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Español
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Anonymous
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Published:
2026-04-04
Updated:
2026-04-17
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13,999
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4/7
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9
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9
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148

Y te daría mi corazón, si tuviera uno

Chapter 4: IV

Chapter Text

Humin deja la lata de bebida energética sobre la mesa y el móvil vibra. Es un número que conoce de memoria, uno que le hace apretar la mandíbula antes de contestar.

—¿Sigues vivo o ya te tiraron a un río? —La voz al otro lado suena a tabaco barato y a un rencor que los años no han logrado suavizar.

Humin exhala, cerrando los ojos.

Escuchar esa aspereza le duele, pero de hecho, hay una parte de él que se siente aliviada al confirmar que su padre sigue respirando.

—Estoy bien —dice Humin, recostándose contra la pared. Juega con el parche en su ceja mientras hablan—. No me he muerto.

—Bueno, pues procura que siga así. No tengo dinero para enterrar a nadie, ¿entiendes? No me busques problemas, que ya tengo bastantes con mis propias deudas.

Humin aprieta el teléfono. Ni un "cómo estás", ni un "has comido". Solo advertencias y veneno. Siempre ha sido así ¿no? O quizás antes no lo era y él lo ha olvídalo por completo, enterrado en la máscara de ignorancia en la vive.

—No me meto en problemas —miente Humin.

—Sí, claro. Hablas igual que tu madre cuando estaba viva. Siempre con ese tono de santa mártir. Me das náuseas.

El silencio que sigue es pesado, asfixiante. Humin cuelga sin decir adiós. Lanza el móvil sobre el colchón y se queda mirando la pantalla apagada.

Como ella.

El recuerdo le golpea de golpe, arrastrándolo a los pasillos blancos de aquel hospital, blancos inmaculados, blancos e infinitos. Recordó las manos de su madre, que solían ser cálidas pero que al final se volvieron frías y transparentes como el papel. Recordó el sonido del monitor, ese pitido rítmico que marcaba la cuenta atrás de lo único bueno que tenía en la vida.

Ella siempre le decía que fuera una buena persona. Que no dejara que la ira le consumiera el corazón.

Humin se mira las manos. Los nudillos están hinchados y tienen restos de sangre que no es suya. En realidad, se siente como si estuviera traicionando cada palabra que ella le susurró antes de irse. Lo hizo. Lo ha hecho siempre.

¿Qué pensaría ella si lo viera ahora?

¿Si supiera que su hijo se gana la vida rompiendo gente para pagar la vida de un hombre que solo sabe insultarlo?

Toca de nuevo el parche que Hyuntak le puso en la ceja. La delicadeza de ese gesto... fue tan parecido a cómo ella solía cuidarlo cuando era niño.

Un toque humano en medio de tanta basura.

Humin se cubre la cara con las manos, sintiendo el peso de la soledad en esa habitación pequeña.

El sábado tiene que lisiar a Hyuntak.

Tiene que hacerlo para que su padre siga teniendo un techo.

Para que la Unión no lo descarte como a un juguete roto.

Para que no maten al propio Humin.

Es solo un trabajo.

Un trabajo de cientos pasados y cientos que vendrán después de ese.

¿Algún día Humin podrá detenerse?

****

Humin se queda mirando el reflejo del espejo. El parche en su ceja sigue ahí, un recordatorio blanco y pulcro de que alguien se tomó la molestia de tocarlo sin querer hacerle daño. Se lo arranca de un tirón. La herida ya ha cerrado, dejando una línea rosada que apenas se nota bajo la luz mortecina de su cuarto.

Hoy es el día.

Saca la carpeta amarilla de debajo del colchón. Mira la cara de Hyuntak una última vez y luego la guarda en el fondo de su mochila. El plan es simple: ir al festival, mezclarse con la gente, esperar a que Hyuntak se separe del grupo y... acabar con esto. Un solo golpe en la rodilla. Una fractura limpia. Suficiente para que el cliente esté contento y para que Humin pueda seguir pagando el alquiler de su padre.

Llega a la zona del río Han y el lugar es un caos de luces de colores, música alta y puestos de comida que desprenden un humo denso y dulce. Humin camina con la capucha puesta, sintiéndose como una mancha de tinta en un cuadro lleno de luz.

—¡Humin-ah! ¡Por aquí!

Hyuntak está junto a una barandilla de metal, agitando el brazo con una energía que a Humin le revuelve el estómago. No lleva el uniforme de la tienda ni el dobok de entrenamiento; lleva una chaqueta vaquera y se ve... jodidamente bien. A su lado están Suho, Sieun y el chico de las gafas, Juntae, riéndose de algo que ha dicho Suho.

Humin se acerca despacio, con las manos hundidas en los bolsillos.

—Viniste —dice Hyuntak cuando Humin llega a su altura. Su sonrisa es tan amplia que hace que a Humin le duela el pecho—. Pensé que te habías arrepentido a última hora.

—Dije que vendría —masca Humin, evitando mirarlo a los ojos.

—Bueno, pues ya que estás aquí, vamos a buscar algo de comer —dice, acercándose un paso hacia él—. Suho dice que hay un puesto de brochetas de pollo que es legendario, aunque yo creo que solo tiene hambre acumulada del entrenamiento.

Caminan entre la multitud. Humin va un paso por detrás, vigilando cada movimiento de Hyuntak. Se fija en cómo camina, en la forma en que apoya el peso, en lo desprevenido que está.

Es tan fácil. Está justo ahí.

Solo tiene que esperar a que se alejen un poco del ruido de la gente.

—Oye —Hyuntak se frena un segundo para dejar que Humin lo alcance—, ¿te sientes mejor de lo del otro día? El golpe se ve mucho menos hinchado.

Humin se encoge de hombros, sintiendo que la garganta se le cierra.

—Estoy bien —suelta con sequedad.

—Me alegro. En serio —Hyuntak le da un toque suave en el brazo, un gesto rápido que dura apenas un segundo pero que a Humin le parece una eternidad—. No me gustaría tener que pelear contigo si no estás al cien por cien. Sería aburrido ganarte tan fácil, ¿no?

Humin suelta un bufido, una reacción automática.

—Ya quisieras.

Aunque es cierto.

Hyuntak no podría ganarle ni en un millón de años.

Él se ríe, un sonido como música que se mezcla con el estallido de un fuego artificial a lo lejos. La gente se detiene a mirar al cielo, fascinada por los colores brillantes que iluminan la noche. Hyuntak también se queda mirando, con la boca entreabierta y esa expresión de asombro.

Humin aprovecha el momento. Mira alrededor. Están cerca de una zona de árboles, un poco más apartada de los puestos principales. No hay cámaras. Solo un par de parejas a lo lejos.

Ahora.

Aprieta el puño dentro del bolsillo. Siente el peso de la decisión en sus hombros, el recuerdo de su padre gritándole por teléfono, la imagen de su madre en el hospital... y la mano de Hyuntak curándole la cara hace un par de noches.

Hyuntak, que sonríe con animo y pelea con arrogancia. Hyuntak, que lo invita a comer y le presenta a sus amigos.

Hyuntak, que no merece que le hagan esto.

—Humin-ah, mira —Hyuntak señala una explosión de color azul en el cielo, volviéndose hacia él con los ojos brillantes—. Es increíble, ¿verdad? Me recuerda a cuando era pequeño y mi abuelo me traía aquí para...

Hyuntak se detiene al ver la expresión de Humin. Su sonrisa flaquea un poco, reemplazada por una sombra de duda.

—¿Pasa algo? Te ves... raro.

Humin da un paso hacia adelante. Su corazón late tan fuerte que siente que va a estallar.

—Hyuntak —dice Humin, y su voz suena como una sentencia de muerte.

—¿Sí?

Humin mira la rodilla derecha de Hyuntak. Es el objetivo. Un solo impacto descendente. Se acabó el taekwondo. Se acabaron las nacionales. Se acabó la sonrisa.

Hazlo. Hazlo, Park Humin, dice una voz que suena peligrosamente como la de Baekjin.

Pero mientras Hyuntak lo mira con esa confianza absoluta, con esa calma de quien cree que está con un amigo, Humin se da cuenta de que no puede mover el brazo. Sus músculos se sienten como plomo. La imagen de la señora Kim tirándole de la mejilla a Hyuntak se le cruza por la mente, seguida del calor que emana Hyuntak a su alrededor, comparado con el frío que le cala los huesos siempre.

—Mierda —susurra Humin, bajando la cabeza.

—¿Humin? ¿Estás bien? —Hyuntak da un paso hacia él, preocupado, poniendo una mano en su hombro—. ¿Te duele algo?

Humin siente el contacto de su mano y se estremece.

—Vete de aquí, Hyuntak —gruñe Humin, apartando la mano de su hombro con un movimiento brusco.

—¿Qué? ¿De qué hablas? Acabamos de llegar.

—¡Que te vayas! —grita Humin, llamando la atención de un par de personas que pasan cerca—. Vete al gimnasio, vete a tu casa, vete donde quieras, pero no estés cerca de mí hoy.

Hyuntak se queda estático, parpadeando por la sorpresa. No entiende nada.

—Humin, no entiendo qué te pasa, pero si es por lo del otro día, yo...

—¡No entiendes nada, idiota! —Humin lo agarra por las solapas de la chaqueta, apretando los dientes para no gritar de frustración—. Si te quedas aquí... si sigues conmigo... algo malo te va a pasar. ¿Entiendes? ¡Vete ya!

Humin lo suelta y retrocede, perdiéndose entre la multitud antes de que Hyuntak pueda decir una sola palabra. Corre hacia la salida del parque, esquivando a la gente que ríe y disfruta de los fuegos artificiales. Llega a un callejón oscuro cerca de la estación y se apoya contra la pared, jadeando. Saca la mochila y, con una rabia ciega, saca la carpeta amarilla y la lanza contra el suelo, pateándola hasta que los papeles salen volando por el asfalto sucio.

Siente que se ahoga.

—¡Mierda! ¡Mierda! ¡Mierda! —grita, golpeando la pared de ladrillo con el puño cerrado hasta que los nudillos le empiezan a sangrar otra vez.

Ha fallado. No ha lisiado a Hyuntak. No ha terminado el trabajo. Y ahora la Unión se va a enterar de que Park Humin, el "tanque" de las discotecas, ha dejado escapar a su presa porque se ha vuelto "amigo" de un chico de secundaria. Y luego alguien va a terminar su trabajo y todo será aún peor.

De hecho, ahora es él quien está en problemas. Y de los grandes.

Saca su teléfono y ve un mensaje de Hyuntak: ¿Humin? Oye, en serio, ¿estás bien? No sé qué te pasó, pero si necesitas algo, llámame. Seguimos siendo amigos, ¿no?

Humin mira el mensaje y luego sus propias manos ensangrentadas.

—No —susurra para sí mismo, sintiendo cómo una lágrima le resbala por la mejilla—. De hecho, ya no somos nada.

****

Humin siente que el suelo desaparece bajo sus pies. El despacho de Baekjin está sumido en un silencio gélido, interrumpido solo por el rasgueo rítmico de un bolígrafo sobre el papel. Baekjin ni siquiera levanta la vista de sus ejercicios de matemáticas; se ve tan malditamente tranquilo, tan dueño de la situación, que hace que la desesperación de Humin crezca como un incendio.

—Me voy —suelta Humin, con la voz rota y los puños apretados a los costados—. No voy a terminar lo de Hyuntak. Haz lo que quieras conmigo, pero no voy a romperle las piernas.

Baekjin deja de escribir.

Deja el bolígrafo con una parsimonia que pone los pelos de punta y se inclina hacia adelante, entrelazando sus dedos sobre el escritorio de madera oscura. Sus ojos, fríos y calculadores, se clavan en Humin con una decepción que pesa más que un golpe.

—Llegas tarde, Humin-ah —dice Baekjin con una calma aterradora—. Me di cuenta hace días de que te habías encariñado con el objetivo. Pero supongo que no te culpo. Al final del día, no es mi problema con quién te juntes —Bakejin mueve el bolígrafo sobre la mesa—. Por eso, tuve que decirle a alguien más que terminara el trabajo por ti.

Humin siente una punzada de terror absoluto en el pecho. El aire se le escapa de los pulmones.

—¿A quién? —pregunta, aunque en el fondo ya sabe la respuesta.

—A Seongje —responde Baekjin, volviendo a su cuaderno como si estuviera hablando del clima—. Él no tiene tus "problemas morales". De hecho, estaba muy emocionado por probar su nueva técnica de derribo. A estas alturas, ya debe haber interceptado a tu amigo cerca de la estación.

Humin no espera a oír nada más. Se da la vuelta y sale disparado del despacho, ignorando los gritos de los chicos en el pasillo.

Seongje.

El tipo que se ríe mientras rompe huesos, el que no tiene piedad ni límites. Si Humin no llega a tiempo, Hyuntak no solo va a perder su carrera, sino que Seongje lo va a destrozar por puro placer.

No, no, ¿pero no estaba destinado a ser así desde un principio?

Humin no entiende. No entiende porque está tan desesperado. Sabía que esto sería así. Así era como debía ser.

Y aún así, corre por las calles de Yeongdeungpo como si le fuera la vida en ello. Sus pulmones arden, pero no se detiene. Por favor, que no sea tarde. Por favor, que no sea tarde.

Llega a la zona de la estación, cerca del callejón donde solían encontrarse.

A lo lejos, bajo una farola que parpadea, ve la silueta de Hyuntak caminando solo, mirando su teléfono, probablemente esperando una respuesta al mensaje que Humin nunca contestó.

Desde el otro extremo del callejón, una figura delgada y con una postura relajada está inclinada en la pared. Esperando.

Es Seongje.

Lleva esa chaqueta llamativa y fuma un cigarro con calma.

—¡Hyuntak! —el grito sale de su garganta como un desgarro.

Hyuntak se sobresalta y levanta la vista de golpe. Al reconocer a Humin, su expresión pasa del susto a una confusión total, y luego a ese brillo de alivio que a Humin le quema las entrañas.

—¿Humin? —Hyuntak guarda el móvil rápido y da un paso hacia él—. Oye, ¿qué te pasa? Saliste corriendo del festival como si hubieras visto a un fantasma y ahora apareces aquí. Dijiste cosas muy estrañas... estás empapado en sudor, hombre.

Humin llega hasta él y lo agarra por los hombros, casi perdiendo el equilibrio. Sus manos tiemblan violentamente sobre la chaqueta vaquera de Hyuntak.

—Vete —suelta Humin, recuperando el aire a duras penas—. Tienes que irte de aquí ahora mismo. No es broma, Hyuntak. Muévete.

Hyuntak parpadea, soltando una risita nerviosa mientras intenta soltarse con suavidad del agarre.

—Vale, vale, tranquilo. ¿De qué estás hablando? ¿Quién te sigue? Si es por los tipos de la otra vez, no son tan peligrosos.

—¡No son ellos! —Humin le aprieta los hombros con más fuerza, clavándole los dedos—. Son tipos más peligrosos y yo...

Todo es mi culpa.

Humin siente que el aire se le escapa.

A pocos metros, Seongje suelta una nube de humo gris, observándolos con calma depredadora que precede al primer golpe. Sabe que en cuanto Seongje se mueva, el tiempo de las palabras se habrá acabado.

—Humin, de verdad, me estás asustando —dice Hyuntak, tratando de sonar firme aunque la voz le tiembla un poco—. Respira, ¿vale? Si alguien te está amenazando, no tienes que...

Hyuntak no termina la frase.

Siente la mirada de Seongje clavada en su nuca como un cuchillo frío. Sabe que si Seongje ve una apertura, Hyuntak está acabado. En un acto de desesperación pura, para callarlo, para ocultar su rostro, para ganar un segundo de confusión en el enemigo, Humin agarra a Hyuntak por el cuello de la chaqueta y lo atrae hacia sí.

Lo besa.

Es un beso torpe, cargado de sal, sudor y un miedo paralizante. Los labios de Hyuntak están fríos por el sereno de la noche, y por un instante, el chico se queda completamente rígido, con los ojos abiertos de par en par contra la mejilla de Humin. El mundo alrededor parece desvanecerse; el ruido de la estación, el peligro de la Unión, la carpeta amarilla... y solo queda el latido desbocado de dos corazones chocando a través de la ropa.

Aprovechando el shock absoluto de Hyuntak, Humin lo empuja con fuerza hacia un hueco estrecho entre un contenedor de basura y la pared de ladrillo, ocultándolo en la oscuridad más densa del callejón.

—Ni una palabra —le susurra Humin al oído, con el aliento entrecortado—. Confía en mí.

Seongje suelta una carcajada desde el otro extremo, un sonido que rebota en las paredes.

—Vaya, Humin... no sabía que tus métodos de distracción eran tan... dramáticos. ¿Esa es tu forma de despedirte?

Humin no responde. Agarra la mano de Hyuntak, entrelazando sus dedos con una fuerza que casi duele, y tira de él. Salen por el otro extremo del callejón, que desemboca en una avenida secundaria llena de puestos de comida cerrados.

Y corren. Corren como si el asfalto quemara, tomados de la mano bajo las luces naranjas de las farolas. Hyuntak no pregunta nada, simplemente sigue el ritmo frenético de Humin, apretando su mano con la misma intensidad. El viento les azota la cara y el corazón de Humin late tan rápido que siente que va a romperse las costillas.

No mira atrás. Sabe que Seongje no se rendirá fácilmente, pero en ese momento, lo único que Humin siente es el calor de la palma de Hyuntak contra la suya.

Es una sensación real, sólida, algo que la Unión no puede arrebatarle todavía.

¿Cuándo había cambiado todo?

Doblan una esquina tras otra, metiéndose por pasajes residenciales estrechos donde las sombras son más largas. Humin solo se detiene cuando llegan a un pequeño parque infantil desierto, oculto tras unos edificios de apartamentos viejos. Se deja caer contra un tobogán de plástico, jadeando, sin soltar la mano de Hyuntak.

Hyuntak está apoyado contra sus rodillas, tratando de recuperar el aire. El silencio del parque es absoluto, roto solo por sus respiraciones pesadas.

Hyuntak levanta la vista, con el pelo revuelto y los labios aún entreabiertos por la sorpresa de hace unos minutos.

—Humin... —suelta Hyuntak, mirando sus manos aún entrelazadas—. ¿Qué demonios fue eso?

Humin mira hacia otro lado, sintiendo cómo el calor le sube por el cuello, pero no suelta su mano.

Es lo único que lo mantiene cuerdo ahora mismo.

​—Yo... arruiné todo, Hyuntak —susurra Humin, con la voz quebrada.

Hyuntak se queda mirándolo en silencio por un largo tiempo. Luego, da un paso hacia él y, por primera vez, es él quien aprieta la mano de Humin.

—No sé qué es lo que has arruinado —dice Hyuntak, muy serio—, pero si me besaste para salvarme... ha sido la forma más estúpida y valiente que he visto nunca. Y no pienso dejar que te enfrentes a esos tipos solo.

Aprieta los dientes, sintiendo cómo la mandíbula le tiembla. La confesión le quema en la garganta, una verdad ácida que amenaza con destruir lo único real que ha tenido en años. Sus dedos se entierran en la mano de Hyuntak,

Es el agarre de alguien que se está ahogando.

Humin siente que quiere llorar.

—No, no lo entiendes... yo... yo fuí quién... yo debía...

Se detiene, incapaz de escupir las palabras. Yo debía romperte las piernas. Yo era el que tenía la carpeta con tu cara. Yo soy el monstruo del que te estoy escondiendo.

Hyuntak lo mira fijamente, con el pecho subiendo y bajando por la carrera. La luz mortecina de una farola cercana le da un aire irreal, resaltando el rastro de sudor y la confusión en sus ojos. No suelta la mano de Humin. Al contrario, da un paso más hacia él, acortando la distancia en ese parque desierto que huele a metal frío y a tierra mojada.

Dios.

¿Por qué?

—¿Tú qué, Humin? —pregunta Hyuntak en un susurro—. ¿Tú qué debías hacer?

Humin baja la cabeza, dejando que su flequillo oculte sus ojos vidriosos.

—Me pagaron para acabar contigo —suelta al fin, tan bajo que casi se pierde en el viento—. El tteokbokki, los recreativos... todo era para que bajaras la guardia. Soy de la Unión, Hyuntak. Soy el tipo que se supone que iba a arruinarte la vida esta noche.

El silencio que sigue es asfixiante.

Humin espera que Hyuntak le retire la mano con asco, que le cruce la cara de un golpe o que salga corriendo. Se lo merece. De hecho, lo está deseando para dejar de sentir este vacío en el estómago.

Pero la mano de Hyuntak no se mueve.

—Ya lo sabía —dice Hyuntak de repente.

Humin levanta la vista de golpe, con los ojos muy abiertos.

—¿Qué?

—A ver, Humin... —Hyuntak suelta una risita amarga, aunque sus ojos están tristes—. Nadie aparece tantas veces por "casualidad". Ni nadie me mira con esa cara de culpa cada vez que le sonrío. No soy tan idiota como parezco. Sabía que algo raro pasaba contigo, pero...

Hyuntak hace una pausa y aprieta con más fuerza los dedos de Humin.

—Pero también vi cómo me salvaste en aquel callejón. Vi cómo me dejaste curarte... Y hace un momento, me besaste para que ese psicópata no me viera la cara. Un asesino a sueldo no hace eso, Humin. Un amigo sí.

Humin siente que el aire le falta.

Las lágrimas que estaba conteniendo finalmente escapan, trazando surcos calientes sobre sus mejillas golpeadas.

—Lo he perdido todo por ti —solloza Humin, cubriéndose la boca con la mano libre—. Mi padre, mi lugar... Baekjin no me va a dejar vivo después de esto.

Hyuntak no dice nada. Simplemente se acerca y lo rodea con sus brazos, un abrazo torpe y firme que huele a la adrenalina de la huida. Humin se queda rígido un segundo antes de hundir la cara en el hombro de la chaqueta vaquera de Hyuntak, aferrándose a él como si fuera su única ancla en medio de un naufragio.

Humin se está ahogando.

—Entonces construiremos algo nuevo —murmura Hyuntak contra su oído—. Si no tienes a dónde ir, vendrás conmigo. Mi mamá siempre dice que hay espacio para uno más en la mesa, especialmente si es un amargado que pega tan fuerte.

Humin suelta una risa ahogada entre el llanto.

Es una locura.

Es el plan más estúpido del mundo y probablemente mueran antes de que acabe la semana, pero por primera vez en su vida, Park Humin no siente que está cumpliendo un encargo.

Siente que, después de tanto tiempo, finalmente ha llegado a casa.