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Summary:

“Ah, cabrón, ¿A poco el Juan andaba con el Ash?” Se atrevió a preguntar Roier sin una molécula de pudor.

“Ay, pero pobrecitos, que estaban escondidos, déjenlos.” ¿Esa era la mujer que le había eructado en la cara?

“¿Sexo, sexo? ¿Quién se está cogiendo a quién?” Gritó el de traje amarillo y capa del que Ash estaba seguro jamás haber visto en su vida.

ó

El sur se une al BBQ Monday, y Juan y Ash terminan bailando juntos.

Notes:

Si este fic es enviado, encontrado o mencionado por cualquier creador involucrado con el QSMP será completamente borrado.

Otros trabajos Purpleflower:
About Flowers, Breakups, and All That Stuff , A Bit of a Mix Up , Desvelado

 

Me he tardado muchísimo con este fic, así que está ubicado alrededor del día de la reunión de la piña, Power Rangers, y el nuevo puesto de Deluxe, pero la desconfianza completa hacia el Régimen no ha sucedido todavía, por lo que solo Aldo odia a Ash aqui.

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

El universo tenía una forma muy graciosa de joderle la vida a Ash.

Si le hubieran preguntado en algún momento durante la llegada a la isla cómo se imaginaba que sería su lunes por la noche, probablemente su respuesta no hubiera sido; en la azotea de la mansión del norte, rodeado de los habitantes de la isla, observándolos consumir sustancias ilícitas mientras los escuchaba cantar a todo pulmón.

Resultaba ser que, hacer una guerra era más fácil de decir que de lograrlo. Ser partícipe de tantas lo hizo caer en la falsa seguridad que, con la experiencia adecuada, podía cometer una sin más.

Sin embargo, alianza tras alianza sucedió, y tanto su oficina como su mochila se llenaron de obsequios. La piña que yacía burlonamente en su cocineta siendo razón de su tumulto actual.

El quinteto del Régimen había llegado al Norte por invitación de Graf – y en menor medida de Juan – debido a las insensatas plegarias de Tubbo de experimentar un BBQ Monday. Ash podría haberlo ignorado si solo se tratara de Tubbo, pero Fariis y Haiper se le habían unido en algún momento de locura colectiva con la vaga excusa de vigilar de cercas a sus enemigos. Tampoco ayudó que Fit fuera partidario de sus ideas.

Así que cuando los otros cuatro corrieron por la azotea en diferentes direcciones dejando a solas a Ash, supuso que hoy sería simplemente uno de esos días.  

Nada que ver con el despertar con una guerra pisándole los talones, o la fabrica de Tubbo estallando en mil pedazos, o Haiper metiéndose en algún problema con la Federación. Más bien uno de esos días que parecían estar libres de tensión y que si fuera por él, se quedaría plácidamente en el colchón de su habitación.

Aunque Ash tenía que admitirlo, la mansión a esas horas de la noche poseía un encanto propio. En especial con el final de la primavera acercándose y enfatizando lo colorido del lugar, el estar de pie en la cima resultaba bastante placentero, la briza fresca sintiéndose grata sobre su piel cálida.

La música originaria de la televisión flotaba ruidosamente en el aire combinada con chillidos y murmullos sin nombre en concreto. Parecían casi niños con cuerpos de adultos en como jugaban entre ellos.

Es cierto que no era el ambiente cotidiano de Ash – bares viejos, compañeros sentados a tres sillas contando chistes rancios, tarros vacíos de Kelpamine hasta la última gota – pero no es eso lo que lo obliga a caminar por los márgenes de la fiesta para escapar la atmosfera lúdica.

Contraria a la creencia popular, Ash se consideraba a sí mismo como sociable. El problema residía en que, el Norte no le tenía mucha estima que digamos. Ya era un milagro que no hubiera estallado una pelea cuando Aldo notó su presencia. Ahora que intentaba activamente interactuar con otros, se topaba con una actitud reacia a conversar, o bien, el griterío sumergía sus intenciones.

En lo único que pudo refugiarse fue el alcohol, pero ni eso le permitió el universo, el efecto siendo tan leve que estaba seguro que era a causa de su constitución no humana. Al menos lo hizo sentir lo suficiente distendido y ligero.

Al final, dada su sobriedad y su resultante amargura, Ash quedó relegado al olvido en la mente de los demás. La camaradería que había forjado con los pocos amigos dispuestos a tolerar su presencia le sirvió de poco para que le acompañaran en su soledad. Lo podía entender, ni siquiera Haiper fue inmune a ello. El usualmente cauteloso zorro podía poner las excusas que quisiera, pero Ash podía ver a través él. Su supuesta socialización con el fin de ‘conseguir información’ se convirtió en genuina, y ahora el joven corría por toda la azotea, lanzándose bombas aturdidoras entre conocidos.

Así que Ash prefirió permanecer sentado en una roca, lejos de los demás a la orilla de la montaña. Le dio la espalda al acantilado, recorriendo la mirada sobre la cubierta llena; el grupo que merodeaba junto a la televisión se había abierto paso hacia la pista desgastada– ahora bailando, gritando y empujándose unos a otros.

Las risas de los borrachos insoportables se superponían a la canción, fundiéndose con ella como si formaran parte de la misma. Parecía una noche interminable a bordo de la fosa clandestina que era esta maldita isla.

De pronto, algo captó su atención por el rabillo del ojo.

Juan.

Por supuesto que estaba aquí. Era su casa y el Segundo al Mando Deluxe. Básicamente el niñero del resto de miembros de la mansión gracias a Vegetta rara vez haciendo acto de presencia.

Ash resopló, apoyando la barbilla en la palma de su mano. Han pasado un par de días desde que los dos han hablado, horarios y el calendario jugándoles en contra. Pero ahora Juan estaba ahí, divirtiéndose al bailar con sus amigos a unos metros de él, y Ash– Ash nunca había tenido la oportunidad de simplemente observarle.

Claro, Juan no era una amenaza de la que necesitaba vigilar y cuidarse. De hecho, era el único del Norte en quien confiaba. No obstante, este jueguito de ver lo que hacían otros se había convertido en un efecto secundario de su labor fuera útil o no, así que solo por esta noche, Ash se permitió mirar.

De todos modos no podría apartar la mirada ni aunque el piso se desplomara y todos cayeran al pie de la montaña.

Dejó que sus ojos recorrieran ociosamente la figura de Juan. Había cambiado imperceptiblemente a medida que han pasado los días, incluso Ash podía darse cuenta de ello. La multitud que lo rodeaba ahora ha crecido – nobles, compañeros nuevos de trabajo, coleccionistas, asesinos – y la gente acude en masa hacia él, atraídos de alguna forma por esa estúpida y fascinante luz que irradiaba.

Ash no podía realmente culparlos. Era difícil perder de vista a alguien que brillaba tanto.

Estudió cada movimiento, cada gesto torciendo las reglas hasta el borde de romperlas en un absurdo baile que sencillamente era incontenible, un campo de energía que engullía a todo aquel que se encontraba dentro de su radio.

De repente, todos esos movimientos llegaron a un alto con la vaga mano que se deslizó hasta el hombro de Juan. No fue difícil adivinar de quien se trataba. Aldo era el único imbécil que se la pasaba jugando al militar y usando lentes oscuros pese a ser de noche. También era el único que sujetaba a Juan así y este lo permitía sin reproches, casual, domestico, acostumbrado a ser suyo.

Ash no iba a mentir, era un poco raro todo eso considerando que eran amigos, pero no le importaba. No tenía por qué importarle.  

Ash siguió mirando atentamente con creciente molestia.

Aldo se cernió sobre Juan, susurrando palabras solo para sus oídos, y al parecer fue algo muy gracioso, porque Juan se desinfló sosteniendo su estómago. Un destello fugaz se mostró en sus ojos antes de cerrarlos, su cuerpo tembló, y hubo algo imposiblemente delicado en la forma en que Juan reía; desprotegido, desenfrenado, su cabeza ligeramente inclinándose hacia el hombro de Aldo, ambos hablando un lenguaje universal y a la vez incompresible para algunos. Era algo privado y público– el traductor siendo de poca ayuda con frases tan locales.

La escena despertó en su interior un torbellino que lo inundaba; Ash estaba un poco celoso de aquello, aunque fuera una sola vez, le gustaría que Juan lo mirara así.

No es que Ash quisiera una amistad– No, Ash no tenía amigos. Solo secuaces, ayudantes leales a su causa. No obstante, Ash tampoco era ajeno a pasar un buen rato, y el Segundo al Mando era jodidamente gracioso. Tan sencillo como eso. Deseaba acompañarlo en su espontanea capacidad de mantenerse despreocupado frente a cualquier situación.

Su pequeño anhelo se cumplió cuando Juan se recuperó y, al tomar una bocanada de aire, sus ojos se encontraron. Ash se obligó a no apartar su mirada, clavándola fijamente en el hombre como si se tratara de su próxima víctima.

La sonrisa de Juan flaqueó y Ash se arrepintió en seguida.

No que sus conflictos internos fueran de interés para él, Juan estaba sufriendo su propio calvario.

Un momento Aldo le estaba contando las barbaridades que se había atrevido hacer junto con Roier a los isleños, y al otro Juan sintió como los ojos de alguien lo examinaban con intensidad. Un escalofrío recorrió su espalda, motivándolo a buscar el culpable y– Ah, ahí estaba, el rastro púrpura siendo notorio incluso en la oscuridad.

Juan no tuvo ni puta idea de lo que había hecho ahora para que el Líder del Régimen lo mirara de esa forma. Estaba contemplándolo como si el tuviera la respuesta al universo, buscando un no-se-qué en su rostro. Quizás un indicio de una trampa, o una debilidad.

De cierta forma agradecía que Aldo solo hubiera ido a contarle chismes y se fugara al instante. De lo contrario, Juan estaba muy seguro que se desembocaría una pelea entre ellos por la forma amenazante de su mirada.

No fue hasta que se fijó en esos hombros encorvados, la expresión distante y preocupada, que cualquier atisbo de miedo se atenuó. No se disipó por completo, pero al menos sí lo suficiente como para encaminarse hacia Ash.

Hey, what’s up?” Fue su saludo predilecto tras cierta reflexión. ‘Hola’ habría resultado demasiado tímido, y ‘¿Qué tal la fiesta?’ demasiado desesperado, “¿Dónde está Haiper y Tubbo?”

Tendrían que matarlo antes de admitirlo en voz alta, pero agradecía la atención después de haber sido ignorado por un largo tiempo, especialmente viniendo de Juan aún si cierto nerviosismo borboteaba dentro de él al ser atrapado mirándole, “No lo sé, creo que están ocupados.”

“¿Oh, tus amigos te dejaron solo?”

“Eh– Uhm,” La pregunta lo tomó desprevenido, “No son mis amigos–”

“¿Esclavos?”

Ash jamás se atrevería a llamarlos así. Sí, puede que su sueño actual fuera tener una dictadura, pero no era un colonialista, “No, no son mis esclavos, más como, mis lacayos, supongo.”

Eso hizo reír a Juan, pero rápidamente regresó a un curioso estado de incomodidad, rascando su cuello mientras cambiaba el peso de una pierna a la otra.

“Hace un rato que no los veo, me gustaría hablarles.”

Una pausa, “¿Tienes asuntos pendientes con ellos?”

“Mas o menos. Quedé con Haiper con que le iba ayudar a encontrar una cura.”

“No tienes que hacer eso.” Se encogió de hombros, “Ya he hablado con él, y nosotros le ayudaremos con lo que necesite.”

“¿Ya no quiere que le ayude?”

Ash sabía que el hombre solía ser comprensivo en exceso, independiente de la afiliación de la persona, pero no esperaba verlo titubear, preocupación asomándose en el leve fruncimiento de sus cejas.

“Puedes saludarlo como quiera, debe estar por allá.”

Parpadeó, examinando su rostro un instante antes de tomar asiento al lado de Ash, sus hombros casi rozando, lo bastante cercas como para sentir su calor, “No, te haré compañía.”

Ash se giró. No había razón para que sus pies se sintieran pegados al suelo en el momento en que notó que Juan lo miraba con inquietud, sonriendo como si esperara que Ash lo complaciera con lo que sea que estaba intentando hacer con sentarse a su lado, y no puede evitar ser al menos un poco cruel al respecto, “¿Qué? ¿Te doy lástima porque estoy todo solo?”

“No, no.” Ash asintió con la cabeza, y Juan gruñó al cielo en desesperación, “Es que, no nos hemos visto en mucho tiempo, es todo.”

De hecho, eso no era del todo verdad. Una vez que Ash despertó de su profundo sueño, se comunicaron en el momento en que ambos coincidieron.

No obstante, con la luz trémula de las llamas caprichosas que colgaban de los faroles pintando los rasgos de preocupación en la cara de Juan, Ash no tuvo el corazón para contradecirlo.

La tensión que habitualmente cargaba en sus hombros se disipó, “Yeah, desde la reunión que no logró ni una mierda.”

Juan tuvo el descaro de aparentar asombro cuando él bien sabía que hablaron por horas en vano, “Claro que sí– Necesitaba saber si no había sucedido nada entre el Régimen y el Norte,” Se inclinó sobre sus piernas, codos contra sus rodillas y manos sosteniendo su cara, “Además… quería darte un regalo. La última vez que les regalé algo se lo quedó Haiper.” Añadió, pero fue algo silencioso, casi absorbido por la música, “Quería darte algo para tu oficina.”

Ash dejó de resistir la sonrisa suave que empezaba a asomarse en sus labios, “Gracias por la piña, Juan.” Alto. ¿Qué había dicho de un regalo? “¿Le regalaste algo a Haiper?”

“Era inicialmente para ti, pero creo que ni siquiera te dijo.”

Tampoco es como si Juan hubiera especificado que el destinatario era para Ash. Solo rezó para que le llegara, como si Haiper tuviera manera de leerle la mente.

Problema tuyo, papi, diría Aldo sino fuera a matar a Juan por andar regalándole plantitas a sus enemigos.

“Oh. Okay.” Dijo Ash, ¿Porque qué más podía decir? No iba arremeter contra el pobre de Haiper por haberse quedado con el regalo. Tampoco era como si le importara mucho si intercambiaban obsequios entre ellos, no era de su incumbencia.

Bufó, girándose para distraerse con la ahora convertida pista de baile que se formó delante del televisor. Por la música ligeramente lenta que comenzó a sonar y la torpeza en la que se chocaban unos contra otros, Ash dedujo que era una canción romántica.

La imagen que se formó delante de él fue sin duda divertida; rostros desconocidos y familiares se emparejaron, muchos de ellos tomándolo con seriedad a consecuencia de algún absurdo sentimiento romántico o lo que sea, mientras que otros juguetearon con la idea y sus compañeros sin seguir un ritmo exacto.

El contraste era todo un deleite para él, y Juan aprovechó para mirarlo de soslayo.

Para empezar, no veía nada entretenido en la escena frente a él, y segundo, Ash y él nunca habían estado tanto tiempo a solas. Bueno. Lo más a solas que podían estar con todo un gentío alocándose a solo unos cuantos metros de ellos. Pero el argumento seguía siendo válido, Juan no había tenido tiempo para analizar al hombre que había traído una montaña rusa de emociones a su vida, la mayor parte de lo que Juan sabía sobre Ash le había llegado a través de otros residentes de la mansión o inclusive de otras facciones que venían en busca de un acuerdo con el Segundo al Mando.

Lo cual, había dejado en Juan la vaga impresión de que debería desagradarle Ash, simplemente por una cuestión de principios.

Pero hasta ahora, no había sido una compañía horrible. Le gustaba su sentido del humor, le seguía la corriente en un par de estupideces, era reacio a aceptar sus bailes, y era fascinante como sus ojos podían reflejar un mar de emociones que normalmente ocultaba bajo capas de estoicismo y bromas secas.

La risa incrédula de Ash hizo despertar a Juan de su monologo interno.

“¿Qué? ¿De qué te ríes?”

“Nada.” Falló en aplacar su sonrisa, “Es gracioso verlos bailar tan animados.”

No hubo necesidad de señalar a nadie, Juan sabía de quienes hablaba. Haiper había sido casi arrastrado por Graf en una danza amigable de la cual se le veía avergonzado de ejecutar a pesar de solo sostener la punta de sus manos. En cambio, Fit tomó a Pac en sus brazos con total seguridad, la pareja feliz de realizar un acto romántico aun si era acompañado de un “meus país, meus país” por parte de Roier. Incluso Tubbo, quien usualmente permanecía alejado del ruido y las luces cegadoras, tuvo la oportunidad de convivir detrás de la barra de bebidas, recibiendo a aquellos que deseaban resguardarse en un área silenciosa.

Juan lo reconoció justo ahí– Se sintió estúpido, en realidad, por no haberse dado cuenta antes. Ash no estaba burlándose ante la muestra de afecto y camaradería. Estaba absorto en el momento efímero, sus ojos una carta de amor a la humanidad y a sus pequeñas, banales e intrínsecas vidas, su sonrisa una prueba de soledad, y tal vez, un estremecimiento de emoción por aquello que se le presentaba frente, anhelando experimentarlo por sí mismo.

Cuando hubo una pausa entre canciones, el café de sus ojos cruzó el morado de Ash, “¿Quieres bailar?”

Seguramente preguntó porque estaba borracho.

O al menos eso quería pensar Ash.

Sus hombros se tensaron, su mano izquierda jugueteó con la empuñadura de su espada. “¿No?”

Dios, Ash aborrecía que tan inseguro había sonado.

“Te ves como si quisieras bailar.”

Juan ya estaba sonriendo también y Ash escupió lo primero que se le vino en mente, “Yo no bailo si no es por dinero.”

“Uh–”

No me refiero a eso.”

“Vamos, vas a divertirte.”

Ash apartó sus ojos de Juan, porque el hombre estaba sonriendo y las constelaciones enmarcando su rostro era simplemente injusto. “No, no voy a bailar– Además, mira, es en pareja.”

“¿Y qué tiene? ¿No te gustaría bailar con alguien?”

Incluso con todo el bullicio habitual que venía de la fiesta, la singular pregunta no dejó de martillarle el cráneo, incesante, implacable y completamente inoportuna. “No soy fan del contacto físico.”

Juan examinó su rostro, y hay algo en su mirada que se intensificó, como si estuviera pensando que Juan era la excepción a esa afirmación. Era nueva, esa mirada.

Tal vez todo estaba dentro de su cabeza.

“No sabes bailar en pareja.”

El hecho de no ser una pregunta molestó a Ash.

“Sé bailar.” Mintió con la terrible certeza de quien nunca ha dado un paso de baile en pareja, “Solo no me gusta.”

Juan ignoró sus mentiras, “Te lo piensas mucho, solo tienes que sentir el ritmo y dejar que tu cuerpo haga lo suyo.”

“Yo no hago eso.”

Juan absorbió sus palabras, permaneciendo en silencio por un largo rato. Ash se preguntó si lo culparían de haber cometido un crimen que no hizo. No le extrañaría por parte del Norte.

“Podría enseñarte yo.”

Ash se giró a mirar a Juan. Necesitaba mirarlo a los ojos.

No encontró lo que esperaba, y tuvo que tragar el nudo de garganta que se produjo con la honestidad pura de su sugerencia.

, quieres bailar conmigo.” Se burló, inclinándose hacia adelante e invadiendo deliberadamente el espacio personal de Juan y– Ah, maldita sea. Desde esa distancia aspiró una dosis insalubre del aroma de Ash; un rastro de sangre que se había vuelto omnipresente en él. “En pareja.”

“¿Sí?” Dijo Juan con cautela, negándose a dejarse intimidar, “Simplemente creo que… sería divertido.”

Ash era un hombre sencillo. ¿No quería hacer algo? No lo hacía. Tan simple como eso. Bailar no era diferente, incluso si había una especie de interés morboso que bullía bajo la superficie con la promesa de un buen tiempo.

“Nah, bro, estoy bien así.”

Porque, estaría loco si aceptara, ¿Cierto? Bailar con el enemigo en frente de todos. Sentir de cercas a Juan, manos entrelazadas, examinar de cercas esos movimientos libres y sin restricciones, los gestos cambiantes en su rostro ante un cambio de ritmo o una broma susurrada para solo él.

La persistencia de ese interés resultaba aterradora. No, Ash no sentía miedo particularmente. Era más como caminar por un túnel sin salida a la vista.

“¿Es por qué soy yo?”

Was he actually stupid?

“Qué– No, eso no tiene nada que ver,” Ash negó con la cabeza, y por un instante, Juan creyó ver en su rostro algo parecido a recelo. Después, su expresión se neutralizó, lo que en el caso de Ash, significaba un ligero fruncimiento de cejas respaldado por un tono flojo, “Creo que serías un maravilloso maestro.”

“¿En serio?” Los halagos surtieron efecto de maravilla. De repente, el aura de depresión se desvaneció.

Muy en serio.” Respondió en español, y Ash fue recompensando enseguida con una sonrisa de Juan.

“¡Then dance!”

Ash parpadeó una vez. Dos veces. Luego se abrieron de par en par al darse cuenta de lo que estaba sucediendo. Ese era el tono que Juan usaba para molestar– molestar a todos, realmente.

Solo estaba diciendo lo que se le venía en mente sin ninguna intención de responsabilizarse.

Era irritable que incluso ya pareciera victorioso, el rostro de Juan siendo el de alguien a quien le han confesado haber ganado pero forzado a fingir sorpresa.

Ash no podía permitírselo.

“Está bien,” Casi pudo ver los engranajes girando en la cabeza del Segundo al Mando, esforzándose por seguir el ritmo de giro inesperado que había tomado la conversación al aceptar su propuesta, “Bailaré contigo con una condición.”

Eso lo hizo regresar. Se cruzó de brazos, ojos achicándose al esperar lo peor.

“¿Cuál?”

“Si el KFC es promocionado en el siguiente BBQ Monday.”

Sus miradas se encontraron, y el momento se prolongó hasta que Ash entró en pánico, preguntándose por una fracción de segundo, qué haría si Juan aceptaba aquella ridícula oferta.

“Sabes que no puedo hacer eso.”

“Entonces no quiero bailar.”

Su breve victoria se esfumó el instante en que Juan se levantó abruptamente, sacudiendo su pantalón con las manos. “Está bien, pero solo lo promocionaremos por un día.”

“¿En serio?” Espetó Ash con voz ronca; preguntándose en qué mierda se había metido ahora.

“Sí, ¿O qué? ¿Vas a decir que ya no?” Se burló, la pregunta casi perdida entre tanto ruido.

“No, está bien. Un trato es un trato.”

Juan ofreció una mano a Ash para ayudar a incorporarse. Si bien su sonrisa era nerviosa, su entusiasmo era notorio.

Todo lo contrario a Ash, quien su primera respuesta fue apartar su mano, sobreguardándola contra su pecho como si hubiera sido quemado. Por fortuna, sus latidos lo delataron, obligándolo a recapacitar antes de dejar que su pánico controlara sus decisiones. Dio un paso al frente, estirando su mano para aceptar la invitación, y sin embargo, no fue lo suficiente rápido.

“¿Qué pasa, qué pasa?”

Pequeños saltitos golpeteando el concreto procedieron la llegada de Molly.

Juan observó su rostro. Su entusiasmo, la alegría desinhibida reflejada en su boca y mejillas que la hacían brillar con deleite hacia Ash.

Cierto.

¿No tenía Molly un tipo de crush en Ash?

Juan ya lo sabía incluso antes de su declaración en su oficina hace semanas. A Molly le gustaba Ash. Y mucho. Juan lo ha visto reiteradas veces para saber que su desapego repentino fue obra de la diatriba de Aldo.

Sintió su pecho oprimirse. No era lo único, también estaba aquella boda que había organizado él mismo.

Quizás este era su castigo por dar su mano a los holandeses.

Ella merecía algo mejor. Ash merecía algo mejor.

Aunque no era de su mayor agrado – después de todo, por fin había conseguido acercarse a Ash – la intervención le permitió un respiro y una reprimenda silenciosa para sus adentros.

Juan retiró su mano, guardándola en su bolsillo antes de incorporarse y voltear a saludar a Molly con una sonrisa, “Dice que no sabe bailar.”

Como si no fuera suficiente con estar completamente fuera de su zona de confort, por supuesto que Ash tenía que lidiar con la maraña de nervios friéndose por culpa de Juan.

Quería preguntar por qué el Segundo al Mando parecía estar debatiendo consigo mismo si marcharse o no, pero la vergüenza asfixió su garganta.

“¿En serio?” Alzó la voz, gesticulando hacia Ash con alegría al extender una mano amigable, “¿Te enseño yo?”

“Yo tengo que regresar a mi trabajo, te lo dejo un rato, Molly.”

Las palabras le fallaron a Ash. Juan no le concedió ni un minuto para rebuscar en su mente qué decir a continuación. El hecho de que el hombre saliera prácticamente corriendo a la mansión enfureció a Ash, más por el revoltijo de confusión que por otra cosa.

“Ven, no muerdo.” Insistió con una gentileza firme, un destello travieso brillando en su rostro.

 


 

Cuando escurrió sus manos del delicado agarre de Molly, Ash quiso que la Tierra lo tragara. Rezó para que Molly lo perdonara y no comentara sobre la obvia desesperación en su voz al contarle que tenía algo que hacer y dirigirse a la misma dirección por la que ambos habían visto a Juan salir.

Afortunadamente, por las reacciones de Molly – consternación y pena ajena – parecía que no lo contaría a nadie.

Y, si así fuera, ¿Qué problema había con que Ash buscara a Juan?

Cualquier idiota que tuviera una queja podía hablarlo con su espada.

Se adentro sigilosamente en la mansión bajando las escaleras, su corazón hundiéndose en su estomago bajo el peso contundente de la revelación. Era una conexión confusa y elusiva, y Ash no tenía palabras para articularlo.

Procuró respirar hondo para hacer el menor ruido posible, sus latidos aminorándose poco a poco a medida que se acercaba a la puerta de su oficina. Se encontraba entreabierta, como si lo invitara a asomarse y ah, en efecto, Juan estaba ahí, agachado entre sus cofres. A pesar de la penumbra y silencio, el Segundo al Mando estaba tan absorto que ni siquiera escuchó cuando Ash olvidó su discreción y se encaminó hacia él.

“Hey.” Advirtió Ash en un susurro a centímetros de su nuca, porque todavía no sabía la razón por la que el otro seguía tan empeñado en organizar la basura de sus cofres dentro de su oficina cuando había una fiesta con más de la mitad de los habitantes de la isla arriba de su casa.

Quizás por la misma razón por la que Ash se encontraba ahí.

“¡Hijo de puta!” Escupió de inmediato por instinto, brincando y aferrándose a su ventanal, el corazón latiéndole desbocado en el pecho. A pesar de ya saber que Ash solía gustarle escabullirse por las construcciones de otros, preguntó tan pronto como su respiración se reguló, “¿Qué haces aquí?”

Su frustración provocó en Ash una satisfacción desmedida y rio entre dientes, “Quería ver que hacías.”

Pinche chismoso’, es como lo llamaría Juan si estuviera de mejor humor y no tuviera miedo de ser atravesado con la espada de Netherita que le colgaba en un costado.

“Pues no hacía nada, solo vine a revisar unas cosas.” Optó por decir, dándole la espalda para entretenerse nuevamente con sus cofres. “Tengo mucho trabajo que hacer.”

Juan no podía ver su expresión, pero pudo sentir el sutil crujir del suelo de madera en el momento en que Ash cambió el peso de su pierna a la otra, vacilante en romper el silencio recién formado.

“¿Te estás escondiendo?” De mí, se negó a especificar.

Para ser justos, no es que Juan estuviera ‘escondiéndose’ per se, sino que había decidido que necesitaba un descanso del excesivo ruido de la fiesta y las luces apantallantes que no hacían nada más que agobiarlo.

O al menos eso se dijo a sí mismo cuando se alejó de la escena de Molly sujetando a Ash, pegando sus cuerpos para comenzar el baile.

Cerró su cofre, regresando su mirada a él. “¿No? ¿Esconderme de qué? ¿Por qué preguntas?”

Ash carraspeó contra su puño, desviando la mirada a los adornos del escritorio, “Uhm, porque, ya sabes, estábamos hablando y… te fuiste.”

“Oh.”

“¿Hice algo malo?”

Es cierto que Ash no tenía una imagen precisamente favorable en la mente de otros, pero Juan nunca lo consideró un ser despiadado. Eso no quería decir que lo subestimara– No, todo lo contrario. Era la mayor amenaza para el norte. Sin embargo, resultaba difícil imaginar que este era Ash parado frente a él. Como Segundo al Mando Plus Plus, Juan había cruzado caminos con el líder del régimen en pocas ocasiones. La primera vez que interactuaron fue causa del imbécil de Foolish. Fue breve, un encuentro vertiginoso en donde Ash amenazó a toda su familia y prosiguió a matar a Estúpido.

Nada semejante al tono agotador de su voz y ojos indecisos que oscilaban entre divertirse mirando las mismas fotografías de la oficina que siempre han estado ahí o la persona que se encontraba frente a él.

“No, no, para nada. Solo creí que no me necesitaban ahí,” Juan reconoció sin ningún resentimiento particular, por muy triste y patético que resultara. “Molly es más adecuada para ese tipo de cosas.”

“Sí, pero quería que tú me enseñaras.” No tenía sentido mentir, o tal vez Ash simplemente no quería.

Fuera lo que fuese, el corazón de Juan lo traicionó, hundiéndose bajo el peso de la contundente revelación.

Permanecieron así, inmóviles, mirándose el uno al otro. Las risas y la música amortiguada por la débil arenisca que los separaba de la terraza pasaron a segundo plano. No fue hasta que la canción volvió a cobrar suficiente intensidad como para hacerse notar que Juan pudo reconocerla.

“Oh, temazo.”

Su cara se iluminó al mirar al techo y Ash rio, frustrado al darse cuenta que podía reconocer la sonrisa real de Juan. Hizo lo mismo que él, copiándolo como si el mirar de donde provenía la música les agudizara el oído por magia. “¿Te gusta?”

“Sí, sí. Es muy buena.” Respaldó su gusto por la canción al bailar, pasos suaves al dejarse llevar por la música. No era tan caótico como lo fue en la azotea, pero igual de desvergonzado que siempre. En cambio Ash disfrutó de la música. Por lo que podía notar, era un tema antiguo. Las palabras en español sonaban ligeramente románticas, aun si no pudo reconocer el significado de todas. Hasta hubiera cerrado los ojos si no fuera porque Juan siguió hablando, “Es de esas donde tienes que escoger pareja y bailar bien pegadito.”

Ash se ahogó, “¿Pegadito?” Repitió, una risa nerviosa escapándosele de entre sus labios, “Cómo, ¿Agarrarse las manos?”

“Nah, casi se la tienes que arrimar.”

Solo porque el traductor no funcionaba en frases locales, eso no quería decir que Ash no entendiera la esencia de lo que se estaba diciendo.

Juan tenía estos… momentos, se percató Ash, en donde sus manierismos chorreaban de una insinuación que rozaba más allá de la amistad.

Ash no era ajeno a este tipo de bromas entre amigos. No obstante, lo descoloca por completo de todos modos, al igual que lo había estado haciendo durante toda esta noche.

“Ese tipo de baile…” Pausó, vacilante en cómo terminar la frase, “No me interesa mucho.”

Una decepción latente a pesar de sonreír se hizo presente en su rostro. Dios, como Ash odiaba haberse dado cuenta cuando el otro fingía alegría, “Ya lo sé, amigo. No te preocupes.”

El ambiente en la habitación era, sin duda, diferente a cuando estaban en la azotada. Puede que Ash estuviera imaginando cosas, pero se sentía privado, intimo. La idea era loca, pero ahora estaba ahí presente, negándose a salir de su cabeza y motivado a seguirle el juego por más estúpido que fuera.

“Pero quizás me sea útil después.” Avanzó un paso más, hablando con sinceridad. Había un sonrojo subiendo por sus mejillas, podía sentirlo. Era una tontería. Seguía siendo solo Juan, el mismo tipo que corría disfrazado de Power Ranger y vestía de morado los miércoles. La única diferencia ahora es que estaban hablando a solas, sin ningún motivo político o engaño.

Tal vez eso era importante. 

“Ah, ya sé por qué, picarón,” Juan aprovechó la cercanía repentina para darle un codazo amistoso a Ash, “Es para sorprender a tu noviecito, verdad.”

La mente de Ash tropezó con la expresión un par de veces antes de finalmente asentar sus ideas.

“No– Yo no– ¿Cuál novio?”

“A la verga, no sabía que tenías tantos.”

“No, quiero decir,” Arrastró sus palabras, sin duda tratando de sonar agresivo pero rematando con frustración, “No sé de qué novio hablas. No tengo novio.”

Juan se apartó de Ash, apenas un poco, otorgándole espacio para clavarle una mirada directa, sumamente desconcertante, “Pues, Ewron dijo frente a la corte el día del juicio que era tu novio.”

“Dios mío.” Sintió que la cabeza le palpitaba cuanto más frustrado se sentía. Tenía que hablar seriamente con su amigo. “No, borra– Olvida eso. Fue un malentendido.” Agregó recordando, “Ni siquiera estamos en los mejores términos ahora mismo.”

Ash sonrió, pero Juan entrecerró los ojos con escepticismo. “Pero se llevaban muy bien, ¿No?”

“Si no quieres enseñarme puedes simplemente decirme y ya.” Dijo petulante. Si Juan no lo conociera, creería que estaba haciendo un berrinche.

“Ya, ya, perdón.” Juan lo sujetó del antebrazo en pánico, colocándose frente a Ash y bloqueando la vista de la puerta como si el muy tonto fuera capaz de impedir que el otro se fuera del lugar si así lo deseaba. “Está bien, no sabía que no podía preguntar.”

Ese tono típico en él que sonaba más frustrado de lo necesario le regresó su buen humor a Ash. Fue tan distractor que ni siquiera pudo protestar cuando la otra mano de Juan tomó su hombro y lo condujo hacia él, firme al dejar un solo paso de distancia entre los dos.

Muy cercas, dude.” Siseó.

Juan lo sintió intentar zafarse del agarre, pero simplemente le dio un apretón amigable a su hombro, balanceando a ambos de izquierda a derecha, su actitud juguetona regresando. “No puedes aprender a bailar sin tocar a nadie.”

“Eso ya lo sé.” Ash se detuvo. No dejaría que el otro pensara que toda esta situación le atemorizaba. “Simplemente no creí que aceptarías tan rápido.”

Juan paró el balanceo, su mano ahora suave contra él.

“Si el líder del Régimen me lo pide no es como si pudiera negarme, ¿Cierto?”

“Gracias.”

Hubo unos segundos en los que Ash pudo detectar incredulidad en sus ojos, pero desapareció tan pronto como abrió la boca.

“¿Te molesta que yo lideree?” Aclaró su garganta, algo apresurado en su hablar, “Creo que es apropiado considerando que eres un principiante y podría resultarte más fácil verme.”

Ash suspiró, incapaz de evitar que sus labios se curvaran hacia arriba ante la evidente pretensión de autoridad. Amaba estar al mando de todo, pero le daría la oportunidad a Juan de mostrar su valía. “Claro, como quieras. “

Si fallaba, al menos sería gracioso.

“Voy a tocarte entonces.” Advirtió Juan y Ash empezó a arrepentirse.

Juan deslizó con total naturalidad su mano derecha del antebrazo a la cintura de Ash. Quería tocarlo, así que lo hizo. Sin calcular los roces ni planear estrategias. A pesar de las múltiples capas de tela que los separaban, Ash se tensó, cada punto donde sus extremidades se tocaban ardió y su cuerpo se retorció torpemente sin saber como procesarlo.

El sutil gesto no pasó desapercibido por el hombre frente a él, quien le otorgó una mirada de reojo pero no hizo más. No que pudiera hacer algo al respecto. El mismo Juan estaba tan sorprendido cómo él, tan solo la sugerencia de invitar a la persona que le había traído tantos problemas al Norte le hubiera provocado un paro cardiaco hace un par de semanas.

Debía ser raro, algo inaudito digno de un reportaje en las Q-News, y sin embargo, Juan solo pudo pensar en la azotea y aquel olor de sangre que había percibido. La cercanía actual tendría que haberlo intensificado pero Juan encontró todo lo contrario; un cierto aroma floral.

Lavanda, reconoció Juan.

“Y ahora tu mano.” La voz de Juan era tranquila, desalentadoramente segura. Su otra mano encontró la de Ash, sus dedos entrelazándose.

El agarre de Juan fue cálido, su piel suave a excepción de unos cuantos callos, probablemente de alguien acostumbrado a las manualidades pero no del levantar una espada.

Ash podía asegurar que esta no era la única vez que había permanecido cercas del otro – después de todo, había perdido la cuenta de cuantas veces lo había amenazado ya – pero si la única en la que se prolongó tanto para entretenerse con banalidades como el aroma del otro.

Era un coctel de suavizante de telas, y un desodorante cítrico. Tenía un olor muy limpio, lo cual no debería resultarle sorprendente, Juan se veía como el tipo que se pasaba horas frotándose bajo la ducha.

Se hubiera burlado del olor débil que desprendía si no fuera porque Ash comenzó a sentir su sudor humedeciendo la palma del Segundo al Mando.

Ash esperaba, tercamente, que Juan no notara su nerviosismo.

“¿Estás nervioso?”

Ash hizo un ruido extraño que podría ser una risa que murió dolorosamente al salir, “No.”

“Entonces pon tu mano izquierda en mi hombro.”

Ash aceptó sin rezongar, las puntas de sus dedos absorbiendo la sensación como si estuviera hambriento por el contacto físico.

Estaba empezando a pensar que sí lo estaba.

“Y ahora…” De repente, Ash se inclinó sobre él, ambos pechos a centímetros de chocar. Ash tenía una fascinación con cernirse sobre él para intimidarlo, y por lo regular, Juan estaba demasiado ocupado sobreviviendo los volubles estados de ánimo del líder como para fijarse en los hombros anchos y la considerable diferencia de altura.

“¿Qué?”

Juan lo estaba mirando de nuevo. Otra vez con esos malditos ojos enormes.

“Eres muy alto.” Ash arqueó una ceja ante la obviedad espontanea. “Solo comentaba, no lo había notado antes.”

Su sonrisa burlona volvió, su voz brillando con exageración al hablar, “Oh, ¿No habías notado que pequeño eras? ¿En serio?”

Juan bufó, “Tengo altura promedio.”

“Ajá.”

“¡¿Tú sígueme y ya, okay?!” El líder estalló en una risa baja, asimismo, Juan decidió ignorarlo pese a que él también estaba sonriendo ahora, “Si yo doy un paso hacia adelante, tú das uno para atrás, y luego regresamos.”

Juan lo guio con delicadeza, sin forzar, pero decisivo.

Dio un paso adelante, y Ash retrocedió.

Ash podía sentir la dulzura del tacto que ejercía en él, como si Ash fuera a romperse en mil pedazos si aplicaba un poco más de fuerza. Era absurdo, Juan tenía que verse en un espejo– Tan pequeño, tan aplastante.

Bajó la vista, observando sus pies mientras memorizaba los movimientos. Necesitaba mantener la cabeza fría o sería vergonzoso equivocarse con algo relativamente fácil de hacer.

“Paso adelante y paso atrás.” Repitió, evitando la mirada de Juan. En realidad, la visibilidad adicional no ayudaba mucho con su coordinación, pero la distracción fue bienvenida al sentir la mano de Juan escurrirse de su cintura a su espalda.

Un, dos, tres.

Un dos tres.

El movimiento fue repetido en su lugar; cuando Juan retrocedía, Ash avanzaba, y cuando él Segundo al Mando daba un paso al frente, el Líder invertida la acción. Pronto, ambos se deslizaron por el piso de madera, y Ash se dejó llevar siguiendo el paso marcado por Juan y adoptando un ritmo constante.

“Exacto, justo así.”

Las manos de su compañero de baile ofrecieron un leve empujón en la dirección correcta y Ash obedeció, esquivando una de las sillas de la oficina. No estaban siguiendo la música en absoluto, pero Ash lo tomó como una victoria al ver que el otro sonreía durante todo el trayecto.

Zumbó feliz ante el alago, “Easy.”

“Deberíamos intentar bailar con la música.” La voz de Juan estaba llena de emoción, “Vamos a esperar al coro.” Los dos hombres pararon expectantes, mirando al techo de nuevo con la esperanza de escuchar la música mejor mágicamente. “¡Okay, ahora!”

El ritmo del baile lento que habían estado haciendo se aceleró al compás de la música que los rodeaba, cálido y excitante como era comúnmente conocida la música latina.

No había diferencia entre estos y los pasos anteriores.

Un paso al frente, un paso atrás, y luego, de un lado a otro.

No obstante, todo se desmoronó con un paso vacilante.

“Amigo, estás super tieso.” La risa es tan espontanea que Ash sintió que se le ruborizaban las mejillas por la frustración. No fue su culpa tropezarse. Era antinatural ceder el control y rendirse a la iniciativa de otra persona. “No sé cómo alguien experto en PvP puede estar tan tieso.”

La tensión acechaba la figura de Ash, como si estuviera integrada en su cuerpo junto con los músculos y sangre, pero se las arregló para permanecer con un tono monótono y rodar sus ojos, “No hay correlación entre bailar y pelear.”

“Por supuesto que lo hay, mueves tu cuerpo a voluntad al igual que con el baile.” Enfatizó juguetonamente al mecer sus manos entrelazadas.

La mano de Ash se aflojó. “Entonces tal vez tú deberías de ser bueno en PvP.”

“De hecho, soy muy bueno en PvP, de los mejores.”

“¿Ah, sí?” Ash clavó sus ojos en él, su mirada cargada de una emoción que Juan no logró identificar. “¿Quieres ponerlo a prueba conmigo?”

Tragó saliva con dificultad, “No, quizás en otro momento…” 

“Podría enseñarte, ¿Sabes?” Intentó imaginarse allí, en alguna arena plana cerca del Régimen o un lugar desolado vecino al Norte, Juan gritando alguna estupidez antes de comenzar, las bromas, los trucos que podría mostrarle si algún imbécil de la Federación volvía a molestarlo. La idea fluyó con facilidad. “A pelear. Como pago por todo esto.”

Juan se encogió de hombros, “En realidad Aldo tenía planeado entrenar a todo el Norte.”

“¿Aldo? ¿El delirante de Aldo los entrenará a todos ustedes?”

“Todos los martes.”

Dude, no hay nada que ese chiflado pueda enseñarte, ese hombre es débil.”

Era ridículo que Aldo, de entre todas las personas del Norte, entrenara al resto. Podría respetar la idea si fuera Molly o Senpai, pero Aldo era risible.

“Yo no creo que sea débil.” La risa de Ash murió en su garganta cuando Juan le dirigió una mirada fulminante. “Puede que a veces sea un poco impulsivo, pero se sacrificaría por su familia en cualquier momento si eso significa ponernos a todos a salvo.”

Había un claro desdén en su voz. Ash lo tomó como una ofensa, Juan no tenía ningún derecho a estar enojado con él. Para empezar, el General no tendría que sacrificarse si fuera lo suficiente fuerte. Muy altruista y todo pero muy inútil también. Segundo, si Juan creía que Ash se retractaría solo porque continuaba mirándolo con dureza, estaba muy equivocado.

Ash quería borrarle ese ceño fruncido de su frente. Curiosamente, no a golpes.

Con qué, Ash no lo sabía.

“Como sea, la oferta sigue en pie.”

“Ey, intentemos girar.” Dijo Juan con la llegada emocionante del segundo coro. El cambio de actitud fue demasiado repentino para Ash, prohibiéndole un minuto para digerir lo que sucedía. Sin previo aviso, Juan levantó sus dos brazos para tratar de guiarlo en un giro.

La palabra clave siendo tratar.

Ash a duras penas siguió los pasos, enredándose un poco en Juan por culpa de la diferencia de altura. Cuando por fin regresó a su posición inicial después de completar el estúpido giro, notó que el rostro de Juan se había transformado en algo un tanto más burlón. 

“Hombre, deja de mirarme así, es mi primera vez.”

Todo se detuvo. Sus brazos, sus pies, sus labios regresaron a una expresión neutra, y hasta su mano enlazada flaqueó. “Espera. ¿Es tu primera vez bailando con alguien más?”

“Básicamente.”

“Oh, dios mío, te acabo de quitar tu virginidad bailarina.”

“¿What the hell is wrong with you?”

Si mañana perdiera la habilidad de hablar ingles, Juan no necesitaría un traductor para saber lo que dijo.

Juan se desinfló en una risa estruendosa, Ash quería insultarle, pararlo de decir estupideces, pero la idea no llegó a cuajar del todo cuando sintió el leve temblor de los dedos de Juan contra los suyos, enérgicos al deslizarse de las manos de Ash y salir volando a su propia boca para prohibir que las risas brotaran.

El baile había terminado demasiado pronto, Juan alejándose sin siquiera una oportunidad de incentivarlo a una continuación.

“A la siguiente que digas algo así el tratado de paz se acaba.” Titubeó Ash, consciente de la intensa sensación de firmeza que lo había abandonado.

Sin la intensidad de su mirada o una espada a su cuello, la amenaza surtió cero efecto, “Vale, ahora es tu turno.”

Su corazón dio un pequeño salto dramático, rápido pero violento, “¿Vamos a seguir con esto?”

“Claro, ¿No quieres?”

No era un problema de querer o no.

“Simplemente no creo que sea necesario.” Ash rascó su barbilla, apartando la mirada de Juan, “Es la misma mierda.”

Juan pretendió pensárselo antes de rendirse y decir, “Eh, sí, más o menos, pero me debes un baile por promocionar el KFC el siguiente BBQ Monday.”

“¿Entonces es solo una excusa para tocarme? Got it, bro.” Soltó una carcajada, y fue recompensado con mejillas ligeramente sonrosadas pintando el rostro de Juan.

“Eso no fue lo que dije.”

“Okay, como sea. Terminemos ya esto.”

Aprovechando la distracción que causó la molestia de Juan, Ash dio un paso adelante. No se lo pensó para tomar la mano de Juan con la suya, sus dedos cerrándose casi instintivamente alrededor de los del otro hombre.

Juan fijó sus ojos en el punto de contacto, “¿Estás seguro? Podemos parar si quieres.”

“Estoy seguro.” Respondió, procurando mantener un tono inexpresivo. Ya había tenido suficientes vergüenzas el día de hoy como para también mostrarse nervioso.

Su mano sobrante aterrizó en la cintura de Juan, deslizándose hasta su espalda y acercándolo suavemente a él. Habían retomado la posición inicial. Ash no se movió hasta que Juan terminó de posar su otra mano en su hombro.

Un paso. Dos. Tres.

Su cuerpo lo recordó, el ritmo era prácticamente el mismo, la moción igual, y sin embargo, algo era diferente. Ash podía sentir el sutil cambio en los pequeños movimientos que procedían cada paso de Juan.

Era mucho más fácil, en cierto modo, limitarse a demandar en vez de responder. Tener a alguien bajo control lo hacía sentirse él mismo, pero también resultaba mucho más intimo que Juan le otorgara el control del rumbo, dejando su cuerpo en sus manos.

“Se siente distinto.” Murmuró Ash, mirando sus piernas mientras avanzaban con lentitud por la oficina.

A decir verdad, Juan estaba sorprendido que a Ash le costara tanto la actividad. Por su físico, uno pensaría que parecía hecho para esto. Era alto, con un porte semi-elegante, y el muy maldito seguramente luciría como un supermodelo vendiendo tacos en una esquina o bailando un vals.

Era un placer verlo ejecutar pasos tan básicos, pero Juan estaría mintiendo si no reconocía estar un poco celoso de aquello.

Por ahora, simplemente rio con suavidad. El sonido hizo que el corazón de Ash se acelerara un poco, “Por eso te dije que practicáramos,” Ofreció, “Pero creo que ya con esto estás preparado para todos los siguientes BBQ Mondays.”

Juan tenía razón. Ahora se movían en tal sincronía que nadie podría distinguir quien guiaba a quien, su cuerpo respondía a Ash con total entrega, sin demoras ni objeciones, encajando con el contrario mientras esquivaban los muebles de madera.

Ash sintió una sensación que se extendió hasta la punta de sus dedos. La vulnerabilidad de Juan despertó una oleada de posesividad en lo más profundo de su ser, y se preguntó, por un solo segundo, si podría lograr bailar en pareja con alguien que no fuera él.

Ash bajó la mirada hacia Juan, su barbilla ligeramente ladeada, su sonrisa pequeña. “¿Estoy invitado a los siguientes lunes?”

“Por supuesto que yes, my friend.”

“O podrías invitarme al martes de entrenamiento.” 

Juan zumbó, casi como si realmente fuera a aceptar su propuesta, “Nah, no creo.”

La sonrisa de Ash creció junto con un brillo travieso en sus ojos, “¿Por qué no? ¿No crees que sería bueno para el Norte y el Régimen prepararnos para un ataque de la Federación?” Pausó esperando una confirmación o negación. Cuando no llegó ninguna, prosiguió, “Tú, entre todas las personas de la mansión, necesitas ese entrenamiento, Juan.”

“A ver, Ash, no soy estúpido, tú lo que quieres es pelearte con Aldo.”

“Mis intereses son completamente desinteresados.”

“Esa es la más grande mentira que me podías haber dicho.”

“Bueno, tal vez no completamente.” Balbuceó, resistiendo el impulso de pasar la mano por su espalda. Apagó por completo la idea al darle espacio a su compañero para realizar un giro.

“Pero puedes venir a los Jueves de Lechita.” Juan pensó en voz alta.

“¿Los jueves de qué, perdón?”

Juan se maldijo por dentro cuando Ash lo obligó a parar en seco a mitad del giro. Aunque claramente fue más por terquedad, Ash no dejó ir la mano de Juan a pesar de tropezarse con todo lo que se encontró en su camino. Por suerte, esquivó su amado escritorio, pero no sin antes pisar a Ash un par de ocasiones hasta que este jalara de él para adentro y chocara contra su pecho.

Juan soltó el aliento que había estado conteniendo, relajándose por un segundo antes de caer en cuenta que, los dos estaban a solo centímetros del otro. Inconscientemente se tensó, el calor corporal más alto de lo habitual al igual que su pulso. 

Se arriesgó a mirar hacia arriba, pero Ash todavía tenía ese aspecto desconcertado esperando una respuesta, inmóvil e indiferente al daño de sus zapatos o la cercanía.

“De lechita.” Murmuró, un rubor recorriendo su cuello. Jamás perdonaría a Robleis por hacerlo agregar el Jueves de Lechita al calendario de actividades, “Tomamos lechita todos juntos en la sala de conferencias.”

Contra todo pronóstico, el rostro Líder del Régimen se partió en la más amplia de las risas. Juan estaba consciente del sentido del humor de Ash, pero no lo recordaba tan risueño, al menos no en las reuniones que han tenido antes. Además, ni siquiera era tan gracioso, ¿Y qué si se sentaban en un circulo a beber leche? ¿Qué acaso lo único que hacía el Régimen era entrenar y pelear?

Como ya era común entre ambos, Ash siguió sorprendiéndolo. Juan no tuvo que empujarlo a continuar el baile con palabras floreadas o desafíos. Volvió, natural, conducido por Ash con una ternura fuera de lugar, asemejándose más a un balanceo lento, a un simple moverse por el mero placer de hacerlo.

Juan se preguntó si realmente había sido terquedad la razón por la que no lo había dejado ir cuando chocó contra él.

Su tono estaba cargado de sarcasmo, agudo en la manera exagerada en la que uno le hablaría a un niño pequeño, “Aw, toman leche en las mañanas, ¿Y esto les ayuda en…?”

“Son actividades para unir al equipo.” Dijo fingiendo desinterés mientras seguía el tempo marcado por su pareja temporal, su entonación intensa delatándolo, “Aunque, a decir verdad, el Jueves de Lechita no fue tan popular.”

Ash rodó los ojos, “Me pregunto por qué.”

“Pero al menos el día de Power Rangers fue un éxito.”

Lo fue, bastante, de hecho. Incluso Ash formó parte de su acto, sollozando en las vías del tren cual damisela en apuros. A decir verdad, Ash no había tenido tiempo de procesarlo, fue uno de esos momentos en los que simplemente la gracia del asunto había ganado ante su prioridad de permanecer el líder nato de siempre, pero ahora que la memoria lo golpeaba de lleno; la risa de sus amigos, la sorpresa de otros en el intercomunicador, y como pidió a Juan que le soplara ante las quemaduras, lo hizo gruñir en vergüenza, “Creo que prefiero los Miércoles Morados.” Las palabras brotaron de Ash por sí solas, “Te queda bien el morado, deberías usarlo más.”

“Gracias,” La presunta indiferencia en la voz de Ash no hizo más que alimentar la creciente ansiedad de Juan. Evitó el contacto visual, esforzándose en tomar sus palabras como mentiras, “A ti también te queda bien el morado.”

“Debería. Soy morado.”

Su ansiedad no se disipa por completo, pero se hundió bajo la superficie, un recordatorio constante, “Bueno, sí, pero te verías bien con cualquier cosa puesta.”

“¿Oh, en serio?” La sonrisa que tiraba de la boca de Ash era francamente imposible de reprimir.

Ash no tuvo la intención de escuchar el rastro de Juan, pero la falta de respuesta lo deja abrumado. Por su expresión, resultaba evidente que el hombre no estaba – figurativamente – presente. Parecía tan confiado hacía apenas unos minutos, y ahora le miraba con urgencia.

Ash podía entender porque el resto de habitantes de la isla sentían cierto tipo de atracción, romántica o no, hacia él, aun si sus despistes y picardía lo metían en problemas.

“¿Qué me ves?” Ash dio un salto. Saltó, físicamente. Ash, el Líder Supremo del Régimen había dado un respingón. El verlo tan desprevenido hizo sentir a Juan igual de avergonzado que su compañero de baile. Intentó esta vez con un tono más suave, “¿Tengo algo en la cara? Llevas rato viéndome raro…”

Respiró hondo como si sus palabras fueran a tener importancia y no estuviera ganando segundos para formar una excusa y ocultar sus instintos desbocados, “Estaba pensando que sería muy gracioso si todo esto fuera un plan para matar a Sapotter.”

Si Ash quería cagar el ambiente, lo había hecho.

“Sí, graciosísimo…” Pudo sentir a Juan tensarse entre sus brazos con una sonrisa falsa, y Ash no puede impedir acompañarle con una risa tenue.

“Estoy bromeando.”

“Ah, qué bueno…”

A pesar de su esfuerzo por usar un tono juguetón, Ash sintió que el humor de Juan se hundía aún más. Okay, tal vez había sido demasiado pronto para bromear con eso, pero en su defensa, Juan ya había hecho chistes al respecto antes.

“Sabes que nunca volvería a hacer algo así, Juan.” Apretó con suavidad su mano con la esperanza de tranquilizarlo y transmitirle su honestidad, pero fue en vano. Juan solo asintió levemente al alzar la vista. Parecía incrédulo, lo cual, considerando el historial violento de Ash, era justificable. Está bien, intentaría con otra cosa, “Todavía no puedo creer que una rana y un perro hayan tenido un rango mayor que el tuyo y el de Molly.”

“Así lo decidió Vegetta.”

“Sí, pero Molly merece más que eso.”

El cambio de conversación no consiguió calmar el ceño fruncido de Juan. Ahora solo parecía frustrado, “¿Te gusta un montón Molly, eh?”

Ash se encogió de hombres, “Es agradable, y de las pocas que tienen cerebro dentro de esa casa.”

Molly era encantadora. No le escondía las cosas ni le mentía, eso le gustaba de ella. No diría que era su amiga – Ash no tenía amigos – pero se llevaban bien. Le hubiera gustado hablar más con Molly en la fiesta, pero eso habría implicado bailar con ella y eso era algo que solo haría con Juan, lo qué sea que eso significara.

“¡Qué bueno que me dices, porque se va a casar!”

Incluso mientras lo decía, Juan se dio cuenta de lo estúpido que resultaba sacar el tema a relucir de la nada; petulante y destinado a volverse en su contra, y aun así, la sombra de algo mezquino asechó las comisuras de los labios al ver que Ash pareció un tanto desconcertado con la afirmación.

Dios, Juan amaría tener su lanzador de confeti y su matasuegras.

“Oh, estuvimos platicando un poco y no me dijo nada.” Tropezó en su habla, indeciso hacia donde dirigir la conversación, “¿Cuándo es la boda?”

“No lo sé, la verdad.”

Ash ladeó su cabeza, encontrándolo gracioso, “¿No sabes cuándo es? Se supone que tú eres el Segundo al Mando.”

“¡Pues no sé!” Frustración brotó sin ninguna vía para lidiar con ella. Se sintió infantil por querer que esa vía fuera Ash, “Todo pasó demasiado rápido, lo hicimos para unir las facciones del Norte y la de los Holandeses.”

“Okay, ¿Y por qué eligieron a Molly de entre todos ustedes?” Siseó, harto de la poca información y malas caras que estaba recibiendo por un tema que Juan había sacado.

“Bueno, preguntaron por mi o Molly y obviamente les dije que yo no podía, así que eligieron a Molly.”

El vaivén se fue desacelerando hasta detenerse por completo, las manos de Ash permanecieron en su lugar a pesar de no continuar el baile, apretando oh tan ligeramente la mano y cintura de Juan. Se produjo un momento de silencio. Bueno, un silencio entre el caos que era una oficina con paredes delgadas de papel en medio de la casa más escandalosa en toda la isla, llena de cacofonías musicales y gritos emocionantes. Pero en medio de todo eso, los dos hombres permanecieron en completo silencio.

Ash pudo sentir un zumbido bajo la piel que no provenía de la música, una inquietud asentándose en su pecho que lo impulsaba a protestar, a preguntar quién fue el imbécil que preguntó por su mano, en que mierda se había metido Juan de nuevo. Había algo más allá de una rabia hirviendo a fuego lento– algo que iba más allá de simple curiosidad pero que no logró llegar hasta sus labios. 

“Quizás deberías sacrificarte tú.” Prefirió responder Ash, probablemente porque comportarse como alguien decente era un pecado para él o algo así.

Algo que a Ash le gustaría describir como decepción relampagueó en el rostro de Juan, pero antes de descifrarlo fue reemplazado por algo que conocía mejor; irritación.

“Jodete.” A pesar del insulto, o quizás debido a él, el humor de Ash se desinfló. Sonrió, amplio y sincero. Era contagioso, y Juan se encontró peleando consigo mismo para no devolver la sonrisa, “Yo quiero casarme por amor, soy un romántico, necesito de alguien que quiera despertar conmigo en las mañanas y por las noches me susurre en el oído que hagamos el amor y cojamos como animales–”

Ash sintió una combinación de conmoción, confusión y preocupación, persuadiéndolo de finalmente intervenir, “¿No crees que así se siente Molly también?”

“Nah, ella está muy feliz.” O al menos eso quería pensar Juan, pero seguía sin recordar si Molly había tenido alguna objeción. No que importara, en caso de que cualquier tipo de amenaza física o emocional dirigida a Molly se hiciera presente, la familia estaría preparada para atacar. Además, Ash no tenía derecho a quejarse en problemas del Norte.

Para sorpresa de Juan, Ash no dudó en su respuesta. “¿Y quién era?”

“¿Quién era qué?” Respondió Juan, con cierta distracción. Ash supo el motivo en cuanto lo miró. Se estaba haciendo el estúpido.

“El que se quiso casar contigo.”

“Nadie quería casarse conmigo.”

“Dijiste que eras tú o Molly.” Respondió Ash rotundamente, entrecerrando sus ojos.

“¿Dije eso?”

“Sí, lo hiciste.”

“Ah…” Juan pretendía zafar su mano para alejarse, pero Ash lo atrapó, apretando con la fuerza apta para que no se le ocurriera hacerlo de nuevo. Juan se quedó quieto, “Duncan.”

Después de estar de preguntón, el muy maldito tenía el descaro de parecer asqueado, “¿Por qué?”

De hecho, Juan tampoco tenía puta idea por qué Shappo lo había considerado un candidato, a él también le gustaría saberlo. “Supongo que pensaron que soy un heredero a la mansión o tengo algún tipo de poder sobre los demás, pero a mí no me dan ni una mierda.”

Ash permaneció allí sin inmutarse, expresión indescifrable retratándole, “Deberían.”

“Nah, estoy perfectamente bien así.”

Bajo la superficie latía una ira que Ash sentía que lo carcomía; ira por una oferta que no le incumbía, ira por verlo privarse de los beneficios laborales, ira por su falta de valor propio.

“Sabes que puede que Duncan tenga un interés en ti, ¿Verdad?”

“No creo, nadie querría estar con alguien como yo.”

That’s fucking stupid, pensó Ash, porque por qué carajos se sentía como si se estuviera volviendo loco por no poder descifrar qué era exactamente lo que había en Juan o por qué nadie más lo veía como él.

“¿Eso significa que si sí lo tuviera, aceptarías casarte con él?” Se limitó a preguntar.

“¿No?” La expresión de Ash no cambió en lo más mínimo cuando Juan lo negó. ¿Había sido su tono?, “No.” Repitió, carraspeando para disipar sus nervios, “Mi corazón está cerrado– ¿Aunque a lo mejor le daría una oportunidad, no sé–?”

“Entonces no está muy cerrado que digamos.”

Por un instante, el destello de pánico en la expresión de Juan se intensificó, y aunque tal vez estuviera diseñado para mantener a raya a Ash, solo sirvió como combustible.

Juan dio un paso para atrás. Tragó saliva, su boca repentinamente seca.

Ash lo siguió como depredador, seguro de que el otro podría salir huyendo de allí mismo si lo presionaba demasiado.

De repente, la espalda de Juan impactó contra una de las sillas.

“¡Puta madre!”

Espetó al tambalearse, logrando recuperar el equilibrio por cómicamente dar saltitos sobre una sola pierna hasta que a Ash se le ocurrió soltarle, sus manos viajando al instante hacia los hombros de Juan para pararlo de una.

“¿Estás bien?”

La respuesta de Juan fue una risa alargada, aguda y jocosa, sin razón aparente. El sonido resonó en sus oídos, una dicha alegre como una melodía que nunca había escuchado. Ash se encontró acompañándolo de la misma manera hasta que el ruido se derritió.

Sus manos seguían en sus hombros, apenas ahí, un leve apretón susurrando una verdad justo antes de deslizarlas fuera del cuerpo de Juan con reticencia.

“Me acabo de dar cuenta que hacer esto en la oficina fue muy mala idea.”

La sensación de su piel perduró en sus manos, su consciencia lo reprende de antemano, pero Juan la silencia con suficiente rapidez con la forma en que lo mira.

Sus pulmones dolieron a causa de algo que no era falta de oxígeno, aun si no lograba identificar exactamente el por qué.

Ash bufó, pero fue suave, casi un suspiro, “Bro, no es mi culpa que no quisieras bailar conmigo allá arriba.”

Juan ladeó su cabeza, genuinamente confundido pero aún agrio, “Pensé que preferirías a Molly.”

“¿Qué–? No, te elegiría siempre a ti.” Tartamudeó, soltándolo de golpe en un intento por borrar la incertidumbre de Juan. Ash no estaba seguro de querer admitir ese pensamiento, pero fue demasiado tarde. No pudo detenerse a recapacitar y hizo su mejor esfuerzo en disimular su agobio, “No es que Molly baile mal ni nada, pero–”

“Creo, creo que yo también.” Interrumpió, mirando a Ash con absoluta perplejidad como si la revelación le hubiera caído encima como un ladrillo y se le fuera a escapar el pensamiento si no lo confesaba en voz alta.

Un sonido escapó de la garganta de Ash, algo áspero entre una risa y una tos, “¿‘Creo’? ¿No estás seguro?”

No lo estaba.

¿Cómo podría estarlo? Si fue rechazado una y otra vez, engañado y convertido en un chiste que olvidaron al siguiente día. No era la primera opción de nadie.

Jamás lo sería.

“Bueno, creo que alguien se enojaría si digiera lo mismo.” Prefirió decir, porque la otra opción era demasiada patética como para vociferarlo.

“No parecía importante mucho cuando me invitaste a bailar.” Ash resopló suavemente, con ternura.

Juan necesitaba que Ash dejara de hacer eso.

“Estaba borracho.”

Mm-hm.”

“¡De verdad!”

Uh-huh, tan, tan borracho.” Ash ni siquiera se molestó en llevarle la contraria. Le siguió el juego, su tono agudo y pegajoso para provocarle, “Por eso te andas cayendo con cada mueble de la oficina.”

“Eso es porque eres una mierda bailando.”

“Oh, wow,” Fingió sonar impresionado, “Dijiste que era lo suficiente bueno para invitarme cada BBQ Monday.”

“Bueno, quizás no estás listo para bailar con el resto del Norte.”

“No te preocupes por eso, tú eres el único con el que querría bailar.”

Un tramo de silencio se interpuso entre ellos que Ash no se atrevió a romper. Pudo oír la música no muy lejos de allí, el ambiente romántico olvidado por un rock polaco, los gritos colándose por la frágil arenisca. La brillante iluminación de la oficina dejaba poco para la imaginación, generándole… ansiedad, más no se sintió con la necesidad de salir huyendo por más que la tensión le resultaba tortuosa.

“Eso sonó tan gay,” Lo que pretendió que fuera una broma terminó sonando demasiado acusatorio. Ash abrió la boca, y antes de que pronunciara si quiera una vocal, Juan dijo, “Si no te conociera pensaría que quieres conmigo.”

De todo lo que pudo haber dicho, de todo lo que esperaba que Juan dijera, eso fue lo último que creyó que diría.

Pero a diferencia de él, Ash no podía contestar del mismo modo alocado. Él no solía ser de los que dejaban escapar hechos de su boca. Medía con cuidado sus palabras y sus actos; por lo general, se guardaba sus pensamientos para sí mismo hasta que fuera oportuno. Sin embargo, hay algo que anula ese filtro cada que se acerca a Juan.

Al final fracasó, lo que brotó de su boca traicionera fue, “Quizá– Quizás no me conoces lo suficiente.” Reconocerlo fue una sensación a la vez liberadora y aterradora. ¿Era así como se sentía la mayoría? ¿Juan sentía lo mismo? Si lo hacía, no lo demostró, “¿Has pensado en eso?”

Las risas se fueron apagando lentamente, la pregunta tomando a Juan desprevenido. Siendo sinceros, Juan no había logrado pasar suficiente tiempo con el Líder Supremo como para proclamar que lo conocía a fondo. Estaba más familiarizado con su ausencia que con su presencia.

Tampoco era como si pudiera darse el lujo de conocerlo. Juan tenía sus propios problemas con los que lidiar. Aplastaría esas flores brillantes y de aroma dulce que amenazaban con sofocarle la garganta y el pecho cada que a Ash se le ocurría decir algo fácil de malinterpretar.

“No, la verdad es que no.” A pesar de su tono seguro, Ash percibió el tenue rubor que teñía las mejillas de Juan y el trago nervioso antes de volver a hablar, “No nos,” Verga. Intentó respirar hondo, su pulso se aceleró, “No nos vemos mucho.”

Juan.”

En su boca todo sonaba como una plegaria.

Plagado de vergüenza, la cabeza de Ash gritaba el error que estaba cometiendo, pero su cuerpo hizo un ultimo acto de rebeldía al dejar que todo se convierta en un ruido blanco.

Ash tuvo que recordarse a sí mismo respirar mientras alzaba la mano para tocar el costado del rostro de Juan.

La garganta de Juan se cerró con el toque, su mente quedando en completo silencio, callando cualquier tipo de vacilación que lo estuviera atormentando antes. Sabía que cometía un error al dejarlo acercarse, pero Juan era un hombre promedio. Jamás ha fingido ser más. Es débil, incapaz de no inclinarse – casi imperceptible – hacia el contacto, ladeando la mejilla hacia las yemas de los dedos de Ash.

Un pulgar rozó delicadamente su mejilla y su respiración se entrecortó cuando lo empujó un poco a mirar hacia arriba, sus ojos encontrándose. Ash se tomó un momento, solo uno, para estudiar su rostro. Memorizarlo. Cada pequeño detalle detrás de esos lentes enormes.

Juan estaba seguro que, con la proximidad, ambos compartiendo el mismo aliento, sus labios chocarían si uno se atrevía a moverse.

No mames, Juan.” La combinación del grito de Aldo y la estruendosa entrada que hizo al patear la puerta de golpe fue una colisión demasiada rápida a la que ninguno pudo seguirle el ritmo. En un instante, todo lo que construyeron esa noche se desmoronó.

Ambos retrocedieron de un salto, alejándose dos pasos por precaución, como si arrancarse del alcance del otro no fuera suficiente y tuvieran que cerciorarse de no haberse contaminado de algún virus.

Para la desgracia de Juan, su cerebro todavía no había vuelto a su funcionamiento completo. Si alguien le preguntara, Juan no sabría qué fue lo que lo impulsó a siquiera pensarlo– Después de todo, lo único que estaban haciendo era bailar. Si bien el Régimen y el Norte no eran amigos, tampoco eran enemigos. Bailar era una actividad tanto común como inocente en la que la mayoría de habitantes participaba independiente de su facción.

No obstante, cuando Juan vio una oleada de personas empujándose para entrar o asomarse a la oficina, sucumbió a la vergüenza.

Tomó a Ash de los hombros, arrastrándolo detrás suyo para esconderlo. El líder del Régimen seguía tan conmocionado que se dejó mangonear, soltando un pequeño quejido pero sin ejercer resistencia.

Hay pocas cosas a las que Juan calificaría como ‘desmadre’. El revuelo de su nuevo público provocado por su ingenua acción, lamentablemente, cumplía con todos los requisitos.

“Ah, cabrón, ¿A poco el Juan andaba con el Ash?” Se atrevió a preguntar Roier sin una molécula de pudor.

“Ay, pero pobrecitos, que estaban escondidos, déjenlos.” ¿Esa era la mujer que le había eructado en la cara?

“¿Sexo, sexo? ¿Quién se está cogiendo a quién?” Gritó el de traje amarillo y capa del que Ash estaba seguro jamás haber visto en su vida.

“No, no sexo– nosotros no–” Sacudió la cabeza como si pudiera ahuyentar mágicamente todos los pensamientos de los demás, incluyendo los suyos. Claro, no había nada malo en Juan; era trabajador, talentoso, y sumamente gracioso, y– oh dios, este no era el maldito momento. “¡¿Por qué todos en esta maldita casa son tan sucios?!”

“A mí lo que me molesta de todo esto es que me hayas mentido cuanto te pregunte si querías casarte con Aldo o Juan.”

Molly.” Chilló Ash. Juan nunca había escuchado tal sonido salir de su boca.

“De todas las personas que podían traicionarnos no pensé que fueras a ser tú.” Juan sintió que le iba a dar un paro cardiaco, y por la expresión de Aldo, probablemente a él también. “Ya tengo mucho con que la Molly se lo ande culeando para que tú también empieces con tus mamadas.” Continuó Aldo indignado, frotando su cara con ambas manos para después gritar al techo, “¡¿Por qué todos se quieren coger al pinche Ash Ketchum?! ¡Ya me tienen hasta la verga!”

Las risas y comentarios en otros idiomas pasaron a segundo plano y hay algo en el cerebro aterrorizado de Juan que hizo click.

“No,” Escupió entre dientes apretados, sabiendo muy bien a donde se dirigía esta conversación. Repitió, esta vez con mayor énfasis, “Aldo, no.”

“Wey, no me digas que no cuando acabamos de entrar y todos vimos cómo te la estaba arrimando.” Exclamó Aldo dramáticamente, llevándose una mano al pecho escandalizado.

“¿Arrimar?”

Juan ignoró las dudas lingüísticas de Ash para levantarse sus lentes y pellizcar el puente de su nariz entre dos dedos, “A ver, cabrón, cálmate. No me estaba arrimando nada, solo bailábamos.”

“¡Es lo mismo! ¡Los vi con mis propios ojos!”

“No lo es.” Interrumpió Ash, dando un paso al frente para encarar a Aldo.

Oh. Genial. Ash había entendido el significado de arrimar por sí solo. Bravo.

“Tú cállate, pinche fuckboy de Temu.”

“Okay, Aldo, dejemos de perder el tiempo.” Su postura no fue una discrepancia enorme, pero Juan podía señalar las diferencias sutiles; sus hombros estaban erguidos, firmes, su cuerpo lleno de ángulos rectos que lo hacían ver mucho más alto de lo usual.

Ash se había estado achicando con él, notó Juan, y después envió el pensamiento al rincón más lejano de su mente porque Ash ya había desenfundado su espada y estaba seguro que podía ver a Haiper en una de las esquinas de la oficina preparándose con pociones de distintos colores en mano.

Juan juraba por Dios que no se derramaría más sangre en su oficina.

Era demasiado difícil de limpiar.

“Espera, espera, Ash, guarda el arma.” Lanzó sus manos a las del Líder, apretando a desmedida. Ni en sus sueños Juan sería lo suficiente fuerte como para hacerlo soltar la espada, pero esperaba que sucediera un milagro con sus palabras.

Oh Dios mío, quítate.” Siseó, perdiendo por fin los estribos mientras forcejeaba bruscamente por su libertad. Si Juan despertaba al día siguiente con moretones en los brazos no se sorprendería.

Al menos no lo había tasajeado.

Juan lo contaría como un milagro.

“Y se agarran de la manita frente a mi puta cara.” Aldo gimió desesperado, jaloneándose mechones de su cabello. A este punto el General se iba a quedar calvo.

Ash tiró de sí mismo y las uñas cortas de Juan perdieron el agarre. El Lider del Regimen no se hizo esperar. Se lanzó hacia adelante, apurado, moviéndose con avidez como si pelear fuera la única respuesta lógica dentro de su sistema.

Dos espadas chocaron, el sonido fuerte resonó anunciando el inicio del combate.

Una fracción de segundo más tarde en desenfundar y Aldo hubiera perdido el brazo izquierdo.

La multitud vitoreó a su favorito, incluso siendo tan amables como para pegarse a las paredes y darles un espacio circular en el cual matarse.

El entrecejo de Juan se frunció. Si bien no podía reconocer varias de las caras que conformaban el público, otros eran integrantes del Norte. El arma secreta del que Aldo estaba tan orgulloso, Spider, se había unido con total tranquilidad a los aplausos y diversión. Roier se limitó a subir al máximo el volumen de una canción de rock que había puesto en la televisión, y Tina gritó palabras de apoyo.

“¡Vas a ver la madriza que te voy a poner!” Se empujaron, ambos retrocediendo y con ello aceptando el desafío implícito.

No había tiempo para quejarse, ya se le ocurriría un regaño para todos más tarde.

Las espadas tuvieron uno que otro encuentro, pero rápidamente Ash tomó la delantera con un simple tajo que rozó la armadura de Aldo. Lo obligó a tambalearse para atrás, no sin antes arrojar sus brazos en un intento fútil de que el alcance de su espada fuera suficiente como para impactar contra su contrincante.

Para lamento del Segundo al Mando Deluxe, el filo cayó sobre su escritorio, pedacitos de madera volaron por la oficina acompañados de las risitas burlonas del gentío.

“¡Aldo!”

Juan llegó a su límite.

“Estás muerto.” Insistió Ash con obstinación, pero antes de que pudiera hacer cualquier cosa, Juan entró en acción de inmediato. Parado detrás suyo y con teletransportador en mano, Juan envolvió sus brazos alrededor de Ash. Sin previo aviso, la pequeña gema se activó, los destellos morados anunciaron la partida de ambos, y segundos antes de permitir que Aldo iniciara otra guerra al atravesarlos con una espada, o que alguien más vociferara su opinión sobre la índole de su relación, Juan y Ash desaparecieron de la vista de todos.

Honestamente, Juan estaba sorprendido de sus propios instintos de sobrevivencia, y hay una parte de él que quiere ameritarlo a las constantes maniobras que ha tenido que aplicar al caer de la cima de la montaña y no morir cada que hace reparaciones.

Por desgracia, su experiencia no fue de mucha utilidad cuando los dos se estrellaron en una maraña de extremidades, ni lo preparó para el bombardeo de mensajes públicos – y privados – que le desprestigian en el intercomunicador, ni mucho menos le salvó de tener que aguantar su rostro contra el pegajoso y sucio suelo de hormigón del KFC.

Juan no quería pensar que tantas veces había vomitado en el restaurante.

No pasó mucho tiempo hasta que sintió a Ash removerse con brusquedad por debajo de él, se levantó emitiendo un leve gruñido desalentador a la vez que aventaba el cuerpo de Juan a un lado. Ni siquiera se molestó en sacudirse el polvo antes de sacar su propia Waystone.

Juan había soportado empujones, reproches y había evitado el inicio de una guerra, y todavía así el señorito tuvo el descaro de fruncir el ceño en el momento que ambos se pusieron de pie.

“Voy a regresar, necesito hablar con Aldo–”

Juan manoteó el artefacto. Salió disparado, deslizándose todo el camino hasta parar con alguna de las esquinas del restaurante.

“¡¿Qué vergas te pasa?! ¡Van a destruir mi oficina!”

Ash paró en seco. Era la primera vez que Juan usaba ese tono con él. No solo hoy, sino en toda la vida. Había visto indicios de agresión hacia sus otros compañeros, pero nunca dirigidos hacia su persona. Era otra faceta nueva, y estaría fascinado con el descubrimiento si no fuera porque ahora mismo lo único que quería Ash era matarlo por la falta de respeto.

“Okay, creo que estás malinterpretando algo, Juan.” Se echó a reír, enfatizando con desdén su nombre. Fingió que lo-que-sea-que-fuese que había estado sintiendo por Juan durante esta noche había sido reemplazado por una agresividad feroz. Al menos eso le resultaba familiar. “El que confié en ti no significa que puedas darme órdenes.” El desenvaine de su espada y el filo contra el cuello de Juan sucedió en un solo movimiento. Pudo ver a Juan temblar, manos en alto en señal de paz. “No me importa como tu gente haga las cosas allá en el Norte, pero yo no me escondo.”

“A ver, no es que quisiera darte ordenes, simplemente estoy viendo por el bien de ambos.”

“Bro, ¿Cuál ‘bien de ambos’? Iba a hacer trizas a Aldo, ¿Crees que necesito ayuda de alguien?” Ash sonreía, pero un levísimo gesto torcía su boca un tanto cruel, sintiéndose extrañamente complacido al contemplar la expresión de miedo del Segundo al Mando.

“Ya, pero para que arruinar lo bonita que es la paz, ¿No crees?”

“Me importa una mierda la paz,” Arrastró sus palabras y alejó la espada de su cuello en el afán de invadir su espacio y cernirse sobre Juan. Sus emociones habían explotado en un arrebato verbal apresurado que solo podía disiparse al intimidar a cualquier pobre diablo que se encontrara. “Odio la paz, Juan. La detesto. La paz es una excusa para los débiles, ¿Sabes lo difícil que es para mí mantenerme a raya? No puedo esperar a que uno de ustedes la cague para matarlos a–”

La mente de Ash se enfrascó. Pasó de acción a sorpresa y luego se paralizó, todo en un instante.

En su defensa, Juan era demasiado imprevisible; se puso de puntillas, cerrando la distancia y plantándole un beso en la mejilla. Bueno, apenas podía llamarse beso con lo corto que fue. Sus labios se removieron en el instante que hizo contacto con él, y a pesar de todo, dejaron una sensación de picazón sobre la piel de Ash.

El corazón de Ash dio un salto curioso dentro de su pecho. Trató de controlar sus muecas, pero se tradujo como un ceño fruncido, puños apretados con fuerza, y un leve matiz de monotonía en su voz, “No vuelvas a hacer eso o en serio voy a matarte.”

“¡Perdón, perdón!” Juan no sabía qué hacer para no hundirse aún más. A decir verdad, se le hizo fácil ceder ante sus impulsos. Estaba cansado de ir con pies de plomo alrededor de Ash cuando el hombre obviamente estaba fanfarroneando. En otra ocasión, Juan habría entrado en pánico con un enemigo mucho más fuerte que él, pero el estrés, los malos tratos – y aquellas miradas que ambos se obligaban a analizar – lo motivaron a tomarse esto como un desafío. “No sabía cómo detenerte.”

“Pues,” Ash parecía tan desconcertado como se sentía Juan, “Besarme no es la solución.”

“A ver, besar-besar… como que no.” Soltó una risa burbujeante. Juan no había hecho comillas con los dedos, pero su tono ciertamente sí, “Solo fue en la mejilla. Podría ser hasta un saludo. Es muy común en Latinoamérica.”

“Yo no soy– No estábamos saludándonos.” Titubeó Ash, y por primera vez desde que esta montaña rusa se puso en marcha, Juan detectó incertidumbre pura. Lo hizo sentir mal sorprenderlo así, de esa manera. Se disculparía de nuevo si no estuviera seguro que heriría el orgullo del Líder.

Se encogió de hombros, “Entonces como un agradecimiento.”

“Eso tampoco tiene sentido,” Ash frunció el ceño, buscando a tientas la ira que había sentido en la pelea contra Aldo. Ahora se disipaba a una velocidad alarmante que solo lo llenaba de confusión. Con qué debía reemplazarla, Ash también quería saber, “¿De qué me agradecerías?”

“Por todo.” Admitió, cediendo finalmente en su intento de no ser directo. Permaneció en silencio durante un instante que se hizo demasiado largo, aunque resultó de poca importancia. Ash lo esperaría cuanto fuera, “Por confiar en mí,” Admitió, “No nada más con lo del baile– Con la paz, con, con Aldo.” Pasó una mano por su cabello, suspirando, “Créeme que cuando te digo que me preocupo por el Régimen lo digo en serio.” A pesar de saber que estaba perdiendo el hilo de la conversación, sus palabras empezaron a brotar de la frustración, “Me preocupo por ti.”

Aquello dejó a Ash paralizado en un silencio absoluto, su corazón volcándose violentamente ante la escena. Sintió la sangre retumbarle en los oídos y sostenerle la mirada a Juan le exigió todo su esfuerzo y a la vez ninguno.

¿Dónde más podía mirar cuando Juan no dejaba de verlo así? Ojos oscurecidos, brillando con la anticipación de algo que ninguno admitirá, torpe, hasta para esconderlo.

Estaba lo suficiente cerca, y de repente, Ash estaba dolorosamente consciente de ello. Podía tocarlo si así lo quería, podría extender una mano a su hombro, a su brazo. Podría haber tocado su cabello, deslizar la mano por la nuca, desesperado justo de la manera en la que uno quería las cosas que jamás tendrá–

Ash se conformó con plantar un beso en la mejilla de Juan.

Lo más raro de todo fue que, se sintió casi normal inclinarse para hacerlo.

Juan abrió la boca para volver a cerrarla. Él fue el primero en besarlo, sí, pero Juan al menos tenía una excusa. ¿Qué mierda se supone que estaba haciendo Ash? La posibilidad de algo – lo que sea – entre ambos era nula. Cero. Nada.

Sin embargo, eso no hace sentir menos cohibido a Juan. Le llega de golpe, como uno de los sartenazos de Mariana; provocándole mareo y dejándolo incapaz de hablar. Totalmente diferente a la euforia desvergonzada con Cucurucho.

Esto era dulce, rozando a romántico si no fuera porque el lugar olía a vomito y pollo frito caducado.

“Gracias, Juan.”

Reconocimiento relampagueó al instante; los ojos de Juan se abrieron en asombro antes de estallar en una carcajada. Apoyó su frente contra el hombro de Ash mientras su risa se iba apagando, el punto de contacto detonando con calidez a la vez que Ash recuperaba la codiciosa intensidad de su propia hambre– miserable, por no perseguir el sentimiento.

Ash se sintió… inseguro.

Lo cual era raro de pensar acerca del líder del Régimen, pero absolutamente normal cuando se tenía en cuenta que se trataba de un joven cansado, carente de cualquier contacto físico y, para muchos residentes de la isla, socialmente torpe en asuntos emocionales.

“Eres un hipócrita.” Fue lo primero que pronunció al recuperar su aliento y separarse, sin malicia pero igual de molesto para Ash.

El muy idiota tenía el descaro de burlarse.

Soltó un resoplido, ladeando su cabeza hacia Juan, “¿Qué? ¿No puedo agradecerte también? ¿Solo puedes hacerlo tú?”

“Dijiste que me matarías si lo volvía a hacer.”

Ash era consciente de la ironía.

¿Pero quién sería él si su actitud de mierda no salía a flote una que otra vez?

“¿Quieres matarme?” Preguntó, evitando mencionar que ambos estaban yéndose por las ramas. Era más fácil entregarle su armadura y dejarse matar que aludir a las razones de lo que habían hecho recién.

Afortunadamente, Juan parecía exaltado por la idea, “No, nunca.”

“Entonces todo está bien.” Ash no pareció percatarse de como la comisura de sus labios se curvaron hacia arriba con despreocupación, “Puedes tomarlo como un agradecimiento por las clases de baile.”

Juan parpadeó, “¿Entonces no quieres el KFC en el BBQ Monday?”

“No, eso sí sigue en pie.” Dejó escapar un atisbo de risa al considerar la idea, “Deberíais venir al Régimen, sabes.” Su voz apenas superaba un susurro, como si compartiera un secreto del que solo Juan tenía permitido escuchar, “Creo que podrías llevarte con Katie mejor si pasas más tiempo con ella.”

“No gracias…”

Su evidente asco provocó una risa en Ash que retumbó en su pecho, baja, empapada de afecto.

“¿Qué? ¿Tan ocupado estás?” Balbuceó, su tono rezumando burla. Ash se acercó a Juan, esta vez ninguno oponiendo resistencia, dejándose atraer como si fuera ya costumbre, “Yo pude ir a tu fiesta, ven un rato conmigo.”

“Sí, la verdad es que sí voy a estar muy ocupado.” Empujó juguetonamente a Ash, este tambaleándose unos pasos para atrás. Gruñó, el recuerdo de todo lo que le esperaba en casa apareciendo en su mente de repente, “Y me van a poner una putiza cuando llegue.”

Bajo la indolencia, un cálido interés resplandeció en sus ojos ante la sutil sugerencia de violencia, “Oh. Bueno, no voy a dejar que eso suceda, ¿Quieres que regrese contigo?”

Por supuesto, quiso decir, “Claro que no.” Dijo en cambio.

Ya había hecho suficientes estupideces por una noche.

“Si estas en peligro, sabes que puedes confiar en mí, ¿Verdad?”

Ante eso, el pulso de Juan se aceleró, motivado tanto por el pánico como por una sorprendente dosis de emoción respecto a la idea. Respiró hondo antes de volver a dejar volar su imaginación y dirigió una dura mirada hacia Ash.

“¿A qué te refieres?”

“Vendré corriendo, solo tienes que llamarme.”

Se rio porque se supone que debía hacerlo– porque Ash lo miraba con esa intensidad en los ojos, expectante, “¿Te crees Spider-man o qué–?” Se esforzó torpemente en transformarlo en una broma, el vago recuerdo ayudándole a seguir, “¿Sabías que fui Spider-man por un rato? De mis peores arcos–”

Juan.”

Ahí estaba de nuevo. Esa maldita plegaría susurrada con su nombre.

Al menos Juan tenía la madurez suficiente para ignorarla.

“Gracias. Lo consideraré.” Expresó con falsa cordialidad, listo para girarse y salir del restaurante a la menor oportunidad, “Iré al Spawn, se me acabó la experiencia.”

“¿Puedes prometérmelo?” Ash dio un paso en su dirección, suplicante, la voz haciendo brincar a Juan. “¿Que me llamarás si pasa algo?”

Juan casi preguntó por qué, pero la mirada de Ash le hizo pensarlo mejor. Además, no era difícil adivinar el motivo.

“Aldo no me va hacer anda, Ash.”

“No me respondiste.”

Juan no era ciego. Tampoco era tan estúpido como a la gente le gustaba creer que era.

Había enfado real en Ash, sus palabras certeras, pero el origen de ese enfado… No resultaba tan fácil de rastrear.

“Te contaré si tengo oportunidad.”

Esas fueron sus últimas palabras antes de darse la vuelta y encaminarse. Cuando comenzó a alejarse del KFC, sintió la intensidad de los ojos de Ash sobre él en el transcurso hasta girar en una esquina.

Ash podía mirarlo todo lo que quisiera, no lo haría cambiar de opinión.

Sería imprudente involucrarlo en asuntos del Norte o– de lo que sea, en realidad. No solo por Aldo, pero las crecientes problemáticas con la Federación y las entidades misteriosas apareciendo en la mansión.

Ash era increíblemente fuerte, muy capaz de defenderse él mismo y tal vez a unos cuantos de su agrado, pero no por eso era menos humano. También era capaz de sangrar, y Juan jamás se lo perdonaría si fuera el culpable de la desaparición del Líder del Régimen.

Por otra parte, Ash permaneció allí dentro del restaurante, Waystone en mano pero sin activarla, demasiado atónito para hacerlo.

La verdad es que, aunque lo negara, no era precisamente un extraño a estos sentimientos. Los motivos de Ash no eran tan egoístas como creía. Se preocupaba por Juan, de verdad que se preocupaba por él, tanto que lo sentía en lo más hondo de sus huesos.

A pesar de sus mejores esfuerzos, cada vez le resultaba más y más difícil ignorarlo, y si algo le llegara a ocurrir a Juan, Ash jamás podría vivir con ello.

Notes:

Perdon por la tardanza, y espero que lo hayan disfrutado :))

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