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Can I call you Daddy?

Summary:

Felix no espera nada emocionante de las vacaciones familiares a las que ha sido obligado a asistir para recuperar lazos perdidos...

...Aunque tal vez, el conocer a la indeseada nueva pareja de su madre le haga cambiar de opinión.

Un hombre mayor, atractivo y aparentemente demasiado seguro de sí mismo.

Lo que Felix no esperaba era encontrar algo que despertara su interés. Mucho menos decidir que quería descubrir cuánto podía hacerlo perder el control.
Pero jugar con alguien que parece tener siempre el dominio de sí mismo puede ser peligroso.
Porque Felix pronto descubrirá que provocar a Chan también significa despertar algo en él que podría terminar arrebatándole el control a ambos.

Chapter Text

El viaje había sido un infierno.

No ayudaba que hubiera pasado buena parte de las últimas horas intentando no vomitar sobre la tapicería del auto mientras su padre fingía no darse cuenta de que su hijo llevaba la misma ropa con la que probablemente había salido la noche anterior.

El aire acondicionado apenas conseguía aliviar el calor pegajoso que se filtraba por las ventanas y, con cada curva del camino, la presión detrás de sus ojos parecía aumentar un poco más.

Había pasado casi todo el trayecto dormitando contra la puerta, con los lentes oscuros puestos a pesar de estar dentro del auto y el teléfono abandonado sobre su regazo desde hacía más de una hora.

Cuando finalmente el vehículo disminuye la velocidad, apenas reacciona.

—Llegamos.

La voz de su padre consigue arrancarlo de su miserable intento de sueño.                                       

Felix abre un ojo, después el otro y durante unos segundos se queda mirando el paisaje a través de la ventanilla antes de soltar un largo suspiro, hundiéndose un poco más en el asiento.

—Qué tragedia.

Su padre lo mira de reojo.

—No exageres.

—¿Exagerar? Papá, estoy a punto de pasar dos semanas encerrado con mamá. Creo que tengo derecho a prepararme psicológicamente para mi propia muerte.

Su padre no responde de inmediato. Reduce la velocidad del auto y gira hacia la entrada de la propiedad con la misma calma con la que había soportado todo el trayecto. 

Felix se incorpora con lentitud, pasándose una mano por el desordenado cabello rubio antes de buscar el teléfono.

Intercambia unas breves palabras con su padre, más por costumbre que porque realmente tenga ganas de hablar y se despide de él antes de empujar la puerta trasera con notorio fastidio.

El vapor del día le azota en la cara apenas baja del auto y entrecierra los ojos detrás de los lentes oscuros.

Alza la mirada sin muchas ganas hacia la enorme casa blanca, pretenciosa. Con esas columnas que parecen gritar soy tan exitosa, aunque sabe que nada de lo que está allí le pertenece.

—Tsk maldita materialista, como si la casa fuera tuya.

La casa no tenía la culpa de estar ahí.                                                                                                 

Felix sí culpaba a la persona que lo había llevado hasta ella.

Aunque, si quería ser completamente justo, todo había empezado una semana antes con un mensaje…

 

.

.

.

 

Una semana antes, Felix tenía asuntos mucho más importantes de los que preocuparse que por cualquier nueva crisis existencial de su madre.

Había ropa extendida sobre el sofá, dos maletas abiertas en el suelo y una cantidad ridícula de cosas que, según Giselle, eran absolutamente necesarias para sobrevivir a las vacaciones.

Chaeyoung, por su parte, llevaba más de veinte minutos sentada sobre una de las maletas intentando cerrarla mientras discutía con ella acerca de la necesidad de llevar seis pares de zapatos para pasar dos semanas fuera.

Felix apenas les prestaba atención; estaba demasiado ocupado mirando la pantalla de su teléfono. Sus dedos se movían sobre el teclado con una rapidez furiosa, respondiendo algo que acababa de recibir mientras su expresión se iba deformando lentamente en una mueca de absoluto disgusto.

Leyó los mensajes una vez más y finalmente dejó caer el aparato sobre el sofá. 

—¡VIEJA MALPARIDA! ¡TENÍA QUE CAGARME LAS VACACIONES!

Giselle levantó la mirada de la montaña de ropa que tenía entre las manos.

—¿Qué pasó?

Chaeyoung ni siquiera se molestó en girarse.

—Cuando insultas a alguien de esa manera solo puedo pensar en una persona.

Giselle asiente inmediatamente.

—Tu madre.

Felix se llevó ambas manos al cabello y comenzó a caminar de un lado a otro por la habitación.

—¡Chicas, la detesto! ¡Estoy ardiendo y no como quisiera! Ni con una pija en la boca se me va a pasar el enojo—se detuvo frente a ellas, señalándolas con una mano mientras la otra vuelve a tomar el teléfono—¿Pueden creer que la conchuda quiere que pase las vacaciones con ella?

Las dos se quedaron mirándolo.

—¿Nuestras vacaciones? 

Preguntó Giselle.

—¡Nuestras vacaciones!—repitió, escandalizado—Las que llevamos semanas planeando. Teníamos planes, íbamos a salir, a hacer literalmente lo que se nos diera la perra gana y ahora resulta que a la muy hija de puta se le ocurrió jugar a la madre ejemplar.

—¿Así porque sí?

—Lo hace de gusto, esa perra. Le da por hacerse la madre preocupada y responsable cada vez que le conviene, como si alguien se creyera esa mierda.

Chaeyoung cerró por fin la maleta y se dejó caer hacia atrás.

—Bebé, continúa. ¿Qué quiere?

Felix volvió a mirar la pantalla.

—Que vaya con ella a la casa de verano.

Giselle hizo una pausa.

—¿Novio nuevo?

Felix alzó la cabeza lentamente y las miró a las dos.

—Brujas que son, sí—respondió, dejando escapar un suspiro lleno de fastidio—Pero escuchen esto: es serio—hizo unas comillas en el aire con los dedos—¿Recuerdan al de ingeniería? También era serio. Duró lo mismo que mi período de atención en una clase. 

Chaeyoung soltó una carcajada seca.

—Tu madre realmente es impredecible.

—Es cierto—agregó Giselle—Un día sale con uno de tu edad y al siguiente con alguien que necesita una prótesis de cadera.

—Mientras tenga plata, todo le sirve a la puta—Felix volvió a dejar caer el teléfono sobre el sofá—Pero ese no es el punto. ¡No puede arruinarnos las vacaciones!

Giselle y Chaeyoung intercambiaron una mirada.                                                                            

Esa clase de mirada que Felix conocía demasiado bien y que de inmediato le hizo fruncir el ceño.

—No lo digan.

—Sabes perfectamente lo que va a pasar si no aceptas.

Empezó Giselle, arrancándole a Felix un resoplido. 

—No quiero escucharlo.

—Tu madre va a ir con tu padre haciéndose la víctima.

—Giselle.

—Va a empezar con su discurso de que nunca pasas tiempo con ella, que no la quieres, que eres un hijo desagradecido y—

—¡Ya entendí!

Chaeyoung cruzó los brazos.

—Y tu padre se va a hartar tanto de escucharla que terminará diciéndote que vayas con tu madre.

Felix permanece en silencio. La mandíbula se le tensa y desvía la mirada hacia el teléfono. Sus amigas tienen razón.

No sería la primera vez ni probablemente la última que su madre montara uno de sus dramas telenovelescos hasta conseguir exactamente lo que quería. 

—La odio.

Murmura finalmente.

Giselle suspira y deja a un lado la ropa que estaba doblando.

—Mira, estoy molesta, triste porque son nuestras vacaciones, sí. Pero serán dos semanas en la casa de verano, Lix. Tampoco suena como una condena a muerte.

—Además, nos conocemos—Chaeyoung sonríe—Podemos aparecer allá.

—Exacto—continúa Giselle—Tenemos todas las vacaciones. No es como si fuéramos a desaparecer del planeta porque pases dos semanas con tu madre.

Felix las observó.                                                                                                                              

Su expresión seguía siendo de absoluto disgusto, aunque lentamente comenzó a perder parte de la intensidad inicial.

—¿Me están diciendo que me abandonan?

—Te estamos diciendo que eres un dramático.

—Y que probablemente terminemos apareciendo en esa casa de todos modos.

El teléfono volvió a vibrar sobre el sofá y Felix bajó la mirada.                                                           

En la pantalla apareció el nombre de su padre.

—Brujas, miren—dice, tomando el celular—Ya llegó la policía.

Antes de atender, volvió a mirarlas.

—Anda—Chaeyoung lo alienta—Capaz te sorprendes.

Giselle sonrió de inmediato, como si acabara de tener la peor idea posible.

—¿Quién sabe? Terminas cogiéndote al chongo de turno y la pasa mejor con vos.

Felix y Chaeyoung la observaron con pupilas dilatadas antes de estallar en carcajadas.

—¡TE FUISTE A LA MIERDA!

—¡Es una posibilidad!

—Estás enferma, debe ser un aburrido como ella.

Con una sonrisa todavía en los labios, Felix desliza el dedo sobre la pantalla y lleva el teléfono a la oreja.

—Bueno, chicas—dice, sin prestarle demasiada atención a la voz que ya habla al otro lado—Acepto, iré—la sonrisa que se dibuja en sus labios siempre significa problemas—...pero antes nos vamos de joda porque si tengo que sobrevivir a dos semanas de velorio familiar, pienso despedirme de mi libertad como corresponde—solo entonces termina de escuchar lo que su padre lleva varios segundos diciéndole—Hola, pa~

Al final, su madre consiguió exactamente lo que quería: Felix aceptó pasar las vacaciones con ella.                                                                                                                                              

No sin antes recordarle, durante una llamada particularmente desagradable, que aquello no significaba que de repente fueran a convertirse en una familia feliz ni que él tuviera intención alguna de fingir entusiasmo por conocer a su nuevo novio.

Como era de esperarse, su progenitora ignoró la mayor parte de sus quejas y Felix decidió hacer exactamente lo mismo con las indicaciones que ella intentó darle después.

Aún le quedaban unos días antes de tener que marcharse y no estaba dispuesto a desperdiciarlos encerrado en casa lamentándose por unas vacaciones que todavía no habían terminado de arruinarse.

Así que hizo lo que mejor sabía hacer; aprovecharlas.

 

...

 

Los días siguientes transcurrieron entre bolsas de compras, almuerzos que se extendían durante horas y constantes idas de un lado a otro con Giselle y Chaeyoung.                        

Terminaron recorriendo media ciudad en busca de cosas que probablemente ninguno necesitaba, gastando dinero en ropa, accesorios y cualquier otra estupidez que consiguiera llamarles la atención durante el camino. Entre compras, cafés y tardes enteras tirados en el sofá de alguno de los tres sin hacer nada particularmente importante, Felix consiguió apartar de su cabeza la idea de las dos semanas que lo esperaban.

Hasta que llegó la última noche y decidieron despedirla como correspondía.

El departamento se llenó de música mientras los tres se preparaban para salir. Chaeyoung ocupaba el baño desde hacía demasiado tiempo, Giselle iba de un lado a otro buscando algo que aseguraba haber dejado sobre la cama y Felix terminaba de arreglarse frente al espejo.

Se tomó su tiempo, contemplándose.                                                                                          

Cuando finalmente estuvo conforme con el resultado, tomó el teléfono y se sacó un par de fotografías antes de escoger la que más le gustaba.

La publicó sin demasiadas vueltas y después dejó el celular sobre la cama.

No tardó ni un minuto en volver a buscarlo; las notificaciones ya comenzaban a acumularse sobre la pantalla.                                                                                                                               

Likes, respuestas, mensajes.

Algunos de personas que conocía, otros de completos desconocidos que parecían haber encontrado de repente el valor suficiente para decirle exactamente lo que pensaban de él.

Felix sonrió satisfecho.

—¿Otra vez mirando tus propias notificaciones? 

Preguntó Chaeyoung desde algún lugar detrás de él.

—No puedo ignorar a mi público.

Giselle soltó una carcajada.

—Tu ego va a necesitar su propio departamento.

Felix dejó el teléfono a un lado y tomó la chaqueta.

—No es ego si tengo pruebas.

Las dos lo miraron revirando los ojos.

—Es insoportable.

Murmuró Chaeyoung.

—Pero precioso.

Agregó Giselle.

Felix les lanzó un beso.

—Exactamente y me aman. Así que vamos zorras que tenemos que romper la noche.

 

   ...                                                        

 

La música se escuchaba incluso antes de cruzar las puertas del lugar.

Golpeaba desde el interior con tanta fuerza que parecía recorrer el suelo bajo sus pies, mezclándose con el ruido de las conversaciones, las risas y el constante movimiento de la gente que entraba y salía.

Felix apenas necesitó unos minutos para olvidarse de lo demás.                                         

Todo quedó enterrado debajo del alcohol, las luces y el bajo que hacía vibrar el aire a su alrededor.

Aquello era, sencillamente, su terreno.                                                                                         

Se movía entre la gente con la facilidad de alguien que nunca había tenido problemas para hacerse notar y tampoco tenía intención de fingir modestia al respecto.

Sabía perfectamente el efecto que provocaba.                                                                                    

Lo sabía por las miradas, por la forma en que algunas mujeres terminaban acercándose a él para bailar, riéndose de cualquier estupidez que dijera mientras él les rodeaba la cintura con naturalidad o apoyaba la barbilla sobre alguno de sus hombros.                                                

Felix siempre había tenido una facilidad particular para entenderse con ellas; podía pasar horas bailando, tomando, hablando de cualquier cosa o simplemente dejándose arrastrar de un grupo a otro sin sentirse fuera de lugar.

Era uno más entre ellas.                                                                                                                    

A veces, incluso una reina.

Sin embargo, no eran únicamente ellas quienes lo miraban: Felix podía sentirlo incluso antes de buscar el origen.

Hombres.

Algunos discretos, otros bastante menos.                                                                                 

Miradas que se detenían demasiado tiempo en sus piernas cuando bailaba, en la línea de su cintura cuando levantaba los brazos, su culo o en la piel que dejaba expuesta la tela cada vez que el movimiento la desplazaba.

Un par apartaba la vista en cuanto él los descubría, otros no se molestaban siquiera en disimular y Felix gozaba de ello.                      

Le gustaban los hombres. 

Le gustaban sus miradas demasiado directas, la seguridad que algunos fingían hasta que él les devolvía la atención y esa forma casi ridícula en la que podían olvidar cualquier pensamiento coherente cuando alguien les daba exactamente lo que querían ver.

No necesitaba adivinar porque lo sabía.                                                                                    

Había algo particularmente divertido en reconocer el instante exacto en que alguien comenzaba a desearlo: una mirada que se prolongaba un segundo más de lo necesario, una mandíbula que se tensaba, los ojos descendiendo sin demasiado disimulo antes de volver a encontrarse con los suyos.

No necesitaba más señales; sabía cuando lo querían.                                                            

Y también sabía que, la mayoría de las veces, bastaba muy poco para conseguir de ellos exactamente lo que quería.

Una sonrisa, una mirada sostenida, el roce aparentemente casual de una mano.                               

A veces ni siquiera tenía que esforzarse demasiado; los hombres podían ser bastante simples cuando sabías cómo mirarlos.

Felix sabía muy bien cómo hacerlo.

Si tenía ganas, podía dejar que uno le invitara un trago, bailar con otro o desaparecer con alguien antes de que terminara la noche.                                                                                          

De lo contrario, simplemente sonreía y seguía en lo suyo.

Al final, ellos siempre parecían estar ahí para lo mismo: pasar un buen rato.

Y él no tenía ningún problema en aprovecharlo.

 ...                                              

 

Las horas comenzaron a desdibujarse después de eso.

Felix perdió la cuenta de las copas en algún momento de la noche y tampoco hizo demasiado esfuerzo por recuperarla. La música seguía golpeando desde todos lados, el calor se acumulaba entre los cuerpos y las luces cambiaban de color sobre rostros que, después de cierto punto, empezaron a resultarle cada vez más familiares.

Bailó con las chicas que se acercaban a saludarlo y con más de un hombre que no necesitó demasiado tiempo para decidir que quería tenerlo cerca.

Se dejó llevar de uno a otro lado, riéndose por cosas que probablemente no tenían tanta gracia y aceptando tragos que aparecían frente a él sin recordar demasiado quién se los había ofrecido. En algún momento alguien le dijo algo al oído y se echó a reír con tanta fuerza que terminó agarrándose de su hombro para no perder el equilibrio.

El alcohol le había soltado el cuerpo, calentado las mejillas y volviendo sus movimientos todavía más despreocupados. Bailaba dejándose arrastrar por la música, girando de un lado a otro entre la gente, riéndose y moviéndose con una libertad que parecía no deberle nada a nadie.

Aunque Felix nunca era completamente inconsciente del efecto que provocaba.

Sabía cuándo una mirada permanecía sobre él un poco más de la cuenta y sabía también, que bastaba muy poco para mantenerla ahí. A veces una sonrisa, otras un simple giro de cabeza o la forma en que levantaba los brazos al ritmo de la música.

No necesitaba esforzarse demasiado y esa era la parte que más disfrutaba.

Para cuando volvió a encontrar a Giselle y Chaeyoung, llevaba varias copas encima y el mundo había adquirido esa cualidad agradablemente imprecisa que hacía que todo pareciera una idea mucho mejor de lo que probablemente era.

Giselle lo vio antes de que dijera nada, siguió la dirección de sus ojos y después volvió a mirarlo.

—No estarás pensando en cogértelo. ¿No?

Felix no respondió enseguida.                                                                                                                

Tenía el vaso cerca de los labios y la mirada fija en algún punto detrás de ellas.                 

Se mordió apenas el labio inferior antes de dejar escapar una sonrisa algo boba.

—El alcohol me está haciendo ver mucho más sexys esos músculos…No vamos a negar que se parte, chicas.

Chaeyoung giró para mirar hacia donde estaba observando.

—Habla por ti. A mí no me gusta la pija y si así fuera sería mi última opción, ugh.

Giselle soltó una carcajada.

—Sos un bizarro Lix, sabes perfectamente que ese tipo es un pesado.

Felix volvió a mirar hacia la barra y allí estaba: ancho de hombros, brazos marcados y esa forma casi ridícula de ocupar espacio, como si fuera perfectamente consciente de cada músculo que tenía. La camisa ajustada no ayudaba demasiado y Felix dejó que la mirada descendiera sin ninguna clase de vergüenza antes de volver a subir.

Sí, el alcohol definitivamente estaba haciendo de las suyas.                                                             

O quizás no.

—Lo sé—respondió, arrastrando un poco las palabras mientras una sonrisa divertida comenzaba a aparecerle en los labios—Miren lo loquito que lo tengo solo porque una vez se la chupé.

—Luego lo tienes en la entrada de la universidad con un ramo de flores.

—No lo invoques, qué espanto—Felix arrugó la nariz, aunque volvió a mirar al susodicho de inmediato—Si al menos fuera bueno dando trompadas hasta lo aceptaría, todas las veces que lo vi en el ring perdió—hizo una breve pausa, deteniéndose en las fornidas piernas—pero miren esas gambas. Necesito volver a enterrar mi cara ahí.

Chaeyoung hizo una mueca.

—Qué asco Felix. Ya cállate, me vas a hacer caer mal el trago.

Con la misma expresión, Giselle solo suspiró.

—Sabemos perfectamente lo que vas a hacer. Ni siquiera voy a decir nada ya.

Felix soltó una risita y volvió a buscarlo con la mirada.                                                                              

El supuesto boxeador seguía junto a la barra, hablando con alguien aunque sus ojos regresaban a él una y otra vez.

Como si hubiera estado esperando exactamente eso.

Felix inclinó apenas la cabeza.                                                                                                               

El movimiento hizo que el mundo se desplazara un segundo hacia un lado y tuvo que parpadear un par de veces para recuperar el equilibrio.

Cuando el boxeador volvió a mirarlo, no apartó los ojos.                                                                   

Lo dejó mirarlo los segundos suficientes para que el otro pareciera olvidarse por completo de la persona que tenía delante.

Sonrió, con esa curva lenta y consciente de sus labios que sabía perfectamente lo que podía provocar.                                                                                                                                    

Por supuesto que la reacción fue inmediata y el hombre se enderezó un poco.                       

Felix leyó la expresión en su rostro: 

entusiasmo, casi ridículo.

Soltó una risita, terminó lo que quedaba de su vaso y se lo tendió a Giselle antes de enderezarse. Dio un paso y el suelo pareció moverse bajo sus pies.                                                 

Volvió a reír, encantado consigo mismo.

—Chicas, nos vemos luego... —arrastró las palabras mientras comenzaba a alejarse—Creo que el piso está borracho.

Avanzó y soltó otra pequeña risa.

—Pero yo también.

Ninguna de las dos intentó detenerlo; sabían perfectamente lo que iba a hacer.       

No necesitaba preguntarse si iba a llamar su atención; ya la tenía.                                           

Cuando el boxeador levantó la mirada para encontrarlo acercándose, Felix ladeó la cabeza y se pasó la lengua por el labio inferior.

Y eso fue suficiente.

 

  ...

 

Lo primero que sintió fue la cabeza.                                                                                                    

Una punzada profunda, insistente que parecía extenderse desde detrás de los ojos hasta la nuca y le arrancó un quejido cuando intentó moverse.

Felix abrió los ojos con dificultad.                                                                                             

Durante unos segundos no vio más que una masa borrosa de luz y sombras. Parpadeó con lentitud, esperando que el mundo decidiera dejar de moverse.                                                   

Sin embargo, no lo hizo.                                                                                                              

Cerró los ojos nuevamente y se quedó quieto, respirando por la boca mientras intentaba reconstruir la noche anterior.

Música, alcohol, las chicas, el boxeador.                                                                               

Después...nada.

Frunció el ceño porque había algo más, estaba seguro.                                                              

Alguna parte de la noche seguía escondida en algún rincón de su cabeza, pero cuanto más intentaba alcanzarla, más se le escapaba.

Se obligó a abrir los ojos otra vez y el techo no era el de su habitación.                                        

Eso fue lo primero que consiguió registrar.

Lo segundo fue el peso de un cuerpo pegado a cada lado y permaneció inmóvil por un momento. Luego, muy lentamente giró la cabeza hacia la derecha y se encontró con un muchacho de cabello oscuro y facciones duras. 

Parpadeó, giró hacia el otro lado y al siguiente lo reconoció: el boxeador.                                        

—Ah, bueno… —abrió un poco más los ojos—al parecer la pasé bastante bien.

No tenía ni idea de qué había pasado después de acercarse a él, ni de cómo había terminado en aquella cama.                                                                                                     

Mucho menos, de quién era el otro tipo.

Aunque siendo completamente sincero consigo mismo, podía asegurar que era mucho más sexy que el boxeador.

Antes de que pudiera pensar demasiado en ninguna de las tres cosas, un zumbido comenzó a vibrar sobre alguna superficie cercana.                                                                            

Tardó unos segundos en comprender que era su teléfono.

El sonido llegaba amortiguado, lejano, casi como si perteneciera a otra habitación. Entrecerró los ojos y siguió el ruido hasta encontrarlo sobre una mesa de noche.

Se estiró para alcanzarlo, tanteando a ciegas hasta conseguir atraparlo entre los dedos.                 

La pantalla iluminó su rostro e hizo una mueca.

Sí, pa... “

Contestó con la voz todavía espesa, sin ninguna urgencia.

“¿DÓNDE ESTÁS?”

El grito que salió del teléfono consiguió atravesarle directamente el cráneo.                                   

Felix apartó el aparato de la oreja con una expresión de absoluto dolor.

“¡Auch! ¡Papá, baja la voz!”

“¡Llevo llamándote quién sabe cuánto! ¿Dónde estás?”

Felix miró alrededor; buena pregunta.

“No sé”

Hubo un silencio al otro lado.

“¿Cómo que no sabes?”

“Estoy... se incorporó apenas y tuvo que quedarse quieto cuando otra punzada le atravesó la cabeza ...estoy en algún lado”

“Felix, no estoy para tus juegos. Tenemos que irnos”

La frase tardó un par de segundos en encontrarle sentido.

“¿Irnos?”

“Sí. Tengo que llevarte con tu madre. No me hagas esperar porque tengo mucho trabajo hoy”

Se quedó mirando al vacío: su madre, la casa de verano, las vacaciones.

Mierda.

De repente, todo volvió a encajar.

“¡AH MIERDA! SÍ, YA VOY PA, DAME QUINCE MINUTOS”

Cortó antes de que pudiera seguir gritándole.

Se quedó unos segundos mirando el teléfono, todavía intentando procesar la magnitud del problema, hasta que el cuerpo a su lado se movió.                                                                      

Ni siquiera le importó despertarlos; comenzó a apartar brazos y piernas de encima suyo sin ninguna delicadeza.

Encontró parte de su ropa desperdigada por la habitación y empezó a vestirse como pudo, todavía con la cabeza palpitándole y el teléfono atrapado entre el hombro y la oreja mientras intentaba ponerse en contacto con sus amigas.

“Sí, sí, ya sé dónde es... No, esperen ahí. Voy para abajo” murmuró, perdiendo el equilibrio un instante mientras intentaba meter el pie en el zapato “La puta madre…”

Dio un par de pequeños saltos hasta conseguir acomodárselo y después de localizar por fin lo último que le faltaba, salió de la habitación tan rápido como su resaca se lo permitió.

.

.

.

El golpe seco de una maleta contra el pavimento le hace girar la cabeza.

Su padre ya ha sacado el equipaje del maletero.                                                                          

Decide que preocuparse por eso es un problema para su yo de dentro de cinco minutos.

Arrastrando la resaca como una segunda piel, avanza hacia la casa donde de inmediato visualiza a su madre aproximándose con su vomitiva presencia: vestido vaporoso, falsa sonrisa y los brazos abiertos.

—¡Bebé! ¡Fefito, llegaste!

La chillona voz le hace fruncir la nariz a causa del dolor de cabeza y solo se limita a tirarle una mirada por encima de las gafas.

—¿Puedes no llamarme así? Ya no tengo diez años... Y baja la voz, gracias—responde en un tono hosco—Hola, mamá.

—Siempre tan seco..—suspira con afectación y lo escanea con la mirada de arriba a abajo; por un segundo, sus ojos se detienen en un detalle, frunciendo la nariz incómoda—¿Estás usando…? Bueno, estás… muy arregladito para haber viajado tantas horas. 

El tono es suave, casi meloso, pero la frase afilada como una aguja.     

Ese era el estilo de Park Jihyo.                                                                                                 

Siempre impecable, siempre dulce cuando había alguien mirando y siempre lo suficientemente cuidadosa para que sus comentarios pudieran pasar por preocupación en lugar de lo que realmente eran.

Había perfeccionado aquella manera de sonreír mientras juzgaba, de fingir afecto mientras encontraba algo que criticar y de envolverse en una imagen de madre preocupada cada vez que necesitaba recordarles a los demás y, sobre todo a sí misma, que era una buena madre.

Felix conocía demasiado bien aquella versión de ella.                                                                           

La que convertía cualquier reproche en una muestra de cariño y cualquier defecto en una preocupación perfectamente justificada.

La mira con una lentitud ofensiva, ladeando un poco la cabeza mientras se acomoda los lentes sobre la nariz.

—Ah, debe ser el brillo—comienza, pasando el dedo pulgar por su labio inferior; fingiendo percatarse recién de ello—O tal vez los restos de leche de anoche; me acabaron en la boca como tres veces. ¿Me quieres dar un beso de bienvenida igual?

La mujer parpadea y la sonrisa le tiembla.                                                                                  

Por un mínimo segundo, pero es suficiente.

Mantiene los labios curvados, pero le lanza una fulminante mirada.

—Felix, por favor..

—¿Qué pasa mamá? Recuerda que este soy yo—replica, con la voz untada en veneno dulce—Dijiste que seríamos una familia moderna, acepta que a tu hijo le encanta comer verga. ¿Ya se lo dijiste a tu nuevo novio?

—No empieces—la mujer suelta apretando los dientes mientras gira sobre sus talones y vuelve a fingir dulzura—Hazme el favor de comportarte, estoy muy ansiosa de que lo conozcas y él también.

Felix esboza una ancha sonrisa, sin rastro de culpa y camina detrás de su madre hasta ingresar a la lujosa casa manifestando el mismo desagrado del principio.                                      

Un desagrado que se esfuma en el instante que levanta la mirada y detalla al hombre de pie en el umbral de la sala principal.

No era un pendejo; esta vez su madre sí se había conseguido a un hombre.                                

Uno de verdad.

Camisa veraniega de mangas cortas de un verde oliva y los primeros botones abiertos, dejando a la vista una parte del pecho firme, apenas adornado por vello.                                 

Tez blanca que pedía a gritos ser marcada, una figura sólida de esas que no necesitan alardear para imponer respeto: espalda ancha, brazos definidos y una postura casual que no quita lo viril; lo acentúa mucho más.

Felix baja los ojos.

Las manos, grandes.                                                                                                                          

De esas que no pudo evitar imaginarlas en su cintura sujetándolo con fuerza o empujándole la cabeza hacia abajo.       

Sube de nuevo y le clava la mirada.        

Un rostro de mandíbula fuerte, el pelo castaño algo largo revuelto con atractivo descuido, una nariz de puente ancho y prominente, y los labios.

Los benditos labios carnosos que le hicieron soltar un suave jadeo de deseo.                                                                                    

Imagina esos labios tragándoselo entero tan húmedos, firmes: tragando hasta el fondo sin perderle los ojos.
La idea le sacude el estómago: caliente, feroz, directa.

En ese preciso instante, algo en su expresión se transforma: aparece esa sonrisa ladina, asomando la lengua para humedecerse el labio inferior. 

Ajena, su madre extiende una mano hacia el hombre. 

—Querido, te presento a mi hijo, Felix—presenta sonriente; apoyando una mano en el pecho del hombre como si fueran una pareja de propaganda—Felix, él es mi novio: Chan.

—Es un placer conocerte Felix; soy Bang Chan.

Chan.

Bang Chan.

El nombre le suena tan sólido como su cuerpo.

Despacio, Felix da un paso hacia el frente y con esa seguridad nacida de saberse deseable, lleva una mano a su rostro quitándose los lentes oscuros.

El movimiento es suave, sensual como quién revela su alma.                                     

Dejando que sus ojos delineados brillen a plena luz.

—Hola, Chan—saluda con voz clara. Una entonación dulce en la superficie, pero con filo en lo profundo—Qué gusto conocerte.

Sonríe con descaro, con toda la intención.                                                                                                                                             

Chan lo siente de inmediato.
Un estremecimiento seco, directo, casi físico; algo que se activa bajo la piel.

Lo detalla sin quererlo: el pelo rubio alborotado, como si acabara de salir de una fiesta… o de una cama ajena.

Una presencia atractiva, coqueta, descarada: la blusa satinada, demasiado provocativa para estar simplemente en casa, se le desliza de un hombro. Contrastando con la bermuda holgada que lleva puesta. 

Esos ojos afilados que ya son una advertencia.

Y los labios, esos labios.                                                                                                         

Pequeños, provocadores, marcados por un arco de cupido tan perfecto que le hacen temblar los dedos y tensarse.

Como si todo su cuerpo se pusiera en guardia en una mezcla peligrosa de alarma y deseo.

Chan parpadea y traga saliva.                                                                                                        

Por un mínimo de segundo, se le nota; ese instante de incomodidad, vulnerabilidad.

El reconocimiento tácito de que ese joven no será fácil de ignorar.

Felix lo ve, por supuesto que lo hace.                                                                                

Como ha tensado la mandíbula, cómo su cuerpo reacciona antes que su juicio.

Le basta ese mínimo segundo para saber que lo ha descolocado.

Y que en definitiva, se vienen unas vacaciones muy excitantes.                                                     

Muy excitantes y no solo por la playa.