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ลℓмล φэмэℓล

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Lucifer no era de huir.

Pero tampoco era de quedarse quieto cuando su propia cabeza empezaba a volverse un laberinto.

Había cosas que no terminaban de encajar. Ideas que le picaban en la nuca como un pensamiento mal puesto. Y entre todas… había una que le resultaba particularmente irritante.

Adam.

No por lo que hacía.

Sino por lo que tenía.

Una relación estable.

Algo que Lucifer, con todo su poder, su historia… nunca había logrado sostener sin que se rompiera entre los dedos como vidrio fino.

Así que no.

Hoy no iba a pensar en eso.

Hoy necesitaba ruido. Distracción. Algo que lo sacara de su propio eco.

Y por eso—

terminó en el anillo de la lujuria.

El ambiente lo envolvió de inmediato. Luces cálidas, música que vibraba en el aire como un pulso constante, risas que no pedían permiso. Todo era exceso, pero un exceso controlado, elegante… como un pecado que sabe exactamente lo que es.

Hacía años que no venía.

Años sin aceptar una invitación.

Años encerrado en su propio reino, en su propio silencio.

Pero sabía que hoy estarían ahí.

Asmodeus y Beelzebub.

Ozzi y Bel.

Siempre ruidosos. Siempre vivos.

Siempre insistiendo en que apareciera aunque fuera una vez más.

Lucifer caminó entre la multitud sin necesidad de anunciarse. No hacía falta. Su presencia se sentía antes de verse, como una nota grave que cambia toda la melodía.

Algunos lo miraron.

Otros apartaron la vista.

Nadie se interpuso.

Al fondo, entre risas y música, estaban ellos.

Asmodeus recostado con esa seguridad teatral que nunca abandonaba, y Beelzebub brillando como si la fiesta misma naciera de ella.

Lucifer se detuvo un segundo.

No por duda.

Por costumbre.

Porque entrar a un lugar donde no controlaba todo… seguía siendo extraño.

Luego exhaló.

Y avanzó.

—Espero que esa invitación siga en pie… —dijo al llegar, su voz suave pero imposible de ignorar— porque hoy sí vine a aprovecharla.

Un segundo de silencio.

Y luego…

la fiesta pareció inclinarse un poco más a su favor.

Porque si algo era seguro…

es que nadie rechaza al Rey del Infierno cuando decide, por fin, salir de su jaula.

Asmodeus no dudó ni un segundo.

—¡Lu!

Se levantó de golpe y lo envolvió en un abrazo amplio, cálido, sin protocolo ni distancia. De esos que no preguntan, solo pasan.

—Qué alegría verte, chiquis… ¿desde cuándo no te dejas ver?

Lucifer apenas tuvo tiempo de reaccionar antes de sentir otro peso sumarse.

—Patito… —la voz de Bel llegó con esa dulzura eléctrica que siempre llevaba—. ¿Y este milagro?

Se inclinó hacia él, uniéndose al abrazo como si fuera lo más natural del mundo.

Lucifer quedó atrapado entre ambos.

Literalmente.

Un segundo.

Dos.

Y entonces…

soltó una pequeña risa.

Suave.

Real.

—Vaya… —murmuró, apoyando una mano en la espalda de Ozzi y otra en el brazo de Bel—. Qué recibimiento tan… efusivo.

No se apartó de inmediato.

Eso ya decía bastante.

—Pensé que tal vez ya no me querían por aquí —añadió con ligereza, aunque había un filo de verdad enterrado en la broma.

Asmodeus se separó primero, lo justo para mirarlo bien, evaluarlo con una sonrisa ladeada.

—¿No quererte? —resopló—. Cariño, tú eres la fiesta… solo que te la pasas escondido en tu castillito dramático.

Bel rió bajito, sin soltar del todo el contacto.

—Literal —añadió—. Pensé que te habías vuelto alérgico a la diversión.

Lucifer arqueó una ceja, cruzándose de brazos al recuperar su espacio.

—No soy alérgico… —respondió—. Solo selectivo.

Sus ojos recorrieron el lugar, el ambiente, la música… y luego volvieron a ellos.

—Pero hoy… —hizo una pequeña pausa— necesitaba algo diferente.

No dijo más.

No hacía falta.

Ozzi lo miró un segundo extra.

Bel también.

Porque lo conocían.

Y sabían que eso no era solo “salir a divertirse”.

—Bueno… —Asmodeus chasqueó los dedos, su sonrisa creciendo— entonces llegaste al lugar correcto.

Bel dio un pequeño giro, señalando todo a su alrededor.

—Aquí no pensamos… aquí sentimos.

Lucifer soltó una risa por la nariz.

—Eso suena peligrosamente tentador viniendo de ustedes.

—Esa es la idea —respondieron casi al mismo tiempo.

Y por primera vez en mucho tiempo…

Lucifer no sintió la necesidad de irse.

La noche apenas empezaba.

Y esta vez…

iba a quedarse.

✥------- † -------✥

La lluvia ácida golpeaba los ventanales con un ritmo constante, como si el Infierno estuviera tocando una batería oxidada allá afuera. Nadie salía en días así. Ni los más idiotas.

Dentro del hotel, el mundo se reducía a espacios cerrados… y a quien decidieras compartirlos.

Alastor se sentó junto a Adam en la cama con esa elegancia suya que no se apagaba ni en lo cotidiano. Extendió el teléfono hacia él, como si fuera un objeto curioso recién descubierto.

—Enséñame a usarlo.

Adam lo tomó, girándolo entre sus dedos, observando el diseño.

—Pensé que no te gustaban estas cosas.

—Puedo admitir que son prácticos —respondió Alastor, subiendo completamente a la cama, acomodándose sin pedir permiso—. Y ahora que Vox no está… no corro peligro de ser espiado con uno.

Una pausa breve.

Más suave.

—Además… me gusta la idea de poder hablar contigo aun cuando no estés aquí.

Adam alzó una ceja, y una sonrisa torcida apareció en su rostro.

—Qué cursi eres, Bambi.

—Jódete.

—Solo si tú lo haces.

Alastor lo miró con una mueca de asco genuino.

—Qué asco, Adam. No todo es sexo.

Adam soltó una risa baja, recargándose contra la pared con el celular aún en mano.

—Relájate, era broma… más o menos.

Desbloqueó el teléfono.

—Mira, esto es lo básico —acercó la pantalla—. Aquí escribes mensajes. Aquí llamas. Y esto…

Abrió la cámara, girándola de golpe hacia Alastor.

Click.

—…sirve para capturar evidencia incriminatoria.

Alastor entrecerró los ojos.

—¿Acabas de tomarme una fotografía sin consentimiento?

—Sí.

—Fascinante.

No sonaba molesto.

Sonaba… intrigado.

Se inclinó un poco más, mirando la pantalla con curiosidad genuina.

—Déjame ver.

Adam dudó un segundo… pero se la mostró.

La imagen estaba ligeramente movida, pero clara. Alastor, sentado en la cama, con esa sonrisa que nunca desaparecía del todo… incluso cuando no estaba posando.

El Overlord ladeó la cabeza.

—Hmph… —murmuró—. No está mal.

Luego alzó la vista.

—¿Y puedo hacer lo mismo?

Adam sonrió.

—Claro… pero no llores si no sales tan bien.

—Querido… —Alastor tomó el teléfono con cuidado, girándolo entre sus dedos como si fuera algo curioso recién descubierto—. Sonríe.

Sin esperar mucho, apuntó la cámara hacia Adam y capturó la imagen.

—Nada mal —mostró la pantalla—. Tal vez la use de fondo.

Adam soltó una risa, sacando su propio teléfono.

—Entonces yo también quiero una tuya para el mío… no la distorsiono ni nada—

—Ey—

Su queja quedó a medias cuando su celular fue arrebatado por una sombra que se deslizó como si tuviera voluntad propia.

—No seas así, yo también quiero una fot—

No terminó.

Los labios de Adam quedaron atrapados en un beso breve pero firme, lo justo para robarle el aire por un segundo. La sombra, traicionera y eficiente, capturó el momento exacto.

Cuando se separaron, Alastor mostró la imagen con una sonrisa satisfecha.

—Ya tienes tu foto.

Adam parpadeó un segundo, procesando… y luego resopló.

—Gracias… ahora estoy cachondo —masculló, pasándose una mano por el rostro.

Alastor rodó los ojos, apoyándose hacia atrás con calma.

—Adam, tú siempre estás cachondo.

—No siempre.

—Siempre.

—Bueno… casi siempre.

Un pequeño silencio se coló entre ellos, roto solo por el golpeteo constante de la lluvia ácida contra las ventanas.

Adam volvió a mirar la foto en su pantalla. No dijo nada al principio.

Pero no la borró.

—…sí salió bien —admitió al final.

Alastor lo miró de reojo, con una sonrisa apenas más suave.

—Te lo dije.

—… podemos coger?

—Jajaja, esta bien Adam. Ven aca— Alastor abrio los brazos.

—Carajo si.