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Una canción antes de tiempo

Summary:

Camila Morales no solo viaja al pasado. Llega a 1979 con una ventaja injusta: conoce el futuro de la música.

Sola en Los Ángeles, sin documentos, sin dinero y sin forma de volver a casa, hace lo único que se le ocurre para sobrevivir: cantar canciones que todavía no existen y hacerlas pasar por propias. Lo que empieza como una mentira desesperada pronto se convierte en una carrera imposible, una identidad nueva y un secreto cada vez más difícil de sostener.

Camila no tarda en descubrir que el pasado no es tan fácil de engañar, sobre todo cuando Michael Jackson empieza a escucharla demasiado de cerca.

Notes:

Llevo al menos dos semanas con esta idea dando vueltas en mi cabeza y hoy por fin me senté frente al computador a empezar a escribirla. Es una mezcla bastante loca de viaje en el tiempo, música, drama y romance, pero me tiene demasiado emocionada, así que aquí estamos. Está inspirada en Outlander (viajes en el tiempo duh) y la película Yesterday (2019).

La historia partirá de a poco, porque quiero construir bien la relación, la música y todo el caos temporal que se viene. Espero que disfruten este primer capítulo tanto como yo disfruté imaginarlo.

Chapter 1: Bell Records & Used Vinyls

Notes:

(See the end of the chapter for notes.)

Chapter Text

30 de agosto de 2026

La guitarra de mi papá tiene una marca pequeña cerca del puente, una línea delgada en la madera que parece una cicatriz si uno la mira el tiempo suficiente y tiene demasiada imaginación, cosa que yo, lamentablemente, tengo en cantidades clínicamente preocupantes. Mi papá decía que se la había hecho en una tocata horrible a los veinte años, una de esas noches donde el micrófono no funcionaba, el público eran tres personas y el dueño del local intentó pagarles con comida en vez de dinero. Mi mamá siempre agregaba que, técnicamente, la marca se la había hecho después, cuando mi papá tropezó con un amplificador intentando impresionarla. La versión cambiaba dependiendo de quién contara la historia y de cuántas ganas tuviera mi mamá de avergonzarlo en público.

Yo prefiero la versión del amplificador.

Es menos heroica, pero más honesta.

Acomodo la guitarra sobre mi pierna, con el cuerpo doblado sobre ella como si el instrumento pudiera protegerme del calor pegajoso de Los Ángeles, de las cuentas pegadas con imanes en el refrigerador y del hecho de que tengo dieciocho años, salí de la preparatoria el año pasado y mi plan de vida actual consiste en servir cafés, fingir que no odio a los clientes que dicen “sonríe un poco” y no llorar cuando reviso el saldo de mi cuenta. Todo muy inspirador. Muy de película independiente, excepto que en las películas independientes la protagonista siempre tiene una chaqueta bonita y un departamento con ladrillos expuestos. Nosotras tenemos tres tazones astillados, una cafetera que hace ruidos de animal moribundo y una gotera en el baño que Olivia insiste en llamar “nuestro sistema de sonido ambiental”.

Rasgueo suave, sin pensar demasiado. Mis dedos encuentran el camino antes que mi cabeza, como si la madera todavía recordara a mi papá mejor que yo. Hay días en que eso me da rabia. Hay días en que me consuela. Hoy es una cosa incómoda en el medio, así que hago lo que suelo hacer cuando una emoción amenaza con tener nombre: canto encima.

No estoy grabando nada importante. Ni subiéndolo. Ni intentando convertirme en una de esas personas que dicen “síganme para más covers” con una sonrisa demasiado blanca y una luz demasiado perfecta. Tengo el celular apoyado contra una pila de libros solo porque Abigail insistió en que “la acústica de la habitación era buena”, una frase que en su idioma significa “quiero tener evidencia para chantajearte emocionalmente después”. Estoy cantando Drivers License, una elección bastante dramática para alguien que no tiene auto, no tiene licencia y cuya experiencia más cercana a manejar por suburbios consiste en ir apretada en el asiento trasero del auto de Abigail mientras Olivia pelea con Google Maps. Aun así, la canción se me acomoda en la garganta con una facilidad sospechosa.

Le cambio el ritmo sin darme cuenta, bajo un poco la intensidad, dejo que el estribillo respire distinto. Mi mamá decía que cantar no era hacer sonar una canción igual que la versión original, sino encontrar la parte donde dejaba de ser de otra persona y empezaba a dolerte un poco a ti también. Yo solía pensar que eso era poesía de mamá. Ahora me parece una forma elegante de decir “no te escondas detrás de la canción, Camila”, lo cual es ofensivo, porque esconderme detrás de cosas es una de mis habilidades principales.

—Lo haces de nuevo —dice Abigail desde el piso, donde está acostada boca abajo con una revista vieja abierta frente a ella y el pelo castaño cayéndole sobre la cara.

Dejo de tocar apenas un segundo.

—¿Respirar? Qué vergüenza. Estoy trabajando en ello.

—No. Eso que haces con las canciones.

—¿Arruinarlas?

Olivia, que está sentada en el borde de mi cama comiéndose las papas fritas que juró que eran “para compartir”, levanta una ceja.

—Si eso es arruinarlas, por favor arruina mi vida completa. Pero con menos drama, si se puede.

—No prometo nada —digo, y vuelvo a apoyar los dedos sobre las cuerdas, porque si dejo las manos quietas Abigail va a aprovechar el silencio para decir algo amable, y las cosas amables de Abigail son peligrosas. No por malas. Por precisas.

Abigail me observa con esa expresión suya, suave y demasiado sabia para alguien que una vez metió una cuchara de metal al microondas porque “solo iban a ser dos segundos”. Es mi amiga desde antes de que yo aprendiera a pronunciar bien su apellido, desde antes de que las dos entendiéramos que crecer consistía menos en tener respuestas y más en descubrir nuevas formas de no admitir que una estaba perdida. Conoció a mis papás. A mi papá con su guitarra, sus dedos llenos de callos y su manera ridícula de hacer solos imaginarios en la cocina. A mi mamá con su voz cálida, su oído infalible y esa costumbre de detenerme a mitad de una canción para decirme que respirara como si el aire también tuviera ritmo.

Olivia no los conoció. Llegó a mi vida después, en secundaria, cuando yo ya había aprendido a sonreír sin mostrar demasiado y a cambiar de tema con la eficiencia de una profesional. Olivia no sabe cómo era mi mamá cantando mientras lavaba platos ni cómo mi papá afinaba esta guitarra en el sofá con la concentración de un cirujano y la paciencia de un santo. Pero Olivia sabe otras cosas. Sabe cuántas horas puedo pasar sin comer cuando estoy triste. Sabe cuándo mi sarcasmo es gracioso y cuándo es una señal de evacuación emocional. Sabe que si no me arrastra a lugares, yo puedo convertirme en un mueble con empleo.

—Tu papá estaría insoportable —dice Abigail al fin, con una sonrisa pequeña.

Ahí está. La frase amable. El proyectil directo al pecho.

Bajo la mirada a la guitarra.

—Mi papá era insoportable por defecto. No necesitaba que yo cantara para eso.

—Estaría orgulloso —insiste, más suave.

Trago saliva y rasgueo un acorde cualquiera, uno que no pertenece a la canción, solo para llenar el espacio.

—También me habría preguntado por qué no practico con metrónomo, así que mantengamos una imagen realista del hombre.

Olivia apunta hacia mí con una papa frita.

—Ese es exactamente el tipo de energía paterna que necesitamos para decirte que deberías hacer algo con esto.

—Estoy haciendo algo.

—¿Molestar a nuestras vecinas de abajo?

—Terapia acústica comunitaria.

—Camila.

La forma en que Olivia dice mi nombre siempre tiene la textura de una intervención. Abigail es capaz de rodear un tema doloroso con mantas, té y contacto visual. Olivia entra con una linterna, una pala y cero consideración por mi dignidad.

—No voy a convertirme en cantante —digo antes de que pueda continuar—. No tengo manager, ni contactos, ni dinero, ni una historia de superación lo bastante vendible. Bueno, tengo una historia de superación, pero está en etapa beta y no incluye vestuario decente.

—Tienes voz —dice Abigail.

—Y guitarra —agrega Olivia.

—Y deudas —remato—. Eso me convierte en camarera con hobbies.

Olivia suspira como si yo fuera un caso perdido, lo cual es injusto porque soy, como mínimo, un caso perdido con buena dicción.

—Perfecto. Entonces la camarera con hobbies va a venir con nosotras a la feria de antigüedades.

Levanto la vista.

—¿Perdón?

—La de Melrose. La que te dije. Hay ropa vintage, muebles que probablemente tienen fantasmas y un espacio abierto donde a veces la gente toca. Vas a llevar la guitarra.

—No voy a tocar en una feria de antigüedades.

—Claro que no —dice Olivia, demasiado rápido—. Vas a pasear con tu guitarra de manera casual, como todas las personas normales que no buscan atención.

—Eso suena exactamente como buscar atención.

—Suena como construir una marca personal.

—Mi marca personal es “no me hables antes de mi café de la mañana”.

Abigail se sienta, apoyando la espalda contra la pared, y me mira con una mezcla de diversión y ternura que me pone nerviosa por motivos que prefiero no analizar.

—Podríamos salir un rato. Te haría bien.

Eso es trampa. Abigail sabe que “te haría bien” activa en mí una culpa rara, parecida a cuando el dentista pregunta si una usa hilo dental y una tiene que fingir que no ha estado viviendo como un mapache. Miro la guitarra de mi papá, la marca en la madera, la correa gastada. La idea de llevarla a una feria llena de desconocidos me parece absurda. También me parece mejor que quedarme encerrada en una habitación donde cada objeto parece recordar más de mí que yo misma.

—Si alguien me pide Wonderwall, me voy.

—Nadie va a pedir Wonderwall —dice Abigail.

Olivia se encoge de hombros.

—Y si lo hacen, les cobramos.

Media hora después estoy caminando por una feria de antigüedades con una guitarra en la espalda, lo cual demuestra que la presión de grupo sigue siendo una fuerza social devastadora incluso cuando una ya salió de la preparatoria. El sol cae sobre Los Ángeles con esa intensidad dorada que hace que todo parezca más cinematográfico de lo que realmente es, incluyendo los puestos de ropa usada, las cajas de libros con olor a humedad y un espejo enorme que Olivia describe como “perfecto para una casa embrujada con presupuesto”. Hay gente revisando muebles, parejas discutiendo si necesitan una lámpara en forma de cisne, un hombre vendiendo cámaras antiguas como si fueran reliquias sagradas y una señora que intenta convencer a Abigail de que un abrigo de piel sintética “tiene historia”. Abigail, que tiene demasiada educación para decirle que la historia probablemente incluye ácaros, sonríe y retrocede con elegancia.

El lugar huele a polvo caliente, café barato, cuero viejo y protector solar. Hay música sonando desde distintos puestos, mezclada con conversaciones, risas, el ruido metálico de perchas moviéndose y el zumbido general de un sábado donde la gente finge que comprar objetos viejos es una forma de autoconocimiento. Yo camino entre Abigail y Olivia, tocando cada cierto rato la correa de la guitarra para asegurarme de que sigue ahí, como si fuera posible que desapareciera de mi espalda por negligencia emocional.

—Relájate —dice Olivia—. Nadie va a robarte una guitarra en plena feria.

—Gracias, oficial Reed. Me siento protegida por tu optimismo y tu absoluta falta de estadísticas.

—Además, si alguien intenta robarla, Abigail lo muerde.

Abigail ni siquiera levanta la vista de una caja de postales antiguas.

—Solo si corre lento.

Estamos riéndonos cuando veo el puesto.

No sé por qué me llama la atención al principio. No es el más grande ni el más colorido. De hecho, parece casi fuera de lugar, metido entre un puesto de chaquetas de mezclilla y otro de vajilla desparejada. El letrero, escrito en letras blancas sobre madera oscura, dice Bell Records & Used Vinyls, y debajo hay cajas perfectamente ordenadas de discos que parecen esperar con una paciencia sospechosa. Hay algo en ese orden que no calza con el resto de la feria. Todo alrededor es ruido y acumulación; ese puesto, en cambio, tiene una quietud rara, como si alguien hubiera bajado el volumen justo ahí.

—Oh, vinilos —dice Abigail, acercándose.

—No tenemos tocadiscos —le recuerdo.

—No tenemos mesa de comedor y aun así Olivia quiso comprar servilleteros de plata.

—Eran para manifestar abundancia —dice Olivia.

—Eran horribles.

—La abundancia no siempre es estética.

Entro al puesto más por inercia que por interés real. Las cajas están separadas por géneros escritos en pequeñas tarjetas: soul, disco, rock, pop, jazz. Detrás de una mesa angosta hay una mujer mayor, aunque “mayor” parece una palabra insuficiente y extrañamente imprecisa para ella. Podría tener sesenta años o noventa o haber nacido antes de que alguien decidiera que el tiempo debía organizarse en décadas. Tiene el pelo gris recogido en un moño bajo, lentes de marco fino y las manos apoyadas sobre una funda de vinilo como si estuviera custodiando algo, no vendiéndolo.

Cuando levanta la vista, me mira.

No de la forma en que una vendedora mira a una clienta potencial. No con cálculo, ni con cortesía, ni con esa sonrisa automática de “dime si necesitas ayuda”. Me mira como si yo acabara de llegar tarde a una cita que no sabía que tenía.

La sensación dura apenas un segundo, pero se me queda en la piel.

—Buenas tardes —dice, tranquila.

—Hola —responde Abigail.

Yo asiento, porque de pronto decir una palabra parece una tarea con demasiados pasos.

Olivia ya está revisando una caja con la energía de alguien que no distingue entre curiosidad y saqueo. Abigail se inclina sobre otra, leyendo nombres en voz baja. Yo paso los dedos por las fundas, una tras otra, sin buscar nada. Stevie Wonder. Fleetwood Mac. Donna Summer. Portadas gastadas, esquinas dobladas, fotos saturadas en colores imposibles.

Entonces veo uno que no reconozco.

Está entre dos discos de artistas que sí me suenan, como si alguien lo hubiera colocado ahí por accidente. La portada tiene un tono azul oscuro, casi de hora equivocada. Una chica joven aparece de perfil, un poco desenfocada, con la mirada hacia algo fuera del encuadre. Hay luces detrás de ella, difusas, como si estuviera parada frente a un escenario o saliendo de un sueño mal iluminado. En la parte superior, con letras blancas sobrias, dice:

Valerie — Out of Time

Me quedo mirándolo más de lo necesario.

No porque la portada sea espectacular. No lo es, al menos no de una forma obvia. Es más bien… incómoda. Como ver una foto de una desconocida en un álbum familiar. Algo que no debería importarte y, aun así, te produce la sensación de haber olvidado una palabra.

—Cami, mira esto —dice Olivia desde otra caja—. ¿Crees que esto sea genuinamente vintage o solo feo con autoestima?

Parpadeo. Suelto el disco de Valerie como si me hubiera dado cuenta de que llevaba demasiado tiempo tocándolo y me acerco a Olivia, que sostiene una funda con una portada tan agresivamente naranja que podría usarse como señal de tránsito.

—Eso no es vintage —digo—. Eso es una amenaza visual.

—Perfecto, entonces combina con mi personalidad.

Abigail ríe y yo vuelvo a revisar otra caja, pero algo en mí sigue mirando hacia atrás, hacia el azul gastado de Out of Time. Me digo que es solo el título. Dramático. Fácil de recordar. Un nombre de disco diseñado para que personas emocionalmente inestables como yo se queden pensando de más. Nada grave.

Entonces encuentro Off the Wall.

No está metido al azar ni doblado ni cubierto de polvo. Está impecable. Demasiado impecable. La portada brilla bajo la luz de la tarde como si alguien la hubiera limpiado cinco minutos antes, como si no perteneciera al mismo universo que las fundas gastadas que la rodean. Michael Jackson aparece con el esmoquin, la sonrisa, la pared de ladrillos. Lo reconozco de inmediato, porque claro que lo reconozco. Hay cosas que una no aprende: simplemente están en el aire, como las canciones que ponen en bodas, supermercados y videos recopilatorios de “momentos icónicos de la música”. Michael Jackson es menos una persona, en mi cabeza, y más una institución cultural con sombrero incluido.

—Ese mi mamá lo ponía cuando limpiaba los domingos —dice Olivia por encima de mi hombro—. Bueno, no ese disco. Michael Jackson en general. Mi mamá cree que trapear con música triste es una falta de respeto a Dios.

—Tu mamá tiene principios sólidos —digo, pasando los dedos por el borde de la funda—. Además, es imposible no conocer a Michael Jackson. Es como la Coca-Cola, los cumpleaños incómodos y las tías que preguntan si ya tienes novio. Simplemente existen.

—¿Ves? —Olivia me apunta como si acabara de ganar un juicio—. Cultura general.

—No dije que fuera fan.

—Nadie dijo que fueras fan.

—Tu cara lo dijo.

—Mi cara dice muchas cosas. La mayoría son demandas de atención.

Abigail se acerca, más curiosa ahora.

—Está en muy buen estado.

—Demasiado —murmuro.

No sé por qué lo digo en voz baja. Quizá porque el disco se siente raro en mis manos. Pesado de una forma que no tiene que ver con el vinilo. Abro la funda con cuidado, esperando encontrar polvo, alguna marca, el olor viejo de cartón guardado durante décadas. En cambio, lo primero que veo es una dedicatoria escrita a mano en la parte interior, con tinta negra, firme, inclinada apenas hacia la derecha.

Para V.
Por escuchar lo que todavía no sabía decir.
M.

Me quedo mirándola un segundo más de lo normal.

No porque signifique algo. No debería significar nada. La gente escribía dedicatorias en los discos todo el tiempo, supongo. Era una de esas cosas románticas y ligeramente posesivas que se hacían antes de que todos decidiéramos arruinar nuestras relaciones con mensajes de texto, capturas de pantalla y estados de “última conexión”.

Aun así, hay algo en la frase que me incomoda.

—¿Qué pasa? —pregunta Abigail, notando que llevo demasiado rato quieta.

Cierro la funda un poco, no lo suficiente para esconderla, pero sí para ganar medio segundo de dignidad.

—Nada. Tiene una dedicatoria.

Olivia se inclina antes de que pueda impedírselo, porque Olivia respeta la privacidad de los objetos ajenos con la misma delicadeza con la que respeta mi sueño los domingos.

—“Para V.” —lee, y arruga la nariz—. Misterioso.

—Es un disco usado —digo—. Podría ser para cualquiera.

—Sí. Cualquiera con una inicial dramática y una frase de película independiente.

—O de disco embrujado —agrego.

Olivia abre los ojos con una expresión de descubrimiento ofensivamente teatral.

—Eso explicaría el estado impecable. Los fantasmas sí cuidan sus cosas.

—No estoy diciendo que esté embrujado.

—Lo pensaste.

—Pensé muchas cosas en mi vida. La mayoría no son admisibles en una conversación pública.

Abigail mira la dedicatoria un momento, no con miedo, sino con esa cautela suave que usa cuando algo no le calza del todo.

—Es bonita —dice al fin.

Y tiene razón. Eso es lo peor. No parece una amenaza, ni una pista, ni una de esas notas que en las películas hacen que alguien grite “sal de la casa” mientras la protagonista decide, por razones inexplicables, subir al ático. Es solo una frase bonita escrita en un disco antiguo. Una frase íntima, tal vez demasiado íntima para estar perdida entre cajas de vinilos usados, pero nada más.

Probablemente.

La mujer del puesto no se ha movido. Sigue detrás de la mesa, observándonos con una calma que de pronto me resulta demasiado específica. No sonríe. No parece sorprendida. Eso me inquieta más que si hubiera intentado vendernos el disco con entusiasmo o si hubiera dicho algo normal, como “está en oferta” o “también tengo Thriller”, aunque, pensándolo bien, no sé si Thriller ya cuenta como antigüedad y prefiero no enfrentar esa crisis generacional en este momento.

—Ese no se mira solamente —dice al fin.

Las tres giramos hacia ella.

Su voz es suave, casi amable, pero hay una seguridad en la frase que me hace apretar la funda contra mi pecho.

—Ese se escucha.

—No tenemos tocadiscos —dice Olivia, desconfiada de forma inmediata, lo cual agradezco porque yo estoy ocupada intentando no desarrollar una crisis existencial por culpa de un objeto que, insisto, probablemente solo está embrujado de manera moderada.

La mujer señala hacia la esquina del puesto. Hay un tocadiscos sobre una mesa pequeña, conectado a unos parlantes antiguos. No lo había visto antes, aunque está lo bastante cerca como para que eso sea absurdo. La tapa está abierta. La aguja levantada. Todo preparado.

—Pueden probarlo aquí.

Abigail me mira.

—No tienes que hacerlo.

Ese es el problema con Abigail. Siempre me ofrece una salida justo cuando mi orgullo, mi curiosidad o mi tendencia autodestructiva están a punto de impedirme tomarla.

—Es solo un disco —digo.

Olivia abre la boca.

—Cami—

—Un disco raro, sí. Con una dedicatoria rara. En un puesto raro. Atendido por una señora rara. Pero sigue siendo un disco.

—Esa lista no está ayudando a tu argumento.

Tiene razón. No la escucho, que es uno de mis defectos más consistentes.

La mujer extiende la mano y yo le paso el vinilo con una lentitud que intenta parecer casual y fracasa de manera humillante. Ella lo saca de la funda con cuidado, como si lo hubiera hecho muchas veces antes, y lo coloca sobre el plato. La superficie negra gira bajo la luz. El movimiento tiene algo hipnótico, una circularidad simple y absurda que me deja mirando más de la cuenta. La aguja baja.

Al principio hay un crujido suave.

Después empieza I Can’t Help It.

No sé qué esperaba. Tal vez algo más dramático, una explosión, una señal divina, Michael Jackson saliendo del parlante para explicar la situación con coreografía incluida. En cambio, el sonido es cálido, envolvente, antiguo de una forma que no se siente vieja sino viva. La voz llena el puesto con una suavidad que parece deslizarse entre las cajas de discos, envolver el polvo, tocar la madera del letrero, llegar hasta mí con una intimidad extraña, casi imprudente. Me sorprende que me guste tanto. Me sorprende más que la sorpresa me incomode.

Abigail está quieta a mi lado. Olivia, por una vez, no dice nada.

La mujer del puesto me observa.

—Cierra los ojos —dice.

Eso debería ser una señal de alarma. Una alarma grande, roja, probablemente con sirena. Ninguna persona sensata cierra los ojos cuando una desconocida de edad indefinida se lo pide en un puesto de vinilos. Pero yo nunca he afirmado ser sensata. He afirmado, en ocasiones, ser funcional, y aun eso depende de la cantidad de café disponible.

—¿Por qué?

—Para escuchar mejor.

Olivia suelta una risa incómoda.

—Eso suena a frase de asesina elegante.

—Liv —murmura Abigail.

Yo debería reírme. De verdad debería. Pero la canción sigue sonando, la voz sigue ahí, y hay algo en la frase de la mujer que me toca un lugar que no sé nombrar. Cierro los ojos solo un segundo. Solo para demostrar que no pasa nada, que el disco es un disco, que la dedicatoria es una dedicatoria cualquiera, que los objetos usados a veces vienen con historias raras y que el mundo sigue funcionando bajo leyes físicas razonables aunque el arriendo suba cada año como si no.

Al principio, no pasa nada.

Luego el ruido de la feria se apaga.

No de golpe. Se aleja, como si alguien cerrara una puerta lentamente entre el mundo y yo. Las risas se vuelven borrosas. Las voces se estiran. El crujido del vinilo se mete debajo de la canción y después debajo de mi piel. La guitarra en mi espalda pesa más, o quizá mi cuerpo se vuelve más liviano, no estoy segura; solo sé que la correa me tira del hombro como si quisiera anclarme a algo. El aire cambia. Ya no huele igual. El polvo sigue ahí, pero hay otro olor debajo: asfalto caliente, gasolina, algo metálico, perfume barato, humo.

Abro los ojos.

O intento abrirlos.

El suelo se mueve.

No como un terremoto. Más bien como si el mundo hubiera perdido el ritmo y estuviera intentando encontrarlo otra vez. Doy un paso hacia atrás, pero no siento a Abigail a mi lado. No escucho a Olivia. La canción sigue sonando, aunque ya no sé si viene del tocadiscos, de la feria o de algún lugar dentro de mi cabeza que definitivamente no debería tener sistema de audio propio.

—¿Abby? —digo, o creo que digo.

Mi voz no suena bien. Suena lejos.

La luz cambia.

Parpadeo.

Y la feria vuelve.

Solo que no es mi feria.

Estoy de pie en el mismo lugar, o al menos en un lugar que se parece demasiado como para ser coincidencia y demasiado distinto como para ser seguro. El puesto de vinilos ya no está frente a mí. O quizá sí, pero no igual. Las cajas son otras, el letrero no está, la mesa es más baja, el espacio parece ocupado por una mezcla de puestos que no recuerdo haber visto. La gente se mueve alrededor como si nada hubiera ocurrido, lo cual me parece una falta de consideración enorme, porque algo claramente acaba de ocurrir y una multitud decente debería detenerse a gritar conmigo.

—¿Abigail? —repito, más fuerte—. ¿Olivia?

Nadie responde.

Una mujer pasa junto a mí con un vestido de flores hasta la rodilla, lentes enormes y el pelo armado de una forma que solo puedo describir como arquitectónica. Un hombre con pantalones acampanados revisa unas revistas al otro lado del pasillo. Hay un niño chupando una paleta roja, una pareja discutiendo frente a una mesa de radios antiguas que ahora no parecen tan antiguas, y un auto color crema estacionado al borde de la calle, brillante, enorme, ridículamente fuera de lugar para 2026.

Me quedo inmóvil.

Esto es una filmación.

Tiene que ser una filmación.

Una producción con presupuesto, vestuario impecable y un compromiso alarmante con la ambientación histórica. En cualquier momento alguien va a gritar “¡corte!” y Olivia va a salir de detrás de un puesto riéndose, porque aparentemente ahora nuestras bromas incluyen secuestro sensorial y recreaciones de época.

Busco cámaras.

No veo ninguna.

Busco celulares.

Tampoco veo ninguno.

Eso me inquieta más de lo que debería. Una multitud sin celulares en Los Ángeles no es una multitud; es una anomalía sociológica.

—Ok —murmuro—. Esto es… normal. Absolutamente normal. Probablemente una feria temática. Una experiencia inmersiva. Una de esas cosas que la gente paga para sentir nostalgia por una época que no vivió. Muy saludable. Muy capitalista.

Me ajusto la guitarra en la espalda y camino entre los puestos, intentando no parecer una persona al borde de un colapso, objetivo que se complica porque estoy, de hecho, al borde de un colapso. La ropa de la gente no ayuda. Los carteles tampoco. Hay tipografías, colores, precios escritos a mano que no se sienten retro sino presentes. La música que sale de una radio cercana tiene ese sonido comprimido y brillante de otra década. Un grupo de chicas se ríe a unos metros, todas con peinados imposibles y pantalones de tiro alto, y una de ellas me mira de arriba abajo con curiosidad evidente. Miro mi propia ropa: jeans, zapatillas, polera, chaqueta liviana. Nada escandaloso en 2026. Aquí, de pronto, me siento como si hubiera llegado tarde a una obra de teatro y encima con vestuario equivocado.

El corazón empieza a golpearme más fuerte.

No encuentro a Abigail. No encuentro a Olivia. No encuentro el puesto de Bell Records. No encuentro a la mujer.

Lo que sí encuentro es un kiosco.

Está al final de la hilera de puestos, medio integrado a una tienda pequeña con revistas, periódicos, cigarrillos y dulces. Me acerco porque hay algo familiar en la forma en que los periódicos están apilados, algo concreto, verificable, una de esas cosas que mi cerebro puede usar para dejar de inventar posibilidades ridículas. Solo necesito una fecha. Una prueba de que estoy teniendo un episodio neurológico temporal y no, por ejemplo, una crisis metafísica con excelente dirección de arte.

El primer periódico dice:

Jueves 30 de agosto de 1979.

Me río.

No porque sea gracioso. Porque mi cuerpo, enfrentado a la imposibilidad absoluta, decide que la risa es una respuesta viable. Es eso o desmayarme, y desmayarme en público con la guitarra de mi papá en la espalda sería una falta de respeto al legado familiar.

Tomo otro periódico con manos que ya no parecen mías.

30 de agosto de 1979.

Una revista al lado anuncia una entrevista, un estreno, una moda, todo impreso con esa seguridad ofensiva de las cosas que no tienen idea de que acaban de destruirte la vida.

Agosto de 1979.

Lo leo una vez. Después otra. Después una tercera, porque aparentemente mi cerebro cree que el problema es de comprensión lectora y no de haber sido arrojada cuarenta y siete años al pasado en plena feria de antigüedades, con la guitarra de mi papá, unos pocos dólares en el bolsillo, dos amigas desaparecidas y cero habilidades prácticas para sobrevivir al siglo XX, salvo saber servir mesas y cantar canciones.

El vendedor del kiosco me mira con desconfianza.

—¿Va a comprar algo, señorita?

Levanto la vista.

Abro la boca.

La cierro.

Vuelvo a mirar la fecha.

Los Ángeles sigue ahí, pero no es mi Los Ángeles. Abigail y Olivia no están. El puesto de vinilos desapareció como si nunca hubiera existido. Y yo, Camila Morales, dieciocho años, camarera, huérfana funcional, guitarrista por herencia y persona profundamente no preparada para eventos sobrenaturales, estoy a punto de vomitar sobre periódicos históricos

Notes:

Y hasta aquí el primer capítulo. Es mi primera vez publicando algo en AO3, por lo que no sé muy bien como funciona la página, ya que solo la he utilizado para leer.

Esta historia recién empieza, así que todavía queda mucho caos temporal, música y drama por delante. Muchas gracias por leer; me encantaría saber qué les pareció este inicio y qué creen que hará Camila ahora, y sí, nuestra protagonista es estadounidense pero tiene ascendencia latina por parte de su madre.