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Heaven Won't Save Us

Chapter 6: ¿A dónde me iré de tu Espíritu?

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"¿Y a dónde huiré de tu presencia?"

Salmo 139:7


Me desperté a las 5:00 AM, lo primero que hice al levantarme fue abrir la ventana.

Contrario a la creencia popular, a algunos adolescentes no les gustaba dormir hasta tarde.

Estaba acostumbrado a despertar antes de las 6:00 AM. En mi casa todos estábamos de pie a más tardar las 5:30 AM.

La tierra prometida era para los trabajadores.

Tendí mi cama con el frío de la madrugada metiéndose por mi piel. Los pajaritos cantaban y no se escuchaba nada espeluznante saliendo del bosque.

Punto para mi.

Mi alma se sentía más tranquila después de lo de anoche. No tenía por qué temer si me arrepentía de todo.

Debía empezar una nueva rutina en Hawkins. Cuando estaba en Austin mis mañanas se llenaban del campo y los animales del rancho. Yo era quien más ayudaba al abuelo, alimentaba a los animales antes de que saliera el sol y volvía a casa oliendo a heno, tierra mojada y estiércol.

No tenía nada que hacer en Hawkins.

Decidí darme el capricho de bajar en pijama.

Nadie había despertado aún. El piso estaba frío y la casa en un silencio profundo, solo mis pisadas se escuchaban mientras bajaba por las escaleras.

Entre a la cocina y me servi un vaso con agua. Me quedé sentado en el piso frente a la nevera abierta, dejando que el frío me golpeara directo a la frente, como si pudiera despertarme del todo. Apoye la cara dentro mientras bebía del cristal helado.

Si mi padre me viera diría que estoy actuando de manera impropia, pero en la intimidad de la mañana, decidí ser egoísta.

Después de terminar el agua y dejar el vaso en el piso, busque con la mirada por la nevera y encontré una bolsa con manzanas.

Tomé una. Era roja y grande, pero se sentía suave al tacto, empezaba a ceder bajo mis dedos. Estaba por pudrirse si no se consumía rápido.

Mamá había traído la comida desde Austin. Aún se aferraba a las marcas locales y parecía que ella tampoco quería decirle adiós a la ciudad del todo, por mucho que hablara bien de Hawkins ella también parecía extrañar Austin.

Hoy estaba pensando más en mi antigua ciudad que de costumbre. Tal vez los sucesos extraños que me perseguían desde el primer día eran los causantes.

En Austin podía salir en medio de la noche y nada me habría movido un pelo.

En este pueblo incluso las sombras parecían devorarte.

-¿Chance, que haces ahí? Párate, te vas a resfriar.

Salte donde estaba, era mi padre. Me miraba fijamente pero parecía más cansado que enojado.

-Si señor, perdón.

Me levanté a tropezones y lo mire fijamente. Vi cómo se sentaba en la mesa y miraba la hacia afuera.

-Este lugar es raro ¿No?

Estaba intentando sacarme conversación, quería saber cómo me estaba sintiendo sin preguntar directamente. No era muy cercano a mi padre, pero sabía que le preocupaba.

-Esta bien, es muy tranquilo, supongo, aunque... No es nada, olvídalo.

Tartamudeé, a él no le gusta que tartamudeara. Pero me sorprendió su mirada cuando lo ví a los ojos, cariño cansado. La misma mirada con la que yo veía a mamá cuando se emocionaba de más.

-Te pareces a tu madre, ella también hacía eso antes.

No había tartamudeado porque estaba emocionado o feliz, pero decidí callarme y dejarlo pensar lo que quisiera.

El silencio volvió mucho antes de lo que pensé. Aunque no era incómodo, solo tranquilo.

-Bien, hoy tenemos muchas cosas que hacer entonces no te pongas vago y ayúdame con el techo de la casa.

-Voy a ducharme y bajo.

Subí las escaleras de nuevo, tenía las manos dulces y pegajosas del néctar derramado de la manzana. Necesitaba ducharme para empezar a trabajar temprano y tener la tarde libre. Quería volver al pueblo y mirar los alrededores.

Para cuando me di cuenta ya estaba frente a mi armario buscando ropa cómoda. Me decidí por unos pantalones capri y una camisa de algodón azul claro.

Últimamente estaba tan metido en mi cabeza que no me daba cuenta de cuando hacía las cosas. Como salir de la tienda general ayer o no recordar la ducha de hoy.

Me pase las manos por el cabello húmedo y salí en medias, deje mis zapatos en la entrada para no ensuciar el piso con tierra.

-Estoy listo papá -dije mientras bajaba las escaleras tomando la barandilla.

-Tenemos que ser silenciosos, dejemos a tu mamá descansar.

Salimos por la puerta trasera y vi como buscaba por las paredes de la casa. Por la parte lateral había una escalera oxidada pegada a la pared de la casa, si él no la hubiera señalado la habría pasado por alto.

-Creo que esta chatarra no me aguantara a mi, ve subiendo mientras busco nuestra escalera para mi.

Tomé indeciso el peldaño frente a mi cara. Se sentía lo suficientemente sólido, entonces subí el primer pie a la escalera y me impulse hacia arriba.

La pintura despintada y el óxido hacia que las manos me picarán pero logré subir sin mucho problema.

Era bastante atlético, consecuencias de trabajar en el rancho haciendo fuerza constantemente. Mi padre por el contrario, no tenía tanta fuerza y prefería ir a lo seguro.

Cuando llegue al techo me di cuenta de que podía ver el cementerio desde aquí. Los mausoleos más grandes sobresalían y podía ver la primera línea de tumbas a lo lejos.

Si nos quedabamos realmente en Hawkins probablemente ese sería el lugar donde descansarían mis restos.

Entre las cruces creí ver movimiento, fije mi vista para ver si había algo pero no había nada más que tierra y cemento frío.

El sol saliendo del otro me distrajo de mi paranoia. Era dorado y cálido. Hacía que mi piel brillara suavemente y que mis ojos se quisieran cerrar.

Padre subía desde una escalera más nueva, la nuestra la habíamos comprado hace poco, porque la del rancho estaba peor que la de la casa.

-Desde acá no se ven las goteras, voy a tener que bajar y señalarte desde adentro. Cuando veas que una teja se mueve es porque esa la debes mover. ¿Entiendes?

-Si señor.

Seguí mirando el amanecer mientras sus pisadas inseguras se alejaban por el borde del techo.

Me concentre en mi tarea, moviendo la tejas de un lado a otro, tapando los huecos que a mamá le asustaban. Ambos intentando hacer el menor ruido posible para no despertarla.

Eran las 7:43 AM cuando terminamos. Mamá se había levantado en algún punto y ya la escuchaba cantando en la cocina preparando el desayuno para todos.

Me baje del techo dandole una última mirada al cementerio, por si veía algo.

Al no ver nada, dí la espalda y baje por la vieja escalera, cuando estaba por llegar el peldaño dónde tenía en pie derecho se hundió y me lastimo el tobillo.

No hice ruido, no había sido para tanto.

Baje al patio trasero y mire entre los árboles.

Nada.

Volví dentro de la casa, el salón estaba vacío y la actividad sonaba en la cocina.

Mamá movía un omelette con una espátula azul oscuro en la estufa. Ella seguía tarareando, no pude reconocer la canción. El olor del huevo salía por todas partes, hacia que mi estómago retumbara, después de todo ese trabajo tenía mucha hambre.

-¿Como te fue? Tu papá dijo que estaban arreglando el techo.

-Bien, me tropecé mientras bajaba.

-¿Te lastimaste, cariño? Puedo traer una crema o algo.

-Estoy bien, no fue nada. Debemos estar pendientes cuando llueva pero creo que ahora el techo está arreglado.

-Bien, siéntate mientras te sirvo -mamá caminó hasta el marco de la cocina y llamo a padre desde ahí- ¡Clyde, el desayuno!

Mi padre jamás se rebajaría a gritar en medio de la casa, entonces nuestra única respuesta fueron sus pisadas acercándose.

Para cuando llegó, mamá y yo ya nos tomábamos de las manos para orar. El se unió y todos cerramos los ojos y agradecimos la comida.

Al terminar, empezamos a comer en el tan mencionado silencio.

-Se acabaron las velas. Si se vuelve a ir la luz nos quedaremos a oscuras.

-Puedo ir a comprar más, querido no me molesta.

-Dejemos que Chance vaya, que empiece a conocer el pueblo solo. No podrá estar siempre detrás de ti.

-Puedo ir, pero me tardaría mucho. ¿No necesitas mi ayuda en algo más?

-Puedo encargadarme yo solo. Y después de que las compres, ve y pídele al sacerdote que las bendiga.

-Entiendo.

No entendia para que en realidad. ¿Para que bendecir unas velas?

Termine de desayunar mientras ellos hablaban. Mamá quería poner un librero en el salón, al lado del sofá para que cualquiera pudiera tomar los libros, mi padre por el contrario, quería que el librero quedara en su oficina porque la mayoría de los libros eran de él.

Me levanté y lave mi plato, lo puse en el escurridor y subí a cepillarme los dientes.

-Chance, te llevaré en coche hasta el cementerio, ve caminando desde ahí.

Baje rápido para no hacer esperar a mi padre. Me puse los zapatos del día anterior y me despedí de mamá, que ahora estaba escribiendo en el recetario.

-¡Habla con alguien Chance, abrete al mundo! ¿Quieres?

-Lo intentaré mamá.

Le di un beso en la frente y me fuí hasta el porche para esperar a que mi padre sacará el coche del garage.

Me subí al puesto delantero y subí la ventanilla, a padre no le gustaba cuando estaban abiertas. Las llantas rodaron y la casa se perdió entre las copas de los árboles.

Pase los minutos de viaje mirando hacia afuera, me hubiera gustado caminar por el bosque pero después de todo algo en mí decía que eso definitivamente no era una buena idea. Era bastante intuitivo cuando me convenía, así que era mejor seguir mi instinto por ahora.

Cuando llegamos a la entrada del camino pude ver el cementerio mejor, no le había prestado suficiente atención desde que llegamos. Me pregunte si todo lo raro que ha pasado estaba relacionado con la locacion de la casa.

-Regresa antes del almuerzo, no le hagas caso a tu mamá y no hables con extraños.

-Si señor.

-Y Chance, trata de divertirte.

Me dió una leve sonrisa y arranco el coche, me quedé hasta que vi como desapareció entre los árboles otra vez.

Camine por el camino desolado, solo el sonido de la naturaleza a mi alrededor. Habría traído mi walkman si supiera que tardaría tanto.

La tierra estaba seca y el sol empezaba a golpearme la cabeza. Cómo no tenía nada que hacer mi mente se dirigió justo donde no quería.

El fantasma de la iglesia.

Yo no era superstioso, en comparación con mi padre y con mamá. Pero cada vez que lo recuerdo, más seguido de lo que me gustaría, se me pone la piel de gallina.

Tenía curiosidad. ¿Había sido real? O un producto de mi imaginación para pensar en otra cosa que no fueran los cambios recientes en mi vida.

Comencé a ver la iglesia a lo lejos, primero tenía que comprar las velas, devolverme y hacer que las bendijeran. Ni siquiera sabía si el pastor estaría de acuerdo con eso.

No sabía dónde comprar velas, entonces fui al único lugar que se me ocurrió, Melvald's estaba en el centro y yo tenía que seguir caminando.

Vi pasar a una chica en patineta, junto con otros dos adolescentes en bicicleta.

En este momento me gustaría tener una, mamá quería comprarmela desde Austin, pero me negué porque pensé que era infantil. Mi padre aseguro que me enseñaría a conducir cuando cumpliera quince.

Nunca aprendere a montar en bicicleta.

Pase por la ferretería, la tienda agrícola, RadioShack y finalmente Melvald's.

Justo antes de entrar, en un poste noté una nota vieja de se busca.

Las letras estaban borrosas, el papel amarillo y a punto de romperse y la foto ya no se veía.

No sabía que Hawkins tenía una historia tan cargada de tragedias. Muertes y desapariciones no eran una buena forma de vender el pueblo.

Continúe de largo y entre.

La señora Joyce no se encontraba en el mostrador. No trabajaba hoy o no era su turno, no lo sé.

Aún así saludé al señor, que me miraba fijamente y me analizaba. No creía verme como el tipo de persona que causa problemas, pero para él eso podría ser la única verdad del universo.

Me moví en silencio entre los estantes. Busqué y busqué hasta encontrar unas velas blancas arrinconadas al fondo de la tienda.

Pensé que sería mucho más fácil encontrarlas después de ver cientos en la iglesia el otro día, pero al parecer aquí la gente no las usaba tanto.

Entonces, ¿qué hacían cuando se iba la luz?

Tomé el paquete cubierto de polvo y me acerqué al mostrador. El señor me miró de arriba abajo y, en lugar de registrar el pago de inmediato, habló primero.

-¿Eres nuevo aquí? No te había visto antes, niño.

-Sí señor. Mi familia y yo nos mudamos hace unos días.

Sus ojos bajaron hacia las velas.

-¿Y para qué las quieres?

-Por si vuelve a irse la luz, señor. Disculpe que pregunte, pero... ¿eso pasa seguido por acá? Nos quedamos toda la noche sin electricidad.

El hombre soltó un pequeño resoplido por la nariz.

-Pasa bastante. Más estos últimos días. Acostúmbrate.

Pasó el paquete por la registradora y me tendió la mano esperando el dinero.

-Sí señor. Gracias.

No dijo nada más.

Salí del lugar y volví a caminar por donde había llegado. No había nadie interesante por ahí. Unos niños de primaria comían helado en el mismo lugar donde mamá y yo habíamos tomado malteadas el otro día. Llevaban la ropa más colorida que había visto desde que llegué a Hawkins.

Un anciano estaba sentado afuera de una tienda de ropa fumando un cigarrillo. Tosió tan fuerte que sentí la muerte salir de sus pulmones.

Justo frente a él, una señora perfectamente arreglada empujaba una carreola. Su bebé no debería estar respirando todo ese humo, pero yo no era quién para juzgar.

Mamá definitivamente no estaría orgullosa de mí si terminaba haciéndome amigo de un viejo fumador.

Seguí caminando. Tal vez en la iglesia habría alguien más adecuado para mi misión secundaria de conseguir amigos.

Atravesé el césped impecablemente cortado y puse las manos sobre las pesadas puertas de la iglesia. Miré hacia adentro sin entrar del todo.

Las bancas estaban vacías.

Esta vez no había nadie realmente.

Y, para mi propia vergüenza, eso me decepcionó un poco.

Esperaba poder confirmar la existencia de mi espectro.

Entré y avancé lentamente mientras me echaba la bendición. La puerta que llevaba a la casa del pastor quedaba detrás de la iglesia. Recordé que ahí era donde ensayaba el coro.

Mamá aún tenía dos días para preparar la voz antes de empezar.

Estaba seguro de que para la misa del próximo domingo estaría sentada en primera fila, cantando como si quisiera que Dios la escuchara solo a ella. Y con su voz estaba seguro de que Él lo haría.

-¿Buenas tardes? Señor pastor.

-¿Hijo, ocurrió algo? Es raro ver jóvenes como tú aquí un lunes por la tarde.

-Necesitaba pedirle un favor. Mis padres querían bendecir estas velas para la casa. ¿Podría hacerlo?

El sacerdote observó el paquete entre mis manos antes de negar suavemente con la cabeza.

-Lo siento, hijo, pero dejamos las bendiciones para los domingos. Debieron traerlas ayer durante la misa.

-Pero sí estuvimos ahí.

-Estoy seguro de que las velas pueden esperar. ¿Necesitas algo más?

-No señor. Gracias de todas formas.

Salí un poco avergonzado. Mi padre probablemente no estaría feliz con eso. Tal vez debía llamar a casa y preguntar qué hacer.

Volví hacia la calle principal buscando un teléfono público.

Encontré uno en una esquina, cubierto de volantes viejos y con el vidrio empañado y medio quebrado. Dentro hacía un calor sofocante que te robaba el aire y te dejaba sudando hasta la espalda.

Tomé el pesado auricular y traté de recordar el nuevo número de la casa.

Lo había memorizado ayer mientras ayudaba a mamá con la lasaña.

Marcar era incómodo. Los números estaban pegajosos y hundirlos hacía doler las yemas de los dedos. La moneda casi no quería entrar.

Pensé en rendirme y colgar hasta que escuché la contestadora.

-Buenas tardes, residencia Romanillos.

La voz cantarina de mamá sonó distorsionada al otro lado de la línea.

-¿Mamá? Soy yo. El pastor no quiso bendecir las velas. ¿Qué hago?

-Ven a casa ya, cariño. No importa. Las velas seguirán iluminando incluso sin estar bendecidas.

Miré el paquete blanco atrapado bajo mi brazo.

-Está bien. Voy en camino.

Colgué rápidamente y salí del teléfono público.

Ahí dentro era un horno.

No había cumplido ninguna misión.

Ni velas benditas ni amigos nuevos.

Vaya fiasco de día.

El camino de regreso no fue tan relajado. Me sentía cansado, decepcionado y ligeramente avergonzado. El pastor me había hecho sentir como un idiota.

Sí, sabía que normalmente los rosarios y las cruces se bendecían los domingos. En Austin también era así.

¿Pero velas?

¿En serio?

Volví a pasar frente a la iglesia, pero esta vez ni siquiera la miré. Seguí caminando hasta que vi la entrada del cementerio.

Estaba bastante seguro de que, si cruzaba por ahí, llegaría más rápido a casa. Me ahorraría toda la vuelta, aunque tendría que atravesar el cementerio... y después el bosque.

Estaba tan cansado que admito no pensar con claridad.

Entré.

El cementerio estaba en paz. Lo que se esperaba de tierra santa.

No toqué nada ni me puse a curiosear, aunque una de las tumbas tenía un cuervo bastante bonito posado encima.

Olía a flores en descomposición.

No había moscas ni zombis.

Me gustó bastante.

Tal vez podría venir de vez en cuando y caminar un rato por ahí.

Seguro a los muertos no les molestaba que un chico caminara sobre ellos algunas veces. Debían aburrirse muchísimo allá abajo.

Salté el pequeño muro de la parte trasera y me interné en el bosque.

No me comió un coyote.

Buena señal.

Estaba oscuro y no veía casi nada.

Mala señal.

Apenas llevaba unos diez pasos dentro del bosque y ya parecía que fueran las seis de la tarde. La luz desaparecía bajo las copas de los árboles y todo se volvía húmedo y verdoso.

Caminé sin mirar demasiado hacia los lados, por si algo decidía asomarse detrás de un tronco y matarme del susto.

Caminé.

Caminé.

Caminé.

Estaba seguro de que, siguiendo el camino normal, ya casi habría llegado a casa. Pero ahí dentro no existían entradas ni salidas. Todo se veía igual.

Solo escuchaba pájaros, ramas crujiendo... y algo moviéndose detrás de mí de vez en cuando.

Tonto Chance.

No te metes en un bosque que no conoces.

Seguro eso lo enseñaban los boy scouts.

Yo no fui boy scout.

Aun así, no sentía verdadero pánico. Seguía convencido de que, si caminaba en línea recta el tiempo suficiente, terminaría llegando a algún lado.

Decidí sentarme un momento y tratar de ubicarme.

Las raíces no eran cómodas, pero sí la sombra sobre mi cabeza. El árbol era enorme, tan grande que tapaba casi toda la luz.

¿Laurel, quizás?

No sabía mucho de árboles, pero estaba bastante seguro de eso.

Entonces lo pensé.

El árbol.

Si lograba subir, probablemente podría ver dónde estaba.

Empecé a escalar.

Mis pies resbalaban y mis manos terminarían destrozadas, pero no pensaba pasar la noche dentro de ese bosque.

Subí hasta la primera rama gruesa y descansé unos segundos. Desde ahí todavía no podía ver nada. Solo estaba gastando más energía de la que tenía.

Esperaba no estar haciendo una estupidez y terminar con un hueso roto en mitad de la nada.

Seguí subiendo.

Ya era mediodía cuando entré al bosque, pero juraría que no había pasado tanto tiempo. Como mucho una hora.

Mamá probablemente ya empezaba a preocuparse.

Ni quería imaginar cómo estaría mi padre.

Cuando finalmente llegué a las ramas más altas, las manos me sangraban.

La bajada sería mi castigo por imbécil.

Me aferré al tronco y levanté la mirada por encima de las copas de los árboles.

Era casi de noche.

El cielo tenía ese color azul oscuro que aparece justo antes de apagarse por completo.

El corazón se me hundió.

Había pasado todo el día ahí dentro.

Y ni siquiera me había dado cuenta.

¿Qué demonios había pasado?

Busqué desesperadamente entre el mar de árboles hasta que vi algo familiar.

Mi casa.

Estaba detrás de ella. Del lado del patio trasero.

Me quedé inmóvil.

Había caminado en línea recta todo el tiempo.

O al menos eso creía.

No entendía cómo había terminado dando semejante vuelta.

Y entonces, lejos de la espesura del bosque, logré escuchar unas sirenas.

Policías.

Mis padres habían llamado a la policía.

Me dieron ganas de lanzarme del árbol.

Pero sabía que no era una decisión inteligente.

Aunque, sinceramente, tampoco lo había sido meterme solo en ese bosque.

No sé cómo lo hice, pero bajé en la mitad del tiempo que me había tomado subir. Mis manos ardían y dejé manchas de sangre por todo el tronco.

Cualquier persona que pasara por ahí probablemente se asustaría al verlo.

Al menos, si moría, una parte de mí se quedaría para siempre en ese árbol.

Empecé a caminar rápido siguiendo la dirección que había memorizado desde arriba. Intenté concentrarme en el camino y no en mis pensamientos.

Ni en el sonido que juraba escuchar detrás de mí.

Ramas.

Pasos.

No miré atrás.

Unos quince minutos después, atravesé finalmente la línea de árboles y salí por el patio trasero de mi casa.

El alivio me golpeó de inmediato. Tanto que suspiré.

Y justo antes de abandonar el bosque por completo, juraría haber escuchado una pequeña risa.

Suave.

Tintineante.

Como una campana.

Detrás de mí.

Justo detrás de mí.

Volteé alarmado.

Eso no podía ser un animal.

No era tan estúpido como para negarlo.

Alguien me había estado siguiendo.

La puerta trasera se abrió con un golpe seco. Me puse recto intentando parecer firme, pero el labio inferior me temblaba y lo único que quería era abrazar a mamá.

Intenté que mis ojos no se llenaran de lágrimas.

Fue inútil.

-¡Chance!

La voz de mamá sonó tan fuerte que me hizo sobresaltarme. Apenas alcé la vista y ella ya venía hacia mí.

Me tomó la cara entre las manos antes siquiera de regañarme. Me revisó de arriba abajo. Estaba pálida y tenía las mejillas mojadas.

Entonces miró mis manos.

Y mi camisa.

Estaba cubierto de sangre y ni siquiera me había dado cuenta.

-Dios mío, estás sangrando.

Bajé la mirada hacia mis manos destruidas y después hacia la puerta principal.

Las luces estaban encendidas. Papá despedía a un hombre con uniforme.

Mi padre.

Nunca lo había visto así.

Tenía la mandíbula tan tensa que parecía dolerle y el cabello ligeramente desordenado, como si hubiera estado pasándose las manos por la cabeza durante horas.

Entonces entendí.

De verdad pensaron que me había pasado algo.

-¿Dónde estabas? -preguntó mi padre.

No gritó.

Y eso fue peor.

-Yo solo... me perdí. Intenté tomar un atajo.

-¿Te perdiste? -mamá habló casi sin aire- Chance, llamamos a la policía.

Sentí un hueco abrirse en mi estómago.

Mi padre caminó hacia mí lentamente.

-Te dije que regresaras antes del almuerzo.

-Lo sé.

-¿Entonces qué pasó?

Abrí la boca dispuesto a defenderme. A decir que no era un niño. Que Hawkins parecía un laberinto. Que no era mi culpa que el bosque pareciera moverse y girar sobre sí mismo.

Pero me detuve.

Mamá seguía sosteniéndome las manos aun cuando las estaba llenando de sangre. También había manchado su vestido azul cielo.

La manché.

Y mi padre me miraba como si hubiera regresado después de años desaparecido.

La culpa me golpeó tan fuerte que sentí ganas de vomitar.

-Lo siento mucho, señor. Señora.

El silencio llenó el patio.

Mamá fue la primera en abrazarme.

-No vuelvas a hacernos esto, cariño. Creí que algo te había pasado.

Su voz se quebró.

-Habría sido mi culpa. Te dejé ir solo.

Cerré los ojos mientras ella me apretaba contra su pecho.

Después se separó con cuidado y me tomó de los antebrazos para no tocarme las palmas heridas. Me llevó hasta la cocina y pasó un trapo húmedo sobre mis manos.

No me había dado cuenta de cuánto me dolían.

La adrenalina lo había escondido todo, pero ahora, en la calma de la casa, sentía los cortes de la cara y las ampollas ardiendo en mis pies.

-Te enseñaré a manejar -dijo papá desde la puerta-. Así podrás tomar el coche cuando lo necesites y dejarás de inventarte atajos. ¿Qué habría pasado si te encontrabas con un animal?

Ahora más tranquilo, finalmente me reprendió.

Pero su voz seguía sonando aliviada.

Creí que me gritaría. Que me castigaría hasta los veintiuno.

Pero el hecho de que él también hubiera estado asustado hacía todo mucho más real.

Pude realmente perderme.

Eso sí me asustó.

Pude haber desaparecido.

Y aun así, incluso dentro del cálido y melancólico ambiente de la cocina, no logré olvidar la risa.

La risa que probablemente también me perseguiría en sueños esa noche.