cara cambio, sus cejas se fruncieron y su boca se recogió en una mueca.
De acuerdo.
Tema delicado.
Volví la vista al frente, decidido a dejar de escuchar. No funcionó, sus voces se elevaron cada vez más. El niño comenzó a mover sus manos, una de ellas me golpeó el hombro. No le dije nada, de todas formas no parecía hacerlo a propósito.
Ellos discutían como si el resto de la congregación no existiera.
Que si los amigos, que si una novia, que si un juego.
Que si la piscina, que si el vino, que si el teléfono.
Perdí el hilo varios minutos atrás. Sus parloteos estaban ayudando a formar un dolor de cabeza infernal. Esta vez busque a mamá al frente, ella leía unas partituras.
La mire fijamente hasta que ella sintió mi mirada y por fin me la devolvió. Volteé mis ojos, haciendo bizcos, ella se rio y me sacó la lengua. Cuando se lo iba a devolver sentí a mi padre dándome un golpecito en la espalda.
Era hora de empezar. El sacerdote salió de una puerta lateral, caminó hasta el centro del templo mientras el murmullo de la iglesia se apagaba poco a poco.
Las velas temblaron con una corriente de aire, bailando entre las sombras un vals imposible de escuchar, la luz coloreada de los vitrales cayó sobre el suelo de piedra, pintando las estatuas, dándoles vida.
El sacerdote se arrodilló frente al altar.
Y por fin comenzó la misa.
Y así mismo termino.
Si me preguntaran de qué trató el sermón, diría que habló de ojos de ciervo, pies descalzos cubiertos de hierba y manos heladas.
Pensé en Will durante cada bendito instante.
Ni una sola de las palabras del sacerdote se quedó conmigo.
Ni una sola.
Y Will no había aparecido en ningún momento.
Solo salí de mi ensoñación cuando sentí que el chico a mi lado se levantaba. Seguía teniendo cara de amargado y su mamá continuaba regañándolo con la mirada.
-¿Qué te pareció, cariño?
Mamá se había separado del coro y se acercó a mí con una sonrisa ansiosa.
Quería saber mi opinión.
Ahora sí sentí el golpe en el pecho, mis entrañas se empaparon en la culpabilidad.
Ni siquiera había escuchado cantar a mamá.
-Increíble, como siempre, mamá.
Su rostro se iluminó. No me gusta mentir, pero prefiero eso a decirle la verdad y romper su corazón.
-Gracias, cariño. Aún me falta coordinar mejor los agudos, pero para la próxima seguro me salen bien.
-Hola. ¿Helen, verdad? Soy Karen Wheeler.
La señora de la permanente se presentó con una sonrisa amplia y le tendió la mano a mamá.
-Hola, Karen. Un placer. El sermón de hoy fue precioso, ¿no crees?
La señora Wheeler soltó a sus hijas y se acercó a conversar con mamá.
De pronto me encontré solo.
O al menos eso creí.
Antes de que pudiera empezar a buscar a Will entre la multitud, sentí que alguien me sujetaba por la parte trasera de la camisa.
-¿A dónde crees que vas, jovencito?
Era mi padre.
-Voy a buscar a mi amigo. Él también viene a misa los domingos.
-Espérate y búscalo después. El picnic ni siquiera ha empezado.
-Sí, señor.
-Hoy es un día familiar. Quédate con nosotros.
-Sí, señor. Perdón.
Me soltó, pero permanecí junto a él mientras continuaba hablando con el señor Wheeler.
-Tu hijo es muy educado. Ojalá los míos fueran así.
-Chance es mi orgullo.
Parpadeé.
No sabía que papá podía decir cosas así. Él era más de duras pero importantes lecciones de vida, solo así demostraba cariño. Y desorganizando mi cabello.
-¿No quieren otro?
El rostro de mi padre cambió apenas un instante. Fue tan rápido que pensé haberlo imaginado.
-No podemos.
Guardó silencio un momento.
-Pero con él es suficiente.
Entonces me dio unas palmadas en el hombro.
Pesadas. Como si quisiera asegurarse de que seguía ahí.
-Clyde, los Wheeler deberían sentarse con nosotros en el picnic. ¿No te parece una buena idea?
-Si a ellos no les molesta.
-Sería un gusto. Preparé galletas de chocolate. Seguro les encantarán.
La señora Karen ya estaba al lado de mamá, como si fueran amigas de toda la vida.
Me dejé llevar por la multitud que salía de la iglesia hacia el campo que quedaba justo a un lado.
Los platos se repartieron, los postres salieron a la luz y las conversaciones comenzaron a mezclarse unas con otras.
Yo terminé en silencio, sentado entre los hijos de los Wheeler, compitiendo en una batalla de miradas contra la pequeña.
El viento movía la hierba alta alrededor de las mantas y el olor a comida flotaba por todas partes. Los adultos hablaban tan fuerte que las voces parecían formar un zumbido constante.
La niña no apartaba los ojos de mí.
-Parece que a alguien le gusta un chico. Vaya, Holly. ¿No eres muy joven para eso?
La niña miró a su mamá y soltó una carcajada antes de correr hacia ella y esconder la cara en su cabello.
-¡Qué adorable! Siempre quise una niña.
-¿Chance no tiene hermanos? Debe sentirse solo, pobrecito.
-Para nada. Me encargo de que mi bebé no se sienta así.
La conversación hizo que mis orejas empezaran a arder. Gracias mamá, ahora todos los Wheeler saben que aún me llamas bebé.
Miré hacia otro lado, fingiendo interés por las nubes.
¿Dónde estaba Will cuando lo necesitaba?
Escuché una risa a mi lado.
El chico Wheeler. Ahora sí que menos ganas tenía de hablar con él.
-¿Chance, verdad? Soy Nancy.
La señorita Nancy se presentó, estreche su mano suavemente y la analicé, era muy bonita, me gustaba su cabello castaño.
-Sí, señorita. Un gusto.
-Eres muy callado. Ojalá mi hermano fuera igual.
-¡Cállate, Nancy!
Ella lo ignoró por completo y siguió hablando conmigo.
-¿Vas a ir a la preparatoria después del verano? Debe ser difícil llegar a un lugar nuevo.
-Supongo que sí.
-¿Cuántos años tienes? Tal vez estemos juntos en alguna clase.
-Cumplí catorce hace poco.
Ella abrió sus ojos sorprendida. No me veía de mi edad, la gente tendía a sumarme unos dos años más. Era un poco más alto de lo normal, y el trabajo constante en el rancho también ayudó bastante. Papá decía constantemente que debería empezar a practicar algún deporte porque tendría bastante ventaja.
Nunca había llamado mi atención pero Hawkins era un nuevo inicio. Tal vez era hora de aprender cosas nuevas.
-¿¡Tienes mi edad!?
El chico se metió en la conversación de la nada.
Con toda su atención sobre mí, empecé a sentirme incómodo, su cara sorprendida se acerco poco a poco, me miro de arriba a abajo, sin disimular. Hizo una mueca bastante parecida a la que su mamá hizo antes. Ahora que los veía, se parecían bastante.
¿No podían dejar las cosas como estaban al principio?
Cuando nadie hablaba.
-Supongo que sí.
Mike me observó unos segundos más. Como si estuviera intentando resolver un acertijo. Frunció un poco el ceño y empezó a negar con la cabeza.
Yo miré la hierba.
Luego las mantas, las canastas y los postres.
Cualquier cosa menos a él. Eso solo pareció despertar más su curiosidad.
Y me puso aún más nervioso.
-¿Repetiste un año? Es imposible que tengas catorce. Es literalmente imposible.
-Nací en el setenta y uno.
-¡Diablos! ¿Qué te dan de comer? ¿¡Cómo te ves así!?
-Trabajaba mucho. Tal vez sea por eso.
-¿Trabajabas? ¿En qué?
Nancy volvió a hablar, ahora divertida. Seguro ella si estaba acostumbrada a las raras reacciones de su hermano.
Me tenían rodeado.
Sentía que estaba siendo interrogado.
Prefería soportar la mirada dulce de Holly antes que las preguntas de sus hermanos mayores.
-Teníamos un rancho. El trabajo manual necesita fuerza.
-Debes ser muy responsable, Chance.
-Gracias, señorita.
-Solo Nancy está bien.
-Está bien, señorita Nancy.
Ella soltó una risa. Tal vez pensó que estaba bromeando.
-Cariño, dales a probar los beignets. Chance me ayudó a prepararlos. Le quedaron magníficos.
Mamá me presumió frente a todos mientras me pasaba el plato.
La señora Karen me sonrió desde su lugar y luego le hizo una mueca extraña a Nancy. Ella frunció el ceño y negó con la cabeza. No tenía idea de qué acababa de pasar.
Tomé el plato y se lo ofrecí a los dos. Sin que nadie lo notara, aparté un par.
Para Will.
Su nombre apareció en mi cabeza y, con él, una idea.
Papá estaba distraído hablando con el señor Wheeler.
Era mi oportunidad.
-Mamá, quedé de ver a Will en la iglesia hoy. No me tardaré, ¿puedo ir?
Aproveché que todos estaban ocupados comiendo y le hablé en voz baja.
Solo ella podía darme permiso.
Para asegurarme, la miré directamente a los ojos y bajé un poco las cejas, intentando parecer más inocente.
-Claro, cariño. Invítalo a venir. Tal vez él y Joyce quieran unirse.
No esperé a que cambiara de opinión.
Me levanté de inmediato, tomé los beignets y corrí entre el prado.
El viento me golpeaba la cara y el plato se sacudía entre mis manos. Pase en medio de varias familias y tuve que disculparme luego de chocar con un niño, pero al final logre llegar antes de que mi padre se diera cuenta de que había desparecido.
Cuando llegué a la iglesia, entré casi sin aliento.
El interior estaba vacío.
Las bancas permanecían inmóviles bajo la luz de los vitrales y el eco de mis pasos parecía demasiado fuerte.
No había nadie.
La decepción llegó tan rápido que casi me dolió.
Toda la emoción desapareció en un instante.
¿Debería ir a su casa?
-Hola, corderito.
Una voz suave junto a mi oído me sobresaltó.
Di un pequeño salto. Él estaba detrás de mí, tenía las manos hacía atrás y se balanceaba de la punta de sus pies hasta los talones, sonreía.
Como si hubiera estado ahí todo el tiempo.
-Hola.
-Hola.
No me dio tiempo para nada más.
Se lanzó sobre mí y me abrazó con tanta fuerza que casi perdí el equilibrio. Tuve que alzar los beignets con una mano y pasar la otra por su cintura. Su camisa era amarillo pollito, era la primera vez que lo veía con algo de ese color. Le daba vida.
-No te vi ayer.
-Tenía algo que hacer. Salgamos mañana.
-Claro.
Levanté el plato entre nosotros.
-Te traje algo. Yo los preparé. Bueno... mamá me ayudó. Pero hice la mayor parte.
-¿Qué es?
-Toma.
La miel y el azúcar glas ya me habían manchado los dedos.
No me importaba.
Valía la pena si a Will le gustaban.
Tomó uno con cuidado, como si el postre fuera de porcelana y no una masa frita cubierta de azúcar.
Lo observé llevárselo a la boca.
Le dio un mordisco y el azúcar glas se quedó pegada alrededor de sus labios.
No hizo el intento de limpiarse.
Nunca parecía darse cuenta de esas cosas.
Sus pestañas bajaron mientras masticaba y por un momento toda su atención estuvo puesta en el beignet. El sol que entraba por los vitrales atravesó algunos mechones de su cabello oscuro, dibujando reflejos cobrizos entre las puntas. Una de las imágenes pegó directo en su pierna derecha, reflejando perfectamente el vitral sobre su piel.
Luego volvió a levantar la vista.
Directamente hacia mí.
Como siempre.
Nunca entendía cómo lo hacía. La mayoría de las personas miraban alrededor mientras hablaban.
A los lados. Al suelo.
A cualquier otra cosa.
Will no.
Will te observaba como si fueras la única cosa existente.
Como si el resto del mundo desapareciera cada vez que decidía prestarte atención. Me gustaba cuando me miraba.
-Me gustan.
Su voz sonó suave.
-Prepara más para mañana.
-¿Cuántos quieres?
Se encogió de hombros.
-Más.
Sonreí.
Una docena debería ser suficiente.
-¿Me buscabas?
Quería hablar y comer al mismo tiempo. Sus mejillas estaban llenas y las palabras salían deformadas por el postre.
Se veía ridículo.
Y adorable.
-Creí que estarías aquí. Como el otro domingo.
-Hoy es el único día que entro a la iglesia.
-Lo tendré en cuenta.
El silencio cayó entre nosotros. Solo sus dientes cortando la masa, el azúcar crujiendo entre si y el pequeño tarareo que soltaba de vez en cuando.
No era incómodo. Nunca lo era con Will.
Podíamos quedarnos sin hablar durante minutos enteros y aun así sentir que la conversación continuaba de alguna forma.
Miré el plato.
Luego el suelo. Sus zapatos, inexistentes.
Descalzo.
Otra vez.
-Oye... yo hice otra cosa para ti.
Sus ojos se iluminaron apenas.
-¿Otra?
-Pero debes prometer que no vas a burlarte.
-Jamás.
Las manos empezaron a temblarme mientras buscaba el poema dentro del bolsillo.
El papel rozó mis dedos, atascándose en mis jeans.
Delgado.
Frágil.
Y aun así parecía pesar más que cualquier otra cosa que hubiera cargado ese día.
Sentí el corazón golpeándome las costillas.
¿Y si mis sentimientos lo asustaban? ¿Y si lo asqueaban? ¿Y si se alejaba de mí?
La idea me revolvió el estómago.
Porque podía imaginar mis días sin muchas cosas.
Sin el rancho.
Sin esta iglesia.
Pero ya no podía imaginar mis días sin Will.
Antes de que pudiera arrepentirme, él dejo el plato en el suelo y me rodeo con sus brazos, luego metió sus manos en mis bolsillos traseros y busco hasta que tomó el papel escondido.
Lo saco y se recostó en mi pecho sin mirarme, chupo uno de sus dedos, aún cubierto de miel y abrió mi carta.
La leyó.
Su expresión no reveló nada al principio. La misma de siempre. Cejas planas y frente sin arrugar. Indiferente.
Casi burlona, si te dejabas guiar por la comisura de sus labios, un poco arriba pero sin sonreír. Pero esa desapareció poco a poco. Lo vi en los detalles.
Dejo de respirar un instante, sus pulmones quietos pararon el movimiento de su pecho. Sus dedos apretaron el borde del papel, arrugando un poco las esquinas y marcando sus dedos húmedos. Volvió a empezar a leer, desde el inicio, luego salto al final. Repitió este proceso unas dos veces más.
Como si quisiera asegurarse de que seguían ahí.
Su mirada terminó deteniéndose en mi firma. Justo al final, donde la tinta todavía conservaba pequeños relieves y mi letra cambiaba para fingir ser más elegante.
Sentí que el corazón se me hundía.
¿Qué debía hacer? ¿Arrodillarme y pedir perdón?
Tal vez decirle que era una broma. Reírme.
Fingir.
Aunque sintiera que algo dentro de mí se quemaba.
-Chance.
Mi nombre salió tan suave de su boca que apenas lo escuché.
El miedo me atravesó de inmediato. Ya veía venir el rechazo.
El asco.
La distancia.
-¿Sí?
Él levantó la vista.
Sus ojos parecían extrañamente brillantes, parpadeaba rápido, intentando borrar la humedad.
-Lo guardaré para siempre.
No entendí lo que dijo. No al principio.
Solo me quedé mirándolo. Hasta que sentí su peso contra mí otra vez, él murmuró, apretando su boca contra mi polo y paso sus manos por mis brazos hasta mis hombros, donde los dejo descansar. Luego las deslizo hacía abajo.
Sus manos se apoyaron contra mi pecho. Los dedos se arrugaron ligeramente sobre la tela verde.
Luego se inclinó hacia adelante.
Sus labios rozaron mi mejilla. Todavía estaban pegajosos por la miel.
Sentí el contacto apenas un segundo.
Pero fue suficiente para que todo mi cuerpo se quedara inmóvil. Se apartó unos centímetros. Sin dejar de mirarme. Tomó el poema entre ambas manos y volvió a acercarlo a su rostro.
Esta vez dejó un beso sobre el papel.
Justo encima de mi nombre.
Una pequeña marca húmeda quedó sobre la tinta. Después dobló la hoja con un cuidado casi reverente.
Como si fuera algo sagrado.
La guardó en el bolsillo trasero de sus shorts. Y solo entonces pareció relajarse, su cuerpo perdió toda tensión y sonrío, sin tomarle importancia a la reverencia con la que antes besaba el papel.
Tomó mi mano.
Sus dedos estaban fríos.
-Tengo otra cosa que hacer.
Miró hacia la puerta de la iglesia.
-Pero puede esperar.
Volvió a apretar mi mano.
-Vamos.
-¿Vamos?
Una sonrisa pequeña apareció en su rostro.
-Sí.
Y sin pensarlo demasiado, dejé que me guiara.
Ya llamaría a mis padres después.
