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Reanuda, traga, vuela (y luego namasté, cabrones)

Summary:

¿Cómo carajos doy una sinopsis a esto? Lo describiría como: firmar un contrato de conducta que no leíste por estar llorando por Berlín, enterarte de que tu terapeuta y tu manager tienen “acuerdos”, y descubrir que la solución para tus impulsos autodestructivos post-coito no es el contacto cero sino una semana de yoga en Arizona con el hombre al que le rompiste la nariz (y a ti el corazón, pero de eso no se habla).

Julian solo quería sexo y comestibles. Albert solo quería que lo dejaran en paz con su culpa. El instructor solo quería dar su clase sin que dos cuarentones convirtieran el Saludo al Sol en un espectáculo de celos.

Contiene: ropa interior que no se devuelve, una venda rosa en la nariz que nadie explica, y un “namasté” que empieza siendo una broma de Fab y termina siendo la única oración que Albert susurra antes de dejarse querer. No es una reconciliación. Es una tregua. Y probablemente no sirva de nada. Pero al menos esta vez no huye.

Notes:

¿Qué contiene esto?

· Una semana (un día) de yoga en Arizona que no pidió nadie.
· Un instructor que parece salido de un anuncio de desodorante y que Julian acosa por puro morbo.
· Crisis de mediana edad a las 10 de la mañana.
· Ropa interior que no se devuelve (y que Albert usa porque sí).
· Una venda rosa en la nariz que nadie explica.
· Y un “namasté, cabrones” que empieza siendo una broma de Fab y termina siendo la única oración que Albert susurra antes de dejarse querer.

Advertencias con sabor a té de jengibre que Julian le prepara a Albert aunque Albert no se lo pida:

· Consentimiento dubitativo (la especialidad de la casa, ya saben).
· Sexo que no ocurre (spoiler: se duermen antes).
· Comestibles que pegan más fuerte de lo esperado.
· Un manager que lo sabe todo y que probablemente debería cobrar más.
· Diálogos que son puñaladas y monólogos internos que son un grito al vacío (pero esta vez con más risas, lo prometo).

Sobre los personajes (porque ya es tradición):

· Julian sigue siendo un hombre adulto autista, narcisista, con el olfato de una perra al final del día y una capacidad infinita para hacer comentarios inapropiados en el momento menos oportuno.
· Albert sigue viviendo con ansiedad generalizada e hipertensión, y sigue tomándose pastillas bajo la lengua mientras el mundo se desmorona a su alrededor. Pero esta vez, por lo menos, se ríe.
· Yo, la autora, sigo siendo autista. Esta sigue siendo mi interpretación personal y respetuosa de mentes neurodivergentes complejas, escrita desde la experiencia interna. Si algo no te cuadra, bienvenidx a mi cabeza, ni yo la entiendo del todo.

Un par de cosas más:

Esta historia tiene 6 meses de diferencia entre el principio y el final, y se nota. La prosa de la primera parte la escribí cuando apenas estaba aprendiendo a escribir (literalmente). La del final la escribí hace unos días, después de meses de no tocar el documento, y fue como reencontrarme con viejos amigos que no sabía que extrañaba tanto. Si notas un cambio de ritmo, es que yo también lo noto. Y me gusta. Creo que significa que algo he aprendido en el camino.

Las notas de autor de los one shots anteriores tienen un tono de “ay, qué miedo, ojalá nadie lea esto”. Esta tiene un tono de “gracias por leer esto, en serio”. No es que haya dejado de tener miedo, pero ahora el miedo convive con otras cosas.

Etiquetado:

Sigo siendo una psicópata en fase de negación, así que lo he etiquetado casi todo. Si algo se me escapó, avísenme. Mejor que sobre a que falte.

Y por último:

Esto sigue siendo ficción cochina inspirada en mi cabeza caliente y mis dinámicas de poder disfuncionales favoritas. Los personajes están reinterpretados libremente y OOC. Escrito en español porque ya no sé si algún día escribiré en inglés, pero mientras tanto aquí estoy, en mi rincón, haciendo ruido.

Los comentarios me dan vida. Literal. Así que si quieres dejar un grito, una teoría, una queja sobre por qué no follaron al final, o simplemente un “namasté, cabrones”, aquí estaré, leyéndolo con una sonrisa tonta.

Esto fue un secreto entre ustedes y yo. Luego fueron cómplices. Ahora, no sé, ¿hermanos de armas? ¿Compañeros de viaje? Lo que sea. Gracias por llegar hasta aquí.

No considero necesario leer mis dos trabajos anteriores para entender este, pero pueden hacerlo... si quieren, ya saben.

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

Por lo general, después de sus encuentros, volvían a ser completos extraños, como siempre. No se trataba necesariamente de sus malos términos ni de la relación en sí, sino de una mezcla desagradable de arrepentimiento y vergüenza: la certeza de que algo estaba mal y, aun así, había sucedido. 

 

El tiempo distanciados solía ser su aliado la mayoría de las veces. 

 

Pudo volar a casa tranquilo y de buen humor, salvo por la mañana tan desgraciada que había tenido, llena de resaca emocional y discusiones con sabor añejo. Julian había perdido su vuelo por estar de rodillas chupando verga en el baño VIP del aeropuerto —bien merecido—. 

 

Sin embargo, su propio vuelo todavía estaba a tiempo, así que, una vez satisfecho, se retiró para abordar. Pudo escuchar a su amante maldecir a sus espaldas por la pérdida del avión, pero estaba bien; se repitió que no era su problema y disfrutó burlarse de él en su bonita cara mientras salía del cubículo. 

 

También escuchó un vago «Nos vemos pronto, amor mío», casi al final.

 

Lo que sí sintió, de eso estaba seguro, fue un bajón repentino de presión arterial cuando, al salir, un hombre de la tercera edad —sí, todavía había personas mayores que él en este mundo— lo miró con algo parecido a la desaprobación y el asco desde el espejo. 

 

Sabrá Dios cuánto tiempo llevaba allí o cuánto habría escuchado. No esperaba ser reconocido —no le ocurría a menudo últimamente—, pero aún así una ola de vergüenza lo cubrió. Sintió el rostro arder mientras cerraba la puerta con más fuerza de la necesaria y salía a toda prisa de aquel lugar. Esperaba que su compañero saliera del cubículo más tarde; el anciano parecía estar a punto de irse.

 

Llegó a casa sin más contratiempos y con un humor sorprendentemente bueno, recibido por sus mascotas. Claro, el cuerpo le dolía. Sin embargo, el karma por sus acciones le cayó casi al instante y trajo consigo dos grandes problemas.

 

Hoy era uno de esos días en los que se sentía especialmente inquieto, por la ansiedad, la culpa y todas esas cosas que intentaba repetirse a sí mismo: no podía controlarlas. 

 

Su cita de terapia había sido reprogramada; leyó el correo con los ojos llenos de lágrimas por la frustración. Claramente no contaba con eso. Apenas enterarse, empezó a morderse las uñas mientras leía el respetuoso mensaje —esto no debería ser un problema, se suponía que ya estaba mostrando mucha mejoría en las sesiones—. Al mismo tiempo se convirtió en un mar de nervios, sudoroso y patético; corrió a refugiarse bajo las sábanas frías, sin querer seguir mirando su propio rostro lloroso en el espejo. 

 

Pero bueno, se lo había buscado, ¿no? Parecía que su denigración y su llanto mensual por las mismas historias pasionales —siempre las mismas, ocultas en habitaciones de hotel, cargadas de vergüenza, charla sucia, nostalgia, sexo sin protección y ganas de cometer homicidio— tendrían que esperar para salir a la luz en terapia.

 

Y aquí estaba el segundo problema: esta vez no habría distanciamiento. Bueno, no como tal.

 

Despertó tarde al día siguiente de enterarse de la cancelación de la cita. Había pasado casi toda la tarde y la noche llorando en la cama, con la culpa carcomiéndole el alma. No logró conciliar el sueño hasta que metió la mano dentro de los pantalones y se masturbó —para relajarse, claro—. Terminó pensando en la lengua de Julian dibujando espirales en su glande y en la cálida humedad de esa boca alrededor de su miembro. Lo recordó de rodillas en el piso frío del aeropuerto, con las gafas de sol sobre el cabello, apartando los mechones de su bello rostro.

 

Mierda. Hasta para masturbarse era un cliché andante.

 

Patético. No le pregunten por quién.

 

El sol le lastimaba la cara en cuanto se dignó a abrir los ojos. Ya era el día siguiente, así que sacó el pie izquierdo  de la cama —su subconsciente le advertía que sería un día de mierda, y él lo creía—. No quiso ver su cara en el espejo, por lo que se cepilló los dientes fuera del baño.

 

Una vez en la sala, cerca de la cocina, abrió el ordenador para revisar nuevamente los correos. La última vez no había leído nada bueno, pero era un adulto responsable y tenía la obligación de atender sus pendientes. Debería contratar otra vez a alguien que lo hiciera por él; ya no tenía tanto tiempo como durante la pandemia.

 

Su celular comenzó a sonar en la cocina. No era una llamada, sino uno de esos recordatorios programados que Nikolai le había enseñado a poner para no olvidar cosas importantes. ¿Las mascotas ya tenían cita en el veterinario? El sonido se apagó y el teléfono siguió vibrando. Lo revisaría más tarde.

 

Seguía sumergido en los correos: facturas, recibos de tarjetas, compras, paquetes, el boleto de avión online con acceso a la sala VIP —ya basta, por favor—. Entonces leyó algo enviado hacía poco más de una semana:

 

(.)

 

Asunto: Ensayo Formal - [The Strokes] - Preparación para: X Festival a finales del verano.

 

¡Hola a todos!

 

Espero que este correo los encuentre bien.

 

Les escribo para confirmar y convocar nuestro ensayo formal en el estudio, a preparación para la próxima presentación. Este ensayo es crucial para pulir los detalles, asegurar que todos estén sincronizados y revisar la secuencia completa del show, incluyendo transiciones, luces (si aplica) y cualquier indicación técnica.

 

Detalles del ensayo:

Fecha: [Día de la semana], [Fecha del ensayo]

Hora: [Hora de inicio] - [Hora de finalización]

Lugar: [xxxxx xxxx xxxxx]

Qué traer: [Ustedes ya lo saben, pero etc.]

 

Puntos clave a revisar en el ensayo:

[Canción 1]: Enfoque en [aspecto específico…]

[Canción 2]: Revisar [aspecto específico…]

Secuencia completa del show: Asegurar transiciones fluidas.

 

Por favor, lleguen puntuales y con sus instrumentos listos para maximizar nuestro tiempo. Si alguien tiene algún inconveniente o no puede asistir (esto no es opción), les pido que más vale que la justificación sea buena.

 

Un pequeño y amable recordatorio:

Aprovechando el viaje, y con todo el cariño del mundo, pero con cero tolerancia a la tontería: La puntualidad no es una sugerencia, ¡es un superpoder que necesitamos explotar! Cada minuto tarde nos cuesta dinero y, más importante aún, nos roba tiempo valioso para sonar como los dioses que sabemos que son (o eran). Así que, por favor, pongan ese despertador, lleguen con tiempo y con toda la actitud. No ebrios, drogados, malhumorados, etc. etc.

 

Y al estar en confianza, recordemos que una banda es como un matrimonio (sin los anillos, a menos que sean de rock, claro): Tiene sus altos, sus bajos y, a veces, sus ganas de estrangular al prójimo (sí, les hablo a ustedes dos). Pero al final del día, lo que sale al escenario es la armonía. Dejemos cualquier drama o malentendido fuera del estudio y del escenario. Ustedes van a hacer música y a defender su legado, no a ganar premios de "drama queen". El respeto y el buen ambiente son tan importantes como afinar un instrumento. ¿Entendido?

 

¡Gracias a todos por su compromiso y nos vemos en el ensayo!

 

Saludos cordiales.

 

Pd: Si aplica, por favor revisa el link que está al final del correo, es de carácter URGENTE; si no hay ninguno ignora este comentario. Por favor confirma de recibido.

 

(.)

 

Estaba terminando de leer el correo —que quería creer que era un copia y pega para todos los miembros— cuando el chillido agudo de la tetera lo sobresaltó, punzándole los oídos. Tener oídos musicalmente desarrollados a veces traía este tipo de problemas. Se levantó de golpe de la silla y se sirvió una taza de té; ya había aprendido a tomarle gusto a esa bebida desde que su presión arterial decidió convertirse en una perra que nunca lo abandonaría.

 

 El primer sorbo le supo amargo —le recordó a la última vez que probó el semen de un tipo patético—; hizo una mueca y sintió cómo se le aceleraba el pulso al recordarlo. Revisó su celular: claro, ahí estaba el maldito recordatorio.

 

Ensayo.

 

De cualquier manera, la gente siempre decía que eran una mierda en vivo. ¿Para qué ensayar? Pero la nostalgia y los recuerdos siempre ganaban y, sobre todo, vendían —él lo sabía demasiado bien—. También sabía del ensayo; no podía olvidarlo. ¿Por qué lo haría? (Mentía). El problema era que había pensado que, ya saben, tendría más tiempo para arreglar la mierda en su cabeza antes de afrontar las consecuencias reales de sus actos.

 

Las sesiones juntos para practicar eran algo con lo que definitivamente no contaba para lidiar con su nuevo duelo emocional. Se había olvidado por completo del puto festival a finales del verano; su consuelo, claro está, había estado puesto en su terapia rutinaria a finales de mes —cosa que no iba a suceder pronto—.

 

❛┈┈┈┈┈┈┈┈┈┈┈┈┈┈┈┈┈┈┈❜

 

Manejar hasta el estudio días después empezó problemático y, sí, recibió un regaño por llegar tarde a pesar de haber salido con horas de anticipación. A la mierda con el tráfico de L.A. 

 

Y ahora, mientras estaban en el estudio, resultaba que los malditos flojos que se hacían llamar The Strokes también tenían ganas de componer y aportar ideas. Qué pesar tan sofocante; se suponía que no habían venido para eso, recordaba… ¿Ahora que lo pensaba, incluso ya tenían material grabado, no?

 

No lo malinterpreten —él era un hombre que amaba, vivía y respiraba música—, pero había momentos para todo, y si no estaba en su mejor semblante para practicar, mucho menos para componer. Y bueno, aunque mostrara sus ideas, no siempre eran del agrado de cierto hombre succionador de vergas.

 

Lo peor era que se encontró con el mismo escenario de siempre. Saber que estabas siendo ignorado adrede resultaba aún más doloroso. ¿Cómo actuabas normal frente a alguien que no solo conocía tu desnudez física, sino también la emocional? Peor aún, cuando todos sabían que habían estado involucrados y hasta fueron escuchados más de una vez en situaciones… ejem, comprometedoras.

 

Era un sentimiento de vulnerabilidad tan ofensivo. Albert siempre solía bromear diciendo que no se había arrastrado aún más por ese hombre mediocre —porque no había suelo suficiente—. Eso no era amor, y lo sabía.

 

No estaba seguro de si era el único en sentir aquella tensión en el ambiente del estudio. Saludó cordialmente al llegar —claro, él era un hombre de valores y respeto (que hacía menos de dos semanas había estado enterrado hasta los huevos en el culo del hombre que justo ahora estaba frente a él, probando su micrófono y hablando con Nikolai)—. 

 

Después de haber acordado el set-list para el puto festival que los había reunido —y toda esa porquería técnica y burocrática que era realmente a lo que habían venido, según citaba el correo que recibió—, trataba de prestar atención a lo que decía Nikolai a su lado mientras cambiaba las cuerdas de una guitarra acústica que no había utilizado ni utilizaría —es más, ni siquiera necesitaba realmente un cambio de cuerdas—. Él necesitaba hacer algo con sus manos o comenzaría a morderse las uñas otra vez. Nikolai hablaba sobre estructurar una canción y en qué tono deberían hacerla cuando una voz monótona lo interrumpió:

 

—...sí, es una idea genial y todo esto funcionará si, ya sabes, tuviéramos la aportación y participación de todos para trabajar en esto.

 

Levantó la vista repentinamente —como quien es sorprendido haciendo algo indebido—, interrumpiendo el flujo tranquilo de la conversación con su acción. El individuo frente a él no lo miraba directamente. Nunca lo hacía cuando estaban en público. 

 

Estaba jugueteando con el cable de su micrófono (en serio, ¿por qué carajos no usaba un micrófono inalámbrico y ya?) y mirando hacia el techo distraídamente mientras balanceaba los pies. Este mismo rodó los ojos al sentir que lo estaban mirando.

 

Esto era una provocación —lo sabía—. No estaba de humor para pelear hoy. Pero, esperen: ¿su provocación era odio o una invitación a pelear para reconciliarse después? Había perdido la cuenta de cuántas veces habían terminado teniendo sexo enojados y amaneciendo reconciliados al día siguiente.

 

—Honestamente, creo que las ideas son bastante geniales, pero no me siento en el mejor momento para sentarme y componer, mucho menos para aportar —dijo Albert, pasándose las manos por el rostro—. El acuerdo era solo el ensayo, y siento que realmente no estoy presente para esto; mi mente está en otro lugar. No es que esté dando lo mínimo, de verdad no me siento bien —apretó las sienes—. Me duele mucho la cabeza.

 

Miró a cada uno con una cara que intentaba transmitir disculpas; todos parecieron entender, aunque con algo de indiferencia. Nikolai asintió sin mirarlo —como siempre—. Fab hizo un gesto de «¿Otra vez?» con los ojos. Nick levantó una ceja sarcástica, pero no apartó la cabeza de su guitarra. Albert sintió un alivio agrio: eran cómplices de su farsa… como siempre. Sacudió su muñeca para encender el reloj digital —debería revisar sus niveles de presión arterial, el dolor de cabeza iba en aumento—. ¿Había tomado su pastilla matutina hoy? 

 

Silencio. 

 

Después se escuchó una risa sin gracia en el estudio, mientras un micrófono caía abruptamente al suelo, amortiguado por la alfombra.

 

—¿Te dolió más conducir hasta acá a cumplir tus obligaciones o la paliza que te di en el hotel? —dijo el bastardo frente a él, arqueando una delgada ceja con burla. Albert sintió el zumbido en los oídos nuevamente —el mismo que precedía a los gritos de Julian en el sexo—.

 

—Maldita sea, aquí van otra vez —escuchó una queja aguda, casi como un berrinche, probablemente de Nick.

 

Su terapeuta siempre le decía: «Quien te enoja, te domina», y vaya, parecía que se le había olvidado que era esclavo de ese bonito culo (del que siempre hablaba en terapia) desde los 00’s. La realidad era que siempre le habían dicho que tenía un humor muy inmaduro e infantil —incluso para responder ante situaciones que requerían seriedad—; así que, a pesar de ser un adulto de más de cuarenta años, no podía evitar que su respuesta sonara como la de un adolescente cachondo de secundaria.

 

Eso, y los flashbacks de Julian en su última noche: «Me vas a romper el culo, cabrón», recordó que le había dicho cerca del final el maldito anciano. ¿Qué quería dar a entender con la última parte de su comentario? Tampoco se trataba de mentir para convivir. Y que quede claro: Albert no tenía problemas en ir abajo en la cama. 

 

Lo disfrutaba mucho, en realidad. 

 

Quizá demasiado.

 

—No lo sé, deberíamos preguntarle a tu culo —respondió con toda la seriedad que pudo reunir. El zumbido en los oídos se intensificó, junto con los latidos de su corazón. 

 

Las estridentes carcajadas de Fab interrumpieron el silencio incómodo del estudio, mientras incluso se doblaba en su asiento. Pudo sentir a su derecha a Niko negando con la cabeza (ojos cerrados y brazos cruzados); y escuchó a Nick suspirar mientras rodaba los ojos y se frotaba la cara con ambas manos.

 

—Oigan, oigan —volvió a interrumpir Fab mientras su ataque de risa disminuía—. Es muy nostálgico escuchar a mamá y papá discutir frente a los niños otra vez, pero llevo más de veinte años escuchando sus peleas maritales, y les aseguro que no volé más de ocho horas para escuchar quién terminó con el culo roto hace días —volvió a reírse de la situación—.

 

—Yo les dije que no era buena idea que se hospedaran juntos la última vez —dijo Nick con molestia mientras se ponía de pie del sillón donde había estado sentado las últimas dos horas—. Siempre sucede lo mismo. Estoy harto, me voy a casa.

 

—Oye, aún estamos discutiendo sobre… —comenzó a decir Nikolai.

 

—No me importa —lo interrumpió Nick—. Yo ya he leído este episodio antes; cambien el guión. Además, yo sí tengo una familia que me ama y me espera en casa para cenar; me largo de aquí ahora mismo, ya no tengo por qué...

 

—¿No tenías un argumento más estúpido con el que defenderte? —interrumpió ahora Julian, mirando directamente a Albert. Nick volteó su mirada enseguida también hacia el hombre que habló —probablemente pensando que el comentario agresivo era para él—. En cuanto vio a los amantes de frente en un concurso de miradas, volvió a fingir indiferencia y continuó con lo suyo. Julian esta vez se veía muy enojado. Parecía que, después de todo, su respuesta sí lo había tomado por sorpresa.

 

—Tardas mucho en responder, querido Jules —susurró Fab entre risas, mientras tomaba su teléfono y los miraba divertido—. Vas a provocar una pelea si no te defiendes rápido; te van a romper el culo, otra vez.

 

—Mmmh, ¿tan estúpido como tú? No tanto, honestamente —respondió Albert, presionando más y rascándose la barbilla distraídamente en el proceso. Al mismo tiempo, sintió a Nikolai removerse en su asiento, posando su mirada en cada uno de los integrantes de la sala, analizando la situación.

 

—Eres un hombre tan patético y perdido… —Julian entrecerró los ojos y negó con la cabeza mientras lo decía, mirando otra vez al techo, con lástima.

 

—Jah, patético es perder tu vuelo por estar de rodillas chupando verga —respondió Albert. Cuatro pares de ojos voltearon a verlo casi al mismo tiempo. Julian no respondió de inmediato. Solo apretó el otro micrófono que había tomado hasta blanquear los nudillos, y Albert recordó esas mismas manos sobre sus caderas —¿ternura o anhelo? Nunca supo la diferencia—. 

 

De pronto, Julian se puso de pie rápidamente; el banco donde estaba sentado cayó tras de él. Su rostro estaba rojo —pero no tanto como cuando ponía sus manos sobre su cuello, amable recordatorio.

 

—¡¿CUÁL ES TU MALDITO PROBLEMA?! 

 

Le escupió las palabras en la cara. Albert contaba con los dedos las veces que lo había visto realmente furioso. Por lo general, siempre solían compartir este tira y afloja de comentarios pasivo-agresivos antes de que uno de los dos se molestara de verdad. Y claro, también lo habían hecho delante de la banda, y conocían los límites del otro para bajar la intensidad antes de que la situación se saliera de control. Pero esta vez se sentía diferente.

 

Estaba delante de él, muy cerca, así que decidió bajar la agresividad. Su reloj emitió un pitido —¿infarto o excitación? No importaba, ambos le darían sepultura en el mismo ataúd—. 

 

—No lo sé, ¿debería preguntarte a ti? Tú fuiste quien inició con ese comentario de mierda.

 

—¿Y había necesidad de exhibirme de esa manera? —dijo Julian, mientras Albert vio por el rabillo del ojo cómo Fab se tapaba la boca en un intento por aguantar la risa, levantando un poco más el teléfono que sostenía—. Estaba reprochándote tu falta de iniciativa, carajo; nada tiene que ver con la estúpida respuesta que diste.

 

Se escucharon pasos acercándose al estudio, detrás de la puerta entreabierta. Los demás chicos miraron al frente.

 

—Muchachos… —volvió a intervenir Nikolai.

 

—¿Exhibirte? ¡Eso le preocupa al hombre que estuvo mostrando mis nudes en una entrega de premios hace...!

 

Julian cerró la distancia entre ellos rápidamente y lo tomó por el cuello de su camiseta con furia; estaban tan cerca ahora. Albert olió su aliento: café barato y mentas… igual que en el aeropuerto. Sus manos se enroscaron en su cuello no como quien asfixia, sino como quien busca un collar perdido. ¿Lo extrañaba? Justo antes de que Julian lo estrellara contra el micrófono que estaba tirado en el suelo, escuchó a Nick dejar caer su estuche y soltar una maldición, volviendo a dirigir su atención hacia ellos; y antes de que pudiera pensar lo que hacía —nunca lo hacía—, Albert recordó aquel sentimiento de humillación que vivió esa noche.

 

¿Cómo recordó eso? ¿Por qué ahora? La mente omite sucesos traumáticos para protegerse, lo aprendió en terapia.

 

Con el pulso acelerado —por la hipertensión o la cercanía de Julian, daba lo mismo; ambos serían la causa de su muerte más temprano que tarde— y dejándose poseer por la rabia, cerró su puño derecho y lo conectó directamente a la hermosa nariz del hombre frente a él. 

 

Se le entumecieron los nudillos mientras una mueca —que no era de placer— se dibujó en el rostro de Julian. 

 

Pudo distinguir el sonido de Fab levantándose rápidamente de la silla para tomarle ambos brazos, el regaño airado de Nick y la sorpresa en el rostro de Nikolai mientras tomaba a Julian por la espalda, separándolos.

 

Al mismo tiempo, una sexta presencia hizo su entrada en el estudio, aclarándose la garganta para llamar la atención.

 

—Con el hecho de que no tengo noticias positivas de ustedes dos en su última aparición pública, y todavía los encuentro peleando en plena sesión de ensayo, ¿en serio? Necesito hablar seriamente con ustedes sobre dos cosas —habló su manager.

 

Todos voltearon la atención hacia la ahora puerta abierta del estudio. Su voz calmada denotaba la paz antes de la tormenta —así funcionaban estas cosas—, y la tableta encendida en su brazo era una pesadilla en la vida real. Maldición, ¿cuánto habría escuchado este hombre?

 

Eso le recordó algo.

 

—Y bien, ¿qué esperan? Tomen asiento; el tiempo perdido en este lugar cuesta 500 dólares la hora.

 

Albert no se atrevió a levantar la vista del suelo mientras se acomodaba en su lugar. Una mezcla de vergüenza y coraje se extendía por todo su cuerpo. 

 

Si bien Julian había sido quien comenzó la provocación y se había puesto agresivo, fue él quien dio el primer golpe —bueno, podía asegurar que, de no haber actuado con rapidez, él habría sido el golpeado; ya sentía la cara cerca del micrófono en el suelo hacía unos instantes—. Los golpes fuera del sexo llevaban otro tipo de dolor. Evitó mirar a los demás mientras se acomodaba nuevamente.

 

—¿Todos tenemos que escuchar esta mierda? —preguntó Nick, ajustándose la chaqueta—. Ya ni siquiera tengo el morbo o la curiosidad para ver en qué problema están metidos estos viejos; prefiero estar en cualquier otro lugar que este.

 

—Sí. Se los he dicho: las bandas son como un matrimonio; los problemas pequeños pasan a ser colectivos en este lugar —respondió el manager con calma—. Tengo propuestas para mejorar el ambiente entre ustedes también, y unos breves anuncios generales al final sobre el evento.

 

Nick se dejó caer con un resoplido sobre el sillón. Fab se estiró como un gato holgazán mientras caminaba hacia su lugar y se sentaba —esta vez al lado de Albert—. Albert odiaba cómo Fab reía. ¿No veía que esto era una tragedia? Claro que no. Todos en la sala solo veían a dos tipos cuarentones dándose golpes por problemas maritales —de un matrimonio inexistente— como en el 2005. Y el 2011. Y el...

 

Un sonido similar a un estornudo, pero doloroso, se hizo presente. Nikolai seguía frente a Julian, aparentemente ajeno a las nuevas indicaciones; después, un paquete de Kleenex voló por el aire, atrapado por Julian, quien puso un puñado descuidado sobre su nariz. Albert palideció; sentía los nudillos entumecidos —eso quería decir que de verdad le había hecho daño—.

 

Julian tenía una mueca mientras se secaba la nariz, manchando el pañuelo con sangre en el proceso —no era una hemorragia abundante como tal—, pero ni siquiera se dio cuenta del momento en que se puso de pie, acercándose otra vez a ambos hombres.

 

—Oye, estás… —comenzó a decir Albert.

 

Nikolai lo volteó a ver. No le dijo nada —no hacía falta—; la mirada que le dirigió le causó escalofríos. Julian, por otro lado, seguía con los ojos cerrados; le hizo un gesto vago con la mano, diciéndole que no se preocupara, restándole importancia. Albert murmuró una disculpa cabizbajo.

 

—Bueno, ¿quieres que llame a una ambulancia también? —preguntó el manager otra vez.

 

—No —intervino Julian—. No es para tanto; creo que en el frigobar de este lugar hay hielo. Me pondré un poco; solo fueron unas gotas de sangre —gotas de sangre que salpicaron la alfombra, parte del sillón y el piso al sentarse—. Intentó arreglar su desastre limpiando torpemente con un pañuelo arrugado, dejando la marca de sus dedos. Con una mueca tomó otro pañuelo.

 

Fab tomó una fotografía nada disimulada al nuevo desastre sangriento que había dejado Julian:

 

—Madre mía, esto es técnica Sanguina en su máxima expresión. No cabe duda de que es usted un artista completo, señor Casablancas —dijo mientras seguía sonando el clic de su cámara celular.

 

—Dime algo que no sepa, little Fab —respondió el nombrado, su voz sonando amortiguada contra el papel desechable.

 

—Por favor, apaga esa mierda, Fab, ya fue suficiente —suplicó Albert.

 

—Bueno, tomen asiento; no tengo todo el día —ordenó el manager. Julian ahora sí obedeció, tambaleándose al sentarse en el banco. Nikolai lo miró, intentando ofrecerle ayuda. Lo rechazó otra vez, pero le brindó una sonrisa —bastardo—.

 

Todos formaron un círculo improvisado en el estudio, con el hombre recién llegado a la cabeza, denotando autoridad. Volvió a buscar algo en su tableta y la dejó sobre su pierna; se frotó el rostro con ambas manos y terminó con un masaje en sus sienes, ojos cerrados. Un último resoplido.

 

—Chicos, cuando firmamos el acuerdo para trabajar juntos —se rio—, bueno, la realidad es que me advirtieron mucho sobre ustedes. Les dije que me importaba un carajo su vida personal y las relaciones entre ustedes. Siempre y cuando no llevaran esta mierda negativa al estudio o, peor, públicamente en sus interacciones. No tienen idea de cuánta de esta basura he tenido que tapar —hizo una pausa—. Y sí, sé claramente que ese es mi trabajo. Pero ustedes ni siquiera ponen el mínimo esfuerzo por esconder o disimular sus asuntos.

 

—Sé que fingir algo que no sentimos es un acto hipócrita —dijo esto mirando a Nick brevemente; este dio un asentimiento—. Pero a veces debemos torcer nuestro brazo por el bien común; debemos ser una máquina bien engrasada. Si todos hacen bien su parte, nos ahorran esfuerzo innecesario a los demás.

 

—Ahora bien —exhaló mientras continuaba, mirando directamente a Albert y Julian; ya sabían lo que venía—. Creo haber sido claro con ustedes para las reservaciones en la última entrevista que tuvieron; yo las hice. Poner a ambos en extremos opuestos de la ciudad me pareció una estupidez bastante radical —miró a Nikolai—. Pero ahora creo que debí haberlo hecho —soltó una risa sin gracia—.

 

—Me enteré justo en el momento en que hicieron lo que quisieron con las reservaciones ese día, pero bueno, pensé: “No voy a dejarlos con dolor de huevos; quizá esto les ayude a tener un buen viaje mañana y las cosas mejoren” —volvió a reír—. Llegar al aeropuerto no fue tanto problema, ¿verdad? Gracias a Dios ya existen las salas VIP y los simples mortales no tienen que verles llegar cojeando para recoger su vuelo.

 

Tomó su tableta y comenzó a leer, como quien da un discurso.

 

—11:48 am: un anciano de la tercera edad y hombre de negocios —socio de la aerolínea donde estarían viajando— emitió un reporte al área de quejas —Albert sintió que estaba alucinando, pero creyó escuchar a su reloj pitar otra vez; esa maldita cosa le había salvado la vida múltiples veces, ¿pero a qué costo? La humillación pública cada vez que sonaba—. Dio un vistazo rápido: 160/90 mmHg. Sintió que la habitación daba vueltas —a este paso ya aparecerían los vómitos—; necesitaba ponerse una pastilla debajo de la lengua cuanto antes. Pero esperen, quizá morir de un infarto ahora no sea tan malo. ¿Verdad?

 

—¿Motivo? —continuó el manager—. Denunció un comportamiento indebido y de índole sexual en los baños VIP masculinos, minutos atrás. Mencionó que se estaba realizando un acto sexual promiscuo entre dos jóvenes —¡guau, gracias!— en un cubículo que no debería ser compartido. ¿La mejor o peor parte? Según cómo lo veas. Tiene un audio de 10 minutos —y de mala calidad al parecer—, con sonidos lascivos incluidos. Describió a ambos sujetos con cabello desarreglado y ropas extravagantes.

 

—Uff, hubieran esperado un poco más —comentó Fab, jugueteando con su celular—. Tener sexo en el avión es más placentero; una experiencia muy recomendada.

 

—Hasta donde sé, no iban al mismo lugar —murmuró Nikolai en voz baja.

 

—¿Podrían dejar de hablar como si no estuviéramos aquí? —susurró Albert en súplica. Quería que la tierra se abriera bajo sus pies y lo llevara de una vez al infierno. ¿Ahí es a donde va la gente promiscua y lujuriosa como él, verdad?

 

Fab volvió a reír otra vez, ¿otra vez?

 

—Nadie está escondiéndose, lo digo para que me escuchen todos.

 

Julian iba a hablar, pero el manager lo silenció con un gesto. Después, Julian miró directamente a Albert con una sonrisa orgullosa y traviesa mientras se lamía la sangre seca del labio superior. Tardaron más tiempo del debido cruzando miradas; el hombre con la nariz ahora hinchada le lanzó un beso juguetón mientras le guiñaba el ojo.

 

 Quizá debió golpearlo más fuerte después de todo.

 

—Bueno, guarden silencio un momento que aún no termino. Antes de que les dé un infarto —miró brevemente a Albert—. No, el audio no está filtrado en ningún lado ni en ninguna red social. Llegamos a un acuerdo firmado con el denunciante y la gerencia de la aerolínea para que esto no salga a la luz. ¿Cómo nos enteramos? Digamos que soy una persona muy capacitada y que trabajar con gente como ustedes requiere un nivel alto de maestría. Eso, y mis contactos en el aeropuerto. Además, sus escoltas reportaron actividad sospechosa entre ustedes momentos antes. Ya saben.

 

Albert quería hacerse bolita, llorar amargamente en una esquina y estrangular a Julian —después de que le hiciera otra mamada, claro está—. Tenía tantas ganas de vomitar ahora mismo. Vio periféricamente a Nikolai yendo por su bajo.

 

—El problema ahora es que hay personas que los reconocieron y aseguran haberlos visto saliendo de los baños con minutos —casi segundos— de diferencia. Comentan que se veían muy agitados y sonrojados. De esto solo hay videos de mala calidad circulando por Twitter, y un montón de comentarios haciendo conjeturas —se leen cosas como esta —todos se acercaron a él y su tableta con morbo, solo un poco—.

 

Enseguida volteó su tableta, donde se mostraba el siguiente hit tweet con más de quince mil likes:

 

“@StrokeLover69: Vi a J y A saliendo del baño VIP 😏 ¿Alguien tiene el audio?”

 

[Inserte video de Albert saliendo del baño y Julian haciendo lo mismo segundos después; el vídeo está en 144p, pero se observa a este último un poco más despeinado que antes de entrar].

 

—Maldita sea, no saben lo que dicen —comentó Nick, cruzando los brazos—. Les aseguro que no quieren escuchar a estos dos geriátricos teniendo encuentros sexuales.

 

—¿Geriátricos? —respondió Julian con el ceño fruncido—. Oye, todos aquí ya estamos en el cuarto piso —más que ofendido, parecía tomárselo con humor—.

 

—Sigo siendo menor que tú, viejo cachondo —respondió Nick.

 

Aprovechando la distracción, Albert se puso de pie y sacó de su bolso la pastilla sublingual que su médico le había recetado para las crisis. Se la metió bajo la lengua y la dejó disolverse. Su medicación habitual ya no estaba surtiendo efecto como antes; las crisis de ansiedad y el estrés constante la habían vuelto menos efectiva. Si esto no bajaba su presión en los próximos diez minutos, tendría que llamar a su doctor. 

 

Quizá sí necesitaran una ambulancia después de todo.

 

La conversación volvió a desviarse, pero el manager irrumpió otra vez:

 

—Albert, te suplico que tomes asiento, por favor; aún no terminamos —volvió a su lugar, sintiendo la mirada de Nikolai en su espalda—. Repito: el audio no está filtrado aún; tenemos un acuerdo de confidencialidad que nos permite poner una demanda jugosa ante cualquier filtración. Tengan en cuenta que hacerlo sería dar una confirmación directa de que son ustedes. Bueno, esto último en caso de que haya alguna filtración, además…

 

—Y bien, ¿cómo vas a solucionar esto, tú, mi todopoderoso manager? —Julian escupió sangre y soberbia sobre el piso—. ¿Una des-chupada de verga? No es posible a estas alturas; me tragué todo.

 

Albert sintió un calor acompañado de una punzada en la ingle. Nick emitió un sonido similar a una arcada. Julian claramente estaba poniendo un reto —y una burla—. Maldita sea su boca succionadora.

 

—¡MALDITA SEA JULES! ¿O SEA QUE ES CIERTO? ¡¿DE VERDAD PERDISTE TU VUELO POR UNA MAMADA?! —Fab estalló en risas otra vez.

 

—Fab —dijo el manager con voz cortante—, de todos los aquí presentes, yo sé que eres el único que quiere estar aquí realmente. Otro comentario de ese tipo y te sacaré solo a ti.

 

—Está bien, está bien —dijo Fab, calmándose un poco—. Continúa, buen hombre.

 

—¿Qué es esto? ¿Un salón de clases? ¿Un reality show barato? —murmuró Nikolai, más hacia el bajo que ahora sostenía en sus manos que a los demás en la sala.

 

—Tengo una solución para esto —el hombre en cuestión los miró a ambos, sonriendo amablemente. No podían esperar nada bueno; igual se lo merecían—.

 

—¿Para el audio? —preguntó Albert.

 

—No, eso ya está cubierto. Se los acabo de explicar. Tengo una solución para que mejoren su relación laboral y no intenten matarse —o saltar sobre el otro— cuando están en la misma habitación.

 

Todos en la sala contuvieron la respiración, expectantes.

 

—Mi solución implica torsiones… y no como las que practican en baños VIP —hizo una pausa dramática—. Es algo que está muy de moda y ayuda a la relajación: ustedes, buenos hombres, irán a un retiro de yoga de una semana, exclusivo, para principiantes y underground en Arizona.

 

Se hizo el silencio. ¿Qué mierda acababa de escuchar?

 

Ahora fue el turno de Albert para estallar en risas —bueno, no sabía si estaba riendo o llorando, quizá un poco de ambos—. Por si acaso, se inclinó hacia adelante en el sillón y puso ambas manos sobre su cara, mientras daba su espectáculo de risa y llanto. Se le mojaron las palmas.

 

—Comenzando… ¿Qué día es hoy? —revisó el calendario que estaba cerca del frigobar—. En tres días, a partir de hoy.

 

Albert levantó la cabeza repentinamente, pero Julian habló antes de que él pudiera articular palabra.

 

—¿No pudiste avisarnos hace… quince putos minutos? Antes de que este cabrón —señaló a Albert con el dedo manchado de rojo— me reventara la nariz en directo. ¿Yoga? ¿En serio crees que esto —hizo un gesto circular entre ambos— se soluciona con posturas de “namasté”? Porque te aviso: mi único contacto con el yoga fue cuando Fab me envió un tutorial porno de “Kamasutra para principiantes”.

 

Fab volvió a reír.

 

—¿Pero si lo hiciste, o tu espalda crujió en el intento?

 

—Esto lo tengo planeado desde hace casi dos meses —aclaró el manager, deslizando un documento en su tableta—. El objetivo era disminuir la tensión entre ustedes antes de sus apariciones públicas. Pero esa entrevista —donde se escabulleron al hotel— se agendó después. Iba a anunciarlo ese mismo día, pero un par de tórtolos calenturientos se esfumaron apenas terminó la grabación. Además, en los documentos adjuntos que envié a sus correos vienen todas las instrucciones para el retiro —los miró con severidad—. Pero como no recibí quejas ni respuestas, asumí que no lo habían leído. Así que aproveché esta reunión para decírselos de frente. ¿Saben? Deberían tener un adulto responsable que lea sus correos por ustedes. Solo es una sugerencia.

 

—¿Yoga? ¿En serio? —Nick soltó una risa cortante—. A estos dos les va a dar un aneurisma intentar tocarse los pies sin provocarse una erección. Si es que todavía se les para.

 

—¡Qué aburrido! ¡Yo también quiero ir al retiro de yoga! —exclamó Fab, haciendo una Tadasana mal ejecutada—. ¿Tienen idea de la cantidad de material que habrá sobre estos dos en ese lugar? ¡Son capaces de follar en plena sesión si los descuidan! ¡Namasté, cabrones!

 

—No, no y no —Albert se frotó las sienes—. No tengo tiempo para esto; es una ridiculez. Tengo otras obligaciones más importantes —mentira—. Mi terapeuta no sé si lo apruebe; necesito hablarlo con ella primero para…

 

—Albert, hijo mío —lo interrumpió el manager con dulzura venenosa—, ¿no te lo ha comentado tu terapeuta todavía? —el mencionado palideció—. Ella lo aprobó en tu expediente. Y hasta donde sé, ya debió haberte notificado la posposición de tu sesión de este mes, dijo que tu progreso es bastante productivo y que una sesión de yoga vendría bien a tu historial clínico.

 

—Además —continuó, deslizando el documento digital hacia Albert—, tu terapeuta y yo tenemos… acuerdos. ¿Recuerdas ese cuestionario de “Impulsos Autodestructivos Post-Coito” que firmaste después de lo de Berlín? —Albert sintió un vacío en el estómago—. Página 4, cláusula B: “El paciente acepta intervenciones alternativas si su historial de conducta sexual de riesgo persiste”.

 

Albert recordó vagamente firmar papeles después de llorar por lo de Berlín. Maldita sea. Había creído que era un formulario estúpido del hotel o algo así; tenía los ojos hinchados y solo quería irse de la sala para pudrirse en su miseria a solas.

 

—Bien, ¡no más quejas ni preguntas! —el manager cerró su tableta con un golpe seco—. He enviado a sus correos la información necesaria para su retiro espiritual de yoga. Ahí encontrarán todo: desde la dirección exacta hasta los calcetines anti-humor negro que deben llevar.

 

—No puedes estar haciendo esto… —protestó Albert por última vez, sintiendo la pastilla sublingual arder bajo su lengua.

 

—No. Porque ya lo hice.

 

Julian parecía bastante despreocupado desde su lugar, encogiéndose de hombros mientras jugueteaba con un pañuelo ensangrentado. Como si el infarto inminente de Albert fuera solo un espectáculo más.

 

Durante la otra estúpida e innecesaria charla burocrática relacionada al festival, Albert estuvo distraído mensajeándose con su cardiólogo. Hizo lo que le indicó para intentar calmarse, pero el mareo y las náuseas no desaparecieron; solo empeoraron con cada “armonía grupal” que mencionaba el manager. Así que, cuando este estaba por despedirse y dar por finalizada la reunión, Albert se levantó rápidamente y cruzó la sala, yendo directamente a vaciar su estómago en el baño.

 

Mientras tanto, en el infierno mal llamado a veces estudio de grabación, la nariz de Julian estaba cada vez más hinchada.

 

—Creo que tengo un coágulo aquí dentro —dijo tocándose el tabique nasal con torpeza.

 

—Creo que sí necesitaremos una ambulancia después de todo —dijo Albert, tembloroso y pálido como un fantasma, mientras salía del baño sosteniéndose del marco de la puerta.

 

—Ya hice la llamada —murmuró Nick, abriendo la puerta del estudio y saliendo de este—. Deben estar cerca. Ojalá traigan bolsas para vómito y un exorcista de viejos cachondos.

 

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“En su esencia más simple, el yoga es una práctica milenaria originaria de la India que busca la unión de la mente, el cuerpo y el espíritu. Es una herramienta para encontrar equilibrio y bienestar en tu vida. No es sólo ejercicio físico…”

 

Albert había aprendido a confiar en su terapeuta. De verdad. Los últimos meses su progreso se notaba. Hasta le había dado una felicitación sincera la última sesión.

 

Pero ahora…

 

¿Y si todo era una trampa? 

¿Y si su terapeuta y el manager habían estado hablando a sus espaldas? 

“Acuerdos”, había dicho el hijo de puta. “Acuerdos”. 

¿Desde cuándo? ¿Cuánto le había contado ella? ¿Le había mencionado Berlín? ¿El cuestionario? ¿Lo de la última vez en el hotel?

 

No. No, no, no. Su terapeuta no haría eso. Era profesional. Era buena. 

 

…¿O no?

 

La ansiedad le apretaba el pecho con dedos fríos. Sintió cómo se le aceleraba el pulso otra vez. ¿160? ¿170? Ya ni siquiera confiaba en su propio reloj. Todo encajaba demasiado bien: el retiro programado desde hace dos meses, la sesión pospuesta “casualmente”, la aprobación “terapéutica”… 

 

Contacto cero. Cualquier persona normal lo sabría. Cualquier terapeuta decente lo sabría. Y aun así lo mandaban a pasar una semana entera encerrado con Julian. 

 

Era una venganza. Tenía que serlo. 

 

O peor: una intervención orquestada para que se derrumbara de una vez y pudieran lavarse las manos.

 

Se pasó las manos por la cara, sudorosas. Patético. Estaba siendo paranoico. Otra vez. 

 

Pero… ¿y si no lo era?

 

Tiene tantas ganas de coger con ese hombre, que se siente patético de sólo pensarlo. 

 

Mientras se encontraba leyendo erráticamente su computadora en la sala, cerca de la cocina, una escena amargamente familiar otra vez. En lugar de té, en la cocina estaba preparado un antiácido olvidado que le recetaron en el hospital, una vez salió de su crisis cardíaca. 

 

Revisó y leyó atentamente el estructurado correo de cosas necesarias para su: retiro-espiritual-hippie-underground-vergonzoso-sana-conductas-sexuales-erráticas. Se dio cuenta que tenía algunas cosas en casa, las otras, las pidió por internet. Era algo así como: 

 

  • Esterilla de Yoga ¿mat?
  • Ropa deportiva cómoda
  • Toallas
  • Trajes de baño
  • Protector solar
  • Gafas de sol
  • Repelente para mosquitos
  • Artículos de higiene personal
  • Libros
  • Cuaderno para apuntes… 

 

La notificación de un mensaje interrumpió su flujo de concentración, desvió su mirada por instinto y vió por encima  un mensaje de Julian. Era una foto, seguida de texto y emojis… sugerentes. Probablemente, no, eran las nudes de ese hombre, que asco. ¿Qué estaba pensando cuando lo desbloqueó? 

 

Ah claro: no lo hizo. Simplemente cambió de número y volvió a enviarle mensajes; por eso el contacto no estaba registrado, claro. Rodó los ojos y negó con la cabeza mientras soltaba un suspiro. 

 

Lo revisará más tarde, cuando vaya a masturbarse. 

 

Lo que está revisando ahora, es el mensaje demasiado optimista de su terapeuta. 

 

[ ]

 

Hola Sr. Hammond Jr.

 

Un retiro espiritual de yoga es una oportunidad fantástica para que se desconecte del mundo exterior. Considere limitar el uso de su teléfono, laptop y redes sociales. El retiro incluso anima (y tiene reglas sobre) apagar los dispositivos electrónicos durante ciertas horas y/o en áreas comunes. 

Esto le permitirá estar más presente, disfrutar del entorno, conectar consigo mismo y con los demás participantes sin distracciones. Además …

 

[ ] 

 

¿Es muy ridículo si está esperando que el Yoga sea sólo sea sexo con pasos extras?



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3 días después.

 

Era verano. 

 

El calor de Arizona le azotaba el cuerpo como las bofetadas de cierto hombre: seco, estridente, implacable. A pesar de tener el aire acondicionado al máximo, el sol pegaba directamente sobre el parabrisas y ascendía lentamente, calentando el volante que sostenía entre las manos. El contraste de temperatura se estaba volviendo insoportable.

 

Había llegado antes de la hora estipulada —con sus medicamentos ya tomados, por supuesto—. Se sorprendió al ver tanta gente reunida; no esperaba que el lugar estuviera vacío, pero la cantidad de personas lo impactó. Poco después notó que todos parecían tener niveles muy diferentes de “maestría” en yoga —a juzgar por su ropa y sus insumos—. Unos más hippies que otros. Podía jurar que incluso olía a marihuana. Qué tiempos.

 

Sus sospechas de que todo este escenario de yoga era una venganza personal se intensificaron al instante. Su terapeuta sabía mejor que nadie su historial con las drogas. Aunque la hierba fuera “algo tranquilo”, este no parecía el mejor lugar para alguien rehabilitado. 

 

¿Lo habían enviado aquí a propósito? 

 

¿Era una prueba? 

 

¿O simplemente una forma elegante de verlo fracasar de nuevo?

 

El campamento iniciaría al día siguiente y tendrían tiempo para explorar y relacionarse con la zona mientras tanto, según les había explicado el hombre que parecía un dios griego de músculos duros y sonrisa plástica. Albert decidió odiarlo de inmediato. 

 

Había muchas cosas que lo acomplejaban de su propio cuerpo y de sus habilidades a lo largo de los años —no quería recordar eso justo ahora—, pero ver a ese hombre tan… perfecto le provocaba una mezcla de inseguridad y asco visceral. Todos en este lugar se veían felices y relajados. Albert solo tenía ganas de encogerse y desaparecer. 

 

Oh, quizá un poco de marihuana le vendría bien.

 

No. Mejor no.

 

Ahora que observaba con más atención, no había señales de Julian todavía. No le sorprendería que ni siquiera se presentara. Eso sería lo mejor para él, ¿verdad? Conocía lo suficiente a ese hombre para saber que esto no tenía ninguna importancia real para él. 

 

Y si se presentaba, solo sería para molestarlo… o para tener sexo. O para molestarlo mientras tenían sexo. O para tener sexo y después molestarlo. Lo que fuera. Adivinen quién era siempre el idiota que caía en ese juego.

 

Albert.

 

Nunca había creído en la ley de la atracción ni en esas tonterías, pero siempre había escuchado la frase: “Habla del diablo y se aparece”. Así que cuando vio a Julian bajar de su auto de forma apresurada y torpe, con un bolso deportivo descolorido (roto incluso), el cabello grasiento y desarreglado, gafas de sol chuecas, collares exagerados e innecesarios, una camiseta con un chaleco que no combinaba, un cinturón mal fajado, una bermuda que le llegaba a las rodillas y unas Vans viejas —y el detalle más importante: una venda rosada en la nariz que enmarcaba grotescamente sus facciones—, sintió que el corazón se le subía a la garganta, exactamente como cada vez que Julian le sonreía en el escenario.

 

Vaya que lo había manifestado fuerte.

 

Julian lo vio desde lejos y lo saludó enérgicamente con ambos brazos. Albert apartó la vista como si su presencia le resultara incómoda y lo ignoró. Qué vergüenza le daba este tipo.

 

—Vamos, nena, ¿por qué me ignoras? —el diablo llegó a su lado—. Pasaremos juntos toda la semana, ¿no te emociona? ¡Podría ser como los viejos tiempos!

 

Julian lo rodeó con su brazo sudoroso por el cuello. Albert sintió un leve olor a marihuana en él; eso, o de verdad se estaba volviendo loco.

 

—Oye, quita tus manos de encima. ¿No conoces el espacio personal? Carajo —dijo intentando apartarse.

 

—Vamos, no seas un viejo gruñón. El día está perfecto para… —Julian pausó, mirando descaradamente su trasero— …uy, ¡bonito culo tienes ahí con esos leggins! —le dio una palmada juguetona en el glúteo izquierdo. La palmada sonó escandalosamente fuerte.

 

Albert sintió el rostro arder de vergüenza. No es que ese tipo de cosas fueran raras entre ellos —o lo hubieran sido—, pero en ese contexto se sintió demasiado íntimo y fuera de lugar. Nadie les estaba prestando atención antes, pero después del comentario de Julian —que salió más fuerte de lo debido—, un par de señoras de mediana edad con atuendos Alo Yoga color fucsia los miraron. Una de ellas incluso se rió. Cerca de ellas también estaba el estúpido de los músculos esculpidos. Maldición, seguramente había visto y escuchado la palmada en su culo.

 

—Me voy de aquí, no te conozco —dijo Albert mientras se alejaba, con el rostro caliente y lleno de vergüenza. Se adentró rápidamente en las instalaciones del retiro, dejando a Julian parado ahí. Necesitaba urgentemente un lugar con sombra y electrolitos.

 

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Para su suerte, su habitación y la de Julian ni siquiera estaban en el mismo edificio. Nada de escapadas nocturnas. Triste.

 

Aunque… Julian parecía no haber recibido el memo. Albert abrió los chats con el contacto “Cero” y suspiró. Una foto de torso desnudo, un par de audios quejándose del culo “fisurado” y un mensaje final que terminaba con un “te amo” sarcástico. Lo de siempre.

 

¿Todo esto cuenta como acoso si no lo solicitó, verdad?

 

Albert sintió una mezcla familiar de asco, excitación y vergüenza. Respondió con una foto corta y provocativa (solo bragas ajustadas, nada más) antes de arrepentirse y borrar la conversación. Las capturas de pantalla, sin embargo, seguían intactas en su iPad.

 

“Patético”, pensó mientras guardaba el teléfono. Mañana iba a tener que verlo en persona. Y fingir que nada de esto había pasado.

 

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Está bien, ni siquiera eran bragas femeninas de verdad. Solo ropa interior de lycra sin costuras, adecuada para deporte; o eso fue lo que investigó. La talla que compró venía bastante reducida —y la ropa interior no se devuelve, qué asco—, así que le apretaban los glúteos de una forma incómoda. Apenas mirarse al espejo le había gustado lo que vio, y para apaciguar los mensajes cachondos de Julian (y darle las “gracias” por esas nudes bizarras que no había solicitado), plantó una bandera de tregua temporal con esa foto. No esperaba respuesta; el hombre mayor seguramente se había ido molesto a la cama. Como si le importara.

 

El cansancio del viaje terminó por vencerlo. Se despertó por la mañana todavía con esa ropa interior puesta; sentía un ardor incómodo y una probable rozadura en lugares poco convenientes. Todo perfecto para una sesión de yoga, genial.

 

Al final decidió vestirse con unos pantalones tipo harem, holgados, modernos y cómodos —no quería repetir el accidente de ayer ni provocar nada con leggins otra vez—, y una camiseta de compresión manga corta blanca.

 

Desayunó… ¿qué desayunó? Ah, sí, un plátano. Los calambres eran una mierda. No se creía capaz de retener nada más en el estómago; había despertado con náuseas.

 

Caminaba descalzo por las instalaciones rústicas del retiro, tal como recomendaban los guías espirituales. El canto escandaloso de las aves lo acompañaba. En su brazo izquierdo cargaba el recordatorio de su castigo: un mat de yoga color morado, junto con su termo rellenable a juego y un pequeño cuaderno para apuntes de fanfiction homicida… o quizá para las letras de una canción patética. Nunca se sabía.

 

Estaba intentando encontrar el estúpido “edificio con vistas al mirador” donde se llevaría a cabo la sesión de Hatha Yoga (diez minutos antes de que empezara), cuando sintió una presencia alcanzándolo. 

 

Puta madre. 

 

Esta vez ni siquiera lo había manifestado.

 

—¿Escuchas esa mierda también? Esas estúpidas aves no me dejaron dormir desde la madrugada. Su canto penetrante me está taladrando el cerebro.

 

El individuo que no necesita presentación, apareció a su lado y le pasó un vaso reutilizable. Olía a té de jengibre con naranja; por la apariencia lechosa, seguramente llevaba alguna leche vegetal de las que volvían locos a los de la generación Z.

 

—Quizá si te durmieras a la hora que lo hacen las personas normales, y no a la hora en que despiertan los animales, no tendrías este tipo de problemas —respondió Albert mientras aceptaba la bebida y la miraba un segundo de más—. Estoy seguro de que ni un adolescente adicto a los videojuegos tiene el ciclo de sueño tan jodido como tú. Ya agotaste toda la materia gris de tu cerebro. Estás a nada de estar en la mierda.

 

—Ya estoy ahí contigo desde hace años, Al —Julian rodó los ojos.

 

—Solo escuchaste las últimas palabras que dije, ¿no es así? —resopló Albert.

 

Lo miró directamente por unos instantes. Julian tenía ojeras profundas que no parecían ser solo por la madrugada anterior. La nariz ya no estaba tan hinchada, pero seguía llevando el ridículo vendaje rosa. ¿Cuántos había comprado? ¿O era el mismo de ayer? Qué asco.

 

Aprovechó también para observar su ropa: camiseta manga corta holgada de los Mets, short deportivo, sandalias y el mat naranja enrollado sobre el hombro. 

 

Qué guapo y doméstico se veía, se permitió pensar por un segundo.

 

Julian soltó una risa avergonzada. Ambos siguieron caminando y, sin querer, sus pasos se sincronizaron. Hasta que Julian volvió a hablar, interrumpido por otra horda de pájaros que volaron ruidosamente sobre ellos. Se tapó los oídos con ambas manos en un gesto exagerado.

 

—Eso era lo único que había en la cafetería. También había té de canela, pero es peligroso para tu condición, ¿no? No tienes que tomarlo si no quieres, pero apuesto a que no has desayunado todavía —lo miró de arriba abajo—. Te ves más delgado también…

 

—Es aquí.

 

Albert se detuvo frente a las puertas de una de las cabañas. Julian se paró en seco también y miró la bebida en las manos del otro. Comenzó a balancearse suavemente, nervioso.

 

Albert no le dio las gracias. Solo dio un sorbo. Oh, Dios santo, qué bien sabía esa cosa, muy a su pesar.

 

—Creo que deberíamos entrar.

 

Julian asintió y le hizo un gesto con la cabeza para que pasara primero.  

 

¿Ahora era un caballero?

 

❛┈┈┈┈┈┈┈┈┈┈┈┈┈┈┈┈┈┈┈❜

 

La vista que los recibió al entrar en la cabaña era de un pequeño acantilado con grandes ventanales abiertos. Había al menos otras seis personas en la sala, la mayoría de mediana edad o mayores. Albert y Julian se colocaron al fondo, detrás de todos. El único que pareció notar su llegada fue el instructor, que estaba hablando justo antes de que entraran.

 

Practicar yoga no era un acto imbécil. Hacerlo en pleno verano en Arizona, sí. 

 

Hacía un calor de mil demonios. El aire que entraba por las ventanas era un horno. Se oía el zumbido constante de las cigarras y las aves. Un incienso demasiado fuerte intentaba enmascarar el olor a sudor, rencor y frustración sexual que emanaban sus cuerpos, sin mucho éxito.

 

—¡Oh, qué maravilla! Ustedes deben ser las personas que estábamos esperando para comenzar la sesión. ¡Este es un día muy importante para todos nosotros!

 

Y como la suerte de Albert había ido cuesta abajo los últimos días, y el destino (o quien quiera que escribiera el guion de su vida) era una perra que lo odiaba, el instructor resultó ser el mismo dios griego de músculos esculpidos que había decidido odiar al instante el día anterior. El mismo que tuvo el privilegio de escuchar la escandalosa palmada que Julian le había dado en el culo.

 

Albert sintió que su presión arterial se disparaba. No llevaba el reloj, pero estaba seguro de que ya estaría pitando. ¿Este tipo los recordaría de ayer? ¿Cómo no iba a hacerlo? Había cerca de veinte instructores en el lugar y, claro, tenía que ser precisamente este.

 

Todas las personas en la sala se giraron a mirarlos, reconociéndolos como los imprudentes que llegaban tarde. Exactamente como cuando el profesor te regañaba en el salón de clases. Genial.

 

Albert sintió el peso de las miradas sobre él, como si de pronto todos supieran exactamente por qué había terminado en ese retiro y qué hacía con el hombre que estaba a su lado cuando nadie los veía. Las náuseas volvieron. A su lado, Julian se encogió de hombros, miró hacia otro lado y se rascó torpemente el cuello con la mano derecha. Vaya, parecía que no era el único nervioso. Aunque eso no debería haberle dado tanto consuelo.

 

Fueron solo unos segundos, pero se sintió como una exhibición pública.

 

El instructor volvió a hablar con una sonrisa radiante:

 

—Parece que traen lo necesario con ustedes. ¡Buen trabajo! Adoro a la gente con compromiso. Por si acaso, también tenemos cosas en el armario que pueden utilizar. Por favor, encuentren un lugar cómodo, destiendan su mat y siéntense sobre sus isquiones. ¡Oh! Y si se conocen, claro que pueden sentarse juntos. ¡Tomen asiento, por favor!

 

Albert no pasó por alto el ceño fruncido de Julian ante esa última frase. ¿Qué mierda con el instructor? ¿Eso había sido un guiño?

 

Se bebió el té —ahora frío— de un solo trago y le devolvió el vaso a Julian de mala gana. Terminaron sentándose juntos al fondo, ya que no había más espacio disponible. 

 

Entonces la sesión comenzó.

 

—¡Hola a todos y bienvenidos! Me alegra mucho que estén aquí hoy para su primera clase de yoga. ¡Así es, este lugar está compuesto solo por principiantes! Quiero que sepan que están en un lugar seguro para…

 

El entusiasmo de este tipo, lejos de ser contagioso, le daba escalofríos. Esa sonrisa plástica parecía sacada de un anuncio de blanqueador dental.

 

—…el yoga no se trata de ser flexible, ni de tocarse los pies, ni de hacer las posturas perfectas a pesar de la edad.

 

Albert volvió a mirar de reojo a Julian, quien tenía el ceño fruncido, enojado y confundido. Esa era su cara de “estoy incómodo”. Solo podía apostar cuánto tiempo tardaría en distraerse.

 

—La respiración es su mejor guía. La usaremos para ayudarnos a fluir de una postura a otra y para encontrar un poco de paz en cada movimiento y liberar todo lo que ya no les sirve…

 

¿Podrías simplemente sacar al hombre que tengo a mi lado? Me ha traído más problemas que alegrías, y ahora solo vivo de nostalgia, recuerdos y un amor que ya no existe. Y creo que eso ya no me sirve.

 

—¡Vamos a empezar!

 

Albert se sobresaltó. No solo porque no había prestado atención a la mayor parte del discurso, sino porque su cabeza había empezado a ponerse nostálgica y a pensar estupideces. Un desliz más y comenzaría a llorar como idiota.

 

—Parece que esto ayudará a la flexibilidad, ¿no es así? —susurró Julian, acercándose un poco más a su costado.

 

—Veremos si puedes seguir el paso, anciano —le respondió Albert.

 

—Mis piernas todavía pueden estar sobre tus hombros cuando me coges, así que probablemente sí. Yo estaría preocupado por ti, querido —Albert le dio un codazo sin mirarlo. Julian no protestó esta vez.

 

—¡Muy bien! Empezaremos la clase con una postura muy sencilla, se llama Sukhasana y todos alguna vez la hemos hecho, ¡incluso desde niños! ¿Fácil, eh?

 

El instructor bajó la voz, haciendo un contraste absolutamente ridículo con su animada y escandalosa introducción.

 

—Ahora, cierren los ojos y comiencen a notar su respiración.

 

Lo único que Albert notaba —aun con los ojos cerrados— era a Julian removiéndose incómodo sobre su trasero. Dejó escapar un leve chillido lastimero mientras intentaba ponerse cómodo. Siempre era tan patético cuando…

 

Espera.

 

“Oye, tú y tu maldita verga me dejaron el culo fisurado la última vez. No he podido sentarme en días correctamente, ni hablar de cuando intento cagar. Puta madre”.

 

Citaba textualmente en uno de los tantos mensajes que recibió ayer del viejo.

 

Ayer. 

 

Todavía debía tener ese dolor. Pero lo tenía bien merecido, esa estúpida princesa de almohada, siempre tan egoísta. ¿Acaso creía que era el único que merecía tener una verga en el culo? Claro que no. Más vale que lo estuviera recordando muy bien.

 

Una sonrisa burlona se formó en su rostro. Las palabras ahogadas del instructor se convirtieron en ruido blanco. Luego Julian soltó una maldición dolorosa a su lado. Albert intentó amortiguar las carcajadas apretando los labios, sin éxito. Volvió a mirar a su derecha con morbo y encontró a Julian mostrándole el dedo medio.

 

De pronto sintió una palma fría en su espalda baja. Giró la cabeza y vio al instructor corrigiendo su postura.

 

—Mantener una postura recta le ayudará con el flujo de aire, señor. Solo relájese.

 

Albert se enderezó por instinto. Eso definitivamente se sintió como una invasión de su espacio personal. El instructor se movió hacia la derecha y corrigió también los hombros de Julian. Mientras el hombre volvía al frente, Julian parecía estar intentando clavar agujeros en su espalda con la mirada.

 

—¿Tan fácil te pones nervioso, Al? Creo que debería tocarte más para que no te estremezcas ante cualquier mínimo toque.

 

Eso no debió acelerar tanto el corazón de Albert. ¿Acaso eran celos? Una mierda. Vaya que la vejez afectaba.

 

—Estaba muy ocupado burlándome de ti, solo me asusté —exhaló—. ¿Y bien? ¿Cómo está ese lindo culito tuyo?

 

—Abierto. La próxima vez me las pagarás, imbécil.

 

Albert rodó los ojos con diversión. También sintió una punzada de anticipación en la ingle, pero nadie tenía por qué saberlo.

 

—Se necesitan más de cinco minutos para lograr eso.

 

Julian iba a responder, pero las personas sentadas delante de ellos ya los miraban sin disimulo y murmuraban. Así que el hombre a su lado solo resopló.

 

Albert decidió que sería buena idea volver a prestar atención al instructor. Para eso había venido, después de todo.

 

—…lleven la atención a su respiración. Inhalen… profundamente… por la nariz. Exhalen… liberando todo lo que no les sirve.

 

Albert había pensado muchas veces que le gustaría borrar los primeros años que pasó siendo un adulto joven y estúpido. Se arrepentía de muchas cosas, y dudaba firmemente que eso pudiera desaparecer con simples ejercicios de respiración. De verdad extrañaba su terapia mensual.

 

Después comenzaron los movimientos lentos y controlados para preparar el cuerpo: giros de cuello, rotaciones de hombros, movimientos suaves de columna. Las extremidades oxidadas de Albert y Julian crujían como papas fritas. De hecho, ya ni siquiera sabía cuáles crujidos eran suyos y cuáles de su amante, así que no hubo más que burla mutua y sonrisas cómplices en ese apartado.

 

El instructor seguía hablando, pero Albert ya no escuchaba. Su mente estaba en otra parte: en el hotel, en el aeropuerto, en todas las veces que Julian lo había roto y vuelto a armar.

 

—¿Crees que somos demasiado viejos para esto? —susurró Julian, acercándose un poco más.

 

—Hace años solías preguntarme lo contrario, ¿recuerdas? —Albert intentó alcanzar con las yemas de los dedos la punta de sus pies. Sintió la quemadura del estiramiento y tuvo que bajar la intensidad.

 

—«¿Somos demasiado jóvenes para esto?» —Albert rió sin querer—. Bueno, supongo que la perspectiva y la vida cambian cuando te vas acercando a los cincuenta.

 

—No te pongas nostálgico, viejo. Las personas que están aquí parecen tener nuestro rango de edad. Relájate un momento.

 

—¿Qué? ¿Mira quién lo dice? No voy a calmarme. Además, no has respondido a mi pregunta —Julian intentó girar el cuello; se escuchó otro crujido.

 

—¿Demasiado viejos? No lo sé. Quizá para algunas cosas. Para esto, probablemente no. Debemos ser más activos, saludables y toda esa mierda para que nuestra salud no se oxide. Tenemos mucha suerte de seguir vivos después del estilo de vida que mantuvimos cuando éramos más jóvenes, además…

 

—¿Me estás llamando gordo otra vez? Tengo un espejo en mi casa, ¿sabes? Hemos follado frente a él muchas veces también.

 

—…vete a la mierda, ya vas a comenzar otra vez. Olvida lo que dije —Albert rodó los ojos con frustración. Siempre era así: cuando creía que avanzaban un paso, retrocedían diez.

 

El instructor los regañó suavemente por no prestar atención.

 

—Creo que hacer esto fue mala idea —murmuró Albert.

 

Escuchó brevemente el cambio de postura que anunciaban —algo así como “gato-vaca”—. Julian también decía algo a su derecha, pero no quería perderse (más) en la clase. Mínimo debían tener respeto por el trabajo de esta persona.

 

—¿Está claro? Me acercaré a ayudarles con mucho gusto, ¡no teman en pedir ayuda! —El instructor miró directamente a Albert y le sonrió de forma cómplice.

 

Albert sabía que su época de súper rockstar atractivo había pasado hacía algunos años, pero no era estúpido. Sabía exactamente cómo se veía alguien cuando estaba coqueteando. Bueno, quizá estaba alucinando esta vez por los nervios de la sesión y la hipertensión; pero estaba seguro de que el instructor le estaba intentando decir algo. Eso, o tenía algo en el ojo por el guiño que acababa de darle.

 

Lo que le faltaba. 

 

Pero siendo brutalmente honesto, un poco de colágeno no le vendría mal. El instructor parecía al menos diez años menor que él, y Julian no se lo había cogido recientemente por estar jugando a ser princesa de almohada. Ay, no… ¿y si este tipo también era pasivo? Todos esos jóvenes siempre tenían el fetiche de ser follados por un hombre mayor. 

 

Ni hablar. 

 

No.

 

Y aunque quisiera, no podía. Tenía al maldito Julian y a su bendita boca succionadora a su lado, y siempre era mejor escoger a lo que ya estabas familiarizado.

 

Eso, y que probablemente Julian se pondría violento con una rabieta de celos y golpearía a quien se atreviera a coquetearle descaradamente. Ya lo había hecho —aunque no tan literalmente— en el pasado.

 

—Y bien, ¿a qué hora te vas a poner en cuatro, papi? —Julian lo sacó de sus pensamientos otra vez.

 

Albert lo miró, pero esta vez Julian se veía claramente molesto. También era el hecho de haber escuchado esas mismas palabras a lo largo de los años, pero en otro contexto.

 

—…¿Qué? —respondió con genuina confusión. No es que fuera ajeno a coger en lugares públicos, pero la sala estaba llena de personas de mediana edad. Además, pensaba que iban a hacerlo hasta después de terminada la clase. Fab tenía razón después de todo.

 

—Ah, ¿no estabas prestando atención? Parecías muy concentrado mirando al tipo de enfrente. Deberías sentarte delante mejor, así tendrías una mejor vista.

 

Albert observó cómo Julian y los demás empezaban a colocarse sobre manos y rodillas. Volvió a escuchar las indicaciones del instructor y, para evitar más comentarios del viejo cascarrabias a su derecha, evitó el contacto visual y comenzó a hacer la postura.

 

—¿Está todo bien? ¿Necesita ayuda? —Albert pudo ver el destello cómico de la sonrisa brillante del instructor. En su visión periférica vio a Julian (ya en cuatro patas) girando la cabeza y mirando desvergonzadamente en dirección a ellos.

 

—Todo bien —se limitó a responder.

 

El instructor pasó a su lado y le tocó el hombro con ánimo. Iba a empezar con la postura, pero convenientemente el mismo hombre se paró justo detrás de él. No era un adolescente cachondo estúpido, pero no quería ponerse en esa posición justo detrás del instructor. 

 

Julian también estaba mirando a sus espaldas.

 

—Todavía no —le dijo.

 

Sin embargo, Albert recordó que tenía libre albedrío (y que precisamente ese mismo viejo a su derecha no había querido abrirle el culo en sus últimos encuentros), así que, para no retrasar a los demás, decidió ponerse en posición. Relajó el coxis. ¿Cómo era? ¿Esto lo hacía parecer una puta? Claro que no. El mismo Julian había dicho que él era su puta personal.

 

Escuchó a Julian maldecir y lo que sonaba a continuación muy probablemente era el mismo hombre arañando su tapete de yoga. Vaya putita. Eso le había hecho a su espalda la última vez. Se relajó y trató de ajustar su pelvis con el resto del cuerpo.

 

—¿Hace cuánto no haces esto? Te ves muy tenso, Al. ¿Ya perdiste la práctica?

 

—Mi sesión de anoche estuvo muy satisfactoria.

 

—Anoche no nos vimos.

 

—¿Hace falta eso?

 

Julian lo maldijo, lo miró mal y se enojó —vaya sorpresa—. Ahora Albert agradecía su elección de pantalones holgados, porque sí estaba seguro de tener una erección y lo peor era el motivo. 

 

Se recordó a sí mismo anoche gimiendo con un dildo —que curiosamente tenía las mismas medidas que el pene de cierto hombre—, a cuatro patas sobre la cama, sudando. Se sentía estúpido por haber tenido la osadía de contrabandear un objeto con pilas a un lugar tan… anti-tecnológico como este, donde los objetos con pilas también estaban prohibidos.

 

El instructor se quedó más tiempo del que podía considerarse adecuado a sus espaldas. Albert sintió su mirada quemándole las caderas. Sonrió. Quizá no era pasivo.

 

—Estoy a punto de soltar un pedo, señor instructor. ¿Está seguro de querer quedarse ahí? —Julian… ¿quién más podría decir algo como esto?

 

—Hijo de p… —Albert ni siquiera terminó la oración cuando sus propias carcajadas lo interrumpieron. Eso era tan particularmente Julian; las risas genuinas nunca habían faltado cuando estaban juntos, aunque estuvieran muy enojados. Y por supuesto que el ataque de risa vino acompañado del arco de la espalda de Albert al doblarse. Se sintió interrumpido cuando el instructor volvió a acercarse a él y le tocó.

 

—Este es un muy buen arco de su espalda. Flexione más y relájese, por favor.

 

—Creo que el joven de la derecha también necesita ayuda —dijo Albert, tratando de controlar su risa.

 

—Es, Sr. Casablancas, tí —miró de mala gana al instructor, levantando el mentón.

 

Se estaba empezando a divertir muchísimo. Flexionó y recostó la cabeza de lado sobre su brazo izquierdo, todavía riéndose. A este punto ya estaban llamando mucho la atención y el pobre instructor no sabía dónde esconderse por la pena ajena que le provocaban estos dos viejos rancios.

 

Albert soltó un suspiro, apaciguando sus risas e intentando hacer lo mismo con su respiración. Trató de copiar los movimientos de las personas que estaban delante de él. Pero no pudo evitar escuchar a su vecino.

 

—¿Qué tan importantes son los hombros en esta postura, nene? —El instructor comenzó a explicar animadamente todo lo relacionado con eso. Julian asentía sin mirarlo y a destiempo. Una vez que se calló, invadió su espacio personal—. Me siento un poco rígido, ¿no quieres acomodar mis hombros otra vez? —Seguido a esto, le guiñó el ojo exageradamente. 

 

Qué hijo de la gran puta burlón.

 

Albert escondió la cabeza entre sus antebrazos desde su posición. Sentía que podría orinarse por la risa. Julian era todo un caso psiquiátrico. Podía sentir otra vez que le estaban mirando, primero el instructor y luego Julian, así que separó un poco más las piernas y levantó el coxis. 

 

Qué puta. 

 

Qué risa.

 

Julian, ya acomodado, soltó un silbido sin vergüenza.

 

—Chico, parece que te gustan más las caderas. Las mías son muy fértiles, o eso me ha dicho el apuesto señor de la izquierda. ¿No quieres ayudarme a acomodar correctamente mi postura? Tú eres el genio aquí.

 

—Claro que sí, jo… —Julian lo miró con severidad— …Sr. Casa… ¿Casablancas? —Julian asintió en reconocimiento y le regaló la sonrisa más amable para engañar—. Este es un procedimiento que le ayudará a abrir sus articulaciones.

 

Abierto tiene el culo, se permitió pensar Albert. Volvió a reírse. ¿Qué le pasaba hoy? Nervios o hipertensión, tendría que apostar hasta que tuviera su reloj digital a la mano.

 

Julian siguió acosando al pobre instructor para que lo tocara en todos los lugares donde había visto clavar sus ojos en Albert. Finalmente, el tipo decidió que era razonable cambiar de postura y se alejó cuanto antes de ahí para explicar al frente.

 

Albert miró hacia el frente de la clase, escuchando a medias la explicación del Saludo al Sol. Una mierda. El sol le estaba quemando los pies a través de la espalda, estaba empezando a sudar y a ponerse pegajoso.

 

—¿Sabes? Creo que lo incomodaste. Quizá se sintió acosado el pobre chico.

 

—¿Y cómo te sentías tú antes de que yo lo hiciera? Hasta antes de eso, te estaba acosando a ti.

 

—Mmh… ¿no realmente? Ya confiesa que estás celoso, hombre. No hubieras venido a esta mierda si ibas a comportarte así.

 

Entonces Julian estornudó escandalosamente y se talló la nariz con el antebrazo. Albert hizo una mueca; ni siquiera se había cubierto.

 

—Uff, hombre, ese maldito incienso huele horrible. Me pica la nariz, me duele la cabeza y me están llorando los ojos. No lo soporto. ¿No hueles esa cosa horrible?

 

Albert buscó el incienso con la mirada. Ni siquiera estaban tan cerca y tampoco olía tan mal. Eso, o siendo honestos, Julian siempre había sido muy sensible a los olores. Tenía el olfato de una perra al final del día.

 

—Creo que no es tan malo —dijo.

 

El hombre a su derecha lo miró incrédulo.

 

—Esa mierda huele a un perfume que usaba mi…

 

Todos seguían haciendo las posturas. Julian fue interrumpido por la señora de mediana edad que estaba frente a él, quien le pidió guardar silencio. Entonces ambos intentaron copiar los movimientos de las personas de delante para integrarse.

 

Resultó que el Saludo al Sol no solo se veía complicado. Era complicado de hacer. ¿Acaso no era para principiantes esta clase? Bueno, no tuvo tanto problema al doblar la espalda, pero ahora sentía un poco de pesar al ver a Julian sufrir en las posturas. Aunque bien merecido lo tenía.

 

Estuvieron así un buen rato, tratando de calentar correctamente el cuerpo. Albert sentía sus músculos acostumbrándose a la quemadura del estiramiento. Parece que más tarde no habría dolores poscoitales, suficiente tendría con los que le provocaría esta maldita clase de yoga.

 

—Al, ya vámonos. Me duele todo el cuerpo, ya no aguanto más —Julian se veía visiblemente harto. Los pájaros seguían cantando afuera. Albert podía ver el ceño fruncido en la cara del hombre a su lado y el leve puchero en sus labios. Vaya mocoso de casi cinco décadas haciendo berrinche.

 

—Pudiste simplemente no venir a esto, ¿sabes? —le dijo sin mirarlo mientras hacía una plancha estirando la pierna izquierda.

 

Julian separó los labios para responder, pero se detuvo. Se calló.

 

Dime que me extrañas. Que querías verme.

 

Una voz patética sonó al fondo de su cabeza. La asfixia, como a Julian en el sexo.

 

—Está en mi contrato.

 

—¿Qué?

 

—Resulta que hay una mierda relacionada a actividades de convivencia por conductas erráticas que firmé en algún momento después de que… tuvimos un incidente. Ya sabes de qué hablo.

 

Situación no muy distinta a la suya, pero en el contrato de Albert se leía: “Conductas sexuales erráticas de riesgo persistente”.

 

—¿Y eso fue suficiente para obligarte? —Albert se puso de pie, levantó ambos brazos y exhaló rencor. El instructor le aplaudió ridículamente desde el frente.

 

Julian también estaba mirando. Susurró un «puto maricón» en dirección al instructor y, apenas se dio la vuelta, le mostró el dedo medio. Luego volvió a mirarlo. Albert ya estaba intentando poner las palmas en el suelo mientras se flexionaba. No se perdió en cómo los ojos de Julian le miraban la curva del trasero. Finalmente, este se dejó caer de espaldas sobre el tapete con un suspiro amortiguado.

 

—No estoy de humor para lidiar con una demanda y para llevar la contraria. Es mucho juego innecesario, ¿sabes? —Se puso de lado y recostó su mano derecha sobre su cabeza.

 

 Albert suspiró.

 

—Más bien sería: “No quiero perder dinero” 

 

Julian se rió y echó la cabeza para atrás, pasándose una mano por el cabello.

 

—Así es, querido. No quiero perder dinero que no tengo. Quiero grabar muchas canciones antes de que termine el año. Estoy muy emocionado —sonrió y se estiró en el tapete como un gato holgazán ególatra.

 

Albert se frotó la cara con ambas manos. El dolor de cabeza estaba empezando otra vez. Pero después de escuchar a Julian, no podía evitar sentirse feliz por él si eso significaba que estaba haciendo la música que le gustaba. No era tan egoísta. Aunque tampoco podía evitar sentirse utilizado de cierta manera.

 

Cuando el instructor volvió a acercarse para ver qué sucedía con el hombre que estaba tirado, Julian después justificó que estaba muy cansado

 

—Tuve una sesión muy agotadora de ejercicio recientemente, nene. ¿Ya sabes a lo que me refiero, no? Todavía siento esa cosa… ¿cómo se llama? —Julian se puso pensativo, tarareando mientras se rascaba la barbilla; ojalá pronto se afeitara esa maldita barba de vellos púbicos—. Ácido láctico, sí. Y se siente muy doloroso.

 

—Lo entiendo, señor, pero es muy importante que continúe con su rutina de ejercicios para que el cuerpo se vaya acostumbrando, ¡por lo menos un poco! El yoga también ayuda a esto —respondió el instructor.

 

Julian rodó los ojos, tarareando.

 

—Si tan solo supieras… El apuesto señor de la izquierda no me dio tregua la última vez. Se tomó muy en serio eso de mis caderas fértiles. Y por su culpa ya no pudimos seguir ejercitándonos. Es una pena. ¿Verdad que eso está mal?

 

Al instructor se le borró la sonrisa cómicamente, pareciendo comprender por fin las insinuaciones que había estado haciendo el viejo cascarrabias que se rehusaba a continuar con la sesión.

 

—Ehh… bu-bueno, la líbido sexu…

 

—Por favor, no le hagas caso a este viejo andropáusico. No sabe lo que dice. Solo dale cinco minutos y se volverá a integrar a la sesión —intervino Albert.

 

Julian jadeó sorprendido y se puso una mano dramática en el pecho.

 

—Pero Al, yo…

 

En ese momento el instructor se levantó, excusándose para dar un pequeño descanso antes de la siguiente postura.

 

—Pero nada. Ya compórtate, por favor. ¿Quieres que vaya a decir que no cumpliste con tus obligaciones de convivencia? —Albert lo miró con severidad.

 

Julian volvió a estirarse de mala gana sobre el tapete y hizo un puchero sin gracia.

 

—Eres malvado, Al.

 

Silencio.

 

—Por cierto, los dos somos andropáusicos, no solo yo.

 

Albert lo ignoró. Porque era malditamente cierto; sin embargo, nada era más erótico para él que ver a Julian sufrir en posiciones ridículas. Era su porno personal: “Hombre narcisista se dobla ante la realidad”. Qué título tan caliente y pornográfico. Quizá después se anime y graben otras —muchas— cintas de video bajo ese concepto.

 

La siguiente postura era “para guerreros”,  o al menos eso dijo Julian al escuchar el nombre. El Guerrero I era nostálgico según sus palabras, y dijo que jamás volvería a hacer esa posición para nadie más. Julian siempre había sido bueno haciendo votos que no podía cumplir; y después añadió que tal vez, para Albert lo haría si se portaba bien —o sea, dejarse hacer un creampie—. Pero por otro lado, ni de loco Albert quería ese semen agrio en sus entrañas. Se estremeció y excitó a partes iguales ante el pensamiento.

 

El Guerrero II era relativamente más fácil. Albert se estaba sintiendo fresco y pleno con la sesión hasta el momento y, claro, no perdía de vista las miradas que le seguía brindando el instructor, esta vez desde un ángulo donde Julian no podía verlo. El cerebro de este último, por su parte, relacionaba la postura con surfear.

 

—¿Has ido a la playa recientemente, Al? Ahora que estás en L.A., apuesto que vas por la tarde a ver todos esos colágenos sexys y dorados por el sol que surfean y juegan voleibol, ¿verdad? Esos no tienen la leche agria.

 

Julian tenía toda la razón. Hasta antes de los treinta —y más aún si tenías el estilo de vida saludable y te alimentabas bien— el semen sabía bastante agradable.

 

Pero Julian no debía saber que él lo sabía, ni cómo lo sabía. Hizo algo —no muy recientemente— de lo que no se enorgullecía. El recuerdo le golpeó como un balde de agua helada, como si de pronto Julian pudiera leerle la mente. Tener sexo con un extraño conocido por Tinder no dejaba de ser peligroso, y peor aún, hacerle una mamada sin protección.

 

Ni Julian había tenido esa suerte en el último tiempo. ¿En qué estaba pensando? Estar necesitado de sexo debería ser considerado un riesgo de salud pública.

 

Y como ya lo mencionó, no era algo de lo que se sintiera orgulloso. Aunque el sexo había sido, de hecho, muy bueno. Actuó de manera estúpida por la calentura. Lo único que sintió después del clímax fue mucho asco, preocupación y arrepentimiento.

 

Ya se había realizado el descarte de ETS, por cierto.

 

Y aunque el instructor se veía muy sexy y tentador, por el poco respeto que aún sentía sobre sí mismo, no haría una estupidez como esa otra vez —al menos no a corto plazo—. Aunque tenía muchas ganas de restregarle en la cara a Julian su último encuentro, solo para su deleite personal.

 

—No he salido a ningún lado, solo he ido y venido del estudio —ni siquiera debió responder.

 

—Mentiroso.

 

—¿Y tú? ¿Cuántas veinteañeras llevas este mes?

 

—Las suficientes para no darte problemas, amor.

 

Albert no se alteró por esto. Sus fuentes y la conducta sexual de Julian le indicaban que no había tenido encuentros frecuentes. Iba a responder, pero las personas sentadas delante ya los miraban sin disimulo y murmuraban, así que el hombre solo resopló.

 

Albert decidió prestar atención otra vez. Para eso había venido, después de todo.

 

El instructor anunció la siguiente postura con entusiasmo enfermizo.

 

—Ahora pasaremos al Guerrero III. Es una postura de equilibrio que fortalece las piernas, el core y la concentración. Desde la postura anterior, trasladen el peso al pie derecho, levanten lentamente la pierna izquierda hacia atrás y bajen el torso hasta que quede paralelo al suelo…

 

Albert sintió que el mundo se inclinaba, pero peor lo estaba pasando Julian. Intentó copiar el movimiento: peso en la pierna derecha, pierna izquierda hacia atrás y casi de inmediato perdió el equilibrio. Su cadera se abrió hacia un lado y tuvo que plantar el pie izquierdo de nuevo en el tapete para no caer de bruces.

 

—Esto es una mierda —masculló Julian entre dientes—. Me tiembla todo. ¿Por qué carajos tengo que hacer esto?

 

—Porque firmaste un contrato, querido —susurró Albert con sorna, intentando de nuevo. Esta vez logró levantar la pierna un poco más, pero la rodilla de apoyo se le bloqueó y empezó a tambalearse como un flan—. Y por chupar verga en el baño. No te quejes tanto. 

 

Julian soltó una risa seca.

 

—Tú al menos tienes equilibrio. Yo siento que me voy a partir en dos. Y este maldito incienso me está matando la nariz.

 

El instructor se acercó primero a Albert y le colocó una mano suave en la cadera para nivelarla.

 

—Recuerde mantener las caderas cuadradas, señor. No deje que se abra. Y mire un punto fijo al frente.

 

Albert se enderezó por instinto, pero sintió la mirada de Julian clavada en ellos. El instructor pasó luego a Julian y le corrigió los hombros.

 

—Relaje los hombros, señor Casablancas. Y no bloquee la rodilla de apoyo.

 

Julian resopló y murmuró lo suficientemente alto para que Albert lo oyera:

 

—Claro, porque tú sí puedes tocarlo sin que te tiemblen las piernas…

 

Albert perdió el equilibrio otra vez y tuvo que bajar el pie. Una risa traicionera se le escapó.

 

—Eres un caso perdido, Jules. Hasta los abuelos de la primera fila lo están haciendo mejor que tú.

 

—Los abuelos no tienen un culo fisurado por culpa de cierta verga insaciable —replicó Julian en voz baja, pero con veneno.

 

Albert volvió a intentar la postura, esta vez con más determinación. Logró mantenerla unos segundos antes de tambalearse de nuevo. Julian, a su lado, seguía luchando: su pierna levantada bajaba y subía como si estuviera probando un trampolín defectuoso.

 

—Esto es humillante —gruñó Julian—. Me duele todo y todavía tengo que verte haciendo de modelo de Instagram.

 

—Al menos yo no parezco un flamingo borracho —contraatacó Albert, aunque él mismo estuvo a punto de caer de lado.

 

—Flamingo con resaca.

 

El instructor pasó otra vez por su zona y corrigió suavemente la espalda de Albert.

 

—Muy bien, mantenga la línea recta desde la cabeza hasta el talón. ¡Excelente trabajo!

 

Julian soltó un bufido audible.

 

—Excelente trabajo mi culo…

 

Albert no pudo evitar sonreír con malicia mientras intentaba mantener la postura. Ver a Julian sufrir en equilibrio era extrañamente satisfactorio. 

 

—Respira, Jules. O vas a terminar besando el tapete.

 

—Prefiero besarte a ti —murmuró Julian, y por un segundo su voz sonó casi como en los viejos tiempos.

 

Albert sintió una punzada traicionera en la ingle y perdió el equilibrio de nuevo. Esta vez cayó de rodillas sobre el mat con un golpe sordo.

 

Julian soltó una carcajada baja y satisfecha.

 

—Vaya, qué elegante, Al.

 

—Cállate —gruñó Albert, rojo de vergüenza y diversión al mismo tiempo, mientras se incorporaba.

 

El instructor, desde el frente, aplaudió con entusiasmo forzado.

 

—¡Muy bien, todos! Si se caen, no pasa nada. Es parte del proceso. Volvamos a intentarlo con calma…

 

Albert miró de reojo a Julian, quien seguía tambaleándose con cara de sufrimiento y una sonrisa torcida.

 

Después de las posturas de pie, el instructor los guió hacia el enfriamiento. Movimientos suaves, estiramientos lentos, respiraciones profundas. Albert sentía los músculos temblando de cansancio y el sudor pegándole la camiseta a la espalda. Julian a su lado resoplaba como si hubiera corrido un maratón.

 

Finalmente llegó el momento que todos esperaban.

 

—Ahora, para cerrar nuestra práctica, nos recostaremos en Savasana, la postura del cadáver —dijo el instructor con voz suave y ceremoniosa—. Acuéstense boca arriba, dejen que los brazos y las piernas se relajen completamente. Cierren los ojos. Permitan que el cuerpo se hunda en el tapete. Este es el momento de integrar todo lo que hemos trabajado hoy… de soltar.

 

Albert se tumbó. El tapete estaba caliente por el sol que entraba por los ventanales. Por primera vez en toda la clase sintió un mínimo de paz. El techo de madera de la cabaña se veía borroso. Su mente empezó a vagar: el estudio, el aeropuerto, el maldito correo, el retiro, la rozadura en el trasero… todo se mezclaba en una nebulosa cansada.

 

A su lado, Julian también se acostó. Por unos segundos reinó un silencio casi sagrado.

 

Entonces, Julian soltó un ronquido escandaloso, profundo y gutural, que rompió el momento como un trueno en una iglesia.

 

Albert abrió los ojos de golpe.

 

El instructor, desde el frente, sonrió con una ternura casi beatífica.

 

—Qué hermoso… —susurró—. El señor Casablancas ha alcanzado la relajación total. Ha llegado a la iluminación. Que todos tomemos ejemplo de su entrega.

 

Un par de personas soltaron risitas ahogadas. La mayoría solo miró con desaprobación.

 

Albert sintió que le subía una carcajada desde el estómago. Intentó contenerla, de verdad lo intentó. Pero cuando Julian soltó un segundo ronquido aún más sonoro, ya no pudo más.

 

Se tapó la boca con ambas manos, pero la risa se le escapó igual, temblorosa, genuina y aún bajita. Julian, medio dormido, abrió un ojo, lo vio riéndose y sonrió con pereza.

 

—Namasté —con voz serena el instructor dio por finalizado el día uno del infierno en Arizona.

 

—Namasté, cabrones —respondió Julian en voz alta, media adormilada aún y pastosa, sin pensarlo dos veces. Le salió del alma la cita.

 

La sala se quedó en silencio absoluto.

 

Albert ya no pudo contenerse. Soltó una carcajada fuerte, de las que hacen doler el estómago, y Julian lo acompañó con una risa ronca y satisfecha. Los dos, acostados uno al lado del otro, riéndose como idiotas mientras el resto de la clase los miraba con una mezcla de horror y lástima.

 

El instructor parpadeó varias veces, claramente sin saber cómo reaccionar.

 

—…Namasté —volvió a repetir el plástico, con la voz un poco temblorosa,  ¿se estaría riendo también?—. Que la paz y la armonía los acompañen.

 

Albert y Julian siguieron riéndose, sin poder parar, mientras el resto de los participantes empezaban a incorporarse con cara de exasperación, lo ridículo de la situación daba gracia. 

 

El momento fue incómodo.

 

Hermoso.

 

Y completamente ridículo.

 

Cuando por fin lograron calmarse, Albert giró la cabeza hacia Julian completamente. Este lo estaba mirando con esa sonrisa torcida y cansada que conocía demasiado bien.

 

Ninguno dijo nada.

 

Solo se quedaron ahí, respirando el mismo aire caliente de Arizona, sudados, agotados y ridículos. Tal vez, después de casi veinte años de ir y venir, esto era lo más parecido a la intimidad que podían tener: reírse juntos mientras el mundo los miraba mal.

 

Albert cerró los ojos otra vez y murmuró, casi para sí mismo:

 

—Eres un desastre, Julian.

 

Otra risa baja.

 

—Tú también, Albert. Tú también. 

 

Y ahí se quedaron, acostados uno al lado del otro, mientras el gong final sonaba suave en el fondo.

 

Ninguno se movió.

 

Ninguno se fue.

 

Al salir de la cabaña, las miradas se volvieron más pesadas, qué nostalgia y qué recuerdos, Albert escuchó murmullos a su espalda:

 

“Parecen dos maricones en plena crisis de la mediana edad”

 

“Qué vergüenza, venir a un lugar sagrado a hacer payasadas”

 

Y tenían razón. Eran un par de viejos andropáusicos de mediana edad con conductas sexuales de riesgo de salud pública; pero aún así, Albert apretó la mandíbula y siguió caminando. No tenían que recordárselo y no valía la pena responder. Julian, caminando a su lado, ni siquiera parecía haberlos escuchado o los ignoraba muy bien, esperaron a salir casi al último.

 

Julian se detuvo fuera de la cabaña, e interrumpió el paso a un tipo que venía atrás y recibió chakra de desprecio de su parte.

 

—Oye, Al… ¿Quieres venir a mi cabaña a ver películas?

 

Albert se detuvo en seco.

 

—No.

 

Julian parpadeó, confundido, cambió de pierna su peso y puso sus manos en sus caderas. Su estúpido mat naranja estaba tan inclinado que se caería al siguiente paso. 

 

—¿Por qué no?

 

—Porque aquí no hay televisores ni laptops, genio —con tono seco y rodando los ojos lo dijo, se ajustó la correa de su propio mat morado, tenía que salir cuanto antes de ahí. No sabía porqué no se daba la vuelta todavía.

 

Julian se quedó callado dos segundos. Luego, con su característica falta de filtro. 

 

—Ah. Bueno, en realidad quería tener sexo, ya sabes.

 

Albert soltó una risa incrédula.

 

—Claro. Porque una mamada fue exactamente lo que nos trajo hasta este retiro de mierda.

 

Julian se encogió de hombros, sin avergonzarse, pero con el comienzo de una sonrisa en la comisura de la boca. 

 

—Yo no dije “mamada” Al. De verdad quiero tener sexo, pero vas abajo, me duele el culo todavía.

 

—...

 

—Bueno. Entonces… ¿Una mamada rápida? —miró hacia los lados— Solo para relajarnos después de la clase.

 

—No.

 

Albert ya se había dado la vuelta cuando Julian habló de nuevo.

 

—Tengo hierba.

 

Albert se detuvo, porque pisó una piedra con el talón. Sin girarse del todo debería de responder. 

 

—Lo sé. Te olí ayer cuando llegaste.

 

Julian soltó una risa baja.

 

—Sigues fumando, ¿eh? Aunque lo niegues.

 

—No voy a fumar…al menos, no hoy. 

 

—También tengo comestibles —añadió Julian, como si fuera un argumento irrefutable.

 

Albert se quedó callado un segundo más largo de lo necesario. Respiró hondo. Sabía que iba a arrepentirse. Sabía que el manager le iba a caer con un monasterio tibetano. Sabía todo eso.

 

❛┈┈┈┈┈┈┈┈┈┈┈┈┈┈┈┈┈┈┈❜

 

La cabaña de Julian era un desastre absoluto.

 

Ropa tirada por todas partes, el mat recién llegado tirado en el suelo como un cadáver, y una mochila abierta con calcetines saliendo como lenguas. Albert frunció el ceño; claramente iba a ordenar un poco, no podía follar en un lugar tan contaminado y, Julian ni siquiera se disculpó por el desorden, solo se limitó a extender  una toalla mojada en la silla mientras Albert ordenaba los calcetines por color. 

 

Albert miró su teléfono. Sin cobertura, pero con la ubicación activada por requisito del retiro. Por supuesto. Al diablo.

 

Los comestibles empezaron a hacer efecto más rápido de lo esperado. La pantalla se le borroneó, las letras temblaban como si estuvieran nadando. Parpadeó, pero la imagen no se estabilizaba; cada vez que creía atrapar una palabra, esta se le escapaba hacia el borde de la pantalla. Sintió que su propia respiración se ralentizaba, como si el tiempo se hubiera puesto de su lado para fastidiarlo.

 

Media hora después estaban los dos en la cama: manos metidas debajo de la ropa, besos torpes con mucha lengua y saliva, se sentía tan caliente, sus respiraciones agitadas se mezclaban. Julian murmuraba cosas sucias contra su cuello mientras intercalaba con palmadas a sus glúteos. Albert sentía que por fin iba a pasar algo decente después de todo el ridículo del día.

 

Y entonces… en algún momento se durmieron.

 

Los comestibles les cayeron como un camión. Se quedaron profundamente dormidos en medio del faje, medio vestidos, sudados y ridículos.

 

Un par de horas después, cuando el dolor de la actividad física que no está acostumbrado a hacer empezó a hacer efecto y cuando el horario de WiFi del retiro se activó, la pantalla del celular de Albert se iluminó sobre la mesita de noche.

 

“Acabo de recibir el aviso de que NO estás en tu cabaña.

Te recuerdo que el retiro es de convivencia obligatoria.

Si mañana me llega otro reporte, te juro que el próximo será un retiro de silencio total en un monasterio tibetano.

Descansa, Albert. Namasté.”

 

Albert, medio dormido y con los ojos entrecerrados, leyó el mensaje. Julian roncaba suavemente a su lado, con la venda rosa todavía en la nariz y una mano posesiva sobre su cintura que lo apretó más en cuanto lo sintió alejarse. Albert soltó una risa baja, cansada y resignada.

 

—Namasté, cabrón… —murmuró para sí mismo, antes de volver a cerrar los ojos.

 

Notes:

Aquí está. El cierre de la trilogía de los aeropuertos. La historia que empecé cuando apenas sabía poner un pie delante del otro en este fandom, que abandoné durante meses porque no sabía cómo terminarla, y que retomé una tarde de estas porque Albert y Julian no se iban de mi cabeza (y yo tampoco quiero que se vayan).

Nos vemos en el próximo caos (porque con estos dos, siempre hay un próximo caos).