Chapter Text
❛Un sonido que
no tiene rostro.
Una luz que no
tiene fuente.
Te los dedico,
por si mañana
no estoy❜.
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15 de febrero. Aún se sienten las caricias gélidas del invierno. El cielo se hallaba despejado, pero el aire estaba frío.
La cantidad de gente a su alrededor no le brinda calor. Mucho menos familiaridad. El ruido es incesante, pero él puede bloquearlo, solo poniendo su atención en aquello que le interesa.
Su rostro, escondido levemente bajo el calor de la bufanda en su cuello, analizaba con detenimiento las funciones del dispositivo en sus manos. En la pantalla de la cámara, se deslizaban las fotos guardadas en la tarjeta de memoria: un gato sobre un muro, una anciana barriendo hojas, un niño con una cometa rota. Una en específico llamó su atención, analizando una imagen panorámica de un paisaje. Un lago con el que se cruzó en el camino. Justo en el centro, se observaban dos cisnes, juntando sus frentes, y formando un corazón con sus siluetas.
Observó la imagen con detenimiento. Era una buena foto, pero en sus ojos no se percibía satisfacción. Algo faltaba. El vapor saliendo de su boca delató su frustración.
—¿Nada aún?
La voz de su acompañante lo devolvió a la superficie. Sabito estaba junto a él en medio de esa larga fila de espera a las afueras del auditorio municipal. En respuesta a su pregunta, Giyuu baja la cámara.
—Nada.
Sabito, a su lado, mastica un caramelo de menta. Se inclina para mirar la pantalla.
—Esa está buena —dice, señalando la foto del niño—. Tiene algo. Como… nostalgia.
Giyuu no responde. Pasa a la siguiente imagen.
—¿Y esta? —insiste Sabito—. El reflejo del árbol en el charco. Está poética.
A este punto, Tomioka sabía que su amigo solo intentaba sonar optimista. Él, a diferencia del azabache, no tenía idea de lo que era el arte a través de las fotografías, pero apreciaba la intención.
—No es suficiente. —murmura Giyuu.
—¿Para qué?
—Para el concurso.
Sabito lo mira. Luego se ríe.
—¿El de la Fundación Tsugikuni? ¿Ese al que se presentan fotógrafos con veinte años de experiencia y lentes que cuestan más que un auto?
Giyuu asiente.
—¿Y tú sigues empeñado en participar con una cámara de segunda y fotos de gatos callejeros?
—Sí.
Sabito lo observa. Luego sonríe. No había burla en su expresión, solo orgullo.
—Eres un idiota. Pero uno valiente—ante ello, Giyuu le dirige una mirada filosa, bajando la cámara. Mira al frente. La fila avanza un poco—¿Quieres ganar?
—Sí —declara—. Así podré dedicarme a la fotografía.
Y es que, aunque Giyuu guardara esos anhelos para sí mismo, obtener el primer lugar en ese concurso de fotografía era su más grande sueño actual. El premio en cuestión sería una beca completa para estudiar fotografía en el extranjero y ser un profesional en ello, junto a la oportunidad de aprender del mismísimo Yoriichi Tsugikuni: el fotógrafo más reconocido del país y quien inspiró a Tomioka por años por medio de sus imágenes. No se permitiría perder esa oportunidad.
—Te exiges demasiado, Giyuu. Las fotos que tienes están bien.
—Pero no creo que sean suficiente para convencer al jurado. Tienen que entenderlas.
Sabito se cruza de brazos, dejando que el viento frío revuelva su cabello, pero que no altere su seriedad.
—Makomo va a tocar frente a más de cien personas hoy. ¿Crees que todos van a entenderla?
—No.
—¿Y crees que le importe? —Giyuu lo piensa. Luego niega con la cabeza— ¡Exacto! Ambas son expresiones artísticas. Fotografía y música. No se trata de que todos lo entiendan, se trata de que alguien lo sienta.
Giyuu lo mira, perplejo. No pensó que él pudiera comprender la intención general del arte tan bien. Pensativo, vuelve a mirar la cámara. Revisa la foto del niño con la cometa, ampliándola. Mira el gesto del niño, la sombra de la cometa rota, el cielo nublado detrás...
—Tal vez esta —dice, apenas audible, porque seguía sin estar del todo seguro.
Sabito sonríe.
—Ahí está. El fotógrafo empieza a creer en su ojo.
La fila avanza. Ya están cerca de la entrada. Se escucha el murmullo del público dentro del auditorio. Un cartel anuncia: "Recital de violín – Orquesta sinfónica – 15 de febrero – 6:00 p.m". Habían unas letras pequeñas que ambos ignoraron completamente: "Prohibido tomar o grabar contenido con flash. ¡No desconcentremos a nuestros músicos!"
Giyuu guarda la cámara, con un semblante exhausto. Sabito le da una palmada en la espalda.
—Vamos. Makomo estará feliz de vernos. Traes tu boleto, ¿no?
Giyuu asiente. Seguía sin entender cómo Makomo había logrado conseguir boletos en primera fila para ambos. En cuestión de minutos ya habían entrado en el auditorio. Las luces aún seguían encendidas, y se percibía un ligero olor a polvo.
No veían a Makomo por ningún lado, pero era seguro que no podrían hablar con ella sino hasta después del concierto.
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La orquesta ha tocado seis piezas. Makomo ha brillado con discreción, como siempre, posicionada entre un grupo de músicos. Sabito la observa con orgullo; Giyuu, con atención. Era la primera vez de ambos como espectadores en un recital de música clásica.
El director hace una señal con la batuta, y es inevitable para el público apagar los murmullos. Con la falta de ruido, se escuchan unos pasos resonar. Una violinista camina hacia el centro del escenario. Ambos chicos intentaron agilizar su vista, intentando identificar a la chica.
No es Makomo. No es nadie que Giyuu reconozca.
Lleva el cabello recogido, con un adorno discreto, en forma de mariposa. Su vestido es negro, sin brillo, pero rebosante de elegancia. La palidez de su piel contrasta con su expresión serena. Pero cuando toma el violín, algo cambia.
La primera nota del Adagio for Strings llena el auditorio como un suspiro profundo. La forma en que sus facciones se fruncen con cada nota, es como si ella sintiera cada una de ellas, y sus dedos, deslizándose entre las cuerdas, provocando vibratos, parecían delicadas caricias a su propia alma.
Giyuu se queda inmóvil. Por respeto. Por impacto.
La música no es una copia perfecta de la partitura. Hay una tensión en cada arco. Una grieta en cada vibrato, con decoraciones en una que otra nota para darle un toque más personal a la pieza. Para Giyuu, aquello la hacía sentir más real. Más humana.
Shinobu toca como quien está diciendo algo que no puede decir con la voz. Como quien ha vivido algo que no puede, ni quiere contar. Cada nota parece una confesión; cada pausa, una herida.
Giyuu siente que algo dentro de él se mueve. No creía que se tratara de una emoción y, aunque así lo fuera, no era algo que él hubiera sentido antes. Pero, de alguna manera, los movimientos y el sonido del violín lo inspiraban.
Sabito lo mira, extrañado. Percibe en Giyuu un interés distinto. Le habría gustado preguntar, pero al verlo tan inmerso en ese número, decidió dejarlo en paz.
Giyuu no supo en qué momento sus manos levantaron la cámara. Con su ojo puesto en el encuadre perfecto, y cuidando la iluminación natural del escenario.
Enfoca con discreción.
Y dispara.
El obturador suena suave en medio de una pausa. Un clic que corta el aire como una respiración contenida. El flash brilló en el escenario, alumbrando a la protagonista del momento.
En el visor, la violinista aparece rodeada de luz. El cabello recogido, los ojos cerrados, aunque casi invisibles. El arco tenso. La expresión… no triste. No feliz. Algo más complejo. Algo que Giyuu no sabe nombrar.
Pero sabe que quiere recordarlo.
La pieza termina. El público aplaude, levantándose de sus asientos. Una ovación duradera que plasma una gran sonrisa en el rostro de la solista. Giyuu no aplaudió, y tampoco se levantó. No por indiferencia, sino porque aún está dentro de la música.
De repente, Sabito llama su atención con un codazo.
—¿La conoces?
—No.
—¿Y por qué la fotografiaste?
Giyuu baja la cámara. La guarda. Luego responde:
—Sentí que debía hacerlo.
Sabito lo mira, para, después, sonreír sin que Giyuu lo note. El azabache no dice nada más. Se limita a observar a la violinista mientras hace una referencia y se retira del centro del escenario.
Por un momento, se preguntó qué se sentirá estar en los zapatos de esa chica. Tener un talento tan codiciado, dominarlo tan bien, ser aplaudida por un gran público y tener la valentía para estar justo ahí, al ojo de todos...
En el fondo, Tomioka quería sentir eso también.
El director da un mensaje desde un micrófono cercano:
—Le recordamos al público que está prohibido tomar fotos o videos con flash. Tiende a desconcentrar a los músicos.
Giyuu no podía sentirse más avergonzado.
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La multitud en la antesala del auditorio se aglomeraba tras cada minuto que pasaba. No era un espacio tan reducido, pero tendrían problemas para salir de allí si no se apresuraban.
Con el final del concierto, era de esperar que los músicos tuvieran a sus familiares y amigos esperándolos. El de cicatriz saltaba de vez en cuando entre el gentío, queriendo encontrar a su amiga. No habían palabras para describir el alivio que sintió al distinguirla entre un gran grupo de músicos que salían del escenario.
—¡Ahí está! —dice Sabito, alzando la mano.
Makomo se acerca, con una sonrisa radiante, aún con el violín en su estuche. Lleva el cabello suelto, y los ojos brillantes por la emoción.
—¡Vinieron! —exclama, abrazando primero a Sabito, luego a Giyuu—. Pensé que no iban a llegar a tiempo.
—¿Y perdernos esto? —dice Sabito—. Jamás.
Giyuu asiente, sin decir mucho. Pero su mirada es cálida. Makomo lo nota.
—¿Y qué tal? ¿Alguna crítica feroz?
—Nada feroz —responde Sabito—. Solo que la séptima pieza fue tan buena que Giyuu casi se olvidó de respirar.
Makomo ríe. Luego se gira, como si recordara algo.
—Debe ser por nuestra solista. Toca el violín de una forma preciosa, no lo culpo—la chica empieza a buscar con la mirada entre el gentío. Sus ojos se iluminan en cuanto da con su objetivo—. ¡Ahí está ella! ¡Shinobu!
Giyuu se tensa en cuanto Makomo pasa corriendo a su lado. Ese nombre aún no le dice nada. Pero cuando ve a la joven que se acerca entre la gente, lo reconoce de inmediato.
La violinista del solo. La que tocó el Adagio for Strings como si estuviera revelando una parte de su alma.
La muchacha camina con paso firme, elegante. Lleva el mismo vestido negro, pero esta vez, usa un abrigo del mismo color, que cubre su cuello, hombros y parte de sus brazos. El cabello recogido con un adorno en forma de mariposa. Su expresión es serena, pero al ver a Giyuu, algo en sus ojos cambia.
—Ellos son mis amigos de la infancia—Makomo los presentaba con su amiga. Giyuu no notó en qué momento ellas se habían acercado tanto.
—Makomo me ha hablado mucho de ustedes. Me alegra poder conocerlos—con cortesía, les regala una sonrisa, inclinándose levemente—. Soy Shinobu Kochou.
—Un placer. Soy Sabito—sonriente, él corresponde al saludo—. Fue increíble.
—Fue una buena interpretación. —agrega Tomioka.
Shinobu lo observa. Aunque le sonríe, no se percibe dulzura. Había algo más, como precisión y victoria. Como un depredador que tiene a su presa justo donde la quiere.
—Gracias. Aunque debo decir que la luz de tu cámara casi me hace perder el compás.
Giyuu se queda quieto. Sabito se ríe, incómodo.
—¿Lo notaste?
—Claro que lo noté —responde Shinobu—. Justo en el segundo compás del tercer arco. Un clic y un destello. Muy oportuno, ¿no crees?
Era sarcasmo. Giyuu no evitó sentirse apenado. Él baja la mirada, como si quisiera encontrar las palabras correctas escritas en el suelo.
—Lo siento. No fue mi intención interrumpir.
—No lo hiciste—ríe ella—. Pero fue… curioso.
Su risa, esta vez, sonaba amable. Los nervios de Giyuu se vieron apaciguados. Habría sido desafortunado que hubieran empezado con el pie izquierdo por un descuido suyo. Por fortuna, la chica no parecía enojada. Solo vio necesario hacer esa observación.
Makomo y Sabito los observan. Para el chico la interacción no deja de parecerle extraña. La joven, por su parte, parecía satisfecha con la idea de que sus amigos se llevaran bien.
—¿Ya se conocían? —pregunta la menor, intrigada por lo fácil que le parecía a Giyuu hablar con Kochou.
—No —responden ambos al mismo tiempo.
Makomo le da un codazo a Giyuu, reprendiéndolo.
—Entonces preséntate, maleducado. —recordó la de ojos aguamarina.
El azabache acató la orden de inmediato. No había notado que no le había dicho su nombre.
—Giyuu Tomioka.
Los ojos de la mariposa se suavizan.
—Un placer. —responde ella, con suavidad, y correspondiendo al gesto.
De repente, silencio. Algo incómodo, Sabito carraspea.
—Bueno, Giyuu es fotógrafo. O intenta serlo—bromeó, colocando una mano sobre el hombro del mencionado y ganándose una mirada filosa de su parte— Está buscando la imagen perfecta para un concurso. Así que está tomándole foto a todo lo que ve.
Shinobu lo mira de nuevo, curiosa. Esta vez, con más atención.
—¿Y por eso me fotografiaste?
Giyuu duda. Luego responde:
—No lo sé. Algo me hizo levantar la cámara.
Shinobu sonríe con un matiz distinto. En cierto aspecto, se podía percibir reconocimiento en su mirada.
—¿Me permites verla?
La petición le toma por sorpresa. De alguna manera, a Giyuu le suena irreal, porque nadie nunca está tan interesado en lo que hace. Toma su cámara, encendiéndola, y recordando que los únicos a los que les ha mostrado esa parte de su alma en el pasado han sido Makomo, Sabito y su familia.
La pantalla muestra la imagen. Se divisa la silueta de Shinobu, a contraluz. Una iluminación dorada detrás se convierte en un aura que solo ella desprende. Su mano, firme sobre las cuerdas del violín, con su espalda ligeramente arqueada, y aunque su rostro no se distinga con claridad, se percibe una pizca de placer, que se alcanza solo cuando el alma y el sonido se vuelven uno.
Kochou no opinó. Su silencio tensaba un tanto al azabache, quien no dejaba de preguntarse si haberla fotografiado sin su permiso le molestaría.
Sin embargo, y aunque la ojivioleta no lo expresó con palabras, en realidad le parecía una muy buena foto.
—¿Usarás esta foto para el concurso? —cuestiona ella, de repente.
—No lo sé. Es probable que siga buscando.
La chica se aleja un poco. Giyuu apaga la cámara, viéndola a ella. Él no sabía cómo describir el brillo que percibió en el rostro de Shinobu. Parecía satisfecha.
—Espero que valga la pena.
Tomioka parpadeó, demostrando ligera sorpresa y, sin comprender del todo su propio sentir, también gratitud. Esa chica, sin conocerlo, y con esa única frase, le dejó en claro a Giyuu que contaba con todo su apoyo.
Makomo los interrumpe, colgándose del cuello de ambos.
—¡Vamos por té! El café de aquí es horrible, pero hay una casa de té cerca que tiene pastel de castañas.
—¡¿Quién dijo "pastel de castañas"?! —emocionado, eso fue un claro "yo voy" de parte de Sabito.
Giyuu acepta ir. Shinobu, sin embargo, duda.
—Lamento no poder acompañarlos. Hoy debo llegar temprano a casa.
Ambos chicos se detienen en sus pasos. Makomo, apenada, se dirige hacia la ojivioleta.
—Lo olvidé. Perdón, Shinobu.
—Tranquila. Salgamos otro día, ¿sí? —la tranquilizó, alejándose y despidiéndose con un ademán— ¡Diviértanse!
Su mirada se posó en Makomo. Luego en Sabito. Luego en Giyuu. Y, a su percepción, esos orbes violetas sostuvieron los suyos más de lo necesario.
¿Eso realmente había ocurrido, o solo lo había imaginado?
Makomo suspira, algo decaída. Sabito lo nota, acercándose a ella.
—¿Pasó algo?
—Tiene cosas que hacer en su casa. Es seguro que vaya a practicar para el próximo concierto.
—Viendo cómo tocó hoy, no creo que tenga problemas para el siguiente—el de ojos lavanda se cruza de brazos, pensativo— ¿Por qué no se toma un descanso?
—No es tan fácil de explicar... Por cierto, deberían venir a las próximas presentaciones—Makomo cambia de tema de forma abrupta, cosa que no pasó desapercibida para ambos chicos—. Tendremos tres más en las próximas dos semanas.
—Cuenta conmigo—colocando una mano sobre el hombro de la chica, Sabito asegura su presencia— . ¿Vendrás, Giyuu?
—¿No se molestan conmigo si les digo que me da flojera? —fue honesto. Sabito hace una mueca, pero Makomo ríe.
—No seas así. El de hoy te gustó. ¡Te aseguro que los demás serán mejores!
Y aunque sabía que su amiga no lo decepcionaría con esa promesa, no podía asegurarle que estaría para apoyarla, por más que quisiera. Aún tenía trabajos pendientes de la universidad. Sin embargo...
—Lo pensaré.
Makomo celebró. Con el solo hecho de que Giyuu lo tomara en cuenta, ya era casi un hecho que asistiría.
De camino a la casa de té, las calles ya estaban oscurecidas por la llegada de la noche, siendo luces amarillas de los faroles cercanos las fuentes lumínicas de la ciudad. La temperatura bajó un poco más, entumeciéndoles un poco el cuerpo.
Giyuu siguió revisando las fotos que había tomado. La de Shinobu era, sin duda, la mejor.
Pensando un poco más en ello, le llamó la atención el cómo todos los músicos tenían amigos o familiares esperándolos en el lobby al finalizar el concierto.
Todos. Menos ella.
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Abrir la puerta de su casa siempre era un duelo. Introducía la llave, escuchaba unos pasos del otro lado de la madera, y debía ser rápido con su próximo movimiento. De lo contrario, sería embestido por una avalancha que, aunque tenía nombres y apellidos, Giyuu prefería llamarle "primos".
La puerta se abre, mas el azabache no es lo suficientemente rápido. Ambos niños se abalanzan sobre él, tirándolo al suelo. Le sorprendía la fuerza que podían tener ambos, a pesar de solo tener seis y siete años.
—¡Bienvenido, Giyuu! —Tanjiro y Nezuko saludan al mismo tiempo, aprisionando al mayor con el peso sobre su pecho.
—Hola. —él responde con suavidad. Aunque no lo pareciera, tal delicadeza era sinónimo de su felicidad al ser recibido por ellos.
Tomioka es liberado de sus primos por una presencia externa. Una figura femenina que él conocía bastante bien.
—Fueron muy bruscos, niños. Tengan cuidado. No querrán que Giyuu se golpee en la cabeza, ¿verdad? —Tsutako cargaba a Nezuko, reprendiéndolos con tacto, pero riéndose del escenario— ¿Qué tal el concierto, hermanito?
—Bien. Makomo ha mejorado mucho—mientras Tanjiro le ayuda a levantarse, su atención se posa sobre la silueta taciturna frente a la chimenea de la sala—. Hola, abuelo.
—Hoy llegas tarde, Giyuu—aquel anciano, tan serio y afectivo, llevaba una máscara puesta, como una costumbre inculcada desde su infancia— ¿Te emocionaste con la cámara?
—Tomé algunas fotos. Creo que son buenas.
—Seguro que sí—Urokodaki se acomoda sobre su sofá, cerrando el libro que leía y dedicando su atención a Giyuu— ¿Postularás alguna para el concurso?
—Aún no lo sé. Debo revisarlas.
Como si aquella frase hubiera sido un ritual de invocación, Tanjiro, Nezuko, e incluso Tsutako aparecieron justo detrás del ojiazul.
—¡Quiero ver las fotos! —la pequeña era, sin duda, la más insistente cuando del trabajo de su primo mayor se trataba.
—¿En qué cosas habrás encontrado inspiración esta vez? —Tsutako le sonreía, con interés genuino en las imágenes.
—Después se las mostraré. Primero debo elegir las mejores—Tranquiliza él. Ante esto, Nezuko no parecía muy contenta. Giyuu ya sabía lo que esa expresión significaba—. Intentaré no tardar tanto.
La pequeña le sonríe, satisfecha con la promesa. Giyuu sube a la segunda planta de la casa, donde se halla la puerta de su habitación. Es pequeña y oscura, pero para él, es una especie de lugar seguro. Se dirige hacia su laptop y enciende una lámpara de escritorio, conectando la cámara al dispositivo para transferir las imágenes.
En total, había capturado más de cien fotos en el día. Para su sorpresa, aunque en la pantalla de la laptop se vieran mucho mejor, ninguna imagen le convencía. A su parecer, no transmitían nada.
Excepto una.
La foto de Kochou reluce en la pantalla. No se ve su rostro, y eso la hace mágica: La música no necesita rostro para transmitir y comunicar. Aunque lo tenga, es el alma del sonido lo que te lleva a conectar con ella.
Debía reconocerlo: Era la mejor foto que había tomado en mucho tiempo.
"¿Sería muy apresurado si postulo esta imagen para el concurso?"
Se mantuvo frente al escritorio, pensativo, analizando la fotografía con la mirada una y otra vez.
Tres toquecitos resuenan en la puerta de su habitación. Quien la abre es Tsutako, acompañada de Tanjiro, que es el primero en pasar.
—¿Tienes hambre, Giyuu? —con una mirada cargada de luz e inocencia, el niño se acerca al mayor con una bandeja de cocina en sus manos— Tsutako y yo hicimos galletas. Queríamos que las probaras.
El azabache acepta, gustoso. La curiosidad infantil hace acto de presencia, con los ojos del niño dirigiéndose a la pantalla de la laptop.
—¡¿Esa es la foto que elegiste?! —pregunta el niño, sorprendiendo a Giyuu— ¡Está increíble!
Seguido a ello, Tsutako también le echa un vistazo.
—Hermanito, realmente te luciste —sorprendida, y a la vez, orgullosa, la mayor observa la imagen, con el mismo detenimiento de su hermano menor—. Ten por seguro que ganarás si envías esa al jurado.
A Tomioka le sorprende la observación. Era cierto que quería ganar, y que esa era una de las mejores fotos que había tomado jamás, pero no garantizaba que esa imagen en específico le otorgara el primer lugar. Mucho menos teniendo en cuenta que habrían más de mil competidores a nivel nacional.
Atraídos por la curiosidad y la emoción de Tanjiro. Sakonji aparece en el umbral, con Nezuko agarrada de su ropa. Ambos entran al cuarto, observando la pantalla. Giyuu ya empezaba a sentirse abrumado.
—Es una buena foto—en el anciano, a pesar de la máscara que cubría su rostro, se percibía un orgullo como ningún otro—Deberías postular esa.
Todos parecían insistir en que esa era la foto elegida. Pero Giyuu seguía sin estar seguro.
—¿Creen que sea la adecuada?
Los pequeños asienten, con una tierna convicción en sus rostros. Tsutako y Sakonji, en cambio, perciben una duda inmensa emanar del ojiazul.
—¿Por qué tan inseguro? —la mayor posa una mano sobre el hombro de Tomioka, brindándole apoyo— Nunca antes has dudado de tu talento. ¿Por qué ahora?
"Porque siento que podría hacerlo mejor", se dijo a sí mismo. Era consciente de sus capacidades, pero tampoco tenía mucho tiempo para exigirse demasiado. Viéndola una vez más, concluyó: "Pero, justo ahora, ¿qué podría ser mejor que esto?"
Un suspiro profundo escapó de su boca, preocupando a toda su familia. De repente, Giyuu levanta una mirada brillante, cargada de convicción.
Ingresa a la página web del concurso. Presiona en la opción de "postular proyecto". Urokodaki y su nieta mayor no tienen palabras.
Ahí está la fotografía, a un solo clic de ser enviada. Sin embargo, algo faltaba. Algo en lo que Giyuu no había pensado.
"Ingresa el nombre de la foto".
¿Qué nombre sería adecuado?
Él dirige la mirada hacia su familia, como pidiendo ayuda. Para su sorpresa, su abuelo y hermana mayor era quienes menos ideas tenían.
—¿Qué te parece "la violinista"? —propone Tsutako.
—Muy básico. —responde el azabache, casi como si ya lo hubiera pensado antes.
—¿"La música misteriosa"? —Era el turno de Urokodaki de intervenir.
—Abuelo, no. —a pesar de su corta edad, Tanjiro ya sabía que no era un nombre digno. Giyuu pudo ahorrarse su mueca de disgusto.
Nezuko se apoya de las piernas de Giyuu, intentando impulsarse para ver mejor a la pantalla. Una idea, bastante convincente, corrió por su mente.
—Cuando ves la foto, ¿en qué es lo que piensas?
La pregunta deja a todos boquiabiertos. Tomioka no lo había pensado lo suficiente, lo cual era extraño. Analizó un poco más la foto, recordando el sentimiento que lo embargó al escucharla tocar. Al presenciar tal acto y fotografiarlo.
Ahí, una chispa destelló.
—Una voz sin rostro... —Lo dijo como un caso hipotético. Pero todos voltearon a verlo con una mirada victoriosa— No lo decía en serio.
—No importa—aconseja el abuelo—. Eso es en lo primero que pensaste, ¿no? Ese es el punto de Nezuko.
—Además, es un buen nombre. —agrega Tsutako.
Todos salen de la habitación en cuanto escuchan la alarma contra incendios en la cocina. Tsutako había dejado unas galletas cociéndose en el horno, y empezaban a quemarse. Giyuu, sin embargo, se queda en su escritorio. Dando los toques finales.
Y, con su dedo manifestando un temblor involuntario, presiona el botón de "enviar". En cuestión de segundos, un mensaje saltó en la pantalla.
"¡Su trabajo 'Una Voz sin Rostro' ha sido enviado con éxito!"
