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El reloj analógico encima de la mesita de noche marcaba las seis de la mañana en punto y afuera la ciudad apenas se desperezaba bajo la luz pálida del invierno. Dentro del pequeño departamento de Karasu, Otoya se acomodó buscando una mejor posición en la cama, abrazando la almohada caliente que todavía olía al cuervo, alzando la vista apenas lo suficiente para divisar la silueta de su novio batallando con el nudo de la corbata frente al espejo.
—Vas a llegar tarde, cuervo. —Murmuró más dormido que despierto.
Karasu tan solo bufó, pero una pequeña sonrisa orgullosa se le formó en los labios casi por reflejo. Su bata blanca estaba colgando en su gancho sobre el pomo de la puerta y parecía más un trofeo de guerra que un uniforme, mostrando el reluciente gafete que decía “Interno: Tabito Karasu” brillando como medalla.
—Siempre llego tarde por tu culpa. —Pero la realidad era otra…
Lo cierto era que Karasu llevaba tres noches durmiendo mal por los nervios, con el estómago hecho un nudo y la cabeza llena de escenarios imposibles. Ese día era su primer día del internado dentro el hospital universitario, el último año antes de tomar la especialización en psiquiatría y el primer paso real para ser el hombre en el que siempre había soñado convertirse.
—¿Seguro que no quieres que te prepare algo? Hoy puedo llegar un poquito tarde a la escuela… —Le dijo Otoya desde la cama, sentándose despacio, con el cabello hecho un desastre y la camiseta vieja de Karasu como pijama.
—No, quédate, necesito saber que estas descansando bien, yo te alcanzo en la tarde cuando salga. —Respondió Karasu, acercándose solo para poder besarle la frente al albino.
—Vas a estar bien, cuervo. —Dijo Otoya, abrazándolo por la cintura, como si con ese simple gesto pudiera retenerlo un ratito más. —Vas a ser el mejor de todos.
—Lo sé, tengo que hacerlo… Quiero darte todo, Eita. —Confesó el cuervo, tomando la mano de Otoya entre las suyas y apretándolo un poco. —Quiero que puedas descansar, que nunca te agobies por el trabajo y que solo te dediques a ser feliz… Te prometo que algún día yo nos voy a mantener…
—No digas tonterías, Tabito, yo no necesito que me mantengas. —Le respondió el albino, rodando los ojos, pero mirando a su novio con exagerada ternura, escondiendo su rostro en el pecho de Karasu. —Lo único que quiero es estar contigo.
—Y eso es lo que más importa. —Se rio Karasu, acariciándole los cabellos con la mano libre.
Con un último beso y con el corazón latiéndole con fuerza en el pecho, Karasu salió al frio de la mañana, rumbo al hospital. Otoya se quedó mirando la puerta, suspirando y sabiendo que todo ese esfuerzo, los desvelos y el miedo que su cuervo sentía también eran para él, porque si algo tenía claro Otoya era que su cuervo iba a cumplir con su promesa, y que él iba a estar ahí para verlo.
