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LA REINA DE ESPINAS VENENOSAS (The poison in your heart)

Summary:

En un mundo sumido en falsedad, la verdad lucha por abrirse camino.

Una guerra entre las criaturas de la creación por el control de la tierra. Un Reino maldito se sostiene en pie como el único refugio para la humanidad. Tras una absurda competencia en el momento equivocado, las verdades ocultas comienzan a surgir.

Un poder que estaba escondido. Un ser que jamás debió existir. La crueldad de perder lo que no se busca. La humillación de ocultarse para sobrevivir.

Son las realidades con las que estos valientes competidores se encontrarán al avanzar.

Una amenaza que apunta a la destrucción total.

¿Podrán sobrevivir a un poder que les sobrepasa?

¿Podrá Jimin aceptar su poder? ¿Podrá Minjeong demostrar el valor de su existencia? ¿Podrá Aeri mantener a salvo el amor que recién tocaba su puerta? ¿Podrá Yizhuo dejar atrás el terror de ser perseguida?

Entre espíritus y humanos se librará el final de la historia que durante milenios permaneció inconclusa.

Chapter 1: 1. EL JADE DE JUDAS

Chapter Text

Las risas, la luz y la tranquilidad eran los protagonistas de aquella mañana tan espléndida. Jimin volvía a visitar el palacio para jugar con la pequeña rubia. 

Su padre le había dicho que el propósito de sus visitas constantes era ayudar a esa persona, pero ¿Porqué necesitaba ella ayuda? Jimin la veía en perfectas condiciones. 

 

Aunque podía ver esa sombra extraña siempre detrás de la rubia, evitó preguntar qué era. ¿Quién pensaría que las tardes de juegos y risas se derrumbaron la misma noche en que juraron no lastimarse?

 

Jimin podría olvidar hasta su propio nombre pero jamás el rostro de aquella persona. 

 

Ahora Jimin necesitaba ayuda. 

 

Un momento ¿Cuál era el nombre de aquella persona? Jimin recordaba esos ojos llenos de vida y luz, transformarse en pura oscuridad. Quién solía mirarla con esperanza y anhelo, pasó a observarla con odio y desprecio. 

 

¿Que hizo mal para tener que contemplar esa escena? 

 

—Jimin, siempre debes recordar lo que eres—

 

—¿Qué soy?—

 

—Eres luz, cariño. Igual que nosotros, fuiste bendecida con el don de contemplar los corazones y ver la verdad a tu alrededor—

 

—Eso no es cierto papá, no puedo ver la verdad en todos—

 

El recuerdo borroso de su padre se quedaba mudo cuando trataba de mencionar el resto de esa conversación ¿Qué le había dicho?. 

 

Lastimosamente, no tuvo la oportunidad de preguntarle directamente, porque después de esa tarde, su vida cambió. Todos se habían ido. Y en su memoria solo quedó el vago recuerdo del rostro de la chica rubia del palacio, manchada con sangre. Con la sangre de su gente. Finalmente se preguntó: ¿Cómo fue que terminó así?

 

Lágrimas y frustración. 

 

Pero no enojo, Jimin debió tomar el cuchillo frente a ella y usarlo para acabar con la amenaza, pero no pudo.

 

Ella no conocía la ira, ni el enojo o la rabia,  por mucho que quisiera. 

 

Lo intentó pero no pudo, es como si aquella sensación burbujeante y descontrolada que se apoderaba de todos alrededor, simplemente fuera apática a ella. Tal sentimiento no tenía espacio en su ser. Y eso, la hizo sentir despreciable. Ella debería estar odiando a quienes le hicieron daño, pero no podía.

 

Y aunque intentó cultivar aquél sentimiento, no lo logró. Debía estar maldita, debía estar defectuosa. Sería la única persona en la faz de tierra que le guardaba cariño a quién todo le arrebató.

 

—Si tú odias, entonces todo habrá terminado—

 

Jimin despertó de otro largo y repetitivo sueño. Con Ryujin a su lado y el frío colándose entre las sábanas y su piel, la ira del viento era derramada sobre la tierra y las casas. El techo crujía ante la brisa devastadora y las ramas de los árboles lloraban al ser arrastradas de un lado al otro, algunos niños chillaban y gritaban de miedo, mientras los mas grandes esperaban a que pasara la ventisca en silencio, acostumbrados a ello. 

 

Los pasos acelerados de las cuidadoras yendo y viniendo de un lado a otro, gritando para que se callaran, eran la melodía compasiva de las canciones de cuna que fueron omitidas para darle paso a los aullidos de enojo. 

 

Jimin y Ryujin observaban desde la pequeña habitación cuya puerta había sido arrebatada de su lugar cuatro ventiscas atrás. —Jimin ¿Te vas a inscribir para la competencia?— preguntó su mejor amiga y compañera de cuarto de esos últimos diez años. Ryujin y Jimin eran compañeras de habitación desde que tenían memoria dentro de aquel orfanato —¿No te da miedo?—

 

—Más que miedo es preocupación, si yo me voy ¿Que harás tú?— Jimin no quería dejar sola a Ryujin en aquel lugar, sentía que dejaba una parte de su vida en el olvido. Y es que Ryujin solía ser regañada constantemente. Era torpe, alegre y tenía demasiado buen corazón. No sabía distinguir los peligros y solía confiar en cualquiera. Por años, Jimin fue el filtro entre Ryujin y un sin fin de malas personas, es por eso que le preocupaba tanto dejarla sola. ¿Quién la defendería?¿Quién evitaría que los demás abusaran de su buen carácter?

 

—¿Que haré yo?— preguntó con sarcasmo —Si tú te vas, voy contigo, lo prometimos, Jimin— cruzó sus dedos meñiques para recordar el pacto que hicieron tiempo atrás. Era cierto, y solo hasta ese momento Jimin recordó la tonta promesa que hicieron. Siendo honesta, nunca esperó cumplirla.

 

—Pero es peligroso, Ryu, ¿Y si mueres?— 

 

—Moriré de todas formas algún día, además, si cumplo la mayoría de edad aquí... Espero lo peor—

 

Jimin no esperaba una nueva vida tras salir de allí, diferente de Ryujin que veía el lado positivo. Para ser precisa, Jimin no tenía idea de qué hacer con su vida. ¿Olvidar el pasado que la perseguía en sueños? ¿Ignorar el futuro que podría tener si lo siguiera? ¿O simplemente fingir que todo era una pesadilla? Producto de su imaginación. Así, su nombre dejaría de ser Jimin Yu, la última miembro viva de los Yu. Quién se ganaba las miradas de pena y lástima de todo aquél que lo sabía. Yu, era el apellido que impidió que otra familia la acogiera. La trataban como peste, nadie la quería cerca y si estaba en el orfanato era por obra y gracia divina, porque a nadie de allí le agradaba en realidad.

 

Aún cuando se cambió el nombre, todos la seguían llamando “La última Yu” ¿Qué clase de maldición tenía su apellido? ¿Y qué clase de maldición tenían sus ojos? 

 

Bueno, haría eso, al salir, cambiaría completamente su nombre, se haría llamar Karina, que fue el nombre que Ryujin eligió para ella y también se cambiaría el apellido. O tal vez no tendría ninguno. Fuera cuál fuera el caso. Si quería ignorar lo demás y seguir con una vida tranquila, eso era lo que debía hacer. 

El lujoso cuarto relucía en blanco destellante, pulcramente limpios, ni un rasguño, nada fuera de lugar, era la habitación más espaciosa dentro de aquella mansión; valiosa igual que su dueña.

 

Una mujer bajita con rasgos finos entró llamando la atención de la poseedora de la habitación. 

 

—Me imagino que el duque te avisó— dijo la mujer. 

 

—Sigues entrando sin tocar antes, que falta de respeto ¿Que debía decirme él?— Preguntó con evidente molestia la jóven de cabello corto. 

 

—Eres la heredera y futura representante de esta casa, no me digas que no sabes de qué hablo— dijo —Es hora de dejar esa estúpida idea de ir fuera de la barrera. Debes quedarte en el palacio y continuar con tu educación—

 

—¿El duque ha dicho que no puedo ir?—

 

—Si, tu padre ha dicho que no irás— hizo una reverencia antes de salir de la habitación. La desesperante mujer se aseguró de enfatizar la palabra padre, solo para molestarla —Recuerda que tienes que estar presente en la reunión de pasado mañana con el rey, y hoy tienes muchas actividades pendientes ¿Quedó claro, Minjeong?—

 

—Entendido, duquesa—

 

Minjeong protestó en molestia después de que ella salió. Ah, una persona no debería ser tan irritante. 

 

Por otro lado, por supuesto que Minjeong saldría, ¿Reunión con el rey? Una estúpida excusa para hacerla parte del cónsul y a largo plazo concubina de este. Minjeong no quería ese futuro. No lo deseaba. Y lo evitaría aún si para eso debía morir en tierra de nadie. Además, estaban estos sueños raros que había tenido últimamente. ¿Realmente eran suyos aquellos sueños?

 

Fuera de esas paredes, Minjeong era la ambiciosa princesa de Kim, una odiosa y desalmada mujer. Y cuando se esparció el rumor de que iría a la competencia, todos especulaban al respecto, ¿Tenía el duque la intención de poner a su linaje en el trono? La realidad es que no. Minjeong no tenía claros los intereses de su padre, pero definitivamente sabía que no deseaba dejarla ir. Ahora, ella tenía una idea totalmente diferente, y, con su apoyo o no, lo haría. 

 

Salió de sus pensamientos debido al toque en la puerta, se apresuró a esconder la mochila debajo de las sábanas enormes que cubrían su cama y le dió paso a la escolta que la llevaría esa mañana a sus prácticas. 

 

Su plan de escape debía esperar.

En medio de la biblioteca resonaba el frío viento y los estragos que dejaba a su paso, tan potente que abrió las ventanas cerradas de par en par. 

 

Aeri, se encontraba recostada en una esquina al fondo del pasillo, leyendo un libro, omitiendo la existencia del caótico revoltijo de papeles entre los pasillos de la biblioteca. Prefería sumergirse en las maravillas que revelaban las páginas de sus libros que fijarse en el estrés que vivían todos afuera intentando sobrevivir un día más ante las desfavorables inclemencias del clima. 

 

Mientras, un hombre de casi dos metros de alto buscaba desesperado a su desobediente hija, revisó en toda la casa sin encontrar rastro de ella 

 

—Debe estar en la biblioteca— le dijo una de las empleadas. 

 

Él asintió y dió gracias por la ayuda. 

 

Entró en la biblioteca y notó el desastre que había gracias a la brisa, fue hasta la ventana y la cerró, pero antes de darse media vuelta, el viento la abrió nuevamente, causando una revolución de hojas aquí y allá. Suspiró, cansado y estresado. Caminó por los pasillos de la gran biblioteca.

 

—¿Para qué hice esto tan grande?— se preguntó —Ah, claro, por qué a mi hija le gusta leer— se contestó de inmediato.

 

Logró ver a Aeri al fondo del último pasillo, se acercó a ella y de rodillas frente a su hija que todavía no lo notaba trató de contener las lágrimas que salían cada vez que pensaba en la noticia que su pequeña acababa de darle. 

 

—Aeri— llamó.

 

—Dime, papá— contestó sin levantar la vista del libro.

 

—Tenemos una conversación pendiente, niña—

 

—Si es por la competencia, no hay nada que hablar. Ya dije que iré— el hombre pasó las manos por su rostro con algo de frustración.

 

—¿Por qué eres tan terca?—

 

—Soy tu hija—

 

—Te dije que no es necesario, no tienes que hacerlo. Aeri, esta casa será nuestra por al menos un siglo más, no tienes que hacer nada—

 

—Tengo estudio y entrenamiento suficiente para participar— una lágrima cayó sobre la página que leía, levantó el rostro y vió a su padre llorar en silencio. 

 

—No lo entiendes ¿Verdad? Es peligroso, no quiero que te pase algo grave allí, o que mueras—

 

—No moriré papá—

 

—No sabes eso, Aeri. Eres mi niña, lo único que tengo, si quieres el mundo, lo pongo a tus pies, me aseguraré de que no te falte nada, pero por favor, no te vayas— se notaba la tristeza en sus ojos. 

 

—¿Te asegurarás de hacer todo lo que yo quiera?— preguntó Aeri con calma tomando las manos de su padre. 

 

Él asintió rápidamente. —No tienes que ser Marquesa después de mi, sé que nunca lo has querido, pero si ir a esa competencia es tu modo de castigarme por obligarte todos estos años, ya entendí. Eres mi hija antes que mi heredera, Aeri. Por favor, te lo pido como tú padre—

 

—Deja que me vaya— fue todo lo que dijo Aeri, un golpe duro para el corazón de ambos, el hombre más fuerte del imperio se debilitaba ante las palabras de su hija, cerró los ojos con fuerza tratando de asimilar, no podía encerrar a Aeri, tampoco impedirle hacer su vida, sólo le quedaba la resignación pero tardaría para lograr aceptarlo. —Papá, deja que me vaya, por favor—

 

Lo correcto era que ella se fuera. Así lo veía Aeri. Entre todas las casas nobles, solo dos contaban con herederas. El duque de Kim y El Marqués de Uchinaga. Sin embargo, las situaciones eran diferentes. Mientras la princesa de Kim fue bien recibida, ella como futura Marquesa no. Por años, soportó en silencio la molestia que le causaba el resto de su familia. Escuchar los comentarios denigrantes e insultantes de sus tíos hacia su padre y su difunta madre, le pudrió el corazón con los años. 

 

Aeri pensó que tal vez, su ausencia y posible muerte convencería a su padre de buscar una nueva esposa y tener un verdadero heredero. Con el tiempo, Aeri aprendió a admirar la belleza del mundo y a despreciar su lugar en él. Ya no quería ver a su padre soportar en silencio los problemas que tenerla le causaba. Además, si volvía de la competencia con vida, le traería honor y grandeza al nombre de su padre. Eso, sería maravilloso. 

 

Mataría dos pájaros de un tiro.

 

Si sobrevivía, claro está. 

En cuanto Yizhuo llegó a casa vió su equipaje junto a la puerta de salida. Sus padres estaban de pie frente a ella. 

 

Entendió el mensaje: ya no la querían allí. 

 

—Yizhuo, Tu padre y yo hablamos esto hace tiempo, y es hora de que cumplas tu deber, la competencia inicia mañana así que debes partir hoy... Es por el bien de la familia— pero nunca hablaron con ella. Nunca le preguntaron qué quería. Nunca fue por el bien de ella. Mientras otros padres suplicaban a sus hijos que no se fueran, los suyos la echaron. ¿Pensaron que tal vez no regresaría con vida? Aún si lo hicieron, dudaba que les importara. 

 

Yizhuo metió en su bolsillo trasero el collar que había comprado para su hermanita, la única persona que valía la pena en esa familia. 

 

Siguió adelante para agarrar su equipaje e irse. Su hermana bajó las escaleras y se detuvo en mitad de trayecto, abrió los brazos hacia Yizhuo. Feliz abrazó a su hermana. Pero las palabras que escuchó le cayeron como balde de agua fría. 

 

—Me alegra que te vayas. Por fin descansaré de ti. Por favor, nunca vuelvas— lo dijo despacio y con sorna, la imagen que Yizhuo tenía de su hermana se rompió en trozos, uno a uno cayendo al suelo ¿Todo el tiempo fue así? No, ese fue un cambio que no esperó, menos de su hermana. 

 

Terminó aquél abrazo y salió de la casa como alma que lleva el diablo, no quería estar allí ni un minuto. Miró el collar que estaba por darle a su hermana, era una rosa pequeña y tenía un Jade incrustado, trabajó duro para comprarlo, ahora sólo quería botarlo.

 

Lo guardó nuevamente en el bolso, no lo valía ya. No se lo entregaría a nadie, pero podría servirle en el futuro en caso de necesitar dinero. 

 

El jade de Judas, así se llamaba la joya que adornaba el collar que compró, no sabía porqué le dieron ese nombre pero vaya que era sumamente valioso. Diferente de la persona a quién pensó regalarlo. Que fraude fatal. 

 

Sus ojos podían ver todo, mucho más allá que cualquier otro ser humano pero ¿Porqué no pudo ver la hipocresía de los que vivían con ella antes de tiempo? 

 

Oh, siempre estuvo allí. Solo que ella lo ignoró para no sentirse abandonada.

 

Que estúpida fue. 

 

Había olvidado esa triste realidad. Y es que en el mundo no hay gente honesta. Y para una persona como Yizhou, tener a otros a su lado era difícil. Sería el mono de circo o la bruja del sitio. 

 

Estaba maldita. 

 

Y lo sabía. 

 

No habría nadie que la mirara de manera diferente. Qué viera quién era y no lo qué era. 

 

Si ese era su futuro, entonces con razón iría. Después de todo, tal vez no regresaría.