Chapter Text
La atmósfera en la calle Grosvenor aquella noche de 1813 no era de celebración, sino de una tensión eléctrica que parecía fracturar el aire, el destino, con su ironía habitual, había decidido que las dos familias más poderosas de Londres trajeran al mundo su descendencia en el mismo instante, pero mientras en una casa se encendían las velas de la esperanza, en la otra se apagaba la llama más brillante.
Dentro de los muros de la mansión Bridgerton, el aire olía a lavanda y a sudor, Violet Bridgerton, siempre elegante, estaba ahora deshecha por el esfuerzo, sus dedos se hundían en las sábanas de lino mientras su rostro, perlado de transpiración, se contraía en una mueca de agonía pura.
-¡Edmund, no puedo! -gritó Violet, su voz rompiéndose- ¡Duele mucho, me quema!
Edmund Bridgerton, el hombre que rara vez perdía la compostura, estaba de rodillas al lado de la cama, sosteniendo la mano de su esposa con una fuerza que pretendía transmitirle su propia vida, sus ojos estaban fijos en ella, llenos de una adoración aterrada.
-Vamos, Violet... yo sé que puedes -suplicó él, con la voz ronca de emoción- Puja, mi vida, nuestro hijo está por nacer, ya casi está aquí. ¡Por favor, Violet, puja!
Con un grito que pareció sacudir los cimientos de la casa, Violet dio un último empuje, el silencio que siguió duramente apenas un segundo antes de ser desgarrado por un llanto potente, vibrante y lleno de autoridad, pero no era el llanto bajo de un niño.
El doctor, con una sonrisa que iluminaba la habitación, exclamó:
-¡Es una niña! ¡Mi lady, es una pequeña dama!
Violet se desplomó contra las almohadas, llorando de puro alivio, por fin, después de tres varones, su primera princesa había llegado, Edmund, por su parte, se quedó congelado, él que sabía de caballos, de finanzas y de criar hombres, sintió que el mundo se volvía de cristal, cuando el médico le entregó el bulto envuelto en encajes, Edmund la carga como si temiera que el más mínimo movimiento pudiera romperla.
-Oh, por Dios... es niña -susurró él, con una lágrima rodando por su mejilla mientras observaba los rasgos perfectos de la bebé-Eres tan hermosa... serás mi princesa, mi vida, mi pequeña Eloise.
En ese momento, en el pasillo, un pequeño Colin de tres años escuchaba el llanto de su hermana, pero sus ojos no miraban hacia la habitación de su madre, sino hacia la pared que compartían con los Featheringtons, su pequeño corazón latía con una inquietud que no sabía explicar.
————————————————————————————————
Al otro lado del muro, el escenario era una pesadilla de sombras y desesperación, Portia Featherington no solo luchaba por dar a luz; Luchaba por su existencia misma.
-¡Mi señora, puje por favor! -rogaba el médico, cuyo frente goteaba sudor frío.
Portia soltó un alarido de dolor que hizo que Archibald, al pie de la cama, se tambaleara.
-¡Aaaaaaah! ¡No puedo, Archi, se me va el aire!
-Lo estás haciendo bien, mi vida -mentía Archibald, con el rostro pálido como la cera-Muy pronto conoceremos al bebé. ¡Puja, Portia!
Ella dio un último empujón, un esfuerzo sobrehumano que vació sus pulmones, pero lo que siguió no fue un llanto, fue un silencio sepulcral que heló la sangre de todos los presentes, el doctor palideció al revisar la situación; el horror se reflejó en sus ojos.
-Milord... -el médico miró a Archibald con una gravedad mortal-El bebé está en mala posición, la hemorragia ha comenzado, debe escoger; si salvamos a la madre, el niño morirá, si intentamos salvar al niño... Lady Portia no sobrevivirá.
El corazón de Archibald se paralizó, el mundo se volvió borroso, no podía concebir una vida sin la mujer que había sido su cómplice, su amante y su fuerza, pero Portia con una energía que solo nace del sacrificio materno lo agarró de la manga con dedos débiles pero firmes, obligándolo a mirarla.
-Archie... por favor -susurró ella, su voz apenas un hilo-deja que viva es un bebé luchador... llegó hasta aquí contra todo pronóstico, no le prohibas conocer el mundo.
-¡No, Portia! -sollozó Archibald, cayendo de rodillas y enterrando su rostro en las sábanas- ¡Te perdería! ¡No me pides que te mate con mis propias manos!
-Archie... -ella acarició su cabello con manos temblorosas- ha luchado contra la vida para estar aquí, debemos ayudar, cada vez que veas... al bebé, me verás a mí, por favor, Archie... déja que viva, escoge a nuestro bebé.
Archibald miró a su esposa y vio en sus ojos una determinación tan sagrada que supo que, si elegía su vida por sobre la del bebé, Portia lo odiaría por el resto de la eternidad, la abrazó con una fuerza desesperada, mojando su cuello con lágrimas amargas.
-Te amo, Portia... te amo tanto -susurró, antes de erguirse y mirar al doctor con el alma rota- lo que ella decida, hagan lo que ella pide.
El caos se desató, los médicos se abalanzaron sobre Portia mientras ella reunía el último átomo de su espíritu, con un grito que nació desde el fondo de sus entrañas, Portia pujó una última vez y entonces, ocurrió el milagro; un llanto agudo y persistente llenó la habitación.
-¡Milord, es una niña! -exclamó el médico, levantando a la pequeña criatura de rizos rojizos.
Pero Archibald no miró a la niña, sus ojos estaban fijos en el rostro de Portia, que se volvía cada vez más blanco.
-Entregásela a su madre -ordenó él con voz muerta.
Portia recibió al bulto pequeño con una sonrisa débil, una luz celestial en medio de la tragedia.
-Oh, pequeña... eres hermosa -murmuró, besando la frente de la bebé-bienvenida al mundo.
Era un retrato exacto de Portia; la misma piel de porcelana, el mismo fuego en el cabello, pero mientras el bebé ganaba fuerza, la de Portia se desvanecía, sus ojos comenzaron a cerrarse.
-Archi... cuidala -susurró con su último aliento-Cuidala como a tu vida, su nombre es... Penélope.
La mano de Portia cayó sin vida sobre la cama, una enfermera se apresuró a cargar a la bebé, que empezó a llorar con más fuerza, como si supiera que el precio de su entrada al mundo había sido la vida de su madre.
-¡Paños! ¡Traigan más paños! -gritó el doctor en un intento fútil por detener el torrente de sangre- ¡Hay mucha sangre!
Archibald agarró la mano de Portia, gritando su nombre, rogándole que despertara, que no lo dejara solo en ese vacío inmenso, pero el doctor, después de un momento de silencio absoluto, bajó la cabeza.
-Lo siento, mi lord... Mi lady se ha ido.
Archibald soltó un grito que no parecía humano, un alarido de pura agonía que se escuchó hasta la calle, se lanzó sobre el cuerpo inerte de su esposa, abrazándola y llorando sobre su pecho frío; en la esquina de la habitación, el llanto de Penélope seguía resonando, constante y punzante.
Archibald se giró, con los ojos llenos de una rabia ciega y un dolor insoportable hacia la pequeña criatura.
-¡Llevensela! -rugió, señalando al bebé con un dedo tembloroso-¡No la quiero ver! ¡Callenla y llevensela de aquí ahora mismo!
La enfermera salió de la habitación aterrorizada con la niña en brazos, Archibald volvió a hundir su rostro en el hombro de Portia, susurrando entre sollozos que le desgarraban el alma.
-Ella me quitó a Portia... me la arrebató para siempre
Esa noche, mientras los Bridgerton brindaban por Eloise, en la casa de al lado, una pequeña niña llamada Penélope comenzaba su vida en la más absoluta soledad, marcada porel dolor de un padre que por ahora solo podía ver en ella la tumba de su gran amor.
