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Crónicas de un Grigori

Summary:

Castiel es un Grigori, uno de los primeros ángeles enviados a caminar entre los hombres. Durante milenios observa el ascenso y la caída de imperios, el nacimiento de religiones y la fragilidad de la humanidad.

Castiel conoce mucho; sin embargo, hay algo que aún no logra entender: un alma. Un alma caprichosa que reaparece siglo tras siglo, con nombres, tierras y reinos distintos, como si no comprendiera la finitud del ciclo de la vida. Un alma que, inexplicablemente, lo arrastra hacia ella cada vez.

Mientras el tiempo avanza y la historia se escribe, Castiel comienza a preguntarse si su misión era vigilar a la humanidad… o solo a un humano.

Chapter 1: Caín

Summary:

El inicio de los tiempos narrado por el ángel Castiel.

Notes:

Pueden obviar este capítulo si solo desean empezar a leer sobre la pareja :) Su propósito es ayudar a entender el personaje de Castiel.

(See the end of the chapter for more notes.)

Chapter Text

Cuantas veces, amor, te amé sin verte y tal vez sin recuerdo,
sin reconocer tu mirada, sin mirarte, centaura, 
en regiones contrarias, en un mediodía quemante: 
eras sólo el aroma de los cereales que amo.

 

Tal vez te vi, te supuse al pasar levantando una copa 
en Angola, a la luz de la luna de Junio, 
o eras tú la cintura de aquella guitarra
que toqué en las tinieblas y sonó como el mar desmedido.

 

Te amé sin que yo lo supiera, y busqué tu memoria.
En las casas vacías entra con linterna a robar tu retrato.
Pero yo ya sabía cómo era. 

 

De pronto, mientras ibas conmigo, te toqué y se detuvo mi vida:
frente a mis ojos estabas, reinándome, y reinas.
Como hoguera en los bosques el fuego es tu reino.

 

Pablo Neruda ( Cien Sonetos de amor )




Según la Santa Biblia, en el inicio de Todo, la oscuridad reinaba por completo, pero Castiel y sus hermanos saben que eso es mentira. Eran los dominios del equilibrio: oscuridad y luz. Y Todo nació de aquella fascinante danza entre opuestos complementarios. Desde los grandes océanos hasta el más pequeño insecto que podría habitar en la tierra.

De uno de aquellos sobrenaturales vaivenes, aparecieron los ángeles, criaturas hermosas hechas de la combinación perfecta entre las divinidades celestiales, cuya principal labor era servir a sus creadores y, por ende, al Plan inefable. Los primeros fueron los serafines, los más poderosos seres de la jerarquía angelical a quienes Dios encomendaba las tareas más importantes. Luego siguieron los arcángeles, fuertes guerreros y voces de la Palabra, cuya misión era liderar a los ángeles de menor jerarquía y garantizar la armonía en el Cielo. Había cuatro de ellos: Miguel, Lucifer, Gabriel y Rafael. Castiel había visto a Los Cuatro juntos solo una vez en toda su existencia, sentados a los pies del Trono, cantando alabanzas junto a los querubines. La majestuosidad contemplada era indescriptible en palabras humanas. tvrbs : “belleza” era lo que más se podría aproximar. 

Castiel y los de su clase, los Guerreros , en cambio, iniciaron su existencia cuando Dios ya había encerrado a los Leviatanes en el Purgatorio, y sus hermanos comentaban los planos del Edén en la Tierra. Miguel había estado a carga de ellos en cuanto abrió sus alas. El arcángel era el más severo de sus hermanos, dedicando palabras a sus subordinados solo cuando era necesario para el entrenamiento de la Guardia Celestial, o para brindar alguna indicación. Miguel se había comunicado con Castiel solo una vez para indicarle sus órdenes, pero solo eso había bastado para que el ángel se sintiera abrumadora con la belleza y gloria magnífica del arcángel: sus seis alas resplandecían con hilos dorados y azules que se mezclaban entre las esbeltas plumas, y sus cien ojos transmitían el estoicismo que Castiel tanto admiraba en un líder.

El siguiente de los Cuatro que Castiel conoció fue Gabriel, el Anunciador. A diferencia de sus otros hermanos, la Gracia de Gabriel vibraba con una energía juguetona amarilla que se reflejaba en su preferencia por decorar el cielo terrestre con estrellas multicolor o nubes que cambiaban de forma según el espectador las observase. También, tenía una afición por recortar los nombres de sus hermanos de formas que Castiel encontró extrañas, como Mikey” o “Lu”. Él, por supuesto, no fue la excepción, siendo apodado “Cassie”, convirtiéndose en el principal blanco para travesuras inofensivas, y en el “hermanito” favorito del arcángel. 

Castiel no se detuvo a pensar qué significaba Gabriel para él hasta que este lo llevó al espacio y le enseñó a fabricar estrellas. Es pintando algunas nebulosas y armando constelaciones curiosas que Castiel se dio cuenta de que Gabriel era, en efecto, su hermano preferido, y que lo seguiría hasta el fin de Todo. 

Milenios después de estar bajo el ala de Gabriel, Castiel conoció a Annael, otro miembro de los Guerreros que había sido convocado junto con Castiel para cumplir la nueva misión que Gabriel les había asignado: proteger a la nueva creación de su Padre, el ser humano que habitaría en el Edén que recientemente había sido terminado, en su calidad de Guerreros .

Castiel recuerda haber encontrado frente a un vasto océano, cuyas furiosas olas impactaban entre sí y lamían las piedras de un acantilado, la primera vez que se halló en el lugar. Pequeñas criaturas coloridas viajaban presurosas en las aguas cristalinas, creando suaves arcos que desaparecían tras sus aletas. Gabriel se había detenido junto a él con sus cien ojos contemplativos y brillantes, y aquellos tres pares de alas extendidas. Castiel todavía puede recordar las palabras que le dirigió:

"No pises ese pez, Cassie". había dicho. El amplio sonido de su voz divina reverberó en su Gracia. “Hay grandes planes para ese pez”.

El arcángel les había dado una espada sagrada con su nombre inscrito en la hoja y había desaparecido en el aire. Así fue como Annael y Castiel fueron los primeros ángeles protectores en el jardín, los primeros Grigori. 

La impresión inicial que Castiel tuvo de ellos fue extrañeza. Los humanos eran bípedos sin pelo en el cuerpo, más que por encima de sus cabezas y en algunas otras partes raras, que se comunicaban rudimentariamente y eran más débiles que cualquier otro animal en la creación. Además, parecían no entender enoquiano, ni podían volar como ellos o defenderse sin el uso de armas. Tampoco tenían Gracia, lo que Castiel halló muy peculiar, sino que brillaban celestialmente con la vitalidad que les proporcionaban las “almas”, cuyo poder puro era poco más intenso que la Gracia de un querubín. A Castiel le parecieron curiosos; a Annael, impresionantes. De todos modos, sus respectivas opiniones no debían importar: ellos solo tenían que cumplir con lo que se les había encomendado.  

El hombre, Adán, era un alma apasionada, leal y fiel a la Palabra de su Padre, que disfrutaba de jugar con las rocas del arroyo y mirar las estrellas que sus hermanos todavía seguían creando. El alma de la mujer, Eva, por su parte, estaba sentada de conocimiento, era curiosa y creativa. A menudo, Castiel la encontraba cerca del arroyo con un líquido colorido en los dedos, hecho de bayas aplastadas, marcando las columnas de piedra para formar graciosas figuras que, a juzgar por las formas, eran representaciones de su concepción del pequeño jardín a su alrededor. El ángel podría quedarse observándola horas hasta que terminara su trabajo. Castiel pensó que, después de todo, eran más similares a su Padre que su propia especie, ya que podía crear cosas hermosas como lo hacía Él, sin tener que seguir un Plan inefable. Entendió, tal vez, el porque su Padre deseaba que se les protegiera tanto.

Los dos Grigori estuvieron vigilando a los primeros humanos varios años sin retornar al Cielo, así que eran ajenos a los conflictos que germinaban en su hogar a fuego lento. Por lo cual, se les hizo confuso el ser convocados repentinamente por Miguel al Cielo para retomar su anterior propósito y pelear junto a la Guardia contra Lucifer, el ángel más hermoso e ingenioso de Los Cuatro. Castiel no comprendió cómo el ángel que había decorado el espacio con aquellas galaxias que Gabriel y él tanto solían admirar, podría haber desatado una rebelión. 

"No quiso obedecer al Padre. Ahora debe pagar". Fue toda la explicación que Miguel ofreció cuando todos sus hermanos se reunieron en respuesta a su llamado. Gabriel permaneció en silencio a su lado, y evitó la Gracia confundida de Castiel en todo momento.

Como resultado, se le concedió a Annael una Guarnición de quince ángeles para que entrenara y comandara en la batalla, siendo Castiel su primero al mando. Ambos abrazaron su nueva misión, luchando con todas sus fuerzas, como los soldados perfectos que eran, en la carnicería celestial, esperanzados en que era lo que su Padre deseaba. Como resultado, Lucifer cayó junto a los miles de hermanos que batallaron a su lado. 

Entonces surgió el infierno. 

El cielo se tiñó de rojo ese día, y de él llovieron millones de estrellas de fuego. Castiel observó aterrado como las alas de sus miles de hermanos y hermanas que habían peleado en el bando de Lucifer se carbonizaban, dejando a la vista huesos y parches sangrantes, y cómo sus Gracias se tornaban negras y viscosas. Pese a su horror, permaneció al lado de Gabriel en la Caída después de la batalla, intentando brindar consuelo a la Gracia desconsolada de su hermano mayor.

“¿Crees que Lu se merecía eso, Cassie?” Él le había preguntado, con temor y dolor bailando en todo su ser. 

Esa fue la última vez que Castiel vio a Gabriel en el cielo.

 




Después de que Gadreel fuera encerrado por dejar entrar a Lucifer al Edén, a Castiel y Annael, esta vez bajo el mando de Miguel, se les dio la misión de volver a la Tierra y resguardar las almas humanas de la progenie de Adán y Eva: Caín y Abel. A Annael se le otorgó el exclusivo cuidado de Abel, ya Castiel, de Caín. 

A Castiel le agradaban ambos hermanos: se cuidaban mutuamente e intentaban ser felices con lo poco que tenían. Eran una mezcla interesante de la curiosidad y belleza de sus propios padres. Abel era un niño risueño que disfrutaba de hacer bromas y de ayudar a su madre con las ovejas, mientras que Caín era el protector del hogar junto con Adán, y se encargaba del cultivo y de la caza. Sus almas resplandecían como luceros recién creados en el amanecer. Nunca lo confesaría directamente, pero al ángel le recordaban un poco a sí mismo ya Gabriel.

Una vez, Castiel recuerda que Abel quería bajar una manzana de un árbol demasiado alto para él, así que decidió ayudarlo, arrojando la fruta hasta el suelo. La acción le costó un resplandor enfadado por parte de Annael, a quien le explicó con molestia que no debía interferir. Castiel no entendió cómo una simple manzana podría considerarse interferencia.

Pasados ​​algunos años, el ángel lo entendió. Aquellas diminutas ayudas que ofrecía Castiel a Abel y la inocencia del niño, ayudandoon a que este pensara que se trataba de Dios favoreciéndolo, por lo que no le resultó extraño el entregar su alma a Lucifer, quien, cuando Castiel y Annael estaban demasiado ocupados lidiando con tres de sus hermanos caídos que este había enviado para atacar a Adán y Eva como distracción, se apareció frente a él solicitándola en nombre de su Padre. 

Cuando Castiel y Annael llegaron hasta Abel, ya era demasiado tarde. Solo días después, Caín terminaría asesinando a su hermano con una daga forjada con el hueso de uno de sus corderos, sellando brutalmente su piel con una marca maldita como resultado del intercambio del alma de Abel por la suya en el trato con Lucifer, convirtiéndose en su soldado y el primer demonio sobre la Tierra.

Castiel recuerda haber encontrado a Annael inclinado sobre el cuerpo de Abel para protegerlo con sus alas de la lluvia torrencial que azotó los cielos después de que un Segador se llevase su alma. El estado herido de su Gracia se asemejaba al de Gabriel el último día que Castiel lo había visto. 

“¿Crees que Abel será feliz en su Cielo, Castiel?” Había preguntado Annael.

"Sabes que sí, hermano. Su Cielo tiene ese propósito. Padre resguardará su alma". 

Su respuesta pareció no ser lo que el ángel mayor esperaba escuchar, ya que no volvió a dirigirle la palabra. Castiel le hizo compañía en silencio, sintiendo cómo la memoria de la risa jubilosa de Abel quemaba en su Gracia. 

Como Grigori , Annael y Castiel tuvieron que continuar su misión, por lo que decidieron separarse, finalmente, en vista de que Castiel debía continuar custodiando a Caín, quien, aunque ya no tenía un alma humana que proteger, se había vuelto un peligro para los nuevos seres humanos que su Padre estaba colocando en la Tierra. A Annael se le encomendó quedarse con los ancianos Adán y Eva hasta que un Segador reclamase sus almas. 

Así, Castiel se encontró siguiendo a Caín en su extenso viaje por el desierto. Aquel niño cariñoso y amable que había conocido, poco a poco fue desapareciendo bajo una bruma espesa de sangre caliente que se derramaba con ayuda de La Primera Hoja. Castiel lo observó matar a sangre fría, llorar la pérdida de su hermano, e intentar suicidarse múltiples veces, siendo siempre resucitado por la marca en su antebrazo. Caín se sumió en una espiral de autodestrucción que ennegreció aún más su alma demoníaca, a la que Castiel ya no podía hacer más que mirar en silencio y serenar sus pesadillas. 

En las noches dónde Caín dormía en un sueño sin sueños, Castiel se preguntaba si el sufrimiento de este hombre en realidad complacía a su Padre, aunque desechaba esas dudas casi de inmediato.

“Sé que estás ahí, ángel”. Caín se había dirigido una vez a Castiel. Estaba sentado bajo la sombra de una higuera, terminando de degustar uno de sus frutos. El jugo del higo resbaló por sus dedos, mezclado con su sudor y la sangre de su cacería anterior. Se metió los dedos a la boca mientras miraba en dirección hacia dónde Castiel se hallaba. “Estabas ahí cuando mate a Abel, ¿no?”

Castiel no respondió, sabiendo perfectamente que su interferencia podría ser catastrófica.

“Tampoco puedes matarme, ¿no es así?” Fue la siguiente pregunta del hombre, que se oyó más como una afirmación. “Soy la diversión del gran Dios allá arriba y del jefe de abajo”.

Sabiendo la respuesta antes de que Castiel ni siquiera se molestara en hacerle notar que había blasfemado, Caín se levantó del suelo, y se alejó del lugar. Nunca más volvió a dirigirle la palabra.

De Caín nació Enoc, y de este, Irad, Mehujael y los demás descendientes que Castiel ya no se molestó en reconocer, quienes portaron almas humanas impregnadas de la oscuridad de su padre, así como de su semilla de sangre. Y se fueron multiplicando hasta crear su propia gran familia, que devino en reyes, señores y plebeyos destructivos. 

Pasados ​​algunos siglos de seguir a Caín y sus legiones de vástagos, Annael le informó a Castiel que sus superiores querían que dejara al hombre a su suerte, y cambiase su protección hacia los descendientes del nuevo hijo de Adán y Eva: Set, ya que su destino junto a Lucifer estaba sellado. Castiel se despidió de él revoloteando las hojas de los árboles con una suave brisa que Caín no notó en su desesperación por cortar el cuello de uno de los hijos de la Madre de Todos.

Notes:

¡Hola! Este es mi primer fanfic de Supernatural, espero que les guste.
Es una oda a mi amor y fascinación por el personaje de Castiel y el vínculo que tienen los ángeles entre sí y los humanos. Además, de una explicación alternativa de por qué Castiel siente tanto amor por la humanidad y por solo un humano.
Ya tengo algunos capítulos escritos, por lo que les diré que en los siguientes empieza el encuentro entre ambos. Lo siento mucho si este primer capítulo es un poco más “character study”.
PD: si notan algunos cambios de palabras extraños, no soy yo, es Ao3 que me los está traduciendo a inglés aunque no lo deseo :( creo que si sigue así voy a empezar a postear en inglés.