Chapter 1: 00
Chapter Text
❛Digo que te quiero,
sosteniendo una carta.
No puedo usarla para nada
solo sé que es un
testamento de tu amor,
del mismo amor
que yo te tengo❜.
── ଓ ·˚՞⃪݄͙⃯⃭⃮ ୭ ──
Nadie está preparado para amar.
Creía saberlo todo sobre el amor, aún cuando había tenido tanta carencia de ello. Su mente estaba convencida de que había aprendido lo suficiente acerca de tal sentimiento, que olvidó por completo que nunca se termina de aprender en la vida.
Como un tambor, la madera sonó con el toque de su dedo. Tres veces se hizo el llamado, hasta que notó que la puerta estaba abierta.
En cuanto se abrió camino entre cuadros y fotografías, un violín desafinado empezó a resonar en su cabeza, como un presagio del vidrio hecho pedazos.
Pero, cuando se adentró en aquella cueva, notó que no había un suelo que le sostuviera.
Comprendió, de la peor manera, que para amar, se debe estar dispuesto a canalizar el tormento.
Chapter 2: 01
Chapter Text
❛Un sonido que
no tiene rostro.
Una luz que no
tiene fuente.
Te los dedico,
por si mañana
no estoy❜.
── ଓ ·˚՞⃪݄͙⃯⃭⃮ ୭ ──
15 de febrero. Aún se sienten las caricias gélidas del invierno. El cielo se hallaba despejado, pero el aire estaba frío.
La cantidad de gente a su alrededor no le brinda calor. Mucho menos familiaridad. El ruido es incesante, pero él puede bloquearlo, solo poniendo su atención en aquello que le interesa.
Su rostro, escondido levemente bajo el calor de la bufanda en su cuello, analizaba con detenimiento las funciones del dispositivo en sus manos. En la pantalla de la cámara, se deslizaban las fotos guardadas en la tarjeta de memoria: un gato sobre un muro, una anciana barriendo hojas, un niño con una cometa rota. Una en específico llamó su atención, analizando una imagen panorámica de un paisaje. Un lago con el que se cruzó en el camino. Justo en el centro, se observaban dos cisnes, juntando sus frentes, y formando un corazón con sus siluetas.
Observó la imagen con detenimiento. Era una buena foto, pero en sus ojos no se percibía satisfacción. Algo faltaba. El vapor saliendo de su boca delató su frustración.
—¿Nada aún?
La voz de su acompañante lo devolvió a la superficie. Sabito estaba junto a él en medio de esa larga fila de espera a las afueras del auditorio municipal. En respuesta a su pregunta, Giyuu baja la cámara.
—Nada.
Sabito, a su lado, mastica un caramelo de menta. Se inclina para mirar la pantalla.
—Esa está buena —dice, señalando la foto del niño—. Tiene algo. Como… nostalgia.
Giyuu no responde. Pasa a la siguiente imagen.
—¿Y esta? —insiste Sabito—. El reflejo del árbol en el charco. Está poética.
A este punto, Tomioka sabía que su amigo solo intentaba sonar optimista. Él, a diferencia del azabache, no tenía idea de lo que era el arte a través de las fotografías, pero apreciaba la intención.
—No es suficiente. —murmura Giyuu.
—¿Para qué?
—Para el concurso.
Sabito lo mira. Luego se ríe.
—¿El de la Fundación Tsugikuni? ¿Ese al que se presentan fotógrafos con veinte años de experiencia y lentes que cuestan más que un auto?
Giyuu asiente.
—¿Y tú sigues empeñado en participar con una cámara de segunda y fotos de gatos callejeros?
—Sí.
Sabito lo observa. Luego sonríe. No había burla en su expresión, solo orgullo.
—Eres un idiota. Pero uno valiente—ante ello, Giyuu le dirige una mirada filosa, bajando la cámara. Mira al frente. La fila avanza un poco—¿Quieres ganar?
—Sí —declara—. Así podré dedicarme a la fotografía.
Y es que, aunque Giyuu guardara esos anhelos para sí mismo, obtener el primer lugar en ese concurso de fotografía era su más grande sueño actual. El premio en cuestión sería una beca completa para estudiar fotografía en el extranjero y ser un profesional en ello, junto a la oportunidad de aprender del mismísimo Yoriichi Tsugikuni: el fotógrafo más reconocido del país y quien inspiró a Tomioka por años por medio de sus imágenes. No se permitiría perder esa oportunidad.
—Te exiges demasiado, Giyuu. Las fotos que tienes están bien.
—Pero no creo que sean suficiente para convencer al jurado. Tienen que entenderlas.
Sabito se cruza de brazos, dejando que el viento frío revuelva su cabello, pero que no altere su seriedad.
—Makomo va a tocar frente a más de cien personas hoy. ¿Crees que todos van a entenderla?
—No.
—¿Y crees que le importe? —Giyuu lo piensa. Luego niega con la cabeza— ¡Exacto! Ambas son expresiones artísticas. Fotografía y música. No se trata de que todos lo entiendan, se trata de que alguien lo sienta.
Giyuu lo mira, perplejo. No pensó que él pudiera comprender la intención general del arte tan bien. Pensativo, vuelve a mirar la cámara. Revisa la foto del niño con la cometa, ampliándola. Mira el gesto del niño, la sombra de la cometa rota, el cielo nublado detrás...
—Tal vez esta —dice, apenas audible, porque seguía sin estar del todo seguro.
Sabito sonríe.
—Ahí está. El fotógrafo empieza a creer en su ojo.
La fila avanza. Ya están cerca de la entrada. Se escucha el murmullo del público dentro del auditorio. Un cartel anuncia: "Recital de violín – Orquesta sinfónica – 15 de febrero – 6:00 p.m". Habían unas letras pequeñas que ambos ignoraron completamente: "Prohibido tomar o grabar contenido con flash. ¡No desconcentremos a nuestros músicos!"
Giyuu guarda la cámara, con un semblante exhausto. Sabito le da una palmada en la espalda.
—Vamos. Makomo estará feliz de vernos. Traes tu boleto, ¿no?
Giyuu asiente. Seguía sin entender cómo Makomo había logrado conseguir boletos en primera fila para ambos. En cuestión de minutos ya habían entrado en el auditorio. Las luces aún seguían encendidas, y se percibía un ligero olor a polvo.
No veían a Makomo por ningún lado, pero era seguro que no podrían hablar con ella sino hasta después del concierto.
── ଓ ·˚՞⃪݄͙⃯⃭⃮ ୭ ──
La orquesta ha tocado seis piezas. Makomo ha brillado con discreción, como siempre, posicionada entre un grupo de músicos. Sabito la observa con orgullo; Giyuu, con atención. Era la primera vez de ambos como espectadores en un recital de música clásica.
El director hace una señal con la batuta, y es inevitable para el público apagar los murmullos. Con la falta de ruido, se escuchan unos pasos resonar. Una violinista camina hacia el centro del escenario. Ambos chicos intentaron agilizar su vista, intentando identificar a la chica.
No es Makomo. No es nadie que Giyuu reconozca.
Lleva el cabello recogido, con un adorno discreto, en forma de mariposa. Su vestido es negro, sin brillo, pero rebosante de elegancia. La palidez de su piel contrasta con su expresión serena. Pero cuando toma el violín, algo cambia.
La primera nota del Adagio for Strings llena el auditorio como un suspiro profundo. La forma en que sus facciones se fruncen con cada nota, es como si ella sintiera cada una de ellas, y sus dedos, deslizándose entre las cuerdas, provocando vibratos, parecían delicadas caricias a su propia alma.
Giyuu se queda inmóvil. Por respeto. Por impacto.
La música no es una copia perfecta de la partitura. Hay una tensión en cada arco. Una grieta en cada vibrato, con decoraciones en una que otra nota para darle un toque más personal a la pieza. Para Giyuu, aquello la hacía sentir más real. Más humana.
Shinobu toca como quien está diciendo algo que no puede decir con la voz. Como quien ha vivido algo que no puede, ni quiere contar. Cada nota parece una confesión; cada pausa, una herida.
Giyuu siente que algo dentro de él se mueve. No creía que se tratara de una emoción y, aunque así lo fuera, no era algo que él hubiera sentido antes. Pero, de alguna manera, los movimientos y el sonido del violín lo inspiraban.
Sabito lo mira, extrañado. Percibe en Giyuu un interés distinto. Le habría gustado preguntar, pero al verlo tan inmerso en ese número, decidió dejarlo en paz.
Giyuu no supo en qué momento sus manos levantaron la cámara. Con su ojo puesto en el encuadre perfecto, y cuidando la iluminación natural del escenario.
Enfoca con discreción.
Y dispara.
El obturador suena suave en medio de una pausa. Un clic que corta el aire como una respiración contenida. El flash brilló en el escenario, alumbrando a la protagonista del momento.
En el visor, la violinista aparece rodeada de luz. El cabello recogido, los ojos cerrados, aunque casi invisibles. El arco tenso. La expresión… no triste. No feliz. Algo más complejo. Algo que Giyuu no sabe nombrar.
Pero sabe que quiere recordarlo.
La pieza termina. El público aplaude, levantándose de sus asientos. Una ovación duradera que plasma una gran sonrisa en el rostro de la solista. Giyuu no aplaudió, y tampoco se levantó. No por indiferencia, sino porque aún está dentro de la música.
De repente, Sabito llama su atención con un codazo.
—¿La conoces?
—No.
—¿Y por qué la fotografiaste?
Giyuu baja la cámara. La guarda. Luego responde:
—Sentí que debía hacerlo.
Sabito lo mira, para, después, sonreír sin que Giyuu lo note. El azabache no dice nada más. Se limita a observar a la violinista mientras hace una referencia y se retira del centro del escenario.
Por un momento, se preguntó qué se sentirá estar en los zapatos de esa chica. Tener un talento tan codiciado, dominarlo tan bien, ser aplaudida por un gran público y tener la valentía para estar justo ahí, al ojo de todos...
En el fondo, Tomioka quería sentir eso también.
El director da un mensaje desde un micrófono cercano:
—Le recordamos al público que está prohibido tomar fotos o videos con flash. Tiende a desconcentrar a los músicos.
Giyuu no podía sentirse más avergonzado.
── ଓ ·˚՞⃪݄͙⃯⃭⃮ ୭ ──
La multitud en la antesala del auditorio se aglomeraba tras cada minuto que pasaba. No era un espacio tan reducido, pero tendrían problemas para salir de allí si no se apresuraban.
Con el final del concierto, era de esperar que los músicos tuvieran a sus familiares y amigos esperándolos. El de cicatriz saltaba de vez en cuando entre el gentío, queriendo encontrar a su amiga. No habían palabras para describir el alivio que sintió al distinguirla entre un gran grupo de músicos que salían del escenario.
—¡Ahí está! —dice Sabito, alzando la mano.
Makomo se acerca, con una sonrisa radiante, aún con el violín en su estuche. Lleva el cabello suelto, y los ojos brillantes por la emoción.
—¡Vinieron! —exclama, abrazando primero a Sabito, luego a Giyuu—. Pensé que no iban a llegar a tiempo.
—¿Y perdernos esto? —dice Sabito—. Jamás.
Giyuu asiente, sin decir mucho. Pero su mirada es cálida. Makomo lo nota.
—¿Y qué tal? ¿Alguna crítica feroz?
—Nada feroz —responde Sabito—. Solo que la séptima pieza fue tan buena que Giyuu casi se olvidó de respirar.
Makomo ríe. Luego se gira, como si recordara algo.
—Debe ser por nuestra solista. Toca el violín de una forma preciosa, no lo culpo—la chica empieza a buscar con la mirada entre el gentío. Sus ojos se iluminan en cuanto da con su objetivo—. ¡Ahí está ella! ¡Shinobu!
Giyuu se tensa en cuanto Makomo pasa corriendo a su lado. Ese nombre aún no le dice nada. Pero cuando ve a la joven que se acerca entre la gente, lo reconoce de inmediato.
La violinista del solo. La que tocó el Adagio for Strings como si estuviera revelando una parte de su alma.
La muchacha camina con paso firme, elegante. Lleva el mismo vestido negro, pero esta vez, usa un abrigo del mismo color, que cubre su cuello, hombros y parte de sus brazos. El cabello recogido con un adorno en forma de mariposa. Su expresión es serena, pero al ver a Giyuu, algo en sus ojos cambia.
—Ellos son mis amigos de la infancia—Makomo los presentaba con su amiga. Giyuu no notó en qué momento ellas se habían acercado tanto.
—Makomo me ha hablado mucho de ustedes. Me alegra poder conocerlos—con cortesía, les regala una sonrisa, inclinándose levemente—. Soy Shinobu Kochou.
—Un placer. Soy Sabito—sonriente, él corresponde al saludo—. Fue increíble.
—Fue una buena interpretación. —agrega Tomioka.
Shinobu lo observa. Aunque le sonríe, no se percibe dulzura. Había algo más, como precisión y victoria. Como un depredador que tiene a su presa justo donde la quiere.
—Gracias. Aunque debo decir que la luz de tu cámara casi me hace perder el compás.
Giyuu se queda quieto. Sabito se ríe, incómodo.
—¿Lo notaste?
—Claro que lo noté —responde Shinobu—. Justo en el segundo compás del tercer arco. Un clic y un destello. Muy oportuno, ¿no crees?
Era sarcasmo. Giyuu no evitó sentirse apenado. Él baja la mirada, como si quisiera encontrar las palabras correctas escritas en el suelo.
—Lo siento. No fue mi intención interrumpir.
—No lo hiciste—ríe ella—. Pero fue… curioso.
Su risa, esta vez, sonaba amable. Los nervios de Giyuu se vieron apaciguados. Habría sido desafortunado que hubieran empezado con el pie izquierdo por un descuido suyo. Por fortuna, la chica no parecía enojada. Solo vio necesario hacer esa observación.
Makomo y Sabito los observan. Para el chico la interacción no deja de parecerle extraña. La joven, por su parte, parecía satisfecha con la idea de que sus amigos se llevaran bien.
—¿Ya se conocían? —pregunta la menor, intrigada por lo fácil que le parecía a Giyuu hablar con Kochou.
—No —responden ambos al mismo tiempo.
Makomo le da un codazo a Giyuu, reprendiéndolo.
—Entonces preséntate, maleducado. —recordó la de ojos aguamarina.
El azabache acató la orden de inmediato. No había notado que no le había dicho su nombre.
—Giyuu Tomioka.
Los ojos de la mariposa se suavizan.
—Un placer. —responde ella, con suavidad, y correspondiendo al gesto.
De repente, silencio. Algo incómodo, Sabito carraspea.
—Bueno, Giyuu es fotógrafo. O intenta serlo—bromeó, colocando una mano sobre el hombro del mencionado y ganándose una mirada filosa de su parte— Está buscando la imagen perfecta para un concurso. Así que está tomándole foto a todo lo que ve.
Shinobu lo mira de nuevo, curiosa. Esta vez, con más atención.
—¿Y por eso me fotografiaste?
Giyuu duda. Luego responde:
—No lo sé. Algo me hizo levantar la cámara.
Shinobu sonríe con un matiz distinto. En cierto aspecto, se podía percibir reconocimiento en su mirada.
—¿Me permites verla?
La petición le toma por sorpresa. De alguna manera, a Giyuu le suena irreal, porque nadie nunca está tan interesado en lo que hace. Toma su cámara, encendiéndola, y recordando que los únicos a los que les ha mostrado esa parte de su alma en el pasado han sido Makomo, Sabito y su familia.
La pantalla muestra la imagen. Se divisa la silueta de Shinobu, a contraluz. Una iluminación dorada detrás se convierte en un aura que solo ella desprende. Su mano, firme sobre las cuerdas del violín, con su espalda ligeramente arqueada, y aunque su rostro no se distinga con claridad, se percibe una pizca de placer, que se alcanza solo cuando el alma y el sonido se vuelven uno.
Kochou no opinó. Su silencio tensaba un tanto al azabache, quien no dejaba de preguntarse si haberla fotografiado sin su permiso le molestaría.
Sin embargo, y aunque la ojivioleta no lo expresó con palabras, en realidad le parecía una muy buena foto.
—¿Usarás esta foto para el concurso? —cuestiona ella, de repente.
—No lo sé. Es probable que siga buscando.
La chica se aleja un poco. Giyuu apaga la cámara, viéndola a ella. Él no sabía cómo describir el brillo que percibió en el rostro de Shinobu. Parecía satisfecha.
—Espero que valga la pena.
Tomioka parpadeó, demostrando ligera sorpresa y, sin comprender del todo su propio sentir, también gratitud. Esa chica, sin conocerlo, y con esa única frase, le dejó en claro a Giyuu que contaba con todo su apoyo.
Makomo los interrumpe, colgándose del cuello de ambos.
—¡Vamos por té! El café de aquí es horrible, pero hay una casa de té cerca que tiene pastel de castañas.
—¡¿Quién dijo "pastel de castañas"?! —emocionado, eso fue un claro "yo voy" de parte de Sabito.
Giyuu acepta ir. Shinobu, sin embargo, duda.
—Lamento no poder acompañarlos. Hoy debo llegar temprano a casa.
Ambos chicos se detienen en sus pasos. Makomo, apenada, se dirige hacia la ojivioleta.
—Lo olvidé. Perdón, Shinobu.
—Tranquila. Salgamos otro día, ¿sí? —la tranquilizó, alejándose y despidiéndose con un ademán— ¡Diviértanse!
Su mirada se posó en Makomo. Luego en Sabito. Luego en Giyuu. Y, a su percepción, esos orbes violetas sostuvieron los suyos más de lo necesario.
¿Eso realmente había ocurrido, o solo lo había imaginado?
Makomo suspira, algo decaída. Sabito lo nota, acercándose a ella.
—¿Pasó algo?
—Tiene cosas que hacer en su casa. Es seguro que vaya a practicar para el próximo concierto.
—Viendo cómo tocó hoy, no creo que tenga problemas para el siguiente—el de ojos lavanda se cruza de brazos, pensativo— ¿Por qué no se toma un descanso?
—No es tan fácil de explicar... Por cierto, deberían venir a las próximas presentaciones—Makomo cambia de tema de forma abrupta, cosa que no pasó desapercibida para ambos chicos—. Tendremos tres más en las próximas dos semanas.
—Cuenta conmigo—colocando una mano sobre el hombro de la chica, Sabito asegura su presencia— . ¿Vendrás, Giyuu?
—¿No se molestan conmigo si les digo que me da flojera? —fue honesto. Sabito hace una mueca, pero Makomo ríe.
—No seas así. El de hoy te gustó. ¡Te aseguro que los demás serán mejores!
Y aunque sabía que su amiga no lo decepcionaría con esa promesa, no podía asegurarle que estaría para apoyarla, por más que quisiera. Aún tenía trabajos pendientes de la universidad. Sin embargo...
—Lo pensaré.
Makomo celebró. Con el solo hecho de que Giyuu lo tomara en cuenta, ya era casi un hecho que asistiría.
De camino a la casa de té, las calles ya estaban oscurecidas por la llegada de la noche, siendo luces amarillas de los faroles cercanos las fuentes lumínicas de la ciudad. La temperatura bajó un poco más, entumeciéndoles un poco el cuerpo.
Giyuu siguió revisando las fotos que había tomado. La de Shinobu era, sin duda, la mejor.
Pensando un poco más en ello, le llamó la atención el cómo todos los músicos tenían amigos o familiares esperándolos en el lobby al finalizar el concierto.
Todos. Menos ella.
── ଓ ·˚՞⃪݄͙⃯⃭⃮ ୭ ──
Abrir la puerta de su casa siempre era un duelo. Introducía la llave, escuchaba unos pasos del otro lado de la madera, y debía ser rápido con su próximo movimiento. De lo contrario, sería embestido por una avalancha que, aunque tenía nombres y apellidos, Giyuu prefería llamarle "primos".
La puerta se abre, mas el azabache no es lo suficientemente rápido. Ambos niños se abalanzan sobre él, tirándolo al suelo. Le sorprendía la fuerza que podían tener ambos, a pesar de solo tener seis y siete años.
—¡Bienvenido, Giyuu! —Tanjiro y Nezuko saludan al mismo tiempo, aprisionando al mayor con el peso sobre su pecho.
—Hola. —él responde con suavidad. Aunque no lo pareciera, tal delicadeza era sinónimo de su felicidad al ser recibido por ellos.
Tomioka es liberado de sus primos por una presencia externa. Una figura femenina que él conocía bastante bien.
—Fueron muy bruscos, niños. Tengan cuidado. No querrán que Giyuu se golpee en la cabeza, ¿verdad? —Tsutako cargaba a Nezuko, reprendiéndolos con tacto, pero riéndose del escenario— ¿Qué tal el concierto, hermanito?
—Bien. Makomo ha mejorado mucho—mientras Tanjiro le ayuda a levantarse, su atención se posa sobre la silueta taciturna frente a la chimenea de la sala—. Hola, abuelo.
—Hoy llegas tarde, Giyuu—aquel anciano, tan serio y afectivo, llevaba una máscara puesta, como una costumbre inculcada desde su infancia— ¿Te emocionaste con la cámara?
—Tomé algunas fotos. Creo que son buenas.
—Seguro que sí—Urokodaki se acomoda sobre su sofá, cerrando el libro que leía y dedicando su atención a Giyuu— ¿Postularás alguna para el concurso?
—Aún no lo sé. Debo revisarlas.
Como si aquella frase hubiera sido un ritual de invocación, Tanjiro, Nezuko, e incluso Tsutako aparecieron justo detrás del ojiazul.
—¡Quiero ver las fotos! —la pequeña era, sin duda, la más insistente cuando del trabajo de su primo mayor se trataba.
—¿En qué cosas habrás encontrado inspiración esta vez? —Tsutako le sonreía, con interés genuino en las imágenes.
—Después se las mostraré. Primero debo elegir las mejores—Tranquiliza él. Ante esto, Nezuko no parecía muy contenta. Giyuu ya sabía lo que esa expresión significaba—. Intentaré no tardar tanto.
La pequeña le sonríe, satisfecha con la promesa. Giyuu sube a la segunda planta de la casa, donde se halla la puerta de su habitación. Es pequeña y oscura, pero para él, es una especie de lugar seguro. Se dirige hacia su laptop y enciende una lámpara de escritorio, conectando la cámara al dispositivo para transferir las imágenes.
En total, había capturado más de cien fotos en el día. Para su sorpresa, aunque en la pantalla de la laptop se vieran mucho mejor, ninguna imagen le convencía. A su parecer, no transmitían nada.
Excepto una.
La foto de Kochou reluce en la pantalla. No se ve su rostro, y eso la hace mágica: La música no necesita rostro para transmitir y comunicar. Aunque lo tenga, es el alma del sonido lo que te lleva a conectar con ella.
Debía reconocerlo: Era la mejor foto que había tomado en mucho tiempo.
"¿Sería muy apresurado si postulo esta imagen para el concurso?"
Se mantuvo frente al escritorio, pensativo, analizando la fotografía con la mirada una y otra vez.
Tres toquecitos resuenan en la puerta de su habitación. Quien la abre es Tsutako, acompañada de Tanjiro, que es el primero en pasar.
—¿Tienes hambre, Giyuu? —con una mirada cargada de luz e inocencia, el niño se acerca al mayor con una bandeja de cocina en sus manos— Tsutako y yo hicimos galletas. Queríamos que las probaras.
El azabache acepta, gustoso. La curiosidad infantil hace acto de presencia, con los ojos del niño dirigiéndose a la pantalla de la laptop.
—¡¿Esa es la foto que elegiste?! —pregunta el niño, sorprendiendo a Giyuu— ¡Está increíble!
Seguido a ello, Tsutako también le echa un vistazo.
—Hermanito, realmente te luciste —sorprendida, y a la vez, orgullosa, la mayor observa la imagen, con el mismo detenimiento de su hermano menor—. Ten por seguro que ganarás si envías esa al jurado.
A Tomioka le sorprende la observación. Era cierto que quería ganar, y que esa era una de las mejores fotos que había tomado jamás, pero no garantizaba que esa imagen en específico le otorgara el primer lugar. Mucho menos teniendo en cuenta que habrían más de mil competidores a nivel nacional.
Atraídos por la curiosidad y la emoción de Tanjiro. Sakonji aparece en el umbral, con Nezuko agarrada de su ropa. Ambos entran al cuarto, observando la pantalla. Giyuu ya empezaba a sentirse abrumado.
—Es una buena foto—en el anciano, a pesar de la máscara que cubría su rostro, se percibía un orgullo como ningún otro—Deberías postular esa.
Todos parecían insistir en que esa era la foto elegida. Pero Giyuu seguía sin estar seguro.
—¿Creen que sea la adecuada?
Los pequeños asienten, con una tierna convicción en sus rostros. Tsutako y Sakonji, en cambio, perciben una duda inmensa emanar del ojiazul.
—¿Por qué tan inseguro? —la mayor posa una mano sobre el hombro de Tomioka, brindándole apoyo— Nunca antes has dudado de tu talento. ¿Por qué ahora?
"Porque siento que podría hacerlo mejor", se dijo a sí mismo. Era consciente de sus capacidades, pero tampoco tenía mucho tiempo para exigirse demasiado. Viéndola una vez más, concluyó: "Pero, justo ahora, ¿qué podría ser mejor que esto?"
Un suspiro profundo escapó de su boca, preocupando a toda su familia. De repente, Giyuu levanta una mirada brillante, cargada de convicción.
Ingresa a la página web del concurso. Presiona en la opción de "postular proyecto". Urokodaki y su nieta mayor no tienen palabras.
Ahí está la fotografía, a un solo clic de ser enviada. Sin embargo, algo faltaba. Algo en lo que Giyuu no había pensado.
"Ingresa el nombre de la foto".
¿Qué nombre sería adecuado?
Él dirige la mirada hacia su familia, como pidiendo ayuda. Para su sorpresa, su abuelo y hermana mayor era quienes menos ideas tenían.
—¿Qué te parece "la violinista"? —propone Tsutako.
—Muy básico. —responde el azabache, casi como si ya lo hubiera pensado antes.
—¿"La música misteriosa"? —Era el turno de Urokodaki de intervenir.
—Abuelo, no. —a pesar de su corta edad, Tanjiro ya sabía que no era un nombre digno. Giyuu pudo ahorrarse su mueca de disgusto.
Nezuko se apoya de las piernas de Giyuu, intentando impulsarse para ver mejor a la pantalla. Una idea, bastante convincente, corrió por su mente.
—Cuando ves la foto, ¿en qué es lo que piensas?
La pregunta deja a todos boquiabiertos. Tomioka no lo había pensado lo suficiente, lo cual era extraño. Analizó un poco más la foto, recordando el sentimiento que lo embargó al escucharla tocar. Al presenciar tal acto y fotografiarlo.
Ahí, una chispa destelló.
—Una voz sin rostro... —Lo dijo como un caso hipotético. Pero todos voltearon a verlo con una mirada victoriosa— No lo decía en serio.
—No importa—aconseja el abuelo—. Eso es en lo primero que pensaste, ¿no? Ese es el punto de Nezuko.
—Además, es un buen nombre. —agrega Tsutako.
Todos salen de la habitación en cuanto escuchan la alarma contra incendios en la cocina. Tsutako había dejado unas galletas cociéndose en el horno, y empezaban a quemarse. Giyuu, sin embargo, se queda en su escritorio. Dando los toques finales.
Y, con su dedo manifestando un temblor involuntario, presiona el botón de "enviar". En cuestión de segundos, un mensaje saltó en la pantalla.
"¡Su trabajo 'Una Voz sin Rostro' ha sido enviado con éxito!"
Chapter 3: 02
Chapter Text
❛Al final de todo,
mentimos un
día más. Y a
pesar de todo,
encontraremos
un nuevo camino❜.
── ଓ ·˚՞⃪݄͙⃯⃭⃮ ୭ ──
Ajustando los broches del estuche, guardó el instrumento con la delicadeza que una madre arrulla a su retoño. Del atril, tomó las partituras a ensayar, apilándolas con cuidado y guardándolas en una carpeta violeta.
—El ensayo de hoy fue extenso—se quejó Makomo, aún sentada, estirando su columna—. Ya me duelen los dedos.
—Es normal teniendo un repertorio de dieciocho canciones—Shinobu colgó la funda de su espalda, como si para ella, la cantidad de piezas a practicar no significaran mucho. La ojivioleta observa a su amiga, quien sostiene un espejo frente a su rostro, arreglando su cabello—. ¿Harás algo después?
—lré a pasar un rato con Sabito y Giyuu. ¿Los recuerdas? Mis amigos, los que te presenté el otro día.
Shinobu asiente.
—Eso explica por qué te estás arreglando tanto.
La de ojos aguamarina se tensa. No recordaba haberle comentado antes a Shinobu sobre el interés por su amigo, pero olvidaba que, para ella, leer a las personas era tan sencillo como respirar.
—Me atrapaste... —sonríe, sin poder ocultar su leve vergüenza. Shinobu ríe, acercándose a Makomo y ayudándola a estilizar su peinado.
—Tranquila. Estoy segura de que a Sabito le gustará cómo te veas sin importar qué.
Aquello es suficiente para hacer que el rostro de Makomo brille con ilusión. Da unos últimos retoques a su cabello, y toma sus pertenencias para salir de la sala de ensayos, emocionada.
—Espero que la pases bien—desea ella a Shinobu, quien, a la distancia, sacude su mano con suavidad, en señal de despedida—. ¡Te veo luego!
Sin embargo, una idea, que tal vez podría ser considerado un acto de rebeldía, destelló en la mente de la mariposa.
—Makomo..., ¿de casualidad tienen espacio para alguien más?
La aludida se detiene en el marco de la puerta. Desde que son amigas, había estado invitando a Kochou a salidas casuales y deseando que esta aceptara. Pero ella siempre declinaba, diciendo que debía llegar temprano a casa para ensayar.
—Claro, pero... ¿no hay problema si llegas tarde hoy a casa?
Shinobu lo medita unos segundos, a pesar de que su mirada ya tenga el veredicto final.
—No creo que importe.
La más baja no puede evitar soltar un chillido de emoción. Ambas salen juntas del sitio, siendo Makomo quien entrelazó su brazo con el de Kochou. La azabache busca en el bolsillo de su chaleco, sacando de ahí su teléfono y escribiendo un mensaje rápido al chat grupal que tenía con Sabito y Giyuu.
"Shinobu pasará el rato con nosotros. Compórtense".
── ଓ ·˚՞⃪݄͙⃯⃭⃮ ୭ ──
La espera empezaba a hacerse eterna.
Ambos chicos permanecían quietos a las afueras del café. Sabito hablaba hasta por los codos, contándole a Giyuu algún que otro pensamiento que tuvo, mientras él escucha con atención, a pesar de que no lo parezca por estar tan concentrado revisando las fotos más antiguas en la memoria de su cámara.
—Es por eso que siento que Makomo está rara últimamente... Pero no dejo de pensar en que parece más fácil para ella hablar contigo que conmigo.
—A veces no sé si te haces el desentendido o si eres genuinamente estúpido. —La frialdad ataca, indignando al de cicatriz.
— Pero no lo digas así...—actúa herido, ganándose una mirada hastiada de parte del azabache— Es imposible que yo le guste. Siempre ha dicho que soy como un hermano para ella.
—¿Y le vas a creer?
—¿Por qué mentiría?
Giyuu rueda la mirada, impropio de él. Sabito hasta se sintió juzgado. Tomioka sigue inmerso en su cámara, hasta que el botón para desplazarse de una foto a otra avisa que ha llegado a la primera foto de todas.
La foto específica que él parecía estar buscando.
Sabito nota de inmediato cómo la expresión de su amigo cambia. Se acerca un poco para observar. La imagen, algo borrosa, mostraba a una mujer de largo y liso cabello negro, sonriendo directamente a la cámara, con sus ojos cerrados.
Él ya había visto esa foto antes, más veces de las que podía contar. Siendo contagiado por la melancolía, el de ojos lavanda coloca su mano sobre la pantalla de la cámara, tapándola.
— Deberías borrar esa foto...—sugiere Sabito. La cerúlea mirada lo ve con indignación— Te lo digo por tu bien.
— Es la única foto que tengo de mi mamá. —le recuerda el azabache, reclamándole.
— Y siempre que la ves te decaes. Piénsalo, en serio.
Sabito parecía preocupado. Giyuu, aunque herido por la sugerencia, cambió su semblante una vez que notó que su amigo se giraba para recibir a Shinobu y a Makomo, que agitaba su brazo desde la distancia.
—¡Lamentamos la tardanza!
—Llegan justo a tiempo—tranquiliza Sabito. A sus espaldas, Giyuu saluda a las chicas, con actitud relajada—. ¿Cómo les fue en el ensayo?
—Estamos agotadas. —desahoga Makomo, abrazando a Sabito para saludarle, y luego, haciendo lo mismo con Tomioka.
—Aunque no lo parezca, estar cuatro horas sentada tocando y leyendo partituras te cansa la mente.
—Aquí pueden aprovechar de descansar. —Sabito las invita a pasar y tomar asiento.
Los cuatro comparten un rato especial, mientras esperan a que el pedido llegue a la mesa. Shinobu ríe con los cuentos y experiencias que le cuentan Sabito y Makomo, pero no puede pasar por alto el que Giyuu se encuentre tan callado. Le asustó la idea de que se sintiera excluido, de alguna forma.
—Tú no eres muy hablador, ¿verdad? —Kochou inicia una conversación con él, entrelazando sus propias manos y recargando su mentón en ellas— ¿Pasó algo?
—No es por nada en específico. Perdón.
—Tranquilo, no lo veo como algo malo. —Shinobu le sonríe. A Giyuu, aquellos gestos le hacían sentir que, poco a poco, podía convencerse de que podía confiar en ella.
—Giyuu siempre es así, aunque con nosotros suele hablar mucho más —comenta Makomo, de forma casual—. Tómate el tiempo de conocerlo mejor. Háblale de algo que le interese y verás que no se calla.
—¿En serio? Me cuesta creerlo —menciona la mariposa, sarcástica. Tomioka, a su lado, parece estar algo avergonzado por el comentario de Makomo— Tengo algo de curiosidad..., ¿cómo fue que se hicieron amigos ustedes tres? Me parece que son muy unidos.
—Bueno, Sabito y yo ya nos conocíamos desde antes porque nuestros padres eran amigos y su casa está junto a la mía. Pero fue él quien se acercó primero a Giyuu. Eventualmente también acabé siendo su amiga.
—Lo conocí en la primaria —interviene Sabito—. Nos hicimos amigos cuando descubrí que tenía los mismos gustos en videojuegos que yo.
—¿Les gustan los videojuegos? —si bien eso la sorprendió, analizándolos un poco mejor, sí aparentaban tener ese tipo de aficiones.
En silencio, y dándole un bocado a una galleta que estaba sobre la mesa, Giyuu asiente.
—Al inicio no hablábamos mucho.
—Tú preferías pasar los recesos solo—el de ojos lavanda coloca una mano sobre su hombro, dando golpes leves—. Recuerdo que algunos compañeros te ofrecían compañía durante el almuerzo, pero siempre los rechazabas.
Makomo suspira, como si eso fuera algo típico en Tomioka. La curiosidad de Shinobu se aviva.
—¿Había un motivo por el cuál hacías eso?
—No era por nada en específico—justifica el azabache—. No me caían mal, pero supongo que estaba acostumbrado a estar solo.
—Por cosas como esas te ganabas malentendidos. Hubo un tiempo donde todos pensaban que Giyuu los odiaba. Yo tenía que explicarles que las cosas no eran así.
—¿Y por qué no lo hacías tú, Tomioka?
—Porque creían que me veía odioso cuando hacía.
—Bueno, si les decías cosas como "piensen lo que quieran, no me importa" era lógico que se lo tomaran a mal. —Sabito ya ni se molestaba en defenderlo.
Makomo suelta una carcajada breve, mientras Shinobu sonreía, algo apenada por las nulas habilidades sociales del ojiazul.
—Entonces, ¿eras algo así como el niño raro del grupo?
—No era raro. Pero así era como los demás lo percibían.
—¿Y por qué nadie te hablaba? —pregunta Shinobu, con tono juguetón.
—Porque no me interesaba hablar con nadie.
—¡Mentira! —interviene Sabito—. ¡Claro que querías! Pero cada vez que alguien se te acercaba, tú solo lo mirabas como si quisieras que desaparecieran.
Giyuu suspira. Luego, en voz baja, decide ser sincero.
—Prefería eso a fingir que me caían bien.
Todos en la mesa suspiran con pesadez, como si hubieran encontrado la raíz del problema. Shinobu es la primera que ríe ante ello. No imaginó que la apatía pudiera causarle gracia.
—Tal vez no te dabas cuenta, Tomioka—la ojivioleta le habla con tono amigable—. Pero si lo piensas bien, seguramente por esa actitud es que todos te odian.
Sin comprenderlo del todo, siente cómo la frase cae como una piedra al agua.
Giyuu no se mueve. Pero era visible cómo algo en su rostro había cambiado. Tal vez era su mirada, que transicionó de una calma estoica a algo más fuerte. No era rabia, y tampoco parecía tristeza. Era algo más sutil. Como si una puerta se cerrara por dentro.
Todos notan este cambio. Sabito y Makomo, quienes antes reían, leyeron la expresión del ojiazul, entendiendo los sentimientos que albergaba y tornando en seriedad. Shinobu, se da cuenta de inmediato de que la expresión fue un golpe bajo para Tomioka. Su sonrisa se desvanece.
—Era una broma... —dice, avergonzada.
Giyuu asiente, sin responder. Mira su taza, luego la ventana, intentando aparentar que la frase no lo tomó desprevenido. Sin embargo, para sus amigos, él es como un libro abierto.
—No lo dijo con mala intención, Giyuu. —Sabito intenta aclarar la situación, defendiendo a Kochou.
El aludido solo asiente. Con una calma aplastante, se levanta de su asiento, confundiendo a todos en la mesa.
—Saldré un momento.
Giyuu sale por la puerta principal. Sabito y Makomo habrían querido acotar algo, pero el paso acelerado de su amigo no era una buena señal. Shinobu, por su parte, sentía encogerse en su sitio, cada vez más, como si naciera una pesada culpa que no entiende del todo.
—¿Dije algo malo?
—No, tranquila—Makomo intenta calmar sus dudas—. Tal vez solo necesita... tiempo.
Kochou frunce el ceño, confundida. A su lado, Sabito coloca su mano en su frente, suspirando. Lo escuchó susurrar, lo suficientemente claro como para entenderlo.
—Le dije que borrara esa foto...
Shinobu aprieta los labios. No tenía idea de qué ocurría, pero ella no podía solo dejar que la culpa la carcomiera.
── ଓ ·˚՞⃪݄͙⃯⃭⃮ ୭ ──
La noche empezaba a caer. Los faroles de la ciudad se encendieron uno por uno.
El viento helado ya empezaba a afectarle en la nariz. Giyuu, en una banca del parque que solía frecuentar con Makomo y Sabito, revisaba su cámara en silencio, solo. La fotografía de su madre aparecía nuevamente en la pantalla, y no por casualidad. Giyuu volvió a buscarla, como si sintiera necesitar verla.
Era una sonrisa lejana. Tan familiar pese a que nunca alcanzó a conocerla en realidad. A diario se preguntaba cómo se habría sentido tener a su madre frente a frente, jugar con ella, el sonido de su voz.
Aunque no era algo que pensaba de forma tan recurrente, cuando la mente le ganaba se daba cuenta de lo mucho que dolía no saber casi nada de la persona que lo trajo al mundo. Lo poco que sabía de ella era que se llamaba Mizuki, que tenía ojos azules como los suyos y que murió cuando él era solo un bebé, por complicaciones en su salud. Antes había querido indagar más sobre su madre, haciéndole preguntas a Tsutako y al abuelo Sakonji, pero la verdad es que, aunque Tsutako sabe un poco más que Giyuu, ella tampoco recuerda demasiado. Ella era también muy pequeña cuando todo ocurrió. Y Urokodaki parece evitar hablar del tema, como si solo recordarlo le doliera. Era su hija, después de todo.
La pesadez mental es interrumpida por un toquecito sutil en su cabeza. Tomioka giró la mirada, encontrándose con Shinobu, colocando un dedo sobre su pelo para llamar su atención.
—Buenas noches—saludó con su amabilidad habitual, cálida. Ella rodea la banca, tomándose el atrevimiento de sentarse junto al azabache, manteniendo distancia—. No deberías pasar tanto tiempo afuera con este frío. Te vas a resfriar.
—¿Cómo me encontraste?
—Sabito me dijo que probablemente estarías aquí. Me sorprende lo bien que te conoce.
—¿Te tomaste el tiempo de buscarme?
La sonrisa de Shinobu se vuelve más débil. Ella baja la mirada un momento.
—Quería disculparme contigo. No debí decir eso hace rato. Comprendo que no soy alguien de tu confianza como para bromear de esa manera, y lo lamento.
Ella se voltea, como dándole la espalda. Giyuu sintió que su reacción la había preocupado más de lo debido.
—No pasa nada...
—De camino compré esto—se dirige a él, de nuevo, sosteniendo una pequeña cajita de cartón decorada en sus manos—. Por favor, acéptalo como una disculpa.
Al ojiazul le sorprende tal gesto. Sintió vergüenza de haberla llevado a ese extremo por no saber manejar bien su reacción a su broma de la tarde.
—No tenías que hacerlo.
—Quise hacerlo.
—No puedo aceptarlo...
—No. Vas a aceptarlo. Lo elegí especialmente para tí.
Iba a protestar una vez más, pero los orbes violetas de Kochou desprendían un aura determinada que Giyuu no estaba seguro de querer enfrentar justo ahora. Resignado, acepta el presente, emocionando a Shinobu.
—¿Qué es?
—Ábrelo.
Con cierta desconfianza, Giyuu desamarra el listón de la caja. Observó una pulsera artesanal hecha con hilo negro, que en el centro sostenía una decoración que contenía una letra "G". La inicial de su nombre.
—No sé qué cosas te gustan. Pero ví un puesto de accesorios como ese en el camino, y me pareció un buen detalle. —aclara la mariposa, sonriéndole con algo de vergüenza.
El pecho de Giyuu, por un instante, se siente cálido.
—Gracias.
—¿Ya no estás molesto conmigo?
—Nunca lo estuve.
Kochou le sonríe, mirándolo con emoción. Sentía tranquilidad de estar en paz con él. Se relaja un poco más en el puesto a su lado, adoptando una postura más relajada.
—No creo que la gente te odie realmente. No le has hecho nada malo a nadie. Aún así, lamento si te sentiste incómodo con lo que dije, Tomioka. Y, ¿qué tiene si hay alguien que te odia? Generalmente muchos solo hablan sin saber.
—Tú no pareces haber sido odiada antes.
Kochou sonríe. Giyuu percibió cierto cinismo.
—Te equivocas. Desde que tengo memoria, he sido odiada por la presencia más importante en mi vida.
—¿Quién?
Ella dirige su sonrisa hacia él. Su expresión dulce prevalece, mas sus ojos ya no brillan. Giyuu cree percibir cierto cinismo en ella.
—Yo misma.
Un frío siniestro recorre la espalda de Tomioka. La fachada risueña que Kochou había estado mostrándole se había quebrado, como grietas ligeras que dejan entrever lo que hay detrás. Ya no hay rastro de seguridad ni superioridad. Pero Giyuu comprendió demasiado rápido que estaba conociendo a la parte más genuina de Shinobu Kochou.
Pensó en preguntar, pero se replanteó la idea de inmediato. Kochou no tocó más el tema, pero Giyuu notó cómo la mariposa parecía tensarse en cuanto vio un auto negro acercarse poco a poco a ellos.
El vehículo se estaciona. Una mujer sale del puesto del copiloto, caminando hacia ellos con pasos firmes. Se veía mayor, pero conservada, de buen porte y elocuente. Al igual que Shinobu, llevaba un adorno de mariposa en su peinado.
Ella se acerca al dúo, dirigiéndose, principalmente, a Shinobu.
—Creí haberte dicho que volvieras a casa antes de las seis.
—Se me hizo tarde con el ensayo. — Shinobu responde, a la defensiva, pero sin sonar grosera.
La mujer lanzó una mirada desaprobatoria. Kochou mentía, y ella, por supuesto, supo verlo. Mira a Giyuu por un segundo, confundiéndolo un poco.
—¿Quién es tu amigo?
—Tomioka. Un amigo de Makomo.
Una vez más, cruzan miradas. Sin embargo, esa mirada llena de dureza cambia ligeramente cuando le toca dirigirse a Giyuu.
—Un placer. Soy Terumi Kochou, la madre de Shinobu—ella se inclina, mostrando respeto. Giyuu, en respuesta, hace lo mismo—. Debo agradecerte por pasar tiempo con ella en su cumpleaños. Espero se hayan estado divirtiendo.
Un silencio tenso acapara la situación. Tomioka voltea su rostro hacia Shinobu, quien ya no le dirige la mirada, como si la hubieran agarrado con las manos en la masa.
—¿Es tu cumpleaños?
Kochou no responde. Giyuu comprendió que estaba en lo cierto, pero no terminaba de entender por qué ella parecía sentirse tan presionada justo ahora.
—¿No te lo dijo? Hoy cumple diecisiete—agrega Terumi—. Perdónala, no le gusta compartir ese dato.
El silencio entre ambos se vuelve incómodo. Giyuu no sabe si felicitarla o hacerse el desentendido. Si ella no se lo dijo, fue por algo. Terumi parece notar la tensión en el ambiente, y harta de ello, interviene, una vez más.
—Tomioka, ¿no? —pregunta la madre, para estar segura. El aludido asiente— ¿Te gustaría asistir a nuestra casa para celebrar el cumpleaños de Shinobu?
La pregunta los toma por sorpresa. Tanto Giyuu como Shinobu intercambian miradas, no porque no supieran qué decisión tomar, sino porque necesitaban encontrar una forma en la que Giyuu pudiera negarse sin sonar grosero. Si se conocieran un poco mejor, la propuesta hasta habría parecido buena idea. Pero al no tenerse demasiada confianza, ahorrarse la vergüenza era la mejor opción que podían tomar.
El azabache, creyendo tener las palabras correctas, responde a la invitación.
—Considero que Kochou debería pasar su cumpleaños con gente que le importe.
Shinobu sentía ganas de estrangularlo. Terumi, por su parte, parpadea, confundida. No quería perder tiempo tratando de buscarle un buen significado a esa respuesta.
—Tomaré eso como un "sí".
Shinobu se palmea el rostro, sin ningún tipo de disimulo. Giyuu no se sintió ofendido. Al contrario. Compartía el sentimiento.
No tenía más opción que aceptar el destino que él mismo se había buscado.
Chapter 4: 03
Chapter Text
❛¿Amor o sinceridad?
Sacrifica una. Tendrás la otra.
Entiende que el motivo
de mis mentiras es la forma
más pura en la que puedo
amarte❜.
── ଓ ·˚՞⃪݄͙⃯⃭⃮ ୭ ──
Nunca se había sentido tan fuera de lugar en su vida.
La incomodidad lo estaba matando de vergüenza. Pese a que acostumbraba a estar solo, estar recostado en un rincón de la sala de estar, de una casa completamente desconocida, lejos de cualquier invitado, le hacía parecer un completo rechazado social. Si lo pensaba bien, puede que nada estuviera tan lejos de la realidad.
No tenía idea de que era el cumpleaños de Kochou, y ni siquiera tenía ganas de estar ahí y pretender que le importa. No la conoce demasiado, pero irse ahora sería una toral falta de respeto. Giyuu se había estado castigando por horas en su soledad, recordando el engorroso camino en el auto. No tuvo más opción que aceptar la invitación. La mirada de la madre de Kochou era intimidante, y algo le decía que seguro ella se metería en problemas si él no aceptaba la invitación a su celebración. Todo el viaje fue mudo. Tomioka no sabía lo callada que podía llegar a ser la mariposa. No era para menos. Ella tampoco parecía estar muy feliz con la idea de que Giyuu asistiera a su casa.
Peor aún, fue cuando, en una curva, los cuerpos de ambos terminaron juntándose. Culpa del azabache, por no haberse abrochado el cinturón de seguridad.
Arrugó el rostro de solo recordar la situación, y le dio un sorbo impulsivo al vaso con refresco que reposaba en su mano desde hacía horas, desde que llegó.
La luna ya había hecho acto de presencia. Giyuu la observaba por medio de una ventana cercana. Veía la brisa mecer los árboles con fuerza. Parecía estar haciendo frío afuera. Frente a él, se encontraba una decoración simple: Globos morados y turquesa adornando una mesita con cupcakes y un pequeño pastel, con bolsas de regalo alrededor, que no eran muchas, sino tres. Por el tamaño, intuía que serían presentes sencillos.
Colocó sus audífonos de cable en sus oídos, intentando, por un momento, no pensar demasiado en nada. Activó la música en su celular, dejando que esta se encargue de apagar las turbulencias de su cabeza.
Kochou permanecía lejos, distraída con la presencia de quienes parecían ser sus compañeros de clases. Parecía tener un grupo de amigos bastante reducido, pero ideal. Lo sabía por la forma en la que su rostro brillaba dichoso al reír con ellos, expresión que no veía en ella desde que su madre se apareció frente a ellos.
Aquello le daba curiosidad. Giyuu realmente no recuerda lo que es tener una madre, pero no puede evitar sentir curiosidad por el tipo de relación que tienen Terumi y Shinobu como madre e hija.
Una sombra se planta a su lado. El ojiazul no le da importancia, hasta que, con un chasquido frente a su rostro, le hace regresar al mundo real.
— Oye, ¿me escuchas?
— Perdón, ¿decías algo? —se disculpa Giyuu, quitando uno de los audífonos de su oído.
— Te preguntaba si podías pasarme el refresco que está ahí. —responde el contrario, algo disgustado, señalando la bebida con el dedo.
Y es que Giyuu parecía haber olvidado que se encontraba justo al lado de la mesa de aperitivos, bloqueando el paso a quien quisiera acercarse. Se disculpó por el descuido, le pasó el refresco al chico y se reprendió mentalmente. Cualquiera pensaría que estaba ahí haciendo guardia para comerse toda la comida de la mesa él solo. Terrible primera impresión.
Tomioka volvió a hundirse en su mente, regresando a su música y, esta vez, subiendo todo el volúmen. El chico a su lado daba un sorbo a su bebida, mientras lo miraba de reojo, intrigado por algo. Aunque inseguro, se atrevió a dejar salir a flote su curiosidad.
—¿Qué estás escuchando?
Justamente la canción de su reproductor había terminado, dando paso a una nueva. Giyuu sacó el celular de su bolsillo para mostrarle directamente, pero la canción que empezó a reproducirse lo dejó, a su parecer, en completo ridículo.
— "I'm not okay"... ¿de My Chemical Romance? — el chico parece conocer la banda, aunque podría ser más por burla que por gusto. Giyuu, resignado, no tiene más opción que asentir— Interesante... ¿Conoces Bring Me the Horizon?
El interés de Giyuu despierta abruptamente. El resultado parecía no ser tan malo.
— ¿Los escuchas? —Tomioka le dirige la palabra por primera vez.
—Son mi banda favorita—revela. Giyuu parece sorprendido... tal vez, más de la cuenta—. ¿Qué te pasa? ¿Por qué pones esa cara?
—No pareces de los que disfrutan este tipo de música.
—Bueno, no me veo como tú, pero igual la disfruto—ante ello, Tomioka estuvo a punto de reclamar. Sin embargo, la sonrisa cómplice del chico le hizo entender que no era más que una broma sin malicia—. ¿Tu nombre?
—Giyuu Tomioka.
—Sanemi Shinazugawa. Un placer. —el albino extiende la mano, cálido.
El ojiazul, aunque indeciso al inicio, correspondió al saludo, sintiendo seguridad. El resto de la conversación fluyó con naturalidad. Hablaron de canciones, de discos, de cómo la música servía para escapar de lugares donde no encajaban. Giyuu, normalmente reservado, se permitió comentar más de lo habitual. Sanemi, con su carácter directo, mantenía el ritmo de la charla sin incomodarlo.
Una voz alegre, canturrona, de repente interrumpe la conversación. Una chica alta, de larga cabellera negra y dos adornos de mariposa en su peinado.
—¡Sanemi! Qué gusto me da verte conversando con alguien. Me alegra que estés más abierto.
—No lo digas como si fuera un niño de preescolar. —bufó él, cruzando los brazos, pero sin ocultar del todo la satisfacción de verla contenta. La chica ríe, para luego girarse hacia Giyuu, con una sonrisa sincera.
—No creo que nos conozcamos. Soy Kanae Kochou—no había que ser demasiado inteligente para saber que ella era la hermana mayor de Shinobu. Giyuu se presenta también, manteniendo un porte educado— ¿Eres amigo de mi hermana?
Tomioka, sin saber bien qué decir, bajó la mirada antes de responder de forma pausada.
—La conozco desde hace muy poco. La verdad estoy aquí porque... — las palabras se detuvieron en su boca. No sabía qué tan sensato era hablar de su madre.
No obstante, tras un suspiro pesado, Kanae pareció comprenderlo todo.
—Mamá te obligó, ¿no es así?
—No directamente...
—Lo sé. Sé cómo es ella—lleva una mano a su sien, avergonzada—. Lo siento. Mi mamá puede llegar a ser bastante difícil. Lamento que te hayas visto envuelto en esa situación.
Giyuu asintió, comprendiéndola. Ahora era obvio que la madre era la fuerza pesada en el ambiente. Para su sorpresa, sus dos hijas no parecían tener el mismo carácter en absoluto. Kanae era tan agradable como una fragancia lavanda en una brisa veraniega, mientras Shinobu, pese a creerse bromista con ese sarcasmo filoso, era siempre simpática y amigable cual mariposa revoloteando alrededor.
Desconoce cómo, pero se formó una conversación estable entre los tres. Compartiendo un rato, descubrieron que todos tenían la misma edad, lo que facilitaba más las cosas considerando las etapas tan similares en las que se encontraban.
En el piso de arriba, una mirada insegura observaba al trío de jóvenes. Shinobu apretaba los labios ante la escena, mientras a su lado, sus amigos no dejaban de hacer preguntas a las que ella no sabía cómo responder.
—¿Quién es él, Shinobu? —una chica pelirrosa, entusiasmada, asomaba sigilosa la vista por la baranda.
— Un amigo de Makomo.
— ¿Y qué está haciendo aquí? —cuál víbora agitando su cascabel, un joven con cubrebocas sentía que debía estar alerta ante una presencia extraña — ¿Están saliendo o algo?
— No. Fue un error. Él no debería estar aquí.
— No lo digas así, Shinobu—una voz firme, pero suave, interviene en la conversación—. Se está tomando el tiempo de estar aquí en tu cumpleaños.
— Sí, porque no tuvo opción.
— ¿Y te sentirías mejor con su presencia si hubiera elegido estar aquí por cuenta propia?
La ojivioleta no halló una respuesta ingeniosa para ello. Tenía la cabeza en otro lado, justo donde Tomioka permanecía. No podía evitar sentirse incómoda con su presencia, y no porque odiase verlo en su casa, sino porque sentía algo de culpa por no haber intervenido en la invitación de su madre cuando era claro que él no quería aceptarla.
Se preguntaba a sí misma por qué no había intervenido, hasta que a su mente volvía la mirada expectante de su madre, sombría e intensa.
La recorrió un escalofrío, dándole la espalda al grupo.
—No es como si él quisiera estar aquí de todos modos—Kochou se aleja de sus amigos con pasos apresurados, bajando las escaleras sin quitarle a su hermana la mirada de encima—. Debería sacarlo de aquí antes de que Kanae lo atrape con esa imagen de niña buena.
La Kochou mayor seguía hablando con ambos chicos, que escuchaban con atención algún que otro detalle que desconocían, o al menos, Giyuu lo hacía.
—Sé que puede parecer una celebración aburrida, pero en realidad, me enfoqué en invitar solo a las personas más allegadas a mi hermana.
—¿Los invitaste tú?
— Sí. Yo lo organicé todo. Quería hacer algo especial por Shinobu.
Sanemi la miró con un gesto de aprobación. Tomioka, por su parte, no hacía más que guardar la información.
Finalmente, Shinobu se acerca al rincón, llamando la atención del azabache con un toquecito ligero en su hombro.
— Acompáñame un momento, por favor. —pidió la menor, de forma repentina.
El ojiazul no pasó su impresión desapercibida. Kanae, que se encontraba junto a ellos, intentó, con un extraño cuidado, dirigirse hacia su hermana.
— Shinobu, ¿la estás pasando bien? ¿te has estado divirtiendo con tus amigos?
En la voz de la mayor se oía un interés genuino. La ojivioleta, sin embargo, respondió con una mirada indiferente, observándola de abajo hacia arriba, para luego, ignorarla.
— Vayamos al patio, Tomioka. —pidió Kochou, regresando a su habitual sonrisa.
Giyuu se vio sorprendido por el cambio de actitud. Era como si a él quisiera mostrarle una buena cara, pero con su hermana fuera algo completamente distinto. Aquello había sido, por supuesto, grosero. Y aunque no quiso preguntar al respecto, no ignoró el rostro afligido de Kanae ante tal desaire.
Él acompaña a Shinobu hasta el patio, donde solo el viento gélido les hacía compañía. Shinobu cierra la puerta, asegurándose de que nadie pueda acercarse.
Ella suelta un suspiro pesado, llamando la atención del azabache.
— Discúlpame. No quería que te vieras involucrado en todo esto.
— Tranquila. No la estoy pasando mal.
— Igual, no me gustaría que te sintieras incómodo— ella se acerca un poco más para hablarle con mayor facilidad—. Se supone que Makomo también vendría, pero no la dejan quedarse hasta tarde fuera de casa.
— Lo sé. Le habría gustado estar aquí.
Sin quererlo, ambos dejan morir la conversación. La tensión incrementó en Shinobu, que se sentía obligada a sacar algún tema del cual hablar para que Giyuu no se sintiera tan desubicado. Sin embargo, él estaba bastante calmado, admirando las pocas estrellas visibles en el cielo.
— Mi cumpleaños también es en febrero. —declara él. Kochou no puede evitar sorprenderse por ver cómo él tiene la primera palabra.
— ¿En serio? ¿Qué día?
— Ocho.
— Ya pasó, entonces... Tendrás que esperar casi todo un año para que yo te diga feliz cumpleaños. —bromeó, pese a saber que, con él, sería en vano.
No obstante, le pareció escuchar un ligero bufido divertido venir de él.
— Creo que yo aún no te lo he dicho—él le dirige la mirada, cálido—. Feliz cumpleaños. Te daré un regalo luego.
— No tienes que preocuparte por eso. Está bien.
— Tú me diste uno a mí.
— No lo hice esperando algo a cambio.
— Lo haré de igual forma.
— ¿Sabes? Makomo nunca mencionó que fueras tan insistente—ríe ella, bromista. Esa no sería una palabra con la que Giyuu se describiría a sí mismo, por lo que no evitó colocar una expresión de extrañeza, que despertó el humor de Kochou —. Ni siquiera tú lo habías notado, ¿no?
— No soy insistente.
— No. Claro que no. — la mariposa vuelve a atacar con su sarcasmo.
Ella suelta risas ligeras, mientras Giyuu la acompaña, en silencio. Desde el balcón, en la segunda planta, miradas curiosas los observaban con atención. Tal vez, hasta los estaban juzgando.
— ¡Shinobu se está riendo mucho! —Mitsuri se emocionaba, colocando las manos en sus mejillas con alegría — ¿Ese chico será algún pretendiente suyo?
— Lo dudo—Obanai refuta—. No parecía contenta con su presencia hace unos minutos. Además, ¿no es ese chico mayor que nosotros?
— No lo sé. Pero se ve exactamente como el tipo de chico con el que Shinobu saldría.
— ¿Shinobu siquiera saldría con alguien? Desde que la conozco no la he visto tener ningún interés romántico. En algún punto incluso llegué a pensar que le gustabas tú, Mitsuri.
— ¿Cómo se te ocurre? Si somos como hermanas... —la pelirrosa voltea, incluyendo en la conversación a un tercer integrante — ¿Tú qué piensas, Kyojuro?
El rubio se había mantenido ajeno a la situación. Recargaba su espalda del marco de la puerta corrediza tras de ellos, donde su mirada no alcanzara a ver a Kochou.
— No creo que deban estar espiando a Shinobu de esa manera. Si los llega a ver, los va a regañar.
— Ni que fuera mi mamá. —protesta Iguro.
— Y aún así le haces caso cuando lo hace. —añade Kanroji, sonriendo con inocencia.
— ¿Tú de qué lado estás?
— ¡Del lado del amor, Obanai! ¿No ves lo feliz que se ve Shinobu hablando con él?
— A mí me parece que solo está siendo amable. —el de cubrebocas se cruza de brazos, apático. Es ahí cuando nota que Kyojuro está más callado de lo normal.
Rengoku mantiene una expresión seria, mirando al suelo, como si tuviera la mente en otro lado. Parecía, de hecho, distraído. Algo estaba tratando de evadir, e Iguro sabía perfectamente bien lo que era.
Sus ojos heterocromáticos se vuelven a la escena. Esta vez, juzgan con más firmeza.
— Yo no le veo nada interesante a ese tipo. Estoy seguro de que Shinobu no tiene interés en él. Si realmente tiene buen gusto, dudo que elija a alguien cuyo peinado parece el trasero de un puercoespín.
— No tienes que criticar su apariencia, Obanai—le reprende Kyojuro—. Déjenlos tranquilos. Se van a acabar los aperitivos de la mesa si siguen ahí.
— Ya no quedaba casi nada cuando me asomé a revisar.
— Acaban de colocar una bandeja llena de tequeños.
Aquello bastó para alertar los sentidos de Kanroji, que corrió a la mesa apenas escuchó la noticia. Obanai no se quedó atrás. Sabía que no quedaría nada para él si descuidaba a su amiga por un segundo.
Rengoku, por su parte, se dispuso a seguirlos como si sintiera la responsabilidad de cuidar que no hicieran ninguna locura, no sin antes dar un último vistazo a la situación en el patio, sintiendo en el pecho cómo las flamas de sus latidos eran salpicadas con una leve llovizna que, esperaba, fuera momentánea.
Shinobu continuó hablando el azabache, mientras él se limitaba a escuchar. Se sentía cómodo con esa dinámica, pues siempre se le dio mejor el callar que modular.
— Me tomó por sorpresa todo esto. No sabía que tenían planeada una celebración para mí...
— ¿No suelen celebrar los cumpleaños?
— No los míos. Yo misma pido que me dejen tranquila para poder seguir practicando con el violín... Aunque, esto no está nada mal.
Giyuu sintió curiosidad por ello, pero prefirió no preguntar. No quería parecer entrometido.
— Recibiste varios regalos.
— Son de mis amigos—algo apenada, Shinobu sonríe—. Aún no los he abierto, aunque estoy segura de que, sea lo que sea, me gustará. Saben elegir bastante bien.
La conversación se silencia por momentos. La puerta detrás de ellos se abre, sorprendiéndolos. Era claro que los estaban buscando, o al menos, a Shinobu.
— Shinobu, es hora de cortar el pastel. —Kanae aparece con sutileza, avisando a su hermana con sumo cuidado, como si midiera su tono y movimientos a la hora de dirigirse a ella.
— Ahora voy.
La mayor no insiste más. Asiente y se retira, esperando por la ojivioleta, quien suspira una vez que su presencia no se halla cerca, hastiada.
Giyuu nota ese comportamiento, sintiendo que, entre ellas, existe un tipo de tensión del que prefiere no ser partícipe. Ignorando el escenario, echa un vistazo a la hora que marcaba el reloj en su muñeca. Eran casi las nueve de la noche.
Tsutako iba a matarlo si no llegaba antes de las diez.
— Me tengo que ir. —el aviso repentino descoloca a Kochou.
— ¿Justo ahora? Te vas a perder el pastel...
— Lo siento. Tengo cosas que hacer.
Kochou plasma una expresión de ligera decepción, como si, por un instante, no quisiera que se fuera. Recobrando la compostura, se acerca un poco más a él.
— Entiendo. Realmente no tenías previsto venir aquí en primer lugar—ella inclina la cabeza, agradeciéndole por haber asistido—. No hay problema. Puedo guardarte algo de pastel y dártelo luego.
— No tienes que molestarte...
— No te hagas el modesto —lo frena ella, sorprendiendo al azabache por el cambio tan abrupto en su tono—. Deja que toda la pena que pasaste viniendo aquí al menos valga la pena.
— ¿Fue muy obvio?
— Lo fue para todos. —Shinobu sonríe, casi riéndose de la forma en la que Giyuu le daba la espalda con vergüenza.
Kanae vuelve a aparecer, extrañada por la tardanza de su hermana. No planea interrumpir el momento tan divertido que Shinobu parece estar teniendo con ese chico, pero la manera en la que esa mirada violeta se oscurece al notar su presencia, le da a entender que su sola existencia es suficiente para manchar la alegría de Shinobu.
Giyuu nota que la Kochou mayor se encuentra observándolos. Se inclina ligeramente hacia ella, agradeciéndole por la hospitalidad.
— Espero sigan pasándola bien. Yo debo retirarme.
— Entiendo. Gracias por venir, Tomioka. Y lamento mucho las molestias. —Kanae devuelve el gesto. Tal parece que no era el único con vergüenza acumulada.
El azabache se dispone a irse, dirigiéndole una última mirada a Shinobu, a quien percibe incómoda.
— Tu hermana se esforzó organizando esta celebración para tí—suelta el comentario de forma casual, despidiéndose de ella—. Espero que te diviertas.
Da un paso fuera y finalmente sale de la vivienda, caminando hacia la estación de tren más cercana. No lo percibió, pero a sus espaldas, había dejado a una Kochou pensativa y estupefacta, sin asimilar del todo lo que Tomioka le acababa de revelar.
La menor se gira hacia su hermana, con una mirada que ya no se mostraba a la defensiva. Tenía un brillo distinto en sus ojos.
— ¿Todo esto es obra tuya? —interroga Shinobu. Durante toda la celebración había pensado que había sido planeado por Mitsuri.
Kanae se muestra insegura de responder. No saber qué reacción podría tener su hermana la hacía cuestionarse qué tan prudente era decirle la verdad.
La relación de ambas llevaba años fracturada. Pese a que vivían bajo el mismo techo y se veían todos los días, podían pasar semanas sin cruzar palabra. Shinobu, a ojos de Kanae, siempre parecía estar de malhumor y no tener interés en nada más que no fuera la música y su dedicación al violín. Kanae, por su parte, pese a que ya parecía haberse acostumbrado a esa dinámica y tampoco mostraba interés en acercarse a Shinobu, a diario se culpaba por sentirse tan pésima en su papel de hermana mayor.
Al divagar en sus pensamientos, Shinobu se postró justo al lado de ella, en el marco de la puerta. No la miró, ni le sonrió, ni tuvieron algún tipo de contacto.
Sin embargo...
—Gracias. —la ojivioleta estaba satisfecha con la celebración. Debía mostrar su gratitud.
La menor se aleja. Aunque no tuvieron mayor interacción, para la de ojos lila significó todo.
Y eso, era suficiente por ahora.
── ଓ ·˚՞⃪݄͙⃯⃭⃮ ୭ ──
Nunca imaginó que una lluvia lo sorprendiera de camino a casa. Para colmo, no llevaba paraguas.
Giyuu abre la puerta de su casa con el cansancio pegado a los hombros. Cuelga las llaves junto a la puerta, se quita los zapatos y sube las escaleras sin encender las luces. La casa está vacía y silenciosa. Demasiado silenciosa. Había olvidado que hoy Tsutako y el abuelo habían salido a pasear con Tanjiro y Nezuko. Seguramente se les había hecho tarde, pero no tardarían mucho en regresar.
Entra en su habitación, que había dejado algo desordenada al salir. Se había prometido que la organizaría un poco cuando volviera, pero ya no quería hacerlo. Apenas y se cambia la ropa por una más cómoda para dormir y se deja caer sobre la cama. El día había sido más largo de lo que le hubiera gustado. Había estado deseando toda la tarde volver y encerrarse, sin que nadie lo supiera. Poder hundirse, aunque sea un poco, y darse el lujo de estar mal en paz, por una vez.
Estaba agotado. Aunque se había distraído en casa de Kochou, la fotografía de su madre seguía grabada en su cabeza. Nunca dejaba de preguntarse si las cosas serían mejor si él hubiera conocido más de su calor, su cuidado, su amor.
Está a punto de dormirse, cuando escucha la puerta principal abrirse. Se oyen risas suaves, pasos, voces familiares. Definitivamente, su familia había regresado.
Giyuu suspira, agradecido de que estén en casa. Aunque debería levantarse a saludarlos, no tiene fuerzas para ello. No tiene ganas de bajar. No tiene ganas de hablar... solo quiere dormir.
Pero la garganta le arde de sed.
Se levanta, sintiendo como las sábanas le gritan que se quede atrapado entre ellas. Con cuidado, abre la puerta mientras se rasca la nuca, bostezando. Iba a empezar a bajar las escaleras cuando, de repente, creyó escuchar que mencionaron su nombre en una conversación.
— Tal parece que Giyuu sí regresó. Sus llaves y sus zapatos están en la entrada—observa Tsutako, acomodando unas cosas en la cocina—. Es raro que aún no haya bajado a recibirnos.
—Debe estar dormido—añade Urokodaki, con su sabia calma—. Ese muchacho se ha estado esforzando mucho con la universidad. Es normal que esté cansado.
Sin embargo, Tsutako no parece muy convencida. Frunce el ceño, extrañada.
—Abuelo... me preocupa Giyuu.
El anciano se alerta al escuchar ese pensamiento de su nieta. Más aún con el tono con el que lo dijo.
— ¿Sucedió algo?
— ¿No lo has notado más... callado que de costumbre? Lo siento distante... No sé si está triste o si está cargando con algo solo.
Giyuu baja la mirada, apretando la baranda con los dedos. Tal parece que había preocupado a su hermana sin necesidad.
— Ese niño siempre ha cargado con más de lo que debería. —dice Sakonji, suspirando, y tratando de brindarle calma a su nieta.
—Pero esta vez es distinto. Siento como si estuviera apagándose poco a poco...
Giyuu no sabe bien por qué, pero siente un nudo en la garganta.
— Si estamos para él, te aseguro que estará bien. Tú tampoco deberías cargar con preocupaciones. Ya bastante tienen ustedes dos.
Tsutako aprieta los labios, sin poder soltar la angustia. En el suelo de la sala, Tanjiro y Nezuko juegan con algunos juguetes, ajenos a cualquier inquietud.
—Abuelo... —la voz de tsutako se quiebra de a poco— ¿Crees que haberle mentido fue la decisión correcta?
Ante esto, Giyuu siente un escalofrío recorrerle la espalda.
—Sí—Sakonji tardó en responder, pero su voz salió con firmeza—. Fue lo mejor que pudimos hacer por él.
— ¿Y si no es así? ¿Y si esto nos lleva a lastimarlo más?
—Tsutako... Giyuu no debe cargar con esa verdad. No ahora, y espero que nunca.
—Pero yo... no puedo dejar de pensar en papá, ni en mamá..., en cómo murió.
Urokodaki entiende los sentimientos de la joven. Se acerca a ella, y la abraza, intentando ser un refugio para ella.
— Tu madre se fue en paz, sabiendo que Giyuu viviría rodeado de quienes lo aman. Sin culparlo de absolutamente nada.
— Pero mi padre...
— Ese hombre era un débil cobarde—recuerda él, con rabia contenida—. No soportó el dolor por el que todos pasamos, ni ver al niño por el que...—las palabras se detienen en su boca— por el que tu madre dio la vida.
— Por eso huyó, ¿no?
— No pienses en eso. No es culpa de Giyuu. No había manera de saber que el parto se complicaría tanto.
Giyuu siente que le falta el aire, como si se asfixiara. Retrocede un paso, luego otro, conteniendo el amargor que le subía por la garganta. El piso cruje bajo sus pies, pero nadie escucha.
Corre hacia su cuarto, cerrando y trancando la puerta. La mano sobre su boca tiembla, y sus piernas, débiles, pierden la fuerza para seguir manteniéndolo de pie.
Ahí, sentado sobre el suelo, el pecho se le hincha, se encoge. El aire no tiene paso y los ojos deciden desahogar la angustia que él no logra canalizar. Giyuu tiembla, solo, igual que siempre. Aprieta los dientes. No puede moverse, no puede hablar, y por más que quisiera, no puede llorar con propiedad.
— Fui yo quien la mató...
Solo puede escuchar como su mundo se resquebraja frente a él. Cómo un pitido le ensordece por completo la razón, y lo único que escucha es a la culpa hacerse más grande.
Porque en su cabeza, fue su culpa que su padre se fuera.
Fue su culpa que Tsutako abandonara su infancia por cuidarlo.
Fue su culpa que su abuelo tomara una responsabilidad que no podía cargar con mucha fuerza.
Fue su culpa que su madre muriera.
