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El sol de la mañana entraba a raudales por la ventana, haciendo que su cabellera rubia pareciera un manojo de hilos de oro. Konoha brillaba fuera, y el ritmo pegajoso de la radio invitaba a bailar incluso en la intimidad del pequeño apartamento. Ella seguía el compás con la cabeza, mientras su camiseta holgada se deslizaba sin querer por un hombro. Sus pantaloncillos cortos eran la prueba perfecta de un día libre, dedicado al simple placer de no hacer nada importante.
Avanzó por el pasillo con un balanceo distraído, pero un impacto sólido y frío contra su pie descalzo cortó la melodía de golpe.
—¡Ay! ¡Ouch!
Un chillido agudo escapó de su boca. En el suelo, como un obstáculo ridículo y peligroso, yacía la katana de Souta.
—¡Yamamoto Souta! —gritó hacia el baño, saltando sobre un pie mientras se frotaba el otro con expresión de disgusto.
La voz de él llegó entre el ruido del agua y una tranquilidad exasperante. —¿Qué pasó? ¿Te caíste?
—¡No, no me caí! —replicó, dejando de saltar para poner las manos en las caderas—. Tu espada otra vez. ¡Parece que tiene vida propia y le gusta tumbarse justo donde piso!
La puerta del baño se abrió y Souta asomó la cabeza, con el cabello negro mojado y una sonrisa de complicidad. —Es que quiere atención. O a lo mejor te está retando a un duelo a primera hora de la mañana.
Ella no pudo evitar soltar una sonrisa, pero la reprimió rápidamente, intentando mantener el enfado. —Muy gracioso. ¿Cuántas veces? Esto no es un armería, ¿sabes?
Mientras hablaba, se fue a la puerta principal y la abrió, se agachó para recoger la correspondencia de debajo del tapete. Sus ojos lilas, ahora brillantes por la molestia divertida, revisaron los sobres con rapidez antes de dejarlos sobre la mesa del comedor.
—Se resbaló del gancho —se excusó Souta, saliendo por completo con su traje ANBU a medio armar y con una toalla al cuello—. Es que este pasillo es más estrecho que mi paciencia los lunes por la mañana.
—¿Y por qué no la dejas en tu casa entonces? —preguntó ella, pero esta vez la pregunta sonó a broma, a un reproche vacío de verdadera ira.
—Porque mi casa está donde estás tú —respondió él al pasar, rozándole el hombro descubierto con los dedos.
Ella resopló.
Y con un movimiento ágil, se dirigió a la cocina, seguida por la mirada cómplice de Souta.
La comida salió de la cocina en un revoltijo delicioso y apresurado: tostadas crujientes, huevos estrellados con las yemas aún temblorosas, tocino chisporroteando y el aroma intenso del café recién hecho. Hikari lo sirvió todo con una eficiencia desprolija, priorizando la velocidad sobre la elegancia. Tomó su taza y se dejó caer en la silla, levantando los pies descalzos para apoyarlos en el borde de la silla con un gesto de familiar comodidad.
Souta se ajustó la última correa de la pechera ANBU y se sentó frente a ella. Un bostezo sonoro le escapó mientras se restregaba con desaliño su cabello negro, tan puntiagudo y rebelde como siempre.
—¿Qué planes tienes para hoy? —preguntó, clavando los palillos en un trozo de huevo con un apetito voraz.
—Iré a la Torre Hokage a ver si hay alguna misión con mi nombre —respondió Hikari, sin levantar la vista de los sobres que revisaba con destreza. Separaba las facturas con un gesto de fastidio y las apartaba a un lado con desdén.
—Llevas lo que… ¿tres meses como Jounin? —comentó Souta con la boca llena—. Ya no hay misiones de vida o muerte como antes. ¿Qué harás? ¿Supervisar una nueva construcción en el sector este o perseguir a algún mercader estafador? Lo más emocionante que te puede tocar es una aburrida escolta hasta la capital para el señor feudal.
—Ser un Jounin en tiempos de paz es distinto —replicó ella, tomando un sorbo largo de café—. Han pasado dos años desde la guerra. La aldea está cambiando, y nosotros tenemos que cambiar con ella. —Hizo una pausa breve, sus ojos lilas se clavaron en un sobre en particular, uno que ostentaba el sello oficial del Hokage—. La pregunta no es qué haré hoy, sino qué significa realmente ser un ninja ahora.
—Es un trabajo, Hikari. No le des tantas vueltas —dijo Souta, bebiendo un trago de su café—. Además, tú misma te conformas con lo pequeño. Mira este lugar. Podrías estar viviendo aventuras; ¿recuerdas cuando salieron las postulaciones para escolta del Daimyo? Ni siquiera la miraste. Esa plaza casi nunca sale…
—¡No puede ser! —La exclamación de Hikari cortó el aire de golpe. Se tapó la boca con la mano, al borde de derramar la taza. Sostuvo el papel como si fuera un tesoro, sus ojos recorriendo las líneas una y otra vez, como si no pudieran creer lo que veían—. ¡Esto es increíble!
Souta parpadeó, sorprendido por el estallido. —¿Qué pasa? ¿Por qué esa cara?
Pero Hikari ya no estaba para preguntas. Dio un último sorbo intenso a su café, se levantó de un salto y salió disparada hacia la habitación en un torbellino de energía. Intrigado, Souta tomó la carta que había sido abandonada sobre la mesa. Sus ojos escanearon el contenido. —¿Asistente… del Hokage? ¿Postulaste?
—¡Sí! —gritó la voz de Hikari desde la otra habitación, seguida del ruido de un cajón abriéndose de golpe. Salió abrochándose una chaqueta bomber de colores tan vibrantes como su sonrisa, que contrastaba con la remera de Jounin—. ¡No me lo puedo creer! ¡Me eligieron a mí!
Souta miró la carta, luego a ella, que comenzaba a trenzar su rebelde cabellera rubia con movimientos rápidos y expertos. —¿Y… eso es bueno? —preguntó, aún procesándolo.
—¿Bueno? ¡Es bestial! —exclamó Hikari, sus ojos brillando con una determinación absoluta—. ¡Es la oportunidad! Podré aprender de los mejores, estar en el centro de todo… ¡y demostrar de lo que soy capaz!
—Ser asistente del Hokage… no es que sea el mejor trabajo del mundo —respondió Souta levantándose de la mesa con un gesto escéptico. Cruzó los brazos, observando cómo Hikari se ajustaba apresuradamente los vendajes de sus pantalones anchos de entrenamiento.
—¿Estás escuchando lo que dices? —replicó ella, alzando la vista con una sonrisa incrédula mientras señalaba la oreja en un gesto teatral—. ¡Es el Rokudaime! Un hombre que estuvo en la guerra, que entrenó al propio Naruto Uzumaki. ¡Es una leyenda viviente!
—En la ANBU sabemos que las leyendas en el despacho a veces se dedican a escaquearse para leer sus libros —se quejó Souta, siguiéndola con la mirada mientras ella se movía por la habitación como un remolino—. No es un buen trabajo, Hikari, y lo sabes. Te van a explotar a base de papeleo. ¡Pasarás los días atrapada entre cuatro paredes, sin poder demostrar ni la mitad de tu potencial!
—Tú no entiendes la vibra —replicó Hikari con un tono lleno de convicción, mientras engullía un último bocado de tocino y pan y se lo pasaba con un trago rápido de café—. ¡Esto es grande! Y no voy a llegar tarde el primer día. ¡No olvides cerrar la puerta cuando salgas!
—Hikari, hablo en serio —insistió él, frunciendo el ceño con genuina preocupación. Su voz se cargó de una intensidad que no había tenido antes—. ¡No es un buen trabajo! ¡Te lo juro, preferiría verte supervisando construcciones!
Pero sus palabras chocaron contra la puerta que Hikari acababa de cerrar de golpe tras de sí. El click del pestillo sonó definitivo.
Souta soltó un suspiro de frustración, su mirada cayendo de nuevo sobre la carta abandonada en la mesa, ahora manchada con una pequeña gota de salsa. Sin embargo, la tranquilidad duró poco. La puerta se abrió de repente y Hikari asomó la cabeza con una sonrisa torpe.
—¡Casi lo olvido! —exclamó, lanzándose hacia la mesa para recuperar el preciado documento. Pero en su camino, su mirada se clavó en la katana que seguía tirada en el suelo del pasillo.—Oye, —dijo, señalándola con el mentón mientras agarraba la carta—, no te olvides de llevártela. No dejes tus cosas en mi casa, ¿eh? ¡Esto no es tu trastero! ¡Besos! ¡Nos vemos!
Y antes de que Souta pudiera articular respuesta, desapareció de nuevo, dejando tras de sí el eco de su risa y el aroma a café y prisa. Souta se quedó solo, mirando la katana en el suelo y luego la puerta cerrada, con una mezcla de exasperación y cariño inevitable.
***
Kakashi apretó el lápiz con tanta fuerza que por un segundo pareció que lo rompería. La punta de grafito clavada en el documento transmitió su comprensión instantánea, y cuando alzó la mirada, sus cejas estaban ligeramente arqueadas por encima de su máscara, mostrando una confusión genuina.
—¿Cómo que... te vas? —preguntó, con un tono que pretendía ser casual pero que delataba un dejo de desconcierto. —Tenía la impresión, quizá errónea, de que te quedarías durante todo mi mandato.
—Eh... Hokage-sama... —comenzó Shizune, con una sonrisa tensa que no llegaba a sus ojos. Se retorció ligeramente las manos, un gesto nervioso que delataba lo incómodo de la situación.
—Ya te he dicho mil veces que ese título me hace sonar como un anciano aburrido —replicó él, arrojando el lápiz sobre el escritorio con un golpe seco y reclinándose en su silla con un bufido exagerado. La silla crujió protestando.
—Es que... usted sabe perfectamente que mi lealtad principal está con Tsunade-sama —argumentó ella, su voz cargada de un respeto inquebrantable. —Estos dos años a su lado han sido para asegurar una transición ordenada. Pero Tsunade-sama planea otro viaje extenso y... mi lugar está con ella.
—Ajá —asintió Kakashi lentamente, entrelazando los dedos sobre su pecho. Su único ojo visible se entornó en una expresión de profunda tragedia. —Entonces, en resumen, me abandonas. Me dejas a la deriva, a merced de este mar de papeles. Solo.
Shizune no pudo evitar rodar los ojos hacia el techo, aunque una sonrisa de afecto se asomó a sus labios. —Por favor, no sea tan dramático. Precisamente para evitar ese... naufragio administrativo... es que publicamos la convocatoria para el puesto de asistente hace dos meses. ¿Recuerda?
Kakashi se inclinó hacia adelante con un movimiento repentino, apoyando los codos en el escritorio. —¿Ah, sí? —preguntó, con un tono de genuina sorpresa, como si le estuvieran contando un chisme jugoso.
—Hasta usted mismo le estampó el sello oficial —dijo Shizune, señalando con un dedo un documento en el montón. Allí, impreso con tinta roja, estaba el símbolo inconfundible de la oficina del Hokage.
Kakashi miró el sello. Luego, lentamente, desvió la mirada hacia Shizune. Volvió a mirar el sello fijamente, como si esperara que hubiera cambiado. Finalmente, alzó la vista de nuevo hacia ella, y en su ojo podía leerse una expresión de reconocimiento tardío y absoluto despiste.
—Ahhhhh... —exhaló por fin, alargando la vocal mientras se rascaba la parte posterior de su cabeza con gesto avergonzado. —Esa oferta.
—Sí, Hokage-sama. Esa oferta —confirmó Shizune, posando sus manos con firmeza en las caderas en un gesto que no admitía réplica—. Y ya tenemos el resultado del proceso de selección. Todo está listo.
—Mmm, la verdad es que, pensándolo bien, no estoy seguro de que necesitemos un asistente aquí —murmuró Kakashi, reclinándose en su silla con una falsa despreocupación. Cuando Shizune se acercó para entregarle la carpeta con el informe, él echó un vistazo al grosor del dossier y, con un movimiento casi imperceptible, lo deslizó hacia el borde de la pila de papeles más alta, como si esperara que desapareciera por arte de magia.
—¿Que no lo necesita? —protestó Shizune, con un tono que mezclaba el cansancio acumulado de años con una pizca de exasperación—. Hokage-sama, la mesa está a punto de sepultarlo. Necesita que alguien le recuerde las reuniones, las conferencias con los jefes de clan... —Hizo una pausa dramática y añadió—: Y, por supuesto, alguien que tenga que ir a buscarlo al archivo viejo o a la azotea cuando decide saltarse el almuerzo... otra vez.
—Eso lo soluciono con un reloj. Y además —añadió Kakashi, señalando vagamente hacia la puerta con la punta de su lápiz—, pronto llegará esa dotación de nuevos... «compitodures». Esos aparatos modernos.
—Computadores —lo corrigió Shizune, con un suspiro resignado.
—Eso mismo. Con uno de esos podré organizar mi agenda yo solito —declaró, cruzando los brazos con aire triunfal, como si hubiera resuelto el misterio del universo—. A veces parece que, desde que acepté este cargo, todo el mundo se empeña en hacerme ver como un inútil digital.
—No se trata de eso, y lo sabe —replicó Shizune, haciendo una mueca de genuina frustración—. Es mucho trabajo, incluso para Tsunade-sama fue abrumador. Para usted también lo es. La aldea está creciendo y cambiando más rápido que nunca. Necesita apoyo para enfrentarse a todo esto. —Su voz suavizó, adoptando un tono casi suplicante—. Así que, por favor, acepte al nuevo asistente.
Shizune juntó sus manos en un gesto de plegaria silenciosa, mirándolo con ojos suplicantes. Kakashi la observó por un largo momento, su mirada pasando de su expresión suplicante al desorden monumental de su escritorio. Finalmente, un suspiro profundo y rendido escapó de detrás de su máscara.
—Tres días de prueba —concedió, señalándola con el lápiz—. Solo tres. Si no funciona, haré todo el trabajo yo solo.
Shizune permitió que una pequeña sonrisa de victoria asomara en sus labios. No era un sí rotundo, pero era algo.
—Es un avance. Le haré saber los detalles al candidato.
Chapter 2: Capítulo 2: Primer Intento
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La estancia de espera era tan serena que el más leve crujido de sus ropas parecía un estruendo. Hikari estaba sentada, erguida pero no rígida, en el borde de un sofá de cuero. Una de sus trenzas rubias, meticulosamente tejida, se deslizó sobre su hombro con un movimiento suave. Respiró hondo, intentando que el aire calmara el batiburrillo de mariposas que revoloteaban en su estómago. Sobre su regazo, el informe de antecedentes que había preparado con esmero parecía una frágil balsa en un océano de expectativas.
Sus ojos, de un lila inquisitivo, recorrieron la sala: los altos techos, la madera pulida, el escudo de la hoja reluciente. Trabajar aquí, pensó con un estremecimiento de anhelo, sería la oportunidad de su vida.
—Murakami Hikari.
La voz de Shizune, clara y profesional, cortó el silencio. Hikari se puso de pie de un salto, casi como si un resorte la hubiera impulsado.
—¡Presente!
Shizune, al entrar, se detuvo un instante. Su mirada experta escaneó a la joven no con desaprobación, sino con una curiosidad genuina. Los pantalones anchos de tela cómoda, la chaqueta bomber de colores vivos sobre la camiseta de Jounin... no era el atuendo estándar que uno esperaría para una entrevista con el Hokage.
Era... diferente. Fresco.
Hikari, sintiendo el breve escrutinio, avanzó con determinación, extendiendo los papeles que sostenía con fuerza.
—Mi informe, Shizune-sama. Lo tengo todo listo.
—Por aquí, por favor —indicó Shizune con un gesto amable, desviando la mirada hacia el pasillo—. El Hokage la está esperando.
—Muchas gracias —respondió Hikari, y acompañó sus palabras con una pequeña pero sincera reverencia, una sonrisa nerviosa pero llena de ilusión iluminando su rostro por un segundo antes de seguir a la mujer que la guiaba hacia su destino.
El recorrido por los pasillos de la Torre Hokage era una ceremonia de sombras y sonidos amortiguados. La luz del mediodía se filtraba por los ventanales altos, iluminando motas de polvo que danzaban en el aire. El taconeo firme de Shizune contrastaba con los pasos, un tanto más ligeros y nerviosos, de Hikari.
—Me alegra genuinamente que hayas superado todas las pruebas —comentó Shizune, rompiendo el silencio con una voz cálida pero profesional—. Tu expediente es impresionante. Es sorprendente, y admirable, que te nombraran Jounin a tu edad.
—Muchas gracias, Shizune-san —respondió Hikari, haciendo una pequeña reverencia con la cabeza mientras caminaba, un gesto de respeto instintivo—. Estoy... realmente emocionada por la oportunidad de poder trabajar a su lado y aprender.
—Ah, sí... hablando de eso —Shizune hizo una pequeña pausa, y un destello de incomodidad cruzó su rostro—. Este cargo en específico es para ser mi reemplazo. Pensé que lo habías leído con claridad en la convocatoria.
—¡Por supuesto que lo leí! —aseguró Hikari con rapidez, una sonrisa nerviosa asomando a sus labios—. Es solo que... no pensé, o no me atreví a imaginar, que sería reemplazarla a usted por completo. Es un listón muy alto.
Llegaron frente a la imponente puerta de la oficina del Hokage. Shizune se detuvo y se volvió hacia la joven, su expresión seria.
—Mi lugar está junto a Tsunade-sama, y partimos pronto —explicó, con un tono que no dejaba lugar a dudas—. Por eso, quien tome mi puesto debe estar lista para asumir la responsabilidad completa. Debe estar preparada para todo. —Su mirada, cargada de una preocupación casi maternal, escudriñó el rostro de Hikari—. Fuiste seleccionada por tu historial impecable, sí. Pero también porque, en la entrevista personal... me recordaste un poco a mí misma cuando empecé en esto.
Hikari sintió que una oleada de emoción le recorría el pecho.
—Es un honor inmenso escuchar eso de su parte, Shizune-san —susurró, y esta vez su sonrisa fue más genuina, llena de determinación—. Haré todo lo posible por estar a la altura de sus expectativas.
Shizune le devolvió una sonrisa leve, pero antes de golpear la puerta, murmuró para sus adentros, con una mueca de dolor que solo ella podía sentir:
—Yo también lo espero.
Golpeó la madera con los nudillos, con firmeza.
—¡Adelante! —se escuchó la voz ligeramente cansada del Hokage desde el interior.
Al traspasar la puerta, a Hikari le costó contener un escalofrío de emoción pura. Iba a trabajar codo a codo con una leyenda viviente de Konoha. Lo único que había tenido hasta ahora eran recuerdos lejanos: su figura en la distancia durante la ceremonia de graduación de Jounin, dedicando unas palabras serenas que a ella le habían parecido el consejo más sabio del mundo. Pero ahora... respiraría el mismo aire, aprendería del mismísimo Rokudaime Hokage.
—Hokage-sama, ha llegado su nueva asistente —anunció Shizune con una formalidad que resonó en la espaciosa oficina.
La figura tras el escritorio ni siquiera alzó la vista del mar de documentos.
—Ya te he dicho mil veces que no hace falta tanta formalidad, Shizune —murmuró Kakashi, su lápiz deslizándose sobre el papel con una velocidad serena—. Además, como sigo diciendo, no necesito otro asistente. Conmigo mismo y mi genialidad sobra.
Hikari parpadeó, sorprendida. La voz era tranquila, pero la actitud era tan... directa y desganada. No se parecía en nada a la imagen solemne y distante que tenía en su cabeza. Era, para su asombro, un poco cascarrabias.
—Hokage-sama —insistió Shizune, y su sonrisa se volvió tan tensa que parecía a punto de romperse—. Recuerde nuestro acuerdo. Los tres días de prueba que usted mismo propuso.
Kakashi soltó un resoplido que logró ser elocuente incluso tras la máscara. Finalmente alzó la mirada, y sus ojos se clavaron en Shizune con una intensidad cansada. Se levantó con pereza y comenzó a hurgar en una de las montañas de papel que adornaban su escritorio, como si buscara algo específico que sabía que no encontraría.
—Muy bien, está bien... —cedió, con un tono de quien acepta una derrota menor pero inevitable.
—Gracias —dijo Shizune, cargando la palabra con todo el reproche acumulado de años de servicio. Se hizo a un lado con un movimiento fluido, revelando por completo a la joven que permanecía tras ella, intentando parecer más grande y segura de lo que se sentía—. Tengo el gusto de presentarle a su nueva asistente. Murakami Hikari.
—¡Muchas gracias por aceptarme en su equipo, Hokage-sama! —exclamó Hikari con una formalidad casi ceremonial, inclinándose en un ángulo perfecto. Mientras miraba el suelo, su trenza rubia se deslizó hacia adelante, balanceándose como un péndulo de nerviosismo. Desde las profundidades del escritorio, le respondió un suspiro largo y cargado de una paciencia que se agotaba a velocidad alarmante. —Espero poder aprender mucho de usted. ¡Seré el apoyo que necesita para que la aldea siga adelante gracias a su liderazgo! —añadió, levantándose con determinación.
—Levanta la cabeza —la interrumpió la voz lánguida de Kakashi, sin mirarla—. Aquí no hace falta una ceremonia. —Hikari se incorporó, solo para ver que el Hokage ya había vuelto a sumergirse en sus papeles, escribiendo con una mano mientras con la otra hojeaba otro documento. —Cuéntame algo de ti. ¿Por qué aceptaste el cargo?
—¡Sí, por supuesto! —Hikari se acercó de un salto, extendiendo su carpeta de antecedentes como si fuera un talismán. Kakashi ni siquiera la tomó; simplemente alzó una mano para detenerla en seco mientras con la otra abría un cajón de su escritorio, mostrando una copia idéntica del mismo informe. Comenzó a hojearlo, o al menos, a simular que lo leía, pasando páginas con una velocidad sospechosa. —Bueno, yo… —tragó saliva—, porque me gusta ser ninja…
Un silencio espeso y repentino inundó la oficina. El único sonido era el leve crujido del papel bajo los dedos de Kakashi. Él dejó de pasar hojas. Ladeó la cabeza con una lentitud deliberada, y cuando alzó la mirada, por primera vez desde que ella había entrado, sus ojos se clavaron en ella. No era una mirada de enojo, sino algo peor: una expresión de genuino dolor, como si sus palabras le hubieran causado una punzada de decepción física. Esa mirada escrutadora recorrió su tenida, los pantalones anchos, la chaqueta bomber, y volvió a sus ojos lilas, que empezaban a titubear.
—¿Te…gusta ser ninja? —preguntó, con una voz más baja, cargada de un escepticismo que cortaba como el filo de un kunai—. ¿Solo por eso?
—Sí… —murmuró Hikari, sintiendo cómo el suelo parecía ceder bajo sus pies bajo el peso de esa incomodidad—. La verdad es que…
—Ve a la oficina que está al final del pasillo a la derecha —la interrumpió Kakashi, desviando la mirada de nuevo hacia su escritorio con un movimiento brusco. Cerró su copia del informe con un golpe seco y lo apartó a un costado, como si fuera basura—. Ahí está tu escritorio. Te llamaré si te necesito.
La frase no era una invitación, sino una orden de destierro. El mensaje era claro: por ahora, no la necesitaba.
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La oficina era un clóset glorificado, un espacio angosto y sombrío que parecía el resultado de un desafortunado accidente entre el cuarto de limpieza y un mueble abandonado. La única luz provenía de un fluorescente que parpadeaba en un ritmo espasmódico, proyectando sombras temblorosas sobre las paredes desnudas. El aire olía a polvo y a encierro.
—Espero que… no te moleste demasiado trabajar aquí —dijo Shizune desde la puerta, con un tono que entrecortaba entre la disculpa genuina y la vergüenza—. Yo normalmente trabajo en la ante-sala, junto al Hokage, pero… —hizo una pausa, buscando las palabras correctas—. Parece que todavía no se adapta del todo a la idea de que me voy. Esto es… temporal.
Hikari forcejeaba con la ventana enclaustrada, que por fin cedió con un chirrido protestón, dejando entrar un débil rayo de sol y un soplo de aire fresco que luchó contra el polvo.
—¡No se preocupe para nada! —respondió, moviendo las manos en un gesto de sincera tranquilidad—. En serio, me… encanta el lugar. Tiene… potencial.
Shizune la miró con una mezcla de incredulidad y afecto.
—Murakami-san, no se trata de mentir tampoco —dijo con una sonrisa cómplice y un poco triste.
—¡No es mentira! —insistió Hikari, secándose las manos llenas de polvo en sus pantalones anchos—. Ya estoy aquí, dentro de la Torre Hokage. Eso es un gran avance. Estoy genuinamente agradecida de que me hayan dado este espacio, por pequeño que sea.
—Eres bastante extraña, ¿sabes? —musitó Shizune, pero esta vez su sonrisa era cálida, casi de admiración—. Entonces, te dejo que te instales. Buena suerte.
Hikari asintió con una sonrisa amplia y llena de determinación, viendo cómo la figura de Shizune se alejaba por el pasillo. Cuando se quedó sola, se volvió lentamente para enfrentar su nuevo reino: el cuartucho. No, su oficina.
Con un suspiro que era más de desafío que de derrota, se arremangó su chaqueta bomber. No había tiempo para lamentaciones. Se dispuso a transformar aquel rincón olvidado. Su misión comenzaba no con papeles, sino con un trapo húmedo, buscando artículos de oficina bajo montañas de polvo y la tenaz convicción de que, desde aquella pequeña y parpadeante trinchera, ella también ayudaría a construir el futuro de Konoha.
Una vez que dejó cada superficie impoluta y cada objeto libre de polvo, se sentó. La silla crujió en el silencio absoluto de la habitación. Sus manos, sin saber qué hacer, se posaron sobre el escritorio. Sus dedos acariciaron una lapicera, la movieron unos centímetros hacia la derecha.
Sí, tal vez así estaba más a mano para cuando el Hokage la necesitara. La observó un momento, frunciendo el ceño. No. Parecía fuera de lugar. Con un suspiro leve, la giró con sumo cuidado hasta dejarla en un ángulo perfecto de cuarenta y cinco grados. Mejor. Ahora sí.
Su mirada vagó sin rumbo hasta posarse en el reloj viejo colgado en la pared. Las manecillas parecían haberse quedado dormidas. ¿O sería que el tiempo mismo se movía más lento en aquel cuarto? Se levantó, se acercó al reloj y, con meticulosidad, lo enderezó aunque en realidad ya estaba perfectamente nivelado. Era solo una excusa para moverse, para romper la monotonía.
De vuelta en su asiento, la lapicera llamó de nuevo su atención. Ahora, bajo la tenue luz, estaba convencida de que se había visto mejor en su posición original. Con un movimiento casi automático, la deslizó de vuelta a su lugar inicial. El ciclo recomenzaba. La espera era una prueba de paciencia, y cada pequeño ajuste en el escritorio era un intento desesperado por sentirse útil, por prepararse para una llamada que no llegaba.
—¿Y tú qué crees que estás haciendo aquí?
La voz, cargada de un fastidio familiar, cortó el silencio de la oficina. Shikamaru Nara apareció en el marco de la puerta, apoyado contra la jamba con los brazos cruzados, como si el simple hecho de tener que plantarse allí ya fuera una molestia tremenda.
—¡Shikamaru-senpai! —Hikari se puso de pie de un salto, inclinándose en una reverencia quizás demasiado rápida—. Soy Murakami Hikari. ¡Es un honor enorme poder trabajar a su lado!
—Sé perfectamente cómo te llamas —resopló él, sin molestarse en disimular su exasperación—. Mi pregunta es qué haces aquí, en este cuarto. Es un trabalenguas muy problemático.
Hikari alzó la cabeza, completamente desconcertada.
—Me… me asignaron este espacio —dijo, señalando su escritorio recién limpiado como si fuera la prueba definitiva.
Shikamaru cerró los ojos por un segundo, como pidiendo paciencia a algún dios de la lógica.
—Parece que Shizune se olvidó de darte el aviso más importante —suspiró, rascándose la nuca con gesto de profundo cansancio—. El Hokage salió a almorzar.
El rostro de Hikari se iluminó de inmediato, viendo por fin una oportunidad.
—¡Ah! ¿Necesita que ordene la documentación de su almuerzo? ¿O que le prepare un té para cuando regrese? —preguntó, dando un paso al frente con entusiasmo.
—Claro que no —la cortó Shikamaru, secamente—. Él no 'sale a almorzar'. Él desaparece a almorzar. Se toma su tiempo. A veces, hasta tres horas. Tu trabajo, —añadió, señalándola con un dedo fláccido—, es ir a buscarlo y traerlo de vuelta.
—¿Qué? —Hikari juntó las manos frente a su pecho, su confusión aumentando—. ¿El Hokage no tiene… noción del tiempo?
—¡Claro que la tiene! —exclamó Shikamaru, como si esa fuera la parte más obvia y a la vez más irritante del asunto—. Lo que pasa es que es un holgazán de cuidado. Shizune siempre tenía que salir a cazarlo como si fuera un gato rebelde y arrastrarlo de vuelta a la torre. —Se dio la vuelta para marcharse, lanzando la frase por encima del hombro como si fuera una condena—. Ahora te toca a ti. Buena suerte. Eso suena tremendamente problemático.
—¡Espere! —gritó Hikari, recuperando la voz—. ¿Dónde… dónde está?
Shikamaru se detuvo en el pasillo sin volverse.
—¿Y cómo voy a saberlo yo? Nunca almuerza en el mismo sitio dos veces seguidas. Es parte de la táctica. —Y con eso, siguió su camino, dejando a Hikari sola con una misión absurda y un sentido de la realidad tambaleante.
Hikari se golpeó suavemente las mejillas con ambas manos, como intentando despertar de un sueño absurdo.
—¡Vamos, tú puedes! —se dijo a sí misma, inflando el pecho con una determinación que no sentía del todo—. ¡Estás preparada para esto!
O al menos, eso creía con fervor en ese instante. Porque la realidad que enfrentó al salir a las calles de Konoha fue un caos de sincronización fallida. Se lanzó a los tejados, escudriñando cada restaurante con la mirada de un halcón. Revisó salones de té con nombres elegantes y pastelerías que emanaban aromas dulces. Todo empezó a parecer una broma pesada y elaborada para su primer día. Por cada lugar que ella descartaba, había un rumor entre los meseros de que un hombre con máscara y pelo plateado acababa de irse. Por una calle que ella recorría a toda velocidad, él había pasado minutos antes, tranquilo y ensimismado en sus pensamientos.
Fue una coreografía de desencuentros. Mientras ella corría como un vendaval cruzando la avenida principal, él paseaba con calma por la calle paralela, hojeando su libro sin la más mínima urgencia. Si Hikari hubiera alzado la vista en el momento preciso, habría visto el distintivo cabello plateado entre la multitud. Pero el destino, o quizás el propio universo burlón, se encargó de que sus caminos no se cruzaran.
Así pasaron horas. El sol comenzó su descenso, tiñendo el cielo de naranja y púrpura, cuando Hikari, con el uniforme polvoriento y el cabello deshecho, lo vio por fin. Allí estaba, caminando con una paz exasperante, completamente absorbido por las páginas de su libro. El atardecer se reflejaba en la portada de Make-Out Tactics.
—¡Hokage-sama! —logró gritar, jadeando, con las manos apoyadas en las rodillas y el aliento empañando el aire fresco de la tarde—. ¡Lo he estado buscando por toda la aldea!
Kakashi, sin apartar los ojos de su libro, dio vuelta una página con languidez.
—¿De verdad? —preguntó, con una voz que denotaba más curiosidad que preocupación—. ¿Y para qué?
Hikari parpadeó, sin poder disimular su total desconcierto. ¿Acaso había olvidado por completo su posición?
—¿Ah? —fue lo único que atinó a decir antes de recuperar el hilo—. Porque… porque debe volver a la torre, Hokage-sama. Se tomó… demasiado tiempo para almorzar.
—¿En serio? —Esta vez, una nota de genuina sorpresa se coló en su voz. Si no fuera porque era su primer día y él era, técnicamente, su superior, Hikari habría jurado que estaba burlándose de ella deliberadamente—. No me había dado cuenta. El tiempo vuela cuando te diviertes, ¿no? Bueno, nos vemos.
Y antes de que Hikari pudiera articular una respuesta, una protesta o tan siquiera un suspiro de exasperación, el Rokudaime Hokage desapareció en un poof característico, dejando tras de sí solo un cúmulo de humo que se dispersó rápidamente en la brisa del atardecer.
Hikari se quedó plantada en medio de la calle, mirando fijamente el espacio vacío donde él había estado segundos antes. Un suspiro profundo y cargado de toda la fatiga del mundo escapó de sus labios. No había conseguido su objetivo. De hecho, había logrado exactamente lo contrario: ahora tenía que regresar a su "oficina" con las manos vacías, derrotada no por un enemigo, sino por la evasiva pasiva-agresiva de su jefe. El primer día de trabajo prometía ser más largo de lo esperado.
El regreso por los pasillos de la torre fue una marcha lenta y silenciosa. Hikari arrastraba los pies, sintiendo el peso del fracaso en cada hueso. Tienes que mantener una actitud positiva, se repetía mentalmente, clavándose las uñas en las palmas de las manos. Esto es lo que querías. Deseabas ser útil para la aldea. Debes ser capaz de soportar este ritmo. Pero las palabras sonaban huecas contra el eco de la humillación.
—Hikari-san.
La voz la hizo detenerse en seco. La puerta de la oficina del Hokage estaba abierta. Con un esfuerzo, se enderezó la postura, se ajustó la chaqueta y entró, intentando proyectar una profesionalidad que no sentía.
—Hokage-sama —saludó, incapaz de ocultar la sorpresa y un escepticismo profundo en su mirada. ¿Era posible? ¿Había funcionado su desesperada búsqueda? Él había vuelto. —¿En qué puedo ayudarle? —preguntó, con una chispa de esperanza renaciendo en su voz.
Kakashi ni siquiera alzó la vista del documento que estaba sellando con calma.
—En nada. Mejor vete a tu casa —respondió, con la monotonía de quien da una obviedad.
El mundo de Hikari se detuvo un segundo.
—Pero… si usted sigue aquí trabajando —argumentó, confundida—. Yo debo estar aquí, para apoyarlo…
—No es necesario —su voz sonó plana, definitiva.
En ese momento, Shikamaru entró en la oficina sin molestarse en golpear, como si fuera su segunda casa.
—Vine a buscar los informes de licitación —dijo, acercándose al escritorio con su andar perezoso. Al pasar junto a Hikari, lanzó una mirada rápida que ella no supo descifrar. —Intenta no demorarte tres horas en el almuerzo la próxima vez. Es un problema logístico.
—Sí, sí… —murmuró Kakashi, juntando unos papeles más y metiéndolos en una carpeta que entregó a Nara con familiaridad.
Hikari se sintió completamente ajena, como un mueble invisible en la habitación. Era espectadora de una coreografía bien ensayada de la que ella no formaba parte.
—¿Sigues aquí? —repitió Kakashi, como si acabara de notar su presencia de nuevo—. En serio, vete a descansar.
—Ah, perdón —murmuró Hikari, forzando una sonrisa que le quemaba los labios. Hizo una pequeña y rápida reverencia—. Entonces… me retiro primero.
Kakashi hizo un gesto vago con la mano, un ademán aburrido de despedida. Shikamaru, al menos, inclinó ligeramente la cabeza en un gesto de cortesía mínima. Hikari salió de la oficina, y el sonido de la puerta cerrándose tras de sí sonó como el portazo final a sus expectativas del primer día.
Apretó con fuerza la correa de su bolso, que colgaba de su hombro como el peso de las expectativas del día. Un suspiro hondo se le escapó mientras volvía la mirada hacia la silueta imponente de la Torre Hokage, cuyas ventanas empezaban a encenderse contra el cielo crepuscular. Su primer día había sido extraño, francamente agotador y hasta humillante en partes.
Sin embargo, en el fondo de su pecho, una chispa de determinación se negaba a apagarse. No, no se daría por vencida.
Comenzó a caminar, sumergiéndose en el lento despertar de la vida nocturna de Konoha. Las luces de los puestos callejeros se encendían, el aroma de la comida se mezclaba con las risas relajadas de quienes terminaban su jornada.
Y mientras observaba la aldea que respiraba con tanta paz, recordó la verdad más profunda de su corazón: ella anhelaba ser útil para este lugar. Esta aldea, con sus calles vibrantes y su espíritu resiliente, le había dado un hogar, un propósito, una razón para seguir adelante después de los horrores de la guerra. Konoha no era solo un lugar; era el refugio que le había permitido volver a vivir. Y por ello, valía cada frustración, cada decepción, cada misión absurda.
Dobló la esquina que daba al complejo de departamentos, con la mente aún sumergida en el caos del día. El zumbido de las farolas encendidas y el eco de sus propios pasos eran su único acompañamiento. Hasta que, de pronto, cortando la quietud de la noche, reconoció unas risas familiares.
Aceleró el paso, y la confusión disipó su cansancio al encontrarse con la escena: Yuka, apoyada con desenfado contra la pared de ladrillos, se ajustaba las gafas con un gesto de suficiencia.
—Te lo dije, que saldría más temprano —declaró Yuka, con una sonrisa pícara.
—Y yo no me lo quería creer cuando lo dijiste —refunfuñó Aoi, sentada en los escalones de la entrada con los cachetes inflados en un gesto de derrota teatral. Entre ellas, en el suelo, descansaban varias bolsas de comida que emanaban un aroma delicioso y una caja de cervezas.
Hikari se detuvo, mirándolas alternativamente. —¿Qué… qué hacen ustedes aquí?
Sus amigas, en lugar de responder con palabras, alzaron triunfalmente las bolsas de comida y la caja de cervezas. La respuesta era más elocuente que cualquier explicación.
—Souta nos contó que te contrataron —anunció Aoi, levantándose y sacudiéndose el polvo del pantalón—. ¡Y creemos que es hora de celebrar!
—Bueno, técnicamente estoy a prueba —aclaró Hikari con una sonrisa tímida que buscaba esconder su propia decepción.
—¿Y eso qué importa? —intervino Yuka, acercándose para rodearla con un brazo firme y amistoso—. Eso no significa que hayas dejado de tener tiempo para tus amigas. Además —añadió, bajando la voz a un susurro cómplice—, exigimos todos los chismes de primera mano desde el corazón de la Torre Hokage.
Ante el gesto de sus amigas, la fachada de profesionalismo y resistencia que Hikari había mantenido todo el día se quebró por completo. Una sonrisa amplia y genuina, la primera de verdad en horas, iluminó su rostro.
—Está bien, está bien —cedió, fingiendo fastidio—. Yo… yo también las extrañé.
Y en ese momento, con el peso del día empezando a disiparse entre la comida, la cerveza y la compañía, supo que, sin importar los desafíos que le esperaban en la oficina, siempre tendría este refugio al que volver.
****
—¿Era realmente necesario hacerle pasar ese calvario a la novata? —preguntó Shikamaru, cerrando su bolso con un gesto cansino—. Al fin y al cabo, tendrás que aceptar un asistente nuevo, te guste o no. Es un problema.
Kakashi colgó su sombrero de Hokage en el perchero con un movimiento fluido y se sacudió el pelo plateado.
—¿Y no podrías ser tú mi asistente oficial? —preguntó con una inocencia demasiado perfecta.
—Yo ya tengo un trabajo, y no incluye ser tu perro rastreador —replicó Shikamaru, buscando al tacto su cajetilla de cigarrillos en el bolsillo del chaleco—. Además, es muy problemático.
—Recuerda que está estrictamente prohibido fumar dentro de la torre —lo reprendió Kakashi, pasando junto a él y dirigiéndose a la puerta—. Y ahora, vámonos. Tengo un compromiso urgente con mi cama.
—Está bien, está bien… —murmuró Shikamaru, resignado, dejando el cigarrillo sin encender colgando de su labio. Ambos hombres salieron de la torre, sumergiéndose en la frescura de la noche estrellada. Caminaban en silencio un momento antes de que Shikamaru, con su mirada perspicaz, lo intentara de nuevo—. Te demoraste a propósito en el almuerzo, ¿verdad? Fue una prueba.
—Mmm, podría ser… —admitió Kakashi, sacando su libro del bolsillo con un movimiento familiar. Sus ojos se posaron en las letras—. La verdad es que no confío ciegamente en los nuevos ninjas que están saliendo de la academia. El mundo ha cambiado.
—Tú mismo defendías a Yurito hace unas semanas, diciendo que era uno de los chunin más prometedores —recordó Shikamaru, ladeando la cabeza con genuina confusión—. ¿No estarás siendo simplemente un cascarrabias?
Kakashi bajó su libro un centímetro.
—Dime, Shikamaru… ¿qué significa ser un ninja en estos tiempos? —preguntó, y su voz perdió por un momento su tono despreocupado, adoptando uno pensativo y serio. Lo miró de reojo—. Cada vez tenemos menos misiones de alto rango. Pronto tendremos una población de shinobi desempleados si no les conseguimos nuevos roles, nuevos propósitos.
—¿Y la chica nueva? ¿Hikari? —preguntó Shikamaru, entendiendo hacia dónde se dirigía la conversación.
—Ella es el ejemplo perfecto —explicó Kakashi, con un dejo de amargura—. Fue Chūnin durante la guerra, pero lo más probable es que su labor fuera proteger civiles, logística. No estuvo en el frente como nosotros. Ellos… nos ven como héroes de una epopeya que ya terminó. Creen que podemos ofrecerles la misma vida de aventuras que tuvimos. —Hizo una pausa y su voz se volvió lúcida y cruda—. Seamos sensatos, Shikamaru. Esa vida no va a volver. No habrá más aventuras como las de antaño, y esa chica, una Jounin recién graduada, está ilusionada con un trabajo que, en el fondo, está dejando de existir.
—Debe haber una razón por la que pasó todas las pruebas del consejo—argumentó Shikamaru, tocándose el mentón pensativo—. No es cualquier ilusa.
—Puede que sí —concedió Kakashi—. Pero también hay que ver el resto. —Una arruga de genuino desconcierto apareció en su frente—. ¿Viste esa chaqueta…esa bomber de colores chillones? ¿Desde cuándo eso es parte del uniforme ninja? Parece más bien una turista.
Shikamaru no pudo evitar una sonrisa lenta y comprensiva mientras se sacaba el cigarrillo de la boca.
—Así que esa es la verdadera razón detrás de tu maldad hoy. No es solo el miedo al cambio… es que su sentido de la moda ofende tu sentido tradicionalista, ¿no es así?
Kakashi no respondió. Simplemente volvió a levantar su libro, pero el leve rubor en la punta de sus orejas, apenas visible a la luz de la luna, fue toda la confirmación que Shikamaru necesitaba.
*********
—El Rokudaime es... un hombre peculiar, sin duda —comentó Yuka, dejando su botella de cerveza con un golpe seco. Se rascó su corto y práctico cabello negro—. Lo que me sorprende es que la aldea no se desmorone con un Hokage que considera el almuerzo una misión de larga duración.
—Yo creo que es una prueba —confesó Hikari, hablando entre bocado y bocado de un dumpling—. Una prueba extraña y frustrante, pero una prueba al fin. En la ceremonia de Jounin, todos los altos mandos lo trataban con un respeto... no por el cargo, sino por quien es. Eso tiene que significar algo.
—Si esto es una prueba, es francamente cruel —refunfuñó Yuka, ajustando sus gafas con un gesto de fastidio que hacía brillar los lentes—. Pasaste todas las evaluaciones formales del consejo. Estás más que calificada. —Se arremangó el chaleco de shinobi, mostrando el tono musculado de su brazo en un gesto de falsa amenaza—. Si no te tratan como mereces, se las verán conmigo. Prometo hacerles el papeleo más engorroso que hayan visto.
—Estás siendo un poco dramática, Yuka-chan —la voz suave de Aoi surgió entre un crujido de pollo frito, que luego enjuagó con un sorbito delicado de cerveza—. Si Hikari-chan dice que está bien, es porque su corazón es fuerte y puede con ello. Nosotras sólo debemos confiar en que el Hokage, con el tiempo, verá la misma luz que nosotras vemos en ella.
—Siempre tan dulce y optimista. A veces dan ganas de vomitar —bufó Yuka, pero sin poder evitar una sonrisa. Con un gesto inesperadamente tierno, le arregló el cintillo de skincare en el cabello a Hikari—. Pero en el fondo, tiene razón. Recuerda que, pase lo que pase en esa torre, siempre nos tienes a nosotras. Somos tu retaguardia.
—Gracias, chicas… —Hikari sonrió, y esta vez la tristeza se mezcló con un calor genuino en su pecho—. De verdad, son las mejores. Y les voy a demostrar, a él y a todos, de lo que soy capaz.
—¡Esa es la actitud, Hikari-chan! —exclamó Aoi, alzando un pincho de takoyaki como si fuera la espada de un legendario héroe, su voz llena de una fe inquebrantable—. ¡Tú puedes con esto y con mucho más!
Chapter 3: Capítulo 3: Segundo Intento
Chapter Text
—Estás despedida.
La voz no era áspera, ni siquiera elevada. No había enojo en el Rokudaime Hokage, algo que, en ese momento, habría sido preferible. Lo que cargaban esas dos palabras era algo mucho peor: una decepción profunda y serena, el sonido de una expectativa que se apagaba sin lucha.
Hikari sintió que el mundo se desdibujaba por un instante. Abrió los ojos de par en par, incapaz de procesar lo que oía. Estaba de pie, plantada en la acera frente a la majestuosa residencia de los Senju, la casa de la Godaime Hokage. Y él, Kakashi, la miraba desde unos pasos de distancia, su mirada era un muro de hielo, un distanciamiento absoluto.
—No vuelvas a la torre, por favor —añadió.
El "por favor" fue el remate final. No era una súplica, sino una orden disfrazada de cortesía, tan fría y definitiva como el filo de un katana. No había espacio para apelar, para preguntar, para entender. Solo el silencio sepulcral que seguía a su sentencia, y la puerta de la historia que se cerraba de golpe ante ella.
Pero debía comenzar desde el principio, desde la determinación silenciosa de la mañana.
Esa mañana, Hikari se había puesto una blusa morada, suelta y sin mangas, que dejaba al descubierto la esbeltez de sus hombros, pálidos como la porcelana. Su cabellera rubia, densa y rebelde, se le escapaba de las manos mientras intentaba domarla en una trenza gruesa que colgaba con un peso vital sobre su espalda. Completaban el atuendo sus prácticos pantalones de shinobi, una declaración de que, a pesar de todo, su esencia de ninja seguía intacta.
Salió con el sol aún rasgando el horizonte, dirigiéndose directamente a la torre con un propósito claro. Sabía que llegaría antes que el Hokage. Al pasar frente a su oficina, la puerta entreabierta reveló el caos que reinaba dentro: una geografía de papeles amontonados que sepultaban el escritorio.
No pudo evitarlo. Se acercó con cautela, como si el desorden fuera un animal dormido. Buscó con la mirada un itinerario, una agenda, cualquier indicio de orden en el maremágnum, pero solo encontró montañas de documentos cuyos significados se le escapaban. Hasta que se puso a leerlos.
Cada papel hablaba de un rincón de Konoha: informes de cultivos, solicitudes de materiales para nuevas construcciones, presupuestos para el hospital, propuestas para la academia, actualizaciones del mundo shinobi... Y cada uno marcado con una urgencia diferente, un código secreto que solo el Hokage parecía entender.
Una chispa se encendió en su mente. Sin pensarlo dos veces, regresó a su propia oficina —aquella bodega polvorienta— y rescató varias cajas vacías. Las cargó con determinación y las llevó de vuelta a la oficina del Hokage. Allí, con la meticulosidad de un archivero, comenzó a ordenar el caos. Clasificó cada documento por color: rojo para lo urgente, azul para los proyectos a largo plazo, amarillo para las revisiones pendientes. Transformó la torre de Babel papeleril en un sistema de colores, una guía visual para que el Rokudaime pudiera navegar su propio trabajo.
Al terminar, miró el reloj. Todavía sobraba tiempo. Su mirada se posó entonces en la capa del Hokage, abandonada sobre un perchero y con una mancha de tinta visible. La tomó con cuidado y se dirigió a la tintorería del pueblo.
—La capa del Hokage —anunció a la anciana dueña, que asintió con complicidad.
—Ah, sí. Ya era hora. Aquí tiene las otras —dijo la mujer, entregándole un brazo de capas impecablemente limpias y cubiertas con plástico—. Llevaban dos semanas esperando. Alguien ha estado muy ocupado.
—Sí… —murmuró Hikari, sosteniendo el paquete que olía a jabón fresco—. Ha estado bastante atareado, muchas gracias.
En sus manos no solo sostenía capas limpias, sino la esperanza de que, con cada pequeño detalle en orden, podría ganarse su lugar.
Llegó justo a tiempo. Colgaba la última capa impecable en el perchero cuando la puerta se abrió. El Hokage apareció con su andar arrastrado y su mirada velada por el cansancio, sin detenerse a notar el milagro de orden que ahora reinaba en su santuario. Hikari se quedó congelada, la mano aún en la percha. Kakashi se dejó caer en su silla y su mano se movió por inercia, buscando su taza de café —que, extrañamente, estaba llena, caliente y aromática, preparada por ella— y el montón de papeles que siempre estaba a su derecha y que ahora no estaba.
—¿Ah? —Kakashi parpadeó, una vez, dos veces. Su cerebro, habituado al caos, tardó unos segundos en procesar la escena: el escritorio despejado, las superficies limpias, las pilas de colores donde antes solo había desorden.
—B-buenos días, Hokage-sama —Hikari se acercó con una sonrisa tímida, esperando un atisbo de aprobación.
Kakashi alzó la mirada hacia ella, aún desconcertado, hasta que sus ojos se detuvieron en su blusa morada, sin mangas y para nada táctica. Una mueca de desagrado, leve pero inequívoca, cruzó su rostro.
—Buenos días… —respondió, frunciendo el ceño. Se levantó y entonces vio las cajas de colores alineadas en el estante. —¿Fuiste tú la que movió los papeles que estaban sobre mi escritorio?
—Sí, Hokage-sama. Está todo ordenado según su prioridad —explicó ella, con una sonrisa amable que pretendía ser útil. Señaló los estantes con orgullo—. Solo dígame qué está buscando y se lo traeré de inmediato.
—Tengo una reunión a distancia con el Raikage en cinco minutos y necesito un documento específico que dejé justo aquí ayer —dijo, acercándose a las cajas con una torpeza inusual, sus dedos tamborileando sobre el cartón sin saber por dónde empezar.
—¿De qué trataba el documento? —preguntó Hikari con calma, acercándose. Su trenza se balanceó con el movimiento.
—No te lo puedo decir. Es secreto de estado —respondió Kakashi, y ella pudo ver cómo sus nudillos se ponían blancos al apretar el borde de la caja. La tensión en la habitación se espesó.
—Oh, los documentos confidenciales… —asintió Hikari, como si acabara de recordar un detalle menor. Se agachó y sacó de debajo del escritorio una caja marcada con un sello rojo que decía «CONFIDENCIAL». —Por favor, revise aquí. Están todos juntos.
Kakashi la miró, y el horror comenzó a nublar sus ojos.
—No me digas… que leíste los documentos de esta caja —su voz fue un hilo de sonido, cargado de un quejido de genuino pánico.
Hikari se quedó inmóvil, su sonrisa se congeló. Él buscó rápidamente el papel que necesitaba y, al encontrarlo, alzó la vista para clavarla con una mirada que era una mezcla de incredulidad y resignación.
—Ahora mismo, sin que lo sepas, eres una de las personas más vigiladas de Konoha por haber leído lo que hay dentro de esta caja.
Los ojos lilas de Hikari se agrandaron como platos, el color abandonó sus mejillas.
—¿Q-qué?
—Ni siquiera Shikamaru tiene permiso para revisar los papeles que dejo sobre el escritorio. Son los más sensibles —sus hombros cayeron, vencidos por un cansancio infinito—. Voy a olvidar que esto pasó. Y tú, Hikari, vas a olvidar lo que leíste. Literalmente.
—Sí, Hokage-sama —musitó ella, haciendo una reverencia automática, el corazón latiendo en el oído—. Lamento profundamente mi error.
—«Literalmente» —repitió él, con una claridad glacial— significa que irás ahora mismo a la División de Inteligencia. Te borrarán ese recuerdo de la mente.
—¿P-pero…?
—Ahora —cortó él, haciendo un gesto brusco con la mano que no admitía réplica—. Puedes salir.
¿Fue a la División de Inteligencia? Por supuesto que no. En realidad, solo había leído los encabezados de aquellos documentos confidenciales, lo justo para clasificarlos, no su contenido específico. Con el corazón aún encogido, se refugió en su oficina, donde una nota blanca y impersonal la esperaba sobre el escritorio.
“Diríjase al Archivo Histórico de Konoha. Busque y recupere el documento con el Folio N°934.”
Al menos hoy le habían dado una tarea concreta. Con un suspiro que era mitad alivio, mitad aprensión, partió rumbo a los archivos.
Al llegar, se encontró con un recepcionista de mirada aburrida y gesto adusto.
—Buenos días. Me envían desde la Torre Hokage a buscar este documento —anunció, deslizando la nota sobre el mesón.
El ninja, un hombre de mediana edad, la escudriñó de pies a cabeza, su mirada se detuvo un instante de más en su blusa morada antes de volver al papel. Al leer el folio, sus labios se contrajeron en una mueca que apenas logró contener una risa.
—¿Está todo bien? —preguntó Hikari, insegura.
—Ah, sí… perfectamente —mintió él, limpiándose falsamente la comisura de los labios—. Sígame, por favor.
Hikari, con un destello de entusiasmo renovado, lo siguió por un laberinto de pasillos silenciosos, hasta que se detuvieron frente a una puerta maciza que crujió al abrirse. La estancia que reveló era cavernosa, iluminada solo por haces de luz que se colaban por las ventanas altas y sucias, iluminando el polvo que danzaba en el aire. Los estantes se perdían en la penumbra, repletos de pergaminos y legajos, todos ellos idénticos y sin la más mínima identificación.
—¿Por… por dónde debo empezar a buscar? —preguntó, con un hilo de voz que delataba su inocencia ante la magnitud de la tarea.
El archivero se rascó la mejilla con gesto casi compasivo.
—Todos los documentos con folio inferior al mil no están marcados. Son demasiado antiguos y frágiles; etiquetarlos ahora los dañaría —explicó, entregándole una linterna pesada y antigua—. Buena suerte, muchacha.
—¿Qué? —protestó Hikari, mientras el hombre ya se daba la vuelta para irse—. ¡Espere! ¿Y cómo se supone que lo encuentre?
El hombre se encogió de hombros sin volverse, y su risa eco en el pasillo.
—No sé. ¿Leyéndolos uno por uno, quizás?
La puerta se cerró con un golpe sordo. Hikari apretó con fuerza el papel donde estaba escrito el número 934, como si él tuviera la respuesta. Miró la sala, un océano de papel y polvo que se extendía en la semioscuridad. La abrumadora sensación de que le habían encomendado una tarea imposible a propósito, como un castigo velado, amenazó con ahogarla.
Sin embargo, respiró hondo, y el olor a papel viejo y madera le recordó por qué estaba allí. Encontraría ese documento. Debía de ser importante para el Hokage, para la aldea. Konoha era su prioridad.
Encendió la linterna. Su haz de luz cortó la penumbra, iluminando el primer montón de pergaminos. Con la mandíbula firme y el corazón decidido, se adentró en las entrañas del pasado de Konoha.
***
—Dime, Kakashi —comenzó Tsunade, sentada con su habitual postura relajada pero con una mirada penetrante—, ¿de verdad viniste a pedirme que me quede, o que Shizune se quede, solo porque no quieres perder tu red de seguridad?
Kakashi y Shikamaru estaban en la sala de la residencia de la Quinta Hokage, su última parada después de un día agotador. El peso de la solicitud pendía en el aire.
—No sé qué más hacer para que Shizune continúe en la torre —admitió Kakashi, con un raro dejo de desesperación en su voz normalmente lánguida. Inclinó la cabeza en un gesto que era casi una súplica.
Tsunade desvió su mirada de hierro hacia su antigua asistente.
—Yo te pedí que lo ayudaras en la transición, Shizune, no que lo malcriaras hasta el punto de la dependencia —la reprendió, aunque su tono carecía de verdadera dureza.
—Lo siento profundamente, Tsunade-sama —se disculpó Shizune, abrazando a Tonton con un poco más de fuerza, como buscando consuelo. El cerdito gruñó en solidaridad.
—Tú no la quieres por su eficiencia administrativa, Kakashi —Tsunade se cruzó de brazos, con gesto de impaciencia—. La quieres porque es la única que sabe dónde encontrarte cuando te escapas a leer tus libros absurdos, y la única con la paciencia de un santo para aguantar tus ocurrencias. Tienes que adaptarte a los cambios. Esa es la primera ley del liderazgo.
—Y lo estoy intentando —protestó Kakashi, defendiéndose—. Estamos modernizando la aldea, implementando nuevas tecnologías... pero su consejo, su experiencia... todavía la necesito.
—¡Eres el Hokage, Kakashi! —exclamó Tsunade, y su voz se cargó de una preocupación casi maternal—. Tienes que empoderarte en este camino que elegiste, o que te eligió a ti. Comprendo y valoro que quieras honrar y rescatar el legado que dejamos Minato, el Tercero y yo. Pero éramos Hokages forjados en la guerra. A ti te toca una tarea quizás más difícil: forjar el camino de la paz. El camino que después recorrerá Naruto y todos los que le sigan. Ese será tu legado.
—Tsunade-sama… —murmuró Kakashi, la máscara ocultando un suspiro de resignación. Sabía que ella tenía razón. Debía encontrar la forma de dejar su propia marca, su propio sello en el cargo, pero ¿cómo hacerlo cuando los fantasmas del pasado todavía tiraban de él con tanta fuerza?
—Y además —añadió Tsunade, cerrando los ojos como si buscara la paciencia en la oscuridad—, tengo la fuerte impresión de que ni siquiera le estás dando una oportunidad real a tu nueva asistente. —Al abrirlos, se encontró con la instantánea e inconfundible mueca de desagrado que se dibujó en el rostro de Kakashi. 'Santo cielo, sí que le causa aversión esa pobre chica', pensó, con un gesto de dolor de cabeza—. Y bien, ¿dónde está? ¿Qué fue de la Jounin que seleccionaron?
Estuvo a punto de mentir. De soltar un "No tengo idea" despreocupado, en lugar de admitir la verdad: que la había enviado a una misión imposible, diseñada para frustrarla hasta el punto de la renuncia.
—Ella… —empezó, pero las palabras se congelaron en sus labios.
Un sonido distintivo, un sunshin sónico y familiar, cortó el aire. Era el mismo vacío que dejaba a su paso su sensei, Minato, cuando utilizaba la Técnica de Dios del Relámpago. ¿Minato-sensei?, pensó, sobresaltado, girándose instintivamente hacia la fuente del sonido.
Pero no era su mentor. Era Hikari.
Apareció de rodillas en el centro de la sala, en una postura protocolaria perfecta, la cabeza inclinada en una reverencia profunda. Su llegada no había sido silenciosa, sino una declaración de velocidad pura.
—Disculpe mi atraso, Hokage-sama, Tsunade-sama —dijo, con la voz un poco entrecortada pero firme—. Por favor, perdone mi ignorancia al no presentarme a tiempo para esta reunión.
—Levanta la cabeza, muchacha —ordenó Tsunade, su curiosidad picada por la dramática entrada. Hikari obedeció, revelando su estado: el rostro estaba manchado de polvo y telarañas, su blusa morada tenía una nueva rasgadura en el hombro y su trenza rubia albergaba restos de lo que parecía ser un archivo centenario. —¿Dónde estabas?
—Bueno… yo… —titubeó, lanzando una mirada furtiva y nerviosa a Kakashi. Luego, con un movimiento solemne, sacó de su espalda un pergamino antiguo y lo sostuvo con ambas manos—. Fui a buscar un documento que me solicitaron. Lamento no haber sido más rápida en la entrega.
—¿Un documento? —preguntó Tsunade, y el tono de sospecha en su voz hizo que Kakashi sintiera un sudor frío recorrer su espalda—. ¿Qué folio es?
Hikari abrió los ojos desmesuradamente, como un ciervo ante una antorcha. Kakashi contuvo el aliento, sus dedos se aferraron a su pantalón. Esta era su sentencia. Una palabra de ella y Tsunade lo despedazaría.
Pero la delación no llegó.
—Folio N°1356 —respondió Hikari con voz clara, y un silencio espeso e incómodo se instaló en la sala. Tsunade parpadeó, una vez, lentamente. No era el folio que Kakashi había mencionado antes. Un suspiro cargado de decepción infinita escapó de sus labios.
—Entonces, ¿puedes explicarme por qué estás… en ese estado? —insistió Tsunade, su mirada fija en la suciedad de la joven.
—Me… me caí —mintió Hikari, sosteniendo la mirada de Tsunade con una determinación que no admitía cuestionamientos. No era una excusa; era un escudo.
Tsunade desvió lentamente su mirada hacia Kakashi. No era una mirada de enojo, sino algo mucho peor: la mirada de un médico que acaba de diagnosticar una enfermedad grave y decepcionante. Era una mirada que prometía un dolor inmenso. Kakashi tembló visiblemente.
—Shizune, Shikamaru —dijo Tsunade sin apartar los ojos del Sexto Hokage—. Llévense a la chica y asegúrense de que reciba algo de comida. Yo… quiero hablar con el Sexto Hokage a solas.
El aire en la habitación se volvió gélido. El título sonó como una condena.
****
Esperaron en el patio central de la residencia, sumidos en un silencio tenso. Hikari observaba a Shikamaru de reojo, sintiendo el peso de la culpa. Había creído que su mentira, su "me caí", protegería al Hokage, pero la mirada asesina de Tsunade sugería que, por el contrario, había echado leña al fuego.
El sonido del agua de una fuente cercana era lo único que rompía el hielo.
—¿De verdad encontraste el documento? —preguntó Shikamaru de pronto, sin mirarla, su voz tan lánguida como siempre pero con un dejo de genuina curiosidad.
Hikari asintió, concentrándose en sus botas, cubiertas de una costra seca de tierra y polvo de archivo.
—Sí.
—¿Y para eso... tuviste que leer todos los rollos hasta dar con él?
—Sí —confirmó ella, con un hilo de voz—. Y... también le dejé un pequeño registro de clasificación al archivero, para que la próxima vez no sea tan difícil.
Shikamaru se atragantó con su propio aliento y giró la cabeza para mirarla por primera vez.
—¿Un registro? —preguntó, con incredulidad.
—Es solo un cuaderno —se apresuró a aclarar Hikari, haciendo un gesto con las manos como para quitarle importancia—. Nada del otro mundo, muy artesanal. Solo anoté el folio y una o dos palabras clave de cada uno.
Shikamaru la miró fijamente, como si estuviera reevaluando por completo su existencia.
—¿Tienes alguna idea de cuántos rollos hay en esa sala? Lo que te pidieron era, literalmente, una tarea imposible. Un problema diseñado para no tener solución.
Hikari alzó por fin la vista para encontrarse con la de él. Una sonrisa cálida, aunque cansada, se dibujó en sus labios.
—Y aun así, lo hice. Aunque no pude terminar de catalogar todo —admitió—. Yurito-san llegó a decirme que debía estar en una reunión con ustedes y tuve que salir corriendo.
Shikamaru guardó silencio un momento más, estudiando a esta joven Jounin desaliñada y tenaz que había logrado lo que él habría considerado una pérdida de tiempo monumental. Luego, un leve y casi imperceptible resplandor de respeto cruzó sus ojos.
—Bien —dijo, finalmente, cruzando los brazos—. Te has ganado mi respeto, Murakami. Pensé que lo echarías al agua, pero también fuiste leal…bien hecho.
Era un elogio escaso, pero provenía de Shikamaru Nara, y para Hikari, en ese momento, sonó como una victoria.
Pero el frágil respiro de triunfo se desvaneció al instante. Kakashi emergió de la residencia con una expresión que no era de enojo, sino algo infinitamente peor: una decepción profunda y serena, tallada en cada línea de su rostro.
Se detuvo frente a ellos, cruzando los brazos con un cansancio que parecía llegarle hasta los huesos. Su mirada, por un instante, se posó en Hikari.
—Estás despedida.
Las palabras, simples y cortantes, hicieron que el mundo de Hikari perdiera todo su color y sonido por un instante. Abrió los ojos de par en par, incapaz de procesar la sentencia.
—¿Qué estás diciendo, Kakashi? —protestó Shikamaru, dando un paso al frente, su voz cargada de una rara vehemencia.
Pero Kakashi ya se estaba dando la vuelta, ignorándolo por completo, y comenzó a caminar. Shikamaru lo siguió, sus protestas convirtiéndose en un eco frustrado. Hikari, con el corazón latiéndole en el oído, salió de su estupor y corrió tras ellos, saliendo a la calle ya oscurecida.
—¡Hokage-sama! —logró gritar, y vio cómo su espalda se tensaba y se detenía—. ¿Por qué? Comprendo que estaba a prueba, y lamento profundamente mis errores, pero... ¿qué hice mal?
—Por favor —dijo él, volviéndose lo justo para que su perfil se recortara contra la luz de una farola—, no vuelvas a la Torre. —Sus ojos, visibles por un instante, estaban cargados de una emoción que ella no podía descifrar. ¿Era culpa? ¿Frustración? ¿O simplemente el peso de una decisión que no quería tomar?
Hikari apretó los labios con fuerza, conteniendo el torrente de lágrimas que amenazaba con desbordarse. Con manos que apenas sentía, sacó el pergamino que había recuperado con tanto esfuerzo.
—Comprendo —dijo, y su voz, aunque temblorosa, era clara—. Y le agradezco que me haya dado la oportunidad, aunque fuera breve, de trabajar a su lado. —Se inclinó en una reverencia formal, extendiendo el rollo hacia él como una ofrenda final—. Por favor, acepte el resultado de mi última tarea. Muchas gracias, Hokage-sama.
Alzó la mirada lo suficiente para verlo. Kakashi suspiró, un sonido cargado de todo el agotamiento del mundo, y se rascó la nuca con un gesto de incomodidad palpable.
—Gracias por tu trabajo —respondió, y su voz fue grave, un susurro casi íntimo destinado solo a sus oídos. Tomó el pergamino—. Hasta luego.
Y entonces, entre una bocanada de humo y la distorsión del aire, ambos ninjas desaparecieron, dejándola sola en la noche, sosteniendo nada más que el eco de un "hasta luego" que sonaba a un adiós definitivo.
Chapter 4: Capítulo 4: Tercer Intento
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Se apoyó en la barandilla del balcón de su pequeño departamento, observando cómo los primeros hilos de luz dorada comenzaban a tejer el amanecer sobre los tejados de Konoha. Intentaba, con todas sus fuerzas, no darle vueltas al episodio que había ocurrido hacía ya unas semanas. El recuerdo de la voz serena de Kakashi diciendo "estás despedida" todavía resonaba como un eco frío en lo más hondo de su pecho.
La habían expulsado del lugar donde más había anhelado estar, sin siquiera una explicación clara que le permitiera comprender la magnitud de sus errores. En los días siguientes, la duda había carcomido su confianza. ¿Quizás no era tan buena como creía? ¿Tal vez su determinación no era suficiente, sino solo testarudez?
En medio de esa niebla de inseguridad, la aparición de Yuka y Aoi esa misma tarde había sido su tabla de salvación. Sus abrazos silenciosos y su presencia inquebrantable le habían dado un consuelo que ninguna palabra podría igualar.
Sin embargo, ahora, bajo la luz cruda y esperanzadora del nuevo día, algo en su interior se resistía a aceptar la narrativa simple del fracaso. Su camiseta holgada se deslizó, dejando al descubierto el hombro, y la brisa matutina jugueteó con el borde de sus pantalones cortos. Ni siquiera el frío de la mañana lograba distraerla. Su mente volvía una y otra vez a la mirada del Hokage. No había sido enojo lo que vio en sus ojos, sino una decepción profunda, casi... dolorosa. Como si algo en esa conversación privada con Tsunade hubiera quebrado no solo su oportunidad, sino algo dentro de él.
Una pregunta comenzó a germinar en su mente, desafiando la autocrítica que la había consumido: ¿Y si la habían despedido por una razón completamente diferente a sus supuestas faltas?
Era solo un destello, una intuición frágil, pero en el aire limpio de la mañana, se sentía más real que todas sus dudas. Y si esa intuición era cierta, entonces rendirse no era una opción.
—¿Hikari?
La voz de Souta, cargada de sueño, sonó a sus espaldas. Ella se giró y lo vio en el marco de la puerta, con el cabello revuelto, una remera larga y arrugada y unos calzoncillos. La luz del amanecer lo envolvía en un aura de domesticidad que, en ese momento, le pareció asfixiante.
—¿Qué pasa? ¿Sigues dándole vueltas a eso? —preguntó, suprimiendo un bostezo.
—Sí —admitió ella, pasando de largo junto a él para entrar en la calidez del departamento, que de pronto sentía pequeña—. No puedo evitarlo. Sigo pensando que hay algo que no encaja, Souta. Algo que no me están diciendo.
—Por los dioses, Hikari, ya hablamos de esto —suspiró él, con un tono de fastidio que le recorrió la espalda como un escalofrío. Se restregó los ojos con los nudillos—. Te vas a desgastar la cabeza dándole vueltas a lo mismo. El Hokage es un tipo raro y cascarrabias, el puesto no era para ti, y punto. Es así de simple.
Las palabras, tan prácticas y tan vacías, hicieron que los hombros de Hikari cayeran en una derrota silenciosa. Él no lo entendía. Nunca lo entendería.
—Sabes que esa no era una simple oportunidad para mí—dijo, y su voz sonó más pequeña de lo que hubiera querido. Se volvió para mirarlo, y en sus ojos lilas había un destello de dolor—. Era mi sueño, Souta. Quiero… necesito servir a esta aldea de la manera en que yo creo que puedo hacerlo.
—¡Y puedes hacerlo! —exclamó él, abriendo los brazos en un gesto de exasperación—. Hay mil maneras de servir a Konoha. ¿Por qué no intentas postular de nuevo a la ANBU? Podrías apelar a tu última evaluación, con tus habilidades…
—¡Porque no quiero! —La frase salió de sus labios como un latigazo, cortante y claro, antes de que pudiera contenerse. —¡Es asfixiante todo este sistema!
—Es asfixiante porque tú lo ves así —le apuntó su novio. —¿Por qué no puedes ser simplemente la típica Kunoichi que después se retira? Las mujeres ya ni van a misiones.
—¿Me estás pidiendo que no me esfuerce?
—Sería lo mejor para los dos.
Un silencio pesado, cargado de todas las discusiones no tenidas y los resentimientos soterrados, llenó el pequeño espacio entre ellos. Souta la miró fijamente, y por primera vez esa mañana, pareció completamente despierto.
—Murakami Hikari.
Una voz impersonal, filtrada por una máscara de cerámica, cortó el aire desde su balcón. Ambos se asomaron y se encontraron con la silueta espectral de un ANBU, su capa inmóvil y su máscara de zorro ocultando cualquier emoción.
—Soy yo —respondió Hikari, acercándose con la seriedad que el momento exigía, cualquier resto de la discusión anterior borrado de su rostro.
El ANBU le tendió un pergamino sellado.
—Un reo de alto riesgo escapó del bloque de máxima seguridad. En estos momentos podría estar intentando cruzar los límites de la aldea. Sus órdenes son localizarlo y regresarlo con vida. —La información fue fría, precisa, y no dejó espacio para preguntas.
Hikari asintió con la mandíbula apretada, una chispa de propósito encendiendo sus ojos. Antes de que pudiera decir otra cosa, el ANBU desapareció en un shunshin silencioso.
Giró sobre sus talones y entró de nuevo al departamento como un torbellino.
—Lo siento, Souta. Es una misión. Debo irme.
Él la siguió, su confusión reemplazando al enojo.
—Espera, Hikari, esa es una misión de ANBU de alto nivel. ¿Por qué te la asignan a ti? No eres del cuerpo —preguntó, desconcertado, mientras ella se ponía los pantalones de combate con movimientos rápidos.
—No lo sé, pero me la asignaron y voy —replicó ella, ajustando la hebilla con un tirón seco.
—Entonces voy contigo —declaró él, con una determinación que no admitía réplicas, y comenzó a buscar su propio equipo.
—¿Ves? —La voz de Hikari estalló, cargada de una amargura contenida que por fin encontraba salida—. ¡Por esto no quiero estar en el ANBU contigo! ¡Porque siempre, siempre asumes que no puedo sola! ¡Que me equivoqué, que me dieron la misión por error! ¡Me subestimas constantemente!
—¡No es verdad! —se defendió Souta, ofendido—. No te subestimo, me preocupa. ¡Y esto es extraño! Solo quiero… quiero verte feliz.
—¡Quieres verme feliz haciendo lo que a ti no te moleste! —le espetó, y el dolor en su voz era tan tangible que pareció llenar la habitación—. Que no desafíe tu comodidad, que no te haga cuestionar por qué a mí me llaman y no a ti.
Sin esperar su respuesta, Hikari agarró su tantō del mostrador. La empuñadura fría fue un recordatorio de su propia fuerza. Salió por la puerta con el corazón hecho trizas, pero con cada paso que se alejaba de su apartamento, su espalda se enderezaba un poco más. Esta misión no era solo por la aldea. Era por ella.
****
—Sé que me equivoqué. Por eso la despedí.
Kakashi estaba en su oficina, y por primera vez en meses, había llegado antes del mediodía. El lugar aún conservaba el orden que Hikari había impuesto, aunque con un ligero retroceso hacia el caos controlado que lo caracterizaba. Shizune lo observaba, con los brazos cruzados y una ceja arqueada en señal de profundo escepticismo.
—Hokage-sama… —comenzó, con un tono que mezclaba paciencia y exasperación—. Comprendo que se sintió culpable por lo del archivo, pero, ¿de verdad la solución fue despedirla? ¿No era más sencillo llamarla y disculparse por mandarla a esa misión absurda? ¿La odiaba tanto?
—Claro que no —la respuesta de Kakashi fue rápida, cargada de un dejo de frustración dirigida hacia sí mismo. Giró su silla para mirar la ventana—. Después de mi… charla con Tsunade-sama, revisé su expediente a fondo. Comprendí por qué el consejo la eligió. Creo que ella sirve para otro tipo de misiones y siento, que la época ya no está para eso.
Shizune lo miró, y por un momento, vio no al Hokage, sino al Jounin atormentado que siempre había sido.
—Entonces, si lo entendió y se arrepiente, ¿puede explicarme por qué, anoche, dio la orden de liberar controladamente a ese reo de máxima seguridad y asegurarse de que la misión de captura le fuera asignada específicamente a ella? —preguntó, desesperada—. A veces no logro entender si es un genio o un lunático, Hokage-sama.
Kakashi se volvió entonces, y en sus ojos ya no había frustración, sino la chispa de un plan meticuloso. Con un movimiento deliberado, levantó el expediente de Hikari, el mismo que ella había clasificado sin leer su contenido el primer día, y que él había revisado con lupa después de despedirla.
—Por esto —dijo, golpeando suavemente la carpeta sobre el escritorio—. Si el consejo, si Tsunade-sama, y hasta Shikamaru, dicen que es la mejor candidata…quiero comprobarlo con mis propios ojos. No desde un escritorio, sino en el campo. Donde realmente importa. Esta no es una misión, Shizune. Es su examen final.
****
Hikari se desplazó como una sombra por los tejados, su silueta recortándose contra el cielo matutino hasta llegar al complejo de máxima seguridad. La escena delante de la celda vacía era caótica: shinobis examinaban los escombros mientras otros discutían en voz baja.
—Vengo a inspeccionar el área —anunció, mostrando el pergamino sellado del ANBU.
—Nos informaron que vendría un Jounin especialista. Pase, por favor —la guió un guardia, haciendo espacio para que se acercara.
Hikari entró en la celda devastada, su chaqueta café de cuero siendo la única mancha de color en la grisura carcelaria. Sus ojos se posaron de inmediato en los grilletes, no rotos, sino arrancados literalmente de la pared, con el concreto aún adherido a las argollas de metal.
—Fue una de las mejores rastreadoras de su generación durante su tiempo como Chūnin —explicaba Kakashi en ese momento a Shizune y Shikamaru, —. Según los informes, no posee un Kekkei Genkai ni un olfato sobrehumano.
—Entonces, ¿qué la hace tan buena? —preguntó Shikamaru, hojeando el mismo expediente con interés genuino.
—Analiza. Utiliza la lógica pura —respondió Kakashi, entrelazando los dedos—. No sigue un rastro; lo reconstruye.
Dentro de la celda, Hikari cerró los ojos por un segundo. Las imágenes del escape se ensamblaron en su mente: la fuerza bruta aplicada en un punto preciso, la trayectoria de la destrucción...
—Hubo una falla en el protocolo de seguridad —murmuró para sí, las piezas encajando—. Es un hombre, robusto, de más de dos metros, por la altura a la que fueron arrancados los grilletes. Estaba aquí por el caso del coliseo clandestino cerca de Kumo. Si escapara, buscaría refugiarse en otra sede del mismo circuito... pero, ¿dónde?
Abrió los ojos. El rastro físico era inexistente; el reo era cuidadoso a pesar de su fuerza. Entonces, sacó de su chaqueta un pequeño pero potente imán de tierras raras. Se arrodilló y lo pasó lentamente sobre el suelo del pasillo, justo fuera de la celda.
La tierra y el polvo se agitaron, y pequeños fragmentos metálicos emergieron para adherirse al imán. Entre la chatarra insignificante, un destello diferente llamó su atención: una pequeña y delgada viruta de un metal azulado y anticorrosivo, el mismo usado exclusivamente en las celdas de máxima seguridad de Konoha. Debía haberse desprendido de sus grilletes al forcejear.
Sus ojos lilas, ahora afilados como los de un halcón, siguieron la trayectoria lógica que esa viruta indicaba. No necesitaba un camino marcado con huellas; tenía un hilo de Ariadna metálico.
—Allí —susurró, y se lanzó en la dirección que su dedo señalaba, una cazadora al acecho.
—Y hay algo más —agregó Kakashi, inclinándose hacia adelante sobre el escritorio, sus manos entrelazadas—. Posee una habilidad de movimiento... peculiar. Tiene ecos del Hiraishin del Cuarto, pero no es lo mismo.
—Como cuando apareció de la nada en la residencia de Tsunade-sama —dedujo Shizune, y Kakashi asintió lentamente.
—Exacto. No deja marcas de sellos por todas partes, como el Yondaime. Es algo más orgánico, como si intuitivamente comprendiera cómo plegar el espacio a su alrededor. Es una forma de teletransportación única, un fenómeno que ni el departamento de I+D ha logrado clasificar.
La figura de Hikari se desdibujaba y recomponía entre los árboles del bosque. No era un Shunshin convencional, sino que era simple velocidad. Era un parpadeo: estaba en una loma, y al instante siguiente, treinta metros más adelante, sin transición perceptible, siguiendo el rastro metálico invisible para cualquier otro.
—Por eso es tan sorprendente que sólo se haya graduado como Jounin a los 23 —continuó Kakashi, pasando una página del expediente—. Con una ventaja táctica así, cualquiera pensaría que lo habría logrado años antes.
—¿Estás sugiriendo que el sistema la subestimó? Que la mantuvieron estancada —preguntó Shikamaru, conectando los puntos con su agudeza característica.
—Parece que el título de Jounin no era su ambición principal, a pesar que fue la primera de su generación —intervino Shizune, consultando sus propias notas—. De hecho, rechazó tener genin a su cargo. Su historial muestra que intentó ingresar al ANBU durante cuatro años consecutivos.
Shikamaru frunció el ceño, genuinamente intrigado.
—Con esa habilidad y su pericia en rastreo, ¿cómo es que nunca fue aceptada? Es ilógico.
Su voz fue un susurro casi inaudible, cargado de una revelación incómoda que resonó en el silencio de la oficina:
—Ese... es precisamente el problema.
****
Con un movimiento silencioso, Hikari saltó a la rama más gruesa de un árbol centenario, que se erguía como un guardián en el claro del bosque. Desde allí, divisó al fugitivo. Coincidía con su deducción: un coloso de más de dos metros, con una frente huidiza y una nariz ancha que hablaba de incontables peleas. Su ropa de recluso, ya andrajosa, estaba ahora desgarrada y sucia de barro por la huida.
—¡Señor! —gritó, y su voz cortó el aire como una cuchillada—. ¡Debe detenerse, por orden de la Aldea Oculta de la Hoja!
El hombre se giró, sobresaltado. Al verla, una rabia primitiva destelló en sus ojos. En lugar de responder, embistió contra el tronco del árbol con su hombro, como un ariete humano. La madera crujió y se partió con un estruendo sordo, derribando el gigantesco árbol.
—¡Malditos ninjas de Konoha! ¡No me atraparán de nuevo! —rugió, mientras el árbol caía a cámara lenta.
Pero Hikari no estaba allí. Había aparecido, en un simple parpadeo, unos metros más adelante, plantándose firme en su camino.
—¡Apártate, mocosa, si no quieres que te pise! —bramó el hombre, sin detener su carrera.
—¡Está quebrantando la ley! —replicó ella, manteniendo una postura formal a pesar del corazón que le martilleaba el pecho—. Fue condenado por tráfico y explotación de personas para un coliseo clandestino. Su lugar está en una celda, cumpliendo su sentencia.
El gigante se detuvo por fin, y una sonrisa torcida y despreciativa se dibujó en sus labios. Hizo crujir los nudillos y luego su cuello, con una serie de chasquidos secos.
—¿Crees que me importa tu ley? ¡Una mierda! —escupió—. El mundo real, el de ahí abajo, no duerme ni perdona, niña. No pienso pudrirme en una celda cuando sé que mi gente me está esperando. ¡Ahora, muévete!
***
—Ahora lo entiendo —murmuró Shikamaru, dejando el expediente sobre el escritorio con un golpe seco. Sus dedos seguían sobre la línea conflictiva—. Lo tiene todo perfecto. Puntuación máxima en sigilo, rastreo, manejo de armas, resistencia... es, en el papel, la candidata ideal. Excepto por una cosa.
—La aptitud psicológica para ser ANBU —concluyó Kakashi, y por un instante, el fantasma de su pasado en aquel escuadrón de asesinatos lo atravesó como un escalofrío. Podía sentir el peso de su propia máscara antigua—. En cada una de las cuatro evaluaciones finales, falló en el mismo parámetro: la disposición para eliminar al objetivo de manera rápida y eficiente. Siempre... buscó una apertura para el diálogo.
—Eso es una virtud, si aspirara a ser Hokage —intervino Shizune, con un dejo de defensa en la voz—. Muestra un compromiso con la vida y la razón por encima de la mera ejecución. Por eso mismo yo aprobé su ingreso como asistente.
—Pero el ANBU no es el camino para ese tipo de virtud —replicó Kakashi, su voz grave—. Es una herramienta de la aldea que a veces debe actuar en las sombras, sin espacio para el debate. —Se levantó y caminó hacia la ventana, observando el lugar del bosque donde sabía que se desarrollaba la confrontación—. Ella quería un puesto donde su compasión sería considerada una debilidad. Yo la despedí de un puesto donde esa misma compasión podría ser su mayor fortuna... y la de Konoha.
Se giró para mirar a sus subalternos, su única expresión visible cargada de una determinación solemne.
—Pero primero —dijo, y cada palabra resonó con la autoridad de su cargo—, debe pasar mi prueba. Necesito ver si esa compasión que la descalificó para las sombras, es lo suficientemente fuerte para sostenerse bajo la luz de la verdad.
***
—¡Por última vez, aléjate si quieres seguir con vida! —rugió el gigante, adoptando una posición de carga como un toro enfurecido.
—Usted puede apelar su sentencia —insistió Hikari, aunque ya sabía que sus palabras caían en oídos sordos. Sus manos, sin embargo, no esperaban. Con movimientos fluidos, desenvainó dos kunais y, finalmente, su preciada daga tantō—. ¿De verdad no le interesa conocer los programas de reinserción social?
Un silencio cargado de incredulidad fue la única respuesta, seguido de un grito exasperado del hombre que se lanzó hacia ella como una avalancha de carne y furia.
—¿No? Bueno, lo intenté —se encogió de hombros con una simpleza casi cómica, mientras colocaba el mango de la daga entre sus dientes. En el instante en que el coloso estuvo a punto de embestirla, su imagen se desvaneció como un espejismo, haciendo que el hombre chocara de lleno contra un roble que crujió con protesta—. Tengo órdenes estrictas de llevarlo de vuelta con vida.
—¡Entonces veamos si tú puedes vivir! —aulló, sujetándose la cabeza mareada mientras se incorporaba para otro ataque.
Esta vez, Hikari no retrocedió. Lanzó un kunai que impactó contra el hombro del hombre, solo para rebotar inofensivamente contra su piel curtida y musculosa.
—¡Se nota que los ninjas de Konoha han bajado su nivel! —escupió el hombre con desdén.
Pero Hikari ya no estaba frente a él. Había desaparecido para materializarse justo en el punto donde el kunai había rebotado, aprovechando la mínima distracción. Con precisión quirúrgica, enterró su tantō en la unión del hombro, inmovilizando el brazo con un grito ahogado de dolor.
—¡Agh! ¿Acaso eres pariente del Relámpago Amarillo? —gruñó, mirándola con una mezcla de rabia y sorpresa.
Hikari cayó con gracilidad al suelo, liberando la daga.
—No. Solo he estudiado mucho —respondió con serenidad, dando un giro elegante—. Terminemos con esto.
En un movimiento fluido, lanzó la daga hacia su rostro. Él la esquivó con facilidad, confiado, y cargó contra ella por tercera vez. Pero era otra finta. Hikari apareció de nuevo en un parpadeo, clavando el segundo kunai en su otro hombro, paralizando ambos brazos.
—¡Maldita perra! —rugió, y en un último esfuerzo desesperado, intentó aplastarla con un cabezazo.
Ella no se inmutó. Se esfumó una vez más, reapareciendo detrás de él, atrapando al vuelo su propia daga que aún giraba en el aire. Con las manos unidas en un sello único, canalizó un golpe preciso y devastador en la base de su cráneo. El crujido fue sordo y definitivo. La mirada feroz del gigante se apagó al instante, y su cuerpo, ahora dócil, se desplomó como un saco de arena en el suelo del bosque.
Hikari se alejó unos pasos del cuerpo inconsciente del reo, recuperando el aliento mientras guardaba su tantō en el soporte de la espalda. La adrenalina aún le zumbaba en los oídos.
—Objetivo neutralizado. Buen trabajo, Murakami-san.
La voz impersonal de un ANBU rompió el silencio del bosque. Varios agentes enmascarados materializaron entre los árboles, rodeando al fugitivo y comenzando el protocolo de contención y búsqueda de evidencias.
Hikari asintió con cortesía profesional.
—Creo que intentaba reunirse con sus contactos. Es probable que estén operando cerca de los límites de la aldea.
—Esa es una información valiosa —una voz mucho más familiar, relajada, surgió desde la espesura. Con su andar despreocupado y las manos en los bolsillos, Kakashi emergió entre las sombras—. Nos ocuparemos de investigar ese hilo.
—Hokage-sama —lo saludó Hikari de inmediato, con una formalidad que no lograba ocultar el nudo de nervios que se le formaba en el estómago al verlo.
—Ya sabes que no hace falta tanta ceremonia —dijo él, rascándose incómodo la nuca—. Pero vine a ver cómo te iba. Y por lo que veo... te fue más que bien. Dominaste la situación sin bajas.
—Muchas gracias, Hokage-sama —repitió, haciendo una nueva y rápida reverencia.
Kakashi respiró hondo, mirando hacia el dosel de los árboles como si buscara las palabras escritas entre las hojas.
—Esto es... un poco incómodo, la verdad. Pero, bueno... vine para... reconsiderar tu puesto. Para ofrecértelo de nuevo, si es que... todavía lo quieres.
—¿Q-qué? —sus ojos lilas se abrieron de par en par, la sorpresa borrando por completo su compostura.
—Sí, mira... —suspiró, encogiéndose de hombros con una sonrisa torpe y genuina—. La razón por la que te despedí... es que soy un viejo cascarrabias al que le cuesta adaptarse. Y esta nueva generación de ninjas... bueno, me demuestran constantemente que mi primer juicio puede estar equivocado…pensé que no eras apta para el puesto—La miró directamente, y por primera vez, no había decepción en su mirada, sino un respeto resignado—. Tú demostraste ser mucho más que mis prejuicios. Y esta aldea... yo... necesitamos eso.
—¡Acepto! —la respuesta de Hikari brotó rápida y llena de un alivio explosivo, una sonrisa radiante iluminando su rostro aún sucio por el polvo del bosque—. ¡Lo acepto, por supuesto que sí!
Kakashi la observó por un instante, desconcertado por la intensidad de su felicidad. Esos ojos violetas, ahora brillantes y llenos de lágrimas de emoción, lo miraron con una gratitud que le dio un vuelco al corazón. Y entonces, sin poder evitarlo, una sonrisa auténtica, que llegó a arrugar la comisura de su ojo visible, se dibujó en su rostro.
Levantó el pulgar en su clásico y silencioso gesto de aprobación.
—¡Muy bien! —dijo, y su voz sonó más ligera—. Bienvenida oficialmente al equipo, Hikari.
Un chillido de pura felicidad escapó de Hikari, un sonido tan vivo y lleno de esperanza que pareció ahuyentar las últimas sombras de la duda en el bosque.
—Pero, hablando de eso… ¿podrías considerar usar el uniforme de la forma… estipulada? —preguntó Kakashi, mientras caminaban juntos por el sendero que serpenteaba de vuelta a la aldea.
Hikari le lanzó una sonrisa pícara, captando el tono de su voz.
—¿Le molestan mis elecciones de vestuario, Hokage-sama?
—No —mintió él, con una desfachatez tan natural que resultaba cómica—. Solo pienso que, para un cargo de tanta… exposición, lo ideal sería algo que no… distraiga. O que te estorbe en el trabajo.
—Ah —asintió ella, inclinando la cabeza con fingida solemnidad—. O sea, algo que no le moleste a usted. De igual forma me lo debe
Kakashi se detuvo un momento y la miró de reojo.
—¿Por qué?
—Por todo —respondió Hikari, su tono juguetón pero con una chispa de triunfo—. Por la misión imposible en el archivo, por demorarse en su almuerzo, por la oficina, por el reo liberado… Sé que todo fue una prueba. Una prueba muy elaborada y, siendo sincera, un poco exasperante. —Hizo una pausa dramática—. Así que, como compensación, espero que no le moleste demasiado que yo use mi ropa.
Kakashi parpadeó, procesando la lógica.
—¿Me estás diciendo que prefieres ese… derecho a vestirte como quieras, en lugar de una disculpa formal por todo el calvario?
Hikari asintió con entusiasmo, una sonrisa amplia y cálida iluminando su rostro.
—Absolutamente.
Kakashi la observó por un largo instante, la determinación en sus ojos lilas, la chaqueta bomber de colores vivos que desentonaba gloriosamente con la tradición. Y entonces, un resoplido que era casi una risa escapó de detrás de su máscara. Era un trato ridículo, pero era su trato. Un comienzo perfecto para una nueva y poco convencional asociación.
—Tienes un trato —concedió, alzando las manos en señal de rendición—. Es una excelente idea.
Chapter 5: Capítulo 5: Cambios
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La reasignaron a la oficina del Hokage.
A regañadientes, y tras un silencio que valía por mil protestas, Kakashi permitió que instalaran un pequeño escritorio adicional en su santuario personal. Desde su sillón, observaba con profundo escepticismo —y una ceja elegantemente alzada— cómo aquel mueble nuevo e impertinente invadía su sagrado espacio de caos perfectamente controlado.
Sin embargo, cada protesta que se le ocurría moría en sus labios antes de poder pronunciarse. La razón era simple, y exasperante: Hikari resultaba ser terriblemente eficiente.
Con una paciencia que desafiaba toda lógica, era ella quien, al final, le enseñaba a usar la laptop que llevaba meses acumulando polvo en un rincón. Guiaba sus dedos sobre el teclado con suavidad, corrigiendo cada vez que el sistema de reconocimiento de voz —al que él se aferraba con testarudez— transformaba «informe de misión» en «infame misil», o convertía «presupuesto» en «peso bueno».
«Deja que lo intente de nuevo», decía él, con un suspiro que hablaba de derrotas anteriores.
Ella solo asentía, esbozando una sonrisa que lograba ser tanto comprensiva como ligeramente divertida. Y, milagrosamente, ante esa calma persistente, la montaña de papeles comenzó a descender de forma visible, dejando atisbos de la superficie de la madera que había estado olvidada bajo tanto desorden.
Una mañana, Kakashi llegó —más temprano de lo que su naturaleza permitía— y se detuvo en el umbral. La escena que encontró era inesperada: Hikari, subida en una banqueta y con un destornillador entre los dientes, apretaba con determinación el último soporte de una repisa que, definitivamente, no estaba allí el día anterior.
—¿De verdad pasaste la madrugada armando un archivador nuevo? —preguntó, cruzando los brazos. Su tono era de incredulidad, pero en sus ojos se asomaba una chispa de genuina admiración.
Hikari bajó de un salto ligero, dejando el destornillador sobre el escritorio ya ordenado. Una sonrisa triunfal iluminó su rostro mientras se colocaba meticulosamente unas curitas en los dedos, victoriosos pero un tanto maltrechos tras la batalla contra la madera y las instrucciones.
—No era una madrugada —aclaró, alisándose el flequillo con un dedo vendado—. Solo un par de horas. Y ahora tienes un lugar para las cosas que no quieres que sean… digamos, «archivadas» por accidente en el suelo.
—Trata de no sobrepasar tus límites —se acercó, observando con aprobación tácita lo sólido y práctico del mueble recién nacido—. No queremos bajas por falta de sueño en esta oficina.
—Por supuesto que duermo —aseguró Hikari, dando un golpecito afectuoso a la repisa como si presentara a un nuevo miembro del equipo—. Es, de hecho, la actividad a la que más horas dedico.
Kakashi observó la repisa, luego su escritorio —notablemente más despejado y menos amenazante—, y finalmente a su asistente, con su ropa informal, sus dedos vendados y sus métodos poco ortodoxos. Un leve, casi imperceptible suspiro de rendición escapó de detrás de la máscara. Tal vez, solo tal vez, un poco de orden no era el fin del mundo.
Aunque esto… esto rozaba el exceso. Era demasiado orden.
Kakashi extrañaba, de cierta manera, la discreción de Shizune. Con Hikari, varios detalles que antes pasaban desapercibidos ahora se hacían evidentes, y a veces se sentían un poco... invasivos. Cada mañana, al llegar, encontraba su itinerario del día ya dispuesto sobre el escritorio. Y antes de que pudiera siquiera formular una pregunta, Hikari aparecía como por arte de magia para servirle una taza de café humeante, siempre acompañada por esos atuendos coloridos que parecían desafiar la misma luz del amanecer con su vibrante, y a veces cegadora, alegría.
Pero lo que más le incomodaba, en el fondo, era un hecho simple e innegable: su café sabía realmente bien. Las pocas veces que le había preguntado qué le ponía, ella solo respondía moviendo ligeramente los dedos en un gesto vago y diciendo: "Poca azúcar".
También parecía leerle la mente a cada instante. En las reuniones, ella no entraba con él —por expresa petición del Hokage—, pero invariablemente, justo antes de que él se pusiera en movimiento, Hikari ya le tendía la carpeta de documentos, con las páginas clave marcadas con pestañas de colores y anotaciones al margen que anticipaban cada punto de la discusión.
Aunque la sensación de estar tan completamente descifrado lo ponía un poco en guardia, fue un olvido menor lo que realmente lo dejó sin palabras. Durante una reunión particularmente larga, Kakashi buscó en su bolsillo un lápiz para anotar algo y no lo encontró. Con un suspiro interno, se excusó por un momento y salió de la sala, decidido a buscar uno en su oficina.
Al abrir la puerta, se encontró con Hikari de pie junto al marco, que le ofreció un lápiz perfectamente afilado con una suave inclinación de cabeza. Ni siquiera había tenido tiempo de formular la necesidad.
—Gracias —murmuró él, tomando el lápiz con una mezcla de gratitud y perplejidad.
—Es parte del servicio, Hokage-sama —respondió ella con una sonrisa que era a la vez inocente y ligeramente triunfal, antes de volver a su puesto de vigilancia silenciosa.
Kakashi cerró la puerta, mirando el lápiz en su mano. Era increíblemente invasivo. Y, tuvo que admitirlo consigo mismo, increíblemente eficiente.
—Yo creo que debe tener un poder mental —comentó Kakashi durante el almuerzo en Ichiraku esa tarde, apartando apenas su máscara para tomar un sorbo de caldo. Shikamaru terminó de succionar un largo fideo antes de mirarlo con una expresión entre el cansancio y la incredulidad.
—Quizás eres simplemente muy predecible —se encogió de hombros, limpiándose la boca con un gesto despreocupado—. Es mucho más lógico.
—¿Yo? ¿Predecible? —preguntó Kakashi, fingiendo una indignación que no lograba ocultar del todo su curiosidad. Dejó su tazón con un clic suave—. Soy tan misterioso como tú, e incluso puedo decir que lo llevo con cierto estilo.
—Ajá… —Shikamaru dejó escapar un suspiro largo, dejando sus palillos sobre el mostrador y reclinándose ligeramente para mirar las nubes que pasaban—. Mira, Kakashi. Yo simplemente ignoro cuando algo se te olvida, o cuando pierdes el sello oficial en el cajón izquierdo porque *siempre* lo guardas en el derecho. No digo nada porque me da pereza seguirte el ritmo. A ella le pagan específicamente para eso. Es su trabajo estar dos pasos adelante.
Kakashi guardó silencio por un momento, sus dedos tamborileando levemente en el borde de la mesa. El aroma a caldo de cerdo y ajo llenaba el aire entre ellos.
—Su trabajo no incluye leer mis intenciones antes de que yo mismo las tenga —argumentó, aunque su tono había perdido parte de su convicción inicial.
—Eso se llama ser bueno en lo que hace. Y tú, ser una criatura de hábitos —replicó Shikamaru, señalándolo vagamente con su taza de té—. Es mucho menos problemático que un nuevo kekkei genkai, ¿no te parece?
Kakashi emitió un sonido entre un gruñido y una risa ahogada, mirando hacia el caldo que ya se enfriaba. Tenía un punto, un punto molesto y perezosamente lógico, como todo lo que salía de la boca de Shikamaru.
—Supongo que es un alivio —concedió al fin, fingiendo un suspiro de resignación—. Sería muy problemático tener que reportar a mi asistente por espionaje psíquico.
—Y muy tedioso el papeleo —añadió Shikamaru, con una media sonrisa—. Así que mejor déjalo así. Come tu ramen antes de que se ponga blando.
—Lo que sí —explicó Kakashi, tomando otra vez los palillos y concentrándose en un trozo de cerdo especialmente jugoso—, debo ir a ver unas “cosas” antes de volver a la torre. No debería tomar mucho.
—Bueno, espero que te funcione —murmuró Shikamaru con una sonrisa burlesca que apenas curvaba sus labios, mientras jugueteaba con su taza vacía. Sabía exactamente a qué clase de "cosas" se refería su Hokage: una ruta evasiva, un atajo por los tejados, quizás una visita furtiva al monumento.
—¿Qué dijiste? —preguntó Kakashi, distraído al sorber un último y largo fideo que se coló bajo su máscara.
—Nada —respondió Shikamaru, alzando las manos en un gesto de inocencia exagerada—. Solo te deseo buena suerte con tus… “cosas”. No dejes que te atrape la sombra color turquesa.
Kakashi lo miró de reojo, pero Shikamaru ya había vuelto su atención al cielo, como si el tema estuviera tan zanjado como su plato vacío. Con un último sorbo de caldo, Kakashi dejó algunos ryō sobre el mostrador y se levantó.
—Haré lo que pueda —dijo cansado.
El juego de gato y ratón, al parecer, era parte de la rutina.
Porque cada vez que su hora de almuerzo terminaba, y él estaba cómodamente sentado bajo la sombra de un árbol con su novela, ella aparecía sin fallar, materializándose con una sonrisa que ya le resultaba terriblemente familiar.
—¡Su hora de almuerzo terminó, Hokage-sama! —su voz, alegre y decidida, cortaba la paz de la tarde como un campanazo.
—Ya voy —respondía él, sin alzar la vista, y desaparecía en una nube de humo y hojas secas, dejando solo la impresión de donde había estado recostado.
Así pasó una, dos, varias veces durante la semana. Donde él intentaba escabullirse, ella surgía detrás de una esquina, balanceándose en una rama más alta, o asomándose por una ventana para llamarlo con esa persistencia que empezaba a bordear lo sobrenatural. Kakashi aprendió a reconocer el sutil sonido del aire desplazándose antes de su *shunshin*, desapareciendo unos segundos antes de que ella pudiera ponerle una mano al hombro.
Sin embargo, en un movimiento que demostraba que ella también aprendía, Hikari comenzó a anticipar sus anticipaciones. Una tarde, justo cuando Kakashi se disolvía en su técnica de teletransporte, reapareció en el tejado de un edificio contiguo solo para encontrarla ya plantada frente a él, con los brazos cruzados y una mirada de determinación victoriosa.
—No tan rápido, Hokage-sama —dijo, y el viento jugueteó con su trenza rubia—. Tenemos una reunión con los proveedores de suministros médicos en cinco minutos. Y esta vez, prometió no faltar.
Kakashi, atrapado en pleno vuelo, solo pudo parpadear lentamente detrás de su máscara. Esta chica, definitivamente, era un desafío de un nivel completamente distinto.
—¿Podrías decirme cómo logras atraparme? —preguntó cansado una tarde en la oficina, mientras se restregaba las sienes con gesto de profundo agotamiento mental. Hikari detuvo su trabajo en el computador y lo miró con curiosidad genuina—. No quiero pensar que eres una acosadora empedernida.
Hikari se rió con ternura, un sonido suave y cálido, y volvió a sus pantallas llenas de datos.
—Debería desconfiar más de su propio equipo, Hokage-sama —respondió con una sonrisa enigmática, y esa fue la única respuesta que obtuvo de ella ese día.
La revelación llegó horas después, al llegar a su casa. Tras cambiarse a su ropa hogareña —una sudadera negra holgada y pantalones cómodos—, se detuvo frente al perchero. Allí colgaba su chaleco táctico, el mismo que llevaba el logo del Hokage bordado en la espalda. Pero ahora, bajo la luz tenue de la entrada, notó algo nuevo: un sello diminuto, tan pequeño que se confundía con los mismos hilos del bordado. Un sello de marcado espacial, familiar y elegante en su diseño.
Era el mismo tipo de matriz que su maestro, el Cuarto Hokage, había perfeccionado para el teletransporte instantáneo.
—Esa chica… —murmuró, con una mueca entre el dolor de cabeza y la sorpresa genuina. Un suspiro de admiración involuntaria escapó de sus labios. Tenía que admitirlo, aunque le costara: era increíblemente inteligente. Y, lo que era peor —o mejor—, lo había vencido en su propio juego sin que él se diera cuenta siquiera.
Así que prefirió rendirse.
Después del primer mes, decidió que ya no iría en contra de las ayudas de Hikari, al final, debía aceptar que su trabajo lograba que él podía llegar a casa a descansar y no pensar en todos los pendientes que tenía.
—Buenos días —dijo Kakashi una mañana, aceptando la taza de café que Hikari le ofrecía con su habitual sonrisa matutina.
—Buenos días, Hokage-sama —respondió ella, dejando sobre el escritorio una carpeta con los documentos del día.
Kakashi se sentó y, tras dar un sorbo, recordó un detalle importante.
—Hikari —llamó, revisando el itinerario impreso—. Debemos mover la reunión de las cinco.
—¿Sí? ¿No recibirá al gremio de agricultores? —preguntó ella, deteniéndose con una leve inclinación de cabeza.
—Recuerda que ayer, a última hora, llamó el Raikage. Solicitó una reunión urgente —explicó él, observándola por encima del borde de la taza.
Hikari se tapó la boca con una mano, genuinamente sorprendida. Ese día llevaba un chaleco de cuello alto, una chaqueta de vibrantes cuadros y unos shorts de mezclilla que desafiaban cualquier código de vestimenta oficial.
—¿Lo olvidé? —preguntó, sin poder creerlo, y se acercó rápidamente a su propio escritorio. Revolvió entre unas carpetas y extrajo una hoja—. Efectivamente, Hokage-sama, estaba corrido en la versión que le entregué. Este es el itinerario corregido —dijo, pasándole el papel con un gesto de leve disculpa.
Kakashi tomó la hoja, mirando primero la versión antigua, luego la nueva. Ambas estaban perfectamente detalladas.
—¿Cuántos itinerarios diferentes preparas? —preguntó, con una mezcla de incredulidad y admiración resignada.
—Los suficientes para cubrir cualquier cambio imprevisto —respondió ella con naturalidad, como si fuera lo más obvio del mundo—. Planifico su agenda con dos semanas de anticipación, y genero variantes para distintos escenarios, Hokage-sama.
Kakashi dejó la hoja sobre el escritorio y la miró fijamente, con sus ojos entrecerrándose levemente.
—Te lo pregunto de nuevo, y responde con honestidad… ¿tú duermes, verdad?
—Por supuesto que duermo —dijo con una sonrisa amable, aunque sus ojos parecían brillar con un secreto—. Todo mi trabajo lo hago aquí en la torre. Simplemente distribuyo bien mi tiempo.
—¿Estás insinuando, entonces, que yo no lo hago? —preguntó Kakashi, inclinándose ligeramente hacia adelante sobre el escritorio. Su tono era de burla suave, pero su mirada, fija en ella, buscaba provocar una reacción.
—¿Ah? —Hikari se ruborizó al instante, llevándose una mano al pecho con gesto de genuina alarma—. ¡No! ¡Claro que no, Hokage-sama! Usted… usted tiene responsabilidades mucho mayores. Yo solo organizo lo que ya está ahí —aclaró, agitando las manos en un gesto un tanto nervioso. Sus ojos, sin embargo, se encontraron con los de él por un instante más largo de lo necesario, antes de desviarse hacia la ventana.
Kakashi se reclinó en su sillón, una sonrisa apenas perceptible curvándose bajo la máscara. La había hecho titubear, y esa pequeña victoria, por minúscula que fuera, le alegró la mañana más de lo que estaba dispuesto a admitir.
—Bueno, me alegra oír que al menos uno de los dos tiene el sueño en orden —concedió, tomando su café con una calma recuperada—. Ahora, cuéntame más sobre ese cambio con el Raikage. ¿Qué variante de tu itinerario múltiple cubre “diplomacia de última hora con un Kage irritable”?
Con el paso de los días, Kakashi supo —no sin cierta resignación entretenida— que podía, y de hecho lo había hecho, adaptarse a esos cambios. Y sobre todo, a esa rotunda y extravagante declaración de moda que Hikari llevaba puesta a diario. Donde antes solo había visto uniformes estándar y tonos discretos, ahora irrumpían chaquetas bomber en turquesa eléctrico, chalecos de cuadros que desafiaban la geometría, y shorts de mezclilla que parecían proclamar el verano eterno incluso en pleno otoño.
Al principio, creyó que sería una distracción. Pero, contra todo pronóstico, se había convertido en un punto de referencia alegre en su panorama visual. Era como si un loro exótico y supremamente eficiente se hubiera mudado a su sagrado caos de papeles, iluminando el espacio con un toque de irreverencia que, secretamente, le resultaba vital.
Una tarde, mientras ella se inclinaba sobre su escritorio para señalarle una cláusula en un contrato, la luz de la ventana se reflejó en los brillantes hilos de un bordado en forma de sol que tenía en la espalda de su chaleco. Kakashi, en lugar de fruncir el ceño, tuvo que reprimir una sonrisa.
—¿Algo divertido, Hokage-sama? —preguntó ella, alzando la vista justo a tiempo para captar el brillo fugaz en su ojo.
—Nada —respondió él, desviando la mirada hacia el documento con falsa concentración—. Solo pensaba que tu… paleta de colores hoy es particularmente… energética. Combina bien con la letra pequeña de este presupuesto.
Hikari sonrió, un destello de complicidad en sus ojos violeta.
—Me alegra que le guste la combinación, señor. Se lo aseguro, no afecta la legibilidad.
Y así era. Se había adaptado. A sus métodos, a su eficiencia, e incluso a ese estallido de color que ahora, si llegara a faltar, echaría de menos en la monótona luz de la oficina.
Chapter 6: Capítulo 6: Tradición
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Capítulo 6: Tradición
La mañana transcurría con una calma productiva en la oficina del Hokage cuando Shikamaru entró sin ceremonias, arrastrando tras de sí su aura característica de pereza pragmática. Al instante, como si un resorte invisible se accionara, se desató una coreografía perfecta y silenciosa.
Kakashi se levantó de su sillón en el mismo momento exacto en que Shikamaru cruzaba el umbral. Hikari, que ya estaba de pie y en movimiento como si hubiera anticipado el movimiento, se interpuso con suavidad entre ambos. Con gestos fluidos, le tendió al Hokage primero su capa, luego su sombrero, y finalmente una carpeta delgada pero precisa con los documentos esenciales para la siguiente reunión.
Todo ocurrió en cuestión de segundos, un ballet de eficiencia que dejó a Shikamaru levantando una ceja con expresión entre impresionada y resignada.
—¿Estamos listos? —preguntó Kakashi, hojeando los papeles con una mirada rápida pero exhaustiva mientras se ajustaba el sombrero con un gesto familiar.
—Todo está en orden —confirmó Hikari, dando un último tirón a los puños de su chaqueta bomber de un vibrante color turquesa—. La sala de conferencias del anexo del hospital está preparada. Los recibirán allí para evitar cualquier... influencia de terreno. O de público.
—Shikamaru, entrarás conmigo —indicó Kakashi, dirigiéndose al pasillo con pasos largos y decididos, seguido de cerca por sus dos asistentes—. ¿Ya lograste desenredar el núcleo del problema?
—Es un conflicto de versiones, como siempre —explicó Shikamaru, con su tono lánguido pero cargado de precisión—. El hospital reporta cortes constantes en suministros vitales y acusa a la constructora de negligencia. La constructora, por su parte, alega que el presupuesto asignado es insuficiente y que no pueden hacer más con lo que tienen.
—¿Están solicitando una ampliación presupuestaria de nuevo? —preguntó Kakashi, pasándole la carpeta de vuelta a Hikari con un gesto fluido, sin siquiera volver la cabeza—. Sería su segunda solicitud este trimestre...
—Eso es precisamente lo que hace saltar todas las alarmas, Hokage-sama —murmuró Hikari, apretando su agenda contra el pecho mientras bajaban la amplia escalera principal de la torre, sus pasos resonando al unísono—. Los números iniciales fueron calculados con base en proyectos arquitectónicos similares. Algo no cuadra. Deberíamos investigar a qué se están destinando realmente los recursos antes de aprobar un solo ryo más.
—Lo haremos —afirmó Kakashi, con una seriedad que cortaba el aire como una hoja afilada—, pero después de la reunión. Primero escuchamos a ambas partes con neutralidad. No podemos dar la impresión de haber tomado partido antes de tiempo.
La eficiencia del trío era palpable, un engranaje perfectamente aceitado que seguía funcionando incluso mientras se adentraban en lo que prometía ser un campo minado burocrático.
Al llegar al hospital, el ambiente contrastaba brutalmente con la esterilizada calma que uno esperaría. Un grupo de médicos y administradores los recibió con sonrisas tan tensas que parecían dolorosas. Mientras guiaban al Hokage por un pasillo de paredes pulcras, Hikari, con su mirada siempre escrutadora, notó los detalles que intentaban ocultar: desde un corredor lateral se colaba el estruendo sordo de maquinaria pesada, y las luces fluorescentes del techo parpadeaban en un ritmo ansioso, vibrando al compás de cada golpe de excavación que surgía de las entrañas del edificio.
La tensión en la sala de conferencias era tan espesa que se podía cortar con un bisturí. El director del hospital, un hombre de rostro demarcado y bata impecable, y el dueño de la constructora, un tipo con las manos callosas y un traje que parecía estrangularlo, se medían con una mirada cargada de una animosidad que traspasaba lo profesional. Aquí hay algo personal, anotó mentalmente Hikari, sus ojos lilas captando cada microgesto, cada rigidez en sus posturas.
Sus dedos se cerraron instintivamente alrededor del lomo de su agenda, grabando cada detalle, hasta que una mano se posó con firmeza, pero no sin una sombra de consideración, en su hombro.
—Espéranos afuera —dijo Kakashi. Su voz era baja, casi un susurro, pero su mirada—clavada en los dos hombres frente a la mesa—era tan penetrante y fría como el acero. No era una sugerencia; era una orden.
Hikari asintió en silencio y retrocedió, dejando que la pesada puerta de la sala se cerrara tras de sí con un clic sordo y definitivo. Desde el otro lado, solo alcanzó a captar el saludo inicial, cortés pero cargado de una frialdad que podría helar el café.
—Buenos días.
—Buenos días, Hokage-sama —respondieron las dos voces al unísono, una tintada de exasperación contenida, la otra de una defensividad a la expectativa.
La agenda, con su tacto ya familiar, encontró refugio contra su pecho, justo donde el corazón latía con un ritmo sereno pero firme. ¿Era ese realmente su lugar? La duda, leve como el aleteo de una polilla, se posó por un instante y voló al momento siguiente. Sus pies, con una determinación tranquila, la guiaron por el pasillo silencioso hasta una ventana al final del corredor.
Al asomarse, no encontró el paisaje urbano que esperaba, sino el terreno fértil de lo que estaba por venir: los cimientos expuestos de la nueva ala se alzaban como promesas de barro y acero, un caos ordenado lleno de potencial. En ese momento, con una claridad que le expandió el pecho, supo que su camino no era solo seguir órdenes, sino perseguir su propio criterio.
Su recorrido continuó, un flujo silencioso entre pisos. Esquivaba con agilidad natural la rutina apresurada de enfermeras y funcionarios, moviéndose como una sombra familiar entre las escaleras de servicio, donde el eco suave de sus pasos era su único compañero. Pero al descender a una planta inferior, el aire cambió. Un zumbido grave y persistente, el lamento metálico de maquinaria pesada, cortó su avance y erizó su piel.
—Vaya, sí que hacen ruido —murmuró para sus adentros, y sus ojos violeta, como dos amatistas atentas, escudriñaron el entorno con curiosidad más que con alarma—. Y estas luces… parpadean como si tuvieran hipo.
Las palabras aún danzaban en el aire cuando el pasillo se sumió en una oscuridad repentina y absoluta. Un último suspiro colectivo de las máquinas al apagarse fue la única respuesta. Así que el hospital tenía razón para quejarse ante el Hokage, pensó, y no era solo un inconveniente menor, sino una falla grave. Un lugar lleno de vidas frágiles y equipos delicados no podía permitirse tal vulnerabilidad.
Pero antes de que la penumbra pudiera asentarse como una losa, un suave ronroneo llenó el silencio. Unas lámparas de emergencia se encendieron en secuencia, bañando el corredor en un tenue resplandor ámbar. No era la claridad del día, pero era suficiente para ver, para respirar.
Era un recordatorio silencioso: incluso en el fallo, existían redes de seguridad. Y Hikari, con una pequeña sonrisa de complicidad hacia aquella luz de reserva, decidió que su investigación personal acababa de recibir la mejor pista posible.
—¿Otra vez? —La voz de la médica, cargada de una frustración que traspasaba la penumbra, cortó el zumbido de fondo de los generadores—. Es la segunda vez hoy. No podemos permitirnos desgastar así los sistemas de emergencia.
—Solo podemos esperar a que lo solucionen, Sakura-san —respondió una enfermera, cuya voz delataba una fatiga acumulada de días que se fundían unos con otros.
Atraída por el intercambio, Hikari se aproximó con paso silencioso. La luz ámbar de emergencia acariciaba sus facciones y se reflejaba en sus curiosos ojos violeta.
—Disculpen la interrupción —intervino con suavidad, apretando su libreta contra el pecho como un talismán—. ¿Con qué frecuencia suelen ocurrir estas interrupciones?
Ambas mujeres giraron hacia ella, y sus miradas, antes fatigadas, se tornaron de inmediato en una cautela profesional. La recién llegada no era solo una intrusa; su atuendo era una paradoja andante: una chaqueta bomber de vibrante turquesa sobre el uniforme estándar de shinobi.
—¿Puedo saber quién eres? Esta área está restringida para el personal autorizado —declaró Sakura, con una firmeza que no dejaba lugar a dudas. Sin inmutarse, y con un destello de picardía en la mirada, Hikari deslizó la mano hacia un bolsillo interior y mostró el sello oficial de la Torre Hokage, que colgaba de una cinta de cuero.
—Soy Hikari, asistente del Hokage —aclaró, dejando que el emblema de latón hablara por sí mismo un instante antes de guardarlo—. Estamos investigando las quejas del hospital respecto a los cortes de energía y los retrasos de la constructora. Cualquier detalle que puedan proporcionar sería de gran ayuda.
La mención de su cargo surtió un efecto inmediato. La rigidez en los hombros de Sakura cedió, reemplazada por un destello de reconocimiento y una pizca de curiosidad.
—Ah, comprendo… —murmuró, con un dejo de respeto profesional en su voz—. Así que trabaja directamente con Kakashi-sensei. En ese caso, supongo que él está en la reunión con el director en este momento.
—Exactamente —confirmó Hikari, y una sonrisa cálida y genuina iluminó su rostro, haciendo que su trenza rubia se balanceara suavemente—. Por eso estoy aquí, recabando información de primera mano. Cada perspectiva es crucial.
—Sakura Haruno —se presentó la médica, con una sonrisa cansada que no llegaba del todo a sus ojos verdes. Le tendió la mano no como una formalidad, sino como una invitación. Hikari aceptó de inmediato, sus dedos encontrando los de Sakura con una calidez gustosa—. Puedo darte una visita rápida por las áreas afectadas. Estoy de turno, pero tenemos un momento de relativa calma.
—¿De verdad? —La voz de Hikari fue un susurro cargado de emoción contenida, como si le hubieran ofrecido un tesoro.
Sakura asintió y se volvió hacia el mesón de la enfermería, su silueta recortada contra la tenue luz mientras buscaba un intercomunicador. El metal del aparato reflejó un destello pálido al levantarlo.
—Es muy generoso de tu parte, Sakura-san —agradeció Hikari, con genuina reverencia, mientras ajustaba su libreta, lista para tomar notas.
—Si queremos que este lugar deje de sumirse en la penumbra a cada rato, tenemos que hacer las cosas bien —respondió Sakura, encogiéndose de hombros con un gesto que pretendía restar importancia, pero que no podía ocultar un dejo de frustración bien ganada. Su mirada, seria y profesional, se encontró con la de Hikari—. Toma. Llámame si surge cualquier emergencia en el piso —le dijo a la enfermera, entregándole el intercomunicador.
—Sí, Haruno-san —asintió la enfermera, y en ese intercambio de miradas se selló un pacto de confianza tácita, forjado en innumerables turnos compartidos.
Ambas kunoichis comenzaron a avanzar por los corredores del hospital, sumidos en una semi-oscuridad que parecía absorber el sonido y alargar las sombras. El silencio no era absoluto; era interrumpido por el quejido lejano de una máquina, el zumbido intermitente de un generador y el crujido esporádico de la estructura, como si el propio edificio murmurara sus quejas. Hikari, con los sentidos afinados, absorbía cada detalle, su mirada registrando las grietas en las paredes y los cables provisionales como si estudiara un mapa de batalla.
De pronto, la luz regresó con un parpadeo titubeante, bañando el pasillo con un resplandor artificial que no lograba disipar por completo la sensación de decadencia. Las lámparas seguían vibrando, temblando al unísono con el rugido sordo de la maquinaria que tronaba afuera, como un gigante de acero atacando los cimientos.
—Comprendemos la importancia de la nueva estructura —explicó Sakura, su voz serena contrastando con el estruendo exterior. Su tono, sin embargo, estaba teñido de una preocupación profunda—. Pero en este momento, parece estar causando más estragos que beneficios. Cada apagón pone en riesgo equipos y, lo que es más importante, la estabilidad de los pacientes.
Hikari miró a su alrededor, viendo cómo el polvo danzaba en los haces de luz temblorosa.— ¿Qué se está construyendo exactamente? El ruido es… impresionante.
—Una torre nueva —contestó Sakura, mientras guiaba a Hikari por un pasillo donde las huellas del tiempo eran más evidentes que nunca: la pintura descascarada, el aire cargado de desinfectante y una nostalgia palpable—. Una que reemplace este edificio antiguo. Este se convertirá en consultas externas y cuidados primarios, pero toda la medicina especializada, quirófanos de última generación, esa se mudará a la nueva torre. O eso prometieron.
—Es un proyecto ambicioso —murmuró Hikari, y su asombro no era solo por la escala, sino por la esperanza que representaba. Anotó un par de líneas rápidas en su libreta, el lápiz raspando con determinación sobre el papel—. Y cargado de buenas intenciones. Pero por lo que veo, la ejecución está dejando mucho que desear.
—Sí. Siempre y cuando llegue a concretarse —dijo Sakura. Una sonrisa frustrada, cargada de la pesadez de quien libra batallas diarias contra la decadencia, se dibujó en sus labios. Su mirada se perdió en el largo corredor, como si pudiera ver a través de las paredes el lento avance de la construcción—. A veces, tengo la sensación de que este edificio se va a caer sobre nosotros mucho antes de que logren terminar el nuevo, con la fuerza con la que esas máquinas no dejan de martillar.
—Comprendo… —murmuró Hikari, aunque sus palabras sonaban distantes, perdidas en el paisaje gris tras la ventana. De pronto, frunció el ceño, su atención capturada por un movimiento inusual en el sitio de construcción. Sus dedos, casi por instinto, siguieron deslizándose sobre la libreta, registrando impresiones con trazos rápidos.— Dime, Sakura-san… ¿por qué crees que se corta la luz exactamente?
—La respuesta parece obvia, ¿no? La empresa constructora —Sakura se cruzó de brazos, hundiendo las manos en los profundos bolsillos de su bata blanca. Un gesto de fastidio, contenido pero visible, le tensó los hombros—. Cada vez que encienden su maquinaria pesada, los generadores del hospital se sobrecargan hasta colapsar. Es como si nos estuvieran sangrando la energía gota a gota.
—¿Y a ellos no les sucede lo mismo? —preguntó Hikari, volviendo la cabeza con curiosidad genuina, sus ojos violeta fijos en los de Sakura.
—Por lo que se ve, no. Su suministro parece inmune —la risa de Sakura fue breve, carente de todo humor, un sonido seco que se perdió en el zumbido de fondo.
Hikari se acercó entonces, sus pasos silenciosos resonando levemente en el pasillo.— ¿Podría haber algo dentro del hospital, alguna área que esté demandando más energía de la cuenta?
Sakura guardó silencio por un momento, dejando que la pregunta se instalara en el aire entre ellas. Finalmente, se apoyó con cansancio contra la pared fría, cuya pintura mostraba un fino entramado de grietas como venas.— Abajo, en el subterráneo, está el laboratorio de investigaciones —confesó, su voz bajando un tono, como si el solo hecho de mencionarlo requiriera cierta solemnidad—. Podría mostrártelo ahora, pero no creo que sea la causa. Siempre ha estado ahí, desde que yo era una niña. Jamás, en todos estos años, había provocado algo así.
—Bien —asintió Hikari, y una sonrisa franca, cargada de genuina expectación, iluminó su rostro—. Quiero verlo.
El descenso al laboratorio fue un viaje hacia el corazón mismo de la leyenda. Cuando la puerta se abrió con un suave susurro neumático, los ojos de Hikari se abrieron de par en par, atrapando cada destello del santuario que se revelaba ante ella.
Estas eran las mismas paredes que habían visto danzar a las células del Primer Hokage; el suelo donde se había forjado el milagro que salvó la pierna de Maito Gai y reconstruyó el brazo de Naruto. El mismísimo dominio de la Diosa de la Guerra, la Quinta Hokage. Un nudo de emoción, intenso y dulce, le cerró la garganta. Estaba respirando el aire de la historia.
Maquinarias de diseño complejo y elegante zumbaban con un rumor suave y constante, junto a mesas repletas de muestras que emitían una tenue bioluminiscencia.
Las camillas, impecables, parecían guardar aún el eco silencioso de innumerables batallas libradas y ganadas. Era tal como lo había soñado, tan exacto a las imágenes que atesoraba en su memoria, que por un fugaz momento sintió que caminaba dentro de uno de sus propios sueños. Estaba, literalmente, en un lugar forjado por leyendas.
—Es asombroso… —logró murmurar, conteniendo la voz que amenazaba quebrarse por la emoción. Su mirada, reverente y ávida, recorría cada rincón, cada instrumento pulido por el uso y la dedicación, como si intentara memorizar cada átomo de aquel recinto sagrado.
—Como ves —interrumpió Sakura, con un gesto práctico que contrastaba gentilmente con el hechizo que embargaba a Hikari, extendiendo los brazos para abarcar el espacio—, no hay nada aquí fuera de lo común que esté causando el corte de suministro. Todo funciona en perfecto orden.
Sin embargo, el ojo clínico de Hikari, aguzado tanto por la admiración como por su entrenamiento, detectó una nota sutilmente discordante. Se acercó a una de las mesas centrales, donde un microscopio de última generación y varios frascos esterilizados parecían haber sido utilizados con urgencia y luego abandonados en un orden demasiado perfecto.
—Disculpa, Sakura-san… ¿Dónde está el equipo de investigación en este momento? —preguntó, deslizando la yema del dedo sobre la fría superficie de acero inoxidable, que carecía del desorden creativo propio de una investigación activa.
—En su hora de almuerzo. Pronto volverán —respondió Sakura, y su tono adquirió un dejo de responsabilidad apremiante—. Y creo que yo también debo regresar. No puedo dejar el piso solo por mucho más tiempo.
—¡Por supuesto! —exclamó Hikari, emergiendo de su trance reverencial con un parpadeo. Realizó una respetuosa y espontánea inclinación de cabeza, una sonrisa de genuina gratitud iluminando su rostro—. Fuiste increíblemente amable al permitirme ver esto. Te lo agradezco de todo corazón.
***
La lógica era clara: si quería terminar de investigar, debía ser más rápida que la burocracia y los pasillos interminables. Con la decisión tomada, un flujo de chakra cálido recorrió sus piernas. En un instante, su cuerpo se desmaterializó en un sutil torbellino de hojas secas, teletransportándose entre los pisos con la eficiencia de un susurro en la oscuridad.
Emergió junto a una ventana abierta y, sin vacilar, saltó al vacío. El viento silbó en sus oídos, agitando su chaqueta turquesa, pero las plantas de sus pies se adhirieron a la pared exterior con la firmeza de un imán, anclándose con chakra. Su trenza rubia ondeó libremente en el aire, danzando al capricho de la gravedad mientras ella, con pulso firme, sacaba su libreta y trazaba cálculos frenéticos a la tenue luz del día nublado.
—Si el hospital estaba acostumbrado a esa carga energética sin colapsar… algo ha cambiado. Algo externo —murmuró para sus adentros, su mirada escudriñando el yermo de la construcción como la de un halcón.
La respuesta no estaba en las teorías, sino en el terreno. Sin pensarlo dos veces, se impulsó de la pared y se dejó caer en un picado silencioso hacia el corazón de la excavación, una silueta elegante y decidida contra el gigante de acero y tierra.
Su aterrizaje fue tan sigiloso como un copo de nieve. Se ocultó al instante detrás de un pilar de concreto, fundiendo su silueta con las sombras alargadas del atardecer. Desde su escondite, sus ojos violeta analizaron las grandes moles de metal que tronaban y sudaban aceite, masticando la tierra con avidez mecánica.
—Todo motorizado… —susurró, y una mueca de decepción cruzó su rostro. Solo tecnología independiente, sin conexión aparente a la red del hospital. No era la respuesta que buscaba. Sin perder un segundo, se impulsó de nuevo, moviéndose a la velocidad de un rayo, una estela apenas perceptible saltando de estructura en estructura, desesperada por encontrar una pista que el ojo común no podía ver.
Y entonces lo encontró. Un sonido distinto, agudo y penetrante, cortó como un cuchillo el rugido sordo de la maquinaria. No era el retumbar grave de los motores diesel, sino el estruendo estridente del metal siendo golpeado, forzado, violentado—como si alguien estuviera derribando una puerta a golpes.
—Eso es… —murmuró, y una descarga de comprensión le tensó los hombros de inmediato. Su cuerpo reaccionó antes de que su mente terminara de procesarlo; como un animal que olfatea la presa, se desplazó en silencio, escurriéndose entre las sombras hacia uno de los galpones improvisados que se alzaban como cicatrices en el terreno.
Y allí, en el corazón de ese hangar de chapa y polvo, encontró una de las raíces del problema. No se limitaban a transportar los materiales; los estaban forjando in situ. Para aplanar el acero bruto y moldearlo en vigas colosales, necesitaban prensas hidráulicas y martillos pilones monstruosos, bestias de industria que devoraban la energía del sector con una sed insaciable. Cada golpe que resonaba, cada chispa que saltaba de la viga sometida, era un latigazo directo a la red eléctrica, robándole la luz al hospital.
—Tengo que informarle al Hokage —se dijo a sí misma, la voz un susurro cargado de urgencia. Al consultar su reloj, una punzada de pánico heló su sangre. Su cabello rubio pareció encresparse con la estática de la desazón—. ¡Maldición! La reunión ya debe haber terminado.
Con un movimiento brusco, el mundo se desdibujó a su alrededor. Se teletransportó directamente a la sala de conferencias, pero solo encontró el silencio y el eco de su propia precipitación. Las sillas vacías y los vasos de agua a medio beber eran mudos testigos de que había llegado tarde.
—Mierda, mierda, mierda —la maldición escapó de sus labios en un jadeo, cada palabra un martillazo contra su propia confianza. No podía fallar, no así, no ahora.
Un nuevo vórtice de energía la envolvió, y comenzó a saltar a través del hospital con desesperación, apareciendo y desvaneciéndose en pasillos, salas de descanso e incluso, en un error de cálculo que le hizo arder las mejillas de vergüenza, en la habitación de un paciente que soltó un grito ahogado—. ¡Perdón! ¡Aquí no…! ¡Por todos los…, dónde están!
Hasta que, por fin, a través de un ventanal del tercer piso, sus ojos avistaron dos figuras inconfundibles: Kakashi y Shikamaru, conversando con aparente calma junto a la entrada principal, bajo la sombra protectora de un cerezo.
—¡Ahí están! —exclamó, y la frase sonó a tiempo recuperado, a súplica y a un alivio agridulce. Su siguiente pensamiento fue un latigazo de temor puro que le secó la garganta—. Por favor, que no me despida.
—Pero te aseguro, la mejor salsa para el tonkatsu es, y siempre será, la Bulldog —declaró Kakashi con los brazos cruzados, la capa blanca del Hokage ondeando suavemente ante una brisa casi imperceptible que mecía las ramas del cerezo.
—No estoy tan convencido —reflexionó Shikamaru, frotándose la barbilla con gesto pensativo—. El otro día fui con Chōji a un sitio nuevo y la sirvieron con una salsa de la casa... mucho más equilibrada. Menos empalagosa.
—¿En serio? Podríamos ir a probarla, entonces. ¿Qué te parece? —Su voz era un dechado de tranquilidad, un manto de serenidad que ocultaba a la perfección la tensa reunión que acababa de sostener. Era un acto maestro de ecuanimidad, casi una obra de arte.
De pronto, un estallido de sonido, el característico shunshin de un cuerpo materializándose a velocidad del rayo, quebró la calma del jardín. Y allí, entre un torbellino de hojas secas y aliento entrecortado, apareció Hikari, con el pelo alborotado y los ojos un poco desorbitados.
—Con que aquí estabas —dijo Kakashi, sin inmutarse, como si hubiera sentido su chakra acercarse desde una milla de distancia. Giró hacia ella lentamente, y su única ceja visible se arqueó en una curva perfecta de curiosidad amortiguada—. Parece que has tenido una mañana... ajetreada.
—¡Lamento enormemente el retraso, Hokage-sama! —Hikari bajó la cabeza en una profunda reverencia, la vergüenza quemándole el rostro. Pero lo que siguió la dejó más perpleja aún: sintió el contacto suave del guante de Kakashi, que con el pulgar le limpió una mancha de tierra de la mejilla. Un fuego intenso le subió por el cuello hasta las orejas. —¿H... Hokage-sama?
—Con que no estabas perdiendo el tiempo, después de todo —murmuró él, con una mezcla de exasperación y un dejo de orgullo. Su dedo se detuvo, mostrándole el polvo de construcción que había limpiado—. Te di órdenes específicas de no investigar.
—Lo sé —susurró Hikari, con la voz cargada de un arrepentimiento genuino, pero también de una chispa de convicción—. Pero... comprendí lo que está pasando. Y tenía que decírselo.
Kakashi guardó silencio por un instante, su mirada perdida más allá de los hombros de Hikari, como si pudiera ver los problemas del hospital y la constructora entrelazándose en el aire. Un suspiro leve, pero cargado del peso de un día que se prometía largo, se escapó de su barbijo.
—Veamos qué tenemos de nuevo —murmuró, y en esa frase no había enfado, sino la resignación práctica de un líder que sabe que los planes rara vez sobreviven al contacto con la realidad. Su postura cambió casi imperceptiblemente, enderezando los hombros para cargar de nuevo con el peso del cargo.
Giró sobre sus talones, el blanco de su capa ondeando como un estandarte.
—Shikamaru, Hikari. Volvamos a la torre.
Era una orden, pero dicha con la fatiga de quien sabe que el verdadero trabajo apenas comienza.
***
—Comprendo… —La voz de Kakashi fue un susurro grave, filtrado por la barrera de sus manos. Había entrelazado los dedos, apoyando el rostro en ellos como si el peso de la decisión buscara un sostén físico. Sus ojos, siempre tan penetrantes, se ocultaban tras una cortina de concentración.— Entonces, lo que sugieres es que la falla está en la gestión de ambos. Tomar partido por uno sería… imprudente.
—Sí —asintió Hikari, el gesto breve pero firme, confirmando la compleja verdad que había descubierto.
Shikamaru, que había permanecido en silencio analizando el tablero invisible del conflicto, se cruzó de brazos con un gesto de frustración contenida.
—El verdadero problema no es técnico, es de percepción. ¿Y cómo le demostramos eso a dos directores que en esta reunión están tan cegados que solo ven la sombra del otro como el enemigo?
Hikari miró hacia la ventana, donde la silueta de la torre en construcción se recortaba contra el cielo.
—El problema de fondo —murmuró, más para sí misma que para ellos— es que ambos están tan seguros de estar haciendo bien su trabajo, que se han vuelto incapaces de ver el punto donde su eficiencia individual comienza a perjudicar al conjunto.
Kakashi separó lentamente las manos, dejando al descubierto un rostro serio pero interesado. Un crujido sordo se escuchó cuando estiró la espalda hacia atrás, liberando la tensión acumulada en sus hombros de líder.
—Explícate —pidió, y su tono era una invitación abierta, un reconocimiento tácito de que ella veía algo que ellos, desde su altura, habían pasado por alto.
—El hospital —comenzó Hikari, eligiendo cada palabra con cuidado— presenta fallas estructurales en su sistema eléctrico, independientes de la construcción. Posee un laboratorio de alta tecnología que, es cierto, podría funcionar de manera relativa si las máquinas externas se apagaran... —Hizo una pausa breve, recordando el zumbido de fondo y las luces titilantes durante su recorrido con Sakura.— Pero solo sería un parche temporal. La sala de corriente principal, la que está en el exterior, está visiblemente desgastada y deteriorada. Aunque el consumo se redujera, tarde o temprano tendrían que reemplazar todas las conexiones de todos modos. Es un problema inevitable.
Kakashi desvió la mirada hacia su consejero, una ceja ligeramente arqueada. —¿Y eso es factible?
Shikamaru no respondió de inmediato. Sus dedos recorrieron las columnas de números de la carpeta de presupuesto, su expresión era la de un hombre viendo cómo se desmoronaba una partida de shōgi. —En las circunstancias actuales —declaró por fin, con un tono de fatiga práctica—, no sería lo más sensato. Sería invertir recursos en un proyecto no contemplado, drenando fondos de otras áreas prioritarias.
—Entonces, ¿qué recomiendas? —preguntó el Hokage, sus ojos grises ahora fijos en Hikari, desafiándola a completar el razonamiento.
Ella contuvo el aliento un instante, sintiendo el peso de la mirada de ambos hombres. —Que el laboratorio sea trasladado a un edificio con la infraestructura para sostenerlo... —dijo, y luego, con una firmeza que sorprendió hasta a ella misma, añadió—: o que sus operaciones se suspendan temporalmente. No es una cuestión de voluntad, Hokage-sama, es de logística pura.
La sorpresa, fría y nítida, cruzó por un instante la mirada normalmente impasible de Kakashi. No era la solución que esperaba oír, pero la lógica detrás de ella era innegable.
Kakashi se inclinó ligeramente hacia adelante, entrecerrando los ojos en un gesto que combinaba curiosidad y una advertencia sutil.
—¿Y la constructora? —preguntó, su voz era un hilo de seda sobre acero.
Observó su chaqueta colorida, una explosión de verdes y naranjas, contrastaba violentamente con la frialdad repentina de su mirada.
—Ellos están gastando más energía de la que la red puede producir —declaró Hikari, sin vacilar—. Pero lo que encuentro realmente extraño, lo que no termina de encajar, es por qué una empresa de su tamaño gastaría tiempo y recursos valiosos en fabricar sus propias vigas in situ. No es eficiente.
—Esa empresa lleva décadas trabajando para la aldea —intervino Shikamaru, su tono era cauteloso, defendiendo un statu quo que de pronto parecía frágil—. Este es el primer reclamo serio que recibimos en dos años. Su historial es intachable.
—Quizás… —Hikari contuvo el aliento un instante, midiendo el peso de sus siguientes palabras—. Quizás la aldea no se dio cuenta. O quizás, sin quererlo, siempre tapó las ineficiencias de esta empresa.
Shikamaru se irguió, y su sombra pareció alargarse en la pared.
—¿Qué estás tratando de insinuar? —Su voz, por lo general lánguida, ahora era cortante—. ¿Estás diciendo que la administración del Hokage ha estado haciendo la vista gorda con acuerdos ilícitos?
—No estoy insinuando corrupción, sino complacencia —se apresuró a aclarar Hikari, aunque su mirada no se apartó de Kakashi—. Solo digo que la lógica no cuadra. ¿Se han preguntado si todo ese material que fabrican aquí… se queda realmente en la aldea? —La pregunta quedó flotando en la sala, cargada de implicaciones. Luego, con una voz más baja pero cargada de convicción, añadió—: Que hayamos hecho las cosas de cierta manera por mucho, mucho tiempo, no significa que esa manera fuera la correcta. Solo significa que nos acostumbramos a no hacer preguntas.
—Comprendo lo que quieres decir —asintió Kakashi, y su voz tenía una cualidad nueva, la de una decisión tomada. Se levantó de su sillón con un movimiento fluido y se acercó a la ventana, contemplando la aldea que se extendía a sus pies. El perfil de la nueva torre en construcción se recortaba contra el cielo, un símbolo del mismo progreso que ahora cuestionaban.— Si queremos presentar ese argumento en la siguiente reunión, necesitaremos más que sospechas. Necesitaremos pruebas. —Se giró entonces lentamente, y su mirada, seria e ineludible, se clavó en ella.— Y tú te encargarás de conseguirlas. Terminarás tu investigación y me mostrarás evidencia contundente.
—¿Ah? —Hikari parpadeó, sorprendida por la magnitud y la confianza implícita en esa orden. Sabía que la tarea era monumental, casi una misión imposible. Por un instante, una sombra de duda quiso anclarse en su mente, pero con un esfuerzo visible, negó con la cabeza, alejando todos los malos pensamientos. Enderezó la espalda y su voz, ahora firme y clara, resonó en la oficina—: ¡Entendido!
No era solo una aceptación. Era un juramento. Si la imposibilidad tenía un nombre, ella se encargaría de que, a partir de ese momento, la gente recordara el suyo en su lugar.
Chapter 7: Capítulo 7: Tradición II
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Aceptó el encargo sin objeciones, pero la realidad pronto se hizo evidente: debía completar una investigación exhaustiva en apenas una semana, sin descuidar sus deberes como asistente del Hokage. Al menos, y eso lo agradecía profundamente, en los últimos días Kakashi parecía haberse aprendido su cronograma de memoria, evitando cargarla con tareas adicionales en un acto de consideración silenciosa pero perceptible.
Sin embargo, una tarea seguía siendo ineludible: perseguirlo cada vez que se escapaba de la torre para "descansar". Y traerlo de vuelta, cueste lo que cueste.
—¿Cómo llegaste aquí? —preguntó Kakashi, completamente desconcertado, deteniéndose en la cima de un tejado. Se había escapado hacía apenas unos minutos, anhelando llegar a su casa para una siesta gloriosa, y había creído que la ruta de los tejados era la más discreta. El característico sonido del shunshin de Hikari echó por tierra su plan.
Ella, sin embargo, ni siquiera lo miraba. Sus ojos violeta estaban absortos en un grueso libro de contabilidad de la aldea, la frente ligeramente fruncida en concentración.
—¿A dónde se dirige, Hokage-sama? —preguntó, sin alzar la vista, mientras saltaba con agilidad felina al siguiente tejado y esquivaba una antena parabólica como si conociera cada obstáculo de memoria.
—Se me acaba de ocurrir que pude dejar la llave del gas abierta —mintió él con descaro, sin detener su avance—. Iré a cerrarla y vuelvo en un instante a la oficina. ¡Palabra de Hokage!
—No se preocupe. Lo acompaño —respondió ella, sacando un lápiz de detrás de la oreja para subrayar una cifra sospechosa en el libro, sin alterar ni un ápice el ritmo de su persecución aérea, como si perseguir al líder de la aldea por los tejados fuera una tarea más en su lista.
Kakashi se detuvo en seco sobre una teja, colocando las manos en las caderas con un gesto teatral de exasperación.
—Un momento, un momento. ¿Cómo que me acompañas a mi casa? Eso, jovencita, no se vería nada bien. ¿Qué dirán los vecinos?
—Tengo veintitrés años, Hokage-sama. No soy una niña —replicó ella, aún con la mirada clavada en las páginas llenas de cifras, mientras sus dedos trazaban cálculos rápidos en el margen. Un suave murmullo de sumas y restas escapaba de sus labios, una concentración que rayaba en lo sobrehumano.
Kakashi se permitió observarla de arriba abajo. Ese día había optado por una jardinera de tela resistente como atuendo. "¿De verdad se tomó la molestia de modificar un uniforme estándar de Jounin para convertirla en eso?", pensó, detallando cómo el pantalón negro se combinaba con una polera blanca sencilla. Un fastidio silencioso, teñido de una admiración involuntaria, se apoderó de él. Debía admitirlo: la chica tenía un estilo peculiar, pero funcional.
—Así que, siendo adultos los dos, no veo nada de malo en acompañarlo a hacer sus recados, Hokage-sama —dijo ella por fin, alzando la vista. Sus ojos violetas, ahora fijos en los suyos, brillaban con una chispa de diversión traviesa que lo dejaba completamente en evidencia.
El ninja emitió un bufido corto, derrotado. No había escapatoria lógica que funcionara contra esa combinación de eficiencia y terquedad dulce.
—Y yo soy diez años mayor —murmuró para sus adentros, como si ese dato le diera una última brizna de autoridad en un argumento que ya había perdido por goleada. Se rascó con fastidio su cabello plateado, despeinándolo aún más contra el viento.
—Bien, bien… —cedió por fin, con un suspiro de resignación tan exagerado que casi fue cómico—. Por esta vez, vamos a cerrar esa llave de gas. Pero que quede claro: no te acostumbres.
Hikari lo siguió, sumergida en su tarea hasta el punto de que sus pies parecían moverse por instinto, guiados por el rastro de su chakra más que por la vista. Llegaron a su departamento, que, por un capricho de nostalgia u obstinación, seguía siendo el mismo espacio austero y funcional de siempre, sin rastro de la pompa que podría esperarse de un Hokage. Hikari cruzó el umbral con respeto, pero sin despegar los ojos de las columnas numéricas que danzaban en las páginas.
—Te vas a marear con tanto número —comentó Kakashi mientras realizaba el teatro de abrir y cerrar la llave del gas, un gesto superfluo porque él, meticuloso hasta el extremo, siempre aseguraba todo antes de salir. Hikari permanecía apoyada en el marco de la puerta, una silueta de concentración absoluta.
—Tengo que encontrar esa discrepancia en la contabilidad —respondió, y un suspiro cargado de frustración contenida se escapó de sus labios.
Kakashi se acercó entonces y, con un gesto suave pero firme, le bajó el libro. El repentino vacío en sus manos obligó a Hikari a alzar por fin la vista, desorientada por la interrupción.
—¿Y qué pasa si no lo encuentras?
Ella desvió la mirada, clavándola en las vetas del suelo de madera. La pregunta pesaba más de lo que esperaba.
—Seguirán derrochando los recursos de la aldea —musitó, con la voz teñida de una preocupación genuina. Luego, alzó la vista para enfrentar la mirada serena y algo impenetrable de Kakashi—. Y usted, tal vez sin quererlo, seguirá siendo el muro que protege un sistema corrupto.
—¿Así que ahora sí hablas de corrupción? —preguntó él, y su tono era neutro, como la superficie quieta de un lago. Pasó a su lado para salir al pasillo, y ella, habiendo guardado el libro en su mochila con un movimiento automático, lo siguió.
—Quizás no una corrupción activa por parte de usted, ni de la Quinta —aclaró, eligiendo las palabras con esmero mientras caminaban por el pasillo silencioso—. Pero quizás... la tradición se ha convertido en una forma de poder. En una alternativa única de hacer las cosas que beneficia a unos pocos y que nadie se atreve a cuestionar.
Kakashi cerró la puerta con llave y entonces se giró por completo hacia ella. Su mirada, ahora sin la barrera de su libro, era profunda y deliberadamente ambigua.
—Y sin embargo —continuó Kakashi, con la calma de quien ha visto ciclos enteros pasar—, es la tradición lo que teje el sentido de una vida en comunidad. La aldea no se construyó solo con madera y piedra; se forjó con costumbres y pactos tácitos que son muy difíciles de erradicar.
—¿Lo dice por mi ropa? —preguntó Hikari con una sonrisa pícara, consciente de su propia transgresión.
Kakashi no pudo evitar una pequeña y genuina sonrisa que le arrugó la comisura del ojo.
—Eso, y mucho más. No existe una única línea recta a seguir. Depende mucho del contexto en el que te encuentres —reflexionó, sacando su querida novela de un bolsillo. Su dedo pasó sobre el lomo gastado—. Nada es absoluto, Hikari. Por eso no debes enfocarte en una sola visión, por más clara que te parezca.
—Pero si esa visión nos lleva a una propuesta de cambio real —insistió ella, frunciendo el ceño con determinación—, aferrarse a lo establecido solo hace persistir un sistema desigual.
—Entonces, dime —la interrumpió Kakashi, y su voz adquirió un tono suave pero penetrante—, ¿por qué sigues en esta aldea?
—Porque me gusta vivir aquí… —respondió de inmediato, con un dejo de confusión ante la pregunta tan simple.
—Y porque esta aldea se rige por su propia cultura y tradiciones, las cuales, a fin de cuentas, amas —concluyó él, deteniéndose en mitad de la calle. Su mirada era serena, pero llena de intención—. Hikari, las tradiciones también son la identidad de tu pueblo. Por favor, no lo olvides.
Sus palabras, sencillas pero cargadas de una verdad profunda como las raíces de un árbol antiguo, la dejaron paralizada en el centro del camino polvoriento. Su mente, tan habituada a dividir problemas en columnas de pros y contras, trataba de asimilar una idea que no era binaria, sino matizada y cultural. Cuando al fin alzó la vista, buscando tal vez una aclaración en sus ojos, Kakashi ya había desaparecido, disuelto en un elegante remolino de humo y hojas de otoño que se dispersaron con el viento.
Un profundo silencio llenó el espacio que él había ocupado. ¿Y si había estado buscando en los lugares equivocados? ¿Y si las soluciones lógicas y frías que encontraba en los libros de contabilidad, por precisas que fueran, no eran lo que realmente necesitaban las partes involucradas? Quizás el conflicto no era solo de cifras, sino de percepciones, de historias no contadas. Un suspiro hondo, cargado de esta nueva y abrumadora capa de complejidad, escapó de su pecho.
Y entonces, como un rayo de lucidez tardía y absolutamente práctica, la realidad la golpeó con la fuerza de un martillo pilón: el Hokage se le había escapado. Otra vez.
—¡Ah, no…! —exclamó hacia el aire vacío, llevándose una mano a la frente. La frustración fue breve, casi instantáneamente reemplazada por una determinación renovada que hizo brillar sus ojos. Si las tradiciones eran importantes, entonces la tenacidad para perseguir a un Hokage evasivo también debía serlo. Cerrando su libreta con un golpe seco, sonrió hacia la nada.
—Está bien. Jugaremos a su manera, Hokage-sama —murmuró, y un destello de estrategia cruzó su mirada—. Pero la próxima vez, revisaré también la llave del agua.
***
No encontraba nada. Nada en absoluto. Cada proceso, cada transacción, estaba escrupulosamente detallado y se ajustaba a la ley. La creación de material in situ por parte de la constructora estaba registrada, y el excedente era vendido legalmente al señor feudal y a aldeas menores. Todo estaba en regla, blanco sobre negro, incontestable.
Sin embargo, una pregunta insistente le taladraba la mente: ¿podría hacerse de otra manera? ¿Una manera más eficiente, menos costosa para la aldea? La respuesta era un sí rotundo. Pero entonces surgía la cuestión verdadera, la que no aparecía en ningún libro de contabilidad: ¿Cómo se cambia una mentalidad enquistada, una forma de hacer las cosas que, siendo deficiente, era técnicamente legal?
El hospital no era la excepción. Poseía maquinaria de última tecnología, sí, pero siempre se instalaba con los resguardos y permisos correspondientes. La intención de trasladar o cerrar el laboratorio, bajo este prisma puramente normativo, carecía de justificación. La eficiencia no era un requisito legal.
—¿Qué diablos no estoy viendo? —musitó para sí misma, hundida en la silla frente a su escritorio.
Había volcado todos los datos en un registro digital, y las frías líneas de código y números parpadeaban en la pantalla de su computadora, no como respuestas, sino como un muro. Observaba las cifras hasta que le ardían los ojos, pero con cada minuto que pasaba, su tesis inicial —aquel edificio de sospechas bien cimentado— se resquebrajaba y desmoronaba ante la aplastante evidencia de la corrección burocrática. La verdad que buscaba no estaba en los números, y esa realización era a la vez exasperante y reveladora.
Hasta que, como un relámpago en la penumbra de su frustración, recordó las palabras del Hokage.
«Las tradiciones también son la identidad de tu pueblo.»
Sus ojos se abrieron de par en par, inundados por una comprensión repentina que le cortó la respiración. Se levantó de su asiento de un salto, con una energía tan repentina que hizo temblar la silla. Al otro lado de la oficina, Kakashi alzó la mirada por un instante, la observó con su flema habitual y, comprendiendo que la chispa había prendido, volvió a sus documentos con una sonrisa sutil y satisfecha que se ocultó al instante.
—¿Shikamaru-Senpai sigue en su oficina? —le preguntó a Kakashi, con una voz que era un torrente de urgencia contenida.
—Sí. Está allí —respondió él, sin alzar la vista esta vez.
—¡Gracias!
La palabra aún resonaba en el aire cuando ella ya era un remolino de movimiento. Salió disparada de la oficina a una velocidad que hizo agitar las hojas sueltas sobre el escritorio del Hokage, que ondularon como alas atrapadas en su estela.
Kakashi observó el pequeño caos que dejó a su paso, las páginas que se serenaban lentamente sobre la madera.
—Creo que tendremos que pedir pisapapeles en el siguiente requerimiento de material de oficina —murmuró para sí mismo, con un tono de resignación cómica, antes de sumergirse de nuevo en su documento.
—¡Shikamaru-senpai! —irrumpió Hikari en la oficina compartida, deteniéndose jadeante frente a la gran mesa central donde el ninja clasificaba documentos con su calma habitual.
—¿Tenemos más propuestas de licitación? —preguntó, con el aliento entrecortado.
—¿Las de construcción? —murmuró él, sin levantar la vista del montón de papeles—. Guardé las copias de los contratos, pero recuerda que se rechazaron todas las propuestas alternativas. Están ahí. —Señaló distraídamente un estante lateral.
—¿Sabes por qué se rechazaron? —insistió Hikari, y ya estaba hurgando entre las carpetas polvorientas.
—Debería especificarse ahí. Por lo que recuerdo, era algo presupuestario. Un tema de costos.
—¿Y si te digo que no fue así? —Su voz cambió. Adquirió un tono bajo, seguro, el de quien ha encontrado la pieza que faltaba en el rompecabezas. —¿Y si te digo que esas propuestas… nunca llegaron formalmente al escritorio del Hokage?
Shikamaru alzó la vista por fin, su mirada perezosa reemplazada por un destello de alerta.
—¿Qué estás insinuando, Hikari? ¿Estás diciendo que no están visadas por el Hokage?
—No… —murmuró ella, y una sonrisa triunfal, pero llena de ironía, se dibujó en sus labios. Alzó una carpeta de licitación y se la mostró, señalando una sección de firmas y sellos. —Es peor. El Hokage no ha rechazado formalmente estas propuestas. Simplemente nunca se le presentaron para su aprobación final. Pasaron por el consejo primero, y él se vio obligado a aceptar la única opción que le filtraron.
Shikamaru tomó los papeles, y sus ojos recorrieron los documentos con una velocidad inusual. Su rostro se ensombreció.
—Esto… esto huele peor que una misión en las alcantarillas —murmuró, y el lenguaje soez, tan inusual en él, delataba la gravedad del hallazgo. —¿Cómo se nos pudo pasar esto? ¿Por qué estos papeles no llegaron directamente al Hokage?
—Porque estábamos acostumbrados a un Hokage que se regía enteramente por el consejo —explicó Hikari, y su sonrisa ahora era de una claridad dolorosa—. Pero el tiempo de Kakashi-sama es diferente. Y alguien no quiere aceptarlo.
Le expuso a Kakashi la situación con una meticulosidad abrumadora, desplegando sobre su escritorio los libros de contabilidad y las copias de las licitaciones olvidadas. Punto por punto, construyó su caso, demostrando con fría precisión cómo durante dos años se había filtrado y ocultado información crítica a su despacho. El Hokage permaneció en un silencio de piedra, su mirada fija en los documentos, absorbiendo cada implicación.
—Por eso es tan extraño que hayamos trabajado con la misma empresa constructora desde el primer mandato del Tercer Hokage —explicó Hikari, sus ojos violetas brillando con la intensidad de la verdad descubierta—. Cobra sentido cuando se piensa que los líderes del consejo actual fueron en su día sus compañeros de equipo. La lealtad puede ser un lastre cuando se antepone al progreso.
—Lo que planteas es grave —declaró Kakashi por fin, exhalando un largo y profundo suspiro que parecía llevar el peso de todo un sistema—. Muy grave, Hikari-san. Exponer esto podría generarnos más problemas de los que resuelve.
—No obstante, tiene razón —apoyó Shikamaru, con las manos en los bolsillos y el ceño fruncido—. Es un desastre, una auténtica mierda, pero como ella dice, no podemos permitir que esto continúe. La estructura se está corroyendo desde dentro.
—Y mancharía su legado como Hokage si lo permite —añadió Hikari, buscando desesperadamente en su rostro un atisbo de comprensión, una chispa de la voluntad de luchar.
Kakashi se acarició la barbilla, sumido en sus pensamientos. La oficina contuvo el aliento.
—Entonces —dijo, y su voz recuperó la firmeza del estratega—, no nos queda más remedio que ver qué tan malas eran realmente esas propuestas descartadas. —Se apoyó en el borde del escritorio, asintiendo lentamente, mientras un plan comenzaba a tomar forma en su mente—. Si queremos entender las motivaciones del consejo, debemos evaluar todos los factores. Dime, ¿tenemos los datos de las empresas que postularon originalmente a la construcción de la nueva torre del hospital?
—¡Sí! —respondió Hikari, con un destello de emoción triunfal. De un cajón de su escritorio sacó una carpeta impecablemente organizada y se la entregó—. Aquí están todos los antecedentes.
—Bien. Podemos aplazar la reunión con el consejo unos días —comentó Kakashi, hojeando los documentos con una mirada renovada—. Hikari-san, inventa una excusa creíble. Y luego, contáctame con los representantes de todas estas empresas. Reuniones remotas, discretas.
—¡Por supuesto, Hokage-sama! —Una sonrisa amplia y genuina iluminó su rostro. En un arranque de pura camaradería, alzó el puño hacia Shikamaru. Él la miró por un instante, con su expresión habitual de fastidio, pero luego soltó una risa cansada, una rendición ante su contagioso entusiasmo, y chocó su puño contra el de ella.
***
Así transcurrieron tres días. Tres días que a Hikari se le antojaron los más agotadores desde que empezó a trabajar en la torre, no por el esfuerzo físico, sino por la intricada red de llamadas y coordinaciones.
La ironía, sin embargo, era deliciosa. Cada vez que contactaba a una de las empresas cuyo presupuesto había sido rechazado en favor de la constructora actual, se repetía un patrón casi místico: primero, una incrédula pausa al otro lado de la línea, seguida de un fervor casi religioso en cuanto pronunciaba las palabras mágicas: «El Hokage en persona desea reunirse con usted para evaluar nuevas propuestas».
—¿En serio? ¿El Hokage-sama? —estallaba la voz al otro lado, a punto de romper el auricular de puro entusiasmo—. ¡Puedo ir ahora mismo! ¡Dígame la hora y el lugar, cualquier cosa por atender al Hokage-sama!
—Ah, muchas gracias por su disposición —sonreía Hikari ante el teléfono, contagiándose un poco de ese entusiasmo desbordado—. ¿Podría ser mañana a las 8:00 a.m. en la Torre Hokage? ¡Perfecto, comprendo! ¡Muchísimas gracias! —respondía, inclinándose instintivamente en una reverencia cordial, como si el interlocutor pudiera verla a través de la línea—. Entonces, el Hokage conversará con usted a esa hora. ¡Sí! ¡Quedamos entonces!
Y colgaba. Era un ritual tan repetitivo como sinceramente gracioso, porque cada vez que lo hacía, alzaba la vista para encontrar la expresión de dolor resignado de Kakashi, quien, desde su sillón, soltaba un suspiro tan profundo que parecía capaz de arrastrar su propia alma hacia el subsuelo.
Sin embargo, Hikari le agradecía en silencio que, a pesar de sus quejas, se diera el tiempo de escuchar y cambiar las cosas. En un gesto de consideración instintiva, mientras su yo real participaba en cada reunión tomando notas minuciosas, un clon suyo se deslizaba fuera de la sala para reaparecer al terminar cada cita con una taza de té verde humeante y un pequeño bocadillo fresco junto a su escritorio.
—¿Cuántas nos quedan? —preguntó Kakashi con una voz ronca por el cansancio acumulado, restregándose los párpados con los dedos índice y pulgar. El resplandor constante de la pantalla del laptop le había dejado una pesadez dolorosa detrás de los ojos.
—Solo dos más, Hokage-sama —respondió Hikari, acercándose con una bandeja de onigiri recién hechos—. Sabía que no le gustan los dulces a media tarde —aclaró suavemente, colocándolos frente a él—. Lo está haciendo muy bien.
—Ya tengo el cerebro completamente frito —confesó, estirando la espalda hasta hacerla crujir suavemente. La kunoichi dejó la bandeja y comenzó a servir el té con movimientos serenos y precisos—. Menos mal que Shikamaru se está encargando de todo lo demás hoy.
—Creo que eso es demasiado incluso para él… —murmuró Hikari con una sonrisa apenada, imaginando la montaña de papeleo que debía estar procesando el jefe del departamento táctico.
—Nah, es joven, lo puede aguantar —respondió Kakashi con su voz tranquila, tomando la taza y levantándose para estirar las piernas. Agradeció que ella, comprendiendo su necesidad de un momento de paz, se quedara en su lugar, ocupándose de ordenar sus notas y respetando su espacio.
—Usted también es joven, Hokage-sama —dijo Hikari de pronto, con una calma tan natural que por poco lo hace escupir el té. Él se giró para mirarla, con un leve tic nervioso en su ojo visible. Ella sostuvo su mirada, sincera y sin rastro de adulación—. No debería menospreciarse así.
—Ah, sí… —no supo qué más decir. Una sensación cálida, extraña y agradable, se expandió en su pecho ante su halago directo. Tosió ligeramente, buscando recuperar la compostura detrás de la máscara—. ¿A qué hora es la siguiente reunión?
—En quince minutos —respondió ella, y esta vez su sonrisa estaba teñida de una dulce complicidad, como si compartieran un pequeño secreto.
***
Se prepararon para la reunión final con la tensión palpable en el aire. Kakashi le había pedido expresamente a Hikari que no interviniera; con toda la información que habían recabado juntos, era suficiente para que él, como líder de la aldea, manejara las riendas y tomara la decisión final.
La sala de conferencias del hospital era la misma de siempre, pero la atmósfera era distinta. Esta vez, Shikamaru y Hikari permanecían de pie, como pilares silenciosos detrás del Hokage. Frente a ellos, el dueño de la constructora, un hombre regordete, medio calvo y con un bigote fino que acariciaba con aire de superioridad, y el director del hospital, un hombre mayor de cabello entrecano cuya mirada denotaba una profunda preocupación.
—Bien, Hokage-sama —solicitó el empresario, rompiendo el hielo con una voz untuosa—. ¿Podría ilustrarnos con su solución? Tenemos claro que este proyecto beneficia al hospital, por lo que me imagino que abogará para que este plan de construcción termine lo antes posible.
—Así es —respondió Kakashi, su voz serena como la superficie de un lago.
—Hokage-sama… —intervino el director del hospital, y en su mirada anidaba una decepción profunda, como si hubiera perdido una última esperanza. El empresario no pudo contener una sonrisa de satisfacción.
—Necesitamos que se termine la torre que modernizará este hospital —declaró Kakashi, apoyando los codos en la mesa y entrelazando las manos—. Por lo tanto, se le hará la solicitud formal al hospital de trasladar el laboratorio de investigación al complejo de Inteligencia.
—Pero, Hokage-sama —cuestionó el director, palideciendo—. ¿Es consciente de lo delicado que es el equipamiento de ese laboratorio? Un solo descuido en el traslado podría significar la pérdida de millones de ryo y años de investigación.
—Lo sé —afirmó Kakashi, sin alterarse—. Y por eso no será un simple traslado. Contarán con todo el apoyo logístico y técnico de la aldea para realizarlo sin un solo rasguño. —Hizo una pausa, dejando que sus palabras calaran—. Piénselo, director. El hospital ya sufría sobrecargas en el suministro con sus nuevas instalaciones. Al agregar la demanda voraz de la maquinaria de construcción, los cortes eran una consecuencia obvia. Si queremos mantener un servicio óptimo para los pacientes, debemos crear un espacio dedicado exclusivamente a la investigación.
—¿Está prometiendo… crear un área de investigación científica independiente y moderna? —preguntó el director, y por primera vez, un destello de esperanza se abrió paso entre el escepticismo en sus ojos.
—Sí —asintió Kakashi lentamente, y su mirada recorrió la sala—. Creo que ya es momento de que, como Aldea, demos un paso al frente y prosperemos en el campo de la investigación y el desarrollo tecnológico. No solo para curar, sino para prevenir.
El director guardó silencio, sumido en sus pensamientos. El peso de la tradición y la promesa del futuro se libraban una batalla silenciosa en su rostro.
—Si con esto garantiza que la vida de nuestros pacientes no correrá peligro… —susurró al fin, con voz ronca—, entonces acepto el traslado.
Kakashi asintió con solemnidad. Detrás de él, Hikari apretó su libreta contra el pecho, como si con ese gesto pudiera contener el corazón que le saltaba de alegría. Un suspiro de alivio y triunfo silencioso escapó de sus labios mientras asentía, conteniendo a duras penas una sonrisa que quería iluminar toda la sala.
—Por lo tanto, señor —Kakashi se dirigió al empresario con una calma que era más cortante que un grito—, usted tendrá el espacio necesario para terminar el proyecto actual.
—¡Gracias, Hokage-sama! —El hombre se levantó, como si la conversación hubiera concluido, una sonrisa triunfal estirando su bigote fino—. Sabía que sería sensato. Un líder que realmente piensa en el progreso de su pueblo.
—Pero —la voz de Kakashi, seca y precisa, cortó el aire como una hoja de kunai, haciendo que el hombre regordete se tensara de inmediato—, sepa que, una vez terminado este proyecto, la aldea cortará toda relación laboral futura con su empresa.
—¿Qué? —La exclamación del hombre rompió el silencio, cargada de una incredulidad que rayaba en el insulto—. ¿Tiene idea de lo que eso significa? ¡Más de veinte años trabajando para Konoha! ¿Quiere cortar unos lazos con tanta historia? ¿Por qué?
—Porque ahora existen otras empresas que pueden prestar el mismo servicio de manera más rápida y, sobre todo, más barata —explicó Kakashi, sin alterar su tono pausado—. Sé que usted y su compañía están muy arraigados a la aldea, y se lo agradecemos. Sin embargo, hemos recibido ofertas sustancialmente mejores para los proyectos futuros. —Sus ojos, visibles bajo la sombra de su sombrero, adquirieron una frialdad metálica—. Sobre todo, de empresas que trasladan sus materiales listos para usar, sin perder tiempo ni recursos en manufacturas in situ que sobrecargan nuestra red.
Un silencio rotundo se apoderó de la sala. Hikari pudo ver cómo los ojos del empresario se reducían a dos finas rendijas. Un color rojo intenso trepó desde su cuello hasta sus mejillas regordetas, y sus puños se apretaron con tanta fuerza que los nudillos blanquearon.
—¡Esto es un insulto, Hokage-sama! —estalló, golpeando la mesa con la palma de la mano—. ¡Cancelamos el contrato ahora mismo! Nuestra empresa toma esto como una ofensa personal y no seguiremos trabajando ni un minuto más mientras usted esté al mando!
—En ese caso, ¿puede firmar el cese de servicio inmediato? —preguntó Kakashi, con una serenidad devastadora, e hizo un leve gesto a Hikari. Ella se acercó de inmediato, deslizando los documentos sobre la mesa.
—¡Es increíble! ¡Yo heredé esta empresa de mi padre! ¡Jamás, en todos estos años, hemos recibido un trato tan denigrante! —Se agachó para firmar con una furia temblorosa. Sus ojos se posaron entonces en un anexo—. ¡¿Y esto qué es?!
—Una cláusula de exención de responsabilidad y confidencialidad —respondió Kakashi, mientras Hikari, confirmando que el hombre había firmado, le acercaba el documento para su rúbrica final—. En ella, usted se compromete a no emprender acciones legales contra la aldea por la gestión de este proceso y a abstenerse de realizar cualquier comentario que perjudique la imagen de Konoha o de sus habitantes. Si llegáramos a detectar cualquier calumnia que afecte nuestra posición en el mercado, la aldea se reserva el derecho de demandarle por daños y perjuicios, con una pena estimada en… más de diez mil millones de ryo.
—¿Q-qué…? —El hombre tenía los ojos desorbitados, la ira reemplazada por un pálido estupor. Kakashi se levantó con una tranquilidad insultante.
—Agradezco a ambos por asistir a esta reunión —dijo, inclinándose levemente. El director, que había presenciado la escena con una mezcla de shock y alivio, se levantó e imitó el gesto. El Hokage se dirigió a él—. Cuando su empresa —señaló con un movimiento de cabeza al constructor, que aún miraba fijamente el documento como si fuera una serpiente— haya retirado toda su maquinaria, una constructora especializada en infraestructura médica se hará cargo. Ellos realizarán el traslado e instalación del laboratorio. Además, ya tienen los diseños preliminares de la nueva torre para su aprobación.
—¡Muchas gracias, Hokage-sama! —El director se inclinó de nuevo, con una gratitud profunda en la voz.
—Hai, hai —murmuró Kakashi, moviendo una mano con despreocupación. Luego, se giró hacia el empresario, que seguía petrificado—. Tiene de aquí a mañana para retirar todo. La nueva empresa llega en setenta y dos horas.
—¡¿Qué?! —gritó el hombre, encontrando por fin la voz—. ¡Hokage-sama! ¡No puede hacer esto! ¡Está destruyendo la esencia de esta aldea con sus acciones!
Pero Kakashi ya lo había ignorado por completo. Con la fluidez de una sombra, salió de la habitación, seguido por su equipo, dejando atrás el eco de una queja que ya no tenía poder alguno.
Hikari contuvo la explosión de euforia hasta que la puerta de la oficina del Hokage se cerró tras ellos. Entonces, ya a salvo de miradas ajenas, no pudo evitar saltar en un mismo lugar, una pequeña y alegre sacudida que hizo que los dos ninjas la miraran con una sonrisa de complicidad.
—¡No puedo creer que haya funcionado! —chilló, feliz, mientras sus hombros dibujaban un bailecito involuntario que a Kakashi no se le escapó.
—Tenías razón —reconoció el Hokage, apoyándose con elegancia contra el borde de su escritorio—. Las tradiciones pueden convertirse en un símbolo de poder que perpetúa un sistema desigual. Son parte de nuestra historia, de nuestro rostro, pero nunca deben ser un grillete que nos impida avanzar.
—Esto marcará un antes y un después para la aldea —comentó Shikamaru, asintiendo con un raro destello de aprobación en sus ojos.
—¡Ni que lo digas! —exclamó Hikari, y luego, volviéndose hacia Kakashi, su admiración estalló sin filtros—. ¿Y usted, Hokage-sama? Estuvo… increíble. Mientras lo escuchaba, no pude evitar pensar: 'Wow, así es un verdadero líder'.
Kakashi se rascó incómodo la nuca, una sombra de rubor oculta tras su máscara.
—¿Tú crees? —se rió, un sonido nervioso y desacostumbrado.
Shikamaru bufó, exagerando su hastío.
—No la incites a que te halague más, o se le va a subir a la cabeza y mañana querrá su propio monumento.
Kakashi iba a replicar con otra broma, pero el timbre estridente del teléfono cortó el momento. Hikari se acercó con prisa.
—Oficina del Hokage —contestó con formalidad, aunque incapaz de borrar la sonrisa de sus labios—. Sí, por supuesto. Se lo comunico de inmediato. —Tapó el auricular y se giró—. Hokage-sama, el consejo solicita una reunión urgente.
Kakashi hizo una mueca de genuino dolor, pero negó con la cabeza con resignación.
—Diles que voy en camino —respondió, y se dirigió al perchero para colgar su capa, revelando el impecable uniforme de jounin que vestía bajo ella. Hikari asintió y transmitió el mensaje.
—Hikari-san —añadió él, volviéndose hacia ella—, tómate la tarde libre.
—¿Ah? —preguntó ella, confundida, mientras colgaba el teléfono—. ¿No… no necesita ayuda con el consejo?
—No es eso —aclaró él, pasando a su lado con una mirada que ella no supo descifrar, pero que sintió cálida y genuina—. Ha sido una semana de locos. Creo que te mereces un buen descanso.
—¿Y yo? —protestó Shikamaru, fingiendo indignación—. Goberné la aldea por tres días enteros. Yo merezco un descanso.
—Tú, no —respondió Kakashi con una sonrisa juguetona—. Vamos a enfrentar al consejo. Es una misión de alto rango. —Se giró para despedirse de Hikari con un casual movimiento de mano—. Nos vemos mañana, Hikari-chan.
—¡H-hasta mañana, Hokage-sama! —logró articular ella, inclinándose en una reverencia automática mientras un fuego súbito le subía por las mejillas. El tono juguetón de su voz, ese «-chan» inesperado, la había tomado por completa sorpresa, y su rostro se iluminó con una sonrisa tan radiante que pareció llenar la estancia.
Sin embargo, no pudo evitar otro pequeño y eufórico bailecito mientras recogía sus cosas de su escritorio. Se colocó la chaqueta de mezclilla sobre el overol negro, subió los lentes de sol hasta su frente como una diadema y, con un movimiento relajado que pareció liberar toda la tensión acumulada, soltó su trenza. Una cascada de abundante cabellera rubia cayó sobre sus hombros, enmarcando un rostro iluminado por una sonrisa amplia y despreocupada.
Estaba profundamente feliz. Su trabajo, su tenacidad y su fe en un cambio posible habían rendido frutos concretos. Y ¿qué mejor manera de celebrar un triunfo de la verdad que con la complicidad de las amigas? Tomó el teléfono de la oficina y marcó un número conocido de memoria.
—¡Aoi-chan! —cantó el nombre al otro lado de la línea, con una voz que era pura alegría contenida—. Soy yo… Te llamo desde la oficina. Me preguntaba si era buen momento para…¿Unas cervezas?
—Siempre es un buen momento para eso, Hikari-chan —fue la respuesta cantada de Aoi, inmediata y llena de calidez.
Al otro lado del auricular, Hikari celebró en silencio, apretando el puño en un gesto de triunfo. Porque a pesar de todo, de las batallas ganadas y los sistemas cambiados, comprendía que existían otras tradiciones, las buenas, las que realmente importaban: esas que no se perdían, y que se celebraban entre risas y el chasquido húmedo de dos botellas que se encuentran.
Chapter 8: Discriminación
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—¿Qué has hecho, Kakashi? —La voz de Koharu, cargada de una indignación que resonaba en la austera sala del consejo, cortó el silencio como un latigazo.
El Hokage resopló internamente, con una fatiga que le pesaba más que cualquier capa. Nunca imaginó que los ancianos consejeros se enterarían tan rápido, aunque, pensándolo bien, subestimarlos siempre había sido un error.
—¿Acaso no eres consciente de los problemas que le puedes acarrear a la aldea con tus acciones impulsivas? —continuó ella, apretando el bastón con manos nudosas.
—Fue una decisión tremendamente irresponsable de tu parte —intervino Homura desde su asiento, su mirada dura fija en Kakashi por encima de sus gafas.
—¿De verdad lo fue? —replicó Kakashi, dejando caer la pregunta en el aire mientras se estiraba con estudiada languidez en el sillón, como si la conversación no mereciera toda su tensión—. Querer revisar yo mismo las licitaciones, escuchar ofertas y elegir lo que es genuinamente mejor para la aldea… ¿eso se considera irresponsabilidad ahora?
—¡No tienes idea de cuánto tiempo llevaba esa empresa velando por los mejores intereses de Konoha! —le reprendió Koharu, con un temblor en la voz que pretendía ser emoción, pero que sonaba a rabia contenida.
—Querrá decir… velando por sus propios intereses —murmuró Shikamaru desde su lugar, sin alzar la vista del tablero de shogi imaginario que solo él parecía ver.
—¿Ah? —bufó Homura, ofendido, girándose hacia el joven Nara—. ¿Qué has dicho?
Kakashi se inclinó ligeramente hacia su consejero, y su susurro fue tan seco y rápido como el corte de un papel.
—No me ayudes tanto, Shikamaru.
El joven Nara se tensó, conteniendo un suspiro. Era como lidiar con niños testarudos, pero con más arrugas y poder.
—En fin —continuó Kakashi, volviéndose hacia los consejeros con una placidez estudiada—, se ha pactado un acuerdo vinculante con la empresa. Así que, si es el bienestar de la aldea lo que tanto les quita el sueño, pueden estar tranquilos. No habrá repercusiones.
—¿Y cómo puedes estar tan seguro? —interrogó Koharu, ajustando con un gesto nervioso los pliegos de su costoso kimono.
—Porque no les queda opción —explicó Kakashi, encogiéndose de hombros como si comentara el clima—. Si incumplen, la multa es tan astronómica que tendrían que vender la empresa hasta los cimientos para pagarla. Es bastante disuasorio, la verdad.
—¡Aun así, aunque fuera a respetar ese acuerdo! —Homura cerró los ojos con fuerza, como si al no ver a Kakashi el problema desapareciera.
—No tiene de otra —lo interrumpió el Hokage, con una suavidad que resultaba insultante.
—¡Aunque no tenga de otra! —repitió Homura, ya exasperado—, no puedes ir por la vida arrancando páginas de la historia de Konoha como si fueran malas hierbas. ¡Hay un legado que respetar!
Kakashi guardó silencio por un momento, fingiendo ponderar esas palabras. Finalmente, asintió con lentitud, como si hubiera visto una gran verdad.
—Quizás… tengas razón —concedió, y luego se giró hacia Shikamaru con total naturalidad—. Shikamaru, dile a mi asistente que prepare un reconocimiento oficial para la empresa por sus… valiosos años de servicio. Y que envíe flores. A las empresas les gustan los ramos grandes, ¿no?
—Kakashi… —Homura se masajeó la sien, donde empezaba a latirle una migraña de proporciones históricas.
—¿Qué tan grandes deben ser los arreglos? —preguntó Shikamaru, anotando en su libreta con una seriedad burocrática perfecta, ignorando por completo la mirada asesina de Homura.
—No lo sé —respondió Kakashi con un gesto de desdén—, pero Hikari debe saber a lo que me refiero. Ella tiene… buen ojo para estos detalles.
—¡Este es el problema con las nuevas generaciones! —El grito de Koharu, agudo y cargado de una amargura ancestral, resonó en la sala haciendo que ambos hombres volvieran la cabeza, sorprendidos por la intensidad del estallido—. ¡Se lo toman todo a la ligera! No respetan los procedimientos, ni las tradiciones que forjaron esta aldea. ¡Y esa nueva asistente tuya…! Se lo dije a Tsunade: una ninja sin linaje, sin historia a sus espaldas, no debería estar en la torre, tan cerca del Hokage.
Kakashi entrecerró los ojos, y detrás de su máscara, su escepticismo se transformó en una atención gélida.
—¿A qué se refiere exactamente, Koharu-sama? —preguntó, cruzando una pierna sobre la otra en un gesto que pretendía ser relajado, pero que solo delataba que, por fin, sus palabras habían capturado toda su atención.
—Me refiero a que esta aldea fue construida por nombres que la alzaron a lo más alto. Los clanes, su legado y su poder, son la columna vertebral de Konoha —sus palabras caían como losas, duras y frías—. Pero ahora… ahora cualquiera puede ser ninja. Cualquiera puede aspirar a manejar los hilos del país, ¿no es cierto? No lo olvides, Kakashi: para mantener el orden, es necesario que los ninjas demuestren su valía, que prueben el peso de la sangre que llevan en las venas.
—¿Y aquellos que no vienen de un clan ninja? —preguntó Kakashi, y su voz era ahora serena y peligrosamente clara.
—Que se dediquen a otra cosa —la respuesta de Koharu fue un latigazo, tajante y sin espacio para la duda.
En ese instante, la imagen de Hikari irrumpió en la mente de Kakashi: su determinación al tomar notas, su ingenio al rastrear la verdad entre papeles polvorientos, la eficiencia silenciosa con la que se movía. Y luego, como un fantasma querido, surgió la imagen de Might Gai, su rival y mejor amigo, el ninja que, sin un solo jutsu genético a su nombre, era para él el más grande de todos.
—Creo que hemos terminado aquí —declaró Kakashi, poniéndose de pie con una calma que era más elocuente que cualquier grito.
—Kakashi, espera —intentó detenerlo Homura, alargando una mano.
Pero el Hokage ya se giraba para salir. Se detuvo un momento en el umbral, y su mirada, por encima del hombro, los envolvió en una frialdad absoluta.
—Cualquier otro asunto —dijo, y sus palabras flotaron en el aire como una orden—, pidan cita con mi asistente.
****
El agua tibia de la ducha había lavado más que el sudor y el polre; había limpiado la tensión acumulada de la semana. Hikari se secó su abundante melena rubia con la toalla, dejando que las gotas restantes dibujaran pequeños hilos oscuros sobre la tela de su camisón. Un suspiro de profundo bienestar escapó de sus labios. Esa tarde con sus amigas había sido el perfecto cierre para unos días intensos, y por primera vez, sentía con claridad que su vida en Konoha empezaba a tejer el camino que ella anhelaba.
Envolvida en la comodidad de su ropa de dormir—una camiseta holgada que le robaba la silueta y unos shorts de algodón—, se acercó al pequeño escritorio junto a su cama. Sus dedos recorrieron la lista de pendientes para los días siguientes, pero no había ansiedad en el gesto, solo una tranquila organización. La imagen del Hokage, de esos ojos sonrientes que le habían concedido su aprobación silenciosa, acudió a su mente. Un calor familiar y reconfortante se expandió en su pecho, alejando el último vestigio de frío.
—Hikari…
Un susurro áspero, como el rozar de una rama contra el vidrio.
Ella se sobresaltó, y el corazón le dio un vuelco seco contra las costillas. Al girarse, encontró la silueta familiar recortada contra la oscuridad de su ventana abierta.
—¡Souta! —logró exhalar, más un jadeo que un nombre, llevándose una mano al pecho, donde el corazón martilleaba con fuerza—. Diablos… ¿No puedes tocar la puerta como la gente normal? Casi me provocas un paro.
—Te extraño… —Su voz era una queja lastimera, y arañó la madera de la ventana con los dedos en un patético intento de dar lástima. Hikari suspiró, derrotada por la escena, y cedió, abriendo la ventana para dejarlo pasar. —¿Por qué ya no me hablas?
—Souta… —Apretó los labios, conteniendo una réplica más cortante al ver su rostro, pero de inmediato arrugó la nariz. Un hedor denso y dulzón a alcohol barato la envolvió—. ¿Estás borracho?
—Saliendo con los muchachos… después de la misión —masculló él, apoyándose con torpeza en el marco, como si sus propias piernas le fallaran—. Hikari, yo… yo solo…
—Lo siento —se apresuró a decir ella, cortándole el paso. El ninja de cabello negro la miró, desconcertado por la disculpa—. Te dije cosas muy crueles ese día. No estuvo bien de mi parte.
—Eso… eso ya no importa —farfulló, con un gesto de mano que pretendía ser despreocupado pero que solo delataba su estado. Buscó a tientas en el bolsillo de su chaleco y sacó una pequeña caja de terciopelo azul, empujándola hacia ella con dedos temblorosos.
—Souta… —musitó Hikari, con un tono de advertencia, pero fue demasiado tarde. Él, en su torpeza ebria, abrió la caja para revelar un anillo con una piedra diminuta que captó tenuemente la luz de la lámpara.
—Eres… la mujer ideal —comenzó a balbucear, con una voz espesa y poco firme—. Siempre fuiste la primera de la clase, eres hermosa, eres trabajadora… Me encantaría formar una familia con alguien como tú. Perteneces a un clan fuerte. ¡Seríamos la pareja del momento! —Hikari apretó inconscientemente los puños a sus costados, sintiendo cómo cada palabra, en lugar de halagarla, la encogía—. Mejor que esos Hyuga presumidos… Nuestros hijos serían… serían los más hermosos de la aldea. No… no puedo imaginar mi vida sin ti.
Cada sílaba sonaba hueca, como un guion aprendido de memoria que enumeraba logros y atributos, pero que olvidaba por completo mencionar a la persona que estaba frente a él.
—Mis padres eran comerciantes —comenzó a decir, con una lentitud que cargaba el peso de un recuerdo amargo. Sus ojos violetas, siempre tan lúcidos, lo miraban con una intensidad que traspasaba la neblina del alcohol—. Mi padre se metió en deudas con gente peligrosa… y lo mataron. Mi madre y yo huimos a Konoha. Por un tiempo, aquí vivimos en paz. —Su voz se quebró levemente—. Ella limpiaba casas, hacía cualquier trabajo… cualquier cosa con tal de traer algo de dinero a casa. Me inscribió en la Academia para que yo tuviera más oportunidades que ella. —Los labios le temblaban, y sus ojos se anegaron, nublandose con el agua clara de unas lágrimas que se negaba a dejar caer—. Pero esos mismos hombres… un día la encontraron. Y a ella también la mataron. Estoy completamente sola, Souta. No pertenezco a ningún clan famoso. Lo único que tengo… soy yo. Mi vida, y nada más. — Tragó saliva, conteniendo con fuerza el llanto, porque esas lágrimas, lo sabía, no valían la pena derramarlas por quien no las entendería. Miró el anillo, y luego lo clavó a él—. Dime, ¿todavía te quieres casar conmigo?
Souta sintió cómo la borrachera se le evaporaba de golpe, reemplazada por un vacío helado. Una sensación de engaño, mezquina y profunda, se apoderó de él. ¿Cómo era posible? ¿Cómo alguien sin un linaje que la respaldara podía ser tan brillante, tan perfecta en la superficie? Él siempre se había esforzado por ser el mejor de su clan, y al encontrarla, creyó haber dado con la pieza final que completaría el cuadro de la familia perfecta que anhelaba mostrar.
—Yo… —murmuró, completamente desconcertado—. Creo que… creo que debería irme a casa. —Cerró la caja de terciopelo con un chasquido seco, un sonido que sellaba el final de algo—. Hablamos… otro día, Hikari.
Ella no respondió. Solo observó, con una calma devastada, cómo se desvanecía en un cúmulo de humo, abandonando su habitación y el peso de su verdad. Cuando por fin sintió que su presencia se había disipado por completo, cuando la soledad fue absoluta y real, sus fuerzas la abandonaron. Se derrumbó sobre sí misma, abrazándose con desesperación, y por primera vez en mucho, mucho tiempo, permitió que el llanto la quebrantara. Lloró por la sonrisa de su madre, por el hogar que perdió, por la niña que tuvo que dejar de ser, hasta que el aire le faltó en el pecho y solo quedó el eco de su dolor en el silencio de la habitación.
***
A pesar de la tristeza que anidaba en su pecho como un pájaro con el ala quebrada, los días siguientes encontraron a Hikari impecable en su deber. Cada mañana, se colocaba una sonrisa con la misma meticulosidad con la que se anudaba el pelo. En cada instante que el Hokage le pedía un informe, un té o su opinión, ella volvía hacia él ese rostro sereno, asintiendo con una dulzura que parecía genuina. Era una actuación magistral, un muro de profesionalismo levantado ladrillo a ladrillo sobre los cimientos de su corazón hecho añicos. Para el mundo, especialmente para él, era la asistente eficiente y siempre amable. Para sí misma, era un eco que sonreía por inercia, sosteniéndose en la única certeza que le quedaba: su trabajo.
Durante esas semanas, la agenda del Hokage estuvo copada por reuniones protocolares con cada uno de los clanes principales. Para Hikari, lejos de ser una carga, fue una actividad que le insufló una energía nueva. La oportunidad de conocer a los legendarios líderes y las familias más prestigiosas de Konoha la entusiasmó como a una fanática de su serie favorita. Sumergirse en esas historias vivas, en las tradiciones que formaban el tejido mismo de la aldea, era un bálsamo para su espíritu.
—Estás demasiado feliz —comentó Kakashi con una leve nota de incredulidad mientras se ajustaba la pesada capa blanca. Y era cierto. A pesar de la tristeza que se aferraba a su corazón como una enredadera tenaz, una alegría genuina brotaba en ella ante la perspectiva del día. Para la ocasión, había elegido con esmero una blusa de botones hasta el cuello, con un delicado estampado floreado, y sus pantalones shinobi, ceñidos a la cintura. Mientras organizaba su bolso, Kakashi notó algo diferente: por primera vez en semanas, su característica trenza había desaparecido. En su lugar, lucía una cola de caballo alta que dejaba al descubierto la nuca y mostraba en todo su esplendor la ondulada y abundante melena rubia que caía en cascada sobre sus hombros.
—Ese estilo es nuevo —observó él, su voz casual pero su mirada perceptiva.
Hikari se detuvo en seco, sorprendida por el comentario. Un rubor inmediato tiñó sus mejillas, pero en lugar de encogerse, se irguió y giró sobre sí misma con un floreo, modelando su atuendo con una alegría que pretendía ser desenfadada.
—¡Todos los días llevo un estilo nuevo, Hokage-sama! —se rió, intentando enmascarar su timidez detrás de una ocurrencia.
—Solo que este es… más llamativo —comentó él mientras pasaba a su lado, rozándola levemente.
Las palabras, simples y secas, hicieron que el corazón de Hikari se acelerara de forma absurda. Por primera vez desde que trabajaba para él, él había… ¿había elogiado su aspecto? El golpe de euforia fue tan intenso como breve.
—Gracias… —logró murmurar, bajando la mirada hacia sus manos, una sonrisa tímida y avergonzada asomando a sus labios.
Sin embargo, cuando alzó la vista, encontró a Kakashi mirándola con una mueca de dolor exagerada, como si hubiera mordido un limón.
—Eso no era un elogio —aclaró, con una deadpan perfecta.
Hikari sintió un tic nervioso en el párpado, una mezcla de frustración y decepción instantánea. Pero entonces, lo vio: en la profundidad de su único ojo visible, brillaba esa chispa traviesa y juguetona que solo aparecía cuando estaba bromeando. Era una mirada que desmentía por completo sus palabras secas. Él la había estado tomando el pelo. De nuevo.
La primera parada fue el clan Aburame. Mientras Shikamaru y Kakashi intentaban, sin mucho éxito, disimular su profunda incomodidad —cuando no un asco apenas contenido— ante el susurro constante y el revolotear de miles de insectos que impregnaba cada rincón de la propiedad, Hikari parecía haber encontrado el paraíso.
Absorta en una conversación con la madre de Shino, escuchaba con fascinación auténtica mientras la señora le explicaba las diferencias de hábitat entre los escarabajos rinoceronte y los ciervo volante, señalando sus caparazones con un cariño maternal.
—Muchas gracias por su preocupación, Hokage-sama —dijo Shibi Aburame, tendiendo una mano solemne hacia Kakashi.
El Hokage, con la estoicidad de un hombre que se enfrenta a su destino, inhaló una bocanada de aire profunda —y quizás mentalmente se santiguó— antes de aceptar el apretón. Sabía que bajo esa piel pululaba una colonia de insectos, y cada segundo de contacto era una prueba de fuego para sus nervios.
—Es muy amable —logró articular con una voz que se esforzó por mantener neutral. Al soltar la mano, se giró de inmediato, buscando a su asistente como un náufrago busca la orilla—. Hikari-san, es hora de…
La frase murió en sus labios. Lo que vio le revolvió el estómago con una eficiencia letal.
Allí, rodeada de vitrinas con especímenes, Hikari no solo escuchaba. Era un cuadro viviente. Sobre sus manos, enguantadas o no, se paseaban escarabajos de caparazones metálicos que reflejaban la luz. Peor aún, en su abundante cabellera rubia, ahora convertida en un improvisado ecosistema, descansaban un par de ejemplares más, como si fueran horquillas vivientes y brillantes. La esposa de Shibi, lejos de horrorizarse, estaba absolutamente encantada, sonriendo con una aprobación que Kakashi solo podía calificar de terrorífica.
En ese momento, el Hokage comprendió dos cosas: que su asistente era una caja de sorpresas infinitamente más grande de lo que jamás había imaginado, y que necesitaría un baño de desinfección psicológica de, al menos, una semana.
La segunda visita fue considerablemente más tranquila. La familia Yamanaka trabajaba en estrecha relación con la torre, así que encontrarse con Ino en su florería fue un trámite casi protocolar. Mientras Kakashi hablaba con el patriarca sobre los beneficios económicos asignados al clan por su trabajo esencial en la división de Inteligencia, el aroma a tierra húmeda y jazmín envolvía el aire.
Como gesto de agradecimiento y cortesía, Ino se acercó al Hokage con una flor de un azul profundo y vibrante, cuyos gruesos pétalos se abrían en una espiral perfecta.
—Un pequeño detalle, Hokage-sama. Es rara, pero preciosa, ¿no le parece?
Kakashi asintió con una sonrisa cortés bajo la máscara, aceptando el obsequio con un murmullo de agradecimiento. Sin embargo, al salir del local y sumergirse de nuevo en la calle, extendió la flor hacia Hikari con una naturalidad absoluta, como si le pasara un documento más.
—¿Hokage-sama? —preguntó ella, confundida, un ligero rubor tiñendo sus pálidas mejillas al tomar el delicado tallo.
—No tengo dónde ponerla —explicó él, encogiéndose de hombros con despreocupación—. Si quieres, quédatela. O regálasela a alguien.
Hikari miró la flor, luego la espalda de Kakashi, que ya comenzaba a caminar, y finalmente su propio reflejo en el vidrio de una ventana. Con dedos cuidadosos, mucho más suaves de lo que cualquiera que la hubiera visto en el campo de batalla podría imaginar, acomodó la flor azul en su peinado, justo detrás de la oreja. El vibrante color contrastaba dulcemente con su melena rubia, un toque de belleza delicada que ella observó un segundo más de lo necesario antes de apresurarse a seguir a su Hokage, sintiendo el peso ligero del obsequio como si fuera una condecoración.
La visita al clan Akimichi fue una experiencia peculiar y, para el estómago, una verdadera tortura. Los recibieron con un banquete digno de un festejo de victoria, donde las mesas se hundían bajo el peso de manjares exquisitos. Hikari, que había desayunado con normalidad, miró el espectáculo culinario con un arrepentimiento profundo.
—Te lo dije ayer que no comieras hoy —murmuró Shikamaru a su lado, aprovechando que Kakashi iniciaba una conversación protocolaria con el patriarca del clan.
Hikari asintió con una mueca de dolor genuino, contemplando cómo su sentido del deber se enfrentaba a un desfile de yakitori, gyozas y montañas de arroz que parecían llamarla por su nombre.
El día siguiente los llevó a clanes de una atmósfera más serena. La reunión con el clan Sarutobi fue tan formal y predecible que Hikari, en su posición de asistente, luchó contra un pesado sopor mientras el Hokage y el líder del clan debatían sobre políticas de estado con una solemnidad que podría adormecer hasta al más entusiasta. Pestañeó con fuerza varias veces, disimulando bostezos como si estuviera en una misión de infiltración contra el aburrimiento.
Con el clan Nara, la situación fue similar en teoría, pero con un giro inesperado. El tío de Shikamaru, ahora líder del clan, dedicó largas horas a diseccionar estrategias ancestrales y a rememorar con melancolía las hazañas de su hermano, el gran Shikaku. Viendo que la charla se extendía por caminos que no requerían de su atención inmediata, Hikari se deslizó hacia un rincón donde Shikamaru observaba un tablero de shogi con expresión aburrida.
—¿Me enseñas? —preguntó en un susurro.
Shikamaru lanzó un suspiro, pero en sus ojos se encendió una chispa de interés. Era infinitamente más entretenido que escuchar a su tío.
—Es troublesome… pero bueno, agarra una pieza.
Mientras las voces de los adultos resonaban con ecos del pasado, los dedos de Hikari empezaron a mover peones de madera bajo la instrucción lacónica de Shikamaru, encontrando en el juego silencioso un refugio perfecto de la pesadez protocolaria.
Para la última visita, Kakashi le había pedido con un dejo de exasperación que ese día se presentara "menos llamativa". Hikari, creyendo seguir la instrucción al pie de la letra, llegó a la oficina convencida de su éxito. Sin embargo, al ver la mirada fija y ligeramente desconcertada de su Hokage, supo de inmediato que, una vez más, había interpretado el concepto de "discreción" a su manera.
Se había vestido con un suéter de cuello alto negro, de un corte impecable. Sus pantalones, aunque eran el modelo reglamentario de shinobi, estaban tan perfectamente ajustados a su cintura y a la larga línea de sus piernas que parecían un artículo de alta costumbre. Los aretes de perla roja y el delicado collar dorado añadían toques de sofisticación, no de ostentación. Y su cabello, suelto y sedoso, enmarcaba su rostro con un flequillo que caía con estudiada elegancia sobre una de sus cejas.
Kakashi la escaneó de arriba abajo, un suspiro silencioso escapándose bajo su máscara.
—¿Y esto… es lo más sutil que pudiste encontrar? —preguntó, incapaz de ocultar un tono de resignada incredulidad.
Ella lo miró con genuina perplejidad, sus ojos violeta brillando con inocencia.
—Pero si no estoy usando colores —argumentó, como si esa fuera la única métrica posible—. ¿Cuál es el problema, Hokage-sama?
Kakashi abrió la boca para responder, pero se detuvo. La observó de nuevo, con verdadera atención esta vez. Y comprendió que no podía rebatirla. No era estridente, ni exagerada. Era… sobria. Una sobriedad elegante, pulcra y devastadoramente consciente de su propio estilo. En comparación con sus atuendos habituales, esto era casi un uniforme de luto. Casi.
—Olvídalo —murmuró, pasando a su lado para tomar su capa del perchero. Finalmente había entendido la verdad fundamental: no importaba lo que Hikari se pusiera, ya fuera un overol holgado o un suéter negro. Su estilo no residía en la tela, sino en la forma en que la llevaba. Era una cualidad intrínseca, un magnetismo silencioso que siempre, siempre, la haría destacar.
Sin embargo, comprendió de inmediato a qué se refería Kakashi con "llamativa" cuando traspasaron el umbral del complejo Hyūga. No era su ropa lo que provocó el escrutinio, sino su propia esencia. Mientras Kakashi era recibido con una reverencia fría pero respetuosa, los ancianos del clan dirigieron sus ojos pálidos e impasibles hacia ella. No fue una mirada, fue un escaneo, un recorrido de arriba abajo cargado de una desaprobación tan silenciosa como absoluta, que hizo que cada hilo de su suéter negro pareciera gritar su indignidad. Una incomodidad punzante, como una aguja de hielo, se clavó entre sus omóplatos.
Ingenuamente, creyó que acompañaría a Kakashi en la reunión, como había hecho en todas partes. Pero los Hyūga trazaron la línea con la cortesía de una espada ceremonial.
—Este es un asunto de clanes, Hokage-sama —dijo el patriarca con una voz que no admitía réplica—. Una persona sin linaje… no podría comprender las problemáticas profundas que discutiremos.
Las palabras, dichas con una calma devastadora, la dejaron plantada en el corredor, mientras la puerta de la sala principal se cerraba tras Kakashi y Shikamaru con un golpe sordo que resonó como un portazo en su propio pecho.
El silencio que quedó fue denso y humillante. Sin otra opción, le quedó pasear por el patio interior, un jardín de una belleza austera y perfecta que de pronto se sentía como una prisión elegante. Con la cabeza baja, y un nudo de frustración y vergüenza apretándole la garganta, comenzó a patear con suavidad las piedras pulidas del sendero decorativo, perturbando la impecable disposición que parecía reflejar el orden inquebrantable del propio clan. Cada pequeña piedra que se desviaba de su lugar era un acto de rebelión minúsculo e impotente contra un sistema que la excluía por un pedigrí que jamás tendría.
Un murmullo de voces y el crujir de las esterillas anunciaron que la reunión llegaba a su fin. Hikari se apresuró a tomar su posición junto a la puerta, enderezando la espalda y componiendo su rostro en la expresión neutra y profesional del protocolo. Sin embargo, justo antes de que las puertas se deslizaran, las palabras de uno de los ancianos Hyūga se filtraron, claras y cortantes como el filo de una espada.
—Mi consejo, Hokage-sama —decía la voz, cargada de una autoridad ancestral—, es que recuerde que esta aldea fue próspera porque se fundó sobre los cimientos de clanes poderosos. Los Senju, los Hyūga, los Uchiha... fuimos nosotros quienes forjamos sus pilares. No permita que su trabajo se contamine con la influencia de personas sin reconocimiento. El poder de un líder no reside solo en su gestión, sino en el prestigio de quienes lo rodean. Rodéese de personas influyentes, de linaje probado.
Hubo un silencio breve, cargado de tensión. Luego, la voz serena de Kakashi, impasible:
—Gracias por sus palabras. Las tendré en cuenta. Hasta luego.
El corazón de Hikari se contrajo con un dolor agudo y familiar, como si una mano invisible hubiera apretado el puño alrededor de él. Cuando la puerta se abrió por completo, sus miradas se encontraron de inmediato. Pero antes de que Kakashi pudiera leer algo en su rostro, Hikari ya había ahogado el malestar bajo la marea de su sonrisa más pulcra y profesional, una máscara tan bien ajustada que ni siquiera le temblaban los labios.
—¿Qué sigue en la agenda? —preguntó él, buscando su mirada con una intención que ella eludió con maestría.
—Debemos ir a supervisar los avances de la ampliación de la biblioteca central —respondió con voz clara y dulce, manteniendo la sonrisa con los ojos entrecerrados, como solía hacer.
Fue cuando ella los abrió por completo para indicar el camino, que Kakashi lo vio. Ahí, en la profundidad de esos ojos violeta que normalmente brillaban con una curiosidad luminosa, no quedaba nada. El brillo se había apagado, reemplazado por una superficie lisa y opaca, como un lago en un día sin viento. Era el silencio después de la tormenta, y él supo, con una certeza que le pesó en el pecho, exactamente qué palabras habían apagado esa luz.
Chapter 9: Discriminación II
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El mundo giró en un vértigo de piedra y cielo. Hikari se cayó del risco, y el golpe contra el suelo le arrancó el aire de los pulmones. Yació boca arriba, mirando el cielo teñido de naranjas y púrpuras crepusculares, su pecho subiendo y bajando en jadeos irregulares. Cada músculo le gritaba, cada moretón latía al compás de su corazón acelerado.
Había decidido que la mejor forma de ahogar el zumbido de aquellos pensamientos era con pura fuerza bruta, castigando su cuerpo hasta que el agotamiento físico opacara el dolor mental. Al fin y al cabo, ella había llegado a ser quien era gracias únicamente a su esfuerzo. Se levantó con dificultad, las piernas temblorosas, las manos arañadas y sangrantes. Pero, ¿de qué servía? Una amargura profunda se filtró en su mente. ¿Qué importaba el esfuerzo si, al final, siempre habría alguien para mirarla por encima del hombro, para considerar su existencia como algo menor?
Se teletransportó a la quietud de su departamento y se dirigió directamente a la ducha. Dejó que el agua caliente, casi hirviendo, cayera sobre su nuca y hombros, lavando la tierra, el sudor y el dolor muscular. Pero no podía lavar la duda.
Mientras se masajeaba el cuero cabelludo con fuerza, como si pudiera arrancar los pensamientos de raíz, la reflexión más amarga acudió a ella: ¿Valía realmente la pena este esfuerzo desmedido? ¿No era esta obsesión por superarse, en el fondo, otra forma de sometimiento? Una aceptación tácita de las reglas de un juego que ella nunca había elegido.
"Me esfuerzo tanto... porque tengo miedo..." confesó su voz interior, frágil y clara en la intimidad de su mente. "Miedo a que me ignoren, a que me desechen, a volver a ser invisible. A que me digan que no merezco estar donde estoy. Es la condición que me han impuesto para existir socialmente, para merecer un lugar al sol."
El agua seguía cayendo, pero ahora se sentía más fría. La revelación era un tipo de cansancio mucho más profundo que el físico.
Salió de la ducha envuelta en vapor y una fatiga que iba más allá de lo físico. En ese preciso instante, su reloj comenzó a sonar, marcando con una precisión cruel la hora de levantarse para trabajar. Lo apagó con un golpe seco y automático, como enterrando la noche y todo lo que en ella había surgido.
Se vistió con la meticulosidad de un ritual. Optó por una polera de cuello redondo, negra como el carbón, y sobre ella un blaser con un estampado cuadrillé impecable. Sus pantalones, ajustados como una segunda piel, y su cabello recogido en una media cola que dejaba escapar su característico flequillo. Cada prenda era una pieza de una armadura.
Luego, llegó el toque final, el más revelador. Se sentó y, con una concentración quirúrgica, comenzó a vendarse los dedos, ocultando las heridas y raspaduras frescas bajo tiras de tela blanca. Después, tomó el maquillaje y, con pinceladas precisas, fue tapando uno a uno los moretones y rasguños visibles en sus brazos y cuello. No era vanidad. Era un camuflaje. Cada capa de base era una capa de normalidad aplicada sobre la evidencia de su batalla interna, borrando las huellas de la caída para presentar al mundo una fachada de impecabilidad inquebrantable.
Lista. La asistente perfecta estaba lista. Y nadie, mirándola, podría adivinar que bajo ese blazer de cuadros latía la piel amoratada de quien había golpeado el suelo buscando respuestas que el mundo se negaba a darle.
Llegó a la torre a la hora exacta de siempre, un reloj de precisión humana. Con movimientos automatizados por la rutina, preparó el escritorio del Hokage, alineó los informes y preparó su típico café de la mañana, dejando la taza humeante en el lugar exacto donde él la esperaba. Colocó su horario actualizado al borde del escritorio y se sumergió en el suyo, revisando pendientes y clasificando archivos con una eficiencia que era, en sí misma, un muro.
—Buenos días —anunció Kakashi al entrar, con la naturalidad de quien repite un ritual mil veces ensayado.
—¡Buenos días, Hokage-sama! —respondió ella, alzando la vista con la chispa matutina de siempre, la sonrisa perfectamente encajada en su sitio.
Sin embargo, la rutina se quebró. En lugar de dirigirse directamente a su café, Kakashi se detuvo frente a su escritorio. No fue una mirada, fue un escrutinio. Sus ojos, normalmente despreocupados, se posaron en ella con una intensidad inusual, recorriendo su rostro, su postura, como si estuviera descifrando un código en un documento clasificado. El silencio se extendió un segundo demasiado largo, lo suficiente para que la máscara de Hikari sintiera la presión.
—¿Todo bien, Hokage-sama? —preguntó, permitiendo que un dejo de genuina confusión se colara en su tono alegre.
Él parpadeó, como si regresara de un lugar lejano.
—Sí —dijo, y la palabra sonó como una losa, demasiado rápida y final. Sin añadir nada más, se giró y por fin se dirigió a su escritorio, tomando la taza de café y revisando los pendientes del día.
Pero el eco de su mirada persistía en el aire, una pregunta silenciosa que se había formulado sin palabras y que había dejado a Hikari con la incómoda sensación de que, a pesar de todos sus cuidados, algo se había delatado.
—Así que ya están los resultados de los nuevos Chūnin —comentó Kakashi, esparciendo los informes sobre su escritorio. La luz de la mañana se reflejaba en el papel blanco—. Este año fue particularmente difícil la decisión, ¿no crees?
Hikari alzó la vista de sus archivos, su interés genuino superando por un momento su ensimismamiento.
—¿Por qué lo dice, Hokage-sama?
—Mira, ven aquí —la llamó con un gesto, y se levantó para cederle espacio frente a los expedientes. Al tenderle los documentos, su mirada se desvió inadvertidamente hacia sus manos. Sus dedos, meticulosamente vendados, se movieron para recibir los papeles. Un detalle pequeño, pero que encajó con la intensidad de su mirada de esa mañana—. Fue complicado para los jueces determinar quiénes poseían las aptitudes integrales para el ascenso, más allá del poder bruto.
—¿Y quiénes son los jueces? —preguntó Hikari, sus ojos ya escaneando los nombres y antecedentes de los seleccionados, absorbida por la data.
—Una comitiva de cada aldea, para evaluar de la manera más objetiva posible a sus propios ninjas —explicó él, observándola más que los documentos.
Hikari frunció levemente el ceño, su dedo vendado recorriendo la lista.
—La gran mayoría de los ascendidos... son de clanes poderosos de la aldea —señaló, y su voz era neutral, pero su mirada se había entornado, como si estuviera viendo un patrón que la perturbaba.
Kakashi apoyó una cadera en el borde del escritorio, cruzando los brazos. Su siguiente frase fue deliberada, una piedra lanzada para probar la superficie de sus pensamientos.
—Es natural. Los clanes de la aldea, con sus técnicas hereditarias y su entrenamiento especializado, marcan las bases del estilo y la eficiencia del ninja que Konoha necesita.
Era la doctrina aceptada, la línea oficial. Pero al decirlo, buscó directamente la reacción en sus ojos violeta, esperando ver el destello de desafío, la herida que sabía que esas palabras podían abrir.
—Es una postura bastante sensata, Hokage-sama —respondió ella, devolviéndole los documentos con una sonrisa que era un modelo de aquiescencia. Era la sonrisa de una asistente que acepta la sabiduría de su superior, una máscara de acuerdo tan pulcra que resultaba exasperante. No había un ápice del fuego crítico que él, secretamente, esperaba provocar.
Kakashi soltó un suspiro silencioso, una derrota momentánea ante la impenetrabilidad de su fachada. Desvió la mirada hacia el itinerario del día, buscando un resquicio.
—¿Y qué tenemos agendado para la tarde? —preguntó, pasando el dedo por la lista de tareas.
—Hasta el momento, avanzar con los pendientes administrativos que quedaron rezagados esta mañana —recitó ella con eficiencia.
—Bien —dijo él, con una calma que anunciaba una bomba—. Borra todo lo de la tarde. Iremos a entrenar. Tú y yo.
—¿Ah? —El sonido escapó de sus labios antes de que pudiera contenerse, una genuina sorpresa que por fin quebró su compostura profesional—. Pero, Hokage-sama, no puede simplemente… ¡Es su trabajo! La torre no se dirige sola. Yo me encargo de asegurar que…
—Hasta el momento nos ha ido bastante bien —la interrumpió, su voz serena pero firme—. Y, por si se te olvidó, también soy un shinobi. Si me quedo aquí enclaustrado demasiado tiempo, me voy a oxidar. —Sus ojos se entrecerraron en una sonrisa visible, juguetona y un punto retadora—. Además, veo que tú ya adelantaste medio mes de trabajo. La gente espera que su Hokage mantenga algo de vitalidad, ¿no crees?
Hikari lo miró, atrapada entre el deber y la absurda orden. Vio la determinación en su mirada, esa chispa de travesura que le decía que no había vuelta atrás.
—Bueno… —cedió al fin, con un suspiro que era mitad resignación, mitad un hilillo de expectación que se colaba a su pesar—. Si usted lo dice.
***
Hikari tuvo que hacer una escala rápida en su departamento para cambiarse. Rebuscó en su armario hasta encontrar su ropa de entrenamiento: una polera de malla holgada bajo una sudadera deportiva desgastada y unos pantalones de tela flexible, cómodos y funcionales. Nada que ver con la elegancia calculada de su ropa de oficina.
Su jefe le había citado en la misma montaña de entrenamiento donde ella se había desahogado (y lastimado) la noche anterior. Al encontrarlo ya allí, lo vio de pie, inmóvil como una estatua, con su uniforme estándar de Jounin, impecable y severo, como si fuera a una revisión de tropas en lugar de a un entrenamiento.
—Qué bueno que viniste —dijo él, sin volverse, su mirada perdida en la línea del risco. Cuando bajó la vista hacia ella, una mueca de perplejidad genuina cruzó su rostro—. ¿Tú… entrenas así?
—Sí —respondió ella, siguiendo su mirada hacia su propia ropa, sin encontrar el problema—. Es cómoda. ¿Hay algo de malo?
—Cuando un shinobi entrena —explicó él, con un dejo de instructor experimentado, mientras su mirada recorría su atuendo de arriba a abajo—, debe usar la misma ropa que utilizaría en una misión. Para acostumbrar el cuerpo y la mente. —Su conjunto, en comparación con su propio uniforme, parecía sacado de un programa de ejercicios matutinos para civiles.
—Pero si normalmente uso esto en las misiones —argumentó Hikari, con una inocencia que podía ser real o exquisitamente fingida.
Kakashi cruzó los brazos.
—Y, como resultado, nunca pasas desapercibida.
Un brillo de pura picardía iluminó los ojos violeta de Hikari. Una sonrisa traviesa se dibujó en sus labios.
—Jamás —le guiñó un ojo, con una coquetería tan descarada que resultaba desarmante, aceptando la "acusación" como si fuera el mejor de los cumplidos.
—Bueno, comencemos con el calentamiento —concedió Kakashi, negando con la cabeza en un gesto de resignación final. Había aprendido a aceptar que su asistente era, por naturaleza, así de extravagante—. Escalaremos este risco.
—Muy bien —asintió ella con una tranquilidad que parecía sugerir que escalar un acantilado vertical era parte de su rutina matutina.
—Pero quiero intentar algo que solía hacer hace unos años —explicó él, y de su equipo sacó una larga cuerda de escalada. Hikari lo miró con curiosidad creciente mientras él se ataba un extremo a la cintura, inmovilizando deliberadamente uno de sus brazos contra el torso en el proceso—. Hace tiempo que no subo un risco usando solo una mano.
—Vaya —murmuró Hikari, observando la intrincada red de nudos—. Eso es… extremo.
Su mirada saltó entonces hacia el otro extremo de la cuerda que Kakashi le tendía. La implicación era clara.
—¿Espera que… yo también haga eso? —preguntó, un dejo de incredulidad en su voz.
Kakashi se encogió de hombros con una simpleza que resultaba casi ofensiva.
—Solo si quieres. Si no, escala como prefieras.
Y sin darle más tiempo a reconsiderarlo, se lanzó contra la roca y comenzó a ascender con una agilidad que era pura elegancia bruta, su cuerpo moviéndose con la fluidez de quien desafía la gravedad por puro capricho.
Hikari miró la cuerda que yacía en el suelo como una serpiente inerte. Se sintió profundamente lunática por siquiera considerarlo. Pero luego miró la figura que ya ganaba altura, un desafío silencioso e impulsivo, y una sonrisa temeraria se dibujó en sus labios. Al menos lo intentaría. Después de todo, lo peor que podía pasar era caer de una altura letal y morir. Y en ese momento, con el recuerdo de las palabras de los Hyūga aún frescas, esa posibilidad no le parecía tan aterradora.
Se arrepintió a los dos minutos de haber tomado la peor decisión de su vida. Escalar con una sola mano no era un entrenamiento; era un ejercicio de puro masoquismo. Cada centímetro ganado era una batalla campal. Su único ancla a la roca eran las plantas de sus pies y la presión desesperada de sus rodillas, buscando cualquier grieta mínima. Para avanzar, tenía que soltar su precario equilibrio por completo y lanzarse en un salto de fe hacia el siguiente punto de apoyo, un acto que contradecía todos los instintos de supervivencia.
—¿Cómo vas por ahí abajo? —preguntó la voz de Kakashi desde arriba, con ese tono despreocupado de quien pasea por un parque.
Hikari alzó la cabeza, gotas de sudor salpicando la roca bajo ella. Cada músculo le gritaba.
—Súper… —logró resoplar, la palabra saliendo entrecortada mientras estiraba los dedos de su mano útil hacia un saliente que parecía a kilómetros de distancia.
Así continuaron durante lo que a Hikari se le antojó una eternidad, un suplicio de agarres mínimos y saltos al vacío controlados. Cuando por fin vislumbró la cima del risco, no sintió alivio, sino una urgencia animal por terminar. Se arrastró los últimos centímetros y, al asomar la cabeza sobre el borde, se encontró con una vista inesperada: Kakashi, inclinado sobre sus rodillas, con los hombros subiendo y bajando en respiraciones profundas y cansadas. No era la imagen imperturbable del Hokage, sino la de un shinobi que había llegado al límite.
Ella, por su parte, sintió cómo el aire le quemaba los pulmones con cada exhalación, un fuego que le recorría las costillas. Con un quejido ronco que era pura determinación, Kakashi impulsó su cuerpo hacia arriba por última vez, rodando sobre la cima plana de la montaña. Hikari lo imitó, colapsando a su lado, sintiendo la roca fría contra su mejilla, demasiado exhausta incluso para celebrar.
—Por todos los dioses… —jadeó Kakashi, dejándose caer de espaldas sobre la roca con un golpe sordo. El cielo despejado era lo único que veía—. Me siento… viejo.
—¿Y a mí qué me queda entonces…? —respondió Hikari, con la voz apagada por la piedra contra su mejilla. Yacía boca abajo, cada inhalación una hazaña, cada exhalación un alivio ardiente—. No quiero ni imaginarme cómo lo hacía usted hace unos años…
Entonces, sucedió. Por primera vez en lo que parecían meses, Hikari escuchó una risa de Kakashi. No era el susurro cortés de la oficina, ni la risa seca y contenida. Era una risa cansada, que salía del pecho, ronca por el esfuerzo y completamente sincera. Un sonido puro y desprevenido.
Hikari giró la cabeza, apoyando la mejilla en la fría piedra para mirar su perfil. Ya no estaba viendo al Hokage, ni al legendario Ninja que Copia. En la relajación de sus facciones, en la curva desinhibida de su boca, solo veía a un hombre. Un hombre agotado, con una sonrisa cálida y genuina que le llegaba hasta los ojos, arrugando sus comisuras.
Y ella, sin poder evitarlo, sin pensar en protocolos o en guardar las apariencias, sintió que su propia sonrisa florecía en respuesta, amplia y cansada, un reflejo auténtico de un momento de fatiga compartida y de una humanidad redescubierta.
Pasaron el resto de la tarde sumergidos en su propio silencio concentrado, roto solo por el susurro del chakra y el crujido ocasional de la tierra bajo sus pies. Kakashi, fascinado, observó y luego preguntó sobre su peculiar teletransportación, ese movimiento que emulaba al del mismísimo Cuarto Hokage. Hikari, con los pulmones ya recuperados, le explicó que no era un verdadero espacio-tiempo, sino una ilusión de velocidad suprema: fusionaba los elementos rayo y viento en su cuerpo, imbuyéndose con una corriente electrizante que le permitía moverse a una velocidad tal que para el ojo común, simplemente desaparecía.
Satisfecha la curiosidad, Kakashi la dejó practicar en paz, retirándose a su propio espacio para ensayar los fundamentos de un nuevo jutsu de rayo. Sin el Sharingan para copiar y perfeccionar, cada técnica ahora debía ser forjada desde cero, un arsenal reconstruido para el futuro que le esperaba.
Cuando la noche empezó a teñir el cielo de índigo, él, con un gesto inesperadamente caballeroso, se ofreció a acompañarla a casa. Hikari se negó de inmediato, una sonrisa avergonzada y varias excusas rápidas sobre no querer quitarle más tiempo. Pero Kakashi no cedió. Se quedó allí, con las manos en los bolsillos y una determinación silenciosa que resultaba más convincente que cualquier argumento. Finalmente, Hikari, vencida por una extraña mezcla de incomodidad y un cálido cosquilleo en el pecho, cedió con un suspiro.
Y así, bajo las primeras luces de las farolas, Hikari y el Hokage comenzaron a caminar juntos por las calles adormecidas de Konoha, la fatiga del entrenamiento creando un puente tranquilo entre ellos.
—Te ves mejor —comentó él, sin alzar la vista de su libro, como si estuviera leyendo una línea más del texto. La naturalidad con que lo dijo hizo que las palabras calaran más hondo.
Hikari levantó la vista, sorprendida, estudiando su perfil iluminado por la tenue luz de una farola.
—Hokage-sama… —murmuró, y un rubor cálido le subió por el cuello. La vergüenza de haber sido percibida con tanta claridad se mezcló con una punzada de gratitud—. Así que se dio cuenta… Lo siento mucho.
Él cerró su libro con un gesto lento.
—¿Por qué te disculpas? —preguntó, y su tono no era de reproche, sino de genuina curiosidad.
—Porque… —Ella se frotó un brazo, sintiendo la aspereza de la tela de su sudadera bajo los dedos—. Hizo este cambio en su agenda, se llevó toda la tarde… sólo porque yo no he estado con todo el ánimo. Lamento las molestias. Creí poder ocultarlo mejor.
—No se trata de eso —replicó él, y esta vez frunció levemente el ceño, como si el concepto mismo de "molestia" le resultara equivocado—. Eres parte del equipo. Si un engranaje está desgastado, toda la máquina se resiente. Es mi trabajo preocuparme por el estado de mi equipo. —Hizo una pausa breve, y su voz bajó un tono, volviéndose más personal—. Además, después de las palabras que debiste escuchar en la mansión Hyūga, es más que obvio que te encontrarías desanimada. No hace falta ser un genio.
Hikari lo miró, y un suspiro cargado de semanas de tensión se escapó finalmente de sus labios. No era un suspiro de derrota, sino de liberación. Una sonrisa triste, pero auténtica, se dibujó en su rostro. Era la sonrisa de quien, por primera vez, se siente verdaderamente visto.
—Sólo estaba pensando en mi vida —comenzó a explicar, y las palabras, contenidas por tanto tiempo, fluyeron con una calma sorprendente—. Me esforcé tanto... Fui la primera de mi generación en cada examen. Me desgasté más que nadie, con la esperanza de forjar una vida mejor. Y, sin embargo, sólo parecía importarles cuando podía hacer algo que un ninja de clan no podía. —Alzó la vista hacia el cielo estrellado, como si las respuestas pudieran estar escritas allí—. Pero ¿es justo? ¿Vale la pena sacrificar tanto sólo para ganarse un mendrugo de reconocimiento condicionado? ¿O es esta, acaso, la forma en que la sociedad nos recuerda cuál es nuestro "lugar"?
—Yo tampoco pertenezco a un clan grande —compartió él, con una tranquilidad que amortiguaba el dolor de la confesión—. Mi "fama" inicial fue por la sombra de mi padre, y a veces, eso se sentía más como una maldición. He conocido shinobis tremendamente fuertes que se quedaron como genin para siempre, o que eligieron permanecer en las sombras. Y, curiosamente, muchos de ellos parecían... en paz con su elección.
—Entonces, ¿debo quedarme tranquila con lo que tengo? —cuestionó ella, buscando una respuesta definitiva.
Para su sorpresa, Kakashi negó lentamente. Habían llegado al complejo de departamentos, deteniéndose al pie de las escaleras que conducían a su puerta.
—Debes encontrar la tranquilidad en saber que haces las cosas bien, por ti misma —corrigió él, su voz seria—. Pero el cambio no puede recaer sólo en ti. Nosotros, los que estamos en una posición de poder, tenemos la obligación de cambiar la mirada social. Debemos construir una aldea más integradora.
—Espero con todo mi corazón que algún día sea así —respondió Hikari con una sonrisa esperanzada. Miró la escalera, y luego a él, sumida en una duda repentina. ¿Qué era lo correcto? ¿Lo cordial? —Muchas gracias... por acompañarme hasta aquí.
—No fue nada. Gracias a ti por compartir lo que piensas —respondió él, y una sonrisa sutil, pero genuina, asomó en sus ojos—. Nos vemos mañana. —Alzó la mano en un gesto de despedida.
—Hasta mañana, Hokage-sama —dijo Hikari, inclinando la cabeza en un acto reflejo de respeto.
—Y por favor, deja de ser tan formal —se quejó él, con una incomodidad casi cómica mientras empezaba a alejarse—. Me haces sentir como un anciano decrépito. Hoy subí una montaña con una sola mano, ¿recuerdas? Todavía soy joven.
—Claro que lo es —ella sonrió, un gesto amable y cálido que le nació del pecho—. Buenas noches... —Meditó las palabras en su boca, sintiendo el peso y la ligereza de lo que estaba a punto de decir. —Kakashi-san.
Él se detuvo en seco. Se volvió y la miró por un instante que a Hikari se le antojó una eternidad. No supo cómo interpretar esa mirada, un cóctel de sorpresa, curiosidad y algo más que no pudo descifrar. Luego, esa misma sonrisa sutil se dibujó de nuevo en su rostro, y alzó una vez más su mano en señal de despedida.
—Buenas noches, Hikari-san.
Y mientras él se perdía en la penumbra de la calle, Hikari se quedó al pie de las escaleras, con el eco de su nombre en el aire, pronunciado por su voz, sintiendo que algo había cambiado para ella.
*****
—Esto sí que es una locura… —masculló Yurito, pasando una mano por su cabello. La mañana siguiente los encontró en la oficina común de los ninjas de la torre, pero el ambiente distaba mucho de la rutina habitual. Kakashi había repartido carpetas abultadas, y la gran pizarra blanca no trazaba una estrategia de batalla contra un enemigo externo, sino una revolución silenciosa contra las estructuras internas de Konoha. Estaba repleta de diagramas, flechas y conceptos escritos con furia callada.
—Esto sería un cambio radical, Hokage-sama —comentó Hikari, levantando la vista del documento que releía por segunda vez, incapaz de creer lo que sus ojos veían—. Según esto… ¿propone usted eliminar los subsidios y beneficios exclusivos para los clanes?
—No se trata de eliminarlos, sino de reestructurar su propósito —aclaró Kakashi, señalando una sección de la pizarra con un marcador. Su tono era el de un estratega desglosando un plan de campaña—. He analizado a fondo la tasa de desempleo entre shinobis sin afiliación clánica, el índice de deserción en misiones de bajo rango y, lo más revelador, el nivel de escolarización dentro de la aldea. Porque, como bien saben, cualquier niño que no ingresa a la Academia Ninja debe buscar educación fuera de nuestros muros, si es que la recibe. Esa brecha —golpeó suavemente la pizarra— se termina hoy.
—Así lo estoy interpretando —intervino Shikamaru, cruzando los brazos mientras su mente, más rápida que todas, procesaba las implicaciones—. Lo que planteas es un sistema educativo universal. Una escuela base, obligatoria y gratuita, para todos los niños y niñas de Konoha, sin importar si aspiran a ser shinobis, comerciantes o agricultores.
La propuesta, ahora verbalizada, colgó en el aire de la oficina, tan pesada y cargada de potencial como un sello prohibido.
—Pero, ¿qué pasará con los clanes? —preguntó Hikari, su voz cargada de una preocupación genuina que trascendía lo personal—. Actuar con esta reforma… ¿no es peligroso? Según el archivo, para graduarse de la academia, cada clan deberá establecer sus propios estándares de aprobación, y lo mismo aplicaría para los ascensos. —Sus dedos recorrieron el texto, buscando confirmar lo que leía—. Eso no hará que el sistema quede desnivelado, favoreciendo aún más a los clanes que puedan establecer los criterios más exigentes? ¿O será, por el contrario, más difícil para ellos?
—La reforma se implementará por etapas —explicó Kakashi, trazando un diagrama de flujo en la pizarra—. La primera etapa es elevar el nivel base para aprobar en la academia. Esto, en teoría, acorta la brecha inicial, porque muchos clanes dan por sentado que sus miembros entran con ventaja. Al exigir un estándar más alto para todos desde el principio, igualamos el punto de partida. —Señaló el siguiente paso—. Luego, para el ascenso a Genin, cada clan deberá definir y hacer públicos cuáles son los requisitos mínimos e indispensables que consideran para un shinobi de primer nivel. La transparencia es clave.
—Comprendo… —Hikari asintió, lentamente. La estrategia comenzaba a cobrar sentido. No se trataba de eliminar las ventajas, sino de hacerlas visibles y exigirles un piso común más alto—. ¿Y la clasificación y asignación de misiones? Eso siempre ha sido… un punto sensible.
—Se reestructurará —afirmó él con firmeza—. La mesa de asignaciones buscará al shinobi o equipo mejor calificado para la misión, independientemente de su apellido. Sabemos que hay especialistas en rastreo sin clan que superan a cualquier Hyūga en contextos específicos, o estrategas que no son Nara. —Hizo una pausa, dejando que el ejemplo calara—. Antes se solía pedir "un Hyūga" o "un Aburame" por inercia. Ahora, se solicitará "capacidad de percepción avanzada" o "control de insectos para vigilancia". Se asignará según capacidades demostradas, no por tradición. —Su mirada se encontró con la de Hikari, y en sus ojos había una certeza profunda—. Ahora, Hikari-san, el esfuerzo individual valdrá su propio peso. No el peso de un linaje.
—¿Y cree que esto sea posible? —preguntó Yurito con una mirada de dolor. Sin embargo, Kakashi levantó su pulgar en alto confiado.
—Por supuesto.
A Hikari le aterró la tranquilidad con la que Kakashi se presentó ante el consejo. Esperaba una resistencia feroz, un muro de tradición impenetrable. Para su sorpresa, fue la Diosa de la Guerra quien rompió el hielo.
—Tiene agallas, mocoso —dijo Tsunade con una sonrisa casi orgullosa, golpeando ligeramente la mesa con los nudillos—. Los detalles de implementación necesitan ajustes, pero el fondo… el fondo es sólido. Lo apoyo.
Ese respaldo, inesperado y crucial, cambió la atmósfera de la sala.
La reunión posterior con los jefes de clan fue una marejada de emociones. Hikari, desde su lugar discreto, contuvo la respiración mientras uno a uno, los líderes daban su veredicto. Para su alivio, la mayoría aceptó la propuesta, algunos con entusiasmo cauteloso. El clan Nara, en un movimiento estratégico que solo ellos podían ejecutar, no solo la apoyó, sino que se ofreció a liderar el comité de reforma educativa, asegurando que la lógica, y no solo la fuerza, guiara el proceso.
Sin embargo, la armonía se quebró cuando tomó la palabra el patriarca Hyūga.
—Estas exigencias son… irrazonables —declaró, su voz fría como el mármol—. Bajo estos nuevos estándares, muchos de nuestros jóvenes más dedicados no lograrían graduarse. Es un insulto a nuestro legado.
Un gruñido bajo resonó en la sala antes de que Tsume Inuzuka saltara de su asiento, con Kuromaru gruñendo a su lado.
—¡Ya es suficiente! —rugió, señalando al Hyūga con un dedo acusador—. ¡Nosotros también hemos tenido que plegarnos a sus "estándares de élite" durante generaciones, presionando a nuestras crías hasta el límite! ¡Mi clan apoya esta reforma! Por fin se valorará el instinto y la lealtad por encima de unos ojos presumidos.
El aire se electrizó. La grieta entre el viejo y el nuevo mundo se había abierto, no con un susurro, sino con el rugido de una bestia y el silencio glacial de una mirada pálida.
La tensión en la sala era tan espesa que se podía cortar con un kunai. El desafío rugiente de Tsume y la fría oposición del patriarca Hyūga habían creado una fractura que parecía insalvable. Hikari contuvo el aliento, esperando la réplica que incendiaría la situación por completo.
Pero la respuesta no vino del patriarca. Una voz serena, cargada de una autoridad tranquila, se alzó desde el mismo lado de la mesa Hyūga.
—Nuestro clan aceptará las condiciones.
Todos los ojos se volvieron hacia Hiashi Hyūga, quien se había puesto de pie con una calma impasible. Su intervención fue como un cubo de agua fría sobre las brasas del conflicto.
—Tengo fe inquebrantable en la dedicación y el potencial de cada uno de los miembros del clan Hyūga —declaró, y su mirada no se dirigió a Tsume, sino al Hokage y al resto de los presentes, reclamando el terreno alto de la razón—. Aquellos que, bajo este nuevo sistema, encuentren un camino diferente… —Hizo una pausa deliberada, permitiendo que el peso de sus palabras calara—, no será un fracaso. Será la evidencia de que Konoha ofrece más de un sendero hacia una vida digna. Y ese, precisamente, es el cambio del que esta aldea ha adolecido y que ahora, por fin, necesita abrazar.
Por primera vez en toda la tensa jornada, Kakashi permitió que un suspiro de genuino alivio escapara de sus labios. No era una victoria por rendición, sino por elevación. Hiashi, con una maestría política impecable, había transformado una potencial derrota en una demostración de grandeza, dando a la reforma su respaldo más valioso e inesperado.
Una sonrisa amplia e involuntaria iluminó el rostro de Hikari. Mientras la sala aún resonaba con la trascendental decisión, ella apretó la carpeta contra su pecho, como si con ese gesto pudiera abrazar la misma esperanza que latía en su interior. Quedaba un camino largo y empinado por delante, lleno de obstáculos, pero un paso crucial, monumental, acababa de darse. El futuro de Konoha, el futuro de ninjas como ella, se vislumbraba más brillante.
Sin pensarlo, su mirada buscó instintivamente la del hombre que había hecho posible lo imposible. Sus ojos se encontraron con los de Kakashi a través de la sala. Y entonces, algo dentro de ella se estremeció. No fue solo la cálida admiración de siempre, ni la gratitud profesional. Era algo más profundo, más desordenado y confuso; una oleada de calor que le recorrió el pecho y le nubló la razón por un instante, dejando a su paso un dulce y perturbador desconcierto. Era la semilla de algo nuevo, algo que no tenía nombre y que, por primera vez, no sabía cómo clasificar.
Chapter 10: Diplomacia
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La semana se convirtió en un torbellino interminable de reuniones. El Hokage se dedicó en cuerpo y alma a promulgar la reforma, desgranándola ante cada estamento de la aldea con una paciencia que rayaba en lo sobrehumano. Cada noche, Hikari lo veía partir con los hombros un poco más caídos, y ella misma llegaba a su departamento con una sola misión: llenar una palangana con agua tibia y sumergir los pies, que acababan hinchados y doloridos tras interminables horas de permanecer de pie o sentada en interminables sesiones.
—Muchas gracias, Hokage-sama —se inclinó el director de la academia, tras una reunión particularmente extensa sobre los nuevos planes de estudio—. Espero con ansias el nuevo concurso público para director. Será un aire fresco para la institución.
Kakashi asintió con una sonrisa cansada pero genuina. Su mirada se desvió entonces hacia Iruka Umino, quien, habiendo asistido como invitado, intentaba pasar desapercibido por la puerta. Al sentir la mirada del Hokage, Iruka se tensó visiblemente, como un estudiante pillado en falta.
—Yo también lo espero —respondió Kakashi, su voz impregnada de un dejo de picardía. Le dio un apretón de manos formal al director y lo despidió con una inclinación de cabeza. Pero, en un movimiento rápido y fluido, antes de que Iruka pudiera escabullirse, extendió el brazo y lo agarró suavemente por la espalda del chaleco.
—No tan rápido, Iruka-sensei —dijo, y su tono, aunque amable, no dejaba lugar a dudas: la conversación aún no había terminado para él.
—Hokage-sama, ¿Qué ocurre? —preguntó Iruka con una sonrisa nerviosa, pero no obtuvo respuesta. En lugar de eso, Kakashi lo agarró con firmeza y lo guió de vuelta a la oficina como un remolcador arrastrando un velero recalcitrante.
Hikari, siempre leal y previsora, los siguió con una sonrisa discreta. Su atuendo del día—una musculosa negra que se ajustaba a sus curvas y un chaleco abierto y holgado—era una mezcla perfecta de practicidad y un estilo desenfadado. Su trenza estaba perfecta y su agenda, lista. Sin mediar palabra, deslizó un documento frente a un Iruka desconcertado.
—Explícame —exigió Kakashi, dejándose caer en su silla y apuntándolo con un dedo acusador— por qué tu nombre brilla por su ausencia en la lista de postulantes al concurso de director.
—Ah, es por eso… —Iruka se ajustó el chaleco, incómodo, y tomó el formulario de inscripción que Hikari le había entregado—. Son demasiados trámites, Hokage-sama. Y la verdad, no tengo el tiempo. Los chicos de la Academia cada año vienen con más energía…
—Hikari-san —llamó el Hokage, sin apartar los ojos de Iruka.
Como si estuviera esperando la señal, ella le entregó a Iruka otra carpeta, esta vez abierta en una página específica.
—Todos los documentos de respaldo ya fueron completados y revisados, Iruka-sensei —informó con voz clara y profesional—. Solo requiere su firma en la última página del formulario de inscripción para que su postulación sea oficial y válida.
Iruka miró los papeles, luego a Hikari, y finalmente a Kakashi, completamente pasmado. El trabajo tedioso que había estado evitando… ya estaba hecho.
—¿Pero… por qué…? ¿Por qué están haciendo todo esto?
La pregunta flotó en el aire, dirigida a la determinación en la mirada del Hokage y a la sonrisa satisfecha de su asistente.
—Porque tienes todo lo necesario para ser el director de esta nueva escuela —declaró Kakashi, su voz perdiendo por un momento su tono despreocupado para adquirir una seriedad absoluta—. Y más importante aún, con esta reforma en el horizonte, lo vi en tus ojos, Iruka. Brillaban. Brillaban con la misma esperanza que yo siento por un futuro diferente. Un futuro que el director actual dice querer, pero que yo necesito que alguien lideré con convicción real. No puedo permitir que esa chispa se pierda en el papeleo.
Iruka se frotó la nuca, abrumado por la intensidad de las palabras.
—Lo entiendo, Hokage-sama, pero… ¿y si no soy el mejor para el cargo? No soy un genio como algunos…
—No necesitas ser el mejor —lo interrumpió Kakashi, inclinándose hacia adelante sobre el escritorio. Su mirada era intensa, convincente—. Es más, te lo diré claramente: Yo te necesito en ese puesto. Porque si de verdad queremos que esta reforma eche raíces y no se quede en un decreto más, necesitamos aliados en las trincheras. Necesito a alguien en quien confíe ciegamente para moldear el futuro de Konoha desde sus cimientos. Y esa persona eres tú.
La habitación guardó silencio. Ya no se trataba de una oportunidad de trabajo, sino de una misión. Y Kakashi acababa de personalizarla directamente para él.
—Lo… lo pensaré —murmuró Iruka, su mirada fija en el formulario que ahora parecía pesar una tonelada. Cada letra del documento gritaba responsabilidad—. Espero… estar a la altura, Hokage-sama.
—Por supuesto —asintió Kakashi, y su sonrisa esta vez era comprensiva, sin rastro de la presión inicial—. Tómate el tiempo que necesites. Tienes claro hasta cuándo es el plazo. Cuando tu decisión esté tomada, solo entrégale el papel a Hikari-san.
—No quiero… que mi respuesta, sea una decepción —confesó Iruka, alzando por fin la vista, con el peso de la expectativa ajena nublando sus ojos habitual y llenos de calma.
Sin embargo, Kakashi se levantó, rodeó el escritorio y colocó sus manos con firmeza, pero con calma, sobre los hombros del sensei.
—Iruka —dijo, omitiendo el honorífico con una intimidad deliberada—, hacemos esto porque confiamos en usted. No en una versión perfecta e idealizada, sino en el maestro que es. —Su voz era baja, pero llena de una certeza inquebrantable—. Así que no tema decepcionarnos. Nosotros ya vemos al líder que lleva dentro.
Al retirar sus manos, Iruka no parecía menos abrumado, pero en sus ojos asomaba un nuevo destello: el de un hombre que, por primera vez, estaba considerando seriamente verse a sí mismo a través de los ojos de quienes más lo valoraban.
Cuando la puerta se cerró tras Iruka, un silencio cómplice llenó la oficina. Hikari se inclinó ligeramente hacia su jefe, quien permanecía con los brazos cruzados, una estatua de satisfacción estratégica.
—¿Cree que haya funcionado? —preguntó ella en un susurro, como si Iruka aún pudiera oírlos. Ambos mantuvieron la mirada fija en la puerta, como esperando ver a través de la madera.
—Por supuesto que funcionará —declaró Kakashi, y una sonrisa amplia y confiada se dibujó en su rostro—. Iruka es, en el fondo, un sentimental incorregible. No puede resistirse a una causa noble, especialmente cuando alguien cree en él más de lo que él cree en sí mismo. —Luego, sin siquiera mirarla, alzó la mano a la altura del hombro, con la palma abierta—. Vamos, equipo.
Hikari no pudo evitar una carcajada, un sonido claro y genuino que resonó en la habitación. Con un movimiento rápido, golpeó su palma contra la de él en un gesto de triunfo compartido.
—¡Vamos, equipo! —repitió, y por un momento, la pesadez de los documentos y la presión de las reformas se sintieron más ligeras, porque no los cargaba sola.
Las semanas se deslizaron en un torbellino de trabajo constante, pero Hikari ahora guardaba con celo sus tardes libres. A la salida de la torre, se encontraba con sus amigas y se refugiaban en el bullicio acogedor de algún restaurante, donde el humo de la parrilla y las risas se mezclaban con las confesiones de sus vidas.
—Así que, ¿tu jefe ya no es tan gruñón? —preguntó Yuta, dándole la vuelta a un trozo de carne con su palillo.
Hikari terminó de masticar una verdura, considerando la pregunta.
—Lo sigue siendo… pero conmigo ya no. O al menos, su gruñonería ahora es más… familiar.
—Es que al final vio que eres buena —afirmó Aoi con un gesto de satisfacción, como si ella misma hubiera sido parte del plan—. Y me alegra tanto que por fin hayan establecido esos parámetros para los clanes. Era algo necesario.
—Pero eso también te afecta a ti —señaló Hikari, con un dejo de preocupación en la voz.
Aoi se encogió de hombros, tomando un sorbo largo de su cerveza.
—Soy una Yamanaka, sí. Pero no quiero ser ninja toda la vida. Si mi prima Ino pudo montar su florería y ser Jōnin a la vez, ¿por qué yo no puedo soñar con mi propia cafetería? Ahora, con las nuevas opciones, quizás hasta pueda estudiar repostería.
—Qué sueño más lindo —intervino Yuta, con los ojos brillantes—. A mí… a mí me gustaría tener un equipo de genin algún día. Enseñarles, ¿sabes?
—¡Qué tierno! —se rio Hikari, señalándola con su palillo—. No te imagino siendo una mamá gallina, Yuta.
Su amiga se ruborizó hasta la raíz del cabello, escondiendo la sonrisa detrás de su vaso.
—Bueno, ¡alguien tiene que cuidarlos!
—Imagínate —dijo Aoi, con una sonrisa pícara—. Quizás hasta termines siendo como el Hokage, igual de famosa.
La conversación fluyó, y entre bromas y sueños, Hikari pudo ver el verdadero fruto de su trabajo: no eran solo documentos y reformas, sino la libertad para que sus amigas, y una nueva generación, pudieran elegir quiénes querían ser.
Sin embargo, ese sagrado límite de sus tardes libres se hizo añicos cuando su jefe apareció en su escritorio con esa chispa particular en la mirada que solo anunciaba problemas.
—Tengo una idea genial para el viaje diplomático —anunció, como si estuviera concediendo un gran honor. —Vendrás con nosotros.
Hikari sintió que el mundo se detenía.
—Pero, Hokage-sama, ese viaje está planificado hasta el más mínimo detalle desde hace meses —logró decir, con una voz que intentaba no quebrarse—. Los permisos de viaje, la composición de la escolta, las cartas de credencial... incluso llamé y envié cartas físicas a los lugares sin conexión estable. —Una oleada de desesperación burocrática la recorrió—. Pasé semanas asegurándome de que cada 'i' estuviera puntuada.
—Puedes hacer lo mismo para ti. No veo el problema en que nos acompañes —respondió él, con una sencillez que rayaba en lo ofensivo, como si los innumerables trámites que ella había superado fueran tan simples como anotar una nota en una libreta.
—El viaje... es mañana —articuló lentamente, sintiendo cómo un tic nervioso comenzaba a palpitar en su párpado—. No puedo tramitar mis permisos de salida, autorizaciones de seguridad y registro diplomático de la noche a la mañana.
Kakashi se ladeó la cabeza, genuinamente perplejo.
—¿Por qué no?
—¡Porque todos los cupos y permisos ya están asignados y sellados! —exclamó, conteniendo a duras penas un grito de frustración—. Además —añadió, apelando a su sentido de la responsabilidad—, ¿Quién va a asegurarse de que aquí no estalle el caos en su ausencia y que pueda encontrar su oficina en una sola pieza a su regreso?
—Tienes razón… —Kakashi se quedó pensativo, rascándose la barbilla bajo la máscara—. Llama a Yurito a la oficina.
—Me alegra que lo entienda, Hokage-sama —sonrió Hikari, complacida y aliviada. Se acercó al teléfono fijo de su escritorio y marcó el número con agilidad.
—Esa tenida es nueva —comentó él, con un tono casual mientras hojeaba un documento, como si el comentario se le hubiera escapado sin pensar.
Hikari no pudo contener una sonrisa más amplia mientras esperaba a que contestaran al otro lado de la línea. Efectivamente, había elegido con esmero: pantalones de tela de tiro alto ceñidos con un cinturón ancho, un suéter delgado de cuello alto adornado con discretos estampados florales y, encima, un chaleco de lana gruesa que hacía las veces de chaquetilla corta. Su cabello recogido en una cola alta dejaba su flequillo perfectamente enmarcando su rostro, y unos grandes aros redondos dorados completaban el look.
—Hola, Yurito-san. El Hokage lo necesita en la oficina, por favor —anunció con su voz más profesional antes de colgar con una cortesía impecable. Al girarse, extendió los brazos ligeramente—. Gracias. Veo que cada vez nota más mi estilo.
Kakashi la miró de arriba abajo, desde los aros hasta la punta de sus botas, y negó con la cabeza, aunque una sonrisa cansada pero genuina asomaba en sus ojos.
—Si tú lo dices… —concedió, en un tono que era una rendición cómica ante su imparable singularidad.
Yurito entró en la oficina con su habitual aire despreocupado.
—¿Me llamaba, Hokage-sama? —preguntó, completamente ajeno a la tormenta que se avecinaba.
—Sí, por favor, pasa —respondió Kakashi sin alzar la vista, como si se tratara de una consulta rutinaria sobre suministros de tinta.
—Hola, Hikari-san —saludó Yurito al pasar frente a su escritorio.
—Hola —respondió ella con una sonrisa amable pero mecánica, hundiéndose de nuevo en su silla como buscando refugio en la familiaridad de sus papeles.
—Yurito, te comento que no será necesaria tu presencia en la misión a Suna —anunció Kakashi con una tranquilidad devastadora.
Hikari ahogó un grito que se convirtió en un carraspeo forzado, llevándose una mano a la boca.
—¡Uf, qué bueno, Hokage-sama! —exclamó Yurito, con un suspiro de genuino alivio—. Odio el calor infernal que hace allá. Y lo peor es que siempre termino con las botas llenas de arena. ¡Es lo más incómodo del mundo!
—Me alegro por ti —sonrió Kakashi, asintiendo con comprensión—. Puedes retirarte.
—¡Gracias, Hokage-sama! ¡Buen viaje! —Yurito casi cantó de felicidad—. Nos vemos, Hikari-san.
—Nos…vemos —logró articular ella, con una voz estrangulada que sonaba grotescamente alegre contra su voluntad.
En cuanto la puerta se cerró, Hikari clavó una mirada de profundo dolor e incredulidad en la nuca de su jefe.
—¿Lo dice en serio? —preguntó, cada palabra cargada de un volumen de queja reprimida.
—Vamos, equipo —fue toda la respuesta que obtuvo. Kakashi alzó el puño en un gesto de ánimo vacío, sin apartar los ojos del documento que estaba firmando, ignorándola por completo.
Hikari dejó caer la cabeza sobre su escritorio con un suave golpe sordo. En ese momento, la idea de arrancarse los ojos y entregárselos en una bandeja de plata no le pareció una reacción desproporcionada.
Se quedó hasta tarde, mucho más de lo que su horario estipulaba, sumida en el caos burocrático que Kakashi había desatado con un solo comentario. Llamó al representante de Sunagakure para añadir su nombre a la comitiva a última hora, una conversación incómoda llena de disculpas y explicaciones enrevesadas. Luego, se dedicó a organizar meticulosamente los pendientes, dejando instrucciones tan detalladas que rayaban en lo profético, con la esperanza de que, en su ausencia, la torre no se sumiera en el caos absoluto.
—¿Sigues aquí? —La voz de Shikamaru, cargada de su habitual fastidio, la sacó de su trance. El Hokage había salido a su hora habitual, como si no hubiera sembrado el pánico con su "idea genial".— Supe que viajarás con nosotros.
—Increíble, ¿no? —respondió Hikari con un dejo de sarcasmo amable, tomando un largo sorbo de un café ya frío y amargo.
—A veces tiene… ocurrencias —murmuró Shikamaru, haciendo una elipsis perfecta para no decir "locuras".— Ah, y recuerda que ahora tú debes ir a buscarlo a su casa para partir.
Hikari bajó la taza y lo miró, con el agotamiento pintado en su rostro.
—¿Disculpe? ¿Qué es lo que debo hacer?
—Ese era el trabajo de Yurito —explicó Shikamaru, como si fuera la cosa más obvia del mundo—. Él siempre llega tarde, así que su única tarea productiva era pasar a recoger al Hokage para asegurarse de que no se quedara dormido. Ahora te toca a ti.
Hikari asintió lentamente, procesando esta nueva y absurda capa de responsabilidad. Un quejido silencioso escapó de sus labios mientras se tomaba el resto del café de un trago, como si el líquido oscuro pudiera darle fuerzas para enfrentar no solo una misión diplomática, sino también la tarea de ser el despertador humano de su jefe.
****
«Si no te abre la puerta en tres minutos, puedes entrar.»
La voz de Shikamaru resonaba en su mente como un mal consejo mientras Hikari ajustaba las correas de su mochila, sintiéndose como una intrusa. Estaba plantada frente a la puerta del departamento del Hokage, mirando la madera con una incomodidad que le quemaba las mejillas.
«Aquí tienes las llaves de su casa.»
Sacó el llavero del bolsillo, sintiendo el metal frío contra su palma. ¿De verdad debía hacerlo? Había golpeado la puerta, sí, pero con unos golpes tan tímidos y apresurados que apenas harían ruido contra el bullicio matutino de Konoha. Quizás por eso no había respuesta.
Un vistazo a su reloj le confirmó lo peor: se acercaba la hora de salida. Con una bocanada de aire para darse valor, introdujo la llave en la cerradura con la determinación de quien desactiva una bomba.
Y se sintió instantáneamente como la persona más tonta del mundo cuando, justo en ese momento, la puerta se abrió desde adentro.
—Ah, eres tú… —La voz de Kakashi era ronca por el sueño. Su mirada, medio cerrada y aburrida, la recorrió de arriba a abajo. Él llevaba su uniforme estándar, pero ella… ella parecía haber elegido su atuendo para una salida casual: una camisa oversize metida en shorts de mezclilla, unos aros grandes que brillaban con el sol de la mañana y una media cola que sujetaba solo una parte de su frondoso cabello rubio, dejando el resto en un desorden deliberadamente elegante.
La situación no podía ser más incómoda, ni su elección de ropa más inapropiada para lo que ella pensó que sería un viaje formal.
—Pasa —dijo él, abriendo la puerta de par en par y dejándola pasar con un gesto casual, como si recibiera a un vecino cualquiera un domingo por la mañana.
Hikari intentó articular una explicación, pero solo consiguió que su boca se abriera y cerrara en silencio, atrapada entre el protocolo y el absurdo de la situación.
—Shikamaru me… me pidió que viniera… —logró balbucear al fin, sintiendo que cada paso que daba en el interior del departamento la convertía en una intrusa, una infiltrada en la vida privada de su Hokage.
—Con razón. Qué flojo —murmuró Kakashi, ajustándose la tela de su máscara. Se dirigió a la cocina con la languidez de quien tiene todo el tiempo del mundo—. ¿Ya comiste algo?
—¡Sí, Hokage-sama! —respondió demasiado rápido, su voz un agudo poco profesional. Lo observó, atónita, mientras él servía un bol de arroz blanco humeante y colocaba con cuidado un filete de pescado a la parrilla junto a él, con una calma que contradecía por completo la hora que era—. ¿Va a… a desayunar ahora?
—Sí, desperté tarde —admitió sin el menor atisbo de prisa, sin siquiera mirarla mientras vertía la sopa de miso en un tazón—. Siéntate. Hay suficiente para los dos.
—Pero, Hokage-sama, debemos irnos —insistió ella, clavada en su sitio como un poste, sintiendo cómo cada segundo de demora le costaría caro en el itinerario—. Si quiere, puedo empacar eso para que lo coma en el camino.
Solo entonces él alzó la vista. Su mirada no era de enfado, sino de un aburrimiento profundo, como si su sugerencia fuera la idea más tediosa que había escuchado en la semana. Sin decir una palabra, ignoró por completo su propuesta. Cargó la bandeja con los alimentos y se dirigió con parsimonia a la pequeña mesa baja de su sala, colocando cada recipiente con una ceremonia exasperantemente tranquila, como si el mundo entero pudiera esperar a que él terminara su miso.
—Hokage-sama… —lo llamó de nuevo, con una nota de desesperación en la voz, pero él ya se había sentado y la ignoró por completo, tomando sus palillos con una calma insultante. A Hikari se le estaba agotando la paciencia. Ella no había pedido este viaje, y mucho menos que el itinerario perfectamente calculado se fuera al trasto por culpa de un desayuno intempestivo. —¡Hokage-sama!
—Itadakimasu —murmuró él, juntando las manos en un agradecimiento silencioso por la comida antes de llevarse el primer bocado de arroz a la boca, sordo a sus súplicas.
—Kakashi-san.
El nombre, dicho con una familiaridad cortante y cargada de frustración, cortó el aire como un shuriken.
Fue entonces cuando él, por fin, alzó la mirada. Pero no era una mirada de enfado o sorpresa. En sus ojos grises brillaba un destello de pura diversión, la chispa de un estratega cuya trampa acaba de ser activada. Hikari apretó los labios, comprendiendo de repente. Todo esto—la demora, la comida, la tranquilidad fingida—siempre había sido parte de su plan para sacarla de quicio. Pero ella no mordería el anzuelo por completo.
—Debemos irnos —declaró, con la voz ahora firme y clara—. No podemos permitirnos más retrasos.
—Lo sé —admitió él, con una serenidad que ya no lograba exasperarla, sino alertarla—. Pero ven. Siéntate y come algo. —Señaló el puesto frente a él con la punta de sus palillos—. El viaje es largo y no tendremos un descanso decente hasta la noche. Es una cuestión logística, Hikari-san. Un estómago vacío es un lastre en una misión.
Hikari lo miró fijamente, evaluando sus opciones. Luego, se agachó ligeramente, apoyando las manos en sus rodillas para quedar a su altura, y clavó sus ojos violeta en los de él.
—Si acepto comer con usted, ¿nos iremos inmediatamente después?
Kakashi posó los palillos. Y aunque la máscara ocultaba su boca, el gesto se trasladó a una sonrisa audible, a una curvatura burlona alrededor de sus ojos.
—Más rápido que un rayo…
La promesa era tentadora, pero el brillo juguetón en su mirada le decía que, probablemente, estaba haciendo un trato con el zorro más astuto de la aldea.
Se sentó con rigidez, juntó las manos murmurando un rápido itadakimasu y comenzó a comer manteniendo la mirada fija en su bol. Sabía, por instinto o por advertencia tácita, que a su jefe no le gustaba que lo observaran mientras comía. Pero en cuanto el pescado tocó su paladar, su corazón dio un vuelco. Estaba increíblemente bueno, perfectamente sazonado y con una textura que se deshacía. ¿Había acaso algo que el Hatake Kakashi no pudiera hacer con maestría? Quizás, consideró mientras tragaba, considerar la salud mental y la presión arterial de su equipo. Pero eso parecía un detalle minúsculo frente a un don culinario tan sublime.
—Gochisōsama deshita —anunció Kakashi, poniéndose de pie de repente. Recogió su vajilla con una velocidad y eficiencia que hicieron que Hikari se atragantara con el siguiente bocado.
—¿Y-ya terminó? —preguntó, con la voz alterada, siguiéndolo con la mirada mientras él se paraba en la pileta de la cocina y comenzaba a lavar su loza. —¡Espere un momento!
—Vamos muy tarde, ¿no es así? —preguntó él con un dejo de humor mal disimulado desde la cocina, el sonido del agua corriendo acentuando sus palabras.
En ese momento, cualquier elegancia se fue por la ventana. Hikari se apuró a comer lo que quedaba en su plato a una velocidad indigna, maldiciendo mentalmente el inevitable dolor de estómago que sufriría en el camino.
—Hikari-san, cuando termines, puedes traer tu plato con calma —dijo él, secándose las manos con una toalla, como si no fuera la causa directa de su indigestión inminente.
—¡Gracias por la comida! —exclamó ella, apareciendo en el marco de la puerta de la cocina con granos de arroz pegados en la mejilla y aún luchando por tragar la última y apresurada cucharada.
El contraste no podía ser más grotesco: él, impecable y sereno como si acabara de salir de una sesión de meditación; ella, una tormenta de desorden y desesperación, con granos de arroz como trofeos en su rostro y la dignidad hecha añicos por cumplir el horario que él había pisoteado con despreocupación.
Y entonces, Kakashi no pudo evitarlo. Una risa clara y sincera, que no era la habitual risa contenida o el bufido sarcástico, sino un sonido genuino de diversión, escapó de sus labios. La tensión se rompió como un hechizo.
Hikari se limpió la mejilla con el dorso de la mano, sintiendo cómo el rubor le subía desde el cuello. La vergüenza por su desastre se mezcló con una sensación extraña y cálida al verlo reír de esa manera, tan abiertamente. Era un sonido que quería guardar en un frasco, pero no sabía cómo nombrar el nudo de emociones que le producía.
—Usted se ríe a mi costa… —murmuró, haciendo un puchero involuntario, incapaz de disimular su bochorno.
Kakashi, aún con los ojos brillantes por la risa, tomó su plato y lo lavó con unos movimientos rápidos y eficientes, secándose una lágrima ficticia con el hombro.
—Puede ser… —admitió, y su sonrisa era tan visible en sus ojos que casi se podía intuir bajo la máscara—. Espérame aquí. Voy por mis cosas y salimos.
Por primera vez en toda la mañana, "salimos" sonó no como una orden, sino como una promesa de una aventura compartida.
Lo esperó en el pasillo, y él apareció detrás de ella con la misma rapidez con la que había lavado los platos, con una mochila impecablemente preparada que reflejaba su esencia ordenada y caótica a la vez.
—Dime, ¿puedes hacer tu… magia? —preguntó él, con una curiosidad genuina que sonaba casi infantil.
Ella lo miró, exhausta pero resignada, y le tendió la mano sin mediar palabra. Kakashi miró su palma abierta y luego su rostro, con un atisbo de vergüenza repentina, como si no estuviera seguro del protocolo para viajar en un relámpago personal.
—Dejé un sello de teletransportación en la puerta de la aldea… para casos de emergencia o…demoras extremas —explicó ella, con un dejo de sarcasmo en la última palabra.
La cara de Kakashi se iluminó al instante. Tomó su mano con una firmeza sorprendente.
—Siempre tan precavida. Eres un tesoro, Hikari-san.
—S-sólo…no me suelte, Hokage-sama —murmuró, desviando la mirada para ocultar el rubor que le subía por el cuello. La mano de él era sorprendentemente cálida y grande, envolviendo la suya por completo, y una electricidad muy distinta a la de su jutsu le recorrió el brazo.
—Esto promete ser emocionante —comentó él, con la voz cargada de anticipación.
—Para usted, quizás —refunfuñó ella, concentrándose en ignorar la sensación en su mano. Con la mano libre, formó una secuencia de sellos a velocidad vertiginosa. El mundo se desdibujó en un torbellino de sensaciones—el calor de su mano siendo la más persistente—y, en un parpadeo, desaparecieron del pasillo.
Reaparecieron justo frente a la gran puerta de Konoha, donde el resto del equipo los esperaba. El reloj de la torre central marcaba solo dos minutos de retraso. Un milagro logrado a costa de su desayuno, su dignidad y la persistente memoria del calor de su mano.
—Hikari.
La voz, cargada de una familiaridad fría y un dejo de acusación, cortó el aire como un cuchillo.
Ella se volvió de golpe, soltando la mano de Kakashi como si le hubiera quemado. En un instante, toda la leve complicidad, la vergüenza y la electricidad del viaje relámpago se evaporaron, reemplazadas por un frío repentino. Y supo, con una certeza que le heló la sangre, que este viaje iba a ser terriblemente largo y complicado.
No por la misión.
No por la logística.
No por el Hokage.
Sino por la única persona que la miraba con los brazos cruzados y una expresión de indignación profunda y personal grabada en el rostro.
Souta.
Chapter 11: Diplomacia II
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El rostro de Hikari se nubló al reconocer la voz. Miró al ANBU que la había llamado y no pudo disimular una mueca de desagrado cuando sus miradas se cruzaron, un destello de tensión no dicha que vibró en el aire entre ellos. Ese mínimo gesto no pasó desapercibido para la mirada perceptiva del Hokage, que archivó la información sin decir una palabra.
—Pensé que se demorarían más —comentó Shikamaru con su flema habitual, aunque con una leve sonrisa—. Ahora le debo dinero a Kotetsu.
—Hay que reconocerlo —respondió Kakashi mientras se colocaba la capa y el sombrero con una elegancia estudiada—, Es una asistente bastante convincente cuando se lo propone.
Hikari se tapó la boca con la mano que no mucho antes había sostenido la de Kakashi, intentando ocultar el rubor que le teñía las mejillas.
—Ustedes solo quieren burlarse de mí —protestó, pero su queja carecía de fuerza real.
—Es divertido, deberías unirte a las apuestas a veces —sugirió Kakashi, ajustando las correas de su mochila con una sonrisa en la voz—. Por ejemplo, este —señaló a Shikamaru con el pulgar— quiere que lleguemos rápido para no perderse los preparativos de su boda.
—¡Que no me voy a casar! —refunfuñó Shikamaru, cruzando los brazos con un rubor que le subía hasta las orejas.
—Aún… —intervino Hikari con una sonrisa pícara, recuperando parte de su agudeza habitual.
Kakashi asintió con entusiasmo, aprobando la broma al instante, y le tendió la palma para que ella la golpeara.
—Vamos, equipo —dijo, y esta vez las palabras sonaron a verdad.
El grupo inició la marcha. Souta y los otros dos ANBU se colocaron sus máscaras de faca blanco, transformándose de inmediato en guardianes anónimos e impersonales.
Hikari intentó ignorar la mirada penetrante que sentía sobre su nuca, sabiendo perfectamente de quién provenía. Comprendió, con un dejo de frustración, que ese era el escuadrón asignado para la protección cercana del Hokage, y mentalmente anotó que para la próxima misión pediría los nombres de los integrantes, no solo sus habilidades y hojas de servicio.
Aunque, debía admitirlo, si la División de Operaciones Especiales lo había sugerido, era porque Souta era excepcionalmente bueno en su puesto. La eficiencia, a veces, tenía un costo personal.
Caminaron por la senda principal a un ritmo casi pausado, sin apresurar el paso. Hikari sentía la impaciencia bullendo en sus venias. Era su primera salida diplomática y su primera vez en Sunagakure; cada fibra de su cuerpo quería avanzar, conquistar el camino. Miró a su equipo, que parecía caminar con la tranquilidad de quien tiene una eternidad por delante.
—Cuando visto la capa, debo viajar así —dijo la voz de Kakashi a su lado, como si hubiera leído la inquietud en su postura rígida—. No es solo por la ceremonia. Por algo tenemos un escuadrón de vigilancia avanzando de forma encubierta, barriendo el terreno frente a nosotros. La pompa también es una estrategia.
—Ah… —musitó ella, sorprendida. La simple caminata se cargaba de significado—. Comprendo.
—Los viajes diplomáticos no se trata sólo del destino final —prosiguió él, con el tono didáctico de quien ha hecho este recorrido mental y físico incontables veces—. El trayecto en sí mismo visibiliza la confianza que depositamos en el otro para permitirnos el acceso. Si no fuera por los acuerdos y los años de paz con las demás Aldeas Oculta, estos caminos no existirían, o estarían bloqueados y minados. —Hizo una pausa, dejando que el peso de la historia se asentara—. Pasar por aquí es, en sí mismo, un acto político. Un gesto de respeto. El Kazekage realiza el mismo trayecto, con la misma deliberada lentitud, cuando viene a Konoha. Es un diálogo silencioso que comienza mucho antes de cruzar las puertas.
—Pero, ¿lo hacemos para demostrar un poder inherente, o porque realmente respetamos a la otra nación? —preguntó Hikari, escudriñando el camino polvoriento frente a ellos como si las respuestas estuvieran escritas en la tierra.
—Antes de la Cuarta Gran Guerra, era lo primero —intervino Shikamaru, con la voz cargada del peso de las historias que le contaron—. Mi padre me hablaba de esas visitas. Cada paso era tensión, un recordatorio del poder que cada aldea podía ejercer sobre la otra. Era una serie de estrategias donde las piezas eran vidas y la intimidación era la jugada maestra. Pero ahora… ahora esa necesidad ha muerto.
—¿Están seguros de eso? —cuestionó Hikari, con un escepticismo que nacía de estudiar demasiado la naturaleza humana—. Tenemos a los dos protagonistas de esa guerra en nuestra aldea. Naruto Uzumaki, el Héroe de la Cuarta Gran Guerra Ninja, y Sasuke Uchiha, cuya sola mención altera el equilibrio geopolítico. Si yo fuera el líder de una aldea más pequeña, jamás se me ocurriría alzar la voz, no por respeto, sino por puro temor. ¿No es eso, en el fondo, otra forma de poder?
—Siempre tan ácida para diseccionar la realidad —comentó Kakashi con una sonrisa que denotaba más admiración que reproche—. Y precisamente por eso, porque tenemos a shinobis de un nivel casi mítico, al igual que otras aldeas tienen sus propios pilares, es que debemos honrar el legado del Primer Hokage. —Su voz se volvió seria—. El verdadero poder no está en amedrentar, sino en tener la fuerza descomunal y, aun así, elegir la humildad. La grandeza se mide por la contención, no por la demostración.
—Por lo que la diplomacia que Konoha busca ahora… —Hikari unió los hilos, viendo el panorama completo— es la soberanía mutua. No la sumisión por miedo, sino la cooperación por respeto genuino.
—Así es —asintió Shikamaru, con un destello de aprobación en sus ojos normalmente cansados—. El mundo cambió. Aquí, el fin ya no justifica los medios como antes. Los medios son el fin. Construir una paz verdadera es un proceso lento, y empieza con gestos como caminar despacio por el camino de un antiguo rival, confiando en que no te clavará un cuchillo por la espalda.
Hikari asintió, procesando no sólo las palabras, sino su significado más profundo. Su mirada se posó en Kakashi, y una comprensión nueva y cálida floreció en su interior. Quizás esa era una de las razones no dichas por las que él había insistido tanto en que viniera. No era solo por su eficiencia, sino para sumergirla en la filosofía misma del liderazgo que Konoha encarnaba. Cada gesto, cada paso pausado, era una lección. E intrínsecamente, al incluirla, él le demostraba que confiaba no solo en su trabajo, sino en su criterio.
Una sonrisa tímida asomó a sus labios ante la idea de que su jefe valorara su presencia de una manera que trascendía lo meramente administrativo.
Continuaron su camino hasta llegar a la frontera del País del Fuego, donde Hikari había gestionado con semanas de anticipación el alojamiento para todo el equipo. Sin embargo, al cruzar la puerta de la posada, el pánico la embargó al recordar el gran inconveniente logístico: al reemplazar a Yurito por ella a última hora, no había recalculado que eso significaría compartir la habitación más grande… con Shikamaru y, peor aún, con el Hokage.
—¿De verdad no hay absolutamente nada que pueda hacer? —preguntó a la recepcionista, con una sonrisa forzada que más parecía una mueca de desesperación.
—Lo siento, señorita, pero estamos copados. Y usted reservó la suite más grande. No tenemos otra similar con tres camas.
—Me conformo con una bodega. O un armario. ¡Con que tenga un colchón! —suplicó, ya sin dignidad.
—¿Qué pasa? —La voz serena de Kakashi sonó justo detrás de ella. Hikari se giró con un movimiento brusco, una sonrisa tensa y poco convincente estampada en el rostro.
—Es que… no alcancé a prever una pieza separada para mí —confesó, sintiendo cómo la vergüenza le quemaba las orejas.
Kakashi lanzó un suspiro largo y cargado de una resignación casi cómica.
—¿Pueden separar los tatamis con biombos? —le preguntó a la recepcionista, completamente práctico.
—Por supuesto. Podemos acomodar los futones con separaciones de madera, si gustan.
—Listo. —Se encogió de hombros, como si acabara de resolver una ecuación simple—. ¿El baño es individual?
—Así es, señor.
Kakashi se volvió hacia Hikari, con su mirada habitual de aburrimiento perpetuo.
—¿Ves? ¿De qué te preocupabas?
Ella solo pudo balbucir, completamente desconcertada por su naturalidad.
—¿…Gracias?
—De nada. Ahora, si me disculpas, quiero probar sus famosas aguas termales. —La señaló con el dedo, y una chispa de diversión cruzó por sus ojos—. Tú también deberías. Se te ve un poco… tensa. Nos vemos después.
Y con eso, se alejó dejándola plantada en la recepción, con la mente dando vueltas entre la vergüenza, el agradecimiento y la creciente sospecha de que compartir habitación con su jefe sería la parte más diplomáticamente complicada de todo el viaje.
Hikari avanzó por el pasillo con la sigilosa determinación de un shinobi en misión de infiltración. Rogaba por dentro que no se topara con Shikamaru meditando en algún rincón o, peor aún, con Kakashi en un estado de despreocupación que su mente se negaba rotundamente a imaginar. Al llegar a su habitación, dejó la mochila con rapidez, tomó la yukata de cortesía que ofrecía la posada y, con un suspiro de alivio, se encaminó hacia los baños termales.
Siguiendo el ritual al pie de la letra, se lavó con esmero en la zona de duchas antes de dar, por fin, el paso anhelado. Al sumergirse en la pileta de agua caliente al aire libre, un suspiro hondo y liberador se le escapó de los labios. El calor penetrante comenzó a disolver, uno a uno, los nudos de tensión que anudaban sus hombros y su espalda. Durante unos minutos preciados, cerró los ojos y simplemente existió, permitiendo que el vapor se llevara consigo las preocupaciones logísticas y las pequeñas incomodidades del viaje.
Pero aquella paz fue efímera. Al salir del agua, con la piel enrojecida por el calor y el espíritu renovado, se dirigió al vestuario. Justo entonces, la puerta se abrió y entró una de las kunoichi del escuadrón de vigilancia avanzada. Era alta, de figura esbelta y atlética, con el cabello negro azabache recogido en una coleta alta y unos ojos de un azul gélido y penetrante. Su porte era impecable, imponente, y por un instante, Hikari sintió solo una curiosidad natural.
Sin embargo, ese destello de curiosidad se heló en el acto. La kunoichi, al cruzar su mirada con la de Hikari, no desvió la vista. Al contrario, la recorrió de arriba abajo con una lentitud deliberada, y en aquellos ojos azules no había reconocimiento profesional, sino un desagrado nítido y personal que cortó el aire húmedo como una cuchillada.
La mirada fue tan inesperada y tan cargada de una hostilidad gratuita, que Hikari se quedó paralizada, con la yukata adherida a su piel todavía húmeda. El calor reconfortante que acababa de impregnar su cuerpo se evaporó, reemplazado por un escalofrío súbito que le erizó la piel.
¿Acaso la conocía? Y si no era así… ¿por qué aquella mujer la miraba como si su sola presencia en ese lugar fuera un insulto personal?
Al salir del área de los baños, con el cabello aún goteando y la piel conservando el calor del vapor, envuelta en la yukata, se encontró con Souta recostado contra la pared. Vestía ropa deportiva, como si hubiera estado esperándola allí desde hacía rato. Hikari lo miró con una mezcla de sorpresa y un cansancio inmediato que le pesó en los hombros, pero decidió ignorarlo y continuar hacia el pasillo que conducía a su habitación.
—Hikari —la llamó él, con una voz grave que no admitía evasivas.
Ella se detuvo, se giró y realizó una inclinación formal, fría y profesional, erigiendo una barrera instantánea entre ambos.
—Souta.
—Debemos hablar —declaró él, y ella contuvo un suspiro, cerrando los ojos un instante antes de asentir con una resignación silenciosa.
—De acuerdo.
Se dirigieron a una de las terrazas vacías del hotel. La noche era tranquila, envuelta en una calma que solo rompía el murmullo constante del agua en una fuente de piedra, llenando el silencio incómodo que se extendía entre ellos.
—Fui un idiota —confesó él después de un largo momento, clavando la mirada en las losas húmedas del suelo.
—Qué bueno que te diste cuenta —respondió ella, ajustando los brazos cruzados sobre el yukata. Su tono era plano, carente del temblor herido de antes—. ¿Era sólo eso lo que querías decirme?
—Sí y no… —Hizo una mueca, su característica barba de chivo moviéndose con el gesto—. Lo lamento. Todo. De verdad. Pero fue un lapsus, un error. Es que… no conocía tu historia.
—¿Querías casarte con alguien a quien ni siquiera conocías? —preguntó, agitando levemente la mano con una ironía amarga—. Vaya declaración.
—¡Lo nuestro es diferente! —insistió, dando un paso hacia ella. Su voz se cargó de una intensidad que en otro tiempo le habría ablandado las rodillas—. Nunca me había sentido así con nadie. Tu pasado no debería importar. Lo que importas tú, lo que somos… eso es lo único real para mí.
Hikari lo miró en silencio, y en ese momento, bajo la luz tenue de la terraza, lo vio con una claridad brutal y despiadada. Comprendió que el amor profundo que una vez sintió por él se había extinguido, no con un estallido dramático, sino con un lento y silencioso desvanecerse, como la luz al final del día.
¿Cuándo había empezado? Quizás en todas las veces que le habló con el corazón en la mano y no se sintió escuchada, o en las innumerables ocasiones en que compartió sus sueños y él los minimizó con una sonrisa condescendiente.
Se dio cuenta, con un dolor sordo, de que había dejado de amarlo mucho antes de que su relación terminara oficialmente. Lo que quedaba era solo el hábito y el eco de un sentimiento que ya no latía.
—Lo siento, Souta —murmuró, bajando la mirada hacia sus propias manos, que parecían ajenas. Ya no había rabia, solo la certeza tranquila y un poco triste de que no quedaba espacio para él en su vida, ni en su corazón—. No quiero estar contigo.
—¿Por qué? —preguntó él, con la voz quebrada por una incredulidad que sonaba a desesperación—. Si es por lo de esa noche, tienes razón, llegué borracho, no sabía lo que hacía… Pero dame otra oportunidad. Una sola. Te lo suplico.
Ella alzó la vista para encontrarse con sus ojos. No titubeó.
—No puedo. Lo siento.
—¿Acaso… estás con otro? —preguntó, y su tono cambió de la súplica a la ofensa en un instante, como si hubiera tocado un interruptor.
Hikari parpadeó, sintiendo cómo la última pizca de pena se evaporaba, reemplazada por una molestia aguda y familiar.
—¿Qué?
—Ya habías encontrado a alguien más, ¿verdad? —Se acercó otro paso, y su postura se volvió amenazante, la desesperación derritiéndose en algo más oscuro y posesivo—. Por eso todo cambió tan de repente.
—¿De qué estás hablando? —replicó Hikari, mirándolo de arriba abajo con una mezcla de ofensa y profunda incredulidad—. Como si tuviera tiempo, o ganas, de andar en otra relación. Entre el trabajo y el simple hecho de respirar, mi agenda está bastante completa, gracias.
—¡No hay otra explicación! —insistió él, elevando la voz hasta romper la tranquilidad precaria de la terraza—. Cambiaste de la noche a la mañana. Dejaste de llamar, siempre estabas ocupada, cancelabas nuestros planes… ¡Todo empezó desde que llegó esa maldita carta de aceptación de la Torre! —La señaló con un dedo acusador, su expresión distorsionada por una amarga certeza—. ¿Por qué cambiaría tanto una persona, si no es porque está revolcándose con otro?
—Hikari.
La voz no fue un grito, sino todo lo contrario. Sonó seca, plana y cortante como el filo de un kunai, imprimiendo una autoridad que pareció helar el aire de la terraza. Ella se tensó al instante, reconociendo ese tono inconfundible. Al girarse, sus ojos, aún encendidos por la furia, se encontraron con la figura serena de Kakashi en el marco de la puerta. Su pecho aún subía y bajaba de forma agitada, pero la presencia de su jefe actuó como un cubo de agua fría, clarificándolo todo.
Kakashi los observó a ambos, pero su mirada—visible esta vez—se posó finalmente en Souta con una intensidad gélida y desafiante, muy distinta a su habitual ironía relajada.
—Perdón por interrumpir —dijo, con una cortesía que sonaba más a advertencia que a disculpa—. Sé que deben estar… ocupados. Pero, Hikari-chan —agregó, moviendo la cabeza levemente en dirección al interior del hotel—, tenemos que reunirnos con Shikamaru. Ahora.
—Sí, Hokage-sama —asintió ella, aún sacudiéndose los últimos ecos del torbellino emocional. Lanzó una última mirada a Souta, cargada de un desprecio tan profundo y silencioso que casi resultaba tangible, y avanzó con paso firme hacia la puerta.
Sin embargo, justo cuando ella se giraba para marcharse, la mano de Souta se cerró con fuerza brutal alrededor de su muñeca, deteniéndola en seco. La presión era firme, casi dolorosa.
—Por favor, Hikari —suplicó, pero esta vez su voz cargaba una urgencia áspera que sonaba más a una orden desesperada que a una súplica.
Ella se soltó de un tirón seco y avanzó hacia el interior del hotel, donde Kakashi la esperaba recostado contra la pared con su aire habitual de aburrimiento perpetuo.
—No pregunte —dijo ella, antes de que pudiera abrir la boca, su tono aún cargado de la electricidad residual de la discusión.
Kakashi alzó ambas manos en un gesto de defensa inocente, aunque una sonrisa apenas perceptible asomaba bajo su máscara.
—Tampoco tenía pensado hacerlo. Con ver tu rostro es más que suficiente —comentó con una broma ligera, dejando que la tensión se desinflara como un globo.
Souta se quedó solo en la terraza, la brasa de su cigarro titilando en la oscuridad como la última lucecita de su orgullo, a punto de apagarse. Derrotado, aspiró una bocanada profunda, dejando que el humo le llenara los pulmones como si pudiera ahogar con él toda la amargura que le subía por la garganta.
—¿Por qué insistes en buscarla? —Una voz fría y clara, como agua de manantial en la noche, cortó el silencio desde detrás de él.
Souta no se volvió. Reconoció al instante la voz de aquella kunoichi de cabello negro, la misma que había observado a Hikari con un desdén glacial en los baños termales.
—Creí que teníamos algo especial… algo verdadero, ¿sabes? —masculló hacia la noche, sacudiendo la ceniza al vacío con un gesto brusco y nervioso—. Algo por lo que valía la pena luchar. Solo… solo quiero que vuelva.
La kunoichi se apoyó en la barandilla a su lado, su perfil afilado recortándose contra la luz cálida que emanaba de la posada. Una sonrisa fría, ligeramente burlona, se dibujó en sus labios.
—Deberías dejar de mirar hacia un pasado que claramente te ha dado la espalda —dijo, su voz un susurro seductor y deliberadamente venenoso—. Y empezar a observar lo que tienes alrededor, igual que, al parecer, hizo ella. Quizás lo que buscas desesperadamente no está atrás, sino justo aquí, a tu lado.
Sus palabras no eran de consuelo, sino una invitación oblicua. Una sugerencia cargada de una intención que Souta, en su estado de vulnerabilidad y rechazo, era demasiado fácil de escuchar.
***
—¿Un tren… a Konoha? —preguntó Hikari, la sorpresa logrando desplazar por un momento la ira compacta que aún hervía en su pecho. Al reunirse con Kakashi, se había forzado a tragarse todo el enojo, comprimiéndolo en un rincón oscuro y apartado de su mente. Era una profesional, y no se permitiría flaquear, al menos no delante de ellos.
—Así es —confirmó Kakashi con un aire de satisfacción. Los tres estaban ahora sentados alrededor de la mesa baja de la suite, ante los restos del sustancioso banquete que venía incluido con la habitación. La normalidad deliberada del momento—el olor a comida, el vapor del té—actuaba como un bálsamo artificial pero bienvenido—. Shikamaru ha estado puliendo hasta el último detalle de la propuesta que presentaremos mañana al Kazekage.
—¡Eso es increíble, Shikamaru-senpai! —exclamó Hikari, aplaudiendo con una alegría genuina que sirvió para ahuyentar los últimos vestigios de la tensión de su rostro—. Conectar a Suna y Konoha por ferrocarril… ¡Sería un avance monumental para el comercio y la seguridad!
—Fue un fastidio monumental, la verdad —refunfuñó Shikamaru, reclinándose contra el cojín con expresión cansada, aunque un leve brillo de orgullo en sus ojos delataba su satisfacción—. Los cálculos logísticos, las rutas, los costes… Un dolor de cabeza persistente.
—Pero un fastidio necesario —corrigió el Hokage con una sonrisa de complicidad, tomando un sorbo de su té, mientras escondía su rostro—. Y esperemos que el Kazekage esté de acuerdo. Sería un sueño hecho realidad tener, por fin, un traslado directo y seguro entre nuestras aldeas. Y mucho menos tedioso que caminar por el desierto, ¿no creen?
Mientras saboreaba los últimos bocados, sintiendo el sabor reconfortante de la comida, Hikari notó cómo el peso familiar de su trabajo y la visión clara de un futuro mejor le devolvían lentamente el equilibrio. El plan sobre la mesa, con sus mapas y cifras, era algo tangible, algo en lo que podía construir. Por ahora, el rumbo de aquel tren hipotético hacia Konoha era infinitamente más importante, y más real, que cualquier drama pasado de moda de su corazón.
Se prepararon para dormir en un silencio cómplice y cómodo. Hikari se cambió detrás del biombo, emergiendo con su atuendo habitual para dormir: unos shorts holgados y una polera oversize de algodón, tan grande que se deslizaba por uno de sus hombros, dejándolo al descubierto. Su melena rubia, suelta y todavía un poco húmeda en las puntas, caía en ondas desordenadas sobre la tela, creando una imagen de despreocupación doméstica y cansancio dulce.
Mientras, ambos hombres habían preparado sus futones uno al lado del otro, dejando para Hikari el espacio más resguardado y privado, delimitado por el biombo de madera y papel de arroz.
—¿Vas a dormir así? —preguntó Kakashi, observándola con esa mirada analítica y curiosamente intensa que siempre dedicaba a sus elecciones de vestuario, como si evaluara un intrigante pergamino táctico.
—Kakashi —lo reprendió Shikamaru al instante, con un suspiro cargado de un fastidio familiar, sin levantar la vista del libro de estrategia que sostenía.
Hikari se miró, confundida, pasando las manos por la tela suave sin encontrar nada objetable.
—¿Qué le pasa a mi ropa?
—Es que le va a dar frío —respondió Kakashi, dirigiéndose a Shikamaru con una calma que pretendía sonar a pura lógica práctica—. Estamos en la frontera con el País de la Lluvia. La humedad nocturna se filtra por las paredes. Es un dato climatológico.
—Ese no es tu asunto —replicó Shikamaru, con la exasperación de quien ha tenido alguna variante de esta conversación mil veces—. ¿Es que en la Academia no te enseñaron lo más básico sobre ser un caballero? —Y, como puntilla final, le lanzó su propia almohada a la cabeza con puntería experta.
Kakashi atrapó la almohada al vuelo con un movimiento fluido, sin inmutarse. Su mirada se encontró con la de Hikari por un instante, al costado del borde del biombo, y en sus ojos había un destello de humor pícaro y satisfecho, como si disfrutara íntimamente de haber provocado esa pequeña reacción en cadena.
Hikari les dedicó un último «Buenas noches» a ambos, sincero y cansado, justo antes de que Shikamaru apagara la lámpara, sumiendo la habitación en una penumbra azulada y serena.
Para su propia sorpresa, el sueño la venció con una rapidez absoluta; sus párpados se cerraron, arrastrados por un agotamiento físico y emocional que pesaba más que el plomo. A pesar del amargo episodio con Souta, la calma reconfortante de los baños termales y, sobre todo, las risas fáciles y la sólida camaradería de su equipo, habían calado más hondo en su espíritu. Tejiendo alrededor de su corazón un escudo silencioso, y casi inadvertido, de paz.
Durmió unas horas profundas, un sueño pesado y reparador, hasta que un escalofrío persistente comenzó a arrastrarla lentamente de regreso a la conciencia. Tiritaba sin control, con los dientes a punto de castañetear. El frío húmedo y penetrante, auténtico del País de la Lluvia, se había filtrado en la habitación como un ladrón silencioso, robando todo el calor acumulado y helándole la piel descubierta del hombro y los brazos.
—Diablos… —murmuró entre dientes, abrazándose los hombros con fuerza en la oscuridad absoluta.
Su jefe, una vez más, había tenido la molesta razón. Hacía un frío que cortaba, muy distinto al que jamás había imaginado. Había subestimado por completo el clima, asumiendo con ingenuidad que cualquier lugar cercano a Suna heredaría aunque fuera un resto de su calor abrasante. Ahora, pagaba el precio de su error con creces.
Frotó sus manos con desesperación, intentando generar algo de fricción, y luego las sopló con fuerza, pero su aliento era solo un calor fantasma, fugaz e inútil contra el frío que ya se le había instalado en los huesos.
Era imposible calentarse así, y la perspectiva de pasar las largas horas que faltaban hasta el amanecer tiritando se volvía, con cada estremecimiento, más real y profundamente desalentadora.
De no ser porque, de pronto, sintió el peso grueso y inconfundible de varias mantas adicionales descendiendo sobre ella. Se acomodaron con un cuidado exquisito, casi reverencial, como si quien lo hiciera temiera tanto despertarla como no hacerlo. La sorpresa fue tan absoluta que contuvo el aliento y levantó la cabeza en la penumbra.
Ahí estaba él. Su jefe, arrodillado junto a su futón, aún con las manos apoyadas en el borde de la manta que acababa de colocar. El perfil de su máscara y su despeinado cabello plateado eran lo único visible, bañados por el tenue resplandor de la noche que se filtraba por la ventana. Al darse cuenta de que ella lo miraba, inmóvil y con los ojos muy abiertos, su rostro se incendió en un rubor instantáneo y abrasador, agradeciendo en ese momento la oscuridad que solo lo ocultaba a medias.
—¿Mejor? —preguntó él, manteniendo la voz en un susurro ronco por el sueño, pero increíblemente suave, como si estuviera hablándole a algo frágil.
—Sí. Mucho. L-Lo siento si lo desperté —logró articular, hundiéndose aún más en el nido de telas cálidas, como si pudiera esconder allí su vergüenza y el repentino torbellino de su corazón.
—Me imaginé que podría ser eso —respondió, y ella pudo oír la sonrisa irónica, tierna y un poco arrogante, en su voz—. Me alegra saber que, al menos en lo que a previsión meteorológica se refiere, mi porcentaje de aciertos sigue siendo intachable.
—Por algo es el Hokage, ¿no? —musitó ella, y una sonrisa tímida, pequeña pero genuina, se abrió paso en sus labios. Su corazón latía a mil por hora, un tambor frenético que resonaba en sus oídos y parecía llenar el silencio de la habitación.
—Sí, quizás por eso —concedió él con un dejo de humor. Luego, en un gesto que hizo que se le cortara la respiración, posó su mano con una palmada suave, casi paternal, sobre el montón de mantas, justo a la altura de su hombro—. Descansa ahora.
—Gracias… —susurró, y la palabra se cargó con la intención de abarcarlo todo: por las mantas, por no hacerla sentir tonta, por ese cuidado silencioso, por el viaje, por verla cuando nadie más parecía hacerlo—. Por todo.
Él se incorporó con la fluidez silenciosa de un shinobi, pero sin prisa. Y antes de volver a su lado de la habitación, su respuesta llegó en un susurro tan bajo que fue solo para ella, una confidencia robada a la noche:
—No es nada.
Y en la calidez profunda que ahora la envolvía, ahuyentando cada rastro de frío, Hikari supo con una certeza que le acarició el alma, que ese "nada" lo era todo.
Chapter 12: Diplomacia III
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Y ahí estaba. Como si el universo, en su particular sentido del humor, hubiera decidido que aún no había llegado al verdadero fondo del barril de la incomodidad. Frente a ella, desempacando su equipo de viaje con movimientos bruscos y alarmantemente eficientes, estaba la misma kunoichi de cabello azabache y mirada glacial que horas antes la había escudriñado en la neblina de los baños termales con un desagrado apenas disimulado. Ahora, no solo compartirían el espacio vaporoso y efímero de un baño público, sino las mismas cuatro paredes, el mismo aire y la inquietante quietud de la noche.
¿Qué más podía salir mal, en realidad?
El día había sido una espiral descendente de despropósitos digna de una mala comedia: había caminado kilómetros con los pies empapados por una lluvia que nadie pronosticó, luego habían quedado cubiertos hasta las pestañas de la arena fina y persistente que se colaba por cada costura de la ropa, y ahora, como broche de oro, le tocaba encerrarse con alguien que parecía medir la distancia entre ellas solo para calcular el ángulo perfecto de un asesinato limpio. Solo faltaba que se declarara una plaga de insectos gigantes para que el cuadro de desdicha estuviera completo.
El universo, al parecer, no solo tenía un sentido del humor, sino uno particularmente cruel y dedicado.
El silencio en la habitación era tan denso y cortante que se podía haber tallado un senbon con él. Hikari, decidida a no ceder un ápice ante la hostilidad gratuita, respiró hondo y se armó de un valor que no sentía.
—¿Cómo te llamas? —preguntó, con una voz que intentó ser amable mientras doblaba una blusa con esmero excesivo. Era un intento de tregua, un frágil puente de seda tendido sobre lo que parecía un abismo de hielo.
—No te incumbe —fue la respuesta, seca y afilada como una hoja de afeitar, cortando el puente de un tajo antes de que tocara la otra orilla.
—Muy bien… —murmuró Hikari para sí, sintiendo cómo el rubor de la incomodidad le subía desde el cuello hasta las orejas. Plan de ser cordial, fase uno: fracaso absoluto y catastrófico, pensó, guardando la blusa con más fuerza de la necesaria en el armario que, para colmo de males, también tenían que compartir.
La kunoichi se levantó con la elegancia felina de un predador y cerró su maleta con un golpe seco que resonó en la habitación como el disparo de inicio de una batalla.
—Solo asegúrate de una cosa —dijo, clavándole una mirada gélida que parecía capaz de escucharla dónde estaba—. No te metas en mi camino. La prioridad absoluta aquí es la seguridad del Hokage, no los… sentimientos de su equipo de adorno.
—Lo sé —respondió Hikari, logrando esbozar una sonrisa tensa y falsa que le tiró de los músculos faciales como si estuvieran cosidos con hilo demasiado apretado—. Es mi prioridad también.
No hubo más palabras. La kunoichi giró sobre sus talones y salió de la habitación, cerrando la puerta con un portazo tan contundente que hizo vibrar los goznes y estremeció el aire. Hikari se dejó caer en la cama, cerrándolos ojos con fuerza. El estruendo aún resonaba en sus oídos, el eco perfecto de una misión que parecía decidida a complicársele a cada minuto.
Pero Hikari se negó, con terquedad, a dejarse aplastar por la hostilidad de una desconocida. Respiró hondo, como limpiando el aire de su interior, y con determinación abrió su agenda de trabajo. Su misión principal para hoy era clara: reunirse con uno de los ministros de Relaciones Exteriores de Sunagakure. Mientras el Hokage y Shikamaru sostendrían las cruciales conversaciones de alto nivel con el Kazekage, a ella le correspondía tejer los lazos protocolarios en un plano más operativo.
Para la ocasión, eligió con cuidado un vestido blanco de lino, holgado y de mangas amplias que se mecían con cada paso como invitando a la brisa del desierto. Estaba ceñido en la cintura por un cinturón ancho de cuero café, que definía su silueta sin restringir el movimiento, práctico y a la vez innegablemente elegante. Domó su frondoso cabello rubio en una gruesa trenza que caía sobre un hombro, y se cubrió con una estola larga y ligera de un color arena, tan eficaz para protegerse del sol implacable como para añadir un toque de gracia serena.
Caminó con paso seguro y decidido fuera del complejo de hospedaje, dirigiéndose al punto de encuentro acordado. Allí la esperaba un hombre alto vestido con el característico uniforme jounin de Suna. Tenía el cabello castaño, despeinado de manera artística por el viento constante, y un llamativo tatuaje rojo que cubría la mitad izquierda de su rostro, un marcaje tribal intrincado que parecía contar una historia de arena, supervivencia y orgullo. Al verla acercarse, una sonrisa fácil y genuina, desprovista de la tensión a la que ya estaba acostumbrada, se dibujó en sus labios.
—Tú debes ser de la comitiva de Konoha —dijo, con una voz sorprendentemente cálida y desprovista de la severidad que Hikari había empezado a dar por sentada. Tendió su mano en un gesto abierto y franco—. Me llamo Kenji.
Hikari, que hasta entonces abrazaba su libreta de notas contra el pecho como un escudo contra más imprevistos, se sintió desarmada por esa cordialidad simple y directa. Le tendió la mano con rapidez, un gesto casi reflejo de alivio.
—Un gusto —respondió, sintiendo cómo los nudos de tensión que había cargado desde la mañana comenzaban a deshacerse, uno a uno—. Soy Hikari.
Por primera vez desde que pusieron un pie en Suna, con su arena implacable y sus encuentros cargados de electricidad negativa, algo—alguien—salía bien, prometiendo un respiro genuino.
Podía confirmar que, hasta ahora, Sunagakure se estaba mostrando sorprendentemente acogedora. Kenji resultó ser un guía excepcional, dedicado y paciente, con un genuino interés en tejer lazos más allá del mero protocolo. Su primer destino fue el bullicioso mercado central, un estallido de colores vibrantes, aromas especiados y el constante y musical murmullo del regateo. Fue allí donde los vendedores, al ver su rostro nuevo y su entusiasmo desprevenido, comenzaron a ofrecerle generosas muestras de frutas exóticas, con formas y colores que jamás había visto en los puestos más templados de Konoha.
—¡Es increíblemente dulce! —exclamó Hikari con genuino deleite tras probar una pulpa anaranjada y jugosa que estalló en su boca. Animado por su reacción, el mismo vendedor, con ojos brillantes, le ofreció un pequeño fruto de piel rugosa y color terroso. Ella lo mordió con la misma confianza, y al instante, una amargura intensa y astringente le secó por completo la boca, haciendo que su rostro se contrajera en una mueca involuntaria que no pudo disimular—. ¡Ah! Este… este sabor ciertamente no se encuentra en Konoha.
—Por aquí estamos acostumbrados —explicó Kenji con una sonrisa comprensiva y un poco divertida. Con total naturalidad, tomó el resto de la fruta que ella había mordido y se la comió sin inmutarse—. Ya ves cómo es. Algunos sabores están hechos para viajar y para compartir. Y otros… son un gusto más adquirido, un patrimonio local que se queda con nosotros. Es bueno saber qué puede cruzar el desierto con su esencia intacta, y qué prefiere echar raíces solo en casa.
—Comprendo —dijo Hikari, secándose con el dorso de la mano una lágrima provocada por la intensidad del sabor amargo, aunque una sonrisa jugueteaba en sus labios—. Por nuestro lado, sé que los mercaderes de Konoha están muy interesados en la carne ovina que ustedes producen. Su calidad es, según mis informes, absolutamente inigualable. Y su lana, para nuestros inviernos húmedos, sería un tesoro.
—Muy perspicaz, señorita Hikari —asintió Kenji, y su sonrisa se tiñó de una satisfacción comercial genuina—. Es uno de nuestros productos estrella, el orgullo de nuestras praderas del norte. Ahora, la verdadera pregunta es… —hizo una pausa dramática, clavando en ella sus ojos claros— ¿qué puede ofrecer Konoha a cambio que valga tanto como nuestros rebaños y su dorado vellón?
Hikari inclinó la cabeza, un brillo de astucia profesional encendiéndose en su mirada. La conversación, que había comenzado entre risas y muecas por frutas exóticas, se transformaba con naturalidad en el verdadero corazón de la diplomacia: el delicado y esencial trueque de confianza, recursos y futuros compartidos.
—Oh, tenemos algunas ideas —respondió, su voz tomando un tono suave pero seguro—. Por empezar, nuestro acero de la Forja del Abeto Azul tiene una flexibilidad y un filo que, creo, podría interesar a sus armeros. Y luego está el asunto de las semillas de las Terrazas Verdes, seleccionadas para prosperar con poca agua… un pequeño experimento que quizás podría encontrar un hogar aquí, bajo su sol.
El ninja sonrió, una expresión que ahora parecía mezclar respeto con genuino interés.
Su siguiente parada fueron los invernaderos de investigación agrícola, una extensión sorprendente de cúpulas de cristal y acero que brillaban como diamantes líquidos bajo el sol implacable del desierto. Aquí, en este milagro de ingeniería y perseverancia, se cultivaba el futuro. Cada semestre, Konoha entregaba una partida crucial de esquejes y semillas de hierbas medicinales de sombra que Sunagakure, con su clima extremo, simplemente no podía producir en cantidad suficiente. El aire interior, al cruzar el umbral, golpeó a Hikari con su humedad pesada y fértil, cargado del aroma profundo a tierra mojada, clorofila y el dulce perfume de las flores en floración, un universo sensorial lejano al mundo árido que acababan de dejar.
—Al parecer, todo está en orden —comentó Hikari, anotando meticulosamente en su libreta mientras cotejaba el inventario recibido con los lotes etiquetados en los canteros. La precisión era un bálsamo para su mente.
—Es una ayuda que no tiene precio para nosotros —dijo Kenji, cruzando los brazos mientras observaban a los botánicos de Suna transportar las preciadas plantas con devoción—. Sinceramente, es increíble que Konoha no aproveche para subir los precios. El mercado negro pagaría fortunas por algunas de estas especies raras.
—Es un acuerdo entre aliadas, no una transacción mercantil —explicó ella, manteniendo la mirada clavada en sus notas, como si la letra impresa la anclara a la formalidad—. Lo que importa no es el beneficio inmediato, sino la fortaleza que nos brindamos mutuamente a largo plazo. Un Suna sano y autosuficiente es un aliado más fuerte para todos.
—Suena muy noble —concedió Kenji, acercándose un paso, su sombra alargándose junto a la de ella en la tierra húmeda—. Pero dime, siendo pragmáticos… ¿con qué gana Konoha entonces, si no es con monedas que suenen?
Hikari alzó por fin la vista de su libreta, encontrándose con su mirada curiosa y ligeramente desafiante.
—Exportamos otros recursos. Conocimiento, estabilidad a largo plazo, técnicas avanzadas de cultivo en ambientes controlados… —enumeró con voz serena, pero él la interrumpió con una sonrisa pícara que le arrugó la comisura de los ojos.
—Ah, ya veo —dijo, y su tono bajó, volviéndose más personal, casi un susurro confidencial que el murmullo del agua en los rieles de riego casi ahogó—. También exportan… cierto tipo de ninjas. Con un estilo diplomático particularmente… encantador.
Un rubor cálido, totalmente ajeno al clima húmedo del invernadero, subió por el cuello de Hikari. Tragó saliva, esbozando una sonrisa tensa pero divertida.
—Ese… es un producto de edición limitada y no sujeto a negociación —logró decir, cerrando su libreta con un golpe suave—. Y hablando de exportaciones, ¿no íbamos a ver los nuevos sistemas de irrigación por goteo?
Kenji rió, una carcajada clara y honesta, y asintió cediendo el paso.
—Por supuesto. Después de ti, señorita Hikari. No querría que nuestro producto estrella se marchite por exceso de… atención.
Hikari pasó frente a él, consciente de su mirada y del calor persistente en sus mejillas. El sol del desierto, se dijo, es realmente implacable. Aunque, en el fondo, sabía que el sol no tenía nada que ver.
A pesar de su comentario coqueto, la atmósfera no se volvió incómoda, sino que adquirió una calidez más familiar y relajada. Kenji, lejos de insistir, retomó su papel de guía con absoluta naturalidad, llevándola a visitar la academia y los renovados centros de estudio ninja. Mientras recorrían los amplios pasillos, resonantes con los ecos concentrados de jóvenes estudiantes, su voz se llenó de un orgullo genuino y contenido.
—El núcleo de nuestra reforma educativa es construir una sociedad cooperativa desde la base —explicaba, señalando los patios soleados donde grupos de niños de distintos orígenes entrenaban juntos en ejercicios de coordinación—. Muchos de nosotros cargamos con las cicatrices de la discriminación durante nuestra infancia. Bajo la guía del Kazekage, hemos trabajado arduamente para implementar nuevas metodologías pedagógicas y crear espacios sociales que fomenten una visión de apoyo mutuo, no de competición despiadada.
—Es un enfoque que, la verdad, es profundamente admirable. Incluso para Konoha —comentó Hikari con curiosidad sincera, impresionada por la filosofía de comunidad que parecía impregnar el ambiente—. Se siente… tangible.
—¿Qué dices? —Kenji se rió, un sonido sincero y despreocupado que atrapó la atención de un par de estudiantes que pasaban—. Muchas aldeas, incluida la nuestra, envidian a Konoha por sus avances tecnológicos y su prosperidad estable. Sois el estándar contra el que muchos nos medimos, para bien o para mal.
—Gracias —respondió ella con una sonrisa modesta, bajando la mirada un instante—. Pero todavía nos queda un largo camino por recorrer para cerrar por completo las brechas sociales. Ya no es tan evidente, pero hasta hace relativamente pocos años, no era raro que se menospreciara a alguien por su origen o por no venir de un clan con nombre. Son heridas que tardan en sanar del todo.
—Bueno —concedió Kenji con un encogimiento de hombros práctico, como si la solución fuera obvia—, cuando tienes al Héroe de la Cuarta Gran Guerra Ninja viviendo y respirando en tu aldea, un hombre que literalmente unió a todas las naciones shinobi bajo una sola bandera… discriminar a alguien por su origen se vuelve, además de mezquino, bastante ridículo, ¿no crees?
—Es… una forma muy particular, y poderosa, de verlo —respondió Hikari, ladeando la cabeza con una sonrisa pensativa. La lógica de Kenji era sorprendentemente simple, pero en su simplicidad residía una verdad contundente: a veces, el ejemplo viviente y cotidiano de un solo hombre podía ser la reforma social más efectiva de todas.
Así terminó su recorrido, con la luna ascendiendo como una moneda pálida sobre los domos geométricos de Suna, bañando la arena de plata. Kenji la dejó en la residencia con una sonrisa amplia y un agradecimiento genuino por el día compartido, un contraste tan brutal con lo que la esperaba que casi resultaba violento.
Al cruzar el umbral de su habitación, el cálido remanso de la velada se desvaneció de golpe. Su vecina, la kunoichi de mirada glacial, yacía boca arriba en su cama, absorta en la lectura de un libro bajo la luz tenue de la lámpara de cabecera. Ni un músculo se movió al escuchar la entrada de Hikari; su presencia fue ignorada con una completitud que era, en sí misma, una declaración hostil. El aire, que había estado lleno de risas y conversación, se solidificó de nuevo en ese silencio cortante que Hikari empezaba a conocer demasiado bien.
—Hola… —saludó Hikari, dejando caer la palabra en el silencio helado, esperando, quizás con una ingenuidad que ella misma reconocía, un mínimo de cortesía básica.
No hubo respuesta. Solo el leve y deliberado crujido de una página al ser pasada. Hikari suspiró, resignada, y tomó su bolso para refugiarse en el baño y realizar su rutina nocturna lejos de esa hostilidad palpable que parecía adherirse a las paredes.
Cuando salió, envuelta en una nube de vapor y con su yukata bien ajustada, la escena era idéntica: Yua seguía en la misma posición, inmutable como una estatua tallada en puro desdén.
—Voy a apagar la luz —anunció Hikari, dirigiéndose hacia el interruptor con determinación.
—¿Qué eres de Souta? —La pregunta surgió de la nada, fría, cortante y cargada de un fastidio que detuvo la mano de Hikari en el aire.
—¿Ah? —Se giró por completo, sorprendida por la brusquedad y por el tema en sí—. ¿Por qué preguntas eso? Además, ni siquiera te habías dignado a decirme tu nombre.
—Yua —soltó la palabra, como escupiendo un hueso, dejando el libro a un lado y sentándose en la cama con movimientos precisos y envarados. Sus ojos, azules y gélidos, no se apartaban de Hikari ni un instante.
—Hikari… —respondió, sintiendo que estaba entregando información en un intercambio completamente desigual y forzado.
—Ya lo sé —Yua ladeó la cabeza con una exasperación palpable—. Solo responde. ¿Qué relación tienes con él?
—Es mi ex —contestó Hikari, más como una confirmación automática que otra cosa—. ¿Y eso por qué diablos te debería importar a ti?
—Porque le haces mal —declaró Yua, como si estuviera enunciando un hecho tan obvio como la arena del desierto—. Deberías alejarte de él por completo. No deberían ni pisar el mismo continente.
—Pero si yo ni siquiera quería venir a esta misión —replicó Hikari, encontrando la acusación cada vez más absurda e injusta—. ¿Qué tengo que ver yo con lo que él siente o deja de sentir? Además, si tanto te preocupa su bienestar, ¿por qué no sales directamente con él?
—Porque todavía llora por ti —espetó Yua, con un dejo de amargura que sonaba a trago amargo—. ¿No es obvio?
—Pues eso, créeme, no es culpa mía —Hikari sintió cómo el último y delgado hilo de su paciencia se rompía con un chasquido audible—. Mira. Si lo que te preocupa es que me vaya a acercar a él otra vez, puedes quedarte tranquila. No pienso hacerlo. Yo solo vine aquí a hacer mi trabajo. No tengo tiempo, ni energía, ni el más mínimo interés en dobles intenciones.
Yua la escrutó de arriba abajo con una mirada que destilaba un desprecio meticuloso, como buscando una mentira entre los pliegues de su yukata. Luego, sin concederle una respuesta verbal, volvió a levantar su libro como si fuera un escudo infranqueable.
—Más te vale —murmuró desde detrás de las páginas, y el tono era una advertencia baja y clara.
—Rayos —suspiró Hikari para sus adentros, apagando por fin la luz y sumiendo la habitación en una oscuridad que, por primera vez, sintió como un alivio—. Pensé que eso de luchar por un hombre que ni siquiera te mira había pasado de moda. En mi experiencia, nunca, nunca vale la pena el desgaste.
—¿Qué dijiste? —la voz de Yua surgió, afilada y repentina, de la penumbra.
—Nada —respondió Hikari, levantando las manos en un gesto de paz que su compañera de cuarto no podía ver—. Absolutamente nada. Solo te estaba deseando, de todo corazón, buenas noches.
Y se hundió en su futón, rodeándose con las mantas, deseando con todas sus fuerzas que la noche pasara rápido y que esta misión interminable encontrara pronto su final.
***
La mañana siguiente, Hikari se levantó con el alba, aprovechando la quietud previa a la tormenta para repasar su presentación una y otra vez, hasta que las palabras fluyeran como un río seguro. Con mano meticulosa, incorporó los datos, anécdotas y observaciones que había recogido durante su recorrido con Kenji, transformando un informe genérico en una propuesta viva, respirando la arena y el sol de Suna. Sin perder un minuto más, se vistió con esmero y se dirigió con paso firme a la sala de conferencias.
Allí, en una mesa larga y solemne dispuesta para la ocasión, la esperaban las figuras más imponentes: el Hokage, con su serenidad habitual pero con una mirada de águila atenta, y el propio Kazekage, cuya presencia serena irradiaba una autoridad que hacía que el aire se volviera más denso. Eran, sin duda, la audiencia más importante de su carrera. Junto a ellos, en el flanco de Sunagakure, estaba Kenji, quien al verla tomar posición le dedicó una sonrisa breve pero cargada de un aliento silencioso.
Comenzó a exponer. Su voz, al principio un hilo cuidadosamente controlado, fue ganando volumen y seguridad mientras desglosaba mapas comerciales, sinergias logísticas y oportunidades de intercambio cultural que pintaban un futuro próspero. Justo cuando entraba en un punto clave sobre la optimización de los invernaderos, su mirada, casi por inercia, buscó la de Kenji. Él, de forma discreta pero absolutamente deliberada, le guiñó un ojo, un destello de complicidad instantánea que le trajo de golpe el recuerdo de su risa bajo el sol del mercado.
Un calor repentino, traicionero e incontrolable, le subió desde la base del cuello como una llama, tiñendo sus mejillas de un rojo intenso y vibrante que no pudo disimular. Fue solo un segundo, una fisura minúscula en la armadura de su profesionalismo.
Desde el otro extremo de la mesa, los ojos de Kakashi, que hasta entonces habían seguido la presentación con un interés profesional y neutral, se desplazaron con lentitud calculada: desde el rostro de su asistente, aún teñido de ese rubor traicionero, hasta el semblante del sonriente ninja de Suna.
No hubo un cambio drástico en su expresión; no frunció el ceño, ni apretó los labios, ni mostró abierta desaprobación. Solo fue un leve ajuste en su postura, un casi imperceptible endurecimiento de la línea de sus hombros, y un ligero descenso del ala de su sombrero que acentuó la sombra sobre su mirada. Era una modificación sutil, un reajuste táctico silencioso, el único indicio necesario de que nada—absolutamente nada—escapaba a su percepción exquisitamente entrenada. Y que aquel pequeño intercambio de miradas y sonrisas no había pasado, en lo más mínimo, desapercibido.
—Buen trabajo —la voz de Kakashi surgió a su lado justo cuando ella recogía los últimos papeles de su impecable presentación. Un elogio raro y, por eso mismo, que resonó con un peso especial—. Parece que la visita guiada de ayer fue… bastante ilustrativa. Se nota en los detalles.
—¡Sí, mucho! —respondió Hikari, radiante, la satisfacción del deber cumplido y el sabor del reconocimiento haciéndola brillar desde dentro. Su atuendo del día, un elegante vestido crema sin mangas con una tela drapeada y recogida en la cintura que evocaba sutilmente los tradicionales shalwar, parecía capturar y reflejar la luz dorada del desierto. Grandes aros dorados y una pulsera fina en la parte alta de su brazo completaban un look que era a la vez profesional y audazmente personal. Su cabello, recogido en un moño ajustado pero con artísticas hebras escapadas, dejaba su característico flequillo enmarcando sus ojos aún brillantes por la adrenalina—. Aprendí muchísimo ayer junto a Kenji-san. Sus perspectivas sobre las necesidades locales fueron invaluables para afinar la propuesta.
—Eso es bueno… —dijo su jefe, y en su tono ella captó un matiz nuevo, una cualidad ligeramente más plana y menos cálida de lo habitual, que no supo identificar del todo.
—Deberías aprovechar para salir a pasear —prosiguió él, cambiando de tema con suavidad—. Es nuestra última noche aquí. El aire del atardecer en el desierto tiene su propio encanto.
—Puede ser… —asintió, y ambos comenzaron a caminar, abandonando la torre administrativa—. ¿Y qué hará usted, Hokage-sama?
—Aún no lo sé —respondió, llevándose las manos a la espalda en un gesto que se había vuelto característico, ya que la túnica oficial le impedía metérselas en los bolsillos con su aire despreocupado—. Quizás siga recolectando información por los alrededores. Nunca se tiene suficiente, y los lugares revelan sus secretos cuando creen que nadie los mira.
—Usted nunca deja de trabajar —respondió ella con una sonrisa de admiración sincera, sus ojos violeta brillando con un respeto que iba más allá de lo profesional—. Es increíble, ¿sabe? Todo esto me hizo recordar lo que hablábamos durante el viaje de venida.
—¿Qué cosa en particular? —preguntó él, inclinando levemente la cabeza hacia ella.
—La relación que Konoha y Suna han forjado. Es fuerte, sí, pero también es… amable. Es cooperativa, pero también profundamente receptiva —explicaba, mientras una suave brisa jugueteaba con la tela ligera de su vestido, haciendo que los drapeados dibujaran formas efímeras—. Pero no es algo que se deba dar por sentado. Se nota que ellos cuidan sus vínculos con un fervor casi religioso, y después de ver todo ayer, supe que nosotros también lo hacemos. Es un lazo vivo. Algo que no debemos dejar que se desgaste jamás.
—Las guerras nos quitan muchas cosas, Hikari-san —comentó él, y su voz adoptó un tono más grave, el del hombre que ha visto cicatrices donde otros solo ven mapas—. Pero también enseñan lecciones caras. La verdadera diplomacia jamás debe ser una pantalla para ocultar intenciones. Debe ser un espejo claro que refleje a cada nación con honestidad, valorando sus virtudes, reconociendo sus… oportunidades de mejora y, sobre todo, respetando su soberanía y su territorio como si fuera el propio.
—Agradezco mucho haber podido venir —confesó ella, deteniéndose frente a la entrada de la residencia. Un suspiro de satisfacción profunda se mezcló con un dejo de cansancio bien ganado—. A pesar de… algunos encuentros y atmósferas un tanto incómodas.
—No todo en la vida, ni en las misiones de alto nivel, es perfecto ni cómodo —concluyó él con una sonrisa comprensiva, sin indagar en aquello que ella delicadamente no nombraba—. Pero, de nuevo, gracias por tu trabajo hoy. Fue excepcional.
Y por primera vez, ese agradecimiento no sonó a un mero cumplido protocolario o al cierre de un informe; sonó a una verdad compartida, cálida y clara como la luz del atardecer sobre la arena.
La mañana siguiente los encontró en la gran puerta de Sunagakure, con la comitiva del Kazekage formada en un despliegue de respeto para la despedida oficial. El sol, aún bajo en el horizonte, prometía otro día de calor abrasador, bañando el desierto en una luz dorada y alargando las sombras como dedos sobre la arena.
—Agradezco profundamente su visita, Hokage-sama —dijo Gaara con una serena sonrisa, tendiendo su mano a Kakashi en un gesto de respeto mutuo que era ya una tradición entre ellos.
—El agradecimiento es nuestro, Kazekage-sama —respondió Kakashi, aceptando el apretón con una inclinación de cabeza igualmente formal—. Por su hospitalidad impecable y, sobre todo, por las conversaciones fructíferas. El futuro pinta bien.
—Espero que nos volvamos a encontrar pronto.
—Eso espero yo también —asintió Kakashi, y luego, con una chispa de picardía audible solo para el círculo inmediato, añadió—: Quizás para la próxima, alguien se haya decidido finalmente a presentar la petición formal por la mano de cierta formidable kunoichi con un abanico. —Señaló sutilmente con la cabeza hacia Shikamaru.
—¡Kakashi, eres absolutamente insufrible! —protestó Shikamaru, pasándose una mano por el rostro con exasperación, mientras a su lado, Temari fingía estudiar el horizonte con intensidad, aunque las puntas de sus orejas delataban un rubor intenso. Kankuro y Gaara intercambiaron una mirada de profunda complicidad fraternal, sonriendo ante la escena con una indulgencia que solo los años de conocer a su hermana podían brindar.
Mientras tanto, Kenji se deslizó hacia Hikari con un pequeño papel doblado en la mano.
—Hikari —dijo, ofreciéndoselo con una sonrisa que iluminaba sus ojos—. Aquí tienes mi contacto personal. Me encantaría que siguiéramos en comunicación.
Ella lo miró con sorpresa, el papel blanco destacando nítidamente contra la palma de su mano. Las intenciones detrás del gesto eran tan claras y directas como el cielo despejado de Suna.
—Yo… —titubeó, buscando las palabras correctas en un torbellino de cortesía profesional y confusión personal.
—Si es mucho compromiso —intervino él, amablemente, retirando ligeramente la mano—, podrías darme el tuyo. Yo te llamaré. Será un verdadero honor mantener el contacto con una funcionaria tan brillante y… meticulosa.
—¡Claro! —asintió Hikari con entusiasmo, interpretando sus palabras en el sentido más estrictamente profesional posible. En su mente, mantener esta línea de comunicación era una extensión lógica y beneficiosa de su deber: un canal directo para fortalecer los lazos entre aldeas. Tomó su propia libreta y anotó su número con rapidez, arrancando la hoja para entregársela—. Aquí está. Gracias por todo, Kenji-san. Fue un verdadero placer trabajar a tu lado.
Mientras extendía el papel, pudo sentir, más que ver, la mirada ardiente y el movimiento incómodo de Souta entre la fila de ANBU, una silueta rígida de desaprobación a sus espaldas.
—Vámonos —la voz de su jefe cortó el aire cargado, cargada de un suspiro que parecía arrastrar consigo el peso acumulado de todos los dramas ajenos del viaje.
El equipo de Konoha realizó una última y sincera reverencia hacia sus anfitriones. Al enderezarse, Hikari guardó el número de Kenji en el bolsillo más seguro de su chaleco, un pequeño misterio sellado para el futuro, mientras daba la espalda al sol de Suna y a uno de sus shinobis más persistentes, con el corazón un poco más liviano y la mente ya navegando hacia los nuevos horizontes que habían trazado juntos.
****
La diferencia con el viaje de ida fue palpable. Esta vez, liberados de la lentitud protocolaria, el equipo de Konoha se movía a toda velocidad por el sendero, siendo solo un borrón de hojas y sombras contra el paisaje. Sin embargo, a pesar de la velocidad liberadora y la brisa fresca, Hikari podía sentir una pesada losa de mal humor impregnando el aire a su alrededor. Y lo más inquietante era que no emanaba necesariamente de Souta, quien guardaba un silencio hosco pero predecible desde unos metros atrás.
No. El origen de esa tensión gélida y punzante era otro, y avanzaba justo delante de ella.
—Hokage-sama —llamó, ajustando su salto para aterrizar a su lado con suavidad—. Según el itinerario, descansaremos en la misma posada de la frontera. ¿Desea algún cambio en el menú para la cena? La última vez pareció disfrutar particularmente el pescado a la parrilla.
—No —fue la respuesta única y cortante, sin siquiera volver la cabeza hacia ella, su mirada fija en el horizonte.
—Está bien… —Hikari entrecerró los ojos, desconcertada. Shikamaru, a unos metros a la derecha, fingió una tos seca para disimular lo que sonaba como un suspiro de profundo fastidio, claramente ignorando—o más bien, soportando—el berrinche silencioso de su superior.
Ella no se rindió. Tal vez era algo de la logística, de la agenda.
—Tenemos que revisar la planificación de esta semana. Ya tengo todo listo y priorizado en mi libreta. ¿Prefiere que lo hagamos esta noche en la posada, o prefiere esperar a estar de vuelta en la oficina? Tengo los informes preliminares de Suna también.
—Me da igual —otra respuesta evasiva, cargada de una indiferencia tan plana que resultaba más hiriente que un regaño directo.
Hikari parpadeó, varias veces, tratando de procesar la situación mientras sus pies encontraban automáticamente el siguiente punto de apoyo en una rama. Sabía que su jefe podía ser temperamental, con esos modos de niño grande y perezoso que tanto lo caracterizaban. Pero esta frialdad seca, este distanciamiento deliberado… esto era nuevo. Y lo que era peor, le parecía profundamente injusto. Ella había dado lo mejor de sí, su presentación había sido un éxito rotundo, había establecido contactos valiosos para la aldea. No se merecía este trato de hielo, y cada monosílabo que él soltaba le confirmaba que, por alguna razón incomprensible que ella ignoraba por completo, había cometido una falta imperdonable.
Cuando llegaron a la posada, Hikari decidió no forzar más las cosas. Dejó que la rutina siguiera su curso natural, como un río que busca su cauce. Se sumergió en las aguas termales, ignorando por completo la presencia gélida de Yua, quien parecía convertir el vapor en escarcha desde el otro extremo de la pileta.
Se vistió con el yukata de cortesía y observó, desde la distancia segura de un corredor, cómo Kakashi jugaba al ping pong con Shikamaru con una intensidad casi homicida, cada golpe sonando como un pequeño trueno de celulosa. Mientras, el escuadrón ANBU, incluido un Souta visiblemente tenso que sostenía su jarra como si fuera un artefacto explosivo, compartía una cerveza en un rincón del bar, fingiendo una normalidad que nadie creía.
Llegada la hora de dormir, fue la primera en llegar a la habitación. Con movimientos precisos y silenciosos, ordenó su futón detrás del biombo, alineando la almohada con una exactitud militar. Pero esta vez, en lugar de esperar pasivamente a que la atmósfera se envenenara por sí sola, se plantó en el centro exacto de la estancia, con los brazos cruzados sobre el yukata y una determinación de acero grabada en su rostro. Esperaría. Y esta vez, las cosas se aclararían, fuera cual fuera el costo para su comodidad o para el humor de nadie.
—Te gané limpio, debes aceptar la derrota con dignidad —declaró Kakashi al entrar, aún enfrascado en su discusión con Shikamaru, mientras se sacudía la chaqueta.
—Hiciste trampa en tres movimientos distintos —refunfuñó Shikamaru, pasándose una mano por el cabello con fastidio—. Usar un shunshin para desaparecer y reaparecer al otro lado de la mesa como si fueras a asesinar no es, por ninguna definición razonable, parte de las reglas del ping pong de posada.
—Shikamaru-senpai —interrumpió Hikari, con una voz tan clara y firme que cortó el aire como una hoja—, ¿puedes hacernos el favor de esperar afuera un momento? Por favor.
Ambos hombres se detuvieron en seco, girando para mirarla con idéntica sorpresa. La Hikari tímida y siempre protocolaria había desaparecido; en su lugar había una mujer con la barbilla elevada y los ojos brillando con resolución.
—¿Por qué? —preguntó Kakashi, y su tono era un desafío directo, cargado aún con la misma frialdad distante del viaje.
Shikamaru miró a Hikari, luego a Kakashi, y alzó ambas manos en un gesto de rendición instantánea y práctica.
—Yo no quiero dramas —declaró, dirigiéndose ya hacia la puerta con paso rápido—. Nos vemos en una hora. O en dos. Tómense todo el tiempo que necesiten.
—Oye, ¡no te vayas! —Kakashi hizo ademán de seguirlo, pero se detuvo en seco. No fue por las palabras, sino por la repentina y controlada oleada de chakra que emanó de Hikari. No era una amenaza violenta, sino una firmeza tan potente y contenida que hizo que el aire en la habitación se espesara de repente. Era una energía quieta que declaraba, sin lugar a dudas, que este asunto se zanjaría aquí y ahora.
Shikamaru, ya con un pie en el pasillo, lanzó una última mirada de lástima y complicidad a Kakashi.
—Buena suerte, vaquero —murmuró antes de cerrar la puerta con un clic suave, dejando a su Hokage completamente solo frente a la tormenta silenciosa y decidida que era su asistente.
—Hokage-sama —comenzó, y él tuvo que reconocer, internamente, que ese tono exageradamente formal y controlado le daba más miedo que enfrentar a un ejército enemigo desplegado—, siéntese, por favor.
Kakashi suspiró, derrotado antes de siquiera empezar la batalla, y obedeció, dejándose caer con estudiada languidez en el futón frente a ella. Hikari hizo lo mismo, cruzando las piernas con una postura impecable, sin apartar su mirada violeta de él, que ahora parecían dos fragmentos de hielo pulido bajo la luz tenue.
—Ahora —continuó, con la dulzura cortante de una hoja de papel afilada—, ¿me puede explicar, de una vez por todas, qué está pasando?
—Nada —respondió él, levantando una ceja con una indiferencia que sonaba falsa hasta en sus propios oídos.
Hikari sonrió, y él pudo ver, con perfecta claridad, un pequeño tic nervioso palpitando en su párpado izquierdo.
—Volveré a preguntar —dijo, y su sonrisa se tensó hasta resultar casi dolorosa de ver—. ¿Por qué, desde el preciso instante en que salimos de Suna, ha estado usted con esta actitud… gélida conmigo? Si usted mismo me felicitó por mi trabajo. No lo comprendo, y me está afectando.
—¿Puedes dejar de ser tan formal? —refunfuñó, buscando refugio en la queja más fácil, desviando el tema.
—¿Puedes decirme por qué estás molesto conmigo, entonces? —replicó al instante, dándole exactamente lo que pedía, pero en sus términos, sin pestañear.
Kakashi enderezó la espalda, genuinamente sorprendido. ¿Dónde estaba la asistente complaciente y siempre dispuesta a darle su espacio? Esta mujer frente a él era una estratega implacable, cerrando todos sus caminos de escape. Y entonces, él mismo se cuestionó, atrapado en su propia trampa: ¿por qué, exactamente, estaba actuando como un adolescente regañado? Su mente, rápida y contra su propia voluntad, retrocedió hasta la imagen nítida del pequeño papel doblado pasando de la mano de Kenji a la de ella, y el mismo malestar absurdo, punzante y completamente irracional, reapareció en su pecho con la fuerza de un kunai bien lanzado.
—¿Lo llamarás? —preguntó, girando la cabeza hacia ella con un gesto que era casi de niño descubierto en plena travesura, la máscara incapaz de ocultar la curiosidad ansiosa en sus ojos.
Hikari parpadeó, completamente desconcertada.
—¿A quién?
—Al… ninja de la arena —masculló, como si las palabras le quemaran la lengua y fueran difíciles de formar—. Kenji.
—Si es por asuntos de trabajo, por supuesto que sí —explicó ella, aún sin comprender el rumbo que había tomado la conversación. Pero entonces, lo vio. Una chispa fugaz de algo que parecía… ¿alivio?… cruzó por la mirada de su jefe antes de que pudiera ocultarlo—. ¿Por qué lo preguntas?
—Por nada —dijo él, y su voz cambió por completo, recuperando su tono habitual, más relajado y despreocupado. Se estiró con exageración, haciendo crujir los hombros, como si se sacudiera un peso invisible de encima—. Yo tampoco sé por qué me comporté así. Debo estar más cansado de lo que pensaba. Demos vuelta la página, ¿está bien?
Hikari entrecerró los ojos, estudiándolo con la intensidad de quien descifra un sello complicado. No se iba a salir tan fácilmente.
—¿Y mi disculpa?
Kakashi lanzó los ojos al cielo, con un suspiro teatral y largo de cansancio, y finalmente asintió, derrotado pero con gracia.
—Está bien, está bien. Lamento haberte hablado así —dijo, y luego, con una voz que recuperó su familiar tono juguetón y ligero, añadió—: ¿Me perdonas, Hikari-chan?
Juntó las manos en un gesto de ruego exagerado, inclinándose hacia adelante. Y ella, al ver por fin al hombre que conocía—irritante, brillante y fundamentalmente amable—regresar a la superficie, no pudo evitar que una sonrisa radiante, genuina y profundamente aliviada, iluminara su rostro por completo, borrando toda traza de tensión. Asintió, un simple movimiento de cabeza que lo decía todo.
—Sí, te perdono.
****
Habían pasado unas semanas desde su regreso de Suna, y la rutina en la oficina del Hokage había vuelto a su (caótica) normalidad. O eso creía Hikari, hasta que su jefe comenzó a actuar de una manera aún más extraña de lo común, lo que, tratándose de él, era un logro notable.
—¿Puedes… gestionar que instalen un teléfono? —preguntó de pronto, sin levantar la vista de un aburrido informe sobre impuestos al arroz, como si estuviera comentando el clima.
Hikari dejó de escribir en seco y lo miró fijamente, tratando de descifrar el código oculto detrás de esa solicitud aparentemente inocua.
—¿Qué quiere decir con eso? ¿Un teléfono dónde, exactamente?
Kakashi murmuró algo que sonó como “mmlarrmph” dirigido directamente a la superficie de su escritorio.
—No le escuché, Hokage-sama —insistió ella, inclinándose ligeramente hacia adelante.
—¡En mi casa! —repitió él, un poco más fuerte, y Hikari pudo jurar que el borde de su máscara y la punta de sus orejas adquirían un tinte rosado—. ¿Se puede gestionar o no?
Ella parpadeó, completamente desconcertada. El mismo hombre que consideraba el Icha Icha como la cumbre de la literatura mundial y cuya idea de socializar era esconderse en la copa de un árbol a leer, ahora pedía un aparato de comunicación doméstico.
—Sí, claro que se puede, pero… ¿para qué quiere un teléfono en su casa? Usted siempre dice que si es urgente, lo encuentran igual.
Kakashi se removió incómodo en su silla, girándola unos grados para evitar su mirada escrutadora.
—¿Qué pasa? ¿Acaso un hombre no puede querer modernizarse? —protestó, defendiéndose de una acusación que ella no había hecho—. Kurenai no puede salir tanto últimamente porque está criando a Mirai, es agotador. Llamarla de vez en cuando para ver cómo está… no le veo lo malo. Es ser un buen amigo.
La imagen del Hokage, el Shinobi que Copia, legendario y elusivo, haciendo llamadas de cortesía para chismear amablemente sobre pañales y siestas de bebé era tan surrealista que a Hikari le costó varios segundos procesarla sin que se le escapara una risa.
—Está bien… —asintió lentamente, arrastrando las palabras, sin estar para nada convencida de que esa fuera la razón completa ni por asomo—. Lo gestionaré. Presentaré la solicitud a Servicios Técnicos esta misma tarde.
La mirada de Kakashi se iluminó de inmediato sobre el aburrido informe, como si hubiera anunciado una tregua perpetua.
—¿En serio? ¿Lo harás?
Hikari se puso de pie, juntó las manos con formalidad exagerada y realizó una reverencia burlona que casi rozaba el suelo.
—Como usted ordene, Hokage-sama. Su deseo de…expandir sus horizontes de comunicación y socialización telefónica es una orden para mí. Que la modernidad lo alcance, incluso en la soledad de su hogar.
Él lanzó un gruñido bajo, fingiendo ofenderse, pero no pudo disimular cómo la comisura de sus ojos se arrugaban en una sonrisa genuina y aliviada. Era un misterio, sin duda—uno extraño, costoso y probablemente relacionado con algo que él jamás admitiría—, pero al menos era un misterio que venía con una factura de instalación y un formulario en triplicado, y no con un drama diplomático o una mirada que le helara la espalda.
Chapter 13: Amor
Chapter Text
La primavera había llegado a Konoha, y con ella, un torbellino de pétalos de cerezo y caos administrativo absoluto. Naruto Uzumaki, el héroe de la aldea, había pedido formalmente la mano de Hinata Hyūga, y la noticia, aunque esperada, había detonado una bomba logística en la oficina del Hokage. Gestionar la boda más importante de la última década no era tarea sencilla; era un asunto de estado disfrazado de celebración.
Su jefe, Kakashi, estaba visiblemente...agotado.
Las ojeras bajo sus ojos parecían más profundas, y su postura habitual de despreocupación se había quebrado bajo el peso de los catálogos de flores, las muestras de tela y los interminables menús de banquete. Lo habían visto entrar y salir de la Mansión Hyūga más veces en una semana que en todo el año anterior, cada vez con una expresión más cercana al terror resignado.
Y Hikari lo sabía mejor que nadie, porque había tenido que acompañarlo durante dos horas interminables en la pedida de mano formal. Naruto, nervioso y sudoroso, necesitaba el respaldo físico y moral del Hokage frente al imponente Hiashi Hyūga. Kakashi, atrapado entre el rubio que balbuceaba y el patriarca Hyūga cuya mirada podía helar el sol, se había convertido en un mudo y incómodo testigo, un apoyo moral con forma de hombre. Hikari, desde un discreto segundo plano, tomó notas mentales de cada incómodo silencio y cada sonrisa tensa, sintiendo una mezcla de lástima y un humor negro que se esforzaba por contener.
El escritorio del Hokage, que normalmente estaba lleno de informes de misión y mapas estratégicos, ahora estaba invadido por muestrarios de colores para el "blanco hueso" o "blanco nieve" de los manteles, y el susurro constante de las agujas del reloj sonaba como una cuenta regresiva hacia el día final.
—Me recuerdas… ¿Por qué estoy viendo arreglos florales? —La voz de Kakashi era un hilo de voz cansado, casi suplicante, mientras sostenía dos catálogos abiertos, uno en cada mano, como si fueran pergaminos de un jutsu prohibido particularmente tortuoso.
—Porque usted, de puro pánico o de “amabilidad”, le ofreció su ayuda personal a la señorita Hinata con los preparativos —respondió Hikari sin levantar la vista de su propio escritorio, donde una montaña de listas de invitados y opciones de banquete amenazaba con sepultarla—. Y ella, siendo la alma gentil que es, lo tomó en serio.
—¿Podemos… no volver a hacerlo? ¿Nunca más? —preguntó, dejando caer los catálogos sobre su mesa con un golpe sordo. Su mirada suplicaba clemencia, perdido en un mar de rosas, lirios y claveles que, para él, eran solo diferentes formas de tortura.
Hikari alzó por fin la vista, enfrentándose a la patética pero genuina desesperación en los ojos de su jefe. Un suspiro de compasión y exasperación escapó de sus labios.
—Por favor… —fue todo lo que dijo, una palabra cargada con el peso de toda la logística, el protocolo y la frágil paz diplomática con el Clan Hyūga que dependía de que el Hokage eligiera entre el ramo "Amanecer Sereno" o el "Susurro de Primavera".
Era una súplica. Una orden. Una oración. Todo en una sola palabra.
Hikari podía admitir, en la privacidad de sus pensamientos, que había sentido un punzante celo profesional al principio. Mientras ella se ahogaba en muestras de tela y centros de mesa, a Shikamaru le habían asignado la logística y seguridad del evento—cosas de verdadera importancia ninja.
—Tenemos un problema —anunció Shikamaru al entrar en la oficina, rompiendo el silencio cargado de desesperación floral.
—¿Otro? —Kakashi se dejó caer hacia atrás en su silla con un quejido, como si lo hubieran golpeado—. ¿Cuál es ahora? ¿Los pastelitos no coinciden con el color de los ojos de Hinata?
—Es peor —Shikamaru dejó un documento abierto sobre el escritorio, sobre los catálogos de flores—. Revisé el código legal para matrimonios de alto rango. Hay un artículo, casi olvidado, que exige la formación de una guardia de honor especial compuesta exclusivamente por shinobis. No puede ser simbólica; debe ser operativa.
En ese momento, cualquier resto de celos que Hikari hubiera albergado se esfumó. Ahora sentía lástima.
—¿Estás diciendo —preguntó Kakashi, con una voz que denotaba un agobio monumental— que una buena parte de los invitados ninja no podrán estar en la ceremonia porque tendrán que estar de turno vigilando? ¿En la boda de Naruto?
—Eso es un problema —murmuró Hikari, más para sí misma. Una idea comenzó a formarse en su mente, una solución que equilibraría protocolo y corazón. Pero Kakashi, impulsado por el pánico y el estrés, fue más rápido.
—Ya sé —declaró, poniéndose de pie de golpe—. Evaluaremos la entrada a la recepción según la calidad del regalo. A mejor regalo, menos probabilidades de tener que hacer guardia.
Hikari lo miró, completamente pasmada.
—¿Perdón? ¿En serio?
—Sí. No me importa ser recordado como el Hokage que mercantilizó la boda del héroe de la aldea —afirmó, avanzando hacia la puerta con determinación—. Llama a todos los jefes de división. Reunión urgente en cinco minutos.
—Pero, Hokage-sama —Hikari se levantó de un salto, intentando interceptarlo—. ¿No cree que sería mejor…?
—Lo mejor es salir de este problema lo más rápido posible, Hikari —la interrumpió, y ella supo que el estrés había llegado a su punto máximo. La había nombrado sin ningún honorífico, con una brusquedad que no era propia de él.
—Está bien —susurró, derrotada, viendo cómo se alejaba por el pasillo para cometer un error histórico. Su propia idea, más sensata y diplomática, se murió en sus labios.
La "solución" de Kakashi no hizo más que desatar una guerra de regalos jamás vista en Konoha.
Cada vez que Hikari salía de la torre rumbo a su casa, se encontraba con sus amigas, quienes le contaban entre risas cómo Sakura e Ino competían por encontrar el obsequio más extravagante, o cómo Kiba y Shino se enredaban en discusiones bizantinas sobre el valor sentimental versus el práctico. Y ella, con el número de Kenji ardiendo en su bolsillo, se debatía entre llamarlo para pedir ayuda—una solución obvia—y la lealtad a un jefe que parecía empeñado en hundir su propio legado.
Los días pasaron y la situación empeoró. Kakashi comenzó a escaparse de la torre con una frecuencia alarmante, un claro indicador de su nivel de estrés. Hikari casi sintió alivio cuando Shikamaru llegó con el equipo 10 y los demás miembros de la generación de Naruto, ofreciendo organizar turnos entre ellos para que todos pudieran asistir a la boda. El alivio se multiplicó cuando Tsunade irrumpió en la oficina, dando un golpe de realidad y otorgándole a Kakashi libertad legislativa para solucionar el entuerto.
Pero entonces, él se quedó pensando. De nuevo. Y eso, después de una semana de caos autoinfligido, colmó la paciencia de Hikari.
—¡¿Ya puedo dar mi idea?! —estalló, su voz resonando con una furia contenida que hizo que todos los presentes en la abarrotada oficina se volvieran a mirarla.
—¿Qué pasa, Hikari? —preguntó Tsunade, con una ceja arqueada y una sombra de sonrisa en sus labios.
—He estado una semana entera esperando a que alguien, alguien, me escuche —se lamentó, y su mirada, cargada de una acusación silenciosa, se clavó en Kakashi. Él, bajo el peso combinado de esa mirada y la de Tsunade, suspiró profundamente, completamente derrotado.
—Está bien —cedió, haciendo un gesto vago con la mano—. ¿Cuál es tu idea?
Un silencio incómodo, teñido de curiosidad, se apoderó de la habitación. Todos los "estudiantes" de Kakashi observaban la escena con un interés mezclado con incredulidad.
—Gracias —dijo Hikari con una ironía que podría haber cortado acero. Se acercó al teléfono de su escritorio, marcó un número de memoria y esperó. —¿Kenji-san? Soy Hikari, de Konoha —anunció con una voz profesional y dulce—. Sí, he estado bien, gracias —respondió, permitiendo que un dejo de coquetería se colara en su tono—. Te llamaba porque necesito un favor… No, no es personal, es para la aldea. —Una pausa—. Gracias, te llamo en unos minutos con los detalles.
Colgó el auricular con un clic definitivo y luego enfrentó a su jefe con una mirada que destilaba pura exasperación.
—¿Qué fue eso? —preguntó Shikamaru, el primero en romper el hechizo.
—La solución —declaró Hikari, con los brazos cruzados—. Traeremos escoltas de afuera. Específicamente, de Sunagakure. Es un gesto de confianza interaldea y resolverá nuestro problema de personal.
—Eso saldrá muy caro para las arcas de la aldea —objetó Kakashi, recuperando por un instante su rol de Hokage.
Hikari alzó una mano, silenciándolo con una autoridad que nadie le había visto antes.
—Ahora —dijo, con una calma que era más aterradora que cualquier grito—, yo estaré a cargo de las negociaciones. Usted ya tuvo su turno.
Un silencio denso, pero esta vez no incómodo, llenó la oficina. No era el silencio de la tensión, sino el de un respeto súbito y la lucha por contener la risa. Kiba se mordió el labio, Sakura se cubrió la boca con la mano y hasta el propio Shikamaru desvió la mirada para ocultar una sonrisa. Tsunade, por su parte, no hizo el menor esfuerzo por disimular su amplia y satisfecha sonrisa mientras observaba cómo la nueva asistente, con todo el derecho del mundo, ponía en su lugar al actual Hokage.
Y así lo hizo. Con una eficiencia que dejó a todos boquiabiertos, Hikari contactó a Kenji, quien, sin cuestionamientos ni burocracia, movilizó los engranajes de Sunagakure. En cuestión de horas, no solo habían conseguido los shinobis necesarios, sino que el Kazekage, viendo una oportunidad estratégica, extendió la oferta a aliados de la Alianza Shinobi, transformando un problema de seguridad en una muestra de unidad internacional.
Le presentó los términos al Hokage con una claridad impecable: Konoha solo debía proporcionar alojamiento y comida a los ninjas visitantes. A cambio, ellos se turnarían en la vigilancia, liberando a todos los amigos de Naruto para la celebración.
—¿Así que ahora, además de organizar una boda, estamos fomentando el turismo ninja? —preguntó Kakashi, con una mueca que era mitad dolor, mitad admiración resignada.
—Por supuesto —respondió Hikari con una sonrisa triunfal y un brillo astuto en sus ojos violeta—. Es la oportunidad perfecta para potenciar esa área económica. Mostraremos lo mejor de Konoha, ellos gastarán en recuerdos y restaurantes, y todos ganan.
Se ajustó inconscientemente la chaqueta, su falda entubada acentuando la silueta segura y poderosa que proyectaba. En ese momento, no era una asistente, era una visionaria.
—¿Esa… fue idea de Kenji? —preguntó Kakashi, y no pudo evitar que un dejo de amarga expectativa se colara en su voz, como un niño que teme que su juguete favorito le haya sido arrebatado.
—No —negó Hikari, con un suspiro cansado pero firme—. Fue idea mía.
La respuesta fue tan simple como devastadora. Y entonces, sucedió. La mueca de dolor en el rostro de Kakashi se transformó. Se suavizó, se abrió, y se convirtió en una sonrisa amplia, genuina y llena de un orgullo profundo que le llegaba hasta los ojos. Era la sonrisa de un mentor que ve superadas sus propias expectativas.
—Esa —declaró, con una voz cargada de una emoción que rara vez mostraba— es mi asistente.
Eran sólo una frase simple, pero lo suficiente para que se girara avergonzada, ocultando su mirada.
***
—Recuerden colocar las guirnaldas sobre el arco principal y después, directo a recibir a los invitados en la entrada —indicó Hikari con voz clara y proyectada, dirigiendo al equipo de Konohamaru que ajustaba el gran cartel de bienvenida.
—¡Hai, Hikari-san! —respondió Moegi con un saludo enérgico.
—Y no se demoren mucho —agregó la voz serena pero firme de Kakashi, que surgió justo detrás de ella. Él se acercó, con su impecable uniforme de Hokage, buscando una actualización—. Dime, ¿qué más falta por…?
Pero la pregunta murió en sus labios. Sus ojos, que usualmente recorrían el entorno con aguda precisión, se clavaron en Hikari. Las palabras se le trabaron en la garganta, reemplazadas por una silenciosa y absoluta admiración.
Ella llevaba un vestido largo de un verde esmeralda profundo, con un corpiño de corazón que revelaba sus hombros y un escote en V que era a la vez elegante y atrevido, enmarcado por un delicado collar dorado. La falda, amplia y fluida, se movía con cada pequeño gesto suyo. Su cabello estaba recogido en un sofisticado peinado alto que dejaba a la vista la gracia de su nuca, y unos aros largos y dorados brillaban cada vez que volvía la cabeza. Estaba, simplemente, deslumbrante.
Kakashi se quedó completamente quieto, procesando la imagen. La eficiente asistente de siempre se había transformado en una visión de elegancia pura. Por un momento, todo el bullicio de los preparativos, las listas de verificación y el estrés de la boda se desvanecieron. Solo existía ella, y el impacto silencioso de su belleza.
Hikari, al notar su silencio prolongado, giró hacia él con una ceja ligeramente arqueada.
—¿Hokage-sama? —preguntó, y el sonido de su voz lo sacó de su trance—. ¿Decía algo?
Él parpadeó, forcejeando por recuperar la compostura.
—Eh… no, nada. Solo que… el vestido es… muy apropiado —logró decir, con una voz un tanto más ronca de lo usual, mientras su mirada, casi por voluntad propia, volvía a deslizarse hacia la línea de su escote antes de que él pudiera controlarla.
—Es muy amable —respondió ella con una sonrisa radiante que pareció iluminar el atrio aún más que las decoraciones. Sin embargo, la profesionalidad fue más fuerte. Se llevó dos dedos a la oreja, activando el intercomunicador. —Yurito-san, dime… Sí, está aquí conmigo. Perfecto. Comenzamos en quince minutos, confirma que todos los puestos estén listos.
Kakashi la observó, impresionado una vez más por su capacidad para cambiar en un instante de la elegancia deslumbrante a la comandante eficiente. Un sentimiento de nostalgia mezclado con orgullo lo invadió.
—Yo también quería estar en el equipo de coordinación —se quejó suavemente, cruzando los brazos con una sonrisa de autocompasión bastante fingida.
Hikari bajó la mano de la oreja y lo miró, sosteniendo su tablilla de contenido contra el pecho como un escudo.
—Usted, Hokage-sama, debe disfrutar de la boda —le recordó con suavidad pero firmeza—. Con el equipo de coordinación estaremos atentos a que todo salga bien. Recuerde, hoy no es el día del Hokage, es el día del sensei. Se casa su estudiante.
—Sí, sí, lo sé —cedió él, con un gesto de resignación—. Es solo que… te has llevado todo el trabajo divertido. Me dejas el papel de adorno.
—Y para eso estoy —replicó ella, y antes de girarse para atender sus múltiples tareas, le lanzó un guiño rápido y cómplice—. Para que usted pueda ser el adorno más distinguido.
Y con eso, se alejó con determinación, su vestido verde ondeando con elegancia, dejándolo con una sonrisa tonta en el rostro y la certeza de que, en el caos más importante de la aldea, todo estaba en las mejores manos posibles.
La boda fue tan hermosa como se había planeado, un cuadro de alegría y colores donde cada detalle encajaba a la perfección. Y en cada uno de esos detalles estaba la huella invisible de Hikari. Ella se movió en las sombras con la gracia de una sombra bien entrenada, cediendo el lugar en la mesa principal a Shikamaru y su novia con un gesto silencioso y un "no te preocupes, yo me encargo" que era pura camaradería profesional.
Fue la directora de orquesta de la felicidad ajena. Desde que los novios hicieron su entrada bajo una lluvia de pétalos, siendo vitoreados por toda la aldea, hasta el momento del brindis, donde su mirada se aseguró de que cada copa estuviera llena y cada invitado tuviera la suya en alto. Fue entonces cuando, en un gesto que le calentó el corazón, su jefe se acercó con una copa de champaña extra y se la ofreció con una inclinación de cabeza, un reconocimiento mudo en medio de la multitud.
Se desvivió para que Naruto e Hinata tuvieran su espacio sagrado, filtrando con suavidad el flujo de invitados para que pudieran saludar a cada amigo, cada miembro del clan y cada diplomático sin sentirse abrumados. En un golpe de inspiración, coordinó con Konohamaru para proyectar un vídeo de saludos de quienes no habían podido asistir, un regalo que arrancó lágrimas y risas a partes iguales de los novios.
En los escasos respiros, con Yurito como su cómplice, se colaban en la cocina para robar unas albóndigas o un canapé, comiendo de pie y con prisa, intercambiando una sonrisa de complicidad antes de volver a sumergirse en el torbellino. No era el banquete soñado, pero era su banquete, el de quienes construyen los sueños de otros. Y para Hikari, ver la felicidad radiante de Naruto y la serena dicha de Hinata era un festín mucho más gratificante.
El bullicio de la boda se desvanecía lentamente. Los novios se habían retirado, y el eco de las risas y la música danzaba aún en el aire, mezclándose con el rumor de los invitados que prolongaban la celebración. Pero para los Kages, la noche distaba de haber concluido. Se avecinaba la siguiente etapa del protocolo: una cena privada en uno de los restaurantes más exquisitos de la aldea. Ella —o más bien, su incansable asistente— lo había gestionado todo con minuciosidad de experta, asegurando que cada detalle, desde la vajilla hasta el menú, transmitiera la precisión y el respeto de una reunión diplomática.
—Vaya... esto sí que es un festín —la voz del Tsuchikage, Onoki, cargada de la sorpresa de quien ha visto demasiado como para impresionarse fácilmente, cortó el aire serio de la sala. Sus ojos, ancianos pero agudos, barrieron la larga mesa adornada con manjares—. Qué manera tan espléndida de recibirnos. Gracias, Hokage.
Kakashi asintió con una sonrisa genuina que le arrugó la comisura del ojo visible.
—Gracias a ustedes por honrarnos con su presencia —respondió, y su mirada, por un instante, buscó y encontró a ella. Su asistente, Hikari, le dirigió una sonrisa breve, una chispa de triunfo compartido que decía más que mil informes. Todo había salido a la perfección—. Quedarán hospedados en la aldea como huéspedes de honor. Cualquier necesidad que tengan, por pequeña que sea, no duden en hacérnosla saber.
—Muy amable —Gaara inclinó ligeramente la cabeza, sus palabras, serenas como el desierto en calma, contenían el peso silencioso de un acuerdo tácito.
Con la discreción de una sombra, Hikari comenzó a deslizar las pesadas puertas correderas del salón, aislando el espacio en una burbuja de intimidad. El suave chirrido de la madera se detuvo en seco cuando Kakashi posó su mano con firmeza sobre el marco, deteniendo su movimiento.
Hikari alzó la vista, sorprendida.
—¿Necesita algo, Hokage-sama?
Kakashi no le respondió de inmediato. En un gesto fluido, se volvió hacia el resto de los líderes, su espalda ahora un muro cortés entre la asistente y la sala.
—Vuelvo enseguida —anunció con su sonrisa habitual, un velo de serenidad que ocultaba sus intenciones.
Kakashi se acercó a ella con una lentitud deliberada, y Hikari lo percibió de inmediato: en su andar había una fluidez inusual, en su postura una laxitud relajada que delataba que había disfrutado de un par de copas más de lo estrictamente protocolar. No era ebriedad, sino un velo suave de desinhibición que alisaba los afilados bordes de su habitual reserva. Una alegría serena y más palpable parecía emanar de él, como el calor de un brasero.
—Quédate.
La palabra, simple y directa, flotó en el espacio entre ellos, cargando el aire con un nuevo significado. Hikari parpadeó, sus ojos violeta abriéndose con pura incredulidad.
—¿Qué? —logró articular, su voz no más que un susurro cargado de confusión y algo más, algo que se agitaba en su pecho.
Kakashi se inclinó un poco, apoyando su peso con despreocupación contra la pared cercana, reduciendo la distancia no solo física, sino también la que los separaba de sus roles formales.
—Todo lo que ha pasado hoy, todo este éxito… es gracias a ti —declaró, su tono era bajo, casi íntimo, cargado de una sinceridad que traspasaba cómodamente la máscara del Hokage—. Este banquete también debería ser para ti. Tienes derecho a disfrutarlo.
Una sonrisa gentil, teñida de resignación y de una punzada de anhelo, se dibujó en los labios de ella.
—No puedo. No estaría bien.
—¿Por qué no? —insistió él, y su única mirada visible se curvó en una expresión de genuino interés, un destello de esa picardía que a veces lo traicionaba—. Aprenderías mucho de ellos. Conversarías sobre sus culturas, sus sociedades, sus extraños hábitos con el picante… —Hizo una pausa deliberada, observando cómo sus palabras hacían brillar los ojos de Hikari con esa curiosidad innata y hambrienta que tanto admiraba— en secreto— en ella—. Te encanta aprender cosas nuevas. Es uno de tus rasgos más… admirables.
—Me halagan sus palabras, Hokage-sama —respondió ella, aferrándose al protocolo como a un escudo contra el calor que su proximidad y su tono despertaban en ella.
—No seas tan formal ahora —murmuró Kakashi, negando con la cabeza mientras una sonrisa cansada, pero genuinamente afectuosa, asomaba en los pliegues de sus ojos.
Hikari respiró hondo, sintiendo cómo el aire fresco del jardín se mezclaba con el cálido aroma a sake que lo envolvía. Cuando volvió a hablar, su voz era un hilo de seda, solo para él.
—Gracias por pensar en mí… Kakashi-san.
Fue entonces cuando lo vio: un destello de algo más oscuro, intenso y expectante, que cruzó rápidamente su mirada antes de desvanecerse tras su máscara habitual, como un pez plateado hundiéndose en aguas profundas.
Con un movimiento tímido, casi instintivo, Hikari alargó la mano y posó suavemente la palma sobre su pecho. La áspera y familiar textura del chaleco táctico bajo sus dedos era un recordatorio tangible, un ancla a la realidad que siempre los separaba.
—Pero de verdad —susurró, sosteniendo su mirada con una dulce firmeza que no dejaba espacio para la discusión—, tengo compromisos esta noche. Prometí ayudar con los preparativos finales.
La burbuja de intimidad se quebró de golpe con un rugido familiar que estalló desde el salón iluminado.
—¡Hatake! Si no apareces en tres segundos, me como tu porción de anguila y le echo wasabi extra! —bramó la voz del Raikage, teñida de humor rudo y buen sake.
Kakashi sonrió, un gesto rápido y genuino que le arrugó el rincón del ojo, antes de responder sin apartar del todo la mirada de ella.
—¡Sería un crimen culinario, A! ¡Ahí voy! —Su protesta fue distraída, casi un murmullo. Al volverse por completo hacia Hikari, su tono bajó de nuevo, tornándose personal y lleno de una calidez que ya no pretendía ocultar—. La oferta sigue en pie. Podrías sentarte a mi lado. Te aseguro que la expresión del Tsuchikage cuando empieza a discutir de impuestos mineros es un espectáculo mucho más divertido de lo que cualquier obra de teatro podría ofrecer.
Hikari negó con la cabeza, pero una sonrisa espontánea e irresistible iluminó sus facciones, haciendo brillar sus ojos violeta con un afecto tranquilo y profundo.
—Creo que mi talento para organizar eventos, por extenso que sea, no incluye rescatarte de conversaciones aburridas con otros Kages, Kakashi-san —respondió, su voz un suave y melodioso contrapunto a la algarabía que llegaba desde el salón.
Él rió entre dientes, un sonido bajo, sincero y que parecía vibrar en el aire entre ellos.
—Un Hokage puede soñar, ¿no? —Cedió, alzando las manos en un gesto de rendición, pero con un último y suave intento. —Al menos prométeme que te tomarás el día libre mañana. Completo. Es una orden no negociable, por tu bienestar. Incluso yo… pienso cumplirla. Por una vez.
La mirada de Hikari se suavizó, captando la rareza y el valor de esa promesa que sonaba casi a confesión.
—¿Incluso tú? —preguntó, con un dejo de ternura burlona que revelaba cuánto lo conocía.
—Incluso yo —confirmó él, asintiendo lentamente. Y su guiño esta vez no fue teatral ni exagerado, sino íntimo, un pequeño y fugaz código compartido solo para ella en la penumbra azul del pasillo, antes de que se diera la vuelta y se perdiera de nuevo en el torrente de luz, risas y responsabilidades que lo esperaba.
Hikari se aseguró de que cada último detalle de la recepción estuviera atendido, despidiéndose solo cuando el último eco de risas y el tintineo de copas se apagó en la noche serena. Finalmente sola, se quitó los zapatos de tacón con un suspiro de alivio y, sintiendo la fresca y suave tierra del sendero entre los dedos, emprendió el camino a casa. Sus pies, delgados y cansados, se hundían levemente en el suelo, cada paso una liberación silenciosa tras largas horas de perfección protocolaria y sonrisas calculadas.
Una sonrisa espontánea y cálida le cruzó el rostro al recordar la imagen de Kakashi con esa despreocupación inusual, la forma en que su voz se tornaba más grave y cercana al hacer una broma destinada solo a sus oídos, el tenue y familiar aroma a jabón de pino y papel viejo que siempre parecía envolverlo. No pretendía descifrarlo; él era, y probablemente seguiría siendo, un enigma complejo y fascinante. Pero en ese momento, caminando bajo el manto estrellado, ese enigma no era una carga, sino un pensamiento reconfortante, una compañía agradable con la que envolver la dulce soledad de la noche y el suave cansancio de un trabajo bien hecho.
—Con que ahí estabas.
La voz familiar la sacó de su ensueño. Yuka apareció en la esquina, una bolsa de tela colgando de su hombro y sus lentes reflejando la tenue luz de las farolas. Una sonrisa amplia y cómplice se dibujó en su rostro.
—Creíste que no vendríamos por ti.
—Pensé que las encontraría ya en casa —respondió Hikari, con una risa suave que sonó genuinamente aliviada.
—Yo quería verte con el vestido puesto, Hikari-chan —intervino Aoi, emergiendo detrás de Yuka con sus ojos brillantes de entusiasmo—. Te queda precioso.
—Gracias —Hikari hizo una pequeña y teatral reverencia, girando sobre sí misma para que la tela fluyera a su alrededor. Al enderezarse, su mirada cayó en los paquetes que ambas sostenían. No eran simples bolsas; eran regalos, cuidadosamente envueltos.
—¡Feliz cumpleaños, Hikari-chan! —gritaron al unísono, sus voces llenando la calle silenciosa con una alegría tan palpable que a Hikari se le llenaron los ojos de lágrimas. En medio de la noche, después de tanta formalidad, aquel era el recordatorio más perfecto de quién era realmente.
Chapter 14: Amor II
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La primavera tejía su esencia en la brisa, dulce y prometedora. Y con ella, como un eco inevitable tras la boda de Naruto, las demás parejas de la aldea comenzaron a dar su propio paso al frente.
La unión de Ino y Sai floreció apenas dos meses después. La ceremonia fue un tributo a la belleza efímera; cada flor no era solo un adorno, sino una palabra silenciosa en el poema visual que Ino había soñado desde siempre. Los pétalos parecían susurrar secretos de alegría y nuevos comienzos, llenando el aire con una fragancia que olía a futuro.
Para Hikari y Kakashi, aquel torrente de celebraciones ajenas resultó un alivio inesperado. No había que organizar, ni decidir, ni dirigir. Solo observar, y respirar.
—Qué bueno que su familia quiso ocuparse de todo… —suspiró Hikari, observando cómo los novios cortaban el pastel.
—Recuerda que solo intervine porque era Naruto —aclaró Kakashi, cruzando los brazos—. Con eso basta para este año.
—Se le olvida la de Shikamaru, Hokage-sama —le recordó ella.
—Pero esa es en verano —respondió él, con una sonrisa—. Espero que estés lista para irte de vacaciones.
—¿Ah? —Sus ojos violetas se abrieron por la sorpresa.
—¡Hikari-chan! —la voz cantarina de su amiga sonó detrás de ella, justo antes de que Aoi la abrazara con fuerza por la espalda—. ¿Cómo está la mujer más sexy de esta fiesta?
—¡Aoi-chan! —respondió Hikari, lanzándole una mirada ligeramente reprochadora mientras señalaba discretamente a su jefe, que estaba de pie cerca.
Aoi se separó de inmediato al reconocer al Hokage, quien vestía su habitual traje de ninja, sin la pesada túnica oficial.
—Lo siento, no sabía que estabas trabajando —murmuró, un poco azorada, mientras su cabello rosa se mecía con el movimiento—. Buenas tardes, Hokage-sama.
—¿Qué tal? —saludó él con una sonrisa tranquila.
—Muy bien, gracias —respondió Aoi con una leve inclinación de cabeza, mientras una sonrisa pícara asomaba a sus labios—. Solo quería pasar a saludar. Fue una sorpresa verla en la boda de mi prima… aunque ahora que lo pienso, ustedes tenían que venir por trabajo… —Un brillo travieso encendió sus ojos azules—. Dígame, Hokage-sama, ¿qué se siente trabajar con la mejor asistente de toda la aldea?
—Aoi-chan… —cerró los ojos, como si el nombre le provocara un dolor leve, y buscó el respaldo de su amiga para guiarla suavemente hacia la salida—. Creo que tu mamá te está llamando.
Pero no contaba con la risa clara y sonora de su jefe, que estalló ante la pregunta, o quizás ante la escena completa.
—Es toda una experiencia —admitió él con una sonrisa amplia, conteniendo a duras penas la risa—. Es la mejor en su área, incluso cuando se trata de elegir ropa.
Ella esperaba que ese tono burlón, tan habitual en él, le resultara incómodo. Sin embargo, cuando mencionó su estilo tan particular, lo único que floreció en su pecho fue un zumbido cálido y persistente. Sobre todo al verla con aquel vestido floreado que acentuaba, con una dulce impertinencia, su delicada belleza.
—¡Woah! —Aoi aplaudió, encantada con la respuesta, mientras Hikari intentaba descifrar la peculiar sensación que se había instalado en su pecho—. ¿Ves, Hikari-chan? El Hokage sí que sabe de estilo… —Meneó la cabeza con un movimiento casi de baile—. Solo no la sobrecargue tanto de trabajo. Vive sola en un departamento que parece más un almacén que un hogar.
—Lo tendré en cuenta —respondió él, sonriendo ante sus comentarios desenfadados.
—Gracias, Hokage-sama —dijo su amiga, dándole una palmada cariñosa pero firme en la espalda a Hikari—. Ya nos veremos esta semana, para nuestras citas románticas de siempre.
—Ah, sí… —Hikari sonrió, con un leve rubor ante tanta confianza frente a su jefe. Observó cómo Aoi se alejaba saltando, como solía hacerlo, y dejó escapar un suspiro audible. Agradeció que su amiga no hubiera revelado más sobre aquellas conversaciones que compartían en sus tardes de chicas.
—No quiero ni imaginar todo lo que deben decir de mí —comentó Kakashi a su lado, con un tono que pretendía ser amargado.
—¿Eh? —Hikari se sobresaltó y se acercó agitando las manos—. ¡No es lo que cree, Hokage-sama!
—¿Que te sobrecargo? Si eres toda una máquina, Hikari —negó con una mirada al cielo, exagerando su dolor con esa teatralidad que tanto le gustaba usar para molestarla.
—No es así —protestó ella, recordando que, desde hacía unas semanas, su jefe había dejado de usar honoríficos con ella, volviéndose más cercano—. Lo malinterpretó todo.
—No quiero ni pensar lo que habrás dicho de mí cuando organizábamos la boda de Naruto y Hinata.
—Nada que atentara contra su impecable imagen de Hokage —respondió, rindiéndose ante su teatro y cerrando los ojos ante tanto dramatismo—. Solo debe aceptar que asistir a bodas lo vuelve más… sensible.
—Puede ser —admitió él, secándose una lágrima imaginaria.
****
Los meses transcurrieron, y la primavera fue testigo de cómo el amor florecía de las maneras más insospechadas. Con Shikamaru cada vez menos presente en la torre —absorto en los constantes viajes para organizar su boda en Sunagakure—, Yurito había asumido sus funciones, trabajando codo a codo con Hikari.
En sus encuentros con las amigas, las conversaciones giraban en torno a sus conquistas primaverales, y el cambio en el ambiente era palpable. Hasta Yuka, normalmente la más reservada, lucía estos meses con un brillo extraño y persistente. Tanto Hikari como Aoi especulaban en voz baja que debía de estar embarcándose en el flechazo de una nueva relación.
—Pero tú siempre estás radiante, sin importar la época —le comentó Yuka esa noche, entre sorbos de cerveza.
—Ese es el secreto —respondió Aoi, guiñando un ojo con picardía—. Nunca parar de…“comer” durante todo el año.
Sus dos amigas casi atragantan la cerveza al unísono. Hikari y Yuka se miraron, con los ojos como platos, comprendiendo de repente por qué nunca habían conocido a un solo pretendiente de Aoi.
—Eres una maldita zorra —murmuró Yuka, aún atónita.
Aoi se encogió de hombros, con una sonrisa que era puro descaro.
—Y en el buen sentido —aclaró Hikari, asintiendo con solemnidad—. Salud por eso.
Habían transcurrido meses desde que su relación más larga llegó a su fin. Sus amigas no cesaban de animarla a conocer a otros hombres, pero el trabajo la mantenía más ocupada que nunca. Ser la asistente del Hokage era un oficio a tiempo completo, especialmente en una época en la que su jefe parecía empeñado en evadirse de la oficina con más frecuencia de la habitual.
Ella lo localizaba con rapidez —eso no era problema—, pero siempre tenía que recordarle que no había tiempo para detenerse a contemplar los cerezos en flor, ni necesidad de almorzar juntos en algún restaurante; ella siempre llevaba su propia comida.
—Eres bastante cuadrada a veces, ¿lo sabías? —comentó Kakashi, mientras una vez más lo seguía hacia otro restaurante apartado en la aldea.
—Ya traigo mi almuerzo, Hokage-sama.
—Demasiada formalidad —la reprendió, señalándola con un dedo admonitorio.
—Me cocino todas las noches, Kakashi —replicó, dejando escapar un suspiro mientras rodaba los ojos. Aún no se acostumbraba a llamarlo por su nombre—. Además, ¿a qué vienen tantas salidas a restaurantes? Si quieres, puedo pedir que nos traigan la comida a la oficina.
—Es que me gusta disfrutar de la primavera —respondió él, mientras su mirada seguía a una atractiva mujer de cabello castaño que entraba al local. Y en ese instante, Hikari lo entendió. Su jefe también tenía sus conquistas, y ella… ella estaba estorbando.
—Comprendo —murmuró, con una tristeza que apenas logró filtrarse en su voz.
—Hikari, ¿te gustaría… —pero ella no lo dejó terminar.
—Recuerde que solo tiene una hora para almorzar. Luego nos espera la reunión con la asamblea de agricultores —dijo con una sonrisa profesional, ocultando cualquier emoción bajo su máscara de eficiencia, incluso retrocediendo en la confianza de llamarlo por su nombre—. No llegue tarde, por favor.
Kakashi no alcanzó a detenerla. Ya había desaparecido, usando aquella velocidad sobrenatural que tanto la caracterizaba.
Podría jurar que odiaba la primavera, o quizás era la primavera la que la odiaba a ella. Se sentía inexplicablemente sola, una sensación tan absurda que la hacía sentirse tonta. Ver que incluso su jefe acumulaba más pretendientes que ella solo confirmaba sus sospechas: esta primavera, una vez más, no traería nada distinto.
Aunque, debía admitirlo, no entendía la contradicción que anidaba en su pecho. Porque de vez en cuando, el teléfono de la oficina sonaba con una voz ya familiar.
—Oficina del Hokage —respondió al auricular, sin levantar la vista del montón de papeles sobre su escritorio. Ese día llevaba una blusa blanca corta y una falda plisada en tonos violetas, con el cabello recogido por una diadema delicada—. ¿Kenji-san? ¿Cómo estás?
Una sonrisa cálida se le escapó sin querer. Aquel ninja de la Aldea de la Arena se había convertido en un buen amigo, uno que llamaba periódicamente solo para charlar.
—Sí, pronto haremos el viaje a Suna —confirmó, con un hilo de alegría en la voz—. Me encantaría conocer esos lugares que me describes. Eres muy amable.
Sin embargo, no lograba comprender por qué su jefe había adquirido la peculiar costumbre de romper lápices últimamente. Observó de reojo a Kakashi, que mantenía la mirada clavada en sus documentos como si pudieran incendiarse, con los restos de un lápiz entre sus dedos.
—Espérame un momento, Kenji-san —dejó el teléfono a un lado y se acercó a su jefe para deslizar un lápiz nuevo sobre el escritorio. Él lo tomó sin siquiera pestañear. Regresó al auricular—. Ya volví… Sí, por supuesto… Kenji-san, no me digas esas cosas —soltó una risa suave, sintiendo cómo un rubor le calentaba las mejillas.
Y entonces, el sonido seco y definitivo de otro lápiz partiéndose en dos llenó la habitación.
—¿En serio, Hokage-sama? —preguntó, con un deje de cansancio que no pudo disimular—. Le di uno de mis favoritos.
—¿Ah? —por fin alzó la vista y la miró con expresión de genuina sorpresa—. ¿Decías algo?... Mira, se me rompió el lápiz. Qué extraño.
Hikari suspiró. Definitivamente, había días en que simplemente no entendía a su jefe.
Y, ¿cómo iba a entenderlo? Sabía que era un rompecorazones empedernido, con sus escapadas en busca de compañía femenina. Pero últimamente, cuando intentaba traspasar la línea de lo profesional con ella, no lograba descifrar si la veía como una amiga, o simplemente como una confidente que jamás lo reprendería por sus travesuras.
Esa noche, después de bañarse, se dirigió a la cocina en busca de una gaseosa bien fría. Llevaba puesta una camiseta de tirantes y unos shorts holgados, atuendo que encajaba perfectamente con la vibra perezosa de una noche calurosa.
Abrió la lata con un chasquido satisfecho y, mientras tomaba el primer sorbo, rebuscó en la alacena hasta encontrar unas papas fritas y otros snacks salados. Se instaló cómodamente en el sillón y encendió el televisor. Era una de esas noches destinadas a maratonear su programa favorito: una serie romántica bastante predecible, pero que a ella le encantaba sin reparos.
Sin embargo, justo cuando la intro de su serie comenzaba, el teléfono fijo rompió el silencio. Suspiró, cansada, preguntándose quién podría ser a esa hora. Alargó el brazo para tomar el aparato y lo arrastró hasta el sillón, cuidando de que el cordón no se enredara en el camino. Se acomodó de nuevo, tomó su lata de gaseosa y, solo entonces, se dignó a contestar.
—Hola —dijo con una voz cargada de hastío, dando un sorbo a su bebida.
—Buenas noches, Hikari.
Casi escupe la gaseosa al reconocer la voz de su jefe al otro lado de la línea.
—¿Qué rayos? —murmuró para sus adentros, alejando el auricular de su oreja con incredulidad. Su mirada escudriñó la habitación, buscando alguna cámara oculta que estuviera grabando ese momento tan absurdo.
—¿Hola? —la voz de él sonó de nuevo, ligeramente insegura.
—¡Sí, estoy aquí! —respondió demasiado rápido. Sintió el calor subiéndole por las mejillas—. ¿Qué ocurre, Hokage-sama? ¿Sigue en la torre?
—Em, no… —su voz era extrañamente suave, casi aterciopelada—. Estoy en mi casa…
"Por los dioses", pensó ella, mientras su corazón comenzaba a acelerarse de un modo absurdo.
—¿Necesita ayuda? —preguntó, esforzándose por mantener su tono profesional de asistente—. ¿Otra vez tiene problemas con la válvula del agua? Puedo llamar a un plomero para que vaya ahora mismo.
—No… no, gracias, todo está bien —se escuchaba tan incómodo como ella se sentía—. Solo quería… bueno… —dudó un instante—. Quería saber si estaba bien instalada esta cosa.
—¿El teléfono? —sin darse cuenta, se fue acomodando más cómodamente en el sillón, envolviéndose en el cable del auricular.
—Sí, intenté hacer algunas llamadas pero no me funcionaban —explicó con ese tono de voz peculiar que usaba siempre que mentía, cargado de una culpabilidad mal disimulada.
—Pues… —no pudo contener una sonrisa mientras enrollaba el cable del teléfono alrededor de su índice—. Por este lado se escucha bastante bien…
—¿Ah, sí? —la voz de Kakashi se volvió más grave, y a ella le temblaron ligeramente las piernas al oírlo—. Es bueno saberlo… Ahora podré llamar a mis amigos.
—¿Llamará a Kurenai a esta hora? —bromeó con una sonrisa juguetona—. Es un poco tarde para molestar a una madre tan ocupada.
Sin embargo, su corazón se detuvo por completo al escuchar esa risa profunda y rara vez concedida que él le regaló al otro lado de la línea.
—No responderé a eso, quiero conservar un poco de dignidad —respondió, y ella pudo casi sentir cómo suspiraba a través del teléfono—. Espero no haber interrumpido nada importante con mis… necesidades anticuadas.
—Sabe… sabes que no es una molestia —logró decir con un atisbo de valentía, esforzándose por sonar natural—. Solo estaba disfrutando de mi viernes por la noche.
—Ah, eso suena interesante…
—Si te refieres a estar echada en el sillón viendo series románticas, entonces sí, es sumamente interesante —dijo entre risas, acomodándose mejor entre los cojines.
—Bueno, al menos es mejor que estar molestando a un subordinado por no saber usar un teléfono —dijo él con una risa ligeramente autocrítica. Pero Hikari negó lentamente, mordiéndose el labio inferior.
—No me molesta —murmuró, con un deje coqueto que se le escapó sin planearlo—. Es una sorpresa… agradable…
Sin embargo, un silencio incómodo se extendió al otro lado de la línea, e inmediatamente supo que se había pasado. "Hikari, eres una tonta", se regañó internamente. ¿Por qué le hablaba así a su jefe? ¿Y por qué su corazón latía tan fuerte? Ya se veía recibiendo la carta de despido mañana mismo.
—¿Sigues ahí? —preguntó él, con un tono de genuina preocupación, como si creyera que se había cortado la comunicación. Hikari se incorporó rápidamente en el sillón, sintiendo que el rubor le subía hasta las orejas.
—Sí… aquí estoy… —se pasó una mano por el rostro, abrumada por la vergüenza.
—A veces olvido cómo funcionan estos aparatos —comentó él amablemente, evitando hábilmente mencionar su comentario anterior—. No te quito más tiempo de tus series.
—Gracias —susurró ella, apretando los ojos con fuerza, deseando que el sillón se la tragara.
—¿Hikari?
—Dime…
—¿No te molestaría que…llame más seguido? —la pregunta llegó con una suavidad que hizo que su corazón se detuviera por completo. Al no obtener una respuesta inmediata, él añadió—: Bueno… olvídalo…
—No tengo problema —respondió con una firmeza que contrastaba con su pulso acelerado—. Llama cuando quieras…
—Ah… ¿en serio? —preguntó con una voz grave, y ella pudo sentir su sonrisa a través de la línea—. Gracias… que tengas buenas noches…
—Gracias… igualmente… —respondió en un susurro—. Buenas noches, Kakashi…
Al colgar, una explosión de mariposas estalló en su pecho. Se tapó la cara con las manos y dejó escapar un chillido ahogado, pataleando contra los cojines del sillón sin poder procesar lo que acababa de suceder. Se dejó caer de espaldas, ahogada en un torbellino de sensaciones, aferrándose con desesperación al eco de la voz de Kakashi en su mente. Cada cosquilleo que le recorría la espalda al recordar su risa, cada latido acelerado al evocar su tono grave, tratando de imaginar su expresión, su postura relajada… ¿cómo habría sido?
No entendía por qué a ella, de entre todas, le estaba pasando esto. Pero en lo más profundo de su ser, una certeza comenzaba a abrirse paso, una que aún se resistía a admitir en voz alta:
Su jefe le estaba coqueteando. Y a ella, por primera vez en mucho tiempo, la primavera ya no le parecía tan desoladora.
Chapter 15: Amor III
Chapter Text
La primavera había dado paso al verano, pero la agitación en su pecho se negaba a disiparse con el cambio de estación. Hikari, cuya esencia siempre había sido visionaria y transgresora en su estilo, sentía ahora un impulso aún más fuerte que la llevaba a explorar atuendos un poco más atrevidos.
Su excusa oficial era el calor sofocante que asfixiaba Konoha, una explicación práctica que cualquiera entendería. Pero la razón verdadera, esa que jamás admitiría en voz alta, era la forma en que la mirada de su jefe se posaba en ella con cada nuevo conjunto; y cómo, cuando se atrevía a ser especialmente osada, solía recibir una de esas llamadas telefónicas nocturnas que ahora tanto anhelaba.
Aunque no había que malinterpretarla: ella nunca fue de exhibirse como un escaparate. Cada tenida, por más audaz que fuera, mantenía intacta la elegancia sobria que su puesto requería y, sobre todo, la comodidad imprescindible para sobrevivir al tórrido verano.
Vestidos fluidos de colores vibrantes, ceñidos con un cinturón a la cintura. Overoles cortos en tonos alegres, combinados con camisetas contrastantes y sus nuevos lentes de sol rosados. Blusas con espalda descubierta y pantalones cortos de mezclilla, con su rubio cabello recogido en una coleta alta que mecía con cada paso.
—Me gustan esos lentes —comentó Kakashi una tarde, apoyado con despreocupación en el borde de su escritorio.
—¿Estos? —se los quitó del cabello y se los colocó sobre la nariz. Eran redondos, de un rosa alegre que coincidía perfectamente con su nuevo vestido estampado.
—Sí, ¿son nuevos? —preguntó, y algo en su tono hizo que el corazón le diera un vuelco. Él se había dado cuenta.
—Sí, están muy en tendencia este verano —respondió, bajándose las gafas con un dedo para mirarlo por encima del borde, con una sonrisa que no pudo contener.
—Inteligente y a la moda. Buena combinación —su jefe le devolvió la sonrisa con una complicidad que le erizó la piel antes de volver a sumergirse en su laptop.
Llegó por fin el día tan esperado de la boda de Shikamaru, y en esta ocasión fue Yurito, un hombre de confianza y carácter imperturbable, quien acompañó a la comitiva oficial de la torre. Hikari, aprendiendo de experiencias pasadas, se había asegurado personalmente—con una delicadeza que no dejaba lugar a dudas—de que el equipo ANBU de escolta del Hokage no incluyera a Souta bajo ningún concepto.
El resultado fue un viaje notablemente más placentero, impregnado de una calma que casi se podía respirar. Esa tranquilidad se multiplicó al saber que la familia de Shikamaru había viajado con varios días de antelación, agilizando desde allí todos los preparativos logísticos para la delegación oficial. Por primera vez en mucho tiempo, Hikari pudo concentrarse solo en el paisaje que pasaba y en la promesa de una celebración feliz, sin ese nudo familiar de tensión entre los hombros.
Al grupo del Hokage se le asignaron espacios en un hotel excepcional, con áreas privadas que Hikari agradeció con creces. Pero el alivio mayor, la pequeña y dulce victoria secreta que hizo latir su corazón con fuerza, fue cuando le entregaron, sin ceremonias, la llave de una habitación solo para ella.
La noche cayó sobre Sunagakure con su manto estrellado, y con ella, la tan esperada boda de Shikamaru y Temari. Una felicidad serena, profunda y contagiosa, impregnaba el ambiente, compartida por todos los presentes como un regalo colectivo. Hikari caminaba del brazo de Yurito, quien no cesaba de enjugarse las lágrimas con un pañuelo ya húmedo, profundamente conmovido por la belleza del momento. Y, la verdad, era innegable: la Aldea de la Arena había desplegado lo mejor de su cultura y esplendor para la celebración. Shikamaru, con un traje ceremonial impecable que parecía sacado de un sueño, no soltaba la mano de Temari ni por un instante, delatando sus nervios y su devoción absoluta en cada mirada furtiva, en cada pequeño ajuste de su postura a su lado.
—Felicidades por esta nueva y fructífera alianza, Konoha —la voz familiar y cálida de Kenji sonó a su lado, justo cuando su jefe se había enfrascado en una conversación con el Kazekage y Yurito se aventuraba, decidido, hacia las tentadoras mesas del banquete. Hikari se volvió y se encontró con el ninja castaño, quien sostenía con elegancia una copa de espumante y vestía el traje ceremonial de gala de Suna, un atuendo de líneas limpias y bordados dorados que resaltaban su figura esbelta.
—Son una pareja realmente hermosa —comentó ella con suavidad, siguiendo con la mirada a los recién casados mientras jugueteaba distraídamente con el fino tallo de su propia copa. La luz de las antorchas danzaba en los bordados del vestido de Temari y en la serena sonrisa de Shikamaru, creando un cuadro de felicidad tan genuino que era imposible no contagiarse.
—Tú también te ves especialmente bien esta noche —observó Kenji, deslizando una mirada admirativa pero respetuosa de arriba abajo. Ella lucía unos llamativos aretes rojos que contrastaban con su cabello rubio, suelto y ondeando suavemente con la brisa del desierto, y un elegante vestido negro con corsé que se fundía en una falda de tono rosado pálido, como los primeros rayos del amanecer en la arena.
—¿Te gustaría bailar? —preguntó, extendiendo una mano con naturalidad.
—¿Qué? —se sorprendió Hikari, negando con un gesto de leve incomodidad que contrastaba con su sonrisa—. Yo no bailo, es más, en Konoha no solemos hacerlo en las bodas. Nos limitamos a brindar y disfrutar del banquete.
—Pero aquí, esta noche, estás en Suna —replicó él con una sonrisa persuasiva y alegre—. Déjame mostrarte una de las mejores bondades de esta tierra: nuestros bailes no son complicados, solo son… alegres. Se trata de celebrar juntos, no de seguir pasos perfectos.
La música, un ritmo vivo de cuerdas y percusión, parecía llamarlos desde el centro de la pista, donde otras parejas ya giraban con risas y pasos fluidos.
—Está bien —asintió al fin, tomando su mano para que la guiara hacia la pista de baile—. Pero a veces pienso que tu verdadera misión secreta es que me enamore por completo de tu aldea.
Kenji se encogió de hombros con desenvoltura, sin negarlo, mientras la conducía con suavidad entre las parejas.
—Me descubriste. Quién sabe, quizás después de unas cuantas visitas más, te den ganas de quedarte a vivir aquí —propuso con un tono claramente coqueto, pero teñido de una sinceridad que hizo que a Hikari se le cortara la respiración por un instante—. Sólo si quieres, claro. El desierto no es para todo el mundo, pero… tiene su magia para quienes saben verla.
La música los envolvió, y Hikari, por un momento, dejó de pensar en protocolos, misiones y distancias imposibles, simplemente siguiendo el ritmo y la calidez de la mano que la guiaba.
—Es muy amable de tu parte —respondió, ladeando la cabeza con una sonrisa suave que no llegaba del todo a sus ojos, donde se reflejaba la luz tenue de las antorchas—. Pero, imagínate, si me quedo aquí, ¿quién se encargaría entonces de gestionar todas esas conexiones comerciales entre nuestras dos aldeas? Alguien tiene que mantener el puente en buen estado.
—¿Siempre piensas en el trabajo, incluso bailando? —preguntó Kenji con una sonrisa teñida de afectuoso cansancio, girándola con suavidad al compás de la música—. No puedes apagar esa parte ni por un minuto, ¿verdad?
—Por eso estoy aquí. Y porque me gusta lo que hago —contestó ella, dejando que su mirada recorriera fugazmente el salón repleto de caras felices antes de posarla de nuevo en él—. Siento que, de alguna manera pequeña pero real, puedo ayudar a construir algo para el lugar al que pertenezco.
Kenji asintió, y en sus ojos apareció un destello de respeto genuino que iba más allá del coqueteo.
—Me gustaría que más personas tuvieran esa misma claridad y pasión que tú —comentó, su voz bajando un tono, haciéndose más íntima—. Hace falta ese cariño genuino, ese sentido de propósito, para impulsar los verdaderos cambios que una aldea necesita. Eres… inspiradora, Hikari.
—¿Y el Kazekage? —preguntó Hikari, genuinamente curiosa, mientras seguían el compás.
—Él es el faro, la fuerza principal, no me malinterpretes —aclaró Kenji, sosteniéndola con firmeza pero respeto entre sus brazos—. Pero hablo de todos los que vivimos aquí, en la arena. Del sentido de comunidad que se teje entre las personas comunes, en los mercados, en las academias. Eso es lo que realmente sostiene el cambio.
—Eso suena casi a un sueño utópico —reflexionó ella en voz baja, dejándose llevar por el movimiento—. En la práctica, es más factible que la gente busque la unión por conveniencia o necesidad, antes que por una verdadera igualdad o sentido de pertenencia.
—Lo sé —admitió él con una sonrisa que acentuó las atractivas comisuras de sus labios—. La realidad suele ser más… desordenada. Pero me gusta soñar con que ese ideal es posible. Y trabajar por ello, día a día.
La música llegó a su fin con un último acorde resonante, y Hikari aprovechó para separarse con gracia, haciendo una pequeña inclinación de cabeza.
—Gracias por el baile y por la lección, Kenji-san. He aprendido bastante contigo.
—Lo mismo puedo decir —respondió Kenji, y su mirada se posó en ella con una calidez genuina por un instante. Pero entonces algo cambió en su expresión. Se irguió, su postura adoptando la formalidad instantánea de un shinobi en presencia de su superior—. Hokage-dono.
Hikari se giró y se encontró con la figura de Kakashi, quien se había acercado en silencio. Su expresión habitual de aparente aburrimiento no lograba ocultar del todo la intensidad perceptiva de su mirada, que parecía haber absorbido toda la escena.
—No quiero interrumpir —dijo, aunque su tono y su oportuna aparición sugerían lo contrario—, pero… necesito consultar un detalle. ¿Qué sigue en la agenda después de los brindis?
—¡Oh! Claro, disculpe —dijo Hikari, sintiendo cómo un rubor leve le subía por el cuello. Buscó con rapidez la pequeña agenda en el bolsillo oculto de su vestido, sintiéndose repentinamente avergonzada, como una estudiante sorprendida divirtiéndose en horario de clases. Se volvió hacia Kenji para hacer una pequeña pero formal reverencia—. Disculpe, Kenji-san. Nos vemos después.
—Sí, no hay problema —respondió él, alzando la mano en un gesto de despedida despreocupada, aunque su sonrisa hacia ella era sincera. Luego inclinó la cabeza en una respetuosa, aunque perceptiblemente más tensa, reverencia hacia Kakashi—. Hokage-sama.
Kakashi respondió con un leve asentimiento, apenas perceptible, antes de desviar su atención por completo hacia Hikari y la agenda que ella ahora sostenía abierta como un escudo.
—¿Ese vestido tiene bolsillos? —preguntó Kakashi, con genuina sorpresa, su mirada bajando hacia el elegante diseño.
—¡Sí! —respondió ella con orgullo, levantando levemente la falda para mostrarle el ingenioso detalle oculto en la costura—. Intento que toda mi ropa sea práctica, sin sacrificar por completo el estilo… Muy bien, volvamos al asunto —dijo, pasando la página con un dedo—. ¿Ya habló con el alto mando de Suna?
—Sí, por un buen rato. Fue… ilustrativo.
—Perfecto. Se entregó el regalo oficial de la aldea —marcó la tarea con un tilde rápido y decidido—. Entonces, ¿solo falta presentarnos ante el grupo de Jōnin y la policía militar para los saludos de cortesía?
—Creo que sí, mejor vamos antes de que se dispersen —indicó Kakashi, y antes de alejarse junto a su asistente, no pudo evitar dirigir una última mirada breve pero cargada hacia Kenji. Una sonrisa leve, casi imperceptible para cualquiera que no estuviera buscándola, pero cargada de una satisfacción inconfundible, se dibujó en el rincón de sus ojos antes de dar media vuelta.
Algo de lo que Hikari, por supuesto, absorta en su agenda y en el siguiente punto protocolario, no se enteraría jamás.
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Sin embargo, de lo que sí se enteró —o más bien, de lo que sus ojos se negaron rotundamente a ignorar— fue del sorprendentemente bien formado torso de su jefe, estirado al sol como un gato satisfecho.
Y ahí estaba ella, entrando al área del balneario al día siguiente con su bolso de playa, una toalla al hombro y, al parecer, muy poca dignidad que rescatar, cuando su mirada tropezó directamente con Kakashi. Estaba recostado en una tumbona, su libro favorito cubriéndole el rostro como un toldo de papel, pero dejando al descubierto el resto de un físico que, Hikari notó con una punzada de alarma, la preparación ninja había esculpido con notable generosidad. El sol de mediodía acariciaba líneas de músculo definidas y una paz corporal que ella rara vez le veía llevar puesta.
Un suspiro atrapado le salió del pecho. Claro, pensó, justo lo que necesitaba para relajarme.
Debía explicarse desde el principio. A la delegación de Konoha les habían concedido, como gesto de buena voluntad, dos días libres completos para disfrutar de las bondades de Sunagakure. Hikari podría haber aceptado pasear por los mercados, como gentilmente le había ofrecido Kenji, pero en un arrebato de búsqueda de paz genuina, había tenido la genial idea de probar la fabulosa alberca privada del hotel.
Para la ocasión, se había puesto un elegante traje de baño de una pieza color esmeralda, con un pronunciado escote en espalda, cubierto por una blusa oversize de lino blanco que le llegaba a mitad del muslo. Se había recogido el cabello en un moño alto y descuidado, y se había colocado sus lentes de sol de carey, decidida a exprimir hasta la última gota de descanso que este viaje diplomático ofrecía.
No obstante, ahora, con los pies descalzos sobre los azulejos calientes, se sentía profundamente —y deliciosamente— avergonzada al darse cuenta, con una claridad que le ruborizó las mejillas incluso bajo el sol, de que en realidad, lo que más estaba disfrutando en este preciso instante era de la inesperada, despreocupada y bastante amplia vista de su jefe, tan cerca y tan… accesible.
—¡Hikari-chan! —la voz alegre de Yurito llegó desde el agua, donde chapoteaba con el entusiasmo de un niño—. ¡Ven a meterte, que el agua está exquisita!
—Hola —saludó ella con una timidez que no pudo disimular, ajustándose los lentes de sol mientras se dirigía a una tumbona libre. Hizo un esfuerzo heroico por ignorar la presencia de su jefe, recostado en la silla adyacente y aparentemente absorbido por las páginas de su libro—. Voy a tomar un poco de sol primero… después me meto, prometo.
—¡Aprovecha ahora, antes de que se levante ese viento que corta! —gritó Yurito, antes de sumergirse de cabeza y comenzar a nadar a braza con una energía envidiable.
—Gracias… —murmuró Hikari para sí, sintiéndose un poco ridícula pero decidida a mantener su plan. Se sentó dando la espalda a Kakashi —una maniobra estratégica de la que se sintió instantáneamente orgullosa— y comenzó a organizar sus cosas con meticulosidad: sacó su novela, la botella de agua y el frasco de bronceador, colocando cada objeto con una precisión que delataba sus nervios.
—Parece que a los tres se nos ocurrió la misma idea brillante —la voz de Kakashi, serena y mucho más cercana de lo que esperaba, hizo que Hikari se estremeciera casi imperceptiblemente. Se negó a girarse, demasiado consciente de que lo único que ocultaba su expresión era la portada de su novela, que ahora sostenía como un escudo.
—Ah, sí… qué coincidencia —respondió con una sonrisa tensa que esperaba sonara más natural de lo que se sentía. Su voz sonó un poco más aguda de lo normal—. No sabía que le gustaba tomar sol.
—La verdad es que no es mi actividad favorita —explicó él con despreocupación, mientras Hikari se deslizaba la blusa de lino de los hombros y comenzaba a aplicarse crema protectora en los brazos con movimientos quizás demasiado conscientes—. Prefiero los días más fríos, o mejor aún, nublados.
—Eso explica la sombrilla —señaló ella, mirando hacia arriba la amplia estructura de paja que los cobijaba a ambos—. A mí me gusta el calor, pero no el extremo; la verdad, prefiero la primavera, porque me gustan…las flores.
Las palabras le salían torpes y nerviosas, esforzándose por mantener la vista al frente, mientras distribuía la crema con esmero excesivo sobre sus piernas.
—Te entiendo perfectamente. Lo mío es el otoño —respondió él, y esta vez Hikari pudo oír la sonrisa pícara en su voz, una vibración cálida que pareció recorrer el espacio entre ellos. La tentación de ver esa expresión fue más fuerte que su prudencia, y antes de que su mente pudiera detenerla, se giró sorprendida hacia él, sin percatarse del error táctico que acababa de cometer.
Kakashi ya no ocultaba su rostro tras el libro. Ahora el volumen descansaba abierto sobre su pecho desnudo, mientras él observaba la alberca con expresión de total relajación, una mano entrelazada detrás de la nuca. La postura, casual y despreocupada, estiraba su torso y revelaba, con una claridad desarmante y hermosa, la firme definición de los músculos de su brazo y hombro, el suave arco de su clavícula, la piel lisa y cálida bajo el sol filtrado.
Hikari sintió que toda la sangre de su cuerpo le subía a la cara de un golpe, como una marea ardiente. El aire se le atoró en los pulmones y su corazón dio un vuelco tan brusco y fuerte que por un instante creyó que se detendría.
Era guapo. Estúpidamente, injustamente, exasperantemente guapo. Su perfil era de una elegancia serena y afilada, con la nariz recta y los labios bien delineados que le daban un aire distante y atractivo que jamás había visto en otro hombre. Hasta sus ojos, aquellos que siempre parecían medio cerrados por el aburrimiento o la ironía, ahora, de perfil y reflejando el agua, le conferían un aura de intensidad tranquila y profundamente sensual.
Y en ese momento, con el sonido del agua y la risa lejana de Yurito como fondo, Hikari lo comprendió con una claridad física y abrumadora: sí, su jefe era joven, vibrante y atractivo de una manera que hacía que pensar se volviera difícil, por mucho que él mismo se empeñara en negarlo tras capas de pereza y desinterés fingido.
Se giró de inmediato, dándole la espalda de nuevo con un movimiento casi brusco, y se ajustó los lentes de sol con urgencia, como si esos pequeños cristales ahumados pudieran blindarla de la revelación abrumadora que acababa de tener.
—¿Qué ocurre? ¿Estás bien? —la voz de Kakashi sonó más cerca, más suave; se había inclinado hacia ella, con un deje de genuina preocupación al notar su repentina turbación y el modo en que se había encogido sobre sí misma—. Te has puesto muy callada de repente.
—¡Sí! Por supuesto, todo bien —respondió, y hasta a sus propios oídos le sonó forzado, un poco tartamudeante—. Es solo que… no quiero interferir con su privacidad. No sabía que no utilizaba la máscara en… este tipo de circunstancias más informales.
—¿Por qué ocuparía la máscara para ir a la pileta? —preguntó, con una curiosidad auténtica que sonaba completamente lógica—. En unos minutos más pienso ir a bañarme. Sería bastante impráctico, y probablemente se me arrugaría mucho.
—Ah, sí, claro. Qué tonta soy —se reprendió a sí misma, llevándose una mano a la frente en un gesto que esperaba disimulara el rubor intenso que sentía arder desde las mejillas hasta la raíz del cabello. “Por todos los dioses, Hikari, contrólate”, se ordenó mentalmente, mientras fingía un interés repentino en una nube lejana en el cielo despejado.
—Sólo me cubro el rostro en las termas —explicó él con la naturalidad de quien comenta el pronóstico del tiempo—, para que el vapor no me reseque demasiado la piel. Es una cuestión práctica, nada más.
—¿Y… y no le molesta que alguien más, algún desconocido, pueda ver su rostro? —la pregunta se le escapó antes de poder contenerse, cargada de una curiosidad que iba más allá de lo profesional. Intentó girarse ligeramente por encima del hombro, pero la vergüenza pudo más y volvió a su posición original rápidamente, como una tortuga asustada.
—No es algo que me quite el sueño —dijo, acomodándose de nuevo y cruzando los brazos detrás de la nuca en un gesto que estiró su torso de manera aún más distractora—. Además, aquí debajo de esta sombrilla, estamos en un cono de sombra bastante privado. Nadie que pase por ahí puede vernos bien.
Era cierto; la sombrilla estaba tan baja y amplia que creaba una burbuja íntima de penumbra, ocultando la mayor parte de su torso y rostro de miradas ajenas, pero no, por supuesto, de la de Hikari.
—¿Y no le molesta que… yo lo vea? —preguntó con una timidez que le hacía entrelazar y desentrelazar los dedos sobre su regazo.
—¿Por qué me molestaría que tú me vieras? —respondió con una sonrisa audible en su voz, un tono cálido y ligeramente divertido, como si la pregunta fuera la parte más interesante de su día.
—Es solo que… no quiero importunar o hacerlo sentir incómodo —logró decir, sintiendo cómo su voz temblaba levemente bajo el esfuerzo de contener el torbellino interno.
—Nada de eso —la tranquilizó con una suavidad que era casi una caricia auditiva—. Es más, haz como si no estuviera aquí —se encogió de hombros con despreocupación y buscó su libro entre los pliegues de la toalla—. Relájate y disfruta de tu día libre. Se supone que para eso estamos aquí.
—Gracias… supongo —respondió, y finalmente se acomodó por completo en la reposera, hundiéndose en la falsa pero necesaria seguridad que le daban sus gafas oscuras y la débil esperanza de que su corazón dejara de sonar como un tambor de guerra en sus oídos.
Sin embargo, la tentación era una pesadilla dulce y persistente. Cada pocos segundos, sentía la horrible y fascinante necesidad de mirar de reojo, solo un vistazo rápido, para ver qué estaba haciendo, si seguía leyendo, si había cerrado los ojos… Se sentía ridícula, como una acosadora en potencia, y la sola idea la hizo estremecer de vergüenza.
Negó con fuerza, como si pudiera sacudir esos pensamientos de su cabeza, y volvió a tomar el frasco de bloqueador solar. Comenzó a aplicárselo con renovada determinación en los brazos, concentrándose en la textura fresca de la crema y el olor a coco, en un esfuerzo heroico por borrar la imagen de su jefe que se le había grabado a fuego en la mente.
—¿Necesitas ayuda con la espalda? —escuchó la voz justo a su lado, tan cerca que el aliento le rozó la oreja, y al girar sobresaltada se encontró con el Hokage sentado en el borde de su reposera. ¿Cuándo y cómo se había movido tan rápido y en silencio?
—No es necesario… estoy bien —intentó articular, pero le resultaba imposible con ese rostro perfecto, desenmascarado y cercano, mirándola fijamente, una sonrisa juguetona y demasiado consciente curvando sus labios—. No se preocupe, de verdad.
—Formalidades, otra vez —dijo él, con un suave reproche que sonaba más a invitación.
—Está bien —bufó, sintiéndose completamente acorralada y sin salida elegante—. No necesitas hacer esto.
—Si después piensas meterte a la piscina, lo ideal es que no salgas de aquí como un cangrejo hervido —comentó con una sonrisa que le hacía arrugar la comisura de los ojos de una manera devastadoramente atractiva. Hikari se mordió el labio inferior, dudando, el frasco de crema apretado entre sus manos—. Vamos. No muerdo, lo juro —añadió, guiñándole un ojo con una expresión tan abiertamente encantadora que toda resistencia se le derritió.
Con un suspiro de derrota anticipada, Hikari le entregó lentamente el frasco. Sus dedos rozaron los de él, y un estremecimiento eléctrico le recorrió el brazo.
Hikari giró sobre la reposera, ofreciéndole la espalda y conteniendo el aliento mientras esperaba. Supo que toda su resistencia se derrumbó en el instante preciso en que sintió el contacto de sus manos sobre sus hombros. La presión de sus dedos era casi imperceptible, un roce tan ligero y cuidadoso que parecía temer profanar el simple acto de untar la crema. No había rastro de atrevimiento, solo un profundo respeto que ella, en lo más secreto de su corazón, había temido que no existiera.
Su jefe, resultaba ser, en el más inesperado de los escenarios, un verdadero caballero.
—Listo —le palmeó suavemente el hombro, un gesto final y casual. Ella, que había contenido la respiración durante todo el proceso, por fin pudo exhalar en un suspiro audible que no había sabido que retenía—. Al agua, pato.
—Gracias… Kakashi —murmuró, con la voz aún cargada de una vergüenza que ahora se mezclaba con un agradecimiento genuino. Se levantó para extender su toalla al sol y esperar a que la crema absorbiera, pero no pudo evitar girarse una última vez. Lo miró y lo encontró exactamente como lo había imaginado: completamente tranquilo, con su libro ya abierto de nuevo sobre el pecho, sumergido en la lectura como si nada extraordinario hubiera ocurrido.
Sin embargo, una punzada de ternura y exasperación la recorrió cuando, ya secándose con la toalla al final de la tarde, cayó en la cuenta. Mientras ella se había bañado, jugueteado con Yurito en el agua, se había lanzado una y otra vez por el tobogán e incluso, en un arranque de valentía, le había gritado a su jefe entre risas que se uniera a ellos… él jamás se había mojado.
La había engañado con una sonrisa tranquila y una excusa sutil, como tantas otras veces. Y lo peor era que, mientras ella disfrutaba como una niña, él se había limitado a observarla desde su reposera, con ese aire de diversión serena y ese libro que, ahora lo entendía, era solo una pantalla. Una sonrisa lenta se dibujó en sus labios al recordar la mirada que le lanzó cuando salió del agua, feliz y sin aliento.
Quizás, para él, ese había sido el verdadero espectáculo.
******
Tras aquel viaje —bueno, tras haber visto el rostro de su jefe— notó un cambio radical en su dinámica. Kakashi ya no se escapaba al mediodía a restaurantes alejados, sino que traía su propia comida o, con más frecuencia, pedía que se la llevaran a la oficina. Siempre con la misma excusa: que hacía demasiado calor para salir a la calle, sobre todo teniendo un ventilador perfectamente funcional en la torre.
Así, varias veces a la semana, ella lo veía bebiendo agua a sorbos lentos o abanicándose distraídamente con algún documento oficial. Hikari no podía evitar que su mirada se desviara hacia él, a veces con un descaro tan evidente que él alzaba la vista y la pillaba en el acto. Entonces, ella giraba de inmediato hacia su pantalla, fingiendo una concentración absoluta en su trabajo, con las mejillas teñidas de un rubor que delataba su torpeza.
El teléfono irrumpió en la calma matutina de la oficina. Hikari alzó el auricular con su eficiencia característica.
—Oficina del Hokage, diga —respondió mientras revisaba unos informes de distribución económica—. Sí, déjeme consultarlo. —Tapó el micrófono y sus ojos se encontraron con su jefe, que se abanicaba con una carpeta, el rostro completamente descubierto. Tragó saliva con dificultad antes de llamarlo—: Hokage-sama.
—¿Mmm? —no alzó la vista, inmerso en los pendientes de misión que requerían su aprobación.
—Es el jefe de la división ANBU, en la línea uno.
—Comunícalo —indicó, tomando el teléfono nuevo instalado en su escritorio—. Diga… —Hikari lo observó mientras hablaba, fascinada por cómo su expresión seria, esos ojos grises escaneando los documentos, contrastaban con la imagen desarmantemente atractiva que proyectaba. Incluso llegó a imaginar que así se vería durante esas llamadas nocturnas que ahora atesoraba en secreto—. Eso sí es un problema… bien, iremos para allá.
Kakashi colgó y suspiró profundamente, como si estuviera liberando el peso de sus pensamientos.
—Tenemos que ir a la división de inteligencia. Ahora mismo —anunció, levantándose de un salto para tomar su sombrero de Hokage.
—¿Ahora? ¿Qué ocurre? —preguntó ella, poniéndose de pie con preocupación.
—Te explico en el camino —dijo, ya dirigiéndose hacia la puerta.
—Hokage-sama…
—¿Qué?
—Su… su máscara… —murmuró, sin atreverse a mirarlo directamente. Los ojos grises de su jefe se abrieron por completo, y sus dedos volaron instintivamente hacia su rostro despejado.
—Qué descuidado —se reprendió a sí mismo, ajustando la tela con movimientos rápidos—. ¿Y ahora? ¿Cómo me veo?
—El de siempre… —respondió ella con una sonrisa tímida, mientras su corazón comenzaba a latir con fuerza otra vez.
Chapter 16: Amor IV
Chapter Text
—¿Qué está pasando? ¿Por qué seguimos aquí sin movernos? —reclamó Souta al líder de su escuadrón, con impaciencia—. Tenemos una misión de rastreo asignada, no podemos darnos el lujo de perder más tiempo.
—Las órdenes directas del jefe de la organización —explicó el hombre de complexión robusta, cruzando los brazos—. Aún no tenemos claros los detalles.
—No quiero que esto me robe mi tiempo libre —refunfuñó Souta, acercándose al resto de su equipo con visible mal humor—. Espero que al menos podamos ir al bar después de terminar este trabajo.
—Eso no se discute —respondió Yua con una sonrisa pícara, ajustándose la máscara—. Pero primero, concentrémonos en lo que viene.
Sin embargo, la sonrisa que había florecido en el rostro de Yua se desvaneció tan rápido como había aparecido cuando sus ojos captaron el movimiento en la entrada del salón principal. Desde la galería del segundo piso, reconoció de inmediato a Hikari.
Iba vestida con un atuendo que rompía por completo con el contexto habitual: una blusa floreada de color rosa sin hombros y pantalones blancos que acentuaban sus muslos y se cortaban a la altura de las pantorrillas, dejando ver sus tobillos. Su cabello rubio, que siempre llevaba recogido cuando trabajaba de Jounin, ahora caía en ondas sueltas y libres sobre sus hombros.
Se veía radiante, con una sensualidad fresca y despreocupada. Incluso sus zapatos ninja, aunque tácticos, tenían una plataforma que los hacía verse demasiado estilosos para ser un equipo shinobi convencional. Souta se quedó boquiabierto. Esa no era la Hikari meticulosa y formal que él conocía.
—¿Qué hace ella aquí? —preguntó Yua con un tono cargado de acidez.
No obstante, la voz del líder de su escuadrón sonó detrás de ellos, firme y autoritaria.
—El Hokage ya ha llegado. Diríjanse a la sala de preparación. Yo me reuniré con los demás líderes —era cierto. Abajo, Hikari se acercaba al jefe de la división de inteligencia junto a Kakashi, intercambiando saludos con una sonrisa segura y un porte profesional que parecía amplificar, en lugar de contrarrestar, el impacto de su nueva imagen.
Souta tragó en seco, sintiendo cómo una oleada de calor le recorría el cuerpo. La irritación y una molestia profunda se apoderaron de él. Ver esa versión de Hikari, tan distinta y a la vez tan auténtica, le hacía sentirse inexplicablemente incompetente. Ella siempre había sido indomable, rebelde y extrovertida, pero ahora esa esencia no solo permanecía, sino que se había amplificado, resplandeciendo en cada uno de sus gestos y en esa sonrisa radiante que nunca le había dirigido a él.
Apretó los puños con tanta fuerza que las uñas se le clavaron en las palmas, marcando medias lunas rojas en su piel. Su mirada se nubló de rabia cuando vio cómo el Hokage se inclinaba hacia ella para susurrarle algo al oído, y Hikari, lejos de apartarse o guardar las distancias, parecía completamente cómoda, casi natural, a su lado. Eso era lo que más le quemaba por dentro: saber que su ex no solo había conseguido un trabajo mejor que el suyo, sino que además parecía más feliz que nunca sin él.
—Souta —la voz de Yua sonó a su lado, teñida de preocupación—. Vamos, tenemos que prepararnos.
Él chasqueó la lengua con fastidio y se giró de manera brusca, encaminándose hacia la estancia asignada sin mirar atrás.
***
—¿Puedes encargarte de eso? —Kakashi se apartó lo justo para que su mirada se encontrara con la de ella.
—¡Déjemelo a mí! —respondió Hikari con un gesto enérgico del pulgar, los ojos brillando con determinación.
—De acuerdo. Cuando lo consigas, entra directamente a la reunión. No necesitas pedir permiso —le indicó, proyectando una calma que contrastaba con la gravedad de la situación.
Hikari asintió con firmeza y, en un instante, desapareció del lugar con la fluidez de una sombra, dejando a Kakashi observando el espacio vacío que dejaba atrás con una expresión que oscilaba entre el orgullo profesional y algo más personal, más cálido.
La situación era más crítica de lo que habían anticipado. Hikari se movía como un susurro entre los pasillos del cuartel ANBU, apareciendo y desvaneciéndose entre las sombras con una fluidez innata. Los pergaminos estaban siendo contrabandeados desde el propio cuartel hacia el País del Hierro, una nación aliada durante la Cuarta Guerra, pero la información, en realidad, terminaba en manos de samuráis renegados de ese mismo territorio.
La pregunta que ardía en el aire era simple y letal: ¿quién estaba dando la orden?
Hikari se ocultó detrás de un muro de piedra, conteniendo la respiración mientras estudiaba la cámara de vigilancia que barría el pasillo con su lente impersonal. Si lograba neutralizarla, podría ingresar a los ductos de ventilación y espiar la reunión del Hokage con mayor libertad. Recordó las palabras que Kakashi le había susurrado al oído, tan cerca que su aliento había rozado su piel:
—Si entras directamente a la reunión, pueden volverse más precavidos ante una presencia extraña. Investiga desde el exterior y observa quién está ocultando el pergamino —su voz, grave y serena, aún resonaba en su mente—. Debemos detenerlo antes de que salga de la aldea.
Con un movimiento rápido y preciso, lanzó uno de sus kunais especiales, imbuidos con su chakra eléctrico, directo hacia la cámara. Sin embargo, en lugar de destruirla y llamar a una alerta inmediata en la sala de vigilancia, el arma se transformó en un clon suyo en el aire. El clon desvió suavemente el lente de la cámara hacia la dirección opuesta, ganando así unos preciosos minutos antes de que alguien notara la anomalía y reajustara el ángulo.
Mientras su clon se ocupaba de la cámara, la verdadera Hikari se deslizó como una sombra hacia la rejilla de ventilación, desmontándola con manos expertas. Una vez dentro del frío ducto metálico, su clon volvió a colocar todo en su lugar antes de desvanecerse en una leve nube de humo.
—Debí atarme el cabello antes de entrar —murmuró para sí, exasperada, mientras una mecha rubia le rozaba la mejilla y avanzaba agachada por el estrecho pasadizo.
Se arrastró por el polvoriento ducto sin importarle que sus impecables pantalones blancos se fueran manchando de polvo y óxido, hasta alcanzar la rejilla que daba directamente sobre la oficina donde se llevaba a cabo la reunión. Divisó a cada uno de los líderes de escuadrón desplegados alrededor de la mesa de conferencias, hasta que su mirada se posó en su jefe, sentado en la cabecera con una aparente calma.
—Con todo respeto, Taro-san —intervino uno de los jefes de escuadrón, rompiendo el silencio—. Nos sorprende que haya solicitado la paralización de todas las misiones por hoy. Estamos perdiendo ingresos y, si nos retrasamos un día completo, la acumulación de pendientes será insostenible.
—Comprendo su preocupación —respondió el jefe de la división de inteligencia, un anciano de cabello canoso y largo recogido en una coleta baja—. Pero era necesaria la presencia del Hokage para esta reunión… ¿no es así, Hokage-dono?
—Así es —asintió Kakashi con serenidad—. Yo fui parte de esta facción ninja hace mucho tiempo, y he notado que varias cosas han cambiado para bien… y otras no tanto.
Esa era su señal. Hikari sabía que Kakashi estaba alargando la conversación deliberadamente, dándole el tiempo necesario para identificar al traidor que ocultaba el pergamino. Aunque, pensó con un dejo de ironía, habría sido mucho más fácil solicitar la ayuda de un Hyuuga para esta tarea. Pero, según su jefe, la presencia de alguien capaz de ver a través de la ropa y los objetos habría sido demasiado obvia, alertando al culpable antes de tiempo.
—Pero la misión del ANBU siempre ha sido proteger a la aldea desde las sombras —Kakashi se acomodó en su silla, con una calma estudiada—, evitando conflictos entre aldeas y civiles. Desactivando amenazas antes de que estallen y traigan repercusiones para Konoha.
—Y lo hemos hecho —intervino una de las líderes de escuadrón, su voz firme pero con un dejo de preocupación—. Desde que usted asumió como Hokage, hemos trabajado para mantener esa visión, alejándonos de la oscuridad que este trabajo suele atraer. Por eso me permito preguntarle: ¿hemos hecho algo mal?
Kakashi entrecerró los ojos ligeramente, escaneando los rostros alrededor de la mesa en busca del más mínimo indicio de nerviosismo o culpa. Sin embargo, tras un momento, dejó escapar un suspiro casi imperceptible.
—Buscaremos reformar el ANBU —declaró, con una voz que resonó con determinación en la sala—. Cambiaremos el paradigma y las condiciones de trabajo. Como dices, debemos alejarnos definitivamente de ese pasado oscuro que alguna vez caracterizó a la organización.
—¿Cómo planea hacerlo? —preguntó otro de los líderes, frunciendo el ceño—. Y, si me permite, ¿es realmente necesario discutir esto ahora?
—Por supuesto que lo es —intervino Taro con firmeza—. Saldrán a misiones bajo un nuevo marco de valores, y eso podría generar confusión en sus equipos si no están debidamente preparados.
—Pero no podemos cambiar la mentalidad de las personas de un día para otro —objetó otro líder, sacudiendo la cabeza—. Ya es repentino para nosotros, imagínense para nuestros subordinados.
—El Hokage y Taro-san tienen razón —por fin habló el líder del escuadrón de Souta, el hombre corpulento que mantenía los brazos cruzados—. Si queremos servir verdaderamente a la aldea, nosotros debemos ser los primeros en adoptar este nuevo pacto de pensamiento. Debemos convertirnos en el ejemplo que nuestros equipos necesitan.
Sin embargo, toda la habitación quedó sumida en un silencio tenso cuando un sonido metálico, agudo y rápido como un relámpago, irrumpió en la sala. Hikari había materializado a su lado, con su tantō empuñado y la punta firmemente presionada contra el cuello del corpulento hombre, Nobura.
—¿¡Qué diablos!? —gritó uno de los ninjas, desenvainando su arma al instante. Los demás lo imitaron, apuntando sus kunais y espadas hacia Hikari, quien se mantenía impasible, con la mirada fría y determinada—. ¡Aléjate de Nobura-san!
—¿Cómo sabe que es él, Hokage-dono? —preguntó el jefe de la división, Taro, con una calma que contrastaba con la escena.
Kakashi se reclinó en su asiento, observando la situación con aparente desapego.
—Ella tendrá sus razones, ¿no es así, Hikari? —la ninja asintió con un movimiento casi imperceptible de la cabeza, sin apartar los ojos de su objetivo.
—¡¿Y esta es su nueva doctrina?! —estalló la líder de escuadrón, con voz cargada de indignación—. ¿Tratarnos como si fuéramos delincuentes?
—Saque el pergamino, por favor —solicitó Hikari con una cortesía que contrastaba con la hoja afilada que presionaba contra el cuello del hombre. Los líderes presentes se miraron entre sí, la confusión dibujada en sus rostros. Nobura suspiró, un sonido pesado y resignado, y con movimientos lentos extrajo dos pergaminos de su riñonera.
—¿Qué es eso? —preguntó uno de sus aliados, con la voz entrecortada por la incredulidad.
—Es la información que el jefe de escuadrón ha estado filtrando a los samuráis renegados del País del Hierro —explicó el Hokage, cruzando los brazos con una calma que parecía tallada en hielo—. ¿No es así, Nobura-san?
—No puede ser —protestó otro líder, palideciendo—. ¿Qué has hecho?
—Los ANBU desapareceremos tarde o temprano, Hokage-sama —habló Nobura con lentitud, sus ojos oscuros fijos en un punto lejano, como si reflexionara en voz alta—. ¿Es un crimen que me preocupe por el futuro de mi gente?
—Por supuesto que no —respondió Kakashi con un humor seco—. El problema es que solo estás salvando tu propio pellejo con estas misiones falsas. Arriesgas a tu escuadrón enviándolos a misiones inexistentes, robas a la aldea con pagos ficticios que nunca llegan a nuestras arcas… todo para asegurar tu huida cuando el sistema colapse.
—Eres un desgraciado, Nobura —la líder del escuadrón apretó los dientes con tanta fuerza que parecía que podrían quebrarse. Clavó su kunai en la mesa con un golpe seco que resonó en la sala—. Después de todos estos años, has estado jugando con nosotros. Vendiendo información… y solo los dioses saben qué más.
—¿Crees que este sistema no colapsará? —alzó la voz, desafiante—. Nos terminarán enviando a remodelar casas, a cuidar ciudadanos… incluso nos rebajarán a ser tratados como simples Jōnin.
—Prefiero eso antes que ser una traidora —le espetó la líder con una fuerza que cortó el aire—. No puedes ser tan malagradecido y renegar de la mano que te dio de comer.
—¡Nosotros somos quienes les damos de comer! —replicó él, con amargura.
—Por escorias como tú es que se pudre nuestro sistema desde dentro —escupió ella, con desprecio—. Hokage-sama, le ruego nos disculpe, pero tuvo toda la razón en detener las misiones. Solo los dioses saben lo que habría pasado si esos pergaminos hubieran llegado al País del Hierro.
—Lo que sí sabemos —intervino Hikari, con una calma que contrastaba con la tensión en la sala— es que Nobura está conspirando con los samuráis renegados para orquestar un golpe de estado en ese país. Su participación arrastraría a Konoha, culpándonos de intervencionismo… eso afectaría gravemente la paz que tanto nos ha costado construir, ¿no es así, Nobura-san?
—Mal nacido —murmuró otro de los ninjas, con desprecio.
—Hokage-dono, seguiremos sus órdenes al pie de la letra —intervino Taro, levantándose de su asiento. Kakashi lo imitó, su figura proyectando una autoridad silenciosa pero innegable.
—Se realizarán interrogatorios a todos los equipos —declaró Kakashi, con voz clara y firme—. Pero el equipo de Nobura permanecerá confinado. Debemos determinar si alguien más estaba involucrado.
—Así se hará, Hokage-dono —asintió Taro, y luego, elevando la voz, gritó hacia la puerta—: ¡Guardias!
La puerta se abrió de golpe, revelando a un grupo de ninjas de refuerzo junto a Ibiki Morino. El temido jefe del Departamento de Interrogatorios se acercó con pasos pesados para tomar los pergaminos incautados, mientras sus subordinados procedían a detener a Nobura, quien, resignado, no opuso resistencia. Hikari dio unos pasos atrás, desvaneciéndose en segundo plano con la elegancia de quien sabe que su parte ha concluido, permitiendo que la maquinaria de la aldea tomara el control de la situación.
Se acercó a su jefe manteniendo una distancia profesional, esperando en silencio cualquier nueva indicación. Los demás líderes de escuadrón se congregaron a su alrededor, visiblemente afectados por la traición que acababa de salir a la luz.
—Apoyaremos todo el proceso de investigación, Hokage-sama —declaró uno de los ninjas, con firmeza.
—Es increíble cómo lograron descubrirlo a tiempo —comentó la líder, sacudiendo la cabeza con un dejo de preocupación—, pero la verdad es que esto nos tiene intranquilos. Tememos que algo así pueda volver a ocurrir.
—Para evitar que se repita, debemos actuar siempre con rectitud y en beneficio de la aldea —reflexionó el Hokage, su voz serena pero cargada de convicción—. Servimos a nuestra gente. Actuar movidos por el egoísmo solo siembra miedo y rencor, y eso, al final, nos destruye a todos.
—Pero ¿cómo supieron que era él? —preguntó otro de los líderes, dirigiéndose a Hikari—. Nunca hizo nada sospechoso que lo delatara abiertamente.
—La verdad es que sí lo hizo —respondió ella, pensativa, mientras intentaba sacudir el polvo de sus pantalones blancos—. Todos ustedes actuaron según lo esperado.
—Explícate, por favor.
—Si alguien te propone algo que parece absurdo, lo natural es reaccionar con sorpresa e incomprensión —señaló, alzando un dedo—. Todos estaban desconcertados por la reunión con el Hokage y sus palabras; era una petición difícil de procesar y replicar de inmediato a sus escuadrones. Pero… —su mirada se perdió por un instante, como si reconstruyera la escena—. Nobura sabía que si se mostraba de acuerdo con la propuesta del Hokage, no solo ganaría su confianza, sino que también podría convencerlos a ustedes más rápidamente. Así, la reunión no se alargaría y él podría salir de la aldea a tiempo. Sabía que apoyar sus palabras —miró a Kakashi— era la forma más efectiva de evitar sospechas.
—Bastante brillante, niña —comentó Taro, con una mirada de genuino respeto—. Gracias por su intervención, Hokage-dono —se inclinó hacia Kakashi, y todos los ninjas presentes imitaron el gesto en un acto espontáneo de gratitud.
—No es necesario que hagan eso —Kakashi sonrió, con un dejo de incomodidad—. Es nuestro deber cuidar de nuestros ninjas.
—Y se nota todo el esfuerzo que hace por ello, Hokage-dono —sonrió el jefe de la división, antes de volverse hacia la joven asistente—. Si en algún momento quisieras unirte al ANBU, las puertas están abiertas para ti.
—Ya postulé… como tres veces —admitió ella, desviando la mirada con timidez.
—¿Y qué pasó? Veo que tienes todas las habilidades necesarias —insistió Taro, con curiosidad.
—Pues… —removió el suelo con la punta del zapato, avergonzada. ¿Cómo explicar que siempre la habían considerado demasiado "blanda" para las misiones más oscuras del ANBU?
—Su puesto era este —intervino Kakashi, con una sonrisa serena pero llena de confianza—. Ella tenía que estar justo aquí.
Hikari sintió que el corazón se le detenía por completo ante las palabras de su jefe.
La risa de Taro, cálida y resonante, solo logró aumentar el rubor en las mejillas de Hikari.
—Pero no se aproveche de ella —lo reprendió el anciano con un tono juguetón, como si hablara con un niño—. Tiene un diamante en bruto a su lado. Ella podría ayudarle a hacer de esta aldea algo más que grande en el futuro.
—Sé que será así —Kakashi se volvió hacia ella, y su sonrisa, tan cálida y genuina, le hizo sentir que el mundo se detenía por un instante.
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Por supuesto, el trabajo que siguió al escándalo fue una montaña de reuniones e informes que el Hokage debía completar, y en los que Hikari tuvo una participación crucial: recopilar datos, filtrar información e incluso coordinar citas para los interrogatorios. Todo dentro del plazo estricto de diez días hábiles que marcaba el protocolo anticorrupción de la aldea.
Agradeció que Sai hubiera terminado su luna de miel justo a tiempo para acudir al rescate del equipo del Hokage, apoyando desde su rol dentro del ANBU. Hikari lo acompañó en varias visitas a la división de inteligencia para los interrogatorios. Lo peor fue descubrir que uno de los equipos bajo vigilancia era el de su ex, Souta, lo cual le hizo desarrollar un molesto tic en el ojo cada vez que lo recordaba.
—Estamos listos, Hikari-san —informó Sai. Ya había anochecido, y ambos ninjas salían del edificio de la división de inteligencia tras finalizar los últimos interrogatorios—. El Hokage mencionó que puedes considerar tu jornada concluida.
—Eso es bueno —respondió ella, estirando la espalda con un suave gemido de alivio—. Entonces nos vemos en la reunión del miércoles. Gracias por tu ayuda hoy.
—Nos vemos —asintió Sai, haciendo una leve pero formal reverencia.
—¡Oh! Y por favor, mándale mis saludos a Ino —agregó Hikari con una chispa de alegría genuina en la voz, mientras comenzaba a alejarse en la dirección opuesta.
La noche estaba impregnada por el brillo neón de los restaurantes y bares que bordeaban la calle. Sentía el peso del agotamiento en cada músculo, pero aun así, una sonrisa se dibujó en sus labios. Agradecía estas noches de verano, donde el aire cálido le permitía llevar una blusa ligera y una falda que se mecía con cada paso, rozando sus piernas un poco por encima de las rodillas, liberadora y fresca.
Sólo quedaban un par de reuniones para dar por concluida la investigación. Aunque el Hokage no estaba directamente a cargo del proceso, ella se sentía responsable de participar activamente, dado que había sido parte fundamental de la misión encubierta.
Eso, sin embargo, había significado no ver a su jefe en toda la semana. Extrañaba sus bromas sutiles, esos momentos de distracción en los que él confundía archivos a propósito, y las tardes en que se sentaban a conversar sobre cosas triviales que, de algún modo, nunca lo eran.
Al menos mañana volvería a la oficina del Hokage, así que necesitaba pensar qué sería lo más apropiado para usar en su regreso como asistente. Se detuvo en seco, perpleja ante su propio pensamiento infantil. ¿Desde cuándo necesitaba "preparar" un atuendo para un trabajo que había desempeñado durante meses? Se llevó una mano a la frente, avergonzada. Estaba siendo completamente irracional. Siempre se había preocupado por vestir bien, eso era cierto, pero ahora…
Ahora quería que su jefe le prestara atención.
—¡Con que ahí estás! —una voz ebria y familiar cortó la noche detrás de ella. Al girarse, encontró a Souta tambaleándose, con la mirada vidriosa y el alcaraveado. Respiró hondo y decidió ignorarlo, apretando el paso—. ¡Oye! ¡Te estoy hablando!
—¡Qué ruidoso para ser tan tarde! —se tapó los oídos exageradamente y aceleró aún más, sintiendo sus pasos torpes pisándole los talones—. ¿Por qué siempre me lo cruzo en los peores momentos? —murmuró entre dientes, con fastidio.
—¡No pienses que puedes huir de mí! —la señaló con un dedo tembloroso, la voz cargada de rencor—. ¡Te estoy hablando, maldita asistente entrometida!
Fue entonces cuando ella se detuvo en seco. Con un movimiento brusco, lo tomó del brazo y lo arrastró hacia un callejón cercano, empujándolo contra la pared de ladrillos con una fuerza que sorprendió incluso a ella misma, liberando toda la ira que había estado acumulando desde el primer instante en que escuchó su voz.
—¿Qué demonios quieres, Souta? —le espetó entre dientes, mientras sus ojos violetas, iluminados por los neones de la calle, relucían con una intensidad gélida que lo dejó paralizado—. ¿De verdad no tienes nada mejor que hacer que amargarme la existencia?
—¡Eso! ¡Esa es la actitud! —escupió él, con una risa amarga—. Crees que el mundo gira alrededor de ti, ¿verdad? Pero no eres más que una maldita ególatra que se dedica a arruinarle la vida a los demás.
—¿De qué estás hablando? —replicó, dando un paso atrás con fastidio—. Yo no soy quien anda persiguiendo a su ex por la calle, borracho y patético.
—¡Al menos yo no dejé a un escuadrón entero sin poder trabajar, maldita arpía! —avanzó tambaleándose, adentrándose más en el callejón. Hikari suspiró, pasándose una mano por la frente, ya exhausta.
—¿Es por eso? No los dejamos sin trabajo —aclaró, gesticulando con las manos—. Solo es una pausa temporal mientras termina la investigación. Es un protocolo estándar.
—¡Estamos sin ingresos! —rugió él.
—Sin el bono de ANBU —lo corrigió, cruzando los brazos con firmeza—. Todavía reciben su sueldo base de Chūnin. Y créeme, si no tienen nada que ocultar, esto se resolverá mucho más rápido de lo que imaginas.
—¡Ese es tu maldito problema! —rugió, con la voz cargada de rencor—. Siempre te crees mejor que todos, la gran salvadora de los ninjas desvalidos.
—Souta, ¿qué estás diciendo? Yo solo hago mi trabajo —replicó ella, entre confundida y molesta, conteniendo la frustración que le hervía en el pecho.
—¡Tu trabajo es ser una simple asistente! —se le acercó tambaleándose, señalándola con un dedo acusador—. De esas que sirven café y se sientan en las faldas de su jefe. Pero no, tú no te conformas con eso; además de acostarte con el Hokage, también te las das de justiciera.
—No tienes idea de lo que dices… —apretó los mandíbulas, sintiendo cómo el enojo le tensaba cada músculo.
—¡Lo he visto todo! —la tomó bruscamente de los brazos, sacudiéndola con fuerza—. Ese puesto tuyo nunca fue un logro profesional. Solo fue tu trampolín. Primero te hiciste la amante del Hokage, sonriéndole como una zorra para luego colarte en la división de inteligencia, porque sabías que nunca serías más que una Jōnin mediocre. Eres más astuta de lo que creía.
Pero entonces, un sonido seco y contundente cortó el aire: la cachetada que Hikari le propinó resonó en el callejón. Las lágrimas brotaron de sus ojos sin permiso, no de tristeza, sino de rabia pura, ardiente, ante la injusticia de cada palabra que él había escupido.
—Yo… jamás me he acostado con el Hokage —logró decir, esforzándose por mantener la voz firme a pesar del temblor que sentía en el pecho—. Y en cuanto a la investigación, solo seguí órdenes. Que haya corrupción en tu institución no es culpa mía. Mi deber es acompañar al Hokage en todo lo necesario para que esta aldea prospere… así que no vuelvas a insinuar que he hecho algo tan bajo como aprovecharme de mi cargo.
—Cuando te vi ese día en el cuartel… —comenzó Souta, con voz más lenta y grave, llevándose la mano a la mejilla aún enrojecida—, vi cómo tus ojos brillaban. Eras otra persona, no la mujer con la que estuve… te veía feliz, segura de ti misma, llena de una ambición y una luz que jamás vi cuando estábamos juntos.
—¿Eso… eso es lo que tanto te molesta? —su voz se quebró, incapaz de disimular el dolor punzante que le atravesaba el pecho.
—La verdad… fue darme cuenta de que eres de esas mujeres que solo se aprovechan de los demás —la miró con altivez, el pecho aún agitado por la ira contenida—. Solo te importa tu vida, tu carrera, y por eso nunca podrás amar de verdad a alguien más… ni nadie podrá amarte a fondo. ¿Crees que alguien querría estar con una mujer que abandona a su novio por su trabajo? Estás sola, Hikari… y te quedarás así, porque tu egoísmo es más grande que cualquier sentimiento.
Souta se dio la vuelta con brusquedad y se marchó, dejándola sola en la penumbra fría del callejón. Hikari sintió cómo algo se resquebrajaba en su interior, algo frágil y esencial. Se tapó el rostro con las manos, ahogando los sollozos que amenazaban con escapar, pero las lágrimas rodaron libres, calientes y amargas, revelando una herida que iba mucho más allá del orgullo herido. Se dejó caer en cuclillas contra la pared áspera, abrazándose las piernas, sintiéndose miserable y, por un instante que pareció una eternidad, terriblemente sola bajo la fría y distante luz de la luna.
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Kakashi había terminado otro día de trabajo, uno que podía calificar como particularmente monótono. Había intentando sobrevivir con Yurito como asistente temporal, pero su torpeza innata para las tareas administrativas lo llevó a reasignarlo a otros quehaceres después del primer día, insistiendo en que podía manejar todo perfectamente sin Hikari.
Le tomó exactamente dos días admitir, en la intimidad de sus pensamientos, que quizás Hikari era demasiado eficiente, o que él era un desastre completo sin ella. Optó por creer lo primero, por el bien de su amor propio. Pero no podía engañarse: extrañaba sus conversaciones triviales, aquellos atuendos extravagantes que iluminaban la oficina, y sobre todo, esa risa nerviosa que solo él conseguía arrancarle con sus bromas tontas.
Solo había alcanzado a ver la punta de su nariz cuando coincidieron brevemente en el cuartel durante una reunión con el jefe de la división. A veces, el rastro de su perfume floral se le cruzaba en un pasillo, o vislumbraba el vuelo de la falda de su vestido al doblar una esquina, lo suficiente para que se preguntara qué habría elegido ponerse ese día.
Mientras caminaba bajo las luces tenues de la noche en Konoha, se sintió ridículamente ingenuo por tener una parte de sus pensamientos permanentemente reservada para Hikari. Suspiró, y el sonido se perdió en el aire tranquilo. Él era mayor, y ella tenía un mundo entero por delante para explorar y crecer. Además, él estaba lo suficientemente marcado por la vida como para saber, con certeza, que cualquier sentimiento que albergara solo terminaría empañando esa sonrisa cálida que ella le regalaba cada mañana.
—Mi deber es acompañar al Hokage en todo lo necesario para que esta aldea prospere… así que no vuelvas a insinuar que he hecho algo tan bajo como aprovecharme de mi cargo.
Kakashi se detuvo en seco al reconocer la voz de su asistente. Con las manos en los bolsillos, giró sobre sus talones, escaneando la calle atestada de gente que disfrutaba de la vida nocturna. El rumor de las conversaciones y las risas dificultaba ubicar el origen. Avanzó unos pasos, y la voz de Hikari se hizo más clara, seguida por otra voz masculina que lo heló.
—¿Crees que alguien querría estar con una mujer que abandona a su novio por su trabajo? Estás sola, Hikari… y te quedarás así, porque tu egoísmo es más grande que cualquier otra cosa.
Esta vez, la ubicó con precisión. Se deslizó hacia un lado, refugiándose en el escaparate iluminado de una tienda, justo a tiempo para ver a ese fastidioso ANBU de cabello castaño alejarse del callejón adyacente con aire de suficiencia.
Su mirada se desvió entonces hacia la boca del callejón oscuro. Y allí estaba ella: Hikari, acurrucada entre cajas de cartón y bolsas de basura, con el rostro enterrado en sus manos y los hombros sacudidos por un llanto silencioso. Una parte de él, la racional, le recordó que no debía intervenir. Era su horario libre, su vida privada. Ella era fuerte, superaría esto. Lo sensato era seguir camino a casa y actuar como si no hubiera visto nada.
Y así lo intentó. Dio media vuelta y retomó su camino, convenciéndose a sí mismo de que mañana, cuando ella volviera al trabajo, todo habría vuelto a la normalidad.
O eso creyó, hasta que se encontró empujando la puerta de una tienda de conveniencia, con las manos ya ocupadas por un puñado de pañuelos de papel, dos latas de té caliente y una bolsita de esos dulces extrañamente coloridos que él jamás comería, pero que le habían visto robar a ella alguna vez del frasco de la recepción.
****
Se le encogió el alma al pensar que las palabras de Souta habían logrado filtrarse bajo su piel. No estaba enfadada con él, sino consigo misma, por permitir que esa debilidad la atravesara, por admitir, aunque fuera por un segundo, que quizás tenía razón. Que era egoísta por anhelar la vida que siempre había querido, por desear ser reconocida por todo lo que había superado, por negarse a ser solo un número más en la historia de la aldea.
—Se te ensuciará la ropa si sigues ahí —esa voz, serena y familiar, la hizo tensarse de inmediato. Ay, no, pensó, con un hundimiento en el pecho. Justo cuando creía que la noche no podía empeorar, allí estaba su jefe, siendo testigo de cómo lloraba acurrucada entre la basura y la sombra. Una sensación de patetismo absoluto la envolvió por completo.
Se levantó rápidamente, sacudiendo el polvo de sus rodillas con movimientos nerviosos, apoyándose contra la pared como si esta pudiera tragársela en cualquier momento. Evitaba mirarlo directamente, los dedos jugueteando entre sí mientras intentaba contener los últimos sollozos que aún le sacudían el pecho.
—Ten —él le acercó un pequeño paquete de pañuelos de papel con un gesto tranquilo. Hikari los miró por un instante, como si no comprendiera del todo su presencia, antes de tomarlos con manos que aún le temblaban levemente.
—Gracias… —murmuró, sintiendo cómo la vergüenza le teñía las mejillas de un calor intenso. Se secó el rostro con cuidado, consciente de que sus ojos debían estar hinchados y rojos, su vulnerabilidad completamente expuesta.
—Hay un mirador por aquí cerca —comentó él, con una naturalidad que sonaba a salvavidas arrojado en medio de un naufragio—. La vista de la aldea de noche es bastante clara. ¿Te gustaría ir?
Ella juntó todo el valor que le quedaba para articular una negativa educada, para retirarse con algo de dignidad, pero cuando alzó por fin la vista y se encontró con esos ojos oscuros y serenos que la observaban sin juicio, con una paciencia infinita, las palabras se le transformaron en un suspiro que liberaba parte del peso en su pecho.
—Me encantaría… —logró decir, y por primera vez en toda la larga y dolorosa noche, sintió que volvía a respirar de verdad.
******
—¿Así que… Souta? —preguntó Kakashi con una sonrisa ligera mientras caminaban. Hikari rodó los ojos, ya un poco más tranquila, y bebió un sorbo del té caliente que él le había dado.
—Es una historia larga —respondió con un gesto de fastidio, aunque una esquina de su boca se curvó levemente.
—Me lo imagino, y tampoco es asunto mío —se encogió de hombros con naturalidad—. Pero me pareció familiar… ¿no era el ANBU que nos escoltó en el primer viaje a Suna?
—Sí, él es —admitió con una sonrisa amarga.
—¿Y en ese entonces ya eran…?
—No, para nada —negó con una mueca tan genuina de desagrado que Kakashi no pudo evitar reírse—. Ya habíamos terminado. Lo que no esperaba era encontrármelo otra vez justo ahora.
—Ah, pensé que aún lo eran. Se la pasaba muy pendiente de ti durante esa misión —comentó él, entrecerrando los ojos con picardía.
—Ni te imaginas —suspiró, olvidándose por completo de la formalidad—. Después de lo de esta noche, confirmo que está completamente fuera de sí.
—El problema nunca es el dolor de un hombre —dijo Kakashi con sencillez, llegando al mirador para apoyarse.
—Entonces, ¿qué es?
—El orgullo —respondió con una sonrisa comprensiva—. Él debe ser de esos que se sienten inferiores y, por eso, buscan arrastrar a los demás a su miseria. Tú, al parecer, le diste justo donde más le duele: seguiste adelante sin mirar atrás.
Hikari se mordió el labio pensativa, contemplando el horizonte nocturno de la aldea extendiéndose a sus pies.
—Con esto solo me queda claro lo que él decía… —apretó la baranda, balanceándose ligeramente.
—¿Qué cosa?
—Que nadie puede amar a una mujer que sigue adelante sin ayuda —lo miró de reojo, solo por un instante, antes de que ambos volvieran a frente al paisaje.
—Esas son las peores.
—¡Oye! —se giró hacia él con una fingida indignación, aunque podía ver la sonrisa que se escondía bajo su máscara—. ¿No estarás hablando en serio?
—Lo digo muy en serio —respondió, conteniendo la risa con evidente dificultad—. Solo piénsalo, ¿qué hombre en su sano juicio querría a una mujer independiente, inteligente, valiente, con sentido del humor y encima con buen gusto? —Hikari sintió que cada palabra ablandaba un poco más el nudo en su pecho—. Ese tipo de mujeres son las más peligrosas.
—¿Por qué?
—Porque saben que jamás volverán a encontrar a alguien así en toda su vida —respondió, y Hikari sintió que el mundo daba una vuelta completa—. Y te condenan a vivir sabiendo que nunca podrías amar a alguien más tan… impresionante.
No supo qué responder. Se quedó en silencio, mirando el paisaje iluminado por las luces de la aldea, procesando sus palabras. Hasta que una duda, aguda e insistente, comenzó a carcomerla por dentro.
—¿Kakashi?
—¿Mmm?
—¿A ti… te ha pasado eso? —preguntó, con un nudo de nervios en el pecho—. ¿Encontraste a alguien así?
—Por supuesto —respondió él con una naturalidad que la descolocó. Hikari se giró hacia él, sorprendida, sintiendo cómo ese nudo de ilusión se tensaba peligrosamente, a punto de romperse.
—¿Qué… qué pasó? —apretó inconscientemente el frío metal de la baranda.
—El amor no es para mí, Hikari —fue una respuesta fría, pero extrañamente cordial, como si estuviera citando una lección aprendida hace mucho tiempo—. La vida me ha enseñado que la mejor forma de cuidar a alguien es, a menudo, amarlo desde lejos. Quien soy, las decisiones que he tomado… este trabajo solo trae dolor a quienes se acercan demasiado. Por eso, prefiero tomar distancia. Es más sencillo.
—Lo entiendo… —murmuró, observando sus manos con una mezcla de resignación y leve decepción.
—Lo cual no significa que todos deban vivir así —aclaró él suavemente. Hikari volvió a mirarlo, disimulando el eco de sus propias heridas tras una sonrisa serena—. Eres joven, Hikari. Estoy seguro de que encontrarás a alguien que te valore exactamente como mereces.
—Gracias —respondió, con un tono amable pero pensativo—. A veces el amor me parece demasiado complicado —soltó una risa suave, casi para sí misma—. Pero sé que no desaparece de nuestras vidas. Tiene sus matices y sus colores, a veces el dolor es tan intenso que nos ciega… pero el amor sigue ahí. Creo que no debemos olvidar que siempre existe en nosotros, incluso cuando duele.
Ahora fue su turno de guardar silencio, sumido en sus propios pensamientos, mientras ambos contemplaban el paisaje nocturno teñido de luces tenues. El aire entre ellos se había vuelto cómodo, cargado de algo que ninguno se atrevía a nombrar.
—¡Qué tarde se ha hecho! —Hikari lo sacó de sus cavilaciones al consultar su reloj—. Debo regresar a casa. Mañana no puedo llegar tarde o mi jefe se molestará.
Kakashi emitió un bufido suave ante el comentario.
—Debe ser un tipo bastante gruñón, ese jefe tuyo.
—Sí, demasiado —bromeó ella, jugueteando con el borde de su falda—. Sobre todo si no tiene su café listo en la mañana.
—Eso no es ser gruñón, eso es ser mañoso —replicó él, girándose para apoyarse en la baranda con una sonrisa en los ojos antes de enderezarse—. Te acompaño a tu casa.
—No es necesario, de verdad —respondió ella, esquivando la mirada con una sonrisa agradecida—. Ya has hecho mucho por mí esta noche.
—¿Estás segura?
—Sí —asintió, comenzando a alejarse—. Gracias por todo, Kakashi.
—No fue nada —respondió él, sacando su libro con un gesto habitual—. Que llegues bien.
—Gracias, tú también —levantó la mano para despedirse, pero se detuvo a mitad del camino—. Kakashi.
Él alzó la vista hacia ella, una vez más.
—Creo que tú también deberías darle una oportunidad al amor —dijo con una sonrisa que parecía capturar toda la luz de la luna—. No sé, quizá te sorprenda. Bueno, nos vemos mañana.
Levantó la mano de manera automática para despedirse, pero su mente ya se había quedado atrapada en sus palabras. Se quedó allí, inmóvil, mientras la figura de Hikari se alejaba con su falda meciéndose con la brisa nocturna. Y solo cuando ya estaba sola en la distancia, recordó que seguía sosteniendo en su mano el paquete de dulces que había comprado especialmente para ella.
Chapter 17: Confusión
Chapter Text
—Te gusta tu jefe —declaró Yuka, cruzando los brazos con una sonrisa de absoluta suficiencia. Aoi, a su lado, asintió con un gesto exagerado mientras mordisqueaba una alita de pollo con entusiasmo.
Hikari soltó un chillido ahogado ante el comentario, casi saltando sobre su silla.
—¿Por qué dices eso? ¡Por supuesto que no!
—¿No es obvio? —preguntó Yuka con ironía, mirando la escena con diversión pura. En su supuesta "noche de chicas", en lugar de ver una película romántica con cerveza y snacks, estaban recortando intrincadas decoraciones de papel porque el Hokage pronto cumpliría años. —Has caído bajo su hechizo de hombre perezoso y misterioso, amiga. Es un hecho científico.
—No lo hago por gusto —protestó Hikari, recortando una guirnalda con más fuerza de la necesaria, haciendo que el papel crujiera de protesta—. Naruto-san me pidió ayuda personalmente para organizar la fiesta sorpresa. Es parte de mis responsabilidades como asistente principal.
—Tu jefe no es Naruto —señaló Aoi con la voz ligeramente pastosa por el pollo frito—. Es el tipo que se sienta al otro lado del escritorio y por el cual estás recortando estrellitas a mano.
—¡Y no vayas a ensuciar los papeles con esa grasa! —se quejó Hikari, apartando rápidamente las decoraciones del radio de acción de su amiga, con las mejillas ya teñidas de un rubor que nada tenía que ver con el esfuerzo manual—. Esto lo hago sólo porque siempre celebramos los cumpleaños de todo el equipo, ¿recuerdan que también organicé el de Yurito?
—Sí, pero en esa ocasión sí tuvimos nuestra verdadera tarde de chicas, con vino y chismes —reprochó Aoi, mientras buscaba un trozo de papel limpio para recortar, sin mucho éxito—. Además, el Hokage ni siquiera recordó tu cumpleaños.
En ese preciso momento, Hikari estornudó con fuerza —quizás por el polvo del papel, quizás por la tensión— y se levantó en busca de unos pañuelos.
—Porque estaba hasta el cuello organizando los preparativos de la boda de Naruto-san—explicó mientras se sonaba la nariz con cierto énfasis defensivo—. No tuvo tiempo.
—Por eso mismo lo odiamos —declaró Yuka, cruzando los brazos y clavando una mirada cómplice en su amiga ruborizada—. ¿Cierto, Aoi?
—Cierto —asintió Aoi con solemnidad, levantando su alita a modo de brindis acusatorio.
Hikari se limitó a rodar los ojos hacia el cielo, pero una sonrisa pequeña e involuntaria asomó en sus labios, traicionándola por completo.
—Está bien que lo odien, es mi jefe, al fin y al cabo. Uno no tiene por qué caerle bien a todo el mundo.
—El jefe que te gusta —insistió Yuka, arrastrando la palabra con deleite.
—¡Que no me gusta! —protestó Hikari, y otro estornudo, perfectamente oportuno, la traicionó estrepitosamente.
—Hikari-chan, ¿ya te estás resfriando? —preguntó Aoi con genuina preocupación, dejando a un lado su alita.
—No, no, es solo alergia. Nada grave.
—¿Qué alergia, si estamos entrando al otoño y no hay polen? —Yuka alzó una ceja escéptica, mirando a su alrededor como si buscara un culpable botánico.
—Eso… eso es lo que tiene esta alergia en particular —improvisó Hikari, señalándola con las tijeras que brillaron bajo la luz—. El cambio de estación la intensifica. ¡Ahora dejen de buscarle la quinta pata al gato y ayúdenme a terminar estas guirnaldas, o nunca saldremos de aquí!
***
—¡Shikamaru-kun! —Hikari saltó de su asiento para recibirlo con un abrazo entusiasta, algo que él, como era de esperar, recibió con una incomodidad palpable—. No tienes idea de todo lo que hemos tenido que manejar. ¡Qué bueno que ya volviste!
—Esto ya es problemático —murmuró, liberándose suavemente del abrazo, un gesto que Hikari anticipó y tomó con humor—. Ya me enteré de todo, así que me imagino la montaña de trabajo que me espera.
—Así es… —suspiró Kakashi desde detrás de su escritorio, sin levantar la vista del documento que revisaba—. Pero lo importante es que hayas disfrutado tu luna de miel. Dime, ¿ya eres papá?
—¡Kakashi-sama! —lo reprendió Hikari, con las mejillas teñidas de un rojo instantáneo. Shikamaru se llevó una mano a la frente con exasperación.
—La verdad es que no los extrañaba, especialmente a ti, Kakashi.
—Yo tampoco extrañaría el trabajo si estuviera de luna de miel —replicó él con una sonrisa audible en su voz.
—¡Suficiente! —Hikari les reclamó a ambos y se giró para salir de la oficina, dejando tras de sí un aire de falsa indignación. Kakashi no pudo evitar sonreír bajo su máscara. Hoy, sin duda, se veía especialmente bien: el cabello recogido en una coleta alta, un suéter negro de cuello tortuga que resaltaba su figura, pantalones blancos impecables y sus característicos lentes redondos de color rosa.
—Me alegra ver que todo sigue igual que siempre —comentó Shikamaru, mirando la puerta que se acababa de cerrar.
—Por supuesto. ¿Por qué debería cambiar algo? —Kakashi se reclinó en su silla con una actitud despreocupada.
—Yurito habla mucho, ¿sabes? —insinuó Shikamaru con una sonrisa apenas perceptible.
—¿Y eso qué importa? —Kakashi ladeó la cabeza, fingiendo confusión—. Hemos estado enterrados en trabajo hasta el cuello, como de costumbre.
—Mmm —Shikamaru asintió, esa sonrisa persistiendo en sus labios.
—¿Qué? —preguntó Kakashi, con un tono ofendido.
Justo entonces, la puerta se abrió de nuevo.
—Shikamaru-kun —Hikari asomó de nuevo la cabeza por la puerta, apoyando la mejilla en el marco sin entrar del todo—. ¿Al final sí vamos a almorzar juntos?
—Sí, en eso quedamos, ¿no? —respondió él con su habitual sencillez.
—¿Cómo que van a almorzar juntos? —preguntó Kakashi, alzando la vista con una expresión entre confundida y ligeramente alarmada—. Yo también voy.
—Pero, Hokage-sama… —Hikari le dirigió una mueca de disculpa—. Ya encargué su almuerzo para que se lo traigan a la oficina. Recuerde que tiene la reunión con el consejo después del mediodía.
El Hokage se dejó caer hacia atrás en su silla con un bufido sonoro y dramático.
—Perfecto. Vayan entonces, diviértanse. Mientras tanto, yo me quedaré aquí, secándome entre papeles y actas —respondió, tomando un documento y comenzando a hojearlo con un énfasis exagerado que delataba su fingido desdén.
—Menos mal que todo sigue exactamente igual que antes —comentó Shikamaru, lanzando la frase al aire justo antes de salir por la puerta, evitando por poco la mirada asesina que Kakashi le dirigió a su espalda.
Sin embargo, el mediodía no fue exactamente un simple almuerzo entre colegas, sino más bien una escapada estratégica para ir a ver el regalo para el Hokage. Shikamaru le había llamado la noche anterior para proponerle que fueran juntos a buscar «algo especial».
—No pensé que fueras de los que recuerdan dar regalos —comentó Hikari, observando los escaparates de las tiendas mientras caminaban.
—La verdad, es puro instinto de supervivencia —explicó Shikamaru con una expresión de fastidio genuino—. El año pasado se me olvidó por completo y pasó meses quejándose de forma pasivo-agresiva. Fue insufrible.
—¿Y cuándo dejó de hacerlo?
—Más o menos cuando llegaste tú —suspiró, lanzándole una mirada significativa—. Si no hubieras aparecido, probablemente seguiría haciéndome sentir culpable hasta hoy.
—Vaya… con razón dicen que es mañoso —se rió Hikari, imaginándose la escena con una ternura que no pudo disimular—. ¿Qué crees que le gustaría?
—Cualquier cosa de su libro cochino —respondió Shikamaru, dirigiéndose directamente hacia una librería—. Compremos una edición especial o una colección nueva. Eso lo mantendrá entretenido—y callado—por un par de meses, al menos.
—La verdad es bastante dudoso como regalo —comentó Hikari mientras pasaba los dedos por el lomo de uno de esos volúmenes con una mueca de leve asco—. Cuando los leí por primera vez, pensé que eran una sátira, pero parece que en realidad tienen… fans devotos.
—¿Leíste esa porquería? —Shikamaru se giró hacia ella, genuinamente sorprendido.
—Fue cuando recién me contrataron. Creí que era parte de mi capacitación: ‘entender la mente del Hokage’ —explicó con un encogimiento de hombros.
—Tienes un estómago de acero —murmuró él, sacando un libro de una edición limitada con una cubierta especialmente llamativa—. Espero que al menos hayas sacado alguna conclusión útil.
—La verdad… solo me quedé con más dudas que respuestas.
—No quiero saber —negó Shikamaru rápidamente, colocando el libro en el mostrador para pagar—. En serio, no me cuentes.
—Tampoco te iba a contar los detalles —respondió Hikari con una sonrisa pícara, disfrutando momentáneamente su incomodidad.
Volvieron a la torre después de su compra. Hikari guardó con cuidado el regalo en su bolso y, aprovechando que el Hokage aún estaba en reunión, lo escondió en un cajón de su escritorio. Sin embargo, algo en su interior le decía que aquello no era suficiente. Sentía que ese regalo podía pasar como el de Shikamaru, pero… ¿el suyo? No sentía que la representara realmente.
Por eso se acercó al escritorio de Kakashi y lo inspeccionó con una mirada analítica. No había nada fuera de lo común: papeles ordenados —gracias a ella—, un tintero seco y un par de lápices sencillos, de esos que él tenía la costumbre de romper sin esfuerzo. No usaba agendas especiales ni objetos personales; su espacio era tan minimalista como su máscara.
Se sentó en su propia silla y se recostó, cruzando los brazos mientras pensaba. ¿Qué podía regalarle a alguien que parecía no querer nada? Las opciones se le escapaban como arena entre los dedos.
Hasta que cerró los ojos y respiró hondo. Y entonces lo sintió: ese aroma único que le pertenecía. Se dio cuenta de que su capa estaba colgada en el respaldo de su propia silla. Con timidez, tomó el borde de la tela entre sus dedos y lo acercó a su rostro, inhalando suavemente. Olía a madera, a cedro específicamente, con ligeras notas de abedul. Era un aroma que evocaba un bosque profundo y sereno, que la hacía sentirse, por un instante, completamente rodeada y a salvo.
—¿Qué se supone que estás haciendo?
Hikari abrió los ojos de golpe, el corazón saltándole en el pecho. Ni siquiera ella misma era consciente de lo que había estado haciendo hasta ese segundo. Se levantó de un salto al ver a su jefe en el umbral de la oficina, atrapándola en el acto más comprometedor posible.
—¡Estaba ordenando su escritorio! —revolvió los papeles de su escritorio con velocidad frenética, alejándose como si el suelo ardiera—. Ya está todo listo para el trabajo de la tarde. Iré a buscar los archivos pendientes a la oficina de Shikamaru. —Las palabras le salían atropelladas mientras se dirigía a la puerta, buscando desesperadamente la salida.
—¿Hikari?
—¿Sí-sí, Hokage-sama? —no se atrevió a girarse, con la mano ya en el pomo de la puerta, a punto de escapar.
—¿Disfrutaste tu almuerzo… ese en el que me dejaste aquí solo? —preguntó con una voz que pretendía ser lastimera, pero cargada de ese humor burlón que solo él dominaba.
El comentario logró que Hikari, en su impulso por huir, se golpeara suavemente la frente contra el marco de la puerta. Un leve «¡uf!» escapó de sus labios.
—Sí, Hokage-sama —murmuró, frotándose la frente—. Pero no lo volveré a hacer.
—Es bueno escucharlo —respondió él, y aunque ella no podía verlo, había una sonrisa clara en su voz.
Ahora Hikari lo tenía claro. El regalo perfecto, el que verdaderamente sentiría como suyo, sería replicar ese perfume que envolvía su ropa, esa esencia a cedro y abedul que le recordaba a un bosque sereno y la hacía sentirse inexplicablemente en casa.
Con una determinación nueva, pasó por la oficina de Shikamaru solo para despeñar los archivos que necesitaba y, en lugar de volver directamente, tomó un desvío hacia el distrito comercial. Su destino era una pequeña perfumería de renombre, escondida en una callejuela lateral, conocida por crear fragancias personalizadas.
Solo le tomó un momento identificar la combinación correcta, ya que el perfumero pareció comprender al instante lo que ella buscaba al describir esa fragancia evocadora. Lo pidió expresamente para regalo, y salió de la tienda con una pequeña bolsa de papel rústico, elegantemente cerrada con un listón de color café oscuro.
Lo más inquietante, tuvo que admitirlo, era que sus amigas tenían razón. Se estaba esforzando demasiado por alguien con quien trabajaba, alguien que era, en el fondo, simplemente su jefe. Y sin embargo, también era justo reconocer que, a pesar de haber comenzado con el pie izquierdo, Kakashi le había brindado oportunidades y confianza que jamás habría soñado tener.
Otro estornudo la sacudió, más por la carga emocional que por el polen. No quería admitir que estaba perdiendo el rumbo, que sus sentimientos se estaban entrelazando peligrosamente con su profesionalismo. Se repitió, como un mantra, que solo estaba cumpliendo con su deber. Nada más.
***
—¡Feliz cumpleaños! —exclamaron al unísono Hikari, Shikamaru y Yurito, justo cuando este último accionaba un tubo de confeti que esparció coloridos papelitos sobre el escritorio. Kakashi los miró, genuinamente sorprendido por un instante, antes de dejar escapar un suspiro que se transformó en una sonrisa auténtica.
—Gracias, equipo.
—Esperamos que este sea un año excelente para usted —dijo Hikari, acercándose para colocar con cuidado un pequeño pastel en el espacio despejado de su mesa.
—¡Gracias por guiarnos siempre, Hokage-sama! —agregó Yurito, dejando unos paquetes envueltos junto a los documentos—. Estos regalos son de nuestra parte, de todo el equipo.
—Vaya… este año sí se acordaron —comentó Kakashi con una sonrisa burlona que hizo que Shikamaru sintiera un escalofrío de culpabilidad retrospectiva.
—Hikari-chan no nos habría dejado olvidarlo —se apresuró a decir Yurito, con una sonrisa amplia—. Siempre tan atenta y eficiente.
—Gracias… —murmuró Hikari, sonrojándose ligeramente antes de llevarse una mano a la boca para disimular una tos seca.
—¿Estás bien? —preguntó Shikamaru, con una ceja ligeramente levantada.
—¡Sí! Es solo que el aire seco del otoño me reseca la garganta —respondió Hikari, haciendo un gesto displicente con la mano.
—Espero que no estés incubando algo —comentó Kakashi, con un tono de suave reproche y una mirada que no dejaba de observarla.
—¡No, para nada! —negó con demasiada rapidez, desviando la atención—. Además, debemos terminar el balance trimestral antes de la próxima semana.
—Hikari-chan, siempre con la mente en el trabajo —rio Yurito, sacudiendo la cabeza con afecto antes de dirigirse a Kakashi—. Por cierto, Hokage-sama, le han organizado una pequeña reunión a medio día. Así que, después de eso, considere su jornada oficialmente terminada.
—Eso sí que es un detalle nuevo —comentó Kakashi, reclinándose en su silla con una expresión de genuino placer—. Cosas buenas de ser Hokage.
—Cosas buenas de ser un tirano, querrás decir —se burló Shikamaru.
—No arruines mi cumpleaños. Ahora, todos a trabajar —dijo levantándose y haciendo un gesto de despedida cansado. Su equipo no pudo evitar reírse ante la broma y cada uno se dirigió a su puesto—. ¿Podrías encargarte del pastel? —le preguntó a Hikari, quien ya había sacado platos de cartón y un cuchillo.
—Todo está bajo control —respondió con una sonrisa, un ligero rubor tiñendo sus mejillas que Kakashi no pasó por alto. Él intentó no detenerse demasiado en eso y se giró hacia la ventana, contemplando la aldea.
—¿Dónde es la celebración? —preguntó, guardando las manos en los bolsillos.
—Creo que ya se lo imagina —respondió ella mientras distribuía los trozos de pastel.
—¿Te gustaría venir? —la miró por un instante, su tono casual pero la pregunta cargada de algo más.
—¿Ah? —casi se le resbaló un trozo de pastel—. ¿Necesita ayuda con algo durante la fiesta?
Kakashi parpadeó, un momento de pausa, antes de volver a mirar por la ventana.
—No. Solo quería saber si te gustaría acompañarme —dijo, manteniendo la voz tranquila.
—Comprendo… —murmuró Hikari, mirándose las manos manchadas de crema y mordiéndose el labio. Kakashi pudo sentir la incomodidad que se apoderaba de ella y se maldijo internamente.
—No tienes que sentirte comprometida —aclaró, girándose hacia ella con un gesto conciliador. Hikari le respondió con una sonrisa tímida y apenada.
—Lo siento, pero… —su mirada se desvió hacia su computadora, llena de ventanas abiertas—. De verdad debería terminar mi trabajo. Ya estoy bastante atrasada.
—Por supuesto —murmuró él, y su tono volvió a ser el de siempre, práctico y un tanto distante—. ¿Podrías repartir el pastel al resto del equipo? Después puedes retomar tu trabajo.
—¡Sí, claro! —respondió ella con amabilidad, colocando los trozos restantes en la bandeja de café que solían usar para estas ocasiones. Con cuidado, dejó sobre el escritorio de Kakashi el plato que contenía el trozo más grande, adornado con una fresa brillante en la cima, exactamente como sabía que le gustaba.
Mientras salía de la oficina con la bandejita, Hikari sentía el peso de la decisión que acababa de tomar. Sabía que su excusa había sido válida —realmente tenía trabajo atrasado—, pero también era consciente de que había evitado algo más. Algo que la asustaba y la atraía en igual medida.
Por el pasillo, Shikamaru y Yurito aceptaron sus porciones con sonrisas agradecidas.
—¡Gracias, Hikari-chan! Eres un ángel —dijo Yurito, tomando su plato con entusiasmo.
—No te olvides de tomar el tuyo —le recordó Shikamaru, con una mirada que parecía ver un poco más allá de la superficie.
—No se preocupe, ya lo hice —mintió suavemente. En realidad, su trozo aún estaba en la oficina, olvidado junto al pastel casi completo. No tenía apetito.
Fue a la oficina de archivos, intentó sumergirse en los informes trimestrales, pero las columnas de números empezaron a bailar ante sus ojos. Cada tanto, su mirada se deslizaba hacia la puerta cerrada de la oficina del Hokage. ¿Qué estaría haciendo? ¿Pensaría en su rechazo? Estornudó otra vez, y esta vez no pudo atribuirlo sólo al cambio de estación. Un ligero escalofrío recorrió su espalda.
Dentro de su oficina, Kakashi observaba la fresa en su pastel. Un detalle pequeño, insignificante para cualquiera. Pero él recordaba, de manera absurda, haber comentado una vez, hace meses, que las fresas eran lo único rescatable de los postres demasiado dulces.
Y ella lo había recordado. Dio un mordisco lento, saboreando no solo el azúcar, sino la atención escondida en ese gesto.
—Me voy antes —anunció el Hokage, recogiendo sus regalos con una mano—. Gracias por el trabajo de hoy.
—Que disfrute su fiesta —respondió Hikari con una sonrisa, ajustándose inconscientemente el cuello de su vestido negro.
—Espero que no te moleste que abra los regalos allá —dijo, alzando ligeramente la bolsa. Hikari sonrió con calidez y negó.
—Por supuesto que no.
—Queda más pastel —señaló la caja sobre su escritorio—. Come sin reparos.
—Gracias, pero no tengo mucho apetito —se reclinó en su silla. Kakashi la miró, alzando una ceja con expresión burlona.
—Primero rechazas la invitación y ahora el pastel. Casi siento que es un ataque personal contra mi cumpleaños —bromeó, pero Hikari abrió los ojos, alarmada.
—¡Claro que no! —se levantó, nerviosa—. Lo que digo es verdad… —Pero no pudo terminar, porque Kakashi se rió, con esa risa profunda y ronca que siempre parecía detenerle el tiempo.
—Estoy bromeando —aclaró, aún con los ojos entrecerrados por la risa—. Come solo si quieres. Y no te sobre exijas; los balances los terminaremos a tiempo, juntos.
—Gracias —murmuró, entrelazando las manos a su espalda y asintiendo con un gesto sincero—. Solo quiero hacer bien mi trabajo.
—Y lo estás haciendo —afirmó él, tomando el pomo de la puerta. Se detuvo un instante para darle una última mirada, su voz bajando un tono, casi confidencial—. Además, ¿desde cuándo se ha visto una asistente con tanto estilo?
Sus palabras la dejaron clavada en el lugar, escuchando el crujido suave de la puerta al cerrarse. No entendía por qué su jefe ejercía ese poder sobre ella, capaz de dejarla sin aliento con una frase o de hacerla desear, con tanta fuerza, escuchar su voz un minuto más.
Estaba completamente confundida.
Chapter 18: Negación
Notes:
(See the end of the chapter for notes.)
Chapter Text
—Vamos a ser padres.
Kakashi casi deja caer su taza de café cuando las palabras de Naruto atravesaron el bullicio festivo. Sakura y Sai lo habían recibido en la puerta de la torre y lo habían guiado hasta la casa de los Uzumaki, donde un banquete casero y guirnaldas coloridas transformaban el lugar en una celebración íntima y cálida.
Al escuchar el anuncio, Sakura soltó un chillido de alegría que resonó en la sala y se abalanzó para abrazar a Hinata con fuerza desbordante. Kakashi se quedó inmóvil por un instante, procesando la noticia. Ese chico travieso, ese niño insoportablemente persistente que una vez persiguió sombras por Konoha, había crecido lo suficiente para construir su propia familia. Y lo hacía con una felicidad tan radiante y genuina que resultaba imposible no conmoverse, especialmente cuando recordaba que, en sus comienzos, muy pocos habrían apostado un céntimo por él.
—Naruto… —Kakashi soltó una risa suave, incrédulo aún, mientras la emoción se le anudaba en la garganta—. Vaya…
—No sé si era el mejor momento para decirlo —comentó Hinata con su timidez característica, separándose suavemente del abrazo de Sakura.
—¿Por qué no? —preguntó Naruto, con esa alegría pura y desenfadada que solo él podía irradiar.
—Tiene razón, idiota —dijo Sakura, golpeándole levemente en el brazo con cariño—. Es su cumpleaños, esto podía esperar en otro momento.
—Te equivocas —la voz de Kakashi los interrumpió, serena pero cargada de una hondura que hizo que todos volvieran la mirada hacia él. Y entonces, presenciaron algo que jamás imaginaron ver: un ligero brillo, húmedo y fugaz, asomando en sus ojos oscuros, visible incluso a través de la habitual sombra de su mirada—. Es, sin duda, el mejor regalo que podría haber recibido hoy.
—Kakashi-sensei… —murmuró Naruto, con la voz un poco quebrada mientras se frotaba los ojos con el dorso de la mano.
—¿Entonces nuestros regalos no estuvieron a la altura? —preguntó Sai con su genuina y desconcertante falta de tacto.
—¿Cómo se te ocurre decir eso? —lo reprendió Sakura, sentándose de nuevo junto a Hinata—. El mío es bastante bueno, ¿verdad, Kakashi-sensei?
—Por supuesto, Sakura —respondió él, guardando con cuidado otra edición coleccionista de Icha Icha en su bolsa. Contando rápido —el de Shikamaru, el de Sakura, y uno que llegó sin remitente claro—, ya eran tres copias del mismo libro que había recibido ese día. Un clásico predecible, pero que sin duda apreciaba.
—¿Qué más le regalaron? —preguntó Naruto, recuperando su entusiasmo habitual.
Kakashi dejó que su mirada recorriera la mesita donde se amontonaban los paquetes y bolsas de colores. Había algunos más: un juego de té exótico de Tsunade, con una nota que decía "Para el insomnio, no para fiestas"; un par de guantes tácticos de última generación de Yamato; y una planta suculenta extrañamente resistente de Kurenai, que parecía capaz de sobrevivir incluso al olvido total, ropa táctica de Gai, nada nuevo.
Pero entonces, sus dedos se alzaron para buscar el pequeño paquete envuelto en papel rústico que había llegado sin tarjeta, solo con un listón café atado con simpleza. No lo había abierto aún. Algo en su tamaño, en su discreción, le decía que era diferente. No era un regalo de protocolo ni una broma interna. Al sostenerlo, un aroma leve y familiar —a cedro y abedul, como un bosque en la memoria— parecía elevarse incluso a través del papel.
—Varios detalles muy… prácticos —respondió finalmente, con una sonrisa en la voz que no delataba el ligero vuelco que ese pequeño paquete le había dado en el pecho—. Y otros, que sin duda sabrán esperar su momento.
—¡Bah! Siempre tan misterioso —se quejó Naruto, mordiendo una galleta con expresión de frustrada curiosidad, lo que le arrancó una sonrisa a Kakashi.
—¿Es un regalo de una admiradora secreta? —preguntó Sakura, con una sonrisa llena de picardía.
—O un admirador —corrigió Sai, recibiendo de inmediato una mirada gélida y prometedora de parte del Hokage.
—Pero hablando en serio, se sabe que eres un desviado —insistió Naruto, ignorando la tensión momentánea—,pero ya es hora de que formalices algo con alguien, ¿no crees, sensei?
—¿Desviado? Tú nunca hablas en serio —murmuró Kakashi, cerrándose los ojos con un gesto de fingido dolor.
—Es verdad, todos lo sabemos —apuntó Sakura, sin piedad—. ¿Recuerdan cuando le dio ese libro a Naruto por primera vez? A veces eres un viejo verde, sensei.
—¿Viejo… verde? —repitió Kakashi, con voz lastimera. En momentos como este, agradecía profundamente que Hikari hubiera rechazado la invitación. No habría sobrevivido a la vergüenza de que su asistente viera cómo sus propios estudiantes, en pleno día de su cumpleaños, le arrancaban cualquier brizna de dignidad y respeto que le quedara.
****
El día siguiente comenzó con aparente normalidad. Kakashi recorría las calles de Konoha al amanecer, una rutina que había adoptado bajo la excusa de ser productivo, pero que en el fondo obedecía a un motivo mucho más personal: ser el primero en ver qué atuendo elegiría Hikari para ese día. Aunque, como consecuencia, eso significaba llegar a la oficina con un sopor considerable.
—Buenos días… —murmuró entre un bostezo que no pudo contener al abrir la puerta de su despacho. Se dejó caer en su silla habitual, esperando, casi inconscientemente, el saludo enérgico o el leve susurro de tela que anunciaba la presencia de su asistente.
Pero no llegó. Ni la energía acostumbrada, ni aquel conjunto sofisticado —o a veces descaradamente encantador— que solía llevar. Parpadeó un par de veces, despejando el sueño y la confusión. Miró hacia el escritorio vacío frente al suyo, luego hacia la puerta entreabierta del pequeño anexo donde ella guardaba sus cosas.
Nada. El espacio parecía más silencioso, más frío. Hikari no estaba.
La puerta se abrió y él se volvió rápidamente hacia sus papeles, fingiendo una concentración absoluta. Pero no era el suave roce de una falda ni el tacón familiar lo que escuchó, sino los pasos decididos de Yurito, quien entró cargando una bandeja con el café de la mañana.
—¡Buenos días, Hokage-sama! —saludó con una energía que parecía excesiva para la hora y el estado de ánimo general de la oficina.
—Buenas… —murmuró Kakashi sin levantar la vista, manteniendo la farsa de estar absorto en un informe.
—Hikari-chan no pudo venir hoy —anunció Yurito, colocando la taza de café en el escritorio con un suave clic. Kakashi sintió cómo sus dedos apretaban inconscientemente el documento que sostenía, arrugando levemente el borde—. Así que cualquier cosa que necesite, estaré a su disposición hoy.
—¿Qué… le ocurrió? —preguntó, esforzándose por mantener un tono casual, profesional.
—Dijo que se sentía mal —respondió Yurito, abrazando la bandeja vacía contra su pecho—. Pero que mañana vendría sin falta, que no se preocupara.
—Comprendo —murmuró Kakashi, reclinándose en su silla. Un nudo de preocupación, pequeño pero insistente, se formó en su estómago—. Puedes retirarte.
—Estaré en el escritorio de Hikari-chan por si me necesita —ofreció Yurito, haciendo un movimiento hacia el espacio vacío.
—No es necesario —respondió Kakashi quizás con demasiada rapidez, como si ese lugar fuera un territorio sagrado que no debía ser profanado—. Ve a tu oficina habitual. Te llamaré si requiero algo.
—Está bien —asintió Yurito con una sonrisa amplia y confiada antes de salir, cerrando la puerta tras de sí.
El silencio que quedó fue distinto. Más pesado. Kakashi dejó el documento a un lado, ya sin fuerzas para fingir. Su mirada vagó hacia el escritorio ordenado de Hikari, donde la planta suculenta que le había regalado Kurenai parecía inclinarse, extrañando también su cuidado. Notó, entonces, la ausencia del perfume floral que ella usaba, mezclado con esa fragancia que había empezado a ocupar sólo porque ella respiraba más profundamente cuando paseaba a su lado. Ahora, el espacio olía solo a café y papel viejo.
Recordó su tos seca del día anterior, la forma en que había palidecido ligeramente al rechazar el pastel. Debí haber insistido, pensó, con un raro atisbo de autorreproche. Debí haber sido menos su jefe mañoso y más… ¿humano?
Sus ojos se posaron en el cajón superior de su propio escritorio, donde había guardado, envuelto aún en su papel rústico, el pequeño frasco de perfume que había recibido. Lo abrió, sacó el paquete y lo sostuvo en su mano por un momento. La fragancia, ahora familiar y reconfortante, se elevó levemente.
Sabía, con una certeza, la razón por qué la encontró oliendo su capa.
Hoy, sin su asistente, sin sus outfits que comentar mentalmente, sin sus risas nerviosas que interrumpían el silencio, la oficina del Hokage se sentía por primera vez como lo que siempre había sido antes de ella: un lugar de trabajo. Y Kakashi, descubrió con una claridad un tanto molesta, ya no encontraba eso suficiente.
Se bajó la máscara y tomó un sorbo de su café, solo para levantarse de un salto y correr al baño contiguo a escupirlo.
—Maldición, Yurito —murmuró, limpiándose la boca con el dorso de la mano—. ¿Qué diablos le puso a esto? Sabe a agua sucia con tierra.
Regresó a su escritorio con un gesto de disgusto y su mirada se clavó en el teléfono. La tentación era un zumbido constante en su mente.
—No, no lo haré —se dijo con firmeza, intentando aferrarse a la cordura—. Eso se llama acoso. No debes hacerlo.
Sin embargo, al mirar de nuevo su taza, donde nadaba ese líquido marrón sospechoso, el impulso cobró una fuerza renovada. El día ya era desastroso sin ella: el silencio era opresivo, el café era imbebible y hasta la luz de la mañana parecía más gris. ¿Realmente podía empeorar si solo llamaba para… preguntar por su bienestar, como un jefe responsable?
Antes de que su razonamiento pudiera detenerlo otra vez, su mano ya había tomado el auricular y sus dedos marcaban, de memoria, el número de la casa de Hikari.
Esperó el tono de marcado, un latido en el silencio de la oficina, hasta que al otro lado de la línea se escuchó un clic.
—¿Hola? —La voz de Hikari era apenas un susurro ronco y nasal, tan débil que a Kakashi le dio un vuelco el corazón, con el impulso instantáneo de colgar y salir corriendo hacia su casa para llevarla al hospital. Se contuvo, respirando hondo. —¿Quién habla?
—Soy yo… —respondió, mordiéndose suavemente el interior de la mejilla.
—Hokage-sama… —murmuró ella, y él pudo sentir la vergüenza y el agobio a través del teléfono—. Lo siento mucho, no quería faltar, de verdad…
—Hey, tranquila —la interrumpió, acomodándose en su silla e intentando que su voz sonara más serena de lo que se sentía—. No llamo por el trabajo. Solo quiero saber qué te pasaba.
—Yo… —la escuchó toser de nuevo, un sonido seco y doloroso—. Al final sí me resfrié. Qué tonta, ¿no?
—No digas eso —hizo una mueca de preocupación al escucharla tan apagada—. Eso solo significa que eres humana, de carne y hueso. Todo el mundo tiene derecho a enfermarse de vez en cuando.
—Sí, lo sé —murmuró ella, con un dejo de resignación en la voz—. Solo que a veces me cuesta mucho aceptarlo.
—Tranquila. Tómate el tiempo que necesites. El trabajo puede esperar.
—Pero tengo que ir al médico para que me den el justificante, o si no me descontarán el día… —su voz se quebró en otro acceso de tos.
—¿Ah? —Kakashi frunció el ceño, y entonces lo recordó: en todos estos meses, Hikari jamás había pedido vacaciones ni compensaciones. Siempre estaba allí, imperturbable. Suspiró, impresionado una vez más por su terquedad y sentido del deber—. Hikari, no te preocupes por eso. No te descontarán nada. Ni siquiera te tomas tus vacaciones acumuladas; no voy a permitir que pierdas un solo ryo por esto.
—Pero las reglas…
—Nada de reglas —la interrumpió con suavidad, y se sorprendió al notar que estaba sonriendo frente al teléfono, como si ella pudiera verlo—. Ahora, tu única misión es descansar y recuperarte. Tu jefe lo ordena.
—Está bien —escuchó una risa débil y cargada al otro lado, que le alivió el pecho—. Gracias, Hokage-sama.
—Descansa —se despidió, y colgó suavemente.
El auricular regresó a su base con un clic suave que resonó en el silencio repentino de la oficina. Kakashi se quedó mirando el teléfono por un momento, la imagen de Hikari enferma y vulnerable clavada en su mente. La oficina, sin su energía habitual, parecía haber perdido su color. El café horrible de Yurito seguía allí, enfriándose, pero ya ni siquiera le importaba.
Iba a ser un día largo sin ella.
***
Hikari dejó que el auricular regresara lentamente a su base, como si al soltarlo pudiera perder la magia del momento. El calor de la fiebre le ardía en las sienes y la garganta, pero era nada comparado con el calor reconfortante que se extendía desde su pecho al recordar su voz. La llamada había sido breve, pero sus palabras, ese tono que no era solo de jefe a subordinada, habían sido un bálsamo.
Con un movimiento torpe pero feliz, se dejó caer de nuevo sobre la cama y abrazó con fuerza su almohada, enterrando el rostro sonriente en la tela fresca. Estaba feliz. Ridículamente, enfermamente feliz. Su jefe, el siempre distante y enigmático Hokage, se había preocupado lo suficiente como para llamarla.
Durmió la mayor parte del día, consumida por una fiebre que le quemaba la piel y una pesadez que le nublaba los pensamientos. Maldijo en voz baja al escuchar el timbre insistente de la puerta, seguido de unos golpes decididos. Se arrastró fuera de la cama, sintiendo el mundo girar a su alrededor, y abrió la puerta sólo lo suficiente para que una Yuka y una Aoi, cargadas de determinación y bolsas de provisiones, la empujaran suavemente pero con firmeza, casi haciendo ceder los goznes.
—¡Hikari-chan, resiste! —exclamó Aoi, tomándole la cara entre sus manos con una solemnidad que no concordaba con el pijama de borregos saltarines que Hikari llevaba puesto.
—¡Protocolo amiga enferma, activado! —anunció Yuka desde la puerta, cargada con bolsas de víveres que parecían contener suficientes provisiones para un mes de cuarentena.
—Chicas, en serio, no era necesario… —intentó Hikari, aunque su voz débil y el estremecimiento que la recorrió le quitaron cualquier atisbo de convicción.
—¡Estás ardiendo, tonta! —la reprendió Aoi, sin soltarle la cara—. Tu ‘estoy bien’ no nos convence ni a las moscas. Ahora, operación ‘Hikari no se muere’. Paso uno: te cambias esta pijama sudada. Paso dos: te vuelves a acostar. Yuka se encargará de la sopa y los remedios.
—¡Confirmado! —gritó Yuka desde la cocina, donde ya se escuchaba el ruido de ollas y paquetes siendo desechados—. ¡Y nada de protestas! ¡Aquí mandan las enfermeras!
Hikari, demasiado agotada para oponer una resistencia real, se dejó guiar de vuelta a la habitación entre los mimos y las órdenes contradictorias de sus amigas. Una parte de ella, la que aún soñaba con una visita diferente, sintió una punzada de decepción. Pero otra parte, más grande y agradecida, se derritió ante la invasión cariñosa. Mientras Aoi buscaba en su armario algo limpio y Yuka canturreaba en la cocina, Hikari se dejó caer en la cama con una sonrisa pequeña y resignada. Al menos, si tenía que estar enferma, no estaría sola.
—Está delicioso —dijo Hikari, tomando lentamente la sopa de verduras y pollo que Yuka le había preparado. El calor del caldo le aliviaba la garganta. Aoi, por su parte, se había encargado de cambiarla a un pijama limpio de ositos y le había colocado parches refrescantes en la frente y el cuello—. Gracias, chicas. De verdad.
—No tienes que agradecernos —respondió Aoi, ladeando la cabeza con una sonrisa—. Estamos contigo, Hikari-chan.
—Además, está bien que faltes al trabajo por lo menos una vez —añadió Yuka desde la cocina, mientras picaba verduras con más fuerza de la necesaria—. Espero que tu jefe no haya hecho un drama por tu ausencia.
—La verdad… él estaba preocupado —admitió Hikari, mirando fijamente su tazón mientras un leve rubor le subía por las mejillas.
—¿Preocupado? ¿Por qué? No me digas que empezó con amenazas de descuentos y cosas así —Yuka se puso inmediatamente a la defensiva, golpeando suavemente la tabla de cortar con el cuchillo.
—¿Qué? No, para nada —respondió Hikari, intentando disimular la sonrisa que le asomaba—. Me llamó… sólo para saber cómo estaba.
—Igual lo odiamos —Aoi se cruzó de brazos con decisión—. ¿Lo odiamos, Yuka?
—Lo queremos desaparecido —afirmó Yuka desde el umbral de la cocina, secándose las manos en el delantal de fresas.
—¿Pero por qué? Si es mi jefe —protestó Hikari, envolviéndose más en la manta mientras acomodaba las piernas sobre el puff—. Me ha ido muy bien en este trabajo. No entiendo su odio.
—¿Por qué más? Olvidó tu cumpleaños —exclamó Aoi, como si estuviera revelando el crimen del siglo—. Eso es imperdonable.
—¡Yo nunca le dije que era mi cumpleaños! —replicó Hikari, exasperada—. ¿Pueden dejar de culparlo por algo que ni siquiera sabía?
—Bueno, entonces porque te explota laboralmente —insistió Yuka, entrando al living con las manos en las caderas—. Nunca respiras, siempre estás pendiente del trabajo, incluso enferma estás justificándolo.
—¡Es porque yo soy así! —Hikari resopló, hundiéndose un poco más en el sofá—. Si supieran que, en realidad, él casi no me pide nada. Soy yo la que se autoimpone.
—Qué migajera eres —sentenció Yuka, sacudiendo la cabeza con una mezcla de cariño y frustración—. Te gusta y por eso le bajas la luna. ¿Quién te entiende?
—¡Que no me gusta! —Hikari se llevó las manos a la cara, las mejillas ardiendo más por la vergüenza que por la fiebre. Sus protestas, sin embargo, solo arrancaron risas cómplices de sus dos amigas, que se miraron con una expresión que decía, claramente, "sí, claro que no".
Sin embargo, las risas se cortaron de golpe cuando un par de golpes firmes resonaron en la puerta. Aoi fue a abrir, aún con una sonrisa en los labios, pero su expresión pasó del cielo al infierno en un instante al ver quién estaba del otro lado.
—Hokage-sama… —murmuró, petrificada.
—¿Qué? —Hikari se levantó de un salto, casi volcando el tazón de sopa, hasta que logró dejarlo a salvo en la mesa de centro.
—¿Quién es? —Yuka se acercó, preocupada por el silencio repentino, hasta que comprendió la razón al asomarse por encima del hombro de Aoi.
—Disculpen las molestias —se escuchó la voz serena, aunque ligeramente incierta, de Kakashi—. ¿Me equivoqué de dirección? ¿Aquí vive Murakami Hikari?
—Por los dioses… —Aoi logró articular, todavía sin creer lo que veía, antes de asentir mecánicamente—. Hikari-chan… tienes visita.
Hikari sintió que el mundo se desmoronaba. No sabía dónde esconderse, sobre todo porque llevaba el cabello en un desastre absoluto, la cara brillante por la fiebre y, para colmo, lucía un pijama completo de ositos de peluche que gritaba "enferma y vulnerable" a los cuatro vientos.
—No quiero molestar —dijo Kakashi con una cortesía exagerada, alzando ligeramente la bolsa de provisiones que traía—. Solo supe que faltó por enfermedad y quise traerle algunas cosas.
—No se haga el santo y pase —Yuka lo tomó del brazo sin ceremonia y lo jaló al interior del apartamento. Hikari soltó un chillido ahogado al verlo cruzar el umbral de su hogar. Él lucía impecable, con su uniforme de Jōnin, fresco como si no cargara con una jornada entera de trabajo a cuestas. Mientras que ella era un desastre ambulante.
—Hikari… —la saludó, y su mirada se nubló de genuina preocupación al ver su estado—. ¿Cómo te sientes?
—Mejor… gracias —logró decir, ajustando la manta alrededor de los hombros con la dignidad tambaleante de un fauno recién nacido.
—Por supuesto que está mejor, gracias a nosotras —intervino Yuka, quitándose el delantal con un gesto de falsa modestia. Kakashi, sin embargo, pareció ignorar o no captar el reproche.
—Me alegra oír eso —sonrió, aliviado.
—Claro, para alguien que olvida cumpleaños—Aoi aprovechó para recoger sus cosas del sofá, adoptando una postura altiva y desafiante.
—¡Chicas! —intentó reprenderlas Hikari, pero el daño ya estaba hecho.
Kakashi parpadeó, lentamente, como si su cerebro estuviera procesando una información en un idioma extranjero. Su mirada pasó de Aoi, a Yuka, y finalmente se posó en Hikari, quien deseaba con toda su alma que el suelo se la tragara.
—¿Estuviste… de cumpleaños? —preguntó, con un tono de genuino asombro mezclado con una dosis creciente de horror. Hikari se tapó la cara completamente con las manos, las orejas escarlatas.
—Estuvo de cumpleaños —corrigió Aoi, cruzando los brazos con satisfacción—. Y usted, su jefe, lo olvidó por completo. Imperdonable.
—¿Cuándo? —la pregunta de Kakashi sonó más como un susurro aturdido. Hikari sintió el peso de su mirada, cargada de algo que parecía… ¿dolor? ¿Decepción? Jamás lo había visto así. Incluso sus amigas intercambiaron una mirada de confusión, el aire hostil del momento anterior evaporándose.
Hikari suspiró, resignada a la revelación.
—El día de la boda de Naruto… —murmuró.
Un golpe sordo interrumpió el silencio: la bolsa de provisiones que Kakashi traía cayó al suelo. Él ni siquiera pareció notarlo.
—La verdad es que no quería decirlo… —agregó ella, sintiendo cómo el rubor le subía desde el cuello hasta las sienes.
—¿Por qué? Eso fue hace meses. Yo… pensaba que tu cumpleaños era más adelante —su voz sonaba extrañamente desconectada, como si estuviera calculando fechas en su mente y todas le dieran un resultado equivocado. Entonces se dieron cuenta de lo alto que era, cuando con un par de zancadas largas estuvo a su lado, mirándola desde arriba con una expresión compleja.
Kakashi suspiró, un sonido pesado que salía desde lo más hondo—. No tienes que responder. Ya me lo imagino —dijo, con una mueca de amargo entendimiento—. Lo siento. Debió ser… un caos total ese día. Con todo lo de la boda, los preparativos, el viaje… y tú decidiste no agregar más estrés. Lo entiendo.
—No es para tanto, no tiene que preocuparse —intentó restar importancia, moviendo las manos con gesto incómodo.
—No digas eso. Está bien si estás molesta conmigo, pero al menos déjame intentar enmendarlo —su voz era inusualmente suave, y su cercanía trajo consigo ese aroma a cedro y abedul que ella reconocía al instante. ¿Se lo habría puesto para venir hasta aquí?, pensó, y el corazón le latió con fuerza.
—Es mejor que nos vayamos… —murmuró Yuka, tomando del brazo a una Aoi que parecía hipnotizada, con las mejillas sonrosadas y los ojos brillantes.
—Es un galán —susurró Aoi, emocionada, mientras la guiaban hacia la puerta—. Yo quiero uno así…
—¡Quédense, chicas! —Hikari dio un paso hacia ellas, sintiendo cómo el pánico se instalaba en su pecho.
—Sí, yo solo vine a dejar esto y me voy —intentó explicar Kakashi, visiblemente avergonzado por la situación.
Pero ya era tarde. Con una última mirada cómplice y un gesto de “tú puedes” dirigido a Hikari, sus amigas salieron por la puerta, cerrándola con un clic suave pero definitivo.
Así, de pronto, quedaron solo los dos. En el silencio repentino de la sala de estar, la presencia de Kakashi pareció hacerse más grande, más tangible. Hikari seguía envuelta en su manta, con el pijama de ositos, sintiendo que la fiebre ya no era la única razón por la que su rostro ardía.
Sin embargo, una nueva y violenta oleada de tos la sacudió, doblando su cuerpo y haciéndole cerrar los ojos ante el dolor punzante en el pecho. En un instante, toda incomodidad previa se desvaneció para Kakashi, quien se acercó rápidamente para frotarle la espalda con movimientos firmes pero suaves.
—Tranquila… siéntate mejor —dijo guiándola con cuidado hacia el sofá, antes de alcanzarle una botella de agua que estaba sobre la mesa—. Toma un sorbo.
—Gracias —logró decir entre jadeos, aceptando el agua con manos que aún temblaban levemente.
—No hay de qué —respondió con una sonrisa calmada, y luego fue a buscar la bolsa que había traído, dejándola sobre la mesa—. Traje algunas cosas. Sé que tus amigas ya te habrán llenado de cuidados, pero me conseguí esto —dijo, mostrándole un frasco pequeño—. Es un antigripal que te ayudará con la inflamación de la garganta. Es bueno.
—Gracias… no tenías por qué molestarte —las palabras salieron con una naturalidad que hizo que las últimas barreras formales entre ellos parecieran desvanecerse. Lo vio en sus ojos, en cómo brillaron levemente al escucharla—. Debió haber sido un día agotador para ti.
—Es parte del trabajo —respondió con un encogimiento de hombros mientras medía la dosis exacta en una pequeña taza dosificadora—. Había que terminar esos balances de una vez.
—¿Qué? ¿Terminaste los balances? —preguntó, sorprendida, mientras se acomodaba mejor en el sofá, subiendo los pies para hacer un ovillo. Kakashi le entregó la porción del medicamento.
—Por supuesto. ¿Crees que iba a dejar que mi asistente hiciera todo el trabajo? Sobre todo cuando hoy justamente se enfermó —se burló con un tono de cariño apenas velado. Hikari sintió que el calor en su pecho, esta vez, no provenía de la fiebre—. Toma esto. Puede ser un poco fuerte.
—¿Un poco? —hizo una mueca al probarlo—. Esto sabe horrible.
—Sí, Sakura me advirtió que podría ser así —comentó, guardando el frasco de nuevo en la bolsa, un gesto cotidiano que, sin embargo, se sentía íntimo en el silencio acogedor del departamento.
—Hay un poco de sopa, si quieres puedo ir a calentar—mencionó Hikari. Kakashi se sentó a su lado, dejando no sólo los medicamentos en la mesa, sino unos chocolates y dulces. —La hizo Yuka.
—No gracias, quiero seguir viviendo un poco más.
—No son tan malas—sonrió ante la imagen de sus amigas. —Sólo se preocupan por mí.
—Lo sé. Si yo fuera ellas, tampoco dejaría entrar al tipo que se olvidó del cumpleaños de mi amiga—bromeó, tratando de aligerar el aire.
—Otra vez con eso —Hikari rodó los ojos, aunque sin verdadera molestia—. Sentí que no era importante mencionarlo, simplemente pasó.
—¿Que tu cumpleaños no es importante? —preguntó él, con un tono más serio.
—Claro que lo es, pero no creo que le tenga que importar a mi jefe —respondió, abrazando sus rodillas contra el pecho y dejando escapar un suspiro. Kakashi tensó ligeramente la espalda al escuchar sus palabras.
—Ese es un buen punto… Tampoco debería estar aquí, y sin embargo, aquí estoy —murmuró, como si esas palabras no fueran solo para ella, sino para algún debate interno más profundo.
—¿Por qué? —preguntó Hikari, mordiéndose el labio inferior, nerviosa por la respuesta. Kakashi parpadeó, la miró de arriba abajo —el pijama de ositos, el cabello revuelto, los ojos brillantes por la fiebre— y suspiró hondo, como resignándose a algo.
—Porque somos un equipo —dijo finalmente, y Hikari sintió que algo en su pecho se quebraba levemente al escucharlo—. Y por eso me duele que no me hayas dicho lo de tu cumpleaños. En este equipo, es tradición celebrarnos.
—Es verdad —respondió ella con una sonrisa triste, sin entender del todo por qué esa palabra, "equipo", le sonaba a la vez tan reconfortante y tan insuficiente—. Bueno, pronto será el cumpleaños de Shikamaru.
—Sí, pero pronto tendremos tiempo para hablar de Shikamaru…ahora ¿qué te gustaría de regalo de cumpleaños? —preguntó Kakashi, su voz más suave, como si quisiera desviar la conversación del territorio incómodo en el que habían aterrizado.
Hikari lo miró, sorprendida por la pregunta. Su mente, aún nublada por la fiebre y el medicamento amargo, no pudo evitar volverse sincera.
—Algo… que me haga reír —dijo finalmente, apoyando la mejilla en sus rodillas. —Algo que no sea práctico ni útil. Algo… tonto.
Kakashi guardó silencio por un momento, sus ojos grises observándola con una intensidad que hacía que el aire se sintiera más denso.
—Tonto, ¿eh? —repitió, y una sonrisa lenta, genuina, comenzó a dibujarse en sus ojos—. Creo que puedo manejar eso.
—No tienes que hacer nada —se apresuró a decir Hikari, sintiendo que tal vez había pedido demasiado—. Ya es pasado.
—Los cumpleaños perdidos también merecen ser reclamados —respondió él, con una tranquilidad que no admitía discusión. Se levantó del sofá—. Pero primero, lo más tonto e impráctico que se me ocurre ahora mismo es insistir en que te termines esa sopa aunque esté fría. No puedes tomar el medicamento con el estómago vacío.
Hikari miró el tazón olvidado en la mesa y luego a Kakashi, que ya se dirigía a la pequeña cocina con el tazón en la mano, como si fuera lo más natural del mundo calentar la sopa de su asistente en su propia casa.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó, incapaz de disimular el asombro en su voz.
—Algo tonto —respondió él, sin volverse, pero ella pudo escuchar la sonrisa en su voz—. Y, espero, que también sea un poco útil.
Mientras el sonido suave de la estufa encendiéndose y el ligero tintineo de una cuchara llenaban el silencio, Hikari se arrebujó más en su manta. La fiebre seguía allí, el agotamiento también, pero por primera vez en mucho tiempo, el sabor amargo del medicamento en su boca parecía mezclarse con algo más, algo dulce y esperanzador que no podía nombrar, pero que se sentía cálido y real, como el tacto que había dejado su jefe en su espalda momentos antes.
Al menos ahora estaba lo suficientemente tranquila y reconfortada. El futuro, se sabía, se encargaría de traer su propia cuota de estrés. Porque, a pesar de que Hikari había encontrado al fin un regalo perfecto para Shikamaru, no podía creer que su jefe se hubiera olvidado por completo del cumpleaños de su propio consejero. Eso hizo que todas aquellas palabras de camaradería durante su enfermedad, quedaran reducidas a lo que probablemente siempre habían sido: simples palabras.
En el fondo, algunas cosas nunca cambiaban.
Notes:
Hikari cada vez se encuentra confundida y Kakashi no la ayuda en nada.
Agradezco tus comentarios y kudos <3
Chapter 19: Me gusta
Chapter Text
—¿Qué estás diciendo?
Yuki se atragantó con la sopa. Literalmente. Un fideo rebelde intentó escapar por su boca mientras tosía como si le hubiera dado un ataque.
Aoi, en cambio, sorbió sus fideos con una parsimonia estudiada, como si la confesión de Hikari fuera tan emocionante como ver pintura secarse.
El grupo de amigas se había reunido esa noche alrededor de una pequeña mesa en un puesto callejero de soba. El caldo humeante y el bullicio de la noche envolvían la confesión inesperada.
—¿De verdad te sorprende? —preguntó Aoi, limpiándose la comisura de los labios con delicadeza.
—¡Claro que no! —Yuki dejó los palillos con un golpe teatral y clavó la mirada en Hikari, que removía sus fideos con la culpa escrita en cada movimiento—. Pero pensé que tendrías la decencia de no decírnoslo.
Hikari hundió un poco más los hombros.
—Lo siento —murmuró, apenada—. Créeme, yo también estoy mal con esto. Me estoy convirtiendo en lo que siempre he repudiado.
Aoi inclinó la cabeza, los ojos brillando con picardía.
—No veo lo malo de que te guste tu jefe. Piénsalo como si fuera síndrome de Estocolmo, pero versión romántica. Es más común de lo que crees.
Yuki la miró horrorizada.
—¿Eso se supone que debe consolarla?
—Bueno, al menos así no te sientes tan culpable —Aoi se encogió de hombros con filosofía—. No deberías darle tantas vueltas, Hikari-chan. Estas cosas le pasan a cualquiera.
—Exacto —Yuka aprovechó el momento de tensión para llenarle el vaso de cerveza hasta el borde—. No es como que tú quieras que pase algo, ¿no?
Hikari se mordió el labio con tal fuerza que por un momento pareció que iba a dibujar una perla de sangre.
El silencio se instaló en la mesa.
Yuki y Aoi intercambiaron una mirada rápida, de esas que hablan más que mil palabras. Una ceja se alzó. La otra también.
—¿O no? —preguntó Aoi, y el brillo malicioso en sus ojos prometía que no iba a soltar el tema en toda la noche.
—¡Hikari! —Yuka enderezó la espalda como si le hubieran puesto una vara de bambú—. Es el Hokage. No puedes tirarte así nomás.
—¡No me estoy tirando! —protestó Hikari, con las mejillas ardiendo—. Solo pasó, ¿ok? Me di cuenta de que me gusta, pero eso no significa que vaya a dejar de ser la profesional que soy.
—Lo sé, pero...
Yuka iba a seguir con su perorata, pero Aoi levantó una mano con la autoridad de quien sabe que tiene la razón.
—Eres demasiado cuadrada, Hikari-chan —intervino, bajando la mano con un gesto definitivo—. Nadie duda de que no vas a dejar que esto afecte tu trabajo. El problema es otro: parece que no tienes ni idea de qué hacer con lo que sientes.
Hikari resopló, atrapada entre la espina de la verdad y la incomodidad de que sus amigas leyeran tan fácil su corazón.
—Yo que tú lo dejaba así nomás —Yuka dio un sorbo a su cerveza con aire de sabiduría—. Mientras menos meta mano, mejor.
Aoi apoyó el rostro entre las manos, dibujando una sonrisa de complicidad que solo podía significar problemas.
—El tema, amiga, es que creo que nuestra querida Hikari-chan... —hizo una pausa teatral— ya metió las manos hasta el fondo.
Hikari hundió la cara entre las manos con un gemido.
—Odio que tengan razón. Las odio a ambas.
¿Cómo había pasado?
Esa pregunta la perseguía desde hacía semanas, instalada en algún rincón de su mente como una espina molesta.
Ella juraba, con la mano en el corazón, que lo que tenía con su jefe era una simple amistad. Una "íntima" amistad, sí, pero al fin y al cabo amistad. Nada más.
El problema —y vaya problema— era que había visto cosas. Cosas que el resto de la oficina, absorta en informes y reuniones, jamás había notado.
Como la forma en que Kakashi a veces tarareaba bajito cuando estaba de buen humor. Canciones viejas, de esas que nadie reconocía, mientras revisaba documentos con ojos aburridos.
O las veces que soltaba bromas absurdas justo cuando la tensión en las reuniones amenazaba con asfixiar a todos. Ocurrencias repentinas que desarmaban cualquier conflicto y dejaban a los presentes sin saber si reírse o seguir con la seriedad del tema.
Pequeñas cosas.
Insignificantes, quizá.
Como el hecho de que, en algún punto, Kakashi dejó de devorar su comida en cinco minutos durante sus almuerzos compartidos. Ahora comía más lento, lo suficiente para que ella pudiera observar —sin querer queriendo— la línea definida de su mandíbula, la forma en que sus ojos se curvaban en medialuna cuando algo le parecía gracioso.
Y ella, con un principio de ataque cardíaco cada vez.
O las ocasiones en que él, con esa elegancia que parecía tan natural como respirar, halagaba sus atuendos. Siempre sutil. Siempre dejándola con el corazón a mil por hora.
—Me gusta ese color —comentó una vez mientras caminaban por el pasillo, expedientes en mano.
Hikari llevaba un suéter cuello de tortuga rojo, de esos que abrazaban su figura sin apretar, combinado con pantalones de tela color café. Su cabello rubio, preso en una media cola, dejaba escapar rizos dorados que bailaban con cada paso.
Ella apretó la libreta contra su pecho con la esperanza de que él no notara los latidos que amenazaban con escapársele del pecho.
—Es parte de la tendencia otoño-invierno de este año —comentó, esforzándose por sonar relajada, como si su cerebro no estuviera procesando a mil por hora el hecho de que él hubiera notado su ropa.
Kakashi asintió, la mirada fija al frente, pero en la comisura de sus labios se dibujó algo que bien podría ser una sonrisa.
Hikari contuvo el aire.
No era para tanto, se dijo.
No lo era.
...¿O sí?
—¿Es nuevo ese perfume? —preguntó una vez en la oficina, una tarde cualquiera en la que ella no estaba preparada para preguntas así.
Él estaba sumergido en sus informes, la mirada fija en los documentos, pero su voz atravesó el espacio como si nada. Hikari detuvo el tecleo en su computador, los dedos suspendidos sobre las teclas.
—Sí —respondió, y se olfateó la manga de la blusa con disimulo, como si pudiera verse a sí misma desde fuera—. Quería probar algo nuevo. ¿Le molesta?
Y entonces ocurrió.
Esa mirada. La misma que siempre la desarmaba sin necesidad de palabras. Los ojos de Kakashi se alzaron hacia ella desde el escritorio, y por un instante —uno breve, infinitesimal— hubo algo innegable en ellos. Un brillo. Una coquetería tan sutil que cualquiera podría haberla confundido con un juego de luces.
Luego, como si nada, bajó otra vez a los documentos.
—Para nada… —sonrió, mientras timbraba un archivo con un movimiento elegante y lo dejaba a un costado—. Es más, creo que me gusta.
Hikari volvió a teclear.
Pero sus dedos temblaban un poquito.
Y en su pecho, el corazón hizo un extraño.
A ella le gustaba.
Y eso era un problema.
—Es un viejo —Yuka la trajo de vuelta a la realidad con la sutileza de un mazazo—. Diez años mayor que tú, Hikari. No creo que sea lo más sano.
Aoi mordió un trozo de brotes de bambú con aire pensativo, y cuando habló, fue con esa naturalidad desarmante que la caracterizaba.
—Dicen que los mayores la ponen bien.
—¡Aoi!
La protesta estalló al unísono. Yuka casi escupe la cerveza y Hikari sintió que sus mejillas se incendiaban hasta el borde de las orejas.
—Pero imagínate —Aoi movió los palillos en el aire como si estuviera trazando la teoría de la relatividad—, nos dijiste que le has visto el rostro. Cosa que ni sus estudiantes han logrado en años. Viste a tu jefe en traje de baño, Hikari. Eso significa que él también está jugando a esto.
—No la alientes —rezongó Yuka.
—Pero si es verdad —Aoi se encogió de hombros—. Los hombres no son precisamente un prodigio de sutileza para coquetear. Si tu jefe te llama por las noches con la excusa de "hablar sobre el informe que falta", es porque quiere tu atención. Punto.
Hikari dio un sorbo a su sopa, ya tibia, y dejó escapar un suspiro.
—También me confunde. Porque él mismo me dijo que no es de tener cosas serias.
Aoi enderezó la espalda, iluminada por la claridad del asunto.
—Ah, eso es diferente. Que te guste alguien no significa que quieras algo serio con esa persona. Son dos cosas distintas.
—Cierto —terció Yuka, asintiendo con aire sabio—. Y tú no eres de esas que buscan el momento para todo, Hikari. No te hagas la que no.
—Lo sé —Hikari dejó el tazón sobre la mesa con un golpe suave—. Pero... ¿qué se supone que debo hacer?
El silencio se hizo entre las tres.
Aoi y Yuka intercambiaron una mirada larga, de esas que pesan.
—¿Quieres la respuesta fácil o la que realmente funciona? —preguntó Aoi con una sonrisa traviesa.
—Las dos —suspiró Hikari—. Pero empieza por la fácil.
—La fácil es: no hagas nada. Deja que las cosas fluyan. Si tiene que pasar, pasará.
—¿Y la que realmente funciona?
Aoi apoyó los codos en la mesa y bajó la voz, como si compartiera un secreto de estado.
—Disfruta el proceso. Deja que te llame por las noches, que te haga cumplidos, que te mire como te mira. Pero no te adelantes. Tampoco te cierres. Vive el momento sin ponerle etiquetas.
—Eso no me ayuda —gruñó Hikari.
—Claro que no —rió Aoi—. Por eso es la que realmente funciona. Porque no hay manual para estas cosas.
Yuka levantó su vaso con una sonrisa resignada.
—Bienvenida al club de las que sienten cosas por personas complicadas. La reunión es todos los jueves. No hay galletas.
Hikari hundió la cara entre las manos y gimió.
—¿En serio creen que puedo hacer esto?
—No —respondieron al unísono.
Y luego se rieron las tres, porque para eso estaban las amigas: para decirte la verdad, aunque doliera, y quedarse a tu lado mientras intentabas averiguar cómo lidiar con ella.
*****
Aoi le dio todo los tips que necesitaba para sobrevivir a este martirio. Lo llamó: “plan para sobrevivir a tu jefe sin parecer desesperada”
“Numero uno: no dejes de ser tú. A los hombres como él les gusta la autenticidad, aunque digan que no.”
Hikari repasó mentalmente el primer consejo de Aoi mientras intentaba mantener la paciencia frente al mostrador de la oficina de solicitudes. A su lado, Shikamaru revisaba el listado de misiones con expresión de quien preferiría estar en cualquier otro lugar del mundo.
—Miren —explicó Hikari con su mejor tono profesional—, entiendo que cortar el pasto no sea emocionante, pero las misiones de rango C y superiores requieren un nivel de experiencia que ustedes aún no tienen.
El Genin que había protestado cruzó los brazos con un mohín.
—¡Pero es aburrido! Ya no quiero cortar más pasto. Mi abuela dice que para eso me podía quedar en casa.
Shikamaru soltó un suspiro tan profundo que pareció desinflarse entero.
—Qué molestia —murmuró, pasándose una mano por el cabello—. Mira, chico, si tan aburrido es, piensa que cada brizna de pasto que cortas es un paso hacia el día en que puedas enfrentarte a algo más peligroso. O no. Total, tampoco es mi problema si quieren quedarse como genin de por vida.
Hikari le lanzó una mirada de advertencia.
—Shikamaru.
—¿Qué? Fue educativo.
El grupo de genins intercambió miradas confundidas, sin saber bien si debían sentirse motivados o insultados.
—En fin —Hikari suspiró, masajeándose la sien—. Para convertirse en un gran ninja es necesario pasar por estas misiones. Todos lo hicimos. Desde el Hokage —señaló con un gesto hacia la puerta sin mirar— hasta el héroe de la guerra, Naruto Uzum...
No terminó la frase.
Porque cuando giró la cabeza para confirmar que la puerta seguía vacía, se encontró con que ya no lo estaba.
Kakashi había entrado en la oficina, apoyado contra el marco con los brazos cruzados, observando la escena con ese aire de curiosidad indolente que siempre lo caracterizaba. Su uniforme táctico impecable parecía absorber la luz, y la bandana sobre su ojo izquierdo le daba ese toque de misterio que —Hikari maldijo en silencio— no debería resultarle tan atractivo.
Los ojos de los genins se iluminaron como faros en la niebla.
—¿De verdad? —el niño que había protestado miraba a su sensei con admiración renovada. El pobre jonin a cargo asintió, incómodo por el giro de los acontecimientos.
—¡Wow! —exclamó otro de los pequeños, sin apartar la vista del Hokage—. ¡Entonces dennos más misiones! ¡Toda Konoha tendrá su jardín impecable! ¡Si eso nos permite subir de rango, cortaremos hasta el último pasto del pueblo!
Kakashi inclinó ligeramente la cabeza, y Hikari habría jurado que bajo la máscara se dibujaba una sonrisa.
—Esa es la actitud —dijo, y su voz, tranquila y grave, hizo que los niños se inflaran de orgullo—. El pasto de la torre del Hokage necesita atención. Podrían empezar por ahí.
Los genins salieron disparados como si les hubieran prometido un tesoro.
Shikamaru suspiró otra vez.
—Qué fastidio. Ahora van a venir más niños con esa misma idea.
Pero Hikari no lo escuchaba.
Estaba demasiado ocupada intentando recordar el consejo número uno de Aoi, mientras Kakashi se acercaba al mostrador con esa forma de caminar que parecía no tener prisa pero llegaba siempre a donde quería.
—Buen manejo de grupo —comentó, apoyando un codo en la superficie—. Aunque deberías trabajar en tus presentaciones. Casi te olvidas de mencionarme.
Ella apretó la libreta contra su pecho.
—No me olvidé.
—Ah, ¿no?
—No. Usted estaba... —se mordió el labio—. No estaba cuando empecé la frase.
Kakashi inclinó la cabeza, y esa mirada de medialuna apareció en su ojo visible.
—¿Me estabas esperando?
Hikari sintió que las mejillas le ardían como si alguien hubiera acercado una brasa a su piel.
—Estaba esperando que nadie interrumpiera mi explicación —respondió, con el tono más profesional que pudo reunir, aunque la voz le tembló apenas en la última palabra—. Pero parece que a usted le gusta interrumpir a los demás.
Tomó su libreta con un movimiento quizá demasiado brusco y se puso de pie. La silla chirrió contra el suelo con un quejido cómplice.
Camina, se dijo. Solo camina. No mires atrás.
Pero en su cabeza, la voz de Aoi resonaba: "Número uno: no dejes de ser tú". ¿Y qué significaba eso exactamente? Porque ella no era de las que huyen, pero tampoco de las que se quedan a arder en la hoguera de esa mirada.
—¿Qué le hice? —preguntó Kakashi, y había algo en su tono que no era el habitual desdén juguetón. Algo genuinamente preocupado.
Shikamaru, que ya había llegado a la puerta, soltó un suspiro tan largo que pareció desinflar el aire de toda la oficina.
—A mí no me mires —dijo sin volverse—. Yo solo estoy aquí para entregar papeles. Esto es problema tuyo.
Y desapareció en el pasillo con la elegancia de quien esquiva una bomba de humo.
Supo que había funcionado.
Bueno, "funcionado" era una palabra muy grande. Pero cuando el teléfono vibró sobre su mesita de noche y el nombre de Kakashi apareció en la pantalla, Hikari sintió que el corazón le daba un salto mortal sin red de seguridad.
Recordó el número dos.
“Cuando te llame por las noches, deja que la conversación fluya, pero pon un límite de tiempo. Que note que tienes vida propia.”
Se demoró tres segundos exactos antes de contestar. Lo justo para no parecer desesperada, pero no tanto como para parecer que lo ignoraba. Tomó el teléfono con lentitud estudiada, inspiró hondo, y preparó su voz.
Tranquila. Relajada. Ocupada pero no demasiado. Como si estuviera haciendo algo interesante pero pudiera interrumpirlo sin problema.
—¿Hikari?
La voz de él llegó del otro lado, grave y cercana, como si no estuviera al otro lado de la línea sino justo detrás de ella, susurrándole al oído.
Y Hikari olvidó todo.
Absolutamente todo.
—¡Eek! —chilló.
Un chillido. Un completo, ridículo y vergonzoso chillido de adolescente que acaba de ver a su cantante favorito en la calle.
Se tapó la boca con la mano libre, los ojos abiertos como platos.
Del otro lado de la línea, hubo un silencio.
Luego, un sonido.
Kakashi se estaba riendo.
No a carcajadas, no. Pero ese pequeño sonido ahogado, ese ronroneo de diversión contenida, era inconfundible.
—¿Interrumpo algo? —preguntó, y su voz tenía un brillo juguetón que la hizo querer enterrarse viva.
Hikari cerró los ojos.
El plan de Aoi estaba oficialmente arruinado.
—No —logró articular, con la voz aún temblorosa—. Solo... no esperaba su llamada tan temprano.
Mierda. ¿Tan temprano? Eran las diez de la noche. ¿Qué clase de vida propia estaba demostrando?
—¿Quieres que llame más tarde? —la voz de él seguía teñida de diversión—. Para que puedas prepararte mejor.
Hikari apretó el teléfono contra la oreja con ganas de lanzarlo por la ventana.
—No me estaba preparando.
—Claro que no.
—De verdad.
—Te creo.
Mentira. No le creía nada. Y lo peor de todo era que ella tampoco podía evitar sonreír.
Algo positivo sacó de esa conversación nocturna.
Bueno, además de la vergüenza eterna de haber chillado como un hámster en lugar de contestar el teléfono como una adulta funcional.
Kakashi la había llamado para asegurarse de que todo estaba bien. Punto. Eso ya era un triunfo en sí mismo. Pero es que además, con esa forma tan suya de pedir disculpas sin decirlo directamente, le había explicado que lamentaba si su comentario de la oficina había sido "desafortunado". Que no era su intención hacerla sentir incómoda. Que a veces no medía bien el tono de sus bromas.
Hikari había asentido como una tonta al teléfono, olvidando que él no podía verla, y había balbuceado algo sobre que no pasaba nada, que ella era una exagerada, que todo estaba bien.
Cuando colgó —veintitrés minutos después, justo en el límite del consejo número dos que había volado por la ventana en el segundo cero— se quedó mirando el techo de su habitación con una sonrisa de tonta.
Su jefe se preocupaba por ella.
No era amor. No era ni siquiera un "algo". Pero era un punto. Una pequeña victoria en el tablero invisible que Aoi había dibujado en su cabeza.
Kakashi Hatake, el Hokage, el héroe, el hombre que había visto morir a todos sus seres queridos y aún así seguía sonriendo detrás de esa máscara...
Había notado que ella estaba rara.
Y había llamado para asegurarse.
Hikari rodó sobre su cama y enterró la cara en la almohada para ahogar un gritito.
Ella no podía dejar de sonreír.
Chapter 20: Me gusta II
Chapter Text
El número tres fue uno de los más difíciles.
"Si te halaga, sonríe y devuelve el cumplido solo si es natural. Nada forzado."
Hikari llevaba tres días dándole vueltas a esa frase mientras revisaba informes, mientras almorzaba, mientras intentaba dormir. ¿Cómo se suponía que debía halagarlo? ¿Qué le decía a un hombre que lo había visto todo, que había sido leído por las mejores mentes del mundo shinobi, que seguramente recibía cumplidos a diario de media aldea?
—Estás sobrepensando —le dijo Aoi por teléfono cuando Hikari le confesó su dilema—. No se trata de decirle "qué guapo estás" como una adolescente. Es más sutil. Cuestión de observación.
Observación.
Hikari podía con eso.
Así que durante los días siguientes, se dedicó a observar. No de manera evidente —Kami la guardara de parecer una acosadora— pero sí con atención. Y lo que encontró la sorprendió.
Kakashi no era de esos que buscan halagos. Pero había pequeñas cosas. Momentos.
Como cuando lograba que un equipo complicado de Jounin dejara de discutir y llegaran a un acuerdo. O cuando, después de una reunión eterna, se quitaba la bandana un segundo para frotarse el ojo cansado y ninguno de los presentes decía nada porque sabían que era un privilegio verlo así.
O la forma en que trataba a los niños. Sin condescendencia. Como si de verdad importara lo que decían.
Hikari anotó mentalmente cada cosa, esperando el momento adecuado.
Llegó una tarde, en la oficina de Kakashi. Ella había ido a buscar unos documentos, y él estaba revisando un mapa antiguo con esa concentración total que lo envolvía como un capullo.
—Gracias —dijo él cuando ella dejó los papeles sobre la mesa, sin levantar la vista.
Hikari estuvo a punto de irse. Pero algo la detuvo.
—Sabe —empezó, y la voz le salió más segura de lo que esperaba—, el otro día vi cómo manejó la discusión entre los Jounin del equipo de tortugas. Cómo logró que dejaran de pelear y se centraran en lo importante.
Kakashi levantó la vista, una ceja asomando sobre la bandana.
—¿Sí?
—Sí —Hikari se encogió de hombros, intentando parecer natural, como si no llevara días ensayando esto en el espejo—. No mucha gente tiene esa paciencia. O esa habilidad para hacer que otros quieran escuchar.
Hubo un silencio.
Kakashi la miró. Luego, lentamente, sus ojos se curvaron en esa media luna que siempre la desarmaba.
—Eso fue muy específico —dijo.
Hikari sintió que las mejillas le ardían.
—Solo... lo observé, eso es todo.
—¿Me observas?
—Observo cosas. En general. Soy una persona observadora. Pregúntele a cualquiera.
Kakashi apoyó la barbilla en una mano, claramente divirtiéndose.
—No sabía que mi asistente era también mi analista de comportamiento.
—No lo soy —Hikari dio un paso atrás hacia la puerta—. Fue solo un comentario. Un comentario suelto. Sin importancia. Buenos días.
Salió de la oficina como si la persiguieran abejas.
Pero mientras caminaba por el pasillo, el corazón galopando, no pudo evitar sonreír.
No había sido forzado. Había sido sincero. Y él lo había notado.
Quizá el número tres no era tan imposible después de todo.
Aunque, pensó mientras se abanicaba la cara con la libreta, quizá necesitaba practicar las salidas dramáticas.
Sin embargo, a pesar de haber superado el número tres —con salidas dramáticas incluidas—, el número cuatro resultó ser el peor de todos.
"Es el más importante. Disfruta. Cada mirada, cada palabra, cada momento. Esto no es una carrera y llegar primero, es un maratón. Y tú solo tienes que llegar a la meta sintiéndote bien contigo misma."
Hikari quería creer que eso era posible. De verdad que sí.
Pero no podía.
Antes, cuando estaba sumergida en la negación más absoluta, todo era más sencillo. Se sentía segura. Era ella misma sin pensar en cada movimiento, sin analizar cada palabra que salía de su boca, sin preguntarse si esa mirada significaba algo o era sólo producto de su imaginación calenturienta.
Antes, Kakashi era su jefe. Punto. Un hombre mayor, con un pasado complicado y un sentido del humor extraño, pero su jefe al fin y al cabo.
Ahora...
Ahora Kakashi era la razón por la que su estómago hacía acrobacias cada vez que lo veía entrar por la puerta. La razón por la que pasaba diez minutos frente al espejo eligiendo qué ponerse, como si él fuera a notar la diferencia entre un cuello de tortuga rojo y uno burdeos. La razón por la que se encontraba suspirando frente al cristal.
—Disfrutar —murmuró Hikari una noche, mirando el techo de su habitación—. Qué dice Aoi que disfrute. Si esto es como tener el corazón en una licuadora.
Porque lo cierto era que Hikari no sabía cómo disfrutar del maratón cuando apenas estaba aprendiendo a mantenerse en pie en la línea de salida.
Cada mirada de Kakashi la hacía preguntarse: "¿Fue más larga de lo normal?". Cada palabra: "¿Dijo eso con algún doble sentido?". Cada momento juntos: "¿Notó que me tiemblan las manos?".
No era disfrute. Era un campo minado.
Y lo peor de todo era que, en el fondo, sabía que Aoi tenía razón. Que la clave estaba en soltar, en vivir el proceso sin aferrarse al resultado. Pero ¿cómo se soltaba algo que nunca había tenido? ¿Cómo se disfrutaba la incertidumbre cuando lo único que quería era saber si él sentía algo o si todo era un castillo en el aire?
—Genial —murmuró Hikari, con la mirada perdida en la ventana de la oficina.
Afuera, el cielo se había desatado en un llanto gris que convertía las calles en espejos de agua. Las gotas golpeaban el cristal con insistencia, y ella solo había traído su gabardina café, esa que protegía el torso pero dejaba la cabeza a merced de los elementos.
Kakashi levantó la vista de sus documentos.
—¿Qué ocurre?
—Comenzó a llover —hizo un puchero inconsciente, de esos que solo salen cuando la frustración es genuina y no hay nadie importante mirando—. Solo traje mi chaqueta.
—¿Cuál es el problema? —preguntó, y esta vez dejó los documentos a un lado, apoyando los brazos sobre el escritorio con interés genuino.
Pero Hikari no lo notó. Su mundo se reducía en ese momento a la tormenta que se avecinaba sobre su cabeza.
—Mi cabello —su labio inferior tembló lastimero mientras enredaba los dedos entre sus rizos dorados—. Se me va a esponjar todo. Mi peinado se va a arruinar. Voy a parecer un diente de león gigante.
Kakashi inclinó la cabeza, sus ojos con algo que ella, en su desesperación capilar, no pudo identificar.
—¿Tienes permanente?
El mundo se detuvo.
Hikari se levantó de su silla con la lentitud de quien se prepara para un duelo. Sus ojos se estrecharon. Sus manos fueron a posarse en las caderas con una determinación que normalmente reservaba para negociar misiones de rango A.
—¿Cómo puede decir eso?
—¿Y cómo puedes seguir siendo tan formal cuando pareces a punto de declararle la guerra a las nubes?
—Bueno —le apuntó con el dedo, cada palabra marcada con la precisión de un sello—. Para tu información, mi cabello es cien por ciento natural.
Y entonces, como si necesitara probar su punto, dio un paso adelante. Apoyó sus codos sobre su escritorio y su rostro en la manos, permitiendo que sus rizos se derramaran como una cascada dorada sobre la madera.
Kakashi miró los rizos extendidos sobre su escritorio, tan cerca de sus manos que le habría bastado estirar los dedos para tocarlos. Miró la forma en que la luz gris de la tormenta se filtraba por la ventana y atrapaba reflejos dorados en cada onda.
Miró a Hikari, que lo seguia viendo desafiante, mostrando su prueba viviente.
—¿Lo ve? —dijo ella con una sonrisa traviesa—. Natural. Cien por ciento natural.
Kakashi tardó un segundo en responder.
—Ya veo —dijo, y su voz sonó diferente. Más grave. Más lenta.
Hikari se levantó tan rápido que casi se mareó.
Y entonces lo vio.
Esa mirada. Otra vez. Pero diferente. Más intensa. Más... algo.
—¿Qué? —preguntó, sintiendo que las mejillas le ardían sin saber bien por qué.
Kakashi parpadeó. Una vez. Dos veces. Luego sus ojos se curvaron en esa media luna que ella conocía tan bien.
—Nada —dijo, y recogió sus documentos con un movimiento elegante—. Solo pensaba que tal vez deberías quedarte aquí hasta que escampe.
—¿Aquí?
—En la oficina. Conmigo. —Se encogió de hombros con fingida indiferencia—. Por el cabello. Para que no se arruine.
Hikari tragó saliva.
Afuera, la lluvia arreciaba.
Dentro, su corazón había empezado a hacer esas acrobacias que Aoi llamaba "síntomas de enamoramiento agudo".
—Claro —logró articular—. Es lo mejor para mi cabello.
Kakashi asintió, ya absorto en sus papeles.
Pero ella alcanzó a verlo.
La pequeña sonrisa detrás de la máscara.
Y supo, con la certeza de quien acaba de descubrir un secreto, que el número cuatro —el maldito número cuatro— quizá no era tan imposible después de todo.
Comprendió que estaba disfrutando cuando, al contárselo a Aoi, su amiga soltó el número cinco como quien suelta una bomba de humo en medio del desierto.
—Ir más adelante.
Hikari parpadeó.
—¿Qué es eso?
Aoi se acomodó en la cama de Hikari con la autoridad de quien lleva años estudiando el arte del coqueteo desde la primera fila. Tenía el rostro cubierto por una mascarilla facial verde que le daba un aspecto de extraterrestre sabio, y en la mano, un cuenco con restos de palomitas.
—Es ese momento —explicó con parsimonia— donde las mujeres se hacen las desentendidas de todo. El momento donde tú tomas el control de cómo tu jefe te ve.
Hikari, que estaba aplicándose su propia mascarilla, se detuvo a medio camino.
—¿Te desentiendes de qué?
—De todo, Hikari. De las miradas, de los cumplidos, de las llamadas nocturnas. Dejas de reaccionar como espera que reacciones. Te conviertes en un acertijo.
Su amiga hizo una pausa dramática, y luego, bajando la voz como si compartiera el secreto mejor guardado de Konoha, continuó:
—Tienes dos opciones. —Levantó un dedo—. Una: que él sepa lo torpe que eres en el amor.
—Lo cual ya lo intuye —se quejó Hikari, hundiéndose un poco en la almohada—. Soy transparente como el agua.
—O dos —Aoi levantó otro dedo, y sus ojos brillaron por encima de la mascarilla—. Seducirlo.
Hikari se atragantó con su propia saliva.
—¿Qué? —tosió—. ¿Cómo? No voy a ir con una falda por el trasero a la oficina, Aoi. Eso no soy yo. Además, es mi jefe. Es el Hokage. Hay normas. Hay protocolos. Hay...
—Respira —Aoi rodó los ojos—. No hablo de eso. Hablo de ser más visionaria.
Se incorporó un poco, apoyándose en los codos, y Hikari aprovechó para abrir las tapas de la cama y acomodarse a su lado. La noche era fría, y el edredón las envolvía en una burbuja de intimidad que solo las amigas tienen.
—Escucha —dijo Aoi—. Ir más adelante significa que, a partir de ahora, él no va a saber si vas en serio o estás jugando. Un día le sonríes como si fuera el hombre más interesante del mundo, y al siguiente lo tratas con la misma formalidad que a un anciano en la cola del mercado.
—¿Y eso sirve para algo?
—Claro que sí, ingenua. Porque si él quiere encontrar la respuesta, si realmente quiere saber qué sientes, va a tener que demostrarlo. Va a tener que cruzar una línea que, como jefe, no debería cruzar.
Hikari se quedó en silencio, procesando.
—O sea —dijo lentamente—, ¿lo que me estás pidiendo es que lo vuelva loco?
—Exactamente. —Aoi le guiñó un ojo, o al menos lo intentó, porque con la mascarilla parecía más un tic nervioso—. Que piense que se está volviendo loco. Que se pregunte si lo que siente es real o te lo estás inventando tú. Y en esa confusión, en esa búsqueda de respuestas, va a terminar revelando sus propias cartas.
Hikari miró el techo.
El consejo de Aoi daba vueltas en su cabeza como un shuriken mal lanzado.
—¿Y si sus cartas son solo amistad? —susurró.
Aoi se encogió de hombros.
—Entonces habrás aprendido a jugar. Y el próximo partido, amiga, lo juegas con las reglas claras.
Hikari sonrió a pesar de sí misma.
—Odio cuando tienes razón.
—Lo sé. Es parte de mi encanto.
Afuera, la lluvia había cesado. Y dentro de Hikari, algo comenzaba a gestarse. Una pequeña chispa de determinación mezclada con el terror absoluto de tener que seducir al hombre más inescrutable de la aldea.
. —Oye —dijo Hikari, masticando palomitas mientras ambas miraban el techo de su habitación como si fuera la pantalla de un cine—. ¿Por qué no vino Yuka hoy?
—Fue a ver a su novia —explicó Aoi con naturalidad, metiendo mano al tazón.
Silencio. Crujido de palomitas. Respiración sincronizada.
Hasta que el teléfono en la mesita de noche vibró con la urgencia de quien tiene malas noticias. Aoi lo alcanzó sin apartar la vista del techo.
—¿Hola? —pausa—. Ah... comprendo. Sí, ven nomás.
Colgó.
—¿Quién era? —preguntó Hikari, aunque ya intuía la respuesta.
—Yuka —Aoi metió otro puñado de palomitas a la boca con una serenidad pasmosa—. Terminó con su novia.
Hikari asintió, asimilando la información.
—Eso fue rápido.
—Sí —Aoi masticó con filosofía—. Y pensar que la semana pasada quería casarse con ella.
Ambas volvieron a mirar el techo.
Afuera, la noche seguía su curso. En algún lugar de Konoha, Yuka lloraba, maldecía o probablemente ambas cosas. Y en la habitación de Hikari, dos amigas la esperaban con palomitas, mantas y la sabiduría de quienes saben que el desamor duele, pero duele menos cuando tienes con quién compartir el silencio.
—¿Le guardamos palomitas? —preguntó Hikari.
—Ya sabes que no come cuando está triste.
—Cierto. Más para nosotras.
Aoi sonrió.
—Esa es la actitud.
*****
La tarde era gris, de ese gris suave que promete invierno sin amenazar tormenta. Las nubes colgaban bajas sobre Konoha como un edredón mullido, y el aire tenía esa calidez engañosa de los días fríos que aún no deciden si rendirse al hielo.
Era su día libre.
Su primer día libre en tres semanas.
Hikari lo disfrutó como era debido: se despertó tarde, o al menos eso intentó, pero su reloj biológico la sacó de la cama a las siete de la mañana con la eficiencia de un jonin en misión. Limpió su casa con el mismo esmero que ponía en organizar las misiones —ventanas impecables, pisos relucientes, el altillo libre de polvo por primera vez en meses—. Ordenó sus cosas con esa manía de quien necesita controlar el caos externo para calmar el interno. Incluso cocinó, algo que no hacía desde que el trabajo la había absorbido por completo.
Y luego...
Luego, cuando la casa estuvo más ordenada que la oficina del Hokage, cuando ya no quedaba ni un rincón por limpiar ni una superficie por organizar, Hikari se sentó en el sofá con una taza de té humeante y miró el techo.
El silencio era ensordecedor.
Su mano encontró el camino a la libreta de misiones sin que su cerebro diera la orden. Sus dedos acariciaron el lomo con la familiaridad de quien sostiene algo amado. Y antes de darse cuenta, estaba sentada en su escritorio personal, repasando informes, adelantando trabajo, organizando mentalmente las tareas de la semana siguiente.
—Disfrutar —murmuró para sí misma, mientras corregía un error en la asignación de un equipo Genin—. Qué fácil es decir disfrutar.
El té se enfrió sobre la mesa.
Se le pasó toda la tarde entre informes que no debía estar revisando y episodios de sus series favoritas que miró con un ojo mientras el otro seguía bailando sobre las líneas de los documentos.
El equilibrio perfecto entre la responsabilidad y la procrastinación.
Cuando el reloj marcó las ocho y la panza empezó a quejarse con un rugido que la sacó de su burbuja, Hikari hizo inventario de su despensa.
No había leche para su chai latte.
No había galletas.
No había chips de papas, esas de bolsa roja que tanto le gustaban.
No había nada, básicamente, que sirviera para acompañar una noche de series y desamor ajeno.
—Maldición —murmuró, mirando los estantes vacíos con desolación.
Se vistió con lo primero que encontró: un suéter de cuello redondo, de ese beige suave que abrazaba sin apretar, y encima un chaleco más grueso, enorme, que la envolvía como un abrazo de abuela. Pantalones de mezclilla que se ceñían a su figura con la precisión de quien los ha usado mil veces y saben exactamente dónde deben quedar.
Para el frío, un gorro de lana. Gris. Simple. Que aplastaba sus rizos sin compasión pero mantenía sus orejas calientes.
Salió a la calle con las manos en los bolsillos y el aire congelado mordisqueándole las mejillas.
La tienda de conveniencia más cercana estaba en la calle principal de la aldea. La misma que, a esa hora, solía estar tranquila. La misma que, a esa hora, solía...
No.
Hikari negó con la cabeza mientras empujaba la puerta de cristal. Esta vez sería más inteligente. Iría un paso más adelante. El número cinco, recién estrenado, tenía que aplicarse desde el primer momento.
Entró con decisión, agarró un canasto y se dirigió directamente al pasillo de los lácteos. Leche para su chai latte, check. Luego al de los snacks, donde las bolsas rojas de papas fritas la miraron desde el estante como viejas amigas. Check.
Solo faltaba un último tesoro.
Hikari se detuvo frente a la sección de galletas y su corazón dio un pequeño vuelco.
No estaban.
Las galletas de chocolate con relleno de crema, esas que solo encontraba aquí y que había estado ansiando toda la tarde, no estaban en su lugar habitual. Había otras marcas, otros sabores, otras texturas, pero las suyas, las únicas, habían desaparecido.
—No puede ser —murmuró.
Se puso en cuclillas, porque tal vez alguien las había corrido al estante de abajo. O al de arriba. O tal vez estaban escondidas detrás de los paquetes de galletas de vainilla, que nadie en su sano juicio compraría primero.
Revisó con la dedicación de un ninja rastreando pistas. Apartó paquetes, miró etiquetas, verificó fechas de vencimiento por puro reflejo profesional.
Nada.
—No puedo tener tan mala suerte —susurró al aire—. Es mi día libre. Es mi noche de series. Es mi...
—¿Buscas algo en particular?
La voz llegó desde arriba, y Hikari se quedó inmóvil en cuclillas, con una caja de galletas de mantequilla en la mano y el corazón súbitamente alojado en la garganta.
Lentamente, muy lentamente, levantó la vista.
Kakashi estaba ahí, de detrás de ella, con su canasto vacío colgando de un brazo y esa postura relajada que parecía burlarse de las leyes de la gravedad. Sus ojos la observaban con una mezcla de curiosidad y diversión mal disimulada.
—¿Cuánto tiempo llevas ahí? —preguntó ella, la voz más aguda de lo normal.
—El suficiente para preguntarme si las galletas del estante inferior tienen algún secreto que las del superior no poseen.
Hikari se puso de pie tan rápido que la sangre le zumbó en los oídos. Apretó la caja de galletas de mantequilla contra su pecho, como si pudiera usarla de escudo.
—Estaba buscando unas —explicó, y luego, recordando el número cinco, añadió con fingida indiferencia—: Pero ya no importa. Estas sirven.
Kakashi inclinó la cabeza.
—¿Estás segura? Porque parecías muy concentrada.
—Siempre estoy concentrada. Es mi trabajo.
—Esto no es tu trabajo.
Hikari lo miró. El pasillo era estrecho. Él estaba demasiado cerca. El canasto de ella tenía leche y papas fritas. El de él estaba vacío, como si hubiera entrado sin ninguna intención real de comprar.
El número cinco, pensó. Mantenlo adivinando.
—¿Y tú qué buscas? —preguntó, devolviéndole la pregunta con un tono que esperaba sonara desafiante—. Porque tu canasto parece vacío y solitario.
Kakashi parpadeó. Solo una vez. Pero ella lo vio.
—Todavía no encuentro lo que busco —respondió, y su voz tenía un matiz que ella no supo interpretar.
—Bueno —Hikari dio un paso hacia la caja, esquivándolo con cuidado—, espero que lo encuentres.
Pasó a su lado. Rozándolo apenas. Otra vez.
Y esta vez, cuando la campanilla de la puerta anunció su salida minutos después, con sus bolsas en la mano y el corazón acelerado, Hikari sonrió.
Porque mientras pagaba, había visto a Kakashi en el pasillo de las galletas, exactamente en el mismo lugar donde ella había estado, revisando los estantes con una lentitud sospechosa.
Quizá el número cinco no era tan difícil después de todo.
****
—Toma.
Al día siguiente, Kakashi dejó caer una bolsa de papel sobre el escritorio de Hikari con la naturalidad de quien entrega un informe más. Ella levantó la vista de los documentos que estaba organizando y se encontró con esa media luna familiar asomando sobre la bandana.
—¿Qué es?
—Ábrelo.
Hikari metió la mano en la bolsa con desconfianza, como si pudiera explotar. Pero no explotó. Lo que sacó fue un paquete de galletas. Galletas de chocolate con relleno de crema. Las que había estado buscando la noche anterior. Las que no encontró. Las que...
—No estaban en la tienda de la calle principal —dijo Kakashi, apoyándose en el borde del escritorio con una informalidad que solo él podía permitirse en su propia oficina—. Tuve que ir a la del distrito comercial. Pero tenían.
Hikari miró el paquete. Miró a Kakashi. Miró el paquete otra vez.
—Usted... —la voz le salió más pequeña de lo que le hubiera gustado—. ¿Fue a buscarlas?
—Pasaba por ahí —se encogió de hombros, como si eso explicara algo—. Y recordé que ayer parecías muy decepcionada.
Era mentira. Lo sabía. Lo sabía porque la tienda del distrito comercial estaba en la otra punta de la aldea, porque nadie "pasaba por ahí" a menos que tuviera una razón de peso, porque él era el Hokage y podía enviar a cualquiera a hacer ese recado sin moverse de su silla.
Pero había ido él.
Personalmente.
—No sé qué decir —murmuró Hikari, apretando el paquete contra su pecho, justo encima del corazón que amenazaba con escapársele.
Kakashi inclinó la cabeza, y esa media luna se acentuó.
—Podrías empezar por "gracias".
Ahí lo supo.
En ese momento exacto, con esas palabras precisas, Hikari comprendió que él también estaba jugando. Que el tablero no era unilateral. Que Kakashi Hatake, el Hokage, el hombre que había leído más de mil libros y sobrevivido a más guerras de las que ella podía imaginar, había decidido entrar en el juego.
Y ella se prometió a sí misma, con la misma determinación que ponía en organizar las misiones más complejas, que el número cinco lo tendría en sus manos. Que dominaría cualquier situación.
—Gracias —sonrió ampliamente, mirando el paquete de galletas como si fuera un tesoro, y después levantó la vista hacia él—. Parece que no soy la única buena observando.
Kakashi se encogió de hombros con esa indolencia que lo caracterizaba, apoyándose en el borde del escritorio de ella.
—Es mi trabajo.
Hikari se levantó con su característico profesionalismo, pero hoy había algo diferente en la forma en que se movía. El suéter que llevaba —de esos que dejaban los hombros al descubierto con una inocencia estudiada, las mangas abultadas cayendo con suavidad— parecía haber sido elegido estratégicamente.
Pasó junto a él para llegar a la pequeña estación de café que compartían en la oficina.
Y lo sintió.
Esa inhalación profunda. Ese momento en que el aire cambió a su alrededor. Kakashi respiró hondo cuando ella pasó, como si su perfume hubiera decidido declararle la guerra a su compostura.
Hikari sonrió para sus adentros.
Preparó el café con movimientos pausados, consciente de la mirada que pesaba sobre su espalda. Cuando se giró, taza en mano, se encontró con sus ojos —el visible, al menos— fijos en ella con una intensidad que bordeaba el hechizo.
—Su trabajo —dijo, arrastrando las palabras con una lentitud deliberada mientras le entregaba el café— es gestionar. El mío... —sus dedos rozaron los de él al pasar la taza— es observar.
Le guiñó un ojo.
Solo uno.
Y se volvió a su escritorio con la misma naturalidad con la que había empezado el día, como si no acabara de lanzar una bomba de humo en medio de la oficina del Hokage.
Kakashi se quedó un segundo inmóvil, la taza humeante en la mano y la expresión —o lo que podía verse de ella— ligeramente descompuesta.
Luego, como si nada, se encogió de hombros.
—Y organizar —respondió.
Y acto seguido, con una tranquilidad pasmosa, Kakashi abrió el paquete de galletas que aún reposaba sobre el escritorio de Hikari, sacó una y le dio un mordisco.
Sin importar si mostraba su rostro, como siempre lo hacía frente a ella.
—¡Oiga! —Hikari lo miró con falsa indignación—. ¿Eh? Son mías.
—Las compré yo —señaló él con la boca llena, sin el más mínimo ápice de vergüenza—. Técnicamente, son mías.
—¡Pero eran un regalo!
—Un regalo que ahora compartimos. —respondió sentándose en su silla.
Hikari abrió la boca para protestar, pero Kakashi ya estaba masticando con esa parsimonia suya, los ojos curvados en medialuna, el cuerpo relajado contra el respaldo de su silla.
Y ella, a pesar de todo, no pudo evitar reírse.
—Es usted increíble.
—Lo sé —respondió él, y alcanzó otra galleta—. Por eso soy el Hokage.
—E imposible…—murmuró negando con una sonrisa, mientras volvía a ver su computador.
Afuera, el sol comenzaba a colarse por las ventanas. Adentro, en la oficina que compartían a diario, el juego continuaba.
Y Hikari, mientras mordía una galleta con una sonrisa que no podía disimular, supo que el número cinco era, sin duda, el mejor consejo que Aoi le había dado jamás.
Chapter 21: Error
Chapter Text
El invierno se instaló en Konoha, y con él llegó esa sensación acogedora de festividad constante. Hikari fue, por supuesto, la primera en contagiar la oficina: su escritorio lucía guirnaldas plateadas y un pequeño árbol de navidad que parpadeaba suavemente junto a su monitor.
También llegó su temporada favorita para vestirse. Cambió sus atuendos livianos por conjuntos cálidos y holgados que la hacían parecer más menuda y abrigada, como un animalito listo para hibernar.
—Me doy cuenta de tu devoción por los vestidos de lana —comentó Kakashi una tarde, sin levantar la vista de un informe particularmente denso. Hikari acababa de entrar, con el cabello recogido en un desorden elegante y un vestido gris tejido que le llegaba a mitad del muslo, complementado con pantimedias oscuras y botines.
—Es la única época del año en que puedo usarlos sin derretirme —explicó con una sonrisa que parecía iluminar la oficina gris.
—Eso explicaría el… distintivo aroma a naftalina —hizo un gesto con la mano frente a su nariz, fingiendo un estornudo. Era una broma, por supuesto, pero Hikari puso un puchero exagerado.
—¿De verdad? Yo no le siento olor —protestó, y antes de que él pudiera reaccionar, se acercó y le acercó la manga de su grueso abrigo café—. Huela usted mismo.
Fue un error. Un error monumental. Porque al inclinarse, Kakashi no fue golpeado por ningún olor a guardado, sino por esa fragancia floral, limpia y delicada que siempre parecía flotar alrededor de ella. Era un aroma que, si era honesto, podía distraerlo durante horas.
—Pues… deberías revisar tu sentido del olfato —logró decir, apartándose con una tos fingida y volviendo su atención urgentemente hacia sus papeles. Sin embargo, no pudo evitar notar, por el rabillo del ojo, la sonrisa pícara y demasiado satisfecha que Hikari esbozó al ver su rápida retirada.
Ah, por supuesto, todo parecía seguir igual en la superficie. Su jefe continuaba con sus bromas características, ese coqueteo ligero disfrazado de comentarios ociosos, siempre bailando justo al borde de lo profesional sin traspasarlo.
Y ella sonreía. A veces caía en la trampa de su juego, dejándose sorprender por una indirecta especialmente hábil. Otras veces, no. Pero ahora había un cambio, uno sutil pero fundamental: había aprendido las reglas. Y más que eso, había decidido jugar.
Como en ese momento, tras su pequeña victoria con el abrigo, no retrocedió a su escritorio de inmediato. Se quedó un instante más de lo necesario junto al suyo, fingiendo ajustar un papel.
—Hablando de olores —dijo, su voz un susurro deliberadamente casual—. Alguien ha estado usando un perfume nuevo. A madera… muy refinado. Casi como si intentara impresionar a alguien.
Kakashi dejó de escribir. No levantó la vista, pero la pluma se detuvo sobre el documento.
—¿Impresionar? —repitió, el tono tan neutro como siempre—. Quizás solo sea un intento de enmascarar el olor a tinta y desesperación que flota en esta oficina.
—Puede ser —concedió ella, dando un paso atrás finalmente, pero su sonrisa era ahora una cosa lenta y satisfecha—. Aunque para mí huele más a… bosque después de la lluvia. Es agradable.
Esta vez, fue él quien no tuvo una respuesta inmediata. Hikari aprovechó para regresar a su asiento, la espalda recta y un nuevo ritmo en su pulso. El juego había cambiado. Ya no era solo ella sonrojándose ante sus insinuaciones; ahora era ella lanzando las suyas propias, midiendo su terreno, viendo cuánto podía inclinarse sobre el precipicio antes de que uno de los dos decidiera si dar un paso al frente o retroceder.
Kakashi, por su parte, miró fijamente el mismo párrafo sin leer una palabra. El fantasma de su fragancia floral aún colgaba en el aire a su alrededor, mezclándose ahora, en su imaginación, con el cedro y abedul del perfume que él, efectivamente, había empezado a usar con una frecuencia sospechosa. Maldita sea. Ella no solo estaba jugando, sino que estaba ganando. Y lo peor era que, por primera vez en mucho tiempo, perder no parecía una opción.
Ambos volvieron a sumergirse en sus tareas con repentina concentración justo cuando la puerta se abrió, revelando a Shikamaru con su uniforme impecable y una bufanda larga y práctica.
—¿Están listos? —preguntó con su tono característico de aburrimiento ritual.
Hikari se levantó con elegancia y fue a tomar su abrigo del perchero.
—¿Qué celebración nos espera hoy? —preguntó, ajustándose la bufanda alrededor del cuello.
—El Festival de la Luna —respondió Shikamaru, dejando escapar un suspiro—. Un evento tradicionalmente… caótico.
El Hokage se levantó de su escritorio, tomando su sombrero distintivo antes de seguirlos. Era una realidad estacional: con la llegada del invierno, el equipo debía acompañar al Hokage a cada actividad y festividad oficial. Y eso incluía la tediosa pero crucial logística: cada evento requería permisos de suelo, gestión de espacios, coordinación de seguridad y aprobaciones de presupuesto.
Todo ese papeleo era minuciosamente revisado primero por Hikari, Shikamaru y Yurito, formando una triada de eficiencia que luego presentaba los documentos pulidos y organizados a Kakashi para su firma final. Un ciclo interminable de planificación que hacía que los festivales fueran, detrás del brillo y la diversión, un verdadero trabajo de oficina con guirnaldas.
********************
Los últimos días del otoño los llevaron a la festividad de los monjes peregrinos, una ceremonia de recogimiento y silencio que exigía permanecer inmóvil durante tres horas interminables. Para Hikari, acostumbrada al ajetreo constante de la oficina, fue una tortura refinada.
A los cuarenta minutos, un calambre en la pantorrilla la obligó a cambiar de posición con un gemido ahogado que esperó —con una fe conmovedora— que nadie hubiera escuchado.
Al minuto setenta, disimuló un estiramiento de espalda con la sutileza de un ladrón novato.
A la hora y media, reprimió un bostezo con tal fuerza que los ojos se le llenaron de lágrimas, y tuvo que parpadear varias veces para que no le rodaran mejilla abajo en medio de la solemnidad.
Desde el cojín a su lado, sintió más que vio la mirada.
No fue un gesto brusco. Apenas un leve giro de cabeza. Pero en la penumbra serena del salón, esos ojos grises captaron los suyos con una reprobación tan perfectamente serena, tan inesperadamente tranquila, que a Hikari le dio un vuelco el corazón, seguido de una oleada de vergüenza caliente.
Bajó la vista rápidamente, clavando la atención en una araña que tejía su tela en un rincón del techo de madera. La araña, al menos, no la juzgaba. La araña entendía lo que era moverse cuando el cuerpo lo pedía.
Logró mantenerse relativamente quieta el tiempo restante, aunque cada minuto fue una batalla contra sus propios nervios, la incomodidad creciente y la conciencia absoluta de que él estaba justo ahí, a su lado, respirando el mismo aire.
Lo único bueno de estos eventos, como siempre, llegó después: el banquete de gratitud.
En el patio iluminado por farolillos, largas mesas ofrecían el consuelo del otoño hecho comida. Batatas dulces asadas hasta quedar caramelizadas, castañas calientes que olían a tierra y hoguera, tazones humeantes de té de especias que deshacían el frío anclado en los huesos.
Hikari se sirvió con discreción —pequeña porción de batata, un puñado de castañas, té bien caliente— pero al primer bocado, suave y azucarado, dejó escapar un suspiro de alivio tan genuino, tan profundamente satisfecho, que podría haberle dado las gracias al monje principal en persona.
Levantó la vista y allí estaba él.
Kakashi la observaba desde el otro extremo de la mesa, su propio tazón de té humeando entre las manos enguantadas.
Esta vez, no había reproche en su mirada. Solo una leve chispa de humor, un brillo casi imperceptible en sus ojos mientras sorbía su té con esa parsimonia que lo caracterizaba.
Tal vez, parecía decir esa mirada, el suplicio de las tres horas valía la pena por verla redescubrir la felicidad en algo tan simple como una batata caliente.
Hikari, con las mejillas ligeramente sonrosadas —por el calor del té, se dijo a sí misma, solo por el té— le sostuvo la mirada un segundo más de lo estrictamente profesional.
Luego sonrió.
Pequeña. Tímida. Escondida hacia su tazón.
Pero sonrió.
Y cuando volvió a morder la batata, supo con certeza que ninguna galleta, ningún café, ningún momento en la oficina sabía tan dulce como este, con el frío de la noche, el calor del té, y esa media luna invisible que él le dedicaba desde el otro lado de la mesa.
La celebración que, sin lugar a dudas, era su favorita, era el Festival de la Cosecha, que tenía lugar justo en el corazón del otoño. Según el protocolo, ella acompañaba al Hokage en la inauguración y en sus breves palabras de bienvenida a los aldeanos. Pero el verdadero encanto comenzaba cuando, terminada la formalidad, Kakashi les daba una leve inclinación de cabeza y decía: "El resto de la noche es suya. Disfrútenla".
Y Hikari jamás se negaba a nada. Este año, el desafío era recolectar la mayor cantidad de higos en una canasta en solo tres minutos. Con un grito de entusiasmo, se lanzó entre los árboles cargados de fruta púrpura, su vestido entallado de lana color mostaza volándose con cada movimiento. Rápidamente se dio cuenta de su error estratégico: mientras las otras participantes, más experimentadas, llevaban faldas amplias que usaban como improvisadas hamacas para cargar docenas de higos, ella solo podía llevar un puñado en cada mano.
Al sonar la campana, su canasta parecía vergonzosamente vacía comparada con los montones rebosantes de sus rivales. Con el cabello un poco despeinado y una mancha de higo en la mejilla, se acercó a Kakashi, quien había observado toda la escena desde la sombra de un árbol, con los brazos cruzados y una expresión divertida.
—El próximo año lo haré mejor —resopló, derrotada pero con los ojos brillando de pura diversión.
Kakashi no pudo contener una sonrisa bajo la máscara.
—La próxima vez, tal vez quieras considerar la funcionalidad sobre la moda —sugirió, su tono cargado de un humor suave—. Aunque hay que admitir que el espectáculo fue bastante entretenido.
Hikari se rió, limpiándose la mancha de la cara, y de repente el fracaso en el concurso no importaba en lo absoluto. Porque en el aire del festival, entre el olor a manzanas caramelizadas y el sonido de la música, compartir esa derrota tonta y esa sonrisa secreta con él se sentía como el verdadero premio de la noche.
**********
Después de la Fiesta de la Invernación, la de la Calabaza, la del Viento y tantas otras, llegó por fin el Solsticio de Invierno: el Festival de la Luna. La aldea se transformaba en un sueño nevado, con puestos de comida humeante y juegos de feria cuyas luces parpadeantes se reflejaban en la escarcha.
El Hokage y su equipo llegaron al corazón de la celebración, el Templo de la Diosa de la Luna, para inaugurar oficialmente los cinco días de festejos que se entrelazaban con la Navidad. Las palabras de Kakashi, como siempre, fueron un equilibrio perfecto entre lo práctico y lo acogedor, propias de un líder calculador que, sin embargo, guardaba un espacio genuinamente cálido para su pueblo.
Y el pueblo se lo devolvía. Al terminar el discurso, una pequeña multitud se acercó no solo con reverencias, sino con ofrendas: dulces tradicionales, amuletos de la suerte, ramitas de acebo. Hikari, siguiendo el plan, agradecía con sonrisas mientras Shikamaru, a su lado, abría con resignación una bolsa especial para almacenar el creciente botín.
—Te lo dije, caótico —murmuró Shikamaru, ajustando la bufanda.
—¿Y después de esto… podremos disfrutar un poco de la feria? —preguntó Hikari, con los ojos brillando al divisar un puesto de pesca de globos más allá.
—La verdad es que no —resopló él—. En esta fiesta en particular, debemos seguirlo a todas partes. Tiene que hablar con cada jefe de local, con los monjes superiores, con los representantes vecinales… Es una noche larga de diplomacia itinerante.
—Rayos… —dejó caer los hombros, desilusionada—. Y luego esta semana, sin descanso, a organizar la fiesta de Navidad de los shinobis.
—Eso —asintió Shikamaru con un suspiro de fatiga prematura— es lo peor de todo.
—¿Lo peor de todo? —la voz de Kakashi sonó justo detrás de ellos, haciendo que ambos dieran un leve respingo. Se había acercado sin hacer ruido, como era su costumbre. Hikari lo miró y después miró hacia adelante. “¿En qué momento se movió tan rápido?”, pensó—. Hablan como si los estuviera conduciendo a una noche de interrogatorios, y no a una ronda de pastel de arroz glutinoso y té caliente.
—Mis respetos al arroz glutinoso, Kakashi —dijo Shikamaru—,pero el pastel de arroz del señor Yamazaki siempre se te repite durante horas. No es tan buena recompensa.
Kakashi emitió un sonido entre risa y queja, pero sus ojos, visibles sobre la máscara, se posaron en Hikari, quien aún miraba con añoranza el puesto de pesca de globos.
—La ronda oficial es ineludible —admitió, bajando la voz un grado, como si compartiera un secreto—. Pero incluso los protocolos más estrictos tienen… intersticios. Shikamaru, ¿crees que podrías entretener al gremio de panaderos durante diez minutos con una discusión detallada sobre los méritos de la harina de arroz versus la de trigo?
Shikamaru lo miró, comprendiendo al instante. Una sonrisa lenta y cómplice se dibujó en su rostro.
—Creo que podría alargar ese debate hasta quince, si incluyo referencias históricas sobre el cultivo de granos en la era del Primer Hokage. Será un sacrificio, pero espero que me lo recompenses.
—Así será —asintió Kakashi, y luego se volvió hacia Hikari—. Quince minutos. No es mucho, pero debería alcanzar para un intento en el puesto de pesca de globos, o quizás para probar esos dango de miel que has estado mirando desde que llegamos.
Hikari sintió que una sonrisa amplia e involuntaria le iluminaba el rostro, derritiendo la decepción anterior.
—¿En serio?
—Considerémoslo un… reconocimiento por aguantar tres horas de ceremonia monástica sin quejarse demasiado —dijo él, y el brillo burlón en sus ojos era inconfundible—. Pero sólo quince minutos. Después, vuelta al deber. Y si Shikamaru sucumbe antes al aburrimiento, te tocará a ti discutir sobre fermentación de frijoles con la asociación de productores.
—¡Trato! —aceptó Hikari rápidamente, antes de que pudiera cambiar de opinión.
Por quince minutos, el Festival de la Luna no sería solo un maratón de protocolos, sino un destello de diversión bajo la nieve. Y, observando la manera en que Kakashi ajustaba su sombrero antes de dirigirse al primer puesto con una sonrisa apenas perceptible, Hikari supo que ese pequeño gesto de complicidad valía más que cualquier premio en un juego de feria.
Agradeció a su jefe con una sonrisa que le llegaba a los ojos, y le devolvió el gesto con creces más tarde, rescatando a un Shikamaru visiblemente abrumado por una conversación particularmente enredada sobre impuestos a los puestos callejeros, para darle un respiro. Ella ya era feliz. En su bolsillo, el llavero de oso polar, frío y metálico, se sentía como un pequeño trofeo de una noche que, contra todo pronóstico, había logrado robarle un instante de ligereza al peso del protocolo.
****
Sin embargo, ahora venía la verdadera prueba de fuego para su eficiencia: organizar la Gran Fiesta de Fin de Año de los Shinobis. Era el evento social más importante del calendario ninja, un espacio donde chūnin, jōnin, especialistas e incluso miembros del ANBU (con máscaras ligeramente más festivas) se reunían para celebrar el cierre del año. Hikari la había vivido siempre del otro lado, como una más entre la multitud, y cada vez se había quedado con un regusto a poco: la comida era mediocre y tibia, el espacio siempre parecía dos personas más pequeño de lo necesario, y el ambiente cojeaba entre la obligación y el aburrimiento.
Este año sería diferente. Este año, ella estaba a cargo.
—¿Cuánto presupuesto tenemos? —preguntó, con los ojos brillando como los farolillos del Festival de la Luna. Estaban en la sala de reuniones, los tres —Hikari, Shikamaru y Yurito— rodeando una pila de papeles que olía a posibilidad y estrés. Debían tener la propuesta lista antes de que el Hokage llegara a revisarla.
—Ahorramos una cantidad considerable este año con la renegociación del contrato de la constructora —informó Shikamaru, pasando una hoja con cifras—. Y, gracias al nuevo convenio comercial con las demás Grandes Aldeas, las arcas fiscales tienen un respiro extra. No es una fortuna, pero es más holgado que otros años.
—Esa es una excelente noticia —dijo Yurito, estirando la espalda con un crujido satisfecho—. Lo digo por el bien de todos: espero que este año, por fin, haya buena comida. De la que no parezca hecha la semana pasada.
—Eso es lo primero en la lista —afirmó Hikari, tomando notas con determinación—. Catering de calidad, caliente y variado. Nada de sándwiches mustios. Segundo: espacio. El gimnasio principal de entrenamiento es grande, pero es frío y… bueno, huele a sudor. Necesitamos transformarlo.
—Decoración —apuntó Yurito, entusiasmado—. Luces, telas, algo que tape esas paredes de piedra tan deprimentes.
—Presupuesto para entretenimiento —agregó Shikamaru, con pragmatismo—. No algo muy elaborado, pero quizás una banda en vivo o algún grupo de baile tradicional. Algo que genere ambiente sin necesidad de que la gente se esfuerce demasiado por socializar.
—¡Exacto! —Hikari asintió, su mente ya volando a toda velocidad entre mesas de banquete, diseños de iluminación y listas de invitados—. Quiero que esta fiesta se sienta… como un verdadero agradecimiento. No solo un trámite. Que la gente salga diciendo: ‘¿Ya es el próximo diciembre?’.
Shikamaru la miró, una ceja ligeramente elevada, pero con una sonrisa apenas perceptible en sus labios.
—Suenas casi tan entusiasta como Naruto planeando una misión de rango S. Cuidado, no vaya a salirnos el presupuesto por los aires con fuentes de chocolate y fuegos artificiales.
—Solo fuentes de chocolate pequeñas —replicó Hikari, con una sonrisa pícara—. Y los fuegos artificiales son tradición a la medianoche. Eso no se discute.
Mientras seguían desgranando ideas, Hikari no podía evitar sentir una chispa de emoción nerviosa. Esta era su oportunidad de demostrar no solo su capacidad logística, sino de crear algo que todos recordaran.
—Buen día, equipo —Kakashi entró en la oficina con los brazos cargados de paquetes elegantemente envueltos—. Llegaron los regalos.
—¿Ah? —Hikari ladeó la cabeza, sorprendida, mientras Shikamaru y Yurito recibían sus paquetes con la naturalidad de quien esperaba este momento—. ¿Había que traer regalos?
—No, es tradición que el Hokage le dé regalos a su equipo más cercano al final del año —explicó Shikamaru, examinando la bolsa que le habían entregado con una curiosidad fingida—. Imagino que este vale por dos, considerando el cumpleaños que… se te pasó.
—Por supuesto. Tan despiadado no soy —respondió Kakashi con una sonrisa audible en su voz, mientras le extendía el último paquete a Hikari—. Gracias por el trabajo de este año.
Hikari sonrió al recibir el regalo, sintiendo el peso y la calidad del papel de seda que lo envolvía. Un nudo de emoción y cierta inquietud se le formó en el estómago al imaginar lo meticuloso—y probablemente costoso—que debía ser su contenido.
—¿Y cómo estuvo su Navidad, Hokage-sama? —preguntó Yurito con genuina alegría, ya desgarrando el papel de su propio regalo.
—La misma que la de todos los solteros empedernidos de Konoha —respondió Kakashi, sacando su libro de su bolsillo como un escudo familiar.
—¿Encargar comida para llevar y maratón de series? —intervino Hikari, colocando su regalo aún sin abrir en un lugar seguro de su escritorio.
—Esa misma —asintió él, pasando una página con fingido interés—. Aquí el único que realmente la pasa en grande es Shikamaru, con los privilegios de los casados.
—Oh, mira, un encendedor de viento. Qué… práctico —comentó Shikamaru rápidamente, levantando su regalo con una expresión plana, en un claro intento de desviar la atención de su vida personal. La maniobra, tan típica de él, arrancó risas sinceras a todo el equipo, llenando la oficina de un calor festivo que contrastaba con el frío invernal tras los cristales.
—¿Y bien? —dijo Kakashi, reclinándose en su silla y cruzando los brazos—. ¿Cuáles son los planes para la fiesta?
—Parece que Hikari-chan lo tiene todo bajo control —respondió Yurito, admirando la intricada taza navideña que había recibido, con dibujos de renos saltando sobre los pináculos de Konoha—. Vaya… otra joya para la colección.
—¿Ah, sí? —preguntó el Hokage, con interés genuino—. Muéstranos qué tienes preparado.
—¿Lo decías en serio con lo de las tazas? —intervino Shikamaru, observando con escepticismo el regalo que Yurito sostenía como un tesoro, aún distraído de la conversación principal.
—Por supuesto, me encantan las tazas —declaró Yurito, con los ojos brillando—. Tengo una colección de ediciones limitadas navideñas de todas las Grandes Aldeas hasta la fecha. Esta completa el set.
Sin embargo, un carraspeo claro y deliberado cortó el aire. Todos giraron hacia Hikari, quien había sacado de debajo de su escritorio un libro de planificación tan grueso y sólido que produjo un resonante golpe al ser depositado sobre la mesa de reuniones. No era una carpeta cualquiera; estaba encuadernado en tela, con separadores de colores y etiquetas escritas a mano con una caligrafía impecable. En la portada, un título elegante decía: "Fiesta de Fin de Año Shinobi - Konoha - Propuesta Ejecutiva".
—He estado esperando todo el año para esto —anunció Hikari, y su voz, por primera vez en la mañana, no tenía rastro de timidez. Estaba llena de una confianza serena y preparada. Abrió el libro, revelando páginas de diagramas de flujo, cotizaciones con sellos oficiales, bocetos de diseño de iluminación, muestras de telas para la decoración, y hasta fotografías de referencia de banquetes.
El silencio que siguió fue diferente. Yurito dejó su taza a un lado, los ojos muy abiertos. Shikamaru dejó de mirar su encendedor y se inclinó hacia adelante, una ceja levantada en expresión de respeto. Kakashi, por su parte, no dijo nada. Pero sus ojos, visibles sobre la máscara, recorrieron el libro abierto con una mirada aguda y calculadora, como un general estudiando el mapa de una batalla crucial. La sonrisa casual que llevaba en los labios se había transformado en algo más serio, más atento.
—Bueno —dijo finalmente, y su tono era de genuino interés—. Parece que empezamos por el principio. Procede, Hikari.
Así, con una claridad que hacía que cada palabra se sintiera como un ladrillo bien colocado, Hikari comenzó a exponer su plan. Y como si su voz fuera una varita mágica, las ideas y números de su libro dejaron de ser simples anotaciones para convertirse en una visión tangible y emocionante.
“El espacio es el elemento crítico —comenzó, pasando un dedo sobre un diagrama arquitectónico—. El gimnasio principal es funcional, pero carece de calidez y escala. Por ello, se cotizó y ya está reservada la casa Shinden-zukuri de la familia Aoba para la noche del 31.”
Hizo una pausa, dejando que la importancia de la ubicación se asentara. La mansión Aoba era un icono, famosa por sus jardines interiores y sus amplios salones de madera pulida.
“El paquete acordado incluye mantelería de lino, servicio de banquetería de cinco tiempos con opciones para todas las dietas, y un equipo de atención dedicado. Nada de bandejas plásticas ni colas interminables.”
Mientras hablaba, sus ojos, que antes evitaban los de Kakashi, ahora se movían con seguridad entre los rostros de su audiencia, deteniéndose un instante más en los suyos para medir su reacción. Él había dejado su libro a un lado por completo, las manos juntas sobre el escritorio, escuchando con una atención que rara vez concedía.
“El presupuesto —continuó, pasando a una hoja llena de cifras alineadas con precisión— está dentro del margen aprobado, con un diez por ciento de contingencia. Incluye decoración temática ‘Invierno en Konoha’ —iluminación suave en tonos azules y plateados, centros de mesa con musgo y ramas de pino—, una banda en vivo para música tradicional y contemporánea, y una zona de bar con cócteles temáticos sin alcohol y una selección de sake premium.”
Shikamaru asintió lentamente, impresionado. Yurito tenía la boca ligeramente abierta, olvidada por completo de su taza.
“La logística de seguridad y acceso para todos los rangos shinobi está coordinada con los capitanes del ANBU y la Policía Militar —añadió, señalando un cronograma—. Flujo separado de invitados para evitar congestiones, y un área designada para que los equipos de guardia puedan rotar y disfrutar de un bocado sin abandonar sus puestos. Se considera un regalo para cada invitado.”
Finalmente, cerró el libro suavemente. El sonido fue el punto final perfecto.
“El objetivo —concluyó, y su voz tenía una calma que era en sí misma un argumento— no es solo organizar una fiesta. Es devolver, en una noche, una fracción del agradecimiento que esta aldea le debe a quienes la protegen. Que sea memorable, no por la obligación, sino por el disfrute.”
El silencio que siguió era denso, cargado de respeto. Yurito rompió a aplaudir suavemente, con una sonrisa de oreja a oreja. Shikamaru resopló, pero era el suspiro de un hombre que reconoce un trabajo impecable.
Kakashi permaneció en silencio unos segundos más. Luego, lentamente, comenzó a aplaudir. No era un aplauso fuerte, sino pausado y deliberado, cada palmada resonando en la oficina.
—Hikari —dijo, y su tono había perdido toda traza de broma o indiferencia—. Esto es… excepcional. Más que eso. Es exactamente lo que se necesita.
Sus ojos, grises y serios, se encontraron con los de ella. Y en esa mirada no había solo la aprobación de un jefe, sino la admiración genuina de alguien que veía, por primera vez con total claridad, la magnitud del talento que tenía a su lado.
—Tienes luz verde para todo —declaró, sin necesidad de consultar más—. Y el presupuesto de contingencia… amplíalo al quince por ciento. Si vas a hacer algo, hazlo sin que la sombra de lo ajustado te persiga.
Hikari sintió que una oleada de calor, que nada tenía que ver con la vergüenza, le subía por el pecho. Asintió, conteniendo una sonrisa demasiado amplia.
—Gracias, Hokage-sama. No lo defraudará.
—Lo sé —respondió él, y por un instante, antes de que su mirada se desviara hacia los siguientes documentos, hubo en sus ojos un destello de algo que era solo para ella: una promesa silenciosa, un reconocimiento que iba más allá del trabajo bien hecho. Era la certeza de que, en el frío del invierno, ella acababa de encender una chispa que iluminaría la noche más larga del año.
***
Así fue. Entre reuniones interminables, muestras de mantelería, selección de regalos para los sorteos y la pulcra gestión de la lista de invitados, llegó por fin el ansiado día. La mansión Shinden-zukuri de la familia Aoba se transformó en un escenario de cuento invernal. Los invitados, vestidos con sus mejores galas, eran recibidos en un recibidor al aire libre elegantemente climatizado, donde copas de bienvenida y pequeños bocados los agasajaban bajo la tenue luz de faroles.
Hikari observaba todo desde un discreto rincón, con una copa de espumante entre las manos, sintiendo una oleada de orgullo tan intensa que casi le nublaba la vista. La decoración era perfecta: las luces azules y plateadas centelleaban contra la madera oscura, los centros de mesa con musgo y ramas de pino parecían pequeños bosques en miniatura, y el murmullo de voces felices y risas era la mejor música.
—No me digas que piensas pasar la noche supervisando cada detalle —la voz de su jefe surgió a su espalda, tan familiar que ya no la sobresaltaba, solo le provocaba una sonrisa.
Hikari giró por completo, mostrando su atuendo. Llevaba un vestido de invierno negro de cuello alto y mangas hasta los codos, ceñido por un cinturón dorado que acentuaba su cintura antes de abrirse en una falda de plato que se movía con elegancia. Su cabello, recogido en una media cola suelta, dejaba a la vista los delicados pendientes de perla que combinaban con el collar que ahora descansaba sobre su clavícula.
—Hoy también es mi noche —respondió, tomando un sorbo de su copa—. Me lo he ganado.
—Es bueno escucharlo —comentó Kakashi, y su mirada hizo un recorrido lento y apreciativo de arriba abajo. Él vestía un traje formal negro de dos piezas, impecable y sobrio, que contrastaba con su cabello plateado y la familiar máscara—. Ese collar… te queda muy bien.
—Gracias. Me lo regaló mi jefe para Navidad —respondió ella, con una sonrisa pícara que iluminó su rostro.
—Qué atrevido de su parte, ¿no crees? —se rió él, una risa grave y contenida, mientras buscaba sus ojos violetas con complicidad.
—A veces lo es —admitió Hikari, negando la cabeza con diversión.
—Hokage-sama, es hora de dar el discurso de apertura —se acercó un miembro del equipo de organización, interrumpiendo el momento con una discreta reverencia.
—Gracias, ya voy —asintió Kakashi. Luego, su mirada volvió a Hikari, y en sus ojos hubo un destello de algo más personal, un pacto entre ellos—. Espero verla en la fiesta más tarde, señorita.
Ella asintió, sintiendo cómo un nuevo tipo de calor, ajeno al vino y a los calefactores, se extendía por su pecho.
Kakashi se dirigió al pequeño estrado iluminado en el centro del salón principal. Un suave repique de campanilla acalló las conversaciones. Todos los ojos se volvieron hacia él. Hikari se deslizó hacia un lado, desde donde podía verlo perfectamente.
—Buenas noches —comenzó, y su voz, amplificada solo lo justo, llenó el espacio con su calma característica—. Otro año llega a su fin. Un año de trabajo, de esfuerzo, de pequeñas y grandes victorias que, unidas, son el cimiento de esta aldea.
Su discurso no fue largo ni grandilocuente. Fue directo, agradecido, con toques del humor seco que solo él podía lograr. Habló del trabajo en equipo, de la resiliencia, de la importancia de celebrar los momentos de paz que tanto costaba mantener. Pero mientras hablaba, su mirada, de vez en cuando, recorría la multitud y, en más de una ocasión, Hikari sintió que se detenía en ella. No era una mirada prolongada, solo un reconocimiento fugaz, pero cada vez que sucedía, su corazón daba un pequeño vuelco.
Cuando terminó, levantando su copa en un brindis, el estruendoso aplauso que siguió fue la confirmación de que la noche ya era un éxito. La banda comenzó a tocar una melodía suave y la fiesta cobró vida propia.
Hikari se dedicó a circular, asegurándose de que todo fluyera, pero ahora con la actitud de una anfitriona, no de una organizadora obsesiva. Recibió cumplidos por la decoración, por la comida, por la música. Ino la abrazó con fuerza, diciéndole que era la mejor fiesta de fin de año que recordaba. Shikamaru estaba con Temari, con una cerveza en la mano, le dio un leve asentimiento que, viniendo de él, era el equivalente a una ovación de pie.
El tiempo pasó entre risas, bailes y conversaciones. El aire se cargó de alegría y camaradería. Y entonces, cuando la banda cambió a un ritmo más lento, una melodía de cuerdas que se entrelazaba con la noche, Hikari sintió una presencia a su lado antes de escuchar la voz.
—La fiesta es un éxito rotundo —murmuró él a su lado—. Superó todas las expectativas.
—Era el objetivo —respondió ella apoyándose en la pared.
—No solo hablo de la decoración o la comida —aclaró Kakashi, y su voz bajó un tono más, solo para ella, rodando la copa en sus manos—. Hablo del ambiente. De la gente feliz. Eso no se planifica en una hoja de cálculo y, eso es tú mérito.
Hikari no supo qué responder. Solo pudo mirarlo, sintiendo cómo el mundo a su alrededor —las luces, la música, las risas— se desdibujaba hasta quedar solo su mirada gris. Parpadeó un par de veces, y tomó otro sorbo de su trago.
—¿Sabes? —dijo él después de un momento—. Por un momento, allá en el estrado, pensé que todo este esfuerzo era una locura. Tan meticuloso, tan… perfecto. Pero ahora, aquí de pie me doy cuenta que hasta podría haber un percance y nadie lo notaría. —Hikari podía sentir el calor que transmitía la ropa de Kakashi a su lado. —Está en crear un momento lo suficientemente bueno como para que, incluso cuando algo no salga según lo planeado, nadie lo note. Porque están demasiado ocupados disfrutando.
Hikari sintió que una sonrisa genuina, libre de nervios, florecía en sus labios.
—Esa es la mejor evaluación de desempeño que he recibido —dijo, y esta vez su voz no tembló.
Él rió, un sonido bajo y cálido que vibró a través de su brazo rozándose.
—No es una evaluación —corrigió—. Es un hecho.
—Gracias —dijo él, finalmente, y la palabra sonó cargada de algo mucho más grande que un agradecimiento por una fiesta—. Por todo.
Hikari lo miró sorprendida, sintiendo que todo tenía sentido al verlo, no obstante él se fue para mezclarse con las personas, volviendo a ser el Hokage, el líder en medio de su gente. Pero la huella de su roce, el fantasma de su perfume a cedro, y el eco de sus palabras quedaron con Hikari, más reales que cualquier otro éxito de la noche.
La fiesta continuó, vibrante y alegre, hasta bien pasada la medianoche. Pero para Hikari, el año ya había terminado de la mejor manera posible. Bailó con sus amigas, rió con compañeros de otros departamentos, y en cada momento sintió, como un hilo cálido en la nuca, la mirada insistente de su jefe siguiéndola por la sala. Comió delicias, brindó con champán y, entre risa y risa, agradeció en silencio cada cosa buena que la vida le había dado este año, especialmente ese trabajo, esa oficina, esa persona.
Los fuegos artificiales estallaron en el cielo justo al dar las doce, pintando el rostro de todos con destellos efímeros de color y asombro. Un coro de "¡Feliz Año Nuevo!" llenó el aire, seguido de abrazos y promesas. En medio del bullicio, mientras los últimos destellos verdes y dorados se apagaban, una mano tocó suavemente su codo.
—Hikari.
Se giró. Kakashi estaba allí, con el traje negro un poco más desordenado, el cabello plateado revuelto por el viento de la terraza, y la máscara aún en su lugar. La música había bajado a un ritmo lento, y la gente comenzaba a despedirse.
—¿Te acompaño a casa? —preguntó, su voz un poco más grave de lo habitual, cargada con el cansancio de la noche y algo más, algo que hizo que el aire entre ellos se volviera eléctrico.
Sabía que era un error. Sabía que aceptar significaba cruzar una línea que habían estado pisando con cautela durante meses. Pero el champán, la magia de la medianoche, y la forma en que la había mirado mientras bailaba, hicieron que la prudencia se evaporara.
—Está bien… —respondió, su propia voz apenas un suspiro.
Chapter 22: Error II
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Kakashi estiró los músculos de la espalda con un gemido sordo, mientras los primeros rayos de sol se colaban por una ventana que no era la suya. Se frotó los ojos con los nudillos, la boca pastosa y un sabor agrio en la lengua. Con la mente aún sumergida en la bruma del sueño y algo más —¿demasiado espumante? definitivamente demasiado espumante—, buscó a tientas el reloj que siempre dejaba en la mesita de noche.
Sus dedos no encontraron el borde frío y familiar del despertador. En su lugar, rozaron algo suave y arrugado. Un sobre de plástico. Entrecerró los ojos, la cabeza palpitándole con un latido sordo pero insistente. "Ya no estoy para estas fiestas", pensó con amargura, recordando los días en que podía beber hasta el amanecer y presentarse a entrenar como si nada.
Tomó el objeto y se lo acercó al rostro, enfocando la vista con dificultad. La luz del sol iluminó el contenido a través del plástico transparente.
Era un preservativo.
Un grito ahogado se le atascó en la garganta. De pronto, estaba completamente despierto, cada neurona disparando alarmas. Se sentó de golpe en la cama, y el movimiento le provocó un breve mareo y una punzada en… bueno, en varias partes.
Entonces, varias realidades lo golpearon en rápida sucesión, como una serie de sellos desfavorables en un informe de misión:
No estaba en su casa.
No reconocía esta habitación. Las paredes eran de un color cálido, había estanterías llenas de libros y pequeños adornos, y una chaqueta colgada en una silla que le resultaba vagamente familiar.
Estaba completamente desnudo. Y, tras una rápida inspección, adolorido en lugares que sugerían una actividad física… vigorosa y poco habitual.
—¿Qué demonios acabas de hacer, Hatake? —murmuró para sí, dejándose caer de espaldas sobre la almohada con un sonido de frustración profunda. Se pasó las manos por el rostro, como si pudiera borrar la escena—. Tienes una regla. Una regla de oro. Nunca te quedas a dormir. Nunca. Desapareces antes del amanecer, como un fantasma educado. Es la ley. La ley Hatake.
Y la había roto. Catastróficamente. No solo se había quedado, sino que, por los rígidos músculos de su espalda y el fantasma de un brazo alrededor de su cintura, deducía que había dormido abrazado a alguien. Alguien que no era su perro.
Con cautela, como si el aire mismo pudiera delatarlo, giró la cabeza hacia el otro lado de la cama. Estaba vacío, pero las sábanas estaban revueltas y hundidas en la forma inequívoca de otra persona. La almohada vecina tenía una leve hendidura y, enganchado en la funda oscura, un largo y solitario cabello rubio, casi plateado a la luz del amanecer, brillaba como un hilo de evidencia condenatoria.
Oh, no.
Los fragmentos comenzaron a regresar, borrosos y desconectados, como pedazos de un pergamino quemado. La caminata bajo la nieve. Esa despedida que no pudo pronunciar cuando ella se alzó de puntillas. Su rostro, iluminado por el farol, sus ojos violetas enormes y vulnerables. El sabor de su champán mezclado con algo más dulce en sus labios. La puerta de su apartamento abriéndose… y él, cruzando el umbral como si fuera el portal a su propia perdición.
Y después… calor. Mucho calor. Risas ahogadas contra su cuello. Dedos enredándose en su cabello, tirando con una urgencia que hizo trizas cada una de sus malditas reglas. La sensación de esa piel, suave como la seda y caliente como el sol, bajo sus palmas. La curva exacta de su cintura. El sonido de su nombre en su boca, una y otra vez, ya no como un título, sino como un suspiro, una súplica, una promesa rota y rehecha en la oscuridad.
Se cubrió los ojos con un brazo, sintiendo cómo el rubor de la vergüenza, la resaca y algo más complejo le subía por el cuello. Estaba jodido. Completamente, irrevocablemente, gloriosamente jodido. Y la parte más aterradora era que, en medio del caos de su mente, un pequeño y persistente rincón se negaba rotundamente a lamentarlo.
Con un esfuerzo sobrehumano, se obligó a sentarse de nuevo y escudriñó la habitación con la mirada de un shinobi evaluando un campo minado. Su ropa. Necesitaba su ropa y salir de allí antes de que—no, mejor no pensar en el «antes de que».
Un vistazo frenético reveló sus pantalones negros del traje en un montón desordenado en el suelo, junto a su camisa… y su máscara. Esta última no estaba tirada, sino doblada con un cuidado meticuloso, casi irónico, sobre el respaldo de la misma silla donde colgaba, serena y colorida, la chaqueta bomber de Hikari.
Se levantó, ignorando las mudas protestas de varios músculos que parecían recordarle con precisión anatómica cada uno de sus movimientos de la noche anterior, y comenzó a vestirse con la eficiencia silenciosa de un ninja… que acababa de cometer la infracción táctica más monumental de su vida. Cada prenda era una evidencia más que se ponía. Al abrocharse la camisa, un tenue aroma a flores —su aroma, jazmín y algo más dulce— se elevó desde la tela. Se detuvo, cerró los ojos y respiró hondo, como si el aire pudiera contener una respuesta.
—No, no lo hagas, Kakashi —se reprendió a sí mismo en un susurro áspero, sacudiendo levemente la cabeza. No te quedes oliendo la camisa como un adolescente.
Luego, su mirada cayó de nuevo en el sobre de plástico de la mesita de noche. Lo tomó. Lo miró por un segundo más, su mente de estratega calculando rápidamente las opciones. No podía dejarlo allí. Eso sería… irrespetuoso. Grosero. Y también, objetivamente, una prueba física demasiado condenatoria si alguien más entraba. Con un movimiento rápido, lo guardó en el bolsillo de su pantalón, donde sintió el peso ridículo e insignificante de ese pequeño paquete, que sin embargo parecía alterar el equilibrio de todo su ser.
Vestido, o al menos superficialmente presentable a pesar de su camisa arrugada y las tenues manchas de rímel en el cuello, se acercó a la puerta entreabierta que llevaba al resto del apartamento. Desde la cocina llegaba el suave sonido de un hervidor y un ligero silbido. El aroma inconfundible y reconfortante de café recién hecho flotaba en el aire, un contraste brutal con el caos dentro de su cabeza.
Se quedó paralizado en el umbral. ¿Qué diablos se suponía que debía hacer ahora? ¿Podía fingir normalidad? ¿Salir con una sonrisa casual y un "buenos días, gracias por la noche, debo irme a gobernar la aldea"? ¿Deslizarse por la ventana del baño como el fugitivo emocional que en el fondo era?
Antes de que su instinto de supervivencia —o su cobardía— pudiera tomar una decisión, la silueta de Hikari apareció en el marco de la puerta de la cocina. Llevaba puesta una camiseta amplia y suave que le llegaba a mitad del muslo y su cabello rubio formaba una nube desordenada y gloriosa alrededor de su rostro. Tenía una taza de café en cada mano y una expresión que era una compleja mezcla de timidez, incertidumbre y un pequeño, pero palpable, atisbo de desafío.
Sus ojos se encontraron a través del pasillo. El aire, ya de por sí cargado, se espesó hasta parecer tangible.
—¿Café? —preguntó ella, alzando ligeramente una de las tazas. Su voz sonaba un poco ronca, y Kakashi lo supo, con una certeza que le paralizó el estómago, que esa ronquera era, en parte, obra suya. Un recordatorio más de todas las líneas que había cruzado.
La simple ofrenda, ese gesto doméstico y pacífico, lo desarmó más completamente que cualquier jutsu. Todas sus rutas de escape, todas sus excusas preparadas, se desvanecieron. Se quedó allí, atrapado en el umbral, mirando a la mujer que había revolucionado su oficina, su rutina y ahora, aparentemente, toda su existencia.
—Sí —logró decir, su propia voz extrañamente áspera, como si no la hubiera usado en años—. Café sería… bueno.
Y dio un paso hacia adelante, cruzando el umbral hacia la cocina, hacia ella, y hacia el territorio completamente desconocido y aterrador de las consecuencias matutinas.
—Siéntate, estoy terminando de preparar un poco de huevo —ella le dio la espalda con naturalidad mientras colocaba las tazas humeantes en la mesa. Se veía… bien. Demasiado bien, considerando el cataclismo existencial que aquello representaba para él. La camiseta holgada de algodón le llegaba a mitad de los muslos, su cabello caía en ondas desordenadas y doradas sobre sus hombros, y había una tranquilidad casi desafiante en sus movimientos.
Kakashi avanzó por el pasillo como si el suelo de linóleo fuera un campo minado, hasta llegar a la humilde mesa del comedor. Se sentó con la rigidez de un shinobi en territorio enemigo, preguntándose febrilmente cuál sería el protocolo correcto: levantarse, agradecer educadamente y escapar, o fingir que compartir el desayuno después de eso era perfectamente normal.
Mientras ella trabajaba en los fogones, dejó que su mirada —la del ninja, la del observador perpetuo— recorriera el pequeño apartamento con más detención que la vez anterior, cuando su atención había estado… ocupada.
Un sofá sencillo y gastado, una mesa de centro con marcas de vasos, un televisor anticuado en el suelo, sin mueble que lo sostuviera. La mesa del comedor con solo dos sillas. Era un espacio funcional, de soltera, incluso más espartano que el suyo propio. Le decía mucho de ella: práctica, sin pretensiones, sin raíces demasiado profundas clavadas en los objetos. Una vida nómada.
—Aquí tienes —su voz lo sobresaltó, tan cerca. Había aparecido a su lado sin hacer el menor ruido, depositando ante él un plato con huevos revueltos esponjosos, tostadas doradas y tocino perfectamente crujiente—. No tengo mucho, pero espero que sea suficiente.
—Sí, por supuesto… gracias —logró articular, acomodando el plato frente a sí más por nerviosismo que por hambre. El aroma, sin embargo, era profundamente tentador y terrenal, un ancla de normalidad en aquel mar de anormalidad.
Hikari sirvió el café —negro para él, exactamente como lo tomaba— y se sentó en la silla frente a la suya. Levantó los pies y los apoyó sobre el asiento, rodeando sus rodillas con los brazos mientras sostenía una taza humeante. Con la otra mano, desplegó un periódico matutino con un crujido suave y comenzó a leer, o al menos a fingir que leía.
El silencio no era incómodo, sino cargado. Estaba lleno del tintineo de su cuchara contra el plato, del susurro del papel, del zumbido lejano de la caldera. Kakashi tomó un bocado de huevo. Estaba perfecto. Sorbió un poco de café. También perfecto.
Observó cómo ella miraba fijamente la misma noticia deportiva sin pasar la página. La curva de su cuello, la forma en que su dedo índice seguía inconscientemente el borde de la taza. Llevaba puestos esos shorts cortos de dormir bajo la camiseta, y las marcas tenues en su piel —¿de sus manos? ¿de las sábanas? ¿de su boca?— eran visibles en la suave luz de la mañana.
—El informe de la misión de la Nube está en la página cuatro —dijo él al fin. Su voz sonaba rasposa, no solo por el desuso matutino, sino por todo lo que la noche había contenido.
Ella bajó el periódico con lentitud deliberada. Sus ojos violeta lo observaron por encima del borde del papel.
—¿Ya lo leíste?
—Solo los titulares —admitió él, tomando un sorbo de café para ganar un segundo—. Parece que fue un éxito, aunque con gastos excesivos en equipo de comunicaciones.
—Ya veo… —murmuró Hikari, dejando la taza sobre la mesa para tomar un trozo de tocino con los dedos. El gesto pretendía ser casual, pero su mirada se había vuelto distante, fija en un punto por encima de su hombro.
Kakashi dejó los cubiertos a un lado con un clic suave. Se limpió los labios con la servilleta, comprando tiempo. Luego, respiró hondo, con la misma concentración que empleaba antes de una incursión en territorio enemigo, y buscó sus ojos.
—Hikari —dijo, y su nombre sonó diferente en el aire cargado de la cocina, ya no un título, sino una confesión pendiente—. Debemos hablar de lo que pasó.
Ella lo miró. El instante se estiró, delgado y elástico, hasta que asintió con una lentitud que hablaba de resistencia y aceptación a la vez. Bajó los pies de la silla, plantándolos en el suelo, y se sentó completamente derecha. Colocó las manos sobre la mesa, palmas hacia abajo, como una alumna que se prepara no para una lección, sino para un veredicto.
—Eres una mujer increíble —comenzó, las palabras saliéndole más torpes y formales de lo que hubiera querido—. Inteligente, divertida, con una luz que… bueno, que ilumina incluso las oficinas más polvorientas. Pero lo de anoche… creo que fue un error.
Vio cómo un brillo frágil, como el rocío en una telaraña a punto de romperse, cruzaba sus ojos. Sin embargo, ella asintió de nuevo, con una calma tan impecable que le resultó infinitamente más aterradora que cualquier lágrima o reproche.
—No me malinterpretes —se apresuró a añadir, sintiendo cómo el discurso que había ensayado mentalmente se le desmoronaba entre los dedos—. Fue… inolvidable. En todos los sentidos posibles. Pero yo soy tu jefe. Más que eso, soy el Hokage, y tú trabajas en el núcleo mismo de mi oficina. Si esto llegara a ir más allá… o si tú esperaras que fuera más allá, no solo sería poco profesional. Podría dañar tu reputación, causar habladurías que no mereces…
—¿Esperar que fuera más allá? —repitió Hikari, ladeando la cabeza con una curiosidad que parecía inocente, pero que tenía el filo preciso de un kunai bien afilado.
—Sí. No quiero que pienses que esto… que lo que pasó, estuvo motivado por sentimientos más profundos —la frase sonó hueca y falsa incluso en sus propios oídos, pero cavó más hondo, comprometido con su error—. Creo que a los dos se nos subió a la cabeza el champán, la emoción del año nuevo, la magia de la medianoche… Estas cosas pasan. Son accidentes felices, pero accidentes al fin y al cabo.
—"Estas cosas pasan" —repitió ella, saboreando las palabras como si fueran una fruta de sabor extraño y amargo.
—Exacto —asintió Kakashi, intentando forzar un tono ligero que le sonó forzado y hueco—. Además, tú eres joven. Tienes una vida entera por delante, oportunidades, personas mucho más interesantes… ¿Qué beneficio podrías sacar de enredarte con un viejo cascarrabias como yo? —Intentó una sonrisa, un gesto de complicidad que se le quebró en los labios antes de cuajar—. Y en cuanto a los sentimientos, el amor y todo eso… tú ya sabes que no es lo mío. No soy bueno para eso. Nunca lo he sido.
Hizo una pausa, buscando desesperadamente un terreno seguro, una salida elegante que, sabía, no existía en aquel mapa.
—Por eso creo que lo mejor, lo más sensato para los dos, es seguir exactamente como antes. Olvidar que esto pasó. Ser profesionales. Cordiales. Un buen equipo. ¿De acuerdo?
El silencio que siguió fue denso y claro a la vez, lleno solo del tic-tac persistente de un reloj en otra habitación y del leve crujido del hielo derritiéndose en el fondo de sus vasos. Hikari no apartó la mirada. La herida inicial en sus ojos se había transformado en algo más profundo: una comprensión serena y triste, como si acabara de descifrar un código complejo que él mismo aún no lograba leer por completo.
—Me parece una idea muy sensata —asintió ella finalmente, ladeando la cabeza de modo que unos mechones rubios cayeron sobre su mejilla, ocultando levemente su expresión. Su voz era clara, razonable, perfectamente medida. Demasiado perfecta.
—¿De verdad? —Kakashi parpadeó, completamente desconcertado. Había preparado argumentos, defensas elaboradas, incluso una retirada estratégica digna de los anales tácticos. No esta… esta serena y desarmante aquiescencia.
—Por supuesto —dijo Hikari, apoyando la barbilla en la palma de su mano. La luz suave de la mañana acariciaba su perfil, bañándola en un resplandor que la hacía parecer casi etérea, como si ya empezara a desvanecerse—. Es una conclusión lógica. Creo que es lo mejor para los dos.
Kakashi dejó escapar un suspiro largo y contenido, y se reclinó en la silla. La tensión abandonó sus hombros de golpe, de un modo tan repentino que casi lo mareó. Se pasó una mano por el cabello plateado, aturdido por lo fácil que había sido. En todas sus experiencias previas —escasas, pero memorables—, este tipo de conversaciones solían terminar con portazos, lágrimas de furia o, en una ocasión particularmente memorable, con un vaso de agua fría en la cara. Esta calma razonable era un territorio completamente nuevo. Y, sobre todo, era un alivio profundo y vertiginoso.
—Gracias por entender —dijo, y una sonrisa genuina, teñida de un alivio inmenso, se le escapó, marcando los característicos hoyuelos junto a su boca. Se puso de pie, enderezando la espalda—. Será mejor que me vaya. Hoy es día libre para todo el mundo, así que… disfruta del descanso. Nos vemos mañana en la oficina.
—Sí —asintió ella, poniéndose de pie también con una elegancia tranquila que parecía coreografiada—. Nos vemos mañana.
Lo acompañó a la puerta, un par de pasos cortos por el pasillo. Él se calzó los zapatos, evitando mirar hacia el dormitorio donde la evidencia de su noche aún estaría tibia en las sábanas. Al salir al pasillo fresco del edificio, lanzó una última mirada sobre el hombro. Hikari estaba en el marco de la puerta, sonriendo, una mano levantada en un gesto discreto de despedida.
—Que tengas un buen día —dijo ella.
—Tú también —respondió él, y luego se dio la vuelta, caminando hacia las escaleras con un paso más ligero del que había tenido en años.
Mientras bajaba, un pensamiento insidioso lo rozó: había sido demasiado fácil. Demasiado perfecto. Pero lo ahuyentó, atribuyéndolo al alivio y a la suerte de haber encontrado, por fin, a alguien madura, alguien que no complicaba las cosas.
Detrás de la puerta ya cerrada, Hikari permaneció inmóvil, con la frente apoyada contra la madera fresca. La sonrisa cortés y serena que había sostenido se desvaneció de su rostro como la luz de una vela sofocada, dejando a la vista un vacío pálido y fatigado. Contuvo la respiración, escuchando el eco de sus pasos alejándose por el pasillo hasta desvanecerse por completo. Solo entonces, cuando el silencio del apartamento se volvió absoluto y seguro, dejó que el temblor la recorriera de pies a cabeza.
Un sollozo se le escapó, ahogado y áspero contra la puerta. Luego otro. Las piernas le flaquearon y se deslizó por la madera hasta quedar sentada en el suelo del estrecho recibidor, abrazándose las rodillas contra el pecho. Las lágrimas que había contenido con una fuerza sobrehumana durante toda esa conversación —mientras él enumeraba, con lógica fría y convincente, todas las razones por las que lo suyo era un simple accidente— brotaron por fin. No fueron dramáticas, sino silenciosas, calientes e implacables, trazando caminos brillantes sobre su piel y manchando la tela suave de sus shorts y de la camiseta que aún conservaba, cruelmente, el tenue aroma a él.
Afuera, el sol de la mañana de Año Nuevo brillaba con una promesa implacable sobre Konoha, bañando las calles en una luz dorada de nuevos comienzos. Pero dentro del pequeño apartamento, rodeada por los restos de un desayuno que nadie había saboreado de verdad y el eco hueco de sus propias palabras de acuerdo, Hikari solo sentía el frío, lento y definitivo final de algo que, en el fondo de su corazón, ni siquiera había llegado a comenzar.
Chapter 23: Error III
Summary:
+18
Se recomienda discreción
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Aceptó que Kakashi la acompañara de vuelta a su casa. El aire invernal era frío y cortante, pero Hikari solo sentía un cálido hormigueo bajo la piel. Se sentía valiente, o quizás era el vestido negro acampanado que ondeaba con cada paso, lo que le dio el valor para tomar su brazo con naturalidad. Él sonrió, un pequeño movimiento apenas visible bajo la máscara, pero no dijo nada, solo acomodó suavemente el brazo para que su enlace fuera más cómodo.
A la tenue luz de las farolas, él se veía más atractivo que de costumbre. El blazer negro, abierto sobre una camisa de corte sencillo, y su postura relajada desafiaban el frío de la noche invernal. Cada paso en silencio compartido parecía barrer los restos del año viejo, y Hikari podía casi sentir el peso de las nuevas cosas que el Año Nuevo traía consigo, suspendidas en el aire gélido entre ellos, prometedoras y suaves como los copos de nieve que comenzaban a caer con timidez.
Entre paso y paso, surgían bromas tontas, comentarios absurdos sobre las sombras alargadas de las farolas o sobre el desafortunado diseño de algún letrero. Las risas, bajas y compartidas, salían como burbujas de sus labios, empañando el aire frío. A Kakashi, por una vez, se le notaba la sonrisa no solo en la arruga del ojo, sino en la vibración relajada de sus hombros. A Hikari, el vestido negro parecía danzar con una vida propia, moviéndose al compás de su ánimo despreocupado.
—Creo —dijo ella, conteniendo una risa— que esa farola nos está siguiendo.
—Es evidente —asintió Kakashi con solemnidad fingida—. Debemos haberle caído bien. O quizás solo quiere un sorbo de lo que hemos tomado.
Se miraron, y otra vez la risa los sacudió, un sonido claro que se perdió en la noche silenciosa. Era como si la champán, en vez de embotar los sentidos, hubiera afilado el borde alegre del momento, haciendo que cada palabra, cada mirada cómplice, brillara con una dulzura nueva y temblorosa.
—Gracias por acompañarme —dijo Hikari con una sonrisa suave y genuina, apoyando su espalda contra la madera fresca de la puerta de su departamento. La nieve fina, como polvo de diamante, comenzaba a cuajar en los hombros de su abrigo y en las puntas de su flequillo rubio, atrapando la tenue luz del pasillo.
Kakashi hizo una reverencia teatral, con una floritura exagerada de su mano que hizo que la nieve se desprendiera en un pequeño remolino.
—La señorita ha llegado sana, salva y, lo más importante, sin congelarse a su destino —declaró, y el tono juguetón en su voz era tan cálido e inconfundible como una manta en invierno. Hikari rió, un sonido claro y musical que tapó sutilmente con la mano, pero sus ojos, de un violeta intenso, brillaban con una luz propia en la penumbra del pasillo.
—Es bueno escucharte reír así —comentó él, su voz bajando un tono, volviéndose más personal, casi un susurro que se mezclaba con el silencio nevado.
—Yo me río siempre —protestó ella entrecerrando los ojos con fingido escepticismo, aunque una sonrisa persistente le jugaba en los labios.
Él se encogió de hombros, un gesto despreocupado.
—Hace dos días tenías la expresión muy marcada —señaló, y antes de que ella pudiera replicar, alargó la mano y tocó suavemente su frente con la yema del dedo índice, justo entre las cejas. El contacto fue breve, pero suficiente para que un rubor cálido subiera por las mejillas de Hikari—. Vaya… qué piel tan suave. ¿Sigues una rutina de skincare estricta, o es un don natural? —bromeó, retirando el dedo pero manteniendo esa mirada divertida y cálida fija en ella.
Hikari se rió de nuevo, esta vez sin taparse, dejando que el sonido claro llenara el espacio entre ellos.
—Es secreto profesional, Hokage-sama. Revelarlo arruinaría mi misterio.
—Justo cuando pensaba que ya no tenías más secretos —respondió él, y en sus ojos grises se reflejó, por un instante, el destello de una farola a través de los copos de nieve que caían cada vez con más fuerza.
—Gracias por confiar en mí —murmuró Hikari, jugueteando con sus propios dedos mientras bajaba la vista por un instante. Había una dulce inquietud en el aire, una resistencia sutil a que la noche terminara allí—. Significa mucho que me hayas dado la libertad de liderar esto, gracias —inclinó la cabeza en un gesto de respeto genuino, pero sus ojos, al alzarse de nuevo, buscaban los suyos con una vulnerabilidad inusual—. Gracias por aceptarme como soy.
Kakashi guardó silencio un momento, observando cómo los copos de nieve se posaban como pequeñas estrellas fugaces en su cabello rubio.
—Eres la persona más auténtica que conozco —dijo al fin, con una sonrisa suave que se curvaba de lado, casi oculta por el cuello alto de su chaqueta—. Aunque a veces parece que lo escondes detrás de colores vibrantes y eficiencia implacable… todo tu ser es único. De una pieza.
Hikari sintió que el aire le faltaba por un segundo. Las palabras, dichas con esa calma serena, eran más difíciles de procesar que cualquier informe complejo. Bajó la mirada de nuevo, pero esta vez con una sonrisa tímida que no pudo contener.
Y a pesar de que cada célula de su sentido común gritaba que era el error más grande de su vida, se dejó llevar por el impulso que latía más fuerte. Con un movimiento rápido, se paró en puntillas y, antes de que el miedo pudiera detenerla, acercó sus labios para posarlos en los suyos, sobre la tela de la máscara que siempre lo cubría. Fue un contacto fugaz, más un propósito que un beso pleno, pero cargado de toda la valentía que había acumulado esa noche.
Se separó de un salto, como si la tela misma se hubiera quemado. El corazón le martilleaba en los oídos, ahogando el sonido de la nieve.
—Buenas noches, Kakashi… —logró decir, y en un último acto de coraje, alzó la vista para encontrarse con sus ojos grises, abiertos y claramente sorprendidos bajo la luz tenue del pasillo.
Sin embargo, cuando metió la llave en el cerrojo, sintió que una mano grande y fuerte se apoyaba en la puerta a su lado, bloqueando su movimiento. El corazón le dio un vuelco salvaje. Se giró, sorprendida, esperando un reproche, y se encontró con la mirada de Kakashi, ahora sin rastro de sorpresa, solo una intensidad profunda que la clavó contra la madera de la puerta.
—No puedes hacer eso —su voz era baja, grave, una vibración que recorrió su espina dorsal. Se acercó, invadiendo su espacio de una manera nueva y peligrosa. Su otra mano se elevó para acariciar su mandíbula, luego su cuello, en un gesto tan posesivo como tierno—. Y esperar que no haga nada al respecto.
Antes de que Hikari pudiera articular palabra, antes de que el aire volviera a sus pulmones, Kakashi había deslizado su máscara hacia abajo. Y entonces, sin más barreras, sus labios encontraron los de ella.
No fue un beso tímido. Fue apasionado, decisivo, cargado con todo el peso de la espera y la sorpresa convertida en certeza. Sus manos, hábiles y rápidas como en el campo de batalla, encontraron el picaporte mientras sus bocas aún estaban unidas. Con un leve giro de muñeca y sin romper el contacto, abrió la puerta del departamento.
El umbral cedió, y Kakashi la guió hacia dentro, hacia la cálida penumbra de su hogar, sin dejar de besarla ni por un instante.
Entre besos urgentes que sabían a champán y a promesas largamente contenidas, Kakashi tomó su rostro entre sus manos, como si sostuviera algo precioso y a la vez desafiante. Chocaron suavemente contra la pared del recibidor, y con un movimiento preciso, él cerró la puerta de una patada, aislando por completo el mundo exterior.
Hikari podía sentir sus manos, ansiosas pero experimentadas, recorriendo su espalda, abrazándola con una fuerza que no era solo deseo, sino una afirmación.
Era exactamente como lo había soñado.
Ella, sin dejar de responder a cada movimiento de sus labios, lo guió con determinación a su habitación, enredando los dedos en el cuello de su camisa para atraerlo más cerca, saboreando la cálida humedad de su boca contra la suya.
Mientras él se deshacía de su chaqueta, dejándola caer al suelo sin importarle, y luego de sus zapatos con movimientos rápidos, Hikari no se quedó atrás. Sus dedos encontraron el borde de su camisa, ayudando a despegar la tela de su torso. Fue entonces cuando, en un arranque de audacia, le mordió el labio inferior con una suave presión sensual.
Kakashi respondió con un gruñido bajo y vibrante que se perdió entre sus bocas, un sonido que hizo que un escalofrío de puro triunfo recorriera a Hikari. Se desprendió de su camisa por completo, dejando al descubierto la piel marcada por cicatrices y músculos definidos, y la abrazó con fuerza renovada, alineando cada curva de su cuerpo contra el suyo.
—Esto… —murmuró él contra su boca, la voz ronca—, este muslo… me ha distraído en más de una reunión.
Se erizó al escucharlo y se agitó aún más al saber que no era la única que fantaseaba.
Con un movimiento fluido, le levantó una pierna, enroscándola alrededor de su cadera, y su palma encontró la piel suave de su muslo, acariciando la zona que, efectivamente, había sido el objeto de más de una mirada furtiva entre informes y presupuestos. Era una reivindicación íntima.
Hikari dejó escapar un quejido suave y satisfecho cuando sintió la mano de Kakashi apretando con firmeza su glúteo, y se mordió el labio inferior en un gesto de anticipación que no pasó desapercibido. Kakashi respondió a esa petición silenciosa con destreza, deslizando el cierre de su vestido negro hacia abajo con un movimiento hábil. La ayudó a salir de la tela, revelando un conjunto de encaje violeta que contrastaba vibrante contra su piel. La visión lo dejó literalmente sin aliento, deteniéndose por un segundo para admirarla.
Hikari lo miró entonces, con una mezcla de deseo abierto y sensualidad confiada, y comenzó a soltar su cabello del moño desordenado que llevaba. Los mechones rubios y frondosos cayeron como una cascada sobre sus hombros y espalda, enmarcando su rostro y aquella prenda íntima que parecía hecha para él.
—Puedes tener a cualquier hombre a tus pies —murmuró Kakashi, su voz más ronca que nunca—. Eres demasiado peligrosa…
Se acercó, y ella lo recibió abrazándolo, sintiendo el calor de su piel contra el encaje. Kakashi bajó la cabeza y comenzó a sembrar una estela de besos suaves y deliberados a lo largo de su hombro, luego en la curva de su brazo, saboreando la textura lechosa y suave de su piel, tan distinta a la suya. Cada contacto de sus labios era una reafirmación, una exploración reverente del territorio que había estado imaginando.
—¿Cómo tú?—susurró Hikari contra su oreja, entre un jadeo contenido, mientras sus dedos se enterraban en su cabello plateado.
—Así es… —gruñó él en respuesta, antes de capturar sus labios de nuevo en un beso que sellaba esa verdad, mientras sus manos recorrían la curva de su espalda, buscando el cierre de ese provocativo conjunto de encaje violeta.
Podía sentir lo posesivo y agradablemente agresivo que era Kakashi en cada movimiento, y eso la encendía hasta un punto que creía imposible. La guió hacia atrás, caminando en un lento y deliberado paso hacia la cama, hasta que la suavidad del colchón recibió sus cuerpos. Él no tuvo reparos ni necesitó de preliminares intricados; con un gesto decidido, levantó la fina tela de encaje violeta, revelando sus senos turgentes y de un rosado pálido que parecía brillar en la penumbra. Con una devoción hambrienta, llevó uno a su boca.
Hikari arqueó la espalda con un jadeo ahogado, y por un instante, creyó ver estallidos de color detrás de sus párpados cerrados. La sensación de su boca cálida y húmeda, la presión experta de su lengua, era abrumadora.
Era rudo en su intensidad, pero minucioso en su cuidado, como si estuviera aprendiendo y adorando cada centímetro a la vez. Una mano continuaba acariciando la curva de su otro pecho, su pulgar trazando círculos lentos sobre la piel sensible, mientras su boca saboreaba y exploraba con una mezcla de urgencia y reverencia que la hacía derretirse.
Tomó su cabello grisáceo entre sus dedos, aferrándose a él como a un ancla mientras cada ola de sensación la arrastraba. Su voz la había abandonado, reducida a gemidos bajos y quebrados que salían de lo más profundo de su garganta. Kakashi buscó su boca nuevamente, sellándola con un beso profundo donde su lengua encontró la de ella en un baño húmedo y urgente.
—Ah… —gimió ella, ansiosa, perdida en la tormenta de sensaciones. Podía sentir la humedad creciente entre sus piernas, una pulsación dolorosamente necesitada que solo él podía aliviar—. Kakashi…
Él no la dejaba ir. Mientras sus bocas bailaban, sus manos continuaban su adoración, acariciando, presionando, apretando sus senos con una mezcla de devoción y hambre. Cada gemido que le arrancaba, cada temblor que sentía bajo sus palmas, alimentaba el fuego que consumía el escaso control que le quedaba.
Hikari apretó los muslos, buscando alivio a la tensión que crecía en su interior, pero solo encontró el cuerpo sólido y fuerte de él, una barrera imposible de franquear por sí sola.
—¿Qué ocurre? —preguntó Kakashi, separándose apenas con una sonrisa que denotaba que ya lo sabía. Hikari se apoyó en los codos, jadeando—. ¿Te duele?
Ella emitió un quejido ahogado cuando su mano se posó, firme y cálida, justo sobre su centro, a través de la tela ya empapada. Arqueó el cuello hacia atrás, exponiendo la línea de su garganta.
—Parece que esto te está incomodando —observó él con una sonrisa cargada de malicia mientras jugueteaba con el elástico de sus bragas de encaje—. Deberías quitártelas… ¿te ayudo?
Hikari asintió, una mezcla de vergüenza y deseo ardiendo en sus mejillas. Kakashi, con un movimiento suave pero decidido, tomó su cintura entre sus manos y, deslizando las palmas por sus caderas, ayudó a que la tela húmeda resbalara por sus piernas hasta liberarla por completo.
Hikari pudo ver cómo los ojos grises de Kakashi se oscurecían aún más, volviéndose casi de pizarra, al contemplar su intimidad desnuda. Contuvo la respiración un instante, un suspiro profundo y audible que llenó el espacio entre ellos.
—Todo en ti es bello —murmuró él, acariciando con una ternura que contrastaba con la intensidad de su mirada el suave vientre de ella—. Vamos —susurró, separando con delicadeza sus muslos—. Permíteme aliviarte.
—Esto es vergonzoso… —logró decir Hikari, tapándose la boca con el dorso de la mano en un gesto de nerviosismo genuino.
Kakashi la miró con una ceja levantada, un destello de desafío en su expresión.
—Muéstrame que quieres esto —la retó, bajando lentamente su mano hasta rozar apenas el cálido núcleo de su necesidad, sin presionar aún.
Hikari arqueó la espalda de inmediato, un movimiento instintivo y suplicante.
—Sí, quiero… —se quejó, su voz convertida en un hilo de sonido cargado de desesperación, mirándolo con una entrega total.
—Entonces… quiero una mejor panorámica —sonrió con malicia, su tono bajo y provocador.
Hikari se mordió el labio inferior, formando un puchero momentáneo antes de ceder. Con movimientos deliberadamente lentos, se sentó sobre la cama y se apoyó contra la pared, abriendo las piernas en una exhibición confiada y sensual que le ofrecía a él una vista completa y sin reservas.
—¿Así está bien? —preguntó, ladeando la cabeza con una mueca que era pura provocación, sus ojos violeta brillando con una mezcla de timidez y audacia conquistada.
—Buena chica —murmuró Kakashi, posándose sobre ella sin dejar de mirarla. Con su mano libre, bajó para comenzar a acariciar su centro, trazando círculos lentos y tortuosos con el pulgar alrededor del clítoris sensible. Hikari apoyó la cabeza contra la pared con un golpe suave, esparciendo su cabello desordenado sobre la superficie fría, mientras un temblor recorría su cuerpo.
Él volvió a besarla, esta vez con una rudeza que sabía a posesión y anhelo acumulado. No hubo advertencia cuando, en medio del beso, uno de sus dedos se deslizó dentro de ella, hundiéndose con firmeza y precisión. Hikari gritó, un sonido fuerte y puro que se perdió en su boca, sus dedos clavándose en sus hombros.
—Más… —suplicó, aferrándose a él como a un salvavidas. La posición, abierta y expuesta contra la pared, hacía que cada sensación se amplificara, que cada movimiento de su dedo resonara más hondo—. Por favor, más…
Sonrió contra su boca y descendió hacia su cuello, donde comenzó a morder y besar la piel sensible. La sintió moverse con ansiedad, su cadera buscando el ritmo de su mano, pero entonces retiró su dedo lentamente.
—Ah… ¿por qué? —suplicó, hambrienta y con los ojos vidriosos por la frustración. Sus manos apretaron sus hombros con una fuerza desesperada que solo lo excitó más, e intentó buscar sus labios, pero él se alejó unos centímetros—. Kakashi…
—Debes ser más paciente —la reprendió, en un tono bajo y sensual que era una caricia en sí mismo. Besó su mejilla, luego la comisura de su boca temblorosa—. No puedes tomar el control aquí… no todavía.
Antes de que pudiera protestar, Kakashi se ajustó entre sus piernas abiertas. La presión de su erección, contenida aún por su ropa, se hizo sentir firmemente contra su centro húmedo y palpitante, pero sin entrar. Era una promesa, una tortura.
—Aquí —susurró, moviendo sus caderas con lentitud deliberada, frotándose contra ella—, el ritmo lo pongo yo. Y tú… sólo sientes.
Hikari gimió, una mezcla de agonía y éxtasis, entregándose a la fricción, a la sensación de su dureza contra su suavidad. Su cuerpo se arqueó, ofreciéndose, admitiendo sin palabras que, en ese momento, él tenía toda la razón… y todo el poder.
—¿Entendido? —preguntó, deteniendo por completo su movimiento. Hikari asintió, jadeando contra la pared, su cuerpo temblando de anticipación.
—Sí… —logró responder, y la sonrisa de Kakashi se ensanchó, orgullosa y oscura a la vez.
—Esa es mi chica —susurró, y esa simple frase hizo que un nuevo escalofrío de puro deseo la recorriera.
Pero antes de que pudiera saborear las palabras, dos dedos volvieron a entrar en ella, esta vez con una fuerza y determinación que le arrancaron un grito ahogado. Hikari puso los ojos en blanco, sumergida en una ola de placer tan intensa que por un segundo todo pensamiento se disolvió. Ahí lo entendió: él solo la estaba probando, midiendo su autocontrol, porque ahora, cuando finalmente se dejaba llevar, podía sentir la verdadera fuerza y maestría de sus manos.
Agilizó el ritmo, sus dedos moviéndose dentro de ella con una precisión tortuosa y perfecta, mientras su pulgar mantenía esa presión circular que la volvía loca. Hikari sintió cómo el calor y un cosquilleo electrizante nacían desde lo más profundo de su vientre, expandiéndose hacia su pecho, apretando su garganta. Los gemidos se convirtieron en gritos más fuertes, desinhibidos, que resonaban en la habitación.
Kakashi se inclinó entonces y capturó uno de sus pechos en su boca, mordiendo suavemente el pezón ya erecto. La combinación de sensaciones fue demasiado.
—¡Ah! —gritó, y sintió que los ojos se le humedecieron, abrumados por la sobrecarga—. Ya no puedo más… Kakashi, por favor…
—Sshh —murmuró él contra su piel, sin disminuir el ritmo de sus dedos—. Sí puedes. Aguanta un poco más para mí. Quiero sentir cómo te deshaces.
Sus palabras, dichas con esa voz ronca y dominante, fueron el empujón final. La presión en su vientre estalló en una cascada de puro éxtasis que la hizo arquearse violentamente, un grito largo y tembloroso escapando de sus labios mientras las olas de placer la sacudían una y otra vez, aferrándose a sus hombros como si fuera lo único real en un mundo que se desvanecía en blanco.
Su voz era sólo un fino y tembloroso hilo de sonido cuando finalmente logró hablar, pero Kakashi la capturó en un beso tierno, saboreando su boca que aún guardaba el dulce regusto a champán.
—Muy bien —la felicitó en un susurro, dejando una lluvia de pequeños besos suaves en sus labios hinchados—. Eres incluso más hermosa así de lo que llegué a imaginar.
—¿Me imaginaste? —preguntó Hikari con una sonrisa cansada pero triunfal, y se pasó la lengua lentamente por sus labios en un gesto deliberadamente sensual.
Kakashi soltó una risa baja y ronca, y se inclinó para buscar algo en el bolsillo de su chaqueta, abandonada en el suelo. Sacó un pequeño paquete plateado.
—Lo admito —respondió, encogiéndose de hombros con una naturalidad desenfadada mientras rompía el envoltorio—. A veces, durante esas interminables reuniones, lo único en lo que podía concentrarme era en imaginar cómo sacarte esos conjuntos extravagantes.
Hikari, con movimientos lentos y seguros, terminó de desabrochar lo que quedaba de su sostén y lo dejó caer, quedando completamente desnuda ante él. Su piel brillaba tenuemente en la penumbra.
Kakashi acomodó el preservativo y se arrodilló en la cama frente a ella, sus manos buscando sus caderas para guiarla hacia sí. Pero Hikari negó con la cabeza, una sonrisa nueva y decidida en sus labios.
—¿Qué ocurre? —preguntó él, genuinamente curioso, su expresión relajada pero alerta.
—Ahora —dijo ella, su voz recuperando parte de su firmeza habitual mientras lo empujaba suavemente con las manos sobre su pecho— me toca a mí.
Kakashi se dejó guiar, cayendo sobre la espalda contra los almohadones, una ceja elegantemente arqueada en señal de sorpresa y expectación. Una sonrisa amplia y complacida se dibujó en su rostro ahora totalmente visible.
—Vaya, vaya —murmuró, cruzando las manos detrás de la nuca en una pose de total rendición—. Adelante, entonces. Muéstrame qué tienes planeado.
Hikari se colocó sobre él, sus piernas a cada lado de sus caderas, y lo miró con una mezcla de afecto y determinación que hizo que el corazón de Kakashi diera un vuelco más fuerte que cualquier técnica de teletransporte. El control, definitivamente, había cambiado de manos.
Ella se levantó ligeramente, guiando con mano firme su miembro hacia su entrada, un movimiento que Kakashi admiró en cada detalle, hipnotizado. Cuando lo tomó dentro de sí, deslizándose hacia abajo hasta que lo tuvo por completo, lo único que él pudo articular fue un gruñido grave y profundo, mientras sus manos se aferraban a sus caderas, instintivamente buscando retomar el ritmo.
—Oye… —protestó Hikari con suavidad, pero firme, sujetando sus muñecas para detenerlo—. Eso no se hace. El control es mío ahora.
—¿Qué cosa? —preguntó Kakashi con una sonrisa entre angustiada y divertida, aunque no dejó de moverse con una leve y tentadora sacudida de caderas—. Solo estoy… ayudando.
Sin embargo, ella se levantó lentamente, alejándose de él hasta que solo la punta permaneció en contacto, una tortura exquisita. La pérdida de calor y fricción le arrancó un jadeo entrecortado.
—Por favor… —suplicó él, su voz cargada de una necesidad ronca, sus ojos grises fijos en los de ella, brillando con una mezcla de admiración y desesperación.
—Por favor… ¿qué? —preguntó Hikari, inclinándose hacia adelante, sus labios a centímetros de los suyos, su aliento cálido mezclándose con el de él.
—Ya entendí —resopló Kakashi, su frente apoyada contra la de ella, sin poder soportar lo abrumadoramente bien que se sentía dentro de su calor—. Tú ganas… esta ronda.
Hikari le lamió los labios con deliberada lentitud, un gesto de puro triunfo, antes de volver a su lugar. Pero en vez de bajar con lentitud, se dejó caer de golpe con una gracia atlética que le arrancó todo el aire acumulado en los pulmones y un gruñido gutural que no pudo contener.
Y entonces comenzó a moverse. Sus caderas, poderosas y ágiles, mostraron la kunoichi en su esencia: capaz, precisa, con un control absoluto. Subía y bajaba con una cadencia hipnótica, una gracia fluida que no solo le robaba el aire, sino cada último vestigio de cordura que a Kakashi le quedaba. Sus manos, ahora liberadas, se aferraron a los muslos de ella, siguiendo el ritmo pero sin dirigirlo, totalmente a su merced.
—Así… —logró jadear, sus ojos cerrados por un instante de puro éxtasis.
Kakashi pudo sentir, en la manera en que los músculos internos de Hikari se ajustaban y palpitaban a su alrededor, que ella también estaba perdida en el mismo éxtasis. La vio llevarse una mano a su propio cabello, enredando los dedos entre los mechones rubios desordenados por el sudor y el movimiento, mientras su ritmo se aceleraba, volviéndose más urgente, más insistente.
Cada caída de sus caderas era ahora una afirmación, cada ascenso una promesa renovada. El sonido de su respiración entrecortada, mezclada con los jadeos de él, llenaba la habitación. Kakashi ya no intentaba guiar; sólo podía recibir, asombrado por la fuerza y la belleza salvaje que tenía encima. Sus manos se deslizaron de sus muslos a su cintura, sosteniéndola no para controlar, sino para sentir cada temblor, cada sacudida que recorría su cuerpo.
—Hikari… —logró decir su nombre, más como un reconocimiento que como una palabra, mientras el calor se acumulaba de forma inexorable en su propio vientre, arrastrado por el torbellino implacable que ella creaba. Era una rendición total, y en la mirada vidriosa y concentrada de ella, supo que esta vez, la victoria era compartida.
—Kakashi… —Hikari lo miró, y en sus ojos había algo nuevo, una entrega tan completa que él nunca antes la había sentido así. Con un movimiento rápido y decidido, Kakashi se acomodó para sentarse en la cama, atrayéndola contra su pecho en un abrazo que parecía querer fundirlos. Ella se enganchó a sus hombros, aceptando y recibiendo cada embestida profunda que ahora nacía desde esta nueva cercanía.
No supo por qué, pero una certeza lo atravesó: en ese momento, no quería soltarla. No podía. Hikari gemía más fuerte, con los ojos fuertemente cerrados, el rostro contra su cuello, luchando contra la oleada de placer que la inundaba por completo. Y Kakashi, sosteniéndola, sintiéndola estremecerse a su alrededor, supo con absoluta claridad lo deslumbrantemente bella que era al rendirse, al alcanzar el vértice del éxtasis en sus brazos.
Buscó su boca desesperadamente, encontrando sus labios en un beso que era a la vez refugio y catalizador. Ahí, en ese contacto húmedo y compartido, contuvo el gemido ronco que le brotaba del pecho cuando su propio climax lo alcanzó, una ola expansiva y poderosa que lo sacudió hasta la médula. La embistió una última vez, profundamente, sembrando la semilla de su éxtasis en el mismo instante en que el de ella seguía reverberando.
Hikari lo recibió con besos cansados y torpes, movimientos de labios agotados pero sinceros, cada uno un susurro húmedo contra su boca. Era el sello de un pacto no dicho, la firma temblorosa al final de un acto que había trascendido lo físico para convertirse en algo mucho más significativo para ella. En la quietud pesada y dulce que siguió, solo rota por el sonido de su respiración entrecortada mezclándose.
Kakashi se desplomó hacia atrás sobre los almohadones, llevándose a Hikari con él en un movimiento natural que mantenía sus cuerpos entrelazados. Ella se acurrucó de inmediato en el círculo de sus brazos, ajustando su cabeza en el hueco de su hombro. Con un gesto de ternura espontánea, inclinó el rostro y dejó un beso suave y cansado en su frente, un punto de contacto cálido y afirmativo en la quietud que los envolvía.
Mucho más tarde esa noche, Hikari se despertó en la quietud. La luna, ahora alta, trazaba una línea plateada sobre la cama e iluminaba el perfil de Kakashi dormido a su lado.
Lo observó sin poder creerlo, repasando cada instante: la pasión, sí, pero también la dulzura posterior, cómo la había limpiado con una toalla tibia y gestos cuidadosos, casi reverentes. Cómo la había acunado contra su pecho, envolviéndola en sus brazos como si fuera algo frágil y precioso, hasta que el sueño los venció a ambos.
Incluso ahora, mientras ella lo miraba, una de sus manos descansaba sobre su cintura, un contacto posesivo incluso en el sueño. El olor a champán aún flotaba tenuemente, mezclado con el suyo, con el sudor secado y la paz extraña del después.
Y entonces, como un golpe frío bajo las cobijas cálidas, el pensamiento llegó, claro y demoledor: Esto sería el peor error de mi vida.
Chapter 24: Error IV
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Tuvo miedo de volver a trabajar, eso era innegable. Pero desde el primer instante en que cruzó la puerta de la oficina esa mañana y fue recibido con su taza de café humeante, preparada exactamente como a él le gustaba, y una sonrisa profesional que no alcanzaba a tocar sus ojos, creyó —con un alivio casi vertiginoso— que el acuerdo había funcionado.
Funcionaba, de hecho, demasiado bien.
Trabajaban en una armonía perfecta, sincronizados como un mecanismo de relojería. Ella le presentaba las gestiones pendientes con una claridad impecable, anticipaba sus necesidades antes de que él las verbalizara, coordinaba reuniones y agendas con una eficiencia que rayaba en lo sobrehumano. No había un sólo atisbo de tensión incómoda, de miradas que se desviaran demasiado rápido, de sonrojos repentinos o de silencios cargados. Era como si la noche de Año Nuevo, con su champán y sus confesiones silenciosas, hubiera sido un sueño borroso, un error de sistema que un reinicio impecable hubiera corregido sin dejar rastro.
Excepto por una cosa. Una cosa pequeña y glacial que, con el tiempo, empezó a notar.
—¿A dónde te apetece ir a almorzar hoy? —preguntó un día, levantándose de su escritorio con una sonrisa que intentaba transmitir naturalidad. Fuera, tras la ventana, la nieve caía suave y persistentemente, cubriendo Konoha con un manto blanco—. Se me ocurrió probar ese nuevo sitio de ramen cerca de la torre. Con este frío, un buen caldo caliente caería de maravilla.
Sin embargo, Hikari se levantó de su silla llevando un pequeño bolso de tela a cuadros. Su movimiento era fluido, como si llevara horas preparado.
—¿Desea que le reserve una mesa, Hokage-sama? —preguntó amablemente, tomando ya el teléfono con dedos seguros. Su tono era el de siempre: cordial, útil, impecable.
Kakashi parpadeó, sintiendo que su sonrisa se le helaba levemente en los labios.
—Me… me refería a que podríamos ir juntos —dijo, y la frase sonó más torpe y directa de lo que había planeado.
Ella asintió, manteniendo esa sonrisa profesional intacta.
—Por supuesto, si esa es su preferencia. Le aviso al establecimiento para que preparen una mesa para dos.
—No, no es eso —hizo una pausa, sintiendo un terreno extrañamente movedizo bajo sus pies—. ¿El ramen no te tienta?
—Es muy amable por preguntar, pero hoy traje mi propia comida —respondió, alzando ligeramente el bolso como prueba silenciosa. Ese día llevaba un blazer holgado de corte masculino que le envolvía los hombros con autoridad, sobre un chaleco de cuello alto y pantalones oscuros que se ceñían a sus piernas con precisión milimétrica. Era un conjunto impecable, poderoso, que la colocaba a una distancia insalvable de la chica de camiseta holgada y mirada vulnerable con la que había compartido un desayuno bajo la misma luz del amanecer.
—Ah… está bien —logró decir, sintiendo un vacío absurdo y punzante justo debajo del esternón.
—¿Desea entonces que le agende la reserva para usted solo? —repitió ella, su voz todavía cordial, pero completamente hueca, como un eco en un recinto vacío.
Kakashi se sintió atrapado en su propia trampa, observando la cortesía impenetrable en sus ojos violeta. No había resentimiento, ni dolor, ni siquiera el leve brillo de decepción que él, sin querer, había estado buscando. Solo había un servicio impecable, pulido hasta no dejar ni una grieta por donde colarse. Era exactamente lo que había pedido, lo que había declarado como "lo más sensato", y ahora, ante su oferta torpe, le sabía a ceniza en la boca.
—No —dijo finalmente, la palabra saliendo más seca y cortante de lo que pretendía—. No, iré a comer por ahí sin reserva. —Señaló vagamente hacia la puerta con el pulgar, un gesto que de pronto se sintió ridículamente torpe.
Hikari sonrió, un movimiento perfecto y estudiado de los labios que no llegó ni por un instante a sus ojos, e hizo una leve inclinación de cabeza.
—Como usted prefiera. Que disfrute su almuerzo, Hokage-sama.
Y salió de la oficina con su bolso cuadrillé balanceándose con un ritmo sereno, cerrando la puerta tras de sí con un clic suave y definitivo. Dejó atrás un silencio que de pronto parecía haberse expandido, volviéndose demasiado vasto y frío para la habitación que antes sentía acogedora.
Kakashi se quedó de pie junto a su escritorio, mirando el lugar donde ella había estado. El aroma de su café, que siempre había sido un pequeño y preciado ritual matutino, ahora olía solo a rutina, a un combustible más para seguir adelante. Y por primera vez desde que había salido de su apartamento con un alivio erróneo y prematuro, comprendió, con una claridad que le heló la sangre, la verdadera y amarga naturaleza de su victoria.
No había ganado paz. Había hecho un trueque: una complicación cálida, desordenada y llena de vida, por un orden perfecto y glacial. Pero debía estar equivocado, ¿no? Ella le había dicho que estaba bien. Le había asegurado que era lo más sensato.
Intentó descifrarla, buscar una grieta, una mínima imperfección en su nueva fachada impecable. Pero, ¿cómo? Si ella se había vuelto más hermética que un rollo de sello prohibido, su sonrisa una barrera infranqueable. Incluso recurrió a leer sus estados de ánimo a través de su ropa, un código que antes parecía tan claro, pero fue inútil. Sus conjuntos oscilaban sin patrón aparente entre lo extravagante —chaquetas bomber en tonos eléctricos, overoles holgados que parecían robados de un taller— y lo elegantemente sofisticado —vestidos de lana ceñidos que terminaban en una coleta alta y severa que sujetaba su melena ondulada con precisión militar.
Y estos últimos eran los que más lo perturbaban. Porque esos vestidos, que se detenían justo por encima de la rodilla, dejaban ver la línea definida de sus muslos. Incluso con las pantimedias oscuras que solía usar debajo, su memoria, traicionera y vívida, podía reconstruir con lujo de detalle lo suaves que eran al tacto, lo fácil que cedían bajo la presión de sus manos, la forma exacta en que se habían enroscado alrededor de su cintura aquella noche, buscando un punto de apoyo en medio del vértigo. Cada vez que ella pasaba por su lado con uno de esos vestidos, el recuerdo le llegaba como un golpe bajo, silencioso y demoledor, recordándole que lo que había intentado archivar como un "accidente" tenía una textura, un peso y un calor imposibles de olvidar.
—¿Hokage-sama? —la voz de Hikari, clara y profesional, lo arrancó de golpe de su ensoñación. Kakashi parpadeó varias veces, desorientado, hasta que el escritorio, los papeles esparcidos y la luz blanca de la oficina volvieron a enfocarse.
—El director del hospital, en la línea dos —informó ella, sin alzar la vista de la pantalla de su computador.
—Ah, sí. Gracias —tomó el auricular con demasiada prisa, sintiendo un calor repentino bajo la máscara que le subía por la nuca. Maldita sea. —Director, dígame —logró decir, justo cuando la voz al otro lado comenzaba a enumerar quejas.
Hikari se levantó entonces, dirigiéndose a ordenar unos archivos en un estante alto. El movimiento hizo que el dobladillo de su vestido azul marino se deslizara unos centímetros cruciales. La línea definida de sus pantimedias se dibujó nítidamente contra la curva de su muslo, y el corazón de Kakashi dio un vuelco tan brusco y audible que estuvo seguro de que el director del hospital, a kilómetros de distancia, podía escucharlo a través de la línea.
Se giró hacia la ventana con un movimiento brusco, como si el paisaje inmaculado y nevado de Konoha fuera la cosa más fascinante del mundo, y se aferró al auricular como a un salvavidas.
—Sí, ese informe está en proceso —respondió en piloto automático, sin tener la menor idea de lo que el director estaba diciendo. Su mente, normalmente un campo de batalla estratégico, estaba completamente ocupada maldiciendo su propia memoria fotográfica, su colosal falta de control, y la forma en que un simple vestido azul marino podía desbaratar por completo su legendaria compostura.
Su primer plan de reconocimiento personal había fallado estrepitosamente. Así que decidió recurrir a la inteligencia de campo —es decir, a sus subordinados más observadores—, pero la información recabada resultó tan útil como un par de sandalias en medio de una tormenta de nieve.
—Es la misma Hikari de siempre —respondió Shikamaru sin levantar la vista de una pila de informes que parecía multiplicarse por sí sola. Su tono era lánguido, con una tranquilidad que a Kakashi le pareció deliberadamente irritante—. ¿Por qué? ¿Finalmente hiciste algo lo suficientemente tonto como para que te odie con toda su alma?
—No… no lo sé —negó Kakashi, pasándose una mano por el cabello con un gesto de frustración poco habitual—. ¡Oye! ¿Y tú qué sabes?
—Nada —se encogió de hombros Shikamaru, una sonrisa apenas perceptible curvando sus labios—. Solo me imagino que un hombre de tu… historial, es capaz de lograr algo así con un simple gesto. Eres muy talentoso para complicar lo simple, ¿sabes?
—Ja, muy gracioso —refunfuñó Kakashi, cruzando los brazos sobre su pecho con gesto defensivo.
Justo en ese momento, Hikari pasó por el pasillo junto a ellos. Llevaba un vestido estampado con pequeñas flores y un cárdigan suave de punto, y su cabello estaba recogido en un moño despreocupado que dejaba escapar mechones de rizos dorados alrededor de su rostro.
—¡Shikamaru-kun! —lo llamó con una voz que era pura luz de primavera, una sonrisa amplia y genuina iluminando sus facciones—. ¿Tienes ya la lista consolidada de las nuevas misiones clasificadas? La necesito para cruzar datos con el departamento de logística antes del mediodía.
—Sí, aquí está —respondió Shikamaru, alargando el brazo para entregarle una carpeta azul sin siquiera interrumpir su lectura del siguiente documento.
—¡Mil gracias, eres un salvador! —Hikari tomó la carpeta con ambas manos, su gratitud tan cálida y natural que parecía irradiar una calidez tangible en el pasillo.
Luego, su mirada se desvió inevitablemente hacia Kakashi. Y como si alguien hubiera bajado un interruptor invisible, la luz cálida en sus ojos violeta se atenuó, transformándose en una cortesía profesional y pulida. Hizo una leve pero impecable inclinación de cabeza.
—Hokage-sama —dijo, su voz ahora correcta, respetuosa y completamente vacía de la alegría espontánea que acababa de derramar sobre Shikamaru.
Sin esperar respuesta, siguió su camino, el suave crujido de su vestido desapareciendo alrededor de la esquina. Dejó a Kakashi plantado en el pasillo, sintiendo el contraste como un puñetazo directo y bien colocado en el estómago.
—¿Viste eso? —preguntó, girándose hacia Shikamaru con los ojos ligeramente desorbitados detrás de la máscara—. ¿Viste cómo cambió? ¡Como si de repente yo fuera… un mueble oficial! Un estante condecorado.
Shikamaru alzó lentamente la vista de sus papeles, con una expresión de aburrimiento supremo que solo él podía perfeccionar.
—¿Viste qué cosa? —preguntó, mirando a su alrededor como si buscara una pista obvia—. Ah, ¿te refieres a que hizo su trabajo con eficiencia y fue educada? Qué escándalo. Además —añadió, señalando con un gesto cansado hacia la montaña de papeles que amenazaba con colonizar su escritorio—, ¿qué sigues haciendo aquí merodeando? Tenemos que terminar de aprobar estas listas de misión hoy, o los equipos no saldrán mañana. ¿Recuerdas? El aburrido, crucial y real trabajo de gobernar.
Kakashi emitió un sonido entre un gruñido y un suspiro. Shikamaru tenía razón, como siempre, y era exasperante. Pero mientras se giraba para regresar a su oficina, no podía sacarse de la cabeza la imagen: la risa espontánea de Hikari dirigida a Shikamaru, y la pared de hielo cortés que erigió para él. Había conseguido exactamente lo que pidió: profesionalidad.
Y ahora descubría, con una claridad cada vez más incómoda, que lo que realmente anhelaba era un atisbo de esa primavera que ella reservaba para todos menos para él.
El tercer intento fue el de las bromas, ese terreno familiar donde antes solía hacerla reír con su humor seco o dejarla sin palabras con una indirecta atrevida. Si lograba arrancar de ella una de esas reacciones genuinas —una risa espontánea, ese rubor que le subía desde la clavícula—, entonces sabría que no todo estaba perdido.
La oportunidad surgió durante una inspección rutinaria a la Academia Ninja. Hikari lo siguió con su profesionalismo habitual, agenda en mano, intercambiando sonrisas y conversaciones fluidas con los instructores. Era un espectáculo de diplomacia pura. Contra el frío cortante, vestía una boina negra, un abrigo largo de lana color crema, un suéter de cuello alto beige y una falda amplia hasta los tobillos. Siempre tan impecable, pensó él, no sin cierta admiración resignada.
—¿Terminamos? —preguntó Kakashi, deteniéndose bajo las ramas desnudas de un viejo cerezo en el patio, las manos hundidas en los bolsillos de su abrigo.
—Sí —respondió ella, sonriendo mientras consultaba su agenda—. El itinerario está completo. Podemos regresar a la torre.
—Me gustaría descansar un momento aquí, ¿qué te parece? —caminó hacia una de las bancas de piedra, fría incluso a través de la tela de su pantalón, y ella lo siguió, manteniendo esa distancia precisa, de exactamente tres pasos, que había aprendido a calcular—. Dime, ¿qué opinas de la última reunión del consejo curricular?
—Los datos preliminares sugieren que tenemos un terreno considerablemente ganado con la nueva implementación —explicó con un tono analítico perfecto—. Fue una reunión productiva y bien encauzada.
—Así fue —asintió él, estirando la espalda con un suspiro audible—. Te los ganaste a todos con tus argumentos. Tu claridad los impresionó.
Ella abrió los ojos, sorprendida por el elogio directo, y apretó los labios en un gesto rápido, como si contuviera una respuesta automática. Era un destello, mínimo, de la Hikari que recordaba.
Aprovechando el momento, lanzó su broma, con una sonrisa juguetona en su único ojo visible: —No solo eres una cara bonita y un cuerpo perfecto, después de todo.
Antes, esa frase le habría arrancado un resoplido ofendido, una mirada de reojo cargada de reproche juguetón o, con suerte, ese rubor delator que tanto le gustaba provocarle, subiéndole desde el cuello hasta las puntas de las orejas. Pero esta vez, sus hombros solo se tensaron levemente, un microgesto casi imperceptible, antes de relajarse en una postura aún más correcta, más inexpugnable. Esbozó una sonrisa. Pequeña, cortés, perfectamente medida y completamente estéril.
—Gracias, Hokage-sama —dijo, y su voz era clara, profesional y tan hueca como el sonido del viento entre las ramas desnudas del cerezo.
Esas tres palabras, dichas con esa tranquilidad glacial, fueron como un golpe directo y silencioso en el plexo solar. No hubo enfado, ni malestar visible, ni siquiera esa chispa de exasperación que a veces le dirigía en la oficina. No hubo fuego. Solo hielo. Un hielo tan claro, duro y pulido que reflejaba, con una cruel y nítida precisión, su propia torpeza y la desolación de su victoria.
Ella no estaba molesta. Había aceptado sus términos al pie de la letra, había levantado las barreras que él mismo había exigido con tanta firmeza, y ahora operaba desde detrás de ese muro con una eficiencia impecable y un distanciamiento absoluto. Le había dado exactamente lo que había pedido: profesionalismo puro, sin complicaciones emocionales, sin riesgo, sin calor.
Y al ver esa sonrisa vacía, al escuchar ese "gracias" que sonaba a despedida definitiva, Kakashi supo, con una certeza que le heló el estómago y le cerró la garganta, que había cometido el error más monumental de su vida. No había sido la noche que pasaron juntos, con su pasión y su vulnerabilidad compartida. No. El error verdadero, el que ahora resonaba en el eco gélido de su voz, había sido la mañana después, cuando él, cobarde y práctico, había elegido la seguridad estéril de la distancia sobre el terreno fértil y aterrador de la posibilidad.
Pero, ¿cómo darle lo que ella parecía querer, en el fondo? La pregunta resonaba en su cabeza como un mantra tortuoso, sin melodía. En primer lugar, y ante todo, él era su jefe. Podrían intentar algo en secreto —ella, sin duda, lo manejaría con la discreción de un agente de ANBU—, pero éticamente era una línea tan brillante y peligrosa como el filo de un kunai. No se cruzaba.
Luego estaba la diferencia de edad. Diez años. Para él, era un abismo de experiencia, de cicatrices, de malos hábitos ya cementados. Ella era joven, con una vida por delante, apenas estableciéndose en su propia independencia. ¿Qué podía ofrecerle él, aparte de rutina, papeles y una colección de novelas de dudosa calidad literaria?
Y, por último, estaba el obstáculo más insalvable: él mismo. Las relaciones románticas, el compromiso emocional sincero… se había alejado de ese territorio hacía tanto tiempo que ya ni recordaba el mapa. Su mundo se limitaba a encuentros casuales, sin complicaciones, sin expectativas, sin despertar al lado de nadie. Reglas claras. Límites definidos.
Reglas que había pisoteado con entusiasmo esa noche de Año Nuevo, pero que ahora, a la fría luz del día y de su propia coherencia, debía hacer respetar. Debía respetar su propia soledad autoimpuesta, ese espacio ordenado y seguro que había construido con tanto esmero. Era lo correcto. Lo sensato. Lo menos doloroso, a la larga, para ella. Era mejor que lo superara, como se supera un resfriado o un amor de juventud. Al fin y al cabo, nadie se moría por eso. O al menos, eso intentaba convencerse, mientras el eco de su sonrisa vacía seguía helándole el pecho.
Esa noche, suspiró profundamente, sumido en sus pensamientos mientras caminaba de regreso a su oficina por un documento olvidado. Al abrir la puerta, se encontró de frente con Hikari, a escasos centímetros de distancia. Estaba tan absorto en sus cavilaciones que no se había detenido a observarla antes.
Llevaba un chaleco negro de escote en corazón que dibujaba una sugerente sombra de piel, pantalones de cuero ajustados que celebraban cada curva de sus piernas, y sostenía sobre el brazo un abrigo grueso de piel sintética, como si estuviera a punto de marcharse. Pero lo que realmente detuvo a Kakashi en seco fue algo nuevo, una declaración audaz en el silencio del pasillo: sus labios, pintados de un rojo intenso y brillante que parecía desafiar la luz mortecina del atardecer.
—Ah, lo siento —dijo ella, retrocediendo un paso con una ligera sacudida, aunque el aire entre ellos seguía estando cargado y cercano—. Pensé que ya se había ido, Hokage-sama.
Kakashi contuvo la respiración. Sus ojos intentaron mantenerse en los de ella, un violeta profundo y enigmático bajo la tenue luz, pero fueron traicioneros. Descendieron, recorrieron la línea del escote que se alzaba y bajaba con su respiración un poco acelerada, se posaron en la curva perfecta de esos labios rojos como una herida fresca, y volvieron a subir, en un vaivén incontrolable que lo mantenía anclado en el umbral, bajo un hechizo del que, en el fondo, no tenía el menor deseo de escapar.
—Sí… ya me iba —mintió, y su voz sonó extrañamente ronca, gastada. Pero sus pies no se movieron. Ni un milímetro.
Y ella, frente a él, tampoco.
El pasillo permanecía en silencio, solo el leve zumbido de las luces fluorescentes. El aire entre ellos se había vuelto denso, cargado del perfume floral de ella y del tenue aroma a cedro que él aún llevaba impregnado en la ropa. Kakashi podía ver cada detalle con una claridad abrumadora: el brillo perfecto del lápiz labial, el rápido latido en la base de su garganta, la forma en que sus dedos se aferraban al abrigo como a un ancla.
Todas sus razones, sus reglas de hierro, su lógica fría, se desvanecían ante la simple y abrumadora verdad de su presencia. De lo que quería, aquí y ahora. Ese había sido su verdadero error.
El silencio se extendió, pesado y eléctrico. Hikari pareció darse cuenta del peligroso juego al que se enfrentaban. Un leve rubor, tenue pero inconfundible, subió por sus mejillas, creando un contraste vertiginoso con el rojo audaz de su boca.
Kakashi sintió cómo todas sus resoluciones, toda su lógica autoimpuesta, se resquebrajaba allí mismo, en el umbral de su oficina, a solo centímetros de la tentación viviente que él mismo había creado y luego intentado rechazar.
—Tu… labial —dijo finalmente, las palabras saliendo antes de que pudiera detenerlas—. Es nuevo.
Ella parpadeó, sorprendida por el comentario inesperado. Sus dedos, que sostenían el abrigo, se apretaron levemente contra la tela.
—Sí —respondió, su voz apenas un suspiro audible—. Un regalo de Aoi. Dice que… que el invierno necesita un poco de color.
—Lo tiene —afirmó Kakashi, y su mirada se clavó de nuevo en sus labios con una intensidad que casi los traspasaba. El deseo de saber si ese rojo sabría a fruta madura o a flores silvestres, si se borraría con un beso, fue tan abrupto y voraz que le hizo cerrar los puños a los costados, clavando las uñas en las palmas—. Sin duda lo tiene.
Otro silencio, aún más denso que el anterior, se instaló entre ellos. Hikari bajó la vista, sus largas pestañas proyectando sombras fugaces sobre sus mejillas aún sonrojadas. Cuando alzó la vista de nuevo, había una chispa distinta en sus ojos violeta. No era la cálida alegría de antes, ni la cortesía glacial de los últimos días. Era algo desafiante, una centella de la mujer segura y apasionada que había estado con él en Año Nuevo.
—¿Le molesta, Hokage-sama? —preguntó, y su tono tenía un dejo de algo que podía ser audacia pura o un desafío apenas velado.
Kakashi sintió que una sonrisa amarga y autocrítica se dibujaba bajo su máscara. ¿Molestarle? Le estaba volviendo loco. Lo estaba desafiando descaradamente, y con eso cruzó la última línea que le quedaba por defender.
—No —mintió, su voz un ronroneo grave que apenas reconocía como propia—. Claro que no.
La mentira fue la chispa final. Antes de que el pensamiento racional pudiera interponerse, su mano encontró su mejilla, suave y cálida bajo su palma. Con el pulgar de la otra mano, bajó su máscara solo lo necesario, solo lo suficiente para dejar al descubierto su boca, hambrienta y ansiosa, antes de capturar esos labios rojos que había contemplado con una obsesión enfermiza durante semanas.
Al principio, solo sintió la sorpresa: sus labios estaban tensos, inmóviles bajo los suyos. En ese instante, todas las alarmas en su cabeza estallaron en un crescendo de pánico. ¿Qué estás haciendo? Esto es un error. Detente.
Pero entonces, todo se fue al carajo.
Porque Hikari, tras ese instante de paralización, se aferró al frente de su chaleco con una fuerza que amenazó las costuras. Un suspiro, mitad queja y mitad liberación, escapó entre sus bocas, caliente y dulce. Y luego, se rindió. Completamente. Sus brazos se enlazaron alrededor de su cuello, sus dedos se enterraron en su cabello plateado, atrayéndolo más cerca, más profundo, como si intentara borrar cualquier rastro de la distancia que él mismo había impuesto.
El sonido que surgió de él fue algo primitivo, un gruñido ahogado de victoria y necesidad pura. Avanzó, guiándola suavemente hacia atrás mientras con un movimiento rápido cerraba de un golpe la puerta de la oficina. El clic definitivo del pestillo resonó como un punto final a toda pretensión de distancia o profesionalismo. Su otra mano, la que no se hundía en los sedosos mechones de su cabello, se aferró a su cintura, trazando su curva y atrayéndola contra él con una urgencia que dejaba claro que ningún espacio entre sus cuerpos sería tolerado.
Era una reclamación. Una colisión ardiente de semanas de frustración acumulada, de deseos negados y de todas las palabras que se habían quedado atascadas en su garganta. Sabía a esa barra labial dulce que tanto lo había obsesionado, y debajo, a ella, a Hikari, con un sabor único y esencial que su memoria corporal reconocía al instante. Cada trazo de su lengua, cada mordisco suave y posesivo, era una pregunta y una respuesta, una disculpa torpe y una aceptación total.
El mundo exterior —la torre silenciosa, la aldea sumida en la noche, su cargo, todas sus reglas de hierro— se desvaneció en una niebla irrelevante. Solo existía el calor húmedo de su boca, la suave y perfecta curva de su cintura bajo su mano, el sonido entrecortado de sus jadeos y el latido furioso de su propio corazón, que parecía marcar un compás implacable: “demasiado tarde, demasiado tarde, y ahora esto.”
La tomó con facilidad en sus brazos y la alzó, depositándola sobre la superficie ordenada del escritorio con un suave crujido de papeles que se desplazaban bajo su peso. Ella jadeó, sus manos volando a su rostro, los dedos temblorosos trazando la línea fuerte de su mandíbula, explorando la boca que aún ardía por el contacto del suyo. Él no dudó en acomodarse entre sus muslos, la tela de su pantalón de cuero rozando la de él, y el contacto íntimo de sus cuerpos fue un recordatorio eléctrico y abrumador de todo lo que se había obligado a negar.
—Kakashi… —ella se separó solo lo necesario para poder mirarlo, sus ojos violeta buscando los suyos en la penumbra azulada de la oficina. Su respiración era un eco desordenado y cálido del ritmo frenético del suyo—. ¿Qué quieres?
La pregunta, simple y desnuda, le arrancó el aire. Sus labios se separaron, pero las palabras se atascaron en su garganta. Solo salió un sonido entrecortado, la confesión muda de un hombre hecho trizas entre el deseo ardiente y el pánico frío.
—Yo… —comenzó, pero la voz le falló, rota.
—¿Quieres esto? —susurró ella, sus dedos apretándose levemente contra sus mejillas, una caricia que era también un desafío— ¿sólo para después… culparme otra vez?
Ahí estaba. El dardo envenenado, lanzado con una precisión que le dio justo en el centro del pecho. Kakashi la miró, y en sus ojos vio reflejada, por fin, la comprensión que había llegado semanas tarde: su dolor no había sido por el rechazo en sí, sino por su cobardía. Él había tomado lo que anhelaba y luego, con una retirada estratégica digna de los peores manuales, había cargado toda la responsabilidad, todo el peso del «error», sobre sus hombros solitarios. Se había escondido detrás de su autoridad y sus años, dejándola a ella varada en la orilla de la culpa y la confusión.
—¿Para después decir —continuó Hikari, su voz ganando fuerza a pesar del temblor— que lo que te entregué fue un simple error, y no una elección que tomamos los dos?
Kakashi sintió que el aire se le helaba en los pulmones. Cada palabra era un latigazo, merecido y certero. Respiró hondo, un sonido áspero que cortó el silencio cargado de la oficina. No podía refutarlo. Y en el fondo de su alma, ya no quería hacerlo.
En lugar de responder, cerró los ojos y apoyó su frente contra la de ella. El gesto era de rendición, de intimidad forzada más allá del deseo físico. Sintió cómo ella se estremecía levemente, no por la pasión ahora, sino por la tensión emocional.
—No —murmuró por fin, la palabra saliendo como una rasgadura de su garganta—. No voy a culparte. No esta vez.
—Pero no puedo darte lo que realmente mereces —continuó, su voz un susurro áspero mientras sus manos subían para enmarcar su rostro, sus pulgares acariciando las altas líneas de sus pómulos—. No diré que esto es un error, porque nada en ti lo ha sido jamás. Pero no puedo… prometerte una relación. No en los términos que el mundo considera normales.
—Explícate —pidió ella, entrecerrando los ojos con una concentración que no era de rechazo, sino de análisis agudo. No se apartó.
—Podemos tener esto —murmuró, bajando la cabeza para depositar un beso suave, casi reverente, en el dorso de cada una de sus muñecas—. Cuando tú lo desees. Donde tú lo decidas. Pero no habrá amor, Hikari. No esperes declaraciones al amanecer, ni citas convencionales, ni ramos de flores, ni promesas de fidelidad eterna. No seré exclusivo. Mi vida… no está construida para eso.
—Comprendo —respondió ella, y su voz era un suspiro pensativo, no teñido de dolor, sino de una curiosidad penetrante, como si estuviera evaluando los términos de un contrato particularmente intrincado.
—Es todo lo que tengo para ofrecer —dijo él, levantando la mirada para encontrarse de lleno con la suya, sin máscaras, sin defensas—. Y solo si tú lo quieres.
—¿Puedo pensarlo? —preguntó, y en sus ojos violeta brilló una chispa de esa astucia práctica que tanto admiraba y, secretamente, temía.
Él sonrió entonces, un gesto genuino y desarmado que le mostró los dientes y le arrugó la comisura del ojo.
—Por supuesto que sí.
—¿Y puedo… poner condiciones? —se mordió el labio inferior, un gesto inconsciente que le paralizó el corazón y le recordó, con brutal claridad, todas las razones por las que esta oferta era una mentira que se estaba contando a sí mismo.
Una risa baja, cargada de resignación y admiración, le escapó.
—Se me olvida a veces con quién estoy hablando —murmuró, y en vez de responder, se inclinó hacia adelante, apoyando las manos a cada lado de sus caderas sobre el escritorio, bajando a su altura. Su mirada se clavó en esos labios que acababa de morder—. Supongo que sería ingenuo esperar menos.
Y luego, porque las palabras ya eran insuficientes y las negociaciones podían esperar, buscó su boca de nuevo. Este beso era diferente. No era el de antes, cargado de desesperación y posesión. Era más lento, más exploratorio, una pregunta tácita y una aceptación provisional, sellada con un contacto que prometía más.
Kakashi tomó su rostro entre sus manos y mordió su labio inferior con suavidad, un gesto que arrancó un gemido ahogado de ella. Hikari, envalentonada, tomó la iniciativa y sus dedos ágiles encontraron el cierre de su chaleco, deslizándolo hacia abajo con una lentitud deliberada que hizo que el aire se le cortara. Él no puso resistencia, dejando que la prenda cayera al suelo con un suave golpe, quedando solo con su remera negra ceñida. Hikari, con una sonrisa traviesa que iluminó sus ojos, deslizó las manos por debajo del tejido, buscando subirlo y deshacerse de él también. Kakashi, ya entregado por completo al momento, levantó los brazos para ayudarla, y la tela desapareció, dejando al descubierto el torso marcado y pálido que ella solo había vislumbrado antes.
Sin embargo, justo cuando la remera pasaba por encima de su cabeza, atrapándolo momentáneamente en un mundo de algodón oscuro, Hikari se deslizó con la agilidad de una sombra fuera del escritorio y se puso de pie. Los ojos de Kakashi, aún cubiertos por la tela, no vieron nada hasta que logró liberarse de ella con un tirón brusco.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó, desconcertado y con el cabello desordenado, al encontrarla ya recogiendo su chaqueta de piel sintética.
Hikari se agachó para tomar su bolso, un movimiento que ciertamente no pasó desapercibido para él, pero su expresión era de concentrada determinación, no de seducción continua. Se puso la chaqueta con movimientos eficientes y precisos, como armándose para la batalla.
—Te daré mi respuesta en unos días —anunció, su voz clara y serena, mientras caminaba con pasos firmes hacia la puerta.
Antes de salir, se detuvo en el umbral y se volvió hacia él. Kakashi seguía medio desnudo, con el torso al descubierto y completamente paralizado junto al escritorio, donde los papeles ahora eran el testimonio mudo de su confusión.
—Debería abrigarse, Hokage-sama —dijo, con una sonrisa que era pura picardía inteligente—. Todavía estamos en pleno invierno. No sería bueno que se resfriara el líder de la aldea.
Y le guiñó un ojo, un gesto audaz, coqueto y lleno de promesas tácitas, antes de salir de la oficina, cerrando la puerta con un suave pero definitivo clic tras de sí. Kakashi se quedó solo en el centro de la habitación, con el eco de sus palabras flotando en el aire y el repentino frío del ambiente rozando su piel desprotegida. Por primera vez en mucho, mucho tiempo, sintió con certeza que no era él quien llevaba la delantera en este peligroso, fascinante y completamente impredecible juego que habían comenzado. Y, contra toda lógica, esa incertidumbre le provocó una sonrisa lenta e involuntaria.
