Chapter Text
La tormenta en las Highlands escocesas no era una simple precipitación; era un vendaval de proporciones épicas. El viento aullaba entre los riscos con el tono de un oboe desafinado, y la lluvia golpeaba el parabrisas del Austin Healey alquilado con la fuerza de un puñado de canicas. En mitad de un páramo negro como la boca de un lobo, el motor emitió un estertor que sonó exactamente como un "¡ay de mí!" y se apagó, dejando paso a un silencio solo interrumpido por el siseo del vapor escapando del capó.
—Bueno, Illya, viejo amigo —anunció Slate, su acento cockney arrastrando las vocales con esa ligereza indestructible tan propia de él—. Mira el lado positivo. El motor ya no hace ese ruido tan molesto que te provocaba dolor de cabeza. Ahora solo somos nosotros, el romanticismo de la noche escocesa y una probabilidad del cien por cien de contraer una pulmonía doble antes del amanecer. ¿Qué te parece el panorama?
Illya Kuryakin, sentado en el asiento del copiloto con los brazos cruzados y la barbilla hundida en su sempiterno suéter negro, no se movió. Solo sus grandes ojos azules giraron lentamente hacia Slate, destilando una intensidad gélida que habría hecho temblar a un operativo de THRUSH, pero que en Mark, tras años de conocer al ruso, solo provocó una sonrisa ladeada.
—El parabrisas tiene goteras y el interior está empapado, el distribuidor está inundado porque insististe en cruzar lo que llamaste "un riachuelo pintoresco", que resultó ser un afluente del Lago Ness, estamos a veintidós millas de la casa segura en Inverness y tengo hambre. ¿Tú qué crees que me parece? —declaró Illya. Su tono era plano y cortante, destilando un enfado que amenazaba con estallar—. Y te recuerdo, Mark, que tú insististe en tomar este desvío porque, según tus impecables fuentes en los muelles de Southampton, la ruta principal estaba anegada.
—Bueno, anegada es una palabra un poco fuerte... digamos que tenía demasiados charcos —Slate bajó del auto, sosteniendo un paraguas que una ráfaga violenta transformó de inmediato en un embudo inútil—. ¡Vaya por Dios! El invento británico ha vuelto a fallar. Pero mira, Illya. Allá arriba, en la colina. Si mis ojos no me engañan debido a la inanición, eso es una chimenea humeante.
Illya entrecerró los ojos a través del cristal. Recortada contra los relámpagos, se alzaba una mansión de piedra oscura, con un aspecto tan tétrico que parecía sacada de una pesadilla gótica. El viento hacía bailar las pocas cortinas que se adivinaban tras los vidrios, pero el humo que se elevaba perezoso de la chimenea prometía algo que el espía ruso no podía rechazar en ese instante: calor.
El ruso exhaló un suspiro dramático, metió la mano en su abrigo para asegurarse de que su comunicador de bolígrafo seguía seco en el bolsillo interno y abrió la portezuela.
—Bien, pongámonos en marcha, pero te advierto que si atrapo un cuadro de neumonía, tú le vas a explicar a Waverly por qué no podré escoltar la semana entrante a su esposa en su viaje anual a Londres para visitar a su familia. Muévete, Mark.
El sendero hacia la casa estaba flanqueado por árboles retorcidos cuyas ramas parecían garras que intentaban atraparlos. Al llegar al porche de madera crujiente, Slate golpeó el pesado llamador de bronce. Para su sorpresa, la puerta se abrió de inmediato con un chirrido que habría complacido al mismísimo conde Drácula.
Al otro lado aparecieron dos ancianas, las hermanas Abernathy. La mayor de ellas, Margaret, era alta y delgada, y portaba unos anteojos cuyos cristales eran tan gruesos que sus ojos parecían dos aceitunas flotando en martinis; y la segunda, Mildred, era la hermana menor, una mujer bajita y redonda con mejillas sonrosadas y amplia sonrisa que emitía un constante y alegre cacareo, como una gallina que acaba de descubrir el escondite secreto de una deliciosa lombriz.
