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Dulce introducción al caos

Summary:

Tres meses después de Ibiza, Marc Pubill se ha convertido en un experto en engañarse a sí mismo. Se repite que lo del verano fue solo un paréntesis estúpido, que París queda demasiado lejos y que puede compartir pasillo con Ferran en la concentración de Las Rozas sin perder los papeles. Hasta que Ferran aparece al final del pasillo, cojeando y abandonando la convocatoria antes de tiempo.

O: Ferran y Marc se fuman un porro en la azotea de Las Rozas.

Notes:

hola!! no he escrito 6.000 palabras más rápido en mi puta vida. he faltado a la universidad para sentarme a escribir esto y no me arrepiento de nada.

que lo disfrutéis!

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

El cochecito negro vuela por la pantalla, pasa a tres metros de la pelota gigante y se estrella contra la pared. Dani Olmo suelta un bufido por la nariz, apretando los botones del mando de la Play con tanta fuerza que el plástico cruje.

—Eres malísimo, Dani —dice Marc desde la cama.

Está tumbado de lado, ocupando más de la mitad del colchón, con las zapatillas descalzadas a medias colgando por el borde. No tiene la mirada puesta en la televisión de la habitación de Las Rozas, sino en la pantalla de su propio móvil, donde el directo de Twitch de Pereira va con un par de segundos de retraso.

Por los altavoces del teléfono de Marc estalla de golpe la celebración: los tres streamers acaban de meter gol y empiezan a gritar. Entre el barullo de voces, se escucha perfectamente a Pedri, que está en su propia habitación jugando también con ellos, soltar a través del micro:

—¡Pero Daniel!

Dani, que está en la habitación con los cascos puestos y el micrófono pegado a la boca, demasiado cerca, chasquea la lengua indignado.

—Pero ¿Daniel qué? ¡¿Pero Daniel qué?! Mira dónde ha botado eso, tío —salta Dani, empujando el joystick hacia delante como si eso fuera a cambiar el resultado.

Marc se ríe por lo bajo mientras sigue atento al móvil. En la silla del escritorio, Pau levanta la vista de su propio teléfono y sigue la trayectoria del balón en la repetición del gol, riéndose del movimiento del coche de Olmo. 

Marc lleva en la habitación casi una hora, desde que terminaron de cenar, y la hiperactividad que siempre le bulle bajo la piel empieza a pedirle a gritos que se mueva. Su cuerpo le pide hacer algo, cualquier cosa que no sea estar encerrado viendo a Olmo fallar despejes. Le pesa el último mes. Le pesa el cansancio de Madrid, las palizas físicas en el Atleti, la rutina de correr hasta escupir los pulmones para no pensar en nada más. Para no pensar en Ibiza.

—Me está dando vergüenza ajena ver esto, te lo digo en serio —murmura Marc, poniéndose en pie de un salto. Le da una palmada suave en la nuca a Cubarsí al pasar—. Os dejo con los pringaos estos. Dani, si Agustín te mete otro gol de rebote, yo que tú me retiraba de la Selección esta misma noche.

Olmo levanta una mano del mando durante un milisegundo para enseñarle el dedo corazón, sin apartar la vista de la pantalla, y Marc sale al pasillo cerrando la puerta tras de sí.

La residencia de Las Rozas a las once de la noche está sumida en un silencio casi total, roto apenas por el murmullo de alguna televisión al otro lado de las puertas cerradas. Fuera, la noche de Madrid en octubre ataca con ese frío que te corta los labios si te descuidas.

Marc se pasa las manos por la cara y echa a andar sin rumbo fijo, pensando si ir a las máquinas expendedoras a por una botella de agua que no necesita.

No llega muy lejos.

Al final del pasillo, la puerta de la sala de fisioterapia se abre con un chasquido suave.

Marc se detiene en seco.

Es Ferran.

Lleva el pelo revuelto, aplastado de un lado por la camilla del fisio, y los pantalones cortos del chándal oficial. Arrastra la pierna izquierda de una forma casi imperceptible, un cojeo que a cualquiera se le pasaría por alto, pero no a él. Marc se sabe de memoria la cadencia exacta con la que Ferran camina, la manera en la que reparte el peso de su cuerpo. Lleva más de dos meses enteros repasándolo en su cabeza.

El olor le alcanza un segundo antes de tenerlo enfrente, y le da una punzada extraña en el estómago. Es una mezcla áspera de crema de calor, pero debajo late un perfume distinto. No es el Sauvage Elixir de Dior que se le quedó a Marc pegado en las sábanas en Ibiza. Es un aroma nuevo, más denso, ajeno. Un perfume francés que Marc no reconoce. Como si también hubiera que cambiar de olor para intentar encajar allí.

Han pasado casi tres meses desde Ibiza. Desde el salitre secándose en la piel, los desayunos a horas imposibles, las miradas cuando los demás no miraban y las manos de Ferran enredadas en su nuca. Tres meses desde que todo terminó con la misma rapidez con la que había empezado. Ferran hizo las maletas y se marchó a Francia, a intentar hacerse un hueco en el PSG, a lidiar con una prensa que le observa con lupa y con un idioma que todavía le cuesta más de lo que admitiría. Marc volvió a Madrid y decidió que lo de Ibiza había sido un verano fuera de sitio que se había terminado en cuanto volvieron a sus vidas normales. Se dijo que podía dejarlo atrás. Que el fútbol era lo único que importaba. Que, con un poco de distancia, todo acabaría colocándose en su sitio.

Y entonces Ferran levanta la vista del suelo. Sus ojos marrones, enormes, se encuentran con los de Marc en medio del pasillo desierto. No es la primera vez que lo mira así en esa semana, ni mucho menos la primera vez que están cerca. Pero esta vez no hay compañeros alrededor, ni un entrenador dando indicaciones, ni un balón entre los dos que mirar. Marc lleva una semana conviviendo con su presencia, repitiéndose que puede hacerlo, que verlo todos los días no tiene por qué significar nada. Pero ahora, con Ferran mirándolo así, siente cómo se le deshace toda esa seguridad. Quizá Ibiza no había terminado cuando se fueron de la isla. Quizá no había dejado atrás una mierda.

Ferran sonríe. 

—¿Tú también huyes de la zona gamer? —pregunta Ferran, la voz un poco ronca. Frena a un par de metros de distancia.

Marc mete las manos en los bolsillos del pantalón para no tener la tentación instintiva de acercarse y tocarle, de comprobar si sigue hirviendo bajo la piel como solía hacerlo.

—Huyo de la vergüenza ajena, más bien —corrige Marc, inclinando la cabeza hacia la puerta de Olmo—. Dani está haciendo el ridículo en directo. Yo ya no podía seguir mirando.

—No me hables de ese puto juego, te lo ruego —murmura—. Llevo una hora escuchando a Pedri gritar a través de la pared de la sala de fisio. Se le escucha desde la camilla. Da unos berridos que parece que le están matando. Estaba a dos minutos de levantarme, entrar en su cuarto y reventarle el mando contra el suelo a patadas.

Marc baja la mirada, estudiando el vendaje que asoma por debajo del calcetín izquierdo de Ferran.

—¿Qué te ha dicho el fisio? —pregunta en voz baja—. ¿Cómo va ese tobillo?

Ferran sigue la mirada de Marc hacia su propio pie. Hace una mueca y se encoge de hombros.

—Jodido —dice, sin adornos—. Llevo arrastrando molestias casi un mes, desde el puto partido aquel de liga. Creía que aguantaría, que con hielo y antiinflamatorios se pasaría, pero no piso bien. Me tira hasta el gemelo si apoyo fuerte.

Se pasa una mano por la cara, frotándose los ojos con fuerza, como si quisiera borrarse el cansancio a base de fricción.

—Mañana por la tarde me vuelvo a París —suelta, y la frase cae entre ellos con el peso de un yunque.

A Marc se le hunde el estómago.

—¿Te vas? —dice, y odia lo transparente que suena la decepción en su voz.

—Sí. Haré un entreno suave por la mañana con el grupo, unos rondos y algo de carrera continua, pero el míster ya me ha descartado para el partido. Abandono la convocatoria.

Acaban de reencontrarse y ya siente que se le vuelve a escurrir entre los dedos. Llevan más de una semana compartiendo el mismo aire en Las Rozas, nueve días de tortura a fuego lento en los que apenas han podido cruzar un puñado de frases vacías en el comedor. Siempre con una mesa de por medio. Siempre rodeados del ruido de treinta personas y una de las cámaras de la RFEF vigilando cada movimiento. Y ahora resulta que se marcha. De repente, todo ese muro de contención, ese mantra ridículo que Marc se había estado repitiendo a diario frente al espejo para sobrevivir a tenerle tan cerca (mantén la distancia, sois colegas, compórtate como un puto profesional) se resquebraja hasta hacerse polvo. Se le borra de la cabeza de un solo golpe, dejándole completamente desarmado.

Mira el reloj de su teléfono. Las once y cuatro de la noche.

—Sube al tejado —dice Marc de pronto.

Ferran le mira, frunciendo el ceño.

—¿Al tejado?

—A la azotea. Por la puerta de la escalera de incendios del ala sur —responde Marc, apuntando con la barbilla en esa dirección—. Sube. Yo paso por mi cuarto a coger una cosa y ahora voy.

Ferran duda. Mira hacia su habitación y vuelve a mirarle. Ese brillo de curiosidad infantil, el mismo que le encendía los ojos en Ibiza cuando tramaban alguna estupidez, aparece de repente bajo sus pestañas largas.

Asiente y se da la vuelta sin decir una palabra más.

Marc entra en su propia habitación en completo silencio, abre la cremallera de su neceser y hurga en el fondo hasta encontrar lo que busca.

Cinco minutos después, Marc empuja con el hombro la pesada puerta metálica de la azotea. El mecanismo chirría ligeramente.

El aire de octubre en Madrid le da de lleno en la cara. Las torres de los campos de entrenamiento siguen encendidas, iluminándolo todo desde arriba.

Ferran está sentado en el suelo, con la espalda apoyada contra las máquinas de extracción del aire acondicionado. Tiene las rodillas recogidas contra el pecho y los brazos envueltos alrededor de ellas, tratando de retener su propio calor corporal. Parece mucho más pequeño de lo habitual, mucho más frágil.

Marc se acerca a él en silencio. Mete la mano en el bolsillo del chándal y saca el mechero junto a un pequeño bote de plástico opaco, de esos donde suelen venir los suplementos de zinc. 

Ni siquiera había planeado traérselo, y mucho menos fumárselo. El fin de semana anterior, su hermano Nacho había bajado a verle a Madrid; se lo había dejado liado en la mesa del salón con la idea de salir a la terraza a hablar un rato con él después de cenar, darle solo una calada o dos, pero Marc se había quedado dormido en el sofá, reventado por la exigencia física del Atleti. Lo metió en el bote de las vitaminas para que la casa no oliera, lo tiró al neceser por pura inercia y se olvidó de él.

Luego llegó el control antidopaje sorpresa de la UEFA del lunes, el susto metido en el cuerpo, la maleta hecha con prisas para salir hacia Las Rozas, y el bote acabó cruzando las puertas de la residencia como contrabando accidental. Había pensado tirarlo por el retrete nada más deshacer el equipaje, pero al final lo dejó en el fondo de la bolsa. Le servía como un placebo estúpido, una forma inofensiva de sentir que conservaba un resquicio de rebeldía dentro del encierro casi militar de la concentración. Sacarlo a pasear era correr un riesgo absurdo.

Pero entonces había visto a Ferran arrastrar los pies por la moqueta, derrotado, con la cabeza gacha y las maletas mentalmente hechas para volver a la soledad de París. Y todo el sentido común que a Marc le quedaba se había esfumado en tres segundos.

Abre el bote con un clac sordo, saca el porro perfectamente intacto y se sienta a su lado. Ferran gira la cabeza para mirarle.

Marc se lo lleva a los labios y hace girar la rueda de piedra del mechero viejo. La llama amarilla brota y el fuego ilumina de lleno el perfil de Ferran. Su nariz recta, la curva impecable de sus labios entreabiertos por el frío, el tono de su piel.

Marc da la primera calada, sintiendo cómo el humo caliente le baja por la garganta y le asienta las pulsaciones, y luego, sin decir nada, le tiende el porro.

—Tío, ¿tú eres gilipollas? —sisea Ferran, mirando instintivamente a su alrededor—. ¿Te quieres buscar la ruina? Si te pillan...

—Tranquilo, ansias —le corta Marc, guardando el mechero en el bolsillo—. Pasé el control antidoping sorpresa el lunes. Me sacaron hasta sangre. No me vuelven a tocar los huevos con los botecitos de plástico por lo menos en tres meses. 

Ferran mira a Marc. Mira el canuto.

—Yo no pasé el control el lunes, genio —dice Ferran, pero ya está sacando una mano de la manga de la sudadera.

—Tú abandonas la convocatoria mañana por una lesión debidamente documentada —rebate Marc—. No te van a hacer orinar en un bote a las ocho de la tarde cuando vas cojo a coger un avión privado.

Ferran sonríe. Es una sonrisa pequeña, rendida. Toma el porro de los dedos de Marc, asegurándose de que sus yemas se rocen más tiempo del estrictamente necesario. Se lo lleva a los labios y le da una calada profunda. Cierra los ojos al tragar el humo.

—Joder —tose Ferran levemente, pasándoselo de vuelta.

—Mano de santo para los tobillos jodidos —bromea Marc.

Se quedan en silencio un rato, pasándose el canuto. Es un silencio cómodo, como si no hubiera pasado el tiempo, ni los kilómetros, ni los fichajes.

Ferran va perdiendo la tensión. Poco a poco, busca el calor de Marc hasta acabar con el hombro apoyado contra su brazo y el muslo rozándole la rodilla. Marc no se mueve un milímetro, dejándole invadir su espacio como hace siempre.

En Ibiza, cuando Marcos no estaba montando guardia y contándoles las calorías de las cervezas, fumaban de vez en cuando. Y Ferran siempre reaccionaba igual, se volvía blando, increíblemente maleable y honesto. Como si la hierba le anestesiara el terror a decepcionar al mundo entero y le dejara en carne viva, buscando contacto físico como quien busca una manta.

—Marcos nos mataría si nos viera aquí —comenta Ferran de pronto, una risita tonta escapándose por su nariz—. Le da un infarto aquí mismo.

Marc suelta una carcajada, soltando el humo por la nariz.

—Si Marcos estuviera aquí —contesta Marc, en voz baja y ronca—, ya nos habría olido desde recepción. Habría subido para venir a darnos una chapa de tres horas sobre cómo la maría afecta a la recuperación muscular, y luego me habría tirado por el tejado a mí por incitarte.

Ferran se ríe más fuerte, apoyando la cabeza en el hombro de Marc.

El contacto se siente como un cortocircuito directo al sistema nervioso de Marc. Siente el peso sólido de su cabeza acomodándose exactamente en el hueco de su cuello, como si estuviera hecha a medida para descansar ahí. Nota la textura del pelo rozándole la mandíbula y el calor corporal de Ferran traspasando la tela gruesa de su ropa. A Marc se le corta la respiración una fracción de segundo, el corazón pegándole un latigazo brutal contra las costillas. Es un gesto tan simple, tan jodidamente natural y confiado por parte de Ferran. Se muere de ganas de pasarle el brazo por encima, de rodearle entero y apretarle contra su pecho para decirle yo te protejo, no te hace falta nadie más. Pero se traga el impulso. Se obliga a quedarse quieto, conformándose con inclinar un milímetro su propio cuerpo para servirle de refugio, ajustando su postura solo para que Ferran esté más cómodo.

—Le echo de menos —confiesa Ferran, y hay una sinceridad tan desarmante en su tono que a Marc se le ablanda algo en el pecho—. Esta convocatoria sin él es rarísima. No hay nadie dándome el sermón sobre los ritmos circadianos a las nueve de la mañana mientras desayuno. Me siento desprotegido.

Esa puta palabra. Desprotegido. A Marc le arde la garganta de las ganas de decirle que le tiene a él. Que mientras él esté cerca, nadie va a rozarle. Pero en lugar de eso, aprieta la mandíbula y se limita a rozar su propia sien contra el pelo revuelto de Ferran.

Le pasa el porro a Ferran. El valenciano le da una calada tranquila y se lo devuelve.

Ferran levanta un poco la cabeza, mirándole desde abajo con una sonrisa de medio lado, traviesa, con los ojos oscurecidos por la falta de luz—. Vi la foto que subió a Instagram el otro día. Esa tuya en el bar.

Pone los ojos en blanco. Le da una última calada al porro antes de pellizcar la brasa con los dedos para apagarlo y guardarse la colilla en el bolsillo.

—No me jodas, no me lo recuerdes.

—Una camiseta negra, con unas letras blancas enormes —Ferran levanta una mano libre y dibuja las palabras en el aire entre ellos—. «Ya no fumo porros». Hay que tener unos cojones como dos melones para ir con esa camiseta por la calle, Marc.

—Fue un puto regalo de mi hermano, que se cree gracioso —se defiende Marc, aunque se está riendo, incapaz de enfadarse—. La llevaba en la mochila de coña para enseñársela a Barrios. Marcos me la vio cuando abrí la taquilla, se descojonó vivo, me obligó a ponérmela. 

Ferran se parte de risa, echando la cabeza hacia atrás y dejando al descubierto la línea tensa de su garganta. A Marc se le seca la boca al instante. Es una visión que tiene grabada a fuego en el cerebro, un mapa que podría recorrer a ciegas. Hace apenas tres meses, en Ibiza, Marc se había obsesionado con esa misma zona. Había hundido la cara ahí, marcando su piel dorada a base de mordiscos lentos y besos húmedos, chupando con tanta devoción y tanta hambre que Ferran se había quedado afónico de tanto suplicar y gemir su nombre contra las sábanas. Tener ese mismo cuello ahora a un palmo de distancia, y no poder abalanzarse sobre él para devorarlo le exige a Marc una fuerza de voluntad que le está destrozando los nervios.

El recuerdo le golpea como un tren, un calor repentino que no tiene nada que ver con la hierba y todo que ver con la proximidad del cuerpo de Ferran.

—Pues vaya fraude estás hecho, Pubill —le pica Ferran, volviendo a mirarle. Está muy cerca. La distancia entre ellos se ha reducido a la nada—. Llevas camisetas con mensajes falsos. No se puede confiar en ti.

—Yo no fumo porros —se defiende Marc, aguantándole la mirada, bajando el tono a un murmullo—. Yo hago uso medicinal de las plantas para tratar el estrés postraumático de tener que aguantarte.

Ferran esboza una sonrisa perezosa.

Están a oscuras, solo iluminados por el cielo de la ciudad. El viento sigue soplando, pero a Marc ya no le parece tan frío.

—¿Tanto estrés te doy? —pregunta Ferran, la voz apenas un susurro.

Marc traga saliva.

Me jodes la vida entera. Me la jodes porque vienes, me miras con esos putos ojos enormes de no haber roto un plato, dejas que te toque y te haga mío y luego coges un avión y te largas a París. Y yo me quedo aquí, en Madrid, mirando tus fotos en Instagram como un puto desgraciado, tachando los días en el calendario para el parón de selecciones solo para poder mendigarte diez minutos a escondidas en una azotea.

Pero Marc tiene demasiado orgullo (o demasiado miedo a romper lo poco que tienen) como para decir nada de eso en voz alta.

—Eres un pesao —murmura en su lugar. La frase pretende sonar a reproche, pero la voz le sale ronca, sin fuerza, y el gesto que la acompaña es una traición a sí mismo. Levanta la mano, despacio, y le aparta un mechón de pelo que le cae sobre los ojos.

El contacto lo cambia todo. Fulmina la broma y pulveriza la poca distancia de seguridad que Marc intentaba mantener. Sus dedos rozan la frente de Ferran, que está helada por el viento cortante de Madrid, pero que parece arder al instante bajo sus dedos. Ferran no se aparta. Hace justo lo contrario: exhala un suspiro tembloroso, cierra los ojos y se inclina imperceptiblemente hacia el toque. Gira un milímetro la cara para dejar descansar la mejilla en la palma abierta de Marc, buscando la palma de Marc como un perro que busca consuelo.

Se quedan así el espacio de tres latidos sordos.

—Estás muy guapo en la foto —dice Ferran de pronto.

Lo suelta en un susurro íntimo, sin abrir los ojos todavía. Marc traga saliva, sintiendo de golpe que el roce del muslo de Ferran contra el suyo le quema.

Ferran abre por fin los ojos y le mira. Sus pupilas están dilatadas, devorándole el iris, y hay algo tan crudo en su expresión que a Marc le falta el aire.

No habían hablado de Ibiza. Desde aquella última mañana de julio en la que se despidieron con prisas, su comunicación había sido estrictamente limitada, un muro de hielo cuidadosamente construido para protegerse del desastre. Mensajes esporádicos en el grupo de WhatsApp, alguna respuesta breve a una historia de Instagram, un par de simples «Enhorabuena por el debut» o «Suerte en el partido» escritos desde kilómetros de distancia. Nada de madrugadas, nada que justificara la forma en la que se están mirando ahora, como si llevaran tres meses ahogándose y acabaran de encontrar el oxígeno.

—Tú estás guapo siempre —responde Marc en un susurro, porque es incapaz de guardarse la verdad cuando Ferran le mira así.

—Me aburro mucho en París, Marc —confiesa Ferran. Su voz es apenas un hilo frágil que amenaza con romperse. Hunde un poco más la cara, buscando el calor del cuello de Marc, escondiéndose—. Llueve la mitad de los días. Entreno, voy a clase de francés sin enterarme de una puta mierda, y me voy a casa. Y la casa es enorme... y está vacía siempre. Y yo... no sé, a veces siento que me ahogo ahí dentro. Que estoy perdiendo el tiempo.

—Te estás adaptando —le dice Marc, usando ese tono que reserva única y exclusivamente para cuando siente que Ferran se desmorona entre sus manos—. Llevas un mes, Ferran. Es una liga nueva, un país gris en el que ni te entienden, y estás tú solo. Es normal que cueste. Pero eres buenísimo. Dales dos meses más y los tendrás a todos comiendo de tu mano.

Ferran niega con la cabeza, muy despacio. Frota la nariz contra la tela del chándal de Marc, buscando la forma de su clavícula debajo de la ropa, buscando más contacto, más fricción.

—Allí no estás tú —murmura.

Marc cierra los ojos con fuerza. Traga aire, pero parece que no le llega a los pulmones. Sabe cómo funciona la cabeza de Ferran. Conoce ese corazón enorme que tiene, esa necesidad casi desesperada de sentirse querido, de que alguien le sostenga, que a Marc le parte el alma porque sabe que él daría la vida por ser ese alguien todos los días.

—Estarás bien —le promete Marc, con una convicción que le duele. Desliza la mano que le acariciaba la frente, bajando muy despacio por la sien, perfilando el borde de la oreja, hasta hundir los dedos largos en el pelo de la nuca de Ferran y ejercer una presión firme—. Eres Ferran Torres. No hay francés en el mundo que pueda contigo.

Ferran sonríe débilmente.

—Díselo a mi tobillo —murmura, con una nota de amargura arrastrando las palabras.

—Tu tobillo lo que necesita es descanso —replica Marc, sin dejar de acariciarle la nuca, moviendo el pulgar en círculos lentos sobre su piel para calmarle—. Y tú también, Ferri. Necesitas parar un poco.

Ferran no contesta con palabras. En su lugar, traga saliva, levanta una mano y la deja caer sobre el muslo de Marc, justo por encima de la rodilla. El calor de la palma de Ferran atraviesa el algodón grueso del chándal como si fuera fuego. Los dedos largos de Ferran se curvan despacio y se aprietan contra su músculo, como si Marc fuera la única cosa sólida que le impide hundirse.

—Marc —susurra. Su voz es apenas un hilo de aire que choca contra la mandíbula de Marc.

A Marc se le paraliza el corazón. El aire de Madrid de repente no le basta para llenar los pulmones.

—Dime —logra contestar, bajando la vista para encontrarse con la suya.

Ferran levanta la cara. En la penumbra, con la luz de las farolas lejanas reflejándose en sus ojos, su mirada es un pozo oscuro, vulnerable. Se humedece el labio inferior con la punta de la lengua y acorta los escasos centímetros que les separan.

—Bésame.

No hay provocación, no hay el juego de seducción arrogante que Ferran a veces se gasta para ocultar sus inseguridades. Es solo necesidad pura y dura.

Marc no se lo hace repetir. Tira de la nuca de Ferran, acercándolo, al mismo tiempo que él inclina su largo torso hacia delante.

Cuando sus bocas chocan, no es como el primer beso en la discoteca de Ibiza, lleno de ginebra y urgencia y rabia contenida. Este beso es denso, lento, con sabor a marihuana y al bálsamo labial de cereza que Ferran siempre lleva encima.

Los labios de Ferran se abren casi instantáneamente bajo los de Marc, exhalando un suspiro tembloroso que Marc recoge con su propia boca. Ferran le pasa los brazos por los hombros, colgándose de su cuello, buscando acercarse más.

Marc abre las rodillas para dejar que Ferran se cuele un poco más en su espacio. Su mano libre baja por la espalda de Ferran, sobre la tela gruesa de la sudadera, buscando la curva de su cintura y apretando ahí. 

La lengua de Ferran se aventura tímida, acariciando el labio inferior de Marc, pidiendo permiso. Marc se lo da, abriendo la boca y encontrándose con él a mitad de camino. Marc le besa como si quisiera inyectarle parte de su fuerza vital, como si pudiera arreglarle el tobillo y la soledad de París solo con mantenerle apretado contra el pecho.

Ferran murmura contra su boca, un sonido pequeño y gutural que hace que a Marc se le tensen los músculos del estómago. Suelta la cintura de Ferran y desliza la mano por debajo de la sudadera, buscando la piel directamente.

Marc acaricia los hoyuelos sobre sus riñones con el pulgar, trazando pequeños círculos que hacen que Ferran arquee la espalda, presionando su pecho contra el de Marc.

—Dios, tienes las manos heladas —jadea Ferran contra sus labios, pero no hace amago de apartarse.

Marc no responde, bajando los besos desde la comisura de la boca de Ferran hasta su mandíbula. 

Ferran inclina el cuello, dándole acceso, y Marc le deja un beso húmedo justo donde el pulso le late desbocado bajo la piel. No quiere morderle, no quiere dejar marcas que los médicos de la Selección o los fisios en Francia vayan a preguntar. Pero la tentación de hundir los dientes es casi dolorosa.

Las manos de Ferran se mueven por el pecho de Marc, agarrando la chaqueta del chándal, arrugando la tela.

—Te voy a echar de menos —susurra Ferran contra su boca.

La frase se le escapa rota, desnuda, como si se le hubiera caído sin querer.

Marc se queda paralizado un segundo. Levanta despacio la cara del hueco del cuello de Ferran y le mira a los ojos.

—Estás tonto por la hierba —dice Marc, obligándose a que la voz le suene irónica—. Mañana te montas en el avión, aterrizas en París y ni te acuerdas de cómo me llamo.

Ferran niega con la cabeza y frunce el ceño. Sus manos no sueltan la chaqueta; al revés, se aferran a ella con más fuerza, acercándole otro milímetro.

—No seas capullo, Pubill. Sabes perfectamente que no es verdad.

Sabe que Ferran no miente. Sabe que le importa, que el nudo en su garganta es real y que hay un cariño auténtico latiendo debajo de ese agarre desesperado. Pero también sabe leer la letra pequeña: en la compleja ecuación que es la vida de Ferran Torres, Marc es una variable que no termina de encajar. Marc es el refugio de emergencia. Esa manta gruesa y pesada que te echas por encima cuando estás temblando de frío en mitad de la madrugada, pero que dejas doblada a los pies de la cama en cuanto vuelve a salir el sol.

Y, aun sabiéndolo con una certeza que duele, no puede negarle nada.

—Vale —concede Marc, soltando el aire en una rendición absoluta. Levanta la mano y le acaricia la mejilla con el dorso de los nudillos—. Yo también te voy a echar muchísimo de menos, idiota.

La tensión en el rostro de Ferran desaparece. Esboza una sonrisa satisfecha y, antes de que Marc pueda tomar otra bocanada de aire, vuelve a tirar de la chaqueta para lanzarse a devorar su boca.

Las manos de Marc vuelven a bajar, muy despacio, por el cuerpo de Ferran. Se cuelan por debajo de la sudadera, buscando el refugio ardiente de su piel desnuda. Trazan la musculatura de su espalda, pero esta vez lo hace sin esa urgencia sucia y desesperada de las madrugadas en Ibiza. Hay una ternura en la forma en la que se tocan, en cómo Marc le acaricia, que le aterra profundamente. Le aterra porque la calentura se puede apagar con una ducha fría, pero la ternura implica un cariño crudo y real. Y el cariño es exactamente lo que te destroza por dentro cuando el otro hace las maletas y se va.

Como respuesta, la mano de Ferran se abre paso por debajo de la chaqueta de chándal de Marc. Sus dedos descansan planos sobre su estómago desnudo, justo por encima de la goma del pantalón. Es un roce apenas insinuado, una presión ligera pero constante que se va calentando por segundos y le manda una corriente de electricidad directa a la entrepierna.

Marc tiene que tragar aire, obligándose a separar la boca de la de Ferran apenas unos milímetros. Sus respiraciones se mezclan en pequeñas nubes de vaho blanco.

—Ferri —le advierte—. Aquí arriba hace demasiado frío para quitarse los pantalones.

Ferran se ríe contra sus labios, un sonido pequeño que a Marc le hace cosquillas en la boca. Su mano no baja más, pero tampoco se quita. Se queda exactamente ahí, reclamando su sitio y calentando el vientre de Marc como si quisiera dejarle una huella invisible debajo de la ropa.

—No pensaba bajarte los pantalones en un puto tejado de Las Rozas, fantasma —susurra Ferran. Se estira lo justo para dejarle un beso rápido, inesperadamente dulce, en la punta de la nariz.

—Mejor. Porque si nos pilla el de seguridad haciendo el ridículo aquí arriba, los titulares del Marca de mañana van a ser para enmarcar.

Ferran suelta una carcajada sorda y deja caer todo el peso de su cabeza hacia delante, apoyando la frente contra la de Marc. 

—Qué gilipollas eres —murmura Ferran, con una sonrisa blanda y adormilada curvándole los labios.

—Es parte de mi encanto.

Se quedan así un instante, respirando el mismo aire, pero el frío de octubre empieza a calarles los huesos, ganándole la batalla al calor compartido. A Ferran le da un escalofrío involuntario, una sacudida rápida que le recorre la columna y que Marc siente vibrar directamente contra su propio pecho. 

—Venga, vamos p'adentro —dice Marc. Saca la mano de debajo de la sudadera de Ferran, arrastrando las yemas por su piel desnuda a regañadientes, y siente la pérdida de calor al instante, un vacío helado en los dedos que casi le escuece—. Que como cojas una neumonía encima de tener el tobillo roto, Luis Enrique me manda sicarios a Majadahonda desde París para liquidarme.

Ferran suspira hondo, abriendo los ojos muy despacio, como si le pesaran los párpados. Parece físicamente reacio a separarse de Marc, a romper esa burbuja suspendida en el tejado donde no hay cámaras, ni dolor crónico, ni expectativas asfixiantes, ni Pedris gritándole a una pantalla de televisión al otro lado de la pared. Es su refugio, y tener que volver a ser Ferran Torres de golpe le da una pereza infinita.

—Sí, vamos —accede al fin, apartándose muy despacio, como si le costara horrores despegarse de su cuerpo.

Se pone de pie primero, pero la realidad le golpea en cuanto apoya el pie izquierdo sobre la gravilla. Un siseo de dolor agudo se le escapa de entre los dientes. Sus rodillas ceden y se tambalea peligrosamente hacia delante.

Marc ni lo piensa, se impulsa hacia arriba y le agarra fuerte por la cintura antes de que llegue a tocar el suelo, absorbiendo el impacto. 

—Hostia, cuidado, cuidado —gruñe Marc, apretándole contra sí, la voz cargada de una preocupación cruda y genuina.

—Joder... qué puto pinchazo —jadea Ferran, apretando los ojos.

Se rinde por completo. Deja caer todo su peso sobre el brazo y el pecho de Marc, aferrándose a su chaqueta, confiando ciegamente en que la fuerza de Marc es suficiente para sostenerlos a los dos. Y lo es. A Marc le sobra cuerpo y ganas de aguantar todo lo que Ferran no pueda soportar solo.

—Apóyate en mí —le susurra Marc, ajustando el agarre en su cadera, asumiendo su peso con gusto, casi con el alivio egoísta de poder servirle para algo—. Venga. Te llevo a tu cuarto.

Caminan de vuelta hacia la puerta de forma torpe, con el brazo de Ferran por encima de los hombros de Marc y el de Marc rodeándole con fuerza la cintura. Avanzan despacio por el tejado, bajando las escaleras paso a paso.

No dicen nada. No hace falta. Están envueltos en un silencio cómodo, anestesiados por la resaca dulce del humo y por la electricidad de los besos que todavía les late en los labios. Con Ferran pegado a sus costillas, dejándose llevar, Marc desearía absurdamente que ese pasillo de servicio no se acabara nunca.

Pero empujan la puerta cortafuegos y el pasillo principal de la residencia les recibe con su luz blanca, devolviéndoles de golpe a la tierra. Está tan desierto como lo dejaron. Marc le guía con cuidado sobre la moqueta hacia su puerta, un par de habitaciones más allá de la de Olmo. A medida que se acercan, el silencio de la madrugada estalla en mil pedazos.

Desde el interior de la habitación de Dani, se oye un grito inconfundible y furioso que atraviesa el pladur.

—¡Madre mía, Víctor, pero qué haces!

Marc lo nota al instante. Cómo el cuerpo de Ferran, que hace apenas diez minutos era blando, cálido y absolutamente maleable bajo sus manos, se tensa de golpe.

Duele. Joder, si duele. Es un pellizco que a Marc le retuerce el estómago. Pero Marc sabe perfectamente cuál es su papel en el desastre que es la cabeza de Ferran. Sabe cuándo tiene que dar un paso atrás.

Retira el brazo de la cintura de Ferran lentamente, casi a cámara lenta para devolverle su espacio, su aire, sus barreras.

—Bueno —dice Marc. La voz le sale plana, desprovista de todo lo que sentía hace un minuto. Se mete las manos muy al fondo de los bolsillos del chándal y cierra los puños con fuerza, clavándose las uñas en las palmas. Es la única manera de ahogar la tentación masoquista de volver a tocarle, de agarrarle por la nuca y decirle que se olvide de todos los demás—. Ya estás a salvo.

Ferran se gira hacia la puerta. Apoya todo su peso en el pie bueno y empieza a buscar la tarjeta magnética en el bolsillo de la sudadera con movimientos torpes, casi nerviosos. Huye de su mirada. Clava la vista obstinadamente en el lector electrónico, incapaz de sostenerle los ojos a Marc después de haberse desnudado tanto ahí arriba.

—Gracias, Marc —murmura. Su voz suena de repente pequeña, hermética, levantando el muro de nuevo—. Por... por la hierba. Y por la compañía.

Marc traga el nudo áspero que se le ha formado en la garganta.

—No hay de qué.

Ferran pasa la tarjeta por el lector. La luz verde parpadea y empuja la manivela, abriendo la puerta hacia la oscuridad de su cuarto. Está a un segundo de desaparecer.

—Oye, Ferri —dice Marc de repente.

La voz arrastra un nerviosismo espeso que se niega a admitir que tiene. Ferran se detiene en el umbral y se gira a medias.

—Dime.

Marc se aclara la garganta. Se siente el tío más patético y ridículo de toda España, pero es físicamente incapaz de frenarse. Necesita retenerle, aunque sea con excusas de mierda.

—Mañana por la tarde... cuando te tengas que ir —empieza, midiendo cada sílaba, clavando la vista en la pared detrás de la cabeza de Ferran para intentar mantener la poca dignidad que le queda intacta—, si quieres voy a tu habitación y te ayudo a bajar las maletas hasta el coche. Para que no fuerces el pie.

Lo dice, y sabe perfectamente que es la excusa más lamentable y barata que ha inventado en sus veintitrés años de vida. Ferran lleva, como mucho, una maleta de cabina de esas de rueditas que pesan trece kilos y una mochila. No necesita ayuda de nadie para cruzar un pasillo y bajar al parking en ascensor.

Lo que le está diciendo en realidad vuela a gritos en el escaso metro que les separa, golpeándoles en la cara a los dos.

Déjame verte una vez más antes de que te vayas a París y me dejes aquí tirado. Dame diez minutos más. Dame lo que sea.

Ferran se queda completamente quieto. Le mira, y Marc puede ver cómo la tensión que le agarrotaba los hombros parece aflojarse un milímetro, rindiéndose al cansancio. La sonrisa que se dibuja en su cara es frágil, cargada de una ternura tan desarmante que podría derribar edificios enteros. Ferran entiende perfectamente lo que Marc le está pidiendo sin pedírselo. 

—Sí —responde Ferran, en un susurro cálido que a Marc le sabe a puro alivio. Suelta el pomo de la puerta, levanta una mano y le da un apretón fugaz en el bíceps—. Me encantaría que me ayudaras, Marc.

Le regala una última sonrisa, de esas que nacen tristes y no llegan del todo a los ojos, pero que rebosan un cariño que a Marc le parte en dos, y se mete por fin en la habitación, cerrando la puerta con un clic metálico y definitivo.

Marc se queda solo en el pasillo.

Se queda plantado ahí en medio, mirando la madera de la puerta número 106 durante unos segundos que se estiran como horas. El mundo sigue girando completamente ajeno a ellos. A través de la pared, vuelve a escucharse un golpe fuerte, seco, seguido de una carcajada estridente que se filtra por la puerta de Dani Olmo.

Marc niega con la cabeza, con una sonrisa amarga, se gira y camina despacio de vuelta a su propia habitación.

Mientras se desviste a oscuras, dejando caer la chaqueta y el pantalón del chándal al suelo sin importarle una mierda el orden, se mete bajo las sábanas heladas de la cama individual. 

Se repite a sí mismo, como un mantra cruel para no volverse loco, lo que ya sabía de sobra mucho antes de proponerle subir a aquel tejado.

Ferran no es suyo. Nunca lo ha sido y, si es honesto consigo mismo, probablemente nunca lo será. Es un desastre precioso, un laberinto de miedos y necesidades del que Marc no puede evitar querer cuidar, aunque sepa perfectamente que mañana por la tarde se montará en un avión rumbo a París. Le dejará atrás otra vez. Solo le quedarán los besos en una azotea helada, un par de miradas robadas en el comedor y esos mensajes de texto esporádicos que Marc siempre leerá tres veces antes de atreverse a contestar.

Marc cierra los ojos, tragando saliva. Mañana hay entrenamiento a primera hora. Pasado mañana, partido internacional. Toca correr, toca chocar, toca dejarse la vida y sudar la camiseta. La vida sigue.

Y a él, en el fondo, siempre le ha gustado sufrir un poco si siente que el premio vale la pena. Le gusta romperse la cara y los huesos por las cosas que quiere de verdad. Todo esto forma parte de esa estúpida zona de confort suya: enamorarse de lo imposible, lanzarse de cabeza contra el muro sabiendo que va a doler. E irónicamente, sabe que algún día, esta manera de querer a Ferran acabará matándole. 

Pero hoy no. 

Mañana le bajará las maletas.

Notes:

hay algo precioso y jodido en elegir romperse por alguien que sabes que va a hacer las maletas al día siguiente. marc no es tonto, sabe perfectamente que ferran es un desastre temporal, que este rato en la azotea es solo un paréntesis y que mañana volverá la distancia y el silencio. y aun así, lo elige.

porque hay veces que no buscas un final feliz ni un refugio seguro; solo buscas a alguien por quien merezca la pena arder un ratito, aunque luego toque apagar las cenizas a solas.

y marc volvería a subir a ese tejado mil veces más. sin dudarlo ni un segundo.

muchas gracias por leer <33

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absolut cucurrucu