Actions

Work Header

Heaven Won't Save Us

Chapter 7: Le dijo Jesús: Yo soy la resurrección y la vida

Chapter Text

"... el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente. ¿Crees esto?"

Juan 11:25-26


 

Tuve una pesadilla horrible, no dormí nada y me desperté a la mitad de la noche.

Me había estado moviendo incómodo entre las sábanas durante horas. Me dolían las piernas y en las palmas de las manos era peor, me quemaban, sentía como si estuvieran al fuego directo.

Tuve que levantarme a la mitad de la noche, con el frío subiendo desde las plantas de los pies, entrar al baño a oscuras y dejar que el agua del lavamanos corriera sobre ellas.

Este no estaba siendo mi día, ni mi semana.

Cuando regresé de aliviar mis manos quemadas, noté algo extraño.

La ventana estaba levemente abierta y había una silueta: una marca de mano empañada. No en la parte donde normalmente se abren las ventanas, sino más arriba, cerca del techo.

Me acerqué a revisar.

No veía bien, pero estaba seguro de que esa marca no era mía.

Primero, porque era demasiado pequeña como para ser mi mano. Y segundo, porque yo no me había acercado a esa ventana desde ayer. Mucho menos en ese punto.

¿Cómo podría algo haber subido hasta ahí?

Recordé la escalera. Estaba un poco más alejada de mi ventana, pero si se llegaba al techo era fácil moverse por encima de la casa hacia cualquier lado.

¿Tal vez sí había sido yo?

Ayer había estado en el techo. La marca se veía algo distorsionada, como si el tiempo la hubiera deformado. Eso debía ser.

No quise pensar demasiado en ello. Solo quería dormir, y quedarme mirando una mancha en la ventana no iba a ayudarme en nada.

Me acosté de nuevo y me quedé mirando el techo por lo que parecieron horas. Conté las tejas, las telarañas y las vigas una y otra vez, hasta que los ojos empezaron a pesarme.

Cuando logré dormirme, faltaba media hora para que sonara el despertador. Lo apagué y seguí durmiendo. No me importaba nada.

Estaba demasiado cansado. No solo físicamente, sino también emocionalmente. No podía sacarme ni la risa de la cabeza.

¿Qué diablos había sido eso?

No lo había imaginado, ¿verdad?

Mis sentidos estaban al máximo desde ayer. Estaba seguro de que no lo había imaginado. No esta vez.

Alguien me había seguido.
Algo me había seguido.

Y yo lo había ignorado, pensando inocentemente que era un animal curioso.

Criticaba a mamá cuando yo era peor de incrédulo.

Pero ya no iba a taparme los ojos con una venda. Algo llevaba tiempo acechándome.

Me desperté a las 8:00 AM. Era la primera vez en años que dormía hasta tan tarde. No escuché a ninguno de mis padres. No sabía si habían salido o si también habían tenido una mala noche y seguían dormidos.

Aproveché el silencio y revisé su cuarto. Estaba ordenado y limpio, olía a manzanilla y la cama estaba tendida con lino. En la ventana colgaba un atrapasueños, yo lo había hecho cuando tenia doce, mi padre siempre me amenazaba con tirarlo en ese entonces, él aun lo conservaban. Yo lo había olvidado.

Bajé a la cocina en busca de más pistas y encontré un papel de color rosa brillante. No decía su nombre, pero igual sabia que era de mamá.

"Salimos de compras, te dejamos dormir más tiempo por lo de ayer, pero estás castigado y no puedes salir de casa hoy.

Te queremos".

Abrí la nevera mientras sostenía la nota; iba a guardarla en mi cajón.

Busqué la leche y después los cereales en la alacena. Me serví y salí al patio con el tazón en la mano.

El sol había decidido no ser cruel contra nosotros hoy. Se sentía mas cálido que abrasante. Se quedaba sobre la piel en vez de meterse dentro del cuerpo.

Caminé por todo el borde de los árboles mientras comía cereal. La tierra estaba húmeda en las sombras, llena de pequeños insectos caminando, algunos de ellos se subieron sobre mis pies descalzos. Los aparte con cuidado, no veía la necesidad de matarlos.

Aquí cerca del borde, podía oler la madreselva mezclada con las hojas húmedas y la tierra removida por el viento.

No había pistas ni huellas, pero los sucesos habían ocurrido ayer, así que probablemente todo lo que pudiera darme indicios ya había desaparecido. Tampoco me consideraba demasiado observador como para notar algo fuera de lugar.

Volví dentro de la casa, sin querer arriesgarme a que algo del bosque volviera a fijarse en mí.

Ya habiendo terminado de desayunar, lave el plato para que no quedara con el olor dulce de la leche y el azúcar. Subí a mi cuarto mientras las escaleras sonaban con mis pasos y puse música en mi habitación. Paint It, Black sonó desde el tocadiscos.

Me metí a bañar al cuarto de mis padres con la música resonando desde mi habitación, intentando relajarme mientras el olor a manzanilla llenaba el vapor del baño, salí todavía empapado, dejando gotas sobre el piso frío de madera.

Moje el piso y deseé que se secara antes de que mis padres aparecieran para ver las huellas de mis pies perfectamente formadas.

Quería sentir que era un día normal, así que escogí ropa cómoda y ancha, de algodón. Estaba al final de mi armario, lejos del poliéster que uso normalmente.

No iba a salir hoy, por mi castigo. Tampoco me habían dejado tareas por hacer, pero sabía que mi mente volvería recordarme todo si me quedaba sin nada que hacer.

Para suavizar la charla que sé que tendría con mis padres, pensé que podría hacer por ellos.

Decidí cocinarles el almuerzo para cuando llegaran.

La música seguía sonando, llenando el silencio. Busqué el recetario de mamá y mientras pasaba las manos por el lomo, sacaba los ingredientes. No quería complicarme y terminar arruinándolo todo. Iba a hacer sopa de verduras. Era imposible arruinar algo tan simple.

Maíz, papa, zanahoria y garbanzos.

Justo cuando estaba por empezar a cortar los vegetales, volví a sentir esa familiar sensación. Me observaban, de nuevo.

Vi una sombra por el rabillo del ojo, estaba en la ventana. Esa cosa notó que la miré porque, en menos de un segundo, echó a correr hacia el bosque.

Mierda.

¿Eso fue real? ¿Seguía dormido, atrapado en un espiral donde soñaba despertar solo para darme cuenta de que seguía en lo profundo de la tierra de los sueños, sin forma de escapar?

Hawkins se sentía como una pesadilla larga y tediosa. Desde que llegamos no había tenido un solo momento de paz.

Algo siempre me mira. Siempre.

Tomé un cuchillo y me asomé levemente, sacando solo la cabeza por la ventana. Todo seguía normal, excepto por un par de huellas de zapatos bajo la ventana.

Lo que fuera eso tenía forma física.

Tangible.

Eso quería decir que no era un fantasma. Era una persona.

Eso me aterró aún más.

Padre siempre decía que había que tenerle más miedo a los vivos que a los muertos.

Y a mí los muertos jamás me había asustado.

Al no ver señal alguna de mi acosador, decidí seguir fingiendo normalidad y terminar de cocinar.

Mi respiración era agitada mientras revolvía la sopa.

¿Debería contarles a mis padres?

Si era una persona, entonces era peligroso.

Alguien podría querer meterse a robar o a asesinarnos.

No conocíamos realmente a la gente de Hawkins. Si había un loco en el pueblo, sería mucho más fácil para él lastimar a una familia nueva y aislada en el bosque.

Comencé a hiperventilar. Hacía mucho que eso no me pasaba.

No podía respirar.

Ni pensar.

La cuchara se me cayó de las manos y me senté en el suelo antes de caer.

Pasó al menos media hora mientras respiraba. La casa olía a sopa y ya se había sobrecocido. La había arruinado.

Apagué la estufa desde donde estaba, sin fuerzas para levantarme.

Así me encontraron mis padres. Temblando y casi llorando.

-¿Chance, amor, qué pasó?

-Yo... no podía respirar, mamá. No podía...

-Ay, cariño -mamá se arrodilló a mi lado y me acunó entre sus brazos- Sigue mi respiración, inhala y exhala lentamente.

Intenté seguir sus indicaciones, pero el hipo me llenaba el pecho. Tal vez todo esto era absurdo, pero absolutamente todo lo que había pasado estaba resurgiendo.

No podía seguir fingiendo. Estaba aterrorizado desde el momento en que puse un pie en Hawkins.

Sentía una pesadez en el pecho que se había incrustado y llevaba días enteros ahí. Tal vez incluso desde antes de Hawkins.

Había empezado con el abuelo.

Lo extrañaba muchísimo. Su voz áspera pero amorosa, su olor a tabaco y salvia, incluso sus chistes sin gracia.

Yo no había podido despedirme. Mis padres se negaron rotundamente a llevarme al hospital.

Tuve que quedarme solo en el rancho sabiendo lo que estaba pasando.

Estaba solo y yo solo quería a mi abuelo.

Y luego la mudanza. Dejar Austin. Extrañaba Austin. Extrañaba todo.

Hawkins no se sentía correcto. No se sentía puro. Me sentía cada vez más enfermo estando aquí.

Enfermo y solo.

Otra vez.

Esta vez mis ojos no pudieron aguantar. No lloraba así desde que era niño, cuando aún tenía miedos superficiales como la oscuridad o los monstruos.

Sentí a mamá intentando hablar con papá por señas, moviendo las manos mientras me hacía subir contra su pecho. Fue ahí cuando lo sentí: mi orgulloso padre se había arrodillado a mi lado y también me había abrazado.

Eso solo empeoró mi reacción. Hacía mucho que papá no me abrazaba; nos habíamos distanciado conforme fui creciendo. No sabía por qué, pero él me veía como si en cualquier momento fuera a desaparecer.

Como si le diera miedo acercarse demasiado.

Ambos me ayudaron a levantarme del suelo, me guiaron hasta el sofá y se sentaron a mi lado. Tomaron mis manos.

-Tienes que ser sincero, Chance. ¿Qué ha estado pasando? Si no nos dices nada, no sabremos cómo ayudarte, cariño.

La voz no me salió. La miré fijamente y negué con la cabeza.

Me estaba volviendo loco estos días por algo de lo que ni siquiera estaba seguro que fuera real. Y justo hoy había tenido una confirmación.

-Yo... creo que estoy viendo cosas. Es una tontería, seguro es el estrés.

Seguía inseguro. ¿Preocupar a mis padres o no decir nada y cargar con el peso yo solo?

Y si no era nada y los involucraba, empezarían a verme como un miedoso. O peor, si solo fuera mi mente, eso demostraba lo jodido que estaba.

Quería que mi familia se apoyara en mí. Mamá era demasiado suave y sentimental. Papá estaba incluso más lastimado que yo por la muerte de mi abuelo.

La familia llevaba días inestable, y el único lugar donde ambos se comportaban como siempre era conmigo.

¿Y si ellos también veían que yo me estaba rompiendo?

¿Qué le esperaba a esta familia?

-¿Ves cosas? ¿A qué te refieres?

Padre estaba intentando ser el racional, buscar respuestas. Su mirada fija y sus manos templadas me hicieron tomar una decisión.

-Sí, en el bosque. Creo que ayer me persiguió un animal y volví a verlo hoy.

Una verdad a medias.

Decidí advertirles sobre el bosque, pero no sobre lo que había visto realmente.

Una decisión de la que me arrepentí casi de inmediato. Si mi familia terminaba masacrada, iba a ser mi culpa.

Lo lógico habría sido llamar a la policía para que revisaran el bosque.

Pero gracias a mi bocota, mi padre terminó caminando por el bosque toda la tarde con su Colt, buscando al animal que me había asustado.

No encontró nada.
Ni siquiera pisadas.

Y las huellas bajo la ventana habían desaparecido.

Otro suceso imposible, porque no había llovido y el viento no había soplado lo suficiente como para borrarlas.

Me quedé con mamá el resto del día.

Siempre que estaba solo terminaba en una situación extraña, así que mi solución fue no separarme de alguien ni un momento.

Ninguno de los dos habló sobre el día anterior, ni sobre mi colapso en el suelo de la cocina, aunque mamá sí me regañó por haber quemado el fondo de su olla con la sopa de verduras.

Me quedé en el sofá, leyendo por encima de su hombro e intentando no pensar en nada más que en Cathy y Heathcliff y en su amor obsesivo.

Padre volvió al atardecer. Tenía la frente cubierta de sudor y los zapatos llenos de tierra. Me miró fijamente y suspiró.

-No había nada, pero debemos estar pendientes. No creo que haya sido algo grave. Trata de controlarte la próxima vez, Chance.

Así que estaba en mi imaginación.

Había imaginado todo.

Y había hecho caminar a mi padre por el bosque durante horas, haciéndole perder tiempo valioso de trabajo.

Había sido una buena decisión no decir nada más.

-Sí, señor. Lo lamento. No volverá a pasar.

Mi padre le hizo una seña con la cabeza a mamá, ambos entraron a la cocina y hablaron en voz baja durante casi media hora. Estaban susurrando y no logre entender casi nada, solo palabras sueltas.

"Especial"

"Sensible"

Y luego el llanto ahogado de mamá.

Ella salió secándose las mejillas con la manga de su vestido. Volvió al sofá y me acuno contra su pecho de nuevo. Mi padre no me dirigió la mirada, paso frente a nosotros y se encerró en su estudio.

Cuando anocheció, le pedí a mamá que se quedara conmigo hasta que me durmiera.

No había podido conciliar el sueño la noche anterior.

Ella se recostó a mi lado y me acarició el cabello hasta que me quedé dormido. Mientras mis pensamientos se disipaban, la escuché orar junto a mi oído.

Ella estaba llorando.

Soñé con el árbol de laurel. Yo estaba tratando de subir y subir, pero nunca llegaba a la cima. Mientras más me esforzaba, más lento avanzaba.

Desperté cansado.

Esta vez sí me desperté temprano. Bajé cuando mamá terminaba de limpiar los platos. Hoy era el día en que se presentaría al coro. Se notaba lo emocionada que estaba.

Mi plato seguía sobre la mesa, así que tuve que orar y comer solo. Era una papilla de manzana con miel y almendras. No estaba mal, pero se sentía más como una merienda que como un desayuno.

-Hoy iré al coro. Deberías acompañarme, Chance. No creo que sea bueno para ti quedarte solo. Tu papá tuvo que ir hasta Indianápolis por unos documentos; salió a las cuatro.

No me gustaba la idea de ir a la iglesia si no era día de misa, pero lo prefería antes que quedarme solo en la casa. Sin embargo tampoco iba a quedarme quien sabe cuanto tiempo viendo a un montón de señoras cantar, intentado destacar por encima de las demás.

-Iré, pero te esperaré afuera.

-Está bien. Termina eso rápido y nos organizamos para salir.

Me terminé toda la comida y seguí las órdenes de mamá: ropa formal, pero no de domingo. Lo suficientemente apropiada, aunque no tanto como para parecer elegante.

Salimos temprano porque teníamos que caminar. Ir por el borde del bosque no me dejaba tranquilo, pero tomar la mano de mamá me reconfortaba.

Su mano tenía casi el mismo tamaño que la mía. Cuando la mía creciera un poco más, podría cubrir la suya por completo. Llevaba puestos unos guantes de encaje blanco que hacían cosquillas contra mis dedos.

Mamá me hacía sentir mejor.

Caminamos durante casi media hora hasta ver el cementerio. Estaba solo, como siempre. Mamá se persignó mientras me daba un pequeño codazo para que hiciera lo mismo.

Si había algo a lo que mamá le temiera era a la muerte. Por eso se aseguraba de que todos supieran lo llena de vida que estaba.

El día estaba gris, el cielo estaba cubierto por una pesada capa de nubes que escondían todo el sol. Era la primera vez que veía a Hawkins sin el sol pegándole directo. Habíamos llegado con casi una hora de anticipación, para aprovechar el tiempo fuimos a comprar unos bocadillos para compartir con las demás del coro.

La calle estaba más llena de lo habitual, en ninguna de mis anteriores visitas la había visto tan concurrida. Mientras mamá entraba a una tienda, decidí esperar en la puerta, aprovechando el día fresco.

Mientras observaba a las personas de la calle unas mujeres bien arregladas me llamaron la atención, había visto a varias en la iglesia el domingo y estaba seguro de que pertenecían al coro.

¿La reunión empezaba mas temprano? Iba a entrar a avisarle a mamá de la novatada que le iban a hacer cuando justo en medio del grupo vi una figura inconfundible.

El fantasma de la iglesia.

Gire apenas la cabeza.

Ya no estaba.

Solo quedaban mujeres risueñas envueltas en vestidos de verano.

Para evitar que mamá llegara tarde entre a la tienda sin más tiempo para pensar. La encontré pagando y para cuando recibió el cambio yo ya la apresuraba hacia la iglesia mientras le contaba que había visto a sus nuevas compañeras pasar.

Entramos juntos, con objetivos opuestos, ella presentarse ante todas y dañarles la jugarreta y yo buscarlo a él.

Justo antes de llegar vi como se sobresalto ante la imagen del Señor Caído.

-Chance, entra primero. Necesito pedirle un milagro al Señor.

Al ver la figura no quise acercarme más. La vi arrodillarse y rezar; se veía tan concentrada que decidí dejarla sola.

Avance entre las sillas hasta notar la reunión en el frente. El pastor estaba en el centro hablando de manera cercana con las mujeres, ellas sonreían y respondían sus preguntas como un concurso para llamar su atención.

Revise las caras disimuladamente, nadie que me interesara.

Camine de nuevo hasta donde estaba mamá, ella seguía arrodillada. No la interrumpí.

Salí de la iglesia haciendo ruido con la puerta para que supiera que me había ido.

Me senté en las escaleras del atrio, intentando encontrar algo de sombra.

Cerré los ojos mientras el viento rozaba mi cara. Lo único que me gustaba de Hawkins era que todavía existían momentos de tranquilidad.

Sin ruidos extraños.

Sin presencias.

Pasaron unos cinco minutos hasta que mamá volvió a aparecer. Me buscó con la mirada y, cuando me vio, me hizo señas. La práctica ya había empezado.

Le levanté el pulgar y la vi entrar otra vez.

Me quedé ahí, mirando a la nada.

No quería ir al centro ni cruzarme con nadie, así que decidí ir al lugar más tranquilo de Hawkins.

El cementerio.

Irónicamente, el único lugar que me tranquilizaba además de los brazos de mamá.

La fría piedra me recibió, en la entrada habían dos ángeles, uno tenia un dedo sobre su boca, pidiendo silencio. El otro estaba tocando un trompeta, alzando su cara hacia el cielo. La reja estaba entre abierta.

Entré al lugar y busqué un espacio lejos de las tumbas. Me senté bajo un viejo pino y me recosté contra el tronco. Las agujas del pino me crujían y pinchaban bajo mis piernas, pero no me levante. Este lugar era perfecto para calmar mi ansiedad.

No tenía a nadie a quien rezarle ahí. Los restos de mi abuelo estaban en Austin, en su tierra. Lejos de su familia, sin nadie que rezara por él.

Cuando mis ojos comenzaron a vagar entre las lápidas, lo sentí antes de verlo. La incomodidad antes nula, comenzó a subirme por la columna. No había nadie a simple vista pero estaba seguro de que algo me observaba, ya estaba demasiado familiarizado con la sensación.

Algo volvía a mirarme. Esta vez me encontré con su mirada.

Lo vi observándome.

Detrás de una tumba, solo podía ver sus ojos y la parte superior de su cabeza.

Como un déjà vu, ya me estaba mirando fijamente. La luz gris del cielo se reflejaba sobre la mantilla blanca que cubría su cabello.

No apartaba los ojos de mí.

Era él, reconocería sus ojos.

Justo cuando iba a levantarme, para poder intentar hablarle, lo vi acercarse.

Vi como sus blancos dedos rozaban la tumba, tomaba impulso y se levantaba.

Caminaba lento, pero con una gracia extraña. Sus pies apenas hacían ruido sobre la hierba húmeda, estaba descalzo y tenía pedazos de césped pegados a las piernas desnudas, incluso podía notar como se veían sus venas azules atreves de sus muslos. Había estado sentado entre la hierba durante mucho tiempo.

La mantilla era de un blanco puro, pero tenia una mancha de tierra en la punta. Su cabello caía por su frente, rozando sus pestañas. Y sus ojos se hundían en su cara y brillaban como los de un ciervo.

No dejó de mirarme ni un segundo.

Y yo tampoco pude apartar la mirada.

Mientras mas se acercaba el tiempo parecía darme tiempo para poder ver a este ser.

Inclino su cabeza hacia un lado, parecía confundido, como si intentara entenderme. Ni siquiera vaciló en acercarse.

Él me miraba como si ya me conociera.

Se detuvo frente a mí.

-No creí que vinieras tan pronto, Chance.

Su voz era suave.

Hablaba como un susurro, el viento le robaba las palabras apenas salían de sus labios.

Sentí un escalofrío subir por mis brazos, pasando por mi espalda y terminando en mi cuero cabelludo.

-¿Me conoces? -pregunté antes de poder detenerme.

No respondió.

Extendió la mano, pálida y delgada.
Sus brazos, al contrario de sus piernas, estaban cubiertos. La camisa era blanca, aunque los años de uso se notaban en la tela. Tenía encaje, algo demasiado suave para que él lo usara.

Le tendí la mano, para presentarme de manera correcta.

Solo tomó mi mano.

Y me arrastró.

Sus dedos eran pequeños y helados. El frío atravesó mi piel tan rápido que tuve que contener la respiración.

Nunca he rozado la muerte pero estaba seguro que era como tomarlo de la mano.

Me llevó entre las tumbas sin soltarme. El cabello le revoloteaba con cada paso. Se veía tan tranquilo. Al contrario de mi, sentía como si mi cuerpo entero se quemara, empezando por la mano que me sostenía.

Yo seguía caminando detrás de él, aunque algo dentro de mí gritaba que debía detenerme.

No podía.

-Escogí lirios -murmuró mientras avanzábamos-. A mi mamá le gustan mucho. Aunque yo prefiero la madreselva.

Nos detuvimos frente a una lápida.

William Byers
1971 - 1983
Los ángeles te guiaran hacia la gloria.

Sentí el estómago hundirse.

Doce años.

Solo había vivido doce años.

Antes de poder lamentarme por el pequeño Will, mi atención se vio consumida por él.

Jugaba con los dedos de los pies, mirando la tierra y parecía pensar profundamente porque no cambiaba su expresión.

Miré la tumba.

-¿Era... tu familiar?

Él me miró en cuanto hable, parpadeo por primera vez desde que lo vi, luego bajó lentamente la mirada hacia la lápida, pasó sus dedos por el nombre y con un poco de diversión, volvió a mirarme y me confesó.

-Soy yo.

El aire abandonó mis pulmones.

Mi corazón dio un golpe tan fuerte que pensé que iba a vomitar.

Retrocedí un paso.

Pero él seguía sosteniendo mi mano.

Y estaba frío.

Frío de verdad.

Mis ojos volvieron a la fecha.

1983.

Muerto.

Eso no era posible.

Él estaba ahí.

Podía verlo.

Sentirlo.

Escuchar su respiración.

Will inclinó apenas la cabeza, observándome con una atención enfermiza.

Como si estuviera esperando mi reacción desde hacía mucho tiempo. Me regalo una pequeña sonrisa, sin dientes, solo levantando las comisuras.

-No estoy bromeando -dijo finalmente-. ¿Por qué le traería flores a una tumba que no es la mía?

Fue entonces cuando vi el ramo.

Lirios secos descansaban sobre la grava fría.

-Lindos, ¿no?

Siguió sosteniendo mi mano. Incluso apretó un poco más el agarre.

Además de las flores, vi sus zapatos apoyados sobre el césped junto a la tumba.

-Siéntate conmigo. Al fin puedo hablar contigo.

Me arrastró hasta la tierra y nos sentamos frente a su tumba, se giro de modo que pudiera verlo solo al él. Seguía sonriéndome.

Will me miró, y yo lo miré a él.

Mi temor comenzó a desaparecer poco a poco.

-¿Y por qué la mantilla? -intenté sacarle conversación. No sería correcto quedarnos tomados de las manos, en silencio, en medio de un cementerio.

-No me gusta el calor.

Se acercó un poco más a mí. Luego entrelazó nuestros dedos y preguntó:

-¿No vas a avisarle a tu mamá? Ella se preocupara por ti.

-¿Avisarle?

-Que pasarás la tarde conmigo. No queremos darle una mala impresión.

-Yo... no aún no le digo. Ella sigue en el coro. No tiene muchas más cosas que hacer.

-Lo sé. Pobre pajarito.

Por fin desvió la mirada de la mía. Tomó sus zapatos con la mano libre y comenzó a ponérselos con destreza.

-Vamos.

Creí que, al salir del cementerio, Will se evaporaría como un diente de león. Pero cuando cruzamos el umbral de la salida, su mano seguía aferrada firmemente a la mía.

Él era real.

Caminaba lento, sin mirar atrás, aunque de vez en cuando desviaba la vista hacia mí.

En lugar de hablar, empezó a tararear. Mamá había cantado esa canción antes, en la intimidad de nuestra cocina. Me pregunté si sería una casualidad.

Como si todo a su alrededor estuviera a su favor, los arboles empezaron a moverse con el viento, acompañando su voz con sus hojas. Jure que los otros sonidos se desvanecían haciendo que resaltara más y más.

Justo cuando iba a bajar la guardia de una vez por todas, un pensamiento intrusivo se metió en mi cabeza.

¿Will me conocía de antes o algo así?

-No deberías pensar tanto.

Will silenció mis pensamientos con una sola frase.

Decidí dejar de darle vueltas al asunto y concentrarme otra vez en él.

Había bajado la mantilla, ahora estaba envolviendo su cuello y dejaba que su cabello bailara con los arboles. Noto que miraba y volvió a sonreírme.

Su cara no parecía acostumbrada a esa expresión, porque se podía notar un poco de tensión en sus mejillas.

Conforme más nos acercábamos al pueblo, más podía notar cómo Will resaltaba. En el silencioso cementerio parecía estar mucho más en sintonía que rodeado de personas.

Aunque tampoco parecía prestarle demasiada atención a eso. Seguía lleno de hierba y la mantilla sucia, con el viento revolviendo todavía más su cabello.

Pero a él poco le importaba.

Parecía mucho más interesado en mí que en su propio aspecto.

-¿Y tú? Dijiste que a tu mamá le gustan los lirios.

-Tú ya la conoces.

-¿Lo hago?

-Sí.

Will parecía tener las palabras contadas. La charla trivial no parecía ser su fuerte.

Las escaleras de la iglesia se me hicieron eternas, como subir desde el abismo hasta el cielo.

Will soltó mi mano justo antes de entrar a la iglesia.

El cambio fue tan repentino que mis dedos sintieron una descarga inmediatamente.

-¿Qué haces? -pregunté en voz baja.

-Por el momento.

Empujé la puerta y el sonido del coro llenó mis oídos. Mamá estaba junto a otras mujeres, acomodando partituras sobre una mesa. Se veía relaja, justo en su elemento. El coro de Hawkins jamás tendría a alguien mejor con ellos.

Cuando nos vio, sonrió inmediatamente.

-Chance, pensé que seguías afuera.

-No mamá, fui a dar una vuelta y me cruce con Will.

Estire la mano hacia él para acercarlo a mi mamá cuando me di cuenta que no estaba, me gire para buscarlo y lo vi en la puerta de iglesia, asomando solo la cabeza. Me miraba fijamente y en cuanto le devolví la mirada inclino la cabeza hacía un lado, otra vez.

-Parece que es un poco tímido ¿Puedo pasar la tarde con él?

-Claro cariño, sabes que me encantaría que consigas amigos. ¿Dónde lo conociste?

-En la misa, el domingo. No te lo conté porque no sabía si lo volvería a ver.

No mencione el cementerio, y técnicamente si había conocido a Will en la iglesia. A mamá no le haría mucha gracia que me metiera al cementerio y mi encuentro con Will se sentía demasiado intimo como para contarlo.

-Ve con él pero no te metas en problemas Chance, y nada de atajos.

-Si mamá.

Regrese sobre mis pasos con la mirada de todos sobre la espalda, pase el umbral y no encontré a Will por ningún lado, lo vi hace un segundo no podría ir muy lejos.

Baje las escaleras y justo detrás de un árbol lo vi, estaba sobre una rama, extendiendo su mano hacía un cuervo que estaba posado en lo alto. Me puse de inmediato debajo de él al ver como una de sus piernas colgaba hacía abajo. Tenía suficiente fuerza para atraparlo antes de que pudiera lastimarse.

-¡Will, baja de ahí! No creo que sea muy seguro.

Mi grito espanto al cuervo, porque grazno y levanto sus alas al aire, desapareciendo a lo lejos.

Antes de que pudiera darme cuenta, Will salto y volvió a tomar mi mano, echó a correr conmigo y ya nos estaba llevando hacia el bosque. El mismo al que me había prometido no volver a entrar jamás.

El sol apenas atravesaba las hojas ese día. Comenzó a hacer frío, pero era un frío parecido al de la fiebre: lo sientes incluso cuando tu cuerpo está ardiendo.

-¿Qué hacemos aquí? -no pude callarme. Mi cuerpo empezaba a tensarse y mi mente daba vueltas otra vez.

-No va a pasar nada. Estás conmigo.

Eso no respondió mi pregunta.

Will había sentido cómo mi cuerpo reaccionó apenas cruzamos los árboles. Aun así, decidió seguir, con él no nos perderíamos ¿verdad? debía conocer todo el pueblo muy bien.

-¿Me viste en la iglesia también? -decidí arriesgarme a preguntar, no podía quedarme con más dudas mientras él nos metía a la boca del lobo.

-Sí.

-Pero no me hablaste.

-No estaba seguro de ti. No todavía. Pero ahora sí, así que deja de preocuparte.

Cuando iba a seguir preguntando, él se soltó de mi mano y caminó hasta un árbol pequeño. Apenas debía haber brotado hacía unos meses.

Un árbol bebé.

-Vamos, sal de ahí. Por fin voy a presentártelo.

Un gran cuervo viejo salió detrás de las hojas verdes. Giró lentamente la cabeza hacia mí y sus ojos cristalinos se fijaron en los míos.

Estaba ciego.

-Solo me reconoce por la voz -explicó Will- Es muy inteligente.

-¿Es tuyo? ¿Cómo se llama?

-Es un cuervo, no necesita un nombre.

El cuervo me miró y luego simplemente me ignoró.

¿No me había escuchado?

O tal vez no se sentía seguro conmigo.

Voló hasta Will y se posó sobre su cabeza, aferrándose a la mantilla blanca. En medio de la prisa volvió a ponérsela y yo no me había fijado.

Antes de que pudiera agregar algo más, sentí cómo Will volvía a tomar mi mano y apoyaba el hombro contra mi pecho.

Me miró fijamente.

Igual que la primera vez que nos vimos.

-¿No me llevarás a tu casa?