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Capítulo 1: El Despido**

Carlos empujó la puerta de entrada con el hombro, sintiendo que el mundo se le venía encima. Eran poco más de las seis de la tarde en su casa de dos pisos en un barrio tranquilo de Guayaquil. El calor húmedo típico de la ciudad se colaba incluso con el aire acondicionado encendido. Dejó caer el maletín en el suelo y se aflojó la corbata como si le estuviera estrangulando.
—¡Anastasia! —llamó con voz ronca.
Escuchó el repiqueteo de tacones altos bajando por las escaleras. Anastasia Lux apareció ante él como una visión. Tenía 32 años y un cuerpo que parecía diseñado para volver locos a los hombres: 1.70 de estatura, cintura de avispa, caderas anchas, un culo grande, redondo y firme que se balanceaba con cada paso, y sobre todo, unas tetas enormes, naturales, pesadas, que amenazaban con reventar la blusa blanca ajustada que llevaba puesta. Su cabello castaño oscuro caía en ondas perfectas sobre sus hombros, y sus labios carnosos pintados de rojo contrastaban con sus ojos verdes penetrantes.
—¿Por qué llegas tan temprano? —preguntó ella, cruzándose de brazos. Ese gesto solo hizo que sus pechos se elevaran y presionaran más contra la tela, marcando claramente los pezones.
Carlos se dejó caer pesadamente en el sofá de la sala.
—Me despidieron —dijo sin preámbulos.
El silencio que siguió fue denso, incómodo. Anastasia parpadeó un par de veces, procesando la noticia. Luego se sentó frente a él, cruzando las piernas. La falda corta se subió por sus muslos gruesos y bronceados.
—¿Cómo que te despidieron, Carlos? Llevabas ocho años en esa constructora.
—Reducción de personal. Crisis económica, dijeron. Me dieron indemnización de dos meses y… nada más.
Anastasia se pasó una mano por la cara, visiblemente molesta.
—Tenemos la hipoteca, el crédito del carro, los gastos de la casa, la tarjeta… ¿Qué vamos a hacer ahora?
—Voy a buscar trabajo inmediatamente. Mañana mismo empiezo a moverme. Algo tiene que salir —respondió él, intentando sonar seguro, aunque por dentro se sentía destruido.
Esa noche la cena fue tensa. Anastasia apenas probó bocado. Carlos intentó acercarse a ella después, en la habitación. Le acarició la espalda desnuda, bajó la mano hasta ese culo espectacular que tanto le gustaba y apretó. Anastasia se apartó con un suspiro.
—Hoy no, Carlos. No estoy de humor. Con todo esto… no.
Se acostaron de espaldas, cada uno en su lado. Carlos no pudo dormir. Miraba el techo oscuro pensando en cómo había fallado como hombre de la casa. Anastasia, por su parte, tampoco conciliaba el sueño. Su mente daba vueltas. El estrés financiero la estaba consumiendo. Siempre había disfrutado de una vida cómoda: ropa bonita, salón de belleza, gimnasio. Ahora todo eso peligraba.
Los siguientes días fueron un infierno para Carlos. Se levantaba temprano, se ponía traje y salía a dejar currículos, iba a entrevistas que terminaban en promesas vacías. “Necesitamos alguien con más experiencia reciente”, “El sueldo que buscas es muy alto para la posición”, “Estamos congelando contrataciones”. Cada rechazo erosionaba un poco más su autoestima.
Mientras tanto, Anastasia se quedaba en casa. Al principio intentaba apoyarlo, pero la frustración crecía. Una tarde soleada, mientras tomaba el sol en el patio trasero usando un bikini rojo diminuto que apenas contenía sus enormes tetas y marcaba su culo en forma de corazón, el vecino de al lado se asomó por la cerca.
Tyrone.
Era un hombre negro imponente: casi 1.95 metros, cabeza rapada, barba bien cuidada, hombros anchos y brazos musculosos cubiertos de tatuajes. Llevaba una camiseta ajustada que resaltaba su pecho y abdomen definido. Se había mudado al barrio hacía unos meses y parecía tener dinero de sobra gracias a sus negocios de importación.
—Vecina, ¿todo bien? Te he visto con cara de preocupación estos días —dijo con esa voz grave y profunda, sonriendo de forma confiada mientras sus ojos recorrían sin vergüenza el cuerpo semidesnudo de Anastasia.
Ella se incorporó, consciente de cómo sus tetas se movían pesadamente. El bikini apenas cubría sus pezones.
—Problemas en casa… Carlos perdió el trabajo —respondió ella, ajustándose un poco la parte de arriba.
Tyrone asintió lentamente, sin dejar de mirarla.
—Qué lástima. Una mujer como tú no debería pasar estrés por dinero. Si necesitas ayuda… cualquier tipo de ayuda… solo avísame. Soy un buen vecino.
La forma en que lo dijo, con esa mirada hambrienta fija en sus pechos y caderas, provocó un calor inesperado entre las piernas de Anastasia. Se despidió rápido y entró a la casa, pero no pudo quitarse de la cabeza la imagen del vecino ni el bulto notable que había visto en su short de gimnasia.
Pasaron dos semanas. Los ahorros se esfumaban rápidamente. Carlos seguía sin empleo estable. Anastasia empezó a hablar más seguido con Tyrone por encima de la cerca. Una tarde calurosa, él la invitó a pasar a su casa “para conversar más cómodamente y tomar algo fresco”.
Anastasia dudó, pero terminó aceptando. La casa de Tyrone era moderna, lujosa, con aire acondicionado potente y muebles caros. Le sirvió una copa de vino blanco. Hablaron de los problemas económicos. Entonces Tyrone fue directo al grano:
—Anastasia, eres una mujer increíblemente sexy. No mereces sufrir por culpa de un marido que no puede mantenerte. Yo puedo darte dinero… bastante dinero. A cambio, solo tendrías que ser amable conmigo de vez en cuando.
Ella se rio nerviosamente, sintiendo que sus mejillas ardían.
—Estás loco. Estoy casada.
—Casada con alguien que ya no cumple su rol —replicó Tyrone, acercándose más. Su presencia era abrumadora—. Piénsalo. Nadie tiene por qué enterarse.
Anastasia salió de allí con el corazón acelerado y las bragas húmedas. Esa noche, Carlos intentó tener sexo con ella otra vez. La penetró torpemente y se corrió en menos de dos minutos, dejando a Anastasia completamente insatisfecha. Mientras él dormía, ella se masturbó en silencio pensando en la oferta de Tyrone y en esa entrepierna que prometía mucho más.
Tres días después, la desesperación y la curiosidad pudieron más.
Le dijo a Carlos que iba a “buscar soluciones” y cruzó el patio hacia la casa de Tyrone. Llevaba un vestido corto, escotado, sin sostén y sin bragas.
Cuando la puerta se cerró, Tyrone la miró como un depredador.
—Sabía que vendrías, mamita.
La empujó contra la pared y la besó con fuerza, metiendo su lengua en su boca. Sus manos grandes apretaron sus tetas enormes por encima del vestido, pellizcando los pezones. Subió la tela y descubrió que estaba completamente depilada y mojada.
—Joder… ya venías preparada —gruñó.
La cargó hasta el sofá, le abrió las piernas y atacó su coño con la lengua, lamiendo y chupando su clítoris hinchado. Anastasia gemía alto, agarrándole la cabeza. Cuando Tyrone se bajó los pantalones, ella se quedó sin aliento.
Su polla era monstruosa: gruesa como su muñeca, venosa, negra y fácilmente 24-25 centímetros de pura carne dura y palpitante.
—No puede ser… eso es demasiado grande… —susurró asustada y excitada.
—Va a caber todo, Anastasia. Y vas a rogar por más.
La penetró despacio al principio, abriéndola centímetro a centímetro. Anastasia gritó de placer mezclado con dolor mientras su coño se estiraba al límite. Cuando Tyrone estuvo completamente enterrado, empezó a follarla con embestidas potentes, golpeando su cervix con cada thrust. Sus tetas rebotaban violentamente.
—¡Dios! ¡Me estás partiendo! ¡Es enorme! —gritaba ella.
La folló sin piedad durante casi una hora: en misionero, perrito (apretando su culo grande), y finalmente la sentó encima para que lo montara como una puta desesperada. Anastasia se corrió cuatro veces, algo que nunca había logrado con Carlos. Al final, Tyrone rugió y descargó chorros espesos y calientes de semen negro dentro de su útero.
Cuando Anastasia regresó a casa, caminaba con dificultad. Su coño estaba hinchado, rojo y chorreando semen. En su bolso llevaba 400 dólares en efectivo.
Carlos estaba en la sala, esperando noticias.
—¿Cómo te fue? ¿Encontraste algo? —preguntó esperanzado.
Anastasia lo miró con una expresión nueva: una mezcla de lujuria, culpa y superioridad.
—Algo encontré… —respondió, sonriendo levemente mientras sentía cómo la leche de Tyrone seguía escapando de su interior.

