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ESCENA DE APERTURA
El bosque austriaco donde se encontraban era para Napoleón Solo, a falta de un término mejor para describirlo, un lugar macabro. No era solo la ausencia total de luz lo que lo hacía asombrosamente inquietante, sino una densidad opresiva que parecía absorber el sonido de la respiración y el crujido de las botas sobre la hojarasca congelada. La niebla de Austria, espesa y con un regusto metálico a nieve vieja, se enredaba en los árboles como dedos espectrales. Cada tronco de abeto, retorcido y cubierto de un musgo negruzco, se asemejaba a un centinela petrificado en un gesto de agonía eterna.
—Napoleón —la voz de Illya Kuryakin apenas superaba un susurro, pero el esfuerzo por mantenerla firme era evidente—. Si planeas desmayarte, te agradecería que eligieras un lugar con menos barro. Mis reservas de energía están casi tan vacías como nuestros bolsillos.
Napoleón Solo dejó escapar una risa que terminó en un quejido sordo. Se apoyaba pesadamente en el hombro del ruso, su brazo izquierdo entablillado de manera improvisada con una rama y jirones de su propia camisa hecha a la medida, ahora arruinada. Sus rostros, otrora pulcros, estaban marcados por el cansancio de dos semanas de interrogatorios en la satrapía de Thrush y cuarenta y ocho horas de huida frenética. El frío calaba hasta los huesos, transformando el dolor de sus heridas en una punzada eléctrica y constante.
—Siempre tan optimista, Tovarish —respondió Napoleón, deteniéndose para recuperar el aliento. Sus ojos oscuros intentaron perforar la penumbra, buscando cualquier indicio de civilización que no fuera una patrulla de la jerarquía técnica de Thrush—. Solo pensaba que este bosque necesita urgentemente un servicio de iluminación... y quizás un buen restaurante francés.
—Lo más parecido a un banquete que encontraremos aquí son las raíces de estos pinos —replicó Illya. Su mirada azul, usualmente gélida y analítica, escudriñaba el entorno con una inquietud que iba más allá del entrenamiento táctico.
Había algo mal en el aire. No era el frío, ni el cansancio. Era una vibración en la base del cráneo, una advertencia que susurraba desde los rincones de su memoria, donde las historias de su babushka sobre espíritus hambrientos luchaban por emerger contra su formación científica. El silencio no era natural; no había búhos, ni el corretear de pequeños roedores. Era el silencio de una tumba abierta bajo el cielo de Baviera.
De repente, la maleza se abrió.
Como un espejismo surgido de la bruma, una casona señorial se alzó ante ellos. No era la ruina que el tiempo y la lógica dictarían en un bosque tan remoto. Sus muros de piedra gris estaban impecables, las ventanas de arco ojival brillaban con una luz ambarina y cálida que invitaba al descanso. La arquitectura era una amalgama de gótico tardío y barroco imperial, con gárgolas que asomaban desde las cornisas con una expresividad casi humana. Las antorchas en la entrada de hierro forjado chisporroteaban suavemente, desafiando la humedad del ambiente, proyectando sombras alargadas que danzaban sobre el camino de grava perfectamente rastrillado.
—Dime que tú también ves ese castillo de cuento de hadas, Napoleón —dijo Illya, deteniéndose en seco—. O los alucinógenos de Thrush finalmente han hecho efecto retardado.
—Si es una alucinación, tiene un gusto arquitectónico excelente —murmuró Solo, enderezándose lo mejor que pudo, tratando de recuperar una brizna de su habitual elegancia a pesar de la suciedad y la sangre—. Parece el hogar de un conde que disfruta de la hospitalidad y, con suerte, tiene un suministro inagotable de coñac.
—O es una trampa muy elaborada —advirtió el ruso, aunque sus piernas ya se movían por instinto hacia la promesa de calor. Sus dedos, entumecidos por la escarcha, buscaron inconscientemente el peso de su Walther P38, solo para recordar con amargura que ahora estaba en manos de un soldado de Thrush.
A lo lejos, el aullido de los perros de Thrush rasgó la noche. El sonido era un recordatorio brutal de la realidad: el ladrido ronco y entrenado de los sabuesos de la organización enemiga. Aún se escuchaban lejos, pero se acercaban con la eficiencia de una máquina bien engrasada. No tenían elección. Detrás de ellos estaba la muerte sangrienta y fría de sus captores; frente a ellos, una reliquia del pasado que parecía haber despertado solo para recibirlos.
Mientras cruzaban el umbral del jardín, Illya sintió un escalofrío que no pertenecía al clima. El aroma del bosque —pino y tierra mojada— fue reemplazado súbitamente por un olor rancio y dulce, como flores de cementerio y cera vieja. Las estatuas de ángeles que flanqueaban el camino parecían girar sus cabezas de mármol para seguirlos con sus cuencas vacías, y por un segundo, a Illya le pareció ver un parpadeo de vida en la piedra blanca bajo el resplandor de las antorchas.
—Illya —dijo Napoleón, notando el repentino silencio de su compañero y la rigidez de su postura.
—Es solo el viento, Napoleón. Solo el viento —se mintió el ruso, apretando los dientes mientras la pesada puerta de roble de la mansión se abría lentamente, sin que nadie la tocara, revelando un vestíbulo iluminado por una inmensa araña de cristal que derramaba una luz dorada y antinatural sobre el mármol del suelo.
