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Cómo NO darle una sorpresa a tu esposa

Summary:

Astoria cree que su esposo está engañándola pero no tiene pruebas concretas así que decide seguirlo para encontrarlo con las manos en la masa y vengarse.

Y todo sería más fácil si el bebé que vive en su estómago la dejara desplazarse fácilmente y no estuviera moviéndose intranquilo, ella supone que son los genes Malfoy.

O dónde una muy embarazada Astoria Malfoy cree que su esposo la está engañando o dónde todo se malinterpreta gracias a que el futuro padre de su bebé es un idiota adorable que no puede comunicarse como la gente normal.

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Work Text:

La primera vez que se vieron Draco tenía cinco años y ella tenía apenas cuatro. No le dió una segunda mirada después de que su hermana Daphne los presentara, decidiendo concentrarse en su lugar a jugar a los aurores y ladrones con los demás niños que habían ido a las típicas reuniones de herederos. En ese momento no le dió importancia, ella estaba más concentrada en pintar correctamente a un dragón en sus pergaminos encantados que en darle atención a los niños odiosos que habían llegado a su casa.

No era su prioridad. Bueno, ciertamente nada que se tratara de llevar y guiar a su familia era algo que debía hacerlo ella. Todo eso era dejado a su hermana mayor, Daphne. Ella era la heredera, la primogénita. Nunca envidió ni reprochó eso, no cuando ella era la única que podía ver todo lo que su hermana tenía que hacer y con lo que tenía que cargar en lugar de jugar como una niña de su edad.

Eso siempre las ponía en lugares diferentes, en posiciones diferentes. Mientras Astoria era juegos de té y pintar en sus pergaminos grandes dragones, Daphne había tenido que dejar de lado las muñecas para comenzar con sus clases de heredera.

Tenían muy poco tiempo juntas, pero cada pequeño momento con ella, Astoria los atesoraba en su corazón. No podía culparla por sentirse más libre con los otros niños que con ella, pues los demás la entendían de una forma en la que ella jamas podría.

Cuando cumplió 9 años y fue más consciente de todo, se dió cuenta de que ella en realidad no tenía amigos. No como el grupo formado que tenía su hermana. No habían muchos niños de su edad pues los de sangre pura se conformaban con tener un solo heredero, ya sea una bruja o un mago. Pero le gustaba escabullirse en el grupo de Daphne, le gustaba que Millicent Bulstrod le hiciera trenzas en el cabello y que Pansy Parkinson pintara sus uñas, le gustaba asistir a sus fiestas de té.

Disfrutaba que Blaise Zabini jugara Snap Explosivo con ella, y escabullirse en las cocinas para robar golosinas al lado de Gregory Goyle y Vincent Crabbe. Le gustaba sentarse al lado de Theodore Nott y verlo jugar ajedrez con Draco Malfoy hasta que este decidió enseñarle a jugar a ella también. Y Draco... Su dulce Draco. Adoraba como este hacía una mueca divertida cada vez que la veía llegar a su lado con cuentos mágicos en su mano, podría escuchar horas y horas de este leyendo sus libros favoritos. Ambos después de todo eran fanáticos devotos de los dragones.

Ciertamente el crush que tuvo por Draco Malfoy fue... Inevitable. Ahora, si retrocedía en el tiempo y se dejaba llevar por los recuerdos, ella podría decir el momento exacto en el que su enamoramiento comenzó. Tenían siete años, ella tenía seis. Aparentemente lo que ellos hacían en sus pergaminos distaba bastante de los garabatos de colores que ella hacía, eran lecciones de alguna clase que no recordaba pero que los dejaba algo amargos y berrinchudos. El que sugirió el juego fue Blaise, quien al parecer había aprendido el juego de sus primos en Italia.

Algo sobre ser un escarbato y todos los demás fingir ser joyas esperando ser atrapadas. Todos, emocionados con la idea de dejar de estudiar, habían corrido a esconderse por toda la casa, Astoria había querido participar pero no era tan rápida como la mayoría. Entró en pánico cuando el sonido de la voz de Blaise contando en la planta baja estaba llegando a su fin, así que corrió.

Pero su pie se había enredado en una de las pesadas alfombras de Nott Manor y terminó cayendo de bruces en una de las oscuras habitaciones. El primer sollozo había salido, pero el segundo nunca terminó de salir de sus labios cuando reconoció un platinado cabello llegando hasta ella con rapidez. Draco se había apresurado hasta ella, haciéndole una seña con el dedo para que guardara silencio.

Ella había asentido, entonces él se levantó y le ofreció su mano. Astoria la vió por lo que pudieron ser eternos segundos, nunca había tomado la mano de un niño antes, al menos no así. Draco sintió su duda, porque sonrió de una forma pequeña, tentativa y brillante. Los hoyuelos que pocas veces aparecían en su mejilla relucían como brillantina, dándole un aspecto de un príncipe encantador. Ella tomó su mano y él la levantó con toda la gracia que sus 10 años le permitía.

Ambos habían corrido detrás de un gran escritorio de color negro, Astoria podía escuchar su corazón acelerado y su respiración agitada, pero Draco estaba normal, concentrado en buscar algo en las gavetas. Al verlo cerrarlos con pesar, se preguntó que es lo que querría.

—Lo siento, creo que no hay nada aquí. —había dicho— pero no te preocupes.

Ella quiso preguntar a qué se refería. Pero enmudeció inmediatamente cuando lo vió sacar el pañuelo que tenía guardado en uno de sus bolsillos. Había secado su sangre (por mucho que ella se quejó por el dolor) y luego envolvió el pañuelo en su rodilla lastimada. Era un trabajo torpe y digno de un niño, pero que llenó su corazón de calidez y tiñó sus mejillas de rojo. El momento no duró nada porque Blaise los encontró a los dos segundos después. Draco se había quejado por lo que parecían horas sobre como Zabini había hecho trampa.

Cuando cumplió diez años años todo cambió. Daphne tuvo que irse a Hogwarts y con ella, todos los demás. Astoria nunca se había sentido más sola, no importaba la cantidad de muñecas, ni de dibujos encantados que se movían en sus paredes o los múltiples viajes a los que la llevaban sus padres, ella quería estar con su hermana. Con sus amigos.

Cuando ella llegó a Hogwarts creyó que todo podría ser igual. Tristemente descubrió que no sería así. Su hermana y sus amigos estaban más ocupados que ella,  sus horarios no coincidían y ciertamente no estaba involucrada en sus aventuras.

Ahora con una aparente enemistad contra algunos Gryffindors luego de comentarios maliciosos sobre ser familias oscuras (que sí lo eran pero ellos no tenían porqué recalcarlo, valga la redundancia) ella había quedado aún mas relegada.

Socializar no se le hizo muy difícil, tenía experiencia gracias a sus amigos mayores y nada podría ser tan malo como cuando Draco la vió caer en el gran comedor esa mañana. Así que hizo amigas. Algunas de su casa no eran tan amables con ella al ser la segunda hija, así que bien, si ella no era de su agrado Astoria decidió que ellas tampoco lo serían para ella.

Se hizo muy amiga de Luna Lovegood, quien aunque excéntrica, era una buena persona. Además parecía compartir con ella el gusto por Draco, claro que ella era más romántica que Luna. Pronto a eso se unió Ginny Weasley. La hermana menor de uno de los enemigos de sus amigos. Al principio estaba a la defensiva, lo admite ahora, pero luego de unas horas juntas, se habían vuelto amigas. Ella no compartía el mismo sentimiento por Draco (cosa que le alegraba) porque estaba muy enamorada del mejor amigo de su hermano, Harry Potter.

A lo largo de los años mientras crecía, no pasó tanto tiempo con su hermana ni sus amigos pues ahora ella tenía amigos propios. Con los que compartía edad, experiencias y... Aventuras. O algo parecido a eso.

—¿Qué se supone que haces? Has estado viendo la pared por más de 10 minutos, preciosa. —sintió los fuertes brazos de su esposo rodeándola, ella se dejó caer contra él, sintiéndose cálida y saliendo de sus pensamientos.

—¿10 minutos, dices? —murmuró con duda, frunciendo el ceño.

—Mmhm. —sintió un suave beso en su cuello que la hizo suspirar. Ladeó la cabeza para darle espacio cuando lo sintió darle algunos besos más.

—Estaba pensando...

—¿Un knut por tus pensamientos? —su voz se volvió más suave y sus brazos acariciaron su estómago con delicadeza.

—Que sea un galeón y estamos hablando —lo escuchó reír con suavidad, causándole un escalofrío en el cuello— Estaba pensando el nombre que le pondremos. —se dió la vuelta para verlo.

Las pálidas y elegantes cejas se alzaron con diversión, una suave sonrisa se deslizó en sus labios. Ella no pudo evitar sonreír también.

—Creí que habíamos decidido que se llamaría Scorpius —dijo divertido mientras se agachaba. Alzó con suavidad su camisa y besó con ternura su vientre levemente abultado— Tu madre aún está en negación, cariño.

Ella bufó, divertida. Soltó una risita cuando lo sintió besar todo su estómago con cariño.

—Es que te juro que siento que es una niña, Draco. —se quejó— solo... Solo lo siento.

Le dió un último beso y se levantó. Le rodeó con un brazo la cintura, atrayéndola hacia él. La otra no pudo evitar acariciar su mejilla, ella se inclinó a su toque, disfrutándolo.

—Esta bien, hermosa. ¿Cómo te gustaría que se llamara en caso de que sea una niña?

Ella sonrió. Pasó sus brazos sobre su cuello y se alzó de puntas para besar sus labios, un suave roce que se convirtió en un beso húmedo cuando Draco no pudo evitar profundizarlo.

—Me gusta el nombre de Berenice. —susurró contra sus labios dándole un suave beso— Berenice Lyra Malfoy Greengrass.

Los ojos grises se suavizaron de una manera que siempre lograba derretirla. Merlín, como lo amaba.

—Suena precioso, muy encantador.

Ella asintió— Me alegra que te guste tanto como a mí.

Él sonrió de la manera en la que ella sabía que diría una estupidez, juguetona y casi burlesca —Me encanta, si... Pero pensé que para los estándares de la señorita Greengrass, la tradición de mi familia era... Infantil y no sabías si querías repetirla.

Ella resopló, se apartó con diversión y dijo— Vete a la mierda, Draco. Ah, y es Malfoy.

Alzó su mano izquierda y movió con presunción y arrogancia el precioso y caro anillo de diamante rosa en su mano. La diversión desapareció del rostro de su esposo y ella soltó un leve grito cuando él la levantó en sus brazos.

—Si... Salazar, cómo amo que lo seas. —mordió su cuello, juguetón. Ella soltó una risa, que pronto se convirtió en un suave gemido cuando el chupó su cuello, marcándola.

—Demuéstralo. —demandó, besando su hombro. Draco soltó un leve gruñido, y afianzó sus manos sobre sus caderas, una de ellas le apretó el trasero con hambre mientras ella rodeaba su cintura con las piernas. Gimió una vez más cuando lo sintió duro contra ella.

—Eres mía, preciosa —mientras besaba su cuello, salió de la cocina y comenzó a caminar hacia su habitación, ella se rió cuando él la dejó caer contra la cama. Comenzó a trazar un camino de besos sobre sus piernas para perderse en sus muslos, mordiéndolos con picardía. Ella jadeó.

—C-creí que tenías una reunión temprano m-muy importante h-hoy. —soltó un nuevo grito de placer cuando lo sintió chupar su pezón. Estaban tan sensibles.

—Eso puede esperar —el suave y caliente aliento golpeó contra su pecho causándole un estremecimiento. Lo sintió sonreír y luego su cálida lengua volvía a lamer tentativamente uno de sus pezones —Merlín, como me encantas.

—M-menos charla y m-más acción. —Resopló la castaña.

Un mordisco juguetón la hizo silenciar, un largo gemido fue tragado cuando los labios de su esposo regresaron a su boca, besándola con pasión. Mordiendo con ahínco, con un hambre devastadora, como si quisiera devorarla. Explorando su boca con parsimonia en un baile caliente que la tenía delirando, perdida en la deliciosa sensación de su boca contra la suya.

Las manos del rubio recorrían sus caderas, trazando patrones en sus costillas hasta detenerse en el pantalón corto de pijama, jugueteando con las cintas doradas mientras le daba una sonrisa suave, enamorado de la vista de su esposa sonrojada y perdida, con ojos lujuriosos y su boca roja maltratada.

—¿Q-qué estás esperando? —se quejó, ansiosa— haz algo o v-vete a la mierda.

Una suave y ronca risa brotó de los labios hinchados del rubio, estaba encantado. Ella, pese a su frustración, no pudo evitar sonreír. —Tan educada como siempre.

La queja que quería salir de sus labios pronto fue interrumpida cuando un beso en su vientre la hizo jadear de repente. Se removió, ansiosa, queriendo algo, lo que sea. Pero pronto se congeló cuando un cosquilleo familiar la recorrió.

—Draco... —murmuró, podía sentir sus mejillas cada vez más rojas— Draco.

—¿Mmm? —este se encontraba perdido, dándole suaves besos y caricias a su estómago levemente abultado. —¿Qué sucede? Estoy disculpándome con Scorpius por la pronta interrupción.

—Berenice. —corrigió ella, quejumbrosa.

—Berenice. —repitió él, divertido. —Entonces... ¿Qué sucede?

—Es que... Tengo que ir al baño.

Admitió, sonrojada. Una divertida carcajada salió de los labios de su esposo, ella volvió a resoplar sintiendo como sus mejillas se encendían. Últimamente pasaba mucho eso, se dió cuenta. Siempre que estaban enmedio de algo, ella tenía que ir al baño, su pequeña bebé no le estaba dando mucha tregua. Draco lo encontraba divertido, hilarante. Ella no. No cuando a veces solo quería que su esposo la follara hasta el olvido.

—Sigue riéndote y terminarás en el sofá. —algo amargada se levantó y corrió hasta el baño de su habitación. Mientras llegaba, no pudo evitar pensar que su esposo era algo idiota.
.

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Alrededor de una hora después, mientras ella estaba sentada comiendo una extraña combinación de cereales con pepinillos, su esposo había salido de la habitación recién duchado y vestido tan elegante como siempre.

Mordió su labio distraídamente mientras lo observaba terminar de colocarse el saco, este se giró hacia ella y caminó hasta detenerse donde ella estaba sentada frente al desayunador. Sonrió, estirando las manos y olvidando su desayuno para arreglar su corbata. Una vez puesta, tiró de ella y le dio un suave beso en la boca.

—Mmm... Sabes a leche.

—Con pepinillos. —confirmó ella. Lo vió hacer una mueca que rápidamente trató de disimular cuando se dió cuenta de su mirada— di algo y te hechizaré el trasero Draco Malfoy.

—Buen intento pero no puedes hacer magia hasta que-

—Ya sé, ya sé. No hasta que la medimaga lo indique. —giró los ojos algo fastidiada. Ella ya lo sabía pero no podían culparla por solo querer hacerlo.

—Buena chica. —depositó un delicado beso en su frente y acarició con ternura.

—No olvides que la cita con la-

—Es está semana, lo sé. Es este viernes y moví todas mis citas de ese día. Estaré ahí contigo, siempre.

Sintió algo cálido recorrerla, y cuando lo vió mirarla, ese sentimiento solo incrementó, se sintió feliz, como si pudiera hacer cualquier cosa en ese instante.

—¿Te irás por red flu? ¿O Lizzie vendrá a recogerte?

Preguntó el rubio mientras comenzaba a colocarse su abrigo favorito, buscando distraídamente su portafolio. Se veía tan guapo vistiendo de traje, pensó. Ella removió el cereal, decidiendo al final por solo comer los pepinillos. Se encogió de hombros mientras lo miraba directamente.

—Me iré por red flu, pero más tarde. Hoy entro hasta las nueve.

—Ten cuidado cariño, avísame de cualquier cosa que necesites, por favor no hagas demasiado esfuerzo para eso tienes a tu asistente y te amo.

—Te amo también. —asintió dándole un último beso antes de verlo entrar a la chimenea. Cuando este desapareció entre las llamas verdes, ella volvió a centrarse en su desayuno.

Últimamente no le daban muchas náuseas, pero si tenía mucha hambre. Y sabía que eran combinaciones para nada apetecibles pero que para ella sabían cómo la gloria. Y no hablar de esos antojos que le daban en la madrugada como cuando obligó a Draco a ir a comprarle una paleta de kiwi con chile y cacahuates que había visto camino a su trabajo.

Horas más tarde mientras ella estaba en su oficina, arreglando papeles y teniendo llamadas diferentes con sus distribuidores favoritos, la puerta siendo abierta con brusquedad la hizo saltar olvidando inmediatamente su discusión interna sobre si la alfombra persa combinaría mejor en la casa de su exigente cliente o en su propio departamento. Oh Merlín, era demasiado preciosa y ella la quería. No sabía que tan profesional la volvía eso.

—¡Oh señora Malfoy! ¡Mire lo que acaba de llegar! —el suspiro enamorado de Lizzie, su asistente, la hizo reír.

—¿Qué sucede...? Oh —ahora el suave suspiro enamorado salía de sus labios.

En las manos de la muchacha había un bello y enorme ramo de flores. Lizzie avanzó con cuidado, depositando con suavidad el arreglo floral en su escritorio. Ella se levantó de su silla y avanzó hasta el, acercó tentativamente su rostro y aspiró el suave aroma de las flores.

Era con franqueza un arreglo precioso, y muy elegante. Las distintas flores se alzaban, frescas y destilaban el sutil aroma dulce pero nada empalagoso que le producía felicidad. Pudo identificar algún que otro lirio del valle, que se mezclaba con algunos claveles y el jazmín. Su corazón se hinchó al entender el mensaje.

Pues simbolizaba la promesa de un amor eterno y la renovación del amor a lo largo del tiempo, la fidelidad en una relación, la unión espiritual entre dos personas.

El lenguaje de las flores siempre sería su favorito, apreciaba mucho que Draco recordara este tipo de detalles. Después de todo, su esposo solo adoraba las rosas y en especial las blancas. Disfrutaba pasar cierto tiempo con su madre para ayudarla a cuidar sus rosales. Luego de eso, muchas de las flores tenían más utilidad para él si estaban relacionadas a utilizarlas en  sus pociones.

—Su esposo es tan romántico. —dijo su asistente. Ella asintió, tomando la elegante tarjeta blanca que sobresalía del ramo. Abrió con delicadeza y un rubor cubrió sus mejillas al leerla.

«Hola preciosa, espero tengas un buen día. Mucho mejor que el mío ya que no puedo dejar de pensar en ti, y no verte es una de las mayores agonías de mi vida. Cuida de nuestra pequeña Bere y por supuesto, cuídate tu también, no te excedas.

Te amo, cariño.

PD: ¿No te encantaría saber que aplasté en el juicio al idiota que te conté no soporto?»

Ella se rió. Lizzie soltó de nuevo un suspiro. Ella volvió a reír. Colocó la tarjeta justo frente a ella en su escritorio, y reanudaron el trabajo pendiente del día. Tenía algunos clientes que visitar, y discutir los detalles para la renovación de una de las mansiones de la familia Whestyer. Acariciando su estómago mientras sonreía, se dijo que sería un buen día.

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.

El viernes tenía cita con la medimaga.

El viernes vería a la medimaga.

El viernes sabría si todo iba en orden con su bebé.

Ese día era hoy.

Hoy sabría si...

—Tranquila, todo irá bien. —el susurro de su esposo a su lado la tranquilizó. Este acarició con movimientos circulares su espalda. Tratando de darle ánimo.

Ambos habían decidido ir con la mejor medimaga que pudieran conseguir. Así que ahí estaban, ella llegaría en cualquier momento y estaba que se mordía las uñas, claro que no lo haría, había ido con su hermana y Pansy a arreglarse las uñas hace unos días.

El estallido de la chimenea la hizo brincar. Draco se ofreció a ir por ella, Astoria al verla sintió que pudo respirar mejor.

Sentía todo como un sueño, se veía así misma asentir y respondía preguntas con naturalidad, Draco preguntaba algunas cosas mostrando preocupación que se iba poco a poco con las indicaciones. No podría realizar magia hasta que pasaran los tres primeros meses, pues debía esperar a que la magia de su bebé se adaptara a la suya. O eso estaba escuchando hasta que el jadeo sorprendido de la medimaga los hizo saltar.

Ella bajó su varita, y volteó a verlos. No sabía interpretar si su mirada era buena o mala.

—¿Q-qué sucede? ¿Hay algo malo? —preguntó Draco, alarmado.

—Nada de eso, señor Malfoy. —ella sonrió, tentativa. —Pero es mejor que lo vean ustedes.

Sintió un suave hechizo recorrerla y pronto su boca se abrió de asombro al ver frente a ellos una imagen que mostraba a su bebé, era impresionante lo distinto y tan igual que era el hechizo a una ecografía muggle.

—¿Q-qué pasa? N-no entiendo. —dijo ella— Creí que...

Ella sacudió la cabeza, haciéndole callar. Draco a su lado estaba totalmente callado, viendo con absoluta adoración la ecografía flotante. Y por la gran sonrisa que estaba dejando salir, con sus hoyuelos apareciendo tan brillantes como los recordaba siempre ella intuía que no era nada malo.

—Felicidades señores Malfoy, ambos tendrán gemelos. —dijo ella, señalando con su varita la ecografía.

Se escuchó jadear con sorpresa y Draco a su lado se rió, atónito.

—Es muy pronto para saber el género de sus futuros bebés pero ambos están creciendo fuertes. Debido a esto hay algunos cambios que debemos hacer respecto a sus cuidados, señora Malfoy.

Ella asintió. Acarició distraídamente su vientre, no pudiendo creer todavía que dentro de ella crecían dos personitas. Escuchaba a su esposo hablar, estar tan atento pero sin dejar de acariciar su mano con delicadeza. Debido a que ahora eran dos bebés en lugar de uno, debía tener aún más cuidado. Esos tres meses se convirtieron en cuatro para mayor seguridad.

Y para evitar un desgaste de su propia magia, era mejor que Draco le ayudara con la suya. Debía pasarle magia aún cuando se sintiera solo un poco mareada, pues ambos bebés requerirían mucha de parte de sus padres mientras se estabilizaba la propia.

Cuando la medimaga se fue, Astoria escuchó los pasos de su esposo detenerse cerca de ella.

—¿No te parece increíble mi buena puntería? —bromeó él— en lugar de uno, atiné dos.

Ella se rió, golpeándole el brazo— Eres un idiota.

—Tu idiota. —respondió— para siempre.

Ella se rió cuando el le enseñó su anillo. Pronto las risas se convirtieron en lágrimas, no se sentía triste pero no podía parar. Culpaba a las hormonas.

—¿Qué sucede, preciosa? —la preocupación había teñido sus rasgos, tomó su rostro con suavidad mientras limpiaba las interminables lágrimas de sus mejillas.

—¡Son dos! ¡Draco, tendremos dos bebés!

Un nuevo sollozo hizo al rubio frente a ella fruncir el ceño, preocupado.

—Lo sé, amor. ¿Estás bien con eso? Porque sino...

—E-estoy bien... Es solo que la noticia me tomó de sorpresa y estas estúpidas hormonas me están matando.

Lo sintió relajarse y pronto estaba envolviendola en un abrazo. Se acurrucó cerca de su cuello, aspirando su varonil y suave aroma, complacida de tenerlo ahí con ella. Ambos se habían tomado el día.

Ella había aplazado sus citas para el siguiente lunes y Draco canceló todos sus planes. Sabía que algunos de sus clientes no estarían tan contentos pero no pudo importarle menos. Era un abogado muy solicitado, después de todo rara vez perdía. Ayudaba a Hermione Granger en ocasiones y ambos eran un dúo imparable por mucho que a veces se sorprendieran de los buenos amigos y socios de trabajo que habían resultado ser después de odiarse durante los días colegiales debido a las diferentes casas.

Draco tenía sus días muy ocupados, no solo se dedicaba a su carrera y sus casos, ocasionalmente los aurores le pedían ayuda con un caso realmente difícil y con todas las probabilidades en contra del ministerio (Draco amaba cuando Potter se lo pedía personalmente) sino que también administraba alguno de sus negocios familiares.

Era tan buen heredero como siempre lo había sido. Su suegro aún no se retiraba completamente, así que ambos lo hacían junto a Narcissa. En cuanto a ella, disfrutaba mucho su trabajo, una carrera de diseñadora de interiores podría no parecer muy lucrativa pero lo cierto es que lo era. Su apellido y el de su esposo pesaban mucho, lo sabía, pero su trabajo hablaba más por ella.

No por nada tenía un alto catálogo a sus apenas 26 años. Su hermana Daphne quería que se hiciera cargo de algunos negocios de la familia Greengrass, alegando que por derecho le pertenecía no solamente su herencia, sino también sus responsabilidades. Ella solía burlarse de eso, su hermana se reiría y la charla volvería a repetirse.

Volvió a la realidad cuando Draco mencionó algo sobre hacer el almuerzo para ella. Caminaron tomados de la mano hasta la cocina. Ella pensó que lo amaba con intensidad cuando él hizo una broma con unos tomates segundos después.
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Los meses siguientes fueron tan dulces y pasaron tan rápidos como un soplido. Ya no podía trabajar tanto como quisiera y se cansaba con gran facilidad, Draco la ayudaba mucho, siempre era él yendo a traerla a su trabajo, realizando los hechizos, asegurándose de que su magia estuviera estable y de que ella estuviera bien.

Pronto entró en licencia de maternidad y no se dedicaba a otra cosa que a estar en casa, salir con sus amigas y escuchar los consejos de su suegra y de sus amigas que ya habían o estaban pasando por los inicios de la maternidad. Recibía con gusto y placer las visitas de su hermana con su pequeño bebé que apenas llevaba unos meses de nacido, o de los tiernos balbuceos de James Potter, el hijo de dos años de una muy embarazada Ginny. Incluso de los revoltosos hijos de los mejores amigos de su esposo, Pansy y Blaise.

Todo era perfecto, se sentía en una nube de felicidad donde nada la perturbaba ni a ella ni a las personas que amaba. Todo estaba bien, hasta que dejó de estarlo.

Comenzó con algunas llegadas tarde a la casa. Astoria al principio no veía nada malo en ello, después de todo su esposo trabajaba en muchas cosas a la vez. Le siguieron algunas excusas poco creíbles cuando no podía reunirse con ella durante sus citas semanales. Y los besos comenzaron a ser cada vez más rápidos y cada vez menos pasionales.

Draco estaba cansado todo el tiempo. Claro, aún le ayudaba en su magia y seguía mandándole ramos preciosos pero su atención estaba en otra parte. Lo sabía. Ella conocía demasiado bien al hombre.

Lo expresó primero con su hermana. Daphne dijo que seguro era el estrés, Theo la apoyó sin dudarlo. Diciendo que no había nada raro en un Draco distraído. Ella no lo creía. Porque ellos no lo conocían como ella.

Habló con Narcissa y con Lucius. Su suegro como siempre dijo muy pocas palabras, luciendo enigmático pero no dió más indicios de nada. Su esposa por el contrario dijo que hablaría con su hijo.

Draco se puso nervioso una tarde cuando ella se lo preguntó directamente, ahí supo que algo andaba mal.

Su esposo podía haber sido el príncipe de Slytherin pero ella misma no dejaba de ser una. Así que un día, se colocó un precioso vestido holgado que acentuaba su embarazo y que su esposo le había regalado hace unas semanas, y decidió ir a visitarlo de sorpresa a su trabajo.

Cuando llegó al elegante edificio de la firma Malfoy, todo lucía tan bien como de costumbre, muchos de los jóvenes empleados la saludaban, dedujo que habían algunos rostros nuevos, jóvenes aprendices que seguían de aquí para allá a los más experimentados. Aligeró el paso cuando el peso en su espalda se acentuaba. Subió hasta el elevador mágico y rogó a Merlín que todo saliera bien.

—¡Oh! Señora Malfoy, no sabía que vendría hoy. —la voz cantarina de la asistente de su esposo la hizo abrir los ojos, no se había dado cuenta de cuando los cerró.

—Hola, Leight. —murmuró, sonriendo— es una sorpresa.

—Oh, ya veo. —ella sonrió— seguro que al señor Malfoy le alegrará verla, ha estado muy distraído y estresado estos días.

—¿De verdad? —así que no era la única que lo había notado— ¿Tienen un caso muy difícil estos días?

—No precisamente, pero nada que el señor Malfoy no pueda manejar... —dijo ella, estaba por agregar algo más pero el ascensor se detuvo. Ambas salieron, caminando a la par.

Leight se detuvo en la recepción de la oficina, rodeó el escritorio y se dejó caer. Alzó ambos pulgares, dándole ánimos mientras su cabellera rojiza se movía. Ella sonrió, nerviosa.

Cuadró los hombres y sin anunciarse, abrió la puerta.

Inmediatamente la imagen que la recibió, le amargó en lo más profundo del estómago. No era nada malo, no ciertamente incriminatorio pero podría pasar como algo si le dabas vueltas al asunto.

Su esposo estaba tan inmaculable como siempre, con el traje café que marcaba bien su cuerpo, cubierto por una túnica ligeramente más clara. Estaba concentrado en unos papeles, su ceño apenas fruncido pero todo él gritaba que estaba relajado, casi feliz. Le gustó verlo así, al menos por unos segundos.

La persona junto a él era un problema.

Con su cabellera larga y rubia, un sentido de la moda algo atrevido y unas manos delicadas que enmarcaban unas uñas con un bello acabado. Y no le vería el lado mano, si ella no estuviera inclinada sobre los mismos papeles, hablándole en susurros a su esposo con una sonrisa y una mano sobre su hombro, apretándolo.

Nunca la había visto ni la conocía, pero por la mirada que le dirigió cuando ella entró, supo que esta sabía quien era ella.

Los ojos mercurio de su esposo se separaron rápidamente de los papeles, y la vieron con sorpresa. La mujer se enderezó e inmediatamente quitó la mano de su hombro. Astoria quería hechizarla.

Sin embargo, ella se forzó a dar una sonrisa que no quería y no dejar que sus emociones la delataran. Era un Slytherin, una sangre pura y una Greengrass pero ahora también una Malfoy.

—¿Tori? —sus pálidas mejillas enrojecieron levemente— No sabía que vendrías, cariño.

—Sorpresa. —dijo con una sonrisa, coqueta, feliz. Claramente no se sentía así.

—Así que ella es la famosa Astoria Malfoy —el suave tono de voz la hizo erizar, no le gustaba la diversión que había en ella.

Draco se levantó, olvidando todo y sonriendo rápidamente en su dirección, casi con deleite— Sí, es ella. Mi esposa.

No quería, pero se regodeó por el tono satisfecho y amoroso de Draco. Se sentía amenazada, no tenía idea de porque.

—Ven aquí, amor. —se guardó las ganas de hechizarlo que tenía y avanzó hacia él— te presento a Morgan Graham, una amiga de la universidad.

Jamas había escuchado de ella. Una vez más se guardó sus opiniones, no era el lugar.

—Un placer. —respondió, sonriendo.

La mujer la imitó— El placer es mío, señora Malfoy.

Si esperaba que le dijera que podía llamarla Astoria, bien podría esperar sentada.

Segundos después y un movimiento de varita que guardaba sus cosas, ella habló— Me gustaría quedarme para charlar más pero tengo otros compromisos pendientes que atender. Un placer conocerla señora Malfoy, nos vemos después, Draco.

Su sonrisa se hizo tensa cuando escuchó el ronroneo en el nombre de su esposo. Cuando la puerta se cerró y estuvieron solos, Astoria se soltó de los brazos del rubio y se plantó frente a él con los brazos cruzados.

—¿Nos vemos después, Draco? —preguntó con fingida curiosidad.

Él la despachó con un movimiento de mano— Tenemos algunos negocios juntos.

—Ya veo. —murmuró— ¿y quién es? Jamás había escuchado de ella.

—¿No? —parecía sorprendido— Creí que lo había comentado. Morgan es una de las amigas que hice cuando estudiaba en Nueva York. Vino de visita a Londres recientemente y... Pidió mi ayuda en su caso, se está divorciando.

Divorciando... Aquello era aún peor. Se sintió aún más amargada y aquello no le gustaba. Normalmente no era una persona desconfiada, y jamás había dudado de Draco.

En todos los años que llevaban juntos ambos habían demostrado más que fidelidad en su noviazgo y matrimonio.  Si bien no había sido fácil llegar a donde ambos estaban, apreciaban todo.

Las desagradables escenas de celos que se habían hecho mutuamente, el negar los sentimientos o tratar de superarlos. Las múltiples citas que había tenido con algunos magos que habían estado interesados en ella y tragarse las quejas y opiniones que tenía de las brujas que Draco frecuentaba. Había sido un martirio que llegó a su fin cuando Draco, más que cansado de todo aquel juego estúpido había irrumpido groseramente una de sus citas.

Hubieron muchos gritos, palabras que estaban destinadas a herir, sentimientos que llevaban mucho tiempo siendo reprimidos y un profundo anhelo mutuo que ansiaba libertad.

Por no hablar de su separación cuando Draco se fue a estudiar fuera del país. Las citas eran escasas, y debido a la distancia no podían verse mucho. Pero las cartas abundaban, y jamás pensó mal de las amistades que Draco formó allá.

Al menos no hasta ahora. Era más que obvio para ella la manera en la que la bruja había visto a su esposo, como la había visto a ella y ese tono ronroneante del final... Ahg, no le daba una buena señal.

Era claro que para Draco la cosa no era igual. Podía ser muy ingenuo en ocasiones. Mientras lo veía parlotear y contarle como la había conocido, no pudo evitar notar que no era el mismo tono que utilizaba con sus amigos.

Claro, él tenía una forma muy especial y diferente de tratarla a ella en comparación a los demás. Con sus amigos era más sarcástico, más divertido y pesado. Con las personas externas a su círculo cercano solía ser incluso cruel. Pero este Draco que le contaba cosas de Morgan Graham se parecía mucho al de ella.

Era eso, o estaba haciéndose ideas en la cabeza. Las hormonas no la ayudaban para nada, y algunas veces se sentía miserable. No ayudaba tampoco que Draco estuviera distante estas semanas.

—¿La estoy aburriendo, señora Malfoy? —el tono coqueto la hizo levantar la vista de la mesita frente a ella.

—Ciertamente sí. —respondió. Seguido de eso lanzó una risita cuando lo escuchó indignado.

—Bueno, sé que puedo ser aburrido amor pero al menos ten la decencia de disimularlo —sonrió, se levantó de la cómoda silla y avanzó hacia ella— ¿Qué dices si vamos a almorzar?

—¿Fuera? Creí que comías en tu oficina.

—Generalmente lo hago, sí. Pero luces preciosa y quiero que todo el mundo mágico vea a mi bella esposa.

Sintió sus mejillas calentarse. Tomó su mano entre las suyas y ambos avanzaron hacia la salida. Viéndolo lanzar hechizos de diagnóstico y de calor hacia ella, se dijo que todo estaría bien. Tenía que estarlo.

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Nadie le diría a Astoria Malfoy que estaba equivocada.

Todo estaba raro entre ellos. Claro, su esposo seguía siendo dulce y se dirigía a ella con el mismo amor de siempre pero había... algo. Y ese algo le estaba molestando.

Astoria se aprieta la bufanda verde alrededor del cuello y sale de su habitación justo cuando Draco cierra la puerta tras de sí. Al verla le dedica una suave sonrisa, parece cansado.

Ella entiende porque podría estarlo, después de todo ha estado pasándole magia de manera regular y parece ocupado en cosas de su trabajo. Ayuda a sus padres cada vez más, asumiendo el mando en los negocios que le corresponden por derecho.

Y a simple vista podría parecer que nada ha cambiado pero ella lo sabe mejor. Tiene la corazonada de que algo anda mal: los susurros demasiado tensos, las salidas apresuradas… pero ningún indicio tangible. Solo su instinto y dos bebés revoltosos que no la dejan moverse sin recordarle que están ahí, pataleando con toda la energía de la sangre Malfoy.

Esa tarde, Draco afirma que llegará tarde porque tiene que hacer “un recado simple”. Astoria lo observa cruzar el vestíbulo de su departamento con los hombros tensos, y la rótula le cruje al inclinarse para calzar mejor los finos zapatos que adora usar cuando está dispuesto a conseguir algo a toda costa.

La envidia de todas las madres: un «idiota adorable» que no sabe mentir… pero tampoco sabe prevenir sospechas.

Se dice que no es nada, que nada ha cambiado después de que los ojos grises, casi plateados de su esposo se suavicen en cuanto la ve y se inclina para darle un suave beso en la frente.

Se dice que está imaginando cosas cuando lo observa irse en silencio, que nada está pasando cuando las suaves llamas verdes se lo llevan hasta el centro de aparición más cercano a su trabajo.

Pero Astoria no es idiota. Y sabe, incluso aunque se lo niegue así misma, que no está equivocada. Algo es diferente, y ella no sabe que es. Así que ajustándose la bufanda una vez más, ella avanza hasta la chimenea.

Pese a que son varios minutos de diferencia entre sus viajes, ella lo localiza no muy lejos y ciertamente no está caminando en dirección a su trabajo, no. Se desvía.

Ella lo observa desde lejos, siguiéndolo en silencio, con un hechizo que la oculta para que él no se de cuenta. Lo ve detenerse en uno de los restaurantes lujosos del complejo, sonreír en dirección a alguien y al seguir su vista, la ve.

Morgan.

La mujer que estaba en su despacho aquella vez, la del refinado retoque en sus uñas, la del largo pelo rubio y ojos astutos. Ella.

Los ve saludarse, y sentarse en una de las mesas de afuera.

Sus bebés se remueven, sintiéndola inquieta y ella de repente quiere llorar. Porque no significa nada, ¿verdad? Es solo un desayuno. Con ella. Pero es solo eso.

No están haciendo nada malo, incluso el saludo fue de lo más inofensivo... Entonces, ¿por qué todavía se siente tan terriblemente mal?

Se aleja en silencio, zigzagueando entre los otros magos que están en las calles. Vuelve a casa, tira su bufanda y se ordena así misma respirar y calmarse, porque no es bueno para sus bebés.

Siente sus ojos humedecer y un jadeo sale de sus labios. Y Astoria llora. Porque se siente horrible, porque no sabe cuando cruzó la línea de confianza infinita que sentía hacia su esposo y había decidido seguirlo, espiarlo y llora más fuerte cuando se da cuenta de que ni siquiera se arrepiente, no del todo.

Porque ella no estaba equivocada. No es una prueba de que la engaña con Morgan Graham, pero aún así se siente como si lo estuviera haciendo. Draco no mencionó que se reuniría con ella para desayunar, claro, no es que le cuente de todos sus clientes con los que comparte comidas de trabajo pero... pero hay algo en esa mujer que le molesta infinitamente.

No es solo el hecho de que ella está obviamente interesada en Draco y que este esté ayudándola con su divorcio y siendo el idiota ingenuo que es cuando no debería serlo. Sino también que puede que se sienta algo insegura.

Jamás le había pasado. Pero ahora, cargando a sus bebés y con algún peso extra que antes no tenía, se pregunta si acaso su esposo ha dejado de considerarla atractiva.

Astoria camina hasta su cama y se sumerge en ella, desde los pies hasta la cabeza se cubre con las sábanas y se regaña. No solo por las ideas que su propia mente le está metiendo, sino porque ella jamás había sido así y no quería empezar a serlo ahora.

Era una Greengrass por amor a Morgana, no una debilucha.

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La segunda vez que lo sigue, la culpa no la mata tanto como la primera. Pero si siente que se está volviendo loca. Porque nadie más lo nota, nadie más se da cuenta de cómo sus ojeras comienzan a hacerse evidentes y como está distraído cuando están juntos o pasan el rato con sus amigos y familia.

Draco toma un callejón que lleva a una tienda pequeña y discreta. Otra vez se ha desviado de su trabajo.

Ella suspira, se ajusta la capa y se lanza al acecho. Su vientre le recuerda cada paso que da como hipos febriles. Patadas que parecen puntapiés de un mini-Fidaeash (el primer basilisco de la familia, en broma familiar como mencionaron sus suegros). “Los genes Malfoy” piensa ella, encogiéndose por los golpes.

Desde una esquina, lo ve entrar. Draco pasa bajo un pequeño cartel que reza “Encantos y Sorpresas: Regalos Personalizados”. La puerta se cierra con un tintineo de campanillas. Astoria se detiene. Siente el mundo girar un instante: ¿está por cruzar otra línea?

¿Qué espera encontrar al entrar? ¿una amante? ¿Un plan secreto? ¿A Morgan Graham? Es ese último pensamiento el que la hace decidir por ella. Se enrosca la capa y aguanta la patada que le retuerce las costillas.

Decide entrar. Tose, finge que busca un amuleto para sus bebés, y cruza la puerta. El olor a madera barnizada y a polvo de pluma la recibe de golpe. En el mostrador, una señora muy risueña trabaja con trozos de pergamino y plumas doradas. Más atrás, Draco se agacha ante un paquete envuelto en papel verde oscuro.

Y ella suspira, aliviada. Se adentra más y se esconde, no es que la vayan a reconocer con el hechizo que la hace parecer otra persona pero el sentimiento que la está ahogando justo ahora puede traerle más atención de la necesaria.

Cuando está por suspirar del alivio otra vez, la puerta se abre y con un suave tintineo una persona ingresa.

Astoria quiere morderse la lengua al reconocer el cabello rubio. No... ¿Por qué?

Escondida detrás de unos cuantos amuletos de calor para niños, ella la ve cruzar la tienda en dirección a su esposo.

Este alza la vista, sonriendo emocionado y levantando el paquete, la rubia se abalanza hacia él, abrazándolo. Ambos ríen y Astoria quiere hechizarlos.

De pronto ya no soporta compartir el mismo espacio, no mientras los ve hablar tan felices y compartiendo cosas de las que ella es obviamente ajena, ni siquiera se separaron tanto, claro, dejaron de abrazarse pero ¿es necesario estar tan cerca?

Ella sale de la tienda sin mirar a nadie más. Llega a casa y vuelve a llorar porque las hormonas no la dejan tranquila y al parecer a su esposo le importa tan poco que anda concertando citas con la estúpida Morgan Graham como para prestarle atención a ella y a sus bebés.

Ella está cansada, frustrada y muy enojada. Sus bebés están igual de inquietos así que se dice que esperará a su esposo para enfrentarlo, porque si la está engañando y planea dejarla, debe tener la decencia que creyó tenía, para decírselo.

Se sienta y espera decidida a acabarlo.

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Cuando es mucho más tarde de la hora en la que su esposo normalmente vuelve a casa y este no aparece, decide que ya ha tenido suficiente.

Astoria se dejó caer en el sillón más cercano de su habitación, una mano en la parte baja de su vientre y otra sosteniendo el espejo encantado de comunicación. Sus bebés llevaban diez minutos practicando fútbol muggle con su riñón, y Draco... Draco había salido otra vez sin explicaciones en la mañana. No estaba aquí ahora y ella ya estaba lo suficientemente furiosa como para esperar más. No después de la escena de la mañana.

Con el ceño fruncido y la voz calmada, pero gélida, preguntó:—Leight, ¿estás disponible?

La imagen de una joven bruja de cabello ordenado en un moño elegante apareció flotando en el cristal. Llevaba gafas de montura dorada y una expresión risueña que se alteró apenas reconoció el rostro de la señora Malfoy.

—Señora Malfoy, buen día… ¿en qué puedo ayudarla?

Astoria ladeó la cabeza con una sonrisa que no alcanzó los ojos. Se recordó que no estaba enojada con la pelirroja, sino con el infiel de su esposo.

—Sólo una pregunta rápida, Leight. ¿Sabes a qué hora salió Draco hoy?

Leight parpadeó, incómoda, y consultó algo fuera del marco. Su expresión luchaba por volverse neutral.

—Eh… sí, señora. El señor Malfoy salió a las nueve en punto, como ha estado haciendo esta semana.

Astoria asintió lentamente. Sus bebés patearon. Otra vez. A la vez.

—¿Y dijo a dónde iba?

Leight dudó un segundo de más, lo suficiente para que Astoria afilara la mirada.

—Sí. Me pidió que le enviara por lechuza unos documentos a una residencia de las afueras. Me dio la dirección para que me asegurara de que los pergaminos llegaran en mano. Pensé que… bueno, que usted ya lo sabría.

Astoria contuvo el suspiro.

—No, Leight. No sabía.

La asistente personal le dictó una dirección poco familiar, con el tono cauteloso de quien ya sospecha que está siendo arrastrada a un malentendido con implicaciones domésticas de nivel explosivo.

—Gracias, querida —respondió Astoria, tan cortante como un trozo de hielo afilado—. Me has sido de gran ayuda.

Cortó la comunicación con un giro elegante de muñeca. Luego, se puso de pie con esfuerzo y un fuego de determinación brillando en los ojos.

—Muy bien, Draco Malfoy. Veamos si tu “residencia” tiene nombre de bruja. —gruñó.

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Astoria se apareció con un leve crujido al pie de una calle tranquila y arbolada, donde las casas parecían demasiado normales para esconder infidelidades. Pero demasiado alejadas como para fingir ignorancia.

Frente a ella, se alzaba una gran construcción. De grandes ventanales, imponente piedra cálida y un gran terreno que la rodeaba. Una fuente que parecía encantada estaba frente a la casa. El terreno y la enorme residencia, casi rivalizan con la enorme mansión Malfoy.

Astoria se mordió la lengua al pensar que la amante de Draco al menos tenía buen gusto arquitectónico.

Sus bebés se removían como si también sospecharan.

—Tranquilos —susurró, acariciando con suavidad su estómago— Vamos a exponerlo. O a destruir su coartada con dignidad.

Avanzó, rodeando la fuente y comenzando a caminar. No sentía magia al rededor, por lo que era obvio que la casa no tenia ningún tipo de protección mágica todavía. Subió los escalones con el porte de una reina ofendida y empujó la puerta que era demasiado hermosa a sus ojos de diseñadora.

Un desperdicio.

Esta no estaba cerrada con llave.

Soltando un suspiro profundo, se rogó fortaleza, no solo por ella, sino también por sus bebés. Dentro de la casa la luz era tenue, pero estaba vacía. No había ningún objeto o mueble que indicara que alguien vivía ahí. Pero si era preciosa por dentro, muy espaciosa y elegante, sino tuviera el disgusto del engaño amargandole la existencia era probable que estuviera enamorada de la casa.

Astoria frunció el ceño al ver entrar a una bruja mayor desde el lado izquierdo, quien alzó la mirada y se quedó sorprendida al verla.

Ella relajó los hombros y habló. —Disculpe... Estoy buscando a Draco Malfoy. Me han dicho que estaba aquí.

La bruja pareció recomponerse de su sorpresa y sonrió como quien ya conoce el final del cuento. —¡Claro que sí, querida! Está en la sala trasera. ¿Eres su esposa Astoria?

Astoria asintió. La mujer sonrió de vuelta, como si eso explicara todo.

—Entonces prepárate para llorar, pero no por lo que piensas.

Astoria arqueó una ceja, sintiendo su corazón latiendo cada vez más rápido. La bruja, ajena a su aspecto agitado, le sonrió y le señaló el camino.

Nuevamente, cuadró los hombros y decidió seguir a la amable mujer que le indicaba que la siguiera. Mentiría si dijera que no estaba aterrada pero esto estaba sucediendo mejor de la confrontación llena de lágrimas y gritos, y rabia que había imaginado.

Dentro de la espaciosa sala, que en realidad era una cocina moderna, Draco estaba de espaldas, sosteniendo algo en sus manos, a su lado, una sonriente Morgan Graham parecía estar conteniéndose. Astoria quiso gritar. La mujer parecía estar en todos lados.

Al escuchar el crujido de pasos, la voz de Draco se escuchó, alzando la cabeza, sin verla aún. —¿Madame Arlena? No sabe cuanto—

Se giró.

Lo que tenía en sus manos se cayó. Parecía una pequeña pila de papeles.

—Astoria...

Su voz sonaba sin aliento, casi horrorizado. Morgan a su lado jadeó y volteó a verla, portando el mismo semblante horrorizado de su esposo.

Ella alzó la barbilla y cruzó los brazos—¿Lo dices como “Astoria, mi esposa embarazada a punto de romper fuente”, o como “Astoria, sorpresa, no estaba haciendo nada sospechoso”?

Draco tragó saliva. —Más lo segundo… con toques de pánico.

—¿Qué estás haciendo? ¿Y qué hace ella aquí?

Él sonrió con esa expresión nerviosa de quien realmente intentó hacer algo bonito y lo arruinó con estilo Malfoy. Lucía adorable y ella quería patearse porque su enojó disminuyó al ver su expresión.

Draco lanza un suspiro derrotado— Morgan ¿podrías...?

La rubia pareció recomponerse y asintió repetidas veces— Por supuesto, eh... discutiremos lo demás en otro momento. Eh... Señora Malfoy —saludó nerviosa, girándose después a la mujer mayor que estaba a su lado— Madame Arlena, ¿le gustaría acompañarme afuera?

La bruja sonrió— Por supuesto, después de todo ya no tengo que hacer nada más aquí. Disfruten su nuevo hogar, señores Malfoy.

Draco cerró los ojos pareciendo aun más derrotado ante eso, Morgan abrió los ojos y se apresuró a salir llevándose a la bruja mayor y en cuanto a ella... Ella no sabía que decir.

Se giró hacia Draco— ¿Qué...?

—Estaba preparando… —abre los ojos, pareciendo un crup pateado— se suponía que esto sería una sorpresa...

—Creí... creí que me engañabas con Morgan. —dice antes de poder arrepentirse, su voz suena baja, insegura.

Draco se alarma ante eso, apresurandose hasta ella. Al verla más de cerca, aparta su cabello con suavidad y acaricia sus mejillas con dulzura— ¿Qué...? ¿Por qué...? Yo jamás...

Astoria traga el enorme nudo que de repente siente en su garganta— actuabas raro desde hace mucho... parecías muy sospechoso, ¿de acuerdo? Estabas tenso, muy distraído, tus excusas eran patéticas y venías a casa cada día más tarde, faltabas a nuestras citas y dejaste de... luego la vi en tu oficina y...

—Shh, shh, tranquila, amor... —susurra con prisa, limpiando las lágrimas de sus mejillas que salen con rapidez. Ni siquiera se dio cuenta de cuando empezó a llorar pero ahora siendo consciente, un enorme sollozo sale de su cuerpo.

—Además los vi desayunar juntos y... ¡se abrazaron en esa tienda! ¡y hablé con Leight y dijo que todos estos días habías estado saliendo a la misma hora que siempre! —llora entre hipidos mientras golpea el pecho de su esposo con sus puños— ¡y ahora te encuentro aquí, con ella! ¡Cuando deberías estar en casa, conmigo!

Draco maldice en voz baja mientras la abraza con fuerza, dejándola llorar. No la interrumpe mientras ella se desahoga en su costosa camisa, solo acaricia su cabeza con paciencia y susurra palabras de consuelo y amor.

Cuando termina de llorar, su esposo se separa de ella y vuelve a limpiar sus mejillas con ternura y la culpa brillando en sus ojos.

—Tienes razón, he estado actuando raro, he estado distraído y llegando tarde a casa, y Merlín, mis excusas cada vez eran más patéticas —dice, viéndola fijamente— Pero no por la razón que dices, jamás, amor, jamás te traicionaría de esa manera. Te amo, mi corazón arde por ti desde antes de saber que tenía uno y lo seguirá haciendo hasta que me lo permitas.

Ella asiente, escuchándolo.

—Morgan es una de mis amigas, como la estoy ayudando con su divorcio se ofreció a ayudarme a encontrar una casa para nosotros. —sonríe, con suavidad— es agente de bienes raíces, la mejor que conozco y solo estaba ayudándome a preparar esta sorpresa para ti. Quería que... quería que todo estuviera listo y estuviera perfecto antes de mostrártela.

Una bola de culpa del tamaño de un pequeño huevo de dragón se instaló en su estómago.

—¿Una casa?

Draco asiente, encogiéndose de hombros— Sí, aquí. Amo nuestro departamento pero quería algo solo tuyo. Y mío. Y de él. Bueno, ella. Ellos, ellas o él y ella.

Astoria miró alrededor. Sintiéndose patética y como sus ojos volvían a humedecerse. Sus bebés dieron un golpecito suave. Como si supieran que los estaban incluyendo.

Astoria suspiró. —Eres un idiota. Pero... eres mi idiota.

—Shh, ya no llores preciosa, lo siento... —Draco la acercó con una sonrisa rendida— Es culpa mía, lo siento.

—Eres un idiota. —repitió.

—¿Eso significa que me perdonas por ser sospechoso sin culpa?

—Solo si prometes que la próxima vez que quieras hacerme una sorpresa no actuarás como un idiota y me harás pensar que tienes una amante en la Rue de eroda.

—Hecho —rió él, tomando su mano y llevándola a su pecho— lo siento amor, no pensé que esa preciosa cabeza tuya imaginaría ese escenario. Morgan es solo una amiga, y nos costó muchísimo encontrar una casa que estuviera cerca de nuestros padres y amigos y fuera perfecta y luego convencer a Madame Arlena de que me la vendiera. Apenas cerramos el trato hoy... Y todavía no hay nada listo, hay que instalar las protecciones, la red flu, eh... comprar muebles y quería que fueras tú quien diseñara nuestro hogar así que... pensé que debía estar totalmente lista antes de decírtelo porque quería que fuera una sorpresa y... no pensé que... y Merlín, lo siento...

Astoria besó su mejilla, interrumpiendo su diatriba de palabras. Este sonrió, besando ahora sus labios con suavidad. — Te amo.

Sonriendo, Astoria contestó— te amo también, Draco, aunque seas un idiota.

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Horas más tarde, mientras Draco la abrazaba y ella estaba recostada en su pecho, no pudo evitar que la pregunta se deslizara de su lengua.

—¿Qué hacías con ella en esa tienda? —el sonido de su propia voz sale más agudo de lo que esperaba.

Siente a Draco tensarse por unos segundos, y luego se separan con suavidad, sentándose frente a frente.

—Astoria, fui a buscar el encargo de tu regalo —suelta él, torpe— dijiste que querías algo especial para la sala de bebés.

—¿Con ella? —Astoria frunce el ceño, la vena latiéndole en la sien— Jamás… te pedí nada.

Draco enrojece. Se pasa la mano por el pelo varias veces, luciendo nervioso otra vez —Eh… recuerdo que dijiste algo de una lámpara que brillara “como los ojos de un basilisco recién nacido” —Tartamudea él.

Astoria se queda sin habla. Los recuerdos vuelven, la broma sobre Fidaeash; su deseo de ver nacer algo sorprendente.

Draco sonríe al verla sin palabras, levantándose de la cama, rebusca algo en sus cajones —Ten, aquí está.

Astoria desenrolla el paquete y en su interior asoma un farol tan bello que ella se estremece: las runas brillan con un verde palpitante. Es delicado, luminoso, vivaz.

—Es una lámpara de cristal luminoso con runas de protección. Esta hecho con Auroras Orquídeas– explica Draco con timidez— Quise que nuestros bebés vean algo mágico apenas abran los ojos.

Astoria se tapa la boca. Sus bebés, satisfechos con el regalo, dan una gran patada que la hacen reír y llorar al mismo tiempo.

—Es… hermoso —murmura ella, con la voz temblorosa.

Draco se acerca y la rodea con los brazos. Ella siente la calidez de su torso y el latido tranquilo de sus bebés. —No más secretos. Además, no tienes que preocuparte por Morgan, ya te lo dije. Si acaso alguien debe preocuparse ese soy yo, tú eres más su tipo.

Ella se separa, jadeando sorprendida— Pero ella...

Draco se ríe— Sí, y cito:— "Cuida a tu esposa, Malfoy, es muy hermosa y tú sabes que me vuelven loca las castañas de ojos azules"

Astoria se echa a reír, más por el alivio que otra cosa. Después de meses angustiosos, saberlo la tranquiliza vergonzosamente rápido.

—Que bueno, porque créeme que quería maldecirla. —resopla.

Draco se ríe— Nada de maldiciones hasta después del parto, preciosa.

—No me tientes.

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Tiempo después, lo que tan ansiosamente estaban esperando, pasó.
Después de que los malentendidos entre ella y Draco se arreglaron, las cosas solo fueron cuesta arriba.

Conoció oficialmente a Morgan, quien se mostró más tímida de lo que hubiera esperado. Y quien ayudó, al igual que el resto de sus amigos y personal, a que su futuro hogar estuviera listo con rapidez.

Apenas llevaban una semana en la nueva preciosidad de su hogar, ya habían terminado todos los detalles cuando pasó.

Todo sucedió tan rápido que Astoria se preguntaba si estaba soñando. En un instante estaba teniendo todo listo en la habitación de sus bebés y en el siguiente, estaba en San Mungo.

Gritó entre contracciones encantadas y maldiciones murmuradas, lanzando amenazas en latín a su esposo si este seguía diciendo “todo estará bien”. Draco, empapado en sudor y sin ser el que estaba pariendo, tenía el rostro más pálido que el suelo de mármol.

Dos sanadores entraban y salían, y cada vez que Draco preguntaba algo, solo recibía un “Respire, señor Malfoy”

Y entonces, llegaron.

Primero, un llanto suave. Luego, uno más agudo, enérgico, como si ya discutiera con su hermano por atención.

—¡Son dos! —anunció la sanadora con una sonrisa amplia—. ¡Un niño y una niña, señor y señora Malfoy!

Astoria, exhausta, soltó una risa ahogada. —Te lo dije… era una niña.

Draco se rió, sin palabras ni queriendo replicarle nada. Miró los dos pequeños bultos envueltos en mantas. Dos caritas arrugadas. Dos promesas hechas carne. Dos latidos que no sabía que necesitaba hasta tenerlos ahí.

Scorpius y Berenice.

Sus hijos, sus mellizos.

Al ver los pequeños ojos de sus hijos, Astoria supo en ese instante que no había nada y ni habría nada que no haría por ellos. Al ver a Draco observarlos con absoluta adoración, se dijo que él estaba experimentando la misma sensación.

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Scorpius nació primero, tranquilo y callado desde el principio. Cabello platinado como nieve de luna y ojos como agua de invierno: calmado, observador, con una sonrisa que se toma su tiempo pero se queda. Es de abrazos largos, pies silenciosos y una habilidad innata para que los animales mágicos lo sigan.

Berenice, segundos después, llegó como un rayo: cabello rizado que tira a dorado ceniza, ojos tempestuosos que cambian apenas con su humor. Risueña, intensa, con magia espontánea desde el quinto mes. Si Scorpius es el invierno que consuela, Berenice es el fuego que ríe.

Horas después, con la luna en lo más alto, Astoria se queda reclinada en la puerta de la habitación que comparten temporalmente sus bebés. Observa con una sonrisa suave como Draco vigila las cunas desde una distancia lejana para no importunar con su presencia pero lo suficientemente corta como para verlos.

Berenice se aferra a su hermano, quien a su vez, se aferra a un peluche de dragón que ama más de lo que su pequeña edad le permite.

Draco se inclina y murmura, en voz tan baja que apenas y lo escucha.

—Hola... Yo soy... bueno, soy el que va a equivocarse muchísimo, pero que va a tratar de hacerlo bien. —ella sonríe, enternecida. Han pasado semanas desde que salieron de San Mungo, pero es la primera vez que ambos bebés están dormidos sin ninguna molestia.

Berenice bosteza. Scorpius suelta un pequeño sonido nasal. Draco sonríe. Astoria detrás suyo también.

—Tú, pequeña —le dijo a Berenice—, ya tienes cara de que me vas a cuestionar todo. Perfecto. No quiero una hija dócil. Quiero una que me diga “papá, eso fue horriblemente tanto ” y tenga razón.

Se giró a Scorpius. —Y tú... tú pareces más tranquilo. Vas a ser quien calme la tormenta. O quien la alimente con sonrisas suaves. Eso... también es muy Malfoy.

Se inclinó sobre ellos y habló en voz aún más baja.

—No voy a pretender ser perfecto. Pero voy a amarlos como si el mundo entero dependiera de ello. Porque en cierto modo... depende. No hay nada que no haría por ustedes.

Ambos bebés se movieron al mismo tiempo, uno hacia el otro, rozando mejilla con mejilla.

Astoria parpadeó, conmovida.

—Qué tramposos —susurró—. Son ustedes dos los que me van a enseñar magia real.

Ella cerró los ojos un instante, apoyada contra el borde de la puerta y por primera vez en mucho tiempo… sintió paz. Una fuerte alegría que se combinaba con tanta calidez.

Estarían bien, se dijo, tenían que estarlo.

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El salón principal de la Mansión Malfoy-Greengrass había sido transformado en un paraíso de serpentinas flotantes y globos encantados que cambiaban de color según la risa de los niños. Era el segundo cumpleaños de Berenice y Scorpius, y lo único que sus padres querían era una celebración tranquila, controlada y sin eventos mágicos espontáneos.

Así que, naturalmente, todo salió al revés.

Astoria, con la varita escondida en su manga y dos pasteles enormes hechizados levitando sobre la mesa principal, organizaba a los invitados: desde Weasleys inquietos, Greengrasses sofisticados, Malfoys y Potters en peleas traviesas, lo que parecía una riña divertida entre Gryffindors y Slytherins de parte de los amigos y exenemigos de su esposo hasta un Longbottom desorientado con confeti en la ceja. Su suegra, Narcissa supervisaba desde una esquina, con la misma expresión que pondría frente a una batalla campal, mientras Lucius… bueno, fingía no tener una discusión con James Potter frente a los demás invitados.

Todo iba bien... hasta que sus mellizos soplaron sus velas.

Porque las chispas no fueron doradas.

Fueron moradas. Luego multicolores. Y luego estaban vivas. Literalmente.

Sus pasteles cobraron vida, saltaron de la bandeja y comenzaron a correr por la mesa como sapos pegajosos de crema batida, perseguidos por gritos de niños y un Scorpius encantadísimo que gritaba “¡Corre más rápido, pastel con patas!”

Draco intentó conjurar un hechizo para evitar tal desastre, pero Berenice, emocionada por el caos, alzó su manita y gritó:

—¡BOOM!

Un globo explotó con polvo de estrellas que cubrió a todos los invitados con bigotes brillantes y cejas violetas.

Astoria se llevó una mano a la frente. —¿Quién les enseñó a canalizar magia sin usar palabras?

—Claramente yo no —dijo Draco, corriendo tras el pastel como si su dignidad no estuviera envuelta en migas y hechizos fallidos.

No es que a los demás adultos les fuera mejor intentándolo.

Cuando finalmente la tarta fue inmovilizada y la sala reparada (más o menos), los gemelos se sentaron en sus sillitas con coronas torcidas, sonriendo como si fueran los reyes del universo.

Draco se inclinó entre ellos y susurró:

—Prometo enseñarles a controlar su magia... justo después de que yo aprenda a controlar la mía alrededor de ustedes.

Berenice le lanzó un guiño. Scorpius hizo levitar su taza por accidente.

Draco suspiró. Astoria suspiró con él.

—Genial. Dos versiones en miniatura de su madre. Estoy perdido.

Desde la cocina, el nuevo pastel flotaba en silencio. O al menos… eso parecía.

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Horas después de que la fiesta de cumpleaños de sus hijos terminó, la mansión estaba en silencio por fin. La sala había sido recogida, los globos se desinflaban lentamente como si compartieran el agotamiento colectivo, y los abuelos habían regresado a sus respectivos hogares.

En su habitación, Astoria se quitó la corona torcida que Berenice le había colocado a la fuerza. Draco la observaba desde la cama, todavía con una mancha de pastel de fresa en el cuello y brillantina violeta en la ceja izquierda.

—No puedo creer que el pastel nos atacara.

—Tú dijiste que querías algo memorable —le recordó ella mientras se metía bajo las mantas.

Draco suspiró, girándose para quedar de lado, frente a ella.

—¿Crees que sobreviviremos a cuando tengan varitas de verdad?

—No. Pero confío en que seamos buenos en fingir que tenemos el control —sonrió Astoria.

Él le acarició el brazo con suavidad.

—Lo estás haciendo increíble. Eres una mamá brillante. Incluso cuando me lanzas ese hechizo con los ojos.

Ella rió. —Tú tampoco estás nada mal. Hoy no saliste corriendo a esconderte detrás de Lucius. Eso ya es crecimiento.

Draco se acercó más y apoyó la frente contra la de ella.

—Chistosa... —se burló, dándole un beso suave en la boca— Sabes… cuando los vi por primera vez, por un instante pensé “esto podría ser demasiado para mí”. Pero después de dos años… creo que no sé cómo respirar sin ellos. O sin ti.

Astoria le tomó la mano, entrelazando los dedos. —Lo bueno es que nos tenemos. Incluso cuando todo arde. A veces, literalmente.

La cuna doble, que habían colocado en su propia recámara luego de ciertos incidentes en la de sus hijos, emitió un suave cling: Scorpius había hecho levitar su chupete. Berenice lo atrapó a mitad de vuelo sin abrir los ojos.

—¿Ves? —susurró Draco, entre risas—. Vamos a necesitar un escuadrón de contención mágica antes de los cinco.

—O un contrato con San Mungo —murmuró Astoria—. Pero de momento… solo prométeme que haremos esto juntos.

—Siempre —dijo Draco. Y lo dijo en serio. Ella sonrió, volviendo a besarle la boca, que pronto se convirtió en besos tiernos alrededor de su rostro y risas suaves.

Al despertarse al día siguiente, se dio cuenta de dos cosas, tanto su esposo como sus hijos ya no estaban en la habitación. Se estiró con pesadez y cerró los ojos, sintiendo las barreras mágicas de su hogar para saber donde estaban. Sintió un tirón en su magia, señal de que Draco se había dado cuenta y había respondido, estaban en la cocina.

Probablemente cocinando algo.

Draco, para sorpresa de todos, cocinaba estupendo y era genial en ello. Pero no estaba segura de aquello cuando se involucraban sus bebés.

Después de vestirse, bajó las escaleras con suavidad. Saludó a un par de elfos que pasaron a su lado limpiando la casa y murmurando entre dientes que su amo Draco había hecho un desastre en la cocina otra vez.

Al pie de las bastas escaleras, Astoria se detuvo unos instantes, admirando su hogar. Había cambiado en dos años, lejos quedaba lo que había sido el hogar de una vieja bruja viuda.

Era perfecta, a unas colinas suaves del ancestral Manor, además Draco había elegido su hogar sobre un claro encantado que respiraba luz a través de árboles susurrantes.

Con un inmenso jardín donde estaban sus flores favoritas. Astoria insistió en mantener un invernadero central también, lleno de lavandas, escobillones carmesí y una fuente donde a veces los niños veían pequeñas criaturas cantarinas.

Donde además, era el lugar favorito no solo suyo, también de su esposo. Y no solo por las rosas que adoraba sino porque había sido el lugar donde sus hijos habían dicho sus primeras palabras.

Fue una mañana nublada cuando sucedió. Ambos habían decidido ir a tomar té en el invernadero, rodeados del suave y dulce olor de las flores y el aire húmedo de Wiltshire.

Astoria leía con Berenice en brazos, y Draco armaba un castillo de bloques para Scorpius, con una concentración ridículamente intensa para un adulto.

Lyra señaló el libro y chilló: —¡¡Brrruja!!

Ella casi se había atragantado. —¿Qué dijiste?

Lyra la miró y repitió con énfasis: —¡Bru-ja!

Draco, con una sonrisa de completa adoración por la voz de su hija y una sonrisa burlesca dirigida a su esposa, alzó una ceja. —¿Eso te molesta o te halaga?

—Ambas cosas —dijo Astoria, sonriendo divertida.

En ese momento, Scorpius golpeó dos bloques contra el suelo y murmuró: —Papá... boom.

Draco dejó todo y lo abrazó. Sonriendo mientras besaba las mejillas de su hijo, quien sonrió, mostrando los hoyuelos característicos de su esposo.

—Nunca me alegró tanto una pequeña amenaza mágica.

Desde entonces, “bruja” y “boom” fueron parte del vocabulario familiar. Y aunque intentaron corregir, los niños sabían exactamente lo que decían. Eran demasiado listos como para no saberlo.

Astoria vuelve a sonreír al recordar, sigue caminando en dirección a la cocina en busca de su familia. Los encuentra con una sonrisa ya pintada en sus labios. Se ríe al ver a su elfa, Taffy, morderse las manos preocupada por su esposo, quien está lleno de una sustancia que ella puede deducir, era para unos panqueques.

Su hija no luce mucho mejor. Pero sonríe, como si la idea de estar cubierta de masa fuera algo asombroso. Scorpius en cambio, muerde lo que parece una espátula.

Al verla entrar, Draco voltea a verla— Buen día, preciosa. ¿Te apetece desayunar?

—Me encantaría. —responde cruzando la habitación, saludando a Taffy y besando la mejilla de su hijo al quitarle el utensilio.

—Me temo que tendrás que esperar —dice— nuestra pequeña cheff aún está haciendo control de calidad.

Astoria se ríe, alzando a su hijo y abrazándolo mientras se acerca a su esposo. —En ese caso, Scorp y yo podemos esperar.

Al verlo reírse, ella sonríe.

Mientras desayunan muchísimo tiempo después, sus bebés terminan haciendo magia accidental para que sus propios desayunos comiencen a danzar, Draco al verlo, con una sonrisa divertida lanza un hechizo hacia el desayuno de sus hijos, que empieza a moverse entre bailes en dirección a sus bocas y no solo al azar.

Ella siente el corazón pesado, lleno de calidez al escucharlos reírse por aquello.

Cierra los ojos un momento, solo sintiendo. Esperando más momentos como estos en el futuro. Y conociendo a su pequeña familia, es seguro que habrán muchísimos.

Notes:

Para los amantes del drastoria que desgraciadamente no tenemos muchas historias <3