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Español
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Published:
2026-02-02
Updated:
2026-03-22
Words:
31,795
Chapters:
5/?
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38
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83
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908

Todo regresa al Hades

Summary:

—Espera, ¿qué? ¿Entonces de verdad estás seguro de que esa profecía habla sobre mí? —pregunta con incredulidad y Quirón aprieta los labios.

—Bueno, ¡Yei! —festeja Percy, apoyado de costado en una de las paredes, con los brazos cruzados sobre el pecho y la confianza de un Dios entre mortales. Will siente un sutil rubor calentar sus mejillas al ver la sonrisa radiante que le dirige el chico—. Parece que tenemos algo en común.

...

o: Tras ser atacado en California y rescatado por un sátiro, Will llega al Campamento Mestizo para descubrir que su verdadero padre jamás fue Lonnie Byers, mientras tanto, en Hawkins, sus amigos creen que ha sido secuestrado de nuevo. Pero esta vez, Will sabe que no puede ignorar el llamado de la herencia en su sangre.

Chapter 1: Aroma a pérdida.

Chapter Text

Lenora Hills, California. 22 de marzo de 1986.

 

Si podía ser sincero, Will debió haber previsto lo que pasaría, incluso antes de que ocurriera.

Nunca se culpó por haber nacido con un alma ingenua y bondadosa, siempre fue su defecto más grande, ser un blanco fácil para la traición; un niño demasiado sensato, como solía decir sus profesores, un niño que llevaba el corazón desnudo en las manos —fácil de pisotear, fácil de apuñalar —, como solía decir Joyce, mientras lo miraba con esa certeza en la mirada que tienen las madres cuando saben qué tan malo será el porvenir; como si pudiera haberlo leído en el rostro de un Will de 5 años que jamás entendió qué había de malo en amar incondicionalmente, hasta dejarse la piel en ello.

El amor no correspondido es basura, y nunca ha sido un secreto para nadie. Pero Will Byers podía vivir con eso. Al menos, solía poder, cuando Mike no actuaba como si el afecto de Will fuera sucio .

Lo sabe . No puede evitar pensar, mientras capas de humillación y dolor trepan por su garganta, lo siente detrás de sus cuencas, ardiendo, gimoteando. Él lo sabe y me odia por eso . Se repite, reprimiendo el nudo en la garganta que le corta la voz, mientras Mike yace delante suyo, los rizos negros indómitos sobre su rostro, un rostro que Will había extrañado tanto estos cinco meses lejos de él; Will había anhelado oír el sonido de la voz de su mejor amigo desde el primer día en que piso Lenora, Mike, aparentemente; no, si la falta de llamadas y cartas expresaban algo. Lo único que Mike parece querer decirle ahora es cuánto Will arruinó su perfecto día de reencuentro con Jane. Oh, Will lamenta tanto no poder encontrar la fuerza para sonreír mientras unos ojos que solían pertenecerle ahora miran en otra dirección.

Es absolutamente humillante y patético pedir lo que no te quieren dar, aún así, Will es incapaz de tragarse el vómito de palabras que escala por su garganta, hasta que acaba por derramarse—: ¿Y qué hay de nosotros? —la pregunta sale de su boca como un suspiro, una súplica, o por dios, solo piedad, que Mike Wheeler tenga la compasión de decirle que lo extrañó tanto como Will lo hizo—. Dejaste muy claro que no te interesa nada de que yo quiera decir. Llamaste sólo un par de veces —traga saliva con fuerza, hasta que siente que se le entumece la garganta—. Han pasado meses, Mike, pero Ce tiene un libro lleno de cartas tuyas.

—¡Es porque es mi novia, Will! —lo interrumpe Mike, como si Will no lo tuviera ya muy presente, en cada llamada que esperaba con el corazón apretado entre las costillas, durmiendo sobre el sofá de la sala de estar mientras Jane recibía carta tras carta, ajena a lo que robó, ajena a lo que solía ser de Will.

—¿Y nosotros? —exhala, siente que su voz se esfuerza por salir, escapar del naufragio que siente en el pecho.

—¡Somos amigos! Somos amigos —Mike alza la voz y entonces todo lo demás se vuelve ruido blanco para Will. Es toda su culpa, lo sabe. No debió pensar que, en algún punto entre la desaparición de Will Byers y la entrada de Once a su vida, Will seguiría siendo una prioridad en la vida de Mike, no debió ensayar su saludo delante del espejo cuando se enteró de que Mike vendría de visita a Lenora, no debió analizar con cuánta fuerza apretaría el lienzo de la pintura con manos sudorosas antes de mostrárselo a Mike, convencido de que un abrazo suyo repararía el vacío de las cartas no enviadas.

Will sabe reconocer cuando una batalla está perdida, aún así, su corazón parece dar un último latido cuando dice—: Pues solíamos ser mejores amigos.

Los sentidos del Will se cierran y el aire se vuelve helado, puede ver a Mike delante suyo, diciendo un par de cosas más sobre Jane —claro que se trata de Jane, siempre es sobre ella—, antes de darse la vuelta para seguir buscándola, dejando a Will de pie en medio de la pista de patinaje.

Will observa la espalda de Mike alejándose, e igual a un silbido, escucha el chasquido de algo que solía estar quieto dentro suyo ajustarse, como si una pieza suelta hubiera encontrado su lugar finalmente. La temperatura dentro de Rink-O-Mania desciende bruscamente, como si alguien hubiera apagado la calefacción. Un suspiro de vaho frío escapa de los labios de Will, inconfundible en medio de una tarde calurosa en Lenora Hills. Las sombras en las paredes parecen alargarse hasta volverse siluetas que lloran y se lamentan, afuera, el aire sopla tan fuerte y las luces de la pista parpadean con un tracateo senil, fundiéndose hasta estancarse en charcos de iluminación y oscuridad latente.

Will podría haberlo notado si hubiera asomado su cabeza por la ventana, pero no lo hace y lo vivo muere; a la altura de sus pies, el césped que bordea el concreto de la salida empieza a colorearse gris. Unas margaritas atrincadas a la orilla de la calle se curvan, perdiendo su color y desintegrándose en cenizas negras en cuestión de segundos. La vida parece estar huyendo del radio que rodea a Will Byers, atraídos por un llamado de dolor. Su dolor, inconsciente, que llama a algo antiguo, algo que habita la oscuridad y que finalmente logra localizarlo.

—Sabía que si esperaba lo suficiente, podría encontrarte primero, Will Byers —ronronea una tenue voz que atraviesa el estupor estancado en la visión de Will, un escalofrío familiar le recorre los brazos y se anida en su nuca con una punzada de alerta, sus instintos le gritan que corra, que huya, porque es la misma sensación que ha experimentado muchas veces antes, cada vez que las cosas iban cuesta abajo. Al instante, su corazón se aprieta y siente el pánico filtrarse en su sangre; él sabe lo que significa y, patéticamente, lo primero que hace es tratar de encontrar la figura de Mike entre la multitud, luchando contra el impulso de gritar su nombre desesperado, como solía hacer siempre que las pesadillas invadían sus sueños—. Ni siquiera lo intentes, pequeño príncipe, la niebla me oculta bien de la vista de los humanos, jamás podrían saber lo que está pasando. Es toda una suerte, Madre Hécate no me permitiría dañar a un mortal en estás circunstancias.

— ¿Stacy? —pregunta Will con voz ronca por el miedo y la confusión, delante suyo, la mejor amiga de Ángela se desliza con la calma cruda de un cazador, reduciendo la distancia entre los dos. de Stacy, hay garras y colmillos por todos lados, una de sus piernas parece estar hecha de bronce, y la otra galopa como la de un asno. El aroma que desprende es visceral; huele a putrefacción.

La criatura se inclina, sonriendo como si el miedo de Will la enterneciera—. Una fiel servidora de la Diosa Hécate, para servirte —murmura, deslizando sus garras sobre el suelo—. Te he estado observando, Will Byers, debo admitir que lo has hecho muy bien, ocultando tu aroma todos estos meses, pero es una verdadera pena, solo bastó que ese amigo tuyo viniera aquí y te dijera un par de cosas hirientes para que tus esfuerzos fueran en vano, todos los monstruos en al menos 3 kilómetros podrían haber olfateado ese despliegue de poder en un parpadeo —reflexiona Stacy, o quien Will supone que ya no es Stacy, tal vez nunca lo fue—. En serio, querido héroe, ¿de qué te sirve la sangre de un rey si dejas que un simple mortal te marchite el corazón?

Will no entiende un carajo de lo que sale de la boca de la criatura, pero si hay algo que entiende muy bien, es que esos colmillos lucen muy capaces de atravesar carne humana como si fuera papel, así que inhalando con fuerza: Will se da la vuelta y hace lo que tan bien sabe hacer: huye. El viejo instinto de lucha, aquel que se sintió caliente y furioso latir en sus venas durante su infernal estancia en El Otro Lado se activa en su cuerpo como si fuera una extensión más de sí mismo.

—Comerme a un Semidios tan prometedor... creo que es mi obligación hacerlo antes de que... recuerdes —murmura con una risita la Empusa antes de abalanzarse sobre él.

—¡Hay un perro con rabia en la pista! —grita la voz asustada de una chica, y entonces todos los adolescentes dentro de la pista de hielo comienzan a agitarse y tropezar unos con otros, tratando de alejarse del meollo del asunto. La niebla impide a los mortales ver la forma real de la Empusa, y aparentemente lo único que pueden ver es a Will Byers ser perseguido por una bestia que luce como un enorme perro mostrando una dentadura llena de colmillos afilados.

Mike, a unos metros de distancia, se paraliza al escuchar el súbito bullicio que se estalla a sus espaldas, sonidos de quejidos y cosas cayendo; siente un latido sordo en el pecho al tiempo que se gira, ese que siente siempre que Will está en peligro, como si algo le avisará que Will lo necesita, las personas solían decir que Mike Wheeler nunca actuaba de forma coherente cuando era Will Byers quien estaba en peligro, y lo demuestra una vez más cuando, en contra de todo buen juicio, grita el nombre de Will y corre en la dirección contraria de la que las personas se alejan, sin conocer ni siquiera el motivo del pánico.

Will desaparece detrás de los vestidores que afortunadamente se encuentran vacíos, resistiendo la retahíla de pensamientos llenos de pánico que resuenan en su cabeza a gritos—¿qué carajos es eso? ¿Por qué lo busca? ¿Por qué quiere matarlo? ¿es otro de los monstruos del mundo del revés?—, Will se apoya contra un casillero cerrado, presintiendo la llegada del monstruo; tropieza y se golpea las costillas con los bancos cuando la enorme figura de la Empusa se azota con fuerza contra la puerta, abollando el acero de los casilleros como si fuera simple papel de aluminio y derribandolo en el suelo.

Por instinto, Will se cubre la cara con las manos, el aliento de la Empusa filtrándose en su nariz mientras ella abre sus fauces, hileras de dientes amarillos y carne podrida, y recuerdos traumáticos y dolorosos de sus días en El Otro Lado invaden la mente de Will como el rollo de una vieja película, recuerdos que había sepultado muy profundamente y que sólo volvían a su mente en sueños, en la vulnerabilidad de la soledad y el abandono que le confiere la noche. Algo doloroso tira del corazón de Will, algo que lo llama cobarde y débil, algo que lo obliga a descubrirse el rostro y alzar la mirada con un sentimiento crudo e instintivo retorciéndose en sus ojos. Un graznido atronador resuena en las paredes; las sombras de los casilleros se despliegan de las paredes y se vuelven sólidas por un segundo, golpeando a la Empusa con la fuerza de un látigo, la criatura sale despedida hacia atrás, dándole a Will el tiempo justo para incorporarse.

Ignorando el dolor punzante en su tobillo, probablemente torcido en la caída, la confusión y el rugido de terror puro detrás de sus oídos mientras se mira las manos —¿qué acaba de suceder?—, Will se pone de pie y se desliza fuera de la habitación; el aturdimiento de la criatura le da el tiempo suficiente para cerrar el candado que cuelga suelto de la manija de la puerta de los vestuarios, dejando a la Empusa encerrada dentro de la habitación, soltando alaridos de furia por la trampa.

Will apenas tiene tiempo de soltar un suspiro de alivio y sujetarse al pecho, antes de que la puerta de los vestidores comience a ser azotada una y otra vez por el cuerpo de la Empusa, dispuesta a salir a la fuerza, y que a juzgar por la manera en la que el metal se está abollando con tanta facilidad; parece ser capaz de lograr más temprano que tarde. Will da varios tropiezos hacia atrás y nuevamente echa a correr en dirección al pasillo más cercano, oh, cómo desearía tener una escopeta con él en ese preciso momento, no sabe si serviría de mucho con ese monstruo, así como no sirvió con los Demogorgones, pero al menos con un arma podría defenderse, no sólo correr y correr, anhelado que alguien vaya a salvarlo, anhelando que Mike—

Will se detiene de golpe, un subidon de adrenalina y miedo paralizando sus sentidos al recordar a Mike. Oh, Mike, y Jane, joder, ¿cómo pudo abandonar a su hermana? Ni siquiera sabe si hay más de esos monstruos allá fuera. Will se da la vuelta en medio de su carrera, un tiempo para ver al final del pasillo a Mike corriendo hacia él, demasiado cerca de la puerta donde Will acaba de encerrar a la Empusa segundos atrás. Siente náuseas en la boca del estómago.

—¡Will! —grita Mike luciendo demasiado aliviado al ver a su mejor amigo a salvo, trata de avanzar hacia delante para comprobar que Will no tiene ninguna herida, pero no logra dar un paso más, como si una fuerza lo empujara hacia atrás, anclando sus pies al suelo para que no pueda caminar—. ¿¡Will, estás bien!? —Will odia lo mucho que siente ganas de llorar de felicidad y alivio al ver a Mike, como si con sólo tenerlo cerca nada pudiera ser capaz de hacerle daño. Como si su cuerpo supiera que puede sentirse a salvo en presencia de Mike.

—¡Vete, Mike, regresa a la pista! ¡Vete lejos de aquí! —trata de alertarlo, pero sospecha que definitivamente Mike no obedecerá sus palabras, está en su naturaleza, procurar la seguridad de sus amigos antes que la propia. Will trastabilla al tratar de acercarse, sintiendo un rayo de dolor atravesando su peroné, pero en ese momento, una mano se envuelve con fuerza en su muñeca, tirando de él hacia atrás, arrastrándolo lejos de Mike. Will gira el cuello de golpe, entumecido por el terror al pensar que es otro monstruo que ha logrado alcanzarlo, pero son unos cálidos ojos marrones los que lo miran, pecas de verano y cabello rizado que esconde... ¿Cuernos?—. ¿Quién... Quién eres...? —balbucea Will, hay algo en la presencia del joven delante suyo que le influye en la confianza. Al menos no siente tantas ganas de huir como con la Empusa.

—Hola —dice el desconocido con voz estrangulada, un sonido que combina la histeria con algo parecido al cansancio—: Soy Grover, ¡y lo sé!, sé que tienes muchas preguntas, pero no hay tiempo para eso, te llevaré lejos de aquí —dice el chico de cabello rizado, jalando de la muñeca a Will para llevarlo a un lugar desconocido.

—¡Espera, no! ¡No puedo dejar a mi hermana aquí... a Mike! ¡Ese monstruo los matará! —se queja, lanzándose hacia atrás, las luces del pasillo comienzan a parpadear nuevamente, mucho más agitadas que en una tormenta eléctrica, una niebla fría y negra como vaho comienza a brotar del suelo, solo pensar en que algo, alguien, pudiera lastimar a las personas que ama, hace que Will sienta un pánico vísceral. Mike, incluso a metros de distancia, parece notar que hay un tipo que está intentando llevarse a Will en contra de su voluntad, puede ver el miedo reflejados en su habitualmente dulce rostro, lo cual solo provoca que intente llegar a ellos con más ímpetu, en vano.

—¡Will, Will! ¿¡Que está pasando!? —grita Mike, sin entender nada de la situación, sin poder atravesar la barrera, lo frustra—. ¿¡Qué carajo es esto!? —maldice, golpeando la barrera invisible con sus puños lastimados.

—Oh, no, no hagas eso, ¡beeh!—se sobresalta Grover, abriendo sus ojos, asustado y alterado al percibir el creciente parpadeo de las luces. Will da un salto, una mezcla de confusión histérica e incredulidad le llena el pecho al escuchar el balido que emite Grover, idéntico al de una oveja, este, a su vez, parece abiertamente abochornado por su arrebato, Y Will podría haberse reído si no estuvieran en una situación de vida o muerte—. Usar tus poderes ahora solo hará que atraígas más monstruos. escúchame, sé lo que te digo, en cuanto nosotros nos vayamos los monstruos también se irán, no están interesados en atrapar humanos, ¡te quieren a tí!

Will se queda quieto ante esas palabras, no debería confiar en un desconocido, definitivamente no debería, pero hay tantas cosas que no entiende, y a la vez, la mirada que le dirige ese chico llamado Grover es tan honesta que es difícil creer que alguien pueda mentir con esos ojos. El recuerdo de las propias palabras del monstruo forman un eco en su mente; Stacy había dicho que no podía dañar humanos, y hasta ahora, el único a quien había estado persiguiendo era a él. Will voltea hacia atrás, notando cómo la puerta cerrada de los vestuarios comienza a tronar, a centímetros de abrirse bajo el peso de las sacudidas de la Empusa encerrada, está a punto de salir; está a punto de salir y herir a Mike.

—Will, escúchame —tartamudea Grover, tratando de hacerlo entrar en razón—, ese frío que sientes no es lo que piensas, es tu herencia. Y si no vienes conmigo, los monstruos que viste en Hawkins parecerán juguetes comparados con lo que viene a por ti ahora que ha despertado —dice como una sentencia, farfullando al ver cuánto ha bajado la temperatura en el pasillo—. Les haces más daño quedándote que yéndote de aquí, Will —finaliza, y Will siente que sus ojos se llenan de lágrimas traicioneras.

Puede ver a Mike observándolo desde lejos, ojos aterrorizados, como si supiera que se están llevando a Will lejos de él, a un lugar donde él no podrá alcanzarlo jamás. Hay un presentimiento en sus huesos, una premonición en la sangre que le dice que si deja ir a Will en ese momento, jamás volverá a su lado, no por completo, no como solía serlo. Siente una fractura en el pecho, un hueco aislado.

Es solo que... es solo que Mike Wheeler nunca había puesto esa mirada al observar a Will, como si fuera indispensable, Mike nunca había parecido tan absolutamente destrozado, como a quien le roban algo preciado, por segunda vez. Y tal vez todo esto es sólo Will alucinando, su fatídico anhelo de sentirse amado por quienes ama; Tal vez solo está poniendo en el rostro de Mike las emociones que siempre quiso que le dirigiera. Y con seguridad, Mike se sentiría aliviado de no tener que seguir cuidando de alguien con las cicatrices de Will. El mundo lo olvidó. El mundo se olvidó de Will Byers esa noche del 6 de noviembre de 1983 y nada volvió a funcionar correctamente a su alrededor. Es como si el universo lo hubiera empujado fuera del orden natural de las cosas y ahora; nada de lo que alguna vez fue suyo pudiera volver a serlo. 

—¡Tenemos que irnos, Will! ¡Ahora! —grita Grover, agarrando a Will del brazo al escuchar el crujido de las bisagras de los vestidores comenzando a zafarse de sus goznes, las garras afiladas de la Empusa se deslizan por el metal de la puerta con un sonido chirriante, profiriendo una risa de victoria que suena vil y nauseabunda. Y joder, no, Will no volverá a hacer esto, Will se niega a volver a ser atrapado por un monstruo aterrador, sediento de sangre, absolutamente no, ha tenido suficiente de eso para toda la vida.

Will siente un jalón en su brazo. Esta vez no se resiste.

—¡Suétalo! ¡No! ¡WILL! —Mike intenta correr hacia ellos, pero el suelo bajo Will se abre en una grieta de oscuridad absoluta, emanando un aura helada y grisácea que se asemeja demasiado al Otro Lado. En un parpadeo, una sombra enorme y alargada envuelve como una manta a Will y Grover, haciendolos desaparecer del plano. Lo último que Will puede ver, agitando el océano de terror en su garganta, es la cara de Mike, una máscara de puro horror y arrepentimiento, gritando su nombre mientras el olor a moho y muerte llenan el aire.

Mike se desploma sobre el piso lustrado de Rink-O-Mania, como si la barrera invisible que lo mantenía al otro lado, con los pies pegados al suelo, hubiera desaparecido de golpe; toca la cerámica fría con las manos desnudas, tratando de hilar sus pensamientos. De inmediato, las luces de todo el edificio se estabilizan, incorporando una iluminación dorada y podrida en el pasillo, el frío se desvanece y el sonido detrás de los vestidores se esfuma como un eco. No hay rastro de Will en el aire. Solo el doloroso aroma de la pérdida.

Chapter 2: De hijos de Reyes y campos de fresas

Summary:

—Sabes, normalmente la gente avisa antes de entrar a robarme la línea telefónica divina —dice una voz desde la puerta. Tan libre como el mar.

Will da un salto tan violento que casi tropieza con la fuente. Se gira de golpe, y por un segundo, las sombras en los rincones de la cabaña de Poseidón cobran vida propia, siseando como serpientes negras, listas para atacar. En el umbral, recortado por la luz dorada del atardecer del campamento, una silueta alta se refleja contra el agua. Will se desestabiliza, nervioso. Quien está delante suyo no es un chico normal, puede saberlo con solo mirarlo. Tiene los ojos más verdes que Will nunca ha visto y un aura tan pesada que asfixia. 

Ese debe ser Percy Jackson.

Chapter Text

Hay un bullicio estridente perforando sus tímpanos, como si el infierno mismo hubiera llegado temprano a la tierra, hace frío y está húmedo, de una manera que le eriza la piel, no está bien , no se siente bien, es incorrecto , esa sensación que lo transporta a las memorias de una niñez robada. Gritos, sangre, huesos, este tipo de hedor tan helado que corta la piel, la quema y la transforma. 

 

"Te pregunté si querías ser mi amigo. Y dijiste que sí..."

 

Pero Mike está aquí. 

 

Mike está aquí y entonces todo lo demás se apaga, la niebla se disipa, se desvanece, se hace añicos bajo el peso gentil de esos ojos negros salvajes y tan cálidos como un sol en cualquier mañana de invierno. Si Mike está aquí, todo estará bien. Es algo que Will aprendió hace más de media vida, una enseñanza que se tatuó en su piel como un recordatorio eterno de su más grande anhelo. Si Mike está aquí, no hay nada que asuste a Will.

 

No cuando se trata de Mike Wheeler, protector y cariñoso como sólo él puede, el mismo que aprendió el tono exacto que debía tomar su voz cuando Will tenía 8 años y llegaba aterrorizado a la puerta de su casa, mojado por la tormenta bajo el porche de lo que llamaba su hogar, temblando no por frío, sino por el horror de un padre que jamás aprendió a acariciar sin antes dañar.

 

Mike Wheeler, que jamás tuvo que preguntar para saber la respuesta, que se comunicaba con una mirada, un suspiro o un movimiento, cualquier mínima señal que demostrará que Will estaba pasando por problemas, y entonces Mike lo llevaría lejos, sin preguntar, sin dudar, lejos de dolor, de la presión y el sufrimiento. Dedos entrelazados, mejillas que duelen de reír, sueños de inocencia. 

 

"Ya no somos niños" . Will se queda de pie, con frío más allá de la piel, en los huesos, en el estómago y en el corazón. Se da la vuelta, solo para observar sus propios recuerdos de un verano que quedó sepultado en Hawkins. ”Quiero decir, ¿qué pensabas en realidad? ¿que nunca íbamos a tener novias? ¿que íbamos a pasar todo el día en mi sótano y jugar juegos el resto de nuestras vidas?" Dice el Mike de sus recuerdos, no el de ojos amables al que no le importaba que sus pulgares se rozaran de vez en cuando al leer un cómic bajo el sol vespertino que entraba por su ventana, sino ese Mike Wheeler de mirada indiferente. Cruel en el abandono de una identidad que siempre añorará. 

 

Will intenta tocar el hombro de Mike, paralizado, aterrorizado, siempre corriendo como un niño asustado a su refugio, que nunca ha sido un lugar sino una persona, pero su mano deja un rastro de moho negro sobre la camiseta limpia de su mejor amigo. Mike se aparta con una mueca de asco físico. ”Estás infectado, Will”, susurra Mike, y su voz no es suya, sino un eco de mil voces susurrando desde el vacío. ”Siempre traes la muerte contigo”. Will trastabilla hacia atrás, tropieza y cae, se mira las manos y nota que no es sangre lo que las cubre, sino una sombra líquida que escurre entre sus dedos y lo reclama.

 

Will exhala, sollozando, aplastado bajo la soledad y el rechazo, pero cuando lo hace; el vaho que sale de su boca ya no es solo frío, sino que luce como humo; se está pudriendo por dentro. 

 

Está mal. Es incorrecto. Sucio, sucio, sucio. Will está sucio y no puede culpar a Mike por darse cuenta de ello. Will ha estado sucio desde su nacimiento, como solía decir su padre, aliento putrido a alcohol y una sinceridad de la que nacen moretones. Podría haber hecho caso a las advertencias, aquellas que marcaron su existencia como el desfortunio de todos sus seres queridos, el karma de una vida mal obrada, pero Will realmente quiso creer que alguien con su piel y sus huesos podía alguna vez pertenecer a algún lado. A alguien

 

Tal vez Will morirá esperando toda su vida volver a ver a ese niño que alguna vez lo miró como si mereciera ser amado. 

 

—¿Estás despierto? 

 

Will abre los ojos de golpe, despertando con un sobresalto de su pesadilla con más sabores a realidad de lo que le gustaría. Se incorpora de la cama de golpe, aturdido, siente sudor frío detrás de su cuello y el latido histérico de su corazón aleteando contra sus costillas. Hay un zumbido en su cabeza, como el sonido blanco de un cementerio.

 

—¡Lo siento! No quise asustarte. Parecías muy nervioso mientras dormías —murmura de nuevo la voz desconocida. Will mira al intruso con ojos nerviosos, reconociéndolo de inmediato. Es el chico de Rink-O-Mania, el mismo que aparentemente lo salvó y lo trajo hasta aquí. 

 

Will se incorpora lentamente y analiza con ojos aturdidos sus alrededores. Su cuerpo descansa sobre una tumbona inesperadamente cómoda, pero esto definitivamente no es su hogar. 

 

—¿Dónde estamos? —es lo primero que logra preguntar, antes de que todos los recuerdos de momentos antes de su desmayo golpeen sus sentidos; Stacy, la pista de patinaje, dolor, Mike. Will inmediatamente siente que su piel se eriza, el pánico surgiendo de lo más hondo de su estómago—. ¿Dónde están mis amigos? Necesito verlos —murmura con la voz enronquecida por el temor, tratando de ponerse de pie, su tobillo aún palpita, ¿es un esguince? 

 

Grover pone una mano delante suyo, deteniendo sus intentos en un forzoso gesto de firmeza—. Ellos están bien, te lo prometo —dice con seriedad, pero su fachada se rompe, parece realmente nervioso—. Sé que no entiendes nada y estás asustado, pero te prometo que ellos estarán bien, la Empusa los dejó en paz, aunque no puedes volver con ellos ahora, los pondrías en peligro —hay dudas en su mirada, como si supiera que eso es todo lo contrario a lo que Will desea escuchar.

 

En respuesta, Will aprieta sus puños en su regazo, sintiendo nauseas en la base de su garganta. Honestamente, ¿no es su vida una montaña rusa de mala suerte? ¿no le basto al universo con llevarlo una vez a otra dimensión a sus 11 años? Se mira las manos, notando moretones, ¿cómo pueden decirle que no podrá volver con su familia y esperar que se quede sentado y tranquilo sin hacer nada? Will ha recibido tantos "peros" a lo largo de su vida, está cansado de ellos.

 

—Pero puedo ayudarte a que hables con ellos —repone Grover, al notar la inquietud del menor, tratando de consolarlo mientras se estira para buscar su mirada. Inmediatamente, Will siente que el nudo en su garganta se afloja y a la vez se tensa, ¿qué se supone que le dirá a su madre? Ella estará destrozada, ni siquiera está seguro de que permita que alguien lo aleje de ella—. Pero antes, bebe esto, te ayudará a sentirte mejor, te llevaré a hablar con el líder del campamento, ¿de acuerdo? Él solucionará todas tus dudas —le extiende un vaso con liquido ámbar, luce extrañamente peculiar, como si no tuviera un color definido.

 

Will se lleva el vaso a sus labios y siente calor detrás de sus párpados, la calidez que solo le pertenece a la nostalgia. De alguna manera, la bebida sabe exactamente a como debía saber el chocolate caliente que Mike solía prepararle cuando Will huia de casa en las noches especialmente difíciles e iba directamente a refugiarse con los Wheeler. Lo cual debería ser imposible, Mike siempre le puso una cantidad obscena de azúcar a cualquier bebida, como si supiera que Will ya tenía suficiente amargura y dolor en su vida. Sabe a la primera vez que Mike le dijo que nunca más tendría que sentirse solo en el mundo. Sabe a un hogar que ya no existe.

 

—¿A qué sabe para ti? —pregunta Grover, Will parpadea, aturdido por la pregunta, pero antes de que pueda contestar, aunque no está seguro de querer hacerlo, Grover se interrumpe a sí mismo—. Olvídalo, no importa, es sólo que siempre siento curiosidad por eso —murmura mientras se aleja para darle espacio a Will, quien se pone de pie sujetándose de una extraña estatua de acero, frunce el ceño al notar que su tobillo ya no duele en lo más mínimo, de hecho, se siente un poco revitalizado. 

 

—¿Es algún tipo de droga? —pregunta tímidamente Will, fascinado a su pesar, ningún medicamento legal podría hacer efecto así de rápido. Con su poca experiencia en las drogas, (en realidad, solo vistazos breves de Jonathan actuando como otra persona después de fumarse un porro), no podría descartar la idea. 

 

Grover suelta un chillido nervioso que suena más como un estornudo de cabra—; ¿Droga? ¡No! Bueno, técnicamente si bebes demasiada te quemarías vivo, así que supongo que es... potente. Pero no del tipo que usan los mortales, te lo aseguro —balbucea—. Es néctar, la bebida de los dioses, la verdad ya lo sabía, pero acabas de demostrarme que realmente eres un semidiós —dice Grover con una sensatez en la voz que le indica a Will que no está bromeando en lo absoluto, mientras camina a un ritmo extraño, como si le dolieran los tobillos. 

 

Will lo mira por un instante, dudando, pero finalmente decide asentir cortésmente y apartar la mirada, murmurando con vocecita dulce "claro", honestamente, no siente deseos de hacer sentir mal a su acompañante ante los inicios de sus aparentes delirios. Sí, es droga. Pero no encuentra recomendable decirlo en voz alta. Honestamente, su mente está en otra parte. Sus pies siguen a Grover, pero sus ojos se balancean nerviosamente en su entorno, buscando sombras. Nota que, a diferencia de Grover, su propia sombra en la arena parece más densa, más oscura, como si se negara a ser disuelta por el sol de Long Island. Se talla los ojos frenéticamente, tratando de desvanecer el efecto visual. 

 

El atardecer golpea con una peculiar calidez cuando salen al corazón de lo que parece ser un campamento, si el aroma a humo y las fogatas apagadas indican algo. Will observa con atención vivaz todo, hay un campo de fresas a la distancia y dianas en las que un par de niños parecen practicar tiro con arco. Apenas hay un par de adolescentes deambulando por la arena con indiferencia, algunos le lanzan miradas de curiosidad, otros ni siquiera parecen notarlo, más concentrados en afilar... ¿lanzas?

 

Un chico que no debe tener más de catorce años pasa junto a ellos cargando un escudo de bronce que brilla tanto que ciega. No es utilería de teatro, Will conoce el brillo del metal real; y esto es armamento sólido. Antes de que pueda empezar a entrar en pánico y preguntarse a donde se supone que lo llevaron, Grover vuelve a hablar en voz alta. 

 

—Esa es la arena de entrenamiento —señala de pronto, tratando de sonar como un guía turístico mientras caminan por un césped tan verde como las esmeraldas—. Y allá están las cabañas. Sería agradable que fueran más, pero... ya sabes, las reglas de construcción divina son un poco estrictas. Percy ayudó mucho, en realidad, antes era peor.

 

Will asiente lentamente, apretando el vaso vacío de ambrosía en su mano derecha. No quiere ser grosero, pero el chocolate que acaba de beber lo está haciendo sentir demasiado lúcido para su propio bien. Se siente como un tonto, él vino hasta acá con un desconocido, y además bebió sin protestar lo que le dieron, debe haber perdido la razón en algún punto.

 

—¿Cabañas? ¿Reglas divinas? —Will se detiene delante de una casa mucho más grande que el resto y mira el lugar fijamente. Está pintado de un cálido azul celeste con ribete blanco. Will nota una veleta de águila de bronce en lo alto, y un par de campanillas de viento junto al porche. Le gustaría plasmarla en papel algún día, de alguna forma, se parece a la casa con la que solía soñar cuando era un niño, custodiada por hermosas criaturas. Siente un latido en su pecho ante el recuerdo—. Mira, agradezco que me salvaras de esa... lo que sea que fuera Stacy, pero ¿podemos dejar de lado el... juego de rol? ¿O hablar en código? —Will ha escuchado hablar de eso muchas veces, y si puede contar las campañas de D&D, también lo ha experimentado; podría haber seguido el hilo si estuviera en sus 5 sentidos, pero justo ahora, siente tanto cansancio mental que podría desmayarse en cualquier momento—. Si esto tiene algo que ver con el Mundo del Revés, lo tengo, ¿sabes? No tienes que hablarme en clave. 

 

Grover suelta un balido ahogado, ese tan similar al de una cabra, que intenta disimular con una tos torpe. Sus ojos se abren muy grandes. Podría ser cómico en otras circunstancias.

 

—No es... No es nada de eso, Will. Es... es tu sangre, si lo quieres ver de ese modo. Por cierto, ¿por qué me miras así los pies?

 

—No quería ser grosero, solo... caminas incómodo —termina por decir Will, en un arranque de sinceridad—. Como si tuvieras piedras en los zapatos. O como si... —Se calla de golpe cuando Grover tropieza con una raíz de la nada y una de sus zapatillas sale volando hasta estrellarse contra un árbol.

 

Will se queda petrificado, totalmente fuera de sintonía. Porque lo que hay ante él no es un pie humano dentro de un zapato, en su lugar, hay una pezuña hendida, peluda y muy, muy real.

 

—¡Oh, por los dioses! —chilla Grover con pánico creciente, saltando sobre una pierna para recuperar su calzado que yace a un par de metros de distancia—. ¡No mires! ¡Todavía no planeaba enseñarte esto! ¡En serio, todos se vuelven locos!

 

Will retrocede un paso, tan sorprendido que ni siquiera puede entrar en pánico—: Tienes... tienes patas de cabra —susurra Will, señalando con un dedo tembloroso aquella extraña extremidad—. Oh, dios mío —chilla finalmente con una voz más bajita y aguda de lo normal, tapándose los oídos—. Oh, dios, oh, dios, Jonathan me dijo que el viaje podía ser intenso, pero esto es ridículo, en serio, ¿por qué estoy...? —comienza a balbucear. 

 

—¡No son drogas! —exclama Grover, finalmente logrando encajarse la zapatilla, y lo mira como si lo hubiera insultado personalmente, casi hace que Will se sienta avergonzado por su reacción, ha visto cosas peores que un hombre con patas de cabra, más o menos, el Mundo del Revés no es un chiste—. Soy un sátiro, un buscador. Mi trabajo es encontrar a chicos como tú y traerlos aquí antes de que los monstruos los conviertan en su comida.

 

—¿Un sátiro? ¿Como en las crónicas de Narnia? —Will parpadea, tratando de procesar la imagen de Grover con cuernos—, ¿estás diciendo que podrías ser como el Sr. Tumnus? Quieres decir, ¿Narnia es real? —balbucea, si bien Will sabe que hay cosas que los humanos normales no deberían saber, como otra versión de la realidad debajo de Hawkins y monstruos horribles de otra dimensión, jamás pensó que Narnia también fuera real. 

 

—¡El Sr. Tumnus era un aficionado! —Grover parece sumamente ofendido por un segundo, pero luego suspira, ajustándose la gorra rasta naranja sobre sus rizos—. Escucha, Will. Sé que es difícil. Pero ese monstruo que te atacó antes no era una chica normal, como ya habrás asumido, era un monstruo —carraspea, mirándolo de nuevo con seriedad—, y la única razón por la que pudo olerte es porque tú no eres un humano normal. En realidad, eres un semidiós.

 

Will suelta una risita nerviosa, una que suena pequeña y rota—. Soy Will Byers —repone, como si la idea de ser él fuera un antonimo de semidiós—. Créeme, soy lo más alejado de un Dios que vas a encontrar en este planeta, ni siquiera puedo defenderme a mí mismo, yo... —murmura nerviosamente. 

 

—Tu padre no pensaba lo mismo —dice una voz profunda y calmada a sus espaldas. Will había pasado por alto hasta ahora el sonido de cascos de caballo a sus espaldas, pero cuando finalmente voltea, se queda de piedra. Delante suyo, un hombre de rostro magnánimo lo mira fijamente, pero eso no es lo sorprendente, en realidad, no lo es—. Soy Quirón, el encargado de este campamento, y como puedes ver, bueno, soy un centauro. 

 

Will traga saliva con fuerza, tenso desde los hombros hasta las plantas de los pies—. ¿Centauro? —murmura demasiado bajo, respirando hondo. 

 

—Y tú definitivamente eres un semidios, uno muy prometedor, si puedo ser sincero —Quiron se da la vuelta, mostrando sus crines con absoluta libertad. Will parpadea—. Entra, te contaré todo lo que tienes que saber sobre el Campamento Mestizo.

 

Will siente que podría desmayarse ahora mismo. 

 

... 

 

 

Will suelta un suspiro suave y tembloroso mientras se sienta delante de una pequeña fuente de agua en el suelo. Se toca la frente, sintiendo los inicios de un dolor de cabeza en sus sienes, supone que es la reacción más normal que podría tener alguien después de que le den la notícia de que no es hijo de su padre biológico, sino de un Dios, y no sólo eso, sino que ahora carga con la responsabilidad de luchar en una guerra que desconocía apenas un día atrás para evitar que un Titán de la antigüedad extermine a toda la raza humana, incluyendo, por desgracia, a todos sus seres queridos. 

 

Will observa con ojos perdidos el tenue arcoiris que se mece en la fuente, Grover lo había ayudado a infiltrarse en la cabaña de Poseidón a hurtadillas, diciendo que a Percy no le importaría y que de todos modos, su llegada no estaba prevista hasta dentro de algunos meses. De alguna forma, Will sospecha que Quirón sabía con toda certeza lo que planeaban hacer, pero lo había permitido únicamente porque Will parecía a punto de sufrir un colapso nervioso si no podía comunicarse con su madre lo más pronto posible. Oh, un verdadero infierno, correr a refugiarse a los brazos de su madre ya no es una opción, no cuando su aroma a semidiós es tan intenso que pondría en riesgo a su familia si saliera del Campamento Mestizo. 

 

—Oh Iris, diosa del arcoíris, por favor acepta mi ofrenda —murmura Will en un hilo de voz, siguiendo las indicaciones que le dió Grover mientras lanza una moneda de oro a la fuente de agua. Cierra los ojos y se concentra en el recuerdo de la mirada dulce y amorosa de su madre, y cuando vuelve a abrirlos, su madre está delante suyo, no de una forma completamente nítida, es más bien como si hubiera un portal en medio de los dos, ligeramente ondulante y nublado, y a través de él, puede ver a su madre sentada sobre el sofá de su hogar en Lenora, ella tiene la cara escondida en sus manos, luce nerviosa y cansada, y Will se siente tan asustado que ni siquiera le da tiempo de sorprenderse, solo traga saliva, y con voz demasiado débil, llama—: ¿Mamá? 

 

Ella responde de inmediato, levantando la cabeza con pánico, algo se quiebra en sus ojos cuando sus miradas se encuentran—. ¡Will! —lo llama, corriendo desesperada hacia él, extiende sus brazos como si quisiera abrazarlo, pero lo único que puede sentir es la nada, lo cual la hace retroceder asustada—. Will, ¿qué es esto? Eres... ¿eres tú de verdad? —murmura ella, con la voz temblorosa, y sus ojos llenos de lágrimas—. Mike... Mike vino, dijo- me dijo que algo te atrapó de nuevo, dijo que estabas asustado. 

 

Will recuerda una conversación similar, años atrás, él hablando con su madre a través de la pared, aterrorizado y solo en el mundo del revés, y ella tan asustada, rogando por su bienestar con cada sollozo. A juzgar por su aspecto, ella parece recordar exactamente la misma conversación, porque lo siguiente que dice suena como una suplica, tan adolorida y aterrorizada—. Dime... Dime que estás bien, Will, dime qué no te han atrapado, ellos... ellos no te tienen de nuevo, ¿Cierto? 

 

Will suspira y se traga cualquier queja, lo menos que puede hacer por su madre es callarse sus miedos para no asustarla, se lo debe—. Estoy bien, mamá —murmura, aunque la voz de Quirón, alertandolo de los peligros de la guerra, llena su mente, él podría morir, en esta guerra que le ha arrebatado una vez más su libertad, quizás nunca más pueda volver a ver a su madre cara a cara, ni sentir el calor de sus brazos—. No estoy en peligro, alguien me salvó y me trajo aquí, yo... —carraspea, cierto detalle aflorando en lo más hondo de su mente. Se prepara para lo peor al abrir la boca. Odia enfrentar a su madre, odia hacerla sentir culpable, pero no puede vivir más sepultado bajo los secretos—. ¿Por qué nunca me dijiste que mi padre no era un humano normal? 

 

Joyce se queda paralizada, su boca abierta en una mueca de dolor, y entonces, de pronto, ella parece registrar lo extraño de la situación, el mensaje Iris, el ataque, y la habitación que puede ver rodeando a Will, bronce pulido y oro. Ella suelta un suspiro profundo, agachando la cabeza, como si esto fuera lo último de lo que quisiera hablar, y a la vez, como si se hubiera estado preparando para eso por años. 

 

—¿Dices que no estás en peligro? —murmura de nuevo.

 

Will niega con la cabeza, levantando la cabeza, con expresión cansada pero ojos llenos de resolución—. No. Puedes decirme todo lo que tengas que decir.

 

Joyce levanta la cabeza, y sus ojos relucen con la misma firmeza que los de Will. Es su madre, después de todo, nadie se equivocó al decir que tiene sus ojos. Will casi se siente mal ante el alivio que sintió al saber que Lonnie no era su verdadero padre. Él es sólo el hijo de su madre, en sus venas no corre la sangre de ese monstruo, y jamás podría haber deseado más otra cosa. 

 

—Will, quiero decirte que ese hombre... no era como los demás —empieza a decir ella, por la manera en las que sus comisuras se levantan, parece conservar el recuerdo con cariño, no por el hombre que conoció, sino por el hijo que le dió—. Apareció cuando Lonnie y yo estábamos en nuestro peor momento, cuando huí de él. Me hizo sentir que no estaba loca, que el mundo era más grande de lo que veía, en retrospectiva, creo que yo simplemente deseaba sentirme vista y él lo logró —Will aprieta los puños al ver el semblante de su madre, sentirse visto siempre ha sido un constante anhelo en su vida, y no puede culparla por quererlo—. Pero un día él simplemente se fue, me dejó una moneda de oro y una nota, la recuerdo al pie de la letra aún. Decía: ”Él será especial, protégelo de las sombras". 

 

Joyce se alza de hombros, ya no duele, ha dejado de doler después de casi dos décadas enteras, eso no borra la sensación de abandono. 

 

—La verdad es que siempre supe que eras un niño diferente, Will... —ella de repente duda, sus ojos llenándose de lágrimas una vez más—. Sé que tú padre, Lonnie, quiero decir,  era especialmente malo contigo, cariño, y lo lamento tanto, me arrepiento tanto de haberte dejado al lado de ese monstruo por tanto tiempo, pero... todo esto sucedió porque él notó cosas en ti antes que todos los demás.

 

Will levanta las cejas al escuchar eso, mirando a su madre con confusión, ella no evita su mirada.

 

—La primera vez que él intentó golpearme en frente de tí, pasó algo que... jamás supe descifrar con totalidad —Joyce entrelaza sus manos en un gesto ansioso, retorciendo sus dedos con fuerza—, antes de que él pudiera tocarme, cuando levanté la mirada, Lonnie había caído al suelo y lloraba, parecía aterrado, como nunca ante lo había visto, decía que las sombras lo perseguían y le hacían daño, que lo atormentaban en sus sueños, él dijo... que la Parca lo miraba fijamente desde la entrada de la habitación, y le prometía dolor y sufrimiento en el Inframundo —ella suelta un resoplido, como si el recuerdo no despertara en su interior la más mínima compasión—. Honestamente, pensé que solo se estaba volviendo loco, y ojalá eso lo hubiera detenido, pero no lo hizo, no por siempre. Comenzó a llamarte... raro, un monstruo, dijo que eres el hijo de la Muerte —la voz de Joyce tiembla por primera vez, como si le doliera decirlo en voz alta. 

 

Will cierra los ojos mientras baja la cabeza, recuerda aquello muy bien, son recuerdos que jamás saldrán de su mente, sentirse despreciado por su propio padre fue algo que dejó una huella a fuego en su corazón por más tiempo del que hubiera querido. Siempre pensó que su padre lo odiaba más que a Jonathan por ser un marica, como le escupía con desprecio frecuentemente, jamás pensó que su padre siempre hubiera tenido razón sobre él. Jamás pensó que él de verdad fuera un alma condenada. 

 

—Él no tenía razón, Will —dice de pronto su madre, como si leyera sus pensamientos, ella lo mira con firmeza, pero su mirada se ablanda al observar a su hijo menor, una sonrisa orgullosa y suave naciendo en sus labios—. Él nunca pudo estar más equivocado... tú eres, Will, el niño más dulce del mundo, y estoy tan orgullosa de tí. Jamás he dudado de tí —ella se mueve hacia delante, como si quisiera sentirlo cerca, Will está aterrado de la posibilidad de no volver a sentir sus brazos rodeándolo—. Debo decir, que cuando te perdiste en el Otro Lado, siempre supe que volverias a mi lado, Will, aunque todos me llamarán loca, sabía que encontrarías el camino a casa, porque siempre has sido un niño especial, Will, siempre has sabido volver a mis brazos. 

 

Algo se retuerce en el corazón de Will, puro y suyo, el lazo que lo conecta a su madre es algo que nadie podrá arrebatarle jamás, aunque el mundo le robe todo, sabe que su madre jamás lo dejará atrás. 

 

La conversación se alarga por un par de minutos más, tanto que se le acaban los dracmas a Will, le cuenta a su madre sobre Grover y Quirón, y cómo prometieron cuidar de él en el campamento mestizo, ahora que no puede regresar a casa hasta que se vuelva lo suficientemente fuerte como para derrotar a un monstruo si algún día lo vuelve a perseguir en su vida cotidiana. Omite los detalles sobre la guerra, y los Titanes. Lo menos que quiere es preocupar a su madre, quien ya parece querer llorar ante la idea de no poder verlo por un tiempo indeterminado. 

 

Cuando está a punto de preguntar sobre cómo están los demás, una voz interrumpe su conversación. 

 

—¡Señora Byers! Creo que sé- ¡creo que sé dónde está Will...! 

 

Will parpadea al escuchar la voz de nada más y nada menos que Mike directa en sus sentidos, tarda un par de segundos en darse cuenta de que, de hecho, Mike no está justo a su lado, hablándole, sino que está al lado de su madre, en Lenora, a kilómetros de distancia, probablemente. Pero se ve tan... real. Will odia la manera en la que su corazón se derrite en un charco de anhelo con sólo verlo, sus rizos, sus ojos, y sus pecas que no puede descifrar debido a la distancia, añora descubrir si la Empusa lo hirió, si está bien o si algo le duele. De golpe, también, recuerda su sueño de esta mañana, y sus palabras en Rink-O-Mania.

 

Mike parpadea y sus miradas se encuentran, él se queda paralizado bajo el umbral de la puerta de la entrada, mirando con ojos grandes y sorprendidos a Will a través de la niebla del mensaje Iris. Su expresión se derrumba en alivio y un instante después, en pánico y preocupación. 

 

—¡Will! ¿¡Will, eres tú!? ¿Estás bien? ¿Dónde es-

 

Antes de que pueda terminar de escuchar lo que Mike tiene para decir, el mensaje Iris se desvanece en una nube de humo de colores, deshaciendo la visión de su madre y Mike al otro lado de la línea. Por lo bajo, la voz de una mujer brota en medio de la niebla perdida, diciendo "por favor, deposite un dracma para otros 5 minutos", pero Will no está seguro de qué decirle a Mike Wheeler, no está seguro de querer decirle algo. 

 

Agacha su cabeza, cubriéndose los ojos para despejar el calor del llanto de sus párpados. 

 

—Sabes, normalmente la gente avisa antes de entrar a robarme la línea telefónica divina —dice una voz desde la puerta. Tan libre como el mar, y que por alguna razón, hace que su corazón duela como si lo hubieran apuñalado.

 

Will da un salto tan violento que casi tropieza con la fuente. Se gira de golpe, y por un segundo, las sombras en los rincones de la cabaña de Poseidón cobran vida propia, siseando como serpientes negras, listas para atacar al nuevo visitante, pero tan pronto como aparecen, se agazapan con dulzura, soltando un sonido triste y trágico que suena como el sollozo de un alma en pena, como si entendieran algo que Will no. En el umbral, recortado por la luz dorada del atardecer del campamento, una silueta alta se refleja contra el agua. Will se desestabiliza, siente un tirón en sus extremidades. Quien está delante suyo no es un chico normal, puede saberlo con solo mirarlo. Tiene los ojos más verdes que Will nunca ha visto y un aura tan pesada que asfixia. 

 

—¿Grover te dejó entrar? —pregunta Percy, relajando un poco la postura, pero manteniendo sus ojos intensos fijos en él, su mirada parece buscar la suya con una intensidad marina, Will siente un intenso dolor de cabeza cuando sus ojos se encuentran. Percy pestañea—. Solo él es lo suficientemente descuidado para meter a un hijo de Hades en la cabaña del dios del mar sin avisar.

 

Will respira agitado, sintiendo que el aire en la cabaña se vuelve pesado—: ¿Hades? —balbucea Will, confundido y mareado, Quirón le había dicho que no había manera de saber quién era su padre mitológico hasta que el mismo decidiera reclamarlo. Percy se alza de hombros, murmurando algo entre dientes que Will no logra descifrar—. ¿Eres Percy? Del que me habló Grover...

 

En respuesta, el pelinegro se cruza de brazos, apoyándose en el marco de la puerta. Una sonrisa ladeada asoma en su rostro, tan segura y suave que Will siente cómo el aire tropieza en sus pulmones. 

 

—En carne y hueso —responde cortésmente Percy. Da un paso hacia adelante, y Will nota que el aire mismo parece volverse más ligero a su alrededor, como si la cabaña lo saludara con cariño, incluso la fuente vibra, chapoteando dulcemente. Percy frunce el ceño por un momento, como si un detalle fuera de lugar hubiera invadido su mente, pero de inmediato se deshace del gesto, aunque su último paso casi se desestabiliza—. Grover me dijo que habías llegado. Dijo que eras sorprendente, pero no mencionó que eras del tipo que asaltaba cabañas ajenas para hacer llamadas a distancia.

 

—Yo... Grover dijo que podía... —murmura Will, sintiéndose torpe. 

 

—Grover me contó de tí —interrumpe con una risita Percy, como si tuviera demasiada energía guardada que no puede contener, le recuerda a una bolita antiestrés, y su voz tiene esa calma que posee el ojo del huracán, Will puede percibir claramente que el tal Percy no es el tipo de compañía que desea tener a alguien en busca de paz—. Un verdadero imán de problemas, ¿no? Sé mucho de eso —asiente para sí mismo, convencido de sus palabras.

 

—Me llamo Will —logra decir, apretando las manos en su regazo—. Y no busco los problemas. Los problemas de hecho me encuentran a mí —resopla, está demasiado cansado para guardarse sus comentarios más sinceros en su interior, esos que siempre logra sepultar en lo profundo de su mente. Hoy no es uno de esos días. 

 

Cuando Will voltea a ver a Percy, siente el escalofrío de algo preocupante e inesperado en su espalda al percibir el brillo divertido y maravillado en los ojos verde mar del contrario, como los de un niño que encuentra su juguete favorito debajo de su cama después de meses buscándolo. Casi puedes escuchar los engranajes en la cabeza de Perseus Jackson girando a la velocidad del rayo. 

 

—Creo que tú y yo nos entenderemos muy bien. 

 

Chapter 3: Feliz cumpleaños: El mundo se va a acabar

Summary:

Percy suelta una risita baja, tiene un sonido encantador, piensa Will, más perdido en la bruma del sueño que de la vigilia, es una risa peculiar, similar al cálido tintineo de los mensajeros del viento custodiando los balcones de la playa en Lenora. Le recuerda al sonido del mar, la arena en los pies y el estómago entumido de tanto reír.

Notes:

alerta de etiqueta del "narrador no confiable Will Byers", y por otro lado, todos necesitamos un poco de bromance en nuestras vidas, ok.

Chapter Text

—No te preocupes por haber asaltado mi cabaña —dice Percy, tratando de aligerar el ambiente con su tono de absoluta resolución. La fuente, a tan solo unos pasos de distancia, reacciona a su presencia, el agua se estremece ante su voz mientras más observa a Will Byers, quien a su vez nota la manera en la que Percy frunce el ceño y luce tenuemente avergonzado por el alboroto del agua, como si no fuera un comportamiento precisamente normal—. El campamento es difícil al principio, y Grover tiene la sutileza de una cabra —murmura, riéndose de su propio chiste. 

Will lo mira con atención, parpadeando ante la presencia de este sujeto tan... volátil, por decirlo de alguna manera; él jamás pensó ver la palabra ser una persona, pero acaba de descubrirlo. Se pasa una mano por el cabello castaño, con la mirada perdida en el agua que aún brilla tenuemente por la conexión del mensaje Iris perdido. Nota que le duele el corazón mientras más mira a los ojos a Percy Jackson. Es extraño, pero debe ser sólo el peso de todos los eventos de su día. 

—Solo quería saber si estaban bien —susurra bajito—. Mi mamá siempre ha tenido que lidiar con mis desapariciones repentinas, no quería darle otro susto. Y Mike... —se detiene a media frase, y el aire dentro de la habitación parece enfriarse, Percy, totalmente ajeno al ambiente como de costumbre, asiente como si estuviera muy familiarizado con el tema—. Dices que los mortales no pueden ver a los monstruos por la niebla, ¿no? Probablemente Mike ni siquiera sabe qué pasó realmente conmigo.

Grover deja de mordisquear nerviosamente el borde de una lata de refresco que sostiene en sus manos, levantando la mirada para observar a Will con cierta compasión—. Quiero decir, realmente no estoy muy seguro de qué es lo que vió él, por lo que sé, hay mortales que pueden ver a través de la niebla, si bien hace que se confundan, él sabía que te perdía —dice para no herir sus sentimientos, como Will supone que hace con todos—. ¿Notaste algunas señales extrañas estos últimas días? ¿Hoy?

—No realmente —murmura Will. No hay rabia en su voz, solo una fatiga absoluta—. Pasamos todo el día en Rink-O-Mania porque mi hermana quería patinar. Mike no se separó de ella. Ni una sola vez. Ni siquiera cuando le dije... —se interrumpe de golpe, mirando avergonzado a los otros dos, que lo miran con ojos amplios y brillantes, muy atentos a sus palabras. Will tose, con las mejillas ruborizadas y redirige la conversación—. Bueno, no importa. Supongo que los quince son una edad importante para los... semidioses —balbucea, la palabra suena extraña en su boca, no se acostumbra a decirla. 

El sonido de la lata siendo aplastada por Grover rompe el silencio de golpe. Percy se endereza como si lo hubieran electrocutado, su expresión despreocupada desapareciendo por completo mientras intercambia una mirada de pura sorpresa con Grover.

—¿Quince? —pregunta Percy, su voz una octava más aguda, es gracioso de ver—. ¿Has dicho que hoy cumples quince?

Will los mira, confundido por el cambio de energía en la habitación—. Sí. 22 de marzo. No es gran cosa, la verdad, ni siquiera debería contar como un día tan importante, es sólo... ¿Por qué me miran así?

Grover empieza a caminar de un lado de otro de forma incontrolable, sus ojos saltando en sus órbitas.

—¡Quince! ¡Percy, Will tiene quince! ¡Es marzo y tiene quince! ¡Eso significa que en un año...! ¡Beeeeh! —El sátiro se lleva las manos a la cabeza, tirando de sus rizos castaños—. ¡La profecía! ¡El tiempo! ¡Cronos va a  enviar a todo lo que esté fuera y dentro del Tártaro a por él si se entera de esto!

Percy se pasa una mano por la cara, luciendo de pronto como si le hubieran confesado una gran tragedia.

—Grover, espera, no debemos entrar en pánico —balbucea el pelinegro, aunque él mismo luce pálido—. Will... escucha. ¿Estás seguro? ¿Quince años cumplidos hoy mismo?

Will suelta un pequeño suspiro, de algún modo contagiandose del pánico que reflejan las caras de los otros dos, como si no tuviera ya suficiente con todas sus preocupaciones actuales—: Sí. Nací en el 71, no creo que sea tan fácil olvidarme de mi propia fecha de nacimiento —dice con honestidad, su voz decayendo—. ¿Qué tiene de malo? ¿Hay alguna regla contra los chicos de quince años en este lugar? —no le sorprendería, este lugar no parece muy normal. 

Percy suelta un bufido histérico que es mitad risa, mitad desesperación compartida, parece que le sienta bien cualquier tipo de humor en los momentos difíciles, como si no le gustara complicarse la vida. 

—No es una regla como tal —murmura Percy en voz baja—. Es que... bueno, yo tengo catorce, cumplo los quince en agosto. Y... de acuerdo, personalmente odio el tema de las profecías secretas, más si me involucran a mí, así que te lo diré sin más —dice entre dientes, lanzándole una mirada recelosa a Grover, que se estremece arrepentido. Después del reproche mudo entre esos dos, los ojos verdes se posan de nuevo en Will, causando un vuelco en su estómago, como si su cuerpo presintiera una tragedia aproximándose—. Hay una... una historia, una profecía que dice que un hijo de los Tres Grandes llegará a los dieciséis y tomará una decisión que salvará o destruirá el mundo —dice muy rápido, como quien arranca la curita de una sola vez. 

Will parpadea, confundido, y en un instante, siente que el estómago se le cae a los pies. De nuevo. Quiere cubrirse del mundo y huir lejos de los problemas, pero ha aprendido que eso no sirve de mucho. No cuando siempre es él, el niño perdido, el niño poseído, el niño que carga a la muerte consigo desde su nacimiento.

—Yo voy a llegar a los dieciséis antes que tú —comprende Will, con el corazón latiendo desbocado, no se necesita de mucha intuición, Percy debe haber sido el otro posible factor, siendo hijo de Poseidón, uno de los dioses mayores. Percy lo mira con piedad y Will percibe una emoción extraña en esa mirada verde, como si viera algo mas allá de él. 

Grover se pone de cuclillas en el suelo, sollozando bajito mientras murmura incoherencias en voz baja—: Es peor de lo que pensábamos. Nico está escondido, pero Will acaba de aparecer, oh dioses, quince años recién cumplidos —resopla con fuerza, y luego algo se ilumina en su expresión—: Percy, si el señor D o Quirón se enteran de su edad... —balbucea, sin terminar la frase. 

Will siente un escalofrío en la espalda, en serio, ¿qué se supone que significa eso? En lo que a él respecta, Quirón parece una buena persona, pero Will ya aprendió que no debe fiarse de las caras amables. 

—Espera, ¿Cómo están tan seguros ustedes de que soy hijo de uno... de uno de ellos? —Murmura Will, frunciendo el ceño—. Quirón dijo que es imposible saberlo hasta que tu padre te reclame-

—Abriste esa grieta en el suelo, así fue como nos trajiste aquí —interrumpe de inmediato Grover, machacando sus rizos con sus manos—. La única persona que ha hecho eso antes fue Nico, hijo de Hades. Claro, Annabeth y yo no lo vimos, pero Percy nos lo contó...

Percy asiente en respuesta, confirmando las palabras, pero Will parpadea. 

—Yo no fui quien abrió esa grieta —dice como si fuera una obviedad, y al instante, ambos pares de ojos se dirigen a él con alerta y confusión—. Es decir, pensé que habías sido tú quien abrió la grieta, yo me desmayé enseguida, ¿recuerdas? ¿Cómo pude yo habernos traído hasta aquí?

Grover niega con la cabeza, receloso y seguro de sí mismo—: Los sátiros no pueden hacer ese tipo de cosas. Si no había nadie más cerca, ¿quién más que tú pudo haberlo hecho? —replica con la misma obviedad. 

Will se encoge de hombros, confundido, hay muchas cosas que desconoce en este lugar, tan nuevo para él, pero si hay algo de lo que está seguro es de que esa grieta no se abrió por él, si hubiera sido él quien hizo algo así de... sorprendente, lo sabría, ¿no? 

—No vamos a decir nada —decreta Percy con firmeza, rompiendo el debate mental de Will y su intensa pelea de miradas con Grover—. Ni una palabra de la grieta en el suelo, ni una palabra de su padre. Por ahora, actuarás con total normalidad, sólo un mestizo que llegó tarde al campamento, nada raro... —murmura para sí mismo, antes de parecer reflexionar sobre sus propias palabras—. Pero ahora que lo pienso, todo esto es muy extraño, que hayas llegado tan tarde al campamento, ¿cómo no te atraparon los monstruos antes? A mí me olfatearon desde los 11 años. 

En lugar de que sea Will quien responda, es Grover quien abre la boca—: En realidad, tengo mis sospechas —murmura, mirando con ojos sombríos a Will—. Will, necesitamos que seas totalmente honesto con nosotros, antes me hablaste del "Mundo del Revés", ¿a qué te referías con eso? ¿Era una especie de laberinto? 

Will traga saliva ante las preguntas, el gobierno les había prohibido a él y sus amigos decir una sola palabra sobre eso a cualquier otra persona que no hubiera estado involucrada en el asunto, pero estas no son personas normales, ¿Cierto? Es algo más allá de los monstruos que alguna vez vió en la otra dimensión, se trata del fin del mundo, de una guerra con Titanes, nadie puede juzgarlo por abrir la boca. 

—Lo llamamos el "Mundo del Revés" —comienza a decir, sintiendo un nudo en el estómago ante el mero recuerdo, las sombras de la habitación se agitan como la flama de una vela ante su voz, y a su vez, las aguas de la fuente también lo hacen, como si reaccionaran por reflejo a la inquietud de Will. Ninguno lo nota—. Yo... fui secuestrado por fuerzas de ese lugar cuando tenía 12 años. 

Will les cuenta, a pesar de que miles de recuerdos se agolpan en su mente y le causan náuseas mientras lo hace, omite las muchas veces que pensó que moriría mientras yacía en ese oscuro lugar, lejos de su familia, omite cómo logró sobrevivir y omite la voz suave de aquella persona que lo ayudó a conectar con su familia estando allí. A veces Will piensa que todo eso -manos gentiles, voz cálida y ojos brillantes- fue todo un sueño. Cuando regresó del Mundo del Revés y volvió con su familia, Will se esforzó en decirse a sí mismo que aquella persona que lo había acompañado en su soledad mientras estaba en el Mundo del Revés no había sido real, solo una alucinación que su cerebro proyectó para aliviar su rota desesperación de sentirse acompañado. Un falso amigo cuando sentía que jamás iba a volver a su hogar con su madre.

A veces, sin embargo, Will piensa que es un traidor. 

Abandonó en ese horrible lugar a la única persona que lo ayudó mientras era perseguido por monstruos y la calamidad de la muerte, Y jamás podrá perdonarse por eso. 

Grover y Percy lo observan con atención mientras Will les cuenta los hechos, esa compasión ácida e intrusiva que Will tanto odia no existe en sus miradas, y él lo agradece, está harto de ser tratado como si fuera frágil, fácil de quebrarse y dañarse, está cansado de que nadie olvide que jamás volverá a ser como era antes de que fuera robado por el Mundo del Revés. Pero encuentra calidez en la mirada de comprensión tácita que le dirige Percy, es así como son las cosas aquí, ¿no? Él no es raro ni especial, todos los mestizos del campamento han pasado por eventos que desean olvidar, todos llevan una carga que nunca los dejará ir. 

Todos son como él. 

—Suena como el Laberinto de Dédalo —sentencia Grover cuando Will termina de contarles todo—. Se ha visto antes, por ejemplo, con Percy, el aroma que emitía su padrastro era tan humano y tan... despreciable, que los monstruos no olieron a Percy hasta más tarde. Pudo haber pasado lo mismo contigo, Wil; en Hawkins, el aroma de esa dimensión de la que nos hablaste cubría tu aroma a Semidiós de los monstruos... aunque es extraño —Grover detiene su explicación, dudando—, es extraño que no te hayan atacado tan pronto como te mudaste a otra ciudad, debió ser cuestión de días para que se desvaneciera por completo el aroma que te protegía en tu pueblo natal. 

—¿El Laberinto de quién? —interrumpe Percy, muy fuera de lugar.

Grover se retuerce las manos nerviosamente, como si no hubiera sido su intención decirlo en voz alta, y mira con culpabilidad a todos lados. 

—Es... algo de lo que he estado hablando con Annabeth —agita las manos en el aire, espantando la idea para cambiar el tema de conversación, cosa que aparentemente no complace en lo absoluto a Percy, parece ser una de esas personas que odian los secretos, y Will puede estar de acuerdo con eso—. Bueno, creo que es hora de que vayamos todos a dormir, podemos seguir hablando de eso por la mañana, en cualquier momento las Arpías comenzarán a aparecer, y nos devorarán si nos ven fuera de la cama a esta hora.

Will parpadea, podría pensar que eso es una broma si Grover no hablara tan sensatamente. Se pone de pie con dificultad y observa por encima de la ventana el cielo, la noche ha caído con gracia sobre el campamento, salpicando el cielo de estrellas, luce incluso más bonito que en Hawkins. Mientras se dirigen a la puerta, Percy se pone de pie de golpe y grita con tono chillón. 

—¡Creo que Will debería quedarse a dormir aquí! 

Grover y Will voltean a verlo con suma confusión, Grover, en especial, lo mira como si Percy se hubiera vuelto loco, Will por otro lado no sabe qué pensar, de todos modos él no tiene idea de dónde se suponía que dormiría; ¿a la intemperie? Quirón no le había dicho nada sobre a qué cabaña se iría, dado a que aún ningún Dios se había dignado a reconocerlo. La verdad, él ciertamente preferiría dormir en una litera que sobre tierra fría.

Pero Grover luce escandalizado. 

—¿Estás loco, Percy? Nadie más que los hijos de Poseidón pueden dormir en su cabaña, y Will es hijo de Hades, me temo que no es buena idea, si las Arpías se enteran-

—No hay ninguna regla que diga eso, ¿no? —repone Percy alzando su barbilla, como quien desea tener la razón. Aún así, Will puede ver cómo se retuerce nerviosamente y el atisbo de duda en sus ojos, es como si Percy mismo no hubiera querido decir nada de eso en voz alta, pero una fuerza externa lo hubiera obligado a actuar. 

—De hecho: la hay, y no creo que Quirón este muy contento si lo sabe. Will dormirá en la cabaña de Hermes con los mestizos que no han sido reclamados.

—¿Pero cómo podría estar en la cabaña de Hermes? Si es hijo de Hades, ¿no es lo mismo a que se quede aquí? De todos modos no pertenece a ninguna. 

Auch. Will desearía que no estuvieran dialogando en voz tan alta sobre su incapacidad de pertenecer a algún lugar. 

—¡Sí! Pero los demás no lo saben, Percy, para ellos Will bien podría ser hijo de Hermes, así que se quedará allí —claudica Grover, aunque parece un poco confundido ante la insistencia de Percy en el tema. 

Will observa un instante más a Percy, quien hace una mueca de leve desacuerdo con su boca, si no luciera tan... bueno, tan él, Will podría pensar que es un puchero. Se da la vuelta para seguir a Grover de nuevo a la salida, pero antes de que pueda tocar la puerta de la cabaña, siente un fuerte tirón en su tobillo que lo jala hacia abajo, hasta hacer que se estrelle contra el suelo. 

—¡Ey! —chilla Will, cayendo al suelo con fuerza, de inmediato trata de incorporarse sobre el suelo a prisas, sujetandose la nariz, que se ha golpeado contra el suelo en su abrupta caída, mira hacia delante sorprendido, solo para darse cuenta de la situación: una sombra en forma de mano es lo que se enrolla alrededor de su tobillo, es la responsable de tirarlo al suelo, aparentemente—. ¿Qué crees que haces..? ¡Ah! —como si se estuviera burlando de él, la mano-sombra tira de él, arrastrándolo por el suelo de la cabaña en dirección a Percy, quien luce una expresión de absoluto pánico, al igual que un Grover agobiado que suelta gritos idénticos a los de Will.

Sorprendentemente, la sombra no lo lleva a estrellarse contra Percy, sino que lo hace detenerse de golpe frente a él. Percy parpadea, atónito, y en cuanto lo hace, la fuente Iris detrás de él se levanta en una ola que lo tira al suelo, dejándolo sentado frente a Will, cara a cara. Percy suelta otro quejido de sorpresa.

Ambos se miran, obligados por sus propias fuerzas a sentarse frente al otro en el suelo, incrédulos y confundidos ante la situación, carraspean. 

—¿Qué diablos fue eso...? —murmura Grover desde una esquina de la habitación, pero Will está más concentrado en fruncirle al ceño a la sombra al rededor de su tobillo, ¿no se suponía que estaba de su lado? ¿por qué acaba de arrastrarlo por toda la habitación como si fuera un calcetín sucio?

—Eso no era necesario —murmura Percy en dirección a la ola de agua agresora, que no parece haberlo mojado, pero la caída fue de a gratis.

—Lo mismo digo —balbucea en el mismo tono Will. Al instante, la sombra se desliza fuera de su tobillo y corre a refugiarse debajo de la fuente Iris, que también vuelve a su lugar con un chapoteo. Si no fueran elementos sin cara, Will pensaría que se están burlando de ellos. 

—Espera, en serio, ¿qué diablos fue eso? —se acerca Grover completamente consternado. Percy se alza de hombros—. ¿Ustedes hicieron eso a propósito? 

—¡Claro que no! —chilla Percy.

—No elegiría romperme la nariz a propósito, si pudiera evitarlo... —murmura Will, sujetándose su cara herida. No le duele tanto, pero ciertamente la situación lo ha tomado por sorpresa. 

Grover suspira como si le hubieran restado mil años de vida, o como si Will y Percy fueran unos niños berrinchudos de los que debe hacerse cargo—. ¿Es esto acaso un jueguito tonto entre Poseidón Y Hades? —se queja el sátiro, y al instante, la ola se alza de nuevo, empapandolo de pies a cabeza por su osadía. Grover estornuda—. De acuerdo, retiro mis irrespetuosas palabras.

 

...

 

Entonces, así es como suceden las cosas. 

Grover trata de todas las formas posibles de separar a Will y Percy, pero tan pronto como lo intenta, una de las dos fuerzas se impulsa hacia delante para evitarlo. En algún punto de la noche, tanto Grover como Will quedan empapados de pies a cabeza por las olas, que salpican cada vez más alteradas ante los intentos inoportunos del sátiro.

Percy, el único que no parece verse afectado por el agua, se ríe entredientes del aspecto de perro mojado de sus otros dos acompañantes, por respuesta la sombra se levanta sigilosamente para darle una bofetada al pelinegro, y entonces es el turno de Will de reírse. 

—Supongo que lo siento —comienza a decir Percy, una vez con las luces de la cabaña apagadas. Dentro se percibe una sensación extraña y diferente, huele a sal de mar y la fuente Iris se refleja como olas en el techo de madera. Grover se largó ofendido después de descubrir que ninguno de sus intentos en separar a Will y Percy surtiría efecto, diciendo que esperaba que al menos mañana por la mañana Will pudiera salir a hurtadillas antes de que el resto del campamento despertara, no tenían idea de qué tipo de castigo les pondrían si llegaran a enterarse de que habían compartido cabaña sin autorización de Quirón o el Señor D—. No sé qué pasó, el agua nunca me ha desobedecido así. Fue raro. 

Will, tendido en la litera al lado suyo, simplemente se encoge de hombros, aunque rápidamente se da cuenta de que debido a la oscuridad de la habitación, el contrario no puede registrar la respuesta—. No importa —murmura—; creo que también pasó algo raro con las sombras, jamás habían actuado de esa forma —dice, aunque no está muy seguro de estar diciendo la verdad, en realidad solo ha sido consciente de las sombras desde ese mismo día en la tarde, mucho conocimiento sobre su personalidad no tiene, o si han actuado así antes sin que Will se percate de ello. 

Percy suelta una risita baja, tiene un sonido encantador, piensa Will, más perdido en la bruma del sueño que de la vigilia, es una risa peculiar, similar al cálido tintineo de los mensajeros del viento custodiando los balcones de la playa en Lenora. Le recuerda al sonido del mar, la arena en los pies y el estómago entumido de tanto reír.

—Creo que se están uniendo contra nosotros, parecen encajar muy bien. 

Will se queda callado un momento, mirando cómo una sombra se funde con el reflejo azulado del agua en el techo. Siente mucha pesadez en los párpados. 

—Supongo que sí —murmura entonces, sintiendo como una oscuridad fría en su pecho se hace pequeña hasta mimetizarse con el latido apacible de su corazón—. Supongo que les gusta el caos.

El silencio dentro de la habitación parece hacer que cualquier ruido del exterior resuene como un eco entre las paredes de la cabaña, salpicando la quietud con sonidos de chasquidos. Deben ser las Arpías, montando guardia en el bosque y los alrededores para devorar al primer campista desafortunado.

Will está tan cansado que lo único que quiere es cerrar sus ojos y esperar, con toda la esperanza posible, que mañana cuando despierte esté de nuevo en su habitación de Lenora, el aroma al desayuno casero de su madre desde la planta inferior, Jane tarareando la nueva canción que emite su radio mientras se peina sus rizos y The Clash zumbando a través de los paneles de yeso de las paredes en un sonido precario.

Percy murmura algo más en voz baja, que suena sospechosamente como "feliz cumpleaños" y que hace que Will quiera reírse por la ironía de todo el asunto, algo cálido retorciéndose en su estómago porque, después de todo, alguien se lo dijo. Pero antes de que pueda darse cuenta, sus ojos se están cerrando y su mente se desconecta, lejos de la realidad, lejos de cualquier tema que involucre Dioses, guerras o incluso criaturas del Mundo del Revés. 

Lo único que ve en su mente son rizos negros, ojos que esconden el cielo del anochecer y el sonido de una promesa muerta. 

 

...

 

Si Will pudiera nombrar su cosa menos favorita de llegar a un lugar desconocido, definitivamente sería verse obligado a tomar el papel de chico nuevo.

Apenas los primeros rayos de sol matutino tocaron la arena del campo de entrenamiento, Quirón se había colocado delante suyo en todo su esplendor de centauro y le había dado una instrucción simple pero aterradora: recorrer las 12 cabañas disponibles en el Campamento Mestizo para decidir por sí mismo con qué Dios conectaba mejor, y tal vez así su padre -cualquiera que fuera- decidiera reconocerlo de una vez por todas. 

La ansiedad fue tan grande que Will estuvo a punto de decirle a Quirón que Grover le había dicho que era hijo de Hades, pero la mirada histérica del mismo lo hizo callar, mientras Percy se reía de fondo, como si el asunto no fuera con él. 

Así que eso justo lo que Will había hecho, deambular como una gallina sin cabeza por los alrededores del campamento, porque Perseus Jackson lo abandonó en algún punto de su falso recorrido, y Will ni siquiera lo notó hasta que volteó hacia atrás y el tipo ya no estaba. 

Gran ayuda. En serio. 

Ni siquiera sus sombras lo ayudaron a retenerlo cuando de verdad lo necesitaba, ¿qué tipo de traición se supone que es esta? 

El campamento huele a fresas recién cosechadas, y una aguda combinación entre lo bélico y lo natural, supone. Cuando Will era más joven, siempre quiso viajar a un lugar con árboles altos y casas diminutas, rodeado de una fauna sobrenatural que le permitiera pensar que ahí podría ser un Will que arreglaría el caos con un solo movimiento de su bastón mágico; este es justamente como el lugar con el que soñó visitar toda su infancia. Si no tuviera tan presente todo ese problemático asunto sobre guerras y titanes, Will casi podría disfrutarlo. 

En algún punto de la tarde, se detiene frente a una cabaña de aspecto rústico, la entrada tiene una forma más bien circular y parece hecha de metal forjado por manos expertas.

Cuando Will le echa un vistazo al sótano, y nota la variedad de armas y chatarra sobre un enorme mesón tan alto como un niño pequeño, casi retrocede, pero a diferencia de otras tantas cabañas -aunque la mayoría estaban vacías- donde se sintió vigilado, los pocos miembros de esta cabaña ni siquiera se inmutan ante su presencia. Se mueven con una eficiencia férrea y devota. Hace tanto calor como estar en un horno, pero a Will, de hecho, le gusta. 

Se amontona en una esquina del sucio sótano, mirando con ojos reservados pero atentos cada uno de los movimientos de las personas frente a él. Hay algo encantador en ver a las personas crear cosas, a Will le gusta el arte, todo tipo de arte, aunque hubo un momento decisivo de su vida donde supo que la pintura y el dibujo eran definitivamente lo suyo, siempre encuentra belleza en observar a los artistas obrar desde el barro. 

Los minutos se alargan bajo la iluminación dorada de la habitación, huele a hierro fundido, y en algún momento Will encuentra debajo de un anaquel rollos de pergamino con planos, dibujos completos y más bocetos juntos de los que nunca había visto.

Hay trazos que forman armas de complejidad sorprendente. Pero la hoja que llama la atención de Will es una que sobresale del resto por su diseño, parece reciente y borroso, como si le hubieran pasado el borrador encima muchas veces. Traza los contornos, tiene la forma de una ballesta, y pequeñas anotaciones con flechas que le indican a Will su función. 

—No creo que esto funcione... —murmura para sí mismo, apretando los labios mientras delinea con su dedo una de las anotaciones de grafito—. Si funcionara como una Mossberg... —reflexiona con tono pensativo.

—¿Una Mossberg? 

Will da un salto tan abrupto que se golpea la cabeza contra uno de los anaqueles, suelta un quejido y se sujeta el lugar herido, sólo para quedarse de piedra cuando levanta la mirada y encuentra al responsable de su sobresalto.

Quien está ante él definitivamente no es un tipo normal, no puede serlo, y Will teme estar poniendo una expresión boquiabierta justo en ese momento mientras conectan miradas. Aquel chico luce tan formidable e intimidante, piel curtida, expresión ceñuda y músculos tan magros que Will está seguro de que fácilmente podría noquear a una persona con uno de sus enormes puños. Es, cuánto menos, aterrador. 

—Yo no quise... —comienza a decir, preocupado de haberlo ofendido. 

—Repite lo que acabas de decir —dice el contrario, frunciendo más el ceño si es posible. Will podría pensar que es un tipo de amenaza al estilo "si vuelves a decir eso en voz alta te parto la cara", pero a juzgar por el interes que centellea en los ojos del desconocido, no es nada como eso, y Quirón le mencionó que estaba prohibido matarse entre campistas, ¿Cierto? 

Will se desliza y toma un lápiz del montón que hay encaramados sobre los pergaminos, trazando un círculo sobre el boceto de la ballesta—: Solo estaba pensando... Aquí —comienza a decir entonces, aunque nota cierta inseguridad en su voz, jamás fue bueno mostrando sus dibujos a los demás, demasiado asustado de ser llamado poca cosa—, es demasiado rígido; está hecho para un ataque directo, si estas disparando a algo en movimiento, sería muy difícil poder enfocar... —balbucea, notando un escalofrío en la piel al recordar su encuentro con un demogorgon a sus 12 años, y como su única defensa fue el mismo rifle que su padre le enseñó a usar desde su más temprana niñez. 

En ese momento también lo pensó; qué fácil sería poder cambiar las armas hasta que funcionarán como una extremidad más del cuerpo, hasta mimetizarse con el usuario. 

—Es una ballesta de defensa estática —gruñe Beckendorf—. No hay usuario.

—¿No es eso más complicado? —responde Will de inmediato, mordiéndose el labio mientras eleva el carboncillo por la hoja, generando nuevos giros y torciones en el papel—. Si es estática, los monstruos aprenderán su patrón en cuestión de minutos. Sería genial añadirle una especie de torsión, ¿no? Así cada vez que dispare, la vibración haría que cambie de dirección hacia un ángulo al azar, eso lo hace más impredecible.

Honestamente, los conocimientos que tiene Will sobre rifles son todos gracias a su padre -el mortal, quiere decir-, y el recordatorio le provoca una amargura antinatural en la garganta, pero cuando ya has cargado una vez un arma contra un peligro real, las debilidades se difuminan y se reemplazan por el deseo de sobrevivir. Will lo sabe muy bien; la adrenalina se incendia incluso antes que un mal recuerdo. 

El tipo de antes lo mira con atención, parece estar tomando nota mental de muchas otras ideas. Will levanta la mirada, y ésta vez, cuando sus miradas se encuentran, el moreno le ofrece una sonrisa genuina y una mano extendida, tan solo sus manos, en efecto, son enormes.

—Tienes una mente aterradora para alguien con una cara como la tuya, ¿no? —dice con tono conversacional, Will no está seguro de si debería ofenderse por tal comentario, ¿que hay de mal en su cara?— Soy Charles Beckendorf, por cierto. Y por si no lo sabías, estás en la cabaña de Hefesto. 

 

...

 

Casi dos horas después, Will sale del recinto sintiéndose más revitalizado que en mucho tiempo. Después de una tarde compartiendo pensamientos que solían estar bien guardados con alguien que no solo no lo juzgó, sino que se entusiasmó con el mismo ímpetu que él por todas sus ideas extrañamente idénticas, es imposible que no encuentre fuerzas para sonreír. No hay nada que le guste más que plasmar ideas en papel, pero que exista alguien que aprecie su arte y lo considere "fenómenal" (cita las palabras exactas de Beckendorf), es como caminar sobre nubes de algodón. 

En realidad, a Will nunca le había interesado el dibujo de objetos complejos como ballestas, rifles y arcos. Pero encuentra satisfactorio que su arte sirva para más que escupir en tinta y carboncillo todo lo que no puede decir en voz alta. Sentimientos que, de todos modos, no llegan a las personas que quiere que lleguen. 

—Conque aquí estabas, estuve buscándote por toda la Casa Grande, ¡incluso pensé que las Arpías habían descubierto lo de anoche y te habían devorado! 

Will voltea hacia atrás al escuchar esa voz, claro que el dueño de tales buenos deseos sólo puede ser Percy. 

—Bueno, la verdad es que me gustaría seguir con vida, así que sería mejor no gritarlo a los cuatro vientos —replica de inmediato Will, mirando a un Percy Jackson completamente indiferente a la situación, mientras se rasca la mejilla y mira a la cabaña de Hefesto como si reflexionará intensamente—. ¿A dónde fuiste? Creí que tú me mostrarías el campamento? —no puede evitar decirle, aunque con una voz gentil, ¿qué tipo de guia turístico se va antes de terminar el recorrido? Como guia Percy se muere de hambre, y de eso ya está completamente seguro. 

En lugar de que Percy muestre un solo atisbo de decencia y arrepentimiento por su abandono prematuro, una gran sonrisa rompe su rostro con total satisfacción, como la de un niño al que le cumplen sus caprichos después de hacer un berrinche. 

—En realidad, estaba discutiendo tu programa de entrenamiento con Quirón —dice con aire engreído, luciendo más entusiasmado que nunca, Will ni siquiera tiene tiempo de preguntar a qué horario se refiere, porque entonces Percy dirige su mano a su bolsillo—. Felicidades, Will Byers, has ganado la lotería. A partir de hoy, Quintus y el mismísimo Percy Jackson serán tus entrenadores personales en el arte de la espada —Percy tose, luciendo avergonzado—. Bueno, eso fue exactamente lo que Quintus me dijo que te dijera. En realidad no soy tan hábil.

Will pestañea, sin ningún tipo de expresión en su rostro. 

—¿Qué dices? 

Percy no parece en lo más mínimo amedrentado por su falta de entusiasmo. 

—¡Justo lo que digo! —le da la espalda a Will para caminar en dirección a la arena, esperando que lo siga, cosa que Will hace, aunque desprovisto de la misma emoción. ¿Entrenar con espadas? Honestamente nunca se lo imaginó.

Will no sabe exactamente qué debería decir, no podría decir que ha estrechado lazos con Percy Jackson, y no sabe si dormir en la misma cabaña a riesgo de ser devorado por las Arpías si los descubren es suficiente razón para que dos personas se vuelvan amigos. Por la mañana escapó de la Cabaña de Poseidón tan pronto como el Sol asomó sus primeros rayos por el horizonte, y fingió haber sido un madrugador. Cuando los hermanos Stoll le preguntaron cómo había entrado y salido de la cabaña de Hermés sin ser notado por ellos y Will se quedó mudo bajo el juicio intenso de sus miradas, ellos simplemente soltaron risitas, como las de quien se las sabe todas. 

Will está aterrado. Si no se equivoca, es el mismo tono exacto de risa que suelta Max antes de planear una travesura. 

Ambos se detienen en medio del caluroso Anfiteatro y se quedan quietos por largos minutos ahí, sin hacer ni decir nada. Will pestañea, sumamente confundido, y cuando está a punto de voltear a Percy para preguntar qué se supone que están esperando estando ahí de pie sin hacer nada, una enorme sombra se ciñe sobre los dos. 

Will se queda paralizado. 

A tan solo un metro de él, un enorme perro negro lo mira fijamente, con la lengua de fuera, como si hubiera corrido una larga distancia hasta aquí, aunque Will no lo escuchó llegar, su pelaje es tan negro como las plumas de un cuervo, y absorbe toda la luz del Sol, lo hace lucir imponente. Will siente un fuerte tirón desde el vientre hasta las plantas de los pies, no sabe si es pánico o algo peor. Trastabilla hacia atrás y casi chilla cuando el enorme sabueso se inclina sobre él, su hocico olfateando su cara, como si tratara de reconocerlo. 

—Percy... —balbucea Will en un hilo de voz, sin saber si está a punto de ser devorado o esto es parte del plan de su querido compañero de cabaña, un retorcido rito de iniciación o algo así. Al instante, Percy se coloca en frente de él con un sobresalto.

Hay un chasquido metálico en el aire, y en un movimiento fugaz e indescriptible, una espada enorme y reluciente aparece en la mano de Percy antes incluso de que se coloque en posición de combate, y Will ahora definitivamente está seguro de que van a morir, dado a que incluso Percy está a la defensiva. Sí, aparentemente esto no era parte del plan. Pero cuando él pánico está a punto de escalar y convertirse en una pelea francamente desastrosa, el enorme perro se desploma con un ladrido frente a ambos, mostrando su cabeza al mismo tiempo que emite un gimoteo y mira fijamente a Will. 

—Esa es la señorita O'Leary —dice una voz externa, Will toma el valor suficiente para levantar la vista, notando a un hombre mayor de pie al lado del perro gigantesco, sin inmutarse, pero mirando a Will con tenue curiosidad, como si sospechara de la reacción de la bestia ante él—. No te preocupes, no es agresiva, cuando no lo requiere —agrega con cordialidad, acariciando una de las orejas peludas. En respuesta, la señorita O'Leary suelta un ladrido de entusiasmo que causa una vibración por toda la Arena, y voltea sus brillantes ojos hacia Will, casi luciendo decepcionada de no haber sido acariciada por él. 

—¡Es un perro del infierno! —sobrepone Percy, sin soltar su espada. Will está ciertamente agradecido de estar en compañía de alguien que no entra en pánico tan rápido. Cree. En lo que a él respecta, es increíble que un perro del tamaño de un camión se llame así. El hombre voltea a verlo con una sonrisa.

—Es inofensiva. Lo siento, hace un rato olvidé hablarte de ella, pero será necesaria para el entrenamiento de Will. Y el tuyo, por supuesto.

Entrenamiento. Oh, no paran de hablar de eso. Will siente un estremecimiento por todo el cuerpo, presiente, incluso sin saberlo, que no será nada fácil. 

Y descubre que no está equivocado cuando el mayor de los tres de nuevo regresa su mirada a él, con los ojos apacibles de un maestro—. Me presento, Will Byers. Soy Quintus, el nuevo instructor de armas —sonríe, casi complacido—. Me temo que por ahora, ya que todavía no han llegado ni la mitad de semidioses al campamento, tú y Jackson serán mis primeros alumnos. 

 

 

Chapter 4: Rastro de pólvora

Summary:

Se siente inmensamente culpable por esa pegajosa sensación que parásita su interior mientras más tiempo pasa en el campamento. Pero lo nota con cada fibra de su carne; cuando camina por las cabañas, nadie lo mira, nadie murmura ni lo trata con lastima. Nadie ahí sabe que Will fue una persona diferente antes de caer en el Mundo del Revés, y por tanto, nadie lo conoce como el niño que volvió a la vida y perdió tanto de sí mismo en el proceso. 

Notes:

ayer estaba escribiendo la estructura para el final, y solo fuí yo dándome cuenta de que si quiero abarcar todo lo que tengo planeado y a la vez que la historia no tenga tantos capítulos, debo hacer cada capitulo más extenso :')

Chapter Text

Los entrenamientos de Quintus no son ninguna maldita broma. Will lo descubre, para su mala suerte, con muy poca antelación. 

Hay un frío latigazo en el aire, Will experimenta el vértigo tirando de su piel incluso antes de caer al suelo como un saco roto, a la vez que suelta un chillido de pánico y tristeza ante su esperada y renovada derrota. Percy Jackson se yergue ante él en su imponente altura, apuntando la hoja de Contracorriente contra la garganta de Will. Es la tercera vez en el día que se enfrenta en un combate con espada, y efectivamente, es la tercera vez en el día que Will pierde; tal vez la decimoquinta vez en la semana. 

Por si fuera poco, Percy apenas luce agitado, su mirada verde centellea con una intensidad casi ciclónica durante los combates, pero tan pronto como Quintus grita "¡Paue!" al ver a Will ser sometido de nuevo; su mirada se ablanda y una sonrisa de disculpa asoma tímidamente sus labios. Will jamás podría enojarse con alguien que lo mira así, incluso cuando tal persona ha barrido la Arena con él tantas veces consecutivas. Ah, la triste humillación de la derrota. 

—¡Aphiete ! —Quintus vocifera la orden para dejar caer las armas y Percy guarda a Contracorriente en su bolsillo. Inexplicablemente, su maestro siempre les habla con el lenguaje de los antiguos guerreros griegos durante sus entrenamientos, y para su propia sorpresa, Will descubre que puede entenderlo todo a la perfección, eso no evita que sienta escalofríos cada vez que Quintus dicta órdenes con ese matiz bélico y decidido en la voz, como si la fuerza de mil guerreros se escondiera en sus cuerdas vocales. 

Will observa con pesar al mayor, quien asiente para sí mismo decididamente, como si pensara que la precaria actuación de Will contra Percy no es decepcionante, sino más bien constructiva—. Creo que ya lo tengo —dice en voz baja, mientras se da la vuelta y se aleja. 

En cuanto Quintus les da la espalda, la sombra más cercana se zambulle en un charco negro y levanta a Will del suelo de un solo tirón, como si despreciara la idea de ver a Will derrotado en el suelo. De inmediato el castaño mira con pánico a su maestro, pero descubre que Quintus les da la espalda aún, mientras se aleja pacíficamente.

Ya que se suponía que Will estaba escondiendo su naturaleza siendo hijo de Hades, Percy y Grover habían pactado tácitamente que lo mejor para todos era que Will no usara las sombras en presencia de ningún testigo, ni siquiera durante sus entrenamientos. Las sombras se habían mostrado extrañamente obedientes y se habían mantenido a raya frente a la imposición, y no habían aparecido a menos que fuera estrictamente necesario. Percy había opinado, con la voz resuelta y entusiasta, que si Will pudiera usar sus poderes durante sus enfrentamientos probablemente sería él quien barrería la Arena con Percy. 

Will, en realidad, no está tan de acuerdo con eso. A veces le horroriza percibir lo mucho que Percy subestima sus propias habilidades. Will jamás ha visto una mirada tan feroz en alguien antes, ni una postura tan imponente mientras maneja la espada con tal maestría, como si hubiera nacido para luchar, como si el mar fuera a partirse en dos por una sola de las miradas de Percy si así él lo ordenara. 

—¿Sabes que significa esto? —murmura su amigo con una risita. Sí, nada de lo anterior anula que se regodea con cada una de las derrotas de Will, específicamente desde que hicieron aquel conveniente pacto en el que acordaron que el perdedor de cada enfrentamiento haría la limpieza de la cabaña de Poseidón. A Will no le molestaría hacerlo -de hecho, lo haría incluso sin que se lo pidieran en cualquier otra circunstancia-, pero Percy se divertía mucho más de lo aceptable viendo a Will siendo obligado a hacer la limpieza de la cabaña de Hermés también, únicamente para aparentar ante los demás. 

Una semana después, los campistas aún no parecen sospechar nada. Omitiendo a los hermanos Stoll, que siempre llevan en la cara esa sonrisa pletórica de quien lo sabe todo. 

Will hace un sonido indignado con la garganta en respuesta a las burlas de Percy, de inmediato, la sombra se extiende y hace a Percy tropezar y caer.

Will también ha descubierto que ni siquiera debe ordenarles a las sombras que hagan algo por él, ellas simplemente actúan por sí mismas, como si fueran una extensión más de su cuerpo.

Así es como Quintus los encuentra cuando regresa unos minutos más tarde, Percy abatido en el suelo, forcejeando y chillando como una cabrita atrapada mientras las sombras lo atan contra el piso, impidiéndole ponerse de pie, aunque éstas rápidamente retroceden tan pronto sienten una presencia ajena aproximándose. Su maestro les lanza una mirada completamente indiferente, encontrarlos jugueteando de esa forma parece ser exactamente lo que esperaría que estuvieran haciendo unos chicos de su edad. 

—Creo que ya entiendo la forma en la que trabaja tu cuerpo, Will —dice Quintus una vez que Percy logra ponerse de pie y se sacude la ropa llena de polvo—. No parece que la espada sea lo tuyo. 

Will hace un pequeño gesto con la boca, cree que después de haber sido vencido más de veinte veces por Percy, eso ha quedado bastante claro para todos. No deja de hacerlo sentir miserable. Su padre, Lonnie, ya habría montado en cólera con mucho menos. 

—No me malinterpretes, siempre he considerado que todos los semidioses pueden ser guerreros excepcionales, si se les da justo lo que su cuerpo exige. Lo que favorece y levanta sus cualidades.

Will observa con atención como Quintus se dirige hacia un arcón de metal reforzado cerca de la Señorita O'Leary, que dormita emitiendo ronquidos estrenduosos, y saca un objeto envuelto en tela de saco negra para tenderselo a Will, sin ceremonias. 

—Es precisamente lo que he estado analizando estos días; tu comportamiento en batalla. Necesitaba confirmarlo, aunque me temo que fue notable desde el primer día —dice Quintus con la experiencia de un maestro—. Tiendes a retroceder y mantener a los enemigos a raya, pero una espada corta te obliga a acercarte demasiado al peligro, por eso siempre eres derrotado fácilmente. Si me baso en lo que veo en tí; esto es más efectivo para sondear el entorno y la oscuridad antes de entrar en ella.

Cuando Quintus finalmente deja caer la tela y revela lo que esconde, Will abre la boca al vislumbrar frente a sus ojos la más bella obra de arte tallada en hierro y bronce. El asta no es de madera común, sino de un metal negro mate que no refleja la luz, posee una hoja ancha en forma de punta de lanza con grabados rúnicos que parecen moverse cuando no los miras directamente, esa debe ser la punta principal, porque a cada costado se extienden un par de hojas laterales, afiladas y brillantes bajo la luz del sol, una cuchilla curva y elegante que sobresale del costado derecho, y otra incluso más estrecha en el izquierdo. 

—¿Una lanza? —pregunta Will en un hilito de voz, sorprendido. 

—La llamaría más bien Alabarda —replica Quintus, con una sonrisa tenue—. Es tuya, si la quieres. Me di a la tarea de adaptarla a tus cualidades, diría que cuando tu padre Celestial, cualquiera que sea, te de su bendición, la Alabarda también se adaptará a tus poderes de Semidiós. 

Will levanta la mirada con la boca abierta. ¿Por qué Quintus haría algo así por él? 

—¿La hiciste en una semana? Eso es muy poco tiempo... —murmura, finalmente logrando extender la mano para sujetar el arma. Se siente fría al tacto, casi como si estuviera a la temperatura del invierno incluso siendo primavera. Will siente que se ruboriza hasta la raíz del cabello, ha recibido muchos regalos significativos a lo largo de su vida, pero este es especial, porque sujetarlo lo transforma en otra persona, lo hace sentir menos débil, menos indefenso—. Muchas gracias... Es muy amable de tu parte -balbucea bajito. 

—¡No sabía que también forjabas cosas! 

Quintus le da una leve sonrisa a Percy ante su comentario, casi divertido—. Creo que soy un poco bueno en eso. 

Will y Percy abandonan la Arena una vez que Quintus les cede una tarde libre hasta la llegada del próximo entrenamiento, y Will siente un revoltijo cálido y agradable revoloteando en su estómago mientras juega entre sus dedos con la Alabarda reducida hasta alcanzar el tamaño de un llavero, que como Quintus le había informado amablemente; volvería a su tamaño original cada vez que Will sintiera deseos de luchar. 

Se siente inmensamente culpable por esa pegajosa sensación que parásita su interior mientras más tiempo pasa en el campamento. Pero lo nota con cada fibra de su carne; cuando camina por las cabañas, nadie lo mira, nadie murmura ni lo trata con lastima. Nadie ahí sabe que Will fue una persona diferente antes de caer en el Mundo del Revés, y por tanto, nadie lo conoce como el niño que volvió a la vida y perdió tanto de sí mismo en el proceso. 

Para ellos él nunca cambió, porque esta es su primera vez conociendo a Will Byers, sólo un mestizo más merodeando en un campamento diseñado para personas como él. 

—Es bastante genial —agrega Percy observando maravillado la impresionante Alabarda, incluso en su forma más pequeña, es preciosa y reluce como piedra ónix. Pronto una sonrisita satisfecha tira de los labios del pelinegro, Will intuye lo que va a decir incluso antes de escucharlo—. Seguro que cuando te adaptes a ella me vencerás con facilidad. Mientras tanto... Supongo que hay limpieza que hacer para tí. 

Will suelta un sonido bajito, casi rodando los ojos; a Percy le gusta restregarle eso en la cara con frecuencia, probablemente porque no es especialmente bueno en lo que a orden y limpieza se refiere. 

—¡Will! Te estaba buscando, hombre —lo llama Beckendorf desde su costado. Cuando Will voltea, ésta vez no retrocede un paso ni se retuerce. Beckendorf se ve tan intimidante como de costumbre, con ese ceño fruncido y músculos que cualquier fisicoculturista envidiaría, pero Will ha dejado de estremecerse en su presencia, de hecho, siempre le entusiasma verlo, es la única persona en este campamento que ha visto su arte, y también la única que parece apreciarlo tan intensamente, por más que Will piense que no es tan bueno, Percy solía decir que Will actuaba como un cachorro feliz al rededor de Beckendorf, para su gran vergüenza—. Nuestro proyecto finalmente está listo, quería mostrarte los resultados. 

El parpadeo sutil de Will es la única señal manifiesta de su sorpresa; debería ser más difícil construir a mano armas de ese calibre en tan poco tiempo, pero no para un hijo de Hefesto, claramente. 

Beckendorf enarca una ceja al ver a los dos chicos ahí de pie, y la sonrisita entusiasta que reluce en el menor de ellos-. ¿Jackson de nuevo te está molestando? -pregunta, como si Will fuera una pobre víctima del malvado Perseo. Entonces una sonrisa sospechosamente orgullosa nace en los labios del moreno—. ¿Por qué no se enfrentan esta vez en un ámbito diferente? En uno donde Jackson no tenga la ventaja. 

Will ladea la cabeza, confundido.

—¿Cómo? —pregunta con honesta incredulidad, Will no se considera sobresaliente en ninguna práctica en especial. 

—Les concederé el honor de ser los primeros en usar el nuevo invento de la cabaña de Hefesto, así puedo asegurarme de que está funcionando como debería —se alza de hombros, como si no fuera la gran cosa—. ¿Qué tal esto? El que acierte la mayor cantidad de tiros, gana. Y el que pierda que haga la limpieza de la cabaña del ganador por el resto del mes. 

Percy y Will comparten una mirada, el pelinegro parece dividido entre el entusiasmo por aprender algo nuevo, y la sospecha de quien intuye que hay un pacto sin nombre entre Beckendorf y Will al que es ajeno.

Él no se equivoca.

 

...

 

El resultado parece complacer a Beckendorf. 

Las nuevas armas son bonitas, una ballesta sospechosamente más parecida a una Mossberg de lo que cualquier tradicionalista querría, pero útil. Will se la coloca debajo de la barbilla y prepara el tiro, apuntando a un muñeco de madera a 20 metros de distancia, al instante siente náuseas en el estómago, como si su cuerpo estuviera experimentando el deja vu de la última vez que sujetó una escopeta para defenderse de la muerte, temblando por el frío glacial que le perforaba los pulmones, con la respiración errática entre las costillas. 

Deseando volver a casa. 

El arma, no obstante, sigue sintiéndose cómoda en sus manos; la conoce, sabe cómo sacar lo mejor de ella. Cuando Will libera el tiro, la flecha de la ballesta se dispara con un rugido de guerra, desgarrando el aire en un silbido poderoso y atravesando la madera con facilidad. El sonido, irremediablemente, lo regresa al trágico verano del 78. 

La primera vez que alguien llamó marica a Will, el mundo se detuvo mientras aún mantenía sus dedos entrelazados contra los de Mike, sintiendo cómo esa unión, que hasta hacía un segundo había sido su refugio, se transformaba de pronto en una evidencia incriminatoria. Él no sabía lo que esa palabra significaba, pero sonaba terrible, igual a veneno líquido en la sangre, del tipo que quema y crea cicatrices mas allá de la piel. Todos en su salón lo habían mirado como si Will fuera el malo, como si estuviera equivocado y enfermo.

Lonnie había puesto esa mirada extraña en su rostro -que más tarde Will aprendería a temer-, cuando le había preguntado a su madre, durante la cena, cuál era el significado de aquella palabra que le había acarreado risas y burlas de sus compañeros de clase. Will solo supo cuánto se había equivocado al decir eso el día que su padre lo llevó a la temporada de cacería el octubre siguiente. Jamás olvidaría el aroma a pólvora y sangre pura en el aire, el peso del rifle en sus manos jóvenes e inocentes cuando la primera bala se disparó. El venado no había muerto con el primer disparo, era un amasijo de espasmos y jadeos sobre la hojarasca de otoño, pero Lonnie lo había obligado a arrodillarse sobre la tierra empapada, sujetando sus hombros con una fuerza que buscaba aplastar su alma. ”Termina lo que empezaste", le había siseado al oído.

Esa fue la primera vez que el corazón de Will se rompió. Pero aunque lloró hasta que la vista se le nubló, suplicando perdón en silencio a esos ojos negros que se apagaban, túneles profundos que reflejaban su propia desesperación, el animal murió desangrado en la montaña, indigno y profanado, antes de que él pudiera reunir el valor suficiente para actuar. Fue sólo entonces cuando Will entendió lo que era ser una presa. Entendió qué era lo que le pasaba a las personas como él.

También fue la última vez que Will y Mike se tomaron de la mano. 

El sonido del chillido de Percy lo regresa a la realidad de golpe, obligándolo a volver la mirada al campo de tiro. Sujeta el arma contra su pecho mientras se obliga a calmar a su corazón adolorido por el recuerdo.

Percy resulta ser bueno también en eso, porque evidentemente tenía que serlo, Will empieza a sospechar que ese chico es perfecto en todo, un prodigio en cualquier actividad que haga. Pero para sorpresa de nadie, no es rival para Will. 

Cuando Will logra derribar los 10 muñecos de madera casi sin contratiempos, en un movimiento limpio y que Beckendorf llama "fenomenal", todo queda sellado. Percy apenas ha logrado derribar 6 de las 10 siluetas de madera, una hazaña sorprendente para alguien que nunca antes ha usado una escopeta, o un arma de un estilo similar. 

Con un suspiro, Will finalmente acomoda la ballesta contra su costado y voltea hacia atrás, nota al instante que Percy lo está mirando fijamente con la boca abierta. Will ladea la cabeza inocentemente, haciéndole una pregunta muda al menor. De inmediato, Percy se sobresalta, como si hubiera sido sorprendido haciendo algo indebido, y se aleja avergonzado mientras sacude la cabeza con demasiada fuerza. 

—Bien hecho, Byers —dice Beckendorf, provocando una sonrisa brillante en Will, a pesar del pequeño y tímido nudo que se ha mantenido escondido en su corazón, cobarde y angustiado desde aquel octubre del 78. 

Mientras Percy se mortifica en el suelo, Will y Beckendorf chocan los cinco, aunque Will tiene que ponerse de puntillas para alcanzar la mano del moreno. 

Media hora más tarde, Will ordena sus pertenencias en la cabaña de Hermes, los hermanos Stoll se mueren de la risa en una esquina de la habitación mientras Percy deambula sosteniendo una escoba al mismo tiempo que refunfuña. 

Will está entretenido observando los pucheros indignados de Percy, pero su mirada se desvía cuando de pronto sus dedos tropiezan con el borde de un lienzo enrollado en su saco de dormir, siente que una mano de hierro le estrangula el corazón antes incluso de sacar el trozo de papel de debajo de sus cobijas, porque su corazón lo reconoce antes que sus ojos. Lo tiene grabado en las retinas; el dragón de tres cabezas y cada tono exacto de óleo que usó para hacer cada uno de esos trazos y contrastes.

Acaricia con dedos suaves el filo de las alas del dragón, perforado y sucio. Durante su pelea contra la Empusa acabó hecha jirones, marcas de garra desfigurando la escena que alguna vez creyó sería eterna. Lo único que Grover pudo rescatar de aquella pintura es justamente esa pequeña imagen plasmada con más cariño del que jamás podrá confesar en voz alta.

El pensamiento de que no será más de esa forma le duele más de lo que puede digerir. 

Según dijo Grover cuando se lo entregó, el resto de la pintura había sido olvidada en el piso de Rink-O-Mania, así que probablemente los encargados de la limpieza la habían arrojado a la basura al siguiente día por la mañana. Sin pena ni gloria. 

Ese es el único final posible para él y sus sucios sentimientos. Y Will debe haberlo sabido desde el principio.

Es su castigo por tratar de robar algo que no es suyo. O mejor dicho, algo que renunció a ser suyo hace mucho tiempo. 

Un pecado de ambición que ahora paga con este vacío en el pecho. 

 

...

 

Esa noche Will tiene un sueño. 

Son un montón de imágenes que se agolpan con violencia tras sus párpados. Ve a Max en el cementerio de Hawkins, el césped verde de la primavera se ha vuelto viejo sobre la tumba de Billie, y ella emite un llanto bajo y desolado, como Will nunca antes la ha visto, con el cabello rojo de las brasas cubriendo su rostro torcido por el dolor. Es desgarrador ver a una persona que solía ser tan formidable quebrarse con la finura de un rosal en tierras áridas. Lucas se atrinchera a su lado, impotente y adolorido, y la abraza con el tono de preocupación que sólo nace del más sincero amor. Antes de que Will pueda reaccionar, la imagen rota de golpe a una casa vieja y descuidada, pasillos que rechinan con cada paso, puertas que arrastran sombras, y una luz cálida. Hay murmullos, la voz de una mujer, fuego. 

Y entonces, Will ve a Hawkins.

No es el Hawkins que solía ser, por todos lados solo puede ver caos y destrucción, enormes franjas de luz rojiza que parten el pueblo en segmentos, como si hubieran sido hechas por enormes garras. Parecen entradas al mismísimo infierno. Todo el mundo grita y llora. Es un llanto que atraviesa los huesos, el llanto de la pérdida acechando. 

“... Débil... Tú mente se rompió... con tanta facilidad". 

Will se despierta en un ruidoso sobresalto, sujetándose el pecho para acompasar su respiración agitada. Trata de acostumbrar su visión a la oscuridad que rodea la cabaña; a sólo una litera de distancia Percy duerme profundamente, y Will nota un tirón en el corazón ante el pánico que percibe correr en su sangre. Siente tanto frío que podría vomitar. En su mente desfilan un montón de imágenes que le erizan la piel, imágenes de sus amigos, de su familia, de Hawkins, en peligro

Se pone de pie torpemente y se dirige hacia la fuente de la cabaña, observando el agua inerte por un instante, antes de tomar uno de los dracmas de la ofrenda. 

—Diosa Iris, por favor... —murmura Will, su voz quebrándose un poco en el proceso. La fuente reluce intensamente por un segundo con su color arcoiris, pero en seguida se extingue, desvaneciéndose con un destello y el sonido de un zumbido lejano. Will aprieta los labios, sintiendo lágrimas de pánico arremolinándose en las comisuras de sus ojos. De alguna forma, siente que no recuerda todo su sueño por completo. Hay piezas de información que le faltan, y necesita saber qué es exactamente lo que está sucediendo. 

Permanece frente a la fuente por minutos enteros, inhalando un sonido atrofiado por la preocupación, lanzando un dracma tras otros en la fuente, rogando a la Diosa iris que acepte su ofrenda. 

Nunca obtiene respuesta. 

En su lugar, es Percy quien recibe un mensaje. 

La fuente Iris se estremece con un destello, la voz más bien robótica de una mujer surgiendo del agua mientras solicita un dracma para reproducir el mensaje enviado. Will se sobresalta, por un instante esperanzado ante la idea de que por fin su llamada haya sido devuelta, pero pronto se da cuenta que es imposible, ni su madre ni nadie de Hawkins conocen la mensajería Iris, por tanto, tampoco pueden comunicarse con él. 

—Percy, la fuente... —llama Will, colocándose a su costado, los ojos verdes lo miran con confusión un momento, tratando de deshacerse de la somnolencia. Tan pronto como se da cuenta de la situación, Percy se pone de pie y se dirige torpemente junto con Will a la fuente, hay un pequeño chasquido en el aire cuando arrojan el dracma al agua, y entonces finalmente la imagen se proyecta frente a los dos. Ante sus ojos, Will nuevamente reconoce la atmósfera fantasmal propia de un cementerio, pero no se parece en absoluto al de Hawkins.

Es la primera vez que Will ve a Nico Di Angelo. 

Claro que había escuchado oír hablar de él, a veces, a su mente acudía el pensamiento de que Percy era el único en apreciar el recuerdo del niño; su nombre se colaba en las conversaciones como si fuera un presagio, con ese tono que ponen las personas que lamentan el peso de una mala decisión. Will había decidido en ese momento no hacer ninguna pregunta al respecto, dado a que evidentemente era una historia trágica que nadie parecía querer recordar, se calló cualquier pregunta, aunque la piel le picaba cada vez que pensaba en el hecho de que había un niño en el mundo, perdido y desprotegido como él una vez lo estuvo, un niño que además era su hermano.

Ciertamente, no es así como Will se lo imaginaba. No es así como debe verse un niño de 11 años. 

Piel tan blanca que parece translúcida, ojeras, y un rostro marcado por el dolor del abandono. Will casi quiere extender su mano y consolar, un instinto jamás antes conocido naciendo bajo de su piel, haciéndole cosquillas en los ojos. Jamás quiere volver a ver a ese niño mientras luzca así de desolado, como alguien a quien le han arrebatado la sonrisa por la fuerza. Will quiere sostener el peso de sus hombros por él y probar si ambos pueden llevarlo con más facilidad estando juntos. 

Es un pensamiento sumamente tonto e insensato. Will ni siquiera conoce a Nico. Y probablemente, el tampoco sepa ni siquiera de su existencia. 

El mensaje se corta antes de que puedan depositar otro dracma, la habitación se zambulle en un silencio frio, lleno de arrepentimiento y promesas rotas. Es como si incluso la temperatura de la habitación hubiera descendido. Will evita la mirada de Percy, sintiendo un vacío agudo en el estómago, ¿qué pudo haberle pasado a Nico para que ahora pareciera así de solitario? El mismo siente que ha visto la misma mirada antes en su propio reflejo en el espejo, algunos días después de regresar del Mundo del Revés y comprender, con una lucidez hirviente, que le habían robado más que la libertad.

—Mh, yo... supongo que ya sabes quién es Nico —dice Percy en un murmuro incómodo, sin saber exactamente cómo iniciar la conversación. Sus cejas se alzan con sorpresa de pronto, apenas dándose cuenta de un pequeño detalle—. Podríamos decir que es tu hermano, de hecho. Él también es un Hijo de Hades. 

—Sí, escuché que lo mencionaste el otro día —murmura Will, con voz incluso más amable que siempre, casi siente deseo de callarse, preocupado de parecer demasiado intrusivo, pero no puede evitar el montón de dudas que se acumulan en su boca, si Percy abrió el tema de conversación, quiere decir que puede hacer preguntas, ¿no?— ¿Qué sucedió con él? Él estaba en un cementerio, parecía que intentaba... —se detiene antes de determinar la frase, parece una acusación demasiado grave para decir en voz alta. 

Percy pestañea.

—Creo que él está intentando traer a la vida a Bianca, ella murió en... combate —murmura en voz muy baja, pasando una mano por su cabello negro hasta dejarlo más revuelto que nunca—. Él me culpa, Will, y tiene razones para hacerlo, yo le prometí que la cuidaría y no lo hice... Estoy seguro de que el alma que quiere es la mía. 

Will frunce el ceño, mirando con ojos llenos de preocupación a Percy. No parece una práctica muy sana, eso de pensar que las muertes de los demás caen todas en tus hombros, que siempre es tu responsabilidad salvar al mundo. 

No obstante, Will no interrumpe. Deja a Percy desahogarse a su ritmo, mientras él le cuenta todo acerca de aquella búsqueda con las cazadoras de Artemisa que se robó la vida de dos personas en el proceso. Habla tan bajo que de no ser por la hora probablemente no lo escucharía, habla y habla y la angustia se asoma en medio de los matices de antaño seguros en su voz, sus ojos verdes centelleando con recuerdos que siente incluso en la piel, y que lo hacen abrazarse a sí mismo, como si el frío de aquella lluvia aún estuviera en sus huesos. 

Cuando Percy termina de contarle todo, los primeros rayos de Sol ya han empezado a caer sobre el Campamento Mestizo, y Percy se queda dormido después de soltar su última frase en un suspiro tenue, como si desde el principio sólo hubiera necesitado sacarlo todo de su sistema para poder dormir en paz, y tal vez Will es el designado para escucharlo simplemente porque no hay nadie mejor cerca, pero guarda esos vestigios de debilidad en una cajita de cristal, y promete no dejarlos salir a la luz nunca mientras esté en sus manos.

Percy tiene la cara de un bebé cuando duerme, piensa él al observarlo, como si el dolor y la preocupación no pudieran alcanzarlo ahí, en el lejano mundo de los sueños. 

Will lo cubre con una manta y sale de la cabaña silenciosamente. 

 

...

 

Normalmente el horario de Will siempre está ocupado por alguna actividad físicamente extenuante. Pasa las mañanas con Beckendorf en la cabaña de Hefesto, y por la tarde entrena con Quintus y Percy hasta que se esconde el Sol. Es evidente que, por tanto, no tiene contacto con ninguna otra actividad del Campamento Mestizo, incluyendo, para pesar del propio Will, la equitación. 

No es que le entusiasme mucho la idea de montar un caballo alado y hacer piruetas en el aire con ellos, es simplemente que esos pegasos son... hermosos, y ese es el eufemismo más grande de la historia. Will ha querido plasmarlos en papel desde el primer día que piso los establos, son criaturas que tienen el aire magnífico y orgulloso de un rey, y siempre se pavonean bajo la atención.

Así que esa mañana Will pasa el tiempo con ellos, hablándoles bajito mientras su carboncillo se desliza fácilmente en las hojas de su cuaderno, retratando la poderosa envergadura de las alas de los pegasos cuando se izan en el aire y las crines sedosas que revolotean con gracia. Han pasado días desde la última vez que tomó un lápiz para dibujar lo que nace de su inspiración, sin un propósito con matices bélicos detrás. Pero esta mañana tiene la mente en blanco, demasiado llena de ruido para poder visitar a Beckendorf sin cometer un error. 

Hace apenas unas horas atrás logró contactar a su madre por mensaje Iris, y aunque sabe que eso debería haberlo hecho sentir más tranquilo, no lo está. Su madre, por algún motivo oculto y extraño, no estaba ni en Lenora ni en Hawkins, sino en Alaska. Asume que las cosas deben estar bastante bien con sus hermanos si su madre de repente siente deseos de tomarse unas vacaciones indefinidas lejos del pueblo de su infancia, así que Will debería tomarse un respiro, probablemente lo de anoche solo fue una tonta pesadilla. No es la primera vez que Will sumerge a Hawkins en escenarios de destrucción y terror en sus sueños. 

Sin darse cuenta, Will ha dejado de pintar a BlackJack en algún punto de la mañana, en su lugar, y pese a la culpa que se anida en su garganta, deja volar su mente para trazar sobre el papel algo que brota directamente de la costumbre. Sus dedos han comenzado a darle forma a la curva pronunciada de una nariz que conoce tan bien como a sí mismo, rizos negros, más largos de lo normal, y pecas encantadoras. Siente un latido hueco en el pecho al darse cuenta de lo que está haciendo. 

—¿Esa es tu musa? 

Will suelta un sonido agudo de sorpresa ante la repentina voz, y se sobresalta tanto que su libreta sale disparada contra el suelo. Honestamente, a estás alturas ya no debería sorprenderse tanto, todos en este campamento parecen creer que es natural aparecer de la nada a espaldas de la gente y asustarlo sin descanso. Inmediatamente, Will oculta su boceto de la vista de cualquier intruso, alzando la mirada para encontrarse con... la chica más brillante que jamás ha visto. 

Ella le brinda una sonrisa amable y todo a su alrededor parece iluminarse, como si la luz del Sol existiera sólo para favorecerla. Incluso Will, que jamás se ha fijado en la apariencia de las chicas, está seguro de que cualquiera tartamudearía y se sonrojaría bajo el peso cándido de esos ojos azules, tan vivaces como el cielo. No Will, por supuesto, pero es sólo porque jamás podría mirar de esa forma a una chica. 

—No estaba... No es nadie, es una persona al azar —murmura él, apretando sus dedos sobre el papel. Siente un latigazo de pánico en su corazón, subiendo hasta su garganta, cosiendo sus cuerdas vocales. A su edad, sabe lo que pasa cuando la gente nota algo extraño en él. Siente tanta alerta que podría ceder y salir corriendo ahí mismo. Su padre jamás reaccionó muy bien al hecho de Will pintando a Mike con tanta frecuencia, ni su padre ni nadie de Hawkins reaccionaría bien nunca. Lo mínimo que podría esperar era una mirada de disgusto o incomodidad, ¿Lo peor? Violencia desmedida. 

La chica ante él claramente no es de Hawkins. 

—Pues me parece muy bonito —dice ella con resolución, como si no fuera nada fuera de lo común. Will levanta la mirada con cierto atisbo de temor y sorpresa, pero nota que ella no lo está mirando a él, sino a los pegasos—. Me alegra que alguien haya estado viniendo a visitarlos en mi ausencia, soy la encargada de los establos, más o menos. Pensé que se sentirían muy solos sin mí, así que volví antes al Campamento.

Solo hasta ese momento Will se da cuenta de que la chica lleva unas maletas enormes consigo. Equipaje que parece suficiente para meses enteros, en lo que a él respecta. 

—Soy Silena Beuregard, ¿cómo te llamas tú?

Will se aferra aún a su libreta cuando murmura—: Will Byers. 

—Bueno, Will Byers, ¿por qué no te doy unas clases de equitación express? —dice ella con una sonrisa feroz. Will parpadea, sorprendido y desubicado, claramente eso no es lo primero que tú esperarias que te dijera una desconocida apenas la conoces. Ante el silencio de Will, ella hace una mueca—. Tampoco quiero molestarte, si estás ocupado no te molestaré. Es solo que todas las chicas de la cabaña de Afrodita llegarán hasta dentro de muchos días, no tengo nadie con quién pasar el rato por ahora. 

Impulsado únicamente por la necesidad de huir de una conversación peligrosamente cercana a sus recuerdos de Hawkins, Will finalmente decide aceptar. No hay manera de hacer esto más incómodo que diciendo "no", así que tampoco tiene alternativa.

Silena resulta ser una instructora sorprendentemente maravillosa, sus maletas quedan relegadas a algún lugar lo suficientemente lejano al establo mientras le da consejos e instrucciones a Will para que pueda subir a Guido, que relincha extasiado cuando Will empieza a tomar las riendas y a comprender las reglas a seguir para montar a un caballo volador y no morir en el intento. La brisa golpea su rostro con fuerza, sacudiendo su cabello y llenando sus pulmones de aire fresco que huele a fresas. Es una sensación maravillosa, pero también siente un tirón extraño en el vientre, como si la tierra quisiera obligarlo a volver a ella. 

Will jamás pensó que realmente alguna vez volaría en el aire con un pegaso, a veces todavía cree que está drogado. 

Casi una hora más tarde, Silena baja de Porkpie y ayuda a Will a bajar de Guido, luce satisfecha y mas humana que nunca, su gentileza y ferocidad la hacen incluso más bonita, como si no fuera sólo un maniquí de facciones perfectas en un escaparate. 

—¡Extrañe tanto esto! Todo el año quise volver de vez en cuando, pero no tuve ninguna oportunidad —se queja ella, apartándose el cabello de la cara para escapar del bochorno de la montaña. Will trata de hacer lo mismo, acalorado por la ardua actividad física, pero su cabello ha crecido demasiado, y el flequillo regresa a su rostro a pesar de tratar de apartarlo. Silena entrecierra sus ojos al verlo, como si notara una misión para ella en el aire—. Debo cortar ese cabello tuyo. 

Will se sobresalta. 

—¿Qué? 

—¡Solo mírate! Tienes rasgos encantadores, quitando ese flequillo de en medio, te haría falta un sólo pestañeo para que las personas empiecen a hacer todo lo que les pides y a balbucear frente a tí, creeme, lo digo por experiencia —ella sonríe con un breve aire diabólico en su rostro gentil, es muy consciente de que puede tener a cualquiera en el bolsillo con su increíble belleza-. Solo tienes que apartarte el cabello, mirarlos con la cara inclinada, pestañear lento, ¡y magia! —Silena lleva a cabo sus acciones mientras las narra, parpadeando con tanta ternura como un querubín. 

Will parpadea un poco aturdido, apartando la mirada con un rubor en sus mejillas, nunca nadie ha hablado de su cara con tanta franqueza, como si de verdad creyera que hay algo bueno en él. 

—No creo que eso funcione en chicos —farfulla en voz baja, negando. 

—Oh, con una cara como la tuya, por supuesto que sí —dice ella con obviedad, como si fuera más imposible la idea de que no fuera posible—. Incluso podrías conquistar a esa musa tuya. 

Will se queda paralizado al escuchar el comentario inocente de la pelinegra. Hasta ahora, Silena había sido muy amable al decidir no traer a colación el tema que claramente no era exactamente del aprecio de Will, él incluso había llegado a pensar que ella no había logrado percibir la naturaleza perniciosa escondida en su dibujo. Ante el silencio de Will, evidenciado por la manera en la que esconde su mirada, Silena niega con la cabeza dulcemente. 

—Algún día te atraparé y cortaré ese flequillo tuyo —termina por decir, volviendo a un terreno seguro. 

Mientras conversan de cambios de looks y consejos de coqueteo -todo de parte de Silena, en realidad-, Percy aparece subiendo desde la colina. Luce cómicamente sorprendido al ver a la hija de Afrodita ahí, pero la saluda con una sonrisa amable, y vuelve su mirada a Will. Los recuerdos de la noche pasada y su culpa pronunciada llenan la cabeza de Will como un maremoto. Hoy Percy reluce con la misma viveza que siempre, como si la vulnerabilidad de la noche anterior jamás hubiera existido. Will lo envidia un poco por eso. 

—Vine a buscarte, casi es hora de nuestro entrenamiento con Quintus —le recuerda el menor en un quejido infantil, sobándose uno de sus músculos adoloridos. Se detiene un momento para mirar con abierta curiosidad a Silena y Will, que permanecen sentados en el piso, rodeados de lujosos chocolates del Village sobre una manta a cuadros que Silena tendió muy delicadamente en el césped con el único propósito de no ensuciar su costosa ropa de diseñador. La boca de Percy no emite ningún comentario, pero parece querer unirse a la conversación. Parpadea como un niño pequeño y Will recuerda, súbitamente, su conversación de hace unos días atrás, de cómo Percy le había confesado en un arrebato de sinceridad que cuando era pequeño solía pensar que jamás conseguiría dejar de sentirse excluido del resto. 

Will, que con el peso de su propia experiencia  siempre ha odiado la idea de hacer sentir diferente a la gente, le ofrece una sonrisa gentil y se desliza a un costado para que Percy ocupe un lugar a su lado. El rostro de Percy se ilumina. Es un poco dulce.

—Bueno, en tu caso, Percy, creo que ese mechon blanco te hace ver un poco genial —confiesa Silena tan pronto como Percy toma asiento con ellos, el chico parece confundido por el rumbo de la conversación, todos actuando como si estar tirados en el piso de un establo mientras hablan de estilos de ropa y cabello fuera una actividad completamente necesaria para la supervivencia del Campamento. 

Una vena malvada despierta en lo profundo de Will, para su propia sorpresa. 

—Creo que parece envejecimiento prematuro —claudica con una sonrisita falsamente inocente. Percy suelta un chillido de suma indignación, y entonces la conversación sigue su curso. 

Will se siente mucho más tranquilo que en días. 

 

...

 

—¡Estoy molido! —aclama Percy con voz exhausta, dejándose caer sobre la hierba verde apenas logran cruzar el límite de las cabañas. Tiene la cara llena de tierra, el cabello desordenado y rasguños rojizos repartidos por toda la cara y los brazos. Probablemente, muchos más moretones empiezan a formarse debajo de su ropa. Su caótico aspecto es una clara demostración de la poca compasión que Quintus ha mostrado hacia ellos en el entrenamiento del día de hoy. 

Will no cree estar en mejores condiciones, su cuerpo duele en lugares en los que ni siquiera sabía que podía sentir dolor, pero es un dolor más cálido y complaciente que ningún otro que haya vivido antes. Quizás después de experimentar la sensación de ser quemado vivo cuando tenía sólo 13 años, Will ha desarrollado un umbral de dolor mucho más elevado del que cualquier niño de su edad debería tener, pero un sentimiento burbujeante se anida en su pecho mientras yace acostado en la tierra, lado a lado con Percy, sus hombros rozándose con cada respiración mientras observan la luz de la luna que se proyecta sobre el campamento, la euforia escala por su pecho y no puede evitar dirigirle una sonrisa radiante al pelinegro, que éste corresponde de inmediato. 

—Bien hecho, Will —le dice Percy, en un tono tan honesto y suave, que Will siente que un rubor de felicidad trepa por su cuello, calentándole las mejillas. 

Es la primera vez estando en el campamento que Will ha logrado desarmar a Percy en batalla, y tal vez haya sido un breve momento de debilidad de parte del pelinegro, o suerte de principiante de Will, pero en lenguajes de guerra, como Quintus había afirmado, desarmar a tu oponente, así fuera por un breve segundo, era equivalente a la apertura para la victoria. 

—Ve a dormir antes de que las Arpías decidan que es tu hora —le dice a Percy con suavidad, poniéndose de pie—. Iré a la cabaña de Hermes a comprobar que estén todos dormidos, te alcanzo en un momento. 

Percy se ilumina como la estrella más brillante de un arbolito en navidad. Es adorable, y Will tiene que recordarse que a pesar de su sorprendente altura y su aterradora forma de pelear, entre los dos Percy sigue siendo el menor. 

—¡Deberíamos hacer una fogata y contar historias de terror! Si la controlamos, no creo que la cabaña se incendie, en serio, siempre quise hacer eso con amigos en las excursiones...

Percy se marcha mientras sigue murmurando sus planes para esta noche, entre los que claramente no está darle un respiro a Will. Le arranca una risita sincera mientras lo ve desaparecer a la distancia. Pero en cuanto Will se da la vuelta para refugiarse en la cabaña de Hermes, un escalofrío agudo y helado le pellizca los talones, obligándolo a detenerse con un tirón de pánico que le hunde el estómago hasta los pies. De inmediato, con un instinto que nace del pavor, dirige sus manos a su costado, dónde desde su bolsillo debería yacer colgando el llavero de su Alabarda, solo para darse cuenta con un súbito terror que la Alabarda no está allí. 

—Es linda —dice la voz de un niño, suena bajita y tenue, pero sorprendentemente, aterradora—. ¿Te la regaló Quintus?

La saliva de Will se atora en su garganta, siente a la vez cómo su corazón se salta un latido. Ante él, una silueta más bien pequeña se mece contra el voluminoso arco de la arboleda nocturna, sería una visión más digerible sino fuera porque la figura del intruso se recorta contra las sombras, escondida en la quietud de la noche, lo único que Will puede ver de él, entre la bruma espumosa de la oscuridad, son un par de ojos tan negros como el ónix mirándolo atentamente. 

Lo reconoce de inmediato. 

Nico

Su voz brota en un suspiro, y por algún motivo que tal vez provenga de su falta de instinto de supervivencia; Will se queda de pie ante él. 

Nico sigue luciendo intimidante a pesar de su corta edad, tiene la mano extendida, sobre la que su Alabarda, aún reducida de tamaño, flota en suaves órbitas como si fuera la tierra girando alrededor del sol. Will casi podría pensar que el llavero está levitando en el aire, pero pronto se da cuenta de que en realidad es la sombra misma quien lo sostiene frente a Nico, dejándolo apreciar la única arma que Will tiene para defenderse, y que ahora está muy lejos de él, a disposición de Nico. 

Debió saberlo, claro que la sombra no se mostraría únicamente leal a él frente a otro hijo de Hades. 

Debe ser un tipo de broma de mal gusto de parte del destino, que apenas hace una noche haya hablado sobre él con Percy, y que ahora el protagonista de su conversación esté aquí, de pie ante él, luciendo impetuosamente traicionado y herido.

—¿Por qué estás con él? ¿Sabes que dejó morir a nuestra hermana? —reclama el menor, y su voz se quiebra con tanto dolor que Will siente un nudo en el estómago. 

—Nico, yo... —tartamudea, no sabe qué hacer para tratar de reparar la situación, ¿qué podría él, alguien que ni siquiera lo conoce, decir para sanar el corazón roto de Nico Di Angelo? —Percy me dijo lo que pasó, no fue su intención, hizo todo lo que estuvo en sus manos. Él... de verdad lo siente, Nico-

Nico tuerce el rostro como si hubiera recibido una bofetada, por un instante, Will jura ver lágrimas en el rabillo de sus ojos.

—Por supuesto que no lo entenderías —sentencia Nico con la voz vacía, y Will se da cuenta que eligió las palabras incorrectas—. ¡Está claro que no lo entiendes! ¡No conocías a Bianca! Ella era... Ella era... Todo lo que yo tenía... ¡Y Percy Jackson la mató!

Las sombras se agitan, Will puede escuchar a lo lejos los sonidos de las Arpías, el escándalo no solo las atraerá a ellas a este paso, sino al resto de campistas también.

—Lo sabía. Lo sabía. Todos están... tan encandilados por Percy Jackson, como si él fuera tan genial, como si fuera perfecto... —balbucea Nico, debilidad goteando de su voz, y Will lo detecta de inmediato, hay un cierto tipo de odio que solo nace del cariño previo, y es exactamente eso lo que confiesan los ojos del menor mientras más palabras escapan de su boca—. Pero él no lo es, él mató a Bianca, y ahora viene a matarme a mi, ¡me matará a mí! 

—Él no te hará daño, Nico, te lo prometo, ¡él está tratando de ayudarte! Bianca dijo-

—¡No digas el nombre de Bianca! —ruge con ira, un rencor tan profundo que podría paralizar a cualquiera. Se tapa los oídos mientras agacha la cabeza y murmura frases inconexas para sí mismo, a Will le recuerda tanto a sí mismo que, inconscientemente, da un paso hacia delante. Ésta vez Nico no retrocede, pero lo mira con ojos llenos de desilusión—. No sé ni siquiera por qué vine aquí, sabía que no funcionaría, pero Bianca me dijo... —murmura, bajando los decibeles de su voz, sin terminar su frase. 

Will traga saliva. Confundido, tenso, y tan desolado por el solo hecho de ver a un niño tan joven lucir así de cansado. 

—¿Ella... te habló de mí? —susurra bajito. Nico se estremece. ¿Cómo podría ser posible que Bianca lo conociera? 

—Ella me dijo que... que tú podrías... —comienza a decir el menor, pero casi en seguida su boca se cierra de golpe, con un chasquido violento. Un sentimiento ajeno endurece las facciones aún infantiles de su rostro, dándole un aspecto más parecido al de un enviado del Inframundo que al de un niño de 11 años. Baja la mirada y se observa las manos suavemente, como si pudiera ver ahí algo que nadie más puede—. Tus amigos están muriendo —suspira.

Will siente que su corazón se detiene. 

Es como... sumergirse de lleno en un vacío negro y profundo, le llena los pulmones de helio, y los oídos de un zumbido lejano que le impide sentir nada más que el suave beso de la brisa nocturna sobre su piel, como si la gravedad hubiera desaparecido y lo hubiera dejado flotando en la misma nada.

Transcurre tan sólo un segundo, y entonces el pánico golpea a Will con la furia de una ola de agua helada. La imagen de Max riendo, de Dustin escribiendo cuidadosamente cartas para él durante toda su estancia en Lenora, de Lucas dedicándole su primer partido y de Mike y todo lo que su nombre le causa en el pecho, se superponen a la oscuridad de la noche. Experimenta el arrebato de una presión insoportable detrás de los ojos. Va mas allá de la conexión desgarradora que nunca lo abandonó; vibra con el eco de un reloj que marca sus últimos segundos.

Nico parece leer todo rastro de emoción en su rostro, porque sus ojos se llenan de un desprecio agudo. 

—¿Por qué te importan? Ellos se olvidaron de tí, ¡ellos...!

Antes de que Nico pueda seguir hablando, Will se lanza hacia adelante y sujeta sus estrechos y frágiles hombros con manos temblorosas, más tensas que garras, colocándose cara a cara con él. Nico se pone rígido de inmediato y alza las manos.

—Llévame allí —dice Will, ni siquiera como una orden, pese al temor que le hiela la sangre, suena más bien como una suplica de piedad, arraigada profundamente dentro de sus pulmones, que ha echado raíces a través de los años y que jamás ha sido capaz de ignorar. Nico debe percibir el pánico y la vulnerabilidad en sus ojos, porque su expresión, de antaño marcada por el rencor, se suaviza hasta parecer casi preocupada, lo hace ver más humano; de su edad. Y sorpresivamente, mucho más parecido a Will de lo que jamás habría imaginado—. Sé que puedes, Nico, de la misma forma que llegaste aquí, por favor... —exhala, y su respiración se entrecorta. 

Hay un latido largo y sinuoso en el que Will piensa que bien podría derrumbarse ahí mismo si pasa un solo segundo más sin comprobar el bienestar de sus amigos, pero entonces,  con un suspiro de lo que parece ser derrota, Nico finalmente extiende su mano, es tan pequeña y frágil, pero está tan fría como un témpano de hielo. 

—No digas que no te lo advertí. 

Se siente como si dejara de respirar por un segundo. 

Todo transcurre en apenas un parpadeo, la única señal que obtiene es el latigazo fúrico que golpea cada una de sus extremidades, y la sensación aguda de sus átomos dispersándose en el vacío, un frío que hacía que el invierno de Indiana pareciera un día de verano. En un momento, Will se encuentra dentro del Campamento Mestizo, y al otro, sus ojos se abren frente al páramo rocoso y húmedo que identifica rápidamente como el Mundo del Revés. La respiración se le atora en los pulmones, un montón de recuerdos desagradables le respiran bajo la dermis, de rugidos animales, dolor en la piel, y la pérdida de la esperanza. La sola sensación de estar de regreso en ese lugar, protagonista de cada una de sus pesadillas, le hace querer caer de rodillas. 

Incluso Nico, tembloroso y aturdido, parece confundido—: ¿Por qué nos trajo aquí...? —pregunta el niño, mirando a todos lados, sin reconocer el entorno. 

La respuesta llega de inmediato cuando, a tan solo unos metros de distancia, Will escucha un rugido atronador, y el sonido de un montón de aves alzando el vuelo junto a sus graznidos de caza, persiguiendo la figura de un chico que corre aterrado en su dirección. Sobre él el cielo centellea carmesí, truenos plateados rompiendo la quietud de la eterna noche. 

Will reconoce al chico desconocido de inmediato, a pesar de la distancia y de la suciedad en la cara, es un rostro que ha visto antes en fotografías. Si las cartas de Dustin no le mienten, ese debe ser Eddie Munson. 

 

Chapter 5: El latido de los muertos

Summary:

Ambos deben verse terribles, definitivamente no lucen como héroes, o el tipo de personas que ganarían una guerra, pero Will se promete a sí mismo que es su deber no dejar morir a nadie que tenga la oportunidad de salvar. A nadie con una sonrisa como la que luce Eddie Munson. 

Notes:

(See the end of the chapter for notes.)

Chapter Text

Cuando una persona sufre un episodio de pánico, en realidad experimenta una sensación dolorosamente análoga a la de un ataque cardíaco. Falta de aire, temblor en los huesos, plomo en los pies. Como si incluso respirar se volviera una misión imposible. 

Todo eso es lo que Will siente en ese preciso momento. 

La bilis le sube por la tráquea y se aloja en el fondo de su garganta, tensando los tendones en su cuello. Will nota la manera en la que su respiración escapa de su boca a bocanadas gigantes y agitadas, cortándole la respiración y el habla. Hace frío, tanto frío, pero de alguna manera, Will intuye que no es una sensación del todo real, sino miedos fantasmas que le soplan en la piel. El recuerdo intransigente de larvas viscosas sobre su boca, el llanto, la pólvora y la esperanza de volver a casa. 

—Will.

La voz de Nico, tensa y aguda como las cuerdas de un arco, obliga a Will a parpadear débilmente, y conectar su mente a la realidad de nuevo. Siente el sudor pegajoso del pánico sobre sus párpados, pero se obliga a recordarse que no, estar de nuevo aquí, en el Mundo del Revés, y tan cerca de sus terrores nocturnos, no significa que de nuevo vayan a arrebatarle su libertad. No significa que de nuevo vayan a despedazar el alma de Will a trozos, hasta dejarle el corazón en carne viva. 

Él tiene el control. Él puede con esto. 

Sus ojos se encuentran con la mirada aturdida de Nico, el niño es capaz de anunciar su pánico como si fuera un libro abierto, a juzgar por la expresión indudablemente preocupada en sus ojos negros. Will se obliga a serenarse, no se supone que deba reaccionar de esta manera cuando él mismo fue quien le suplicó a Nico que los llevara hasta allí, arrastrándolo consigo al peligro. En un ímpetu de piedad por ambos, se esfuerza en traer a su mente cada una de las enseñanzas de Quintus y aprieta los dientes. Sepulta cada uno de sus temores muy dentro de sí cuando, con un movimiento tenue de su muñeca, se desprende el llavero de su Alabarda con fuerza. 

Por un segundo, Will teme que debido a la histeria dolida en su corazón, y que de hecho, no quiere luchar , la Alabarda se niegue a obedecerlo. Sus preocupaciones no pueden ser más incorrectas, descubre pronto; un destello casi violento parte el aire y una melodía semejante al tintineo de los cascabeles de la bahía se cuela en el rugido de la noche, ante sus ojos la afilada cuchilla de la Alabarda se despliega beatífica, centelleando como una perla contra el mar de oscuridad. Le recuerda, también, al audaz sonido de la risa de Percy una noche cualquiera antes de apagar las luces de la cabaña, y eso sosiega un poco más la tensión en su estómago. 

—Tu amiga debe estar en otro lugar —dice Nico, y el cabello carmesí de Max cruza la mente de Will, apretándole el pecho. Desea tanto correr a dónde sea que sus amigos estén, la idea de que ella esté en peligro, sobre todo, casi vuelve a aturdirlo, pero entonces Nico continúa—. Yo iré a verificar su estado, las sombras pueden encontrarla si me esfuerzo, tú controla la situación aquí. 

Will abre la boca para protestar al instante, no puede simplemente dar su aprobación al hecho de enviar a un niño de 11 años a correr tal riesgo, a un lugar donde la gente está muriendo. La idea le causa náuseas. 

Antes de que pueda decir algo, sin embargo, Nico lo interrumpe—. Soy el único que sabe viajar por sombras, y odio decírtelo, pero probablemente la situación aquí esté peor de como esté en dónde sea que esté ella —el menor se alza de hombros plácidamente, ya a pesar de la aparente tranquilidad en su hablar, Will es perfectamente capaz de notar el temblor en el borde de su mandíbula aún suave de la niñez. Una repentina oleada de afecto surge desde el fondo del corazón de Will en respuesta a este pequeño niño que está tan dispuesto a poner en peligro su propia integridad para salvar a una chica que ni siquiera conoce, haciendo caso omiso a sus propios miedos—. Se supone que está prohibido medirnos en asuntos de mortales, así que haré todo lo que esté en mis manos sin que nadie me vea. Tú deberías hacer lo mismo. 

Nico da un paso adelante, pero se detiene cuando Will lo sujeta del codo. Le tiemblan los dedos. 

—No- No tienes que hacer esto, puedes quedarte conmigo o... o puedes irte, si lo prefieres. No deberías ponerte en peligro así... —declara Will con voz muy veloz, mirando la delgadez del menor. Las cosas no deberían estar sucediendo de esta manera. Will no sabe con qué propósito Nico fue a visitarlo al Campamento Mestizo, pero ciertamente no pudo ser por éste. ¿Cómo se atreve él a poner en esta terrible situación a un niño tan pequeño que acaba de conocer? ¿A un niño que todavía sufre el duelo de la pérdida de su única familia? 

Debe convertirse en una persona horrible. 

La expresión de Nico se vuelve afligida, pero pronto un centelleo de decisión cruza sus ojos—. Conozco perfectamente lo que es perder la oportunidad de salvar de la muerte a alguien que quieres —hace una pausa, titubeando—, y Bianca jamás me perdonaría que te deje a tu suerte —agrega sin más, negando con la cabeza—. Si las cosas se ponen malas, deberías tratar de llamar a la señorita O'Leary, ella es un perro del infierno, debe estar condicionada a querer volver a él cuando reciba un llamado. 

Will tartamudea un poco—: Este no es el infierno. 

Nico levanta una ceja, lanzándole una mirada de soslayo a todo el entorno; húmedo y frío—. ¿Estás seguro?

La pregunta se desliza como un suspiro en la boca del menor. Antes de que Will pueda encontrar una respuesta inteligente para ello, Nico se desvanece en el aire.

De inmediato, Will vuelve la mirada al frente, notando que en su aterrorizada espera, Eddie Munson ya ha dejado la bicicleta olvidada en el suelo, y se dispone a enfrentarse a las aterradoras bestias aladas, enfundando una especie de lanza y escudo improvisados. No parece haberlo visto aún. Will traga saliva, notando que sus pies le pesan insoportablemente, como si cargara grava en los zapatos. Aprieta su palma húmeda contra el hierro de su Alabarda e inhala un par de veces. 

Cuando vuelve a abrir los ojos, su corazón aún se retuerce asustado, pero se lanza a la batalla en un parpadeo.

—¡Carajo! ¡Carajó! ¡Maldita sea! —vocifera Eddie con la voz retorcida en un amargo matiz de pánico y valentía encarnada. Un Demobat especialmente enloquecido zigzaguea en el aire hasta él, esquivando el deficiente filo de su lanza, Eddie se arroja hacia atrás, tropezando con los cadáveres del resto de bestias, solo para presentar el filo de las garras del animal rozando su párpado, arrancándole un quejido agudo. 

Abre los ojos para ver al ave recular en su frenético vuelo para retomar su trayectoria a él, el animal desciende con la envergadura desplegada en un arco perfecto, fauses depredadoras fijas en la carne vulnerable de Eddie, que solo puede sujetarse su ojo ensangrentado, soportando un sollozo dentro de su garganta. Morirá , está seguro de ello, pero al menos pudo hacer tiempo para que Dustin llegara a salvo a Hawkins. Al menos su último esfuerzo sirvió de algo. 

No puede evitar pensar, aún así, que le hubiera gustado no morir en un lugar tan frío. 

El espeluznante aullido de la criatura es lo que lo fuerza a volver la mirada a su presente, pero antes de que pueda descifrar el primer aguijonazo de desamparo, es el filo de una cuchilla lo que se interpone entre él y las bestias. Si Eddie pensaba que escucharlas perseguirlo con ese siniestro sonido que suena aterradoramente similar a una risa era ya de por sí lo suficiente estremecedor, no se compara en lo absoluto al atronador rugido que emiten en ese momento.

En tan sólo un instante, un enjambre de aves se desploma en el suelo, alas desvencijadas y sangre manando a chorros. Las bestias intentan valientemente reincorporarse, pero se deshacen en quejidos suaves. Cuando Eddie observa la mano que sostiene el arma ensangrentada, y al portador de dicha arma, parpadea. 

Definitivamente acaba de descender a la locura. 

—¿Byers? —cuestiona, con voz mucho más chillona de lo que le hubiera gustado admitir en otras circunstancias. Conoce ese rostro, pese a la distancia y el tiempo, no hay nadie en Hawkins que no pueda identificar al niño que alguna vez creyeron muerto, casi cuatro años atrás. 

El niño que volvió a la vida. 

—Hola —saluda Will con voz estrangulada. 

Las aves ni siquiera se dejan impresionar por el ataque, sino que regresan a ellas a una velocidad alarmante. Eddie, aún encogido en el suelo, observa a Will darle la espada y maniobrar con una afilada lanza mejor de lo que un chico de su edad debería hacer. El castaño corto de un solo tajo a una hilera de aves que se balancean tenuemente con él único propósito de devorarlos, pero hay demasiados, y mientras Will se enfrenta a un tumulto en el frente con habilidad, una nube de ellos desciende a sus espaldas y lo golpea con fuerza. 

Will suelta un quejido cuando siente un latigazo afilado en su espalda, que atraviesa su ropa con la facilidad de una navaja. No tiene ni siquiera tiempo para entrar en pánico; igual al amenazante silbido de un huracán, un muro de oscuridad se levanta del suelo, soltando un mandoble tan fuerte que manda al suelo a las aves, despejando la mitad del perímetro en un instante. Will abre los ojos, desinflandose de alivio a pesar de la sorpresa; jamás la sombra había hecho algo tan sorprendente y abrumador. Es como si este lugar, de alguna forma que no se molesta en comprender; le infundiera fuerzas adicionales. 

Nota que le duele la espalda. Caliente . Está sangrando. 

Una espiral de confusión le rodea el pecho, y mientras trata de mantenerse concentrado, a lo lejos logra escuchar el grito de una voz joven, absolutamente familiar. Le cuesta descifrarlo al principio, pero reconocería ese sonido en cualquier lugar. 

—¡Eddie, regresa! —el llamado se filtra en el aire dócilmente, una voz aterrorizada y llorosa—. ¡Eddie!

Es Dustin

Will se lanza hacía atrás con ayuda de su lanza, esquivando el filo de las aves. Siente un revoltijo de ansiedad haciendo mella en boca de su estómago. Recuerda las firmes palabras de Nico, se supone que los mortales no deben verlo, y si bien ya rompió esa promesa con Eddie, porque no tenía otra alternativa si quería salvarlo, decide que no puede hacer lo mismo con Dustin. 

—Protégelo —le pide a la sombra, con la voz menguada hasta alcanzar el funesto tono de un susurro. En realidad, comprende que sus palabras se traducen más a un ”reténlo” que a cualquier otra cosa. La masa de oscuridad ni siquiera titubea cuando abandona su defensa para desplazarse velozmente a dónde sea que se encuentre Dustin, fundiéndose con el suelo. No puede evitar pensar que se parece un poco a sí mismo, innegable en su capacidad aprendida de proteger a quienes ama, porque Will sabe que, incluso en su mayor vulnerabilidad, siempre pondrá como prioridad la seguridad de sus seres queridos antes que la suya.

Traga saliva cuando regresa la mirada al frente. Ahora que la sombra no los protege más, las aves están más cerca de asesinarlos que nunca. Will sujeta su Alabarda, sintiendo que sus palmas sudan cuando se desliza hacia adelante, logrando derribar a unas cuantas con la cuchilla izquierda antes de sentir otro aguijonazo en el hombro que lo hace sisear entre dientes por el dolor. Mas allá del escozor que siente en la piel por los cortes, nota que también le arde por dentro cada vez que lastima a una de las aves, como si estuvieran hechos de la misma carne que él. 

Will está fallando, y debió intuir que así es como serían las cosas, él solo lleva una semana entrenando, la mayoría de las veces fracasando en cada uno de sus combates de práctica. ¿Cómo pudo pensar que podría con esta situación? Él no es Percy, que es diestro con la espada como sólo un guerrero experimentado lo sería. Will, a diferencia de Percy, titubea al atacar. Will, a diferencia de Percy, nunca ha podido salvar a nadie. 

Will no es hábil, ni decidido, ni firme. Will no sabe ser un héroe, igual que no ha sabido ser indispensable en la vida de sus amigos como siempre deseó ser. 

—Gracias, pequeño Byers. 

Will se estremece cuando una mano cálida y pesada lo jala hacia atrás, lo suficiente para brindarle el ángulo perfecto para que el filo de sus cuchillas logren derribar a otro par de aves. Siente, pegado a su hombro, un cuerpo cálido y agitado que respira a prisas. Will busca con la mirada su rostro, esperando ver decepción o pánico por su propia ineptitud, pero lo único que nota en los gestos de Eddie Munson es una sonrisa plena y honesta. Los rizos se sacuden sobre su frente sudorosa y hay sangre escurriendo de su ojo.

—Parece que te has vuelto un tipo genial, seguro que los imbéciles de baloncesto ya no se atreverían a tratar de molestarte nunca más —dice bajito, como si le hubieran arrancado la voz del pecho, y Will parpadea, aturdido por la elección de palabras del mayor, hasta que de golpe, un recuerdo de años atrás sacude su mente. 

Logra recordar que, de hecho, esta no es su primera vez teniendo una conversación así con Eddie Munson, tampoco es la primera vez que uno de los dos ayuda al otro a enfrentarse a sus matones. Aunque tal vez esta situación sea ligeramente más grave que la de aquella ocasión, cuando Eddie lo llamó genial y lo invitó a jugar D&d con el resto de su equipo. Un tipo como Eddie llamando a Will genial cuando su patetismo se evidenciaba más que nunca. 

Es una persona gentil. 

Will toma aire con fuerza, compartiendo una sonrisa temblorosa pero entusiasta con Eddie. Ambos deben verse terribles, definitivamente no lucen como héroes, o el tipo de personas que ganarían una guerra, pero Will se promete a sí mismo que es su deber no dejar morir a nadie que tenga la oportunidad de salvar. A nadie con una sonrisa como la que luce Eddie Munson. 

A lo lejos, escucha rugidos atronadores, y Will toma una decisión. 

—Señorita O'Leary... —murmura bajito, tomando una respiración tan honda que prácticamente puede saborear el aire fresco filtrándose en sus pulmones. Por un instante, deja de luchar contra las bestias que con cada segundo aumentan más de número, y tal vez se está arriesgando a la muerte, pero detrás de sus ojos, aparece la imagen torba del enorme perro del infierno, fauces enormes y aspecto ingrávido. Trata de localizarla en su mente, y aunque está bastante seguro de que solo es una alucinación nacida de su adrenalina, jura que siente una corriente eléctrica por todo el cuerpo, como si una sombra quimérica viajara por toda la superficie habitada en la tierra, en búsqueda de la fiel compañera de Quintus—. Realmente apreciaría tu ayuda en este momento... —suelta una respiración torpe, que en realidad suena como un suspiro temeroso. 

La idea de no ser escuchado siempre aturde sus sentidos. 

Hay un crujido desgarrador en la tierra. Y entonces, toda la superficie tiembla como si un enorme huracán hubiera profanado la quietud de la noche. La tierra se parte en dos. 

—¿¡Qué carajos es eso!? 

El chillido de Eddie hace que Will vuelva a abrir los ojos, estirando su boca en una sonrisa temprana, comprendiendo incluso antes de verla, que la señorita O'Leary ha acudido a su llamado. 

El enorme perro del infierno brota de la tierra como si hubiera sido construido de las mismas sombras en ese preciso instante, soltando un ladrido furioso tan estrenduoso que vuelve a agitar todo a su alrededor con él. Se abalanza sobre el mar de aves y lanza una violenta mordida al aire, atrapando a un montón de bestias en sus afilados colmillos con suma facilidad, y atrapando a otras cuantas desafortunadas bajo el peso de sus enormes patas azabaches. Ignorando el aguijonazo de dolor en su interior, Will exhala el aire contenido en su pecho para aproximarse a su nueva acompañante.

—Es una amiga, tranquila —le informa a Eddie, rápidamente colocándose al costado de la enorme perra para defenderla del resto de Demobats que se enfrascan en tratar de atacar sus puntos vulnerables—. Gracias, señorita O'Leary —le dice con cariño, y ella en respuesta agita la cola con euforia y lanza un ladrido en respuesta, como si fuera perfectamente capaz de comprender las palabras de Will. 

—Maldita sea, Byers, podrías haberme avisado que tenías amigas como esas —resopla como un caballo, trastabillando con sus propias palabras, debe resultarle una de las cosas más raras que ha visto en los últimos días—; Podríamos habernos limitado a soltarla mucho antes y nos ahorramos nuestra casi muerte —se queja Eddie en un murmullo atropellado, sacudiendo la cabeza de un lado a otro. Al levantar la mirada, se estremece cuando a tan solo un metro de distancia, la perra salta con fuerza para atrapar en su hocico a otro montón de aves asesinas. Will, a su vez, se lanza hacia delante para desviar a aquellas que tratan de asestarle un golpe mortal en su descuido—. Creo que acabo de orinarme encima. 

Will suelta una risita mientras balancea su Alabarda y derriba a una horda de aves entusiastas. Rápidamente queda en evidencia que con ayuda de la señorita O'Leary, su desventaja en la lucha disminuye hasta convertirse en un asunto casi equitativo, si no fuera por lo malditamente escurridizos que son esos bichos. En algún punto, el número es diezmado, y Will siente una oleada de esperanza en el pecho, le arde el cuerpo y la sangre brota. de sus heridas a raudales, tanto que tropieza y se siente más mareado que nunca, pero el pensamiento de que realmente pueden ganar  se vuelve más real que nunca. 

De pronto, Will se detiene abruptamente, al igual que su agitada respiración.

—¿Me escu-...? —hay una pausa profunda en aquella repentina voz, por un miserable instante, Will casi se convence de que ha imaginado el sonido, hasta que finalmente vuelve a oirlo—. ¿Me escuchas? 

El corazón de Will se estremece con aplomo. 

La voz suena entrecortada, como el sonido de una radio con estática de fondo, interferencias de señal prorrumiendo el hilo de aquellas frases desesperadas en una boca que Will se ha encontrado mirando más veces de la que alguna vez podría confesar, y para su propia y desvergonzada alma cautivada, suena como el arrullo de un ángel que reprime cada uno de sus miedos hasta retorcerlos a la tibia sensación del alivio. 

—No sé si me escuchas, pero si lo haces, quiero que sepas que estoy aquí. 

Siente que su corazón se salta un latido, dejandolo hueco y remendado por dentro; se vuelve tan grande que promete podría aplastar sus costillas con el peso de su profundo anhelo. Es patético, es vergonzoso y es honesto, pero solo un instante después, tarde como si quisiera escaparse a golpes de su corazón para irse a vivir eternamente a las manos del infame ladrón de su lealtad. 

Esa es la voz de Mike. 

Will voltea hacia todos lados, buscando la fuente del sonido. Es como si fuera lejana, pero a la vez, tan cerca que le estremece la piel. Alrededor no hay nada más que aire húmedo, aroma a moho, y el sonido de la batalla que se desata a sus espaldas, pero que Will es incapaz de atender en ese momento—. ¿¡Micro!? —llama su nombre a gritos, desesperado por volver a escucharlo, desesperado por la necesidad fútil de volver a tenerlo cerca. ¿Está a salvo? ¿Está en peligro ?

Cada una de sus preguntas son respondidas cuando de pronto, un holograma defectuoso rasga el tejido de la realidad, formándose ante él en forma de una nebulosa que muestra la imagen de Mike de rodillas en el suelo, mejillas rojas por el frenesí de la desesperación y ojos nerviosos. No luce como luciría si Will estuviera imaginándolo, al contrario, está cansado y sus profundas ojeras lo demuestran. Tampoco está solo. Will reconoce a su hermano de inmediato, y consigo, la figura inerte de Jane sobre una mesa de aspecto quirúrgico. Ella respira agitada, parece que no puede respirar en lo absoluto. 

—¿Jane...? —llama Will en un hilo de voz, dando un paso hacia delante por puro instinto, tratando de llegar a la imagen, pero una horda de aves se interpone en un camino, obligándolo a usar su Alabarda como escudo. Cuando el Mike de la imagen vuelve a abrir la boca, es entonces cuando Will finalmente logra comprender lo que está tratando de lograr.

—Lamento no poder entender qué es lo que quieres escuchar de mí, sé que-... Se que no soy lo que necesitas. Pero no te tengo miedo, nunca lo he hecho... —Mike se ahoga con sus propias palabras, como si su boca no pudiera concebir la mera idea de decirlas en voz alta. Will caerá hacia atrás con un corte en la mejilla y se limpia la sangre antes de sujetar el mango de su arma entre sus dedos, hasta que puede sentir que sus nudillos rechinan entre sí. Mike le está hablando a Jane para tratar de despertarla. Will podría arrancarse la piel por la dolorosa vergüenza que le perfora las sienes al pensar que realmente creyó que Mike lo había encontrado, a él , que Mike estaba hablándole a él. 

—Es sólo que me da miedo que algún día comprendas que no me necesitas, ¡yo lo hago! ¡Te necesitamos más que nunca! —continúa Mike—. Ni siquiera... ni siquiera hemos sido capaces de aún encontrar a Will, y sé que tú puedes hacerlo, se que puedes traerlo de regreso —Jane se estremece y jadea al escuchar las palabras de Mike, no parecen calmarla, su rostro se vuelve más pálido a cada segundo, y Mike también parece notar efecto al instante que sus palabras no están surtiendo el esperado, porque se retrae asustado, buscando consejo en los ojos de Jonathan. 

Es lo más parecido a un mensaje Iris que Will ha visto fuera del campamento, pero no es lo importante el entorno, lo que su visión desenfocada logra definir en ese momento hace que sus piernas se paralicen. El corazón se le va a la garganta cuando se da cuenta de que lo que Mike sostiene en su mano derecha es un lienzo roto y amarillento, demasiado familiar, apretado contra su pecho como si fuera oxígeno para los pulmones.

Will lo conoce bastante bien. 

Mike observa su propia mano apretada en un puño; entre sus dedos sostiene el cuadro que Will pintó con dedicación cada una de sus noches en vela en Lenora, atrapado en la fantasía de una realidad donde jamás fue robado de la vida de Mike. El lienzo está arrugado, como si hubiera sido mangoneado por manos descuidadas, y Will puede notar el momento exacto en el que los nudillos rojizos de Mike palidecen hasta volverse lívidos, un latido de indecisión en el que cada uno de sus huesos crujen, porque tan sólo un segundo más tarde, Mike está levantando la bravura de su mirada con la determinación de quien encuentra la fuerza de una decisión. 

—Siento que mi vida empezó el día que te encontré en el bosque. 

Will siente que todo dentro de su mente se vuelve ruido blanco.

Es una estática gélida que anula el graznido de los monstruos y el calor de su propia sangre manando de su mejilla, heridas abiertas que jamás ha sentido más ajenas. El mundo se detiene en ese lienzo arrugado, apretado en la mano de Mike, que alguna vez se entrelazó con la suya como si el mundo entero estuviera en contra suya, en esa confesión que flota en el aire como el verdugo de su más grande secreto. 

"Mi vida empezó el día que te encontré en el bosque". 

La frase golpea a Will con la fuerza de un rayo. En su memoria, su película favorita se paraliza bajo el sol cálido de Indiana y la visión de los ojos más bonitos del mundo, las imágenes se agolpan de forma violenta, intercalándose con la figura de Mike delante suyo. Will recuerda el bosque, el funeral de una vida que jamás recuperó. Recuerda el frío calando sus huesos, el pánico de ser una presa y el sonido del mundo rompiéndose mientras él era arrastrado a la oscuridad. Las manos no habían sido gentiles con él, ningunas excepto las suyas . En ese lejano ayer, lo único que Will podía pensar era hogar y Mike , que al final de cuentas resultaron ser sinónimos en el limbo reservado al que pertenecía su amor. 

Es una pena que no haya significado lo mismo para Mike. 

El inicio de su más grande pesadilla, simultáneamente al inicio de la felicidad de Mike. La insignificancia de su propia existencia en la vida de su mejor amigo le pesa en el pecho, y el pensamiento se vuelve casi tangible estando de pie aquí, de nuevo transportado al Mundo del Revés, luchando por sobrevivir a la marea que tira de sus penas. Aferrándose con las manos de un muerto a alguien que tal vez ya solo vive de sus recuerdos. 

Eddie grita a la distancia, diciéndole que no se queda ahí de pie. Siente un corte más profundo en su brazo, pero apenas puede moverse para tratar de esquivarlo, solo el reflejo involuntario de sus músculos ante el ataque. La señorita O'Leary suelta un ladrido angustiado y se mece contra Will para actuar de escudo entre él y las aves enloquecidas. 

Como un mensaje que nunca pidió, de entre las sombras en su cabeza, el eco de una voz mucho más antigua resuena con una crueldad insoportable, memorias que Will solía resguardar en un preciado lugar dentro de la singular putrefacción de su pecho.

"Te pregunté si querías ser mi amigo...".

Si Will cierra los ojos por un momento, casi puede verse a sí mismo en aquel columpio de vigas metálicas chirriantes, un niño pequeño que había aprendido la necesidad de guardar silencio antes que admitir en voz alta el dolor, vulnerable junto a un Mike de mejillas redondas.

"Es la mejor cosa que he hecho".

—Lo siento —jadea Will, apretando la alabarda con tanta fuerza que la vibración del metal le recorre los brazos. No sabe por qué pide perdón, no sabe ni siquiera a quién le pide perdón. Quizás a sus propios sentimientos, lo único que no se ha vuelto podrido y sucio en el interior de su condenada alma, por haber esperado en vilo por tanto tiempo, algún día ser vistos. Quizás a Jane, oa Mike, por desear algo que se le había prohibido hace años. 

El portal frente a él se cierra con un chasquido, como si le hubiera terminado de mostrar lo que había estado destinado a ser visto por él, y casi al mismo tiempo, las pocas aves que aún se mantenían a flote se desvanecen en un crujido, cayendo al suelo con fuerza. Eddie suelta un grito de júbilo atolondarado, pero no puede prestar atención a nada que no sea el ardor en su piel. Esto debe haber sido obra de Jane, las palabras de Mike llegaron a ella, y eso es lo único que importa. 

Al final de cuentas, la heroína siempre fue ella. No él. 

—Vamonos —siente un tirón en su brazo, y se deja arrastrar sin siquiera intentar luchar. Sus ojos confundidos captan la carita pálida de Nico, luce exhausto, como si estuviera a punto de derrumbarse en cualquier momento, pero al menos no parece tener ninguna herida física a la vista—. Tu amiga está a salvo, pero yo no creo aguantar otro viaje más por sombras —balbucea, tan bajito que podría ser sólo un suspiro al viento. 

Will logra subirse al lomo de la señorita O'leary, que lo mira con grandes ojos llenos de compasión, o al menos eso pensaría Will si no estaría convencido de que los perros no son capaces de transmitir ese tipo de emociones, Nico, temblando y tambaleándose frente a él, le susurra algo en el oído al perro del infierno.

Will regresa su mirada hacia atrás un instante, tratando de ignorar que Dustin se acerca ahora que la sombra no lo retiene. Eddie ya lo está mirando de regreso, sin amagar con hacer ningún intento de prolongar su estancia ahí, en su lugar, el chico levanta en su brazo lo que parece ser un escudo repleto de sangre negra, como si estuviera rindiendo algún tipo de tributo, y le dirige una sonrisa tan amplia como la que Will sólo pudo verle algunos veranos atrás. 

—Eres algo fuera de este mundo, ¿no, Will Byers? —tiene la entonación de un halago, dicho en la voz de Eddie, es como si estuviera maravillado—. Y supongo que acabas de darme la oportunidad de dejar de huir —le admite entonces, filtrando una nota de angustia vulnerable en medio de su finida seguridad. Will no tiene idea de qué es todo lo que está pasando en Hawkins en su ausencia, pero entiende perfectamente a quiénes se refiere Eddie cuando vuelve a hablar—. Tengo que cerrarle la boca a un par de imbéciles. 

Will acalla el sonido de una voz que no desea escuchar más, lo entierra en lo más hondo de su mente, y reúne el coraje necesario para brindarle una sonrisa franca a Eddie—. Personalmente, pienso que "manzana podrida" es el nombre más metalero que he escuchado en toda mi vida —lo deja caer con valentía, observando cómo el reconocimiento florea en la expresión del mayor. Will casi siente que algo dentro de sí mismo se reconstruye al decirlo en voz alta, regresando al destinatario oficial las palabras que alguna vez Eddie supo pronunciar para consolarlo. 

En aquel entonces, lo habían mantenido despierto por noches enteras. 

La señorita O'Leary le da un lengüetazo brutal al chico, como si pudiera entender que Eddie Munson alguna vez abrazó las inseguridades de Will con amabilidad. Eddie cae al suelo con un grito, y Will suelta una risita al mismo tiempo que la señorita O'Leary echa a correr en dirección al fresno más cercano. Nico yace a su lado, recostado en el lomo de la enorme bestia, respirando tan profundamente que parece dormir, y Will no puede evitar apartar el flequillo de ese pálido rostro infantil en una caricia gentil. 

Antes de recibir cualquier tipo de impacto, Will cierra los ojos y se acurruca en el pelaje azabache de la perra, aferrándose bien a ella ya la mano más pequeña de Nico cuando una vez más, experimenta la sensación de su cuerpo disolviéndose en niebla pura, sólo para volver a reintegrarse un segundo después, a una velocidad vertiginosa. 

Cuando abre los ojos de nuevo, Nico ya no está a su lado. 

 

...

 

La Luna antes del amanecer está más hermosa que nunca, descubre Will, mientras arrastra sus pies por el sendero de las cabañas, con una calma vacía y que incluso él reconoce falsa, como si le hubieran anestesiado el corazón. Para cualquiera que lo viera, probablemente no parecería nada más que un espectro, hueco por dentro, contenido únicamente por costuras en los bordes. Incluso antes de darse cuenta, sus pies se alejan de la cabaña de Hermes, sabe que lo más sensato es ir allí, no está precisamente en su mejor momento para fingir normalidad frente a Percy, pero de algún modo, algo en su pecho, un hilo invisible y desesperado, lo arrastra de regreso hacia la cabaña que tan bien conoce.

Con suerte Percy ya estará dormido, y Will no tendrá que darle explicaciones a nadie. 

El ruido de la noche se siente como lija sobre su piel herida, pero todo se apaga en un zumbido lejano, cuando se abre la puerta de la cabaña de Poseidón. El aroma a brisa marina golpea a Will, limpiando por un segundo el aroma a ozono y muerte que lleva en la ropa.

Percy de inmediata voltea hacia él, y en esa breve pausa, Will casi puede ver su mueca de irritación, probablemente indignado ante el tiempo de espera al que Will lo ha sometido, sin embargo, tan pronto como esa expresión aparece, se desvanece, y en su lugar, una sombra de sorpresa y preocupación nace en sus ojos. 

—¡¿Will?! —se para de un salto de su posición frente a la fuente Iris, y avanza hacia él rápidamente—. ¿Qué ha pasado? Estás... estás sangrando... ¿cómo...? 

Los ojos verdes escanean a toda velocidad las heridas de Will: el corte en la mejilla, los rasguños en los brazos y la suciedad del Mundo del Revés. Parece no saber si debe correr a pedir ayuda o debe quedarse a hacerle compañía a Will. Al final, en su lugar, Percy queda paralizado cuando su mirada se encuentra con la de Will. 

Will se esfuerza en responder algo, lo que sea. Sus manos tiemblan tanto que el llavero de su alabarda tintinea contra su pierna. Con un carraspeo tenue, encuentra su voz y se desliza a un costado—: Estoy bien, yo sólo... eh... Surgió- surgió un imprevisto —balbucea, aunque sabe que es el eufemismo del siglo, es una historia tan enredada que no está seguro de querer contar. De inmediato, su boca se tuerce en una mueca desgarrada por el dolor, el recuerdo de la voz de Mike mutando en su cabeza. Rápidamente oculta su rostro y trata de darse la vuelta.

Percy se detiene a escasos centímetros de él. Sabe, por las historias que Will le había confiado a los medios, lo que el mundo del revés significa para él. Y Percy definitivamente no puede saber con exactitud que Will acaba de regresar de ese oscuro lugar hace apenas unos minutos, no cuando Will no ha abierto la boca respecto a eso en ningún momento, pero incluso con eso, es como si lo supiera con solo verlo. 

E incluso si no lo sabe, la búsqueda de la verdad no es lo que parece importarle, sino el aspecto angustiado y dañado de Will. 

Percy es más observador de lo que cualquiera podría intentar, y puede leer el pánico y el agotamiento adolorido en los hombros caídos del castaño. Will, que no parece querer hablar, pero que sí luce como si necesita tan fuertemente un ávido consuelo, que de no conseguirlo, podría derrumbarse en cualquier momento. Con una lentitud agónica, como quien intenta no asustar a un animal herido -como el recuerdo de Will cazando a ese aterrorizado alce- Percy extiende las manos hacia él.

—Will... —murmura bajito, su voz increíblemente tersa y amable. Hace que el corazón de Will duela—. ¿Puedo?

Will se queda quieto. 

El Mundo del Revés no había sido solo una dimensión llena de monstruos y una voz susurrante, iba más allá de lo que nadie más que Will podría entender jamás, una invasión que lo había dejado sintiéndose sucio, usado y ajeno a su propio cuerpo. Por años, Will había levantado muros de cristal alrededor de su piel, la idea de que alguien intentará rozara su mejilla lo había hecho sentir arcadas, profunda sensación de ahogo y cadenas retorciéndole el vientre. En ese entonces, Mike había sido el único en darse cuenta del nuevo daño emocional en él, porque siempre había sido estupendamente bueno en darse cuenta de lo que lastimaba a Will antes que nadie más. 

Ahora, Will comprende que Percy, sin darse cuenta de ello, también lo ha hecho.

Will asiente levemente, un gesto casi imperceptible, y sin dudar, Percy cierra la distancia entre ellos. 

Está aterrorizado de saltar hacia atrás por puro reflejo, de darse cuenta que nunca podrá sanar de todo su miedo al toque desconocido. Jura que sucede por un milisegundo, su cuerpo se pone rígido un instante, sus pulmones se olvidan de cómo inhalar mientras su mente grita por el peligro al que se traduce su vulnerabilidad, pero de inmediato, todo se reduce al punto de contacto en sus cuerpos, es el calor de Percy, acompañado del latido rítmico de su corazón y ese olor a salitre que promete que si el mundo va a acabarse, no será hoy. 

Will se marchita como una flor en los brazos de Percy Jackson. 

Como si sus huesos se estuvieran derritiendo, Will se deja ir, abriendo la boca para que de su garganta brote un sonido ahogado y roto. Entierra su rostro en el hombro de Percy, soltando sollozos que ha contenido por más tiempo del que él mismo ha sido consciente. Se aferra a la camiseta de Percy con dedos temblorosos, rompiendo cualquier atisbo de preocupación que haya podido existir antes. 

—Él no me buscó —confiesa Will con la voz desgarrada, las palabras salen como astillas—. Él no... él está bien sin mí, su vida fue mejor sin mí. 

Percy se mantiene en silencio, no necesita saber quién es él , y tampoco parece querer saberlo. Simplemente aprieta más el abrazo, colocando una mano en la nuca de Will, protegiéndolo del aire frío. Will se estremece con fuerza, solía odiar que cualquier persona tocara su nuca.

—Yo te busqué, Will —murmura Percy, con una determinación que recordaba, una vez más, a la única vez que Will había pisado las playas de Lenora—. Y te encontré. Estás aquí. Estás a salvo.

Will se rompe en sollozos. Ahora sabe que Percy solo está diciendo incoherencias para consolarlo, ¿cómo podría él buscarlo? Que Will sepa, ninguno de los dos sabía nada del otro hasta que se encontraron en la cabaña de Poseidón. Aún así, nada de eso le importa. No le importa que Percy le mienta, o que invente historias falsas para calmar el corazón herido de Will. No importa nada de eso, porque Percy Jackson huele a mar y tiene brazos cálidos. 

—Está bien —susurra de nuevo Percy, pasando una mano por el cabello sucio de Will—. Estás bien.

Will quiere decirle que no, no lo está. Quiere decirle que Mike acaba de arrancarle el corazón, dejándolo a la deriva una vez más. Pero en lugar de protestar, se queda en silencio, aferrándose a la camiseta de Percy como si fuera la única ancla en medio del mar embravecido. 

Will Byers está enamorado de Mike Wheeler. 

El sol saldrá por la mañana, el cielo es azul, y Will Byers anhelara eternamente a alguien que jamás lo querrá de regreso. 

Pero las personas no suelen morir de un corazón roto. Y como una cárcel, Will desea aferrarse a los barrotes de ese conocimiento, hasta que pueda extirparse los sentimientos del pecho. 

...

 

Los eventos a la mañana siguiente ocurren de la manera más esperada posible.

Will se despierta sobresaltado cuando escucha un toque en la puerta. Se incorpora de golpe, sacándose el peso extra de encima, solo para descubrir al instante que es Percy quien hasta hace solo un segundo atrás dormía sobre él, y que ahora se retuerce agitado por el golpe. Will casi se ríe al ver cómo después de murmurar largas incoherencias, Percy se duerme de nuevo, acurrucándose sobre sí mismo. 

Observa con ojos dormidos alrededor, al parecer, Percy y él se quedaron dormidos sobre el suelo en algún punto de su torpe abrazo. Y si puede intuir algo por la extraña posición en la que Will se encontró a sí mismo al despertar, Percy tampoco lo soltó en ningún punto de la noche. Su cuerpo ya casi no duele, obviando únicamente el dolor muscular de la fatiga, después de que Percy le diera de comer néctar, todas las heridas se habían marchado sin dejar rastro de cicatriz detrás. Will solo había podido ver fijamente el carmesí escapando por el desagüe mientras se lavaba la sangre del cuerpo.

Los recuerdos se interrumpen de inmediato. Todas las alarmas se encienden en su cabeza cuando un segundo toque en la puerta resuena, es sólo en ese momento que una amalgama aturdida propia del despertar recorre sus sentidos. Will advierte la luz del Sol que se filtra a través de la ventana, una luz mucho más prominente de lo que debería ser a las 5 de la mañana, que es la hora a la que Will acostumbra a escapar todos los días de la cabaña de Poseidón para mudarse a la de Hermes, antes de que el resto del campamento abra los ojos. 

Mientras un arranque de pánico lo obliga a ponerse de pie de un salto, Will observa con ojos acusadores el aspecto de querubín dormido que emana Percy, ¿cómo se atreve a dormir tranquilamente mientras Will lidia con las consecuencias de romper las reglas él solo? Una chispa de atrevimiento recorre los nervios de Will, quien extiende la mano para zarandear a Percy, pero antes de que pueda llevar a cabo cualquier intento de escape, la puerta de la cabaña se abre y los rayos de Sol atraviesan incluso las rendijas más estrechas. 

Quirón está ante él, en toda su eminente altura de centauro. Will suelta un pequeño chillido, y se lleva las manos al pecho, a la vez que se queda paralizado como una vil rata atrapada en la escena del crimen. 

—Buenos días —balbucea Will, estúpidamente.

Es sólo la luz adicional lo que parece lograr que Percy renuncie finalmente al mundo de los sueños, el pelinegro suelta un largo quejido y se levanta sobre sus codos para interceptar con su mirada a Will. Cuando lo hace, entrecierra los ojos con sospecha—: ¿Viste a Cronos o qué? —dice incoherentemente, como si le divirtiera mucho el aspecto paralizado de Will, mientras una risita tenue escapa de sus labios. Luego voltea hacia atrás, cubriéndose la cara, solo para notar la silueta recortada contra el Sol de Quirón—. Oh, buenos días, Quirón —logra decir, y se derrumba de nuevo para seguir durmiendo. 

Transcurre tan sólo un segundo de calma. 

—¡Quirón! —chilla Percy con voz aguda, levantándose del suelo como si le hubieran nacido espinas de la nada. 

Si Quirón está sorprendido de verlos a los dos durmiendo en la misma cabaña, y por supuesto, desafiando la autoridad del campamento con ello, no muestra señal alguna de estarlo. El centauro simplemente bota un suspiro de profundo cansancio y da un paso atrás. 

—Salgan, hay un desastre afuera, y sospecho que es cosa suya —dice sin más. 

Will y Percy se recuperan de la sorpresa torpemente y se arreglan la ropa con prisas antes de salir de la cabaña. Tal como dijo Quirón, afuera es todo un desastre. Los estandartes de algunas cabañas se han venido abajo, y los árboles se han pulverizado, dejando montones de cenizas. Una lluvia tenue se derrama sobre el suelo, pero la humedad del suelo da señales de una tormenta previa. 

Will parpadea.

—¿Llovió? —pregunta Percy, aturdido—. ¡En el campamento nunca llueve!

— ¿Dices que crees que lo causamos nosotros? —titubea Will, a lo que Quirón simplemente lo mira atentamente. Will carraspea—. Yo todavía no sé hacer que llueva —dice bajito, con recelo. 

—Yo tampoco —agrega Percy, taimado. Y luego mira hacia lo que solía ser el campo de entrenamiento, entrecerrando los ojos—. ¿Qué están haciendo? —señala, notando a los hermanos Stoll, y un par de niños de la cabaña de Apolo y Hermés corretearse bajo la lluvia, o saltar en los charcos más profundos. La única que no parece fascinada con la tormenta es Silena, que permanece bajo el porche de su cabaña, mirándose la manicura con gesto poco entusiasta.

—Al inicio creímos que era un ataque de... el rey de los Titanes —musita Quirón, llevándose los brazos a la espalda—. Pero cuando se dio cuenta de que no estábamos en riesgo, todos se emocionaron —un atisbo de sonrisa nace en la boca del centauro, tiene un destello triste, como si supiera más que nadie lo que cada uno de ellos ha vivido—. Muchos de ellos no han visto la lluvia en mucho tiempo. 

Will comprende las palabras de Quirón al ver los rostros de los niños frente a él. Son caras jóvenes, redondas por la niñez, con las narices sucias de tierra. Ahora que el campamento aún no admite a los campistas que suelen visitarlo únicamente en verano, la mayoría de los niños que están aquí son aquellos que viven permanentemente en él. O en su defecto, los recién llegados. 

Will desearía que Nico estuviera aquí, saltando bajo la lluvia, y no solitariamente persiguiendo la memoria de su hermana. 

—Hay una profecía que debo mostrarles, que creo que podría explicar esto. Pero deberá ser más tarde, debe arreglar un par de cosas antes —anuncia Quirón, mientras se aleja a paso tenue en dirección a la Casa Grande.

Will piensa en unirse a Silena bajo el pórtico goteante, y como si Quirón hubiera leído sus intenciones, se da vuelta hacia ellos en ese momento, en medio de todos los presentes, y justo cuando los pocos miembros de la cabaña de Hefesto también comienzan a salir de su escondite.

—Y por cierto, Percy, Will, están castigados durante un mes, ¿saben que está prohibido dormir juntos si no son de la misma cabaña?

Con la calma de un maestro, Quirón simplemente se da la vuelta, y continúa su camino como si nada. 

Will se queda paralizado. Al igual que el resto de campistas que lograron escuchar su conversación. Es decir, todos

En un instante, las pocas chicas que hay se deshacen en chillidos, y se desata un pandemonio de murmullos entre el resto de los miembros del campamento—. ¿¡Han estado compartiendo cabaña!? —chilla Silena, erizándose como un gato. Will siente que un rubor impetuoso le calienta las mejillas, el tono en el que lo dice la hija de Afrodita lo hace sentir señalado. 

— ¿Somos muy buenos amigos? —intenta decir Percy, y los Hermanos Stoll profieren una astuta risita, como si no se creyeran ni una palabra.

—Oh, rayos, a Annabeth se le romperá el corazón, ¿no? —murmura Beckendorf, y en seguida le pone una mano en el hombro a Will—. Que sepas que si se desata una guerra de bandos, yo estaré en el tuyo —afirma con voz diligente. Will inclina la cabeza aturdida, no sabe ni siquiera quién es Annabeth, ni por qué él se inmiscuiría en una pelea, pero sospecha que las mentes de los demás están yendo mucho más lejos de lo que puede imaginar.

—Nosotros nos reservamos el derecho a elegir un bando —dicen Conor y Travis al mismo tiempo. Cuando Will los mira, mucho más confundido que acusador, ellos se alzan de hombros—. Escucha, puedes que seas nuestro hermano, probablemente, pero Annabeth es verdaderamente aterradora. 

Algunos otros asienten al unísono, como si compartieran una misma neurona entre todos. Percy, por otro lado, tartamudea algo incomprensible cuando Will decide preguntar quién es Annabeth. 

Por un momento, todos vuelven a ser sólo niños, chapoteando en agua sucia y murmurando chismes incongruentes. Quintus cancela el entrenamiento al presenciar el clima adverso, aunque Will nota la comisura de sus labios levantándose en una sonrisa cómplice antes de que el mayor termine de darse la vuelta. La lluvia cae suave y cálida sobre la fogata que se encienden al final del día, son tan pocas personas en el campamento que todos caben perfectamente en una sola mesa compartida. Ni Quintus ni Quirón aparecen para reprenderlos por eso, y el aire huele a chocolate tibio, petricor y malvaviscos carbonizados.

Se ríe tanto que le duelen las costillas.

...

 

Will está de pie en medio de un corredor solitario. 

Frente a él, se extienden metros de una alfombra amarillo canario, y al final del pasillo, un enorme reloj de pie antiguo se yergue imponente, el péndulo se balancea de un lado a otro, trayendo consigo un sonido muy parecido a las campanadas de un gong, o quizás, al sonido de huesos encontrando su lugar. Le recuerda también a una iglesia, si mira hacia arriba, puede vislumbrar enormes vitrales que centellean contra la luz lunar, dejando caer caleidoscopios de colores sobre su rostro. 

—Estás muy seguro de que arruinaste mis planes, ¿no? —le dice una voz gélida, tenue como la brisa nocturna, como si el aire mismo arrastrara el sonido. Will levanta la mirada, y sus ojos se encuentran con un rostro que le resulta paradójicamente conocido, a pesar de que está seguro de no haberlo visto nunca antes—. No sucederá una segunda vez. Puedes estar seguro de eso. 

Cuando la mano del hombre se extiende hacia él, Will nota que no puede moverse; tiene todas las extremidades congeladas, y unos dedos fríos se arrastran por su pómulo derecho. El deja vu es tan fuerte que Will siente el llanto tras los ojos, y náuseas calientes en el fondo de su garganta. Su pavor parece divertir al desconocido, quien suelta una risita dulce y emotiva. Le provoca una profunda necesidad de esconderse, de correr lejos. 

—Tomare esto como compensación por los daños hechos, ¿estás de acuerdo, William? —los dedos se vuelven carne roja surcada por venas, se deslizan con una enfermiza lentitud hasta alcanzar su visión.

Logra exhalar una sola vez, pero su propia respiración errática se frena y muta a un grito agudo y desgarrador cuando siente una presión insoportable contra la cuenca de su ojo. Las campanadas se detienen, y entonces Will se despierta. 

Fuera, el Campamento Mestizo sopla un aire frío y tenue, si Will se concentra lo suficiente, casi puede oir todavía el tintineo de un reloj marcando la última hora del día. 

Percy se retuerce a su lado en el suelo, Will siente los dedos del menor rozando su muñeca, dónde el latido de su corazón asustado pulsa a un ritmo alarmante—. ¿Pesadilla? —pregunta el pelinegro, con voz adormilada y suave por el sueño. 

Will traga saliva. 

—Pesadilla —afirma, sin aire en los pulmones. 

No se siente como una. 

 

Notes:

debo aclarar que no he leído ninguno de los libros de stranger things, pero ví ese vídeo en tiktok de que, de hecho, Eddie conoció a Will antes de la temporada 2 y lo salvó de los matones y quedé <333 amo a mis chicos. y por cierto, si hay alguien aquí que hace mucho que no lee los libros de Percy Jackson (como yo), debo decir que estos eventos se producen al rededor de 3 meses antes del comienzo del cuarto libro, es decir que el campamento está relativamente "vacío" por ahora, hasta el inicio del verano