Chapter Text
—¿Qué está pasando? ¿Por qué seguimos aquí sin movernos? —reclamó Souta al líder de su escuadrón, con impaciencia—. Tenemos una misión de rastreo asignada, no podemos darnos el lujo de perder más tiempo.
—Las órdenes directas del jefe de la organización —explicó el hombre de complexión robusta, cruzando los brazos—. Aún no tenemos claros los detalles.
—No quiero que esto me robe mi tiempo libre —refunfuñó Souta, acercándose al resto de su equipo con visible mal humor—. Espero que al menos podamos ir al bar después de terminar este trabajo.
—Eso no se discute —respondió Yua con una sonrisa pícara, ajustándose la máscara—. Pero primero, concentrémonos en lo que viene.
Sin embargo, la sonrisa que había florecido en el rostro de Yua se desvaneció tan rápido como había aparecido cuando sus ojos captaron el movimiento en la entrada del salón principal. Desde la galería del segundo piso, reconoció de inmediato a Hikari.
Iba vestida con un atuendo que rompía por completo con el contexto habitual: una blusa floreada de color rosa sin hombros y pantalones blancos que acentuaban sus muslos y se cortaban a la altura de las pantorrillas, dejando ver sus tobillos. Su cabello rubio, que siempre llevaba recogido cuando trabajaba de Jounin, ahora caía en ondas sueltas y libres sobre sus hombros.
Se veía radiante, con una sensualidad fresca y despreocupada. Incluso sus zapatos ninja, aunque tácticos, tenían una plataforma que los hacía verse demasiado estilosos para ser un equipo shinobi convencional. Souta se quedó boquiabierto. Esa no era la Hikari meticulosa y formal que él conocía.
—¿Qué hace ella aquí? —preguntó Yua con un tono cargado de acidez.
No obstante, la voz del líder de su escuadrón sonó detrás de ellos, firme y autoritaria.
—El Hokage ya ha llegado. Diríjanse a la sala de preparación. Yo me reuniré con los demás líderes —era cierto. Abajo, Hikari se acercaba al jefe de la división de inteligencia junto a Kakashi, intercambiando saludos con una sonrisa segura y un porte profesional que parecía amplificar, en lugar de contrarrestar, el impacto de su nueva imagen.
Souta tragó en seco, sintiendo cómo una oleada de calor le recorría el cuerpo. La irritación y una molestia profunda se apoderaron de él. Ver esa versión de Hikari, tan distinta y a la vez tan auténtica, le hacía sentirse inexplicablemente incompetente. Ella siempre había sido indomable, rebelde y extrovertida, pero ahora esa esencia no solo permanecía, sino que se había amplificado, resplandeciendo en cada uno de sus gestos y en esa sonrisa radiante que nunca le había dirigido a él.
Apretó los puños con tanta fuerza que las uñas se le clavaron en las palmas, marcando medias lunas rojas en su piel. Su mirada se nubló de rabia cuando vio cómo el Hokage se inclinaba hacia ella para susurrarle algo al oído, y Hikari, lejos de apartarse o guardar las distancias, parecía completamente cómoda, casi natural, a su lado. Eso era lo que más le quemaba por dentro: saber que su ex no solo había conseguido un trabajo mejor que el suyo, sino que además parecía más feliz que nunca sin él.
—Souta —la voz de Yua sonó a su lado, teñida de preocupación—. Vamos, tenemos que prepararnos.
Él chasqueó la lengua con fastidio y se giró de manera brusca, encaminándose hacia la estancia asignada sin mirar atrás.
***
—¿Puedes encargarte de eso? —Kakashi se apartó lo justo para que su mirada se encontrara con la de ella.
—¡Déjemelo a mí! —respondió Hikari con un gesto enérgico del pulgar, los ojos brillando con determinación.
—De acuerdo. Cuando lo consigas, entra directamente a la reunión. No necesitas pedir permiso —le indicó, proyectando una calma que contrastaba con la gravedad de la situación.
Hikari asintió con firmeza y, en un instante, desapareció del lugar con la fluidez de una sombra, dejando a Kakashi observando el espacio vacío que dejaba atrás con una expresión que oscilaba entre el orgullo profesional y algo más personal, más cálido.
La situación era más crítica de lo que habían anticipado. Hikari se movía como un susurro entre los pasillos del cuartel ANBU, apareciendo y desvaneciéndose entre las sombras con una fluidez innata. Los pergaminos estaban siendo contrabandeados desde el propio cuartel hacia el País del Hierro, una nación aliada durante la Cuarta Guerra, pero la información, en realidad, terminaba en manos de samuráis renegados de ese mismo territorio.
La pregunta que ardía en el aire era simple y letal: ¿quién estaba dando la orden?
Hikari se ocultó detrás de un muro de piedra, conteniendo la respiración mientras estudiaba la cámara de vigilancia que barría el pasillo con su lente impersonal. Si lograba neutralizarla, podría ingresar a los ductos de ventilación y espiar la reunión del Hokage con mayor libertad. Recordó las palabras que Kakashi le había susurrado al oído, tan cerca que su aliento había rozado su piel:
—Si entras directamente a la reunión, pueden volverse más precavidos ante una presencia extraña. Investiga desde el exterior y observa quién está ocultando el pergamino —su voz, grave y serena, aún resonaba en su mente—. Debemos detenerlo antes de que salga de la aldea.
Con un movimiento rápido y preciso, lanzó uno de sus kunais especiales, imbuidos con su chakra eléctrico, directo hacia la cámara. Sin embargo, en lugar de destruirla y llamar a una alerta inmediata en la sala de vigilancia, el arma se transformó en un clon suyo en el aire. El clon desvió suavemente el lente de la cámara hacia la dirección opuesta, ganando así unos preciosos minutos antes de que alguien notara la anomalía y reajustara el ángulo.
Mientras su clon se ocupaba de la cámara, la verdadera Hikari se deslizó como una sombra hacia la rejilla de ventilación, desmontándola con manos expertas. Una vez dentro del frío ducto metálico, su clon volvió a colocar todo en su lugar antes de desvanecerse en una leve nube de humo.
—Debí atarme el cabello antes de entrar —murmuró para sí, exasperada, mientras una mecha rubia le rozaba la mejilla y avanzaba agachada por el estrecho pasadizo.
Se arrastró por el polvoriento ducto sin importarle que sus impecables pantalones blancos se fueran manchando de polvo y óxido, hasta alcanzar la rejilla que daba directamente sobre la oficina donde se llevaba a cabo la reunión. Divisó a cada uno de los líderes de escuadrón desplegados alrededor de la mesa de conferencias, hasta que su mirada se posó en su jefe, sentado en la cabecera con una aparente calma.
—Con todo respeto, Taro-san —intervino uno de los jefes de escuadrón, rompiendo el silencio—. Nos sorprende que haya solicitado la paralización de todas las misiones por hoy. Estamos perdiendo ingresos y, si nos retrasamos un día completo, la acumulación de pendientes será insostenible.
—Comprendo su preocupación —respondió el jefe de la división de inteligencia, un anciano de cabello canoso y largo recogido en una coleta baja—. Pero era necesaria la presencia del Hokage para esta reunión… ¿no es así, Hokage-dono?
—Así es —asintió Kakashi con serenidad—. Yo fui parte de esta facción ninja hace mucho tiempo, y he notado que varias cosas han cambiado para bien… y otras no tanto.
Esa era su señal. Hikari sabía que Kakashi estaba alargando la conversación deliberadamente, dándole el tiempo necesario para identificar al traidor que ocultaba el pergamino. Aunque, pensó con un dejo de ironía, habría sido mucho más fácil solicitar la ayuda de un Hyuuga para esta tarea. Pero, según su jefe, la presencia de alguien capaz de ver a través de la ropa y los objetos habría sido demasiado obvia, alertando al culpable antes de tiempo.
—Pero la misión del ANBU siempre ha sido proteger a la aldea desde las sombras —Kakashi se acomodó en su silla, con una calma estudiada—, evitando conflictos entre aldeas y civiles. Desactivando amenazas antes de que estallen y traigan repercusiones para Konoha.
—Y lo hemos hecho —intervino una de las líderes de escuadrón, su voz firme pero con un dejo de preocupación—. Desde que usted asumió como Hokage, hemos trabajado para mantener esa visión, alejándonos de la oscuridad que este trabajo suele atraer. Por eso me permito preguntarle: ¿hemos hecho algo mal?
Kakashi entrecerró los ojos ligeramente, escaneando los rostros alrededor de la mesa en busca del más mínimo indicio de nerviosismo o culpa. Sin embargo, tras un momento, dejó escapar un suspiro casi imperceptible.
—Buscaremos reformar el ANBU —declaró, con una voz que resonó con determinación en la sala—. Cambiaremos el paradigma y las condiciones de trabajo. Como dices, debemos alejarnos definitivamente de ese pasado oscuro que alguna vez caracterizó a la organización.
—¿Cómo planea hacerlo? —preguntó otro de los líderes, frunciendo el ceño—. Y, si me permite, ¿es realmente necesario discutir esto ahora?
—Por supuesto que lo es —intervino Taro con firmeza—. Saldrán a misiones bajo un nuevo marco de valores, y eso podría generar confusión en sus equipos si no están debidamente preparados.
—Pero no podemos cambiar la mentalidad de las personas de un día para otro —objetó otro líder, sacudiendo la cabeza—. Ya es repentino para nosotros, imagínense para nuestros subordinados.
—El Hokage y Taro-san tienen razón —por fin habló el líder del escuadrón de Souta, el hombre corpulento que mantenía los brazos cruzados—. Si queremos servir verdaderamente a la aldea, nosotros debemos ser los primeros en adoptar este nuevo pacto de pensamiento. Debemos convertirnos en el ejemplo que nuestros equipos necesitan.
Sin embargo, toda la habitación quedó sumida en un silencio tenso cuando un sonido metálico, agudo y rápido como un relámpago, irrumpió en la sala. Hikari había materializado a su lado, con su tantō empuñado y la punta firmemente presionada contra el cuello del corpulento hombre, Nobura.
—¿¡Qué diablos!? —gritó uno de los ninjas, desenvainando su arma al instante. Los demás lo imitaron, apuntando sus kunais y espadas hacia Hikari, quien se mantenía impasible, con la mirada fría y determinada—. ¡Aléjate de Nobura-san!
—¿Cómo sabe que es él, Hokage-dono? —preguntó el jefe de la división, Taro, con una calma que contrastaba con la escena.
Kakashi se reclinó en su asiento, observando la situación con aparente desapego.
—Ella tendrá sus razones, ¿no es así, Hikari? —la ninja asintió con un movimiento casi imperceptible de la cabeza, sin apartar los ojos de su objetivo.
—¡¿Y esta es su nueva doctrina?! —estalló la líder de escuadrón, con voz cargada de indignación—. ¿Tratarnos como si fuéramos delincuentes?
—Saque el pergamino, por favor —solicitó Hikari con una cortesía que contrastaba con la hoja afilada que presionaba contra el cuello del hombre. Los líderes presentes se miraron entre sí, la confusión dibujada en sus rostros. Nobura suspiró, un sonido pesado y resignado, y con movimientos lentos extrajo dos pergaminos de su riñonera.
—¿Qué es eso? —preguntó uno de sus aliados, con la voz entrecortada por la incredulidad.
—Es la información que el jefe de escuadrón ha estado filtrando a los samuráis renegados del País del Hierro —explicó el Hokage, cruzando los brazos con una calma que parecía tallada en hielo—. ¿No es así, Nobura-san?
—No puede ser —protestó otro líder, palideciendo—. ¿Qué has hecho?
—Los ANBU desapareceremos tarde o temprano, Hokage-sama —habló Nobura con lentitud, sus ojos oscuros fijos en un punto lejano, como si reflexionara en voz alta—. ¿Es un crimen que me preocupe por el futuro de mi gente?
—Por supuesto que no —respondió Kakashi con un humor seco—. El problema es que solo estás salvando tu propio pellejo con estas misiones falsas. Arriesgas a tu escuadrón enviándolos a misiones inexistentes, robas a la aldea con pagos ficticios que nunca llegan a nuestras arcas… todo para asegurar tu huida cuando el sistema colapse.
—Eres un desgraciado, Nobura —la líder del escuadrón apretó los dientes con tanta fuerza que parecía que podrían quebrarse. Clavó su kunai en la mesa con un golpe seco que resonó en la sala—. Después de todos estos años, has estado jugando con nosotros. Vendiendo información… y solo los dioses saben qué más.
—¿Crees que este sistema no colapsará? —alzó la voz, desafiante—. Nos terminarán enviando a remodelar casas, a cuidar ciudadanos… incluso nos rebajarán a ser tratados como simples Jōnin.
—Prefiero eso antes que ser una traidora —le espetó la líder con una fuerza que cortó el aire—. No puedes ser tan malagradecido y renegar de la mano que te dio de comer.
—¡Nosotros somos quienes les damos de comer! —replicó él, con amargura.
—Por escorias como tú es que se pudre nuestro sistema desde dentro —escupió ella, con desprecio—. Hokage-sama, le ruego nos disculpe, pero tuvo toda la razón en detener las misiones. Solo los dioses saben lo que habría pasado si esos pergaminos hubieran llegado al País del Hierro.
—Lo que sí sabemos —intervino Hikari, con una calma que contrastaba con la tensión en la sala— es que Nobura está conspirando con los samuráis renegados para orquestar un golpe de estado en ese país. Su participación arrastraría a Konoha, culpándonos de intervencionismo… eso afectaría gravemente la paz que tanto nos ha costado construir, ¿no es así, Nobura-san?
—Mal nacido —murmuró otro de los ninjas, con desprecio.
—Hokage-dono, seguiremos sus órdenes al pie de la letra —intervino Taro, levantándose de su asiento. Kakashi lo imitó, su figura proyectando una autoridad silenciosa pero innegable.
—Se realizarán interrogatorios a todos los equipos —declaró Kakashi, con voz clara y firme—. Pero el equipo de Nobura permanecerá confinado. Debemos determinar si alguien más estaba involucrado.
—Así se hará, Hokage-dono —asintió Taro, y luego, elevando la voz, gritó hacia la puerta—: ¡Guardias!
La puerta se abrió de golpe, revelando a un grupo de ninjas de refuerzo junto a Ibiki Morino. El temido jefe del Departamento de Interrogatorios se acercó con pasos pesados para tomar los pergaminos incautados, mientras sus subordinados procedían a detener a Nobura, quien, resignado, no opuso resistencia. Hikari dio unos pasos atrás, desvaneciéndose en segundo plano con la elegancia de quien sabe que su parte ha concluido, permitiendo que la maquinaria de la aldea tomara el control de la situación.
Se acercó a su jefe manteniendo una distancia profesional, esperando en silencio cualquier nueva indicación. Los demás líderes de escuadrón se congregaron a su alrededor, visiblemente afectados por la traición que acababa de salir a la luz.
—Apoyaremos todo el proceso de investigación, Hokage-sama —declaró uno de los ninjas, con firmeza.
—Es increíble cómo lograron descubrirlo a tiempo —comentó la líder, sacudiendo la cabeza con un dejo de preocupación—, pero la verdad es que esto nos tiene intranquilos. Tememos que algo así pueda volver a ocurrir.
—Para evitar que se repita, debemos actuar siempre con rectitud y en beneficio de la aldea —reflexionó el Hokage, su voz serena pero cargada de convicción—. Servimos a nuestra gente. Actuar movidos por el egoísmo solo siembra miedo y rencor, y eso, al final, nos destruye a todos.
—Pero ¿cómo supieron que era él? —preguntó otro de los líderes, dirigiéndose a Hikari—. Nunca hizo nada sospechoso que lo delatara abiertamente.
—La verdad es que sí lo hizo —respondió ella, pensativa, mientras intentaba sacudir el polvo de sus pantalones blancos—. Todos ustedes actuaron según lo esperado.
—Explícate, por favor.
—Si alguien te propone algo que parece absurdo, lo natural es reaccionar con sorpresa e incomprensión —señaló, alzando un dedo—. Todos estaban desconcertados por la reunión con el Hokage y sus palabras; era una petición difícil de procesar y replicar de inmediato a sus escuadrones. Pero… —su mirada se perdió por un instante, como si reconstruyera la escena—. Nobura sabía que si se mostraba de acuerdo con la propuesta del Hokage, no solo ganaría su confianza, sino que también podría convencerlos a ustedes más rápidamente. Así, la reunión no se alargaría y él podría salir de la aldea a tiempo. Sabía que apoyar sus palabras —miró a Kakashi— era la forma más efectiva de evitar sospechas.
—Bastante brillante, niña —comentó Taro, con una mirada de genuino respeto—. Gracias por su intervención, Hokage-dono —se inclinó hacia Kakashi, y todos los ninjas presentes imitaron el gesto en un acto espontáneo de gratitud.
—No es necesario que hagan eso —Kakashi sonrió, con un dejo de incomodidad—. Es nuestro deber cuidar de nuestros ninjas.
—Y se nota todo el esfuerzo que hace por ello, Hokage-dono —sonrió el jefe de la división, antes de volverse hacia la joven asistente—. Si en algún momento quisieras unirte al ANBU, las puertas están abiertas para ti.
—Ya postulé… como tres veces —admitió ella, desviando la mirada con timidez.
—¿Y qué pasó? Veo que tienes todas las habilidades necesarias —insistió Taro, con curiosidad.
—Pues… —removió el suelo con la punta del zapato, avergonzada. ¿Cómo explicar que siempre la habían considerado demasiado "blanda" para las misiones más oscuras del ANBU?
—Su puesto era este —intervino Kakashi, con una sonrisa serena pero llena de confianza—. Ella tenía que estar justo aquí.
Hikari sintió que el corazón se le detenía por completo ante las palabras de su jefe.
La risa de Taro, cálida y resonante, solo logró aumentar el rubor en las mejillas de Hikari.
—Pero no se aproveche de ella —lo reprendió el anciano con un tono juguetón, como si hablara con un niño—. Tiene un diamante en bruto a su lado. Ella podría ayudarle a hacer de esta aldea algo más que grande en el futuro.
—Sé que será así —Kakashi se volvió hacia ella, y su sonrisa, tan cálida y genuina, le hizo sentir que el mundo se detenía por un instante.
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Por supuesto, el trabajo que siguió al escándalo fue una montaña de reuniones e informes que el Hokage debía completar, y en los que Hikari tuvo una participación crucial: recopilar datos, filtrar información e incluso coordinar citas para los interrogatorios. Todo dentro del plazo estricto de diez días hábiles que marcaba el protocolo anticorrupción de la aldea.
Agradeció que Sai hubiera terminado su luna de miel justo a tiempo para acudir al rescate del equipo del Hokage, apoyando desde su rol dentro del ANBU. Hikari lo acompañó en varias visitas a la división de inteligencia para los interrogatorios. Lo peor fue descubrir que uno de los equipos bajo vigilancia era el de su ex, Souta, lo cual le hizo desarrollar un molesto tic en el ojo cada vez que lo recordaba.
—Estamos listos, Hikari-san —informó Sai. Ya había anochecido, y ambos ninjas salían del edificio de la división de inteligencia tras finalizar los últimos interrogatorios—. El Hokage mencionó que puedes considerar tu jornada concluida.
—Eso es bueno —respondió ella, estirando la espalda con un suave gemido de alivio—. Entonces nos vemos en la reunión del miércoles. Gracias por tu ayuda hoy.
—Nos vemos —asintió Sai, haciendo una leve pero formal reverencia.
—¡Oh! Y por favor, mándale mis saludos a Ino —agregó Hikari con una chispa de alegría genuina en la voz, mientras comenzaba a alejarse en la dirección opuesta.
La noche estaba impregnada por el brillo neón de los restaurantes y bares que bordeaban la calle. Sentía el peso del agotamiento en cada músculo, pero aun así, una sonrisa se dibujó en sus labios. Agradecía estas noches de verano, donde el aire cálido le permitía llevar una blusa ligera y una falda que se mecía con cada paso, rozando sus piernas un poco por encima de las rodillas, liberadora y fresca.
Sólo quedaban un par de reuniones para dar por concluida la investigación. Aunque el Hokage no estaba directamente a cargo del proceso, ella se sentía responsable de participar activamente, dado que había sido parte fundamental de la misión encubierta.
Eso, sin embargo, había significado no ver a su jefe en toda la semana. Extrañaba sus bromas sutiles, esos momentos de distracción en los que él confundía archivos a propósito, y las tardes en que se sentaban a conversar sobre cosas triviales que, de algún modo, nunca lo eran.
Al menos mañana volvería a la oficina del Hokage, así que necesitaba pensar qué sería lo más apropiado para usar en su regreso como asistente. Se detuvo en seco, perpleja ante su propio pensamiento infantil. ¿Desde cuándo necesitaba "preparar" un atuendo para un trabajo que había desempeñado durante meses? Se llevó una mano a la frente, avergonzada. Estaba siendo completamente irracional. Siempre se había preocupado por vestir bien, eso era cierto, pero ahora…
Ahora quería que su jefe le prestara atención.
—¡Con que ahí estás! —una voz ebria y familiar cortó la noche detrás de ella. Al girarse, encontró a Souta tambaleándose, con la mirada vidriosa y el alcaraveado. Respiró hondo y decidió ignorarlo, apretando el paso—. ¡Oye! ¡Te estoy hablando!
—¡Qué ruidoso para ser tan tarde! —se tapó los oídos exageradamente y aceleró aún más, sintiendo sus pasos torpes pisándole los talones—. ¿Por qué siempre me lo cruzo en los peores momentos? —murmuró entre dientes, con fastidio.
—¡No pienses que puedes huir de mí! —la señaló con un dedo tembloroso, la voz cargada de rencor—. ¡Te estoy hablando, maldita asistente entrometida!
Fue entonces cuando ella se detuvo en seco. Con un movimiento brusco, lo tomó del brazo y lo arrastró hacia un callejón cercano, empujándolo contra la pared de ladrillos con una fuerza que sorprendió incluso a ella misma, liberando toda la ira que había estado acumulando desde el primer instante en que escuchó su voz.
—¿Qué demonios quieres, Souta? —le espetó entre dientes, mientras sus ojos violetas, iluminados por los neones de la calle, relucían con una intensidad gélida que lo dejó paralizado—. ¿De verdad no tienes nada mejor que hacer que amargarme la existencia?
—¡Eso! ¡Esa es la actitud! —escupió él, con una risa amarga—. Crees que el mundo gira alrededor de ti, ¿verdad? Pero no eres más que una maldita ególatra que se dedica a arruinarle la vida a los demás.
—¿De qué estás hablando? —replicó, dando un paso atrás con fastidio—. Yo no soy quien anda persiguiendo a su ex por la calle, borracho y patético.
—¡Al menos yo no dejé a un escuadrón entero sin poder trabajar, maldita arpía! —avanzó tambaleándose, adentrándose más en el callejón. Hikari suspiró, pasándose una mano por la frente, ya exhausta.
—¿Es por eso? No los dejamos sin trabajo —aclaró, gesticulando con las manos—. Solo es una pausa temporal mientras termina la investigación. Es un protocolo estándar.
—¡Estamos sin ingresos! —rugió él.
—Sin el bono de ANBU —lo corrigió, cruzando los brazos con firmeza—. Todavía reciben su sueldo base de Chūnin. Y créeme, si no tienen nada que ocultar, esto se resolverá mucho más rápido de lo que imaginas.
—¡Ese es tu maldito problema! —rugió, con la voz cargada de rencor—. Siempre te crees mejor que todos, la gran salvadora de los ninjas desvalidos.
—Souta, ¿qué estás diciendo? Yo solo hago mi trabajo —replicó ella, entre confundida y molesta, conteniendo la frustración que le hervía en el pecho.
—¡Tu trabajo es ser una simple asistente! —se le acercó tambaleándose, señalándola con un dedo acusador—. De esas que sirven café y se sientan en las faldas de su jefe. Pero no, tú no te conformas con eso; además de acostarte con el Hokage, también te las das de justiciera.
—No tienes idea de lo que dices… —apretó los mandíbulas, sintiendo cómo el enojo le tensaba cada músculo.
—¡Lo he visto todo! —la tomó bruscamente de los brazos, sacudiéndola con fuerza—. Ese puesto tuyo nunca fue un logro profesional. Solo fue tu trampolín. Primero te hiciste la amante del Hokage, sonriéndole como una zorra para luego colarte en la división de inteligencia, porque sabías que nunca serías más que una Jōnin mediocre. Eres más astuta de lo que creía.
Pero entonces, un sonido seco y contundente cortó el aire: la cachetada que Hikari le propinó resonó en el callejón. Las lágrimas brotaron de sus ojos sin permiso, no de tristeza, sino de rabia pura, ardiente, ante la injusticia de cada palabra que él había escupido.
—Yo… jamás me he acostado con el Hokage —logró decir, esforzándose por mantener la voz firme a pesar del temblor que sentía en el pecho—. Y en cuanto a la investigación, solo seguí órdenes. Que haya corrupción en tu institución no es culpa mía. Mi deber es acompañar al Hokage en todo lo necesario para que esta aldea prospere… así que no vuelvas a insinuar que he hecho algo tan bajo como aprovecharme de mi cargo.
—Cuando te vi ese día en el cuartel… —comenzó Souta, con voz más lenta y grave, llevándose la mano a la mejilla aún enrojecida—, vi cómo tus ojos brillaban. Eras otra persona, no la mujer con la que estuve… te veía feliz, segura de ti misma, llena de una ambición y una luz que jamás vi cuando estábamos juntos.
—¿Eso… eso es lo que tanto te molesta? —su voz se quebró, incapaz de disimular el dolor punzante que le atravesaba el pecho.
—La verdad… fue darme cuenta de que eres de esas mujeres que solo se aprovechan de los demás —la miró con altivez, el pecho aún agitado por la ira contenida—. Solo te importa tu vida, tu carrera, y por eso nunca podrás amar de verdad a alguien más… ni nadie podrá amarte a fondo. ¿Crees que alguien querría estar con una mujer que abandona a su novio por su trabajo? Estás sola, Hikari… y te quedarás así, porque tu egoísmo es más grande que cualquier sentimiento.
Souta se dio la vuelta con brusquedad y se marchó, dejándola sola en la penumbra fría del callejón. Hikari sintió cómo algo se resquebrajaba en su interior, algo frágil y esencial. Se tapó el rostro con las manos, ahogando los sollozos que amenazaban con escapar, pero las lágrimas rodaron libres, calientes y amargas, revelando una herida que iba mucho más allá del orgullo herido. Se dejó caer en cuclillas contra la pared áspera, abrazándose las piernas, sintiéndose miserable y, por un instante que pareció una eternidad, terriblemente sola bajo la fría y distante luz de la luna.
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Kakashi había terminado otro día de trabajo, uno que podía calificar como particularmente monótono. Había intentando sobrevivir con Yurito como asistente temporal, pero su torpeza innata para las tareas administrativas lo llevó a reasignarlo a otros quehaceres después del primer día, insistiendo en que podía manejar todo perfectamente sin Hikari.
Le tomó exactamente dos días admitir, en la intimidad de sus pensamientos, que quizás Hikari era demasiado eficiente, o que él era un desastre completo sin ella. Optó por creer lo primero, por el bien de su amor propio. Pero no podía engañarse: extrañaba sus conversaciones triviales, aquellos atuendos extravagantes que iluminaban la oficina, y sobre todo, esa risa nerviosa que solo él conseguía arrancarle con sus bromas tontas.
Solo había alcanzado a ver la punta de su nariz cuando coincidieron brevemente en el cuartel durante una reunión con el jefe de la división. A veces, el rastro de su perfume floral se le cruzaba en un pasillo, o vislumbraba el vuelo de la falda de su vestido al doblar una esquina, lo suficiente para que se preguntara qué habría elegido ponerse ese día.
Mientras caminaba bajo las luces tenues de la noche en Konoha, se sintió ridículamente ingenuo por tener una parte de sus pensamientos permanentemente reservada para Hikari. Suspiró, y el sonido se perdió en el aire tranquilo. Él era mayor, y ella tenía un mundo entero por delante para explorar y crecer. Además, él estaba lo suficientemente marcado por la vida como para saber, con certeza, que cualquier sentimiento que albergara solo terminaría empañando esa sonrisa cálida que ella le regalaba cada mañana.
—Mi deber es acompañar al Hokage en todo lo necesario para que esta aldea prospere… así que no vuelvas a insinuar que he hecho algo tan bajo como aprovecharme de mi cargo.
Kakashi se detuvo en seco al reconocer la voz de su asistente. Con las manos en los bolsillos, giró sobre sus talones, escaneando la calle atestada de gente que disfrutaba de la vida nocturna. El rumor de las conversaciones y las risas dificultaba ubicar el origen. Avanzó unos pasos, y la voz de Hikari se hizo más clara, seguida por otra voz masculina que lo heló.
—¿Crees que alguien querría estar con una mujer que abandona a su novio por su trabajo? Estás sola, Hikari… y te quedarás así, porque tu egoísmo es más grande que cualquier otra cosa.
Esta vez, la ubicó con precisión. Se deslizó hacia un lado, refugiándose en el escaparate iluminado de una tienda, justo a tiempo para ver a ese fastidioso ANBU de cabello castaño alejarse del callejón adyacente con aire de suficiencia.
Su mirada se desvió entonces hacia la boca del callejón oscuro. Y allí estaba ella: Hikari, acurrucada entre cajas de cartón y bolsas de basura, con el rostro enterrado en sus manos y los hombros sacudidos por un llanto silencioso. Una parte de él, la racional, le recordó que no debía intervenir. Era su horario libre, su vida privada. Ella era fuerte, superaría esto. Lo sensato era seguir camino a casa y actuar como si no hubiera visto nada.
Y así lo intentó. Dio media vuelta y retomó su camino, convenciéndose a sí mismo de que mañana, cuando ella volviera al trabajo, todo habría vuelto a la normalidad.
O eso creyó, hasta que se encontró empujando la puerta de una tienda de conveniencia, con las manos ya ocupadas por un puñado de pañuelos de papel, dos latas de té caliente y una bolsita de esos dulces extrañamente coloridos que él jamás comería, pero que le habían visto robar a ella alguna vez del frasco de la recepción.
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Se le encogió el alma al pensar que las palabras de Souta habían logrado filtrarse bajo su piel. No estaba enfadada con él, sino consigo misma, por permitir que esa debilidad la atravesara, por admitir, aunque fuera por un segundo, que quizás tenía razón. Que era egoísta por anhelar la vida que siempre había querido, por desear ser reconocida por todo lo que había superado, por negarse a ser solo un número más en la historia de la aldea.
—Se te ensuciará la ropa si sigues ahí —esa voz, serena y familiar, la hizo tensarse de inmediato. Ay, no, pensó, con un hundimiento en el pecho. Justo cuando creía que la noche no podía empeorar, allí estaba su jefe, siendo testigo de cómo lloraba acurrucada entre la basura y la sombra. Una sensación de patetismo absoluto la envolvió por completo.
Se levantó rápidamente, sacudiendo el polvo de sus rodillas con movimientos nerviosos, apoyándose contra la pared como si esta pudiera tragársela en cualquier momento. Evitaba mirarlo directamente, los dedos jugueteando entre sí mientras intentaba contener los últimos sollozos que aún le sacudían el pecho.
—Ten —él le acercó un pequeño paquete de pañuelos de papel con un gesto tranquilo. Hikari los miró por un instante, como si no comprendiera del todo su presencia, antes de tomarlos con manos que aún le temblaban levemente.
—Gracias… —murmuró, sintiendo cómo la vergüenza le teñía las mejillas de un calor intenso. Se secó el rostro con cuidado, consciente de que sus ojos debían estar hinchados y rojos, su vulnerabilidad completamente expuesta.
—Hay un mirador por aquí cerca —comentó él, con una naturalidad que sonaba a salvavidas arrojado en medio de un naufragio—. La vista de la aldea de noche es bastante clara. ¿Te gustaría ir?
Ella juntó todo el valor que le quedaba para articular una negativa educada, para retirarse con algo de dignidad, pero cuando alzó por fin la vista y se encontró con esos ojos oscuros y serenos que la observaban sin juicio, con una paciencia infinita, las palabras se le transformaron en un suspiro que liberaba parte del peso en su pecho.
—Me encantaría… —logró decir, y por primera vez en toda la larga y dolorosa noche, sintió que volvía a respirar de verdad.
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—¿Así que… Souta? —preguntó Kakashi con una sonrisa ligera mientras caminaban. Hikari rodó los ojos, ya un poco más tranquila, y bebió un sorbo del té caliente que él le había dado.
—Es una historia larga —respondió con un gesto de fastidio, aunque una esquina de su boca se curvó levemente.
—Me lo imagino, y tampoco es asunto mío —se encogió de hombros con naturalidad—. Pero me pareció familiar… ¿no era el ANBU que nos escoltó en el primer viaje a Suna?
—Sí, él es —admitió con una sonrisa amarga.
—¿Y en ese entonces ya eran…?
—No, para nada —negó con una mueca tan genuina de desagrado que Kakashi no pudo evitar reírse—. Ya habíamos terminado. Lo que no esperaba era encontrármelo otra vez justo ahora.
—Ah, pensé que aún lo eran. Se la pasaba muy pendiente de ti durante esa misión —comentó él, entrecerrando los ojos con picardía.
—Ni te imaginas —suspiró, olvidándose por completo de la formalidad—. Después de lo de esta noche, confirmo que está completamente fuera de sí.
—El problema nunca es el dolor de un hombre —dijo Kakashi con sencillez, llegando al mirador para apoyarse.
—Entonces, ¿qué es?
—El orgullo —respondió con una sonrisa comprensiva—. Él debe ser de esos que se sienten inferiores y, por eso, buscan arrastrar a los demás a su miseria. Tú, al parecer, le diste justo donde más le duele: seguiste adelante sin mirar atrás.
Hikari se mordió el labio pensativa, contemplando el horizonte nocturno de la aldea extendiéndose a sus pies.
—Con esto solo me queda claro lo que él decía… —apretó la baranda, balanceándose ligeramente.
—¿Qué cosa?
—Que nadie puede amar a una mujer que sigue adelante sin ayuda —lo miró de reojo, solo por un instante, antes de que ambos volvieran a frente al paisaje.
—Esas son las peores.
—¡Oye! —se giró hacia él con una fingida indignación, aunque podía ver la sonrisa que se escondía bajo su máscara—. ¿No estarás hablando en serio?
—Lo digo muy en serio —respondió, conteniendo la risa con evidente dificultad—. Solo piénsalo, ¿qué hombre en su sano juicio querría a una mujer independiente, inteligente, valiente, con sentido del humor y encima con buen gusto? —Hikari sintió que cada palabra ablandaba un poco más el nudo en su pecho—. Ese tipo de mujeres son las más peligrosas.
—¿Por qué?
—Porque saben que jamás volverán a encontrar a alguien así en toda su vida —respondió, y Hikari sintió que el mundo daba una vuelta completa—. Y te condenan a vivir sabiendo que nunca podrías amar a alguien más tan… impresionante.
No supo qué responder. Se quedó en silencio, mirando el paisaje iluminado por las luces de la aldea, procesando sus palabras. Hasta que una duda, aguda e insistente, comenzó a carcomerla por dentro.
—¿Kakashi?
—¿Mmm?
—¿A ti… te ha pasado eso? —preguntó, con un nudo de nervios en el pecho—. ¿Encontraste a alguien así?
—Por supuesto —respondió él con una naturalidad que la descolocó. Hikari se giró hacia él, sorprendida, sintiendo cómo ese nudo de ilusión se tensaba peligrosamente, a punto de romperse.
—¿Qué… qué pasó? —apretó inconscientemente el frío metal de la baranda.
—El amor no es para mí, Hikari —fue una respuesta fría, pero extrañamente cordial, como si estuviera citando una lección aprendida hace mucho tiempo—. La vida me ha enseñado que la mejor forma de cuidar a alguien es, a menudo, amarlo desde lejos. Quien soy, las decisiones que he tomado… este trabajo solo trae dolor a quienes se acercan demasiado. Por eso, prefiero tomar distancia. Es más sencillo.
—Lo entiendo… —murmuró, observando sus manos con una mezcla de resignación y leve decepción.
—Lo cual no significa que todos deban vivir así —aclaró él suavemente. Hikari volvió a mirarlo, disimulando el eco de sus propias heridas tras una sonrisa serena—. Eres joven, Hikari. Estoy seguro de que encontrarás a alguien que te valore exactamente como mereces.
—Gracias —respondió, con un tono amable pero pensativo—. A veces el amor me parece demasiado complicado —soltó una risa suave, casi para sí misma—. Pero sé que no desaparece de nuestras vidas. Tiene sus matices y sus colores, a veces el dolor es tan intenso que nos ciega… pero el amor sigue ahí. Creo que no debemos olvidar que siempre existe en nosotros, incluso cuando duele.
Ahora fue su turno de guardar silencio, sumido en sus propios pensamientos, mientras ambos contemplaban el paisaje nocturno teñido de luces tenues. El aire entre ellos se había vuelto cómodo, cargado de algo que ninguno se atrevía a nombrar.
—¡Qué tarde se ha hecho! —Hikari lo sacó de sus cavilaciones al consultar su reloj—. Debo regresar a casa. Mañana no puedo llegar tarde o mi jefe se molestará.
Kakashi emitió un bufido suave ante el comentario.
—Debe ser un tipo bastante gruñón, ese jefe tuyo.
—Sí, demasiado —bromeó ella, jugueteando con el borde de su falda—. Sobre todo si no tiene su café listo en la mañana.
—Eso no es ser gruñón, eso es ser mañoso —replicó él, girándose para apoyarse en la baranda con una sonrisa en los ojos antes de enderezarse—. Te acompaño a tu casa.
—No es necesario, de verdad —respondió ella, esquivando la mirada con una sonrisa agradecida—. Ya has hecho mucho por mí esta noche.
—¿Estás segura?
—Sí —asintió, comenzando a alejarse—. Gracias por todo, Kakashi.
—No fue nada —respondió él, sacando su libro con un gesto habitual—. Que llegues bien.
—Gracias, tú también —levantó la mano para despedirse, pero se detuvo a mitad del camino—. Kakashi.
Él alzó la vista hacia ella, una vez más.
—Creo que tú también deberías darle una oportunidad al amor —dijo con una sonrisa que parecía capturar toda la luz de la luna—. No sé, quizá te sorprenda. Bueno, nos vemos mañana.
Levantó la mano de manera automática para despedirse, pero su mente ya se había quedado atrapada en sus palabras. Se quedó allí, inmóvil, mientras la figura de Hikari se alejaba con su falda meciéndose con la brisa nocturna. Y solo cuando ya estaba sola en la distancia, recordó que seguía sosteniendo en su mano el paquete de dulces que había comprado especialmente para ella.
