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La Vecina que Se Dejó Filmar

Summary:

Un hombre recién mudado al edificio descubre a su atractiva vecina Agustina Rey, una joven latina de culo redondo y firme que siempre usa leggins ajustados. Lo que empieza con saludos casuales en el pasillo y pequeños favores se transforma en una propuesta audaz: grabar un video porno amateur.

A través de conversaciones, sesiones de fotos y una seducción paciente, el protagonista convence a Agustina de cruzar la línea. La historia sigue el proceso completo —desde la duda y el nerviosismo hasta la primera felación, la preparación anal y el clímax final donde se corre abundantemente sobre su culo abierto

Work Text:

Capítulo 1  

El edificio no era de los más nuevos del barrio, pero tenía ese aire de clase media que prometía tranquilidad. Yo acababa de mudarme al 4B. Las cajas todavía ocupaban la mitad del living y el olor a pintura fresca se mezclaba con el de la madera de los muebles nuevos. Era un viernes por la tarde cuando escuché por primera vez el sonido de tacones o, más bien, de zapatillas deportivas contra el piso del pasillo.

 

Abrí la puerta un poco, solo por curiosidad. Y ahí estaba ella.

 

Agustina Rey.

 

No sabía su nombre todavía, pero lo supe al instante: era la vecina del 4A. Llevaba unos leggins negros tan ajustados que parecían pintados sobre la piel. El material brillaba ligeramente con cada paso y marcaba con precisión casi obscena la forma de su culo. No era solo grande: era redondo, firme, con esa curva perfecta que empieza en la cintura estrecha y se abre hacia abajo como una promesa. Las nalgas se movían con un ritmo propio, un leve equilibrio que hacía que el material se tensara y se aflojara alternativamente. Arriba llevaba una remera oversized de color gris que le llegaba a media nalga, dejando ver justo la parte inferior de ese culo cuando caminaba.

 

Pasó frente a mi puerta sin mirarme. Solo un leve “hola” murmurado, casi automático. Yo respondí igual de bajo. Cerré la puerta y me quedé unos segundos apoyado contra ella, respirando más profundo de lo normal.

 

Esa misma noche la volví a ver. Estaba sacando la basura. Ahora llevaba un short corto de tela suave y una remera blanca. El short le subía cada vez que se agachaba a abrir el contenedor, revelando un pedazo generoso de piel morena y el borde de una tanga negra. Me acerqué con mi propia bolsa.

 

¿También nuevo en el edificio? —pregunté, aunque ya sabía la respuesta.

 

Ella se enderezó y me miró. Tenía el pelo castaño oscuro recogido en una coleta alta, algunos mechones sueltos cayéndole sobre la frente. Los ojos eran grandes, de un marrón cálido, y la sonrisa que me dedicó fue tímida pero educada.

 

—Más o menos. Llevo tres meses. Tú acabas de llegar, ¿verdad? Te escuché moviendo cajas toda la tarde.

 

Su voz era suave, con un dejo porteño que se notaba apenas. Agustina. Me lo dijo cuando le pregunté el nombre. Agustina Rey. Sonaba casi demasiado elegante para alguien que en ese momento tenía una bolsa de basura en la mano y un short que apenas le cubría el culo.

 

Hablamos unos minutos ahí, de pie junto a los contenedores. Me contó que trabajaba desde casa, diseño gráfico, y que el edificio le gustaba porque era silencioso. Inventé algo sobre marketing digital. No era mentira del todo. Mientras hablábamos no podía dejar de notar cómo el short se le metía entre las nalgas cada vez que se movía. Ella parecía no darse cuenta… o tal vez sí, y simplemente no le importaba.

 

Esa noche me masturbé pensando en ella. Me imaginé cómo se vería sin esa remera, cómo se sentiría ese culo en mis manos, cómo sonaría si le metiera los dedos mientras la grababa. Me corrí rápido y me quedé mirando el techo, ya sabiendo que iba a buscar cualquier excusa para hablarle otra vez.

 

Al día siguiente la encontré en el ascensor. Subía con dos bolsas del supermercado. Le ofrecí ayuda. Aceptó con una sonrisa un poco más abierta que la del día anterior. En el trayecto del cuarto piso hasta su puerta noté el perfume suave que usaba —algo floral pero no empalagoso— y la forma en que su culo se movía frente a mí mientras caminaba. Cuando dejamos las bolsas en su cocina me invitó a un café. Aceptado.

 

Su departamento era casi idéntico al mío, solo que más ordenado y con más plantas. Había un trípode plegado en un rincón y un anillo de luz apoyado contra la pared. Lo señalé.

 

—¿Tienes vídeos?

 

Se sonrojó un poco.

 

—A veces. Tutoriales de maquillaje y cosas así. Nada del otro mundo.

 

Asentí, guardando esa información como oro. Hablamos casi una hora. Me contó que tenía veinticuatro años, que había terminado la facultad hacía poco y que todavía no sabía si quedarse en la ciudad o volver al interior. Yo la escuchaba, pero mi atención estaba dividida entre sus labios y la forma en que se sentaba en el sillón, con una pierna doblada bajo el cuerpo, el corto subido casi hasta la ingle.

 

Cuando me fui, me detuvo en la puerta.

 

—Si necesitas algo… sal, herramientas, lo que sea… toca. Estoy casi siempre en casa.

 

Sonreí.

 

—Lo mismo digo.

 

Esa noche no me masturbé. Preferí guardar la excitación. Quería que se acumulara.

 

Los siguientes días se convirtieron en una especie de ritual. La veía por las mañanas cuando salía a correr (siempre con leggins que parecían diseñados para torturarme). La veía por las tardes cuando bajaba a buscar paquetes. Un martes le pedí prestada sal porque “se me había terminado”. Entró a mi departamento por primera vez. Miró las cajas todavía sin desamar y se rio.

 

— ¿Vas a vivir entre cajas toda la vida?

 

—Solo hasta que encuentre motivación —respondí, y la miré directa a los ojos.

 

Ella sostuvo la mirada un segundo más de lo necesario. Después bajó la vista y sonó de lado.

 

Le ofreci vino. Aceptado. Nos sentamos en el sillón que todavía olía a plástico nuevo. Hablamos de películas, de música, de lo raro que era vivir solo después de haber compartido casa con familia. En un momento se levantó a buscar agua y, al pasar frente a mí, su culo quedó a centímetros de mi cara. El leggin negro marcaba hasta la grieta. Me mordí el interior de la mejilla para no hacer ningún comentario.

 

Cuando volvió se sentó más cerca. Nuestras rodillas se tocaban. Sentí el calor de su piel a través de la tela. El vino hacía su trabajo. Ella hablaba más suelta, se reía más fácil. En un momento me confesó que a veces se aburría tanto que grababa videos solo para pasar el tiempo, aunque casi nunca los subía.

 

—¿Videos de qué?

 

Se encogió de hombros.

 

—De todo. Maquillaje, outfits, a veces… no sé, cosas más personales. Nunca los termino.

 

Guarda esa frase. Cosas más personales.

 

Esa noche, cuando se fue, me dejó el número de WhatsApp. Le escribí a la una de la mañana una boludez sobre una serie que habíamos mencionado. Respondió a los cinco minutos con un emoji de risa. Hablamos hasta las tres.

 

Al día siguiente la invitamos a cenar a mi departamento. Cocina algo sencillo. Ella llegó con una botella de vino y un short diferente, más corto todavía. Mientras comíamos noté que me miraba la boca cuando hablaba. Después de la cena nos sentamos otra vez en el sillón. La conversación derivó hacia el trabajo, hacia lo que cada uno hacía en las noches libres. Yo mencioné, casi de pasada, que a veces grababa contenido amateur para un canal pequeño.

 

Ella levantó una ceja.

 

—¿Qué tipo de contenido?

 

Sonreí sin respuesta de inmediato. Dejé que el silencio se estirara solo lo suficiente.

 

—Fotos. Vídeos. Gente real. Nada profesional.

 

Agustina jugó con el borde de su copa.

 

—¿Y te va bien?

 

—Más o menos. El problema es encontrar gente que se anime.

 

La miré. Ella me sostuvo la mirada. Había curiosidad ahí. Y algo más. Un brillo que no era solo alcohol.

 

—Debe ser raro —dijo finalmente—. Dejarse grabar así.

 

—Solo al principio. Después se siente… liberador.

 

No insistí. Cambio de tema. Pero la semilla ya estaba plantada.

 

Esa noche, cuando se fue, me dio un abrazo más largo de lo normal. Su pecho se presionó contra el mío y sintió la suavidad de sus tetas a través de la remera. El perfume floral se me pegó a la ropa. Cerré la puerta y me apoyé contra ella, duro como una piedra.

 

Durante los días que siguieron la tensión creció de forma casi tangible. Cada encuentro en el pasillo era más cargado. Cada mensaje de WhatsApp tenía un subtexto. Un jueves por la noche me escribió diciendo que no podía dormir. Le pregunté si quería que bajara. Respondió con un “no sé” que claramente significaba “sí pero no me animo a decirlo”.

 

Bajé igual. Tocamos la puerta. Abró en pijama: un short de algodón grueso y una remera holgada. El pelo suelto le caía sobre los hombros. Me pidió que pasara. Nos sentamos en su sillón. Hablamos bajo, como si el edificio pudiera escucharnos. En un momento el silencio se volvió demasiado denso. Me incliné un poco hacia ella. Ella no se apartó. Nuestros labios se rozaron primero, apenas. Después el beso se profundizó. Su lengua era suave, tímida al principio, después más insistente. Puse una mano en su cintura y sintió cómo se tensaba. La otra caída hasta la curva de su culo. Apreté. Ella soltó un gemido bajo contra mi boca.

 

Cuando nos separamos, ambos respirábamos agitados.

 

—Esto es una mala idea —susurró ella.

 

—Probablemente —contesté.

 

Pero ninguno de los dos se movió.

 

Esa noche no pasamos de los besos y de algunas caricias por encima de la ropa. Cuando me fui, ella me detuvo en la puerta otra vez.

 

— ¿De verdad grabás ese tipo de videos?

 

Asentí.

 

-Si.

 

Se mordió el labio inferior.

 

—Y alguna vez… ¿alguien del edificio?

 

Negué con la cabeza.

 

—Todavía no.

 

Ella bajó la mirada hacia el piso, después la levantó de nuevo.

 

—Pensalo —le dije, y le acaricié la mejilla con el dorso de los dedos—. Pensalo solo. No tenés que decidir nada ahora.

 

Cerró la puerta despacio. Yo caminé los tres metros que separaban su departamento del mío con la verga dura y la certeza de que, tarde o temprano, Agustina Rey iba a decir que sí.

 

Y cuando lo hizo, iba a grabar cada segundo.

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