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Una familia a punto de salir por la noche de brujas era una escena que cualquiera imaginaria cálida y tranquila, emocionante y muy silenciosa.
Bueno, tal vez así sucedía en las demás familias de la isla, pero no en la torre de la familia Brown De Luque.
La torre se encontraba atareada esa tarde, pisadas se escuchaban en todos los pisos del hogar, los chispazos del fuego quemándose en una chimenea encendida y los constantes gritos y risas de la pareja que ahí habitaba formaban la sinfonía de aquel lugar.
Vegetta estaba terminando de enfundarse en su traje mientras las manos juguetonas de su esposo le impedían peinar las hombreras doradas. Foolish se había despertado extrañamente cariñoso esa tarde, pues tras su siesta de la puesta del sol, no había querido despegarse de la dulce fragancia varonil de su esposo.
El semidiós se abrazaba a la espalda fuerte y ancha del guerrero como si de ello dependiera su vida. Su piel dorada reflejaba los destellos del traje de príncipe que su esposo lucia como el mejor modelo de la humanidad. Los ojos púrpuras de Vegetta estaban limpios por completo, pero esperaban ser tintados de una sombra oscura color negro y un polvo lleno de brillos dorados esperando por ser desprendidos en el párpado.
— Foolish, cielo, te prometo que cuando acabe esto iré contigo — regañó con tono cariñoso Vegetta mientras intentaba que su empalagosa pareja le dejara la cadera en paz. Por más que le pesara separarlo, debía terminar — ¿Porqué no ayudas a Leo con su disfraz?
— Rude — se quejó el semidiós finalmente soltando de mala gana al azabache. Escucho la risa de su esposo y aquello disipó molestia alguna en su corazón.
Se alejó de la habitación más grande con paso firme (o con la misma actitud de una princesita caprichosa a la que se le había negado una tiara) y se dirigió hasta el piso continuo, ese en el que las paredes comenzaban a ser decoradas con cuadros y posters de personas, cosas y colores que para Foolish, carecían de sentido.
Primero vislumbró la parte de la habitación que estaba decorada con un gran espejo de cuerpo completo y colores variando entre el rojo y el negro; donde las paredes se pintaban de posters y fotos familiares así como pegatinas en forma de estrellas y constelaciones.
Una pequeña cabellera negra idéntica a la de Vegetta se asomaba frente a un tocador del mismo color. La menor de la familia parecía luchar con una pequeña brocha y su tembloroso pulso.
— Everything’s good, Leo? — Foolish entró a la habitación y se tiró a la cama sin importar la cantidad de ropa que se encontraba ahí tirada, estiró sus brazos y extendió sus piernas acomodándose totalmente.
— ¡No! ¡No me sale el delineado! — se quejó una frustrada Leo con su melena salvaje atacándole los hombros; su rostro estaba decorado por un puchero de fastidio que, a ojos de su padre, le hacía ver adorable.
— Que mensa, no sabe — ambos escucharon una risa masculina al fondo de la habitación, allá donde terminaba el pasillo y se extendía otra puerta pesada.
Roier se asomó por el marco de la puerta de la menor, una sonrisa altanera y sus ojos marrones achinados hicieron que una carcajada se le escapara a Foolish desde el pecho.
Leo rodó los ojos en dirección a su hermano; en secreto envidiaba la habilidad tan buena que tenía el castaño para maquillar sus ojos cuando se sentía triste y tenía esa necesidad de llenarse el rostro de oscuridad.
Claro que Leo solo envidiaba la parte de su habilidad con el delineador, no la parte de la tristeza y oscuridad. Iugh.
La escena era común para la casa de la peculiar familia: Foolish se burlaba de sus dos hijos mientras estos dos discutían sin pausa alguna.
Todo con amor, claro.
Mientras la azabache y el castaño debatían cuál era la mejor forma para los ojos afilados de la menor y se miraban en el espejo toda aquella imperfección que pudieran encontrar, en el filo de la puerta sonaron unas pisadas de tacón que Foolish conocía bien.
Sus ojos se abrieron de inmediato al reconocer el sonido de las botas blancas que su esposo usaba tan poco y que le hacían lucir como todo un príncipe: ahí estaba Vegetta, conquistándole como la primera vez en que le vió y supo que el destino al fin le había presentado al indicado.
La piel caramelizada del guerrero era marcada por un conjunto real de colores blanco, púrpura y detalles dorados que le acentuaban los ojos y el cabello de forma sensualmente elegante, sin embargo, la cereza en el pastel era aquella sombra negra en el borde de sus párpados haciendo contraste con los brillos dorados salpicados alrededor.
— Damn, are you asking for another child? — el semidiós se incorporó con rapidez; sus ojos esmeralda brillando de pura emoción y sus manos rápidamente viajando a los costados de su amado.
Una risilla escapó de los labios del azabache, quien le permitió a su esposo abrazarle mientras negaba la cabeza divertido — ¿Ya están listos, niños?
— Somos adultos, pa — se quejó Leo mientras trataba de quedarse quieta, pues su hermano ahora era quien trataba de delinear sus ojos justo como la forma en la que le había pedido la azabache.
— Habló la consentida que está chiquita — Roier volvió a interferir en la conversación. Sus dientes mordían su lengua en señal de concentración en las líneas que trazaba con su pincel sobre el rostro espolvoreado de pecas de su hermanita — ¡Listo!
Vegetta y Foolish se miraron entre sí con sonrisas cómplices. Noche de brujas era la perfecta excusa para pasearse por las calles de noche y lucir increíble en cualquier atuendo, y claro, ¿qué otra cosa se esperaría de la familia más envidiada de la isla?
Foolish en realidad sólo iba como el mismo, pero mostrándose al fin como esa criatura que a veces los ciudadanos olvidaban que era: la de piel dorada que realmente resplandecía bajo las luces más tenues, la que podía adornarse en kilos y kilos de joyas de oro y jamás se vería mal, la que dejaba que su cabellera rubia cayera con gracia por su espalda y que dejaba a su lado marino mostrarse por completo. El perfecto contraste para el “príncipe” Vegetta.
Los hermanos estaban completamente vestidos de formas distintas: para comenzar, Leonarda había planeado salir por si sola y acompañar a sus padres, pero al ser invitada por Trump y haber sugerido la idea de compartir atuendos, no se había podido resistir: tras robarle una gran camisa blanca a su padre azabache y robarse un par de collares largos de su padre rubio, había formado entre botas y bufandas un perfecto atuendo pirata. (Si alguien le preguntaba de dónde sacó la espada encantada, Leo simplemente sonreiría como una niña tierna…)
Por último se encontraba Roier, que adornaba su cabellera con un sombrero al estilo vaquero en lugar de una bandana, unos jeans y una camiseta que también le había robado a su padre azabache. El castaño había quedado de verse con su novio a mitad de la noche, pero no por eso se negaría a estar con su familia hasta ese momento.
— Listos todos, aquí la lista de cosas que pasarán: Leo, si se te acerca una persona con sonrisa bonita y te dice que te comparte dulces, dices que no y que eres mucho para él — habló Vegetta cruzándose de brazos ganándose una queja de la mencionada — Y tú, Roier, regresas a casa cuando quieras pero sin hacer ruido, que me despiertas a mí Foolish. Nada de traer a Cellbit a casa, y si entra, que se quite los zapatos, que siempre nos llena la alfombra de tierra.
— Rule number one: have fun! — agregó Foolish rodeando los hombros de su amado y sonriéndoles a los aludidos con sus dientes resplandecientes y afilados — Rule number two: the 40% of your candy is mine.
Medianoche.
Dulces y fiestas.
Parejas y escapadas.
Todos sabían que, así como eran, el semidiós y el guerrero acabarían en una esquina de las fiestas besándose con pasión y una locura que rozaba lo extremo con lo suficiente. Aferrados a las prendas del otro mientras sus dedos se volvían blancos y el agarre de sus brazos les resultaba insaciable, era ahí donde acababan siempre año tras año.
Todos sabían el porqué del maquillaje negro en los ojos de Vegetta acababa siendo arrastrado hasta su cuello. Todos sabían que a Foolish le encantaba delinear las mejillas del azabache con sus pulgares cuando tomaba su boca en la propia. Y también todos sabían que el semidiós a veces no calculaba bien donde se encontraban estas cuando estaba ocupado reclamándole el sabor del vino en sus labios.
Medianoche.
Luces en el techo y sombreros olvidados.
Todos sabían que a la pareja de castaños les gustaba la privacidad cuando se repartían muestras de amor, que les gustaba cerrar las puertas tras ellos y susurrar a pesar de las bocinas retumbando en sus oídos con fiereza.
Todos sabían que a Cellbit y Roier les gustaba más alejarse de los grupos y conversar antes de caer fundidos en las manos ajenas, entregándose por completo y dejándose sabor con caricias lentas que eran en uno para el otro. Todos sabían que la razón por la que las sombras y los delineados de los ojos marrones y azules se debían a que alguno de ellos había caído dormido en el pecho del otro, aferrándose tan fuerte a sus torsos que era imposible separarles.
Medianoche y maquillaje, medianoche y amores.
Las mejores combinaciones siempre se presentan a la medianoche.
