Chapter Text
Mansión Fritzenwalden, 2014
Los pasillos de la casa resonaban con risas y pasos rápidos mientras los trillizos corrían de un lado a otro. Fede, con una bufanda amarrada en la cabeza a modo de antifaz, gritaba con entusiasmo:
—¡Alto ahí, ladrón! ¡Te voy a atrapar!
Andrés, riendo a carcajadas, esquivaba los intentos de su hermano por atraparlo, sosteniendo en sus manos un viejo zapato que había decidido que era "el botín". Sasha, detrás de ellos, corría lo más rápido que sus piernitas le permitían, con los brazos extendidos como si fuera a volar.
Margarita los seguía, saltando entre los muebles y esquivando los cojines que usaban como obstáculos.
De pronto, algo la hizo detenerse en seco. Fue como si una sombra hubiera cruzado por el rabillo de su ojo.
Giró la cabeza hacia la ventana del salón y se quedó paralizada. Allí, en medio de la oscuridad del jardín, le pareció distinguir a una mujer.
Estaba vestida de negro, casi fundiéndose con las sombras, pero algo en su silueta la hacía destacar. Tenía un porte erguido y quieto, como si la estuviera observando directamente.
Margarita sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
—¿Qué pasa, Marchu? —preguntó Andrés, notando que su hermana había dejado de moverse.
Ella señaló con un dedo tembloroso hacia la ventana.
—Allí... hay alguien afuera.
Los hermanos se detuvieron de inmediato. Fede frunció el ceño, tratando de ver lo que ella señalaba, mientras Andrés se subía al sofá para tener una mejor vista. Sasha, al no entender lo que ocurría, miró a todos confundido y se aferró a la pierna de Margarita.
—No veo nada —dijo Fede después de unos segundos, pero su voz ya no tenía el tono despreocupado de antes.
—¡Se los juro! —insistió Margarita, con la voz temblando—. Es una mujer... está toda de negro. Está mirándonos.
Andrés dejó escapar una risa nerviosa, como si quisiera quitarle importancia, pero sus ojos no se despegaban de la ventana.
—Es una bruja —dijo finalmente, aunque más con miedo que en broma.
—¡No digas eso! —exclamó Margarita, abrazando a Sasha con fuerza.
El pequeño comenzó a sollozar, inquieto por la tensión de los mayores. Margarita sintió su propio corazón latiendo a toda prisa y deseó que su mamá estuviera allí.
Fede, tratando de mostrarse valiente, dio un paso hacia la puerta.
—Voy a buscar a Evaristo.
Margarita agarró su brazo con fuerza.
—No salgas. ¿Y si la bruja te lleva?
—No es una bruja, Margarita. No seas tonta —dijo Fede, aunque su voz no sonaba tan firme como él quería.
No tardaron en escuchar los pasos rápidos de Evaristo, que apareció al instante tras ser llamado por Fede. El mayordomo los miró con el ceño fruncido, preocupado.
—¿Qué ocurre, niños? ¿Por qué ese alboroto?
—Hay alguien afuera —dijo Margarita, apuntando nuevamente hacia la ventana.
Evaristo alzó una ceja, pero no dudó en dirigirse al jardín para comprobarlo.
Margarita y sus hermanos se apretujaron detrás del sofá, observándolo desde la ventana mientras salía con una linterna en la mano. El haz de luz se movió de un lado a otro, iluminando los arbustos y las sombras del árbol gigante.
Cuando Evaristo regresó, negó con la cabeza.
—No hay nadie, señorita Margarita. Solo el viento jugando con las sombras.
—Yo la vi... —susurró Margarita, pero Evaristo puso una mano firme sobre su hombro.
—No hay nada que temer. Ahora todos a la cama. Es tarde.
Margarita quería seguir discutiendo. Algo en su interior seguía inquietándola, pero las miradas nerviosas de sus hermanos y la firmeza en la voz de Evaristo no dejaban lugar a protesta.
Greta apareció entonces, alarmada por el ruido, y los condujo a cada uno a sus habitaciones. Aunque les leyó cuentos para calmarlos, Margarita no podía quitarse de la cabeza la imagen de esa figura oscura.
Cuando la casa quedó en silencio, esperó, despierta, a que Greta se fuera a dormir. El miedo se desvaneció poco a poco, reemplazado por la necesidad de calmarse con algo familiar.
Fue entonces cuando decidió levantarse e ir al altillo, buscando consuelo en ese espacio que siempre la hacía sentir protegida.
Había sido el cuarto de su mamá cuando era joven, o al menos eso le habían contado.
Aquí había soñado, reído y llorado mucho antes de que ella naciera. Luego, fue el cuarto de los trillizos cuando eran bebés, y hace unos meses, lo habían transformado en un cuarto de juegos, un rincón mágico solo para los niños.
Lo primero que llamaba la atención era el árbol, enorme y majestuoso, que parecía abrazar la casa desde afuera. Una de sus ramas entraba por la ventana como un visitante curioso.
Su madre siempre le decía que ese árbol era mágico, que en él vivían las hadas y que si uno se quedaba quieto el tiempo suficiente, podría verlas danzar entre las ramas. Margarita lo creía de verdad; no era raro que alguna noche hubiera jurado ver pequeñas luces de colores parpadeando entre el follaje. Y si se quedaba muy, muy callada, a veces hasta podía escuchar que le hablaban.
De sus ramas colgaban muñequitos de tela en forma de hadas que su madre había hecho con sus propias manos. Cada uno era único, con alas bordadas y pequeños vestidos llenos de detalles. Margarita solía pensar que esas haditas estaban ahí para proteger el altillo, que eran como guardianas del lugar.
A un lado, su papá había ayudado a construir una carpa de telas de colores, que para ella era como un verdadero castillo de cuento de hadas. Las lucecitas que colgaban de ella parpadeaban con suavidad, como si respondieran a la magia del árbol. Dentro de la carpa, había cojines suaves y acolchados que invitaban a acurrucarse y soñar.
Pero esa noche, el altillo, aunque hermoso, no terminaba de calmar el miedo que sentía.
Margarita no podía dejar de pensar en lo que había visto afuera, en la mujer de negro que parecía observarla. Por un momento, dudó en quedarse allí, pero el recuerdo de las palabras de su papá antes de salir la reconfortó un poco.
—Hoy voy a salir con mi reina, princesita. Pero mañana será nuestro día, ¿de acuerdo? —le había dicho, con esa sonrisa cálida que siempre hacía que ella se sintiera segura.
"Mi papá me protegería si estuviera aquí", pensó, mientras una lágrima rebelde rodaba por su mejilla.
Se acercó al baúl de los disfraces y lo abrió con cuidado. Su vestido de princesa estaba allí, esperando como si supiera que esa noche sería necesario.
Margarita se lo puso, dejando su pijama tirado en el suelo. Cuando se miró en el espejo viejo del altillo, algo en su reflejo le devolvió un poco de valentía. Con el vestido, se sentía como una verdadera princesa. Y, como en todos los cuentos, sabía que un príncipe valiente vendría a salvarla.
—Vendrá... ¿verdad? —susurró al aire, mientras sus dedos jugaban con los encajes del vestido.
La imagen del príncipe la hizo sonreír.
Comenzó a girar lentamente, con los pies descalzos sobre el suelo alfombrado. Cada vuelta la hacía sentir más ligera, como si los miedos se quedaran atrás.
Y entonces, casi sin darse cuenta, comenzó a cantar en voz baja, una melodía que su madre solía cantarle cuando era pequeña:
Baila, baila, princesita, la de los pies descalzos...
Despeina ya tu alma, que llega tu amado...
El sonido suave de su propia voz la reconfortó.
Cerró los ojos y dejó que la canción la envolviera, imaginándose que, en ese mismo momento, su príncipe venía a su rescate. Él aparecería en la puerta del altillo, vestido con una capa brillante, montado en un caballo blanco. Le tendería la mano y la llevaría a un lugar donde no existieran las sombras ni las figuras oscuras que acechaban en la noche.
—No tengas miedo, princesa Margarita —dijo en voz alta, imitando una voz profunda que podría ser la de su papá o la de su príncipe imaginario.
Siguió cantando y bailando, con los brazos extendidos.
Cuando el cansancio comenzó a pesarle en los párpados, se acercó a la carpa y se dejó caer entre los cojines suaves. El vestido cubría sus piernas, y la luz de las pequeñas bombillas parecía arrullarla.
—Baila, baila, princesita. En tu bosque encantado... —susurró una última vez, acurrucándose con las manos debajo de la mejilla.— Y cántale al deseo de un amor... un amor soñado.
La noche parecía haberse calmado, y Margarita se permitió creer, aunque fuera solo por un instante, que las hadas del árbol cuidaban de ella.
Entre sueños, vio luces de colores danzando y escuchó campanas suaves, como si su madre estuviera ahí, cantándole una vez más…
No supo cuál fue el momento exacto en que todo cambió, y su sueño pasó de un cuento de hadas a transformarse en un infierno.
Soñó con calor, con una bruja de ojos oscuros y ropas negras que se asomaba por la ventana, como aquella que había visto antes. El calor del sueño la envolvía y la asfixiaba, hasta que, de pronto, una voz masculina rompió el silencio. Era profunda, tranquila y urgente, y le decía con firmeza:
—Despierta, Margarita. Debes despertar.
La niña abrió los ojos de golpe, jadeando, y sintió una opresión en el pecho que la paralizó.
No podía respirar bien, el aire estaba cargado y denso, como si estuviera tratando de inhalar el fuego mismo. Parpadeó rápidamente y lo vio: las llamas rugían a su alrededor, iluminando el cuarto con un naranja feroz.
La carpa de colores, su castillo mágico, ardía en una esquina, y las luces titilantes que antes la habían hecho sentir como una princesa ahora eran un recordatorio cruel de su vulnerabilidad.
Margarita salió apresurada de su castillo antes de que las telas comenzaran a arder también. Quería gritar, pero cada bocanada de aire era como fuego dentro de ella, quemando su garganta y sus pulmones. Tosió, y sus pequeños sollozos se perdieron entre el rugido de las llamas.
—¡Ayuda! —trató de gritar, pero su voz salió quebrada y casi inaudible.
Sus lágrimas caían mientras sus pensamientos la inundaban. Pensó en su mamá y las canciones de cuna que solía cantarle. Pensó en su papá y cómo su sonrisa siempre hacía que todo se sintiera seguro. Pensó en sus hermanos: Andrés, Fede, y el pequeño Sasha. ¿Habrían logrado salir? ¿Estarían a salvo?
—¡Por favor, no me dejen! —lloró con más fuerza.
No quería morir.
Quería seguir jugando a ser princesa con sus hermanos, quería crecer y vivir todas esas historias mágicas que su madre le contaba antes de dormir.
Quería que un príncipe viniera a salvarla.
Pero estaba atrapada, las llamas bloqueaban las salidas y el humo llenaba cada rincón. Desesperada, miró hacia el árbol de su mamá, aquel que siempre había creído mágico, donde vivían las hadas.
—Haditas, por favor... —susurró con las pocas fuerzas que le quedaban.
En ese instante, justo cuando parecía que todo estaba perdido, la puerta del altillo se abrió de golpe. Greta apareció al otro lado, jadeando, con los ojos llenos de pánico y lágrimas, como si hubiera corrido contra el tiempo mismo.
—¡Pichonona! —gritó al verla, llena de angustia.
Pero antes de que Greta pudiera alcanzarla, una chispa voló hacia Margarita y encendió su vestido de princesa.
El vestido ardió rápidamente, como si fuera de papel. Margarita soltó un grito desgarrador cuando el dolor la atravesó como mil agujas.
—¡Me quema! ¡Me quema! —gritaba mientras intentaba apartar el fuego con sus manos pequeñas.
Greta corrió hacia ella sin dudarlo. Se lanzó hacia Margarita y arrancó el vestido ardiente, sin importarle que sus propias manos también se quemaran en el proceso. Margarita lloraba, retorciéndose, incapaz de comprender cómo algo tan terrible podía estar pasándole.
—Tranquila, mi Pichonona. Tranquila, por favor —dijo Greta, con lágrimas corriendo por su rostro mientras lograba apartar lo peor del fuego.
Margarita intentó calmarse, pero el dolor en su espalda era insoportable.
En medio de su agonía, desvió la mirada hacia la ventana. Las ramas del árbol de su mamá crujían, cubiertas de humo, pero en medio de ellas, vio algo.
Pequeñas lucecitas de colores danzaban entre las hojas, moviéndose desesperadas, como si intentaran guiarla.
—El árbol... —murmuró débilmente.
Greta siguió la mirada de la niña y pareció entender. Se acercó rápidamente a la ventana y la abrió, permitiendo que un poco de aire fresco entrara en la habitación. Margarita tosió y respiró con dificultad, pero el alivio fue momentáneo, antes de volver a sentir que sus pulmones se cerraban.
Greta miró hacia abajo, al patio, y comenzó a gritar con toda la fuerza de su voz:
—¡Evarita! ¡Evarita, rápida! ¡Ayuda! —Gritó la mujer con su marcado acento alemán.
Evaristo, que acababa de dejar a los tres niños aterrados en el patio, levantó la mirada y vio la escena en el altillo. El pánico se reflejó en su rostro al ver a Margarita y a Greta atrapadas entre el fuego. Sin pensarlo dos veces, corrió hacia el árbol de Florencia, que ahora parecía un puente entre la vida y la muerte.
Con movimientos ágiles y desesperados, llegó a la ventana y extendió sus brazos hacia Margarita, quien apenas podía mantenerse en pie.
—¡Dámela, Greta! —gritó Evaristo, con la voz rota.
Greta miró a Margarita con los ojos llenos de amor y tristeza, como si quisiera transmitirle todo lo que no podía decir en palabras.
—Te quiero, Pichonona —le susurró mientras la levantaba con cuidado hacia los brazos de Evaristo.
Margarita, apenas consciente, alcanzó a ver la mirada tierna de Greta antes de que todo se desvaneciera. Se dejó caer en los brazos de Evaristo, sintiendo el aire frío de la noche rozar su piel quemada.
Fue lo último que vio antes de cerrar los ojos, mientras el caos seguía rugiendo detrás de ella.
