Chapter Text
"...porque a dondequiera que tú fueres, iré yo, y dondequiera que vivieres, viviré. Tu pueblo será mi pueblo, y tu Dios mi Dios"
Rut 1:16
La iglesia era asfixiante de noche.
Nada de la calidez que la había acompañado en la mañana había sobrevivido. El sonido de los cánticos se había quedado atrapado en las paredes, resonando en mis oídos como un silbido agudo. El olor a pastel se desvaneció por completo, reemplazado por el incienso y la cera quemada. Adiós a las risas infantiles, a los rezos de familias completas y a las campanas repicando.
Era como ver la otra cara de una misma moneda.
En la noche, con la penumbra llenando cada esquina, las pequeñas imperfecciones se ocultaban. No se veían los arañazos en las viejas bancas ni las baldosas rotas por las orillas; todo estaba cubierto por las sombras.
Viéndola de noche, realmente podrías creer que era la casa de Dios.
Mis ojos se acostumbraron poco a poco, aunque tuve que parpadear varias veces.
Cada vez que los cerraba, rezaba para que al abrirlos todo fuera una pesadilla; que mi mente estuviera tan ansiosa por todo lo que pasó, que mi cuerpo hubiera decidido castigarme negándome el descanso.
Pero no fue así. Era real.
La luz lunar entraba por la puerta abierta, iluminando el pasillo central. Los vitrales de las ventanas seguían reflejando colores, pero como la luna no había nacido con la intensidad del sol, la claridad era delicada y pálida.
Tragado por la oscuridad, el altar se encontraba en el fondo, donde ni una sola gota de brillo llegaba. Las figuras de los santos no perdían su solemnidad, pero sus ojos de cristal ya no transmitían empatía, cariño o respeto. Ahora solo parecían vigilantes. Sus caras de yeso roto resaltaban en las sombras.
Pasé mi brazo por los hombros de Will y lo atraje a mi costado. Necesitaba sentirlo, recordar por qué lo estaba haciendo, convencerme de que tenía una razón. Por él.
El olor a polvo y cera vieja se había quedado suspendido en el aire. Con cada respiración, el pecho me ardía y se contraía; tal vez aquello era por mi propia agitación y no por la atmósfera.
Tomé una última inhalación. Abracé a Will más fuerte y di el primer paso vacilante hacia el interior, firmando mi sentencia.
No nos fulminó un rayo y el suelo no se abrió para tragarnos vivos. Nada pasó. Nada.
Nuestros pasos resonaban, haciendo eco por toda la iglesia. Tuve que controlar mi propio cuerpo para no salir corriendo; cada pisada que daba era una pieza más para mi perdición.
Detrás de nosotros, la pesada puerta comenzó a cerrarse despacio. La luz del pasillo se desvaneció con ella y, con la misma lentitud, mi esperanza de salir, también.
Apenas nos quedamos en la oscuridad total, Will se separó de mí. Su cuerpo, que antes me anclaba al presente, me dejó a la deriva en la profunda negrura que me devoraba.
-¿Will?
No hubo respuesta. Ni una risa para indicar que era una broma, ni una disculpa por soltarme, ni pasos arrepentidos de vuelta hacia la puerta. Ni siquiera se escuchaba su respiración. Era como si hubiera desaparecido, dejándome completamente solo.
-¿¡Will!?
Di dos pasos hacia atrás y alcé las manos intentando buscarlo. Mis piernas empezaron a temblar y no pude dar otro paso; era como si me hubiera congelado.
Mi cabeza comenzó a dar vueltas. No importaba a dónde mirara, solo había oscuridad, engulléndome sin piedad. El sonido agudo en mis oídos aumentó, impidiéndome pensar con claridad.
El aire se puso más denso, apretándome la garganta, impidiéndole a mis pulmones funcionar. Una sola respiración bastaba para que miles de uñas arañaran mi pecho.
Incluso si no veía nada, sentía que las paredes se acercaban, encerrándome para hacerme parte de la iglesia para siempre.
Intenté buscar a Will otra vez, buscando agarrarlo del suéter o tomar su mano y traerlo de nuevo hacia mí, pero todos mis esfuerzos fueron en vano. No había rastro de él.
Estaba ciego y sordo, atrapado, sin poder moverme. ¿Así se sentía la muerte? ¿Soledad y silencio?
No, Chance, no es hora de que pienses algo así, o esta vez empezarás a volverte loco de verdad. Debes ser racional y buscar una solución.
Después de unos minutos de abrumador silencio, metido en mi cabeza sin saber qué hacer, escuché un clic. Y, a lo lejos, la prueba de que seguía existiendo y no me había perdido en la inmensidad del vacío.
Una pequeña luz amarilla en el altar.
Se encendió. Luego en el lado opuesto. Una tras otra. Eran velas, resplandeciendo, bailando en la oscuridad, como luceros en el cielo. Y una mano blanca sosteniendo un mechero era la responsable de tal suceso.
La cara iluminada de Will apareció, encendiendo la última vela del altar. Sus mejillas brillaban por las lágrimas, tenía los labios tan rojos que parecían sangrar y el cabello desordenado por un solo lado, como si se hubiera pasado la mano por la cabeza muchas veces. Parecía destrozado, como si el mundo entero hubiera decidido ser cruel con él, pero sus ojos cálidos, reflejando la llama, demostraban una suavidad y dulzura inigualables.
Dejó la vela en la mesa de mármol del altar y dio la vuelta; todas las velas se consumían a sus espaldas. Su figura, pequeña y solitaria, empezó a caminar por todo el altar.
No podía dejar de mirarlo, como si, al cerrar los ojos un segundo, este angelical ser fuera a desaparecer de nuevo en las sombras de la iglesia, dejándome solo en medio de la perdición.
-¿Will?
Él se detuvo y volteó para mirarme. No podía ver su cara, pero sí vi sus brazos abiertos hacia mí, esperando mi llegada.
Me recordó a la figura de Jesús, que también abría sus brazos a sus corderos, esperando guiarlos con amor.
En menos de un segundo ya lo tenía en mis brazos, apretando su cuerpo con el mío, asegurándome de que era real.
-¿Will? ¿Cómo se te ocurre?
-Perdón.
-No vuelvas a hacer algo así, pensé que te habías ido.
-No te dejaría, Chance.
Will me atrajo hacia la mesa, movió con paciencia cada una de las velas, poniéndolas por el suelo, despejando el mármol. Le dio dos golpecitos a la piedra y me miró.
Sin hacerlo esperar, agarré su cintura y lo subí a la mesa; él se quedó sentado y, sin dejarme ir, me abrazó por los hombros y pasó sus muslos por mis costados. Me atrapó.
-Perdón por obligarte a hacer esto, Chance.
-Ya lo arreglaré después. ¿Te sientes mejor?
-Aún no. Pero lo estaré.
Aprovechando que estaba cerca, acomodé cada mechón rebelde, intentando peinarlo.
Mis dedos se sumergieron en su cabello, perdiéndose en el castaño suave. Tenía unos cuantos nudos que desenredé con cuidado; no quería jalarlo.
Tomé sus mejillas y moví su cara de un lado a otro. Bien, ya estaba presentable.
Lo solté y me apoyé en el mármol. La piedra estaba tan helada que mis manos se entumecieron en segundos. ¿Will estaba sentado sobre algo tan frío?
Sin esperar a que él me dijera algo, me alejé de él y me quité el suéter que traía puesto. El frío me golpeó de inmediato, poniendo mi piel de gallina. Me quité el pelo de la frente y puse el suéter en la mesa. Ahora, a la luz de las velas, notaba que era otro regalo de mamá; Navidad, si no estaba mal.
Después, sin avisarle a Will, pasé mis manos por sus muslos y lo levanté, para sentarlo sobre el suéter. Ahora sus piernas estarían mejor protegidas del frío. Sin estar satisfecho, puse las mangas sobre sus muslos, cubriéndolos por encima también.
-¿Mejor?
-No era necesario, seguro estoy más frío que el mármol.
-No me importa. ¿Mejor?
-Sí, Chance. Mejor.
-Bien.
Me dejé atrapar otra vez; Will incluso apoyó su cabeza en mi hombro. Me gustaba mucho que hiciera eso; era adorable.
-¿Will? ¿Me lo dirás?
-¿Qué?
-¿Por qué querías entrar? Te veías mal. Triste.
-Te lo diré, solo... déjame disfrutar del momento, ¿sí?
Suspiré, sin saber qué decir después de eso.
Solo pude abrazarlo más fuerte. A este punto dudaba que algo pudiera separarme de Will. El sacerdote podría aparecer, mis padres buscarnos y los santos cobrar vida.
Nada me separaría de él, excepto que él me lo pidiera.
Tal vez Will pensó lo mismo, porque sus dedos se apretaron en la tela de mi camisa.
Escondió la cara en mi cuello e inhaló profundamente, como si quisiera memorizar a lo que olían nuestros cuerpos juntos.
Algo tuvo que salir mal en algún momento, porque de la nada, enterró las uñas en mi espalda y se dejó caer hacia mí. Todo su peso ahora estaba sobre mi pecho.
Volví a sentir cómo mi cuello se mojaba; Will volvía a llorar. Lágrimas calientes, sin parar un segundo.
Su respiración se aceleró, podía verlo cuando sus pulmones subían.
Luego empezó el temblor, en los hombros, las manos y luego las piernas.
Un sonido ahogado salió de él, intentó callarlo poniéndose la mano en la boca, pero de inmediato lo impedí. Tomé esa misma mano y la puse sobre mi corazón. Volvió a enterrar sus dedos, pero ni una sola queja saldría de mis labios.
¿Qué podía hacer?
Sentí que hablar en ese momento no era correcto, entonces solo lo acerqué más y besé su frente. Me quedé ahí, demostrando que jamás lo dejaría. Como él conmigo.
Exacto, como él conmigo.
Imitando al Will de la mañana, respiré más lento para que él pudiera seguirme, solo me concentré en eso. Inhalar y exhalar. Uno y dos.
Incluso en medio de su crisis, Will me entendió. Intentó seguir mi ritmo y poco a poco su cuerpo volvió a relajarse.
Fueron más de diez minutos. Minutos que se sintieron siglos. Cada lágrima fue un puñal directo a mi corazón.
Pasé mis pulgares por sus mejillas, borrando el rastro de lágrimas. Él hipó una vez y pensé que volvería a llorar pero en su lugar me alegró con una risita.
-¿Estás bien ahora, lucerito?
-Sí, solo tú podrías hacerme llorar, consolarme y hacerme llorar de nuevo.
¿Hacerlo llorar? ¿Fui yo? Me aferré a sus mejillas tibias y junté nuestras frentes. Ay, no.
Por mi mente pasaron estas horas. ¿Qué hice mal? ¿Le hablé muy fuerte? ¿O lo ignoré en algún momento? No podía recordar nada.
-¿Fui yo? Lo siento tanto. No lo volveré a hacer.
-No así. Solo estoy sensible hoy. Por tu culpa.
-¿Hice algo mal?
Esta vez una sonrisa temblorosa adorno su rostro.
-Es exactamente eso. Jamás haces algo mal.
Esa no era la respuesta que esperaba, pero prefería esta a que me dijera que lo hice sentir mal en algún momento.
El dedo índice de Will se levantó y fue directo a mis cejas. Se pasaba de derecha a izquierda. Era increíble cómo Will pasaba de colapsar en mis brazos a distraerse mirando mi cara.
Pero yo no podía recriminarle nada luego de que mis ojos se vieran atraídos a los suyos. Estaban un poco rojos, pero eso no le quitaba encanto.
Ojos negros y pestañas húmedas.
Solo eso me importaba.
-¿Te han dicho que eres hermoso?
Su aliento golpeó mis labios; no me di cuenta cuándo dejó de jugar. Ahora esos agujeros negros que tenía por ojos estaban fijos en mí. Un escalofrío me recorrió.
-No recibo muchos cumplidos.
-Pues qué ciegos.
Una risa brotó de mí antes de darme cuenta.¿De dónde salió eso? Will se unió, pero luego se quedó quieto sin dejar de observarme.
-¿Eres real, Chance?
-¿A qué te refieres?
Él solo alzó los hombros y me abrazó. Ahora no podía ver sus expresiones.
-No lo pareces.
-Bueno, estoy seguro de que sí lo soy.
-Tenemos suerte de que sí.
Escuché cómo su tono bajaba con cada palabra. Luego solo apretó sus piernas, acercándome más, aunque para este punto no había espacio entre ambos.
-¿Si te digo lo que siento, huirás de mí?
Imposible. Por Will cometí sacrilegio e invasión a propiedad privada al mismo tiempo. Nada de lo que dijera me separaría de su lado.
-Claro que no. Jamás te dejaría.
-Justo de eso se trata, Chance. Que no estoy seguro de eso.
-¿No confías en mí?
-No confío en tu culpa.
Me empujó, alejándome de él, pero no logró separarse del todo porque mis manos seguían sobre él. No iba a soltarlo.
-¿Will?
-Necesito hablar de esto. Y quiero que me escuches decir cada palabra o te juro que voy a enloquecer, Chance.
Tuve miedo de que Will volviera a llorar, pero, en comparación, se veía muy decidido. Eso me tranquilizó un poco, pero aun así no lo solté.
-Dímelo. ¿Es mi culpa? ¿Te hago sentir mal?
-¡Lo ves! Cada maldito segundo. Siempre te culpas. De todo, Chance. Como si no tuvieras descanso alguno. Y en algún momento eso se nos devolverá. Llegará el día en que te culpes tan fuerte por manchar mi alma que me dejarás. Lo harás.
Estaba usando ese tono de voz. El mismo que usó con mi mamá, como si yo no entendiera lo que decía. Incluso alzó sus dedos para hacer comillas cuando dijo «manchar». ¿Ahora qué pasó? ¿Cómo pudo cambiar tanto el ambiente?
-Quiero que seas sincero, Chance. ¿Cuántas veces has pensado en eso? Como si yo no pudiera tomar solo la decisión de joderme.
-Will, no es así.
-¡Sí lo es! Si quiero condenarme al infierno para estar contigo, entonces lo haré. Y ni tú ni tu culpa me lo van a impedir. Estaré contigo sí o sí.
¿Qué?
No podía pensar en una respuesta. Creo que mi cabeza ni siquiera ha podido procesar todo lo que dijo.
¿Condenarse al infierno? ¿Por mí?
Antes de poder detenerlo, Will me volvió a empujar y se bajó de un salto de la mesa.
Caminó entre las velas con la mirada en el piso; daba vueltas de aquí a allá, como un león enjaulado.
-Lo pensé mucho, ¿sabes? Qué podía hacer para resolverlo. Esa pregunta me estuvo carcomiendo la cabeza todos los días a cada hora. ¿Qué podía hacer para que no me dejaras?
-¡No lo haría, Will! -una sola mirada fue suficiente para que mi voz se apagara-. Eres mi mejor amigo.
Una risa grave resonó por toda la iglesia. Nunca había escuchado una risa así salir de él.
-Mejores amigos. ¡Por Dios, Chance! No somos mejores amigos.
-¿Qué?
Se me apretó el pecho apenas dijo eso. ¿No éramos mejores amigos?
-Dios mío, ¿qué voy a hacer contigo?
Will se pasó la mano por todo su cabello, incluso lo jaló. Quise tomar su mano para detenerlo, pero después de escucharlo decir eso no estaba seguro de poder hacerlo.
Un fuerte suspiro sonó. Él parecía desesperado por decir algo, pero solo miró el piso.
-Lo que quería decir es que es imposible para mí ser solo tu mejor amigo.
Me dio la espalda sin darme la oportunidad de ver su rostro. Tenía el estómago revuelto, podía vomitar en cualquier momento, pero estaba demasiado concentrado en Will como para darle importancia a eso.
Pasó sus manos bruscamente por su cara. Y luego las enterró en su cabello.
Se acabó. No puedo permitir que se lastime.
Sin darle tiempo para escapar, quité sus manos de su cabello y lo abracé por detrás, manteniendo sus manos atrapadas.
-Will. Cálmate. Te escucharé, pero no te hagas daño.
-Lo siento. No quise gritar.
-Lo se, no importa.
Él recostó su cabeza en mi hombro, dejando su cara libre; ahora sí podía ver su expresión. Sus ojos se perdieron en el techo y tenía las mejillas incluso más rojas que cuando lloraba.
-Eres más importante para mí que un mejor amigo, Chance. De verdad. Más importante que cualquier persona en este universo.
Decidí no interrumpirlo, pero le hice saber que estaba ahí apoyando mi cabeza sobre la suya. Un mechón cayó directo a mi cara, pero no me moví.
-¿Recuerdas lo que te conté en la tarde? ¿Qué no podía sentir? Pues era peor.
Mi mayor miedo se cumplió cuando Will volvió a llorar, esta vez nada de sollozos o lamentos. Solo lágrimas silenciosas.
-Era un cascarón vacío. Nada de nada. Ni un solo sentimiento. Me alejé de mis amigos, de mi hermano. Y no me importó. Dios, Chance. Ni siquiera mi mamá me importaba. Dejé atrás todas las cosas que amaba y no sentía ni una pizca de tristeza. El mundo se detuvo por completo para mí. No veía una razón para existir, pero ni siquiera me maté porque no me sentía deprimido.
No me di cuenta de que estaba llorando hasta que un gimoteo se escapó de mi garganta. Sostuve más fuerte a Will.
-No tenía ni quince años y mi vida ya estaba destruida. Sin ganas de vivir o morir, estaba en el limbo. Todos se movían sin mí y yo no podía hacer nada. Busqué y busqué una forma de revertirlo, pero nada funcionaba, ni la ciencia ni la religión. Entonces entré a esta iglesia, con la idea de seguir pidiendo respuestas, y te vi.
Empecé a negar con la cabeza; no quería escuchar a Will decir que no le importaba al conocerme.
-Ese día, en esta iglesia, Dios me devolvió la mirada y tenía tus ojos.
No pude respirar.
-Y tus ojos estaban tan llenos de amor que me devolviste el mío. Solo fue una mirada, Chance, pero arreglaste todo.
Will dio un solo paso lejos de mí. Lo dejé, necesitaba espacio y yo también.
-Pero tenías tanto amor que eso te lastimaba. Y sigue haciéndolo. Le das tanto a los demás que olvidas lo que quieres para ti. No te mentiré, amo que seas tan dulce. Pero eso se convertirá en un problema cuando creas que algo me ayudará y no me dejes decidir.
Will se giró esta vez hacia el altar. Parecía que en cualquier momento le prendería fuego.
-Todo por culpa de un Dios al que no le importas. No tanto como a mí.
Todo estaba pasando demasiado rápido, como una montaña rusa de emociones. Había reído y llorado en menos de una hora. Y ahora mi corazón estaba a punto de una arritmia. Mi mente se empezó a desdibujar. Ay no, no, no.
Estaba a punto de desconectarme.
Pero no podía, no podía dejar a Will. No después de todo lo que dijo. Necesito escuchar lo que quiere decir, necesito entenderlo.
Ni siquiera lo pensé antes de morderme el antebrazo con toda la fuerza que pude. Creo que me abrí la piel porque un regusto metálico me quedó en la lengua.
-¿Chance?
-Perdón, por favor sigue.
-¿Qué hiciste?
-Nada, solo sigue.
Él decidió hacerme caso y continuó hablando.
-Después de pasar tiempo contigo me di cuenta de muchas cosas. Pero la más importante es que tú quieres estar conmigo. No tengo que obligarte, porque quieres hacerlo, pero también noté que te detenías siempre porque creías que era lo correcto. Fue así como encontré la solución.
-¿En serio?
-¡Sí! La culpa que cargas es lo que te detiene, entonces yo tomaré tu culpa. Cada pecado que cometas, caerá en mí. Y como a mí no me importa, entonces está bien. Tú estarás libre de culpa y yo estaré seguro de que no me dejarás.
Sus ojos volvieron a brillar, la esperanza reflejada. No quise romper sus ilusiones, pero debía explicarle que las cosas no funcionan así. Mi tono se suavizó y me acerqué un poco para no tener que levantar la voz.
-Will, los pecados no funcionan así. Si yo me equivoco, soy yo quien carga con la culpa. No es algo que se pueda delegar.
-Te equivocas, no funcionaría si fuéramos dos personas diferentes, pero hoy nos convertiremos en una sola entidad, Chance. Esa es mi sorpresa.
Empecé a preocuparme por Will. ¿Estaba delirando? ¿Tenía fiebre?
-Necesito que estés dispuesto para esto, Chance. No puedo obligarte.
-¿Ser una sola entidad? ¿Quieres que nos casemos o algo así?
-Algo tan banal como el matrimonio no serviría. Estoy hablando de unir nuestras almas para siempre.
-¿Almas?
Hablaba de herejía. A eso se refería Will.
-Sí, imposible de revertir. Justo lo que necesito.
-Will, ¿estás pensando bien las cosas?
-Estoy más seguro que en cualquier momento de mi vida. Quiero esto, Chance, lo necesito. Si no te tengo, no podré volver a dormir en la noche.
Yo no podía hacerlo, mis pecados están escalando más y más. ¿Sería acaso esto el punto de no retorno? ¿La herejía?
-¿Quieres que me arrodille y te lo pida? Porque lo haré, Chance, haré cualquier cosa por ti.
-¡¿Qué?! No, Will.
Él no me dio tiempo a terminar; se tiró directo al piso y agarró mi pantalón de pijama. El golpe fue tan fuerte que la sangre brotó de las rodillas de Will, ensuciando las baldosas.
Ni siquiera lo dejé empezar a rogar; me lancé de rodillas y caí junto a él. Will jamás debería arrodillarse ante nadie.
-Primero dime de dónde sacaste esa idea y después hablamos, pero no vuelvas a tirarte así ante nadie, Will. Nadie lo vale.
-Tú sí.
Me quedé helado. Will volvía a usar esa vocecita suave, como si toda la diatriba anterior no hubiera pasado. Él volvió a buscar mi calor y se acurrucó. Volvimos a donde empezamos, solo que ahora ambos sangrábamos y yo tenía la certeza de que Will jamás me dejaría.
Esto es importante para Will. Muy importante. Y no podía decepcionarlo. No más.
Pero tampoco podía cometer otro pecado; ya eran suficientes.
Pero era necesario para que Will confiara en mí.
Aunque, si alguien se enteraba, nos
excomulgarían.
Aunque en este momento solo éramos él y yo.
-Al unirnos, no importa si estamos en dos cuerpos separados, seremos una sola alma.
-Por favor, ve despacio y explícame todo, ¿sí?
Will se veía cada vez más desesperado; incluso empezó a mover una de sus piernas, como si estuviera esperando en una fila y no convenciéndome de hacer lo que parece un ritual pagano.
-Mi vida siempre ha sido horrible. Un padre horrible, carencias materiales y problemas escolares. Pero no me quejaba; tenía amigos reales, a mi hermano y a mi mamá. Era feliz.
Seguía sorprendido; había aprendido más de Will en una noche que en todos los días que llevamos de conocernos. Ahora que lo pensaba, no me arrepentía de entrar a la iglesia, si no lo hubiera hecho, jamás lo habría escuchado ser tan sincero.
-Pero a mí la felicidad nunca me dura. No puedo entrar en muchos detalles, pero puedo decirte que el 83 fue el año que marcó mi vida. Tenía doce años y aprendí lo que era correr para no morir. Estaba solo, completamente solo. Y fue ahí que me di cuenta de que justo ese era mi mayor miedo.
Will se veía tan cansado cuando hablaba de su pasado, como si su propio cuerpo tuviera que revivir cada recuerdo. Apoyé mi espalda en la piedra de la mesa y lo acuné para que pudiera descansar.
Soledad. A mí también me aterraba; no tenía una historia misteriosa sobre eso, pero siempre pensaba en lo que pasaría si todas las personas que amo solo desaparecieran.
No pude seguir reflexionando porque, ahora que Will estaba sobre mí, podía ver sus rodillas magulladas. Era un raspón horrible que le manchaba las rodillas enteras con sangre. No me daba miedo la sangre, pero al saber que esa salía del cuerpo de Will, fue imposible no marearme.
-Quiero unir nuestras almas por eso, Chance. Eres tan importante para mí que sin ti no podría vivir. No quiero estar solo y no quiero que me dejes. Entonces, la solución a ambos problemas es que una parte de ti siempre esté conmigo.
Mientras él me contaba todo, intenté parar el sangrado de sus rodillas con mis manos; no era muy higiénico, pero lo que me preocupaba era que no dejaban de sangrar.
-Sabía que quería unir nuestras almas, pero aún no sabía cómo. Aún no lo sé. Pero estoy seguro de que tú sí lo sabrás. Dios te lo dirá, Chance.
-¿Dios? Estoy seguro de que Dios es el más decepcionado por todo esto.
-Claro que no, eres su hijo favorito. Mira, ya te dio la respuesta.
Él quitó mis manos de sus rodillas y las levantó frente a mí; estaban rojas y manchadas. Miré sus rodillas. Bien, el sangrado se detuvo.
-Ahí no, Chance, tus manos.
-¿Qué tienen?
-Mi sangre. Esa es la respuesta. En la comunión, el vino representa la sangre de Jesús, que murió por nuestros pecados. Pero también simboliza la unión entre Dios y sus feligreses. Esa es nuestra solución; sabía que Dios te lo diría a ti.
Otra persona ya habría salido corriendo. Eso era lo más lógico, un chico que conoces desde hace una semana empieza a hablar de almas y comuniones con sangre. Lo que me impedía salir corriendo era que ese chico era Will. Y yo no corría de Will.
Pero tampoco podía condenar mi alma por él. Ni dejar que condenara la suya.
-Basta, Chance, lo estás haciendo de nuevo. Te dije que si quería joderme, entonces lo haría sin tu permiso. Si quiero mandar mi alma directo al infierno por hacer esto, entonces lo haré, lo prefiero a volver a vivir sin ti.
-¡Dios mío, Will, esto no es un juego! ¿Entiendes? Y si a ti no te importa, a mí sí. A mí sí me importa.
Ahora el frustrado era yo. Entendía su miedo, entendía su necesidad, pero yo no podía hacerlo. No podía.
-No quiero obligarte, Chance. Sé lo difícil que es para ti. Pero quiero que sepas que nuestros caminos se separan ahora.
-¿Qué?
¿Qué?
-Lo hago por mi bien, si me quedo contigo sabiendo que me dejarás en cualquier momento, no podré vivir en paz. Si nos separamos ya, me dolerá menos.
Él estaba manipulándome, ¿no? Era imposible que me dejara así. Él no podía dejarme. No podía.
Pero al ver sus ojos supe que no mentía. Eran tan sinceros y dulces, incluso si su sonrisa vacilaba, jalada hacia abajo.
Will se levantó y empezó a caminar hacia la puerta.
¿Era en serio? ¿Me iba a dejar? ¿Will iba a dejarme?
Me quedé ahí, con las manos manchadas y los brazos vacíos. Vi cómo se alejaba despacio, adentrándose en la oscuridad del pasillo.
Will acaba de dejarme. Me dejó solo. En el frío piso de la iglesia donde nos conocimos.
Me dejó porque yo no estaba dispuesto a entregarme por completo.
No podía entregarme a Will. Yo solo le pertenecía a Dios.
¿Y dónde está Dios ahora?
Dios está en el cielo, protegiéndonos del mal.
¿Dios protegió a tu Will?
Algo se acomodo en mi cabeza, todo el ruido que siempre había ahí se apagó. Cómo mover un interruptor.
Me levanté tan rápido que mis piernas dolieron. Corrí hasta alcanzarlo y volví a abrazarlo por la espalda. Esta vez sí se resistió; se movía de un lado a otro intentando lanzarme lejos de él.
Le di una última mirada al altar iluminado, lugar que antes representaba santidad, pero que ahora, cada vez que lo viera, solo me recordaría a Will.
-Lo haré, Will. Pero no me dejes. Tú tampoco podrás dejarme jamás.
Él se quedó quieto y giró su cabeza lentamente; fueron unos diez segundos completos donde me evaluaba. Cuando por fin encontró mi voluntad, sus hombros se relajaron y golpeó suavemente mis brazos. Lo solté y en un instante era él quien me tenía apresado.
-Sabía que lo harías, tú tampoco quieres separarte de mí, ¿verdad?
-No, Will. No quiero dejarte. Y ese es el trato, te doy una parte mía, pero debes darme una parte tuya.
-Toma todo lo que quieras.
El vacío que sentí cuando estaba solo se desvaneció apenas Will tomó mi mano para regresar a la luz de las velas.
Ignoré cada santo por el que pasamos; ninguno de ellos iba a detenerme.
Llegamos al altar de nuevo y supe que Will sabía qué hacer porque empezó a mover las velas para formar un círculo alrededor de la mesa de mármol.
Lo ayudé con la parte final; quité mi suéter, que había quedado olvidado hace horas.
Ahora solo iba a seguir instrucciones.
-Quítate los zapatos y entra al círculo. Espérame.
Me agaché para desatarme los cordones y observé a Will mientras él sacaba su navaja y se agachaba frente al cirio más grande. Pasó la navaja por encima del fuego hasta que el metal comenzó a enrojecer.
¿Vamos a hacer lo que estoy imaginando?
Puse mis zapatos junto a mi suéter, en la primera banca. Los miré unos segundos. ¿Qué pensarían mis padres si supieran lo que estoy a punto de hacer?
Más me vale que no se den cuenta.
Con una última respiración, me adentré al círculo y esperé a Will.
Para cuando él terminó, ya no se podía leer Rossie en la hoja de la navaja; estaba cubierta por una capa oscura de hollín. Pero Will se veía satisfecho.
Él se quitó los zapatos con una agilidad aprendida, los dejó tirados al lado de las velas y también entró.
El ambiente se puso caliente, seguro eran la velas a nuestro al rededor. O mi sangre corriendo acelerada por mis venas.
Will le dio la espalda al altar y me indico que me parara frente a él. Ignore la figura de Jesús crucificado y solo mire al frente. Solo mire a Will.
Él está a feliz, feliz de verdad. Sus ojos se entrecerraron y sus mejillas estaban rosas.
Tenía que recordar que lo hacía por él. Para que estuviera tranquilo, seguro de que si todos lo dejaban nunca estaría solo porque yo estaría ahí. Siempre con él.
Asentí, para que estuviera seguro que ya podíamos empezar.
Perdón, Dios.
Esta es la última vez que te pida disculpas.
-Eres el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Dichoso soy de ser invitado a la cena del Señor.
Sus palabras eran tan similares a las que pronunciaba el sacerdote que casi le respondo por costumbre.
Yo no supe que hacer pero si mi cuerpo. Expuse mi mano izquierda y espere el corte.
El metal de la navaja seguía caliente. Caliente como el fuego que iba a consumirme. Me mordí el labio apenas sentí el filo.
Ver mi propia sangre brotar de la palma de mi mano se sintió como si el peso del cielo cayera sobre mí. No fue dolor físico. Fue como si mi alma empezara a derramarse, cayendo al piso; no solo mi piel estaba abierta. Yo estaba abierto.
Cerré el puño para impedir que más líquido vital se desperdiciara. Will dejó a Rossie en el mármol, manchándolo de sangre también.
Tomó mi mano cortada entre las suyas y, mirándome, abrió mis dedos uno por uno.
Llevó mi palma hacia sus labios y la dejó reposar sobre ellos. Podía sentir sus besos sobre ella; cada vez que lo hacía, me ardía el pecho. No pude evitarlo, empecé a llorar. Se acabó, estaba hecho. No había salvación.
Los ojos de Will estaban lívidos, como si hubiera alcanzado la cima del mundo.
Cuando por fin soltó mi mano, la mitad de su cara estaba cubierta de mi sangre. Sus labios escurriendo, gotas bajando por su cuello.
-Y ahora mi parte del trato.
Tomó a Rossie con las manos temblorosas y me la pasó; ella era pesada, su filo seguía goteando, como si ella también sangrara.
Tomé la mano que Will me ofreció, la derecha. Él se acercó tanto a mí que lo único que nos separaba era el espacio de la navaja.
Puse el filo en su palma, pero no me moví. No quería herirlo.
Will puso su otra mano sobre la mía y él mismo hizo la presión suficiente para que la piel se rompiera.
Sangre roja y espesa brotó. Parecía vino.
Con una última mirada y antes de que mi lógica me detuviera, la alcé y la llevé a mi boca también.
Olía a metal, pero sabía dulce. No como el azúcar, pero te dejaba un regusto en el paladar bastante reconocible.
Estaba sellado. Ahora estábamos atados. No existiría Chance sin Will ni Will sin Chance.
Toda mi vida había sido guiada por Dios. Cada una de mis acciones pasaba por un filtro, ¿Era correcto o no? Nunca hacía algo solo porque quería. Nunca.
Estaba acostumbrado a que me dijeran qué hacer; todos en mi vida tenían cierto poder sobre mí. No lo evitaba, era mucho más fácil vivir así: sabes que haces lo correcto porque
alguien más te lo dice.
Esta mal robar, esta mal mentir, esta mal matar.
Sabemos que está mal porque alguien nos lo dijo. Seguir reglas es sencillo.
Lo difícil viene cuando esas reglas se contradicen con aquello que necesitas para respirar.
Yo necesito a Will.
Y puse esa necesidad por encima de cualquier regla.
Esa era la verdad.
Así que ahora, con su sangre en mi boca y su cuerpo tan cerca del mío, me di cuenta de que no me culpaba. Estaba aterrado por las consecuencias, pero si tuviera miles de oportunidades de repetir mi vida, todas terminarían en el mismo punto: Will y yo en la iglesia, juntos.
Él estaba sucio, lágrimas secas, un poco de hollín en la mejilla y mi sangre secándose por su cara, pero juro que nunca se vio tan sagrado. Ya no existía un ángel puro, pero viéndolo tan cerca y tan real, me di cuenta de que Will era más que un ángel.
Will era mi Dios.
No.
Will era Will y por eso era mejor que Dios.
Mi Will era mejor que cualquier cosa, solo porque era él. Mi Will, que caminaba descalzo, comía flores y desaparecía en el bosque. El que estaba roto y atado, pero seguía riendo para que los dientes de león crecieran.
Mi Will con las mejillas rosas y los ojos negros. Cautivador y terco. De piernas largas y dulces manos.
Mi Will, presente y cálido. Al que quería ahora y siempre. Para cuidar y consumir. Aquel por el cual moriría y viviría al mismo tiempo. Al que necesito como la tierra al cielo, como el agua y el aire.
Y así, otra necesidad surgió de mi alma.
Necesito besar a Will.
Porque eso es lo que hacemos los humanos cuando queremos que alguien se quede con nosotros. En nuestros huesos y sangre, que descanse en nuestro tórax y se alimente de nuestro interior.
Con la fuerza y decisión de un hombre renacido que acaba de aprender a desear, atrapé su cintura y lo acorralé contra el mármol.
Como si sintiera lo que venía, levantó su mano herida y la puso en mi mejilla.
Contemplé su cara una última vez y sentí cómo su aliento chocaba con el mío.
-Chance...
Apenas pronunció mi nombre, lo callé.
No fue suave. Mis labios chocaron con los suyos con dolor, porque el dolor era real, igual que mi deseo por tenerlo. Fui desesperado, lengua y dientes por igual, sin pensar ni meditar. Ya no quedaba nada que contener, porque vertí cada sentimiento que alguna vez tuve en él.
Will, solo él existía. Él y sus manos jalando mi cabello, sus piernas apretando mis costillas, los jadeos y suspiros que sus labios dejaban escapar. Lo sostuve con la fuerza de mi frenesí y lo acerqué lo más humano posible. Abriría mi pecho y lo escondería del mundo si tuviera oportunidad.
Me sentí sagrado, alcanzado por la divinidad, al borde de la iluminación. Pero al mismo tiempo fui más humano que nunca.
Sabía a miel y sangre. A vida, verano e inocencia. Sabía a libertad y a algo imposible de alcanzar si tienes miedo.
Mis dedos delinearon su cintura y apreté su carne por dentro de la ropa. No es suficiente; incluso así no era suficiente. Necesitaba más.
Will me dejó tomar y tomar, no importaba cuántas veces mordiera, apretara y arañara. Él se sirvió ante mí como un cordero, dispuesto a sacrificarse.
Era su respiración entrecortada lo único que me devolvía al plano terrenal.
Cuando lo solté no me alejé, no quiero alejarme jamás. Se acabaron las mentiras, mi deseo está en la superficie, listo para ser juzgado, y no parece querer esconderse de nuevo. Es una nueva parte de mí, una que me enferma y me fascina por igual. Estoy arruinado y nunca he estado más pleno.
Will se recostó en el mármol, solo respirando con los ojos cerrados. Tenía los labios húmedos e hinchados, pero sonreía.
Quise darle espacio para respirar, pero él apretó sus piernas y no me dejó ir.
-Hazlo de nuevo.
-¿Qué?
-Bésame de nuevo, rómpeme, Chance. Quiero que duela, que deje marca. Lo deseo más que nada.
Will se levantó y, en un movimiento apresurado, se quitó mi suéter; luego lo tiró sin fuerza al piso. Ahora la delicada línea de su clavícula y la curvatura de su hombro estaban a la vista.
-Después de conocerte, lo supe. Eres lo único que he deseado con tanta fuerza en mi vida. No podía sacarte de mi mente. Despierto o soñando, estabas ahí. Quería que me destrozaras con tus propias manos, llorando y rezando por perdón. Pero esto es mejor. La entrega absoluta te sienta tan bien.
-Will...
Y esta vez los papeles se invirtieron: fui yo el devorado. Incapaz de escapar del deseo ferviente. Entregué entonces todo, mi cuerpo y mi alma.
Tenía un hambre voraz, capaz de consumir hasta el último de mis huesos. Y yo se los daba sin resistencia. Solo para llenar su vacío.
Era más que placer carnal. Más que sus ojos, sus labios o su voz. Era necesidad pura por su presencia. Sus silencios y su latido.
Por el fuego que tiene dentro, que me calienta la piel cada vez que me toca. Que me llena de vida.
Era todo aquello que me faltaba y no sabía. Su risa, sus lágrimas o su rabia. Quería todo: lo que ya era y lo que sería.
Me acerco más para sentir su piel contra la mía. Toco todo lo que alcance, aun sabiendo que no es suficiente. Absorbo todo lo que salga de él: quejidos, sollozos o risas.
No había salvación y no la quería.
El mundo se redujo a ese altar. Pudieron pasar horas, yo no las sentí. Estuve demasiado concentrado en sentir y besar a Will. Me perdí en él, sin memoria para otra cosa que no fuera el calor de su cuerpo. Durante horas enteras, solo Will importó.
El que sí sintió el tiempo fue el cielo, que empezaba a esclarecer. La luz del amanecer brilló a través de los vitrales, demostrando para qué estaban hechos. Colores inundaron la iglesia. Antes me hubiera parecido precioso, pero ahora solo era señal de que debíamos separarnos y volver a la realidad.
Me desgarraba el alma tener que separarnos. Puse mis labios sobre su cuello y le di un último beso antes de ayudarlo a levantarse.
Will buscó el suéter y yo me puse mis zapatos. Sabía que eran míos, pero se sintieron ajenos.
Dejamos las velas y la sangre seca. El sacerdote se llevaría un buen susto. Esperaba que el rumor no llegara a mis padres.
Cuando ambos estuvimos listos, caminamos hasta la puerta, por el mismo pasillo por el que entramos. La puerta no tuvo resistencia al abrirse, dejó entrar luz y aire limpio. Hacía frío lejos de Will.
No pude extrañarlo mucho tiempo.
Su mano derecha tomó mi mano izquierda y nos dirigimos a mi casa.
