Chapter Text
Se sabía el sabor de memoria. Una infusión de color rojizo claro, con un tanino amargoso y un deje floral al final. Con ese dulzor que se impregnaba en la boca por horas. Nunca le salía igual. No importaba tener los ingredientes exactos o las unidades en milígramos y mililitros. No importaba que lo hiciera con la precisión que su trabajo lo obligaba a tener, siempre fallaba. Una, y otra y otra vez. Y aun así lo intentaba, por mucho que sabía muy bien que no lo lograría. Porque el sonrojo en su rostro pálido al darse cuenta de la razón era demasiado fuerte.
Todo esfuerzo sería en vano... pues era él quien le daba ese sabor.
Paró de escribir cuando las palabras dejaron de tener sentido y parecían simples garabatos en los documentos. No tenía idea de qué hora era o cuánto rato llevaba encorvado, anotando toda clase de información relacionada a su investigación. Pero, ¿de qué servía? Si al final todos sus cálculos llegaban a cero, si la pila de papeles a su lado era la evidencia palpable de que no había forma de romper la barrera sin usar almas humanas de por medio. Tiró el lápiz con desgano y apoyó la espalda en el respaldo de su asiento, restregando su cráneo con sus esqueléticas manos.
No debía seguir perdiendo el tiempo en ilusiones inútiles e infructíferas, no era su trabajo y lo sabía. Algunas válvulas del Núcleo no estaban aislando bien el vapor, saliendo eyectado, asustando a los pobres monstruos que caminaban cerca. Tenía un reporte de 30 páginas de su nueva colega, Alpha o algo así, que tenía la manía de escribir mucho y decir poco. Lo había tirado al basurero, no tanto por el tedio que fue leerlo, sino por que usaba demasiado espacio en el escritorio.
Las válvulas, pensó, hay que solucionarlo pronto. No es difícil, apagar el sistema por un par de minutos mientras otros monstruos aprietan las tuercas. Pero apagar el sistema significaba que todo el Núcleo dejaría de funcionar. Bueno, no era tan terrible, solo se debía avisar de antemano que habría un corte por razones de mantenimiento. Era tan simple como eso, no necesitaba 30 páginas para resolverlo, hacía bien el reporte estando en el basurero. Era simple. Todo era simple, y mucho más, ¡fútil! ¡Puros problemas ridículos que cualquier monstruo podía solucionar! ¡Y desperdiciaba su tiempo en resolver los pequeños sustos y preocupaciones de los tímidos monstruos, en vez de tratar los problemas que realmente importan!
Miró al frente y vio aquel papelito colgado. Los cálculos daban siempre cero en sus simulaciones. Cero, que no es nada, vacío, oscuro... fracaso. Cero de... imposibilidad. No obstante, y en algunas ocasiones, el cero podía volverse uno. Podía, y lo hacía. La ciencia lo demostraba. Porque ahí, al frente suyo, anotado en un papel diminuto se encontraba su esperanza, la única que le quedaba.
0!= 1
Es posible, murmuró. Lo es... Y helo aquí, teniendo que arreglar estúpidas válvulas cuando podría encontrar una forma de romper el sello que ha mantenido confinada a su especie hacia una lenta extinción. ¿Qué era más importante? La respuesta era obvia, por supuesto. Para él. Sólo para él. Porque ya existía una manera de hacerlo. Había sido él mismo quién la había encontrado...
- No debe ser usted quien cargue con la responsabilidad, su majestad.
- Desde que fuimos confinados, la responsabilidad ha sido mía y sólo mía, Gaster...
- No tiene por qué ser así. Tiene a todo un ejército más que dispuesto a tomar su lugar y sufrir sus consecuencias. ¡Obsérvelos! ¡Se arrodillan ansiosos a la espera de su orden!
- Ya no puedo seguir manchando más la historia de nuestro pueblo, Gaster...
- ¡Por favor, su majestad! ¡Se lo ruego! ¡Ni siquiera sabemos cuáles serán los efectos en su cuerpo al absorber un alma humana! ¡Podría incluso morir!
- Toriel tomará mi lugar. No por mí, sino por todos los que ya no están... Por ellos...
- No me escucha... ¡No me quiere escuchar!
- No ha habido momento alguno en que no te haya tenido en cuenta, mi querido Gaster... Por lo tanto, entiéndeme.
- No puedo. De verdad que no...
- Así como lo hago por todo nuestro pueblo, lo hago por ti. Porque mereces volver a ver las estrellas.
- ¿Y usted?
- ... Mis ojos ya no son capaz de verlas.
Por él, haría lo fuera necesario. Y mucho más, con tal de nunca tener que volver a presenciar la imagen de sus ojos llorosos la noche anterior de absorber la primera alma que encontró. Gaster tomó el lápiz y respiró con fuerza. Iba a encontrar la forma. Para salvar a todos. Para salvarlo.
---------------------------
Salió un momento para estirar las piernas. No estaba en el laboratorio, el cuál se encuentra cerca del centro del Hotland, sino que en un lugar cercano a Waterfall, no tan oscuro ni tan húmedo, aunque eran visibles las flores brillantes en la lejanía. El cauce de un río lo separaba de la zona central de Waterfall, por lo que estaba en un pequeño terreno aislado, conocido sólo por él, la persona del río que le permitía cruzar y el rey. Había sido él quién le ofreció el lugar a Gaster para que lo usara como distracción de su trabajo. Una cueva fungía de cabaña, teniendo dentro todo lo básico. Últimamente se había vuelto su segunda oficina, pues guardaba toda la información de la investigación que no debería estar haciendo allí.
Waterfall no era de su agrado, debía admitir. La humedad y el calor hacía que la ropa se le pegara a los huesos y se viera tan esquelético como realmente era. Aunque el silencio y la tranquilidad lo valía. Mas, no era momento de apreciar la calma, simplemente había salido a mover sus articulaciones y luego volvería a la carga. Miró por unos segundos el fulgor celeste de la flora cuando un movimiento en el agua le llamó la atención.
- Tra la la, la oscuridad se acerca. Se ha hecho de noche.
- Tra la la, ¿dando un paseo?- Gaster le saludó.
- Tra la la, el rey me ha enviado. Enviado, como una carta.
- ¿Qué necesita su majestad tan tarde?
- Tra la la, se avecina una situación especial.
- Bien. Ordeno lo que me falta, no me demoraré.
Entró y guardó todo en un cajón. Cerró la puerta con un portazo involuntario y fue ahí que se dio cuenta de que se había puesto nervioso. Era porque llevaba mucho tiempo sin verlo, no porque desde entonces, en forma de un pensamiento muy sutil que a veces se manifestaba silenciosamente en su mente, tenía el anhelo de volver a verlo. Se sentó detrás de la persona del río y se afirmó al asiento cuando velozmente el bote los encaminó hacia Hotland.
Al cabo de unos minutos había arribado. Se bajó del bote y le ofreció unos billetes a la persona del río, quien se fue sin tomarlos y sin decir su icónico "tra la la". Algún día le pagaría, pensó. Con paso inquieto pero lento, caminó a través de aquella tierra que veía todos los días. Hotland tampoco le gustaba. Pasó al lado de las dichosas válvulas. Era cierto que eyectaban vapor, pero no era nada que fuera tan terrible, mucho menos necesarias 30 páginas para decir algo tan simple. Sacudió la cabeza, no era importante ahora. El eco de sus zapatos no era capaz de acallar el sonido de sus pensamientos en ese instante, pensamientos que lo tenían a él como protagonista. Todo era idéntico al día que se conocieron por primera vez.
Un traqueteo incesable emanaba de su cuerpo, tiritaban sus huesos por la ansiedad de ver a los reyes de los monstruos por primera vez. De alguna forma complemente irreal había sido elegido como el científico real, todavía no lo entendía, no lo creía. Giró una última vez antes de llegar a una puerta que brillaba de tal forma que solo luz parecía contener en su interior.
Dio un paso y fue ahí que se dio cuenta que todo lo que consideraba bello antes no había sido más que una imitación. Sentados en una mesa con tres sillas, había dos monstruos enormes y peludos, vestidos con elegantes túnicas moradas, amarillas y blancas con un símbolo rúnico en el pecho, con enormes fauces y ojos tan afilados como gentiles... Sentados, como quien finaliza un almuerzo, el florero rebosando en flores amarillas y el té recién servido, extendieron sus brazos y con graves y suaves voces lo llamaron.
Bienvenido, Gaster.
Entró por la misma puerta. Ahí estaba la misma mesa, ahora con 2 sillas, el mismo florero y el mismo té. Todo era igual, si no fuera por... él. Sus ojos que se levantaron al sentir al esqueleto entrar no eran los mismos. Tenían impregnados la tristeza desde el primer pestañeo del día hasta el último. La boca que sonrió y pronunció el nombre que lo tensó por un segundo también había cambiado, con cada sonrisa más apagada que la anterior, llevando años sin ver una genuina. La silueta poderosa del monarca se había vuelto una sombra de un monstruo completamente roto por dentro y por fuera.
- Su majestad...
- Mi querido Gaster.
Se sentaron y el rey sirvió el té. Asgore tomó un largo sorbo, con los ojos cerrados, y Gaster se limitó a sentir el calor de la taza envolver sus gélidos huesos, mientras lo observaba fijamente. Otra vez, su encuentro se veía lleno de este silencio que desde aquella tragedia se había instaurado en todo el subsuelo. Quería hablar, pero no lo haría antes que él. Luego de unos segundos, el rey abrió los ojos y lo miró.
- ¿Cómo anda todo?
- Tranquilo, como de costumbre.
- Eso es un alivio. Me temía haberte interrumpido en tu trabajo, pero necesitaba verte hoy, Gaster.
- Puede buscarme siempre que quiera, su majestad. Estoy a su disposición.
- Y te lo agradezco... Ha pasado un tiempo desde que estuvimos aquí.. ¿Cuándo habrá sido la última vez que nos sentamos a charlar?
- No sabría decirle.
Asgore arrugó una ceja.
- ¿Por qué estás tan formal, Gaster?
- Creo que me puse un poco nervioso. Mientras venía para acá recordé la primera vez que lo conocí, su majestad.
- Ah, cierto. No dejabas de temblar esa vez. Después nos reíamos con Tori y los niños, incluso competíamos para ver quien podía imitar mejor ese sonido tan tuyo.- se rio.
- Lo sé, yo también participaba.
- Es verdad. Había olvidado que estabas ahí. He olvidado muchas cosas.
Volvió el silencio. Era tan angustiante, por lo fácil que hacía callar todo lo que se podía decir. Gaster tomó la taza entre sus esqueléticas manos. No quería verlo, menos si sabía que en momentos como este era que la tristeza inmensa del rey salía a relucir.
- ¿Por-
Asgore se le adelantó.
- ¿Cómo está tu familia?
- Están... bien.
- ¿Lo sabes o lo asumes?
- Tienen que estar bien. Siempre lo están, no es como que las cosas cambien mucho por aquí.
- ¿Hace cuánto que no hablas con ellos, Gaster? No puedes perder el contacto así.
- No he perdido el contacto, solo que no veo necesario estar entrometiéndome en sus vidas.
- ¿Entrometerte? Son tu familia, Gaster. ¿Cuántos años tienen tus hermanos ahora? Hace mucho que no los veo...
- Sans tiene 22 años, y Papyrus 15. La última vez que nos vimos fue hace un mes... tampoco es tanto.
- Entiendo. Es solo que no me gusta la idea de que estés tan aislado, Gaster.
- No tiene por qué preocuparse. Después de todo, me gusta la soledad.
- Solo espero que la mantengas en un nivel saludable, querido...
- Descuide. Ahora, quisiera saber... ¿por qué me ha hecho venir?
- Me apetecía tomar una taza de té contigo.
- El hombre del río me dijo que era por algo importante.
- Esto es importante.
Levantó la taza hasta que pudo esconder parte de su rostro detrás. Ya comenzaba a notársele el leve sonrojo.
- Me halaga, pero tiene que haber otro motivo.
- Ah, pasan los años y tu percepción no deja de ser impecable, querido. Merecedor de tu trabajo eres. Tienes razón, solo que... quería llegar lentamente a ello. Conversar un poco contigo antes de... arruinar nuestra tarde.
- ¿Arruinar?
Asgore se levantó.
- Espérame aquí un momento.
Asintió. Iba a bajar la taza, mas, cerró los ojos para concentrarse en el aroma de la infusión. ¿Cómo es que algo podía ser tan amargo y tan dulce al mismo tiempo? Lo acercó a su boca, cuando el rey regresó. Llevaba un frasco en su mano y de repente Gaster sintió que la taza se le caería de las manos.
- Tenemos a la segunda alma...
Se levantó tan rápido que sus piernas chocaron con la mesa, salpicando agua del florero. Dio un paso hacia adelante pero no se movió.
- No puede ser... C... cómo...
- Ayer... fue ayer que...
La voz de Asgore se rompió. Apretó los puños. No, no podía volver a verlo así. No podía volver a verlo, a él, sufrir de esa manera. No podía aceptar otro recordatorio que no había otra forma de romper la barrera. No podía otra vez simplemente observar a la persona que más quiere en su vida romperse un poco más. Y más. Retrocedió y se aclaró la voz.
- Entiendo. Por favor, le ruego que me deje inspeccionarla un poco antes de que...
- Sí. Haz lo que debas.
Le entregó el frasco, sintiendo una energía latir dentro. Pesaba mucho más de lo que aparentaba. Tenía sentido, era el peso de una vida. Humana, pero una vida, dentro de todo. Tuvo el impulso de soltarlo y que así el alma se destruyera en mil pedazos y se volviera polvo, como debía ser, pero se aferró a él, como si no le ardiera por dentro la rabia de fracasar una y otra vez. Sin embargo, en vez de irse, volvió a su asiento y puso la maldita cosa lejos de la vista llorosa de su querido rey.
- El té es más importante que eso. Tomemos, su majestad.
Asgore sonrió. Ni de lejos tenía la verdadera calma que imitaba tan bien, mas... era suficiente. De repente la taza se calentó en su mano.
- Estaba frío, lo he calentado. Espero que sea de tu agrado, Gaster.
Lo acercó a su boca y, por fin, lo bebió. Y no paró hasta que vació su contenido. De nuevo, sabía diferente. Y sabía muy bien por qué. Observó a su majestad y su estómago dio esa vuelta rara que de a poco se volvía lo usual cada vez que lo veía.
- Sabe diferente.
- ¿Oh? ¿A qué sabe?
A usted. Pero no lo iba a decir.
