Actions

Work Header

Lúcido

Summary:

Sabito está a punto de morir a manos de ese demonio y no hay nada que pueda hacer para evitarlo, lo sabe tan bien que la frustración lo quema, pero entonces ese espadachin con un haori mitad y mitad corta al demonio con un solo movimiento elegante.

Work Text:

El día de la selección final era uno que difícilmente Giyuu podría olvidar. Aunque se suponía que los participantes sobrevivieron una semana en la montaña invadida por demonios, él a penas había permanecido conciente uno de esos días, a costa del trabajo de sus compañeros. Si no fuera por Sabito, que los salvó a todos, y si no fuera por Murata, que lo protegió durante el resto de la selección final, Giyuu habría muerto por su propia incompetencia.

 

Habían pasado seis años desde entonces. Se entregó al entrenamiento en cuerpo y alma, sin espacio para nada más. No quería volver a ser tan débil e impotente, al merced de las circunstancias, sin la habilidad para lograr un cambio. Tampoco quería un respiro, o de lo contrario, el demonio que dormía en un rincón de su mente acechando en sus pesadillas saldría a la luz. 

 

En sueños, la desesperación lo consumía, mostrándole variantes de la misma escena: Sabito decapita al demonio que atacó a Giyuu, lo toma por los hombros con manos firmes y cálidas, pero lo deja rápidamente en manos de Murata para seguir el grito de auxilio de otro participante. Aunque no presenció lo que sucedió después, Giyuu a veces lo veía, cada vez un poco diferente y en cada ocasión igualmente horrible. Se había encontrado con suficientes demonios desde entonces para alimentar su imaginación.

 

Sin embargo, no importaba cuánto más fuerte se había vuelto Giyuu desde la selección final, en sus sueños seguía siendo débil e impotente. A veces perdía el conocimiento, otras veces su espada no era capaz de decapitar en el blanco, y en los más horribles observaba paralizado cómo Sabito era asesinado sin poder blandir su espada. 

 

«Si Sabito hubiera vivido en lugar de mi, ahora sería un pilar mucho más fuerte y capaz», pensó. 

 

Si hubiera sido Sabito, habria pertenecido junto al resto de los pilares, siendo capaz de forjar una buena relación con ellos. Habría podido salvar a muchas más personas. Tal vez incluso a la familia Kamado. 

 

Y, «si hubiera sido tan fuerte como soy ahora», fue el pensamiento que le siguió, «habría podido ayudar».

 

Esos pensamientos lo habían perseguido sin descanso. Quizás por eso, cuando se encontró frente a un joven Sabito que se lanzó hacia un demonio, tan valiente pero descuidado, pensó que se trataba de otro sueño. Esta vez el demonio parecía... Débil. Sólo de un tamaño más grande y con muchas manos que sobresalían de su cuerpo y rodeaban su cuello. 

 

Las sorpresas no acabaron ahí, pues Sabito, quien siempre había sido tan fuerte y talentoso, a sus ojos le pareció inexperto y descuidado. Sin duda, su forma era admirable para un joven de su edad, pero no sería suficiente para enfrentarse al demonio frente a él y mucho menos cortar su cuello, puesto que su respiración se volvió un desastre. A este ritmo sería atravesado por las manos del demonio.

 

En este sueño, además, el cuerpo de Giyuu lo obedeció. De su boca exhaló suavemente el aliento diafragmático, comenzando su respiración de concentración total que elevó la circulación de su sangre. Dió un sólo paso hacia adelante, el cual fue suficiente para llevarlo al lado del demonio. Blandió su espada con la facilidad de la práctica a una velocidad prácticamente imperceptible.

 

«Repiración de agua», resonó el nombre grabado en su mente. «Tercera postura: Danza de las Corrientes».

 

Tan rápido como balanceó la espada ondulante, esta volvió a ser envainada como si nada hubiera ocurrido. Al menos una docena de manos se separaron del cuerpo del demonio, quien ni siquiera pudo gritar sorprendido pues su cabeza había sido cercenada. Su cabello y haori se mecieron suavemente conforme se agitaba en el aire y se asentaba a su costado. 

 

El demonio se transformó lentamente en ceniza, y Sabito cayó rodando de vuelta al suelo, luciendo igual de sorprendido que el demonio. 

 

—...Gracias por salvarme...—Murmuró Sabito, poniéndose de pie en una postura firme poco después—. Mi nombre es Sabito. ¿Puedo preguntar si eres un supervisor de la prueba?

 

Giyuu miró en dirección a Sabito, maravillado por el realismo de su presencia. Sus rasgos, voz y postura eran tan ásperos como recordaba, y sus ojos seguían siendo tan dulces y compasivos. No pudo evitar sonreírle.

 

—No soy un supervisor.

 

Al mismo tiempo, su corazón latía rápidamente por la adrenalina tras ver a Sabito a punto de morir por un demonio tan débil, por lo que las palabras que salieron de su boca después de tanto tiempo inesperadamente terminaron siendo: 

 

—No seas imprudente. Vuelve a entrenar—espetó—. Tu respiración era un desastre. Así serás asesinado por un demonio aunque tu potencial sea alto.

 

Giyuu ya se arrepentía de haber sido tan estricto. Sabito era claramente bueno, mucho mejor que él, ¿qué hacía dando consejos?

 

—¡Entendido! 

 

Pero Sabito sólo frunció el ceño, aceptando el regaño con una reverencia aunque parecía molesto. Hizo una reverencia y se disculpó en voz alta, agradeciendo una vez más a su salvador. Su comportamiento fue intachable. 

 

Giyuu meditó un momento qué podría decirle a este joven Sabito, odiando su incapacidad para expresar adecuadamente sus pensamientos. Una profunda tristeza lo invadió, pero esta no era tan opresiva como siempre.

 

Sin embargo, Sabito rompió el silencio una vez más—: Me aseguraré de tenerlo en cuenta. Te lo mostraré con acciones. ¿Cuál es tu nombre?

 

Giyuu inclinó la cabeza ligeramente. 

 

—Tomioka Giyuu.

 

Los ojos lavanda de Sabito se abrieron y sus pupilas se contrajeron. Los labios se separaron, a punto de decir algo, pero Giyuu despertó de su sueño antes de poder escuchar la continuación.

 

«Fue un buen sueño», cerró los ojos, respirando profundamente. Tenía la sensación de que había sido real, no obstante, desistió el pensamiento, sabiendo lo ridículo que era. 

 

...

 

Sabito sabía que había sido descuidado. Era completamente culpa suya. Si no se hubiera dejado llevar por las palabras del demonio, habría sido capaz de decapitarlo sin salir herido. 

 

Y aún así, aquí estaba, con su cuerpo impulsandose mientras sostenía la espada, en una posición inestable que no le permitía esquivar el ataque de las manos a tiempo ni blandir su espada con toda su fuerza. 

 

Su mente aceleró, buscando la forma de ponerse a salvo, cuando el discreto brillo de una espada llamó su atención. 

 

Fue tan rápido que sus ojos no pudieron seguir la trayectoria de la espada, sólo pudo suponer una trayectoria básica por las manos que ahora caían separadas del cuerpo del demonio junto a la cabeza. Había sido solo un movimiento, una postura, estaba seguro, pero el demonio ya había muerto.

 

El espadachín responsable se irguió impasible, con su espada ya de vuelta en la funda como si no hubiera supuesto ninguna clase de esfuerzo. La muestra de poder fue tan elegante que le generó la admiración genuina que sentía al observar las formas de su maestro —un gran cumplido, ya que era un pilar retirado—. El espadachín, un hombre joven, a penas unos años mayor que Sabito, lo observó aterrizar desordenadamente sobre la tierra antes de ponerse de pie, enderezando la espalda con aprensión. 

 

Entonces sonrió gentilmente, recordándole un poco a Giyuu, el chico que era amable pero se sostenía como el hierro forjado en una espada; resiliente e inflexible. 

 

Tras un breve intercambio, en el que fue regañado por el espadachín, para vergüenza de Sabito, finalmente logró conseguir su nombre. 

 

—Tomioka Giyuu —dijo el hombre que llevaba su haori con la mitad del color rojo como la suerte para una boda y mitad a cuadros verdes y amarillos, como la ropa que portaba Sabito. 

 

Antes de poder decir algo, el espadachin desapareció, tan discretamente como había aparecido. Sabito extendió la mano lentamente hacia el espacio vacío, murmurando para sí mismo el nombre de su amigo, a quien acababa de dejar atrás. Al mismo tiempo, la tristeza lo invadió. 

 

Porque superponiendo la mirada de Giyuu, su amigo, y Giyuu, quien acababa de salvarle la vida, la de este último era vacía y desconsolada, como si se hubiera sumido en un profundo luto que nunca había logrado superar del todo. 

 

Poco después, regresó junto a Giyuu, quién era cargado por el joven solicitante que había salvado hace poco, aunque desconocía su nombre. Se hizo cargo de Giyuu en su lugar, pasando el brazo del chico por su hombro y sosteniendo su cintura contra su cuerpo. 

 

—Siento haberte dejado —murmuró, sólo porque sentía que tenía que decirlo, pero sabía que tendría que esperar a que Giyuu recuperará la conciencia antes de disculparse apropiadamente (los verdaderos hombres reconocen sus errores y asumen la responsabilidad)—. Vamos, Giyuu.

 

Esta vez no permitirá que su amigo haga una expresión tan desgarradora.