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Lucifer estaba feliz de poder estar cerca de su hija después de años de ausencia. Para él, tener la oportunidad de recuperar su relación era el mejor regalo que el Infierno pudo haberle dado. Así que, en un intento por cumplir con su papel de padre presente para Charlie, decidió recuperar una tradición familiar que tenía años enterrada en el olvido: hacer el desayuno y llevárselo a Charlie, directo a la cama. Solía hacerlo casi todos los días cuando su hija era una niña pequeña. Hacerle una torre de panqueques y despertarla con el delicioso aroma de la vainilla para empezar el día.
Claro, ahora Charlie era adulta y posiblemente no recordaba esos días, pero Lucifer estaba dispuesto a traer los viejos tiempos de vuelta. Solo que, al instaurar la tradición sin avisarle a su hija, podía ser algo problemático al no tener en cuenta los límites y la privacidad. Oh sí, Lucifer tenía un pequeño y minúsculo problema. Su esposa, por supuesto, siempre le recordaba que por favor fuera respetuoso con el espacio de su hija ahora que era mayor.
“Luci, mi patito, pregunta antes de tomar una decisión. Sé considerado con los límites de nuestra hija” le decía Lilith.
Pero como era de esperarse, a veces Lucifer hacía su santa voluntad, pensando que nada malo pasaría, porque, ¿qué podría pasar si entraba a la habitación de su hija sin avisar? Nada. Él iba a encontrar a su hija dormida, quizás con su novia. Porque para Lucifer, su niña no podía hacer nada malo o inapropiado, aunque tuviera pareja. Además, a él le agradaba la chica. ¿Maggie? No, no, Vaggie. Así que la torre desproporcionada de tortitas al final no iba a ser tan exagerada si el desayuno era para tres... contándose a sí mismo.
Así que, con toda la actitud positiva que podía caber en el cuerpo de un hombre de su tamaño, Lucifer caminó por el pasillo que conducía a la habitación de su hija. Iba tarareando una canción de circo mientras equilibraba la charola con los panqueques. Mientras avanzaba, se preguntó si debería haber traído una jarra de jugo de naranja o leche. Algo para bajar el alimento. Lo resolvería al llegar a la habitación.
Con su mano libre, giró el pomo de la puerta. Lucifer interpretó que, al no tener el cerrojo, era una señal inequívoca de que no estaba haciendo nada indecente. Eran las ocho de la mañana, demasiado temprano para hacer cosas. Al abrir la puerta, Lucifer encontró la habitación en penumbras. Pero sus ojos, divinos y angelicales, no necesitaban la luz para distinguir las formas de la habitación. Había estado en dos ocasiones ahí, así que pudo reconocer la silueta del sillón junto al gran ventanal, las cortinas que caían de este y las macetas cercanas. También distinguió el escritorio y las sillas donde solía trabajar su hija. Y después, la gran cama con dosel.
—¡Char-char! ¡Despierta! ¡Traje el desayuno para empezar el día con energía!
Lucifer no tuvo que entrecerrar los ojos para distinguir a las dos figuras que se movían sobre la cama. ¿Estaban bailando? ¿En la cama? ¿Quién baila en la cama? A menos que… estuvieran haciendo otra cosa. Había un olor diferente en el aire. Olía a manzanas con canela, la fragancia característica de Charlie. Pero el otro olor definitivamente era uno que a Lucifer no le gustaba. Una mezcla entre agua de pantano y algo metálico.
—¡P-Papá! —tartamudeó Charlie al darse cuenta de la presencia de Lucifer. Su tono de voz era demasiado alto, nervioso. Ella tiró desesperadamente de la sábana para cubrir la figura que estaba a su lado y a ella misma. Lucifer cayó en cuenta de que su hija estaba ocupada. Quizás muy ocupada para atenderlo.
—¡Lo siento cariño! —exclamó Lucifer, dándose cuenta de su error. Por eso Lilith era tan insistente en la privacidad— ¡Me voy, me voy! —y estaba por retroceder de no ser porque la otra figura que Charlie intentaba ocultar desesperadamente se asomó debajo de las sábanas. Unas orejas de ciervo se movieron en dirección a Lucifer. ¿Por qué Vaggie tenía orejas de ciervo? ¿Desde cuándo estaban haciendo juegos de rol?
Ojalá hubiera sido eso. Pero no. Lo que Lucifer vio fue a Alastor acomodarse contra el respaldo de la cama.
Lucifer parpadeó, un ojo a la vez. El plato de panqueques resbaló lentamente, estrellándose contra el suelo con un sonido seco que pareció retumbar en el repentino silencio de la habitación. Por un momento, nadie dijo absolutamente nada. Y eso le hizo creer a Lucifer que estaba teniendo una especie de alucinación. O tal vez era la falta de sueño por haberse levantado tan temprano a preparar el desayuno. O quizás su adorada (y sabia) Lilith tenía razón y le hacían falta lentes humanos. No. Un ángel no necesita lentes humanos. Eso se lo decía su esposa de broma.
Lo que estaba pasando no era nada de las ideas que se estaba haciendo Lucifer en la cabeza para ignorar el hecho de que, en una de las sillas, había una levita roja y un maldito micrófono apoyado.
— Majestad, qué entrada tan oportuna —finalmente, Alastor abrió la maldita boca e inclinó levemente la cabeza—. Debo decir que el servicio de habitaciones en este establecimiento está mejorando considerablemente.
Por un momento, Lucifer no dijo absolutamente nada. Si él también abría la boca, iba a salir una risa maniática. O fuego. O ambas. "Respira Lucifer, haz los ejercicios de meditación que Belphegor te recomendó. Inhala. Exhala. Inhala. Exhala. No pienses en matar al insolente venado que está acostado en la cama de tu hija. Piensa en patitos".
No funcionó.
—¿Qué, en el nombre de todo lo inhumano e impío, está pasando? —preguntó Lucifer, con una calma sorprendente y palabras rimbombantes para sonar dramático. Eso le ayudaba a distraerse de los instintos homicidas que nacían desde su estómago.
—¡No es lo que parece! —gritó Charlie, aunque su voz sonaba poco convincente mientras se enrollaba en una de las sábanas—. Bueno, sí es lo que parece, ¡pero podemos explicarlo!
Alastor, por otro lado, parecía estar disfrutando de la situación. ¿Por qué ese cabrón estaba disfrutando? ¿Era un suicida? Lucifer apretó los puños y quiso tener un pato de goma para calmarse.
—Entonces, ¿Qué está pasando, manzanita? —volvió a preguntar— Porque si no me distraes en los próximos segundos, va a haber un muerto.
—Papá, por favor, cálmate —suplicó Charlie e intentó cubrir a Alastor con una almohada, pero el demonio ciervo simplemente la apartó con un movimiento elegante, manteniendo esa sonrisa inamovible que ahora parecía llevar un extra de suficiencia.
El muy idiota estaba muy cómodo con una sábana como única vestimenta. Esta le cubría apenas la cintura, dejando su pecho al descubierto. Muy a su pesar, Lucifer pudo notar la gran cicatriz que Adán le había dejado en el torso. Y ese detalle casi le hace reírse como maniático.
—Es inútil, querida —comentó Alastor, mirando a Lucifer con ojos entornados y divertidos. Con una calma casi exasperante, se pasó una mano por el cabello revuelto—. Tu padre tiene una vista excelente. Me temo que ya ha procesado cada... detalle de nuestra velada. —soltó un suspiro de satisfacción y se acomodó más profundamente en las almohadas de Charlie.
Lucifer aún trataba de mantener la compostura. Era un ángel caído civilizado hasta donde recordaba. Pero, maldición, aquello si qué era un reto.
—Estoy hablando con mi hija —y por primera vez, se dirigió a Alastor—. Así que, si no te callas, te voy a convertir en un abrigo de piel barato, pedazo de venado presuntuoso —advirtió. Sonaba calmado. Lilith estaría orgullosa de lo bien que estaba manejando la situación—. Charlie, ahora y por amor a Dios… no, a Dios no. Por amor a Satán —eso tampoco sonó bien—, dime que esto es un truco de magia, una alucinación o una pesadilla.
—No es nada de eso —replicó Charlie en cuanto tuvo la oportunidad—. Alastor y yo... nosotros tenemos una conexión. Él ha estado ayudándome y.… bueno, una cosa llevó a la otra.
Lucifer sintió que llegaba al punto de quiebre. ¿En qué mundo, Alastor podía tener una conexión con su manzanita? ¿Qué clase de conexión? ¿Cómo la conexión de un cableado viejo de radio? Eso tendría más sentido. Lucifer no era tonto, aunque a muchos les gustaba pensar que sí.
—Charlie, mi bella patita —habló como si quisiera hablarle a una niña—, las conexiones suelen implicar una charla sobre intereses comunes, con un café. Por ejemplo, tu madre y yo compartimos el gusto por los patos —el tono de Lucifer subió una octava—. ¡No implican que este... este anfitrión de pacotilla se apropie de tus almohadas y de tu dignidad a las ocho de la mañana!
Charlie se mordió el labio inferior. Tomó aire para empezar a explicar, pero no tuvo oportunidad de siquiera abrir la boca. Alastor se adelantó a hablar, para desgracia de todos en la habitación.
—Una "cosa" muy entretenida, debo añadir —intervino Alastor, con aquella maldita sonrisa que le sacaba de quicio y que Lucifer quería borrar de un puñetazo—. Aunque admito que no esperaba que el Rey del Infierno fuera de los que no tocan antes de entrar. ¿Dónde quedaron los modales de la realeza, Lucifer?
Ya está. El irrespetuoso lo llamó por su nombre. De otra persona, no tendría mayor problema ni lo consideraría una falta de respeto. Pero el tono que usaba Alastor, tan condescendiente, fue suficiente para que finalmente Lucifer olvidara cualquier consejo que su esposa o sus amigos le hubieran dado.
—¡Tú... tú, locutor de cuarta! —Lucifer explotó. Su forma física empezó a distorsionarse, sus seis alas brotando de su espalda—. ¿Quién te dio permiso? No, ¿Quién te dio el derecho de tocar a MI HIJA? —cuestionó, señalándolo con el dedo. Y fiel a su estilo, se giró hacia Charlie— ¡Y tú, estás castigada hasta que el Infierno se congele! ¡Y él... él va a quedar inmortalizado en la pared, con su cabeza como decorativa y advertencia para otros!
—¡Papá, no! —Charlie se levantó un poco, sujetando la sábana contra su pecho con una mano mientras la otra intentaba calmar el fuego que empezaba a brotar de las manos de Lucifer—. ¡Soy una adulta! ¡Una princesa! ¡Y esto es... es una parte natural de una relación! —aprovechando que Lucifer se quedó perplejo, Charlie continuó— Sé que odias a Alastor, pero él ha sido mi apoyo, papá. De una forma que no esperaba. Él tampoco lo esperaba.
—¿Él no lo esperaba? —Lucifer ahora sí se rio como un maniático, pero era una mejor reacción que llorar— Más bien él te convenció con su discurso barato, ¿No? ¿O simplemente decidió que seducir a la Princesa del Infierno era el mejor truco de su carrera?
Alastor, que hasta ese momento se había mantenido como un espectador divertido, dejó escapar una risita distorsionada por un efecto de gramófono.
—Realmente, Majestad, su falta de fe en el encanto de su hija es insultante —dijo Alastor, estirando sus extremidades con una pereza calculada para irritarlo—. Y su falta de fe en mi buen gusto es, simplemente, de mala educación.
—Charlie, sal de la habitación —dijo Lucifer—. Debo tener una "charla de límites" con el personal.
Era irónico que Lucifer hablara de límites cuando toda la situación se había originado precisamente por él no conocía los límites, ni la privacidad.
—¡No van a pelear! —Charlie se plantó firme, sus propios ojos volviéndose rojos—. ¡Es mi vida y es mi habitación! ¡Y tú, Alastor, deja de provocarlo!
Alastor solo amplió su sonrisa, disfrutando del caos absoluto.
—Como desees, querida. Pero me temo que el ambiente se ha vuelto un poco sofocante —chasqueó los dedos y la sábana fue reemplazada por su habitual traje rojo. Tomó su micrófono que descansaba sobre la silla junto a la cama—. Te veo más tarde, ¿Sí? Creo que necesitas hablar con tu padre a solas. —y sin esperar respuesta, besó a Charlie en los labios.
—¡TE VOY A MATAR SONRISAS! —rugió Lucifer, lanzándose hacia Alastor, quien desapareció en un charco de sombras, riendo entre dientes.
