Chapter Text
El número tres fue uno de los más difíciles.
"Si te halaga, sonríe y devuelve el cumplido solo si es natural. Nada forzado."
Hikari llevaba tres días dándole vueltas a esa frase mientras revisaba informes, mientras almorzaba, mientras intentaba dormir. ¿Cómo se suponía que debía halagarlo? ¿Qué le decía a un hombre que lo había visto todo, que había sido leído por las mejores mentes del mundo shinobi, que seguramente recibía cumplidos a diario de media aldea?
—Estás sobrepensando —le dijo Aoi por teléfono cuando Hikari le confesó su dilema—. No se trata de decirle "qué guapo estás" como una adolescente. Es más sutil. Cuestión de observación.
Observación.
Hikari podía con eso.
Así que durante los días siguientes, se dedicó a observar. No de manera evidente —Kami la guardara de parecer una acosadora— pero sí con atención. Y lo que encontró la sorprendió.
Kakashi no era de esos que buscan halagos. Pero había pequeñas cosas. Momentos.
Como cuando lograba que un equipo complicado de Jounin dejara de discutir y llegaran a un acuerdo. O cuando, después de una reunión eterna, se quitaba la bandana un segundo para frotarse el ojo cansado y ninguno de los presentes decía nada porque sabían que era un privilegio verlo así.
O la forma en que trataba a los niños. Sin condescendencia. Como si de verdad importara lo que decían.
Hikari anotó mentalmente cada cosa, esperando el momento adecuado.
Llegó una tarde, en la oficina de Kakashi. Ella había ido a buscar unos documentos, y él estaba revisando un mapa antiguo con esa concentración total que lo envolvía como un capullo.
—Gracias —dijo él cuando ella dejó los papeles sobre la mesa, sin levantar la vista.
Hikari estuvo a punto de irse. Pero algo la detuvo.
—Sabe —empezó, y la voz le salió más segura de lo que esperaba—, el otro día vi cómo manejó la discusión entre los Jounin del equipo de tortugas. Cómo logró que dejaran de pelear y se centraran en lo importante.
Kakashi levantó la vista, una ceja asomando sobre la bandana.
—¿Sí?
—Sí —Hikari se encogió de hombros, intentando parecer natural, como si no llevara días ensayando esto en el espejo—. No mucha gente tiene esa paciencia. O esa habilidad para hacer que otros quieran escuchar.
Hubo un silencio.
Kakashi la miró. Luego, lentamente, sus ojos se curvaron en esa media luna que siempre la desarmaba.
—Eso fue muy específico —dijo.
Hikari sintió que las mejillas le ardían.
—Solo... lo observé, eso es todo.
—¿Me observas?
—Observo cosas. En general. Soy una persona observadora. Pregúntele a cualquiera.
Kakashi apoyó la barbilla en una mano, claramente divirtiéndose.
—No sabía que mi asistente era también mi analista de comportamiento.
—No lo soy —Hikari dio un paso atrás hacia la puerta—. Fue solo un comentario. Un comentario suelto. Sin importancia. Buenos días.
Salió de la oficina como si la persiguieran abejas.
Pero mientras caminaba por el pasillo, el corazón galopando, no pudo evitar sonreír.
No había sido forzado. Había sido sincero. Y él lo había notado.
Quizá el número tres no era tan imposible después de todo.
Aunque, pensó mientras se abanicaba la cara con la libreta, quizá necesitaba practicar las salidas dramáticas.
Sin embargo, a pesar de haber superado el número tres —con salidas dramáticas incluidas—, el número cuatro resultó ser el peor de todos.
"Es el más importante. Disfruta. Cada mirada, cada palabra, cada momento. Esto no es una carrera y llegar primero, es un maratón. Y tú solo tienes que llegar a la meta sintiéndote bien contigo misma."
Hikari quería creer que eso era posible. De verdad que sí.
Pero no podía.
Antes, cuando estaba sumergida en la negación más absoluta, todo era más sencillo. Se sentía segura. Era ella misma sin pensar en cada movimiento, sin analizar cada palabra que salía de su boca, sin preguntarse si esa mirada significaba algo o era sólo producto de su imaginación calenturienta.
Antes, Kakashi era su jefe. Punto. Un hombre mayor, con un pasado complicado y un sentido del humor extraño, pero su jefe al fin y al cabo.
Ahora...
Ahora Kakashi era la razón por la que su estómago hacía acrobacias cada vez que lo veía entrar por la puerta. La razón por la que pasaba diez minutos frente al espejo eligiendo qué ponerse, como si él fuera a notar la diferencia entre un cuello de tortuga rojo y uno burdeos. La razón por la que se encontraba suspirando frente al cristal.
—Disfrutar —murmuró Hikari una noche, mirando el techo de su habitación—. Qué dice Aoi que disfrute. Si esto es como tener el corazón en una licuadora.
Porque lo cierto era que Hikari no sabía cómo disfrutar del maratón cuando apenas estaba aprendiendo a mantenerse en pie en la línea de salida.
Cada mirada de Kakashi la hacía preguntarse: "¿Fue más larga de lo normal?". Cada palabra: "¿Dijo eso con algún doble sentido?". Cada momento juntos: "¿Notó que me tiemblan las manos?".
No era disfrute. Era un campo minado.
Y lo peor de todo era que, en el fondo, sabía que Aoi tenía razón. Que la clave estaba en soltar, en vivir el proceso sin aferrarse al resultado. Pero ¿cómo se soltaba algo que nunca había tenido? ¿Cómo se disfrutaba la incertidumbre cuando lo único que quería era saber si él sentía algo o si todo era un castillo en el aire?
—Genial —murmuró Hikari, con la mirada perdida en la ventana de la oficina.
Afuera, el cielo se había desatado en un llanto gris que convertía las calles en espejos de agua. Las gotas golpeaban el cristal con insistencia, y ella solo había traído su gabardina café, esa que protegía el torso pero dejaba la cabeza a merced de los elementos.
Kakashi levantó la vista de sus documentos.
—¿Qué ocurre?
—Comenzó a llover —hizo un puchero inconsciente, de esos que solo salen cuando la frustración es genuina y no hay nadie importante mirando—. Solo traje mi chaqueta.
—¿Cuál es el problema? —preguntó, y esta vez dejó los documentos a un lado, apoyando los brazos sobre el escritorio con interés genuino.
Pero Hikari no lo notó. Su mundo se reducía en ese momento a la tormenta que se avecinaba sobre su cabeza.
—Mi cabello —su labio inferior tembló lastimero mientras enredaba los dedos entre sus rizos dorados—. Se me va a esponjar todo. Mi peinado se va a arruinar. Voy a parecer un diente de león gigante.
Kakashi inclinó la cabeza, sus ojos con algo que ella, en su desesperación capilar, no pudo identificar.
—¿Tienes permanente?
El mundo se detuvo.
Hikari se levantó de su silla con la lentitud de quien se prepara para un duelo. Sus ojos se estrecharon. Sus manos fueron a posarse en las caderas con una determinación que normalmente reservaba para negociar misiones de rango A.
—¿Cómo puede decir eso?
—¿Y cómo puedes seguir siendo tan formal cuando pareces a punto de declararle la guerra a las nubes?
—Bueno —le apuntó con el dedo, cada palabra marcada con la precisión de un sello—. Para tu información, mi cabello es cien por ciento natural.
Y entonces, como si necesitara probar su punto, dio un paso adelante. Apoyó sus codos sobre su escritorio y su rostro en la manos, permitiendo que sus rizos se derramaran como una cascada dorada sobre la madera.
Kakashi miró los rizos extendidos sobre su escritorio, tan cerca de sus manos que le habría bastado estirar los dedos para tocarlos. Miró la forma en que la luz gris de la tormenta se filtraba por la ventana y atrapaba reflejos dorados en cada onda.
Miró a Hikari, que lo seguia viendo desafiante, mostrando su prueba viviente.
—¿Lo ve? —dijo ella con una sonrisa traviesa—. Natural. Cien por ciento natural.
Kakashi tardó un segundo en responder.
—Ya veo —dijo, y su voz sonó diferente. Más grave. Más lenta.
Hikari se levantó tan rápido que casi se mareó.
Y entonces lo vio.
Esa mirada. Otra vez. Pero diferente. Más intensa. Más... algo.
—¿Qué? —preguntó, sintiendo que las mejillas le ardían sin saber bien por qué.
Kakashi parpadeó. Una vez. Dos veces. Luego sus ojos se curvaron en esa media luna que ella conocía tan bien.
—Nada —dijo, y recogió sus documentos con un movimiento elegante—. Solo pensaba que tal vez deberías quedarte aquí hasta que escampe.
—¿Aquí?
—En la oficina. Conmigo. —Se encogió de hombros con fingida indiferencia—. Por el cabello. Para que no se arruine.
Hikari tragó saliva.
Afuera, la lluvia arreciaba.
Dentro, su corazón había empezado a hacer esas acrobacias que Aoi llamaba "síntomas de enamoramiento agudo".
—Claro —logró articular—. Es lo mejor para mi cabello.
Kakashi asintió, ya absorto en sus papeles.
Pero ella alcanzó a verlo.
La pequeña sonrisa detrás de la máscara.
Y supo, con la certeza de quien acaba de descubrir un secreto, que el número cuatro —el maldito número cuatro— quizá no era tan imposible después de todo.
Comprendió que estaba disfrutando cuando, al contárselo a Aoi, su amiga soltó el número cinco como quien suelta una bomba de humo en medio del desierto.
—Ir más adelante.
Hikari parpadeó.
—¿Qué es eso?
Aoi se acomodó en la cama de Hikari con la autoridad de quien lleva años estudiando el arte del coqueteo desde la primera fila. Tenía el rostro cubierto por una mascarilla facial verde que le daba un aspecto de extraterrestre sabio, y en la mano, un cuenco con restos de palomitas.
—Es ese momento —explicó con parsimonia— donde las mujeres se hacen las desentendidas de todo. El momento donde tú tomas el control de cómo tu jefe te ve.
Hikari, que estaba aplicándose su propia mascarilla, se detuvo a medio camino.
—¿Te desentiendes de qué?
—De todo, Hikari. De las miradas, de los cumplidos, de las llamadas nocturnas. Dejas de reaccionar como espera que reacciones. Te conviertes en un acertijo.
Su amiga hizo una pausa dramática, y luego, bajando la voz como si compartiera el secreto mejor guardado de Konoha, continuó:
—Tienes dos opciones. —Levantó un dedo—. Una: que él sepa lo torpe que eres en el amor.
—Lo cual ya lo intuye —se quejó Hikari, hundiéndose un poco en la almohada—. Soy transparente como el agua.
—O dos —Aoi levantó otro dedo, y sus ojos brillaron por encima de la mascarilla—. Seducirlo.
Hikari se atragantó con su propia saliva.
—¿Qué? —tosió—. ¿Cómo? No voy a ir con una falda por el trasero a la oficina, Aoi. Eso no soy yo. Además, es mi jefe. Es el Hokage. Hay normas. Hay protocolos. Hay...
—Respira —Aoi rodó los ojos—. No hablo de eso. Hablo de ser más visionaria.
Se incorporó un poco, apoyándose en los codos, y Hikari aprovechó para abrir las tapas de la cama y acomodarse a su lado. La noche era fría, y el edredón las envolvía en una burbuja de intimidad que solo las amigas tienen.
—Escucha —dijo Aoi—. Ir más adelante significa que, a partir de ahora, él no va a saber si vas en serio o estás jugando. Un día le sonríes como si fuera el hombre más interesante del mundo, y al siguiente lo tratas con la misma formalidad que a un anciano en la cola del mercado.
—¿Y eso sirve para algo?
—Claro que sí, ingenua. Porque si él quiere encontrar la respuesta, si realmente quiere saber qué sientes, va a tener que demostrarlo. Va a tener que cruzar una línea que, como jefe, no debería cruzar.
Hikari se quedó en silencio, procesando.
—O sea —dijo lentamente—, ¿lo que me estás pidiendo es que lo vuelva loco?
—Exactamente. —Aoi le guiñó un ojo, o al menos lo intentó, porque con la mascarilla parecía más un tic nervioso—. Que piense que se está volviendo loco. Que se pregunte si lo que siente es real o te lo estás inventando tú. Y en esa confusión, en esa búsqueda de respuestas, va a terminar revelando sus propias cartas.
Hikari miró el techo.
El consejo de Aoi daba vueltas en su cabeza como un shuriken mal lanzado.
—¿Y si sus cartas son solo amistad? —susurró.
Aoi se encogió de hombros.
—Entonces habrás aprendido a jugar. Y el próximo partido, amiga, lo juegas con las reglas claras.
Hikari sonrió a pesar de sí misma.
—Odio cuando tienes razón.
—Lo sé. Es parte de mi encanto.
Afuera, la lluvia había cesado. Y dentro de Hikari, algo comenzaba a gestarse. Una pequeña chispa de determinación mezclada con el terror absoluto de tener que seducir al hombre más inescrutable de la aldea.
. —Oye —dijo Hikari, masticando palomitas mientras ambas miraban el techo de su habitación como si fuera la pantalla de un cine—. ¿Por qué no vino Yuka hoy?
—Fue a ver a su novia —explicó Aoi con naturalidad, metiendo mano al tazón.
Silencio. Crujido de palomitas. Respiración sincronizada.
Hasta que el teléfono en la mesita de noche vibró con la urgencia de quien tiene malas noticias. Aoi lo alcanzó sin apartar la vista del techo.
—¿Hola? —pausa—. Ah... comprendo. Sí, ven nomás.
Colgó.
—¿Quién era? —preguntó Hikari, aunque ya intuía la respuesta.
—Yuka —Aoi metió otro puñado de palomitas a la boca con una serenidad pasmosa—. Terminó con su novia.
Hikari asintió, asimilando la información.
—Eso fue rápido.
—Sí —Aoi masticó con filosofía—. Y pensar que la semana pasada quería casarse con ella.
Ambas volvieron a mirar el techo.
Afuera, la noche seguía su curso. En algún lugar de Konoha, Yuka lloraba, maldecía o probablemente ambas cosas. Y en la habitación de Hikari, dos amigas la esperaban con palomitas, mantas y la sabiduría de quienes saben que el desamor duele, pero duele menos cuando tienes con quién compartir el silencio.
—¿Le guardamos palomitas? —preguntó Hikari.
—Ya sabes que no come cuando está triste.
—Cierto. Más para nosotras.
Aoi sonrió.
—Esa es la actitud.
*****
La tarde era gris, de ese gris suave que promete invierno sin amenazar tormenta. Las nubes colgaban bajas sobre Konoha como un edredón mullido, y el aire tenía esa calidez engañosa de los días fríos que aún no deciden si rendirse al hielo.
Era su día libre.
Su primer día libre en tres semanas.
Hikari lo disfrutó como era debido: se despertó tarde, o al menos eso intentó, pero su reloj biológico la sacó de la cama a las siete de la mañana con la eficiencia de un jonin en misión. Limpió su casa con el mismo esmero que ponía en organizar las misiones —ventanas impecables, pisos relucientes, el altillo libre de polvo por primera vez en meses—. Ordenó sus cosas con esa manía de quien necesita controlar el caos externo para calmar el interno. Incluso cocinó, algo que no hacía desde que el trabajo la había absorbido por completo.
Y luego...
Luego, cuando la casa estuvo más ordenada que la oficina del Hokage, cuando ya no quedaba ni un rincón por limpiar ni una superficie por organizar, Hikari se sentó en el sofá con una taza de té humeante y miró el techo.
El silencio era ensordecedor.
Su mano encontró el camino a la libreta de misiones sin que su cerebro diera la orden. Sus dedos acariciaron el lomo con la familiaridad de quien sostiene algo amado. Y antes de darse cuenta, estaba sentada en su escritorio personal, repasando informes, adelantando trabajo, organizando mentalmente las tareas de la semana siguiente.
—Disfrutar —murmuró para sí misma, mientras corregía un error en la asignación de un equipo Genin—. Qué fácil es decir disfrutar.
El té se enfrió sobre la mesa.
Se le pasó toda la tarde entre informes que no debía estar revisando y episodios de sus series favoritas que miró con un ojo mientras el otro seguía bailando sobre las líneas de los documentos.
El equilibrio perfecto entre la responsabilidad y la procrastinación.
Cuando el reloj marcó las ocho y la panza empezó a quejarse con un rugido que la sacó de su burbuja, Hikari hizo inventario de su despensa.
No había leche para su chai latte.
No había galletas.
No había chips de papas, esas de bolsa roja que tanto le gustaban.
No había nada, básicamente, que sirviera para acompañar una noche de series y desamor ajeno.
—Maldición —murmuró, mirando los estantes vacíos con desolación.
Se vistió con lo primero que encontró: un suéter de cuello redondo, de ese beige suave que abrazaba sin apretar, y encima un chaleco más grueso, enorme, que la envolvía como un abrazo de abuela. Pantalones de mezclilla que se ceñían a su figura con la precisión de quien los ha usado mil veces y saben exactamente dónde deben quedar.
Para el frío, un gorro de lana. Gris. Simple. Que aplastaba sus rizos sin compasión pero mantenía sus orejas calientes.
Salió a la calle con las manos en los bolsillos y el aire congelado mordisqueándole las mejillas.
La tienda de conveniencia más cercana estaba en la calle principal de la aldea. La misma que, a esa hora, solía estar tranquila. La misma que, a esa hora, solía...
No.
Hikari negó con la cabeza mientras empujaba la puerta de cristal. Esta vez sería más inteligente. Iría un paso más adelante. El número cinco, recién estrenado, tenía que aplicarse desde el primer momento.
Entró con decisión, agarró un canasto y se dirigió directamente al pasillo de los lácteos. Leche para su chai latte, check. Luego al de los snacks, donde las bolsas rojas de papas fritas la miraron desde el estante como viejas amigas. Check.
Solo faltaba un último tesoro.
Hikari se detuvo frente a la sección de galletas y su corazón dio un pequeño vuelco.
No estaban.
Las galletas de chocolate con relleno de crema, esas que solo encontraba aquí y que había estado ansiando toda la tarde, no estaban en su lugar habitual. Había otras marcas, otros sabores, otras texturas, pero las suyas, las únicas, habían desaparecido.
—No puede ser —murmuró.
Se puso en cuclillas, porque tal vez alguien las había corrido al estante de abajo. O al de arriba. O tal vez estaban escondidas detrás de los paquetes de galletas de vainilla, que nadie en su sano juicio compraría primero.
Revisó con la dedicación de un ninja rastreando pistas. Apartó paquetes, miró etiquetas, verificó fechas de vencimiento por puro reflejo profesional.
Nada.
—No puedo tener tan mala suerte —susurró al aire—. Es mi día libre. Es mi noche de series. Es mi...
—¿Buscas algo en particular?
La voz llegó desde arriba, y Hikari se quedó inmóvil en cuclillas, con una caja de galletas de mantequilla en la mano y el corazón súbitamente alojado en la garganta.
Lentamente, muy lentamente, levantó la vista.
Kakashi estaba ahí, de detrás de ella, con su canasto vacío colgando de un brazo y esa postura relajada que parecía burlarse de las leyes de la gravedad. Sus ojos la observaban con una mezcla de curiosidad y diversión mal disimulada.
—¿Cuánto tiempo llevas ahí? —preguntó ella, la voz más aguda de lo normal.
—El suficiente para preguntarme si las galletas del estante inferior tienen algún secreto que las del superior no poseen.
Hikari se puso de pie tan rápido que la sangre le zumbó en los oídos. Apretó la caja de galletas de mantequilla contra su pecho, como si pudiera usarla de escudo.
—Estaba buscando unas —explicó, y luego, recordando el número cinco, añadió con fingida indiferencia—: Pero ya no importa. Estas sirven.
Kakashi inclinó la cabeza.
—¿Estás segura? Porque parecías muy concentrada.
—Siempre estoy concentrada. Es mi trabajo.
—Esto no es tu trabajo.
Hikari lo miró. El pasillo era estrecho. Él estaba demasiado cerca. El canasto de ella tenía leche y papas fritas. El de él estaba vacío, como si hubiera entrado sin ninguna intención real de comprar.
El número cinco, pensó. Mantenlo adivinando.
—¿Y tú qué buscas? —preguntó, devolviéndole la pregunta con un tono que esperaba sonara desafiante—. Porque tu canasto parece vacío y solitario.
Kakashi parpadeó. Solo una vez. Pero ella lo vio.
—Todavía no encuentro lo que busco —respondió, y su voz tenía un matiz que ella no supo interpretar.
—Bueno —Hikari dio un paso hacia la caja, esquivándolo con cuidado—, espero que lo encuentres.
Pasó a su lado. Rozándolo apenas. Otra vez.
Y esta vez, cuando la campanilla de la puerta anunció su salida minutos después, con sus bolsas en la mano y el corazón acelerado, Hikari sonrió.
Porque mientras pagaba, había visto a Kakashi en el pasillo de las galletas, exactamente en el mismo lugar donde ella había estado, revisando los estantes con una lentitud sospechosa.
Quizá el número cinco no era tan difícil después de todo.
****
—Toma.
Al día siguiente, Kakashi dejó caer una bolsa de papel sobre el escritorio de Hikari con la naturalidad de quien entrega un informe más. Ella levantó la vista de los documentos que estaba organizando y se encontró con esa media luna familiar asomando sobre la bandana.
—¿Qué es?
—Ábrelo.
Hikari metió la mano en la bolsa con desconfianza, como si pudiera explotar. Pero no explotó. Lo que sacó fue un paquete de galletas. Galletas de chocolate con relleno de crema. Las que había estado buscando la noche anterior. Las que no encontró. Las que...
—No estaban en la tienda de la calle principal —dijo Kakashi, apoyándose en el borde del escritorio con una informalidad que solo él podía permitirse en su propia oficina—. Tuve que ir a la del distrito comercial. Pero tenían.
Hikari miró el paquete. Miró a Kakashi. Miró el paquete otra vez.
—Usted... —la voz le salió más pequeña de lo que le hubiera gustado—. ¿Fue a buscarlas?
—Pasaba por ahí —se encogió de hombros, como si eso explicara algo—. Y recordé que ayer parecías muy decepcionada.
Era mentira. Lo sabía. Lo sabía porque la tienda del distrito comercial estaba en la otra punta de la aldea, porque nadie "pasaba por ahí" a menos que tuviera una razón de peso, porque él era el Hokage y podía enviar a cualquiera a hacer ese recado sin moverse de su silla.
Pero había ido él.
Personalmente.
—No sé qué decir —murmuró Hikari, apretando el paquete contra su pecho, justo encima del corazón que amenazaba con escapársele.
Kakashi inclinó la cabeza, y esa media luna se acentuó.
—Podrías empezar por "gracias".
Ahí lo supo.
En ese momento exacto, con esas palabras precisas, Hikari comprendió que él también estaba jugando. Que el tablero no era unilateral. Que Kakashi Hatake, el Hokage, el hombre que había leído más de mil libros y sobrevivido a más guerras de las que ella podía imaginar, había decidido entrar en el juego.
Y ella se prometió a sí misma, con la misma determinación que ponía en organizar las misiones más complejas, que el número cinco lo tendría en sus manos. Que dominaría cualquier situación.
—Gracias —sonrió ampliamente, mirando el paquete de galletas como si fuera un tesoro, y después levantó la vista hacia él—. Parece que no soy la única buena observando.
Kakashi se encogió de hombros con esa indolencia que lo caracterizaba, apoyándose en el borde del escritorio de ella.
—Es mi trabajo.
Hikari se levantó con su característico profesionalismo, pero hoy había algo diferente en la forma en que se movía. El suéter que llevaba —de esos que dejaban los hombros al descubierto con una inocencia estudiada, las mangas abultadas cayendo con suavidad— parecía haber sido elegido estratégicamente.
Pasó junto a él para llegar a la pequeña estación de café que compartían en la oficina.
Y lo sintió.
Esa inhalación profunda. Ese momento en que el aire cambió a su alrededor. Kakashi respiró hondo cuando ella pasó, como si su perfume hubiera decidido declararle la guerra a su compostura.
Hikari sonrió para sus adentros.
Preparó el café con movimientos pausados, consciente de la mirada que pesaba sobre su espalda. Cuando se giró, taza en mano, se encontró con sus ojos —el visible, al menos— fijos en ella con una intensidad que bordeaba el hechizo.
—Su trabajo —dijo, arrastrando las palabras con una lentitud deliberada mientras le entregaba el café— es gestionar. El mío... —sus dedos rozaron los de él al pasar la taza— es observar.
Le guiñó un ojo.
Solo uno.
Y se volvió a su escritorio con la misma naturalidad con la que había empezado el día, como si no acabara de lanzar una bomba de humo en medio de la oficina del Hokage.
Kakashi se quedó un segundo inmóvil, la taza humeante en la mano y la expresión —o lo que podía verse de ella— ligeramente descompuesta.
Luego, como si nada, se encogió de hombros.
—Y organizar —respondió.
Y acto seguido, con una tranquilidad pasmosa, Kakashi abrió el paquete de galletas que aún reposaba sobre el escritorio de Hikari, sacó una y le dio un mordisco.
Sin importar si mostraba su rostro, como siempre lo hacía frente a ella.
—¡Oiga! —Hikari lo miró con falsa indignación—. ¿Eh? Son mías.
—Las compré yo —señaló él con la boca llena, sin el más mínimo ápice de vergüenza—. Técnicamente, son mías.
—¡Pero eran un regalo!
—Un regalo que ahora compartimos. —respondió sentándose en su silla.
Hikari abrió la boca para protestar, pero Kakashi ya estaba masticando con esa parsimonia suya, los ojos curvados en medialuna, el cuerpo relajado contra el respaldo de su silla.
Y ella, a pesar de todo, no pudo evitar reírse.
—Es usted increíble.
—Lo sé —respondió él, y alcanzó otra galleta—. Por eso soy el Hokage.
—E imposible…—murmuró negando con una sonrisa, mientras volvía a ver su computador.
Afuera, el sol comenzaba a colarse por las ventanas. Adentro, en la oficina que compartían a diario, el juego continuaba.
Y Hikari, mientras mordía una galleta con una sonrisa que no podía disimular, supo que el número cinco era, sin duda, el mejor consejo que Aoi le había dado jamás.
