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Odiaba el Archipiélago Sabaody con todas sus fuerzas, era como un maldito laberinto en el que el conjunto de islas parecían cobrar vida y burlarse de él, porque de alguna manera siempre acababa en alguna isla que no tocaba o en un islote (e incluso en algún cayo) aun usando el GPS; era toda una odisea regresar al apartamento después del trabajo. Aunque debía de admitir que eso le pasaba también en su isla de la infancia, y siendo más sinceros, a cualquier lugar al que iba.
Llevaba seis meses en el archipiélago Sabaody desde que consiguió aprobar la oposición y ganarse su plaza en la comisaría de la zona este, su capitán era un tipo parco en palabras y que fumaba puros sin importarle una mierda que hubiese una ley antitabaco, le cayó bien de inmediato. Su compañero de patrulla era alguien bastante intenso y que a veces también era bastante laxo con la ley, ya que intercedía en los enfrentamientos y la mayoría de veces conseguía que las dos partes quedasen satisfechas, supuso que era por su carita de no haber roto nunca un plato, sus gafas redondas y su pelo rosa.
Ya había terminado su turno y encontró un buen gimnasio donde ejercitarse después del trabajo, era bastante tarde, cenaría unas barritas de proteínas y se iría directo a la cama. O al menos esa era su intención, ya que escuchó barullo cerca; cuatro tipos estaban usando un tono agresivo rodeaban a uno que estaba solo con una actitud relajada mientras se fumaba un cigarrillo con un traje de ejecutivo.
Zoro suspiró, no estaba de servicio, pero estaba claro que no podía hacer la vista a un lado y que la pelea fuese a más, pues uno de ellos empezó a darle empujones suaves en los hombros al otro para incitarlo a pelearse. Estaba a punto de llamarle la atención cuando el solitario rubio de repente echó un paso hacia atrás y pateó la mano que acababa de tocarle, el otro reaccionó sorprendido y los otros pasaron también al ataque. El policía quiso intervenir, pero quedó tan asombrado de ver al rubio librarse de ellos con una facilidad aplastante, en ningún momento sacó las manos de los bolsillos mientras sostuvo el cigarrillo en sus labios con una elegancia como nunca había visto.
Uno de los atacantes se levantó con toda la intención de golpearle por la espalda y Zoro se apresuró para tratar de detenerlo, y aun así, de nuevo, el rubio fue capaz de bloquear el golpe y darle una patada en el plexo solar que le hizo volar un par de metros. El peliverde tuvo que esquivarlo a él y a otra patada que el rubio le lanzó y tuvo que bloquearlo con el antebrazo, joder, ¡que potencia!
─ ¡Espera, espera! – puso las manos en señal de rendición al ver que este ya se estaba preparando para dar otra – No soy de ellos.
─ ¿Me estás vacilando? – frunció el ceño, o al menos el visible, la ceja era bastante particular ya que hacía remolino en el entrecejo.
─ No, me he acercado para ayudarte.
─ Ya ves que no hace falta. – bajó la pierna sin relajarse todavía, dispuesto a arrear otra coz si pensaba que mentía.
Desde luego había sido impresionante, iba a decir que había sido tan fácil para él que ni se había despeinado, pero no estaba seguro, el flequillo caía con gracia sobre su ojo izquierdo totalmente liso salvo las puntas de su nuca que se ondulaban suavemente. Era tan alto como él a diferencia que sus hombros eran anchos y una sorprendente cintura estrecha con largas piernas que parecían infinitas y fuertes, todo enfundado en un traje de dos piezas azul oscuro, camisa blanca y corbata azul celeste.
─ Si te me quedas mirando en silencio como un bicho raro voy a patearte a ti también. – amenazó el rubio sin darse cuenta de que Zoro se había quedado plantado como un auténtico imbécil – No vas a robarme, montón de músculos sospechoso.
─ ¿Montón de...? – repitió indignado sin terminar el insulto, aunque supuso que ir con la sudadera puesta con la capucha no ayudaba a que fuese confiable – No voy a robarte, de hecho todo lo contrario.
─ Una mierda.
─ Soy policía.
─ ...Jajaja. – rio incrédulo – No me lo creo.
─ Lo soy.
─ Y yo soy el Rey de los piratas, no te jode... – respondió sarcástico.
─ Pues no veo tu sombrero pirata. – dijo con burla mientras sacaba del bolsillo lateral de su mochila del gimnasio que había dejado en el suelo y sacó su placa – ¿Me crees ahora?
El rubio abrió tanto la boca que se le cayó el cigarrillo de los labios, se quedó totalmente en blanco, y antes de que Zoro pudiese decir nada, salió corriendo.
─ ¿Pero que? ...¡EH! – le pilló tan de sorpresa que tardó unos segundos en reaccionar – ¡Oye, espera!
Iba a perseguirlo, pero los gruñidos de dolor de los otros cuatro le hicieron detenerse, y le tocó decidir que era mejor arrestarlos a ellos y esperar respuestas.
****
Zoro salió de su habitación con la sensación de no haber dormido lo suficiente, y era así, estuvo en comisaría durante cuatro horas para interrogar a esos tipos que prácticamente no dijeron nada, ya que el rubio se había dado a la fuga, de hecho, incluso se atrevieron a exigir que lo buscasen para poder denunciarlo por agresión cuando estaba claro que ellos habían iniciado la pelea, al final, pasaron la noche en el calabozo ya que no quisieron pagar la multa y Zoro con la sensación de haber perdido el tiempo y apenas dormir unas horas para su siguiente turno.
─ Eh, bulto gigante. Se supone que anoche debías de traer la cena.
El peliverde gruñó con fastidio, solo llevaba dos malditos minutos despierto y ya le caía bronca. Chasqueó la lengua y trató de ir al baño, pero ella se interpuso en su camino.
─ Deja de chistar la lengua como un viejo, podrías haberme mandado un mensaje al menos diciendo que me buscase la vida.
─ Joder, Kuina. No me dio tiempo, ¿vale? – se cruzó de brazos, intentando poner su mejor cara de fastidio, cosa que le importó poco a ella – En cuanto salí del gimnasio vi una pelea y tuve que interceder.
─ Estabas fuera de turno. – endureció su mirada y a él si le afectó por mucho que tratase de verse indiferente.
─ Eso no importa y lo sabes. Aunque de poco serví.
─ ¿Por qué? – alzó la ceja curiosa, todavía enfadada.
─ Era un cuatro contra uno y él ganó sobrado, dando patadas con una fuerza impresionante.
─ ¡Oh!
Eso sí le interesó, así que le agarró por la muñeca obligándolo a descruzar los brazos y lo llevó hasta el sofá donde prácticamente lo lanzó y ella detrás, arrastrando el mueble unos centímetros de su lugar por la fuerza de la caída. Sus ojos negros se iluminaron ante la idea de un buen combate aunque no fuese suyo ni fuese de kendo.
─ ¡Detalles! – exigió.
─ Vas a llegar tarde al Dojo. – intentó hacerse de rogar.
─ Habla o habrá consecuencias. – amenazó y más le valía a Zoro explicarse porque a pesar de que ella apenas midiese un metro sesenta y pesase cincuenta kilos podía tumbarlo en el suelo con tanta facilidad como el que tira una hoja al suelo.
─ No puedo decir mucho, la pelea no duró ni treinta segundos, los despachó uno tras otro a base de patadas tan certeras y potentes que solo el más corpulento pudo levantarse para tratar de atacarle por la espalda sin éxito, ya que lo mandó volar al menos tres metros. En ningún momento sacó las manos de los bolsillos.
─ ¡Vaya! – silbó impresionada echándose hacia atrás un mechón de cabello oscuro que puso tras la oreja, aunque pronto escapó al ser tan corto, su cabello le quedaba por debajo de las orejas – Debe de tener un gran control de equilibrio para poder hacer algo así.
─ Y flexibilidad. – añadió Zoro contagiado por el entusiasmo de su compañera de piso – El rubio alzó tanto la pierna que la rodilla le llegó a rozar la punta de la nariz.
─ Ju ju ju. – rio burlona alzando las cejas.
─ ...¿Qué?
─ Te gusta.
─ ¿Qué dices? Apenas lo vi dos minutos.
─ Como si eso significase algo.
─ No digas tonterías. – se levantó del sofá para huir de ella – Además, en cuanto le dije que era poli salió corriendo.
─ ¿Por qué? – preguntó extrañada persiguiéndole.
─ Está claro que es porque no es trigo limpio. – puso los ojos en blanco.
─ O será por lo feo que eres. – se tiró a su espalda para placarlo y tirarlo al suelo.
Zoro trató de forcejear con ella sin éxito alguno, era como intentar atrapar a una culebra mojada, imposible. Al final Kuina estaba sobre él haciéndole una llave retorciéndole los brazos a su espalda como quien dobla una hoja en dos.
─ No me importa tu enamoramiento, no es excusa para dejarme sin cena.
─ Te comiste mis barritas, cabrona. – refunfuñó todavía peleando para tratar de escapar.
─ ¡Era lo único que quedaba! Así que he decidido que vamos a apuntarnos a clases de cocina.
─ ¿EEEEH? – intentó mirarle a la cara, ni pudo de lo doblado que estaba – ¡Yo no quiero aprender esa mierda, para eso están los restaurantes.
─ No podemos vivir a base de comida precalentada y restaurantes. No ganamos tanto como para pagar el alquiler, facturas y todos los días pedidos de comida a domicilio. Tenemos que ser realistas.
─ Ser realista es una mierda.
─ Ser adulto es una mierda. – corrigió Kuina – Ya tenemos veintiseis años y no sabemos ni hacer un huevo frito, así que solo queda aprender, no puede ser tan difícil.
─ ¿Qué tiene de malo comer ramen instantáneo y cerveza todos los días?
─ Enfermaremos, inútil. – apretó más la llave y este gruñó – Y por supuesto no creas que porque sea mujer me encargaré de hacerte de comer. Vendrás conmigo y no hay más que hablar.
─ Lo que quieres es no hacer el ridículo tu sola y me arrastras contigo ¡Ay! – se quejó de nuevo y al ver que no bajaba el agarre entendió lo que implicaba – ¡Vale, vale! ¡Iré contigo, abusona!
─ No sé porque te resistes, si al final siempre cedes. – se regodeó la morena dándole un último zape en la cabeza antes de levantarse triunfante.
Los días pasaron y Kuina no volvió a mencionar el tema, cosa que alegró enormemente a Zoro pensando que era algo pasajero y que se le habría olvidado, mientras que él estuvo atento a la salida del gimnasio por si volvía a ver esa melena rubia en mitad de la noche, no hubo suerte, al igual que una mañana dos semanas después en la que Kuina le plantó junto con su café un formulario para rellenar con sus datos para apuntarse a una academia privada donde ya estaba seleccionada la casilla de "clases de cocina". No hubo necesidad de palabras, la mirada autoritaria de la kendoka fue suficiente para que Zoro solo se permitiese gruñir por lo bajo y anotar su nombre, apellido y firma, ya que el resto había sido rellenado por la morena que sonrió satisfactoriamente una vez más.
Kuina se aseguró de recogerlo en casa para que no se perdiese de camino, en coche apenas eran diez minutos, pero si conducía Zoro lo más probable es que acabase convirtiéndose en una hora. Llegaron a la academia, un bonito edificio color aguamarina con preciosos dibujos que decoraban la fachada y el letrero de "Academia All Blue" estaba iluminado con dos focos para que resaltase.
Una pelirroja los saludó nada más entrar, pidió los formularios rellenados y también les ofreció la posibilidad de apuntarse a otras clases como contabilidad y arte. Estos se negaron y la chica que se presentó como Nami (que a parte de hacer de secretaria era también la profesora de contabilidad) les acompañó a la clase de cocina.
Ambos se sorprendieron de ver el equipamiento, había cinco hileras de mesas largas con sus respectivos fogones, horno, zona de trabajo y fregador. Al fondo había varias cámaras que supuso que sería frigoríficos y congeladores, era bastante amplio y acogedor, ya había varias alumnas hablando entre ellas, señoras de mediana edad que esperaban al profesor.
─ Vuestro profesor enseguida estará aquí, – dijo Nami al verlos algo nerviosos – el uso de delantal es obligatorio, en esos percheros tenéis vuestros respectivos delantales, si queréis ponerles el nombre adelante.
─ Gracias. – respondió Kuina.
─ Como es vuestra primera clase el señor Kuroashi os hará unas cuantas preguntas para ver cual es vuestro nivel y qué buscáis aprender. Ah, por ahí viene. – comentó la pelirroja que se había quedado en el marco de la puerta esperando con ellos.
─ Ah, perdón. Tenía que atender la llamada. – se disculpó el recién llegado.
─ ¿EH?
Ante esa reacción exagerada, el rubio alzó la mirada y se encontró con la sorprendida del peliverde, al principio no lo reconoció y fue su turno de dar un respingo de pura sorpresa.
─ ¡Mierda! ¿Qué haces tú aquí? – preguntó nervioso el profesor.
─ ¿Lo conoces, Zoro? – quiso saber Kuina.
─ Es el de las patadas.
─ ¿Patadas? – fue el turno de preguntar de Nami a su compañero, frunciendo el ceño – ¿Qué has hecho esta vez?
─ Nada, lo juro. – se azoró, sus mejillas brillaron en un bonito tono rosado.
─ ¿"Nada" es darle una paliza a cuatro tipos en mitad de la calle? – se cruzó de brazos el policía alzando la ceja casi hasta el nacimiento de su cabello.
─ ¡Sanji!
─ ¡N-No es lo que crees, mi dulce Nami! Bueno, sí le pegué a esos idiotas pero... joder... ¿has venido a detenerme? ¡Intentaron robarme, solo me defendí!
─ Los dejaste inconscientes.
─ ¡Maldita sea, Sanji! Has vuelto a ir, ¿cierto? – gruñó la pelirroja con aire amenazador.
─ Ugh...
─ Creo que sería buena idea que te explicases. – añadió Kuina, divertida.
─ Vale, vale... – suspiró derrotado el rubio, rascándose la nuca al ver que no podía librarse – Sí, fui al albergue social a llevar comida y al salir esos tíos intentaron robarme, les dije que no llevaba nada de valor y aun así insistieron. Tuve que darles una lección.
─ ¿Te robaron los mismos hombres a los que les llevaste comida? – preguntó sorprendida Kuina.
─ No es la primera vez. – se encogió de hombros restándole importancia.
─ Exactamente igual que la otra vez, grandísimo idiota. – regañó Nami – Y la otra vez fue en el mismísimo albergue donde tuviste que ser el idiota que eres y patear a otros dos idiotas para dejarlos en su sitio.
─ ¡No podía quedarme de brazos cruzados! – trató de defenderse Sanji.
─ El guardia tuvo que separaros y fue cuando tuvo que ir la policía dejándote claro que no podías llevar comida por tu cuenta.
─ ¡Es una ley estúpida! – se quejó – ¿Por qué iba a tirar comida si puedo ofrecérsela a gente que pasa hambre?
─ Ya lo sé, Sanji... pero así es la ley y por mucho que la odies no puedes hacer nada. Ya te dieron el aviso que si volvías a ir te multarían.
─ Bah... – hizo un puchero, todavía molesto – ¿Entonces qué? ¿Has venido a eso? Desde luego los policías sí que están necesitados de dinero de los ciudadanos como para molestarse en venir a buscarme.
─ ¿Q-Qué? No he venido a eso. – frunció el ceño Zoro, ofendido por la acusación.
─ ¿Entonces a qué?
─ Vienen a recibir clases de cocina, Sanji. – suspiró agotada Nami – Deberías intentar controlar tu lengua antes de acusar a nadie.
Se hizo un silencio en el que la cara del rubio se iba poniendo más y más rojas en cuestión de segundos, dándose cuenta del gran error que había cometido y balbuceó algo que Zoro supuso que era una disculpa, o no, a saber.
─ Siento mucho el comportamiento de mi compañero. – tradujo Nami, o más bien se disculpó en su lugar – De verdad que no quiere causar problemas, pero no soporta la idea de desperdiciar comida. ¿Podrías hacer la vista gorda en esta ocasión?
A Zoro le dieron ganas de decirle que por mucho que tratase de mirarle como un cachorrito era inútil contra ese tipo de encantos en una mujer, pero al ver agobiado (y todavía molesto) al rubio le dieron ganas de molestarlo un poco más, pero el codazo en sus costillas, por cortesía de Kuina, fue el aviso suficiente que ya era hora de parar.
─ Supongo que puedo fingir que mi profesor de cocina no es el mismo tipo que vi esa noche pegando a esos tipos. – respondió finalmente.
─ Muchas gracias, señor Roronoa. – respondió aliviada la pelirroja – Bien, ya resuelto el tema mejor entrad en clase, ya veréis como aprendéis mucho de Sanji. Divertíos.
Kuina y Zoro se adelantaron a ir a su espacio mientras escuchaban como Nami le tiraba de las orejas y le obligaba literalmente a ser amable con Zoro porque había estado a punto de ofrecer un descuento y eso no podía ser, aun así, el rubio le dijo que aun regañándole era hermosa, ella le pisó el pie y se largó echa una furia.
Sanji entró y saludó a sus alumnas con halagos tan exagerados que incomodaron a Kuina y a Zoro mientras que ellas reían tontamente acostumbradas a ese tipo de comportamiento. El profesor dio la bienvenida a los nuevos y dio un par de ejercicios a las mujeres para que estuvieran entretenidas antes de acercarse a ellos.
─ Bueno, siento todo lo de antes, espero que no sea un problema para las clases.
─ Para mi ha sido bastante divertido. – se acomodó Kuina apoyando sus codos sobre la encimera – ¿Cómo es que pegas unas patadas tan fuertes?
─ Oh, ah... – no se esperó la pregunta – Mi padre me enseñó algo de defensa personal, eso es todo.
─ ¿No eres profesional?
─ Jajaja, no, para nada. – le restó importancia – Ahora hablemos de vosotros, decidme que es lo que ha hecho que queráis aprender a cocinar.
─ No morir. – respondieron ambos a la vez.
─ ... – Sanji comenzó a sonreír, pensando que se trataba de una broma, pero al ver que hablaban seriamente, lo dejó estar – Vale... ¿qué soléis comer? ¿Tenéis alguna noción básica?
─ Comidas precocinadas, botón de microondas, clinc y a comer. – respondió Kuina mientras Zoro asentía.
─ Ugh, solo de pensar en la cantidad de aditivos que lleva todo ese tipo de comida me dan ganas de llorar.
─ Dramático... – susurró Zoro, ambos lo escucharon y otro codazo le vino por el costado – ¡Ay!
─ Hmm... – Sanji sonrió agradecido a Kuina por el golpe – ¿Entonces no cocináis absolutamente nada?
─ Hervimos agua para verterlo en el ramen.
─ Déjame adivinar... vives a base de barritas de proteínas. – miró acusadoramente al peliverde.
─ Ella también – señaló a la morena que asintió tan tranquila.
─ Vale, tenemos mucho que trabajar. ¿Cuál es vuestra comida favorita?
─ Arroz y cerveza. – respondieron a la vez.
─ ... – trató de no chillar apretando los labios, pero le salió un tic en el ojo visible, ahora que se daba cuenta Zoro, era de un bonito tono azul desde celeste hasta oscuro – ¿Qué tipo de arroz?
─ Blanco.
─ ...De acuerdo, ¿de cuánto tiempo disponemos para enseñaros?
─ Yo de vez en cuando me voy durante una semana o dos para entrenamientos intensivos en otras islas, quitando eso no tengo prisa. – respondió Kuina.
─ Yo dependo de mis turnos.
─ Por eso no hay problema, puedes venir tanto por la mañana como por la tarde para que esto no se alargue demasiado. Sinceramente, me preocupáis, aunque me sorprende por partes iguales ver que tenéis los músculos muy desarrollados.
─ Carne y arroz. – esa era básicamente su dieta.
─ Por favor, no lo digas más. – suplicó el profesor – También soy nutricionista profesional, necesitáis una dieta proteica y a base de barritas no se puede vivir. Podemos hacer el curso intenso, al menos al principio si tenéis disponibilidad. ¿3 o 4 veces por semana?
─ No hay problema. – dijo Kuina mientras Zoro hacía muecas de poco interés.
Sanji les explicó el temario, habría teoría y por supuesto práctica para que poco a poco fuesen mejorando, como iban a ir a destiempo con el resto de mujeres que básicamente ya sabían cocinar, solo querían consejos y recetas extras les recomendó otro turno en el que básicamente estarían ellos tres y así les podría dedicar toda su atención, a ellos les daba igual una hora u otra, así que aceptaron. Al menos ese día salieron con la lección aprendida de que si le echaban especias al agua hervida y le añadían algunos ingredientes al ramen estaría más sabroso. Eso sí, se fueron con dos tupper desechables con los platos que preparó Sanji como muestra para las otras mujeres sin opción a rechazarlo, aquello alimentaba solo con olerlo.
Salieron de allí y una vez en el coche, en cuanto arrancó, a Kuina le faltó tiempo para acosarlo a preguntas.
─ ¿Qué te ha parecido?
─ Nos vamos con cena, así que no me quejo.
─ Debemos de dar mucha lástima como para que nos vayan dando comida como si fuéramos vagabundos. – meditó la morena – O puede que haya sido un modo de agradecerte que no le multases.
─ ¿Pero qué dices? Si un poco más y me pega otra patada delante de ti.
─ Eso ha sido antes de saber que no ibas a arrestarle... tu pensando que era mala gente y que por eso huyó y resulta que da comida a los necesitados aun sabiendo que se arriesga a que le multen.
─ Yo también creo que es mejor dar la comida a quien la necesite antes que tirarla, pero yo no soy quien hace las leyes.
─ Jejeje, pero cuando se trata de un chico guapo sí que apartas la vista. – se burló Kuina.
─ No lo he hecho por eso.
─ Es totalmente tu tipo: guapo y con buen culo.
─ No voy a entrar al trapo. – masculló irritado mirando hacia la ventana por tal de no ver su sonrisa burlona.
─ Tu lo que prefieres es entrar en él.
─ No voy a hacer nada porque paso de tirármelo y luego que sea incómodo a la hora de dar clases.
─ Podría ser algo más que un polvo.
─ Uy, si. Espera que vuelvo y le pido matrimonio. – puso los ojos en blanco – Además, mejor métete en tus asuntos y búscate tú tus propios ligues.
─ Paso, es más divertido esto. – respondió Kuina sin perder la sonrisa.
Zoro decidió dejar de hablar y observar por la ventana en silencio. Claro que se había dado cuenta de que era guapo, joder, seguramente era el chico más guapo que había visto en la vida, normalmente prefería que tuvieran más músculos, pero sin duda ese cuerpo trajeado ocultaba una buena condición física, sino no habría sido capaz de arrear semejantes patadas. Era curioso que alguien tan fuerte fuese simplemente un cocinero y que encima le hubiese enseñado su padre... y vaya genio tenía aunque luego fue bastante amable con ellos, sobre todo con Kuina, de todas formas estaba claro que era hetero y mujeriego por la cantidad de piropos empalagosos que soltaba a su compañera y al resto de alumnas. No iba a perder el tiempo donde sabía que no habría posibilidades.
En llegar a casa, recalentaron las berenjenas rellenas de carne, encendieron la tele y en cuanto cada uno le dio un bocado sus ojos se abrieron como platos ante la explosión de sabor, salivando como nunca ante tal delicia, se miraron entre ellos con tal asombro que lo único de lo que eran capaces de hacer era de gemir de puro gusto.
─ ¿Pero qué cojones? ¡Esto está de muerte! – exclamó Zoro.
─ ¡Ya te digo! En mi vida había comido algo tan bueno. – se relamió los labios antes de tomar otro mordisco y volver a gemir – Joder, ¿cómo es que no es chef profesional en algún restaurante de lujo?
─ Espero que no piense que vamos a terminar cocinando como él porque ya te digo que ni de coña...
─ Mmm joder, que rico. – continuó Kuina – Haznos un favor: líate con él y ya no hará falta que aprendamos a cocinar, tendremos nuestro propio chef en casa.
─ Eres una interesada... – aunque era para pensárselo, estaba delicioso.
─ Puede, pero comeríamos como Dioses todos los días.
Dos días pasaron después de esa deliciosa cena, lo malo que tiene de comer algo de tal nivel es que no se podía evitar comparar las siguientes comidas que no eran nada y ni hablamos de los platos precocinados de los supermercados.
En cuanto llegaron a la academia Sanji les recibió con una gran sonrisa, de nuevo con delantal y en un traje de tres piezas cuando supuestamente debería ir vestido de cocinero, aunque debía de admitir que le quedaban de fábula. Como solo estaban ellos dos solos en clase, el rubio se sentó frente a ellos para que fuese más cercano y les dio a cada uno un libro encuadernado con la teoría que iban a recibir en clase y unas hojas extra.
─ Espero que no os importe, os he preparado una dieta a cada uno para que sepáis lo que tenéis que comer correctamente si queréis una dieta más equilibrada y proteica en vuestro caso. Necesitáis mucha carne e hidratos de carbono para quemar energía si entrenáis bastante. En esta hoja tenéis los platos y cantidades a ingerir – pasó otra hoja donde estaba detallado perfectamente cada ingrediente necesario y pasó a otra – y en esta están los pasos a seguir para elaborarlas. Son recetas fáciles, os lo prometo.
─ Vaya... esto es... demasiado. – observó asombrada la morena mirándolo todo – No tenías porque hacerlo.
─ Ha sido un placer. – sonrió con sinceridad y Zoro se quedó maravillado ante ese rostro dulce – De verdad que me preocupa como os estáis alimentando ahora mismo y por eso incluso voy a cambiar el orden de algunas lecciones para que podáis aprender al menos un par de recetas hoy y podáis ir preparándolas en casa. Os he preparado varias raciones de las que no dé tiempo hoy a enseñaros para que podáis comer hasta la próxima clase.
─ No deberías adaptarte a nosotros y menos hacer horas extras por ser unos inútiles en la cocina. – discutió Zoro.
─ Prefiero que os defendáis un poco mientras estáis aprendiendo ya que vuestra situación es más delicada que el resto de alumnas que tengo. – respondió Sanji como si fuese habitual en él complacer – Normalmente ya saben lo básico y buscan aprender trucos, recetas nuevas para que no se hagan monótonas las comidas. Además, quiero que disfrutéis cocinando, porque así le cogeréis tanto el gusto que ya no necesitareis tirar tanto de comida para llevar o platos precocinados.
─ Ah, sí. Acabo de acordarme, tu comida es asombrosa. – dijo Kuina sin pizca de vergüenza – Había comido berenjena alguna vez, pero nunca así de deliciosa. ¿Por qué no eres chef y te dedicas a la enseñanza?
─ Jejeje, no es la primera vez que me lo dicen. – sonrió orgulloso – En realidad antes trabajaba en el restaurante de mi viejo, el Baratie. Él me enseñó a cocinar y luego estudié Gastronomía, amo cocinar para otros, pero quiero compartir también la pasión que siento en preparar esos platos y que otros lo aprendan.
─ Sin duda iremos un día a comer allí. – aseguró la morena – Tu padre tiene que ser increíble, no solo te enseñó un oficio, también a patear traseros.
─ Su restaurante no está en Sabaody, me mudé aquí hace tres años. Y sí, sí que lo es. – su sonrisa y sus ojos eran totalmente sinceros y demostraban cuanto adoraba a ese hombre – Pero yo soy mejor, jajaja.
─ "El alumno superó al maestro", ¿eh? – rio ella.
─ Eso es. – afirmó con seguridad – Venga, dejemos de hablar de mí y empecemos las clases. Hay mucho que tenéis que aprender.
Se levantó de su silla para ir a la pizarra y comenzar con algo de teoría a la que Zoro no prestó nada de atención, estaba demasiado absorto en el rubio, porque cada vez que hablaba sobre si mismo más interesante se convertía. Era mucho más que una cara bonita y cuerpo fuerte, era amable hasta unos límites que no había conocido nunca, es cierto que podía haberles preparado la dieta por ser sus alumnos y "ganárselos" pero parecía totalmente genuino a que cualquiera que pasase por delante de su puerta le haría el mismo favor. Solo tenía que recordarse que llevaba comida a necesitados aun a riesgo de que le pillasen. Sin duda, amaba cocinar.
En cierto momento, Nami interrumpió la clase para pedirle a Sanji que saliese un momento para preguntarle algo y Kuina aprovechó para arrearle en las costillas.
─ ¡Ouch! ¿Qué haces? ¿Por qué me pegas ahora?
─ ¿Quieres hacer el favor de dejar de comértelo con los ojos y tomar nota?
─ N-No me lo estoy comiendo con los ojos. – seguramente sus mejillas que se ponían rojas no le diesen demasiado la razón – Si no le miro no le escucho.
─ ¿Cómo se descongela la carne?
─ ¿Eh?
─ Pues eso, que no lo estás escuchando. Invítalo a salir.
─ Te he dicho que no voy a hacerlo.
─ Eres tan idiota... como no muevas ficha lo haré yo.
Iba a responderle, pero Sanji volvió al aula pidiendo disculpas por la interrupción y continuó dando la clase, y esta vez Zoro sí que no prestaba atención ninguna. ¿A qué se refería Kuina? ¿Qué iba a ayudarle a ligárselo o que lo quería para ella?
Kuina nunca se había mostrado interesada en empezar alguna relación con alguien por estar tan concentrada en el kendo, no es que fuese antipática, es simplemente que no tenía la necesidad de tener relaciones con nadie, ni siquiera una simple amistad fuera del tatami, con Zoro había sido siempre suficiente, así que fue toda una sorpresa pensar que existía la posibilidad de que quisiese conocerlo a un nivel más allá de un simple profesor.
Tras la teoría la cual no memorizó ni una sola cosa, Sanji les mostró la manera de lavar correctamente las patatas, luego peló una de ellas con tanta soltura que a ambos les impresionó su habilidad con el cuchillo y pidió que ellos pelasen las suyas.
Zoro se dispuso a ello, no era tan bueno como Sanji, pero en ningún momento peligró alguno de sus dedos como fue el caso de Kuina.
─ Ten cuidado, querida. – pidió el rubio – No hay prisa, lo importante es tener una buena técnica y que no peligren tus manos, son lo más importante para un chef.
─ Prefiero una buena katana a algo tan pequeño. – se quejó, concentrada todavía en su patata.
─ Tú eres realmente bueno con los cuchillos. – comentó en dirección a Zoro que ya había pelado las suyas.
─ Estoy acostumbrado a tratar con toda clase de armas por mi trabajo.
─ Cierto, hay bastante delincuencia en esta isla, sobre todo en la parte del puerto por la noche.
─ ¿Qué haces a esas horas en esa zona? – frunció el ceño, arrepintiéndose de mostrarse tan sobreprotector.
─ ¿Preocupado por mi? – tarareó la pregunta con diversión – Ya has visto que no tienes que hacerlo, sé defenderme de sobra. Es solo que me gusta ir cuando llegan los pescadores, el pescado está más fresco recién llegado a puerto.
─ ¿Qué necesidad hay de ir tan temprano?
─ Jejeje, hay costumbres que nunca se pierden. Me encargaba de los suministros del Baratie e iba yo mismo a elegir las piezas, ahora hago lo mismo para traerlas para mis clases.
─ Hmm. – Zoro no quiso discutirlo, pero vamos, que el pescado podría aguantar unas horas más en el puerto y él no exponerse a que le atracasen.
─ Ya está. – anunció la morena. La patata se había quedado reducida a tres cuartos de toda la piel que le había quitado.
─ Iremos perfeccionando tu técnica para desperdiciar lo mínimo. – dijo como si nada, aunque a Zoro le pareció ver que un leve tic en el ojo había aparecido por un segundo – Ahora os enseñaré a cortar.
El rubio se posicionó mostrando como el cuchillo se aplicaba la fuerza desde la muñeca con suaves movimientos hacia arriba, la patata parecía mantequilla cuando el profesor la partía. Cuando les tocó hacerlo a ellos eran bruscos con sonoros golpes de cuchillo al casi clavarse en la tabla de madera.
─ N-No estáis asesinando las patatas, sed más suaves. – pidió Sanji al ver peligrar la cocina.
La clase continuó y al final prepararon el sencillo plato de carne con patatas, no es que fuese algo de compleja preparación, pero para ellos que no fuese como una suela de zapatos fue toda una hazaña. También les aconsejó que se comprasen una arrocera para que así fuese prácticamente imposible que lo estropeasen. Y así, ambos fueron preparando sus platos alternándolos con las comidas que el profesor les había preparado, sin duda eran mucho mejores que las de ellos y luego lo que preparaban en clase se lo cenaban en casa.
La rutina se mantuvo así durante un par de semanas, Sanji seguía siendo un gran profesor y su pasión por la enseñanza y la cocina daba sus frutos con ellos, usando toda su paciencia, pues eran un auténtico desastre y poco a poco iban mejorando. Tenían alguna charla agradable más allá de frutas y carnes, pero el rubio siempre procuraba centrar su tiempo en enseñarles trucos más que de hablar de si mismo. Y eso molestaba a Zoro, pues estaba deseando salir del trabajo para ir a la academia, y no precisamente por cocinar, ese rubio le encantaba cada vez más.
El problema era que él nunca había sido el primero en dar el paso en conocer a nadie, desde el primero hasta el último solo habían buscado algo sexual en Zoro y Zoro comprendió pronto de que tampoco es que necesitase mucho más mientras tuviese a Kuina.
Aun faltaba mucho para que terminasen las clases y a pesar de que fue él mismo el que dijo de no hacer ningún movimiento, el ansia por verlo fuera de clases era demasiado grande y tras darle muchas vueltas decidió dar él por primera vez en su vida el primer paso. Estuvo toda la clase tenso y nervioso, las agujas del reloj de la clase parecían burlarse de él y moverse más despacio o demasiado deprisa por que llegase el momento de terminar.
─ Eso es todo por hoy, gracias. Habéis hecho un buen trabajo. – felicitó Sanji quitándose ese absurdo delantal del gran repertorio de estampados estrafalarios que tenía, en esta ocasión eran aguacates con caritas felices. – Nos vemos el viernes.
─ Gracias a ti. – dijo Kuina antes de que el profesor saliese de clase, al ver que Zoro no se movía del sitio alzó la ceja – ¿Qué pasa?
─ Adelántate.
─ ¿Por qué? ¿Es que estás palote? – se mofó.
─ Eres horrible, ¿lo sabías? – gruñó Zoro – Quiero hablar a solas con el rubio.
─ ¿Le vas a pedir una cita? ¡Eso es nuevo!
─ Uff, no ayudas.
─ Vale, vale. – le dio una buena palmada en la espalda que casi lo tira al suelo – Me adelanto a coger el coche, mándame un mensaje si luego te vas con él y me voy yo sola a casa, sino te espero aquí enfrente.
─ Sí, sí, vete ya.
─ Aww, bebé Zoro se hace mayor. – se burló mientras se iba, más que satisfecha de poder reírse un poco más de él.
Zoro resopló y por fin se quedó solo. Se quitó su delantal blanco y sucio en el cesto de la ropa sucia para que lo pusieran a lavar y tomó aire, la verdad es que se podría haber pensado en algo que decir, pero se sentía tan tonto que al final prefería contar las hojas de la planta mustia que tenía en el salón.
─ ¿Zoro? – le sacó de sus pensamientos la voz del chico con el que quería hablar y huir a la vez – ¿Qué haces todavía aquí? ¿Necesitas algo?
─ Oh, ah... quería hablar contigo.
─ ¿Mmm? – ladeó la cabeza hacia un lado, dejando entrever el ojo que ocultaba con su flequillo de manera adorable – ¿Hay algo que no hayas entendido de la clase?
─ No, no es sobre eso. – de repente notaba como se le acumulaba el sudor en las palmas de las manos y en el cuello por los nervios.
─ ¿Entonces?
─ Yo... verás... – tragó saliva con esfuerzo – me gustaría verte fuera de la academia, ya sabes... conocernos un poco más y bueno, vernos a solas... ya me entiendes.
Titubeó sintiéndose como un estúpido adolescente hablando con su crush. Estaba mirando en todas direcciones menos hacia Sanji que se mantuvo en silencio el tiempo suficiente como para preocuparse y finalmente mirarlo, justo a tiempo de que este le soltase una buena patada en el estómago que casi lo dobló por la mitad.
─ ¡Maldito cabronazo hijo de puta! – bramó enfurecido – ¿Cómo te atreves? ¡No quiero volver a verte por aquí en la vida! ¡Lárgate ahora mismo o le diré a Kuina la clase de persona que eres! ¡Bastardo infiel!
Salió hecho una furia de la clase mientras que Zoro todavía trataba de no echar la pota y de no caer al suelo de rodillas por la coz que le había soltado.
¿Qué diablos acababa de pasar?
