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Asistente, Café y un Hokage Imposible

Chapter 17: Confusión

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—Te gusta tu jefe —declaró Yuka, cruzando los brazos con una sonrisa de absoluta suficiencia. Aoi, a su lado, asintió con un gesto exagerado mientras mordisqueaba una alita de pollo con entusiasmo.

 

Hikari soltó un chillido ahogado ante el comentario, casi saltando sobre su silla.

 

—¿Por qué dices eso? ¡Por supuesto que no!

 

—¿No es obvio? —preguntó Yuka con ironía, mirando la escena con diversión pura. En su supuesta "noche de chicas", en lugar de ver una película romántica con cerveza y snacks, estaban recortando intrincadas decoraciones de papel porque el Hokage pronto cumpliría años. —Has caído bajo su hechizo de hombre perezoso y misterioso, amiga. Es un hecho científico.

 

—No lo hago por gusto —protestó Hikari, recortando una guirnalda con más fuerza de la necesaria, haciendo que el papel crujiera de protesta—. Naruto-san me pidió ayuda personalmente para organizar la fiesta sorpresa. Es parte de mis responsabilidades como asistente principal.

 

—Tu jefe no es Naruto —señaló Aoi con la voz ligeramente pastosa por el pollo frito—. Es el tipo que se sienta al otro lado del escritorio y por el cual estás recortando estrellitas a mano.

 

—¡Y no vayas a ensuciar los papeles con esa grasa! —se quejó Hikari, apartando rápidamente las decoraciones del radio de acción de su amiga, con las mejillas ya teñidas de un rubor que nada tenía que ver con el esfuerzo manual—. Esto lo hago sólo porque siempre celebramos los cumpleaños de todo el equipo, ¿recuerdan que también organicé el de Yurito?

 

—Sí, pero en esa ocasión sí tuvimos nuestra verdadera tarde de chicas, con vino y chismes —reprochó Aoi, mientras buscaba un trozo de papel limpio para recortar, sin mucho éxito—. Además, el Hokage ni siquiera recordó tu cumpleaños.

 

En ese preciso momento, Hikari estornudó con fuerza —quizás por el polvo del papel, quizás por la tensión— y se levantó en busca de unos pañuelos.

 

—Porque estaba hasta el cuello organizando los preparativos de la boda de Naruto-san—explicó mientras se sonaba la nariz con cierto énfasis defensivo—. No tuvo tiempo.

 

—Por eso mismo lo odiamos —declaró Yuka, cruzando los brazos y clavando una mirada cómplice en su amiga ruborizada—. ¿Cierto, Aoi?

 

—Cierto —asintió Aoi con solemnidad, levantando su alita a modo de brindis acusatorio.

 

Hikari se limitó a rodar los ojos hacia el cielo, pero una sonrisa pequeña e involuntaria asomó en sus labios, traicionándola por completo.

 

—Está bien que lo odien, es mi jefe, al fin y al cabo. Uno no tiene por qué caerle bien a todo el mundo.

 

—El jefe que te gusta —insistió Yuka, arrastrando la palabra con deleite.

 

—¡Que no me gusta! —protestó Hikari, y otro estornudo, perfectamente oportuno, la traicionó estrepitosamente.

 

—Hikari-chan, ¿ya te estás resfriando? —preguntó Aoi con genuina preocupación, dejando a un lado su alita.

 

—No, no, es solo alergia. Nada grave.

 

—¿Qué alergia, si estamos entrando al otoño y no hay polen? —Yuka alzó una ceja escéptica, mirando a su alrededor como si buscara un culpable botánico.

 

—Eso… eso es lo que tiene esta alergia en particular —improvisó Hikari, señalándola con las tijeras que brillaron bajo la luz—. El cambio de estación la intensifica. ¡Ahora dejen de buscarle la quinta pata al gato y ayúdenme a terminar estas guirnaldas, o nunca saldremos de aquí!

 

***

 

—¡Shikamaru-kun! —Hikari saltó de su asiento para recibirlo con un abrazo entusiasta, algo que él, como era de esperar, recibió con una incomodidad palpable—. No tienes idea de todo lo que hemos tenido que manejar. ¡Qué bueno que ya volviste!

 

—Esto ya es problemático —murmuró, liberándose suavemente del abrazo, un gesto que Hikari anticipó y tomó con humor—. Ya me enteré de todo, así que me imagino la montaña de trabajo que me espera.

 

—Así es… —suspiró Kakashi desde detrás de su escritorio, sin levantar la vista del documento que revisaba—. Pero lo importante es que hayas disfrutado tu luna de miel. Dime, ¿ya eres papá?

 

—¡Kakashi-sama! —lo reprendió Hikari, con las mejillas teñidas de un rojo instantáneo. Shikamaru se llevó una mano a la frente con exasperación.

 

—La verdad es que no los extrañaba, especialmente a ti, Kakashi.

 

—Yo tampoco extrañaría el trabajo si estuviera de luna de miel —replicó él con una sonrisa audible en su voz.

 

—¡Suficiente! —Hikari les reclamó a ambos y se giró para salir de la oficina, dejando tras de sí un aire de falsa indignación. Kakashi no pudo evitar sonreír bajo su máscara. Hoy, sin duda, se veía especialmente bien: el cabello recogido en una coleta alta, un suéter negro de cuello tortuga que resaltaba su figura, pantalones blancos impecables y sus característicos lentes redondos de color rosa.

 

—Me alegra ver que todo sigue igual que siempre —comentó Shikamaru, mirando la puerta que se acababa de cerrar.

 

—Por supuesto. ¿Por qué debería cambiar algo? —Kakashi se reclinó en su silla con una actitud despreocupada.

 

—Yurito habla mucho, ¿sabes? —insinuó Shikamaru con una sonrisa apenas perceptible.

 

—¿Y eso qué importa? —Kakashi ladeó la cabeza, fingiendo confusión—. Hemos estado enterrados en trabajo hasta el cuello, como de costumbre.

 

—Mmm —Shikamaru asintió, esa sonrisa persistiendo en sus labios.

 

—¿Qué? —preguntó Kakashi, con un tono ofendido. 

 

Justo entonces, la puerta se abrió de nuevo.

 

—Shikamaru-kun —Hikari asomó de nuevo la cabeza por la puerta, apoyando la mejilla en el marco sin entrar del todo—. ¿Al final sí vamos a almorzar juntos?

 

—Sí, en eso quedamos, ¿no? —respondió él con su habitual sencillez.

 

—¿Cómo que van a almorzar juntos? —preguntó Kakashi, alzando la vista con una expresión entre confundida y ligeramente alarmada—. Yo también voy.

 

—Pero, Hokage-sama… —Hikari le dirigió una mueca de disculpa—. Ya encargué su almuerzo para que se lo traigan a la oficina. Recuerde que tiene la reunión con el consejo después del mediodía.

 

El Hokage se dejó caer hacia atrás en su silla con un bufido sonoro y dramático.

 

—Perfecto. Vayan entonces, diviértanse. Mientras tanto, yo me quedaré aquí, secándome entre papeles y actas —respondió, tomando un documento y comenzando a hojearlo con un énfasis exagerado que delataba su fingido desdén.

 

—Menos mal que todo sigue exactamente igual que antes —comentó Shikamaru, lanzando la frase al aire justo antes de salir por la puerta, evitando por poco la mirada asesina que Kakashi le dirigió a su espalda.

 

Sin embargo, el mediodía no fue exactamente un simple almuerzo entre colegas, sino más bien una escapada estratégica para ir a ver el regalo para el Hokage. Shikamaru le había llamado la noche anterior para proponerle que fueran juntos a buscar «algo especial».

 

—No pensé que fueras de los que recuerdan dar regalos —comentó Hikari, observando los escaparates de las tiendas mientras caminaban.

 

—La verdad, es puro instinto de supervivencia —explicó Shikamaru con una expresión de fastidio genuino—. El año pasado se me olvidó por completo y pasó meses quejándose de forma pasivo-agresiva. Fue insufrible.

 

—¿Y cuándo dejó de hacerlo?

 

—Más o menos cuando llegaste tú —suspiró, lanzándole una mirada significativa—. Si no hubieras aparecido, probablemente seguiría haciéndome sentir culpable hasta hoy.

 

—Vaya… con razón dicen que es mañoso —se rió Hikari, imaginándose la escena con una ternura que no pudo disimular—. ¿Qué crees que le gustaría?

 

—Cualquier cosa de su libro cochino —respondió Shikamaru, dirigiéndose directamente hacia una librería—. Compremos una edición especial o una colección nueva. Eso lo mantendrá entretenido—y callado—por un par de meses, al menos.

 

—La verdad es bastante dudoso como regalo —comentó Hikari mientras pasaba los dedos por el lomo de uno de esos volúmenes con una mueca de leve asco—. Cuando los leí por primera vez, pensé que eran una sátira, pero parece que en realidad tienen… fans devotos.

 

—¿Leíste esa porquería? —Shikamaru se giró hacia ella, genuinamente sorprendido.

 

—Fue cuando recién me contrataron. Creí que era parte de mi capacitación: ‘entender la mente del Hokage’ —explicó con un encogimiento de hombros.

 

—Tienes un estómago de acero —murmuró él, sacando un libro de una edición limitada con una cubierta especialmente llamativa—. Espero que al menos hayas sacado alguna conclusión útil.

 

—La verdad… solo me quedé con más dudas que respuestas.

 

—No quiero saber —negó Shikamaru rápidamente, colocando el libro en el mostrador para pagar—. En serio, no me cuentes.

 

—Tampoco te iba a contar los detalles —respondió Hikari con una sonrisa pícara, disfrutando momentáneamente su incomodidad.

 

Volvieron a la torre después de su compra. Hikari guardó con cuidado el regalo en su bolso y, aprovechando que el Hokage aún estaba en reunión, lo escondió en un cajón de su escritorio. Sin embargo, algo en su interior le decía que aquello no era suficiente. Sentía que ese regalo podía pasar como el de Shikamaru, pero… ¿el suyo? No sentía que la representara realmente.

 

Por eso se acercó al escritorio de Kakashi y lo inspeccionó con una mirada analítica. No había nada fuera de lo común: papeles ordenados —gracias a ella—, un tintero seco y un par de lápices sencillos, de esos que él tenía la costumbre de romper sin esfuerzo. No usaba agendas especiales ni objetos personales; su espacio era tan minimalista como su máscara.

 

Se sentó en su propia silla y se recostó, cruzando los brazos mientras pensaba. ¿Qué podía regalarle a alguien que parecía no querer nada? Las opciones se le escapaban como arena entre los dedos.

 

Hasta que cerró los ojos y respiró hondo. Y entonces lo sintió: ese aroma único que le pertenecía. Se dio cuenta de que su capa estaba colgada en el respaldo de su propia silla. Con timidez, tomó el borde de la tela entre sus dedos y lo acercó a su rostro, inhalando suavemente. Olía a madera, a cedro específicamente, con ligeras notas de abedul. Era un aroma que evocaba un bosque profundo y sereno, que la hacía sentirse, por un instante, completamente rodeada y a salvo.

 

—¿Qué se supone que estás haciendo?

 

Hikari abrió los ojos de golpe, el corazón saltándole en el pecho. Ni siquiera ella misma era consciente de lo que había estado haciendo hasta ese segundo. Se levantó de un salto al ver a su jefe en el umbral de la oficina, atrapándola en el acto más comprometedor posible.

 

—¡Estaba ordenando su escritorio! —revolvió los papeles de su escritorio con velocidad frenética, alejándose como si el suelo ardiera—. Ya está todo listo para el trabajo de la tarde. Iré a buscar los archivos pendientes a la oficina de Shikamaru. —Las palabras le salían atropelladas mientras se dirigía a la puerta, buscando desesperadamente la salida.

 

—¿Hikari?

 

—¿Sí-sí, Hokage-sama? —no se atrevió a girarse, con la mano ya en el pomo de la puerta, a punto de escapar.

 

—¿Disfrutaste tu almuerzo… ese en el que me dejaste aquí solo? —preguntó con una voz que pretendía ser lastimera, pero cargada de ese humor burlón que solo él dominaba.

 

El comentario logró que Hikari, en su impulso por huir, se golpeara suavemente la frente contra el marco de la puerta. Un leve «¡uf!» escapó de sus labios.

 

—Sí, Hokage-sama —murmuró, frotándose la frente—. Pero no lo volveré a hacer.

 

—Es bueno escucharlo —respondió él, y aunque ella no podía verlo, había una sonrisa clara en su voz.

 

Ahora Hikari lo tenía claro. El regalo perfecto, el que verdaderamente sentiría como suyo, sería replicar ese perfume que envolvía su ropa, esa esencia a cedro y abedul que le recordaba a un bosque sereno y la hacía sentirse inexplicablemente en casa.

 

Con una determinación nueva, pasó por la oficina de Shikamaru solo para despeñar los archivos que necesitaba y, en lugar de volver directamente, tomó un desvío hacia el distrito comercial. Su destino era una pequeña perfumería de renombre, escondida en una callejuela lateral, conocida por crear fragancias personalizadas.

 

Solo le tomó un momento identificar la combinación correcta, ya que el perfumero pareció comprender al instante lo que ella buscaba al describir esa fragancia evocadora. Lo pidió expresamente para regalo, y salió de la tienda con una pequeña bolsa de papel rústico, elegantemente cerrada con un listón de color café oscuro.

 

Lo más inquietante, tuvo que admitirlo, era que sus amigas tenían razón. Se estaba esforzando demasiado por alguien con quien trabajaba, alguien que era, en el fondo, simplemente su jefe. Y sin embargo, también era justo reconocer que, a pesar de haber comenzado con el pie izquierdo, Kakashi le había brindado oportunidades y confianza que jamás habría soñado tener.

 

Otro estornudo la sacudió, más por la carga emocional que por el polen. No quería admitir que estaba perdiendo el rumbo, que sus sentimientos se estaban entrelazando peligrosamente con su profesionalismo. Se repitió, como un mantra, que solo estaba cumpliendo con su deber. Nada más.

 

***

—¡Feliz cumpleaños! —exclamaron al unísono Hikari, Shikamaru y Yurito, justo cuando este último accionaba un tubo de confeti que esparció coloridos papelitos sobre el escritorio. Kakashi los miró, genuinamente sorprendido por un instante, antes de dejar escapar un suspiro que se transformó en una sonrisa auténtica.

 

—Gracias, equipo.

 

—Esperamos que este sea un año excelente para usted —dijo Hikari, acercándose para colocar con cuidado un pequeño pastel en el espacio despejado de su mesa.

 

—¡Gracias por guiarnos siempre, Hokage-sama! —agregó Yurito, dejando unos paquetes envueltos junto a los documentos—. Estos regalos son de nuestra parte, de todo el equipo.

 

—Vaya… este año sí se acordaron —comentó Kakashi con una sonrisa burlona que hizo que Shikamaru sintiera un escalofrío de culpabilidad retrospectiva.

 

—Hikari-chan no nos habría dejado olvidarlo —se apresuró a decir Yurito, con una sonrisa amplia—. Siempre tan atenta y eficiente.

 

—Gracias… —murmuró Hikari, sonrojándose ligeramente antes de llevarse una mano a la boca para disimular una tos seca.

 

—¿Estás bien? —preguntó Shikamaru, con una ceja ligeramente levantada.

 

—¡Sí! Es solo que el aire seco del otoño me reseca la garganta —respondió Hikari, haciendo un gesto displicente con la mano.

 

—Espero que no estés incubando algo —comentó Kakashi, con un tono de suave reproche y una mirada que no dejaba de observarla.

 

—¡No, para nada! —negó con demasiada rapidez, desviando la atención—. Además, debemos terminar el balance trimestral antes de la próxima semana.

 

—Hikari-chan, siempre con la mente en el trabajo —rio Yurito, sacudiendo la cabeza con afecto antes de dirigirse a Kakashi—. Por cierto, Hokage-sama, le han organizado una pequeña reunión a medio día. Así que, después de eso, considere su jornada oficialmente terminada.

 

—Eso sí que es un detalle nuevo —comentó Kakashi, reclinándose en su silla con una expresión de genuino placer—. Cosas buenas de ser Hokage.

 

—Cosas buenas de ser un tirano, querrás decir —se burló Shikamaru.

 

—No arruines mi cumpleaños. Ahora, todos a trabajar —dijo levantándose y haciendo un gesto de despedida cansado. Su equipo no pudo evitar reírse ante la broma y cada uno se dirigió a su puesto—. ¿Podrías encargarte del pastel? —le preguntó a Hikari, quien ya había sacado platos de cartón y un cuchillo.

 

—Todo está bajo control —respondió con una sonrisa, un ligero rubor tiñendo sus mejillas que Kakashi no pasó por alto. Él intentó no detenerse demasiado en eso y se giró hacia la ventana, contemplando la aldea.

 

—¿Dónde es la celebración? —preguntó, guardando las manos en los bolsillos.

 

—Creo que ya se lo imagina —respondió ella mientras distribuía los trozos de pastel.

 

—¿Te gustaría venir? —la miró por un instante, su tono casual pero la pregunta cargada de algo más.

 

—¿Ah? —casi se le resbaló un trozo de pastel—. ¿Necesita ayuda con algo durante la fiesta?

 

Kakashi parpadeó, un momento de pausa, antes de volver a mirar por la ventana.

 

—No. Solo quería saber si te gustaría acompañarme —dijo, manteniendo la voz tranquila.

 

—Comprendo… —murmuró Hikari, mirándose las manos manchadas de crema y mordiéndose el labio. Kakashi pudo sentir la incomodidad que se apoderaba de ella y se maldijo internamente.

 

—No tienes que sentirte comprometida —aclaró, girándose hacia ella con un gesto conciliador. Hikari le respondió con una sonrisa tímida y apenada.

 

—Lo siento, pero… —su mirada se desvió hacia su computadora, llena de ventanas abiertas—. De verdad debería terminar mi trabajo. Ya estoy bastante atrasada.

 

—Por supuesto —murmuró él, y su tono volvió a ser el de siempre, práctico y un tanto distante—. ¿Podrías repartir el pastel al resto del equipo? Después puedes retomar tu trabajo.

 

—¡Sí, claro! —respondió ella con amabilidad, colocando los trozos restantes en la bandeja de café que solían usar para estas ocasiones. Con cuidado, dejó sobre el escritorio de Kakashi el plato que contenía el trozo más grande, adornado con una fresa brillante en la cima, exactamente como sabía que le gustaba.

 

Mientras salía de la oficina con la bandejita, Hikari sentía el peso de la decisión que acababa de tomar. Sabía que su excusa había sido válida —realmente tenía trabajo atrasado—, pero también era consciente de que había evitado algo más. Algo que la asustaba y la atraía en igual medida.

 

Por el pasillo, Shikamaru y Yurito aceptaron sus porciones con sonrisas agradecidas.

 

—¡Gracias, Hikari-chan! Eres un ángel —dijo Yurito, tomando su plato con entusiasmo.

 

—No te olvides de tomar el tuyo —le recordó Shikamaru, con una mirada que parecía ver un poco más allá de la superficie.

 

—No se preocupe, ya lo hice —mintió suavemente. En realidad, su trozo aún estaba en la oficina, olvidado junto al pastel casi completo. No tenía apetito.

 

Fue a la oficina de archivos, intentó sumergirse en los informes trimestrales, pero las columnas de números empezaron a bailar ante sus ojos. Cada tanto, su mirada se deslizaba hacia la puerta cerrada de la oficina del Hokage. ¿Qué estaría haciendo? ¿Pensaría en su rechazo? Estornudó otra vez, y esta vez no pudo atribuirlo sólo al cambio de estación. Un ligero escalofrío recorrió su espalda.

 

Dentro de su oficina, Kakashi observaba la fresa en su pastel. Un detalle pequeño, insignificante para cualquiera. Pero él recordaba, de manera absurda, haber comentado una vez, hace meses, que las fresas eran lo único rescatable de los postres demasiado dulces. 

 

Y ella lo había recordado. Dio un mordisco lento, saboreando no solo el azúcar, sino la atención escondida en ese gesto.

 

—Me voy antes —anunció el Hokage, recogiendo sus regalos con una mano—. Gracias por el trabajo de hoy.

 

—Que disfrute su fiesta —respondió Hikari con una sonrisa, ajustándose inconscientemente el cuello de su vestido negro.

 

—Espero que no te moleste que abra los regalos allá —dijo, alzando ligeramente la bolsa. Hikari sonrió con calidez y negó.

 

—Por supuesto que no.

 

—Queda más pastel —señaló la caja sobre su escritorio—. Come sin reparos.

 

—Gracias, pero no tengo mucho apetito —se reclinó en su silla. Kakashi la miró, alzando una ceja con expresión burlona.

 

—Primero rechazas la invitación y ahora el pastel. Casi siento que es un ataque personal contra mi cumpleaños —bromeó, pero Hikari abrió los ojos, alarmada.

 

—¡Claro que no! —se levantó, nerviosa—. Lo que digo es verdad… —Pero no pudo terminar, porque Kakashi se rió, con esa risa profunda y ronca que siempre parecía detenerle el tiempo.

 

—Estoy bromeando —aclaró, aún con los ojos entrecerrados por la risa—. Come solo si quieres. Y no te sobre exijas; los balances los terminaremos a tiempo, juntos.

 

—Gracias —murmuró, entrelazando las manos a su espalda y asintiendo con un gesto sincero—. Solo quiero hacer bien mi trabajo.

 

—Y lo estás haciendo —afirmó él, tomando el pomo de la puerta. Se detuvo un instante para darle una última mirada, su voz bajando un tono, casi confidencial—. Además, ¿desde cuándo se ha visto una asistente con tanto estilo?

 

Sus palabras la dejaron clavada en el lugar, escuchando el crujido suave de la puerta al cerrarse. No entendía por qué su jefe ejercía ese poder sobre ella, capaz de dejarla sin aliento con una frase o de hacerla desear, con tanta fuerza, escuchar su voz un minuto más.

 

Estaba completamente confundida.