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Paragon

Summary:

Cuando Hannibal conoció a Will Graham (el hombre que, tres años antes, había sido confundido por el Destripador de Chesapeake), esperaba diversión. Lo que obtuvo fue su primer probada de la obsesión. Obscura y amarga atrás en su garganta, pero dolorosamente dulce en la lengua. Supo en ese instante que este sentimiento, este hombre, lo consumiría.

Y Hannibal lo consumiría en respuesta.

***Esta es una traducción de uno de mis fanfics favoritos y quise compartirlo en español. Pedí permiso al autor original y de todos modos clarifico porque en serio que amo esta historia aaahhhhh***
No leas si eres sensible, te incomoda el gore o el sexo violento descrito gráficamente no es lo tuyo. Otra cosa, soy de México así que algunas de las groserías van a ser medio regionales, no se me espanten jajaja.

Notes:

Otra semana que terminé en tiempo. Ahora tengo que hacer tarea.

Chapter 1: Chapter 1

Chapter Text

Hannibal observó a Alana acomodar su cabello tras su oreja por sobre del borde de su copa de vino.

Era su delator, el acomodárselo. Como si pasar algunos mechones tras su oreja fuera a darle protección ante cualquier inconveniente que se avecinara a ella. Para ella era como un tipo de talismán. Un escudo. Significaba que por fin estaba preparada para hablar.

—Um, supongo que te preguntarás por qué te invité a cenar.

Hannibal curvó sus labios en una amable sonrisa, suficiente para conmover, pero sin la intención de seducir.

—Me honran tus atenciones, independientemente de la razón.

Las mejillas de Alana se calentaron. Sus delgados hombros se relajaron al tiempo que su previa tensión se derretía a la nada. Parecía que el tiempo pasado desde su último encuentro y ese momento había sido suficiente para deshacerse de su interés romántico. Incipiente, muy similar a la propia Alana: desesperada por ser notada y encendida, pero demasiado tímida para extender la mano y tomar lo que deseaba.

Inclinó la cabeza hacia adelante, haciendo que se liberara el cabello que había colocado detrás de su oreja.

—Se trata de Will Graham.

Hannibal parpadeó. Por primera vez esa noche, no tuvo que fingir su interés.

—¿El Destripador de Chesapeake?

La sangre en sus mejillas desapareció inmediatamente. Miró hacia su plato en lugar de hacia Hannibal, y por el momento más breve, se preguntó si por fin había descubierto la verdad. Entonces ella asintió y murmuró recatadamente.

—Justo ese.

Entonces aún no estaba al tanto de la inocencia del doctor Graham. Lo que daba lugar a la prerrogativa: ¿Esto qué tenía que ver con Hannibal?

De no haber sido por sus evidentes demostraciones de afecto hacia él, hubiera sospechado que sus días como consultora la habrían familiarizado con la esencia de un asesino. O tal vez sí lo habían hecho, pero simplemente no lo podía percibir en Hannibal por sobre el aroma de margaritas artificiales del perfume en el que había decidido bañarse antes de asistir a su puerta.

Bebió un sorbo de su vino, disfrutando del suave sabor de ricas ciruelas rojas sobre su lengua. Bajó una de las esquinas de sus labios para dar una demostración de recelo.

—Fueron amigos previo a todo esto, ¿no?

Ella rio amargamente, sin humor.

—Algo parecido, sí.

—¿Ha intentado ponerse en contacto contigo?

—No, yo sólo… vi a Chilton en un evento de caridad esta semana. Estaba alardeando acerca del progreso que ha hecho con Will —, su voz bajó ligeramente con la palabra “progreso”, como si pensarlo le resultara repudiante. —Dice que escribirá un libro de los asesinatos.

Hannibal removió lo que quedaba del Malbec en su copa, pretendiendo pensar.

—No crees en él.

Alana soltó una corta risa, despectiva. —No.

—¿Significa eso que has considerado tu posición respecto a la defensa del Doctor Graham?

Apretó los dedos sin delicadeza alrededor del fusto de su copa de vino, y sus labios se dibujaron en una línea delgada y decidida.

No. No claro que no. La evidencia apunta a Will, y ninguna cantidad de ilusiones y deseos cambiará eso.

Hannibal tarareó. —Hay otra razón, entonces.

Alana meneó la cabeza. Deglutió su vino sin siquiera parar para saborearlo.

—Will no ha hablado en un año y medio. Ni a mí, ni a nadie.

Su desliz de la lengua brilló. Un diamante en un mar de arena.

—Has ido a verlo.

—Yo… —, sus ojos azul claro se alzaron para hacer contacto con los de Hannibal, y la lucha en ella corrió como agua botada de una cubeta. Sus hombros cayeron, derrotados. —Sí.

—Pero no deseas hacerlo.

—Y vaya trivialización. Lo único que quiero es olvidar. Olvidarme de él, de lo que ha hecho. Pero… es difícil, Hannibal. Él me importaba. Aún me importa. Aún sabiendo de las cosas horribles que ha hecho, yo…— se interrumpió a sí misma para beber el resto de su vino. Hannibal esper pacientemente, mientras encontraba de nuevo fuerza para hablar. —Pienso en eso algunas veces. En cómo nos habría evadido de no ser porque la encefalitis lo entorpeció. Y quiero condenarlo. lo condeno. Pero también…— empujó un largo y bajo suspiro por entre sus dientes. —Quiero saber por qué —. Ah, ahí está.

El impulso de sonreír se acurrucó en Hannibal ante tan perfecta oportunidad. Una oportunidad de conversar con el hombre que involuntariamente había sido otorgado el título de Hannibal, envuelto para regalo en la forma de un favor para una amiga.

—Y te gustaría que yo le hable en tu lugar.

—Sé que es mucho qué pedir, pero Will… él no es como otros hombres. Podría mantener su cabeza abajo y sus labios sellados el resto de su vida si así lo quiere, y nada ni nadie podría forzarlo a hacer cualquier otra cosa.

—Si está tan decidido a guardar su silencio, debo preguntarme qué milagros esperas de mí.

Una sonrisa de cariño tocó los labios de Alana. —Sólo habla con él. Nadie puede obligarlo a hacer nada, cierto, pero siempre has tenido un don con los pacientes no cooperativos. Si hay alguien que pueda convencerlo, eres tú.

Sus delgados dedos se contrajeron, dejando momentáneamente el tallo de la copa antes de regresar rápidamente. Su necesidad de alcanzar su mano – de buscar consuelo y encontrar consuelo – era casi palpable.

—Tu fe en mí me halaga —, curvó sus labios en una plácida sonrisa, dejándola creerlo ignorante de sus deseos internos. —Mientras que no puedo asegurar algún gran avance, te aseguro que haré lo mejor que pueda.

La mirada esperanzada de Alana se iluminó con adoración, y el ardor se coló en su voz. —Eres un salvavidas, Hannibal. No sabes lo que esto significa para mí.

Sacudió su mano libre en un pequeño gesto, quitándole importancia. —No pienses nada de ello. Me complace el serte de apoyo.

—No, lo digo en serio. Esto es… bastante. Es el Destripador De Chesapeake.

—Eso he escuchado.

Alana resopló, con el surco de su entrecejo denotando afecto a pesar de que la curva de sus labios gritara preocupación. —Sólo ten cuidado, ¿sí?

—Sí, lo tendré. Él es, después de todo, un criminal muy peligroso.

—Peligroso ni siquiera puede comenzar a describirlo —, Alana levantó su copa, sólo para darse cuenta de que estaba vacía. La dejó de nuevo en la mesa. La cansada posición de su quijada le decía a Hannibal que estaba a punto de cambiar de tema, y a pesar de desear escuchar más de su propio alter ego y del hombre que había sufrido los latigazos por sus crímenes en su lugar, se preparó para desistir.

Vendría un momento en el que Alana estaría desesperada por profundizar en el delicioso tema de Will Graham. Un día en el que dudaría del veredicto y su propia manera de sobrellevar su “culpabilidad”. Podría tomar un año, o dos o cinco. El sistema de justicia era lento, y el verdadero Destripador De Chesapeake no tenía planes de emerger en un futuro inmediato. Pero Hannibal no era otra cos, si no paciente.

Podía esperar.

 

(***Paragón***)

 

Hannibal entró al Hospital Estatal de Baltimore para Criminales Dementes con bajas expectativas.

Mientras que el diagnóstico que catalogaba la enfermedad del doctor Graham como un trastorno empatía pura lo convertía en algo exquisitamente raro e interesante, Hannibal dudaba. Después de todo, el doctor Graham se había convertido en un oficial de policía mientras se ganaba su doctorado, había sido dado de baja de la fuerza por indisposición a disparar su arma, y asegurado un puesto como profesor en Quántico, todo a la edad de veinte años. Había sido consultado por el FBI como perfilador de consultoría sólo dos años después. No era impensable pensar que su CI y su dote para leer a las personas hubiera sido causa para un erróneo diagnóstico de trastorno de hiper empatía.

Dejando de lado su cuestionable estado mental, lo único interesante sobre el doctor Graham era que hubiera podido ser confundido por el Destripador. Aunque, considerando que se había encontrado en los más profundos surcos de encefalitis al momento de su arresto, difícilmente era una pista prometedora.

Dicho esto, el perfilador acusado erróneamente no necesitaba ser interesante para atraer la atención de Hannibal. Tanto como el doctor Graham llevara la reputación del Destripador de Chesapeake como un traje mal ajustado, Hannibal observaría su nombre y sus acciones. Algo a lo qué echar un vistazo en su tiempo libre. Un suave trago relajante qué beber antes de dormir.

Un camillero (su placa con el nombre M. Brown) condujo a Hannibal a la oficina del Dr. Chilton. El Sr. Brown usó un ceceo afectado para decir: —El Dr. Chilton saldrá pronto. Tiene que hacer un montón de preparativos cada vez que alguien viene a ver al Dr. Graham.

Hubo un brillo en los ojos del camillero. Una bestia joven y salvaje sin conocimiento de la humildad. Su deseo por aceptación y reconocimiento babeando al momento que decía las palabras “Doctor Graham”. Hannibal sonrió.

—¿El doctor Graham a menudo recibe visitas?

—No, a menudo no.

—¿No tiene familia de la cual hablar?

El señor Brown sacudió la cabeza de lado a lado, como un perro bravío sacudiendo agua de sus orejas. —No, pero el doctor Graham no necesita una familia. Le está yendo muy bien.

Hannibal tarareó, ligeramente curioso si la devoción del señor Brown se mantendría aún tras conocer la verdad sobre el papel del doctor Graham en los asesinatos del Destripador. Su curiosidad tuvo que ser puesta en pausa al momento que el doctor Chilton emergió de su oficina.

Entre ellos se asentó un momento, denso como el fango, en el cual el Dr. Chilton reconoció a Hannibal como su mejor. Mejor trabajo, mejor reputación, mejor traje (por un mínimo de siete mil dólares). Celos e irritación se plantaron en ese momento, y el tiempo retomó su curso. El Dr. Chilton alisó las solapas de su traje, hecho a la medida por un sastre, pero no de diseñador, en un intento de acicalar cuales pocas plumas tenía.

Hannibal asintió en saludo. —Doctor Chilton.

—¡Doctor Lecter! Sabía que eventualmente vendría. Trató de mantenerse por sobre todo, sin importarle el criminal más complejo del siglo, pero nadie es inmune a la curiosidad. ¿No es cierto?

Hannibal torció los labios en una sonrisa profesional. —Como mencioné por teléfono, Alana está preocupada por él. Dice que no ha hablado en más de año y medio.

La engreída mueca del Dr. Chilton vaciló al uso del primer nombre de Alana. Había estado no tan sutilmente compitiendo por su atención desde sus días de escuela, y su inhabilidad de mantener cualquier cosa más allá de cortesía profesional le pintó un blanco claro. Se recuperó diciendo rápidamente: —Sí, bueno, difícilmente se le podía considerar comunicativo incluso antes de su voto de silencio. Profesó su inocencia y nada más. Por suerte, las palabras son difícilmente la única forma de comunicación. Su infancia, por ejemplo. Madre ausente, padre adicto al trabajo, sin una vida estable en casa, y una inhabilidad para conectarse con sus compañeros. Excluyendo su amor por los animales, es verdaderamente el manual de cómo crear un asesino.

Chilton tomaba un obvio orgullo en su asesoría, sacando su pecho como un gorila en buscando aparearse. A su lado, el Sr. Brown miraba fijamente con grandes ojos hambrientos. Hannibal se preguntó si el camillero ya había tomado una vida o si era un deseo aún por satisfacer. Quizá le ofrecería al muchacho una sesión gratuita y se enteraría.

—Tomaré su palabra por hecho. Me temo que no he indagado mucho acerca del doctor Graham más allá de lo que ha compartido Alana.

Los labios del Dr. Chilton se tiraron hacia abajo, una vez más afectado por el uso tan casual del nombre de Alana. —Encontrará que una falta de preparación puede significar más que sólo un paciente infeliz dentro de estas paredes, doctor Lecter. El señor Graham es exactamente tan volátil como prevé.

“Señor” Graham, no doctor. Como si el ser un asesino en serie le despojara de sus títulos terrenales y el debido respeto hacia ellos.

—Aprecio el apercibimiento. — Hannibal extendió su brazo, fácilmente deslizándose al papel de anfitrión a pesar de encontrarse en territorio socialmente hostil. —¿Avanzamos?

El Dr. Chilton avanzó sin antes reconocer el reverso de los papeles. Se erizó, con su irritación clara en el estirón de sus labios, pero mantuvo su silencio. Sabia tan bien como Hannibal que el momento de tomar control ya había pasado. Hannibal le siguió el paso a un lado un momento después.

El sr Brown, delante de ellos, pero continuamente mirando hacia atrás, no se encontraba nesciente a las intricaciones de su danza social. Alguien que ni nació entre riquezas ni había tenido la oportunidad de coincidir con aquellos que sí, estaba fuera de su área. El no reconocer los pasos, no obstante, no igualaba a no oír la música. La manera en la que veía a Hannibal por debajo de sus pestañas, apenas atreviéndose a encontrase con su mirada, demostraba que también él sabía quién guiaba y quién seguía.

Alcanzaron el ala de máxima seguridad sin más conversación. Barrotes cubrían las paredes, y tras ellos los prisioneros de pie, cada uno en su propia celda. Eran las personas que la sociedad había juzgado depravados. Dementes. Esclavos a sus instintos más primitivos. Hannibal podría leerlos con una mirada, pero no lo haría. No ahora, al menos. No cuando tan fina delicadeza le esperaba sentado al final del ala, aislado del resto.

Will Graham no se encontraba tras las rejas, sino en una caja de cristal.

Se había enterado por la prensa del juicio del Destripador que el sr. Graham era apuesto. Nunca había estado en duda. Sin embargo, al acercarse, comenzó a pensar que “apuesto” era un primo mal parecido de cualquiera que fuera la palabra adecuada para describir al prisionero. Luminoso, tal vez. O impresionante. Kerintis. Incrível. Encantador.

Recostado en su silla con la calma de Ángel tocando el laúd, pero dibujado con la hueca y asfixiante dualidad de Mujer De Pie Con Un Niño En Brazos Y Un Hombre Pidiendo Limosna de Rustici. Aunque observando su figura – su ligera musculatura aparente aún con el flojo uniforme blanco – le sería más adecuado aparecer en Les Raboteurs. No un ángel ni un pordiosero, sino un trabajador.

El Dr. Graham se encontraba laxo en su asiento, el único mueble en su celda además de la cama atornillada. Su cabeza se reclinaba hacia atrás de manera que su cuello tocaba el respaldo, sus ojos cerrados. Sus largos dedos se movían con firmeza junto a la parte externa de su muslo, masajeando algo que solo él podía ver. Hannibal sintió curiosidad hasta que los dedos índice y medio del Dr. Graham se contrajeron en lo que era casi con certeza un movimiento de rascado, y comprendió.

Sus perros.

Alana se había quejado de ellos una vez, poco después del encarcelamiento del Dr. Graham, pero antes de que ella comenzara a evitar a Hannibal (a evadir las inevitables preguntas sobre su salud mental, que a su vez regresaría la conversación hacia el Dr. Graham). Había siete de ellos, si la memoria no le fallaba a Hannibal. Siete callejeros recogidos y acogidos por un hombre cuyo pináculo de interacción humana – según Alana – era encontrarse con un colega fuera del trabajo y escapar de inmediato.

Tomó la silla del lado izquierdo y Chilton la del lado derecho. El sr Brown quedó de pie al lado, con las manos tras su espalda y ojos fijados en el Dr. Graham. No iba Hannibal a culparlo. El Dr. Graham era arte encarnado, y merecía ser admirado.

El Dr. Chilton se aclaró la garganta, sonando gutural y forzado. —Señor Graham, el doctor lector está aquí para tu entrevista.

La mano del Dr. Graham trazó una suave creciente en el aire, tal vez para acariciar de la cabeza al cuello del perro. Hannibal esperó mientras el Dr. Graham regresaba en sí, hombros tensándose diminutamente, labios partidos haciendo una mueca de desagrado, su respiración forzosamente uniforme. Cuando el Dr. Graham aplanó su mano contra el pantalón y rápidamente tamborileó su dedo medio, Hannibal supo que estaba presente.

Y entonces, cual nota principal de la canción de una sirena, abrió sus ojos.

El aliento de Hannibal se atoró, y sus dedos casi se retuercen con la necesidad de dibujar– no, de pintar. Pues por tanto la forma de los ojos del Dr. Graham era agradable, fue el color lo que asombró a Hannibal. Como que la aurora boreal se hubiera casado con el desvaneciente azul del claro cielo nocturno para hacer la perfecta mezcla en los ojos del Dr. Graham. Hannibal podría quedársele viendo por horas sin perder la atención.

Los ojos del Dr. Graham se encontraron con los de Hannibal durante el más breve parpadeo de un momento antes de fijarse en sus zapatos. Hannibal se tragó el tono seductor que amenazaba con acompañar su voz ante tan devastadora belleza, utilizando en su lugar un tono simple pero amigable al hablar. —Hola, doctor Graham.

Los ojos del Dr. Graham volaron un segundo a la corbata de Hannibal, y después a su rodilla. No dijo nada, pero el ángulo de su torso lo traicionó: quería saber por qué estaba Hannibal ahí.

—Soy el doctor Lecter. No estoy aquí para entrevistarle, sino para conversar. No soy su doctor, y usted no es mi paciente. Mientras que no puedo decir que no me es de interés psicoanalizarlo, pues sería una mentira, no vengo con motivos ocultos. No puedo apagar mis observaciones más de lo que usted puede ignorar las suyas.

Los ojos del Dr. Graham se elevaron casi al nivel de los de Hannibal, sin hacer contacto. La falta de contacto era una buena señal. Una señal honesta que daba credencia a la teoría de empatía pura. El Dr. Graham no quería entender a la gente tan bien como lo hacía. Qué mejor, pues Hannibal no deseaba que lo entendieran.

—Si estos términos te suenan agradables, me gustaría proceder. ¿Me permites llamarte Will?

Los ojos del Dr. Graham caminaron hacia abajo, deslizándose por el torso de Hannibal y acariciando sus piernas, haciendo una suave pausa en la punta de su zapato. Un segundo después saltaron por sobre los ojos de Hannibal para colocarse en su cabello. En silencio pasó un minuto. Dos minutos. Justo antes de los tres minutos, su barbilla bajó la mitad de una pulgada dando consentimiento.

Hannibal casi ronroneó. —Muy bien. Gracias, Will.

Los dedos de Will se detuvieron. Sus pupilas se dilataron, mas si fue por el elogio o por el uso de su nombre no era sabido. El surco en su entrecejo denotó que tampoco Will estaba seguro. Una anomalía que Hannibal ansiaba explorar juntos.

—El doctor Lecter vino de muy lejos a verte, Will—, el tono presuntuoso y desagradable del Dr. Chilton irrumpió en la fina consonancia que los otros dos habían formado, arruinándola. —¿Ni siquiera vas a decir hola?

El enojo le heló el pecho a Hannibal, que volteó cortante hacia él. El número de pecados cometidos en sus dos simples oraciones era inaudito. Meterse en la conversación de Hannibal, en primer lugar. Utilizando el nombre de Will sin preguntar, merecerlo, era otro. La mayor ofensa, sin embargo, llegó a manera de Will mostrando sus dientes al recordar dónde, exactamente, estaba. Reclinó su cabeza hacia atrás, recargándola sobre el respaldo. Ojos cerrados.

Mientras no se encontraba tan calmado como cuando habían llegado, indicando que aún no se retraía a su versión de un palacio mental, estaba claro que la conversación había terminado.

Lo que fuera de progreso que Hannibal había logrado fue encerrado.

El Dr. Chilton, nesciente a lo que acababa de hacer, siguió parloteando. —No se preocupe, doctor Lecter. Siempre es así. Arrogante en silencio, pensándose por encima de nosotros y todo lo que hacemos. Clásico narcisista.

Will se mofó, sus pensamientos sobre el análisis del Dr. Chilton aparentemente reflejando los del mismo Hannibal, quien regresó su atención hacia él, notando la joroba en sus hombros y la tensión en sus piernas. Su lenguaje corporal era retraído. Protector. Defensivo. No eran las marcas de alguien que se creía por sobre el resto, sino de quien está al tanto de que deberá pelear entre ellos para el simple propósito de sobrevivir. Will estaba acostumbrado a ser ignorado, erróneamente diagnosticado, mal usado.

Tal vez la naturaleza imbécil del Dr. Chilton aún le podría ser de utilidad.

—¿Es eso cierto, Will? ¿Ha visto el doctor Chilton la verdad tras tu mentira? ¿Eres en realidad tan simple? — dijo adoptando un tono bajo y conversacional, casi un murmullo.

Los dedos bailantes de Will se curvaron en un puño, tirando de la tela de su pantalón, a lo que Hannibal tarareó, contento. —Supuse que no.

—Le da demasiado crédito. Es un psicópata inteligente, capaz de fingir una empatía extrema. Nada más. No deje que su reputación lo engañe — el doctor Chilton volteó para encarar a Will. —A no ser, claro está, que quisiera refutar eso, ¿señor Graham? Niega tu estatus como narcisista. Niega tu papel del Destripador de Chesapeake. Niega tus pensamientos sobre mí. Podrías hacerlo perfectamente, si tan solo hablaras — el Dr. Chilton nuevamente se giró hacia Hannibal, sin darle tiempo a Will de decir nada. —Supongo que no tenía idea del por qué del voto de silencio del señor Graham, ¿o sí? Permítame decirle. Es un tipo de juego, nacido del respeto por mi conocimiento. Él sabe que, si realmente habla conmigo, lo tendría completamente descubierto al terminar la semana. Todos sus secretos – su aire de misterio e intriga, desaparecen. No habla porque me tiene miedo. Sabe que ha conocido a su digno rival.

Los ojos de Will se abrieron lo más mínimo posible, sólo suficiente para mirar a Hannibal bajo el ornato de sus oscuras pestañas. Su mirada conllevaba casi audible un “También está escuchando esto, ¿cierto?”. Hannibal movió sus hombros ligeramente al frente en respuesta. “Lo estoy escuchando”. Will cerró nuevamente sus ojos, más calmado.

El Dr. Chilton frunció el ceño, regresando su atención hacia Will. —En verdad no es sorpresa que la doctora Bloom haya mandado a Hannibal a revisar tu progreso en lugar de regresar ella misma. Otra relación acabada, ¿eh, Graham?

Will abrió sus ojos para ver el techo. Su cuerpo se tensó, pero no de la defensiva y enojada manera a la que solía gravitar. La tensión era suave. Preocupada, incluso. Will dejó de tocar el ritmo sin melodía sobre su pierna para en su lugar levantar su mano y, casi delicadamente, pasar unos rizos tras su oreja.

El interés que en el pecho de Hannibal antes era una chispa explotó en brillantes y obsesivos fuegos artificiales.

No sólo era la empatía pura el diagnóstico correcto, era incluso más cautivadora de lo que Hannibal imaginaba. Will, en su movimiento, era más Alana que sí mismo. Si Hannibal respiraba suficientemente profundo, podría oler las margaritas artificiales.

Excepto que Will no utilizaría bonitas esencias florales, ¿o sí? Si lo hacía, no sería a menudo. Ciertamente no con la intención de atraer una pareja adecuada. No, Will le parecía a Hannibal más bien minimalista, cualquiera que fuera la esencia que usara, era por conveniencia.

Por el momento olería más que nada a jabón de prisión. Pero bajo eso, su piel libre de químicos, ¿olería dulce o almizclada? ¿Y qué tal cuanto saliera por ahí, libre del encierro del Dr. Chilton? ¿Utilizaría colonia? ¿Loción? En dado caso, probablemente no sería nada caro.

Probablemente algo con un barco en la botella.

Hannibal necesitaría saber de su aroma natural antes de recomendarle una colonia adecuada, aunque había cierto atractivo en simplemente rociarlo con la del propio Hannibal. Un aliciente, de algún tipo, para alejar a los indeseados.

El Dr. Chilton, completamente ajeno a la revelación de Hannibal, continuó. —Acéptelo, señor Graham. Soy la única persona dispuesta a aguantarte a largo plazo. Nadie se preocupa por ti o tu supuesta inocencia. Nadie quiere jugar tu juego, ya sea tu silencio forzado o tu falsa empatía. No eres nada. — el Dr. Chilton de inclinó hacia adelante, ávidamente absorbiendo el –sin duda, impresionante– dolor salpicando la cara de Will. —No necesita ser así, claro. Háblame. Déjame decir tu historia. Escribiré un libro – tu libro, de la situación de los asesinatos del Destripador de Chesapeake, y serás recordado a través de la historia como una estrella brillante. ¿No le suena bien, señor Graham? Todo lo que necesitas hacer es abrir la boca. Puedes empezar lento. Respuestas de una palabra, para que sepa la audiencia que fuiste desafiante hasta el final. Sólo dime cómo te sentiste al matarlos. O cómo elegías a tus víctimas. ¿Fue tu madre o tu padre quien te llevó a la locura? O tal vez quieras comenzar con eventos más recientes. ¿Cómo te sientes de tu estancia aquí? ¿Del personal? ¿De mí?

La postura de Will cambió abruptamente, una presa acorralada suavemente deslizándose dentro de la piel de un depredador. Su columna se enderezó al sentarse, preparada pero lánguida. Comandante. La inquebrantable confianza de alguien nacido en la opulencia. Levantó casualmente su rostro, como si ellos le quitaran tiempo, y no en el sentido contrario y completamente pasó por alto a Chilton para fijarse en Hannibal.

Directo a sus ojos.

El ritmo cardiaco de Hannibal se aceleró al reconocer la fresca indiferencia que lo fijaba al asiento. Esta versión de Will no sentía enojo ni dolor ante las notas del Dr. Chilton. Y, ¿por qué lo haría, si el Dr. Chilton no era más que un animal a sus pies? Un cerdo al matadero.

Esos eran los ojos de Hannibal antes de pedir una tarjeta de presentación. Eran los del Destripador de Chesapeake, desenmascarados y expuestos. Y fue en ver los ojos del Destripador en Will que Hannibal, por primera vez en su vida, se sintió visto. Visto y conocido y era adictivo. Ambrosia de la más fina calidad filtrándose en sus pulmones y contaminando sus venas.

Quería más. Más de esa mirada, más de ese sentimiento, más de Will. Más, más, más. Ser visto no sólo en la oscuridad, con sus instintos primitivos en demostración, sino a la dulce luz del día. Ser completamente entendido por tal receptáculo de la perfección.

Oh, qué no haría.

Antes de que Hannibal pudiera contemplarlo más, Will (el glorioso, generoso Will) abrió los labios. Formó sus labios en una singular palabra, entregada con una voz áspera por falta de uso.

-Grosero.

Así de fácil, su voto de silencio acabó. Año y medio de solitud autoinfligida interrumpida por no más razón que desairar a un doctor arrogante con una lengua rebelde. Año y medio de trabajo, desechado en un arranque.

Hannibal podría haber suspirado en apreciación, pero el momento fue demasiado breve, y su audiencia demasiado grande. Will regresó a sí mismo en un parpadeo. Una mueca torció los labios del arco de Cupido mientras se retiraba a su postura defensiva anterior. La caída de sus hombros era más pronunciada que antes, indicando agotamiento y, a pesar del emocionado alardeo del Dr. Chilton, Hannibal decidió que no presionaría más.

Cuando Will acudiera a él – y él acudiría – sería en busca de solidaridad. Necesitaría un lugar donde descansar su cabeza sin miedo. Un santuario en el cual devenir.

Y Hannibal lo proveería.

(***Paragón***)

Cuando Hannibal dejó el HEBCD, solicitó que Matthew Brown escribiera su información al reverso de una de las tarjetas de presentación del doctor Chilton. Mientras que el Sr. Brown no había sido grosero, la manera en la que se fijaba en Will era inaceptable.

Claro que Hannibal comprendía la fascinación. Will no era menos que divino, y un animal callejero como Matthew Brown debía disfrutar sus encuentros con la belleza donde pudiera. Como un hambriento perro cualquiera viendo a través de una ventana un cálido fogón y una sustanciosa comida, el Sr. Brown sabía que Will Graham lo completaría. Y también sabía (debía saber, a nivel instintivo) que un lujo como Will no estaba destinado para ser amoratado y manchado por sus sucios y torpes dedos.

Will era afecto a ser alabado. Para ser mimado y cuidado por un acolito suficientemente devoto para lamer la sangre de los ineptos de su piel. Lo más que el Sr. Brown podría proveer sería una diaria lucha por conseguir sobras de las calles.

Y eso, Hannibal no lo permitiría.

Supuso que, si el Señor Brown se contentaba con admirar desde lejos, sería diferente. Ni siquiera Hannibal podría matar a todos los que le lanzaran a Will una mirada lujuriosa. Ni lo querría hacer. Will apenas se había movido durante su encuentro y Hannibal ya podía decir que su chico era el epítome de la sensualidad. No podía más esperar que otros pasaran por alto el potencial sexual de Will que pedir a un artista ignorar el Louvre. Pero desgraciadamente para el Sr. Brown, Hannibal reconoció la añoranza – la avaricia – en sus miradas ardorosas. El camillero nunca se saciaría con solo mirar. Querría alcanzar, tocar, dejándo a Hannibal sin otra opción que cortarlo a las muñecas.

Hannibal cerró sus ojos, saboreando la idea. En otra ocasión.

Lo importante ahora era sacar a Will del HEBCD, lejos de ambos, el Dr. Chilton y el Sr. Brown, y a la vida cotidiana de Hannibal. Una meta no imposible, con todo en consideración, pero bastante larga.

Y el primer paso hacia su meta, su Will, era Jack Crawford.

El agente Crawford no miró hacia Hannibal cuando entró a su oficina, demasiado ofuscado por con uno de los muchos archivos apilador y esparcidos por su escritorio. La oficina apestaba a químicos (ungüentos, quimio, perfume caro, colonia barata) y Hannibal supo sin preguntar que la muy amada esposa del agente Crawford tenía cáncer de etapa tardía.

El agente ignoró a Hannibal otros cuarenta y cinco minutos. Tiempo en el que Hannibal descubrió que pasaba más tiempo en el trabajo de lo que era apropiado, dado el diagnóstico de su esposa. Demasiadas viandas tomadas en la oficina, a juzgar por el aroma rancio a comida y la miríada de menús de comida rápida. Además aprendió que el arresto del Destripador de Chesapeake era la joya de la corona del agente: el segmento de la sentencia Will enmarcada y centrada entre un mar de diplomas, certificados y reconocimientos. Había sido la noticia del destripador y el nombre de Alana lo que le habían ganado el encuentro a tan corto plazo.

Arduos y cansados ojos cafés se elevaron para encontrar los de Hannibal. —Doctor Lecter. ¿Quería verme?

Hannibal estiró una mano. —Por favor, llámeme Hannibal.

El agente se estiró sobre el lío en su escritorio para aceptar. Su apretón fue firme y profesional.

Sacudió dos veces y se volvió a sentar. —Jack, ¿qué puedo hacer por usted?

—No mucho, sospecho. Sólo he venido a decirle que esta mañana he visitado al doctor Will Graham.

La carnosa mano de Jack se cerró en un puño apretado, la oscura piel de sus nudillos palideciendo, y con voz cayendo a un ladrido grave. —¿Y?

—Y opino que es inocente.

Emociones se apilaron en la cara de Jack como un tren descarrilado. Conmoción. Descreimiento. Enojo. Miedo. Negación. Duda en sí mismo. Enojo otra vez. Se quedó con el enojo al gritar.

—¿Qué demonios está diciendo?

Hannibal mantuvo su expresión neutra y profesional. —Lo vi el día de hoy, por petición de Alana. No tiene ninguno de los marcadores de personalidad del Destripador de Chesapeake, y es mi opinión profesional que no es el hombre que la sociedad dice que es.

—¿De dónde saca su análisis de personalidad, doctor? Will no ha hablado en más de un año.

—Habló hoy.

Más duda en sí mismo. Más negación. Más enojo. Enojo, enojo, enojo. —¿Qué dijo?

—Dijo que el doctor Chilton fue grosero.

Jack esperó por más. Hannibal le sostuvo la mirada inquebrantablemente, silenciosamente retándolo a ladrar otra orden, como si Hannibal fuera uno de sus obedientes peones.

Jack fue el primero en desviar la mirada. —¿Algo más?

—No.

Un hilo de groserías salieron de sus labios. Regresó su atención a los archivos que estaba leyendo. —No tengo tiempo para esto. Will Graham es el Destripador de Chesapeake y tengo doce otros asesinos seriales activos en mi escritorio. No reabriré el caso solo porque el Dr. Chilton fue grosero.

—No porque el doctor Chilton fue grosero. Porque Will Graham es inocente.

Su enojo se fisuró, revelando dulce y vulnerable miedo. Entonces, igual que una trampa, el enojo lo cerró. —Gracias por su preocupación, doctor, pero estoy muy ocupado. Seguro puede salir usted solo.

Hannibal asintió, cediendo fácilmente. Le deseó un buen día a Jack.

No reabrirían el caso del Destripador por esa conversación, pero Hannibal no esperaba que lo hicieran. El punto de la reunión no era recoger fruto, sino plantar una semilla. Ahora, cuando la próxima victima del destripador se revelara al mundo, los primeros pensamientos de Jack no recurrirían a un imitador, sino a esta conversación.

Hannibal apretó los labios en lo que casi era una sonrisa y entró a su auto. Había ido hacia Jack directamente al salir del HEBCD, no solo para dar más peso a la afirmación de la inocencia de Will, sino porque era un hombre que dejaba lo mejor para el final. Acabar su día en la oficina de Jack hubiera dejado un sabor amargo en su lengua. Pero ¿acabarlo en la casa de Will?

La anticipación percutió estable en su pecho toda la hora de camino. Fue recibido por una puerta rota al final del camino a la entrada, un sedan viejo y destartalado, y una casa en ruinas. Vándalos y jóvenes rebeldes habían dejado su marca: pintura negra y roja desvanecida salpicando todo insulto disponible sobre la madera envejeciente. Asesino. Caníbal. Psicópata. Enfermo. Fenómeno. Todos intencionados para el Destripador, lanzados hacia un inocente.

La puerta principal estaba sin llave, con astillas cerca del seguro denotando que la entrada no fue gentil. Con dos dedos y un suave empujón, se abrió la puerta. El interior de la casa estaba en un peor estado que el exterior. Desagradables dibujos y grafitis cubrían las paredes. Símbolos satánicos se hundían en pisos de madera. Había basura en todos lados.

Vasos rojos de plástico, latas aplastadas, botellas vacías. Materia fecal y pelaje.

Hannibal arrugó la nariz al olor del lugar, casi abrumadoramente alcohol viejo y orina, y caminó a la izquierda. De no ser por el colchón pudriéndose en el piso, hubiera pensado que era la sala. Como fuera, decidió que era un cuarto de todo o en el que dormía. Considerando la empatía de Will, su trabajo e infancia, tener una línea de visión clara era probablemente importante para él.

Se tomó su tiempo explorando el cuarto, catalogando lo que pudiera acerca de Will Graham. El colchón era viejo, manchado de agua de lluvia y fluidos corporales, con sólo una sábana y un fino edredón de adorno. Will, al menos al dormir, probablemente era caluroso. El sillón perpendicular a la cama no estaba en mejor condición, su tapicería alguna vez bronceada irreparablemente desgarrada y sucia. La chimenea tras este con un hoyo, probablemente de un mazo. Los restos de un equipo de elaboración de señuelos como un espectro en un escritorio bajo la ventana, y dos motores de lancha sin terminar que se oxidaban en el piso.

Will era un obrero, tal como Hannibal había pensado.

Era también, inesperadamente, un músico. Un viejo piano estaba a la izquierda de la chimenea, con el banco de modo que quedara el calor de la hoguera a su espalda mientras tocaba. Si el resto de la habitación era indicador, seguro estaba desafinado. Posiblemente irreparablemente dañado.

Por suerte, Hannibal tenía un piano en su propia casa, y estaba más que dispuesto a compartir.

En cuestión de arte y personalización, el cuarto estaba desnudo. En vez de darle espacio a piezas estéticas, Will coleccionaba libros. Estantes y estantes llenos al tope. Muchos de ellos arruinados, ya fuera por las condiciones o los intrusos, pero los pocos que se mantenían intactos estaban claramente bien cuidados. Hannibal notó los que parecían haber sido leídos un sinnúmero de veces para leerlos él mismo. Una pila de artículos impresos estaba sobre los estantes más altos y Hannibal no pensó más al ver las notas en letra desordenada y nítida a los márgenes antes de ponerlos bajo su brazo y llevárselos.

La cocina no impresionaba. Había varios platos de comida de los perros en el piso y casi sin utensilios de los que hablar. Claramente Will prefería cuidar de los perros que de sí mismo.

El piso de arriba era más bien funcional, con la mayoría de los cuartos vacíos. La única indicación de que estaba habitado era el clóset de Will, e incluso ese era cuestionable. A diferencia del armario eternamente creciente de Hannibal, las opciones de vestimenta de Will eran escasas. Un par de pantalones de jean arrugados en el piso, seis camisas de manga larga colgando de ganchos distintos, una pila de camisetas interiores manchadas de sudor arrumbadas en el estante, bóxers apretados contra la pared, viejos y usados tanto que tenían agujeros junto a las bandas elásticas.

Hubiera sido una lastimosa excusa de guardarropa incluso antes del encarcelamiento de Will, pero dos años de negligencia no le habían hecho ningún favor. El material estaba mohoso y carcomido. Inutilizable. No tocó nada, pero tomó nota del tipo de ropa que Will prefería. El invierno estaba a tan solo tres meses, y Hannibal se rehusaba a dejar que eso fuera todo lo que separara a Will de la hipotermia.

El baño fue su última parada en el interior. Estaba más que nada vacío, habitado sólo por una botella de champú barato, una barra de jabón, una toalla, un rastrillo y una botella de colonia con el (esperado) barco en la etiqueta. Aventó la colonia en la basura al irse.

Se encaminó al cobertizo de atrás. Aunque no se libró de los insultos pintarrajeados, el candado se mantuvo sin romperse. El hambre ardió en su pecho al pensar ver un cuarto hecho por Will, intocado por cerdos. Violó el candado en segundos y entró.

Lo primero fueron los olores obvios. Polvo, termitas, aceite, aserrín, óxido. Bajo esto, apenas detectable aun por Hannibal, descansaba algo más dulce. Luz de sol y lluvia cálida empañadas con café y hierbas frescas. Perfección. Hannibal respiró profundo, imaginando presionar su nariz al cuello de Will hasta llenarse. En su palacio mental, enfrascó la esencia en una fina botella de perfume de cristal y la colocó gentilmente sobre un estante en el cuarto dedicado a Will.

En sí el cobertizo era ordinario, si acaso algo desordenado. Herramientas para trabajar la madera (sierras, lijadoras, una pequeña sierra y un plano) amontonadas en la esquina posterior izquierda, una suave proclamación de los talentos de Will. Varias cajas de abiertas en el suelo y, junto con las herramientas esparcidas alrededor, formaban un círculo alrededor de donde Will solía sentarse y trabajar. La estufa de leña mediana y el generador de repuesto a la derecha hacían la habitación parecer más pequeña de lo que era. Sin embargo, lo que más le interesó a Hannibal fue la bolsa de mezcla de cemento y la pila de ladrillos junto a la puerta, dando a entender que el hoyo en la chimenea estaba ahí antes de que los vándalos llegaran.

Salió del cobertizo y bloqueó el candado tras de sí.

Mientras que la casa no le proporcionó el vistazo a la vida personal de Will que Hannibal esperaba, difícilmente había sido por nada. Ahora sabía qué cuarto en su casa remodelaría a los gustos de Will. Tenía también una idea de sus pasatiempos, aunque los detalles de qué, exactamente, necesitaba Will para disfrutarlos aun requería investigación.

Subió a su Bentley, poniendo los artículos con anotaciones en el asiento del copiloto, y pensó en el día en que no necesitaría hurgar para acceder a los pensamientos de Will. El día en que Will hablara libremente, sin cristal que los dividiera o cerdos que le robaran la atención.

El día en que realmente le pertenecería a Hannibal.

Pronto.