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IRSE

Summary:

Evan Buckley estaba cansado.
Cansado de tener que demostrar que era digno de confianza, cansado de que nadie escuchará sus palabras, cansado de nunca ser suficiente.

Así que huye hacia las únicas personas que no lo rechazarían, huye a un lugar que es conocido por ser... Paradisíaco.

Después de todo, su comandante nunca miente, y menos a él.

Notes:

¡Buenas, Buenas! Espero que todos estén bien, espero que disfruten este nuevo fanfic...

Debo confesar que es uno de mis fanfic más viejos y uno de los que más correcciones en cuanto escritura tuvo. (Todavía tendrá errores ortográficos y/o gramáticos)

 

Desde ya, espero que les guste.

 

También está en Wattpad (claramente bajo el mismo nombre) bajo el usuario: Aria-Martinez.

 

¡Adiós!

Chapter 1: Capítulo 1

Chapter Text

Una jaula.

Eso era su loft. Paredes de vidrio que le permitían ver un mundo al que ya no sentía que pertenecía. Su vida, su familia, sus supuestos lazos de sangre... todo se sentía como barrotes invisibles.

Evan Buckley no era la persona irracional que todos creían. Quizás, irónicamente, era el hombre más perspicaz que muchos conocerían jamás; simplemente tenía razones de peso para llevar esa máscara de "Golden Retriever" impulsivo. Había aprendido desde muy joven, y de la forma más cruel, que la confianza no es un regalo, sino una vulnerabilidad.

"La confianza no es algo que puedas entregar tan fácilmente, cachorro".

Esa voz, áspera y cargada de una autoridad que él respetaba más que a la de cualquier capitán de estación, resonó en su memoria.

¿Por qué no había seguido ese consejo? ¿Por qué se dejó seducir por las sonrisas fáciles y las promesas de "somos una familia"? Se sentía débil. Se sentía estúpido por haber vuelto a confiar en Maddie después de que ella lo abandonara una vez. Se sentía patético por haber proyectado una fantasía de hogar donde solo había expectativas que él nunca lograba cumplir.

La desesperación y la ansiedad estaban tiñendo su visión de negro. Estaba solo. De nuevo.

El silencio sepulcral de su loft fue interrumpido por la vibración de su celular sobre la mesa de centro. Miró la pantalla. Número desconocido.

Buck exhaló un aire que no sabía que estaba reteniendo y contestó.

—¿Cachorro? —Buck no había escuchado esa voz en años. Un escalofrío recorrió su columna, pero no fue de miedo, sino de alivio.

—Comandante... —Buck dejó escapar un sonido que fue mitad sollozo, mitad suspiro—. ¿Puedo ir con usted? Por favor.

Sabía que era una decisión impulsiva, pero ya no aguantaba las paredes blancas, las llamadas perdidas de Maddie, ni las miradas de lástima de Bobby. Quería ser libre de la sombra de lo que "Buck" se suponía que debía ser.

—Toma el primer vuelo de Los Ángeles a Honolulu. Creo que hay uno mañana por la noche —la voz al otro lado era firme, un ancla en su tormenta—. Aprovecha el tiempo y despídete, Evan. Es lo correcto.

Buck asintió mecánicamente, aunque el otro no pudiera verlo. El Comandante seguía siendo su brújula moral.

—Nos vemos en unas horas, cachorro.

—Gracias... —susurró Buck antes de que la línea se cortara.

Ahora venía la parte difícil. ¿Valía la pena decir adiós?

Lo pensó durante toda la noche, viendo cómo las luces de la ciudad se reflejaban en el suelo de madera. Evaluó los pros y los contras, pesó su amor por la 118 contra el dolor que sentía en el pecho.

Y aunque le desgarrara el alma, Buck decidió que no les debía una explicación. No quería escuchar sermones, ni exigencias, ni que le dijeran que estaba "pasando por una fase". Pero había una excepción. Una persona que era el centro de su universo y de la cual no podía simplemente desaparecer.

Christopher.

Manejó hasta la escuela del niño con el corazón en la garganta, rogando internamente que Eddie no lo hubiera borrado de la lista de contactos de emergencia. Cuando llegó, los alumnos ya estaban en clase. Se acercó al mostrador de la entrada, forzando una sonrisa que no llegó a sus ojos.

—¡Señor Buckley! Hace tiempo que no lo veíamos por aquí —lo saludó el portero con amabilidad.

—Estoy bien, gracias. ¿Se encuentra la directora? Necesito hablar con ella un momento.

—Claro, ya conoce el camino. Pase.

Cada paso por los pasillos decorados con dibujos infantiles se sentía como caminar sobre brasas. Buck amaba a Christopher más que a su propia vida, y dejarlo era la decisión más difícil que había tomado jamás. Al llegar a la rectoría, tocó dos veces.

—¡Señor Buckley! Qué sorpresa —dijo la directora al verlo entrar.

—Es un gusto verla, directora —respondió él, sentándose en el borde de la silla.

—El señor Díaz no mencionó que vendría usted hoy... —comentó ella, arqueando una ceja.

Buck hizo una mueca de dolor que intentó ocultar.

—Él no sabe que estoy aquí. En realidad, vengo a pedirle un favor personal. Debo realizar un viaje largo por motivos de... trabajo. Posiblemente se extienda meses. Como no he podido ver a Christopher últimamente, ¿sería posible despedirme de él? Solo cinco minutos.

La mujer lo analizó. Conocía el historial de Buck, sabía que él era la figura más constante en la vida del niño después de Eddie. Asintió suavemente.

—Haré que la señorita Clark lo traiga a la oficina.

—Gracias —Buck suspiró, pero antes de que ella saliera, se aclaró la garganta—. Una cosa más... ¿las mensualidades están al día?

La directora suspiró, hojeando una carpeta sobre su escritorio con gesto de pesar.

—Sinceramente, el señor Díaz tiene dos meses de atraso. Si no se pone al corriente pronto, me temo que tendremos que retirar a Christopher del programa especializado.

El corazón de Buck se apretó. Sabía que Eddie estaba luchando, que el orgullo le impedía pedir ayuda. Pero Christopher no podía pagar el precio de ese orgullo.

—Lo pagaré yo. Ahora mismo. —Buck sacó su teléfono—. Envíeme los datos bancarios. Haré una transferencia por el semestre completo.

—Señor Buckley, eso es mucha responsabilidad...

—Directora... amo a ese niño como si fuera mi propio hijo. Haría cualquier cosa por él —dijo Buck con una firmeza que sorprendió a la mujer—. Si Edmundo vuelve a retrasarse, no le diga nada a él. Envíeme la factura a mí. Siempre.

Afortunadamente, el fondo fiduciario que sus padres habían creado para "limpiar su conciencia" y sus inversiones inteligentes le permitían este lujo. Era el único uso que quería darle a ese dinero: asegurar el futuro de Chris.

Unos minutos después, un golpe suave en la puerta hizo que Buck se pusiera en pie de un salto.

—Señora directora, aquí está el alumno Díaz.

—¡Bucky! —el grito de alegría de Christopher rompió la última defensa de Buck.

El niño corrió hacia él y Buck lo levantó en vilo, sintiendo cómo Chris se aferraba a su cuello como un pequeño koala. Buck escondió el rostro en el hombro del niño, aspirando el aroma a tiza y jabón.

—¡Hola, Superman! —logró decir con la voz rota.

—Pensé que te habías olvidado de mí —murmuró Chris contra su oído, y el tono de tristeza en su voz fue como un puñal—. ¿Por qué no vienes a casa? ¿Hice algo malo?

—No, no, jamás —Buck lo apretó más fuerte—. Tú eres el niño más increíble del mundo, Chris. Tu papá y yo... hemos tenido algunos desacuerdos, eso es todo. Él está enojado conmigo, pero no es tu culpa. Por favor, prométeme que no te portarás mal con él, ¿sí?

Christopher asintió, aunque sus ojitos ya estaban empañados.

—Chris, tengo que decirte algo importante. Me voy a ir por un tiempo. Un amigo necesita mi ayuda con urgencia y tengo que viajar a verlo.

—¿Vas a ayudar a personas, Bucky? —preguntó el niño, tratando de ser valiente.

—Algo así —mintió Buck. No podía decirle que se iba porque se sentía vacío, porque si se quedaba un día más en L.A., temía que no quedaría nada de él para rescatar—. No será para siempre.

—¿Volverás conmigo? —susurró Chris, aferrándose a su camiseta.
Buck dejó escapar un sollozo que ya no pudo contener.

—Siempre.

El eco de la cinta adhesiva rasgando el aire era el único sonido que habitaba el loft. Buck nunca se había dado cuenta de lo ruidoso que era el silencio hasta que decidió que ya no quería formar parte de él.

​Sobre la isla de la cocina, donde alguna vez hubo risas, cervezas compartidas y planes de cenas que nunca terminaban a tiempo, ahora solo había tres cajas de cartón. Eran pocas para un hombre de treinta años, pero Buck se dio cuenta de que la mayor parte de su vida en L.A. no le pertenecía a él, sino a la idea que los demás tenían de él.

​Tomó el cuadro que Christopher le había pintado hacía meses —un borrón de colores azul y amarillo que se suponía era el mar— y lo envolvió en papel de burbujas con una delicadeza casi religiosa.

​—Esto es lo único que importa —susurró para sí mismo, sintiendo el nudo en la garganta apretarse de nuevo.

​Abrió el cajón de la mesita de noche. Allí estaba el testamento de Eddie, el documento que lo nombraba tutor de Chris. Sus dedos rozaron el papel amarillento. Por un segundo, la tentación de llamarlo, de gritarle que se estaba hundiendo y que necesitaba que lo rescataran, casi lo vence. Pero luego recordó la mirada de Eddie la última vez que discutieron: una mezcla de agotamiento y decepción que le dolió más que el camión de bomberos aplastándole la pierna.

​No puedo ser tu salvavidas si yo mismo me estoy ahogando, Eddie, pensó con amargura.

​Metió el documento en una carpeta junto a su pasaporte. No se lo llevaría para reclamar nada, sino para recordar que alguna vez alguien confió en él lo suficiente como para entregarle lo más preciado que tenía.

​Cerró la última maleta. Miró su uniforme del LAFD doblado sobre el sofá, con el parche de "Buckley" brillando bajo la luz mortecina de las lámparas. No se lo llevaría. Ese nombre, ese hombre que intentaba desesperadamente salvar a todos para salvarse a sí mismo, se quedaba en este piso.

​Caminó hacia la puerta, pero antes de apagar la luz, dejó la llave de repuesto de la casa de Eddie sobre el mostrador. Brillaba, solitaria y fría.

​Buck no dio un paso atrás. Apagó el interruptor y, por primera vez en años, dejó que la oscuridad lo envolviera por completo. Ya no le tenía miedo.

El Aeropuerto Internacional de Los Ángeles (LAX) era un caos de voces, anuncios por megafonía y el chirrido constante de maletas sobre el suelo de granito. Buck, sin embargo, se sentía en una burbuja. Llevaba su mochila al hombro y una sola maleta; el resto de su vida se había quedado encerrado en cuatro paredes de cristal que ya no le pertenecían.

Se detuvo frente al gran ventanal de la terminal internacional. Afuera, el horizonte de Los Ángeles se teñía de un naranja eléctrico y violeta, ese atardecer californiano que tantas veces había contemplado desde la parte trasera de la autobomba.

—Ya no puedo más —susurró contra el cristal, sintiendo el frío de la superficie en la yema de sus dedos.

No era odio lo que sentía por la ciudad, ni siquiera por Bobby o por Maddie. Era cansancio. Un cansancio que se le había metido en los huesos, una fatiga de ser siempre el que se queda atrás, el que espera, el que se rompe para que los demás sigan enteros.

Miró su reflejo en el vidrio. Se veía pálido, con ojeras que ninguna cantidad de café podría borrar. Por un segundo, el pánico lo asaltó: ¿Qué estoy haciendo? ¿A dónde voy? Pero entonces, recordó la voz del Comandante. Recordó que, por primera vez en años, alguien le había ofrecido una salida sin condiciones, sin juicios, sin pedirle que fuera el "héroe" de la historia.

No se iba para siempre. No era un adiós definitivo a Christopher, ni siquiera a Eddie, aunque el dolor de dejarlo se sintiera como una costilla rota. Se iba porque necesitaba aprender a existir sin el uniforme, sin la aprobación de una hermana que lo asfixiaba con su culpa y sin el peso de un amor que no sabía cómo reclamar.

"Necesito aire", pensó, cerrando los ojos mientras inhalaba el olor aséptico del aeropuerto.

En L.A., el aire estaba denso, cargado de humo, de expectativas y de recuerdos de sangre sobre el asfalto. En Honolulu, esperaba que el aire oliera a sal y a nuevas oportunidades. No se iba para huir de sus problemas; se iba para recuperar los pulmones que la 118 le había llenado de humo.

—Pasajeros del vuelo 422 con destino a Honolulu, por favor inicien el abordaje por la puerta 15 —anunció una voz mecánica.

Buck no miró atrás. No sacó el teléfono para ver si Eddie le había enviado un mensaje o si Maddie lo había llamado. Sabía que si miraba la pantalla, el hilo que aún lo unía a esa ciudad se tensaría hasta cortarlo.

Caminó hacia la puerta de embarque con el paso firme. Al cruzar el umbral del túnel hacia el avión, sintió que el peso en su pecho cedía un milímetro.

Por fin, después de toda una vida intentando encajar en los moldes de otros, Evan Buckley iba a buscar el suyo.