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Kim abrió los ojos de golpe y se incorporó, la respiración agitada, girando la cabeza de un lado a otro con desesperación, sin comprender de inmediato lo que veía a su alrededor. Poco a poco, su respiración comenzó a acompasarse cuando reconoció el espacio: estaba en una habitación.
—Fue solo un sueño —murmuró, frotándose los ojos y dejando caer los hombros en un gesto cansado.
Estiró los brazos por encima de la cabeza y bostezó.
El alivio no duró más que ese instante.
Se quedó inmóvil a medio estiramiento. Sin girar la cabeza, volvió a escanear el entorno. Sus brazos cayeron lentamente a los costados mientras sentía cómo su corazón, en lugar de acelerarse, comenzaba a latir cada vez más despacio.
Aquella no era su habitación en la casa de sus padres. Tampoco era su cuarto en el apartamento cerca de la universidad. Y, sin embargo, sabía —con una certeza inquietante— que esa era su habitación, aunque los colores suaves hubieran sido reemplazados por paredes desnudas y húmedas, sin un solo objeto que, a simple vista, pudiera reclamar como propio.
Se sentó en el improvisado lecho sobre el que había despertado: el único mueble de la habitación, aparte de dos sillas apoyadas contra una pared. En una de ellas descansaba una prenda negra.
Se puso de pie con lentitud, pero no logró avanzar.
Con la mirada fija en aquella silla, apretó los puños a los costados.
No había sido un sueño.
Temblando, se acercó y tomó la prenda entre los dedos. Era una sudadera. La llevó hasta su rostro e inhaló profundamente. Sus dedos se cerraron alrededor de la capucha y un suspiro entrecortado escapó de sus labios. Retiró la tela con brusquedad, como si temiera empaparla con sus lágrimas.
Las piernas le fallaron.
Se dejó caer de rodillas sobre el suelo frío, aferró la sudadera contra su pecho y sucumbió al llanto, como lo había hecho cada día durante las últimas dos semanas.
Un susurro escapó de sus labios, tan bajo que apenas ella misma pudo escucharlo:
—Mi estrella…
