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Eternally Yours

Summary:

Jamil Viper aprendió a amar a Kalim Al-Asim antes de aprender a odiarlo.

Desde niños compartieron risas, secretos y promesas que el mundo se encargó de romper una por una.
Sirviente y amo. Sombra y sol. Cadenas disfrazadas de amistad. Este es el relato de cómo el amor se pudrió en envidia, de cómo la envidia explotó en tinta negra y sangre, y de cómo, incluso después de que Jamil intentara matarlo y Kalim lo perdonara con los brazos abiertos, ninguno de los dos pudo soltarse.

Porque a veces la eternidad no es un regalo… es una condena que ambos eligieron.

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Chapter 1: Cicatriz Esclavizada

Chapter Text

Jamil Viper tenía 4 años cuando conoció a Kalim Al-Asim.

En la Tierra de las Arenas Abrasadoras, cuando el cielo arriba de él era de un color tan rojo que parecía sangrar sobre el desierto. Uno que ni extendiendo sus pequeñas manos creía poder alcanzar. Abierto, miró arder el atardecer. Se esfumó como fuego férvido; quemó las esquinas, ocultó los jazmines y derramó sombras largas. Apagándose poco a poco, hasta perderse entre las nubes. Esa tarde elevó grandes cantidades de arena debido a la fuerte ventisca que hubo. Pequeñas pizcas de ésta quedaron adheridas en la piel de Jamil, haciéndola brillar. Cada sacudida del carruaje las hacia caerse con suavidad de los brazos, los pies y del rostro del niño.

En el pleno desierto, donde todo a su alrededor permanecía en calor fundiéndose contra su cuerpo, era costumbre estar impregnado del polvo dorado, soportar las altas temperaturas y cautivarse por la eterna despedida del sol que reflejaban brasas en los ojos de quien lo viera.

Para el pequeño niño, llamado Jamil. El atardecer era la pintura más hermosa que podía verse pintada en toda Silk City. Más refrescante que un manantial en temporada de sequía, más apasionada que los fuegos artificiales. Por eso nunca olvidará los intensos trazos de color en el cielo que vio pintados aquel día.

Peinó su cabello corto con nerviosismo, anticipado cual gaviota en los aires sin freno porque estaba a punto de conocer al amo al que le dedicaría el resto de sus días.

Aún no entendía bien lo que eso significaba del todo.

Para Jamil, era un poco difícil asimilarlo. Claro que, siendo apenas un niño recién brotado de entre las flores, educado desde su llegada al mundo para servir, atenerse al destino de sus antepasados, sabía lo que le esperaría. Él no recuerda ningún otro momento en que sus padres no le hayan enseñado la obediencia, la dedicación y a siempre esforzarse en cumplir con sus labores. Lo que él cree que es resultado de que haya sido un niño mucho más independiente que el resto.

Sin embargo, Jamil aun carecía de habilidades. A su corta edad era entendible que aún no supiera hacer varias cosas. Tales como cocinar, la instrucción o el arte del combate cuerpo a cuerpo.

Sus padres siempre le dijeron que no se preocupara, a medida que creciera podría aprender todas esas cosas y hacerlas parte de sí mismo. Él les creyó.

Su primera y única principal labor, era siempre estar a lado del Hijo heredero de Al-Asim. Le dijeron por última vez antes de subirlo al carruaje. Jamil pensó que aquello no sonaba tan difícil de cumplir, el niño tenía su edad y estaba seguro que solo debía prestarse para siempre jugar con él, acompañarlo y cumplir sus caprichos lo máximo que pudiera.

El pequeño Jamil nunca pensó que esa labor algún día iba a ser la causa por la que otro atardecer fuera perdiendo intensidad ante sus ojos.
....

 

El carruaje se detuvo con un último traqueteo.

La puerta se abrió, sirvientes con librea dorada la abrieron desde fuera, y el calor del patio golpeó a Jamil como una segunda piel. La mansión Asim se alzaba delante de él, inmensa, imposible: columnas blancas que parecían huesos de gigantes, fuentes que cantaban aunque no corriera una gota de brisa, y cientos de lámparas de cristal que ya empezaban a encenderse contra la tarde que moría. El olor era dulce y pesado: jazmín, cardamomo, oro fundido y algo más que Jamil no sabía nombrar todavía. Poder, quizá.

Su padre lo tomó de la mano y lo bajó del escalón.

«Cabeza alta, hombros rectos. ¿No queremos causar una primera mala impresión, ¿verdad Jamil? »

Jamil asintió. Las palabras secaron su boca y sin saberlo, sus pequeñas manos comenzaron a sudar.

Los guiaron por un pasillo abierto al cielo. A ambos lados, palmeras en macetas de cobre susurraban como si apenas las oyera el viento. Los pasos de sus sandalias resonaban demasiado fuerte. Delante, su madre llevaba el regalo ceremonial: una cajita de madera de sándalo con incrustaciones de nácar. Dentro, un pequeño brazalete de oro y rubíes. El primero que algún día reconocería perfectamente.

Llegaron a un salón sin techo, rodeado de arcos. El suelo era un mosaico de estrellas y serpientes entrelazadas. En el centro, sobre cojines de seda carmesí, estaba él. Kalim Al-Asim tenía cuatro años y parecía hecho de luz.

Vestía de blanco y oro, el cabello plateado bajo la última claridad del sol, los ojos rojos como el cielo que se apagaba. Estaba sentado, pero no quieto: balanceaba las piernas, jugaba con un hilo suelto del cojín, y reía por algo que le había dicho uno de sus hermanos menores. Cuando vio llegar a los Viper, se puso de pie de un salto.

—¡Papá, papá! ¡Ya llegaron! —gritó, como si fuera su cumpleaños y le hubieran traído el regalo más esperado. El señor Asim, un hombre ancho y risueño, levantó la mano para calmarlo.

—Kalim, modales. Ven aquí.

Pero Kalim ya corría.

Corrió descalzo sobre el mosaico, esquivando a sirvientes y primos, hasta detenerse a medio metro de Jamil. Frenó tan de golpe que la arena de sus propios piececitos saltó y le salpicó las sandalias a Jamil. Se miraron. Los carmesís iris llenos de asombro se deleitaron contra los temerosos grises.

Kalim lo observó de arriba abajo, curioso, sin pizca de timidez.

Jamil sintió que le quemaban las mejillas. Nadie lo había mirado nunca así: como si fuera algo interesante, digno de ser contemplado, no un sirviente más.

—¿Tú eres Jamil? —preguntó Kalim con voz alta y clara, como el agua de manantial.

Jamil tragó saliva. Asintió. Kalim sonrió. Una sonrisa que parecía el sol entero metido en una cara pequeña.

—¡Hola, Jamil! ¡Yo soy Kalim! —Extendió la mano, abierta, sin protocolo, sin reverencia—. ¡Seremos los mejores amigos, ¿verdad?!

Jamil miró esa manita llena de pulseras tintineantes.

Miró a sus padres, que asentían apenas.

Se enfocó de nuevo en Kalim, que seguía esperando con la palma hacia arriba, como si el mundo entero cupiera ahí.
Y entonces, por primera vez en su vida, Jamil tomó la mano de alguien sin que se lo ordenaran.

—…Hola, Kalim —susurró, voz tan baja que casi se perdió entre las fuentes.

Kalim apretó fuerte, feliz, como quien encuentra un tesoro que no sabía que buscaba.

Pareciera que el armonioso Sol conoció a la silenciosa Luna y quedó encantado con ella. Queriendo llenarla de calidez para siempre tenerla feliz.

La Luna, sin ninguna pizca de oscuridad al principio, estaba deslumbrada por el amor del sol.

Pero, no esperaría que el calor que emanara comenzara quemarle, como quien no sabe donde más mirar para no quedarse ciego.

En ese instante, sin que ninguno de los dos lo supiera todavía,
el desierto dejó que ambos escribieran su primer encuentro, como el día en que dos almas distintas fueron entrelazadas.
....

 

Los imponentes muros ahora parecían murallas de un castillo, alzados y protectores rodeados de una gélida brisa que hacía agitar el cabello de ambos niños. Sus sandalias resonando en el piso mientras corrían, la risa de Kalim alumbrando su camino ruidosamente. La mente de Jamil estaba confusa, aún sin saber a donde lo llevaba el otro niño. Kalim lo había arrastrado de la mano diciéndole que tenía algo que enseñarle y antes de poder reaccionar, terminó siendo llevado por un sonriente Kalim. Tomado de su mano.

A este punto, Jamil sólo podía sentir la suavidad con la que sujetaba la mano de Kalim. Se preguntaba, cómo este niño podía sentir tanta alegría.

Al pasar por una fuente, Kalim volteó a mirarlo. Con ojitos enchinados por su sonrisa, admiró la confusión de Jamil. No había conocido a un niño que tuviera una belleza cómo la de él. Le recordaba mucho a las princesas de terso cabello. Escapado de los cuentos que leía antes de dormir.

"¿Kalim, que hacemos aquí?"

Estaban en el centro del patio, a su alrededor los escondía el gran jardín con hermosos jazmines y rosas. Kalim se inclinó sobre el tierno pasto, recolectando las piezas de un juego que había olvidado a media partida. Uno que Jamil nunca había visto y por ende, desconocía.

En su casa, tenían muy pocos juegos de mesa. Solo los más populares y eso porque habían sido regalos de navidad de años pasados. Si bien, le hacía sentir en desventaja no saber las reglas de este nuevo juego, esperó pacientemente a que Kalim terminara de acomodar las piezas para oír su explicación.

Kalim le dedicó una mirada y no tardó mucho para empezar a parlotear con intensidad.

"Este juego se llama Kasuf, lo único que tienes que hacer es atinar las canicas en los huecos. Si cae en donde tiene el dibujo de música, tienes que bailar. Todos los símbolos significan lo contrario ¡Eso es lo que lo hace divertido!"

Con su pequeña mano, el niño Al Asim le señalaba lo que significaba cada símbolo. Jamil prestó atención con ojos atentos, siguiendo el canto del sol y emocionandose un poco por iniciar una partida.

"Pero, ¿y si la canica no cae en ningun lugar?" preguntó curioso Jamil.

"¡Allí es donde entran los deseos! el juego tiene estas cartas. Cada una es un deseo. Cuando tu canica no se adentre a un espacio debes tomar una carta. El deseo que agarres puede ayudarte a acumular los puntos que perdiste o quitartelos. También, puede darte una ventaja para ganar, cosas asi como quitarme el turno o darte mis puntos." Dijo sonriente Kalim

"Creo que ya lo entiendo. Entonces si no estoy mal, ¿gana quien recolecte más puntos en el tablero y se acaben los espacios?"

"¡Sí¡ Jamil, eres tan inteligente, lo entendiste todo tan bien!"

Un pequeño rubor se acumuló en las mejillas del otro niño.

"Es muy sencillo, aunque no quisiera tener que cantar si mi canica cayera allí. ¿Empezamos?"

"¡Claro!"

La tarde se alejó poco a poco, entre tenues risas y bailes que los hizo olvidarse de la nueva oscuridad en el cielo. Quedando iluminados únicamente por la luna y los faroles que se prendieron en los jardines. Al cabo de las 8, fueron a recoger a Kalim para la cena y a Jamil lo llamaron para que se instalará en el palacio. Ambos se despidieron del otro hasta mañana, prometiendose jugar otra partida de Kasuf apenas despertarán.

A Jamil lo conducía otro sirviente a su habitación, con pasos lentos sobre una extensa alfombra roja. Mirando las columnas incrustadas de víboras que las sostenían. Así como los gigantes candelabros que alumbraban cada rincón.

A Jamil no dejaba de asombrarle la grandeza de la casa Al-Asim.

¿Alguna vez se acostumbraría a esto?

El sirviente le abrió la puerta de su habitación. Una gran cama lo esperaba en el centro, así como un armario que era dos veces más grande que el que tenía en casa. Parecía tener más espacio que el de su antigua recamara. Cortinas carmín cerraban su ventanal ocultando la luz nocturna. Uno que otro artilugio de oro que decoraba el espacio.

Jamil se quedó pasmado en su puerta. Admirando aún, todo lo que a partir de ese día, llamaría no sólo su cuarto, sino su hogar.

Antes de irse, el sirviente le explicó a Jamil que había ropa en su armario y libros (cuentos fantaseosos) que Kalim había ordenado qu trajeran a la nueva habitación de Jamil. Para que no sintiera la nueva soledad con la iba a lidiar ahora.

Ofreció su servicios por si tenía alguna duda y se retiró en silencio. Jamil no se dio cuenta cuando se fue.

Cruzó su habitación y abrió la ventana. Observando la frágil luna. Se quedó pensando en cómo estarían sus padres, su hermana. Lo nuevo y resplandeciente que se estaba volviendo su presente, como una puerta que acababa de abrir y aún lo dejaba asombrado.

Caminó descalzo, se cambió de ropa y se recostó en su cama. Las suaves sábanas lo envolvieron con demasiado calor que lo hicieron sentirse extraño. Acomodando su pequeño cuerpo, Jamil pensó, que tal vez conocer al niño radiante de Al-Asim no fue tan malo.

Y esa noche, en vez de recordar lo que había dejado atrás en su antigua casa, lo mucho que extrañaba a sus padres, decidió pensar en las grandes sonrisas que Kalim le sacó hoy con el juego que le enseñó.

El sueño llego calmado a la mente del niño. Atrapandolo en una jaula inocente y de oro que apenas se había cerrado.

Notes:

Si quieres saber la canción con la que me inspiré demasiado para este capítulo, es "Maula Mere Maula" es una belleza musical, y la traducción refleja el puro anhelo y devoción que tienen ellos conservados en sus recuerdos de la infancia. ¡Te recomiendo escucharla!

Este capítulo llevaba algo de tiempo empolvandose, ya no quiero procrastinar más este fanfic. Daré todo por reflejar lo mejor posible la dinámica Jamikali real que tanto me obsesiona. Espero hacerlo lo mejor posible.
Gracias por leer si te quedaste a todo esto, ¡Espero que te guste la angustia Jamikali! porque eso es lo que va abundar aquí.