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La estancia de espera era tan serena que el más leve crujido de sus ropas parecía un estruendo. Hikari estaba sentada, erguida pero no rígida, en el borde de un sofá de cuero. Una de sus trenzas rubias, meticulosamente tejida, se deslizó sobre su hombro con un movimiento suave. Respiró hondo, intentando que el aire calmara el batiburrillo de mariposas que revoloteaban en su estómago. Sobre su regazo, el informe de antecedentes que había preparado con esmero parecía una frágil balsa en un océano de expectativas.
Sus ojos, de un lila inquisitivo, recorrieron la sala: los altos techos, la madera pulida, el escudo de la hoja reluciente. Trabajar aquí, pensó con un estremecimiento de anhelo, sería la oportunidad de su vida.
—Murakami Hikari.
La voz de Shizune, clara y profesional, cortó el silencio. Hikari se puso de pie de un salto, casi como si un resorte la hubiera impulsado.
—¡Presente!
Shizune, al entrar, se detuvo un instante. Su mirada experta escaneó a la joven no con desaprobación, sino con una curiosidad genuina. Los pantalones anchos de tela cómoda, la chaqueta bomber de colores vivos sobre la camiseta de Jounin... no era el atuendo estándar que uno esperaría para una entrevista con el Hokage.
Era... diferente. Fresco.
Hikari, sintiendo el breve escrutinio, avanzó con determinación, extendiendo los papeles que sostenía con fuerza.
—Mi informe, Shizune-sama. Lo tengo todo listo.
—Por aquí, por favor —indicó Shizune con un gesto amable, desviando la mirada hacia el pasillo—. El Hokage la está esperando.
—Muchas gracias —respondió Hikari, y acompañó sus palabras con una pequeña pero sincera reverencia, una sonrisa nerviosa pero llena de ilusión iluminando su rostro por un segundo antes de seguir a la mujer que la guiaba hacia su destino.
El recorrido por los pasillos de la Torre Hokage era una ceremonia de sombras y sonidos amortiguados. La luz del mediodía se filtraba por los ventanales altos, iluminando motas de polvo que danzaban en el aire. El taconeo firme de Shizune contrastaba con los pasos, un tanto más ligeros y nerviosos, de Hikari.
—Me alegra genuinamente que hayas superado todas las pruebas —comentó Shizune, rompiendo el silencio con una voz cálida pero profesional—. Tu expediente es impresionante. Es sorprendente, y admirable, que te nombraran Jounin a tu edad.
—Muchas gracias, Shizune-san —respondió Hikari, haciendo una pequeña reverencia con la cabeza mientras caminaba, un gesto de respeto instintivo—. Estoy... realmente emocionada por la oportunidad de poder trabajar a su lado y aprender.
—Ah, sí... hablando de eso —Shizune hizo una pequeña pausa, y un destello de incomodidad cruzó su rostro—. Este cargo en específico es para ser mi reemplazo. Pensé que lo habías leído con claridad en la convocatoria.
—¡Por supuesto que lo leí! —aseguró Hikari con rapidez, una sonrisa nerviosa asomando a sus labios—. Es solo que... no pensé, o no me atreví a imaginar, que sería reemplazarla a usted por completo. Es un listón muy alto.
Llegaron frente a la imponente puerta de la oficina del Hokage. Shizune se detuvo y se volvió hacia la joven, su expresión seria.
—Mi lugar está junto a Tsunade-sama, y partimos pronto —explicó, con un tono que no dejaba lugar a dudas—. Por eso, quien tome mi puesto debe estar lista para asumir la responsabilidad completa. Debe estar preparada para todo. —Su mirada, cargada de una preocupación casi maternal, escudriñó el rostro de Hikari—. Fuiste seleccionada por tu historial impecable, sí. Pero también porque, en la entrevista personal... me recordaste un poco a mí misma cuando empecé en esto.
Hikari sintió que una oleada de emoción le recorría el pecho.
—Es un honor inmenso escuchar eso de su parte, Shizune-san —susurró, y esta vez su sonrisa fue más genuina, llena de determinación—. Haré todo lo posible por estar a la altura de sus expectativas.
Shizune le devolvió una sonrisa leve, pero antes de golpear la puerta, murmuró para sus adentros, con una mueca de dolor que solo ella podía sentir:
—Yo también lo espero.
Golpeó la madera con los nudillos, con firmeza.
—¡Adelante! —se escuchó la voz ligeramente cansada del Hokage desde el interior.
Al traspasar la puerta, a Hikari le costó contener un escalofrío de emoción pura. Iba a trabajar codo a codo con una leyenda viviente de Konoha. Lo único que había tenido hasta ahora eran recuerdos lejanos: su figura en la distancia durante la ceremonia de graduación de Jounin, dedicando unas palabras serenas que a ella le habían parecido el consejo más sabio del mundo. Pero ahora... respiraría el mismo aire, aprendería del mismísimo Rokudaime Hokage.
—Hokage-sama, ha llegado su nueva asistente —anunció Shizune con una formalidad que resonó en la espaciosa oficina.
La figura tras el escritorio ni siquiera alzó la vista del mar de documentos.
—Ya te he dicho mil veces que no hace falta tanta formalidad, Shizune —murmuró Kakashi, su lápiz deslizándose sobre el papel con una velocidad serena—. Además, como sigo diciendo, no necesito otro asistente. Conmigo mismo y mi genialidad sobra.
Hikari parpadeó, sorprendida. La voz era tranquila, pero la actitud era tan... directa y desganada. No se parecía en nada a la imagen solemne y distante que tenía en su cabeza. Era, para su asombro, un poco cascarrabias.
—Hokage-sama —insistió Shizune, y su sonrisa se volvió tan tensa que parecía a punto de romperse—. Recuerde nuestro acuerdo. Los tres días de prueba que usted mismo propuso.
Kakashi soltó un resoplido que logró ser elocuente incluso tras la máscara. Finalmente alzó la mirada, y sus ojos se clavaron en Shizune con una intensidad cansada. Se levantó con pereza y comenzó a hurgar en una de las montañas de papel que adornaban su escritorio, como si buscara algo específico que sabía que no encontraría.
—Muy bien, está bien... —cedió, con un tono de quien acepta una derrota menor pero inevitable.
—Gracias —dijo Shizune, cargando la palabra con todo el reproche acumulado de años de servicio. Se hizo a un lado con un movimiento fluido, revelando por completo a la joven que permanecía tras ella, intentando parecer más grande y segura de lo que se sentía—. Tengo el gusto de presentarle a su nueva asistente. Murakami Hikari.
—¡Muchas gracias por aceptarme en su equipo, Hokage-sama! —exclamó Hikari con una formalidad casi ceremonial, inclinándose en un ángulo perfecto. Mientras miraba el suelo, su trenza rubia se deslizó hacia adelante, balanceándose como un péndulo de nerviosismo. Desde las profundidades del escritorio, le respondió un suspiro largo y cargado de una paciencia que se agotaba a velocidad alarmante. —Espero poder aprender mucho de usted. ¡Seré el apoyo que necesita para que la aldea siga adelante gracias a su liderazgo! —añadió, levantándose con determinación.
—Levanta la cabeza —la interrumpió la voz lánguida de Kakashi, sin mirarla—. Aquí no hace falta una ceremonia. —Hikari se incorporó, solo para ver que el Hokage ya había vuelto a sumergirse en sus papeles, escribiendo con una mano mientras con la otra hojeaba otro documento. —Cuéntame algo de ti. ¿Por qué aceptaste el cargo?
—¡Sí, por supuesto! —Hikari se acercó de un salto, extendiendo su carpeta de antecedentes como si fuera un talismán. Kakashi ni siquiera la tomó; simplemente alzó una mano para detenerla en seco mientras con la otra abría un cajón de su escritorio, mostrando una copia idéntica del mismo informe. Comenzó a hojearlo, o al menos, a simular que lo leía, pasando páginas con una velocidad sospechosa. —Bueno, yo… —tragó saliva—, porque me gusta ser ninja…
Un silencio espeso y repentino inundó la oficina. El único sonido era el leve crujido del papel bajo los dedos de Kakashi. Él dejó de pasar hojas. Ladeó la cabeza con una lentitud deliberada, y cuando alzó la mirada, por primera vez desde que ella había entrado, sus ojos se clavaron en ella. No era una mirada de enojo, sino algo peor: una expresión de genuino dolor, como si sus palabras le hubieran causado una punzada de decepción física. Esa mirada escrutadora recorrió su tenida, los pantalones anchos, la chaqueta bomber, y volvió a sus ojos lilas, que empezaban a titubear.
—¿Te…gusta ser ninja? —preguntó, con una voz más baja, cargada de un escepticismo que cortaba como el filo de un kunai—. ¿Solo por eso?
—Sí… —murmuró Hikari, sintiendo cómo el suelo parecía ceder bajo sus pies bajo el peso de esa incomodidad—. La verdad es que…
—Ve a la oficina que está al final del pasillo a la derecha —la interrumpió Kakashi, desviando la mirada de nuevo hacia su escritorio con un movimiento brusco. Cerró su copia del informe con un golpe seco y lo apartó a un costado, como si fuera basura—. Ahí está tu escritorio. Te llamaré si te necesito.
La frase no era una invitación, sino una orden de destierro. El mensaje era claro: por ahora, no la necesitaba.
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La oficina era un clóset glorificado, un espacio angosto y sombrío que parecía el resultado de un desafortunado accidente entre el cuarto de limpieza y un mueble abandonado. La única luz provenía de un fluorescente que parpadeaba en un ritmo espasmódico, proyectando sombras temblorosas sobre las paredes desnudas. El aire olía a polvo y a encierro.
—Espero que… no te moleste demasiado trabajar aquí —dijo Shizune desde la puerta, con un tono que entrecortaba entre la disculpa genuina y la vergüenza—. Yo normalmente trabajo en la ante-sala, junto al Hokage, pero… —hizo una pausa, buscando las palabras correctas—. Parece que todavía no se adapta del todo a la idea de que me voy. Esto es… temporal.
Hikari forcejeaba con la ventana enclaustrada, que por fin cedió con un chirrido protestón, dejando entrar un débil rayo de sol y un soplo de aire fresco que luchó contra el polvo.
—¡No se preocupe para nada! —respondió, moviendo las manos en un gesto de sincera tranquilidad—. En serio, me… encanta el lugar. Tiene… potencial.
Shizune la miró con una mezcla de incredulidad y afecto.
—Murakami-san, no se trata de mentir tampoco —dijo con una sonrisa cómplice y un poco triste.
—¡No es mentira! —insistió Hikari, secándose las manos llenas de polvo en sus pantalones anchos—. Ya estoy aquí, dentro de la Torre Hokage. Eso es un gran avance. Estoy genuinamente agradecida de que me hayan dado este espacio, por pequeño que sea.
—Eres bastante extraña, ¿sabes? —musitó Shizune, pero esta vez su sonrisa era cálida, casi de admiración—. Entonces, te dejo que te instales. Buena suerte.
Hikari asintió con una sonrisa amplia y llena de determinación, viendo cómo la figura de Shizune se alejaba por el pasillo. Cuando se quedó sola, se volvió lentamente para enfrentar su nuevo reino: el cuartucho. No, su oficina.
Con un suspiro que era más de desafío que de derrota, se arremangó su chaqueta bomber. No había tiempo para lamentaciones. Se dispuso a transformar aquel rincón olvidado. Su misión comenzaba no con papeles, sino con un trapo húmedo, buscando artículos de oficina bajo montañas de polvo y la tenaz convicción de que, desde aquella pequeña y parpadeante trinchera, ella también ayudaría a construir el futuro de Konoha.
Una vez que dejó cada superficie impoluta y cada objeto libre de polvo, se sentó. La silla crujió en el silencio absoluto de la habitación. Sus manos, sin saber qué hacer, se posaron sobre el escritorio. Sus dedos acariciaron una lapicera, la movieron unos centímetros hacia la derecha.
Sí, tal vez así estaba más a mano para cuando el Hokage la necesitara. La observó un momento, frunciendo el ceño. No. Parecía fuera de lugar. Con un suspiro leve, la giró con sumo cuidado hasta dejarla en un ángulo perfecto de cuarenta y cinco grados. Mejor. Ahora sí.
Su mirada vagó sin rumbo hasta posarse en el reloj viejo colgado en la pared. Las manecillas parecían haberse quedado dormidas. ¿O sería que el tiempo mismo se movía más lento en aquel cuarto? Se levantó, se acercó al reloj y, con meticulosidad, lo enderezó aunque en realidad ya estaba perfectamente nivelado. Era solo una excusa para moverse, para romper la monotonía.
De vuelta en su asiento, la lapicera llamó de nuevo su atención. Ahora, bajo la tenue luz, estaba convencida de que se había visto mejor en su posición original. Con un movimiento casi automático, la deslizó de vuelta a su lugar inicial. El ciclo recomenzaba. La espera era una prueba de paciencia, y cada pequeño ajuste en el escritorio era un intento desesperado por sentirse útil, por prepararse para una llamada que no llegaba.
—¿Y tú qué crees que estás haciendo aquí?
La voz, cargada de un fastidio familiar, cortó el silencio de la oficina. Shikamaru Nara apareció en el marco de la puerta, apoyado contra la jamba con los brazos cruzados, como si el simple hecho de tener que plantarse allí ya fuera una molestia tremenda.
—¡Shikamaru-senpai! —Hikari se puso de pie de un salto, inclinándose en una reverencia quizás demasiado rápida—. Soy Murakami Hikari. ¡Es un honor enorme poder trabajar a su lado!
—Sé perfectamente cómo te llamas —resopló él, sin molestarse en disimular su exasperación—. Mi pregunta es qué haces aquí, en este cuarto. Es un trabalenguas muy problemático.
Hikari alzó la cabeza, completamente desconcertada.
—Me… me asignaron este espacio —dijo, señalando su escritorio recién limpiado como si fuera la prueba definitiva.
Shikamaru cerró los ojos por un segundo, como pidiendo paciencia a algún dios de la lógica.
—Parece que Shizune se olvidó de darte el aviso más importante —suspiró, rascándose la nuca con gesto de profundo cansancio—. El Hokage salió a almorzar.
El rostro de Hikari se iluminó de inmediato, viendo por fin una oportunidad.
—¡Ah! ¿Necesita que ordene la documentación de su almuerzo? ¿O que le prepare un té para cuando regrese? —preguntó, dando un paso al frente con entusiasmo.
—Claro que no —la cortó Shikamaru, secamente—. Él no 'sale a almorzar'. Él desaparece a almorzar. Se toma su tiempo. A veces, hasta tres horas. Tu trabajo, —añadió, señalándola con un dedo fláccido—, es ir a buscarlo y traerlo de vuelta.
—¿Qué? —Hikari juntó las manos frente a su pecho, su confusión aumentando—. ¿El Hokage no tiene… noción del tiempo?
—¡Claro que la tiene! —exclamó Shikamaru, como si esa fuera la parte más obvia y a la vez más irritante del asunto—. Lo que pasa es que es un holgazán de cuidado. Shizune siempre tenía que salir a cazarlo como si fuera un gato rebelde y arrastrarlo de vuelta a la torre. —Se dio la vuelta para marcharse, lanzando la frase por encima del hombro como si fuera una condena—. Ahora te toca a ti. Buena suerte. Eso suena tremendamente problemático.
—¡Espere! —gritó Hikari, recuperando la voz—. ¿Dónde… dónde está?
Shikamaru se detuvo en el pasillo sin volverse.
—¿Y cómo voy a saberlo yo? Nunca almuerza en el mismo sitio dos veces seguidas. Es parte de la táctica. —Y con eso, siguió su camino, dejando a Hikari sola con una misión absurda y un sentido de la realidad tambaleante.
Hikari se golpeó suavemente las mejillas con ambas manos, como intentando despertar de un sueño absurdo.
—¡Vamos, tú puedes! —se dijo a sí misma, inflando el pecho con una determinación que no sentía del todo—. ¡Estás preparada para esto!
O al menos, eso creía con fervor en ese instante. Porque la realidad que enfrentó al salir a las calles de Konoha fue un caos de sincronización fallida. Se lanzó a los tejados, escudriñando cada restaurante con la mirada de un halcón. Revisó salones de té con nombres elegantes y pastelerías que emanaban aromas dulces. Todo empezó a parecer una broma pesada y elaborada para su primer día. Por cada lugar que ella descartaba, había un rumor entre los meseros de que un hombre con máscara y pelo plateado acababa de irse. Por una calle que ella recorría a toda velocidad, él había pasado minutos antes, tranquilo y ensimismado en sus pensamientos.
Fue una coreografía de desencuentros. Mientras ella corría como un vendaval cruzando la avenida principal, él paseaba con calma por la calle paralela, hojeando su libro sin la más mínima urgencia. Si Hikari hubiera alzado la vista en el momento preciso, habría visto el distintivo cabello plateado entre la multitud. Pero el destino, o quizás el propio universo burlón, se encargó de que sus caminos no se cruzaran.
Así pasaron horas. El sol comenzó su descenso, tiñendo el cielo de naranja y púrpura, cuando Hikari, con el uniforme polvoriento y el cabello deshecho, lo vio por fin. Allí estaba, caminando con una paz exasperante, completamente absorbido por las páginas de su libro. El atardecer se reflejaba en la portada de Make-Out Tactics.
—¡Hokage-sama! —logró gritar, jadeando, con las manos apoyadas en las rodillas y el aliento empañando el aire fresco de la tarde—. ¡Lo he estado buscando por toda la aldea!
Kakashi, sin apartar los ojos de su libro, dio vuelta una página con languidez.
—¿De verdad? —preguntó, con una voz que denotaba más curiosidad que preocupación—. ¿Y para qué?
Hikari parpadeó, sin poder disimular su total desconcierto. ¿Acaso había olvidado por completo su posición?
—¿Ah? —fue lo único que atinó a decir antes de recuperar el hilo—. Porque… porque debe volver a la torre, Hokage-sama. Se tomó… demasiado tiempo para almorzar.
—¿En serio? —Esta vez, una nota de genuina sorpresa se coló en su voz. Si no fuera porque era su primer día y él era, técnicamente, su superior, Hikari habría jurado que estaba burlándose de ella deliberadamente—. No me había dado cuenta. El tiempo vuela cuando te diviertes, ¿no? Bueno, nos vemos.
Y antes de que Hikari pudiera articular una respuesta, una protesta o tan siquiera un suspiro de exasperación, el Rokudaime Hokage desapareció en un poof característico, dejando tras de sí solo un cúmulo de humo que se dispersó rápidamente en la brisa del atardecer.
Hikari se quedó plantada en medio de la calle, mirando fijamente el espacio vacío donde él había estado segundos antes. Un suspiro profundo y cargado de toda la fatiga del mundo escapó de sus labios. No había conseguido su objetivo. De hecho, había logrado exactamente lo contrario: ahora tenía que regresar a su "oficina" con las manos vacías, derrotada no por un enemigo, sino por la evasiva pasiva-agresiva de su jefe. El primer día de trabajo prometía ser más largo de lo esperado.
El regreso por los pasillos de la torre fue una marcha lenta y silenciosa. Hikari arrastraba los pies, sintiendo el peso del fracaso en cada hueso. Tienes que mantener una actitud positiva, se repetía mentalmente, clavándose las uñas en las palmas de las manos. Esto es lo que querías. Deseabas ser útil para la aldea. Debes ser capaz de soportar este ritmo. Pero las palabras sonaban huecas contra el eco de la humillación.
—Hikari-san.
La voz la hizo detenerse en seco. La puerta de la oficina del Hokage estaba abierta. Con un esfuerzo, se enderezó la postura, se ajustó la chaqueta y entró, intentando proyectar una profesionalidad que no sentía.
—Hokage-sama —saludó, incapaz de ocultar la sorpresa y un escepticismo profundo en su mirada. ¿Era posible? ¿Había funcionado su desesperada búsqueda? Él había vuelto. —¿En qué puedo ayudarle? —preguntó, con una chispa de esperanza renaciendo en su voz.
Kakashi ni siquiera alzó la vista del documento que estaba sellando con calma.
—En nada. Mejor vete a tu casa —respondió, con la monotonía de quien da una obviedad.
El mundo de Hikari se detuvo un segundo.
—Pero… si usted sigue aquí trabajando —argumentó, confundida—. Yo debo estar aquí, para apoyarlo…
—No es necesario —su voz sonó plana, definitiva.
En ese momento, Shikamaru entró en la oficina sin molestarse en golpear, como si fuera su segunda casa.
—Vine a buscar los informes de licitación —dijo, acercándose al escritorio con su andar perezoso. Al pasar junto a Hikari, lanzó una mirada rápida que ella no supo descifrar. —Intenta no demorarte tres horas en el almuerzo la próxima vez. Es un problema logístico.
—Sí, sí… —murmuró Kakashi, juntando unos papeles más y metiéndolos en una carpeta que entregó a Nara con familiaridad.
Hikari se sintió completamente ajena, como un mueble invisible en la habitación. Era espectadora de una coreografía bien ensayada de la que ella no formaba parte.
—¿Sigues aquí? —repitió Kakashi, como si acabara de notar su presencia de nuevo—. En serio, vete a descansar.
—Ah, perdón —murmuró Hikari, forzando una sonrisa que le quemaba los labios. Hizo una pequeña y rápida reverencia—. Entonces… me retiro primero.
Kakashi hizo un gesto vago con la mano, un ademán aburrido de despedida. Shikamaru, al menos, inclinó ligeramente la cabeza en un gesto de cortesía mínima. Hikari salió de la oficina, y el sonido de la puerta cerrándose tras de sí sonó como el portazo final a sus expectativas del primer día.
Apretó con fuerza la correa de su bolso, que colgaba de su hombro como el peso de las expectativas del día. Un suspiro hondo se le escapó mientras volvía la mirada hacia la silueta imponente de la Torre Hokage, cuyas ventanas empezaban a encenderse contra el cielo crepuscular. Su primer día había sido extraño, francamente agotador y hasta humillante en partes.
Sin embargo, en el fondo de su pecho, una chispa de determinación se negaba a apagarse. No, no se daría por vencida.
Comenzó a caminar, sumergiéndose en el lento despertar de la vida nocturna de Konoha. Las luces de los puestos callejeros se encendían, el aroma de la comida se mezclaba con las risas relajadas de quienes terminaban su jornada.
Y mientras observaba la aldea que respiraba con tanta paz, recordó la verdad más profunda de su corazón: ella anhelaba ser útil para este lugar. Esta aldea, con sus calles vibrantes y su espíritu resiliente, le había dado un hogar, un propósito, una razón para seguir adelante después de los horrores de la guerra. Konoha no era solo un lugar; era el refugio que le había permitido volver a vivir. Y por ello, valía cada frustración, cada decepción, cada misión absurda.
Dobló la esquina que daba al complejo de departamentos, con la mente aún sumergida en el caos del día. El zumbido de las farolas encendidas y el eco de sus propios pasos eran su único acompañamiento. Hasta que, de pronto, cortando la quietud de la noche, reconoció unas risas familiares.
Aceleró el paso, y la confusión disipó su cansancio al encontrarse con la escena: Yuka, apoyada con desenfado contra la pared de ladrillos, se ajustaba las gafas con un gesto de suficiencia.
—Te lo dije, que saldría más temprano —declaró Yuka, con una sonrisa pícara.
—Y yo no me lo quería creer cuando lo dijiste —refunfuñó Aoi, sentada en los escalones de la entrada con los cachetes inflados en un gesto de derrota teatral. Entre ellas, en el suelo, descansaban varias bolsas de comida que emanaban un aroma delicioso y una caja de cervezas.
Hikari se detuvo, mirándolas alternativamente. —¿Qué… qué hacen ustedes aquí?
Sus amigas, en lugar de responder con palabras, alzaron triunfalmente las bolsas de comida y la caja de cervezas. La respuesta era más elocuente que cualquier explicación.
—Souta nos contó que te contrataron —anunció Aoi, levantándose y sacudiéndose el polvo del pantalón—. ¡Y creemos que es hora de celebrar!
—Bueno, técnicamente estoy a prueba —aclaró Hikari con una sonrisa tímida que buscaba esconder su propia decepción.
—¿Y eso qué importa? —intervino Yuka, acercándose para rodearla con un brazo firme y amistoso—. Eso no significa que hayas dejado de tener tiempo para tus amigas. Además —añadió, bajando la voz a un susurro cómplice—, exigimos todos los chismes de primera mano desde el corazón de la Torre Hokage.
Ante el gesto de sus amigas, la fachada de profesionalismo y resistencia que Hikari había mantenido todo el día se quebró por completo. Una sonrisa amplia y genuina, la primera de verdad en horas, iluminó su rostro.
—Está bien, está bien —cedió, fingiendo fastidio—. Yo… yo también las extrañé.
Y en ese momento, con el peso del día empezando a disiparse entre la comida, la cerveza y la compañía, supo que, sin importar los desafíos que le esperaban en la oficina, siempre tendría este refugio al que volver.
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—¿Era realmente necesario hacerle pasar ese calvario a la novata? —preguntó Shikamaru, cerrando su bolso con un gesto cansino—. Al fin y al cabo, tendrás que aceptar un asistente nuevo, te guste o no. Es un problema.
Kakashi colgó su sombrero de Hokage en el perchero con un movimiento fluido y se sacudió el pelo plateado.
—¿Y no podrías ser tú mi asistente oficial? —preguntó con una inocencia demasiado perfecta.
—Yo ya tengo un trabajo, y no incluye ser tu perro rastreador —replicó Shikamaru, buscando al tacto su cajetilla de cigarrillos en el bolsillo del chaleco—. Además, es muy problemático.
—Recuerda que está estrictamente prohibido fumar dentro de la torre —lo reprendió Kakashi, pasando junto a él y dirigiéndose a la puerta—. Y ahora, vámonos. Tengo un compromiso urgente con mi cama.
—Está bien, está bien… —murmuró Shikamaru, resignado, dejando el cigarrillo sin encender colgando de su labio. Ambos hombres salieron de la torre, sumergiéndose en la frescura de la noche estrellada. Caminaban en silencio un momento antes de que Shikamaru, con su mirada perspicaz, lo intentara de nuevo—. Te demoraste a propósito en el almuerzo, ¿verdad? Fue una prueba.
—Mmm, podría ser… —admitió Kakashi, sacando su libro del bolsillo con un movimiento familiar. Sus ojos se posaron en las letras—. La verdad es que no confío ciegamente en los nuevos ninjas que están saliendo de la academia. El mundo ha cambiado.
—Tú mismo defendías a Yurito hace unas semanas, diciendo que era uno de los chunin más prometedores —recordó Shikamaru, ladeando la cabeza con genuina confusión—. ¿No estarás siendo simplemente un cascarrabias?
Kakashi bajó su libro un centímetro.
—Dime, Shikamaru… ¿qué significa ser un ninja en estos tiempos? —preguntó, y su voz perdió por un momento su tono despreocupado, adoptando uno pensativo y serio. Lo miró de reojo—. Cada vez tenemos menos misiones de alto rango. Pronto tendremos una población de shinobi desempleados si no les conseguimos nuevos roles, nuevos propósitos.
—¿Y la chica nueva? ¿Hikari? —preguntó Shikamaru, entendiendo hacia dónde se dirigía la conversación.
—Ella es el ejemplo perfecto —explicó Kakashi, con un dejo de amargura—. Fue Chūnin durante la guerra, pero lo más probable es que su labor fuera proteger civiles, logística. No estuvo en el frente como nosotros. Ellos… nos ven como héroes de una epopeya que ya terminó. Creen que podemos ofrecerles la misma vida de aventuras que tuvimos. —Hizo una pausa y su voz se volvió lúcida y cruda—. Seamos sensatos, Shikamaru. Esa vida no va a volver. No habrá más aventuras como las de antaño, y esa chica, una Jounin recién graduada, está ilusionada con un trabajo que, en el fondo, está dejando de existir.
—Debe haber una razón por la que pasó todas las pruebas del consejo—argumentó Shikamaru, tocándose el mentón pensativo—. No es cualquier ilusa.
—Puede que sí —concedió Kakashi—. Pero también hay que ver el resto. —Una arruga de genuino desconcierto apareció en su frente—. ¿Viste esa chaqueta…esa bomber de colores chillones? ¿Desde cuándo eso es parte del uniforme ninja? Parece más bien una turista.
Shikamaru no pudo evitar una sonrisa lenta y comprensiva mientras se sacaba el cigarrillo de la boca.
—Así que esa es la verdadera razón detrás de tu maldad hoy. No es solo el miedo al cambio… es que su sentido de la moda ofende tu sentido tradicionalista, ¿no es así?
Kakashi no respondió. Simplemente volvió a levantar su libro, pero el leve rubor en la punta de sus orejas, apenas visible a la luz de la luna, fue toda la confirmación que Shikamaru necesitaba.
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—El Rokudaime es... un hombre peculiar, sin duda —comentó Yuka, dejando su botella de cerveza con un golpe seco. Se rascó su corto y práctico cabello negro—. Lo que me sorprende es que la aldea no se desmorone con un Hokage que considera el almuerzo una misión de larga duración.
—Yo creo que es una prueba —confesó Hikari, hablando entre bocado y bocado de un dumpling—. Una prueba extraña y frustrante, pero una prueba al fin. En la ceremonia de Jounin, todos los altos mandos lo trataban con un respeto... no por el cargo, sino por quien es. Eso tiene que significar algo.
—Si esto es una prueba, es francamente cruel —refunfuñó Yuka, ajustando sus gafas con un gesto de fastidio que hacía brillar los lentes—. Pasaste todas las evaluaciones formales del consejo. Estás más que calificada. —Se arremangó el chaleco de shinobi, mostrando el tono musculado de su brazo en un gesto de falsa amenaza—. Si no te tratan como mereces, se las verán conmigo. Prometo hacerles el papeleo más engorroso que hayan visto.
—Estás siendo un poco dramática, Yuka-chan —la voz suave de Aoi surgió entre un crujido de pollo frito, que luego enjuagó con un sorbito delicado de cerveza—. Si Hikari-chan dice que está bien, es porque su corazón es fuerte y puede con ello. Nosotras sólo debemos confiar en que el Hokage, con el tiempo, verá la misma luz que nosotras vemos en ella.
—Siempre tan dulce y optimista. A veces dan ganas de vomitar —bufó Yuka, pero sin poder evitar una sonrisa. Con un gesto inesperadamente tierno, le arregló el cintillo de skincare en el cabello a Hikari—. Pero en el fondo, tiene razón. Recuerda que, pase lo que pase en esa torre, siempre nos tienes a nosotras. Somos tu retaguardia.
—Gracias, chicas… —Hikari sonrió, y esta vez la tristeza se mezcló con un calor genuino en su pecho—. De verdad, son las mejores. Y les voy a demostrar, a él y a todos, de lo que soy capaz.
—¡Esa es la actitud, Hikari-chan! —exclamó Aoi, alzando un pincho de takoyaki como si fuera la espada de un legendario héroe, su voz llena de una fe inquebrantable—. ¡Tú puedes con esto y con mucho más!
