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El Rey Larkin se paseaba de un lado a otro en el pasillo tenuemente iluminado por las lámparas de aceite con una expresión de preocupación en su rostro. Ocasionalmente, se detenía frente a una puerta resguardada por soldados en armadura, pero no entraba, sino que volvía a caminar preocupadamente de un lado a otro.
Su estrés era tal que cualquiera podía decir que la barba del rey se llenaba de canas de manera visible. Ningún soldado presente se atrevió a dirigirle alguna palabra, ni siquiera el anciano vestido con túnicas negras que estaba recostado en una pared cercana habló, a excepción de alguien.
—Papá, ¿Por qué no solo entras?— Preguntó un niño de cuatro años de ojos marrones y cabello castaño, cuyo rostro se parecía mucho al del rey. Fue su voz inocente la que hizo que Larkin se estuviese por completo.
—No es tan fácil, Orrin, ¿Y si mi presencia altera a las parteras y el parto sale mal? ¡No puedo ser causante de un accidente como ese! ¡No me lo perdonaría!— Exclamó el Rey, antes de girarse, mirando directamente al anciano vestido de negro.
—No tengo que leer tu mente, mi rey, para saber qué está pensando. Pero como le dije la vez que nació el príncipe Orrin, la mejor magia es la que ocurre naturalmente. Una madre es capaz de dar a luz de manera eficaz sin la intervención de un hechizo por mi parte.
El poder de la magia en sí no es milagroso, e incluso podría ser contraproducente en cosas tan importantes como un parto, especialmente porque este es un suceso trascendental que requiere mucho esfuerzo por parte de la madre.
La magia, mi rey, exige un precio. Usualmente es la resistencia física, puesto que con magia solo puedes hacer lo que deberías ser capaz de hacer si tuvieses los medios para ello. Para un parto, una situación tan delicada...
La intervención de la magia podría llevar a la muerte a la Reina y a su retoño. Pero confíe en la vialidad de su majestad, ella es una noble de Surda, somos marineros que soportamos las tormentas más intensas, el nacimiento solo es otra prueba para ella—, consoló el hombre, quien se acercó al Rey Larkin, mostrando su apariencia.
A diferencia de esos rumores sobre los magos, este anciano no tenía llagas en su cuerpo, una sonrisa malvada o una nariz ganchuda llena de verrugas. Era como cualquier abuelo retirado que podrías encontrar en Surda, siendo sus brillantes ojos azules su punto más destacado.
Su túnica no tenía objetos raros como collares de calaveras, cinturón con pócimas o algo por el estilo, simplemente era ropa normal, eso sí, hecha de excelentes materiales, pero sin nada ostentoso, extraño o extravagante.
Lo único que resaltaba en su apariencia era el anillo que tenía en su mano izquierda, ornamentado con un rubí que parecía cautivar las miradas de quienes le prestaban atención, pero entre los presentes, solo Orrin le echaba unos vistazos antes de desviar la mirada.
—Lo sé, Maestro Norm, no soy tan viejo para olvidar tus palabras. No he olvidado esos intentos de aprender magia... lástima que nadie en nuestra familia ha nacido con ese talento—, suspiró el Rey Larkin, decepcionado de que aparentemente, el esquivo don de alterar la realidad con unas pocas frases en el idioma antiguo estuviera lejos de su linaje.
De hecho, en toda la población de Surda, las personas que podían decir que poseían tal talento eran tan escasas como los dedos de la mano de un molinero. En la corte solo había cuatro magos al servicio del rey, y el mejor de ellos estaba presente aquí con él.
—Su majestad... —antes de que el anciano Norm dijera algo, sintió que algo sumamente extraño estaba sucediendo. Como mago, no podía decir que podía compararse a los Elfos o los Jinetes de Dragón, pero poseía sensibilidad a los fenómenos sobrenaturales.
Justo ahora, sintió que algo raro se agitaba de manera invisible, y cuando estaba por avisar a los soldados, guardó silencio debido a la increíble vista que se desplegó ante él: ¡Los Espíritus habían aparecido!
Si había un fenómeno que nadie podía entender del todo en Alagaësia, era la existencia de estos seres esquivos. Aparecían de muchas formas, los que aparecieron en el pasillo parecían esferas con apenas brillo, con líneas delineadas en sus cuerpos que se asemejaban mucho a los de unos ojos.
Era como si los Espíritus hubiesen venido a observar algo, ¿Pero él qué? El mago no lo pensó mucho y retrocedió, porque sabía que el contacto con estos seres podía acarrear consecuencias imprevistas.
Podían hacerte repentinamente más joven, o más viejo, podrían convertir tu carne en piedra y hacer que vivieras, o hacer que tu sangre se hiciera agua y te murieras de manera agonizante. ¡El poder desenfrenado de la magia era su firma!
Las historias aterradoras de aquellas personas que se toparon con espíritus no eran solo cuentos, sino advertencias cruentas que indicaban el peligro y el verdadero poder de estos seres, a tal punto de que las personas que entraban activamente en contacto con ellos, los brujos, solían ser mal vistas en muchos lugares.
No es para menos, las Sombras eran uno de esos resultados aterradores y el más peligroso de ellos, no solo para el afectado, sino para los que lo rodeaban. Se dice que el Emperador Loco aprendió muchos de sus secretos más oscuros y retorcidos por parte de una Sombra que ahora está bajo su mando.
Norm no jugaba con espíritus, aunque conocía a una vieja curandera que sí lo hacía, y de ella aprendió ciertos conocimientos al respecto, por lo que evaluó a los espíritus, confirmando el hecho de que realmente no habían venido con malas intenciones, sino que parecían curiosos con lo que pasaba en la sala de parto, e incluso parecían mostrarse felices de alguna forma.
—¿Qué demonios? — preguntó el Rey Larkin, alterado por la situación repentina, e incluso desenvainó la espada que tenía en su cintura, porque como Rey del único país que no estaba bajo el yugo del Emperador Loco, debía no solo tener perspicacia política, sino fuerza marcial.
Los soldados de la puerta y los que estaban en el pasillo se activaron, levantando sus escudos mientras desenvainaban también sus armas. Orrin fue protegido por tres soldados, pero él se esforzó para intentar ver qué sucedía.
—¡Rey! ¡Son espíritus! ¡No los toque! ¡No los amenace! ¡Son seres caprichosos, pero también muy curiosos! Quizás... el hijo o la hija que nacerá de su majestad la Reina les atrajo su atención — gritó Norm a tiempo, haciendo que Larkin detuviese el ataque que había desatado.
Por suerte, el espíritu al que apuntó simplemente se giró, viéndolo con ese "ojo" tallado en su cuerpo, como si evaluara algo, pero luego se negó, emitiendo un chillido que podía interpretarse como aburrimiento o falta de interés, antes de prestar atención a la puerta.
Misteriosamente, ninguno de ellos decidió entrar, solo revoloteaban alrededor de los soldados que cubrían la entrada, como si fueran una multitud de personas curiosas queriendo ver el espectáculo en la plaza.
El pasillo se sumió en un silencio adornado por la respiración pesada de los hombres presentes y los chillidos ocasionales de los espíritus. Por suerte, la voz de la Reina dando a luz no salía de la puerta debido a un hechizo lanzado por Norm anteriormente, para que estos no perturbaran demasiado la mente del Rey Larkin.
Sin embargo, los espíritus no eran los únicos que estaban viendo esta situación, porque atraídos por la presencia de dichos seres, cierto grupo de conciencias salvajes y ordenadas pusieron su "vista" en el castillo Aberón, específicamente, en la sala de parto.
—¡Maldita sea! ¿¡Cuánto más tengo que pujar!?— gritó una mujer con el cabello negro húmedo de sudor cubriendo su rostro, pero sus ojos grises estaban inyectados en sangre debido a la dolorosa y extenuante experiencia por la que estaba pasando.
Ella estaba de cuchillas, sostenida por los brazos por dos mujeres mayores mientras que una tenía las manos cerca de la entrepierna de la mujer, esperando el nacimiento de la pequeña criatura.
—¡Falta poco, su majestad! ¡Ya veo la cabeza del bebé! ¡Solo un poco más! — bajo las palabras de una de las parteras presentes, la Reina gritó, forzando su cuerpo hasta el límite y por fin, dando a luz.
La Reina fue ayudada a recostarse en el suelo cubierto por mantas nuevas y mullidas; su respiración estaba agitada, su cuerpo ardía de dolor y sus ojos estaban nublados, pero sus manos se agitaban instintivamente, buscando a su bebé.
—¿Dónde... dónde está? —Murmuró la mujer, pero nadie le respondió, de hecho, las parteras se habían reunido alrededor de la matrona que recibió al bebé, observando con un poco de temor sus brazos.
Cubierto de un poco de sangre y placenta, una cría humana, recién nacida, se esforzaba por entender este mundo, sin llorar. No importó cuántas nalgadas le dieron, simplemente arrugó la cara y se puso rojo, pero no emitió llanto.
Que un bebé no llorara era una mala señal, usualmente asociada a la muerte del infante, pero ellas podían comprobarlo; la niña, confirmada después de nacer, estaba bien. Su corazón latía con fuerza, su abdomen subía y bajaba, pero simplemente no emitía llanto.
Aquella maraña de conciencias observó esto y no encontró nada raro, ¿Qué había atraído exactamente a los espíritus aquí? ¿Era esa cría humana? ¡No tenía nada especial! Sin embargo, estas mentes decidieron prestarle más atención, a ver si podían ver, con el tiempo, encontrar lo que la hacía especial.
Cuando la mujer que sostenía a la niña caminó hacia la Reina, decidida a entregarle a su bebé, los espíritus ingresaron a raudales a la habitación, atrayendo a las personas que estaban fuera. Así, las parteras restantes se dieron cuenta de que olvidaron avisar al rey, pero nadie estaba pensando en eso.
Todos observaron a los espíritus enfocar su atención en la niña recién nacida y giraron alrededor de ella y la mujer que la cargaba. Era como si estuviesen celebrando algo, y así como llegaron, se desvanecieron en el aire.
Justo en ese momento, ella lloró, y lo hizo con tal fuerza que incluso la Reina lo encontró incómodo. Pero nadie se atrevió a decir algo, solo dejaron que la madre cargara a su bebé, tratando de calmar a su hija menor, sin poder lograrlo.
—Mi Rey, nadie debe contar lo que pasó aquí—, Norm, al lado del Rey Larkin, le susurró a este, quien asintió. Ninguno de los dos quería que la nueva princesa fuera temida por la población, o que los nobles quisieran aprovecharse de ella por esta situación.
Además, había un Emperador Loco con un dragón malvado en el norte, obsesionado con las artes oscuras, e incluso se decía que tenía bajo su mando una Sombra, una criatura maligna asociada a los espíritus.
—Pero... esta vez quizá el deseo de nuestra familia pueda cumplirse. Y con ese gran llanto, probablemente será una guerrera formidable—dijo el Rey Larkin con una sonrisa, aunque seguía preocupado por todo lo ocurrido, la felicidad de ser de nuevo padre lo abrumó.
Era obvio que Orrin será el sucesor, no porque fuese hombre, sino porque nació primero, pero hará lo posible para que su hija menor sea fuerte, y si lo que ocurrió hoy significaba que ella era algo especial, quizás también podría convertirse en una maga destacada.
—Larkin... quiero que se llame Sereth—, declaró la Reina, haciendo que Larkin la mirara, antes de acercarse a ella, arrodillándose junto a su cuerpo sin importarle sus ropas caras y la dignidad que debería tener un Rey.
—Sereth será, mi amada Jeanne. Pero sí que llora la niña—, comentó el Rey de pasada, algo irritado por el continuo llanto de su hija menor, pero no lo encontró como algo malo, sino que seguía alegrándose cada vez más por ello.
—Al menos se parece a mí; si no, me quejaría después de tanto sufrimiento—, respondió Jeanne, quien acarició suavemente la nariz de su hija, quien parecía no iba a dejar de llorar por un buen rato.
Orrin se acercó a sus padres, pero prestando atención a Sereth, cuyo rostro estaba rojo. El príncipe no entendió del todo qué pasó anteriormente, pero al ver que tenía una nueva hermana, un sentimiento de protección surgió dentro de él.
Solo era un niño, pero había oído todas las noches historias de los legendarios Jinetes de Dragón, protectores de la civilización y caballeros dignos de alabanzas. Quizás no entendía del todo qué implicaban esos cuentos, pero comprendió un poco qué significaba "proteger" a alguien ahora.
¡No iba a dejar que algo malo le sucediese a su hermana menor! Aunque se pudiese llorar menos, sería mucho mejor. Mientras el ambiente de la habitación pasaba de raro a festivo, ¿Qué pasaba con Sereth? ¿Por qué lloraba tanto? Era porque estaba sufriendo un terrible dolor de cabeza.
Su cerebro de bebé sufría por algo que estaba ajeno a su comprensión. Información ruidosa y sobrecargada que no sabía cómo procesar, porque no había aprendido cómo hacerlo todavía, pero sus instintos más básicos estaban ayudándole a lidiar con ello, enterrando esos asuntos en lo más profundo de su subconsciente, para que, cuando estuviese lista, surgieran de nuevo.
Además de que había ciertas cosas que operaban junto a su instinto, ayudando en ese proceso, protegiéndola y haciendo que solo llorara por la incomodidad física que sufría. Ella, como bebé, no sabía lo suertuda que había sido, pero al crecer, se daría cuenta de esto.
Solo tocaba esperar y ver si podía utilizar esto como una base para hacerse más fuerte. Por suerte, había nacido con un estatus superior al 99% de la población de todo el continente. Ahora, tocaba cómo crecería y aprovecharía sus oportunidades, todo bajo la atención de los ojos de los Dragones y los Espíritus.
Su solo nacimiento ya había alterado mucho las cosas en este mundo lleno de magia, aunque ella era simplemente una pequeña gota cayendo en el estanque, sus ondas se extenderían hasta cubrirlo todo de manera paulatina.
