Work Text:
Nico di Angelo se había convertido en alguien confiable.
La idea habría sido ridícula unos años atrás.
Hubo un tiempo en el que su nombre se pronunciaba en voz baja, como si pudiera invocar algo oscuro. Los campistas lo miraban de reojo cuando cruzaba el comedor, los sátiros se apartaban con una cortesía nerviosa, y hasta los hijos de Ares, que presumían no tenerle miedo a nada, evitaban molestarlo demasiado. Nico había aprendido a caminar rápido, a no ocupar espacio, a aparecer solo cuando era necesario y desaparecer antes de que alguien pudiera decidir si quería que se quedara.
Pero dos años podían cambiar muchas cosas.
Ahora, cuando Nico cruzaba el campamento, los campistas más jóvenes levantaban la mano para saludarlo. Algunos incluso corrían hacia él con preguntas sobre entrenamiento, sobre misiones, sobre monstruos, sobre si era verdad que podía viajar por las sombras hasta Italia sin marearse.
Nico solía responder con frases cortas y una cara de pocos amigos.
Por alguna razón, eso no los espantaba.
Quirón decía que era porque Nico había madurado. Hazel decía que era porque, por fin, estaba dejando que los demás vieran algo más que sus espinas. Will decía que era porque Nico tenía “energía de gato callejero adoptado”, comentario que casi hizo que Nico le arrojara una uva en la cena.
Casi.
No lo hizo porque Will le sonrió antes.
Y ese era el problema con Will Solace.
Siempre sonreía justo antes de que Nico pudiera defenderse.
—Te estás distrayendo otra vez —dijo Will.
Nico parpadeó.
Estaban sentados en una mesa lateral de la enfermería, después del almuerzo. Will había insistido en que Nico comiera ahí porque, según él, “si te dejo solo en el comedor, vas a almorzar café negro y una manzana con cara de tragedia griega”. Nico le había dicho que eso era una calumnia. Will le había respondido que no era calumnia si tenía pruebas.
Ahora, frente a Nico, había un plato con arroz, pollo, ensalada y una cantidad ofensiva de vegetales.
Nico pinchó un pedazo de brócoli con el tenedor y lo miró como si lo hubiera traicionado personalmente.
—Estoy concentrado en no cometer un crimen.
Will apoyó los codos sobre la mesa y sonrió.
—¿Contra mí o contra el brócoli?
—No hagas preguntas si no quieres respuestas honestas.
—Qué romántico eres.
Nico levantó la mirada.
Will estaba frente a él, con el cabello rubio despeinado por el calor, las mangas de la camiseta naranja arremangadas y una pequeña mancha de ungüento cerca de la muñeca. Olía a sol, a desinfectante y a algo dulce que Nico nunca terminaba de identificar. Era una mezcla extraña, pero familiar.
Segura, en teoría.
Will siempre era así. Luminoso sin intentarlo. Bueno de una forma tan natural que a veces Nico se preguntaba si no le cansaba. Cuidaba a sus hermanos menores, organizaba turnos en la enfermería, recordaba qué campistas eran alérgicos a qué plantas, sabía cuándo alguien estaba fingiendo estar bien y cuándo realmente necesitaba que lo dejaran solo.
Y, de algún modo incomprensible, quería a Nico.
No de lejos. No como una idea. No como una fantasía triste escondida en el fondo de una cabaña.
Lo quería ahí, en presente, con sus silencios, su humor seco, sus noches malas, sus huidas repentinas y su pésima relación con los horarios de comida.
Will lo quería con una certeza que a Nico todavía le parecía sospechosa.
—No me mires así —dijo Will, estirando una mano para robarle una zanahoria del plato—. Sabes que tengo razón.
—No estabas diciendo nada.
—Pero iba a tener razón igual.
Nico soltó una risa pequeña.
Fue real.
Eso era lo peor.
Con Will, muchas cosas eran reales.
La risa. La calma de algunas tardes. La gratitud cuando Will le ponía una manta sobre los hombros sin hacer preguntas. La ternura extraña que sentía cuando veía a Will quedarse dormido sentado, agotado después de curar a medio campamento. El deseo de acercarse cuando Will estaba triste. La necesidad de protegerlo, aunque Will no fuera precisamente frágil.
Nico lo quería.
Claro que lo quería.
Entonces, ¿por qué a veces sentía que algo dentro de él se cerraba cuando Will intentaba abrazarlo demasiado tiempo?
¿Por qué había días en que los besos de Will le parecían una promesa que no sabía cumplir?
¿Por qué, cuando Will lo miraba como si Nico fuera su hogar, Nico solo podía pensar que tal vez él no sabía ser el hogar de nadie?
—Estás haciendo esa cara —dijo Will, más suave.
Nico bajó el tenedor.
—¿Qué cara?
—La de cuando te vas a algún lugar de tu cabeza y no quieres que nadie te siga.
Nico intentó sonreír, pero no le salió del todo.
—Estoy aquí.
Will lo observó con atención.
No con desconfianza. Nunca con desconfianza. Eso también era parte del problema. Will lo miraba como si Nico siempre mereciera una explicación amable, incluso cuando Nico no sabía cómo darle una.
—Lo sé —respondió Will—. Solo digo que a veces estás aquí como quien está esperando permiso para irse.
Nico sintió que algo se le tensaba en el pecho.
Era una frase simple.
Demasiado simple para doler de esa forma.
Afuera, el campamento seguía vivo. Se escuchaban espadas chocando en la arena del campo de entrenamiento, risas cerca de la cabaña de Hermes, el canto desafinado de algún hijo de Apolo que probablemente estaba molestando a sus hermanos. Todo era normal. Todo estaba bien.
Nico estaba bien.
Tenía que estarlo.
—No quiero irme —dijo.
Will lo miró unos segundos.
Luego sonrió, pero fue una sonrisa más pequeña.
—Está bien.
No sonó como si le creyera.
Eso hizo que Nico se sintiera peor.
Porque Will no merecía eso. No merecía tener que adivinarlo, no merecía quedarse esperando a que Nico aprendiera a ponerle nombre a cosas que llevaba años enterrando. Will era bueno. Will era paciente. Will era exactamente el tipo de persona que Nico debería amar sin miedo.
Y Nico lo amaba.
¿Verdad?
Lo quería. Le importaba. Le gustaba que Will lo mirara como si no fuera una sombra, como si no fuera una tragedia con piernas. Le gustaba que Will recordara cómo tomaba el café, que le dejara notas absurdas en la puerta de la cabaña trece, que lo llamara “di Angelo” con esa voz cálida cuando quería molestarlo.
Le gustaba ser elegido.
Tal vez eso era amor.
Tal vez el amor no tenía que sentirse como una caída desde un precipicio. Tal vez no tenía que quemar. Tal vez no tenía que ser Percy Jackson sonriendo desde una mesa lejana, con los ojos verdes llenos de una valentía imposible, mientras todo el mundo giraba alrededor de él como si fuera inevitable.
Nico cerró los ojos un segundo.
No.
No iba a pensar en Percy.
No tenía sentido.
Percy no estaba en el campamento desde hacía meses. En realidad, casi no había estado en los últimos dos años. Iba y venía entre la universidad, Nueva Roma, su madre, misiones ocasionales y esa vida extraña que los héroes intentaban construir cuando los dioses dejaban de lanzarles profecías encima por cinco minutos.
Percy era parte de otra historia.
Una historia que Nico había cerrado.
O eso se decía cada vez que su mente traicionera pronunciaba ese nombre sin permiso.
Percy Jackson.
El héroe. El hijo de Poseidón. El chico que había sobrevivido al Tártaro. El que se había enfrentado a titanes, gigantes, dioses y monstruos con una mezcla absurda de sarcasmo y valentía. El que habría cargado el cielo, el mundo o el infierno entero si Annabeth Chase se lo hubiera pedido.
Annabeth.
Pensar en ella no dolía de la misma forma.
Annabeth era demasiado real para odiarla.
Nico nunca había podido convertirla en villana, ni siquiera cuando era más joven y más herido, ni siquiera cuando una parte horrible de él quería encontrar a alguien a quien culpar. Annabeth era inteligente, fuerte, leal. Había amado a Percy de una forma que Nico podía entender incluso sin querer entenderla. Habían sido Percy y Annabeth. Una unidad. Una leyenda. Dos nombres que parecían escritos juntos desde antes de que cualquiera de ellos supiera lo que significaba sobrevivir.
Y Nico había estado feliz por ellos.
Lo estuvo.
Al menos una parte de él.
La otra parte, la que nunca decía nada, se había quedado mirando desde lejos, preguntándose qué se sentiría ser amado así. Qué se sentiría que Percy Jackson cruzara el mundo por ti. Qué se sentiría ser el centro de esa devoción feroz, terca, casi imposible.
Después llegó Will.
Will, que no cruzaba océanos con una espada en la mano, pero sí se quedaba despierto hasta tarde revisando vendas. Will, que no prometía desafiar a los dioses, pero sí aparecía con comida cuando Nico llevaba demasiado tiempo sin comer. Will, que no era una tormenta, sino una lámpara encendida en una habitación oscura.
Y Nico debería haber sido feliz.
Tal vez lo era.
Tal vez el problema era él.
—Nico —dijo Will.
Nico abrió los ojos.
Will ya no sonreía.
—¿Pasó algo?
Nico quiso decir que no.
Era la respuesta fácil. La de siempre. La que mantenía todo en su lugar.
No pasó nada.
Estoy cansado.
No es contigo.
Pero las palabras se le quedaron atravesadas.
Porque no era con Will.
Y también lo era.
No porque Will hubiera hecho algo mal, sino porque cada gesto bueno de Will se sentía como una deuda que Nico no sabía pagar. Cada caricia cuidadosa, cada mirada paciente, cada “estoy aquí” hacía que Nico sintiera que estaba recibiendo algo demasiado limpio con manos que todavía no sabía abrir del todo.
—Solo estoy cansado —dijo al fin.
Will bajó la mirada al plato de Nico.
—No has dormido bien.
—Tú tampoco.
—Yo soy sanador. Dormir mal viene en el paquete.
—Yo soy hijo de Hades. También.
Will suspiró, pero no discutió. En lugar de eso, se levantó, rodeó la mesa y se inclinó para besarle la frente.
Fue un gesto breve. Dulce. Natural.
Nico se quedó inmóvil.
No se apartó.
Pero tampoco supo acercarse.
Will lo notó.
Claro que lo notó.
Porque Will siempre notaba todo.
Por un instante, el silencio entre ellos se volvió demasiado pesado. Nico sintió el calor de Will cerca, la mano de Will apoyada con cuidado en su hombro, la expectativa suave de alguien que no quería presionar pero tampoco sabía cómo no dolerse.
—Tengo que volver con mis hermanos —dijo Will finalmente, apartándose.
Nico asintió demasiado rápido.
—Sí. Claro.
Will tomó una bandeja con vendas limpias de la mesa cercana. Antes de salir, se detuvo en la puerta.
—Esta noche hay fogata. Ven conmigo.
No fue una orden. Tampoco una súplica.
Eso lo hizo peor.
Nico miró el plato, la ensalada intacta, el tenedor torcido entre sus dedos.
—Voy a intentar.
Will soltó una risa suave, pero cansada.
—Eso en idioma Nico significa “probablemente no iré”.
—Estoy trabajando en ser más predecible.
—No demasiado. Me gustas raro.
Nico levantó la mirada.
Will le sonrió.
Y Nico sintió cariño. Mucho cariño. Una ternura tan grande que casi le dolió.
Pero no sintió paz.
—Nos vemos luego —dijo Nico.
—Nos vemos luego.
Will se fue.
La enfermería quedó más silenciosa sin él.
Nico permaneció sentado varios minutos, mirando la puerta por donde Will había desaparecido. Debería haberse levantado. Debería haber terminado de comer. Debería haber ido a entrenar, o a hablar con Quirón, o a revisar los reportes de patrulla del bosque, porque ahora hacía ese tipo de cosas. Ahora era responsable. Ahora era útil. Ahora era alguien a quien el campamento podía buscar cuando algo salía mal.
Ahora tenía una vida.
Una buena.
Una que no olía a encierro, ni a fantasmas, ni a soledad.
Entonces, ¿por qué a veces sentía que se estaba ahogando en ella?
Nico empujó el plato.
Se levantó y salió por la puerta trasera de la enfermería, evitando el camino principal. No quería cruzarse con nadie. No quería que algún campista le preguntara si podía ayudarlo con una técnica de espada, o que Hazel apareciera con esa mirada de hermana que veía demasiado, o que Will lo encontrara otra vez y fingiera no estar preocupado.
Caminó hasta la zona más alejada del campamento, donde los árboles empezaban a cerrarse y las sombras eran más frescas.
Ahí sí pudo respirar.
Apoyó una mano en el tronco de un pino y cerró los ojos.
No estaba mal.
No estaba mal.
No estaba mal.
Se lo repitió como si fuera una oración.
Pero el problema con las mentiras era que Nico había pasado demasiado tiempo rodeado de muertos para no reconocer cuando algo ya no tenía vida.
Una rama crujió detrás de él.
Nico abrió los ojos de golpe.
—No estoy de humor —dijo, sin girarse.
—Vaya —respondió una voz conocida—. Dos años y sigues saludando como si quisieras asustar al cartero.
Nico se quedó helado.
No porque no reconociera la voz.
Sino porque la reconoció demasiado rápido.
Lentamente, se giró.
Percy Jackson estaba al borde del sendero, con una mochila colgada de un hombro, el cabello negro revuelto por el viento y esa expresión suya de cansancio disfrazado de sonrisa. Parecía más alto, aunque tal vez solo era que Nico llevaba demasiado tiempo sin verlo de cerca. Tenía la piel bronceada, una pequeña cicatriz nueva cerca de la ceja y los ojos verdes exactamente iguales a como Nico los recordaba.
Eso fue lo injusto.
Que el mundo hubiera cambiado tanto y Percy siguiera teniendo esos ojos.
Nico sintió que algo dentro de él se hundía.
Percy sonrió un poco más, inseguro esta vez.
—Hola, Nico.
Nico abrió la boca.
Durante un segundo no salió nada.
Había imaginado muchas veces que volvería a verlo. Había imaginado que sería indiferente, que sería maduro, que tal vez sonreiría con calma y le preguntaría cómo estaba Annabeth, cómo iba la universidad, cómo se sentía regresar al campamento después de tanto tiempo.
Pero no se sintió maduro.
No se sintió indiferente.
Se sintió de catorce años otra vez, furioso, asustado y desesperadamente solo, mirando a Percy Jackson como si fuera una puerta hacia algo que nunca iba a abrirse para él.
Al final, logró decir:
—Percy.
Y odió la forma en que su voz sonó.
Demasiado baja.
Demasiado sorprendida.
Demasiado viva.
Percy dio un paso hacia él.
—Quirón me dijo que estabas por aquí. Bueno, en realidad me dijo que probablemente estabas evitando a la gente por aquí.
Nico debería haber respondido algo sarcástico.
Algo frío.
Algo que pusiera distancia.
Pero Percy estaba ahí.
Después de dos años de ser una ausencia ordenada en la mente de Nico, estaba ahí, ocupando espacio, respirando, mirándolo como si Nico fuera alguien a quien había querido encontrar.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Nico.
Percy se encogió de hombros, pero su sonrisa falló un poco.
—Supongo que volver.
Nico sintió que las sombras se movían a sus pies.
Volver.
Qué palabra tan peligrosa.
Porque algunas personas regresaban al campamento como quien visita una casa antigua.
Y otras regresaban como si acabaran de abrir una herida que Nico había estado presionando con ambas manos durante años.
Percy lo miró con atención.
—¿Estás bien?
Nico casi se rió.
Era absurdo.
Era cruel.
Era exactamente lo que Percy siempre preguntaba cuando llegaba tarde a algo que no sabía que había roto.
Nico pensó en Will, en su sonrisa cansada, en la invitación a la fogata, en el beso en la frente que debería haberlo hecho sentirse amado y solo lo había dejado lleno de culpa.
Pensó en Annabeth, en Percy, en las historias que todos contaban como si algunas personas estuvieran destinadas a encontrarse.
Pensó en sí mismo, parado entre la luz de Will y el recuerdo de Percy, sin saber en cuál de las dos direcciones estaba mintiendo más.
Y entonces hizo lo único que sabía hacer cuando algo dolía demasiado.
Endureció la voz.
—Sí.
Percy no pareció creerle.
Nico odió que no le creyera.
Odió más que una parte de él quisiera que insistiera.
—Bienvenido de vuelta, Jackson —dijo Nico, y se obligó a pasar junto a él sin mirar atrás.
Percy no lo detuvo.
Eso estuvo bien.
Eso estuvo mal.
Nico caminó hacia el campamento con el corazón latiéndole demasiado fuerte, como si acabara de correr una batalla.
Atrás, entre los árboles, Percy seguía en silencio.
Y Nico entendió, con una claridad horrible, que tal vez no había estado fingiendo felicidad todo el tiempo.
Tal vez había sido feliz.
Solo que la felicidad, al lado de Percy Jackson, siempre parecía menos una casa y más una tormenta.
-
Para Percy Jackson volver al Campamento Mestizo le hizo sentir la absurda sensación de estar entrando a una casa que ya había aprendido a vivir sin él.
Era una idea injusta, probablemente. El campamento siempre había sido así: ruidoso, cambiante, lleno de hijos de dioses que iban y venían, sobrevivían misiones, crecían demasiado rápido y dejaban atrás versiones de sí mismos que nadie tenía tiempo de despedir. Pero aun sabiendo eso, Percy no pudo evitar detenerse cerca del arco de entrada, con la mochila todavía colgada de un hombro, mirando las cabañas como si estuviera comparando el presente con una fotografía vieja.
La cabaña de Hermes seguía pareciendo a punto de explotar por exceso de gente y mala gestión emocional. La de Ares tenía un grupo de campistas discutiendo a gritos sobre quién había roto una lanza, aunque Percy estaba casi seguro de que la habían roto entre todos. Cerca del campo de entrenamiento, varios semidioses más jóvenes practicaban con espadas de madera bajo la supervisión de una hija de Atenea que no debía tener más de quince años y ya gritaba órdenes como si hubiera nacido con una lista de errores ajenos en la mano.
Todo seguía igual.
Y, sin embargo, todo era distinto.
Porque Percy ya no estaba en el centro de nada.
Eso debería haberlo aliviado.
Durante años había querido exactamente eso: que el mundo dejara de girar alrededor de profecías, monstruos, dioses ofendidos y decisiones imposibles. Había querido ser solo Percy, un chico que llegaba tarde a clases, llamaba a su mamá los domingos, se quejaba de las tareas y trataba de descubrir qué significaba tener un futuro cuando tu adolescencia había sido prácticamente una colección de crisis apocalípticas.
Pero volver y descubrir que el campamento había seguido adelante sin esperarlo le produjo una incomodidad pequeña y egoísta que Percy no quiso mirar demasiado de cerca.
Quirón lo recibió con una sonrisa tranquila y un abrazo breve, de esos que parecían decir muchas cosas sin obligar a nadie a hablar de ellas.
—Es bueno verte, Percy —dijo el centauro, apoyando una mano en su hombro.
—También a ti —respondió Percy—. Sigues teniendo cara de saber algo que los demás no sabemos.
Quirón sonrió con paciencia antigua.
—La edad ayuda.
—Eso suena como algo que diría alguien que definitivamente sabe algo.
—Y tú sigues desviando las conversaciones cuando estás incómodo.
Percy abrió la boca, la cerró y luego señaló hacia el campo de entrenamiento.
—Bonitas mejoras.
Quirón no insistió. Eso era algo que Percy siempre había agradecido de él. Quirón sabía cuándo empujar y cuándo dejar que uno respirara antes de caer sobre sus propios pensamientos.
Caminaron juntos por el campamento. Quirón le habló de los cambios con una calma casi doméstica: nuevas patrullas en el bosque, ajustes en los turnos de enfermería, más campistas de paso desde Nueva Roma, entrenamientos conjuntos ocasionales, un par de sátiros nuevos, reparaciones en el anfiteatro después de un accidente con fuego griego que, según Quirón, “no había sido tan grave como parecía”, aunque Percy conocía esa frase lo suficiente como para sospechar que sí había sido grave.
Y luego, como si fuera un dato más, Quirón dijo:
—Nico ha ayudado mucho con eso.
Percy giró la cabeza.
—¿Nico?
—Sí. Ha asumido más responsabilidades en los últimos meses. Patrullas, orientación para campistas nuevos, seguimiento de misiones pequeñas. Incluso ha empezado a ayudar a resolver conflictos entre cabañas.
Percy parpadeó.
—¿Nico di Angelo? ¿Resolviendo conflictos?
Quirón pareció divertido.
—Su método es particular, pero efectivo.
—¿Amenaza con invocar muertos si no se comportan?
—Solo una vez.
Percy soltó una risa, pero se le quedó a medias.
La imagen no le encajaba del todo. No porque no creyera que Nico pudiera hacerlo. Si algo había aprendido, era que Nico podía hacer casi cualquier cosa si decidía hacerlo. Pero en la memoria de Percy, Nico seguía siendo en parte ese chico delgado, pálido, de mirada afilada, siempre con un pie fuera de la habitación. Alguien que parecía esperar que el mundo lo echara antes de que él tuviera que elegir quedarse.
Pensar en él como alguien confiable para todos los demás le produjo algo extraño.
Orgullo, tal vez.
Sorpresa.
Y algo más.
Algo que no tuvo tiempo de nombrar porque, al doblar hacia la enfermería, lo vio.
Nico estaba al otro lado del patio, inclinado sobre una mesa improvisada donde dos campistas muy jóvenes discutían con una intensidad dramática. Uno tenía la camiseta naranja manchada de tierra. El otro sostenía una espada de madera rota en dos mitades, como si fuera evidencia en un juicio.
Percy se detuvo sin querer.
Nico no lo había visto.
Estaba de perfil, con los brazos cruzados, la chaqueta negra abierta sobre la camiseta del campamento. Se veía distinto a como Percy lo recordaba del día anterior entre los árboles. No menos oscuro, no exactamente más relajado, pero sí más asentado. Como si su presencia ya no fuera una grieta en el paisaje del campamento, sino parte de él.
—Repítelo —dijo Nico, mirando al chico de la espada rota.
El campista tragó saliva.
—Yo… yo dije que había sido Lucas.
—No lo dije así —protestó el otro.
—Dijiste que yo tenía brazos de fideo.
—Porque los tienes.
—Suficiente —interrumpió Nico.
No levantó la voz. No lo necesitó.
Los dos chicos se callaron al instante.
Percy sintió ganas de sonreír.
—La espada se rompió porque ambos estaban usando equipo de entrenamiento para probar quién golpeaba más fuerte —dijo Nico—. Eso fue estúpido. No épico. No heroico. Estúpido.
Los dos bajaron la mirada.
—Pero él empezó —murmuró uno.
Nico lo miró.
—Y tú continuaste. Felicidades, han descubierto el trabajo en equipo en su versión más inútil.
Percy se tapó la boca con una mano.
Quirón, a su lado, fingió no notar su risa.
—Van a pedir una espada nueva al almacén —continuó Nico—. Van a explicar que rompieron esta porque se comportaron como idiotas. Luego van a limpiar el área de entrenamiento durante dos días.
—¿Dos días? —se quejó el chico de la camiseta manchada.
Nico alzó una ceja.
—Tres, si quieres seguir negociando.
—Dos está bien.
—Eso pensé.
Los chicos salieron casi corriendo, pero antes de alejarse del todo, uno se giró.
—Gracias, Nico.
Nico hizo un gesto con la mano, como si la gratitud le incomodara físicamente.
—Vete antes de que cambie de opinión.
Cuando los campistas desaparecieron, Nico suspiró y se frotó el puente de la nariz. Parecía cansado, pero no de la forma rota que Percy recordaba de otros años. Era un cansancio más cotidiano. Más vivo.
Entonces alguien salió de la enfermería.
Will Solace apareció con una bandeja de frascos pequeños en las manos, el cabello rubio desordenado, una curita en el dedo índice y esa sonrisa fácil que Percy recordaba vagamente de los últimos tiempos de la guerra, aunque entonces Will le había parecido más un resplandor moviéndose rápido entre heridos que una persona concreta.
—¿Otra crisis diplomática? —preguntó Will.
Nico no se giró, pero Percy vio cómo sus hombros se relajaban apenas.
Solo un poco.
Lo suficiente para que doliera de una forma inesperada.
—Dos hijos de Ares descubrieron que las espadas se rompen si las usas como martillo emocional —respondió Nico.
Will dejó la bandeja sobre la mesa y sonrió.
—¿Les diste una charla inspiradora?
—Les dije que eran estúpidos.
—Ah, tu versión de una charla inspiradora.
—Funcionó.
—Eso es lo preocupante.
Nico lo miró de reojo.
—¿Necesitas algo o viniste a criticar mi estilo de liderazgo?
—Ambas. Pero principalmente necesito que comas algo antes de la fogata.
Nico cerró los ojos con expresión de sufrimiento.
—Will.
—Nico.
—Comí.
—Picoteaste arroz como un cuervo deprimido.
—Eso es una descripción ofensiva y demasiado específica.
Will se apoyó contra la mesa, cruzando los brazos.
—Tengo talento.
Nico murmuró algo que Percy no alcanzó a oír.
Will sí lo oyó, porque soltó una carcajada.
Y entonces ocurrió algo pequeño.
Demasiado pequeño para que Percy tuviera derecho a sentir nada.
Will estiró la mano y acomodó un mechón oscuro que le caía a Nico sobre la frente. Fue un gesto simple, distraído, casi automático. Nico se quedó quieto. No sonrió exactamente, pero tampoco se apartó. Sus ojos bajaron un instante, como si no supiera qué hacer con tanta suavidad frente a otras personas, y Will, al notarlo, retiró la mano con naturalidad, sin hacerlo sentir atrapado.
Percy sintió que algo en su pecho se ajustaba.
No era celos.
No podía ser celos.
No tenía sentido que fuera celos.
Nico y Will llevaban juntos, ¿cuánto?, ¿meses?, ¿más? Percy no lo sabía con precisión, y ese detalle le produjo una punzada incómoda. No sabía. Había estado lejos. Había recibido noticias del campamento de forma dispersa, a través de mensajes de Annabeth, de Grover, de su madre cuando Sally hablaba con Chiron por algún tema de seguridad, incluso de Hazel alguna vez. Sabía cosas generales, lo suficiente para no sentirse completamente desconectado.
Pero no sabía cómo había empezado Nico a confiar en Will.
No sabía cuándo Will había aprendido a tocarlo sin que Nico se tensara del todo.
No sabía cuándo Nico había dejado que alguien lo cuidara de esa manera.
Y la ignorancia le pesó.
—¿Percy? —dijo Quirón con suavidad.
Percy parpadeó y se obligó a mirar al centauro.
—Sí. Perdón.
Quirón lo observó durante un segundo.
No dijo nada sobre lo que Percy estaba mirando.
Eso fue peor.
—Puedes instalarte en la cabaña tres —dijo Quirón—. Está como la dejaste.
Percy soltó una risa baja.
—Eso suena a advertencia.
—Digamos que nadie ha querido reorganizar tus cosas.
—Mis cosas son sagradas.
—Tus cosas son desordenadas.
—También.
Quirón le dio una última palmada en el hombro y se alejó hacia la Casa Grande. Percy debería haber ido directo a su cabaña. Debería haber dejado la mochila, respirado un poco, tal vez enviado un mensaje a su mamá para decirle que había llegado bien.
En lugar de eso, siguió parado ahí, mirando a Nico y Will desde una distancia que no era lo bastante lejana para fingir que no los veía.
Will estaba hablando con entusiasmo de algo. Movía las manos, probablemente exagerando alguna historia de la enfermería. Nico lo escuchaba con esa expresión seca que Percy reconocía, pero cada tanto la comisura de su boca se movía apenas, como si estuviera peleando contra una sonrisa.
Percy recordó de pronto al Nico de doce años que hablaba sin parar sobre Mythomagic, con los ojos brillantes y una energía que parecía imposible de agotar. Recordó al Nico de después, el que había perdido a Bianca y parecía hecho de rabia y ausencia. Recordó al Nico que había visto en el Laberinto, en la guerra, en sombras, en silencios, en despedidas demasiado rápidas.
Y ahora estaba ese Nico.
Uno que todavía parecía capaz de desaparecer, sí.
Pero también uno al que Will Solace podía hacerle sonreír.
Percy no supo por qué eso le dio tanta tristeza.
Tal vez porque era bonito.
Tal vez porque no había estado ahí para verlo pasar.
Will dijo algo más y Nico, esta vez, sí sonrió. Fue una sonrisa mínima, casi irritada, pero real.
Percy bajó la mirada.
—Idiota —murmuró para sí mismo.
No sabía a quién se lo decía.
A Nico, no.
A Will, tampoco.
Probablemente a él.
Se obligó a caminar hacia la cabaña tres.
El interior olía a sal, madera vieja y soledad acumulada. Percy dejó la mochila sobre la cama y pasó una mano por la mesa donde todavía había conchas, botellas con arena de distintas playas y una camiseta vieja que ni siquiera recordaba haber dejado ahí. La cabaña se sentía intacta, como si hubiera estado esperando su regreso.
Eso debería haberlo reconfortado.
En cambio, le pareció un museo.
Se sentó en la cama y sacó el teléfono. No tenía señal normal, por supuesto, pero había formas de comunicarse si uno sabía a quién pedir favores. Percy miró la pantalla oscura y pensó en Annabeth.
Annabeth Chase.
Su mejor amiga. Su compañera. Su historia más larga.
También su dolor más cuidadoso.
No habían terminado mal. Eso era lo raro. A veces Percy pensaba que habría sido más sencillo si todo hubiera terminado con gritos, con traición, con una pelea horrible que justificara la distancia. Pero no. Lo de ellos había sido más silencioso, más adulto de lo que Percy se sentía capaz de ser. Habían intentado aferrarse a lo que habían sido porque durante años “Percy y Annabeth” había sonado como una verdad del mundo. Como el cielo, el mar, los monstruos y las malas decisiones de los dioses.
Pero amar a alguien y poder seguir siendo la persona que esa relación necesitaba no siempre eran lo mismo.
Eso había dicho Annabeth una noche en Nueva Roma, sentada junto a él en una banca, con las manos entrelazadas y los ojos grises llenos de lágrimas que se negaba a soltar.
Percy todavía recordaba el modo en que esa frase lo había partido en dos.
No habían dejado de quererse.
Solo habían dejado de saber hacia dónde caminar juntos.
Y Percy, que había peleado contra titanes, gigantes y profecías imposibles, no había sabido cómo luchar contra eso.
Quizás por eso había vuelto al campamento.
No para huir, se había dicho.
Solo para respirar.
Aunque ahora, sentado en su cabaña, no estaba seguro de estar respirando mejor.
La campana de la cena sonó un rato después.
Percy se cambió la camiseta, se lavó la cara y salió con esa sensación extraña de estar interpretando el papel de sí mismo. Apenas llegó al comedor, varios campistas lo reconocieron. Algunos lo saludaron con emoción. Otros lo miraron con esa mezcla de admiración y curiosidad que Percy siempre había odiado un poco, porque lo hacía sentir menos como una persona y más como una historia que alguien les había contado antes de dormir.
Se sentó en la mesa de Poseidón, solo por costumbre.
La mesa seguía siendo demasiado grande para una sola persona.
No había pensado en eso en años.
Al otro lado del comedor, Nico estaba en la mesa de Hades. Will, en la de Apolo. Separados por las reglas antiguas del campamento, aunque esas reglas ya parecían más flexibles que antes. Aun así, Percy notó la forma en que Will buscaba a Nico con la mirada mientras hablaba con sus hermanos. Notó cómo Nico fingía no darse cuenta. Notó cómo, cuando Will levantó una ceja en dirección al plato de Nico, Nico puso los ojos en blanco y se llevó un bocado a la boca con una exageración teatral.
Algunos hijos de Apolo se rieron.
Will pareció satisfecho.
Nico parecía querer hundirse en el inframundo por pura vergüenza.
Percy tuvo que mirar su propia comida.
No por celos.
Siguió diciéndose eso.
Era solo que había algo íntimo en esos gestos pequeños. Algo que no pertenecía a una gran historia, ni a una profecía, ni a una batalla. Algo construido en la rutina: saber si alguien ha comido, reconocer sus excusas, molestarlo sin herirlo.
Percy conocía ese tipo de intimidad.
La había tenido con Annabeth.
Una parte de él se alegró por Nico.
Otra parte, más mezquina y confusa, se sintió fuera de lugar.
Después de la cena, la fogata reunió al campamento en el anfiteatro. Percy se sentó en una de las gradas superiores, no exactamente escondido, pero sí lo bastante lejos para no tener que participar más de lo necesario. El fuego cambiaba de color según el ánimo general, y esa noche ardía en tonos dorados y naranjas suaves. El campamento estaba contento. Percy lo notaba en el ruido, en las risas, en la forma en que los campistas más jóvenes cantaban demasiado fuerte aunque no se supieran todas las letras.
Nico llegó tarde.
Percy lo vio antes de querer admitir que lo estaba buscando.
Entró por un costado del anfiteatro, con las manos en los bolsillos y el ceño ligeramente fruncido, como si la fogata le hubiera hecho una ofensa personal. Will lo vio desde donde estaba sentado con sus hermanos y levantó una mano.
Nico dudó.
Percy vio la duda.
Fue mínima, apenas una pausa entre un paso y el siguiente, pero estuvo ahí.
Luego Nico caminó hacia Will.
Will le hizo espacio en la banca. Nico se sentó a su lado, dejando una distancia prudente al principio. Will no la invadió. Solo siguió cantando, desafinado con absoluta confianza, hasta que Nico lo miró con horror.
—Eres hijo de Apolo —dijo Nico, lo bastante fuerte para que Percy lo oyera desde arriba—. ¿Cómo cantas así?
Will se llevó una mano al pecho.
—Eso fue cruel.
—Eso fue necesario.
—Estoy expresando alegría.
—Estás declarando la guerra a la música.
Kayla, sentada al otro lado de Will, se inclinó hacia Nico.
—Gracias. Alguien tenía que decirlo.
Will la miró traicionado.
—Mi propia hermana.
—La verdad duele, Will.
Nico murmuró:
—No tanto como escucharte.
Will soltó una carcajada y, sin pensarlo demasiado, apoyó la cabeza un segundo contra el hombro de Nico, como si necesitara sostenerse de alguien para reír.
Nico se quedó rígido.
Percy lo vio.
Will también.
La risa de Will bajó de intensidad. No se apartó de golpe, pero levantó la cabeza con cuidado, dejando espacio. Nico miró al fuego como si nada hubiera pasado. Sus dedos se cerraron sobre la tela de sus pantalones. Durante un momento, Percy pensó que Nico iba a levantarse e irse.
Pero no lo hizo.
Will tampoco dijo nada.
Solo, unos segundos después, dejó su mano sobre la banca, cerca de la de Nico. No encima. No reclamando. Solo cerca.
Nico miró esa mano.
Percy no respiró.
Después de un rato, Nico movió la suya apenas. Sus dedos rozaron los de Will. No fue mucho. Casi nada. Pero Will sonrió como si Nico le hubiera dado algo enorme.
Percy sintió que debía dejar de mirar.
No lo hizo.
Había algo incómodo en presenciar una ternura que parecía estar siempre negociando espacio con el miedo. Will quería acercarse. Nico quería querer que se acercara. Y entre esas dos cosas había una distancia pequeña, invisible, agotadora.
Percy conocía la cara de Nico cuando estaba a punto de escapar.
La había visto demasiadas veces.
Will también parecía conocerla.
Eso hizo que Percy apretara la mandíbula.
No porque Will supiera algo que él no.
Bueno.
Tal vez sí por eso.
Pero también porque Will no se veía frustrado. No se veía ofendido. Se veía paciente de una forma cansada, como alguien que llevaba mucho tiempo aprendiendo a amar a una persona sin convertir el amor en una jaula.
Percy pensó, con una punzada de vergüenza, que quizás Will era mejor para Nico de lo que él habría sido jamás.
La idea debería haber sido simple.
Buena.
Will era bueno. Nico parecía estar bien. Percy no tenía nada que ver.
Entonces, ¿por qué sentía como si acabara de perder algo que nunca había tenido?
La fogata siguió. Las canciones cambiaron. Algunos campistas se levantaron a bailar de forma desordenada cerca del fuego. Will intentó convencer a Nico de participar. Nico lo miró como si le hubiera pedido que se lanzara voluntariamente al Tártaro.
—No —dijo Nico.
—Vamos.
—No.
—Una canción.
—No.
—Media canción.
—¿Cómo bailas media canción?
—Con compromiso moderado.
—No.
Will sonrió de lado.
—¿Te da miedo?
Nico giró lentamente la cabeza hacia él.
—Solace.
—¿Sí?
—He visto cosas que harían llorar a tus pesadillas.
—Pero bailar frente a campistas de doce años te intimida.
—No me intimida. Me parece innecesario.
—Eso suena a miedo con vocabulario elegante.
Nico lo miró unos segundos. Luego, con una calma peligrosa, dijo:
—Si me levanto, tú tendrás que explicarles a tus hermanos por qué mañana no tendrán jefe de enfermería.
Will se rió.
—Qué dramático.
—Qué mortal.
—Está bien, no bailamos.
Will levantó las manos en señal de rendición. Nico pareció satisfecho.
Pero no se levantó para irse.
Ese detalle se quedó con Percy.
Nico seguía ahí.
Aunque se tensaba. Aunque se quejaba. Aunque parecía listo para desaparecer en cualquier momento. Seguía sentado al lado de Will, dejando que la luz del fuego le tocara el rostro, dejando que las risas del campamento existieran cerca de él.
Quizás eso era lo que Percy había visto desde el primer momento sin entenderlo.
Nico no estaba completamente cómodo.
Pero estaba intentando quedarse.
Y Will lo sabía.
Will no lo arrastraba a la luz. Solo se sentaba a su lado hasta que Nico decidiera acercarse por sí mismo.
Percy se frotó la cara con ambas manos.
—Estúpido —susurró otra vez.
Esta vez sí sabía que se lo decía a sí mismo.
—¿Hablando solo, Jackson?
Percy bajó las manos.
Nico estaba de pie a unos pasos de él.
Percy se incorporó tan rápido que casi se golpeó la rodilla contra la grada de enfrente.
—Nico. Hola.
Nico alzó una ceja.
—Ya dijimos hola antes.
—Sí. Cierto. Estoy practicando.
—¿Saludar?
—Conversar sin sonar raro.
—Vas pésimo.
Percy soltó una risa, agradecido por lo familiar de la respuesta. Nico se sentó a cierta distancia, no tan cerca como para que pareciera una invitación, no tan lejos como para que fuera una huida. Desde abajo, Will seguía hablando con sus hermanos. Percy notó que miró hacia ellos una vez, no con sospecha, sino con curiosidad tranquila.
Nico también lo notó.
Su expresión cambió apenas.
—Will me mandó a preguntarte si ya habías pasado por la enfermería.
Percy parpadeó.
—¿Qué?
—Tienes una cicatriz nueva en la ceja. Dice que parece reciente y que, cito, “Percy Jackson tiene la costumbre terrible de fingir que estar entero significa estar sano”.
Percy se llevó los dedos a la ceja.
—No es nada.
Nico lo miró.
—Ajá.
—¿Qué?
—Nada. Solo confirmas su teoría.
Percy bajó la mano.
—¿Will siempre manda mensajes médicos a través de ti?
—Will manda mensajes médicos a través de cualquier ser vivo que tenga cerca. Sátiros, ninfas, niños, una vez un pegaso.
—Eficiente.
—Molesto.
Pero Nico lo dijo con una suavidad que le quitó filo a la palabra.
Percy miró hacia abajo. Will estaba riéndose de algo que uno de sus hermanos decía. Tenía la cara iluminada por el fuego y parecía, incluso desde lejos, una persona fácil de querer.
—Parece buen tipo —dijo Percy.
La frase salió antes de que pudiera pensar si era prudente.
Nico se quedó muy quieto.
—Lo es.
Percy asintió.
—Me alegra.
Nico giró la cabeza hacia él, desconfiado.
—¿Sí?
Percy sintió la pregunta como una piedra pequeña lanzada al agua. No era acusatoria. No exactamente. Pero había algo debajo, algo que Nico no decía.
—Sí —respondió Percy—. Claro que sí.
Nico sostuvo su mirada un momento más, como si buscara una mentira. Percy no sabía qué habría hecho si la encontraba.
Luego Nico miró al fuego.
—Will es… bueno.
—Eso escuché.
—No. No como la gente dice “bueno” cuando no sabe qué más decir. Él realmente lo es. Incluso cuando está agotado. Incluso cuando debería ser egoísta. Incluso cuando nadie lo está mirando.
Percy tragó saliva.
—Eso es raro.
—Sí.
—Pero bonito.
Nico asintió lentamente.
—Sí.
El silencio entre ellos no fue cómodo, pero tampoco hostil. Percy se dio cuenta de que llevaba dos años sin hablar realmente con Nico. Habían existido mensajes sueltos, encuentros breves, comentarios lanzados en cenas compartidas cuando todos coincidían, pero no esto. No una conversación donde el mundo no estuviera acabándose y ninguno tuviera una excusa para salir corriendo.
Aunque Nico siempre parecía tener una excusa guardada.
—Quirón me dijo que ayudas bastante por aquí —dijo Percy.
Nico hizo una mueca.
—Quirón exagera.
—Dijo que resolviste una pelea de hijos de Ares sin causar bajas.
—Bajas permanentes.
Percy sonrió.
—Eso es progreso.
Nico lo miró de reojo.
—¿Te sorprende?
Percy dudó.
Esa fue su primera equivocación.
La mirada de Nico se cerró apenas.
—No —dijo Percy rápido—. No así. Solo… es bueno verte así.
—¿Así cómo?
Percy se quedó sin respuesta.
¿Cómo se decía “más parte del mundo”? ¿Cómo se decía “menos solo”? ¿Cómo se decía “me fui y cuando volví descubrí que habías construido una vida sin que yo supiera cómo, y eso me alegra, pero también me duele de una manera que no tengo derecho a sentir”?
No se decía.
Al menos no sin arruinarlo todo.
—Con gente que confía en ti —dijo al fin—. Con un lugar.
Nico apartó la mirada.
—Ajá.
Percy sintió que había pisado terreno frágil.
—No lo dije como algo malo.
—Lo sé.
Pero Nico no sonó convencido.
Abajo, Will volvió a mirar hacia ellos. Esta vez levantó una mano, llamando a Nico. No con urgencia. Solo una señal suave.
Nico no respondió de inmediato.
Percy vio cómo su atención se dividía. Will abajo, Percy arriba, el fuego en medio.
Fue un segundo.
Solo uno.
Pero Percy lo vio, y se odió por verlo.
—Deberías ir —dijo.
Nico lo miró.
—No tienes que despacharme.
—No lo hago.
—Suena a eso.
Percy respiró hondo.
—Estoy intentando no ser raro.
—Ya establecimos que vas pésimo.
—Gracias por el apoyo.
Nico casi sonrió.
Casi.
Luego se levantó.
—Pasa por la enfermería mañana. Si no vas, Will probablemente mandará un pegaso.
—¿Y tú?
Nico se detuvo.
Percy no supo por qué lo había preguntado.
O sí lo supo, pero no quería.
Nico giró apenas el rostro hacia él.
—¿Yo qué?
Percy se encogió de hombros, intentando sonar casual y fallando de forma espectacular.
—¿Tú vendrías a molestarme también?
La expresión de Nico cambió de una forma que Percy no supo leer.
No fue enojo.
No fue burla.
Fue algo más antiguo.
Algo que apareció y desapareció tan rápido que Percy pudo haberlo imaginado.
—No sé —dijo Nico.
La respuesta fue honesta.
Demasiado.
Percy no encontró qué decir.
Nico bajó las gradas sin despedirse. Will lo recibió abajo con una pregunta silenciosa, inclinándose un poco hacia él. Nico negó con la cabeza, como diciendo que no pasaba nada. Will no pareció creerle, pero tampoco insistió. Solo le ofreció una taza de algo caliente.
Nico la aceptó.
Sus dedos rozaron los de Will.
Percy miró hacia otro lado.
La fogata terminó tarde. Los campistas se dispersaron entre risas y bostezos. Percy se quedó hasta que el anfiteatro casi se vació, porque no quería cruzarse con demasiada gente, porque no quería volver todavía a la cabaña tres, porque no sabía qué hacer con todo lo que estaba sintiendo y no quería tener que ponerle nombre.
Cuando por fin bajó, encontró a Will recogiendo algunas tazas olvidadas cerca del fuego apagado.
Nico no estaba.
Percy consideró pasar de largo, pero Will levantó la mirada antes.
—Percy, ¿verdad?
Percy sonrió un poco.
—Creo que sí. A menos que el campamento haya conseguido otro hijo de Poseidón con cara de no dormir.
Will soltó una risa.
—No, creo que sigues siendo tú.
Había algo fácil en Will. No simple, exactamente, pero sí abierto. Miraba de frente, sonreía de frente, hablaba como si no estuviera escondiendo nada. Percy entendió por qué la gente confiaba en él. Entendió por qué Nico podría querer quedarse cerca de alguien así.
—Nico dijo que querías revisar mi ceja —dijo Percy.
Will dejó las tazas en una mesa.
—Quería revisar varias cosas, pero empecemos por la ceja para no asustarte.
—Eso suena amenazante.
—Soy médico. Sonamos amenazantes cuando los pacientes son tercos.
—No soy paciente.
—Todos dicen eso justo antes de ser pacientes.
Percy se sentó en una grada baja con resignación. Will se acercó con una pequeña linterna y un botiquín que aparentemente había aparecido de la nada. Revisó la cicatriz con cuidado profesional, sin hacer demasiadas preguntas al principio. Percy agradeció eso.
—Está cerrada —dijo Will—. Pero mal cuidada.
—Gracias.
—No era un cumplido.
—Lo tomé como uno igual.
Will le puso un poco de ungüento en la zona. Percy hizo una mueca.
—Duele.
—Sobreviviste al Tártaro.
—Eso no significa que me guste el ungüento.
Will sonrió, pero la sonrisa se suavizó un instante.
—Nico dijo algo parecido una vez.
Percy se quedó quieto.
Will pareció darse cuenta de lo que había dicho, pero no se retractó. Solo cerró el frasco y guardó la gasa.
—Le molesta que la gente use sus traumas como argumento para soportar molestias pequeñas —añadió.
Percy miró hacia el fuego casi apagado.
—Tiene razón.
—Casi siempre la tiene. Es insoportable.
La palabra fue ligera, cariñosa.
Percy no pudo evitar preguntar:
—¿Está bien?
Will dejó de ordenar el botiquín.
No lo miró de inmediato.
—¿Nico?
Percy sintió que la pregunta era absurda. Como si hubiera otra persona posible.
—Sí.
Will respiró hondo. Cuando habló, su voz seguía siendo amable, pero había una cautela nueva en ella.
—Depende del día.
Percy asintió despacio.
—Eso suena a Nico.
—No del todo —dijo Will.
Percy lo miró.
Will cerró el botiquín, pero no se levantó.
—La gente cree que Nico solo es reservado. Y sí, lo es. Pero a veces se queda callado no porque quiera estar solo, sino porque no sabe cómo pedir que alguien se quede sin sentirse… —Will se detuvo, buscando la palabra—. Sin sentirse culpable por necesitarlo.
Percy sintió que esa frase se le clavaba en algún lugar.
—Tú lo conoces bien.
Will sonrió apenas.
—Estoy aprendiendo.
No lo dijo con orgullo.
Lo dijo con humildad.
Como si amar a Nico no fuera una victoria, sino una responsabilidad que intentaba tomar con cuidado.
Percy bajó la mirada.
—Eso es bueno.
—Lo intento.
Hubo un silencio.
Luego Will preguntó:
—¿Vas a quedarte mucho tiempo?
Percy no supo si era una pregunta casual.
No sonó territorial. Will no parecía el tipo de persona que marcaba territorio. Pero tampoco era ingenuo. Sus ojos azules, tan claros bajo la luz baja del anfiteatro, observaban más de lo que su sonrisa dejaba ver.
—No lo sé —respondió Percy—. Un tiempo.
Will asintió.
—Le hará bien a mucha gente verte por aquí.
Percy soltó una risa baja.
—No estoy tan seguro.
—Yo sí.
—¿Nico incluido?
Will no respondió de inmediato.
Percy se arrepintió apenas lo dijo.
Pero Will no se molestó. Solo miró hacia el sendero por donde Nico se había ido.
—Nico no siempre reacciona bien a las cosas que le importan.
Percy sintió el pulso en la garganta.
—No.
—Pero eso no significa que no le importen.
Will se levantó con el botiquín en una mano.
La conversación pudo terminar ahí.
Debió terminar ahí.
Pero Will añadió, con una suavidad que no era acusación y por eso dolió más:
—Solo ten cuidado con él, Percy.
Percy levantó la mirada.
Will lo miraba serio ahora.
No enojado.
No amenazante.
Solo serio.
—No porque sea frágil —continuó Will—. Nico no es frágil. Odia que la gente piense eso. Pero ha tenido que reconstruir muchas cosas en estos años. Algunas todavía no están firmes.
Percy no pudo hablar durante un momento.
La noche alrededor de ellos parecía más fría.
—Lo sé —dijo al fin.
Will lo observó, como si midiera si Percy entendía de verdad.
Tal vez no.
Tal vez nadie podía entender del todo a Nico, y esa era parte de la cuestión.
Will asintió una vez.
—Bienvenido de vuelta, entonces.
Percy intentó sonreír.
—Gracias, doctor Solace.
—Pasa mañana por la enfermería.
—¿Es opcional?
—No.
—Genial.
Will se alejó por el sendero, llevando el botiquín contra el costado. Percy lo siguió con la mirada hasta que desapareció entre las sombras suaves del campamento.
Se quedó solo en el anfiteatro.
La fogata era apenas un montón de brasas.
Percy pensó en Nico aceptando la taza de Will. En Nico quedándose quieto bajo una caricia breve. En Nico diciendo que Will era bueno con una convicción que parecía dolerle. En Will pidiéndole que tuviera cuidado, no como rival, sino como alguien que estaba tratando de proteger a la misma persona que Percy no sabía por qué necesitaba mirar.
Y entonces Percy entendió algo que lo dejó sin aire.
No había vuelto a una historia detenida.
No había vuelto al lugar donde podía recuperar el papel que había dejado.
Nico no estaba esperándolo.
Nico tenía una vida.
Tenía responsabilidades, un lugar en el campamento, campistas que lo buscaban, Quirón confiando en él.
Tenía a Will.
Y Percy no tenía ningún derecho a llegar, después de dos años, y sentirse herido porque Nico hubiera aprendido a sonreír con alguien más.
Ningún derecho.
Ninguno.
Pero el corazón, descubrió Percy con cansancio, rara vez pedía permiso antes de ser injusto.
Se levantó por fin y caminó hacia la cabaña tres.
A mitad del camino, vio una figura cerca del bosque.
Nico.
Estaba de espaldas, quieto bajo la sombra de los árboles. Percy no supo si había estado ahí todo el tiempo o si acababa de llegar. Su silueta era apenas visible, recortada contra la oscuridad.
Percy se detuvo.
Nico también pareció darse cuenta de él.
Ninguno dijo nada.
Entre ellos, el campamento dormía en partes: risas lejanas, pasos apagados, el rumor del mar más allá de las cabañas.
Percy pensó en llamarlo.
Nico.
Solo eso.
Pero el nombre se le quedó en la garganta.
Después de unos segundos, Nico bajó la mirada y se internó en el bosque.
No desapareció en sombras.
Solo caminó.
De alguna forma, eso fue peor.
Percy siguió de pie hasta que ya no pudo verlo.
Luego respiró hondo, como si hubiera estado bajo el agua demasiado tiempo, y volvió a su cabaña con una certeza incómoda creciendo en el pecho.
Nico di Angelo no era el mismo chico que Percy había dejado atrás.
Y quizás Percy tampoco era el mismo chico que había vuelto.
Pero había algo entre ellos, antiguo y mal enterrado, que acababa de moverse en la oscuridad.
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