Chapter Text
Mi familia tiene una habilidad especial para convertir cualquier celebración en una condena.
No hablo de las ramas lejanas que solo aparecen en Navidad con regalos caros y opiniones políticas insoportables. Hablo del núcleo duro. Los Bellingham. Sangre real diluida lo justo para no heredar un trono pero lo bastante espesa para que nos inviten a todas las bodas, bautizos y funerales de la realeza europea como si fuéramos parte del mobiliario.
Mi madre es hermana del duque de Kent. O de Gloucester. O de alguno de esos ducados que suenan intercambiables y tienen propiedades que huelen a humedad y a imperio perdido. Nunca me he molestado en memorizar el árbol genealógico. Para qué, si cada vez que me obligan a asistir a uno de estos eventos hay un ayuda de cámara con una tableta que me susurra al oído quién es quién y ante quién debo inclinar la cabeza.
—Lord Bellingham —me dijo una vez uno de ellos, un tipo calvo con cara de haber olido algo podrido—, si no distingue al conde de Wessex del vizconde de Severn, tarde o temprano provocará un incidente diplomático.
Le respondí que el conde de Wessex y el vizconde de Severn eran la misma persona, y que si iba a regañarme, al menos se documentara antes.
No me invitó a su boda. Una lástima.
El caso es que hoy, sábado, tres de junio, a las cuatro de la tarde, estoy metido en un traje de tres mil libras que me aprieta el cuello, sentado en el noveno banco de la abadía de Westminster, viendo cómo mi primo Alexander se casa con una aristócrata holandesa cuyo nombre me han repetido seis veces y ya he vuelto a olvidar.
Alexander es el hijo mayor del duque de Cambridge. Mi primo hermano. El nieto de la reina. El tercero en la línea de sucesión. Un chico perfectamente agradable, supongo, aunque no tengo pruebas sólidas porque todas las conversaciones que hemos mantenido en veintitrés años han girado en torno al clima, la calidad del canapé de salmón o lo mucho que significa para él servir a la Corona.
—¿Y tú qué, Jude? —me preguntó una vez, en una cena familiar, con ese tono de quien ha leído en algún manual que debe interesarse por los demás—. ¿A qué te dedicas?
—Estudio Política y Relaciones Internacionales en St Andrews.
—Ah, St Andrews. Muy bien. —Asintió con gravedad, como si le hubiera comunicado que me habían diagnosticado algo tratable—. ¿Y luego?
—Luego no lo sé, Alex. Quizá haga un máster. Quizá me una a una ONG. Quizá me case con una heredera griega y viva de su fortuna.
No volvió a preguntarme por mis planes de futuro. Creo que la heredera griega le pareció un comentario inapropiado para una cena de gala. O quizá fue lo de la ONG. Con él nunca se sabe.
El órgano de la abadía empieza a sonar y todo el mundo se pone de pie. Yo tardo un segundo más de lo necesario, lo justo para que mi madre, sentada dos filas más adelante, gire el cuello y me fulmine con la mirada. Esa mirada la ha perfeccionado a lo largo de décadas: decepción, advertencia y un toque de "te recuerdo que tu matrícula la pago yo" condensados en un solo gesto.
Me pongo de pie. Sonrío. La novia avanza por el pasillo central envuelta en un vestido que probablemente cuesta más que el piso de un estudiante medio y yo me pregunto cuántas horas me quedan para poder largarme sin que parezca una descortesía.
Cuatro. Cuatro horas como mínimo. La ceremonia, los besos, el arroz, las fotos, el traslado al palacio, la recepción, el banquete, los discursos, el vals inicial y luego, solo luego, cuando los novios se hayan retirado y los invitados de más edad empiecen a buscar sus abrigos, yo podré escabullirme sin que nadie me pregunte dónde he estado toda la noche.
Es una ciencia. La ciencia de ser un Bellingham sin título, un casi-príncipe, un "lord" que no pinta nada pero al que le exigen estar porque su ausencia generaría preguntas.
—¿Y Jude? —dirían las tías—. ¿No ha venido? Qué raro, con lo unidos que están él y Alexander.
Nadie se ha parado a comprobar si Alexander y yo estamos unidos. A nadie le importa. Lo que importa es la foto. La maldita foto de familia donde todos sonreímos como si no hubiera nada en el mundo que deseáramos más que estar allí.
Dicen que soy un nepo-baby de la realeza. Lo sé. Lo llevo con la ironía de quien ha crecido rodeado de privilegios y ha aprendido a sentirse culpable por ellos de una forma abstracta, teórica, que no le impide disfrutarlos. Tengo veintitrés años, una asignación mensual que depende del humor de mi madre y una carrera universitaria que elegí porque me interesaba genuinamente entender cómo funciona el poder. El poder de verdad, no este teatro de coronas y cetros que ya no sirven para nada más que para atraer turistas y vender tazas conmemorativas.
No me malinterpreten: quiero a mi familia. Quiero a mi madre, a pesar de sus miradas fulminantes. Quiero a mi padre, que es el único que se ríe conmigo cuando imito a los lores más estirados en la intimidad del salón de casa. Pero hay algo en todo este montaje que me resulta profundamente agotador, como si cada recepción me chupara una parte de la energía vital que luego necesito para ser yo mismo.
O quizá solo estoy de mal humor porque hace tres meses que no me acuesto con nadie y el celibato no me sienta bien. Quién sabe.
La ceremonia termina con aplausos, vítores, pétalos de rosa y una cantidad obscena de fotógrafos. Salimos en procesión, despacio, porque delante de nosotros hay doscientas personas con la misma idea y ninguna prisa. Aprovecho para aflojarme el nudo de la corbata mientras mi madre no me ve. Mi hermano menor, Jobe, se coloca a mi lado y me da un codazo.
—Tienes cara de querer pegarle a alguien.
—Tengo cara de querer estar en mi piso de St Andrews, en pijama, viendo una serie mala y bebiendo cerveza directamente de la lata.
—Qué asco. Eres un lord, Jude. Compórtate.
—Soy un lord de quinta generación sin tierras ni fortuna propia. Básicamente soy un plebeyo con acento bonito.
Jobe se ríe. Tiene diecinueve años, el mismo sentido del humor que yo y la suerte de ser el segundo varón en una familia que ya no necesita casarlo para establecer alianzas políticas. Estudia Historia del Arte en Edimburgo y tiene una novia llamada Isla, arquitecta, que le saca cuatro años y a la que mi madre ya adora abiertamente. Jobe lo tiene todo resuelto. A veces lo envidio.
—¿Has visto quién ha venido? —me pregunta, bajando la voz mientras avanzamos hacia la salida.
—No. ¿Quién?
—Los Haaland.
Me detengo un segundo. Solo un segundo.
—¿Los Haaland de Noruega?
—¿Hay otros Haaland?
No. No hay otros Haaland. Los Haaland son la familia real noruega. Bueno, reales solo desde hace tres generaciones: antes eran una dinastía de terratenientes que se casaron con la prima de un rey y acabaron heredando el trono por una serie de muertes inoportunas y alianzas convenientes. Pero eso a nadie le importa ya. Llevan setenta años en el trono, son escandalosamente ricos y tienen un heredero que sale en las revistas tanto como los actores de Hollywood.
Erling Haaland.
No sé mucho de él. Sé que es alto. Sé que tiene una mandíbula que parece diseñada por un arquitecto con fijación por los ángulos rectos. Sé que estudió algo relacionado con economía y que su padre lo está preparando para reinar con mano firme. Y sé, porque lo he visto en fotos, que tiene una forma de mirar a las cámaras que resulta incómoda: demasiado intensa, demasiado directa, como si estuviera evaluando si mereces su atención o no.
—Qué bien —murmuro, reanudando la marcha—. Noruegos. Justo lo que le faltaba a esta boda. Diversidad escandinava.
—Eres imbécil.
—Lo sé.
La recepción es en St James's Palace, un edificio que conozco demasiado bien porque he pasado en él todas las Navidades desde que tengo uso de razón. Los salones están decorados con un gusto exquisito y predecible: flores blancas, candelabros de plata, mesas redondas con tarjetas escritas a mano y una orquesta de cámara que toca a Vivaldi como si llevara haciéndolo tres siglos.
Me asignan la mesa siete. Lo suficientemente cerca del estrado para que los fotógrafos me capturen en los planos generales, lo bastante lejos para que no tenga que fingir interés por los discursos. A mi derecha, una prima lejana cuyo nombre nunca recuerdo. A mi izquierda, un diplomático belga que intenta explicarme las complejidades del Tratado de Maastricht mientras yo asiento con expresión de profundo interés y pienso en la cantidad exacta de whisky que necesito para llegar vivo al postre.
Dos copas de champán. Tres. Cuatro.
El diplomático belga ha pasado de Maastricht a la política pesquera comunitaria y yo estoy a punto de clavarme el tenedor en el muslo para mantenerme despierto cuando, por puro instinto, levanto la vista.
Y lo veo.
Está al otro lado del salón, de pie junto a la mesa de los invitados extranjeros, con una copa en la mano y una expresión de aburrimiento que refleja exactamente la mía. Es más alto de lo que parecía en las fotos. Mucho más. No hay cámara que capture la presencia física de un hombre que roza los dos metros y ocupa el espacio como si le perteneciera por derecho divino. Rubio, mandíbula afilada, hombros anchos, espalda recta. Viste un esmoquin azul marino que le sienta como un guante y lleva el primer botón de la camisa desabrochado, un detalle mínimo pero calculado que en una boda real equivale casi a una rebelión.
Erling Haaland.
Y me está mirando.
No es una mirada casual. No es el barrido visual que haces cuando estás en una fiesta y tus ojos se cruzan con los de un desconocido antes de apartarse educadamente. Es una mirada fija, anclada en mi cara con la precisión de un francotirador. No parpadea. No finge interés por otra cosa. Simplemente me mira como si el resto del salón hubiera dejado de existir y yo fuera lo único que vale la pena observar en todo el maldito palacio.
Sostengo la mirada.
No sé por qué. Normalmente soy más sutil. Normalmente agacho la cabeza y sigo con lo mío. Pero hay algo en la forma en que me observa que me enciende una chispa en el pecho y me obliga a devolverle el gesto sin pestañear.
Un segundo. Dos. Tres.
El diplomático belga dice algo sobre el bacalao del Atlántico Norte y yo ni me inmuto.
Erling Haaland ladea ligeramente la cabeza, como si estuviera evaluándome, y entonces sonríe. Apenas una curva en la comisura de los labios, casi imperceptible, pero cargada de una arrogancia tan absoluta que me atraviesa el cuerpo como una descarga eléctrica.
Vale.
De acuerdo.
Esto es nuevo.
Yo soy bisexual. Lo sé desde los quince años, cuando me besé con el hijo del jardinero en el invernadero de la finca de mi abuela y luego, dos semanas después, me besé con la hija del cocinero en el mismo sitio. No fue confuso: fue revelador. Me gustaban los dos. Me gustaban todos. El problema nunca fue saber lo que quería, sino encontrar el momento y el lugar para conseguirlo sin que mi familia se enterara antes de que yo estuviera listo para contarlo.
Se lo dije a mis padres a los dieciocho. Mi madre se tomó un té y guardó silencio durante cinco minutos antes de decir: "Mientras seas discreto, Jude. La discreción lo es todo en esta familia". Mi padre me dio un abrazo y me dijo que me quería. Luego añadió: "Mientras no traigas a casa a un irlandés".
Desde entonces he tenido encuentros. Nada serio, nada que merezca un titular. Chicos, chicas, algún no binario ocasional. Gente que no buscaba compromiso y que entendía que el apellido Bellingham venía con condiciones y sobre todo discreción.
Pero nunca me había pasado esto.
Nunca un tipo me había mirado en mitad de una boda real como si ya me hubiera desnudado mentalmente y estuviera decidiendo por dónde empezar.
Al otro lado del salón, Erling Haaland se lleva la copa a los labios sin apartar los ojos de mí. Bebe despacio. Me recorre con la mirada del cuello a los pies y de vuelta, sin prisas, sin vergüenza, y luego gira la cabeza hacia un lado como diciendo "te espero".
Es una invitación.
No. Me está provocando.
Y yo, que llevo cuatro copas de champán, tres horas de aburrimiento mortal y veintitrés años aguantando protocolos absurdos, decido que esta noche me importa una mierda la discreción.
Dejo la copa en la mesa. Me limpio los labios con la servilleta. Me pongo de pie.
—¿Se encuentra bien, Lord Bellingham? —me pregunta el diplomático belga.
—Perfectamente —respondo, y es la primera vez en toda la noche que soy sincero—. Necesito tomar el aire.
No espero a que me conteste. Cruzo el salón esquivando mesas, invitados, camareros con bandejas de plata. No miro a Erling Haaland al pasar junto a él. No hace falta. Sabe que voy hacia la puerta que da a los jardines. Sabe que no voy a tomar el aire. Sabe que no voy solo.
Y cuando oigo sus pasos detrás de mí, pesados y seguros, cada fibra de mi cuerpo se tensa con una mezcla de anticipación y adrenalina que no había sentido jamás.
Detrás de mí, el heredero al trono de Noruega me sigue como un depredador que acaba de detectar a su presa.
Y a mí, Dios me perdone, me encanta.
Cruzo la puerta que da al ala de servicio sin mirar atrás.
Conozco este palacio como conozco la casa de mi abuela: de memoria. El ala de servicio está vacía a estas horas. Los camareros han terminado de montar el banquete y no volverán hasta dentro de una hora, cuando llegue el momento de retirar los platos del primer curso.
Nadie me va a encontrar aquí. Nadie va a encontrarnos.
Me detengo frente a la puerta del armario de mantelería. Es grande, lo bastante para que quepan dos personas sin rozarse si quieren. Pero yo no quiero. Yo quiero exactamente lo contrario.
Los pasos de Erling Haaland resuenan en el pasillo de piedra. Lentos. Pesados. Sin la menor intención de disimular. Camina como si el palacio fuera suyo, y técnicamente no lo es, pero algo en la forma en que ocupa el espacio me dice que está acostumbrado a que todo le pertenezca.
Me giro justo cuando llega a mi altura.
Es más grande de cerca. Mucho más. Tengo que levantar la barbilla para mirarlo a los ojos, y eso es algo que no hago por nadie. Mido uno ochenta y tres, siempre he sido el más alto en cualquier grupo, y sin embargo este noruego me saca al menos quince centímetros y treinta kilos de músculo. El esmoquin le marca los hombros de una forma que debería ser ilegal. La camisa blanca, abierta en el primer botón, deja ver el inicio de una clavícula y un fragmento de piel dorada que me distrae más de lo que me gustaría admitir.
—Lord Bellingham —dice.
Su acento es nórdico, profundo, arrastrando las erres de una forma que convierte mi apellido en algo extrañamente íntimo. No me está saludando. Me está saboreando el nombre en la boca, probando cómo suena, decidiendo si le gusta.
Me gusta cómo lo dice. No debería gustarme, pero me gusta.
—Alteza —respondo.
Se ríe. Una risa corta, sin humor.
—No me llames así ahora.
—¿Ahora no? ¿Y cuándo?
—Cuando estemos en público, si no te queda más remedio. Aquí —da un paso más, acortando la distancia entre nosotros hasta que casi puedo sentir el calor de su pecho—, aquí no soy ninguna alteza.
Huelo su perfume. Algo amaderado y oscuro, con un fondo cítrico que se me mete en la garganta y me hace apretar los dientes. Cada instinto que tengo me grita que dé un paso atrás, que recupere el control de la situación, que establezca una distancia de seguridad. Yo siempre tengo el control. Siempre. Con los chicos, con las chicas, con cualquiera que entre en mi cama. Soy yo quien marca el ritmo, quien decide cuándo y cómo y hasta dónde. Es mi regla de oro.
Pero Erling Haaland no se vé como alguien a quien le guste pedir permiso.
—Me has seguido —digo, y suena menos firme de lo que pretendo.
—Me has dejado seguirte —responde, y su mano se apoya en la madera de la puerta, justo al lado de mi cabeza—. No finjas que ha sido casualidad. Sabías que iría detrás de ti desde el momento en que te levantaste de la mesa.
No puedo discutírselo. Porque tiene razón.
—Es usted un engreído, alteza.
—Y tú un mentiroso. Llevas toda la noche aburrido como un muerto y de repente te interesa pasear por el ala de servicio. ¿Qué se supone que debo pensar, Lord Bellingham?
Otra vez mi apellido en su boca. Otra vez esa forma de pronunciarlo, como si me estuviera desnudando por capas y la primera hubiera sido el título.
—No me digas eso —suelto.
—¿Lord Bellingham? —Inclina la cabeza, fingiendo inocencia. Sus ojos son de un azul tan claro que parecen agujerearme—. ¿Por qué? ¿No te gusta?
Me gusta demasiado. Por eso se lo digo.
—Me pone nervioso.
Erling sonríe. Esta vez es una sonrisa de verdad, amplia, peligrosa, llena de dientes y de intenciones que no necesito traducir.
—Bien. Porque tú me pones muchas cosas, inglés, y ninguna se parece a "nervioso".
Mi mano se mueve antes de que el cerebro le dé permiso. Agarro la solapa de su esmoquin, tiro de él hacia el interior del armario y cierro la puerta con el pie.
Oscuridad. Silencio. El espacio es tan reducido que nuestros pechos se tocan, que puedo sentir su respiración contra mi frente, que mis muslos rozan los suyos. Huele a detergente industrial y a colonia cara y a algo más denso que me está nublando el juicio.
—¿Esto es lo que querías, noruego? —pregunto, y mi voz sale ronca, más grave de lo normal, completamente fuera de mi control.
—No. —Su aliento me quema el oído. Una de sus manos encuentra mi cadera y la agarra con una fuerza que me arranca un jadeo—. Quiero mucho más.
Y entonces me besa.
No es el beso suave de un príncipe de cuento. Es el beso de un guerrero famélico que ha pasado toda la noche conteniéndose y que, por fin, ha decidido romper la cadena. Erling me muerde el labio inferior con fuerza, tirando de él antes de hundir la lengua en mi boca con una urgencia brutal. Su sabor es champán, sudor y algo salvaje que me prende fuego por dentro. Me empuja contra la pared del armario con todo su cuerpo, el impacto me saca el aire de los pulmones. Sus manos grandes y ásperas recorren mi espalda, bajan hasta mi cintura y luego más abajo, agarrándome el culo con una posesividad que me hace gemir dentro de su boca.
Yo respondo con la misma hambre. Le arranco los botones de la camisa sin cuidado; uno salta y rebota contra el suelo. Él se ríe contra mi cuello, un sonido grave y ronco que vibra en mi piel.
—Ese botón costaba más que todo tu traje, inglés.
—Cállate.
—No me da la gana, Lord Bellingham.
Y vuelve a besarme, más sucio, más profundo, tragándose mi protesta.
Todo se acelera. Mis pantalones y calzoncillos desaparecen en un segundo, bajados con manos impacientes. Su chaqueta cae al suelo y la pisoteamos sin mirarla. Piel contra piel, calor abrasador, músculos duros rozándose. Sus dedos se clavan en mis caderas, en mis costillas, explorando cada centímetro como si quisiera marcarme. Erling murmura algo en noruego contra mi oreja, palabras guturales y bajas que no entiendo, pero que suenan a pura lujuria.
Me gira con facilidad insultante, como si no pesara nada. Mi mejilla golpea la madera fría del armario. Siento su pecho ancho y caliente pegado a mi espalda, su polla dura y gruesa presionando entre mis nalgas, caliente y húmeda en la punta.
—Espera —jadeo, aunque mi cuerpo ya se arquea hacia él— normalmente yo...
—¿Normalmente qué? —Su voz es un gruñido bajo contra mi nuca. Sus labios rozan mi oreja mientras una de sus manos se desliza por mi vientre hasta rodear mi polla completamente erecta, apretando justo lo suficiente para hacerme jadear.
—Normalmente soy yo el que…
—Ya lo sé —me interrumpe con una risa oscura, caliente—. Y seguro que eres muy bueno dominando, Bellingham. Pero esta noche no.
Su mano empieza a masturbarme con movimientos lentos y firmes mientras su otra mano separa mis nalgas. Siento la cabeza gruesa de su polla presionando contra mi entrada, resbaladiza por la pre-semen.
—Esta noche —susurra, mordiéndome el lóbulo de la oreja—, vas a saber lo que es que te folle un heredero.
Debería protestar. Debería girarme y recordarle con quién coño está hablando. Pero su dedo ya está dentro de mí, abriéndome, curvándose justo donde me vuelve loco, y mi cerebro se derrite. Su boca succiona con fuerza el lado de mi cuello, dejando una marca que mañana será imposible ocultar. Mi cuerpo traicionero se empuja hacia atrás, buscando más.
—¿Confías en mí? —pregunta de repente, y por primera vez su voz suena seria bajo toda esa arrogancia.
—No te conozco de nada —respondo entre dientes.
—Eso no es lo que te he preguntado.
Cierro los ojos. Huelo su piel, su colonia mezclada con sudor, el champán en su aliento.
—Sí —susurro—. Sí, confío en ti.
—Buen chico.
Esas dos palabras me golpean más fuerte que cualquier embestida. Me muerdo el labio hasta que sangra un poco para no gemir como un puto desesperado.
Erling no espera más. Siento cómo se lubrica con su propia saliva y pre-semen antes de empujar. La cabeza de su polla gruesa abre mi agujero lentamente al principio, luego con más fuerza, estirándome hasta el límite. El ardor es intenso, pero el placer es mayor. Cuando entra hasta el fondo, los dos gemimos al unísono. Me tapa la boca con una mano grande cuando empiezo a gemir demasiado alto, follándome contra la pared con embestidas profundas y brutales, cada una más fuerte que la anterior. Sus bolas golpean contra mi piel. Su pecho sudoroso se pega a mi espalda.
Me susurra al oído en de noruego e inglés obscenidades sucias.
"Tan apretado… Joder"
"Mi lord… eso es"
"Tómalo todo, princesa"
Lo de “princesa” me hace gruñir ofendido y apretarlo más fuerte dentro de mí. Él se ríe y acelera, follándome más duro, más profundo, hasta que solo existe el sonido húmedo de piel contra piel, mis gemidos ahogados contra su palma y el placer que me parte en dos.
Cuando se corre, Erling suelta un gruñido ronco y animal contra mi nuca, tan profundo que lo siento vibrar en mi pecho. Se hunde hasta el fondo con una última embestida brutal, manteniéndose allí mientras su polla palpita con fuerza dentro de mí. Chorros calientes y espesos me llenan por dentro, uno tras otro, tanto que siento cómo se desborda y empieza a correr por mis muslos.
Apenas puedo recuperar el aliento cuando él me gira entre sus brazos con esa fuerza fácil y posesiva. Mi espalda golpea de nuevo contra la pared, pero esta vez quedamos cara a cara. Sus ojos azules están oscuros, salvajes, todavía nublados por el orgasmo. Sin darme tregua, Erling me levanta una pierna, alineándose de nuevo y vuelve a entrar en mí de un solo empujón profundo, follándome con embestidas cortas y potentes mientras su mano grande y resbaladiza por sudor y semen rodea mi polla dura y sensible.
—Quiero verte correrte —gruñe contra mi boca, mordiéndome el labio inferior—. Ahora.
Sus caderas golpean contra mí sin piedad, su polla todavía dura frotando ese punto dentro que me hace ver estrellas. Su puño se mueve rápido y apretado alrededor de mi longitud, masturbándome con la misma hambre. El placer es demasiado, casi insoportable. Mi cabeza cae hacia atrás contra la madera y me corro con un gemido ahogado, derramándome entre sus dedos en gruesos chorros que manchan su abdomen y el mío.
Erling sigue moviéndose lentamente dentro de mí durante mi orgasmo, prolongándolo hasta que tiemblo y me quedo sin fuerzas entre sus brazos.
Cuando por fin terminamos, solo queda el sonido pesado de nuestras respiraciones agitadas llenando la penumbra del armario. Un silencio denso, casi sagrado. El tipo de silencio que aparece cuando dos personas intentan procesar que acaban de follar como animales y que nada volverá a ser exactamente igual.
Estamos desnudos, sudados, rodeados de sábanas y manteles arrancados de los estantes. Mi esmoquin parece haber perdido una guerra en el suelo, junto a su chaqueta. Tengo un arañazo rojo atravesando mi pecho, un moretón palpitante en el cuello y las piernas todavía temblando por el esfuerzo. Siento su semen resbalando lentamente por el interior de mis muslos y, por primera vez en mucho tiempo, no sé qué coño hacer conmigo mismo.
Erling se sube los pantalones con calma, como si no acabara de destrozarme contra una pared. Recupera los restos de su camisa —tres botones menos, imposible de salvar— y me mira desde la penumbra. Hay algo distinto en sus ojos ahora. No es solo satisfacción. Es algo más profundo. Como si supiera que me ha marcado.
—Nos volveremos a ver —dice con esa voz grave que todavía me eriza la piel.
Intento sonreír con sorna, pero me sale torcido.
—Eso suena muy dramático. ¿Lo tenías ensayado?
—No necesito ensayar nada contigo. —Se acerca, me toma por la nuca con una mano grande y me da un beso lento en la comisura de los labios. Casi tierno. Casi peligroso—. Nos volveremos a ver —repite contra mi boca, y luego abre la puerta y desaparece por el pasillo de servicio.
Me quedo solo.
Desnudo. Deshecho. Con el corazón latiéndome todavía en la garganta y el cuerpo vibrando de una forma que no reconozco. Me tiemblan las manos mientras intento vestirme. Tardo varios minutos en abrocharme la camisa porque mis dedos no cooperan. Huelo a él. A sudor, a champán y a sexo. Y esa combinación me está jodiendo la cabeza más de lo que quiero admitir.
Cuando consigo volver al salón principal, me siento… diferente. Descolocado. Como si el Jude Bellingham que entró a esta fiesta ya no fuera exactamente el mismo que salió de ese armario.
Mi madre me intercepta junto a la mesa de los postres.
—¿Dónde estabas? —pregunta, entrecerrando los ojos con sospecha.
—Tomando el aire —respondo, y mi voz suena más ronca de lo normal.
—Tienes el cuello manchado.
Mierda. Me llevo la mano al moretón instintivamente. Siento que todavía arde.
—Es… una picadura de mosquito.
—En St James’s Palace no hay mosquitos, Jude.
—Entonces habrá que revisar el protocolo de plagas —murmuro, intentando sonar indiferente.
Ella me mira con esa cara de “sé perfectamente que mientes, pero no quiero los detalles”. Me ofrece una copa de champán y me advierte que me comporte, que los Haaland siguen en el salón y que no quiere ver al heredero noruego mirándome con la camisa mal abrochada.
Asiento. Me bebo la copa casi de un trago.
Y cuando levanto la vista, ahí está.
Erling Haaland al otro lado del salón, impecable otra vez, con una camisa nueva que no sé de dónde demonios ha sacado. El pelo rubio perfectamente colocado. Pero cuando nuestras miradas se cruzan, me dedica esa sonrisa lenta, arrogante y satisfecha. Levanta su copa en un brindis silencioso, solo para mí.
El corazón me da un vuelco fuerte.
Aparto la mirada rápidamente, respiro hondo y me prometo a mí mismo que esto no va a afectarme. Que fue solo un polvo salvaje en un armario. Nada más.
Pero esa noche, ya en la cama, todavía siento sus manos en mi piel. Todavía huelo su olor en mis dedos. Todavía noto el fantasma de su polla abriéndome y de su voz llamándome “buen chico”.
Cierro los ojos y suelto un suspiro largo.
El heredero de Noruega ha conseguido algo que nadie había logrado antes: descolocarme por completo. Y lo peor es que una parte de mí, una parte traicionera y recién descubierta, ya está deseando que cumpla su promesa.
Nos volveremos a ver.
