Chapter Text
—¿Estás loco, Valjean?
La voz de Javert sonó inusualmente cruda en la cálida sala de estar de la Rue Plumet. Se encontraban a fines del mes de marzo, con un clima extrañamente frío para principios de la primavera en París.
El ex inspector sufría terriblemente las bajas temperaturas, como siempre, por lo que se encontraba acurrucado en una manta, sentado en un sillón, enfrentado a su antigua presa y ahora amigo.
Jean Valjean sonrió dulcemente. Su cabello blanco se veía inusualmente brillante bajo la cálida luz del crepúsculo.
—Bueno—respondió a su amigo suavemente. Un poco. Pero… ¿Realmente no te tienta la idea de atravesar el océano y ver lugares que jamás hubieses imaginado?
—Mmmmggg, gruñó Javert. No se si me tiente meterme en un avión por tantas horas.
—13, exactamente, respondió Valjean.
—Dime la verdad, Valjean— ¿Cosette realmente nos invitó?
—Así fue, amigo mío. Dijo que podríamos ir a fines de mayo, por dos semanas.
Cabe aclarar, querido lector, que Cosette, la hija de Jean Valjean, se encontraba desde fines de febrero radicada en Buenos Aires, en la lejana Argentina, junto con su novio Marius. Cosette estaba participando de un intercambio cultural y el objetivo secundario era practicar el idioma español. La hija de Valjean había tenido una amiga en la escuela, originaria de Colombia. Gracias a ella aprendió algunas palabras de español. Luego la joven se mudó a otra ciudad pero siguieron en contacto por llamadas y mensajes. Cosette se entusiasmó con el español y se anotó en una academia, hace cuatro años. Sin consultar a nadie, aplicó para participar del intercambio y fue seleccionada.
Su padre estuvo a punto de desmayarse cuando se enteró que su pequeña niña (bueno, ya tenía 20 años) iba a viajar más de 11 mil kilómetros de distancia y a instalarse por 6 meses en un país completamente desconocido. Lo tranquilizó bastante poco que estuviese acompañada por Marius…
Pero en fin, los hijos no son de los padres, sino de la vida, así que, por supuesto, Valjean estuvo de acuerdo y colaboró todo lo posible en los preparativos. No mostró a su hija su tristeza por estar tanto tiempo separado de ella (y digamos que de Marius también). Hablaban por teléfono todos los días.
Jean Valjean se consolaba viendo las fotos y videos que enviaba su Cosette y también se dijo a sí mismo que la presencia de Javert, su antiguo perseguidor (Valjean había tenido algunos problemas con la ley) era un bálsamo y una compañía totalmente inesperada y que no extrañaba a la luz de sus ojos tanto como hubiese pensado.
Realmente había llegado a sentir afecto por el ex policía. Sus caracteres eran diametralmente opuestos en muchos sentidos, aunque compartían el gusto por la tranquilidad y la vida retirada. Ambos eran bastante solitarios y de costumbres regulares.
Cosette les dijo un día, en broma, que les hacía recordar a Sherlock Holmes y el Dr. Watson, por la extraña asociación que compartían…
A ambos, probablemente, se les escapó el doble sentido de las palabras de Cosette o decidieron pasarlo por alto.
—¿Realmente estoy incluido en esa invitación, Valjean?—volvió a preguntar Javert.
—¿Quieres que te muestre el mensaje de Cosette?—respondió Valjean.
—No es necesario, afirmó Javert. Entonces ¿Estás decidido a hacer el viaje?
—¡Por supuesto! no dejaría pasar esta oportunidad.
—Pero ¿te agradaría, o mejor dicho, tolerarías mi compañía durante dos semanas?—volvió a preguntar Javert.
—Amigo mío, estamos prácticamente todo el día juntos, sería como una extensión de nuestra rutina habitual, pero en un contexto totalmente nuevo y veríamos a Cosette y a Marius.
Ante el último nombre, el otrora inspector frunció el ceño y este gesto endureció su rostro, más de lo habitual.
Valjean sonrió y dijo: —Pero no te sientas obligado Javert, por supuesto puedes negarte
—¿Crees que te dejaría solo? Podrías perderte en el aeropuerto o tomar un avión equivocado o podrías regalar todo tu dinero a cualquiera que te fuese con alguna historia deprimente.
Valjean lanzó una carcajada que hizo sonreír involuntariamente (o no) a Javert, como siempre.
—Pero tampoco pienses—dijo Valjean, que vas solamente para ser mi guardaespaldas, me gustaría que también disfrutes la experiencia.
Disfruto y agradezco cada momento en que puedo estar a tu lado, pensó Javert, pero por supuesto ese pensamiento jamás escaparía de sus labios. Respondió a Valjean con un gruñido.
Cosette dice—continúo Valjean—que Buenos Aires tiene lugares muy bonitos y su gente es muy cálida, que realmente nos sentiríamos a gusto. Esperaba realmente poder convencer a su amigo de emprender este viaje.
—¿A fines de mayo, dijiste? preguntó Javert. Mmm, será otoño por allí. Mejor que lleve bastante ropa de abrigo.
—¿Eso es un sí?—dijo Valjean con su hermoso rostro iluminado por la más pura alegría.
El ex inspector se limitó a mover su cabeza en señal de asentimiento.
Valjean se puso de pie, se acercó al sillón de Javert y palmeó su hombro con cariño.
—¡Gracias, gracias, querido amigo!
Javert no se atrevió a levantar la vista para que sus miradas se encontraran. Se conformó con disfrutar la cercanía de ese hombre que amaba con todo su corazón.
En la intimidad de su hogar, antes de acostarse, Javert nunca dejaba de agradecer a las estrellas (jamás a Dios, ese concepto era para él lejano y abstracto) contar con el afecto y la compañía de Jean Valjean. Estuvieron muchos años en lugares opuestos, podríamos decir, y su historia compartida se remontaba a más de dos décadas. Valjean había incumplido su libertad condicional y el Inspector Javert se había dedicado en cuerpo y alma a la tarea de encontrarlo. En junio pasado, en el contexto de las protestas en París, Valjean tuvo la posibilidad de acabar con la vida de Javert pero lo dejó ir. El policía intentó suicidarse, arrojándose al río Sena, al ver su rígida moral deshecha. Se preguntaba: ¿Cómo puede un hombre cambiar? ¿Cómo un ex convicto le perdonó la vida?
Luego de que el mundo del Inspector se desmoronara, Valjean había estado a su lado, como una presencia constante en su vida. Lo había rescatado del agua cuando se arrojó al Sena. Este incidente le dejó como consecuencia al Inspector dolencias físicas y sentir frío constantemente, sumado al desgaste de casi 30 años de árido trabajo policial. Valjean estuvo a su lado, cuidándolo en su cama de hospital, leyéndole, animándolo con su inagotable bondad, acompañándolo a terapia y ayudándolo con las necesidades más elementales con su prodigiosa fuerza.
Ese improbable vínculo había derivado en una amistad y por parte de Javert, aunque se había negado a admitirlo durante muchas semanas, en algo más profundo, que jamás esperó sentir y de lo que siempre se había burlado: amor. Toda su vida había detestado la parafernalia alrededor del amor romántico de la sociedad contemporánea. Francamente, nunca lo había entendido. A sus 50 y pico de años, sabía perfectamente que no le interesaban las mujeres y en verdad, ningún vínculo con sus semejantes. Hasta que apareció Jean Valjean, esa criatura reflejo de la divinidad.
¿Cómo no lo había visto antes? En su apego ciego a lo que consideraba “justicia”, no se había detenido a ver la cantidad de matices que existen. Valjean había cometido un delito, pero realmente había cambiado, el encuentro con un obispo que le perdonó el robo de unos valiosos candelabros y le mostró misericordia transformó su vida.
Valjean había hecho posible la metamorfosis de su cosmovisión y la transformación de su corazón de piedra en algo un poco mejor. Jamás pensó que disfrutaría ver a otra persona todos los días. Pero ahí estaba, pasando todas las tardes en la casa de su benefactor, dialogando sobre cantidad de cosas imaginables, observando a Valjean trabajar en su jardín o simplemente, compartiendo el silencio, como dos personas que se conocen íntimamente. En esos momentos, Valjean estaba enfrascado, como siempre, en alguno de sus libros y Javert se deleitaba en contemplar el hermoso cabello blanco, los ojos castaños de mirada dulce, las arrugas alrededor de sus ojos, la barba y la expresión de concentración de todo su rostro. Era lo más hermoso del mundo. Y cuando su vista se levantaba y sus ojos se posaban en el rostro adusto, de piel cobriza del Inspector, Javert sentía que el sol había vuelto a salir.
Lo amaba y sabía que era imposible, que debía darse por satisfecho con el regalo de su amistad. Pero bueno, no podía evitar desear, aunque guardase esos pensamientos y sentimientos para sí.
A más de 11 mil kilómetros, el ex Inspector no sabía que había dos personas enteradas de su secreto.
Cosette y Marius habían regresado de una reunión con otros compatriotas.
—¿Sabes cariño?—Invité a papá y a Javert a visitarnos en mayo.
Marius comenzó a toser luego de escuchar el último nombre.
—¿Al inspector también, mi amor?
—Claro que sí, respondió la jovencita de cabello rubio. Sabes, continuó, estoy decidida a hacer que mi papá y Javert por fin se declaren su amor.
—¿Estás segura de eso?
—¿De qué, Marius?
—¿De que están enamorados?
Cosette resopló, un poco molesta—Amadísimo mío, creo que eres muy poco observador.
—Porque solo tengo ojos para ti—respondió como un galán del siglo XIX.
Cosette sonrió, a su pesar—Realmente ¿No has notado cómo el Inspector parece un gatito mimoso cuando mi papá le habla? Nunca le quita la vista de encima. Pasan todas las tardes juntos, mi papá habla de Javert todo el tiempo. Yo no tengo dudas.
—¿Tu papá te dijo algo sobre esto?
Sabes que es muy reservado, pero soy su hija, lo conozco hace más de diez años. Nunca había estado tan feliz.
—No estoy del todo convencido, pero confío en ti—respondió Marius. Tenía profundo afecto por su suegro, pero se sentía intimidado por el ex policía. Sin embargo, seguramente el Sr. Valjean no viajaría solo y su inseparable amigo vendría con él. Bueno, serían dos largas semanas para Marius Pontmercy.
Semanas más tarde, Javert había llevado su computadora portátil a la casa de Valjean. Se encontraban sentados alrededor de la mesa de la cocina, buscando información sobre Buenos Aires. El sol estaba a punto de ocultarse en el horizonte. Valjean había preparado un café para su amigo y él mismo estaba tomando un té de un olor horripilante, según Javert, alguna combinación extraña que había encontrado en esas tiendas naturistas que le gustaba visitar. Había, por supuesto, variedad de galletas y otros dulces, que el padre de Cosette siempre compraba para el Inspector y éste se encargaba de devorar. Su pasión por los dulces era el único capricho de Javert.
Valjean no prestaba mucha atención a la búsqueda que estaba realizando Javert en su dispositivo. Como habitualmente, se distrajo observando el fragmento de noche (perdón ¡cabello!) del Inspector. Era de un hermoso color azabache, salpicado de constelaciones de estrellas (¡otra vez la poesía! Debía dejar de leer algunos libros). Lo llevaba, como siempre, sujeto en una prolija cola de caballo. Le llegaba casi a mitad de la espalda. Valjean se había sentido tentado de tocarlo muchas veces. Se imaginaba peinándolo, acariciándolo mientras lo bes…
—Valjean ¿estás escuchando? — tronó la voz de barítono de Javert.
El hombre de mayor de edad se sobresaltó —Disculpa amigo mío, estaba distraído—Se ruborizó intensamente, rogando que nunca los seres humanos inventaran algún dispositivo para leer los pensamientos.
Me doy cuenta —la voz de Javert se suavizó un poco —¿Estás preocupado por algo?
Valjean sonrió levemente —No es nada y todo, digamos. La ansiedad por la aventura que vamos a emprender. A mis 60 y tantos años, jamás lo hubiese imaginado.
—Bueno, pero si planeamos todo meticulosamente, habrá menos posibilidades de que algo salga mal. Por eso, aunque esto lleve tiempo, es mejor hacerlo. Si esto te aburre, puedo planearlo yo solo y luego te compartiré la planilla de cálculo con toda la información.
Valjean esbozó una de sus sonrisas hechiceras —Está bien, no me molesta.
Javert procuró no prestar atención a la forma en que su corazón se aceleró y volvió a mirar la pantalla—Le envíe un mensaje a Cosette preguntándole sobre alguna página o aplicación para aprender español para turistas —dijo Javert sin despegar la vista de su computadora
Valjean frunció el ceño —¿Para qué?
—Mira si estás perdido en medio de Buenos Aires, sin tu celular o sin conexión a internet y necesitas comunicarte ¿Cómo lo harás?
Es poco probable que pase eso—respondió Valjean.
Siempre hay que minimizar los riesgos—afirmó Javert, siempre orgulloso de su capacidad de planearlo todo.
—Amigo mío, así no dejas lugar para perderte y descubrir algún rincón oculto, respondió Valjean con una mirada pícara—Siempre el mismo, el meticuloso Inspector Javert.
—Si, me enorgullezco de eso—Javert pareció ensimismarse. Valjean se preocupó momentáneamente, tal vez lo había asaltado algún recuerdo desagradable.
—Cuando era niño, y debía cuidar a mi madre cuando se emborrachaba, tenía que planearlo todo, limpiar la casa, preparar la comida, dar de comer a mi hermano, todo antes de que mi padre llegase y me golpease si algo no estaba según su gusto—Suspiró, y se pasó una mano por los ojos, como tratando de enterrar esos recuerdos en lo profundo.
Valjean se sintió tentado de consolarlo, abrazarlo, acariciarlo. Se sentía culpable por haber convocado fantasmas de tanto tiempo atrás. Se conformó con colocar su mano sobre la suya, acariciándola suavemente. Javert se tensó aunque posteriormente se relajó bajo el tacto de esa mano callosa y tierna. Giró la cabeza y sus miradas se encontraron. Los brillantes ojos castaños le traían tranquilidad.
—Disculpame Javert—comenzó Valjean, creo que …..
—No te disculpes, no es tu culpa—respondió Javert rápidamente.
—Entonces ¿Qué te respondió Cosette sobre el aprendizaje del español?—Valjean trató de disipar el ambiente triste. No había retirado su mano.
—Ehhh, quiero mostrarte la página que me recomendó.
Valjean se dio cuenta de que Javert necesitaba las dos manos para escribir en su teclado y retiró rápidamente su mano, un tanto avergonzado de querer prolongar el contacto.
Continuaron conversando y descubriendo Buenos Aires a la distancia. Cuando Javert miró la hora en el reloj de la cocina, se dio cuenta de que estaban cerca de las 10 de la noche.
—Ha pasado volando el tiempo, Valjean, creo que debería irme—dijo Javert comenzando a cerrar la computadora.
—Puedes quedarte a dormir, como siempre te digo—respondió Valjean. La habitación de Cosette es tuya.
—Creo que ya te molesto bastante como para que tengas que tolerar mi mal humor de la mañana—respondió Javert.
—No me molestaría—replicó Valjean con su voz amable. E insisto, eres mi amigo y me agrada tu compañía y te lo voy a repetir hasta convencerte.
Javert se ruborizó. Claro que adoraría quedarse, cenar juntos, dar las buenas noches a Valjean y acurrucarse en la misma cama, acariciar su cabello, besarlo suavemente en los labios y dormir abrazado a él. Y luego observarlo dormir, consolarlo de sus pesadillas y despertar a la mañana viendo sus preciosos rizos despeinados. Pero, era imposible y si se quedaba a dormir, no podría evitar que su imaginación se desplegase hacia lo quimérico.
—¿Javert?—La voz de Valjean denotaba preocupación.
El ex inspector salió de su ensoñación—Dis..disculpame, creo que estoy cansado, mejor me voy.
—¿Por qué no tomas un taxi?
—No gastaré dinero innecesariamente. Caminaré como todas las noches, Valjean—dijo, de forma más brusca de lo que deseaba—Pero, si quieres, te compartiré la ubicación y te avisaré cuando llegue a mi departamento.
—Por favor, amigo mío.
Se pusieron de pie y caminaron hacia la puerta. Valjean le entregó su abrigo a Javert y lo observó mientras se lo colocaba. Javert colocó debajo de su brazo el maletín de la computadora.
Valjean acompañó a Javert hasta la verja y se despidió—Buenas noches, procura descansar.
—Tú también, Valjean, gracias.
El hombre de cabello largo iba a darse la vuelta para irse cuando Valjean no pudo resistir el impulso de tomar su mano y presionarla con afecto—Cuídate, amigo mío—dijo Valjean.
Javert lo miró a los ojos y esbozó una sonrisa—Gracias, por todo.
Valjean soltó su mano. Siguió con la vista la alta y esbelta figura del inspector hasta que dobló la esquina. Javert no pudo evitar, como un adolescente tonto, cerrar los ojos y besar el lugar donde la cálida mano de Valjean lo habia acariciado. Un transeúnte lo observó con curiosidad. Javert lo fulminó con su mirada más aterradora.
Soy un idiota, murmuró. Pero, por lo menos, se sentía, si no feliz, al menos en paz.
El tiempo transcurrió, como siempre, inmune a las preocupaciones de los mortales por su devenir rápido o lento.
Valjean se encontraba exultante. Volvería a ver a su querida hija, bueno, a su yerno también, conocería un nuevo lugar y por último, pero no menos importante, contaría con la compañía del hombre del que estaba enamorado.
Pues sí, hace algunos meses de que era consciente de que no podía disfrazar su pensamientos sobre la salud o bienestar de Javert con la palabra amistad. Si al principio su relación luego del intento de suicidio de Javert había tenido altibajos, progresivamente las defensas del ex inspector fueron cayendo, derrumbándose por la mutua compañia. Valjean había descubierto, debajo de ese ceño constantemente fruncido y de sus miradas fulminantes, un hombre que tal vez había carecido de afecto. Javert le relató su dura infancia, su adolescencia al borde de la legalidad, la huida de su hogar luego del fallecimiento de su madre y de su hermano pequeño, y la posibilidad luego de ingresar en la policía. Su trayectoria había sido lineal, cumpliendo escrupulosamente con su deber, sin otro objetivo en la vida.
Su carácter era tranquilo, más allá de su aversión a los libros, era una persona dedicada a su trabajo y ponía todo su empeño en conocer lo más posible de las peculiaridades de los seres humanos, conocimientos necesarios para su profesión. Al comenzar a dialogar, se dieron cuenta que no eran tan distintos y compartían el gusto por los largos paseos por París y la observación de la naturaleza. En los jardines por los que les gustaba andar, aquellos donde los turistas no eran una multitud, Valjean le señalaba a Javert alguna especie de árbol, de flor, de planta, explicaba algo sobre esa especie (Javert no distinguía entre un pino y un sauce) y el Inspector lo escuchaba y asentía. Cuando salían las primeras estrellas, Javert le pedía si podían sentarse y observarlas. Valjean asentía gustosamente. aunque con la asquerosa contaminación lumínica de una gran ciudad como París, era poco lo que podía distinguirse. A Valjean le sorprendió el pasatiempo de Javert, le parecía poético y nunca lo hubiese relacionado con el inspector. Las estrellas le recordaban a su madre, que leía el tarot y tenía algunos conocimientos de astrología.
Luego de algunos meses, Valjean le presentó a Cosette y a Marius y compartieron veladas. Marius y el Inspector parecían no simpatizar pero la alegre Cosette se sintió inmediatamente conectada con Javert. Tal vez como Valjean le había contado a su niña que Javert había crecido en un hogar abusivo, al igual que ella antes de que Valjean la rescatara, eso los había unido.
La conversación surgía espontánea entre los hombres mayores. Javert se preocupaba mucho por su bienestar, le preguntaba si estaba cansado de trabajar en el jardín, le decía que podía apoyarse en su brazo cuando caminaban, se interesaba por Cosette.
Un día, el 15 de diciembre, Valjean lo recordaba con claridad, habían cambiado sus largos paseos estivales y otoñales por la casa de Valjean y su sala de estar. Habían estado hablando sobre un caso policial y la diferencia entre la ley y la justicia, uno de sus temas habituales de conversación. Valjean se disponía a retomar la lectura en voz alta de “El nombre de la rosa” (Javert parecía disfrutar de escuchar la hermosa voz de tenor del hombre mayor) pero notó que había dejado sus gafas de lectura en la cocina. Javert se levantó presuroso a buscarlas. Las tomó de la mesa y se acercó al sillón donde reposaba Valjean. Estaba por entregarle los lentes cuando se deslizó del brazo del sillón una manta. Javert puso una rodilla en tierra para levantarla, lo hizo y luego levantó la vista hacia Valjean. La pierna de Javert chocaba con la extremidad de Valjean. Por primera vez en su vida, el hombre de cabello blanco sintió una calidez y unos irrefrenables deseos de besar a Javert (cabe aclarar que no castamente), abrazarlo y sentirlo contra su cuerpo. Se sorprendió de la revelación y disimuló su turbación bajando la cabeza y tosiendo. Javert lo miró con extrañeza, pero luego de apoyar las gafas en la mesita auxiliar y la manta en el sillón, le alcanzó un vaso de agua.
Cuando estuvo solo y pudo pensar con claridad, Valjean se sintió desconcertado por lo sucedido. Jamás había experimentado la menor atracción por otra persona pero tampoco había conocido a nadie tan íntimamente como a Javert. Conocía sus gustos, algunos de sus pensamientos, sus costumbres y pensó que todo eso le agradaba de sobremanera. Imaginó que sería agradable caminar abrazado con él, besar su ceño fruncido, sus mejillas y hacerlo sonreír.
Descartó esta escena con un gesto. ¿Qué pensaría Javert de él?. Nunca habían hablado de relaciones de ese tipo, Valjean suponía que Javert nunca se había casado y el Inspector jamás le había hablado de amoríos o cosas así. Era curioso pensar que el serio y estoico Inspector hubiese estado enamorado alguna vez.
Pensó que tal vez había sido algo pasajero, una tontería, pero transcurrían los días y las semanas y sus sentimientos parecían profundizarse. Luego su Cosette viajó a Buenos Aires y su relación con Javert se estrechó aún más, si eso fuese posible.
En innumerables ocasiones le había pedido que se quedara a dormir, el Inspector nunca había aceptado. Cosette había sugerido que Javert se mudase de modo permanente a la Rue Plumet, con el fin de que los dos hombres se hiciesen compañía. Valjean nunca había planteado esto a Javert, pero le hubiese encantado convivir con él (como amigos, claro está). Eso le diría a Javert. Esperaba, algún día, animarse a confesarle todo lo que anidaba en su pecho. Pero temía que eso destruyese su hermosa amistad.
El día anterior a la partida, que estaba fijada para el 26 de mayo, Javert insistió en revisar el equipaje de su amigo.
—Valjean ¿Cuál será tu equipaje de mano?
El hombre de cabello blanco le mostró una mochila color verde inglés, de cuero, regalo de su yerno.
—¿Te aseguraste de que no hubiese ningún artículo prohibido?
Valjean sonrío—¿A qué te refieres con prohibido?
Javert puso los ojos en blanco—¿Leiste el archivo que te envíe?
Me enviaste 20 archivos solamente el día de hoy, amigo mío—respondió Valjean con dulzura.
—Si no te molesta, déjame revisar tu mochila para saber si no hay tijeras, aerosoles y cosas así que te pueden retener en el control de seguridad.
Valjean entregó su mochila y se dirigió a la biblioteca en el otro extremo de la sala de estar donde se dedicó a seleccionar los libros que iba a llevar para el viaje.
Al ver los libros, pensó en esos personajes de novela que ocultan su personalidad bondadosa bajo una apariencia hosca. Sonrió para sí y se giró para mirar al Inspector. Sacaba con suma delicadeza los objetos de la mochila de Valjean y luego los volvía a colocar dentro. Sí, debajo de esa fachada, había un corazón de oro, que había sido cubierto por capas de desidia parental, maltrato, ausencia de afecto. Él se sentía así, olvidado del mundo, cuando estuvo en prisión, hasta que encontró al Obispo y luego su vida fue bendecida por Dios por la llegada de su ángel, su Cosette, hija de una joven fallecida por una enfermedad.
Valjean poseía más de 1000 volúmenes. Al ver por primera vez la biblioteca, Javert, adicto al orden, la había llamado “amontonamiento de libros”.Por lo que Javert le pidió permiso a Valjean y dedicó gran parte del mes de enero a clasificar los libros e inventariarlos en una planilla. Contó con esta tarea con la ayuda ocasional de Cosette y Marius.
Durante esa tarea, Valjean lo observaba desde su sillón. Miraba las largas piernas, las manos, de dedos finos, que manipulaban los libros como si fuesen sagrados, el hermoso color de piel del rostro del Inspector y por supuesto, ese océano iluminado por la luz de la luna que era su cabello.
Valjean se sintió contento, él era el primero que conocía a ese hombre como de verdad era. Javert levantó la vista, Valjean se había quedado mirándolo bobamente.
¿Todo bien, Valjean?—preguntó Javert.
Sí—respondió rápidamente el padre de Cosette. No podía decidirme, nada más.
Javert asintió.
Pensaba también que ahora encuentro con facilidad mis libros, gracias a tu clasificación— comentó Valjean.
Javert se sonrojó ante el cumplido y balbuceó algo incomprensible—ejem, bueno, creo que tu mochila está bien. Mmm ¿no llevas ningún revólver en tu valija de bodega?
Valjean rió—Solamente muchos medicamentos para los dolores de huesos. Llevo para ambos.
Ahora fue el turno de Javert de reír, con esa risa de tigre que Jean Valjean encontraba tan adorable (aunque no lo fuese para la mayoría, eso es lo que provoca el amor).
Sonó el teléfono de Valjean. Vio el nombre de su hija en la pantalla y se apresuró a responder. Puso la llamada en altavoz, como siempre, la conversación se desarrollaba alegremente entre los tres y en ocasiones también estaba Marius haciendo algún aporte ocasional.
—¡Hola querido papá!—se escuchó la alegre voz de Cosette.
—¡Hola tesoro!
—Y supongo que el querido inspector está allí—como siempre, pensó la novia de Marius, pero se abstuvo de decirlo.
Buenas tardes jovencita—respondió Javert.
Bueno, es un avance—pensó Cosette, el Inspector siempre la llamaba “señorita”, hasta hace poco tiempo.
—¿Están ansiosos? ¡Yo muchísimo, tengo muchísimas ganas de verlos! Y quiero llevarlos a recorrer y mostrarles cómo he avanzado con el idioma.
—Y nosotros también, mi amor, estamos preparando nuestro equipaje. Mientras decía esto, Valjean levantó las dos pesadas valijas, la de él y la de Javert con apenas un movimiento. Javert, se sorprendió, como siempre, de la divina majestad de ese cuerpo y qué poca incidencia habían tenido los largos años de prisión en su físico, pero como bien le dijo Valjean una vez, las heridas permanentes son las invisibles. Javert volvió en sí y escuchó a Cosette:
—¡Qué bueno, vamos a buscarlos al aeropuerto!
Te lo agradecemos cariño—respondió su padre.
—Bueno, no los molestamos más y nos vemos mañana. Descansen. ¡Te quiero mucho papá!
—Yo también, mi cielo. Valjean presionó el botón rojo de la pantalla. Suspiró y se sentó en el borde del sillón, con la cabeza gacha.
Javert lo observó y se acercó a él.
—¿Te encuentras bien?
El padre de Cosette levantó la vista y la posó en su amigo. Sus ojos estaban llenos de lágrimas.
—Es que… tengo mucho más de lo que merezco.
—¿Por qué dices eso?
—He hecho muchas cosas malas en mi vida y no merezco tener una hija tan bondadosa, un yerno como Marius… y, y un amigo tan atento como tú.
—No quiero que vuelvas a decir esas cosas, Valjean. ¿Qué cosas malas hiciste? ¿Robar para alimentar a tu familia? ¿Y todo lo que haces por los demás, todos los días?. Si has hecho algo mal, ya lo has compensado. Criaste a una niña con la que no tenías ninguna obligación y salvaste la vida de un hombre al que no debías nada. Y ese hombre está …
Los ojos de Valjean se encontraron con los de Javert. El Inspector se sintió al borde del abismo.
—está…muy agradecido contigo.
Valjean sonrió—Gracias. Creo que mejor comenzamos a preparar la cena.
Terminaron de acomodar todos sus bártulos y se dispusieron a cenar, un tanto tardíamente de lo que estaban acostumbrados.
Javert se dijo a sí mismo que debía controlarse. Estuvo a punto de revelarle sus sentimientos a Valjean. ¿Qué había pasado con el frío Inspector terror de los criminales de París, el ángel vengador? Había muerto y en su lugar otro ser había nacido, gracias a un tipo diferente de ángel.
Javert se quedaría a dormir en la Rue Plumet (o algo así, se encontraba nervioso, por lo que seguramente no podría pegar ojo) y por la mañana saldrían en un taxi rumbo a su destino. El vuelo estaba programado para las 13:20 horas y debían estar 3 horas antes en el aeropuerto.
El día de la partida, Javert se encontraba de pie en la sala de estar, con el ceño fruncido. Miró por enésima vez la planilla de cálculo en su computadora con su lista de verificación: pasaportes, tarjetas de crédito, dinero, ropa de abrigo, artículos de aseo personal, computadora, cargadores. La lista estaba dividida en dos columnas, una para cada uno de los amigos.
Valjean recorrió la casa por última vez para asegurarse de que todas las puertas y ventanas estuvieran cerradas. Se encontraba tranquilo en cuanto a su jardín, ya que una persona a la que había ayudado en el pasado se había ofrecido a venir a regar las plantas.
Valjean finalizó la recorrida y se reencontró con Javert. El inspector acababa de terminar el chequeo.
Se dirigió a Valjean—Bueno, todo en orden.
Me alegro—respondió el hombre de cabello blanco.
Javert notó cierto matiz de tristeza en su voz—¿Qué te pasa Valjean?—preguntó con delicadeza.
Valjean sonrió levemente—No puedo ocultarte nada, querido amigo. Es que, los viajes que he emprendido no han sido agradables, siempre para huir, para ocultarme. Creo que es el primer viaje de placer que hago en mi vida—suspiró.
Javert respondió en un susurro—Creo que yo tengo mucha responsabilidad en que eso haya pasado.
Valjean se acercó rápidamente a su amigo—No quise que te sintieras mal, discúlpame.
Javert sonrió con tristeza—Tú debes disculparme por la forma en que arruiné tu vida.
No digas eso—dijo Valjean—Lo pasado no puede modificarse. Te he perdonado. Lo importante es que estamos aquí, juntos y vamos a emprender un hermoso viaje
—Gracias a tu bondad. Sé que nunca nada de lo que haga podrá compensar tus sufrimientos—Su mirada estaba clavada en el piso y la angustia y la culpa eran visibles en su rostro.
Valjean se acercó un poco más y colocó su dedo índice bajo la barbilla de Javert, levantando su rostro y obligándolo a mirarlo. El Inspector se sintió desfallecer ante ese cálido contacto
El hombre mayor dijo con su voz más dulce—Haces muchas cosas por mí todos los días y te lo agradezco.
Javert sintió que su corazón iba a detenerse y que el calor le subía al rostro. Se encontraban a escasos centímetros, podía ver cada detalle, cada arruga, cada peca de ese rostro adorado. ¿Y si tuviese valor y le revelase todos sus secretos? ¿Y si le pidiese permiso para acariciar su mejilla, recorrer su barba con los dedos y luego ….?. En cambio dijo, con la voz pugnando por salir de su garganta:
—Haría, haría cualquier cosa por ti.
Valjean estaba a punto de hablar cuando el teléfono de Javert comenzó a sonar. Se separaron rápidamente. El Inspector sacó el teléfono de su abrigo y observó la pantalla.
—El taxi nos espera en la puerta—informó a Valjean.
Tomaron su equipaje y se dispusieron a salir.
