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El Derrumbe del Gobierno Británico

Summary:

La verdadera joya de la Corona Británica no es precisamente el genio de Mycroft Holmes, sino más bien algo demasiado inocente y cuyo valor es incalculable.

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Chapter Text

PROLOGO

Da de lleno con un cielo contenido en dos pequeños orbes rojizos a causa de las lágrimas.

Greg está paralizado entre la urgencia por calmar su sufrimiento y el terror ante la posibilidad de agravarlo. Se queda doblado en cuchillas, a varios centímetros de distancia, sin quitarle la mirada de encima. La ropa que lleva puesta, de colores tan apagados para su edad, le provoca a Greg una especie de cálida ternura en el centro del pecho. Va a juego con el tono blanquecino de su piel, también rojiza ahora por la fuerza de su llanto.

La niña no lleva el prendedor con su nombre por lo que Greg sólo aguarda a que levante la mirada en su dirección y esté lista para confiar lo suficiente en la placa de policía, o su aire de gentileza que muchos de sus colegas le adjudican; antes de poder sacarla de allí.

 

Recibió la llamada pasadas las 6 de la tarde, arruinandole el día libre por completo. Que se tratara de secuestro estaba por fuera de su área, pero sus superiores le informaron de un hombre rondando por las guarderías infantiles de la zona con el propósito no solo de lograr capturar a cualquier niño, sino que recibieron denuncias implicadas de posible presencia de explosivos en las inmediaciones. Greg se tomó solo unos minutos para alistarse y ponerse en marcha. Su teléfono celular ya estaba a mitad de camino hacia su abrigo cuando sonó otra vez. Llegó a leer el nombre que aparecía en la pantalla, pero decidió ignorarlo. Esto no se trataba de ese tipo de casos.

 

El tráfico se le puso en contra ni bien recorrió algunas calles hasta dar con la salida principal. La guardería donde las cámaras captaron las primeras imágenes del supuesto secuestrador quedaba a unos 7 kilómetros de la propia casa de Greg. Era relativamente cerca, considerado ahora.

 

"Quizás haber ido caminando hubiera sido lo mejor", pensó.

 

Una fila de patrullas, varios cientos de civiles, entre ellos la prensa y quienes supuso Greg son los padres de los niños; se amontonan cerca de la entrada. La figura del Sargento Donovan a escasos metros le hace fruncir el ceño. No quiere lidiar con ella por el momento, bastante tuvo la semana pasada con el encontronazo entre ella y Sherlock. Jamás resulta fácil tratar con el detective genio, pero tampoco puede prescindir lo suficiente de sus servicios como para evitar su presencia en las escenas del crimen. Cada nueva llamada, Greg rezaba para sí que se tratara de algo sencillo. Un 2, en la escalada del propio detective consultor.

 

Se bajó del auto y cruzó despacio la calle. Las rafagas de viento gelidas son casi una caricia en comparación a la agitación bullendo desde dentro de cada persona allí. Crean una especie de atmósfera casi asfixiante que lo repele y lo atrae en partes iguales. La adrenalina ante lo desconocido, la expectativa; Greg consideraba ambas cosas como la mejor parte de su trabajo. Eso y poder atrapar a los culpables asegurándose de obtener algo de justicia en nombre de las familias de las víctimas.

 

Ni bien tocó la cinta amarilla, Greg le hizo señas a Donovan a modo de saludo.

 

—Ya detuvimos al culpable, estaba a punto de lanzarse por la azotea de la guardería, pero el monstruo y su médico llegaron a tiempo para evitarlo.

 

Greg frunció el ceño mientras le lanzaba una mirada de confusión.

 

—Sherlock está aquí?¿como...?— inspecciona diferentes puntos del edificio con la mirada.

 

—Siempre sabe dónde estamos, aún antes que nosotros mismos. Es aterrador —enfatiza Donovan, cruzándose de brazos.

 

—¿Los niños están bien? —Greg intenta disimular el nudo en la garganta al hacer la pregunta. Usualmente se siente incómodo cerca de niños pequeños, son tan... frágiles.

 

—La mayoría de ellos, si, ya han recibido asistencia médica y sus padres han venido a por ellos. No quieren hacer declaraciones de ningún tipo aún— responde Donovan, alzando una de sus cejas.

A veces, la soberbia de su colega llegaba a competir con la del propio Sherlock Holmes.

 

Inhalando algo del aire frío crepuscular, Greg se acerca un par de veces antes de encaminarse hacia el interior de la guardería. El edificio, lo suficientemente corriente, logra desprender una especie de aura familiar. Algo que Greg necesitaba para quitarle peso a esa conocida presión a la altura de sus hombros.

 

Dentro, un grupo de policías rondan por el pasillo principal, de tonos maíz y blanco, la recepción ubicada a la derecha de la entrada permanece a oscuras por detrás de un gran ventanal. Se vislumbran los contornos de varios dibujos infantiles desperdigados por las paredes. Greg saluda a la mayoría de los presentes al pasar, pero no se detiene.

La sombra de la barandilla de la escalera un par de metros por delante lo obliga a apresurarse. Comienza a subir los peldaños de dos en dos, pero no logra dar más que un par de pasos antes de que su camino se vea obstruido por una diminuta figura delante suyo.

 

Greg calcula que no tendrá más de cuatro años, quizás unos cinco recién cumplidos. Encorvada sobre sí misma, sentada en el escalón superior. Sus zapatos negros de charol desprenden un brillo impoluto en comparación con el azul y blanco opacos de su vestido.

Greg traga saliva y se agacha despacio para no asustarla. La personita debajo de una gran mata de rizos rojizos parece captar los movimientos de Greg, porque al instante levanta la cabeza y la mirada de ambos queda prendada de la del otro. El azul de un cielo despejado impacta de lleno contra un marrón terroso intenso. Greg parpadea apenas, intentando no asustar a la niña con ninguna reacción muy brusca. Por sus sonrosadas mejillas caen algunas lágrimas, y resabios de pequeños temblores en su cuerpecito. Está saliendo de un posible shock.

 

—Hola… ¿Cómo…? ¿Cómo te llamas, princesa?— dice Greg de primeras. El tener que alterar su tono de voz para hacerlo sonar más suave le resulta un tanto extraño. Tan acostumbrado a tratar con delincuentes armados o pandillas enteras, el verse tan o más nervioso que al enfrentar el cañón de un arma sobre su sien le genera cierta contradicción.

La niña solo se dedica a mirarlo. Intenta no hacer un mohín con la boca, pero fracasa estrepitosamente. Las lágrimas del principio ya se secan sobre sus pestañas arqueadas.

 

El silencio se extiende entre ellos. Por fuera, el ruido es casi ensordecedor, pero allí frente a esa niña, Greg crea una especie de atmósfera alimentada por una suerte de complicidad en mantener su mirada conectada a la de ella. Algo dentro suyo tira de esa pequeña de una forma que no comprende. Es tan parecido a...

 

—Katherine— susurra la niña, parpadeando más rápido ahora.

 

su vocecita suena apagada al punto de confundir a Greg. Este sacude la cabeza para intentar despejarse.

 

—Está bien Katherine, mi nombre es Greg. Soy policía, ¿ves? —hace a un lado la parte derecha de su saco para que la niña alcance a ver con claridad la placa prendada de su cinturón— ¿Quieres acompañarme afuera para poder buscar a tus padres?

 

Katherine ladea la cabeza apenas hacia un lado, aún observando la placa.

 

<<¿Quieres verla más de cerca? Es real, tranquila>>le asegura Greg. Antes de que termine de sacarla, Katherine se pone de pie.

 

Greg traga saliva. No sabe porque, pero algo en ella lo pone nervioso, es un latido apenas, y aun así, es suficiente como para mantenerlo alerta.

Katherine alza ambos brazos en dirección a Greg. Esperando.

Este reacomoda su placa y acto seguido, acorta la distancia para lograr alzar a la pequeña y acomodarla en su costado. Katherine recuesta su cabeza sobre el hombro de Greg al instante, mientras se mete un dedo en la boca.

El olor a jazmín de su cabello le llega a Greg en oleadas. Sus rizos acomodados en dos perfectas coletas a cada lado de su cabecita, le hacen cosquillas en la mandíbula.

Cuando Greg se asegura de que Katherine se encuentra cómoda entre sus brazos, baja los pocos escalones que logró subir al principio. Debe dar con algún policía colega para dejar a la niña a su cuidado. Es lo primero antes de ir tras Sherlock y John para averiguar qué sucedió realmente con el secuestrador.

 

Una recorrida rápida con la mirada le indicó a Greg que, a excepción del sargento Donovan, todos sus colegas presentes eran hombres. Donovan debería bastar para esto.

Greg toma consciencia del cambio en el peso de Katherine en sus brazos. Si volteara a verla en ese instante sin temer a asustarla; Greg está casi seguro de que la pequeña ya duerme.

Está a punto de alcanzar a la sargento cuando una sombra emerge desde su derecha y una mano huesuda lo detiene en seco. Greg por poco no actúa por instinto y saca el arma con su mano disponible, pero no hizo falta. Conoce a la sombra.

 

—Sherlock, ¿Qué demonios...?— Greg se detiene ni bien observa al detective consultor. El pecho le sube y baja con rapidez, mientras mantiene su mirada fija en el pequeño bulto que dormita sobre el hombro de Greg.

 

Nada rompe con el silencio entre ellos por lo que a Greg le parece una eternidad.

 

—Sherlock, ¿Por qué saliste corriendo de esa manera, tú...?—la voz de John apareciendo por detrás de Sherlock, no tranquiliza a Greg. Ahora ambos hombres miran en su dirección con el rostro petrificado.

—¿Qué ocurre?—pregunta Greg, levantando el tono de voz solo para poder hacerse oír por sobre el ruido de alrededor.

—¿Qué haces con ella?— Sherlock no le dirige la mirada.

—Yo... la encontré llorando en el pie de las escaleras. Estaba muy asustada... Perdón, pero ¿Qué ocurrió con el secuestrador, como supieron que rondaba por esta zona?— los interroga con insistencia. Gregía frunce el ceño, su desconcierto aumenta a cada segundo. Tanto John como Sherlock actúan de una forma muy extraña ahora mismo.

—Damela, Graham...

—¿Qué?... no. Para empezar soy greg, y no. Está dormida. Cuando la encontré, estaba muy asustada, no dejaré que la alteres más— Greg asegura su agarre sobre la niña casi sin darse cuenta.

—Greg, amigo, no discutas en cuanto a esto. Por favor...

Sherlock da dos pasos rápidamente hacia Greg, pero este atina a dar uno en sentido contrario, alejándose antes de que lo alcance.

—Sherlock, basta. Vas a despertar a Katherine y ella necesita descansar, por el amor de dios.

 

Ni siquiera toma verdadera conciencia de las palabras cuando lo nota. Las cosas se ralentizan a su alrededor, o eso parece.

Tanto Sherlock como John no disimulan el asombro en sus rostros.

—Greg... — es John esta vez quien interviene primero— ¿Cómo sabes su nombre?

—Ella me lo dijo, me dijo que se llama Katherine.

—No mientas Graham— la advertencia suena monótona en comparación con la profundidad de barítono que caracteriza a Sherlock.

—No miento, ¿Qué demonios está pasando aquí John?—los nervios de Greg aumentan. Es un inspector detective ayudando a una niña asustada, solo eso.

—Resulta ser que estás sosteniendo a la mismísima joya de la corona, amigo. —responde John, finalmente.