Actions

Work Header

Y si el mundo se estuviera acabando

Summary:

El mundo como lo conocemos se acabó.
Ya nada florece y los muertos caminan por la tierra buscando carne viva.
Sanji lo perdió todo.
Zoro también lo perdió todo.
Y ahora, hay que buscar una razón para sobrevivir...
Y si el mundo se estuviera acabando quiero estar junto a tí.

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Chapter 1: La casa

Chapter Text

En un mundo donde ya nada podía florecer… todavía había cosas que se negaban a morir.

Sanji observaba las olas arrastrando la arena despacio, mientras tocaban apenas sus pies.

El viento le pegaba en la piel, llevándose cualquier rastro de olor.

Era lo bueno de estar ahí. Nadie podía seguir a un omega en mar abierto.

Había estado pescando y, con la mar calma, había sido fácil. Ahora tocaba volver.

Pero estaba esa sensación en la playa.

Extrañeza.

Algo a lo que aún no se acostumbraba.

Un lugar que alguna vez estuvo lleno de gente riendo, tomando el sol y ocupando la playa, ahora se veía hermosamente desolado.

Y aunque ya había pasado casi un año, Sanji seguía sintiendo que un día los turistas volverían a aparecer.

Aunque sabía que eso, en este mundo, no era posible.

Sanji exhaló.

Ruidoso.

Sus hombros bajaron y el balde en sus manos, con los peces que aún se movían, se sacudió un poco.

Era hora de volver o el viejo se pondría ansioso.

Se dio la vuelta.

Arriba, la avenida.

Los autos amontonados, con las puertas abiertas, juntando polvo, óxido y soledad desde hacía tiempo.

Algunos tenían las puertas abiertas, gente que había decidido que no podía seguir en el embotellamiento y era mejor caminar.

Restos de ropa enganchados en los cinturones de seguridad.

Sangre en algunos vidrios.

Sanji cerró los ojos.

No quería pensar mucho en ese día.

Sanji se apresuró, se puso los zapatos y subió, evitando mirar demasiado los autos.

Siempre usaba rutas distintas.

Rutas rápidas.

Rutas que sabía lo mantendrían más seguro y le evitarían problemas.

Rutas donde no había esas cosas.

Rutas donde no pudiera encontrarse con un alfa vagando o con un grupo demasiado seguro de sí mismo.

Había aprendido rápido.

Se había adaptado rápido.

Porque en este mundo donde ya nada podía florecer, no ser fuerte era imperdonable.

El elegante cartel del Baratie llevaba tiempo juntando polvo, gastado por el sol y algo oxidado por la sal en el aire.

Las puertas del restaurante se mantenían cerradas con cadenas, los vidrios cubiertos con madera, y el ruido de lo que alguna vez fue uno de los restaurantes más visitados del lugar ahora solo parecía un eco en el viento.

Pero Sanji, él no lo miró demasiado.

Se metió por el estacionamiento, por la puerta improvisada que habían construido él y Zeff para protegerse. Entró con cuidado y luego se aseguró de que quedara bien cerrada.

Trampas.

Cerrojos.

Contención.

Cuando Sanji estuvo seguro, suspiró.

Volteó.

Atrás del Baratie siempre había estado su casa.

Dos pisos, cómoda, agradable, ahora convertida en un fuerte para sobrevivir.

Caminó hasta ella y abrió la puerta.

Llaves.

Seguros.

Candados.

Antes de hacer nada, se anunció como si fuera un ritual.

—¡Ya llegué!

Las pisadas y el sonido de la pierna ortopédica de Zeff se acercaron desde la cocina.

El viejo se asomó y lo miró serio.

—Tardaste.

—Tch. No es verdad.

—¿Tuviste problemas?

Sanji caminó hasta él y le extendió el balde.

—No. Todo estaba igual que siempre.

Zeff lo miró un momento más.

—Ok. Ve a asearte.

Sanji suspiró.

—Ya sé…

—Entonces no me hagas decirlo —dijo Zeff, llevando el balde a la cocina.

Sanji lo siguió solo para picarlo.

—Es que nunca crecí, necesito que me digas qué hacer…

Zeff bufó.

—¿Tienes ganas de pelear, berenjena?

Sanji medio sonrió.

—No.

—Ve a bañarte y tómate los supresores.

Sanji bufó, ofendido.

—Ya lo hice.

Zeff medio sonrió.

—Entonces no me necesitas tanto.

Sanji gruñó.

—Voy a bañarme.

—Apestas a pescado viejo, así que hazlo.

—¡Mira quién habla, viejo de mierda! —murmuró Sanji mientras subía las escaleras para asearse.

No es que los servicios básicos funcionaran.

De hecho, habían dejado de funcionar el mismo día que los militares empezaron a volar cabezas a diestra y siniestra.

Pero Zeff y Sanji habían ideado un sistema que funcionaba bastante bien.

Aunque implicaba usar agua fría siempre.

Sin embargo, Sanji tenía claro que había cosas que ya no podían volver a ser como antes.

Así que simplemente se quitó la ropa, apretó los dientes y dejó que el primer chorro de agua helada le cayera encima.

—Mierda —murmuró mientras agarraba la barra de jabón y se la pasaba rápido por la piel húmeda.

Luego el shampoo, luego el segundo chorro de agua.

Todo rápido.

Si era rápido, era mejor.

Salió temblando de la ducha.

Pero limpio.

Y aunque maldecía tener que bañarse con agua helada, en ese momento no sabía que eso era mejor que nada.

Abajo, Zeff limpiaba el pescado con cuidado.

El sonido del agua hirviendo, con la cocina que habían adaptado, llenaba el ambiente incluso mejor que una radio o la televisión.

Ninguna de las dos se podía encender.

Tampoco había electricidad.

Sanji apareció por la puerta de nuevo.

—¿Ya se aseó su majestad?

Sanji medio sonrió y entró a la cocina, tomando su delantal para empezar a ayudar.

—¿Tú qué crees?

—Que sigues oliendo como berenjena…

—Tch.

Sanji abrió el refrigerador más por costumbre que por utilidad, porque en realidad ahora solo servía como una alacena más, y sacó de allí una tabla de cortar de madera.

—Ni creas que vas a meter las manos en este pescado…

Sanji gruñó.

—Hoy es mi turno de elegir la comida.

—Sí, pero cocinas como la mierda, así que mejor pela papas.

—No estuve estudiando para pelar papas…

—Sí, pero no acabaste los estudios, así que el chef a medias no puede opinar —se burló Zeff.

Sanji gruñó, pero continuó haciendo sus tareas como si nada.

El día continuó con la normalidad que ellos habían construido.

Cocinar.

Almorzar.

Hacerse pullas.

Recoger todo, limpiar la mesa.

Llevaban una vida normal dentro de lo que se podía.

Una normalidad extraña en medio del caos que era el mundo.

Pero Sanji no lo pensaba demasiado.

Para él, esto…

lo que tenía,

su viejo,

la casa,

el agua helada para bañarse…

todo eso era suficiente.

Porque se sentía seguro.

Porque estaba en casa, con su familia, y no había nada más que pensar.

La noche empezó a caer lentamente.

Sanji se empezó a mover en automático.

Salió al patio, aseguró entradas. Revisó trampas.

Acomodó el plástico que atrapaba el agua de la neblina mañanera.

Zeff, adentro, empezó a guardar los platos.

Acomodó la escopeta en un lugar alcanzable. Cerró cortinas.

Encendió solo una vela.

Recurso valioso que se había hecho escaso demasiado rápido.

Sanji encendió un cigarro afuera.

Porque ¿qué tan grave podía ser? Esas cosas no reaccionaban a los olores y no es como si el cáncer fuera la mayor de sus preocupaciones.

Miró al cielo.

Dejó el humo salir lento.

Eso era bonito.

Se veía vivo.

Arriba, en lo oscuro.

Las estrellas aún brillando a pesar de todo.

Ahora con más claridad.

Como si el universo se hubiese vuelto aún más inmenso.

Como si el infinito pudiera crecer.

—Berenjena…

Zeff estaba parado en la puerta, mirándolo.

Sanji suspiró.

—Sí… ya sé —se quejó. Dejó caer el cigarro al suelo y lo apagó con la planta del zapato.

Luego entró.

—Si quieres que esos cigarros duren, entonces úsalos bien… —lo picó Zeff.

Sanji bufó.

—Mis cigarros. Mi vida.

—Sí, sí… señorito independencia.

Sanji fue hasta uno de los sillones y empezó a acomodar todo.

Ya no usaban los dormitorios.

No era seguro.

Si algo venía.

Si alguien venía.

Era mejor estar cerca el uno del otro.

Sanji solo usaba su habitación una vez al mes, cuando venía su celo.

Nada más.

El resto del tiempo,

dormía en la sala.

En el sofá.

Y Zeff en el otro sofá.

Porque si había que salir,

si había que reaccionar,

eso era lo más seguro.

En el apocalipsis, había que ser prácticos, y ser prácticos significaba adoptar un nuevo estilo de vida.

X

En la oscuridad de lo que alguna vez fue una ciudad costera concurrida, un grupo de alfas caminaba lentamente al medio de la calle.

Lo único que los guiaba era la luz tenue de las estrellas.

A lo lejos pudieron divisar un cartel.

“Baratie”.

—Ahí —dijo uno de ellos— podríamos usarlo para dormir y quizás haya comida.

Los otros tres lo miraron.

No se lo cuestionaron demasiado y fueron hacia allí.

—Cadenas —el sujeto miró a uno que se encontraba más atrás—. ¿Zoro, Crees que podrías forzar los candados con tus katanas?

Zoro se acercó y miró las cadenas.

Se encogió de hombros.

—Podría intentarlo… —dijo, moviéndolas con el pie—, pero reclamo el mejor lugar para dormir a cambio.

El resto del grupo se miró entre sí.

—¿En serio? —se quejó uno.

—Hawkins…

—Solo creo que no es justo —repitió Hawkins.

—Entonces suerte forzando la jodida puerta —dijo Zoro, estirándose y alejándose de la puerta.

—Espera —uno de ellos se relamió los labios; llevaba un sombrero vistoso de copa y un bastón que parecía de dulce—. Es tarde, es peligroso, ya sea gente o esas cosas… Fuerza la puerta y te quedas con el mejor lugar para dormir…

—Jodido Perospero —murmuró Hawkins.

—Si tienes algún problema lo arreglamos ahora —respondió Perospero, acercándose—… Mellorine.

—Hey, basta —interrumpió el cuarto de ellos—. Solo hagamos esto sencillo…

—Apoo chupa pelotas —murmuró Zoro, y medio sonrió mirando la puerta.

Zoro cargaba con tres katanas. Tomó una de ellas, de mango blanco con detalles negros, y la puso entre el candado y la cadena.

Tiró con fuerza.

Como si aquello no fuera metal.

Pero no cedió.

Sin embargo, el ruido metálico atravesó el silencio extraño alrededor del solitario restaurante.

Dentro de la casa, Zeff y Sanji abrieron los ojos al mismo tiempo.

Se levantaron en silencio. Zeff tomó la escopeta.

Sanji abrió la puerta.

—No —dijo Zeff—, mejor quédate acá…

—¿Estás loco? No pienso dejarte solo con lo que sea que está allá afuera jodiendo… —respondió Sanji, tomando su chaqueta.

Zeff gruñó un par de maldiciones y se apresuró a salir.

Sanji lo siguió.

—Viejo —dijo el rubio, serio—, voy por el otro lado, tú por el frente.

Zeff resopló.

—Solo… ten cuidado.

Sanji asintió.

Y se adelantó, saliendo por la segunda salida de la propiedad.

Sanji se dio la vuelta por fuera de la casa, usando las zonas más oscuras de la calle para no ser visto.

Caminando despacio mientras divisaba cuatro siluetas en la oscuridad.

Apretó los puños.

No los iba a dejar.

No importaba cómo, pero no los iba a dejar.

Continuó caminando hasta quedar por detrás de ellos.

Mientras tanto, Zeff salió por la puerta improvisada que conectaba con el Baratie, subió unas escaleras hasta la azotea del restaurante, justo junto al cartel.

Pasó balas con un sonido seco de parte de la escopeta.

—Yo dejaría eso como está, mocoso —dijo, apuntando el arma directo a la cabeza de Zoro.

El grupo vio a Zeff y por instinto retrocedió.

Alfa viejo no significaba menos problemas.

Alfa viejo significaba más experiencia y menos miedo.

Hawkins quiso sacar un cuchillo pequeño de su bolsillo, entonces alguien lo empujó de una patada.

—Yo dejaría las manos quietas, idiota —dijo Sanji, mientras mantenía las manos en los bolsillos de su chaqueta.

Perospero volteó y lo vio de reojo.

Rubio.

Delgado.

Atlético.

Omega.

Hermoso.

Perospero se relamió y luego miró a Zeff.

Levantó las manos y dio un paso atrás.

—No queremos problemas —dijo, mirando a Zeff a los ojos.

Porque los mentirosos no tenían miedo de hacer contacto visual.

Zoro no retrocedió.

Solo quitó la katana de las cadenas.

No levantó las manos.

No se intimidó.

No era soberbia, era cansancio.

—Si no quieren problemas, entonces muevan el trasero lejos de esa puerta —dijo Zeff.

El grupo retrocedió.

Incluso Zoro lo hizo, más por respeto que otra cosa.

—Ok. Calmados —dijo Perospero—, solo buscamos un lugar donde pasar la noche…

Miró a Sanji de reojo de nuevo.

—No lo mires tanto —dijo Zeff— o te vuelo las pelotas…

—Lo siento —se adelantó Apoo—. Nuestro amigo solo está nervioso, nadie quiere hacerle daño.

Se oyó como mentira.

Pero Zeff lo ignoró.

—Mi restaurante no es un hotel y no van a encontrar nada ahí. Está cerrado… indefinidamente.

Hawkins se movió lentamente hacia delante y se acercó para hablar.

Se aclaró la garganta.

—Está oscuro. No queremos molestar y queremos vivir una noche más… por eso intentamos entrar.

Sanji apretó la mandíbula.

Zeff mantenía la escopeta de manera firme mientras apuntaba a la cabeza de Zoro.

—¿Y eso por qué es nuestro problema?

Hawkins levantó las manos.

—¿Qué tal un trato…?

Zeff alzó una ceja.

—Viejo… —dijo Sanji, más como advertencia que otra cosa.

—¿Qué trato? —dijo Zeff, seriamente—. ¿Qué tienen ustedes, grupo de vagos, que me pueda ser útil a mí?

Hawkins suspiró.

—¿Qué tal munición para su escopeta? Una caja.

—¿Y a cambio?

—Acampar en un sitio cercado —respondió, mirando en dirección a la casa.

Sanji miró a Zeff a los ojos y negó suavemente con la cabeza.

Un silencioso ruego para que no hiciera tratos con desconocidos.

Pero lo cierto es que la munición les vendría bien, porque la tenían contada y no duraría para siempre.

Y Zeff no quería que Sanji se metiera en una tienda arriesgando su vida por una caja de munición.

En su territorio, en cambio, él tenía el control, incluso si eran cuatro sujetos.

—Bien —dijo Zeff—. Pueden acampar en el patio, afuera de la casa.

Sanji apretó la mandíbula.

“Viejo de mierda, ¿por qué nunca me hace caso?”, pensó.

Zeff bajó la escopeta.

—Sanji —dijo, mirando a su hijo—. Guíalos por la entrada delantera.

Sanji resopló.

—Ok.