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It's Happening

Summary:

Mientras Will lleva a cabo su plan de atraer a Hannibal para desenmascarar su verdadera identidad y hacer justicia, su empatía y ciertas situaciones causan contratiempos en su objetivo, como conocer el pasado de la hermana de Hannibal, como también presenciar su casi muerte.
A pesar de todo lo vivido, de los engaños y las traiciones, el juego del gato y el ratón entre ellos lo agota, cediendo muy a su pesar a sus conflictivos sentimientos.

Porque a veces es mejor ignorar lo peor del otro para seguir disfrutando de lo mejor.

[One-shot ambientado en el capítulo 11 de la segunda temporada de Hannibal]

Notes:

Helloo, otra vez yo.
Está vez traigo un One-shot picante jeje
Espero lo disfruten como yo al escribirlo (siento que no quedó tan mal, ustedes juzguen)

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

—Soy un buen pescador, Jack.

Es lo que le había dicho hace semanas a su jefe, demostrando el peso de sus palabras al retomar su terapia con Hannibal Lecter, creando una realidad única y exclusiva entre ellos al compartir ideas, pensamientos y diálogos respecto a su relación o a los diversos crímenes que aún sucedían.

Sabía a lo que se enfrentaba una vez le planteó la idea a Jack, mas no dimensionaba el efecto que traería a su vida.

Pasar tiempo con Hannibal Lecter estaba causando ciertos problemas, principalmente en sus ideales y sentimientos respecto a él. Sus neuronas espejo nunca se apagaban, comprendiendo a la perfección las palabras dichas por el psiquiatra y el significado tras ellas. Los muros que había vuelto a construir durante su estadía en la cárcel se estaban viendo debilitados, tambaleantes ante la presencia del hombre mayor, comenzando a agrietarse aquella tarde cuando tocaron el tema de la paternidad, y, para su sorpresa, la mención de la hermana menor de Hannibal.

Si rebobinaba sus recuerdos, nunca habían tocado un tema íntimo propio del psiquiatra. Las sesiones solían girar en torno a Will y su denso trabajo, pero la sorpresa que sintió aquella tarde fue peligrosamente genuina para su empatía.

Si bien el relato de aquel hecho histórico en la vida de Hannibal le había sorprendido, fueron las lágrimas llenando sus ojos lo que terminaron por descolocarlo, sintiendo como sus propios orbes reflejaban la humedad ajena. Su voz había sido la guinda del pastel, baja y serena, entre susurros mencionando el nombre de su hermana y su trágico destino, incrementando el poder de sus neuronas espejo al grado de que una lágrima se deslizara por su mejilla, secándose con el torso de sus dedos.

Hablar de Mischa había sido un recuerdo desgarrador para Hannibal. Aunque mantenía una suave sonrisa de nostalgia en sus labios, el dolor superaba en creces cualquier otra emoción del momento. La suavidad en los costados de sus ojos, y la fuerza con la que tragaba saliva le mostraron lo crucial que estaba siendo hablar de la pequeña Lecter. Podía ver como su traje de persona se deslizaba por su rostro, su cuerpo y sus pies, dejándole ver con claridad su humanidad enterrada bajo toneladas de cimientos, aquella sensibilidad que siempre creyó que carecía.

Porque a pesar de su alto y esbelto cuerpo, y de sus trajes de tres piezas que siempre vestía, la humanidad existía dentro de él, aunque fuese difícil de creer.

Difícil de ver.

—Hannibal tiene cierto estilo de personalidad de la cual todos podemos aprender. Con moderación, por supuesto.

Es lo que le dice a Jack en la reunión posterior a aquel encuentro sentimental con Hannibal, influenciado por lo observado, recibiendo exigencias y regaños de su parte.

—No dejes que la empatía confunda lo que quieres con lo que Lecter quiere. Necesito pruebas. Se nos acaba el tiempo, Will.

—No me ha dado nada, Jack —indica, y, por alguna razón, le suena a excusa. Traga saliva, y rectifica: —. El próximo mes debería realizar una comida para los de la alta sociedad. Si pudieras ir y tomar un poco de la carne para analizar, podríamos encontrar algo.

—¿Tú no asistirás?

Will ríe ante su pregunta obvia—. ¿Yo? ¿Acaso me ves como invitado de ese tipo de eventos?

—Por supuesto. Te estás convirtiendo en su amigo —acusa.

—No es así.

—Te estás acercando demasiado a Hannibal, Will —advierte mientras se levanta de su escritorio—. Más te vale llegar con una prueba contundente en nuestra próxima reunión—. Sale de su despacho, dejándolo solo con sus pensamientos.

Aprieta los dientes.

Muy a su pesar, Jack tiene razón. Se está acercando demasiado, pero debe hacerlo si necesita ganarse la confianza plena de Hannibal.

Formar un lazo con el psiquiatra es necesario para descubrirlo y capturarlo.

Los siguientes días se mantiene ocupado entre las clases de la Academia y la resolución de un nuevo asesino de mujeres, nada extraordinario ni difícil de descifrar, por lo que, sus visitas hacia la oficina de Hannibal se ven interrumpidas por el trabajo. Piensa que es lo mejor; mantener distancia le daría tiempo para reparar y fortalecer sus fuertes antes de volver a verlo. O eso cree, ya que la siguiente vez que lo ve es en la entrada del edificio de su oficina, despidiéndose de Alana como suelen hacer los amantes.

Se da cuenta de cómo sus uñas se entierran en las palmas de sus manos al sentir el dolor punzante que le ocasionan.

—Tiempo sin verte, Will.

El psiquiatra le saluda de lejos una vez se separa de Alana, quien se gira en su dirección y le sonríe de cierta forma extraña. Incómoda, o más bien, forzada.

—Así que es verdad lo que me dijo Jack —pronuncia Alana una vez bajados los escalones y llegada a su altura.

Relaja sus manos para tomar los anteojos de su bolsillo y colocárselos.

—¿Qué te dijo?

—Que decidiste retomar tu terapia con Hannibal —sonríe y mira hacia Hannibal quien se mantiene observando su interacción a lo lejos—. Creo que te haría bien. Les haría bien —corrige—. Es necesario que resuelvan sus diferencias mediante el diálogo.

—Por eso estoy aquí —sonríe apenas e imita a Alana, conectando su vista con Hannibal—. Estamos descubriendo que quizá no somos tan diferentes como creíamos.

—Me alegro. No los retengo más. Nos vemos más tarde.

Dice la última frase mirando a Hannibal con sus mejillas ligeramente sonrojadas, para luego encaminarse a su auto y partir. Ambos hombres se quedan mirando a la distancia, con solo diez peldaños separándolos de su reencuentro hasta que Will decide romper el contacto y subir en su dirección.

—Adelante.

Ya está entrando al edificio cuando Hannibal le da el permiso, guardando sus anteojos en el bolsillo del abrigo y colgándolo en el perchero de la entrada como solía hacer desde el inicio de sus terapias. Ignora la leve inhalación que realiza el psiquiatra al pasar por su lado y se dirige a su despacho. La confianza entre ellos es tal que Will sabe que puede moverse con libertad dentro del edificio, libertad que Hannibal le concedió desde las primeras sesiones, instigándolo a investigar, deambular y observar su decoración y parte de su basta biblioteca, lo cual hace ahora, buscando posibles nuevos adornos ante la noticia recién confirmada.

—Así que Alana, ¿no? —indica mientras observa aquella estatua de ciervo con la cual hace meses Hannibal había matado “en defensa propia” a Tobías—. Quién lo creería.

Siempre ha sido consciente de la amigable relación entre Alana y Hannibal. La psiquiatra solía hablar bien del hombre. Lo estima como persona y admira como profesional. Fue tiempo después de su libertad que se percató que dicha simpatía había tomado una dirección más bien romántica, terminándolo de confirmar con sus propios ojos.

—¿Cómo has estado, Will? —Hannibal ignora, pregunta y toma asiento en su respectivo sillón, como siempre.

—Perfecto. Pero no tanto como tú —acusa y se gira en su dirección—. ¿Desde hace cuánto tiempo?

—¿Qué no nos vemos? —se hace el desentendido.

—Tú y Alana.

—No creo que sea de tu incumbencia.

—Claro que no lo es. Pero hasta hace poco era mi amiga.

—Interés amoroso, si puedo corregir.

—Da igual. ¿Por qué estás con ella?

—Mutuo beneficio —descansa sus manos entrelazadas sobre su pierna derecha.

—Suena como un acuerdo comercial.

—¿Te molesta, Will?

—Como crees —ríe y se acerca al puesto de Hannibal solo para quedar a medio metro de él, mirándolo desde arriba con las manos en sus bolsillos—. Claro que no me va a molestar que la mujer de la cual estuve interesado haya caído en las redes del asesino más buscado de los últimos años.

—Esas son acusaciones graves, Will.

Aprieta sus labios y asiente ante las palabras del doctor—. Se me olvidaba que te encanta omitir información relevante.

—Alana y yo somos adultos. Sabemos lo que hacemos.

—Alana no te conoce como yo.

Gruñe sin querer, y acorta el medio metro entre ellos, rozando la punta de su pie izquierdo con el del psiquiatra. Sus miradas se mantienen, sin pestañear, observando y descifrando la mente ajena. Las fosas nasales de Hannibal se abren un poco. Lo está oliendo de nuevo.

—Espero no malinterpretar, pero dada tu postura y aroma, me atrevo a decir que estás celoso.

—No es así.

—Los celos son una emoción completamente normal, humana. Reflejan el miedo a la pérdida y—

—No estoy celoso, Doctor Lecter —interrumpe su explicación. Retrocede y toma asiento en el sillón frente al de Hannibal, decidiendo atacar con el pasado—. Pero si insiste tanto en hablar de celos, hagámoslo. ¿Eso fue lo que sintió cuando le informé que besé a Alana? —indaga con tono de apática cordialidad. Puede notar como sus manos se cierran un poco, conectando sus miradas—. Claro que sí. Es por eso que me envió tras Tobías.

No puede evitar sonreír al descubrir la verdad detrás de las acciones de Hannibal de ese día. Su mente se siente serena. La encefalitis curada le otorga la claridad perdida de hace meses, notando patrones y señales no percibidas en el pasado. El contacto visual continúa, entregando más detalles de manera no verbal de aquel escenario. El ligero fruncimiento de sus labios junto con las arrugas al costado de sus ojos le dicen que ha dado en el clavo.

Pero, como siempre, Hannibal logra argumentar a su favor.

—Infringí la confidencialidad paciente-terapeuta solo para ayudar en capturar al asesino del trombonista —explica limpiando una pelusa en su pantalón de tela, rompiendo el contacto visual.

—Entonces, ¿no fue por celos?

—No.

—¿Ve? Es lo mismo para mí —indica y continua—. Solo estoy preocupado por Alana. No sabe exactamente con quién se está involucrando.

Vuelve a mirarlo a los ojos. —La versión que conoces de mí no necesariamente es la misma que conoce ella.

—Es falsa —acusa adoptando un tono más grave. Su sonrisa desaparece al instante. Por alguna razón, las palabras de Hannibal le molestan.

—O ambas son verdaderas, y tu sólo no conoces la otra.

No puede evitar apretar sus manos y respirar hondo ante el contrataque de Hannibal. Nota como las comisuras de sus labios se inclinan hacia arriba en una sutil sonrisa, intercambiando la diversión entre ellos. Desliza su lengua por sus encías inferiores.

—¿Por qué estás con ella? —repite su pregunta inicial.

—Mutuo beneficio —repite su respuesta.

—¿Venganza o acuerdo tácito?

—Distracción y placer, si tengo permitido explayarme.

Se queda en silencio para analizar sus palabras y encontrar algún significado oculto, pero no encuentra nada. Muerde de manera interna su mejilla porque a pesar de no encontrar nada, sabe, en el fondo, que hay algo detrás de todo esto. ¿Acaso Alana sabe de su plan con Jack? De ser así, ¿fue enviada como refuerzo para desmantelar la identidad de Hannibal? Si no, ¿sería venganza por parte de Hannibal? No debería. Luego de ser liberado al demostrar que ni él ni Hannibal eran el imitador o el Destripador de Chesapeake, la balanza entre ellos había quedado equilibrada, en igualdad de condiciones, casi como un borrón y cuenta nueva. Eso le quedaba una tercera opción, ¿en verdad estaba con Alana para distraerse y sentir placer? El recuerdo de sus ojos llorosos llega de manera fugaz a su mente, haciéndole consciente nuevamente de su humanidad. Fuera de su identidad de asesino caníbal, Hannibal es un hombre, con deseos y capaz de sentir, por lo que podría estar diciendo la verdad.

Pestañea y respira hondo.

Hay algo que no lo termina por convencer.

—¿Satisfecho con mis respuestas?

—No —responde con la verdad, pero permite relajarse en el sillón—. Pero olvidémoslo. He venido hablar del nuevo caso.

—Por favor.

.

Corre descalzo por el frondoso bosque situado a unos kilómetros de su casa. La frescura de la hierba humedece sus pies mientras que el aroma terroso combinado con hierbas medicinales inunda sus fosas nasales, respirando con profundidad. Algunos de sus perros lo siguen desde atrás mientras otros lideran el camino de regreso a casa luego del paseo diario que les da. Convierte la corrida en una carrera para ver el más veloz, ganando Winston como siempre. Lo felicita con caricias en su cabeza y lomo mientras los demás se adentran en la casa. Sigue a Winston, y una vez atraviesa la puerta de su hogar es transportado al vestíbulo de la oficina de Hannibal. Pestañea y arruga sus cejas ante tal cambio repentino de escenario, buscando soporte en la puerta a su espalda. No entiende qué sucede, y el pensamiento de estar experimentando lagunas mentales otra vez activan las alertas en su cuerpo. Cree escuchar el torrente sanguíneo de su cuerpo, como un río ancho y tormentoso, empujando por debajo de su piel y resonando en sus oídos. Un sonido agudo lo saca de sus pensamientos, identificando el origen en el despacho del psiquiatra. Los sonidos son lastimeros, adoloridos y vibrantes, resonando y atravesando las paredes de la habitación. Es una mujer. Entrecierra los ojos. Hay una mujer en la oficina de Hannibal. Se acerca, y en el momento en que alcanza el picaporte la puerta se abre sola, dejando una rendija lo suficiente para observar el escenario interior.

Sus ojos se abren más de lo normal al mismo tiempo que su vientre bajo se tensa.

Es Alana en el sillón individual que él suele utilizar en sus sesiones con el psiquiatra, atrapada entre el mueble y el cuerpo esbelto de Hannibal. Las piernas desnudas de Alana se ven pálidas, esponjosas, brillantes producto del sudor que conlleva tal actividad, mientras el torso duro de Hannibal se ve extraño, surreal.

Nunca había pensado en la desnudez de Hannibal.

En su día a día vestía tantas capas para mantener intacto su traje de persona, que era difícil imaginar qué habría debajo de cada pliegue textil. Pero su mente se caracteriza por lo activa que es, haciéndolo imaginar un cuerpo duro cubierto de vello, demostrando masculinidad, pero de la forma opuesta a la realidad, más salvaje, desenfrenado y viril. El cuerpo imaginado de Hannibal exuda virilidad. Las venas de sus antebrazos se marcan producto del esfuerzo de mantener la postura sexual con Alana, mientras el cabello comúnmente peinado y arreglado hacia el lado cae por su frente, por sus ojos, acentuando la imagen feroz.

La tensión en su vientre baja de manera palpitante por sus caderas, concentrándose en su entrepierna. Por alguna razón se mantiene observando la imagen en silencio, hasta que algo hace que Hannibal se detenga, llamando su atención junto con la de Alana.

—¿Por qué te detienes?

La voz agitada de Alana incrementa la tensión en su entrepierna, endureciéndose de golpe al encontrarse con los ojos rojizos de Hannibal. Su respiración se detiene y de manera instintiva cubre la erección con sus manos. La mirada de Hannibal se siente pesada y caliente; atrayente. Sigue cada uno de sus movimientos con atención, cómo se inclina hacia Alana y besa su hombro izquierdo sin despegar su vista hacia la puerta, donde está él, para luego, escucharlo hablar entre susurros.

—Tenemos un intruso.

Despierta de golpe lo que hace que cuatro de sus siete perros se sobresalten en la cama, ladrando y mirando a su alrededor en busca de la amenaza que había despertado a su dueño. Toma asiento en la orilla, tirando sus cabellos hacia atrás en un intento por tranquilizar su agitada respiración.

Un sueño. Había sido otro maldito sueño.

La camiseta de dormir se adhiere a su cuerpo por el sudor, mientras una fuerte erección sobresale de entre sus piernas, furiosa por ser atendida. Cierra sus ojos, pero las imágenes vuelven vívidas a su mente, obligándose a mirar en la oscuridad a cada uno de sus perros en un intento de reemplazar las imágenes residuales por la visión de la realidad.

Es el cuarto sueño que tiene de esa índole desde que había sabido de la relación amorosa entre Hannibal y Alana. Los anteriores habían sido solo ideas abstractas, difusas pero sugerentes, pero la de ahora, sentía como si hubiera sido testigo de un encuentro sexual entre ambos en la vida real.

De manera temblorosa se dirige al baño, tomando una ducha fría como terapia de shock para bajar la libido de su miembro y difuminar las escenas que aún quedan en su mente. La sensación de rechazo llega mientras ve disminuir el tamaño de su miembro, exhalando con fuerza. Puede entender la razón fisiológica de su excitación, pero no deja de ser perturbador e incómodo que venga de imágenes creadas por su mente sobre Hannibal y Alana, especialmente de Hannibal.

Se siente incorrecto, inmoral.

Desde su descubrimiento no había tocado el tema con Hannibal, dándole vueltas a sus palabras de manera solitaria en su hogar. Podía entender que Hannibal al igual que él es un hombre con deseos carnales, pero lo que no podía entender es porqué utilizar justamente a Alana para ello. Además, sus últimas palabras seguían resonando como eco en una habitación deshabitada. “La versión que conoces de mí no necesariamente es la misma que conoce ella”. El deseo en su cuerpo es reemplazado por la efervescente ira, tallando el jabón en barra con fuerza en sus brazos. Entiende que Alana debe conocer otro lado de Hannibal que él no. El lado caballeroso, amante, fiel y servicial. Lo sabe. Pero lo que no entiende es qué le molesta exactamente de ello. Sería extraño que Will conociera dicho lado; lo más cercano podría ser lo servicial ya que aquella característica es inherente a la identidad de Hannibal, pero lo demás no. Y, por algún motivo, le molesta.

Al retomar la terapia habían establecido la regla de no mentirse más, o, en caso de no querer hablar o aceptar algo, simplemente omitirlo, pero saber que Hannibal no le ha estado mostrando parte de su verdadera identidad, le molesta. El movimiento frenético en sus brazos disminuye al repasar su último pensamiento, tragando saliva ante la revelación. Claro, eso es. La idea de ser el cebo es para desmenuzar y quitar, capa por capa, cada traje, cada fibra y cada piel falsa para llegar a la identidad verídica de Hannibal, aquel asesino sádico y caníbal que hace meses lo incriminó por su propia diversión. Pero ver que Hannibal no ha cooperado, o, más bien, aún persiste en ocultarle cierta información de él, le molesta.

Tiene lógica, por lo que, corta el agua y se seca de manera superficial. Su cuerpo tiembla por el aire frío de la noche. Viste un nuevo pijama para retomar el sueño, cuando su teléfono comienza a vibrar reiteradas veces sobre el velador.

—Jack —atiende sin mirar el emisor.

—Te necesito en la casa de Hannibal. Nueva víctima, vecino de Hannibal.

—… ¿Fue él?

—No lo sé.

—Voy para allá.

Corta y exhala todo el aire de sus pulmones. Genial, tendrá que manejar hacia la maldita casa de Hannibal.

.

Estaciona varias casas alejadas de la de Hannibal, notando como el perímetro incluye la de ella. De inmediato sabe que no se trata de él; por ningún motivo mataría cerca de su hogar, no es estúpido. Pero, por eso mismo, le llama la atención que el asesino haya estado rondando tan cerca del psiquiatra. Una sensación se instala en su vientre. Es incómoda, tensa, cosquilleante.

Baja del auto y se encamina hacia Jack, quien se encuentra afuera de la casa que seguramente tiene la escena del crimen.

—Will.

—¿Cuánta violencia observaré?

—Como todas las que has experimentado —responde de manera ambigua.

—¿Y Hannibal?

—En su casa. Lo dejamos ahí para interrogarlo. Es preferible mantenerlo en vigilancia por si fue creación suya.

—No creo que haya sido él, Jack.

—Pero se acerca su cena.

—La carne debe estar fresca —indica con cierta molestia, ajustando sus anteojos—. Conseguirla ahora sería solo un desperdicio de ella.

—Acabas de sonar como él.

—Ese es mi trabajo. Sonar como todos ellos.

Da por terminada la conversación, moviéndose hacia la casa que está a dos más de la de Hannibal. Los policías del exterior le dejan entrar, y los del interior le saludan con un leve asentimiento, abandonando el lugar al saber cómo funciona la mente de Will. La escena del crimen se desarrolla en los cuartos de dormir. El hombre es el primero. Ahorcado mientras duerme en otra habitación separada de su esposa como cualquier exitoso matrimonio aristócrata, para luego repetirlo con la mujer. Utilizar las manos de manera directa hace que el crimen se vuelva personal, íntimo, como bien él lo sabe y ha fantaseado con realizarlo contra Hannibal. Refleja además la sencillez y lo poderosas que pueden ser las manos dependiendo del uso que se le den.
 
Los cuerpos son arrastrados hacia el cuarto de estar, sentándolos en el gran sillón con cuencas y adornos dorados. Sus bocas son rellenadas por joyas y dinero, como si fuesen un pozo de riqueza, al alcance de cualquier persona. Su respiración se agita envuelto por las emociones vibrando aún en las partículas de aire de la escena. Su corazón late con prisa, contagiado por la ira palpitante de la sala, por el resentimiento de clase. La ofensa y frustración de vivir toda la vida bajo los ojos de las personas enriquecidas, sirviéndolas y aguantando situaciones inmorales. Siente las manos sucias, pegajosas. Las uñas negras, llenas de tierra. Sus propias memorias se entrelazan con el crimen presente al evocar el aroma denso de la grasa de motor de barcos, el sudor salado por trabajar todo el día bajo el sol y el aroma rancio de productos de mar. Mira con el ceño fruncido a sus víctimas, recordando parte de su infancia y adolescencia, pensando en que quizá había sido compasivo con la muerte que les dio. El sufrimiento no fue suficiente. Debió ser más.

—¿Will? ¿Encontraste algo?

Sale de su ensoñación al escuchar a Jack, desconectándose de la mente del asesino, pero dejando de manera residual sus recuerdos de juventud, aquellos emergidos por el resentimiento percibido en la sala.

—No es el Destripador de Chesapeake. Es otro —indica, tragando saliva para calmar su respiración.

—¿Estás seguro?

—Ya te dije, Jack. La carne debe servirse fresca —gruñe impaciente.

—¡Deja de hablar así! —regaña con el ceño fruncido—. ¿Qué encontraste?

—Resentimiento social. Hombre pobre de cuarenta y tantos años. Seguramente los conocía. Es personal. Un criado quizás.

—Buscaremos en los registros de los Rousseau. Ve a interrogar a Hannibal.

—¿Qué? —brama y el recuerdo de su sueño de hace horas llega a su mente—. No.

—Estamos interrogando a todos los residentes de la villa. Contigo puede soltar más la lengua.

—No, Jack. No es necesario que vaya.

—Ve.

No es pregunta, ni sugerencia. Es una orden. Lo sabe por su tono de voz. Empuña sus manos y aprieta los labios. Sin despedirse, redirecciona sus pasos a la casa de Hannibal la cual está siendo interceptada por oficiales de bajo rango. La sensación pesada en su vientre se intensifica, subiendo hasta su pecho. La puerta de la entrada se encuentra abierta, por lo que sin esperar invitación se adentra. Tiene el ademán de quitarse y dejar su abrigo en el perchero, pero baja su mano al percatarse que no está aquí para una de sus sesiones, sino que por trabajo. Escucha voces a la lejanía, específicamente viniendo de la sala de estar.

—¿No escuchó nada extraño? —pregunta el oficial—. A pesar de estar a dos casas, las noches son silenciosas, se puede escuchar de todo.

—Estaba… —inicia Hannibal, pero se ve interrumpido por su presencia. Su mirada se desvía del oficial hacia sus ojos, conectándolos. Traga saliva, humedece sus labios y continúa: —…ocupado.

La voz del agente pasa a un tercer plano, tan lejano, que su mente silencia el timbre de su voz. La imagen frente a él le atrapa de manera hipnotizante. El psiquiatra viste un suéter rojo con bordados de trenza que se adhiere a su torso como si fuese una segunda capa de piel, junto con un pantalón de dormir de lino rallado con colores carmesí. Su cabello cae sobre su frente y ojos en forma libre, natural. Un pequeño mechón en su nuca sobresalte indicando que se ha levantado hace minutos. Un aire relajado, doméstico, envuelve su cuerpo, viéndose por alguna razón suave, agradable, incluso dócil, como si no fuese capaz de hacer acciones en contra de la moral. El mechón rebelde llama su atención, empuñando sus manos al sentir la necesidad de arreglarlo para que se viera como siempre. La pesadez en su vientre se transforma en un ligero cosquilleo, extendiéndose a su pecho y manos, las cuales palpitan al ritmo de su corazón. Extrañado, frunce el ceño y pestañea con rapidez.

Es inusual ver como la humanidad en él está siendo expuesta gracias a la ropa ligera.

Hannibal le dice algo más al oficial para luego despedirlo, acercándose a él. Su cercanía no es invasiva, una distancia normal, pero lo suficiente para percibir su calor corporal, calentando su pecho. Baja su mirada ante la intensidad de ella, notando un ligero aumento de temperatura bajo sus ojos y como estos se humedecen más de lo normal.

—Buenas noches, Will. ¿Llegaste hace mucho?

—Media hora —carraspea al escuchar su voz mediante un susurro—. Jack me pidió interrogarte, pero veo que ya lo hicieron.

—Solo fueron preguntas de rutina —indica—. Deberías hacer lo que Jack te comprometió.

—¿Fuiste tú? —interroga de manera directa, conectando sus miradas otra vez.

El cosquilleo en su vientre aumenta y le desespera.

—Puedes hacerlo mejor que eso, Will.

—¿No te percataste de nada?

—No —niega con la cabeza—. Estaba ocupado con Alana.

La mención de su nombre evoca recuerdos de su sueño de hace horas, mientras su pecho se tensa al comprender la implicancia de sus palabras. La calidez se apaga de inmediato, siendo reemplazada por la amarga sensación de disgusto.

Algo similar a la decepción.

A la traición.

—¿Y ella?

—Aquí.

Ambos hombres se giran al percibir la voz femenina, pestañeando y desviando su mirada de inmediato ante lo que ve. Alana sale de la cocina con solo una camisa de vestir de Hannibal, mostrando la extensión de sus blancas piernas.

Que mal gusto.

El malestar en su pecho sube hasta su boca, y a pesar de que muerde su lengua para evitar hablar, lo hace de todos modos.

—Podrías taparte más, ¿no crees? No es necesario reafirmar lo obvio.

Siente la mirada de Hannibal, pero la ignora. Alana por su parte le devuelve la mirada molesta y cruza sus brazos.

—No estás aquí para analizar nuestra vida sexual.

—Tampoco es como si me lo hicieras difícil.

—Will —advierte Hannibal.

—¿De verdad no escucharon nada? —indaga con irritación—. Algún perro del vecindario alertando por alguien a estas horas.

—Acá no hay perros —señala Alana.

—¿Durante los últimos días no han visto a alguien fuera de lugar? —inquiere ante la posibilidad de que el asesino sea alguien extraño— ¿Rondando? ¿Observando?

—El vecindario es pequeño. En caso de haber visto a alguien extraño, ya lo sabríamos —esta vez comenta Hannibal—. ¿Fueron los Rousseau?

Asiente—. Fueron ahorcados con las manos del asesino.

—Es personal.

—Sí.

—Quizás un robo.

Niega—. Las joyas en sus bocas indican resentimiento social.

—Un criado, entonces —concluye el psiquiatra. 

—Fue su primera vez.

—Un caso aislado.

—Eso espero.

—¿Por qué lo dices?

—Se sintió… incompleto. Rápido. Incluso misericordioso.

—Querrá reparar su error.

—Sí.

—¿Estás diciendo que irá por otros? —indaga Alana.

—Si, eso estoy diciendo.

Brama y expulsa la respiración por su nariz con fuerza, mirando con molestia a Alana. ¿Por qué tiene que estar aquí? La conversación es entre él y Hannibal, quien, por supuesto, se mantiene alternando su vista entre ambos divertido por sus interacciones.

La presencia de Alana le sienta incómoda. Como un mal tercio.

—Entonces Hannibal corre peligro.

—¿Qué? —interroga y suelta una carcajada por la ironía—. Hannibal no está en peligro, Alana.

—¿Cómo lo sabes? Si el motivo es resentimiento social, las personas de esta villa están en su mira. Eso incluye a Hannibal.

—Hannibal no está en peligro —repite y lo mira—. ¿Qué crees?

—Alana puede tener razón —asiente con suavidad—. Sus sospechas se confirmarán si aparece otro cuerpo.

—Necesitas protección —Alana se acerca a Hannibal y afirma sus manos en su pecho—. Podrías solicitar resguardo policial como lo hicieron conmigo cuando Abel Gideon estuvo suelto.

—Tranquila —susurra y acaricia una de sus mejillas con suavidad—. No pasará nada. Y en caso de necesitarlo, podría solicitar el apoyo de Will —comenta y lo mira, manteniendo sus miradas conectadas mientras la mano de Hannibal continúa acariciando el rostro de Alana.

El gesto le revuelve el estómago, y acentúa la molestia en su vientre.

Ya le basta con saber que salen. No es necesario demostrar tanta afección física.

Hace el ademán de abrir su boca para negarse rotundamente, pero es interrumpido por Alana.

—Will no está capacitado para utilizar un arma. Es inestable.

—Gracias Alana —pasa su mano por su barba para frenar la ironía de su boca y atacarla. En cambio, dice: —Es agradable escuchar las expectativas que los demás tienen sobre mí.

—Es la verdad.

—Soy un agente especial.

—Sí, pero inestable —contrataca. Se gira para afrontarlo, alejándose del toque de Hannibal—. No deberías utilizar un arma. Es más. Deberías dejar de trabajar de consultor.

—Díselo a Jack —reta, y sonríe—. Sabes que no puede dejarme. Sin mí, la lista de víctimas sería más larga.

—No te hace bien.

—Ya estoy bien. La encefalitis fue curada y retomé mi terapia con el Doctor Lecter para aclarar nuestros… malentendidos. ¿No debería ser suficiente?

Alana intenta refutar sus palabras, pero se ve interrumpida por el teléfono de Will que resuena entre ellos. Es Jack.

—Debo hacer el informe de la escena —anuncia luego de cortar la llamada—. Si ven o escuchan algo extraño en los próximos días, infórmenlo.

Se va sin despedirse, sintiendo su cuerpo vibrar por el malestar que las palabras, o más bien, la presencia de Alana le hacen sentir.

Alana arruinará todo su plan de captura.

—¿Cómo te fue? —pregunta Jack una vez a su lado.

—No vieron ni escucharon nada por lo ocupados que estaban —expresa con ironía, y ataca con la siguiente pregunta: — ¿Fue idea tuya que Alana se involucrara con Hannibal?

—No. Se dio mientras estabas en la cárcel.

—Ya veo.

Se dispone a realizar el informe con ayuda de un oficial que toma nota de sus palabras, manteniendo el ceño fruncido mientras sus entrañas se sientes revueltas, tensas.

Si en algún momento de su vida le había gustado Alana, ahora es todo lo contrario.

.

No se logran encontrar huellas dactilares en los cuerpos de los Rousseau, como tampoco pisadas o alguna otra evidencia de ADN del asesino. La hipótesis inicial cambia al interrogar a todo el personal que se logra identificar en el registro del hogar y no encontrar nada, pensando en algún criado de las otras casas.
Del caso ya había pasado un mes, en donde Hannibal por su seguridad y la de sus invitados había pospuesto la cena hasta nuevo aviso. Alana había insistido en el resguardo policial, pero de alguna manera Hannibal le había convencido de no necesitarlo.

 —¿No temes morir? —pregunta Will mientras da vuelta el whisky dentro de su vaso.

Es viernes, y se encuentran en la última sesión de la semana sentados frente al otro como suelen ubicarse.

—Siempre he encontrado reconfortante la idea de la muerte. La idea de que mi vida podría terminar en cualquier momento me libera para apreciar plenamente la belleza, el arte y el horror de todo lo que este mundo tiene para ofrecer —responde el doctor observando los movimientos de Will, sonriendo un poco—. Cómo tu.

—¿Cómo yo? —arquea una ceja y lo mira.

—El disfrute de ser testigo del cambio, el renacimiento y aceptación de tu verdadero yo; nadie más puede hacerme experimentar aquello.

—Ya sé. Soy el único que puede entregarte tal diversión —indica y toma un pequeño sorbo de su bebida. Se toma unos segundos en silencio, e indaga: — ¿Qué esperas de esto, Doctor Lecter?

—¿Qué esperas tú?

—Comprender mis sentimientos hacia ti, ya te lo dije. ¿Tú?

—Comprensión y ser comprendido. Es igual.

—Una amistad —asiente y aprieta sus labios—. En nuestro caso, un acuerdo tácito de ignorar lo peor del otro para seguir disfrutando de lo mejor.

—Solo deseo lo mejor para ti.

—Y eso se traduce en tenerte cerca mío, ¿no?

Termina de tomar su bebida mientras siente la mirada de Hannibal seguir cada uno de sus movimientos, evitando reír por el deseo ingenuo que aún persiste en el hombre.

Después de todo lo que han vivido, lo que se han hecho, las acusaciones, el daño y las traiciones, Hannibal aún persiste en tener su amistad, su compañía. Es increíble tal nivel de aspiración; le da una idea de la soledad que Hannibal ha vivido en su vida, igual que él. Frunce el ceño y limpia el residuo de la bebida en sus labios con fuerza. Otra vez. Su empatía le contagia su visión nuevamente. La infecta. Por el contrario de su personalidad apática, la verdad es que siempre ha anticipado los vínculos, experimentando la otra cara de la moneda durante toda su vida. Aunque no quisiera, y aunque sabe que está mal identificarse con el anhelo que Hannibal siente por su cercanía, lo siente, lo comparte. El ser humano se caracteriza por ser sociable, por buscar la construcción de vínculos significativos mediante la comprensión, algo que, con el retorno a su terapia, y contrario a sus objetivos, está encontrando junto a Hannibal.

Es consciente que la comprensión con Hannibal es un arma de doble filo. Le otorga cercanía y confianza, ideal para conocer sus más oscuros secretos y lograr atraparlo, cómo también la oportunidad de formar, al fin, un vínculo significativo en su vida. Un amigo. Un verdadero amigo. ¿Sería posible la amistad entre ellos dado su historial? Recuerda la confianza que sintió hacia él en su debido tiempo. Como cada vez que su mente se desconectaba de la realidad lo buscaba para volver a sentir la estabilidad que por sí solo nunca sintió. Es increíble pensar en todas las emociones que Hannibal hacían surgir en su cuerpo; le entregaba estabilidad al mismo tiempo que se la quitaba.

¿Podría, en verdad, ignorar todo lo malo de su persona para lograr disfrutar su compañía?

—¿Will?

Se levanta de golpe ante el impacto de sus ideas y mira al hombre frente a él. Su cuerpo tiembla conmocionado por el camino que sus pensamientos han trazado. No debe ser así. Él no se encuentra aquí para encontrar un amigo. Debe atrapar al Destripador de Chesapeake. Para eso está haciendo toda esta farsa.

Jack tiene razón. Su empatía no puede hacerle creer que quiere y desea lo mismo que Hannibal.

—Debo irme —expresa con cierto pánico que intenta camuflar—. Acabo de recordar que no les dejé alimento a mis perros.

—Entiendo.

—¿Has visto algo extraño últimamente? —le hace la misma pregunta desde la aparición de aquel asesino que mató a sus vecinos para distraerse de sus pensamientos.

—Nada inusual, Will —le responde de la misma manera—. Sabes que serás el primero en ser informado por mi parte.

—Lo sé.

Se quedan mirando por unos segundos, esquivando la mirada del psiquiatra al no sentirse lo suficientemente estable para aguantarla por más tiempo. Hannibal, cordial como siempre, se levanta y lo direcciona hacia la salida del despacho.

—Maneja con cuidado.

Asiente apenas, y se gira para salir de ahí.

Aprieta sus manos a sus costados para reprimir el movimiento de girar y mirar por última vez a Hannibal, respirando con profundidad una vez fuera del edificio.

Es peligroso. Continuar por hoy la terapia es peligroso.

.

Una vez en casa prepara una comida ligera para sus caninos, con el fin de mantener sus estómagos livianos y darles el paseo de rutina de la tarde. Distrae su mente entre corridas y juegos, intentando desconectarse de las sensaciones residuales que quedan en su cuerpo en cada sesión que tiene con Hannibal. Recorre el vasto bosque de memoria, como si se tratara de las líneas de la palma de su mano. La humedad lo envuelve junto con una gama de tonos anaranjados pintando las hojas de los árboles que yacen aún conectadas a ellos, como también en el suelo las cuales crujen a cada paso. La temporada de lluvias está cerca, lo puede sentir. Los hongos crecen a los pies de cada árbol, incluso entre la anchura de sus troncos, emitiendo aquel aroma metálico característico de ellos.

Decide volver a su hogar en el ocaso, formándose de a poco una suave niebla que rocía su ropa y el pelaje de sus perros. Como siempre, termina el recorrido con una carrera hasta casa, sorprendiéndose al ganar esta vez Buster. Una vez dentro los seca uno por uno, obsequiándole snacks como premio. Se prepara para dormir, compartiendo cama con algunos perros mientras otros utilizan las suyas respectivas distribuidas en la sala de estar. Su mente divaga en el último tiempo vivido, y suspira.

La cercanía con Hannibal, ser testigo de su humanidad, y compartir aquel anhelo de ser comprendido está infectando, enfermando su visión, su enfoque. Está enredando cada nervio, cada interacción neuronal de su cerebro. Esto es distinto a la encefalitis que el trabajo y Hannibal le causaron. No siente su cerebro inflamado, quemándose por una falla de su sistema inmune. No. Lo que siente es algo más complicado, algo más allá de la fisiología de su cerebro. Sus ideales, sus principios y su decencia, aquella ligada a la moral están siendo perturbadas. Su sistema de valores está siendo intervenido, distorsionado. La influencia de Hannibal en su vida está haciéndolo cambiar. Sabía a lo que se exponía, pero su reflejo en el hombre mayor, su vulnerabilidad mostrada y esas malditas lágrimas que habían aparecido en sus ojos cuando habló de su hermana menor, están removiendo cimientos y pilares fundamentales en su personalidad, en su identidad.

Observa como sus perros descansan y respiran con tranquilidad, ignorantes de la encrucijada que su dueño está viviendo. Sonríe por lo simple que es la vida de los animales domésticos. Los envidia. Solo necesitan comida, refugio y paseos para ser felices. Incluso para hacer amigos la tienen más fácil. Solo basta con jugar y oler sus traseros, algo completamente diferente entre él y Hannibal. Frunce el ceño y rasca la barba sobre su mentón. Se niega a pensar en siquiera la posibilidad de formar una amistad con Hannibal. De hecho, ni siquiera debería pensarlo, o ser una opción. Pero dada la cercanía lograda con sus conversaciones, siente que en estos momentos está conociendo realmente a Hannibal Lecter.

Y esa realidad, ese descubrimiento, causa que su objetivo inicial flaquee.

Como si en el fondo de su mente estuviera formándose aquella posibilidad de tener su compañía.

Porque sabe que el entendimiento pleno entre ellos nunca lo experimentará con alguien más.

Sale de sus pensamientos al escuchar su teléfono, tomándolo desde el velador situado al lado de su cama.

 —Jack —contesta sin mirar y acostumbrado a que su jefe siempre lo llame a cualquier hora, no escuchándose nada desde el otro lado. Frunce el ceño— ¿Jack? ¿Ocurre algo?

Piensa en Bella, la esposa de Jack, y la incertidumbre repercute en su cuerpo.

—… Will.

Una sensación pesada envuelve su pecho al reconocer la voz al otro lado. Se levanta como si una fuerza externa lo hubiera tirado y toma asiento en la orilla de la cama. Separa el teléfono de su oreja y debe morder el interior de sus mejillas al deslumbrar el nombre del psiquiatra como emisor.

—Hannibal —su nombre escapa de sus labios, impaciente—. ¿Ocurre algo?

No sabe cómo, ni por qué, pero algo se siente extraño en su llamada. Su tono de voz. La forma en que había pronunciado su nombre. Algo ocurría. Los latidos de su corazón resuenan con fuerza en su cuerpo, y aprieta su mano libre por la inquietud. La respiración del hombre mayor resuena contra su oído, forzada, aumentando su inseguridad.

—El… —exhala y se queja entre murmullos—, el asesino está acá.

Por un instante se le olvida como hablar. Debe apoyarse en el blando colchón con su mano libre en busca de estabilidad ante el ligero mareo que llega a su cabeza. Se mantiene en silencio escuchando las exhalaciones de Hannibal, asimilando la reciente información. Abre la boca y siente sus labios temblar, volviéndola a cerrar para humedecer sus labios y tragar saliva.

—¿A-Allá? —aclara su garganta y aprieta su mano libre contra las sábanas buscando estabilidad táctil—, ¿está allá? ¿Te atacó? ¿Estás bien?

—Llama a Jack —indica de manera forzada, incrementando su estado de alerta—. Y ven. Está acá.

—¿Hannibal? ¡¿Hannibal?!

Exclama al percibir el eco del vidrio rompiéndose, para luego ser cortada la llamada. Mira la pantalla y siente su respiración temblar junto con su cuerpo. Su temperatura corporal disminuye mientras sus ojos no tardan en humedecerse.

Debe ser una jodida broma.

Rápidamente se viste y toma las llaves de su auto. Usualmente el viaje hacia la casa de Hannibal le toma alrededor de una hora en situaciones normales, apretando el acelerador hasta alcanzar ciento veinte kilómetros por hora.

Demora apenas treinta minutos esta vez, estacionándose frente al hogar del psiquiatra y saliendo rápidamente hacia su dirección. La puerta está abierta por lo que se adentra, notando el aroma metálico característico de la sangre esparcido por el vestíbulo junto con una esencia picante, húmeda, similar a la brisa marina, representando la inquietud y adrenalina del encuentro originado en la sala de estar.

Ahí se encuentra la escena del crimen.

Gira sus talones, pero un sonido desde la cocina lo detiene junto con un largo jadeo. Sus manos tiemblan al sacar el arma de su pantalón mientras su corazón repercute en cada parte de su cuerpo, profundo y acelerado. Sus piernas se mueven de manera automática hacia la cocina, encontrándose con una figura oscurecida afirmada en el mueble continuo a la encimera. Apunta, pero la conexión con aquellos orbes rojizos congela sus movimientos.

Es Hannibal.

La sensación de dejavú envuelve su cuerpo, recordando aquel día donde había luchado con Tobías Budge quien luego había atacado a Hannibal, viéndolo malherido en su oficina. Baja el arma y se acerca al hombre mayor quien al igual que él detiene sus movimientos.

Viste un suéter negro de lana fina, apegado a su torso junto con un pantalón de lino del mismo tono. Sus antebrazos se deslumbran con facilidad, notando nuevos cortes alrededor de las cicatrices que Mathew Brown le propinó a petición suya, nuevos cortes que estaban siendo atendidos por el médico retirado. Se acerca sin prisa, y, una vez frente a él, sus ojos se entibian al observar de más cerca su estado.

Por alguna razón puede percibir el dolor de sus heridas.

No solo sus brazos han sufrido daño alguno. Su rostro tiene un golpe en una de sus mejillas y un corte en su ceja izquierda de la cual se desliza un hilo de sangre; eso requerirá puntos. Inspecciona con detalle cada herida, terminando por conectar sus miradas otra vez.

Y es ahí donde el alivio llega a su cuerpo de manera fugaz, intenso, en apenas un parpadeo, repercutiendo en su cuerpo y calentándolo. Su corazón late con fuerza por debajo de su piel mientras un ligero cosquilleo llena su vientre. Sus manos pican por tocar, por atender, por arreglar las heridas de Hannibal. El consuelo que llega es real, genuino, y no lo puede negar. Ya no. Y aunque quisiera, no podría. Pestañea con rapidez para disipar las lágrimas acumuladas.

Su cuerpo responde al verlo fuera de peligro. Vivo.

—Creí que te encontraría muerto —se atreve a decir en apenas un susurro, dejando el arma afirmada en el mueble más cercano.

Una pequeña sonrisa se forma en los labios del psiquiatra, intensificando el alivio en su cuerpo y las ganas de llorar.

—Vaya, un déjà vu —pronuncia en francés—. Se traduce del francés como “ya visto”. Una peculiaridad del cerebro inofensiva, pero que logra desequilibrarnos un poco.

—Y el resultado es igual que la vez anterior, pero ligeramente distinto.

Responde sabiendo que se refiere al escenario ocurrido con Tobías Budge, dejándose llevar y atreviéndose a acortar la distancia entre ellos. No pregunta. Ni siquiera pide permiso. Sólo le quita las pinzas quirúrgicas con algodón para comenzar a desinfectar las heridas en sus brazos, cediendo a su deseo de reparar, de tocar, de cuidar. La piel bajo sus manos se endurece mientras el hombre mayor se queja entre murmullos con cada toque. Roza con cuidado la cicatriz sobresaliente de su antebrazo, aquel intento de homicidio, tragando saliva con fuerza.

¿Cómo se sentiría si esas heridas hubieran sido ejecutadas por sus propias manos? ¿Mal? ¿Bien? ¿O poderoso? El concepto de Hannibal malherido de por sí ya le causa extrañeza; herirlo con sus propias manos es un sueño, una fantasía. Casi irreal. ¿Sentiría alivio? ¿Consuelo por lograr vengarse de cierta manera? Observa la piel cicatricial, y relame sus labios.

No lo sería. La sola idea de presenciar la muerte de Hannibal no le sienta bien.

No puede permitirse perder la única conexión real lograda en toda su vida.

Un deseo casi animal de proteger, amparar emerge de su vientre, haciéndole olvidar todo. Su objetivo principal, la verdadera identidad del psiquiatra y su esmero en convertirse en alguien de confianza para él, todo eso se olvida.

Todo se reduce al contacto de sus manos, de su piel, y las emociones que surgen.

No es primera vez que se tocan, ni la primera vez que se curan heridas; Hannibal lo había hecho con sus manos cuando asesinó a Randall Tier. De hecho, existe un largo historial de momentos en que Hannibal lo ha tocado sin su consentimiento, o mejor dicho, en donde él se ha dejado tocar siendo víctima de su hambre de contacto. Pero lo de aquí y ahora, es él consintiendo su deseo de cuidar a Hannibal.

—Puedo percibir tu deleite por verme herido.

Hannibal interrumpe sus pensamientos luego de realizar una larga inhalación.

Lo acaba de oler.

Sonríe ante sus palabras.

—No —niega acompañado por un movimiento de cabeza—. No es así.

—Entonces es otra cosa.

—Como dije, pensé que te encontraría muerto.

—¿Te causa alivio ver que sigo con vida, Will?

La pregunta lo toma desprevenido, alejando las pinzas de las heridas del médico. Entrecierra sus ojos mientras sus miradas se conectan, interpretando algo más allá de la serenidad fingida que reflejan los orbes ajenos.

—Sí.

Decide por contestar con la verdad, dejándose llevar por el consuelo de verlo vivo. De alguna forma, verlo tan herido, y pensar en su posible muerte le hacen actuar con sinceridad. Como si no tuviera otra oportunidad más que la de ahora para permitirse en ser honesto.

Todo es olvidado en su mente. Sólo son ellos, aquí en la cocina de Hannibal. Él curando sus heridas y Hannibal aguantando el ardor en ellas.

Solo son ellos. Will y Hannibal.

—Entonces solo te basta con robarme mi libertad —El retorno de sus manos a sus heridas se detiene, notando una suave sonrisa en su rostro y como alza una de sus cejas— ¿Sabes, Will? El tío Jack no sabe engañar como tú lo haces.

Sus manos caen a cada lado de su cuerpo al mismo tiempo que las pinzas quirúrgicas resuenan en el suelo. La antes mostrada sonrisa muta a la clásica expresión superficial y sin emoción en el rostro del psiquiatra, salvo por el brillo en sus ojos que lo delatan.

Hannibal sabe todo.

Y está molesto.

Su respiración se estanca, pero mantiene la conexión visual para observar, interpretar.

Está molesto, pero no precisamente por descubrir su engaño.

Hay algo más.

Carraspea para preparar su garganta.

—¿Desde cuando eres consciente?

—Siempre lo he sido —indica mientras recoge las pinzas—. Con todo lo experimentado es de esperar un comportamiento más certero. Pero ese no es tu caso. La impredecibilidad siempre ha sido un rasgo característico en ti, pero el retorno a tu terapia lo sobrepasa. Es incongruente.

Aprieta sus manos y frunce el ceño por el malestar que le causan las palabras de Hannibal.

—Seguir trabajando para el tío Jack también lo es —suspira y se toma unos segundos para continuar—. Es lamentable ver como nuestra relación no avanza más allá de las traiciones.

—No es difícil adivinar quién comenzó —brama, notando como una sensación densa sube por su cuello.

—No puedo negar que las circunstancias pasadas nos llevaron a nuestra situación actual, pero quiero que entiendas que lo hice por tu bien.

—¿Por mi bien? —ríe y gruñe—. ¡¿Por mi bien?! ¡Casi muero de una infección en el cerebro por tu maldita culpa!

—Jack contribuyó en eso.

—No puedes decir que lo hiciste por mi bien.

—Admito que mis acciones no fueron las óptimas, pero apuntaban a un buen fin.

—¿El cual sería? —pregunta en tono irónico.

—Descubrir el monstruo que alberga en tu interior, similar al que dices que yo albergo en el mío.

—No soy un asesino —reniega.

—Mataste a Garret Jacob Hobbs.

—Fue para salvar a Abigail.

—Pero te sentiste bien. ¿Lo recuerdas? Poderoso.

—No soy como tú.

—Debes lidiar y aceptar lo que está desarrollándose en tu interior, Will.

—Ya me basta con lidiar contigo.

—Claro —exhala una respiración corta y relaja sus facciones—. Tus sentimientos sobre mí. ¿Cuáles son exactamente? Además de la traición y el engaño inminente.

Desliza su lengua por el interior de sus dientes al recibir la molestia y el dolor de Hannibal. Recuerda sus días en la cárcel, cuando confirmó que todos sus males y su enfermedad fueron producto del hombre frente a él, surgiendo cierta sensación de logro al hacerle pasar por lo mismo en estos momentos.

No quiere realmente herirlo de gravedad, pero eso no impide que pueda herirlo de manera emocional.

Tal cual como Hannibal lo hizo con él.

El teléfono inalámbrico de la cocina se hace escuchar entre ellos, causando que ambos miren en su dirección sin mover alguna extremidad. Deja de sonar apenas cinco segundos cuando vuelve hacer eco en la habitación. Hannibal se mueve y toma la llamada, aumentando el efervescente malestar en su vientre una vez contesta.

—Hola, Alana.

Es lo único que escucha, bloqueando el exterior con el ruido interno que siente dentro de su cabeza.

Su corazón resuena oxigenando cada parte de su cuerpo a modo de preparación ante una situación que requiera su huida. Sus manos se mantienen cerradas, tensas, mientras sus ojos se clavan en la figura de Hannibal. Sabe que debe preocuparse por una futura lucha contra el psiquiatra; las posibilidades de ser herido por él son altas al ser descubierta su traición. Pero, en cambio, la suave sonrisa que forma en su rostro aumenta su fastidio, deseando que la llamada se corte. No ocurre. Continúa hablando con Alana con una suavidad y cordialidad inexistente hace minutos. El trato distintivo reproduce el malestar hasta sus extremidades, tensando los músculos. Tiembla por la intensidad de sus emociones, de su irritación e inquietud. No le atemoriza ver que Hannibal siempre ha sabido la verdad tras su plan, tras su cercanía natural. No. Es otra cosa lo que le atemoriza.

Sus sentimientos respecto a Hannibal. Aquello que siempre ha intentado ignorar, viéndose orillado a esclarecer en estos momentos.

Como también el malestar y la sensación efervescente que ha sentido cada vez que lo ve o lo escucha interactuar con Alana.

No le gusta.

—Te pido disculpas Alana, pero la cena de hoy tendré que posponerla… Sí, estoy bien. Will está conmigo —dice mientras desliza su mirada hacia él, devolviéndosela con el ceño fruncido.

Es un bastardo. Un bastardo sabio y presumido.

Sabe donde atacar, especialmente a él.

—Sí. Sí. Está bien —continúa con su conversación—. Estamos en contacto, Alana. Un beso.

Corta la llamada y retoma su atención en él. Sonríe con suavidad.

—Alana manda saludos.

Su respiración tiembla.

—Te divierte, ¿no?

—¿Qué cosa?

—Lo que estás haciendo con Alana —indica. No lo dirá en voz alta.

—Tendrás que explicarte de mejor manera, Will.

El teléfono vuelve a sonar, manteniendo sus miradas.

—No te atrevas a contestar esa maldita llamada —recrimina con el ceño fruncido.

Y es la acción de Hannibal, el ademán al girar su rostro e intentar alcanzar el teléfono lo que le hace explotar.

Al diablo con todo.

Se acerca al teléfono y lo toma en sus manos antes que el psiquiatra. Quita la tapa plástica con un rápido movimiento, botando las pilas junto con el aparato silenciado sobre el mueble. Su respiración agitada resuena entre ellos.

—Eso fue grosero, Will.

—Hablas de mi traición y engaño como si no hubieras hecho nada en el pasado —retoma la conversación interrumpida, obteniendo la atención del hombre—. Como si fueras el único apto para sentir el sabor de la traición.

—Por lo menos lo que tu llamas como mi traición fue para revelar tu verdadera identidad. No para alcanzar las expectativas ajenas.

Sabe que habla de él y Jack.

Y, sabe, en el fondo, que sus palabras forjan aquella verdad de la cual no quiere ser consciente.

—¿Hasta cuándo vivirás de este modo, Will? Renegando lo que quiere brotar de ti. Formando una realidad que mantiene todo en armonía, ocultando la fidelidad a tu verdadero yo.

—¡No lo sé! —exclama y aprieta sus puños.

Se siente presionado, y agotado. Su mente es abrumada por la amalgama de emociones presentes en su cuerpo, surgiendo un zumbido en sus oídos que retumba con los latidos de su corazón. De alguna manera se siente expuesto, abierto, desnudo. No se ve capaz de mentir más. De engañar más. Ya no puede.

Está cansado del juego establecido con Jack.

Cansado de tirar el señuelo incorrecto, y, que aún así, Hannibal lo coja con tal de verlo voluble, dudando de todo su alrededor, de sus decisiones y sentimientos.

Como está ocurriendo ahora.

—No lo sé, ¿bien? Cómo tampoco sé qué siento por ti —confiesa y humedece sus labios—. Todo sería más fácil si lo supiera.

—¿Qué cosa sería más fácil?

—Decidir qué hacer contigo.

Gotas de lluvia en el ventanal que da al patio exterior comienzan a sonar, rellenando el silencio que los envuelve luego de sus palabras. Percibe de reojo como Hannibal disminuye la distancia entre ellos plantándose frente a él. No se atreve a mirarlo a los ojos. ¿Para qué? Sus palabras reflejan su incertidumbre respecto al psiquiatra. La sensación de derrota cae sobre su cuerpo al mantener su vista en las heridas aún abiertas, apretando los labios.

Si Hannibal decide matarlo o hacerle daño de gravedad, prefiere confesar sus preocupaciones que experimentarlo.

—Necesito entenderte para resolver mis sentimientos hacia ti —revela, cambiando el algodón de las pinzas para desinfectar las heridas. Toma el brazo derecho del psiquiatra y unta en las heridas sin tratar. El hombre sisea por el dolor—. Hay un antes y un después luego de conocerte. Es inevitable, aunque quisiera ignorarlo. Pero eres cruel, destructivo. Utilizas la violencia como justicia divina para luego embellecer tus actos grotescos.

—¿Y crees que hay algo mal en eso?

—No lo sé, y ese es el problema —baja su mirada hasta su mano, sopesando sus siguientes palabras—. Mis neuronas espejo reflejan más de lo que puedo consentir.

Declara sintiendo la pesadez de la mirada de Hannibal sobre su rostro, como si lo estuviera llamando para reconectar sus ojos. El silencio que los rodea esta vez es expectante, paciente. El pecho de Hannibal apenas se mueve al respirar. Vuelve a dejar las pinzas al lado del botiquín abierto sobre el mueble continuo a la encimera, viéndose incapaz de seguir. A pesar de tomarse una pausa para pensar, no lo hace. Sus emociones y estado de agitación nublan su juicio, dejándose llevar por la intensidad del momento. Por la veracidad del momento.

—Mi mente ha comenzado a difuminar. Mis pensamientos y sentimientos… ya no sé si son propios o el reflejo de los tuyos.

—Will.

La voz de Hannibal sale con suavidad al entonar su nombre, suprimiendo la acción de levantar la vista. No quiere mirarlo a los ojos. Sabe que si lo hace, se perderá por completo en las emociones ajenas, contagiando, o más bien, incrementando las propias.

Un momento de lucidez traspasa su cabeza al ver los algodones con sangre, no pudiendo evitar reír ante la ironía de la vida.

—Maldita sea… Estoy hablando de mis sentimientos hacia ti mientras en la sala continua hay un cuerpo en descomposición.

—Will.

Esta vez se escucha con un tono más autoritario, obedeciendo y alzando la vista hasta sus ojos. Se arrepiente al instante, sintiéndose atrapado por ese iris enrojecido. No se da cuenta de cómo la distancia entre ellos se acorta más hasta que siente el calor corporal de Hannibal invadir su espacio. Una mano grande, áspera y caliente le toma de su mejilla izquierda, sosteniendo su rostro con suavidad. Nota las pupilas dilatadas en los orbes ajenos, dejando su boca abierta por la sorpresa de la cercanía y el toque.

—Concéntrate en lo que está ocurriendo aquí y ahora —susurra mientras desliza su pulgar por su mejilla—. Concéntrate en nosotros.

El toque le quema, acalorando sus mejillas y la zona trasera de su cuello. Causa estragos en su mente, brotando aquel anhelo, aquel apetito por contacto físico que siempre tuvo que reprimir. Que siempre tuvo que ignorar cada vez que Hannibal lo tocaba. Y él, como buen psiquiatra, lo sabe. Conoce el deseo de Will por ser tocado. Por recibir caricias y perderse en las sensaciones que el tacto ajeno le pueda brindar. El toque es íntimo, distinto a los del pasado. Y sus ojos no ayudan a disminuir la sensación placentera, perdiéndose en sus propias imágenes irradiadas en la mirada contraria. Lo puede ver con claridad, aquellos sentimientos reprimidos por su parte siendo reflejados en la mirada ajena, estremeciéndose al ser consciente de la correspondencia por parte de Hannibal.

Sus respiraciones se vuelven pesadas mientras las caricias siguen, teniendo que cerrar sus labios para tragar la saliva que se acumula en el interior de su boca. La acción redirige la mirada a ellos, reteniendo su respirar ante la sacudida que le origina.

Las alarmas en su mente se disparan.

—¿Sabes, Will? —comienza el psiquiatra, manteniendo su vista en su boca—. Te preocupas demasiado.

—¿Qué? —interroga confundido por sus palabras.

Él no suele ser un hombre que tome la vida con tal ligereza.

—La solución a nuestros problemas es simple —indica inclinando un poco su rostro a la derecha—. Puedes ir a casa, tomar tus perros, e irnos de aquí.

Sus palabras chocan con su boca, al mismo tiempo que sus narices se acarician al desaparecer la poca distancia que aún lograba mantenerlo cuerdo frente al psiquiatra. Un murmullo de satisfacción se estanca en su garganta cuando siente la suavidad de los labios ajenos posarse sobre los suyos, cerrando los ojos de inmediato. Sus respiraciones se mezclan de manera pausada, mientras que sus labios se mueven con lentitud, tanteando, probando la suavidad ajena. Una ligera sensación de disociación ataca su mente, borrando todo pensamiento distractor.

Todo su cuerpo se concentra en sentir aquella boca que nunca creyó que sentiría alguna vez en su vida.

La mano en su mejilla arde, y no sabe si es por su temperatura corporal que se ha elevado o por el dueño de esa mano.

Los movimientos de sus labios comienzan a incrementar, siendo sostenido su rostro por ambas manos mientras su boca se llena de saliva, filtrándose por los costados de ella. Perciben y graban la suavidad ajena por unos segundos más, hasta que Hannibal decide aumentar aún más las sensaciones en su cuerpo.

El murmullo que anteriormente había quedado estancado sale con ligereza cuando su labio inferior se ve atrapado en los dientes ajenos. Aquellos colmillos clavan parte de su carne, no dejándole tiempo para recomponerse al ingresar su lengua en su interior. La saliva acumulada se transfiere a la boca de Hannibal. En algún momento es afirmado en la orilla del mueble con el botiquín, abriendo sus piernas de manera instintiva para que Hannibal se interponga entre ellas, quedando más cerca. Su respiración choca con la nariz de Hannibal, inhalando la ajena. Notas cálidas como la madera seca y los granos de café tostados son identificados. No puede evitar gemir cuando aquellas manos bajan hasta su cintura, traspasando su calidez por la tela de su camisa. Si no fuera por su cuerpo y sus manos, Will sabe que sus piernas lo harían ceder al suelo.

Se besan con profundidad. Suave y lento. Tomándose su tiempo para saborear la boca ajena y fusionarse con ella de ser posible. Es adictivo. Los labios suaves y abultados de Hannibal son adictivos. Su respiración y sabor son adictivos. Sus manos apretando su cintura es adictivo.

Quiere más.

De manera lejana se percibe un sonido como si fuera escuchado bajo el agua, obligándolos a romper aquella burbuja de sensaciones que se había creado con naturalidad ante su intercambio.

Es el timbre de la casa de Hannibal.

Debe ser Alana.

—¿Tiene llaves…? —logra decir entre medio del beso, gimiendo al sentir como una de las manos ajenas sube hasta su nuca, apretando su cabello naciente.

—Se las quité ayer —responde antes de introducir su lengua en su boca.

—Esp-era…

—No —su voz sale ronca, hablando sobre sus labios—. Nadie interrumpirá lo que he deseado tener desde hace tiempo.

Sus mejillas se acaloran más antes sus palabras, siendo atacado nuevamente por esos carnosos labios.

Su vientre se retuerce en un suave hormigueo, mientras sus manos laten al ritmo de su potente corazón. Atrapa el suéter de su psiquiatra por sobre su pecho, cambiando el ángulo de sus besos.

—¿Desde… cuando? —jadea al sentir como lo muerden otra vez.

—Desde que te visité en la cárcel —le habla entre besos.

—Eso es mucho —ríe.

—Sí...

El contacto físico con Hannibal hace un lío en su mente. Rellena aquel vacío, aquel deseo por ser tocado, consumando lo que su cuerpo anhela hace un tiempo. Su último contacto había sido aquel beso con Alana, que más que desearlo de manera pasional -como bien había dicho Hannibal-, había sido para encontrar la estabilidad que le faltaba aquella noche al escuchar animales atrapados en su chimenea.

Pero lo de ahora es completamente distinto.

Los labios de Hannibal lo tratan con delicadeza. Con una fragilidad que teme destrozar otra vez. Las emociones son tan intensas que tras sus párpados cree ver algo brillante, como un centelleo estelar. Su cuerpo se adormece al grado de sentirse flotar, perdiendo su consciencia espacial e incluso temporal. Por un segundo no sabe donde se encuentra; solo que está atrapado entre la cocina y el cuerpo de Hannibal.

La intensidad del beso comienza a descender por la falta de aire. Intenta alejar su boca para respirar, causando un gruñido en Hannibal quien lo aprieta más contra su cuerpo y manos.

—Dame un respiro…—Logra decir mientras los labios se desplazan por su mejilla izquierda—. Hannibal…

Lo obliga a juntar sus frentes mientras inhalan la respiración del otro, percibiendo el temblor ajeno. La ansiedad está ahí, latente, pero no logra identificar de quién es dada su empatía.

—No me iré a ningún lado.

Susurra contra sus labios, logrando el efecto deseado. Los músculos del psiquiatra se relajan, envolviendo su cuerpo con sus brazos que se deslizan por su cintura, tragando saliva al sentir como se encorva para esconder su rostro en su cuello. Afirma su rostro en la nuca ajena mientras pasa sus brazos por sobre sus anchos hombros, sintiendo la firmeza superior.

Sus ojos escuecen al percatarse de lo ocurrido, de lo que han compartido. El placer palpitante nubla su juicio, no dándole tiempo a analizar el acto reciente al sentir un dolor puntiagudo en su piel por debajo de su oreja.

Son los colmillos de Hannibal.

El cosquilleo de su vientre baja por sus caderas, concentrándose en el centro de ellas. Algo amenaza con palpitar, por endurecerse, intentando alejar su entrepierna de la de Hannibal, pero el hombre, contrario a su estoicismo, se ve ansioso ante su lejanía.

Gruñe y junta sus caderas en un movimiento fluido, brotando un jadeo de sus labios al sentir la dureza ajena.

—Espera… —suspira y aprieta los hombros duros del psiquiatra—. Estás haciendo lo que hice con Alana.

Indica ante su inquietud inusual, aferrándose a su cuerpo para encontrar un poco de estabilidad. Ante el nombre de la psiquiatra, se percata que el timbre en la casa de Hannibal ha dejado de sonar en algún punto.

—Solo consiento lo que tus ojos me transmiten.

Dice en cambio el hombre, quejándose al sentir como sus bocas vuelven a juntarse.

No puede ser. Aquel deseo por ser besado no puede ser de él.

Debe ser un reflejo de las emociones de Hannibal.

O de ambos.

Su siguiente beso es más frenético y seguro dado el experimentado con anterioridad. A las emociones transmitidas por sus abultados labios se unen las sensaciones surgidas por el roce de sus entrepiernas, gimiendo cada vez que Hannibal se recarga en él.

Una ligera sensación de vergüenza llega a su cuerpo al notar como su propio miembro comienza a alzarse, frotándose contra la dureza ajena.

Es inevitable. El placer iniciado por sus besos recorre por completo cada célula nerviosa de su cuerpo.

Sus lenguas se buscan para degustar cada rincón de sus cavidades, contrayendo su miembro dentro de su pantalón al escuchar un quejido ronco por parte de Hannibal. Jadea en el instante en que siente la pérdida de su boca, abriendo sus ojos extrañado por su lejanía.

Los ojos ajenos le miran humedecidos, afectados por su presencia y el placer que refleja sentir.

—Necesito saber, Will… si tú…

—No —niega y relame sus labios. Se sienten hinchados—. Nunca…, pero antes, creo que deberíamos hablar—

—Eso lo podemos dejar para después —interrumpe mientras toma el borde de su abrigo, haciéndolo caer al suelo—. Por ahora no llegaremos al final —respira con fuerza por su nariz, llegando la sonrisa que esboza en sus labios hasta las arrugas de sus ojos—. Pero eso no impedirá que disfrutemos de nuestros cuerpos de otra forma.

Y aquellas son las últimas palabras que entona el psiquiatra antes de comenzar a disfrutar su cuerpo.

Vuelve por sus labios, para luego deslizarlos junto con su lengua y dientes por la extensión de su cuello, siendo inclinado sobre el mueble para tener un mejor acceso a su cuerpo. El peso corporal de Hannibal lo somete, viéndose atrapado entre el mueble y él. Su respiración se altera al recordar los sueños de hace noches, respirando con profundidad y reteniendo cada vez que su cuerpo tiembla por las caricias recibidas.

La ansiedad de Hannibal se percibe en la atmósfera, causando que sus movimientos oscilen entre la suavidad y brusquedad. Intenta desabrochar los botones de su camisa, pero dada la emoción del momento, decide por abrirla de golpe, revelando su torso mientras algunos botones caen al suelo, deslizándola por sus hombros. Gime en el momento en que muerde uno de sus montículos, oscilando sus caderas para encontrar más fricción en la dureza ajena.

Nunca había recibido un mordisco en esa zona. De hecho, siempre pensó que se trataba de una zona exclusiva de las mujeres.

Jamás pensó que podría sentir placer por recibir mordiscos y lamidas en esa parte.

Lleva una de sus manos a la nuca ajena cuando cambia de montículo, estirando su rostro hacia atrás mientras muerde sus labios y se queja.

Dios. Es demasiado.

La boca de Hannibal está arrasando con cada sensación placentera en su cuerpo.

Ante su falta de experiencia no sabe lo siguiente que le puede hacer, por lo que abre sus ojos de golpe cuando siente como desabrocha su pantalón.

—¿Qué haces? —interroga con un ligero pánico que atraviesa su mente.

No cree que vaya a ser lo que cree que hará, ¿cierto?

Sostiene la pesada y hambrienta mirada de Hannibal, bajando una punzada de excitación a su entrepierna al percatarse de su respiración forzada.

—No preguntes —responde con voz ronca, relamiendo sus labios—. Sólo concéntrate en disfrutar.

Observa desde su puesto como termina por bajar su pantalón, enganchando la liga de sus calzoncillos con sus dedos índices. Su respiración tiembla al sentir la frialdad del ambiente golpear su desnudez, calentando sus pómulos junto con sus manos que yacen sin fuerza a sus costados. Observa con detenimiento cada movimiento, desde sus fosas nasales captando el aroma de su sexo, hasta la forma en que su lengua se desliza por sus labios para humedecerlos completamente.

Y, aunque se mantiene testigo de todo lo que Hannibal hace, aun así no puede evitar gemir de manera entrecortada cuando embute su miembro en el interior de su cálida y húmeda boca, arqueando sus cejas y apretando sus dientes ante la intensidad percibida desde dicha zona.

Hannibal de alguna forma lo traga por completo, y la vibración recibida por su ronco gemido le hace oscilar las caderas, enterrando más en su garganta.

Su respiración es corta y repetitiva. No puede calmarse. Su cuerpo vibra al grado de casi hiperventilar, ahogando un quejido cuando Hannibal abre sus ojos, y, desde su posición, alza la vista para mirarlo.

La mirada ajena reluce como los granos de una granada madura. Brillantes, y jugosos.

De repente, una sensación de sed brota en su boca, causando que sus glándulas secreten más saliva de lo normal. Traga en el momento en que Hannibal comienza a moverse, deslizando su miembro fuera de su boca para luego volver al interior. Sus orbes se llenan de lágrimas; es demasiado. Su boca se siente húmeda y cálida, jugosa y ardiente. Envuelve su miembro con experiencia. En algún punto, su pierna derecha se siente libre de su pantalón, manteniéndose solo con su pie izquierdo afirmado en el suelo mientras la mitad de su cuerpo superior se funde contra la superficie del mueble en donde habían dejado los utensilios médicos para sanar las heridas de Hannibal.

Ante el movimiento de vaivén, las cosas comienzan a caer al verse sin espacio. Las pinzas de metal resuenan en el piso en el instante en que Hannibal deja libre su hinchado miembro, tomando con fuerza su pierna derecha solo para pasear sus labios en el interior de su muslo.

—Sabes delicioso…

Susurra agitado, mordiendo la carne tierna de su muslo. Frunce el ceño ante la sensación dolorosa, pero su miembro palpita contra su vientre bajo. Es discordante. El dolor y el placer nublan su mente. Nunca había sentido tal dualidad contraria.

Una vez Hannibal vuelve a rodear su entrepierna con sus labios decide bajar de la encimera, buscando más profundidad y libertad para moverse. Afirma sus manos en el borde del mueble mientras cierra sus ojos, perdiéndose en la cavidad alrededor de su miembro.

Lo puede sentir. Como se acumula en la parte baja de sus caderas su liberación.

No cree poder aguantar mucho.

Baja su vista para deslumbrar cada movimiento, encandilándose con aquellos abultados labios que lo tragan como si fuera el postre más delicioso nunca probado.

Un pensamiento fugaz pasa por su mente, haciéndolo relamer sus labios y separarlos.

¿Qué se sentiría que un caníbal lo muerda ahí?

Y, como si sus pensamientos fueran entonados en voz alta, la punta de los colmillos prominentes de Hannibal se desliza con suavidad por la carne de su miembro, haciéndolo temblar y agarrarse con más fuerza del borde de la encimera.

Está cerca.

Hannibal abre sus ojos y le miran desde su posición, vibrando al descifrar el hambre reluciendo en ellos.

Como si un caníbal hubiera encontrado el trozo de carne más tierno y jugoso que nunca había probado antes en su vida.

Retuerce los dedos de sus pies dentro de sus calcetines ante el pensamiento, aguantando lo más que puede la sensación de éxtasis hasta que ya no puede más.

Un murmullo bajo surge de sus labios mientras sus piernas tiemblan ante el torrente que sale disparado contra la boca ajena, humedeciendo aún más aquella cavidad. Su respiración se corta mientras su cuerpo resiente su liberación, calentándose sus ojos ante las lágrimas que se acumulan. Retoma su respiración agitada una vez terminada la sensación de cúspide, sintiendo como toda su entrepierna se relaja. Tiembla sobre estimulado cuando Hannibal continúa acariciando su miembro ya flácido en el interior de su boca, teniendo que apretar sus hombros en un intento por alejarlo. Una brisa fría golpea su sexo cuando la boca cálida se aleja de esa zona, percibiendo con sus somnolientos ojos como se levanta, traga sus fluidos y le vuelve a besar. Gime de manera prolongada al sentir como el sabor almizclado de la boca de Hannibal se mezcla con su saliva, excitándose al pensar que se está probando a sí mismo. El calor corporal del cuerpo ajeno lo cubre de manera acogedora, consintiendo sus atenciones no verbales. Envuelve con sus débiles brazos los hombros del psiquiatra, perdiéndose en la forma en que esa boca se vuelve a comer la suya.

El pensamiento canibalesco nuevamente estremece su cuerpo sin fuerzas, entreabriendo sus ojos en el momento en que Hannibal se aleja.

Las pupilas de sus ojos casi sobrepasan el color de su iris, viéndolo sonreír con total adoración.

—Entonces… ¿Vas por tus perros y nos vamos a algún lugar del mundo?

Cubierto por la serenidad y somnolencia post coital se ve traicionado por su fuerza de voluntad, por su orgullo, sonriendo al percatarse de lo que hace el psiquiatra a pesar de tener su mente en blanco.

Se aprovecha de ello para que le responda en base a las emociones latentes del momento.

Pero no lo logra. O, por lo menos, no a medias.

—Primero debemos hablar —indica con un suspiro, perdiéndose en los ojos ajenos que brillan con intensidad. Muerde su labio inferior antes de responder—. Y una vez que consigas un lugar seguro para todos, voy por ellos.

Es lo que responde, recibiendo una risa por su parte, para luego ser devorado nuevamente por esos adictivos labios.

Notes:

¡Gracias por leer!