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Su cuerpo lo traiciona volviendo a levantarse cuando apenas comienzan los primeros rayos del amanecer, una vista preciosa, que no aprecia cuando el sol le pega directo en la cara. Eso empeora su dolor de cabeza; siente como si le estuvieran pasando un taladro en su cerebro mientras se queja, arrastrándose fuera de la cama. ¿Desde cuándo decidió que era una excelente idea volverse alguien madrugador?
Espera, ¿dolor de cabeza?
Ya en el piso, después de arrastrarse como un gusano, pestañea lento intentando enfocar su vista en el techo apostillado, porque todo su cuerpo se siente como si estuviera viviendo la peor resaca de su vida, lo cual es raro. Sus últimos recuerdos son el detener el caos de unos asaltantes novatos, lo cual, para alimentar su ego, ninguna de las balas enemigas le rozó por su terrible puntería. Lo último fue ser arrastrado por Wolfwood al mismo tiempo que exclamaba uno de sus conocidos sermones; aunque antes de caer rendido en una de las camas, fue exigirle que le comprara unas donas para su siguiente desayuno.
En ningún momento del día tocó alcohol; han estado tan apurados consiguiendo fondos para el siguiente viaje que lo máximo fue una cerveza hace una semana. ¿Se estará volviendo sonámbulo? ¿Y su cuerpo lo primero que decidió fue ahogarse en diez botellas de whisky?
“Eso suena deprimente hasta para mí”, suspiró, negando con la cabeza para obligar a mover sus piernas con la habilidad de un recién nacido. Quiere echarle la culpa a su aparente borrachera olvidada, a que su cuerpo se siente extraño; los dolores residuales de cada cicatriz son distintos y hasta la acción de sentarse en la cama le es desconocida.
“Wolfwood, ¿bebimos algo?” Por fin presta atención a su alrededor. Sospecha que sigue en un sueño inducido por el alcohol, ya que en vez de mirar la precaria cama individual de su compañero, se encuentra con una mesa de noche junto con varias botellas de vodkas tiradas junto a su querido abrigo, que levanta al instante. No sabe dónde está Wolfwood, quien tiene una habilidad para dormir como un tronco sin importar cuánto ruido haga, ¿y ahora resulta que lo dejó tirado?
“¿Wolfwood?”
Sabe que, por más que el hombre se enoje con él por cualquier conflicto, no haría algo tan drástico como dejarlo tirado en una habitación individual. Tal vez aventarlo al piso para que duerma, si ya se cansó de cargar su trasero, pero nunca solo. Es más probable que el maldito le deje tirada su cruz enorme en uno de los faldones de su abrigo para que no pueda huir por la ventana.
Bien, antes de investigar si no se metió por accidente a la habitación de otro huésped y buscar a la pobre víctima para disculparse, junto con el pago por dejarle el cuarto desastroso. Obviamente, la parte dos de su hipotética disculpa es obligar a Wolfwood a invitarle el desayuno porque seguro lo dejó ahí por venganza, lo que lo hace igual o peor culpable.
Se va a permitir usar la ducha, con la esperanza de que el agua caliente lo ayude a quitarse las punzadas constantes en su cabeza. Su idea de un baño rápido se esfuma cuando disfruta de las primeras gotas de agua, que hacen maravilla para su espalda entumecida. ¿Qué demonios estaba haciendo?, ¿bailando con un pedazo de metal o por qué todo le duele?
Toda su felicidad postducha se va a la mierda cuando se atreve a verse al espejo para arreglar su cabello solamente con sus pantalones y playera puestos. En vez de mirar su reflejo, encuentra a un trillizo que nadie le presentó, que su rostro angustiado por cada segundo de realización culmina en un grito lo suficientemente chillón como para despertar a los Thomas a la redonda, pensando que alguien se ha unido a su parvada. Empieza a tirar de su rostro y cabello como poseído mientras busca alguna explicación de cosas desconocidas de su cuerpo que se perdió de recordar en los monólogos dramáticos de Knives.
¿¡Desde cuándo su cabello es de nuevo completamente rubio!?, ¿por qué sus mejillas se sienten distintas y a la vez iguales?, ¿y de la nada sus ojeras desaparecieron?
Su pánico no dura más que unos minutos antes de escuchar el azote de la puerta principal de su cuarto acompañado de pasos apresurados. Provocando un brinco mientras busca la crema de afeitar para defenderse del desconocido que es… ¿Wolfwood?
“¿¡Qué demonios, Neddle-Noggin!?, ¡Gritas como si te estuvieran crucificando!”
Ah, realmente debe estar en sueño inducido por una droga alucinógena, porque hasta el propio Wolfwood se ve diferente.
“¿Wolfwood?”
“El mismo, ¿sigues borracho?”
Es vergonzoso, pero recuerda a la perfección cada uno de los rasgos, desde su mandíbula afilada hasta las arrugas en sus ojos por el cansancio, junto con esa nariz que a veces se ha sentido tentado a tocar. O que sus ojos se desvían a los músculos de su espalda cada que se flexionan, acomodando al Castigador cuando tiene el privilegio de caminar atrás de él; y sin ignorar el distractor principal que es el escote de su camisa. Todos esos detalles lo hacen capaz de reconocer su figura a kilómetros en la arena; prefiere repetirse que es porque reconoce cada uno de sus rasgos por su memoria, no gracias a los largos ratos que pasa observando a su compañero de viaje.
No, debe relajarse porque puede que se encuentre en un escenario por un gun ho del estúpido juego de Legato. Espera con todo su corazón que sea capaz de encontrar una brecha para evitar ser arrastrado a otro problema. Así que respira hondo antes de dirigirle a Wolfwood una sonrisa que espera sea tranquilizadora, rogando que, si acaso esto es una simulación, no repliquen cómo aquel se molesta cuando quiere "mimar", según él, endulzando las cosas.
“Perdón por preocuparte, tuve una pesadilla”.
“¿Pesadilla?” Wolfwood entrecierra los ojos como si estuviera a punto de criticarlo por mentir, por lo que toma la delantera caminando a ponerse su abrigo olvidado en la mesa. Lo siguiente de su lista es abrochar sus botas, dejando su cabello sin peinar, porque va a volver a tener una crisis si ve su reflejo.
“Mhm, ¿ya nos tenemos que ir?”
“Dijiste que querías ayudar a la caliente mujer del restaurante del motel, según tus propias palabras”, hace las comillas con una sonrisa juguetona que le recuerda a las que mostraba cuando se conocieron en el autobús. Lo cual no te niego, unas preciosas piernas.
“¿Eh?” Mierda, ahora sí que se encuentra confundido; nunca ha hablado de temas así con Wolfwood. Lo máximo que tienen de pláticas relajadas es su competencia de historias bizarras sobre viajes en solitario; con la compañía de una botella de whisky. ¿De dónde salió eso?
La mirada de sospecha de Wolfwood lo hace volver a su papel con una sonrisa, si se puede, forzada, acompañada de una risa que hasta en sus oídos suena dolorosa: “¡Ah sí, sí, cómo puede olvidarlo!, ¡Vamos, vamos!” Aplaude, acompañado de unas carcajadas que suenan histéricas, en vez de motivadoras. Saliendo corriendo de la habitación, buscando crear distancia porque no puede tener un colapso.
En cada escalón su alegría empieza a perder fuerza hasta transformarse en un suspiro cansado; solo quería una mañana tranquila, se la había ganado después de desmantelar a esa banda de ladrones. Tal vez no sea tan mezquino el querer hacer un berrinche como un niño chiquito por las injusticias que le sigue lanzando la vida, pero todo su puchero se ve interrumpido cuando Wolfwood le chasquea los dedos, provocando un saltito del susto.
“¡Oye!”, agarra su abrigo sujetándose justo donde está el corazón para verlo con el ceño fruncido. De nuevo se enfrenta a esos ojos repletos de confusión, lo que aumenta su paranoia. ¿Se porta muy distinto?
“Neddle-Noggin, ¿estás enfermo?”
“¡No!, ¡Estoy lo más relaja… “¡EEK!” Va a negar el sonrojo en sus mejillas porque Wolfwood se acercó hasta que sus rostros quedaron juntos. Arqueando la cabeza como si quisiera diseccionar con la mirada, lo cual funciona un poco por lo condenadamente guapo que es.
“Mmm, veo que era una falsa alarma, sigues igual de ruidoso”, remata con una sonrisa juguetona acompañada de palmaditas a su mejilla como si estuviera premiando a un perro por portarse bien. Abre y cierra la boca sin poder formar una réplica, ya que su Wolfwood nunca se portó así de cercano, una horrible injusticia porque siempre tiene la guardia baja con ese hombre.
Es un blanco fácil para sus burlas o toques casuales; y no quiere desempacar lo que significa esa vulnerabilidad entregada en bandeja de plata en esos momentos. Gracias.
Así que su reacción, hasta que su cuerpo le obedezca de no gritar como adolescente con su cantante favorito, es mirar la madera desgastada de la escalera como si le fuera a dar la revelación de sus problemas. Ninguna de sus posibles ideas, como la de encontrarse con secuaces raros de Legato, o encontrarse en otro experimento psicológico de una Gun Ho, le termina de hacer sentido. La posibilidad que más teme, por lo impredecible que llega a ser, son las plantas.
¿Es a causa de ellas? Es cierto que algunos de sus poderes no han sido catalogados por investigaciones humanas. Aunque no cree que lleguen al punto de llevarlo a otra dimensión, ¿o a esto se refería Knives cuando hablaba de que su puerta era más fuerte?, pues qué mala suerte tiene que caer en un lugar tan parecido y desconocido al suyo.
Tan distraído en sus propios pensamientos que sigue en total confianza a Wolfwood, saludando por educación a la encargada del restaurante antes de buscar el banco más cercano a una ventana. Le pica la piel en cada una de sus cicatrices como si el sutil roce de la ropa lo incomodara; ni siquiera el tronar los dedos de su mano derecha le ayuda a calmar la sensación de salir corriendo a buscar silencio. Quiere ahogarse en su desesperación de encontrar explicaciones, pero como siempre es Wolfwood el que lo devuelve al presente moviendo su mano mientras repite una frase que le hace sonreír un poco.
“Tierra al palo de escoba, ¿la señal está llegando bien?”
“Sí, solo sigo afectado por la resaca”. No es una mentira, ya que la migraña no ha desaparecido; es más, se ha complicado por sus intentos desesperados de conectar puntos de su situación actual. Tal vez consiga convencer a Wolfwood de que lo acompañe a ver a la planta para intentar pedirle un auxilio a su hermana.
“Bueno, realmente bebimos hasta matarnos, ¿eh?, joder, no sé cómo llegué a mi cuarto”. Queda embelesado con el movimiento de encender un cigarro, dando la primera calada con una sonrisa relajada. Tiene tantos gestos familiares de su propio Wolfwood que odia cómo sus hombros se relajan porque está con alguien de su completa confianza.
No le molestaría ver esa expresión calmada en su Wolfwood más seguido; le sienta bien no tener el ceño fruncido, aunque sea tan tentador molestarlo por lo mismo. Antes de que responda para conseguir información de la borrachera de su aparente otro yo, los interrumpe una mujer que no negará que es bastante bonita, su cabello ondulado con una sonrisa encantadora mostrando sus hoyuelos.
“Hola, pensé que tendría a mi ayudante ya en la cocina preparando conmigo”. Apoyada en la barra, señala la cocina, por lo que se limita a asentir, ya que no puede romper promesas anteriores.
“Oh, sí, claro, disculpa por hacerte esperar”. Le corresponde una sonrisa antes de pasar por debajo de la barra. “Oye, cualquier cosa que te pidiera ayer a cambio, ¿crees que puedo cambiarlo por una comida para mi amigo y yo?”
“Mhm, chico listo, en realidad no te iba a dar esa cita”.
“Ah, y-ya veo”, susurra incómodo, acompañado de una risa entrecortada, siguiendo a la mujer a la cocina; al menos tiene experiencia como cocinero. Ignorando cómo Wolfwood tenía abierta la boca en shock, su cigarro terminó cayendo en la madera.
Siente la confianza para dedicarle un guiño juguetón antes de despedirse haciendo una seña con dos dedos, riendo porque un Wolfwood sin su querido ceño fruncido no es malo. Todavía detecta la tensión de sus hombros por un estado de perpetua alerta, pero tomarlo por sorpresa siempre es un placer por sus distintas reacciones. Hasta disfruta ver su sonrisa un poco más seguido, no se siente celoso de su hipotético otro yo, porque realmente todas las manías de su compañero las aprecia en su corazón.
Al menos en su mente es un rincón seguro, para permitirse extrañar a su propio Nicholas, ¿estará lidiando con una mañana igual de caótica que la suya?
En voz baja susurra unas pequeñas condolencias al otro Vash, si es que hicieron un cambio raro de conciencia como sospecha. Aunque en el fondo desea aprovechar para provocar todo lo que pueda a Wolfwood. Sus expresiones de frustración nunca van a pasar de moda.
Ah, ojalá pudiera verlo.
❧ Wolfwood
En su corta y desastrosa vida, este ha sido uno de los días más extraños, y eso que se la pasa viajando con un idiota con un abrigo rojo que casi grita: "Ven a perseguirme, por favor". Porque después de una increíble noche de copas con su compañero, en la cual regresó tambaleándose hasta su propia habitación, quedándose dormido en el piso. Se arrepiente de no mencionar compartir un cuarto por el hecho de ahorrarse esas humillaciones cuando pasa por debajo de la puerta una nueva queja por ruido. ¿Por qué siempre recibe el maldito aviso si el escandaloso es ese imbécil?
Bueno, en resumen, lo único que le esperaba en el desayuno era escuchar a Vash babeando de nuevo por la cocinera que ya lo había rechazado tres veces el día anterior. Preparado para sobrevivir su resaca a base de burlas de ese perdedor, fue cambiando sus planes cuando escuchó el grito escandalizado del rubio que lo puso a correr como desesperado hasta su habitación. Temiendo lo peor, ya había quitado el seguro de su pistola individual, y solamente se encontró con uno de sus dramas normales mientras se miraba en el espejo, aunque sí le preocupó su palidez como si estuviera viendo a un desconocido.
Aunque ninguno de ellos se sienta a hablar de sus sentimientos sin un whisky junto, así que lo dejó pasar como una de sus excentricidades. Tal vez era uno de esos días en que Vash se ponía más introspectivo.
Solo le bastó intercambiar otras palabras para saber que algo estaba mal con su palo de escoba; ni siquiera le hizo un drama por la resaca como siempre tendía a hacerlo. Lo veía tan desorientado como esos niños que suele guiar al orfanato por primera vez, viendo alrededor con sus ojos inyectados de pánico mientras trataba de cubrirlo con una sonrisa que le provocaba querer rechinar los dientes.
Hasta los tics nerviosos eran distintos a los que había catalogado; verlo abrazarse a sí mismo mientras miraba con desconfianza hasta las escaleras del hotel es nuevo. Es cierto que Vash tenía sus momentos de vulnerabilidad, pero que lo mostrara abiertamente a él no es tan sencillo; sabe que los dos son unos tercos que se niegan a bajar las defensas si no es con humor. Ahora esas expresiones le causaban una comezón de querer adelantarse a tomarle los hombros para intentar consolarlo; realmente detesta cómo el rubio consigue que se ponga blando.
Lo máximo que ha conseguido son asentimientos a sus intentos de iniciar una conversación; se arrepiente de gritarle que a veces deseaba que se quedara quieto por una hora, en vez de moverse como un gusano en sal. No le gusta verlo tan melancólico y que intente justificar de forma desastrosa, sea por la resaca; ni siquiera lo animó el tener a la señorita junto.
La mañana pasó rápido porque verlo encerrado en la cocina le dio suficiente tiempo de encargarse de otros asuntos, comprar algunas provisiones para sus futuros viajes; entre ellas se unió una nueva botella de whisky que le estuvo coqueteando desde que entró a la tienda. Seguro podría convencerlo de que ahora bebieran en su habitación; se va a burlar de verlo caminando como velero a la suya y chocando con esas botas ridículas que siempre insiste en usar.
Ya estaba poniéndose el sol cuando decidió volver para buscar a su rubio idiota, esperando encontrar una escena del hombre proclamando amor a una de las bellezas que nunca llegó. El restaurante se encuentra vacío, solo con una mesa hasta al fondo ocupada, donde, dando la espalda a la puerta, se encuentra la misma mujer del restaurante, acompañada por el dueño del motel, un viejo bastante agradable. Hay dos platos de comida sin tocar, de lo que parece el pago que Vash pidió a cambio de estar encerrado toda la tarde cocinando. Al menos les tocó la suerte de hospedarse en un lugar con gente lo suficientemente amable para no gritar a la policía local que la Estampida se encontraba alojada allí.
“Como te decía, muchacho, antes de volver a esta propiedad, el único motel de la ciudad era un burdel de mala muerte”.
“Al abuelo le encanta contar eso como si le alcanzara para pagar por una prostituta”.
Vash se limitaba a escuchar lo que parece una anécdota de los años dorados del dueño, acurrucado en la silla como si quisiera hacerse pequeño para no incomodar con su presencia a los demás. Sus manos inquietas seguían jugueteando con la tela de su abrigo mientras asentía cada cierto tiempo al relato, complementado con una risa suave que le aceleró un instante su corazón.
Culpará a su alto consumo de cigarros; seguro se agitó de caminar bajo el sol.
Claro, le gustan las carcajadas sonoras de Vash cuando son sinceras. Nunca ha mentido que le agrada su sonrisa real, pero hay una fascinación diferente por su fragilidad emocional. Que esos ojos muestran por un instante el cansancio que lo acecha, rodeado de una expresión llena de cariño nostálgico, como si fuera ajeno a la escena que se desarrolla frente a él.
¿Vash siempre se vio así?
Lo ve pestañear unos instantes antes de voltearse a buscarlo en la entrada; su expresión se ilumina de forma tan obvia que le dan ganas de estrujar su rostro para quitarle esa sonrisa boba; no vale la pena que se emocione por él. Evitando el contacto con esa bola de luz andante, camina hasta tirarse en la silla al lado, estirando su espalda hasta que siente los satisfactorios crujidos de sus músculos tensos.
“Por fin llegas, sacerdote, te estuvo buscando como perrito perdido desde que te fuiste”.
Vash se sonroja al instante mientras empieza a negar con cabeza y manos con una risa nerviosa: “Solo no me avisaste a dónde ibas”.
“¿Desde cuándo lo hago?”
Ah, bueno… “Yo solo quería saber para comer juntos; ya sabes que no se enfríe la comida”. La excusa suena tan falsa con esa voz dudosa, pero para evitar la vergüenza colectiva solo se limita a asentir.
“Hay que disfrutar el merecido pago de tu ardua labor; espero, mi amigo, no fuera un incordio”. Pasa su brazo por sus hombros, sintiendo que da un respingo como si el contacto lo sorprendiera. Girando su cabeza para preguntar qué demonios le pasa o si tiene algo atorado en el trasero, solo recibe Vash una sonrisa cariñosa. Odia que este día se ande sonrojando como un adolescente virgen con su primer amor platónico; ¿por qué demonios se está portando así?
La conversación continúa mientras consumen sus alimentos y en algún punto los terminan, dejándolos a solas con dos vasos de whisky de cortesía. Por lo que ahora toda su atención puede estar centrada en la actitud de Vash; extraña esa burbujeante personalidad que llega a irritarlo por la atención que atrae. Es cierto que continúa risueño como siempre le ha gustado, pero es un abismo de diferencia con esa expresión derrotada que parece acompañarlo.
No le gusta sentir que el rubio lo mira con nostalgia como si fuera otro hombre; le causa una molestia irracional que lo refleje en un recuerdo. Ni siquiera es la misma expresión cuando llega a hablar de Rem de forma críptica con la ayuda de su tan amado alcohol... Ahora es como si deseara forzar el reflejo de alguien en él.
“Bien, bien, te daré el gusto de pedirte perdón, ¿qué hice, Spikey?” Es penoso que su voz roce al ruego. Hará el ridículo si es necesario para quitarle la amargura de sus ojos, aunque piensa que encubre bastante bien su desesperación por recuperar su normalidad. El cambio de expresión en Vash comprendió sus dudas; le hace saber que está jodido. Ese idiota y su percepción inhumana de los ánimos de los demás lo van a volver loco; que ni se atreva a decir una broma o le revienta el vaso en la cabeza.
“Lo siento, Wolfwood, realmente no me siento yo mismo hoy”. El tono es dulce, como si se tratara de un ser precioso al cual no quiere lastimar. Le irrita y ablanda al mismo tiempo porque le sorprende la faceta cuidadosa que no han tenido tiempo de disfrutar dirigida a su personal.
“¿Quieres subir a descansar?, no quiero que tu cabeza termine frita por andar pensando”, complementa con una sonrisa despreocupada y golpeando con los nudillos su frente. Un intento bastante horrible de aligerar el ambiente cuando Vash le expresa sus inquietudes va a conseguir con éxito que ese muro de cinco metros de represión emocional se duplique por sus increíbles habilidades de consuelo.
En serio debe estar mal su amigo porque, en vez de enojarse por su fingida indiferencia, consigue hacerlo reír de verdad por primera vez en todo el día. Lucha por controlar su expresión de regocijo, apoyándose en la silla mientras pasa uno de sus brazos al respaldo de la otra, ensanchando su sonrisa con un enojo falso de complemento.
“¿Ahora qué dije de gracioso, Spikey?, ilustra a la clase”.
“No, yo había olvidado lo mucho que extrañaba verte relajado”. Arruga los ojos con una adoración con la que va a soñar al menos tres días contra su voluntad. “Te queda, Wolfwood”.
“L-Lo que digas”.
Pide a Dios que permita calmar los traicioneros latidos de su corazón, para que no caiga en la tentación de creer erróneamente que Vash le coquetea por darle un espectáculo de palabras dulces. Mierda, se podría acostumbrar a esa honestidad sorpresiva si puede sobrevivir a esas bonitas sonrisas.
