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Cómo arruinar una cita doble, por Colin Bridgerton.

Summary:

Cómo arruinar una cita doble, por Colin Bridgerton.

1. Invitar a la persona equivocada a tu cita.
2. Vestirte para impresionar a tu amiga.
3. Ponerte celoso de tu amiga… y de su cita.
4. Arruinar la cena.
5. Descubrir que estás enamorado.

Notes:

Estoy muy contenta de participar este año de la Polin Week. Como era de esperarse todavía no finalicé con todas las historias, pero espero poder llegar a tiempo.

Estoy intentando escribir algo similar a una rom com, y me es sumamente difícil ser graciosa asi que ténganme consideración 🙏

Como todos aquí, yo también estoy por mí amor por Polin, así que tengan una grandiosa semana y espero que todos podamos disfrutar de este evento 🐝🦋💛💙

Work Text:

Cómo arruinar una cita doble por Colin Bridgerton

 

 

 

Hoy era un hermoso día de verano. El viento entraba por la ventana y los pájaros cantaban alegres. 

Había puesto su lista de música favorita, “Polin 4ever”, y el espejo lo veía cambiarse por quinta vez de camisa; todo le parecía muy formal. Terminó por elegir una remera blanca y jeans azules clásicos. 

Mientras se ponía demasiado perfume para ser normal, su hermana Daphne entró a su habitación agitando los brazos, como si tratara de atravesar una densa niebla. 

—Colin, suelta esa botella de perfume. Se siente desde el pasillo —dijo frunciendo la nariz.  

—¿Crees que es mucho? —preguntó preocupado. 

—Eso solo depende de a cuántos metros de distancia quieres que sientan tu aroma, hermano —se burló. 

—Ja. Ja. Muy graciosa, Daph. —Colin se giró una vez más al espejo refunfuñando. 

—Lo siento, pero no puedo no burlarme de ti cuando te ves tan nervioso por lo que creo que es una cita. 

La sonrisa de Colin volvió a su rostro. 

—Sí, tengo una cita con Pen y quería verme bien. 

Daphne abrió grande los ojos, incrédula de lo que acababa de escuchar. 

¿Finalmente pasaría? 

—Oh, ¿saldrás con Pen? —ella trató de disimular la sonrisa, pero era casi imposible.  

Él asintió. 

—En ese caso déjame ayudarte. —Se levantó de la cama donde estaba sentada y fue directo al placar, donde prácticamente se zambulló, solo para salir con cinco perchas. 

Después de unos minutos de hacer que su hermano mayor se probara una chaqueta de cuero, una de jean y tres camisas, se decidió por la chaqueta de jean, diciendo que a Pen le encantaría. 

—¿Y Eloise lo sabe? Que saldrás con Pen, quiero decir. Me sorprende que todavía estés con todas tus extremidades intactas. 

—Sí, lo sabe.  

—No lo puedo creer. ¿Y no dijo nada? 

—Es que no iremos solos. También estarán Marina y Alfred, es una cita doble. 

Los ojos de Daphne se entrecerraron.  

—¿Cita doble? ¿Tú y Pen, Marina y Alfred? 

—Sí… bueno, más bien Pen y Alfred y Marina y… yo. 

Los hombros de Daphne decayeron. 

—Entonces no tienes una cita con Penélope, tienes una cita con Marina. 

—Tenemos una cita todos juntos. 

—Colin… así no es cómo funciona. 

—Como yo lo veo, querida hermana, es que voy a pasar tiempo con mi persona favorita y quiero que Marina se lleve bien con ella. No podría estar con alguien que no quisiera a Penélope. Es mi mejor amiga y ella siempre estará en mi vida. 

Su hermana no podía creer lo que escuchaba de su estúpido hermano. 

—¿Realmente te escuchas cuando hablas? 

—¿Qué? —preguntó realmente desconcertado. 

El celular de Colin sonó y él miró el mensaje haciendo una mueca de disgusto al leerlo. Tomó su billetera y, mientras salía corriendo, agradeció a su hermana por la ayuda. 

 

 

 

 

El ánimo de Colin había decaído un poco. Pasó a buscar a Marina a su casa y ella no paraba de quejarse de que él había llegado tarde, cuando solo llegó tres minutos después de lo acordado. Además, lo hizo esperar casi media hora porque todavía no había terminado de alistarse. 

Solo lo tomó como nervios por la cita, ya que esta era su tercera salida y las dos primeras habían ido... Bien. 

 

 

Todo lo que lo molestaba hace un segundo se desvaneció cuando vio a Penélope dentro del restaurante. Ella se reía encantadoramente; se veía tan bonita con su vestido rosa y sus rizos rojizos cayéndole por los hombros. 

Ella era cálida como el sol y olía a jazmín. Mientras se acercaba vio sus perfectas mejillas redondas ruborizarse. 

El corazón le latía de una forma rara y casi se quedaba sin aire. No tuvo tiempo de pensar el porqué, ya que se dio cuenta de que ella no estaba sola. Estaba con Alfred. No había notado su presencia hasta que llegó a la mesa, casi como si no existiera. 

—Colin, Marina, llegaron —dijo Penélope con una sonrisa que él podía notar que era un poco tensa. 

—Lamento la tardanza, tu amigo llegó tarde a buscarme, pero ya estamos aquí. 

Colin puso los ojos en blanco. 

—Hola, Marina. Hola, Colin. No pasa nada, no puedo molestarme con tan linda compañía —dijo el hombre rubio mirando a Penélope, haciéndola sonrojarse una vez más. 

Toda la molestia que tenía Colin antes volvió multiplicada. 

 

 

 

Penélope estaba mirando el menú, indecisa de qué pedir. Alfred le dijo que tenían algunas buenas opciones veganas por si quería probar, pero terminó pidiendo lasaña por recomendación de Colin, cosa que le hizo inflar el pecho. 

Finalmente, todos ya habían hecho su pedido al mozo. Colin pidió ñoquis, Marina una ensalada Caesar y Alfred probablemente pasto, si le preguntaban a Colin. 

La charla era entretenida. Penélope hablaba de las películas que le gustaban, los libros que tenía en su lista de pendientes y la novela que estaba escribiendo en los ratos libres que tenía cuando no tenía que estudiar para algún examen. Colin estaba encantado y, aparentemente, Alfred también, ya que le sonreía y le decía que seguro sería un libro increíble, igual que ella. 

Colin se burló en sus adentros por su halago, si es que eso se podía llamar halago.  

El tema cambió a Alfie contando algo sobre su obsesión con los pingüinos y viajes que él no estaba interesado en escuchar. 

—¿Crees que en algún momento hablaremos de algo interesante? —preguntó Marina, aburrida. 

Colin se giró pensando que tendría una cómplice para hablar del aburrido señor pingüino, pero Marina siguió hablando. 

—¿Quién sigue leyendo en este tiempo? No estamos en la Edad Media. Y pingüinos… en serio, deben ser los animales más aburridos sobre la Tierra. 

No le gustó que criticara los intereses de su amiga. Abrió la boca para decir algo, pero una risa tintineante resonó y tuvo que volver su rostro de dónde venía el sonido angelical. Penélope se reía y la comisura de sus labios subió instintivamente. 

—¿Acaso me estás escuchando, Colin? —suspiró Marina, enfadada. 

—Sí, lo siento —dijo mientras se volvía hacia Marina. La veía apagada, como si hubiera perdido todos los colores. 

Marina seguía hablando quién sabe de qué. Colin no lo sabía. Toda su atención estaba en su amiga y en el hombre que tenía a su lado. No entendía por qué le costaba tanto sentirse cómodo. Todo el cuerpo le picaba. Cada pocos segundos tenía que mirar a Penélope. 

Se decía que era porque quería estar seguro de que ella estuviera cómoda, pero verla tan campante y sonriéndole al insulso hombre beige le molestaba sobremanera. Su corazón hacía algo raro en su pecho y el estómago no le permitía comer un solo bocado más. 

—Colin, ¿te sientes bien? —preguntó Penélope con un dejo de preocupación en la voz—. No has comido nada. 

Claro que ella lo notaría. Por un momento se sintió mejor, y no quería preocuparla. 

—Sí, estoy bien. Solo no tengo mucha hambre. 

Ella no estaba convencida y parecía que iba a decir algo más, pero Marina la interrumpió. 

—No es necesario que coma todo lo que está en el plato solo porque está allí. Si lo hiciera no podría mantenerse en forma. Supongo que el concepto de cuidarse no es algo que conozca. —Esto último lo dijo tan bajo que solo Colin lo oyó. 

Sorprendido, miró a Penélope para ver si había escuchado, pero estaba inmersa en otra conversación con su cita. 

—Me gustaría ser tan descuidada como ella con la comida, pero tengo un estándar definido, y la gordura no entra en él. 

—¿Eh? 

El cuello de Colin se giró tan rápido que pudo escuchar un ligero crujido. 

—Sí, se ve que a ella no le importa verse así. 

—¿Así, cómo? 

Para Colin, Penélope era realmente hermosa. Tenía el cuerpo de una diosa, con curvas por todos lados y unos pechos increíbles, redondos y llenos, en los que no pensaba casi nunca. 

—Colin, por favor. 

No entendía de qué estaba hablando Marina. 

—Solo mírala. Aunque a él parece no importarle. 

Colin observó cómo Alfred estaba cada vez más cerca de Pen, cómo le acariciaba el brazo suavemente. 

El leve gruñido que salió de su garganta lo sorprendió. 

—No debería tomarse tantas atribuciones con ella. Además, es muy mayor. 

—Él solo tiene un año más que tú, Colin. Entiendo que te sientes sobreprotector con ella, que la ves como si fuera tu hermanita pequeña. 

—No es mi hermana —dijo, asqueado. 

—Pero Penny tiene veinte años y parece que esta noche va a tener suerte, increíblemente. 

Confundido, volvió a mirar a Penélope una vez más y se quedó helado. 

Alfred le colocó un mechón de cabello detrás de la oreja a su amiga, y luego su brazo la rodeó por los hombros. 

Su mano se cerró en un puño apretado alrededor del tenedor. 

Vio cómo la mano del hombre insolente se movía, desapareciendo un instante detrás del hermoso hombro pecoso de su Pen y reapareciendo en su cintura, apretando levemente. 

Sus ojos se volvieron negros, oscuros y tormentosos. 

Colin golpeó la mesa haciendo que todos se sobresaltaran. 

—Saca tus asquerosas manos de ella —dijo Colin, apuntándole con el tenedor. 

Por un segundo todo el restaurante se quedó en silencio y luego, como un tsunami, las voces volvieron más altas y alteradas. 

Con los ojos redondos por la sorpresa y mirando para todos lados, Penélope intentó calmar a Colin, diciéndole que no estaba incómoda, cosa que pareció echar más leña al fuego, ya que Colin solo miraba con una ira insondable a Alfred. 

—Colin, estás haciendo un espectáculo —dijo Marina. 

Alfred levantó las manos lentamente. 

—Amigo, cálmate, no ha pasado nada grave. 

—Tú… tú la estás tocando indecorosamente… —sabía que sonaba desquiciado, pero no podía parar— y… ella es muy joven para ti. 

—Tengo veinticuatro años —respondió confundido. 

—Bueno... luces demasiado mayor con esa estúpida barba. — sabía que era un comentario cizañero, pero no le importaba 

—Colin, siéntate, me estás haciendo pasar vergüenza. Deja de actuar como su hermano mayor. 

—¡Que no es mi maldita hermana! —gritó exasperado. 

Penélope, que hasta ahora no había dicho una palabra, viendo todo como si fuera una obra de teatro a su alrededor, ese grito la sacó de su estupor. Avergonzada, se levantó lentamente de la mesa, tomó sus cosas y se fue. Necesitaba aire. 

Alfred y Colin se pusieron de pie inmediatamente mientras Penélope se iba. 

—Pen —la llamó Colin. Sin embargo, ella siguió su camino. 

Quiso dar un paso, pero algo se interpuso. 

—Marina, déjame pasar. 

—Yo soy tu maldita cita, Colin. 

—Más tarde hablamos. Tengo que ir a ver cómo está. 

—¿Por qué te importa siquiera? Es una niñata haciendo drama para llamar la atención. Ya se consiguió a alguien que parece querer algo con ella —señaló a Alfred, que todavía estaba allí parado—, a pesar de que está un tanto excedida… 

—Ella es la persona más hermosa, inteligente, dulce y amable que he conocido y no entiendo por qué te cae mal. Te pasaste toda la noche criticándola. Ella es todo para mí y si no puedes llevarte bien con ella, nosotros no podemos estar juntos. 

Alfred dejó caer su servilleta sobre la mesa. Ya había escuchado suficiente. Sin decir una palabra se retiró sin ser notado. 

—Ahora déjame pasar, Marina. 

—¿Realmente vas a dejarme por esa…? 

Colin se irguió. Toda su altura generaba una sombra oscura y amenazante sobre Marina. 

—Ni se te ocurra decir algo de ella. —dijo. 

Y se fue… o al menos lo intentó, ya que un mozo lo interceptó. 

—Señor, alguien tiene que pagar la cuenta —dijo mirando hacia la mesa donde ya no quedaba nadie. 

 

 

 

 

Al salir a la vereda Penélope sintió que finalmente podía respirar. No entendía qué estaba pasando allí adentro, pero no quería presenciarlo. 

¿Por qué Colin le haría esto? Era su mejor amigo, del cual estaba perdidamente enamorada desde hacía años. Sabía que su amor no era correspondido, pero al menos pensó que le tenía algo de cariño. Sabía que no la veía como a las demás mujeres, sabía que no la veía como a Marina, pero al menos pensaba que no la vería como una niña a la cual cuidar. 

Le dolía verlo con Marina y aun así aceptó esa maldita cita doble. Alfred era un hombre decente y realmente parecía interesado en ella. ¿Por qué Colin se lo arruinaría? 

Cuando Alfred salió, ella caminaba de un lado al otro. 

—¿Penélope, estás bien? 

—Alfred, lo siento mucho, por todo. 

—No tienes que disculparte, no hiciste nada malo. Sin embargo, tu amigo… debería. 

—No tengo idea de qué le pudo haber pasado, generalmente es muy relajado. 

—¿Incluso cuando estás con otros hombres? 

—¿Qué? Nunca ha tenido problema que yo recuerde, y siempre estoy rodeada de sus hermanos… 

—No, Penélope. Sus hermanos no cuentan. ¿Cómo ha sido con otras citas tuyas, o tus novios? 

Ella no sabía a dónde quería ir con eso. Colin nunca se comportó así. Si bien nunca tuvo muchas citas y solo había tenido un novio antes… 

No, no podía ser. 

Al ver la cara de confusión de ella, Alfred continuó. 

—Está celoso. 

—No —dijo de inmediato—. No puede ser. Él nunca… Colin es mi amigo. 

—Él no se comportaba allí dentro como un amigo. 

Penélope estaba genuinamente sorprendida por las palabras de su cita. Y él parecía atar cabos más rápido que ella. 

—¿Sientes algo por él? 

—Él nunca… eso nunca… —titubeaba. 

—No estoy preguntando por él, Penélope. Estoy preguntando por ti. ¿Sientes algo por él? —repitió. 

Ella no pudo contestar. Los ojos se le empezaron a vidriar. 

Él asintió, comprendiendo. 

—Eres especial, Penélope, pero no estoy interesado en una relación de a tres. 

—Pero… 

Alfred miró sobre su cabeza y frunció el ceño. 

—Deberían poner sus cosas en orden. 

No sonó molesto, tal vez un poco decepcionado, pero no dijo más y se fue. 

 

—Pen… 

Ella está enfadada. Sus hombros se cuadran al escuchar su nombre. 

No quiere hablar con él en este momento, pero la furia la carcome por dentro. Lo mira con fuego brillando en sus ojos. 

—¿Por qué lo hiciste, Colin? 

Su voz es dura. Penélope jamás le había hablado así, jamás lo había mirado tan molesta. 

—Solo quería cuidarte. —Esas palabras salen de su boca, pero él sabe que no son ciertas. 

—¡Puedo cuidarme sola! —grita—. Él era un hombre perfectamente decente, Colin. Me trataba bien y no sé por qué, pero le gustaba. 

—Claro que le gustaba, ¿a quién no? Pero eso no quita su comportamiento esta noche. 

—No hizo absolutamente nada. Tal vez te resultó un poco incómodo de ver… porque tú no estás acostumbrado a verme de esa manera. Pero no soy una niña, ¿sabes? 

—Claro que lo sé, te veo. 

—No… me refiero a cómo ves a Marina. 

Él no estaba seguro de entender la mueca que acababa de hacer su amiga, pero creía que era muy similar a la suya misma. 

—Sí, no… yo no… ahhgg. —Su mente iba más rápido que sus palabras y se tropezaba con ellas—. No es solo eso, es… es cómo te hablaba. 

—Esto no tiene sentido. 

—Él tenía toda tu atención. 

—¿Es eso? ¿Eso es lo que te tuvo tan raro toda la noche? ¿Que alguien más tenía mi atención y no era tu perrito faldero? 

—¡Sí! No… ¡No, Pen! Él… él es muy particular. 

—¿Qué? 

—Sí, y aburrido y… y quién es rubio a su edad, es extraño. 

—Colin, estás siendo absurdo. 

Colin estaba contra las cuerdas y no estaba seguro de salir ileso con la contrincante que tenía adelante. 

—¿Y cuál era el problema con Remi? 

Un calor sofocante se extendió por el pecho de Colin. ¿Qué tenía que ver Remi, en todo esto? Creyó que ya lo habían superado.  

—No me hagas hablar de él. 

—No puedes decir nada de él. Ni siquiera lo conociste. 

—No fue necesario. 

—Era divertido. 

—¡Te puedes divertir conmigo! 

—Eres imposible. 

Penélope negó con la cabeza y empezó a caminar alejándose de Colin. 

Y Colin… Colin estaba enojado. No entendía por qué Penélope era tan terca. Solo quería cuidarla, y ahora se alejaba.  

Sentía que la perdía y su mundo se derrumbaba. 

—Pen, Pen, no te vayas, por favor. 

—No puedo hablar contigo ahora, Colin. 

—¿Por estos tipos? —escupió. 

—Estos tipos, como tú los llamas, no eran malos ni intrigantes. Estaban bien. 

—No. No estaban bien. Ninguno de ellos estaba bien y ninguno lo estará. 

—¿Por qué!? 

—¡Porque no son yo! 

Su pecho subía y bajaba agitado. Su mente trabajaba rápido. Lo había visto, lo había entendido, ya no podía tener los ojos cerrados. 

—No es gracioso, Colin. 

—¿Qué pasaría si te digo que tengo sentimientos por ti? 

—No digas cosas que no sientes. 

—Pero lo hago, yo… yo… —se paró frente a ella—. Pen, me gustas, me gustas muchísimo. 

Penélope jadeó, pero no dijo nada. Se quedó inmóvil, pensando que tal vez no había escuchado bien. 

—Y lo sé, soy un idiota, pero ahora lo veo, ahora me doy cuenta. Sí, me molestó que no me prestaras atención, me molestó que hablaras con él, que te rieras con él, que te tocara —esa última palabra estaba cargada de rabia— porque quería ser yo. Quiero ser el único que te haga reír, el único que te haga sonrojar. 

Colin estaba asustado ante las palabras ausentes de Penélope. No podía entender su rostro, que había quedado desprovisto de gestos, pero no podía parar. Quería ser valiente, para ella, aunque no le correspondiera. 

—Y no quiero que creas que esto solo lo digo porque quiero tu atención y que después de tenerla esto cambie. Solo pienso en ti, hablo de ti todo el tiempo y soy tan terco que no me permitía reconocerlo. 

—¿Y Marina? 

—¿Qué con ella? 

—Es tu cita. 

—Ella es horrible. Supongo que solo necesitaba una excusa para decir que tenía una cita contigo. 

Penélope se rió, poniendo los ojos en blanco. 

—Es verdad, pregúntale a Daph. Le dije que tenía una cita contigo y me ayudó a elegir qué ponerme. 

—Colin, tú también me gustas… —Penélope se mordió el labio—. Bueno, hablando con sinceridad… yo… te amo. 

Ella se quedó en silencio, esperando una respuesta, a pesar de que no había hecho ninguna pregunta. 

Colin se quedó shockeado por un segundo y luego la abrazó con fuerza, haciéndola ponerse de puntitas. 

—Yo también te amo, Pen —y la besó. 

Fue un beso de solo un par de segundos, pero fue eléctrico. 

Luego Colin se apartó, avergonzado y con las orejas coloradas. 

—Perdón, me dejé llevar. No es que no quisiera hacerlo, pero no sabía si tú querías, y no te dije antes que te amo porque tenía miedo de que te asustaras o que no me creyeras, porque me di cuenta ahora… pero creo que te amo desde hace mucho tiempo… 

—Colin, para —le tocó el brazo suavemente. 

Él la soltó del abrazo, aunque sus manos seguían juntas. Su corazón volvía a latir desbocado, nervioso, pero la dulce sonrisa de Penélope lo tranquilizaba. Sabía que todo estaría bien cuando ella lo miraba así. 

—¿Lo dices en serio? 

—Claro que lo digo en serio, no te mentiría con algo así, Pen. 

Ella asintió. 

—Y quiero invitarte a una cita. Una real, solo nosotros dos. 

—De acuerdo. 

Él apoyó su frente en la de ella, cerrando por un segundo los ojos, respirando su perfume de jazmín, disfrutando de ese pequeño momento… y su estómago rugió tan fuerte que Penélope empezó a reír a carcajadas. 

—No te rías, muero de hambre. 

—Veo que volviste a la normalidad. 

—Claro que sí, estoy contigo. 

—Yo tampoco comí mucho. ¿Quieres sushi? A un par de cuadras hay un local buenísimo. 

—Claro que sí. Además, dudo que veamos al hombre pingüino allí. 

—Lo dudo… —se rió y lo miró con malicia—. Ya puedes admitir que no tenía nada de malo, solo estabas celoso. 

—Él era extraño y no lo voy a discutir, Penélope. 

Empezaron a caminar, tomados de la mano y charlando. 

—Y Remi era muy gracioso y hacía caridad… 

—¿Por qué sigues hablando de ellos? —la acercó más por la cintura—. ¿Acaso quieres ponerme celoso? 

Rozó su nariz con la de ella. Sus labios estaban tan cerca. 

—No quiero escuchar más esos nombres salir de los labios de mi chica. 

—¿Tu chica? ¿Acaso somos novios y no me enteré? —respondió astuta, aunque la voz casi se le entrecortó. 

—Lo somos. 

—Ni siquiera me preguntaste si quería. 

—No, no quiero darte la oportunidad de rechazarme. 

—¿En qué mundo lo haría? 

—No lo sé… y no quiero averiguarlo. 

Él estaba completamente hipnotizado por su boca mullida y no podía aguantarse más.  

El primer beso había sido grandioso, pero muy corto. Necesitaba otro.  

Y esta vez sería intencional. 

Suavemente, sus labios se tocaron y, una vez más, todo a su alrededor desapareció. El mundo pareció explotar en miles de luces blancas. 

Y él supo que todo lo que sabía sobre besar era basura. 

Todo lo demás habían sido meros labios y lengua y suaves murmullos, palabras sin sentido. 

Este era un beso. 

Y no la dejaría ir nunca. 

Era una noche de verano preciosa cuando Colin se declaró a Penélope, su mejor amiga. 

 

Todo lo que había pasado en aquel restaurante pronto se convertiría en una anécdota de la que se reirían más adelante, una que tal vez él contaría en la fiesta de su casamiento. 

Sabía que se estaba adelantando un poco al pensar en una boda, una casa juntos, hijos y un perro. Aun así, no tenía nada de malo imaginar. Los hijos podían esperar un par de años, todavía eran jóvenes. 

La propuesta de matrimonio, por otro lado… ¿sería muy apresurado en dos o tres meses? 

No estaba seguro. Iría tanteando el terreno.  

Seguro podría contenerse.  

Sabía ser tranquilo, moderado. 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Al mes le pidió casamiento. 

 

 

 

 

 

 

 

 

Ella dijo que sí.