Chapter Text
Prologo: Proyecto Anvil
Quería desaparecer. Tal vez por el hecho de que era un fenómeno, o porque simplemente no tenía a nadie. Mi hermana y mis amigos fueron alejados y llevados a habitaciones oscuras, de las cuales no sabía el paradero, aunque sí estaba consciente de que pronto los vería.
El aire me raspaba la garganta; una mezcla espesa de óxido, tuberías rancias y ese aroma metálico y dulzón de la sangre que se me pegaba a la lengua.
En la oscuridad de la habitación solo podía pensar. Me lamentaba tanto haber salido con ellos ese día...
Éramos personas comunes y corrientes. Demasiado jóvenes para todo esto. Fuimos ese típico grupo de cuatro en la escuela. Íbamos solo a estudiar, pero queríamos hacerlo todo juntos. Nos volvimos inseparables.
Tenía once años, igual que Denisse, mi hermana adoptiva. Magnus apenas uno más que nosotras y Olivia pues solo un año menos. Me gustaría saber cuanto tiempo pasó...
Mi hermana Denisse, Olivia, Magnus y yo éramos cuatro preadolescentes que con suerte salíamos de casa. Al menos ese era mi caso, ya que Dinisse y Magnus solían salir seguido, a pesar de eso también pasaban tiempo con Olivia y conmigo. Amábamos ver películas de superhéroes. Nos encantaba hablar de cómo serían Superman, Wonder Woman o Batman como cualquier persona; era nuestro pasatiempo.
Aunque Olivia no era la más fanática, le gustaba pasar tiempo con nosotros pero terminó gustándole los superhéroes tanto o más que a nosotros.
Vivíamos en un país que para no complicarnos era corrupto, misógino y pobre. No había superhéroes porque, bueno... en estos lugares sólo había personas que "sobreviven" a costa de los demás, era imposible que hubiera un héroe entre nosotros.
No había grandes villanos vistosos que llamaran la atención. Todos eran lo mismo, ladrones, traficantes y mafiosos. Los héroes estaban muy ocupados con "verdaderos problemas", o eso queríamos creer.
Como los adolescentes que éramos, nos gustaba meternos en problemas de vez en cuando, ir a ver una película sin permiso o tal vez escondernos en la finca de mis padres incluso pasear por la ciudad aunque no tengamos ni una moneda para comprar algo.
Un simple día fue en el que fuimos a ver una película, al salir habían unas personas que ofrecían un viaje, era un sorteo. Olivia insistió en que participaramos en uno de esos supuestos sorteos de viajes.
Lo hicimos solo por las risas, Magnus dio el número de su mamá. No esperábamos para nada que nos llamaran, claramente éramos idiotas. Es obvio que todo eso es propaganda para tráfico de personas, pero claro, dile eso a unos adolescentes y ellos se reirán en tu cara.
El premio era un paquete familiar para cuatro personas.
A Metrópolis.
Hospedaje, traslados a lugares turísticos, comida por separado, lo normal.
Estábamos tan emocionados como los niños que éramos, estúpidos. Íbamos a ir a Metrópolis. Era lo que todo adolescente querría... o al menos nosotros.
¿Para qué? Para ver a Superman, era obvio, quiero decir, ¿Quién no ama a Superman?.
Aun así, Magnus empezó a ahorrar.
"¿Quien va a Metrópolis sin un centavo?" Solía decirnos.
Quería comprar cosas, movernos por la ciudad, sentir que también lo había conseguido por cuenta propia.
Caímos como idiotas.
Fuimos a la empresa con el corazón en la garganta de la emoción, acompañados por la madre de Olivia, listos para firmar formularios, confirmar identidades y todo esos "trámites de adultos". Solo era papeleo de mierda, o eso creíamos antes de que el mundo se borrara.
Y fue ahí donde todo se jodió.
No había nada.
¿Cómo llegamos al sucio y maldito laboratorio de un vil científico?
Fácil, te daré 3 sencillos pasos. Primero debes atraer a unos adolescentes idiotas, segundo dales un lugar abandonado y asegúrate de que vayan sin compañía o con alguien vulnerable y débil, tercero y último secuestrarlos y mételos en el maldito infierno.
Como si lo hubiera invocado el desgraciado apareció. Escuché sus pasos incluso antes de que abriera la puerta, la luz que entraba me dejó cegada por unos pocos instantes antes de que me adaptará.
—¿Divagando tus pensamientos otra vez, Zerenne? Es hora de las pruebas.
Ese no es mi nombre.
Claro que, si se lo decía, iba a usar el collar inhibidor para provocar descargas eléctricas, así que cerré la boca.
Me liberó de la cadena que me limitaba contra la pared aunque mis manos seguían atrapadas por las esposas de acero en mis muñecas.
Caminamos hacia una habitación más grande, iluminada, con más personas y máquinas. Ahí estaban mis amigos. Me acerque a ellos por instinto y ellos a mi. Claramente al doctor Feng no le gustó nada. No dijimos ni una palabra cuando el imbécil se aclaró la garganta para llamar nuestra atención.
—Están aquí para las pruebas. Aléjense si no quieren hacer esto por separado. Estoy siendo muy compasivo con ustedes.
Su dedo estaba a centímetros del botón que activaba los collares.
Nos miramos y nos alejamos, cada uno en su esquina.
Uno de los hombres de bata blanca se acercó a Denisse para colocar un trapo en su boca, por supuesto que el collar que llevaba era lo que evitaba que usara su poder pero para los entrenamientos y pruebas tenían que desactivarlo, mas no sacarlo. La llevó a una cámara anecoica.
Cuando me di cuenta Olivia ya estaba en esa habitación pequeña que solo tenia un monitor, Magnus en cambio estaba parado en mitad del pasillo con los brazos cruzados además de una cara de mierda, ah no, asi es su cara, esperaba para entrar a una de los cuartos para que le hicieran las pruebas.
¿Qué pruebas les hacen? Ni la mas maldita idea
A mi por otro lado me condujeron a una pista de obstáculos que tuve que atravesar. Antes me tomaba aproximadamente treinta minutos completarla. Ahora lo hacía en cinco.
Mis piernas de antes se habrían rendido a los dos minutos; mis pulmones de niña habrían ardido. Pero ahora, estas piernas no son del todo mías y el aire parece entrar en mi pecho con una eficiencia que me da asco
De igual forma la pista estaba pensada para alguien entrenado... y con alas.
No para un humano normal.
Aunque después de administrarse sangre mutante y drogas, era pan comido.
Incluso la droga ayudaba a nuestra mutación o eso escuché de los científicos. Lo odio. Lo detesto. Es asquerosa, nos quita la razón, somos agresivos y peleamos con lo que sea que esté a lado o enfrente.
Mis pies tocaban el suelo sin esfuerzo. Antes me costaba por la gravedad y el peso extra de mis plumas, esas a las que odio.
Salté una valla metálica parándome encima de la viga plana.
Mis alas se abrieron solas. Sentí el crujido de mis propios huesos al desplegar esas cosas llenas de plumas que todavía sentía como un órgano extraño y desconocido en mi espalda.
—Veamos cuánto te toma hoy. —ordenó Feng desde detrás del cristal.
Salté en picada y cuando estaba por tocar el suelo extendí mis alas, con un solo pie tomé impulso del suelo para volar, lo más rápido que pude, sobre las líneas pintadas que marcaban el fin del circuito. Ni siquiera me di cuenta cuándo había terminado, hasta que él dijo que era suficiente, no me di cuenta de cuanto corrí o que tal alto salte, era solo un robot.
El cronómetro marcó 4:45. El científico sonrió.
Sus compañeros, a sus lados, celebraron, pude verlos a través del cristal dándose la mano, y felicitándose unos a otros.
—La mutación es estable —dijo el jefe de ellos.-- Lo logramos, señores.
No era orgullo lo que sentía al ver el cronómetro, sino un asco profundo. Ya no era una niña de once años que soñaba con héroes.
Ahora era un experimento exitoso.
