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Frankelda llevaba ya unos cuantos días en el Reino de los Sustos y todo era tan maravilloso como siempre lo había soñado. Las criaturas extrañas que amaban escuchar sus historias, los colores en cada rincón, la tétrica música entre los callejones, la exótica comida y, por supuesto…
Herneval.
El príncipe de sus sueños. El dueño de sus fantasías y deseos desde que comenzó a madurar junto con sus escritos. Ese que con solo ver su rostro (o el plumaje bajo su camisa) dejaba sus mejillas coloradas por horas.
Sin darse cuenta, Frankelda mordió el cálamo de su pluma. El sabor amargo de la tinta inundó su boca de inmediato, sacando bruscamente la imagen del tecotias de su cabeza. Soltó la pluma de golpe, haciendo una mueca de disgusto mientras las palabras que acababa de plasmar en el papel parecían ahora burlarse de sus propios sentimientos.
—Contrólate, Francisca, Dios santo… —murmuró para sí misma en el tono severo que solía usar su abuela por perderse en sus ensoñaciones.
—Además, ni siquiera sabes si le gustas de esa forma — Su propia mente traicionera le recordó.
Con un suspiro se levantó de la silla y flotó hacia el espejo que colgaba en una de las paredes de la biblioteca. Contempló su imagen por unos segundos. La mujer en su reflejo no era fea, reflexionó mientras acomodaba sus rulos con los dedos. Era considerada la tercer chica más linda del pueblo, después de todo. Además que su nueva imagen fantasmal la hacía sentir poderosa, aún más bella de lo que jamás había sido en Real del Monte.
Pero por más bonita que fuera su imagen, no podía dejar de mirar todos los defectos que los pueblerinos encontraban en ella.
Demasiado ruidosa.
Excesivamente malhumorada.
Impropia, egoísta, ambiciosa.
Eso sin contar sus tétricos gustos.
En conclusión: no era material para esposa de nadie.
Y eso nunca le había importado mucho en realidad. Vivir con su padre o alguno de sus hermanos no sonaba como un mal destino mientras la dejaran seguir escribiendo. De todas formas, ningún hombre jamás iba a poder compararse con la magia de sus historias, con esa sensación de crear mundos enteros con sólo tinta y papel.
Pero entonces había conocido al susto que literalmente era la encarnación de todo lo que amaba. Herneval no era solo un personaje de sus fantasías: era real, tangible, y compartía su pasión por las historias. Había sido imposible no caer rendida desde el primer momento en que sus voces armonizaron, cuando él recitó sus propias palabras como si fueran una melodía.
—Es un príncipe… —susurró su conciencia con crueldad—Aún si lograras convertirte en la Pesadillera Real con tus mediocres escritos, él jamás te querría de esa manera.
El recuerdo del primer toque de sus manos y los ojos ámbar de Herneval mirándola con esa intensidad en el barco respondió como una queja silenciosa en su pecho. Había visto algo en esa mirada, ¿o solo había sido su imaginación desbocada?
El ruido de su estómago interrumpió sus pensamientos. Frankelda sacudió la cabeza, obligándose a dejar atrás el tormento interno.
—Eh… seguro ya hasta debe de estar comprometido con alguna princesa de otro reino. Ni te ilusiones, mensa —se regañó a sí misma antes de salir de su habitación en busca de las cocinas del palacio.
Por la oscuridad que reinaba en los pasillos asumió que se le había hecho de noche escribiendo. De nuevo. Al menos a la familia real no parecía molestarle en lo absoluto. La reina Veritena había dado la orden de que ella podía pedir lo que sea, cuando quisiera. El rey Ficturo incluso le había propuesto dejar un cocinero a su entera disposición, disponible a cualquier hora del día o la noche.
Y Herneval… ay, tan atento y considerado, la había atendido y cuidado desde su llegada para asegurarse de que no se quedara sin comer o sin dormir. Siempre preguntándole si necesitaba algo, si estaba cómoda, si sus aposentos eran de su agrado.
Pero hoy había tenido unas audiencias importantes que no podía cancelar, asuntos reales que requerían su presencia forzosamente, así que no lo había visto en todo el día. Y aunque una parte de ella extrañaba su compañía, lo que menos quería era convertirse en una molestia para él o para cualquiera en el palacio. Tenía dos manos perfectamente funcionales y podía prepararse algo sola sin necesidad de despertar a todo el personal de cocina.
Claro, si primero lograba encontrar la dichosa cocina...
Dio vueltas entre los coloridos pasillos por lo que pareció ser una eternidad. Los murales en las paredes parecían burlarse de ella con sus formas retorcidas y sombras danzantes. Extrañamente, no se había cruzado con ningún sirviente o guardia en esa ala del palacio, lo cual era inusual considerando la enorme seguridad que había visto en estos días. Pero cualquier teoría al respecto salió de su mente cuando captó un aroma delicioso que provenía de una habitación iluminada al final del pasillo. El olor a especias y algo horneado hizo que su estómago rugiera con más fuerza.
—Ay, menos mal. Pensé que iba a morirme ahora sí deveritas pero de hambre —murmuró aliviada mientras se dirigía hacia la luz.
—Ya les dije que no, no quiero cortejar a nadie.
La voz de Herneval detrás de la puerta la detuvo en seco. Se escuchaba agitado. Molesto. Una emoción que jamás había conocido en el príncipe.
—Hijo mío… —la voz del rey Ficturo sonaba paciente pero firme— sabes que lo que menos queremos es forzarte a nada, pero algún día no estaremos y tú y tus herederos deberán hacerse cargo del Topus Terrentus.
Herederos... vaya... definitivamente no tenía que estar escuchando esa conversación, pensó Frankelda mientras comenzaba a darse la vuelta con cuidado.
—Ya sé, ya sé —respondió Herneval con un suspiro que parecía salir desde lo más profundo de su ser—, pero tener que conocer sustos todo el día cuando podría haberlo pasado con Frankelda me parece una pérdida de tiempo. Además, la mera idea de cortejar me da asco. Yo no... no siento que pueda hacer todos los ritos de forma natural. En verdad lo siento, padre.
El corazón de Frankelda dio un vuelco tan violento que estuvo segura de que todos en el palacio pudieron escucharlo. ¿Había dicho su nombre? ¿Herneval había querido pasar el día con ella en lugar de atender sus obligaciones reales? ¿E igual que ella no deseaba a nadie de su reino?
La mezcla de emoción, esperanza y confusión fue tan abrumadora que sin darse cuenta giró sobre sí misma demasiado rápido y el borde de su falda fantasmal golpeó un busto de mármol que descansaba sobre un pedestal junto a ella.
CRAAAACK
El sonido de la estatua al estrellarse contra el suelo resonó por todo el pasillo como un trueno. Frankelda se quedó paralizada, mirando horrorizada los pedazos de lo que momentos antes había sido un elaborado busto de una criatura con múltiples ojos.
—¿Quién anda ahí?
Antes de que la autora pudiera agacharse a recoger las piezas o salir volando, la puerta se abrió de golpe y tanto el príncipe como el rey ya estaban frente a ella con expresiones de alarma que rápidamente se transformaron en sorpresa.
—¿Frankelda? —la voz de Herneval sonó preocupada mientras se acercaba rápidamente a ella, sus ojos recorriéndola de arriba abajo como buscando alguna herida— ¿Qué haces aquí tan tarde? ¿Estás bien?
—¡Ay, no, lo siento tanto! —las palabras salieron atropelladas de su boca— Yo solo estaba buscando las cocinas y olía a pan y vine muy rápido y golpeé la estatua y se cayó pe-pero la repararé. ¡No sé cómo o qué pegamento tengan en el Reino de las Pesadillas pero yo me las arreglo y-
—Calma, querida, no te preocupes —la interrumpió el rey Ficturo con una sonrisa tranquilizadora—. De todos modos, esa vieja estatua de araña ni siquiera nos gustaba mucho.
—A ver, pero ¿cómo está eso de que no has comido nada? —Herneval frunció el ceño, su tono tomando un matiz que Frankelda nunca le había escuchado antes. No era enojo exactamente, pero había algo protector, casi posesivo en la forma en que la miraba.
—Jeje, bueno, Herneval, ya sabes... me perdí un poco en las letras de mi nueva historia y-
—Ah, no, eso sí que no —la interrumpió el príncipe con firmeza. Antes de que Frankelda pudiera procesar lo que estaba pasando, Herneval tomó su mano con una firmeza que definitivamente no la iba a dejar dormir esa madrugada y prácticamente la arrastró hacia el estudio— Ven, entra con nosotros. Tienes que comer algo ahora mismo.
La condujo al interior donde la reina Veritena miraba hacia la puerta con preocupación.
—¿Ficturo? ¿Herneval? ¿Está todo...? —sus ojos se posaron en Frankelda— ¡Oh! Frankelda, linda, ¿cómo estás? ¿Qué haces despierta tan tarde?
—Ho-hola, buscaba la cocina, majestad. Al parecer…
—Al parecer la señorita se olvidó de que, aun siendo fantasma, tiene que comer —interrumpió Herneval con un tono que bordeaba el regaño, aunque sus ojos brillaban con preocupación genuina—Tenemos que pedirle algo de inmediato.
Dicho esto, y sin darle oportunidad de protestar, sentó a Frankelda en el sofá y desapareció por un par de segundos. Cuando volvió, traía consigo una bandeja con pan recién horneado y, para sorpresa absoluta de la autora, se colocó junto a ella en el sofá a pesar de que había otras tres sillas completamente vacías en la habitación.
—El resto estará listo en diez minutos. Mientras tanto, ten... —Herneval tomó un trozo de pan de la bandeja y, antes de que Frankelda pudiera extender la mano, lo acercó directamente a sus labios— come este pan.
El rostro de Frankelda se encendió como una antorcha. Sus mejillas fantasmales adquirieron un tono rojizo intenso mientras abría la boca tímidamente y aceptaba el bocado que Herneval le ofrecía con tanta naturalidad, como si alimentarla personalmente fuera la cosa más normal del mundo.
Los ojos de la reina Veritena se abrieron como platos, su mirada volando hacia su esposo. El rey Ficturo había levantado las cejas casi hasta la línea del cabello, y una sonrisa cómplice comenzaba a formarse en las comisuras de sus labios. Ambos parecían estar presenciando algo extraordinario, algo que su hijo había jurado momentos antes que no podría hacer.
—O-okay... está bien —murmuró Frankelda después de tragar, completamente abrumada y confundida por el gesto. ¿Por qué Herneval la estaba alimentando como si... como si...? No, no podía permitirse pensar en eso.
—Nos decías que estabas escribiendo una nueva historia, ¿cierto? —preguntó el rey, claramente intentando aligerar el momento mientras seguía observando a su hijo con fascinación apenas disimulada— ¿Por qué no nos cuentas cómo va? Ya sabes, como un pequeño adelanto mientras esperamos.
—¿De-de verdad? —Frankelda intentó concentrarse en la conversación y no en la proximidad de Herneval— Es un borrador y seguro Procustes le encontrará varios errores que pulir, pero-
—Una idea no siempre tiene que ser perfecta a la primera, querida —la reina tomó su otra mano con una suavidad maternal que le provocó un nudo en la garganta— Lo más valioso aquí es que lleves tus ideas a la tinta, y por todo lo que Herneval nos ha contado, seguro son magníficas. Adoraríamos escucharte, cariño.
Conmovida por el gesto, Frankelda asintió tímidamente y comenzó a hablar. Narrándoles el inicio de una pesadilla que implicaba una criatura con diez mil voces. Poco a poco su voz fue ganando fuerza, las miradas alentadoras y murmullos aprobatorios de los reyes llenando su pecho de valor y motivándola a agregar más y más detalles.
—Frankelda...
—¿Sí? ¡Eh-mph!
Herneval acababa de interrumpirla metiendo otro trozo de pan a su boca, su expresión seria y determinada.
—No estás comiendo nada. Puedes contarnos y comer al mismo tiempo.
Frankelda masticó lentamente, sus mejillas ardiendo tanto que estaba segura de que comenzaría a echar humo en cualquier momento.
—Shi... em... grashias, Hernñeval —logró articular con la boca llena, mientras los reyes intercambiaban otra mirada en silencio.
Durante los siguientes minutos, Herneval continuó alimentándola con una dedicación que rozaba lo obsesivo. Cada vez que Frankelda descuidaba el alimento para retomar su narración sobre la criatura de las diez mil voces, él interrumpía con otro bocado de pan, a veces con un trozo de queso, otras con una aceituna. Sus movimientos eran cuidadosos pero insistentes, y sus ojos nunca dejaban de observarla con esa intensidad que hacía que el corazón de Frankelda latiera de forma errática.
—Y entonces la criatura comienza a…
—Abre —ordenó Herneval suavemente, acercando otro trozo.
—Herneval, de verdad ya-
—Que abras.
Frankelda obedeció, completamente ruborizada, mientras escuchaba a la reina Veritena contener una risita detrás de su copa de té.
Después de lo que debieron ser unos siete minutos de este ritual, Herneval miró la bandeja casi vacía y luego hacia la puerta con el ceño fruncido. Se puso de pie abruptamente, murmurando algo entre dientes que sonó peligrosamente parecido a "tendré que hacerlo yo mismo" antes de desaparecer por el pasillo con pasos decididos.
Frankelda parpadeó confundida, mirando a los reyes en busca de alguna explicación.
—No te preocupes, querida —dijo el rey Ficturo con una sonrisa divertida, intentando calmarla— Es completamente normal. Herneval tiene un carácter muy protector, simplemente está preocupado por ti.
No pasaron ni tres segundos cuando el susodicho regresó cargando una bandeja tan grande y tan llena de comida que Frankelda estuvo completamente segura de que no podría terminarla ni aunque tuviera tres estómagos. Había otro pan recién horneado, frutas extrañas del reino, quesos de colores imposibles, carnes que humeaban deliciosamente, y lo que parecían ser al menos cuatro tipos diferentes de postres.
—Herneval, yo... eso es demasiado —protestó débilmente mientras él colocaba la bandeja frente a ella con satisfacción.
—Tonterías. Has estado escribiendo todo el día sin comer nada —respondió él, sentándose nuevamente a su lado y tomando inmediatamente un tenedor— Ahora sí vas a comer como es debido.
Frankelda miró a la reina Veritena con ojos de pánico, su mirada suplicante preguntando en silencio qué demonios estaba pasando.
—Bueno… —dijo la reina con un tono juguetón, sus ojos brillando con diversión entre los jóvenes—, creo que nos acostumbraremos a ver estas escenas más seguido por aquí.
—Por supuesto que no —interrumpió Herneval con firmeza, malinterpretando completamente las palabras de su madre—. No voy a permitir que Frankelda vuelva a saltarse las comidas. Mientras yo esté aquí, eso definitivamente no volverá a pasar.
Los reyes apenas pudieron contener la risa ante la inocencia de su hijo.
Frankelda, por su parte, parpadeó confundida. Había algo en el tono de la reina, en esa mirada que compartían los monarcas, que le indicaba que había un significado más profundo en esas palabras. Pero por más que lo intentaba, no lograba descifrar cuál era ese otro sentido que claramente se le estaba escapando.
Y con el príncipe ahora acercándole un tenedor con un trozo de pastel que olía a canela y pesadillas, su mente era un torbellino de pensamientos confusos y borrosos, incapaz de formar una idea coherente mientras aceptaba el bocado.
Los murmullos divertidos de los reyes al retirarse más tarde fueron suficiente para confirmar que, en efecto, algo estaba pasando y ella no tenía idea de qué.
